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Capítulos XXVI a XXX

XXVI

Kate y el piloto.-El relato de Evans. -Después del naufragio de la chalupa. -Walston en el puerto de «Bear-rock.» -El cometa. - «French-den» descubierto. -Huida de Evans. La travesía del río. - Proyectos. -Proposición de Gordon. -Tierras del lado de Oriente. -La «isla Chairmán-Hannover.»

La inesperada aparición de Evans sorprendió de tal manera a nuestros jóvenes, que se quedaron inmóviles; pero luego, por un movimiento instintivo, se aproximaron todos a él como a su salvador.

Era un hombre de veinticinco a treinta años, ancho de espaldas, de cuerpo vigoroso, ojos muy vivos, frente descubierta, fisonomía tan inteligente como simpática, y andar firme y resuelto.

Su cara estaba oculta en parte por una barba inculta, que no había sido cortada desde el naufragio del Severn.

Apenas entró Evans, se volvió y colocó su oído contra la puerta, que habían cerrado con presteza. No oyendo nada, avanzó hasta en medio del hall, allí miró con la luz del farol a los jóvenes colonos que la rodeaban, y murmuró estas palabras:

-¡Sí!... ¡Niños!... ¡Nada más, que niños!...

De repente, su fisonomía se animó; su cara estaba radiante de alegría, y sus brazos se abrieron. Kate se adelantaba hacia él.

-¡Kate!... exclamó. ¡Kate viva!...

Y le cogió las manos como para asegurarse bien de que no eran las de una muerta.

-¡Sí, viva, Evans! respondió Kate. ¡Dios me ha salvado, como a usted, y Él es quien le envía en socorro de estos niños!

El piloto contaba con la mirada los muchachos reunidos en el hall.

-¡Quince, dijo; y sólo cinco o seis que estén en estado de defenderse!... ¡No importa!

-¿Estamos en peligro de que nos ataquen, señor Evans? preguntó Briant.

-No, hijo mío, no; por lo menos en este instante, respondió el piloto.

Todos, pequeños y grandes, tenían muchas ganas de conocer la historia de Evans, especialmente cuanto había ocurrido desde el naufragio de la chalupa, y ninguno tenía ya ganas de dormir; pero antes era preciso que aquel buen hombre se mudase de traje, pues estaba chorreando agua, y que tomase algún alimento. Si sus ropas estaban en aquel estado, es porque había atravesado a nado el río Zealand, y si estaba medio muerto de cansancio y de hambre, es porque ni había comido ni descansado durante doce horas seguidas.

Briant le llevó inmediatamente a Store-room, en donde Gordon puso a su disposición buenos trajes de marineros, y luego Mokó le sirvió un buen trozo de carne fiambre, galleta, algunas tazas de té bien caliente y un buen vaso de brandy.

Un cuarto de hora después, Evans, sentado delante de la mesa del hall, hacía el relato de los acontecimientos que habían ocurrido desde que los marineros del Severn habían sido arrojados por la tormenta a aquella isla.

-Algunos instantes antes de que la chalupa encallara, dijo, cinco hombres, y yo entre ellos, fuimos lanzados sobre los primeros arrecifes. No sufrimos más que algunas contusiones; pero nos fue muy difícil librarnos de la resaca en medio de la oscuridad y con un mar furioso.

Sin embargo, después de grandes esfuerzos, llegamos sanos y salvos fuera del alcance de las olas, Walston, Brandt Rock, Book, Cope y yo. Dos faltaban, Forbes y Pike. ¿Habían muerto, o se habían salvado cuando la chalupa encalló? Nada sabíamos de ellos, y en cuanto a Kate, pensaba ya no volverla a ver.

Y diciendo esto, el piloto no ocultaba su emoción, ni el placer que experimentaba por volver a ver a la valerosa mujer que había escapado, con él, del degüello del Severn. Después de haber estado ambos a merced de aquellos asesinos, se hallaban, por de pronto, libres de su poder, sino fuera de su alcance en lo porvenir.

Evans continuó:

-Cuando llegamos a la playa, necesitamos algún tiempo para encontrar la chalupa. Debió encallar a eso de las siete, y eran cerca de las doce cuando la hallamos tumbada sobre la arena, y ese retraso consistió en que bajamos a lo largo de la costa de...

-De los Severn-shores, dijo Briant. Ese es el nombre que le han dado algunos de nuestros compañeros que habían descubierto la embarcación del Severn antes de que Kate nos contara su historia.

-¿Antes?... preguntó Evans muy sorprendido.

-Sí, maestro Evans, dijo Doniphan. ¡Llegamos a aquel sitio la misma tarde del naufragio, cuando dos de vuestros compañeros estaban tendidos en la arena!... Pero al llegar el día fuimos a buscarlos para darles sepultura, y ya habían desaparecido.

-En efecto, repuso el piloto; ya comprendo cómo todo esto se encadena. Forbes y Pike, a quienes creíamos ahogados, ¡y ojalá lo hubieran estado, porque tendríamos dos bribones menos! habían sido lanzados a algunos pasos de la chalupa; allí fueron hallados por Walston y los demás, quienes le reanimaron con algunas gotas de aguardiente.

Por fortuna para ellos y por desgracia para nosotros, las cajas de la embarcación no habían sido destrozadas, ni siquiera alcanzadas por él agua del mar. Las municiones, cinco fusiles y lo que quedaba de provisiones, fue sacado de la chalupa, pues era de temer que se destrozara completamente todo eso en la próxima marea.

Después abandonamos el sitio del naufragio, siguiendo la costa en dirección al Este.

En aquel momento uno de esos bribones hizo notar que Kate no había aparecido. Walston respondió: «¡Se la ha llevado una ola, y más vale así!» Lo que me hizo pensar que si aquellos bribones se alegraban por la desaparición de Kate, a quien ya no necesitaban, sucedería lo mismo conmigo cuando no les hiciera falta. ¿Pero dónde estabais, Kate?

-Cerca de la embarcación, del lado del mar, respondió ella. No podían verme, y oí cuanto dijeron... Después que se marcharon, me levanté, y para no volver a caer en manos de aquellos miserables huí en dirección opuesta, y treinta y seis horas después, medio muerta de hambre, fui recogida por estos buenos muchachos y traída a French-den.

-¡French-den!... repitió Evans.

-Es el nombre que tiene nuestra morada, dijo Gordon, en recuerdo de un náufrago francés que la habitó muchos años antes que nosotros.

-¡French-den!... ¡Severn-shores!... dijo el piloto; ¡veo, hijos míos, que habéis dado nombres a las diversas partes de la isla!... ¡Está muy bien hecho!...

-Sí, señor Evans, y nombres muy bonitos, replicó Service, hay otros muchos, Family-Lake, Downs-lands, South-moors, río Zealand, Traps-woods...

-¡Bueno!... ¡Bueno!... ¡Me enseñaréis todo esto... más tarde... mañana!... Mientras tanto, continúo mi historia... ¿No se oye nada fuera?

-Nada, respondió Mokó, que estaba de guardia cerca de la puerta del hall.

-Bien, dijo Evans; prosigo.

Una hora después de haber abandonado la chalupa, llegamos a unos pequeños grupos de árboles, en donde establecimos nuestro campamento. Al día siguiente, y sucesivamente, volvimos al sitio del naufragio, procurando reparar la barca; pero no teniendo más que un hacha, fue imposible ponerla otra vez en estado de hacerse a la mar, aun para una pequeña travesía, y además el sitio era de suyo incómodo para reparaciones de aquel género.

Partimos, pues, para buscar un campamento en un lugar menos árido, en el que la caza nos diera el alimento diario, y al mismo tiempo que estuviera cerca de un río para tener agua dulce, porque nuestra provisión estaba completamente agotada.

Más tarde, siguiendo la costa; en una extensión de doce millas próximamente, llegamos a un pequeño río...

-¡El East-river! dijo Service.

-¡Bien por el East-river! respondió Evans. Allí, en el fondo de una vasta bahía...

-¡Deception-bay! replicó Jenkins.

-¡Vaya por Deception-bay! dijo el piloto sonriendo. Hay un puerto en medio de las rocas...

-¡Bear-rock! exclamó Costar a su vez.

-¡Sea Bear-rock, mi chiquitín! respondió el marino, aprobando el nombre con un movimiento de cabeza. Nada era más fácil que instalarse en aquel sitio, y si podíamos llevar allí la embarcación, que de seguro la primera tempestad acabaría de demoler en el sitio en que se hallaba, tal vez llegásemos a carenarla.

Volvimos, pues, a buscarla, y cuando la aligeramos todo lo que fue posible, la pusimos a flote, y aun cuando se llenaba de agua, conseguimos arrastrarla por la misma orilla y traerla al puerto, en donde se halla ahora en perfecta seguridad.

-¿Está la chalupa en Bear-rock? dijo Briant.

-Sí, hijo mío, y creo que sería posible componerla si tuviésemos las herramientas necesarias...

-¡Nosotros las tenemos, señor Evans! respondió con viveza Doniphan.

-Eso es lo que ha supuesto Walston, cuando la casualidad le hizo saber que la isla estaba habitada y por quién.

-¿Cómo ha podido saberlo? preguntó Gordon.

-Helo aquí, respondió Evans. Hace ocho días Walston, sus compañeros y yo (pues jamás me dejaban solo), hacíamos un reconocimiento por el bosque. Después de tres o cuatro horas de marcha, remontando el curso del East-river, llegamos a las orillas de un vasto lago de donde salía aquel río; y allí... ¡juzgad cuál no sería nuestra sorpresa al encontrar tan singular aparato caído en la ribera!...

Era una especie de armazón hecho con cañas y cubierto con una tela...

-¡Nuestra cometa! exclamó Doniphan.

-¡Nuestra cometa, que cayó en el lago, y que el viento empujó hasta allí! añadió Briant.

-¡Ah! ¿Era una cometa? dijo Evans. A fe mía, no lo adivinamos, y esa máquina llamaba mucho nuestra curiosidad. No podía haberse hecho sola, y no cabía duda de que había sido fabricada en la isla.

Esta se hallaba, por lo tanto, habitada... Pero ¿por quién?... Esto era lo que importaba a Walston saber.

En cuanto a mí, desde aquel día tomó la resolución de huir. Cualesquiera que fuesen los habitantes de la isla, aun cuando fueran salvajes, no podían ser peores que los asesinos del Severn. Desde aquel día no me perdieron de vista ni un momento.

-¿Y cómo ha sido descubierto French-den? preguntó Baxter.

-Ya llego a ello, respondió el marino; pero antes de que prosiga mi relato decidme para qué os ha servido esa enorme cometa. ¿Era una señal?

Gordon contó entonces lo que habían hecho, con qué objeto se hizo, cómo Briant había arriesgado su vida por la salvación de todos, y de qué modo se enteró de que Walston no había aun abandonado la isla.

-¡Sois un atrevido muchacho! dijo Evans, que tomó la mano de Briant y se la apretó como pudiera hacerlo con un hombre.

Y luego continuó:

-Comprenderéis fácilmente que Walston no tuvo desde entonces más que una preocupación: saber quiénes eran los habitantes de esta isla, que nos era desconocida. Si indígenas, tal vez pudiera entenderse con ellos; si náufragos, era posible que poseyeran las herramientas que le faltaban, y en este caso no le rehusarían su concurso para poner la chalupa en estado de hacerse a la mar.

Las indagaciones empezaron, pues, con mucha prudencia, en verdad. Avanzábamos poco a poco explorando los bosques de la orilla derecha del lago para aproximarnos a la punta del Sur, pero no descubrimos ni un ser humano, ni oímos detonación alguna por aquella parte de la isla.

-Eso consistía, dijo Briant, en que ninguno de nosotros se alejaba ya de French-den, y en que estaba prohibido disparar un solo tiro.

-¡Y sin embargo, habéis sido descubiertos! ¡Pero no podía ser de otro modo! En la noche del 23 al 24 de Noviembre uno de los compañeros de Walston llegó cerca de aquí, por la orilla meridional del lago.

