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Capítulo X

X

EL CANTO DE UNA MUERTA

Un mes entero estuvo en peligro la vida de Franz de Télek. No conocía a nadie, ni incluso a su fiel Rotzko. En los momentos en que la alta fiebre le producía delirios sólo un nombre murmuraban sus labios: Stilla.

Afortunadamente, gracias a la pericia médica, a los incesantes cuidados de su servidor y en especial a su juventud y fuerte naturaleza, Franz logró escapar de la muerte y se salvó, quedando su razón incólume a pesar del violento choque. Cuando pudo coordinar sus recuerdos, volvió a su memoria la mágica escena del San Carlos en la que su amada Stilla exhaló su último suspiro.

Cuando el joven pudo abandonar el lecho, Rotzko le hizo prometer que abandonarían lo antes posible aquella funesta ciudad y se trasladarían al castillo de Kraiowa.

Antes de partir, no obstante, el joven fue a orar sobre la tumba de la muerta, para darle su último adiós. Rotzko le acompañó y no sin esfuerzo pudo arrancarle de allí, de aquella sepultura en la que dejaba su vida, su felicidad.

Una vez en Kraiowa, en Valaquia, Franz de Télek vivió durante cinco años en el más completo aislamiento, sin querer salir del castillo. Ni el tiempo ni la distancia pudieron amortiguar su pena. No podía olvidar a su amada. El recuerdo de Stilla, tan vivo como el primer día, se hallaba para siempre ligado a su existencia.

¡Cuántos ruegos y súplicas le costó a Rotzko lograr que se decidiese a dejar la soledad en la que se iba consumiendo! Por fin logró convencerle para efectuar un viaje que había de empezar por una visita a Transilvania.

Franz de Télek, pues; partió sólo para una breve excursión. Subieron a las llanuras de Valaquia y llegaron hasta la imponente cordillera de los Cárpatos; se internaron luego por los desfiladeros del Vulcano, ascendieron al Retyezat, dieron una vuelta por el valle de Maros y por fin recalaron en la aldea de Werst, en la posada del "Rey Matías".

El efecto que le produjo al joven el nombre del barón de Gorzt cuando fue pronunciado en la sala de la posada no pasó inadvertido para el señor Koltz y sus compañeros.

Rotzko hubiera enviado de buena gana al diablo al señor Koltz y a sus estúpidas historias. ¿Por qué precisamente habían ido a parar a Werst, junto al castillo de los Cárpatos?

El conde permaneció silencioso. Su inquieta mirada indicaba claramente cuál era su estado de ánimo, que en vano trataba de calmar.

El señor Koltz y sus amigos comprendieron que algún misterioso lazo unía al conde de Télek y al barón de Gortz, pero, aunque era grande su curiosidad, se mantuvieron en una prudente reserva y no insistieron sobre el particular, y poco después todos abandonaron la posada, muy preocupados, no obstante, por aquel encadenamiento de hechos, que poco bueno presagiaba para la aldea.

Ahora que el joven conde sabía a quién pertenecía el castillo, ¿reclamaría la intervención de las autoridades una vez en Karlsburg? En todo caso, y suponiendo que el conde no lo hiciese, Koltz sí estaba decidido a hacerlo. Advertida la policía, giraría una visita al castillo y vería si estaba habitado por espíritus o malhechores. El pueblo no podía debatirse por más tiempo en aquel temor.

Por su parte, aunque Franz de Télek, una vez solo en el “Rey Matías”, pareció abandonarse a los dolorosos recuerdos que el nombre del barón de Gortz evocaba en su ánimo, no dudaba por otra parte de que en el castillo se habían refugiado malhechores, y estaba decidido a cumplir su promesa de sorprender a aquellos falsos aparecidos, dando parte de lo ocurrido a la policía de Karlsburg.

Sin embargo, antes quiso Franz poseer más datos sobre aquel particular, y pensó que lo más conveniente era dirigirse al guardabosque, razón por la cual a eso de las tres de la tarde se presento en casa del juez Koltz.

Después de los saludos protocolarios usuales, Franz de Télek le preguntó al biró si había algún inconveniente en que pudiera ver a Nic Deck.

-Ninguno, señor conde -respondió Koltz-. El valiente Nic mejora de prisa, y no tardará en volver a su quehacer. ¿No es así, Miriota? -añadió, dirigiéndose a su hija, que estaba presente en la entrevista.

-Dios haga que así sea, padre -respondió Miriota, con la voz conmovida.

-¿Tenéis aquí un buen médico? -inquirió el joven, a continuación.

-¡Hum...! -torció el gesto el señor Koltz, en un tono no muy favorable para el antiguo enfermero del Lazareto.

-Tenemos al doctor Patak -explicó Miriota.

-¿El que acompañó a Nic al castillo?

-Sí, señor conde.

