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Capítulo XI

XI

UNA APARICIÓN

Al día siguiente el conde se levantó con el alba, con el ánimo todavía turbado por la experiencia de la pasada noche.

Era el día en que iba a salir de Werst, camino de Kolosvar, con la intención de detenerse un día entero en Karlsburg. Desde la capital de Transilvania el ferrocarril le llevaría a las provincias centrales de Hungría donde daría por terminado el viaje.

Salió de la posada, y mientras paseaba por el terraplén, dirigió sus prismáticos hacia el castillo y estuvo contemplando, con cierta emoción, la silueta de la fortaleza, claramente proyectada por el sol sobre la meseta de Orgall.

Pensó si al llegar a Karlsburg cumpliría la promesa que había hecho a la gente de Werst. ¿Alertaría a la policía de lo que ocurría en el castillo de los Cárpatos?

Habiendo creído en un principio que el castillo era refugio de malhechores, o por lo menos de gente sospechosa que tenía interés en no ser descubierta, la promesa que había hecho debía cumplirse.

Pero habiendo reflexionado experimentó un cambio en sus ideas, y a la sazón dudaba de qué partido tomar.

¿Podía ser que viviese el barón de Gortz? Cinco años hacía que nadie había vuelto a saber de él, pero ¿qué pruebas había de su muerte? Y si vivía, ¿no era lógico pensar que había vuelto al castillo de sus antepasados? ¿Acaso Orfanik, aquel extraño acompañante del barón, aquel raro físico, no sería el autor de los fenómenos que mantenían el terror en la comarca?

Esta hipótesis parecía muy plausible, pues si el barón y Orfanik habían buscado refugio en el castillo, lo normal era que hubiesen querido hacerse inabordables, a fin de poder vivir aislados, como eran sus hábitos y conforme a sus caracteres.

De ser así, ¿qué conducta podía seguir él? ¿Era conveniente tratar de intervenir en la vida privada del barón?

Dudaba el conde en esta acción, cuando Rotzko se le unió.

Una vez el joven le hubo puesto en conocimiento de sus ideas sobre el caso, dijo el otro:

-Señor, es posible que el barón de Gortz ponga en práctica estas maquinaciones diabólicas y en este caso mi opinión es que es mejor no mezclarnos en el asunto. Que se las arreglen los de esta aldea.

-Bien pensado, tal vez tengas razón.

-Sin duda, señor. El señor Koltz ya sabrá cómo arreglárselas para acabar con los espíritus del castillo.

-Nos pondremos en camino después del almuerzo, mi buen Rotzko.

-Todo estará dispuesto.

-Pero antes de bajar al valle del Sil daremos una vuelta por el Plesa.

-¿Para qué, señor?

-Desearía ver de cerca, si es posible, ese castillo de los Cárpatos. Es un capricho, Rotzko, un capricho que no nos retrasará más de media jornada.

A Rotzko le contrarió aquella determinación, que consideraba inútil. A él le hubiera gustado alejar del ánimo de su amo todo lo que pudiera recordarle el pasado. Pero aunque porfió, esta vez fue en vano. La resolución del conde era firme.

La causa era que Franz se sentía atraído hacia el castillo como por una fuerza invisible. Tal vez, sin que lo notase cl conde, se unía aquella atracción al ensueño de haber oído la voz de Stilla murmurando aquella sentida melodía de Stéfano.

Pero, ¿había sido un sueño? Porque el conde recordó de repente que en aquella misma sala se había oído una voz... aquella amenazadora voz a la que tan imprudentemente había desafiado Nic Deck. No era, pues, extraño, que en aquel estado mental en que se encontraba el conde, ansiase dirigirse al castillo de los Cárpatos hasta el pie de sus ruinosas murallas, si bien no pensaba penetrar en su interior.

Naturalmente, Franz de Télek no quería dar a conocer a los habitantes de Werst sus intenciones, pues sin duda se hubieran unido a Rotzko en su afán de disuadirle de sus propósitos. A1 verle salir del pueblo en dirección al valle del Sil nadie podría dudar de que no fuese a tomar el camino de Karlsburg.

Por otra parte, desde el terraplén el conde había observado que otro camino seguía la base del Retyezat hasta la garganta del Vulcano, siendo posible subir, pues, por las alturas del Plesa hacia el castillo sin tener que pasar de nuevo por la aldea, con lo que sus habitantes no le verían.

Después del almuerzo, y tras haber pagado sin rechistar la cuenta un poco excesiva, que con su mejor sonrisa servil le presentó Jonás, Franz se dispuso a salir del pueblo.

El señor Koltz, Miriota, el maestro Hermod, el doctor Patak, el pastor Frik y un buen número de habitantes salieron a despedirle.

El mismo guardabosque había salido de su cuarto, con lo que bien se veía que no tardaría mucho en estar restablecido por completo.