La mala suerte quiso que al pasar entreviera una claridad que filtraba a través de las paredes del acantilado; fue sin duda la luz del farol, que se vio un instante por la puerta que abriríais para entrar o salir alguno. Al día siguiente, Walston se dirigió por este sitio, y se quedó oculto parte de la noche entre las altas hierbas que crecen cerca del río...

Ya lo sabíamos, dijo Briant.

-¿Lo sabíais?

-Sí, pues en aquel sitio, Gordon y yo hemos hallado los fragmentos de una pipa que Kate ha reconocido como perteneciente al forajido que acabáis de nombrar.

-¡Justamente! repuso Evans. Walston la perdió durante su excursión, lo que lo contrarió vivamente; pero ya, en cambio, la existencia de la pequeña colonia le era conocida. Mientras estuvo acechando, vio a la mayor parte de vosotros ir y venir por la orilla derecha del río... Walston volvió y dio parte a sus compañeros de que no había aquí más que unos cuantos muchachos, de los que siete hombres se desharían fácilmente. Una conversación que sorprendí entre Brandt y él me enteró de lo que preparaban contra French-den.

-¡Monstruos! exclamó Kate; no hubieran tenido piedad de estos pobres niños.

-¡No, Kate! respondió Evans. ¡La misma que tuvieron del capitán y de los pasajeros del Severn! Son monstruos, como lo habéis dicho muy bien, y los manda el más cruel de todos, ese Walston, que, así lo espero, no escapará al castigo que merecen sus crímenes.

-En fin, Evans, dijo Kate; habéis llegado a escaparos; ¡gracias a Dios!

-Sí, mi buena Kate, repuso el marinero.

-La hemos puesto Viernecitas, interrumpió Service. Ya os explicaré el motivo.

-Bien, contestó Evans; mas continuaré mi relato. Hará como cosa de doce horas que aprovechando una ausencia de Walston y de otros cuatro que me dejaron bajo la vigilancia de Forbes y de Rock, me escapé, confiado en que no me sería difícil hacer perder mis huellas a aquellos bandidos. Eran poco más o menos las diez de la mañana cuando eché a correr a través del bosque... Casi en seguida Forbes y Rock lo advirtieron y empezaron a perseguirme. Estaban armados con sus fusiles, y yo no tenía más que un cuchillo de marino para defenderme y mis piernas para correr como un galgo.

La persecución duró todo el día. Cortando oblicuamente por medio del bosque, llegué a la orilla izquierda del lago, tuve que dar la vuelta a la punta, pues sabía, por la conversación que yo había oído, que estabais establecidos en las orillas de un río que corre hacia Oeste.

¡Jamás he corrido tanto, ni tanto tiempo tampoco! ¡Cerca de quince millas en un día! ¡Mil diablos! Aquellos bribones corrían tanto como yo, y sus balas corrían todavía más. Varias veces silbaron a mis oídos. ¡Figuráos! yo sabía su secreto; si me escapaba, temían de que os avisara; era preciso apoderarse de mí otra vez. ¡Verdad es que si no hubiesen tenido armas de fuego los hubiera esperado a pie firme con mi cuchillo en la mano, y los hubiera muerto, o ellos a mí! ¡Sí, Kate; mejor hubiera querido morir que caer en manos de aquellos bandidos!

Esperaba yo, sin embargo, que aquella condenada persecución acabaría con la noche; pero no sucedió así. Yo había contorneado la punta del lago, y oía siempre a Forbes y a Rock detrás de mí.

La tempestad, que amenazaba desde hacía algunas horas, estalló entonces, e hizo más difícil mi huida, pues a la luz de los relámpagos aquellos bandidos podían distinguirme en el ribazo. Llegué, por fin, hasta muy cerca de la orilla del río; tan terca, que no distaba de ella ni cien pasos. Si consiguiera atravesarlo, pensaba yo, me consideraría en salvo, pues jamás se atreverían ellos a vadearlo sabiendo que se hallaban en las cercanías de French-den.

Cobré ánimo, aceleré la marcha, y ya iba a alcanzar el agua, cuando uno de los últimos relámpagos iluminó el espacio, y en seguida se oyó una detonación...

-La que nosotros oímos también, dijo Doniphan.

-Seguramente, repuso el piloto. Una bala me rozó el hombro; di un salto, y me precipité al río.

Después de algunas brazadas llegué a la ribera opuesta, y me escondí entre las hierbas, mientras que Forbes y Rock miraban el agua y decían: «¿Le has dado?, Respondió que sí.»

-Entonces está en el fondo. -Seguramente, y ya está muerto, y bien muerto -Un estorbo menos. Y se marcharon.

-¡Sí; un estorbo menos!... Lo mismo dijeron de Kate. ¡Ah, bribones! ¡Ya veréis si he muerto!...

Algunos instantes después me incorporé y me dirigí hacia el ángulo del acantilado. El ruido de unos ladridos llegó hasta mí... llamé... la puerta de French-den se abrió, y... ¡ahora, añadió Evans señalando con la mano en dirección al lago, a nosotros toca, muchachos, concluir con esos malvados y desembarazar de ellos la isla!

Estas palabras las pronunció con una energía tal, que todos se levantaron con ademán de seguirle; pero él les calmó en el acto, diciéndoles que ahora tocaba a ellos referir su historia, y entonces contaron a Evans todo cuanto les había pasado en veinte meses. Le describieron las condiciones en que el Sloughi salió de Nueva Zelandia; le pintaron con vivos colores su larga travesía por el Pacífico hasta la isla; el descubrimiento del náufrago francés; la instalación de la pequeña colonia en French-den; las excursiones durante el verano; los trabajos del invierno, y, por fin, le hicieron un minucioso relato, salpicado de chistes y de felices ocurrencias, de cuantas peripecias les acaecieron hasta llegar a conseguir tener las cosas necesarias para la vida tranquila que llevaban antes de la llegada de Walston y de sus cómplices.

-¿Y desde hace veinte meses ningún buque ha pasado a la vista de la isla? preguntó Evans.

-Ninguno hemos visto, dijo Briant.

-¿Habéis establecido señales?

-Sí; colocamos un mástil en lo más alto del acantilado.

-¿Y no ha producido ningún efecto?

-No, señor Evans, respondió Doniphan; pero es preciso que sepáis que hace seis semanas lo echamos abajo para que no llamara la atención de Walston.

-Hicísteis muy bien, hijos míos. Ya sabe aquel bribón a qué atenerse respecto a vosotros; así es que es preciso estar con cuidado.

-Desde luego, dijo Gordon, puesto que tenemos que vérnoslas con semejantes miserables, y no con gente honrada, a quienes hubiéramos ayudado de tan buena gana, adquiriendo nuestra colonia, sin duda alguna, más fuerza, mientras que ahora tendremos que luchar, defender nuestra vida, y, después de todo... ¡quién sabe cuál será el resultado!

-Dios, que os ha protegido hasta ahora, hijos míos, respondió Kate, Dios no os abandonará... ¡Ya os ha enviado a Evans!

-¡Evans!... ¡Viva Evans!... exclamaron todos los niños a una.

-Contad conmigo, muchachos, respondió el piloto, como cuento con vosotros, y os prometo que nos defenderemos bien.

-Sin embargo, dijo Gordon: ¿no sería posible evitar esa lucha, si Walston consintiera en abandonar la isla?

-¿Qué quieres decir? preguntó Briant.

-Que si sus compañeros y él no se han marchado ya, es porque no han podido componer la chalupa. ¿No es así, Evans?

-Seguramente que sí.

-Pues bien; si se les propusiera prestarles todas las herramientas necesarias, tal vez aceptasen. Bien comprendo que es cosa repugnante entablar relaciones con los asesinos del Severn; pero dejará de serlo desde el momento en que lo hagamos para librarnos de ellos y para impedir un ataque que puede costar mucha sangre. ¿Qué pensáis de esto, Evans?

Este escuchó muy atentamente lo propuesto, que demostraba en su autor un gran sentido práctico y daba a entender que no se abandonaba jamás a la influencia de las primeras impresiones, así como acusaba al mismo tiempo un carácter que le hacía mirar con calma cualquier situación, por difícil que fuera, dando esto a conocer al piloto que aquel muchacho era el más formal de todos, por lo que su proposición le pareció digna de ser atendida.

-Decís bien, señor Gordon; cualquier medio sería bueno para evitar la presencia de aquellos malhechores, valiendo más, en efecto, que se marcharan después de haberles proporcionado los medios de carenar la chalupa, que entablar una lucha cuyo resultado puede ser dudoso. Pero ¿es posible fiarse de Walston? Cuando estéis en relaciones con él, ¿no aprovechará la ocasión de intentar sorprender a French-den y de apoderarse de lo que os pertenece?

Puede creer también que habéis salvado algún dinero de vuestro naufragio, y, creedme, esos bribones no procurarán otra cosa más que haceros daño, en cambio de vuestros favores. Son almas pervertidas, que no saben lo qué es agradecimiento.

Y, no lo dudéis; entenderse con ellos es lo mismo que perderse.

-¡No, no, no!... exclamaron Baxter y Doniphan, a los que se unieron todos los demás con una energía que causó mucho placer al piloto.

-¡No!... añadió Briant. No queremos nada con Walston ni con su cuadrilla.

-Luego, repuso Evans, no son sólo herramientas lo que necesitan, sino también municiones. Que tienen bastante para atacarnos, es demasiado cierto, por desgracia; pero cuando traten ellos de recorrer otros parajes, lo que les quede de plomo y la pólvora no será suficiente. Entonces os pedirán tales cosas; las exigirán. ¿Se lo daréis?...

-No por cierto, respondió Gordon.

-Pues bien; procurarán apoderarse de todo por la fuerza, y no habréis conseguido otra cosa que retrasar la lucha en peores condiciones para nosotros.

-Tenéis razón, señor Evans, replicó el americano. Estemos a la defensiva y esperemos.

-Es el mejor partido que podemos tomar. Y además, tengo, para esperar, un motivo que me alienta más que otro alguno.

-¿Cuál es?

-Prestadme atención. Walston, como sabéis muy bien, no puede abandonar la isla sino con la chalupa del Severn.

-Es evidente, replicó Briant.

-Evidentísimo: esa embarcación puede repararse, os lo afirmo, y si Walston ha renunciado a ponerla en estado de navegar, es por falta de lo necesario.

-Si no fuera por eso, estaría ya lejos de aquí, dijo Baxter.

-Tenéis razón, hijo mío. Pues bien; si dais a ese malvado los medios de reparar la chalupa, no dudo que abandonase la idea de saquear French-den, cosa conveniente para nosotros; pero no vacilemos tampoco de creer que con seguridad se apresurará a emprender la marcha sin ocuparse para nada de nuestra pequeña colonia.

-Me extraña que no lo haya hecho ya, exclamó Service.

-¡Mil diablos! Si tal hubiera sido, replicó Evans, se valdría de la chalupa, y entonces, ¿cómo podríamos marchar de aquí nosotros?

-¡Cómo, señor Evans! dijo Gordon. ¿Contáis con esa embarcación para dejar la isla?

-¡Pues ya lo creo!

-¿Para ir a Nueva Zelandia atravesando el Pacífico? añadió Doniphan.

-¿El Pacífico?... No, hijos míos, respondió Evans; pero sí para llegar a un punto cercano, en donde esperaríamos la ocasión de volver a Auckland.

-¿Lo pensáis así, señor Evans? repuso Briant.

Y al mismo tiempo, tres o cuatro de sus compañeros acosaron a preguntas al buen marino.

-Pero ¿cómo es posible que esa embarcación baste para una travesía de varios centenares de millas? dijo Baxter.

-¡Centenares de millas!... repuso el piloto. ¡Nada de eso; unas treinta, cuando más!...

-¿No estamos, por ventura, en una isla? preguntó Doniphan. ¿Acaso el mar no rodea toda esta tierra?

-Por el Poniente, respondió Evans; pero al Sur, al Este y al Norte no hay más que canales que se atraviesan fácilmente en sesenta horas.

-¿De modo que no nos equivocábamos pensando que había tierras en las cercanías? dijo Gordon.