-Señorita Miriota -dijo entonces Franz-. En interés suyo y de todos, desearía ver a vuestro novio para obtener algunos detalles más precisos de su aventura -y ante la mirada dubitativa de la joven, se apresuró a añadir-: No abusaré, señorita Miriota; no haré nada que pueda perjudicar a vuestro Nic.

-Lo sé, señor conde.

-¿Para cuándo pensáis casaros?

-Dentro de quince días.

-Entonces, tendré sumo placer en asistir a la boda, si el señor Koltz me honra con su invitación...

-¡Señor conde, tal honor...!

Seguidamente, Franz rogó a Miriota que le condujera al cuarto del guardabosque, lo que la joven se apresuró a hacer.

Nic Deck conocía ya la llegada del conde a la posada. Estaba sentado en un viejo sillón del que se levantó para saludar al visitante. Como apenas se resentía ya de la parálisis que le había acometido, se encontraba bien dispuesto para responder a las preguntas de Télek.

-Señor Deck -empezó Franz, tras estrechar amistosamente la mano del joven-, ante todo deseo preguntaros si creéis en la presencia de seres maléficos en el castillo de los Cárpatos.

-No tengo más remedio que hacerlo, señor conde -respondió Nic, convencido de ello.

-¿Y serían esos genios maléficos los que os impidieron penetrar en el castillo?

-No lo dudo, porque si no había esos genios, no tiene explicación lo que me ocurrió.

-¿Queréis contarme, con el mayor lujo de detalles de que os podáis acordar, lo que os sucedió exactamente? -Con mucho gusto, señor conde.

Y Nic refirió pormenorizadamente lo que se le pedía, con lo que confirmó los hechos que Franz ya sabía por los parroquianos del "Rey Matías"; hechos a los que el conde daba, por otra parte, una explicación puramente natural.

En cuanto a la pretensión del doctor Patak de haberse sentido sujeto al suelo por una fuerza invisible, era dable sospechar que el doctor había sido víctima de una ilusión de sus sentidos. Lo que parecía más verosímil era que el doctor había quedado paralizado por el terror; y esto fue lo que Franz le sugirió al guardabosque.

-¡Cómo, señor conde! -rebatió aquél-. Precisamente en el instante en que el doctor quería huir, ¿iban sus piernas a negarse a correr? Bien convendréis en que es inverosímil.

-Bien -accedió Franz-; supongamos que sus pies estaban atrapados en algún lazo, probablemente oculto bajo la hierba del foso.

-Cuando los lazos se aprietan -rebatió el guardabosque-, hieren cruelmente y si examináis las piernas del doctor no hallaréis ninguna señal de herida.

-Vuestra observación es correcta, Nic Deck, y sin embargo, hemos de creer que si el doctor no podía separar sus pies del suelo es porque estaban sujetos por un lazo...

-Decidme, pues, señor conde, ¿cómo pudo abrirse ese lazo por sí mismo para dejar en libertad al doctor7

Franz no supo qué responder.

-Además, señor conde -continuó el guardabosque-, aunque no puedo asegurar nada en lo concerniente al doctor, pues no puedo afirmar lo que no sé por mí mismo, lo que me pasó a mí sí está claro. No hay duda de que recibí una fuerte sacudida y de una manera no natural.

-¿No hay en vuestro cuerpo alguna señal de herida? -inquirió Franz.

-Ninguna, señor conde. Y sin embargo, fui atacado con una violencia inaudita.

-¿Fue en el momento en que pusisteis la mano sobre la bisagra del puente levadizo?

-Y apenas la toqué quedé como paralizado. Afortunadamente no solté la otra mano de la cadena que asía, y así me deslicé hasta el fondo del foso, donde el doctor me encontró inconsciente.

Franz movió la cabeza, como si persistiese aún su incredulidad ante aquellas explicaciones.

-Vea, señor conde -siguió Nic-; lo que os he contado no ha sido un mal sueño. He permanecido aquí, tendido en esta cama durante ocho días sin poder usar ni brazos ni piernas. No creeréis que eso lo he imaginado.

-No pienso tal, y es bien seguro que habéis recibido una conmoción brutal...

-¡Brutal y diabólica!

-¡No! En esto no estoy de acuerdo, Nic Deck -rebatió el conde-. Creéis haber sido golpeado por un ser sobrenatural y yo no lo creo, por la sencilla razón de que no hay tales seres sobrenaturales ni maléficos ni benéficos.

-Entonces, podéis explicarme lo sucedido?

-No puedo ahora; pero tened por seguro que todo se explicará del modo más simple.

-¡Dios lo quiera! -suspiró el guardabosque.

-Decidme ahora -preguntó Franz-: ¿ese castillo ha pertenecido siempre a la familia Gortz?