-No os engañabais, no. Y son hasta muy grandes las que existen por la parte oriental.

-Sí, por el lado de Levante, exclamó Briant.

Aquella mancha blancuzca y aquel resplandor que distinguí en esa dirección.

-¿Una mancha blancuzca, decís? replicó el piloto. Debe ser algún ventisquero, y el resplandor de que habláis, la llama de un volcán, cuya situación debe constar en los mapas. Pero, vamos a ver, muchachos: ¿en dónde creéis hallaros?

-¡En una isla, sola, en medio del Pacífico! respondió el americano.

-¡Una isla, sí! Sola, no. ¡Tened por cierto que pertenece a uno de los numerosos archipiélagos sembrados en la costa de la América del Sur! Pero ¿cómo es que, habiendo dado nombres a los cabos, bahías, ríos, etc., no me habéis dicho aun el de la isla?...

-Isla Chairmán; le dimos el de nuestro colegio, respondió Doniphan.

-¡Isla Chairmán!... repitió el marino. ¡Pues de hoy en adelante tendrá dos, puesto que se llamaba ya isla de Hannover!. Terminado este diálogo, procedieron a las medidas de vigilancia acostumbradas y se fueron a descansar, después de preparar una cama en el hall para el buen Evans. Los jóvenes colonos se hallaban bajo la influencia de una doble impresión, capaz de turbar su sueño; de un lado la perspectiva de una sangrienta lucha, y de otro la posibilidad de volver al seno de sus familias.

El piloto dejó para el día siguiente la conclusión de sus explicaciones, indicando en el atlas la posición exacta de la isla Hannover, y mientras que Mokó y Gordon velaban, la noche acabó tranquilamente en French-den.

XXVII

El Estrecho de Magallanes. -Las tierras y las islas que le rodean. -Establecimientos que hay en ellas. -Proyectos para el porvenir. -¿La fuerza o la astucia? -Rock y Forbes. -Los falsos náufragos. -Acogida hospitalaria. -Entre once y doce de la noche. -Un tiro de Evans. - Intervención de Kate.

El Estrecho de Magallanes, descubierto en 1520 por el ilustre navegante portugués, es un canal de unas trescientas ochenta millas, cuya curva se dibuja de oeste a Este, desde el cabo de las Vírgenes, en el Atlántico, hasta el de los Pilares, en el Pacífico. Se halla rodeado por costas muy accidentadas, y dominado por montañas de tres mil pies sobre el nivel de mar; está lleno de bahías, en las que hay infinidad de puertos de refugio, ricos en agua dulce, y en donde los buques pueden renovar sus provisiones; se ve cercado por espesos bosques, en los que abunda la caza y retumba con el estrépito de millares de cascadas, cuyas aguas se precipitan en innumerables cascadas; y, por último, ofrece a los barcos que llegan de Oriente o de Occidente un paso mucho más corto que el de Lemaire, entre la Tierra de los Estados y la Tierra de Fuego, con la ventaja de estar menos acosado por las tormentas que el del Cabo de Hornos.

Los españoles, que durante medio siglo fueron los únicos que visitaron las tierras magallánicas, fundaron en la península de Brunswick el establecimiento de Port-Famine. A los españoles siguieron los ingleses Drake, Cavendish, Chidley, Hawkins; luego fueron los holandeses de Weert, de Cord, de Noort, con Lemaire y Schouten, quienes descubrieron en 1610 el Estrecho de ese nombre. Y, por fin, desde 1696 a 1712, los franceses Degesnes, Beauchesne-Gouin y Frezier aparecieron allí. Durante aquella época, dichos parajes fueron visitados por los navegantes más célebres de fines de aquel siglo, Anson, Cook, Byron, Bougainville y otros.

Desde entonces, el Estrecho de Magallanes fue una de las vías más frecuentadas para el paso de uno a otro Océano, sobre todo desde que el vapor, que no teme ni a los vientos desfavorables ni a las corrientes contrarias, permite atravesarle en condiciones excepcionales de navegación.

Tal es el Estrecho que el 28 de Noviembre Evans mostraba en el atlas de Stieler a Briant, Gordon y demás colonos. La Patagonia, última región de la América del Sur, la Tierra del Rey Guillermo y la península de Brunswick, forman el límite septentrional del Estrecho; en el Sur se halla rodeado por ese archipiélago magallánico, que comprende las grandes islas de la Tierra de Fuego, la de Desolación, las islas Clarence, Holte, Gordon, Navarín, Wollaston, Stewart y otras muchas menos importantes, hasta el último grupo de las Ermitas, de las que la más avanzada entre ambos Océanos no es otra cosa que la última cima de la alta cordillera de los Andes, y que se llama el Cabo de Hornos.

Por el Este se ensancha entre el cabo de las Vírgenes, de la Patagonia, y el del Espíritu Santo, de la Tierra de Fuego; pero no sucede lo mismo por el Oeste, y así Evans se lo hizo observar a los moradores de French-den. Por aquel lado se encuentra el viajero innumerables islotes, islas, archipiélagos, estrechos, canales y brazos de mar, siendo por un paso situado entre el promontorio de los Pilares y la punta meridional de la gran isla de la Reina Adelaida, por donde el Estrecho desemboca en el Pacífico.

Más arriba de esta embocadura se desarrolla una serie de islas, caprichosamente agrupadas, desde el Estrecho de lord Nelson hasta el grupo de las Chonos y de las Chiloë, que confinan con la costa chilena.

-Y ahora, añadió Evans, fijaos más allá del Estrecho de Magallanes, en esta isla, sólo separada por canales, al Sur de la de Cambridge y de las de Madre de Dios y Chatam, al Norte. Pues bien; esta isla, situada a los cincuenta y un grados de latitud, es la de Hannover; la misma a que habéis dado el nombre de Chairmán, y que habitáis desde hace veinte meses.

Briant, Gordon y Doniphan, inclinados sobre el atlas, miraban con curiosidad aquel punto señalado por Evans, aquella isla que creían tan lejana de toda tierra, y que estaba tan cerca de la costa americana.

-¡Cómo! dijo Gordon: ¿no estamos separados de la Patagonia más que por esos brazos de mar? -Así es, hijos míos, respondió Evans; pero entre ésta y el mencionado continente no existen sino islas tan desiertas como la que habitamos. Si hubierais llegado a tierra americana, os hubiera sido preciso andar centenares de millas para alcanzar los establecimientos de Chile o de la República Argentina. ¡Y cuántas fatigas no hubierais experimentado, sin contar los muchos peligros que habríais arrostrado, toda vez que los indios puelches, errantes a través de las pampas, son poco hospitalarios!

Me parece, sin ningún género de duda, que ha sido una felicidad para vosotros, puesto que teníais asegurada la existencia material, el no haber podido abandonar esta isla, si bien, Dios mediante, espero podremos dejaría juntos.

De modo que los canales que rodean la isla Hannover no miden en ciertos sitios más que quince o veinte millas de ancho, y de seguro que Mokó; con un buen tiempo, hubiera podido atravesarlos sin cuidado alguno hasta en la canoa; y si Briant, Gordon y Doniphan, en sus excursiones al Norte y al Este, no habían podido ver aquellas tierras, es debido a que están en extremo bajas. En cuanto a la mancha blanca, era uno de los ventisqueros del interior, y la montaña en erupción uno de los volcanes de las regiones magallánicas.

Briant observó también otra cosa, mirando con atención el mapa, y es que la casualidad los había llevado durante sus excursiones a los puntos del litoral más lejanos de las cercanas islas; y si bien es verdad que Doniphan llegó hasta Severn-shores, y hubiera podido divisar desde allí la costa meridional de la isla Chatam, como aquel día estaba el horizonte tan nublado por los vapores de la borrasca, era imposible distinguir nada. Para divisar las lejanas tierras que se hallaban en las inmediaciones hubiera sido preciso ir, ya a North-cape, desde donde eran visibles la isla Chatam y la de Madre de Dios, situadas más allá del Estrecho de la Concepción, o bien a South-cape, desde cuyo punto se podrían ver las puntas de las islas de la Reina, Reina Adelaida o Cambridge, y quizás también al extremo del litoral de Downs-lands, que domina las cimas, divisando desde allí la isla Owen o los ventisqueros de las tierras del Sudeste.

Los jóvenes colonos jamás habían llevado sus exploraciones tan lejos; y en cuanto al mapa de Francisco Baudoin, Evans no pudo explicarse el por qué aquellas islas y tierras no estaban indicadas allí.

Puesto que el náufrago francés había podido determinar con bastante exactitud la configuración de la isla Hannover, es que había dado la vuelta a la costa. Sería preciso admitir que las brumas se lo habían impedido.

Y en el caso en que Briant y sus compañeros llegaran a apoderarse de la chalupa del Severn y a repararla, ¿hacia qué lado la dirigirían? Esta fue la pregunta que le hizo Gordon.

-Hijos míos, respondió Evans; no procuraré remontar ni al Norte ni al Este. Cuanto más camino hagamos por mar, mejor será para nosotros. Es seguro que con una buena brisa la embarcación podría llevarnos hacia algún puerto chileno, en el que nos acogerían muy bien; pero el mar es muy bravío en aquellas costas, mientras que los canales del archipiélago nos ofrecerán una travesía fácil.

-En efecto, respondió Briant. Mas, ¿encontraremos en aquellos parajes algún establecimiento y los medios necesarios para volver a Auckland?

-Así lo creo, respondió Evans. Mirad conmigo el mapa. Después de pasar el archipiélago de la Reina Adelaida, ¿adónde llegamos por el canal Smith? Al Estrecho de Magallanes, ¿no es verdad? Pues bien; casi a la entrada de aquel Estrecho está situado el puerto de Zamar, que pertenece a la Tierra de la Desolación, y allí podremos ponernos en el camino que nos conduzca a la patria.

-¿Y si no encontramos ningún buque? preguntó Briant; ¿esperaremos a que pase alguno?

-No, señor Briant. Seguid conmigo el Estrecho de Magallanes. ¿Veis aquella gran península de Bruswick?... Pues allí, en la bahía Fontescue, en el puerto Galantes, en donde los buques paran muchas veces; y si es preciso ir más allá y doblar el cabo Froward, al Sur de la Península, encontraremos la bahía de San Nicolás de Bougainville, en la que se detienen los barcos que pasan el Estrecho; y en fin, más allá, sí queremos ir, está Port-Famine, y más al Norte, Punta Arena.

El piloto tenía razón. Una vez en el Estrecho, la chalupa tendría muchos puntos en donde poder parar, y por lo tanto nuestros jóvenes se hallarían en condiciones de volver al seno de sus respectivas familias, sin contar con el posible encuentro de buques con rumbo a Australia o a Nueva Zelandia. Si Puerto Tamar, Puerto Galante y Puerto Famine ofrecen pocos recursos, Punta Arena, por el contrario, está provista de todo lo necesario para la existencia. Aquel gran establecimiento, fundado por el Gobierno chileno, forma un verdadero pueblo, edificado en el litoral, con una bonita iglesia, cuyo campanario se levanta airoso entre los soberbios árboles de la península de Brunswick. Está en plena prosperidad, mientras que Puerto Famine, que data del siglo XVI, no es ya más que una ruina.

Además, en la época presente existen más al Sur otras colonias, que son a menudo visitadas por expedicionarios científicos, entre otras la de Liwya, en la isla Navarín, y principalmente la de Voshovia; en el canal de Beagle, más arriba de la Tierra de Fuego. Esta última, merced a la abnegación de los misioneros ingleses, ayuda mucho a las investigaciones de aquellas regiones, en las que los franceses han dejado numerosas huellas de sus pasos, como lo atestiguan los nombres de Dumas, Cloué, Pasteur, Chanzy, Grévy, dados a ciertas islas del archipiélago magallánico.

La salvación de los jóvenes colonos era cierta, pues, si llegaban al Estrecho de Magallanes. Es verdad que para eso era necesario carenar la chalupa y apoderarse de ella, lo que no sería posible sino después de reducir a la impotencia a Walston y sus cómplices.

Y si la embarcación estuviera todavía en el sitio en que Doniphan la había visto en la costa de Severn-shores hubiera sido posible apoderarse de ella, porque Walston, a la sazón instalado allá por Deception-bay, o sea a unas quince millas de distancia, no hubiera tenido fácilmente noticia de semejante hecho. Lo que aquel bandido pudo realizar, Evans hubiera podido hacerlo también; es decir, conducir la chalupa, no a la embocadura del East-river, sino a la del río Zealand, y remontarlo hasta llegar a French-den. Allí las reparaciones se hubieran emprendido en mejores condiciones, bajo la dirección del marino, y una vez aparejada y cargada con municiones, provisiones de boca y con algunos objetos convenientes o necesarios, abandonar la isla antes de que los malhechores se hubieran puesto en estado de atacarlos.

Por desgracia, esto no podía ejecutarse ya. La cuestión de partida no podía resolverse sino por la fuerza, bien sea tomando la ofensiva, o estándose a la defensiva. Nada podían hacer mientras no vencieran a la tripulación del Severn.

Evans inspiraba ciega confianza a los jóvenes colonos, nacida al abrigo de las simpatías y de la sinceridad con que se expresaba, y muy especialmente debida al entusiasmo con que Kate les había hablado de él.

Desde que el marino había podido cortarse el pelo y la barba, su fisonomía aparecía distinta, y pudo verse que su cara revelaba tanta franqueza y sinceridad como atrevimiento, energía y valor, sin que su carácter, resuelto y firme, le estorbase para ser capaz de todos los sacrificios. Kate tenía razón cuando decía que Evans era un enviado del cielo que acababa de aparecer en French-den. ¡Era, en fin, un hombre en medio de aquellos niños! Perfectamente conocida ya la situación de la colonia, sacados los jóvenes de la ignorancia en que se hallaban, y estudiados todos los medios, Evans quiso enterarse de los recursos con que podría contar para sostener la resistencia que pensaba oponer al ataque de los bandidos.

Store-room y el hall le parecieron convenientemente dispuestos para la defensa.

Examinados sus frentes, se veía que el uno dominaba el ribazo y el Zealand, y el otro Sport-terrace hasta la orilla del lago. Las ventanillas podían servir para hacer fuego en aquellas direcciones, quedándose a cubierto. Con sus ocho fusiles los sitiados podrían tener a raya a los sitiadores y ametrallarlos con los dos cañoncitos, si se aventuraban por las cercanías de la gruta. En cuanto a los rovólvers, hachas y cuchillos, todos sabrían servirse de ellos si se llegara a un combate cuerpo a cuerpo.

Evans aprobó la precaución tomada por Briant de haber amontonado piedras en el interior para impedir que las puertas fuesen derribadas; pues si ellos eran fuertes dentro, es preciso no olvidar que fuera serían débiles, toda vez que no eran más que seis muchachos de trece a quince años contra siete hombres vigorosos, acostumbrados al manejo de las armas y de una audacia tal, que no retrocedían ni ante el asesinato.

-¿Los consideráis como temibles malhechores? preguntó Gordon.

-¡Sí, muy temibles!

-Menos uno de ellos, que, a mi parecer, no está enteramente viciado, cual es Forbes, el que me salvó la vida, dijo Kate.

-¡Forbes! exclamó Evans. ¡Mil diablos! Que haya sido arrastrado por los malos consejos de sus compañeros, o por el miedo que les tenía, lo cierto es que ayudó a cometer los asesinatos del Severn.

Además, ¿no me persiguió ayer con tanto encarnizamiento como Rock? ¿No ha tirado sobre mí como sobre una fiera? ¿No se alegró, creyéndome muerto? ¡No, mi buena Kate; mucho me temo que no valga más que los demás! ¡Si os salvó la vida, es porque sabía que aquellos bandidos os necesitaban todavía, y bien seguro es que no se quedará atrás cuando se trate de marchar contra French-den!

Algunos días pasaron sin que nada sospechoso llamase la atención de los jóvenes colonos, que observaban los alrededores desde lo alto del acantilado. Esto no dejaba de sorprender a Evans, que, conociendo los proyectos de Walston, y sabiendo el interés que tenía en apresurarse, se preguntaba porqué desde el 27 al 30 de Noviembre no había hecho todavía ninguna demostración.

Entonces tuvo idea de que aquel malvado procuraría tal vez usar de astucia, en vez de emplear la fuerza para penetrar en French-den, y comunicó su pensamiento a Briant, Gordon, Doniphan y Baxter, con los que con1renciaba muchas veces.

-Mientras estemos encerrados en la gruta, dijo, Walston tendrá mucho qué hacer para derribar las puertas, si no tiene quien se las abra; y, por lo tanto, es fácil que quiera entrar aquí por astucia...

-¿Y cómo? preguntó Gordon.

-Puede ser de un modo que se me ha ocurrido, respondió Evans. Ya sabéis, hijos míos, que solamente Kate y yo somos los que podíamos denunciar a aquellos criminales. Pues bien; aquel bandido cree que Kate ha perecido en el naufragio; y en cuanto a mí, no tiene duda de que he perecido en el río, después de haber recibido los tiros de Forbes y de Rock, pues no ignoráis que los he oído felicitarse de mi muerte. Walston debe, pues, creer que nada sabéis, que no sospecháis siquiera su presencia en la isla, y que si uno de ellos se presentara aquí, le acogerías como se acoge a un náufrago. ¡Después de entrar uno en la plaza, no le sería difícil introducir a los demás, lo que haría imposible toda resistencia!

-Pues bien, respondió Briant; si Walston, o cualquier otro de su cuadrilla, se presenta para pedirnos hospitalidad, lo recibiremos a tiros...

-¡Cómo! ¿No sería mejor agasajarlo y condolernos de su situación?... dijo el americano.

-¡Quizás sí, señor Gordon! replicó el marino. ¡Mejor era eso! Astucia contra astucia. Así es que, si sucede lo que preveo, deliberaremos después.

Y tenía razón.

En efecto, era necesario obrar con mucha cautela, pues si las cosas marchaban bien, si Evans se hacía dueño de la chalupa, era permitido creer que la hora de la libertad no tardaría en llegar. Pero ¡cuántos peligros tenían que arrostrar aun! Y después, cuando llegara la hora de marchar hacia Nueva Zelandia, ¡Dios sabe si estarían todos vivos!

Al día siguiente, la mañana pasó sin novedad de ninguna especie. El marino, acompañado de Doniphan y Baxter, recorrió media milla en dirección a Traps-woods, ocultándose detrás de los árboles agrupados en la base de Auckland-hill. Nada sospechoso llamó su atención ni la de Phann, que los seguía; pero por la tarde, un poco antes de la puesta del sol, se dio la voz de ¡alerta! Webb y Cross, de guardia en el acantilado, bajaron precipitadamente, y dijeron que dos hombres se acercaban por el ribazo meridional del lago, en la orilla opuesta del río Zealand.

Kate y Evans, queriendo no ser conocidos, entraron en seguida en Store-room, y luego, mirando por las ventanillas, conocieron a Rock y a Forbes.

-Es indudable, dijo el marino, que quieren obrar con astucia, y qué van a presentarse como náufragos.

-¡Qué hacemos? preguntó Briant.

-Acogerlos, respondió Evans.

-¡Recibir bien a aquellos miserables! exclamó Briant. ¡Jamás podré hacerlo!

-Me encargo de ello, replicó Gordon.

-¡Bien, señor Gordon! repuso el marino. ¡Y sobre todo, que no sospechen nuestra presencia aquí! Kate y yo nos presentaremos cuando sea tiempo.

Evans y su compañero se colocaron en una de las covachas del pasillo, cuya puerta cerraron.

Algunos instantes después, Gordon, Briant, Baxter y Doniphan acudían a la orilla del Zealand. Al verlos, los dos hombres fingieron una gran sorpresa, a la que Gordon respondió con otra no menos grande.

Rock y Forbes parecían muertos de fatiga, y cuando llegaron al río, he aquí las palabras que se cambiaron de una a otra orilla.

-¿Quién sois?

-¡Unos desgraciados náufragos que acaban de encallar en el Sur de esta isla, con la chalupa del Severn!

-¿Sois ingleses?

-¡No, americanos!

-¿Y vuestros compañeros?

-¡Han perecido! ¡Solos hemos escapado del naufragio, y estamos ya sin fuerzas! ¿A quién tenemos el gusto de hablar?

-A los colonos de la isla Chairmán.

-Que los colonos tengan piedad de nosotros y nos recojan, pues estamos sin recursos y...

-Siempre tienen los náufragos derecho a la asistencia de sus semejantes... respondió Gordon. ¡Seáis bienvenidos!

A una señal del americano, Mokó saltó a la canoa, amarrada cerca del dique, y condujo a los dos bribones a la orilla derecha del Zealand.

Sin duda que Walston no tuvo que detenerse mucho para elegir entre los suyos los dos de más agradable aspecto físico; todos eran igualmente repugnantes. La cara de Rock no era a propósito para inspirar confianza, ni aun a niños poco acostumbrados a descifrar lo bueno y lo malo en una fisonomía humana; y aun cuando este bandido había procurado tomar el aire de hombre de honradez, tenía todo el tipo de un malvado, con su frente deprimida y su mandíbula inferior muy pronunciada.

Forbes, en el que, según el dicho de Kate, todo sentimiento de humanidad no estaba perdido todavía, se presentaba con regular aspecto. No se diferenciaba gran cosa del otro; mas servía mejor para el caso, y ese fue el motivo porque Walston se lo había dado por compañero.

Ambos representaron bastante bien su papel; no obstante, temiendo despertar alguna sospecha si dejaban que les dirigiesen preguntas demasiado categóricas, pretextaron más fatiga que necesidad, y pidieron que se les permitiese descansar y pasar la noche en French-den, lo que se les concedió. Al entrar, no se le escapó a Gordon que los falsos náufragos no dejaron de dirigir miradas investigadoras sobre la disposición del hall, y demostraron bastante sorpresa cuando vieron el material defensivo que poseía la pequeña colonia, y, sobre todo, el cañón colocado en la ventanilla.

Resultó de esto que los jóvenes colonos, a los que repugnaba mucho el papel que desempeñaban, no tuvieron por qué continuarlo, puesto que Rock y Forbes tenían prisa por acostarse, dejando para el día siguiente el relato de sus aventuras.

-Un haz de hierbas nos bastará, dijo Rock; pero como no quisiéramos incomodaros, si tuvieseis otra habitación...

-Sí, respondió Gordon; la que nos sirve de cocina; podéis instalaros en ella hasta mañana.

Rock y su compañero pasaron a Store-room, cuyo interior examinaron de una ojeada, después de cerciorarse de que la puerta daba al lado del río.

En verdad que aquellos dos bandidos, viéndose acogidos de un modo tan afable, debían creer que para vencer a aquellos inocentes no había necesidad de cavilar mucho.

Rock y Forbes se tendieron en un rincón de Store-room; no iban a estar solos, es verdad, puesto que Mokó dormía también allí; pero poco les importaba, porque estaban muy decididos a estrangularle si no dormía profundamente. A la hora convenida, estos malvados debían abrir la puerta de Store-room, y Walston, que esperaría en el ribazo con sus demás secuaces, se haría dueño de la gruta.

A eso de las nueve, cuando Rock y Forbes aparentaban estar dormidos, Mokó entró, y no tardó en acostarse, pronto a dar la señal de alerta.

Briant y los demás se habían quedado en el hall, y cuando cerraron la puerta del pasillo, Evans y Kate se unieron a ellos. Todo había ocurrido como dijo el piloto, y no dudaba de que Walston y los demás estuviesen en los alrededores esperando el momento de penetrar en la morada de los jóvenes.

-¡Estemos alerta! dijo.

Dos horas pasaron, y Mokó se preguntaba si Rock y Forbes no dejaban su maquinación para otra noche, cuando un ligero ruido llamó su atención, y a la luz del farol vio que Rock y su compañero abandonaban el rincón en que se habían tendido, y se arrastraban hacia la puerta.