-Así es, señor conde;. le pertenece aún, aunque el último descendiente, el barón Rodolfo, ha desaparecido, sin que se tengan noticias suyas.

-¿Y cuándo fue esta desaparición?

-Hará unos veinte años. Un día el barón Rodolfo abandonó el castillo y no ha vuelto. El último servidor murió unos meses después de su partida.

-¿Y desde entonces nadie ha vuelto a poner los pies en el castillo?

-Nadie. Por eso se cree que el barón debió de morir en el extranjero, poco después de su partida.

-Pues no es cierto. El barón vivía todavía, al menos hace cinco años.

-¿Cómo? ¿Vivía?

-Sí. En Italia. Yo lo vi en Nápoles.

El joven guardabosque quedó pensativo, dudando en formular una idea que había cruzado por su mente. Finalmente se decidió y frunciendo el ceño, dijo:

-No es de suponer, señor conde, que el barón de Gortz haya vuelto al país sólo para enterrarse en el castillo...

-No... no es de suponer, Nic Deck.

-¿Qué interés tendría en ocultarse... en no dejar que nadie pudiese verle?

-Supongo que ninguno -respondió Franz de Télek.

Y sin embargo, la idea de que el barón había vuelto al castillo comenzaba a tomar cuerpo en el ánimo del conde. ¿No era posible que aquel enigmático personaje hubiera ido a refugiarse en el castillo después de haber salido de Nápoles? Allí, gracias a la superstición de las alrededores, si es que quería vivir en el aislamiento, podía defenderse contra cualquier indagación inoportuna con efectos hábilmente preparados. De todos modos, Franz juzgó inútil poner a los de Werst sobre aquella hipótesis. Esto hubiera reportado participarles antecedentes de hechos demasiado personales. Y por otra parte, no conseguiría convencerles; cosa que le reafirmó las siguientes palabras de Nic.

-Si el barón Rodolfo es quien habita en el castillo, es preciso convenir en que el barón es el Chort, pues sólo este diabólico ser ha podido tratarme de esta manera.

No deseando continuar por aquel camino, Franz cambió el curso de la conversación. Después de tranquilizar por todos los medios posibles al guardabosque, obtuvo de él la promesa de que no intentaría una nueva tentativa. Aquél no era asunto suyo sino de las autoridades, y los agentes de policía de Karlsburg sabrían descubrir el misterio del castillo de los Cárpatos. Seguidamente el conde se despidió de Nic Deck, deseándole una pronta recuperación a fin de que no tuviese que retrasar su matrimonio con la linda Miriota, ceremonia a la que prometió asistir.

Absorto en sus pensamientos, Franz regresó a la posada y no salió en el resto del día.

A las seis Jonás le sirvió la cena en el salón, donde, por una loable reserva, ni el juez Koltz ni nadie más del pueblo fueron a turbar la soledad del conde.

Hacia las ocho Rotzko le pidió permiso para llegarse hasta el terraplén del final de la calle para fumar allí una pipa.

-Puedes ir -concedió el conde.

Después, medio recostado en un sillón, Franz se absorbió en sus recuerdos de Nápoles. Le pareció estar en la última representación en el teatro San Carlos. Volvió a ver al barón de Gortz en el momento en que había asomado su cabeza por el palco, fijando su ardiente mirada sobre la artista, cual si la hubiese querido fascinar. Después, su pensamiento se dirigió hacia aquella carta firmada por el enigmático personaje, en la que le acusaba de haber matado a la joven Stilla... Y mientras se perdía en aquellos recuerdos, Franz sintió que el sueño le invadía poco a poco, si bien sus sentidos estaban tensos de modo que podía percibir el menor ruido. Y estando en aquel duermevela se produjo un sorprendente fenómeno. Le pareció como si una voz dulce y melodiosa se dejase oír en aquella sala en la que Franz estaba absolutamente solo. Sin darse cuenta de si aquello era un sueño o realidad, se incorporó y escuchó.

¡Sí! Diríase que una boca se había aproximado a su oído y que unos labios dejaban escapar la armoniosa melodía de Stéfano, inspirada en estas palabras:

Nel giardino d'mille fiori,
andiamo, mio cuore!...

Franz conocía esta romanza de inefable suavidad; se trataba de una de las romanza que cantó la Stilla en el concierto que dio en el San Carlos antes de su función de despedida. Fascinado sin querer, Franz se abandonó al encanto de aquella voz, una vez más...

Con la última nota de la romanza, la voz se extinguió. Franz, entonces, pareció despertar de su letargo y se puso de pie bruscamente, reteniendo la respiración para no perder el más lejano eco de aquella voz que había penetrado hasta su corazón. Todo estaba en silencio dentro y fuera...

"¡Su voz! -murmuró-. Sí... ¡Era su voz, la voz que tanto amé!"

Después, volviendo a la realidad, se dijo:

"He dormido y he soñado..."

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