Esta se hallaba, como pueden calcular nuestros lectores, reforzada con un montón de gruesas piedras, verdadera barricada que hubiera sido muy difícil, por no decir imposible, derribar.

Los dos malvados, al hallarse con aquel inconveniente, empezaron a quitar aquellas piedras, amontonándolas una a una contra la pared de la derecha. En pocos minutos la puerta quedó completamente expedita, no necesitándose más que quitar la barra que la sujetaba por dentro para que la entrada de French-den quedase libre; pero en el momento en que Rock, después de retirar la barra, abrió la puerta, una mano es apoyó con fuerza sobre su hombro.

Se volvió, y reconoció al piloto.

-¡Evans! exclamó. ¡Evans aquí!

-¡Venid todos, muchachos! gritó el piloto.

Briant y sus compañeros se precipitaron en seguida en Store-room, y allí, Forbes, cogido por cuatro de los más  fuertes, fue puesto en estado de no poder huir.

En cuanto a Rock, con un movimiento rápido, rechazó a Evans; dándole una cuchillada que lo hirió levemente en el brazo izquierdo, y luego, abriendo la puerta, se lanzó fuera. No había andado diez pasos, cuando estalló una detonación. Era el marino, que acababa de tirar sobre Rock, pero, según todas las apariencias, el fugitivo no había sido alcanzado por la bala, pues ningún grito se dejó oír.

-¡Mil diablos!... ¡No he matado a ese bribón! Pero en cuanto al otro... no se me escapará... ¡Siempre será uno menos! Y con el cuchillo en la mano se acercó a Forbes.

-¡Piedad, piedad!... gritó aquel miserable, a quien los jóvenes sujetaban en el suelo.

-¡Sí, piedad, Evans! repitió Kate, que se colocó entre el piloto y Forbes. ¡Perdonadle, puesto que me salvó la vida!...

-¡Sea! respondió Evans. ¡Consiento en ello, Kate, a lo menos en este momento!

Y Forbes, fuertemente atado, fue encerrado en una pieza a propósito, y custodiado con vigilancia suma.

Luego, la puerta de Store-room volvió a cerrarse y a ser atrancada con las piedras, quedando todos en vela hasta el amanecer.

XXVIII

Interrogatorio de Forbes. -La situación. -Un proyectado reconocimiento. -Evaluación de fuerzas. -Restos de campamento. -Briant desaparecido. -Doniphan en su socorro. -Herida grave. -Gritos en «French-den.» -Aparición de Briant. -Mokó dispara un cañonazo.

Por más cansados que estuvieran (y debían estarlo mucho) aquella noche ninguno de los habitantes de French-den pensó en descansar. No era dudoso ya que Walston emplearía ahora la fuerza, puesto que la astucia no le había servido de nada, toda vez que Rock debió decirle que Evans se hospedaba en French-den, y que, por consiguiente, sus proyectos de ataque estaban completamente descubiertos.

Al amanecer, el marino, Briant, Doniphan y Gordon salieron de la gruta con mucho cuidado. A la salida del sol, las brumas matinales, condensadas poco a poco, dejaron completamente visible el lago, cuyas aguas se rizaban con una ligera brisa del Este.

Todo estaba tranquilo en los alrededores de French-den, lo mismo por la parte de Traps-woods que por la del río Zealand. En el interior del cercado, los animales domésticos iban y venían como de costumbre, y Phann no daba ninguna señal de alarma. Ante todo, Evans quiso saber si el suelo conservaba huellas de pasos, y las vio, en efecto, especialmente cerca de la gruta, cruzándose en todas direcciones o indicando bien a las claras que Walston y los suyos habían avanzado durante la noche hasta el río, esperando que Rock y Forbes les abriesen la puerta de Store-room.

En cuanto a manchas de sangre, no vieron ninguna; prueba de que Rock ni siquiera había sido herido.

Evans se preguntaba si Walston había venido por el Sur del lago, como los falsos náufragos, o por el Norte. En este último caso era de suponer que Rock había huido en dirección a Traps-woods para unirse a sus compañeros.

Como importaba mucho aclarar este hecho, se decidió interrogar a Forbes para saber qué camino había seguido Walston. ¿Consentiría aquél en hablar? Y, sí hablaba, ¿diría la verdad? En agradecimiento de que Kate le había salvado la vida, ¿se despertaría algún buen sentimiento en su corazón? ¿Olvidaría que era para hacerles traición por lo que había pedido hospitalidad a los huéspedes de French-den?

Evans, queriendo él mismo interrogarle, volvió al hall y abrió la puerta del camaranchón en donde Forbes estaba encerrado; aflojó sus ligaduras, y lo llevó al hall.

-Forbes, dijo Evans; el engaño que tú y Rock habíais meditado, os ha salido mal, pero importa que yo sepa cuáles son los proyectos de Walston; tú debes conocerlos: ¿cuáles son?

El bandido tenía baja la cabeza, no atreviéndose a mirar ni siquiera a los muchachos que presenciaban el interrogatorio, y guardaba silencio.

Kate intervino.

-Forbes, dijo; mostrasteis ya una vez alguna piedad cuando impedisteis que vuestros compañeros me matasen durante el degüello que tuvo lugar en el Severn. Pues bien: ¿no haréis nada para salvar a estos niños de una suerte más horrible aun?...

Forbes no respondió.

-Os han perdonado la vida cuando merecíais la muerte, repuso Kate. ¿No existe ya en vuestro corazón ni un ápice de buen sentimiento? Después de hacer tanto mal, podéis volver todavía al camino del bien. ¡Reflexionad a qué horrible crimen prestabais vuestro concurso!...

Un hondo suspiro salió penosamente del pecho de Forbes.

-¿Y qué puedo yo hacer? preguntó con voz sorda.

-Puedes decirnos, repuso Evans, qué queríais hacer anoche, y lo que piensan hacer más tarde. ¿Esperabas a Walston y a los demás para introducirlos aquí apenas abrierais la puerta?...

-Sí, contestó Forbes.

-¿Y hubierais matado a estos niños, que tan bien os acogieron?

Forbes bajó aun más la cabeza, y esta vez no tuvo bastante fuerza para contestar.

Y ahora, dime: ¿por qué lado Walston y los demás han venido hasta aquí?

-Por el Norte del lago, respondió Forbes.

-¿Mientras que tú y Rock veníais por el Sur?

-Sí.

-¿Han recorrido ya la parte Oeste de la isla?

-Aun no.

-¿En dónde estarán ahora?

-No sé...

-¡Nada más puedes decirnos, Forbes?

-¡No, Evans, no; os lo aseguro!...

-¿Crees que Walston volverá?

-Sí.

Indudablemente que Walston y los suyos, asustados por el tiro de Evans, y comprendiendo que estaban descubiertos, habían juzgado prudente esconderse, esperando una ocasión más favorable.

El buen marino, pensando que Forbes no podía darle ya ningún detalle más, lo llevó de nuevo a su encierro.

La situación seguía en el mismo estado de gravedad. ¿En dónde se hallaría ahora Walston? ¿Estaría acampado debajo de los árboles de Traps-woods?

Forbes no pudo decirlo.

Y sin embargo, importaba mucho saberlo; así es que el piloto pensó operar un reconocimiento en aquella dirección, aun cuando no se verificaría seguramente sin peligro.

A las doce, Mokó llevó algún alimento al prisionero, que estaba muy abatido, y que apenas probó. ¿Qué pasaba en el alma de aquel desgraciado? ¿Estaría su conciencia entregada al remordimiento?

Después de almorzar, Evans dio a conocer a los jóvenes el proyecto que concibió de avanzar hasta el límite de Traps-woods, porque tenía gran empeño en saber si los malhechores estaban aun en los alrededores de French-den. Esta proposición fue aceptada sin discusión, y se tomaron las necesarias precauciones para hacer frente a cualquiera eventualidad.

Walston y sus compañeros no eran ya más que seis, desde la captura de Forbes, mientras que la colonia es componía de quince muchachos, sin contar Kate y Evans, diecisiete entre todos. De ese número era necesario eliminar a los pequeños, que no podían tomar parte directa en la lucha.

Decidieron, pues, que, mientras Evans operaba el reconocimiento proyectado, con los mayores, Iverson, Jenkins, Dole y Costar quedarían en el hall con Kate; Mokó y Santiago, libres para el servicio doméstico, y Baxter de vigilancia, acompañando los demás a Evans. Ocho muchachos contra seis hombres en toda la fuerza de la edad, no hacían la partida muy igual, si bien era verdad que los colonos irían armados cada cual con una buena escopeta y un revólver, mientras que Walston y su cuadrilla no poseían más que cinco fusiles. Un combate a distancia, y en estas condiciones, presentaba alguna condición de éxito, tanto más que Doniphan, Wilcox y Cross, que eran muy buenos tiradores, aventajaban en esto a los marineros americanos.

Además, las municiones no habían de faltarles, mientras que los bandidos no poseían ya, con seguridad, más que unos cuantos cartuchos.

Eran cerca de las dos de la tarde cuando la infantil tropa se formó para ponerse en marcha, bajo la dirección de Evans.

Baxter, Santiago, Mokó, Kate y los pequeños entraron otra vez en French-den, cuyas puertas cerraron, pero no apuntalaron, para el caso de que los expedicionarios tuvieran que resguardarse rápidamente.

Ni por el Sur ni por el Este había nada que temer; pues para seguir aquella dirección hubiera sido preciso que Walston fuese a Sloughi-bay, para seguir luego por la orilla del Zealand, caminata muy larga por cierto; habida consideración de esto, y teniendo en cuenta lo que dijo Forbes, era de presumir que los forajidos no estaban en aquellos parajes; así es que Evans no podía temer ser cogido por la espalda, puesto que el ataque no podía venir más que por el Norte.

Los muchachos y el marino avanzaron con mucha prudencia, siguiendo la base de Auckland-hill. Más allá del cercado, las malezas y los grupos de árboles les permitían llegar al bosque sin descubrirse demasiado.

Evans marchaba a la cabeza de su pequeño ejército, no sin reprimir a cada momento el ardor de Doniphan, siempre pronto a ir a vanguardia.

Después de pasar por la tumba del náufrago francés, el piloto creyó oportuno sesgar algo para acercarse a la orilla del lago.

Phann, a quien Gordon procuraba en vano detener, parecía olfatear algo, pues no apartaba su nariz del suelo, y dio a conocer muy pronto que seguía una pista.

-¡Atención! dijo Briant.

-Sí, respondió Gordon; y no es la pista de un animal. Ved el modo de obrar de Phann...

-Deslicémonos por entre las hierbas - replicó Evans, y vos, que sois buen tirador, Sr. Doniphan, si uno de esos bribones se pone a vuestro alcance, no perdáis el tiro, pues yo os aseguro que no habréis jamás empleado mejor una bala.

Algunos instantes después llegaban los primeros grupos de árboles de Traps-woods, allí había huellas de una reciente parada, pues se veían ramas medio consumidas y cenizas calientes todavía.

-Aquí es, de seguro, en donde Walston y los suyos han pasado la última noche, dijo Gordon.

-Y han estado tal vez hasta hace poco respondió Evans. Me parece que debemos dirigirnos hacia el acantilado.

Apenas acabó de decir estas palabras cuando se oyó una detonación hacia la derecha, y una bala, después de rozar la cabeza de Briant, se clavó en el árbol en que éste se apoyaba.

Casi en seguida sonó otra, acompañada de un grito desgarrador, viéndose al mismo tiempo, como a unos cincuenta pasos de distancia, caer a tierra, por entre los árboles, el cuerpo de un hombre.

Apenas se oyó el tiro que pudo matar a Briant, Doniphan descargó su escopeta en dirección del humo que acababa de ver. Y entonces el perro salió escapado, ladrando con furia.

-¡Aquí, Phann, aquí!... gritó Gordon.

Pero el perro no obedeció, y Doniphan, llevado por su ardor, se lanzó detrás del animal.

-¡Adelante! dijo Evans. ¡No podemos dejarlo comprometerse solo!

Un momento después, habiéndose reunido con Doniphan, se detenían todos delante de un cuerpo tendido en medio de las hierbas, y que no daba ya señales de vida.

-¡Este es Pike! dijo el marino. ¡El bribón está bien muerto! Si el diablo sale de caza hoy, no se volverá con las manos vacías! ¡Uno menos!

-Los demás no deben estar muy lejos, dijo Wilcox.

-No, muchacho, no lo están; pero no nos quedemos al descubierto... ¡De rodillas, pronto, de rodillas!

Tercera detonación, viniendo de la izquierda.

Esta vez Service, que no se bajó bastante pronto, recibió una rozadura en la frente.

-¿Estás herido? exclamó Gordon corriendo hacia él.

-¡No es nada, Gordon, no es nada! respondió Service. ¡Un simple arañazo!...

En estos momentos les importaba mucho no separarse, porque aun quedaban cinco de los bandidos que, en vez de intimidarse por la muerte de Pike, debían de estar en acecho a corta distancia, detrás de los árboles; así es que Evans y los demás, teniendo esto presente, se agazaparon entre las hierbas, formando un grupo compacto, prontos a la defensa por cualquier lado que viniera la agresión.

De repente Garnett exclamó:

-¿En dónde está Briant?

-¡Ya lo veo! respondió Wilcox.

En efecto, aquel muchacho había desaparecido, y como en ese instante se oyeron furiosos ladridos de Phann, era de temer que el atrevido joven estuviera peleando con alguno de los bandidos.

-¡Briant… Briant!... gritó Doniphan.

Y todos, sin consideración alguna, se lanzaron sobre las huellas del perro. Evans no pudo detenerlos; iban de árbol en árbol ganando terreno.

-¡Cuidado, Evans, cuidado! exclamó de repente Cross, tirándose al suelo.

Instintivamente bajó el marino la cabeza, en el momento en que una bala pasaba a algunas pulgadas de su cuerpo.

Y luego, enderezándose, divisó a uno de los compañeros de Walston, que huía a través del bosque.

Era precisamente Rock, que se le había escapado la víspera.

-¡Para ti, Rock! gritó.

Hizo fuego, y Rock desapareció, como si el suelo se hubiera hundido debajo de sus pies.

-¿Habré errado otra vez el tiro? dijo Evans. ¡Mil diablos! ¡Sería tener muy mala suerte. Todo esto había pasado con brevedad, y en aquel mismo instante los ladridos del perro se oían muy cerca.

Casi en seguida Doniphan exclamó a algunos pasos:

-¡Firme, Briant, firme! Aquí estamos.

Evans y sus compañeros se lanzaron por aquel lado, y vieron a Briant luchando con Cope.

Este miserable acababa de derribar al muchacho, o iba a herirle con su cuchillo, cuando Doniphan, llegando a tiempo para desviar el golpe, se echó sobre Cope, sin tener tiempo de coger su revólver.

Y fue el que recibió la cuchillada en medio del pecho... cayendo al suelo sin proferir un solo grito.

Cope, observando entonces que Evans, Garnett y Webb procuraban cortarle la retirada, huyó en dirección al Norte. Tiraron sobre él, pero desapareció, y Phann volvió sin haber podido alcanzarle.

Apenas levantado, Briant corrió al lado de Doniphan y le sostenía la cabeza, procurando reanimarlo.

Evans y los demás muchachos se aproximaron también, después de cargar de nuevo sus armas.

En realidad, Walston había llevado la peor parte, puesto que Pike había muerto, y Cope y Rock estaban probablemente fuera de combate.

Por desgracia, Doniphan había sido herido en el pecho, y mortalmente al parecer. Sus ojos estaban cerrados, y su cara tenía el color de la cera; no hacía ningún movimiento, ni oía siquiera la voz de Briant, que le llamaba.

El marino se inclinó sobre el cuerpo del joven, abrió su chaqueta, y desgarrando la camisa empapada en sangre, descubrió una herida, muy profunda, al parecer, a la altura de la cuarta costilla de lado derecho; y aun cuando el aspecto de Doniphan ofrecía serios temores, si el pulmón no había sido tocado por la punta del cuchillo, podía concebirse alguna esperanza de salvación, aunque vaga y sin fundamento serio.

-¡Llevémosle a French-den! dijo Gordon. ¡Sólo allí es donde podremos cuidarle!...

-¡Y salvarle! exclamó Briant. ¡Ah, mi pobre amigo!... ¡Es por mí por quien te has arriesgado.

Evans aprobó la proposición de llevar a Doniphan a French-den; con tanto más motivo, cuanto que la lucha parecía suspendida, quizás porque Walston, viendo las cosas malparadas, hubiera tomado el partido de pronunciarse en retirada hacia las profundidades de Traps-woods.

Sin embargo, una cosa preocupaba al marino, y es que no había visto a Walston, ni a Brandt, ni a Book, que eran tal vez los más temibles de la cuadrilla.

El estado de Doniphan exigía que lo transportaran con muchísimo cuidado y sin sacudidas, para lo cual Wilcox y Service hicieron una especie de parihuelas con ramas y hojas, en la que tendieron al pobre muchacho, siempre privado de conocimiento, y luego cuatro de sus compañeros le levantaron con mucha suavidad, mientras que los demás le rodeaban con el arma cargada y el revólver en la mano.

La comitiva volvió directamente por la falda del acantilado, pues de ese modo no tenían que ejercitar su vigilancia sino por la espalda. Algunas veces el pobre Doniphan suspiraba tan lastimosamente, que Gordon hacía señas de que se detuvieran para escuchar su respiración.

Las tres cuartas partes del camino llevaban ya andadas en estas condiciones, y aun cuando no quedaban ya más que unos setecientos u ochocientos pasos para llegar a la gruta, no veían aun la puerta, a causa de que la ocultaba una parte saliente del acantilado.

De repente se oyeron gritos hacia el Zealand, y Phann echó a correr en aquella dirección.

Era evidente que Walston y sus dos compañeros atacaban a French-den. En efecto, he aquí lo que pasó, según supieron más tarde.

Mientras que Rock, Cope y Pike, emboscados debajo de los árboles de Traps-woods, distraían y entretenían a la pequeña tropa que Evans mandaba, Walston, Brandt y Book habían subido al acantilado por el lecho, seco a la sazón, del torrente de Dike-creek, y luego atravesando a toda prisa la meseta, bajaron a Auckland-hill por una pendiente que conducía a la orilla del río, y próxima a Storeroom.

Una vez allí, derribaron la puerta y entraron en la gruta. ¿Llegaría Evans a tiempo para evitar una catástrofe?

El marino tomó bien pronto su partido.

Mientras que Cross, Webb y Garnet quedaron al lado de Doniphan, a quien no podían dejar solo, Gordon, Service, Wilcox y él se dirigieron rápidamente a French-den.

Lo que vieron en cuanto divisaron Sport-terrace era cosa para quitarles toda esperanza.

En aquel momento Walston salía por la puerta del hall, llevando hacia el río a uno de los niños. Ese niño era Santiago. Kate se precipitaba sobre el bandido y procuraba en vano arrancárselo.

Poco después, Brandt apareció también, llevándose a Costar en la misma dirección.

Baxter se arrojó sobre este último bandido; pero, violentamente rechazado, rodó por el suelo. En cuanto a los demás pequeños, no se les veía, ni tampoco a Mokó. ¿Habrían sido asesinados, y estarían en el interior de la gruta? Walston y Brandt ganaban terreno. ¿Tendrían acaso, y para mayor desgracia de los prisioneros, la posibilidad de atravesar el río de otro modo que a nado?

Sí, sin duda, porque Book estaba allí, cerca de la canoa que habían sacado de Store-room. Llegados ya a la orilla izquierda, estarían los tres en salvo, porque antes de que pudieran cortarles la retirada alcanzarían su campamento de Bear-rock con Santiago y Costar, que les servirían de rehenes.

Así es que Evans, Briant, Gordon, Cross y Wilcox, comprendiendo el pensamiento da aquellos desalmados, corrían cuanto podían, esperando llegar a Sport-terrace antes de que Walston, Book y Brandt estuvieran en seguridad del otro lado del río, porque darles caza y detenerlos con las balas no era cuerdo, pues eso equivaldría a exponerse a herir o matar a los niños.

Pero Phann estaba ya allí. ¡Animal valiente y denodado! Dio un salto, y cogió a Brandt por la garganta. El miserable, para defenderse del perro, tuvo que soltar a Costar. Walston arrastraba siempre a Santiago hacia el río. De repente un hombre se lanzó fuera del hall.

Era Forbes.

¿Vendría a reunirse a sus compañeros después de forzar la puerta de su encierro? Walston lo creyó así.

-¡A mí, Forbes... ¡Ven... ven!... le gritó.

Evans se detuvo entonces, e iba a hacer fuego, cuando vio que Forbes se arrojó sobre Walston, a fin de arrancarle su presa.

Este, sorprendido por aquella agresión que no esperaba, tuvo que abandonar a Santiago, y, volviéndose, hirió con su cuchillo a Forbes, que cayó a los pies de Walston.

Todo esto pasó en tan poco tiempo, que Evans y sus compañeros se hallaban aun a unos cien pasos de Sport-terrace.

Walston quiso coger de nuevo a Santiago para llevarlo a la canoa, en la que Brandt, que se había desembarazado del perro, le esperaba ya; mas no tuvo tiempo para ello, porque Santiago, que estaba armado con un revólver, lo descargó a boca de jarro sobre el pecho de infame asesino, quien, a pesar de hallarse gravemente herido, pudo llegar arrastrándose hasta sus dos compañeros, que, cogiéndole en sus brazos, le embarcaron, y empujando vigorosamente la canoa, se pusieron en fuga.

En aquel momento una fuerte detonación retumbó, llenando el río de metralla y haciendo zozobrar la canoa.

Era Mokó quien acababa de pegar fuego a la mecha del cañón colocado en la ventana de Store-room.

Excepción hecha de los dos miserables que habían desaparecido debajo de los árboles de Traps-woods, la isla Chairmán estaba libre de los asesinos del Severn, arrastrados hacia el mar por la corriente del Zealand.

XXIX

Reacción. -Los héroes de la batalla. -Fin de un desgraciado. –Excursión por el bosque. -Convalecencia de Doniphan. -En el puerto de «Bear-rock.» -Compostura de la chalupa. - Marcha emprendida el día 5 de Febrero. -Bajando el río «Zealand.» -Saludo a «Sloughi-bay.» -La última punta de la «isla Chairmán.»

Una nueva era empezaba ahora para los colonos de la isla Chairmán.

Después de tanto batallar hasta entonces con el fin de asegurar su existencia en condiciones bastante difíciles, iban en estos momentos a trabajar, intentando un supremo esfuerzo para volver a ver a sus familias y a su país.

A la grande y prolongada excitación producida por la lucha, siguió una reacción muy natural. Estaban como aniquilados por su victoria, y el peligro pasado les parecía ahora mayor que antes.

Ciertamente que después del primer encuentro en Traps-woods, las probabilidades de vencer eran mayores; pero sin la intervención tan inesperada de Forbes, se hubieran escapado Walston, Book y Brandt, y no se hubiera atrevido Mokó a tirar aquel cañonazo, que hubiera alcanzado a Santiago y a Costar, lo mismo que a sus secuestradores. ¿Qué hubiera sucedido después?... ¿A qué exigencias no hubieran tenido que someterse para libertar a aquellos niños? Así es que cuando Briant y sus compañeros pudieron contemplar con frialdad la situación en que se habían encontrado, experimentaron una especie de espanto, cosa muy fácil de explicar, mas ya por fortuna había pasado lo peligroso, y aun cuando no sabían a punto fijo lo que había sido de Rock y de Cope, era innegable que la seguridad había vuelto a imperar en la isla Chairmán.

En cuanto a los héroes de la batalla, habían sido felicitados como lo merecían; Mokó, por su cañonazo descargado tan a tiempo, y Santiago por la sangre fría que había demostrado al tirar sobre Walston. Costar también lo hubiera hecho, según dijo, si hubiera tenido una pistola; mas como no la tenía...

Phann tuvo también su buena parte de caricias, y, como premio, un magnífico hueso lleno de tuétano, con que Mokó le gratificó por haber atenazado con sus colmillos a aquel bribón de Brandt, que se llevaba un niño.

Después del cañonazo disparado por el grumete, Briant volvió apresuradamente hacia el sitio en donde quedó el herido, y algunos instantes después Doniphan, siempre sin conocimiento, fue colocado en el hall, mientras que Forbes, que había sido levantado del suelo por Evans, estaba tendido en la cama de Store-room, y durante toda la noche Kate, Gordon, Briant, Wilcox y el marino velaron al lado de ellos.

Saltaba a la vista que Doniphan estaba peligrosamente herido; mas como respiraba con bastante regularidad, era de suponer que el pulmón no había sufrido detrimento alguno. Kate recurrió, para curar la herida del muchacho, a las hojas del aliso, que, machacadas y colocadas encima de la parte dañada, son muy eficaces para impedir la supuración interna, y esos árboles se hallaban en abundancia en las orillas del Zealand. Forbes estaba herido en el vientre, y comprendía que no había salvación para él; así es que cuando volvió en sí y vio a Kate, que con tanto esmero le asistía, le dijo:

-¡Gracias, mi buena Kate, gracias! ¡Pero todo es inútil; estoy perdido!...

Y las lágrimas corrían por sus mejillas.

Como el remordimiento se había apoderado del corazón de aquel desgraciado, que, más bien que malo, había sido arrastrado por los nocivos consejos y letales ejemplos de sus malvados amigos, sintió rebelarse todo su ser al considerar la horrible suerte que amenazaba a los jóvenes colonos, y eso le hizo arriesgar su vida para defenderlos.

-¡Ten esperanza, Forbes! le dijo Evans. Has borrado tus crímenes... ¡Vivirás!...

¡No! El infortunado debía morir; así es que, a pesar de los cuidados que le fueron prodigados, se agravó cada vez más, y durante los cortos momentos de descanso que le dejaba el dolor, su mirada, inquieta, se volvía hacia Kate y hacia Evans como diciéndoles:

-¡He vertido sangre, y la mía corre en expiación de mis crímenes!...

A eso de las cuatro de la madrugada Forbes expiró. Murió arrepentido, perdonado por los hombres y por Dios, que le evitó una larga agonía, pues sin notable sufrimiento exhaló el último suspiro.

Al día siguiente lo enterraron en una fosa abierta cerca del sitio en que descansaban los restos del náufrago francés, y dos cruces indican ahora el sitio que ocupan aquellas tumbas.

Sin embargo, la presencia de Rock y de Cope constituía todavía un peligro, y la seguridad no sería completa mientras no estuvieran en estado de no hacer daño.

Evans resolvió, pues, concluir con ellos de una vez antes de ir al puerto de Bear-rock.

Gordon, Briant, Baxter, Wilcox y él partieron aquel mismo día con el fusil al brazo y el revólver a la cintura. Phann los acompañaba, pues bien podían fiarse de él para descubrir una pista.

Las averiguaciones no fueron ni largas ni difíciles, y aun podemos añadir que ni peligrosas.

Los colonos no tenían ya nada que temer de los dos cómplices de Walston.

Cope, cuyas huellas pudieron seguirse en medio de los matorrales de Traps-woods, fue hallado muerto a algunos centenares de pasos del sitio en que recibió una bala.

Encontraron también el cadáver de Pike, que Doniphan mató al principio de la refriega. En cuanto a Rock, que desapareció tan inopinadamente como si se hubiera hundido en el suelo, Evans tuvo bien pronto la explicación de su fin, pues aquel bandido cayó mortalmente herido en una de las trampas preparadas por Wilcox, y allí lanzó su alma al abismo de la eternidad.

Los tres cadáveres fueron enterrados en dicha trampa, de la que nuestros colonos hicieron una sepultura, y después Evans y los muchachos volvieron a French-den con la buena noticia de que ya no tenían nada que temer.

La alegría hubiera sido completa sin la peligrosa herida de Doniphan.

Al día siguiente, Evans y los mayores discutieron los proyectos que debían tener inmediata ejecución.

Lo que importaba antes que nada era entrar en posesión de la chalupa del Severn. Esto exigía un viaje a Bear-rock, en donde se procedería a los trabajos de reparación de aquella barca, y se convino en que Evans, Briant y Baxter fuesen allí por el lago y el East-river, porque era más seguro y más corto a la vez.

La canoa, que fue encontrada en un remanso del río, no había sido alcanzada por la metralla, que pasó por encima de ella.

Embarcaron herramientas, provisiones, municiones y armas, y con un buen viento partieron al comenzar la mañana del 6 de Diciembre, bajo la dirección de Evans.

La travesía de Family-Lake se hizo con bastante rapidez, no necesitándose siquiera aflojar ni apretar la escota, a causa de lo igual y constante que fue la brisa.

Antes de las once y media, Briant enseñaba al marino la pequeña caleta por la que las aguas del lago se vertían en el lecho del East-river, y la canoa, ayudada por el reflujo, penetró por entre las dos orillas del río.

No lejos de la embocadura, la chalupa yacía en la arena de Bear-rock. Después de un examen muy detallado de las reparaciones que necesitaba, he aquí lo que dijo Evans:

-Hijos míos, tenemos herramientas, es verdad, pero nos falta madera con que reparar la obra muerta, y como en French-den hay precisamente tablas y costillas del Sloughi, si pudiéramos llevar esta embarcación hasta el Zealand...

-Estaba yo pensando en lo mismo, replicó Briant. ¿Y no sería posible hacerlo así, señor Evans?

-Me parece que sí, repuso el marino. Puesto que la chalupa ha venido desde Severn-shores hasta aquí, bien puede ir desde Bear-rock hasta el Zealand. Allí el trabajo se hará con más facilidad, y desde French-den partiremos para llegar a Sloughi-bay, por donde entraremos en el mar.

Siendo este proyecto realizable, y no imaginándose ninguno mejor, decidieron aprovechar la pleamar del día siguiente para remontar el East-river, remolcando la chalupa con la canoa.

Lo primero que hizo Evans fue calafatear el barco lo mejor que pudo con las estopas que había traído de French-den, cerrándole cuantas vías de agua hubo de notarle, ocupación que no terminó hasta muy entrada la tarde, pasando después la noche con mucha tranquilidad en la gruta que Doniphan y sus compañeros habían elegido para albergue en su primera excursión a Deception-bay.

Al amanecer del siguiente día pusieron la chalupa a remolque de la canoa, y zarparon en cuanto empezó la marea alta; pero al comenzar la bajamar les costó gran trabajo remolcarla, a causa de la pesadez que le daba la mucha agua que entraba por las hendeduras que no se habían podido tapar, y este retraso fue motivo de que hasta las cinco de la tarde no llegaran al lago.

El marino no juzgó prudente exponerse, en tales condiciones, a los peligros de una travesía nocturna, máxime cuando, teniendo el aire propenso a echarse, era muy probable que refrescase con los primeros rayos del sol, como sucede casi siempre durante la estación del verano.

Acamparon, pues, en aquel sitio, y después de comer con muy buen apetito, se echaron a dormir con la cabeza apoyada en el tronco de un árbol y los pies delante de una buena hoguera, que ardió toda la noche.

-¡Embarquémonos! Esta fue la primera palabra que pronunció Evans cuando el alba empezó a reflejarse en el lago.

Así como lo esperaban, la brisa del Norte tomó incremento a la salida del sol, y no podían, por lo tanto, pedir un tiempo más favorable para tomar el rumbo de French-den.

Aparejaron la vela, y poniendo la canoa la proa al Oeste, comenzó a remolcar de nuevo la pesada embarcación, llena casi hasta el borde.

Ningún incidente ocurrió durante la travesía de Family-Lake. Evans, por prudencia, estaba siempre pronto a cortar el cable de remolque en el caso de que la chalupa se fuera a pique, pues de no hacerlo así, hubiera arrastrado consigo la canoa, cosa grave en verdad, porque si la chalupa se hubiera perdido, ¡sabe Dios cuándo hubieran podido abandonar aquella isla!

Por fin, a las tres de la tarde las alturas de Auckland-hill se dejaron ver, y a las cinco la canoa y la chalupa entraban en el Zealand y eran amarradas en el dique. Grandes vivas acogieron la llegada de los tripulantes, a quienes no contaban ver en muchos días.

Durante aquella corta ausencia, el estado de Doniphan había mejorado algo; así es que el pobre muchacho podía responder a las cariñosas palabras que le dirigía Briant. Su respiración era más libre, y eso hacía creer a todos que el pulmón no estaba dañado. Kate renovaba de dos en dos horas el emplasto de hojas de aliso, y como la herida presentaba muy buen aspecto, juzgaban sus compañeros que se cerraría muy pronto. La convalecencia, sin duda, había de ser muy larga; pero la creían de marcha segura, dada la excelente constitución del enfermo.

La reparación de la chalupa empezó en seguida.

Costó mucho trabajo sacarla del río; pero, por fin, merced a las medidas tomadas por el marino, la vieron pronto en la orilla. Aquella barca tenía treinta pies de largo por seis de ancho, dimensiones suficientes para que cupieran en ella los diecisiete pasajeros que componían la colonia.

Evans, tan buen carpintero como marino, elogió en alto grado la destreza de Baxter. Los materiales no faltaban, ni tampoco las herramientas. Con los restos de la armadura del Sloughi pudieron arreglar la parte del costillaje roto, las tablas averiadas de la obra muerta, y con la estopa vieja, mojada en resina, tan abundante allí, calafatearon perfectamente todas las junturas.

La chalupa tenía puente a proa; lo compusieron y prolongaron hasta su tercio, cosa que aseguraba un abrigo en caso de mal tiempo, sin embargo de que no era de temer en aquella época del año. Los pasajeros podrían estar debajo o encima de aquel puente, según les conviniera. El mástil de gavia del yate sirvió de palo mayor, y Kate, según las indicaciones del marino, cortó una vela de mesana, otra más pequeña y un foque para proa. Con aquel aparejo la embarcación estaría mejor equilibrada y aprovecharía el viento por cualquier punto que viniera.

Estos trabajos duraron treinta días, acabándose el 8 de Enero, no quedando ya más que algunos insignificantes detalles, pues Evans quiso que esta embarcación estuviera en estado de navegar sin peligro alguno a través de los canales del archipiélago magallánico y que recorriera, si fuera necesario, algunos centenares de millas en el caso de que fuese preciso llegar hasta el establecimiento de Punta Arena, en la costa oriental de la península de Brunswick.

Navidad se celebró por segunda vez en French-den con cierto aparato, y también el día de año nuevo de 1862, que los colonos esperaban no concluir en la isla.

Doniphan, muy débil aun, pero cuya convalecencia estaba bastante adelantada, salía ya del hall, y aun cuando el aire puro y un alimento nutritivo le devolvieron pronto sus fuerzas, sus compañeros no quisieron partir antes de que estuviera en estado de soportar una travesía de algunas semanas sin temor a una recaída.

Mientras tanto, los jóvenes seguían su vida habitual, sólo que las lecciones y las conferencias estuvieron algo descuidadas, pues los pequeños se consideraban como en vacaciones.

Wilcox, Cross y Webb volvieron a sus interrumpidas cacerías en South-moors y en Traps-woods. Desdeñaban ya las trampas y los lazos, a pesar de los consejos de Gordon, siempre avaro de las municiones; así es que se oían detonaciones muy frecuentes, y la despensa se enriquecía con carne fresca, cosa que daba pábulo a la alegría del buen Mokó, ocupado ya en preparar conservas para el viaje.

¡Con cuánto ardor hubiera Doniphan perseguido toda aquella caza de pelo y de pluma, ahora que no tenían por qué economizar las municiones! Mucho sentimiento le causaba el no poderse reunir con sus compañeros; mas era menester resignarse y no cometer ninguna imprudencia. En fin, durante los diez últimos días de Enero, Evans procedió al cargamento de la embarcación. Briant y los demás tenían muchas ganas de llevarse todo cuanto habían salvado del naufragio del Sloughi; pero imposible por falta de sitio, y fue preciso hacer una elección de lo que más conviniera.

En primer lugar, Gordon puso aparte el dinero que recogió a bordo del yate, del que necesitarían tal vez los jóvenes colonos; luego, Mokó embarcó suficientes provisiones para el alimento de diecisiete personas durante tres semanas, y algo más por si acaso algún temporal los obligara a desembarcar en alguna de las islas del archipiélago antes de llegar a Punta Arena, Puerto Galante o Puerto Tamar.

Lo que quedaba de municiones se encerró en las cajas de la chalupa, lo mismo que los fusiles y revólveres. Doniphan quiso también llevar los dos cañoncitos, sin perjuicio de que, si la necesidad obligaba para desembarazar el buque, podrían deshacerse de ellos más tarde.

Briant ordenó que se embarcara también toda la ropa, todos o la mayor parte de los libros, los principales utensilios de cocina, y, en fin, los instrumentos necesarios para la navegación, relojes marinos, anteojos, brújulas, faroles y hasta la barquilla de goma. Wilcox escogió las mejores entre las redes y las cañas de pescar para utilizarlas por el camino.

En cuanto al agua dulce, después de cogerla en el Zealand, la encerraron en unos diez barriles, que fueron bien colocados en el fondo, no olvidando lo que quedaba de brandy, aguardiente y demás licores fabricados con los frutos del trulca y del algarrobo.

El cargamento terminó el día 3 de Febrero. Ya no quedaba más que fijar la fecha de la marcha, caso de que Doniphan pudiera soportar el viaje. El valeroso muchacho estaba cada día mejor; su herida se hallaba completamente cicatrizada, el apetito había vuelto, y apoyado en el brazo de Briant o de Kate, daba un paseíto de algunas horas por Sport-terrace.

-¡Partamos, partamos! decía. Tengo muchas ganas de que nos embarquemos. El mar me repondrá por completo.

Fijaron la marcha para el 5 de Febrero.

La víspera, Gordon devolvió la libertad a todos los animales domésticos. Guanacos, vicuñas, avutardas y demás aves del corral, huyeron a escape. ¡Tan irresistible es el instinto de la libertad!

-¡Ingratos! exclamó Garnett. ¡Después de los cuidados que les hemos prodigado, cómo huyen!

-¡Así es el mundo! dijo Service con tono tan irónico, que aquella filosófica reflexión excitó la risa de todos.

El día 5 los jóvenes colonos se embarcaron, llevando la canoa a remolque.

Pero antes de soltar la amarra, Briant y sus compañeros quisieron reunirse por última vez ante las tumbas de Francisco Baudoin y de Forbes; y allí, con gran recogimiento, rezaron una postrera oración por el alma de aquellos dos desgraciados.

Doniphan se colocó en la popa al lado de Evans, encargado del timón. A proa, Briant y Mokó estaban agarrados a las escotas, aun cuando podía contarse más bien con la corriente del Zealand que con la brisa interceptada por la masa enorme de aquel acantilado, a quien habían dado por nombre Auckland-hill.

Los demás muchachos y Phann se colocaron según el capricho de cada cual en la parte anterior del puente.

Desataron, por fin, la amarra, y los remos hendieron el agua.

Tres hurras saludaron entonces a aquella hospitalaria morada, que durante muchos meses había ofrecido tan seguro albergue a los jóvenes colonos, y no sin grande emoción, sobre todo el americano, vieron, desaparecer Auckland-hill detrás de los árboles del ribazo.

La chalupa, bajando el río Zealand, no podía ir más deprisa que la corriente, y a eso de las doce, cerca de la hondonada de Bog-woods, Evans tuvo que echar el ancla, pues siendo aquella parte del río poco profunda, no era difícil que la embarcación encallara a causa de su mucho cargamento, por lo cual creyeron muy prudente esperar la marea alta a fin de poder de esta manera continuar su marcha aprovechando el reflujo.

Esta parada duró seis horas, tiempo que consumieron los pasajeros en comer, jugar y conversar, excepción hecha de Wilcox, Cross y Webb, que distrajeron el tiempo en matar algunas chochas a la entrada de South-moors, o sea en los pantanos.

Desde la popa, Doniphan mató también un par de aves que revoloteaban en la orilla derecha. ¡Ya estaba completamente bueno!

Era ya muy tarde cuando la embarcación llegó a la embocadura del río; y como la oscuridad no permitía guiarse a través de los arrecifes, Evans, como marino prudente, quiso esperar al siguiente día para hacerse al mar.

La noche pasó muy tranquila, pues en cuanto las aves marinas volvieron a sus nidos, un profundo silencio reinó en Sloughi-bay. La mañana se presentó magnífica; era menester, pues, aprovecharla, y Evans mandó largar velas, y la chalupa, dirigida por una mano experta, salió del río Zealand.

En aquel momento todas las miradas se fijaron en la cima de Auckland-hill, y después en las últimas rocas de Sloughi-bay, que desaparecieron dando la vuelta a American-cape. Entonces nuestros colonos tiraron un cañonazo, seguido de un triple hurra, mientras que el pabellón inglés era izado en la punta del mástil.

Ocho horas más tarde, la chalupa entraba en el canal de la isla Cambridge, doblaba South-cape y seguía los contornos de la isla Adelaida.

La última punta de la isla Chairmán acababa de desaparecer en el horizonte.

XXX

Entre canales. -Retraso por causa de vientos contrarios. -El Estrecho. -El «esteamer Grafton». -Vuelta a Auckland. -Acogida hecha a los jóvenes náufragos en la capital de Nueva Zelandia. -Evans, Mokó y Kate. -Conclusión.

No es necesario referir los detalles de aquel viaje por los canales del archipiélago magallánico, pues no tuvo incidente desagradable de ninguna clase, toda vez que el tiempo se presentó constantemente hermoso, y además en todos aquellos canales, de seis a siete millas de ancho, no había que temer las borrascas, que serían poco peligrosas.

El 11 de Febrero, la chalupa, siempre empujada por un viento favorable, desembocó en el Estrecho de Magallanes, por el canal de Smith, entre la costa Oeste de la isla de la Reina Adelaida y las montañas de la Tierra del Rey Guillermo. A la derecha se elevaba el pico Santa Ana, y a la izquierda, en el fondo de la bahía de Beaufort, se veían algunos de aquellos ventisqueros que había entrevisto Briant al Este de la isla Hannover, a la que los jóvenes colonos seguían llamando isla Chairmán.

Todo iba perfectamente a bordo, y se notaba que el aire, cargado de vapores salinos, era excelente para Doniphan, pues comía y dormía muy bien, y se sentía bastante fuerte para desembarcar en cualquier parte y continuar nuevamente con sus amados compañeros, si la necesidad les obligaba de nuevo a ello, en su vida de Robinsones.

El día 12, la chalupa llegó a la vista de la isla Tamar, en la Tierra del Rey Guillermo, cuyo puerto, o más bien caleta, estaba desierta a la sazón, decidiéndose por esta causa Evans a tomar la dirección del Suroeste, a través del estrecho de Magallanes.

Por un lado, se desarrollaban las áridas y planas costas de la tierra de la Desolación, desprovista de aquella exuberante vegetación con que es engalanaba la isla Chairmán; y por el otro las sinuosidades, quebraduras y vertientes tan caprichosamente presentadas de la península Crooker.

Por allí era por donde Evans pensaba buscar algún paso hacia el Sur, para doblar el cabo Froward y remontar por la costa Este de la península de Brunswick, a fin de poder arribar al establecimiento de Punta Arena.

Pero no fue necesario, por fortuna, ir tan lejos. En la mañana del día 13, Service, que estaba de pie en la proa, exclamó:

-¡Humo a estribor!

-Ese humo que crees ver, acaso sea un fuego encendido por algunos pescadores, dijo Gordon.

-¡No!... Más bien parece de un steamer, replicó Evans.

Y, en efecto, en aquella dirección las tierras estaban demasiado lejos para que pudiera divisarse el humo de un campamento de pescadores.

En seguida Briant se lanzó a las gavias y subió hasta la punta del mástil, exclamando a su vez:

-¡Un buque!... ¡Un buque!...

Este se halló muy pronto a la vista. Era, en efecto, un steamer de unas noventa toneladas, que marchaba con una velocidad de once a doce millas por hora.

Hurras y tiros partieron de la chalupa, que había sido vista, y diez minutos después se acercaba al costado del steamer Grafton, que llevaba el rumbo a Australia.

En un instante, el capitán, llamado Tom Long, se puso al corriente de las aventuras del Sloughi, cuya pérdida conocía ya, pues aquel suceso tuvo eco lo mismo en Inglaterra que en América.

Tom Long se apresuró a recoger a bordo los pasajeros de la chalupa, y les ofreció además llevarlos a Auckland, aunque para ello tenía que apartarse algo de su ruta, puesto que el Grafton iba con destino a Melbourne, capital de Adelaida, al Sur de las tierras australianas.

La travesía se hizo con mucha rapidez, y el Grafton arribó a Auckland el 25 de Febrero.

Con sólo algunos días de diferencia, habían pasado dos años desde que los quince jóvenes alumnos del colegio Chairmán habían sido arrastrados por el mar, a mil ochocientas leguas de Nueva Zelandia.

¿Para qué describir la alegría de aquellas familias al encontrarse con aquellos hijos que creían hundidos para siempre en las aguas del Pacífico? No faltaba ni uno de los que la tempestad se había llevado hasta los parajes de la América del Sur.

La noticia de tan fausto suceso cundió con rapidez por la ciudad, y todos los habitantes acudieron para vitorear a aquellos intrépidos jóvenes, aun antes de que tuvieran tiempo de caer en brazos de sus familias.

Como la población entera estaba deseosa de conocer en detalles cuanto había pasado en la isla Chairmán, Doniphan dio algunas conferencias a este propósito, y las notas que Baxter con tanto cuidado redactaba diariamente en French-den, fueron impresas y publicadas, vendiéndose millares de ejemplares, siendo después reproducidos en todos los idiomas por los periódicos de ambos hemisferios, pues no había nadie a quien no hubiera afectado la catástrofe del Sloughi. La prudencia de Gordon, la abnegación de Briant, la intrepidez de Doniphan y la resignación de todos aquellos niños, fueron universalmente admiradas.

¿Y Kate, Mokó y Evans? Gran parte de los plácemes y felicitaciones fueron para ellos; ya porque se habían librado milagrosamente de tantas desgracias, ya también, y muy en particular, por la asiduidad que habían tenido en el cuidado y salvación de aquellos niños.

Con el fin de recompensar a Evans, se hizo una suscripción pública, que dio lo suficiente para regalar a tan bravo marino un buque mercante, el Chairmán, del que sería a un tiempo capitán y propietario, con la condición de que Auckland fuera siempre su punto de parada. Y cuando el buen piloto volvía de algún viaje, las familias de sus muchachos, como él decía, le dispensaban la más cordial acogida.

Mokó, el intrépido Mokó, fue agregado al buque Chairmán y encargado a Evans para que cuidase de él como si fuera su hijo, y a su lado si hiciera hombre, creándose una posición y una fortuna, que bien merecidas tenía.

En cuanto a la excelente Kate, los Briant, los Garnett, los Wilcox y demás se la disputaban, pero concluyó por fijarse definitivamente en casa de Doniphan, a quien salvó la vida por sus maternales cuidados.

Ha terminado nuestro relato, y como conclusión moral, he aquí lo que debe tenerse presente de él, que justifica, a nuestro parecer, su título de DOS AÑOS DE VACACIONES.

Verdad es que no hay en ningún colegio alumnos que cometieran jamás la locura de exponerse a pasar sus días de asueto en semejantes circunstancias; pero los niños, leyendo este libro, deben siempre tener presente que con orden, celo y valor, no hay ninguna situación, por mala que sea, que no se pueda vencer; y no olvidar, sobra todo pensando en los jóvenes náufragos del Sloughi, que experimentados por grandes contratiempos, y acostumbrados al duro aprendizaje de la vida, a su vuelta los pequeños eran casi adolescentes, y los mayores casi hombres.

FIN

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