-Os deseo mil felicidades, Nic Deck, a vos y a vuestra prometida.

-Feliz viaje, señor conde -respondió el guardabosque.

-Señor conde -intervino entonces Koltz-, os rogamos que no olvidéis dar cuenta de lo del castillo a las autoridades de Karlsburg.

-No lo olvido, señor Koltz. Pero vos mismo, si queréis, podéis libraros de esa vecindad que os inquieta, pues antes de cuarenta y ocho horas tendríais aquí a los gendarmes, que darían buena cuenta de los seres que se ocultan en el castillo.

-Salvo el caso, muy probable, de que sean espíritus -rebatió el pastor Frik.

-Incluso en ese caso -respondió Franz, encogiéndose de hombros.

-Señor conde -intervino el doctor Patak-, no hablaríais de ese modo si nos hubieseis acompañado a Nic Deck y a mí.

-Cierto que me hubiera asombrado, doctor -comentó en tono irónico Franz-, de pasarme lo que a vos, que os quedasteis sujeto por los pies en el foso.

-Por los pies, sí, señor, o mejor dicho, por las botas; a menos que pretendáis pensar que yo estaba soñando.

-No pretendo nada -respondió Franz-, y no trataré de explicaros lo que parece inexplicable; pero tened por cierto que si los gendarmes vienen a ocupar el castillo de los Cárpatos, sus botas, acostumbradas a la disciplina, no echarán raíces como las vuestras.

Dicho esto el conde recibió por última vez el homenaje del hostelero de la posada, y después de haber saludado al señor Koltz a su hija, a Nic Deck y a los demás, hizo una seña a Rotzko y ambos se dirigieron a buen paso hacia el camino de la garganta.

En menos de una hora, Franz y su asistente llegaron a la orilla derecha del río, por la que siguieron subiendo por la vertiente meridional del Retyezat.

Después de dos horas de marcha Franz y Rotzko hicieron un alto para descansar. Desde aquel sitio se veía la meseta de Orgall como a cosa de media milla. Era conveniente, pues, abandonar el curso del Sil, ya que Franz quería atravesar la garganta del Vulcano para tomar la dirección del castillo.

Con el fin de no tener que pasar de nuevo por Werst, aquel rodeo alargaba el doble la distancia que separaba al castillo del pueblo. Sin embargo, pensaban llegar de día aún a la cúspide de la meseta, con lo que el conde podría observar bien el exterior del castillo; y esperando hasta la noche, podrían volver al camino de Werst en la seguridad de no ser vistos por nadie.

El alto duró media hora. Franz, absorto en sus pensamientos y muy alterado en su ánimo ante la idea de que el barón de Gortz se ocultaba en el fondo de aquel castillo, no pronunció palabra.

Siguieron adelante por el valle, internándose por una espesura por la que no cruzaba sendero alguno.

Emplearon una hora en llegar otra vez al camino de la garganta del Vulcano, que atravesaron hacia las cinco. Les fue necesaria otra hora para remontar la ladera derecha del Plesa, erizada de montones de rocas entre las que tenía que andarse con grandes precauciones; bruscos desniveles, hoyos profundos; en fin, un verdadero caos. Parecía, ciertamente, que el castillo de los Cárpatos pudiera defenderse sólo con lo escabroso del terreno. Rotzko pensaba que más adelante los obstáculos aún serían mayores y que no podrían vencerlos, pero no ocurrió así.

Desde el otro lado de aquella zona se pudo llegar con facilidad a la meseta. Desde allí el castillo se destacaba en el medio de aquella soledad.

Desde aquel punto, Franz y Rotzko iban a abordar el castillo por la muralla lateral que miraba al Norte, mientras que Nic Deck y el doctor Patak habían llegado ante la muralla del Este. Por aquella muralla de la parte Norte era imposible penetrar en el castillo pues no había poterna ni puente levadizo, aparte de que, siguiendo las irregularidades del terreno, la muralla se alzaba allí a gran altura.

Serían las siete y media cuando Franz de Télek y Rotzko se detuvieron en el extremo de la meseta de Orgall. Ante ellos se alzaba, en la sombra, la masa del castillo. A la izquierda, la muralla formaba un brusco recodo, flanqueado por el bastión del ángulo. Allí, sobre la terraza y por encima del almenado parapeto, se extendían las retorcidas ramas del haya, que atestiguaban los violentos huracanes del Sudoeste en aquellas alturas.

El pastor Frik no se había engañado. De creer en la leyenda, sólo tres años de existencia le quedaban al viejo castillo de los Gortz.

Franz, en silencio, sobrecogido, contemplaba aquellas construcciones, dominadas por el torreón central. Allí dentro, a no dudar, había aún galerías abovedadas, largas, un extenso dédalo de pasadizos, escondrijos en las entrañas del suelo, como los poseían las fortalezas de los antiguos magiares. Ninguna morada podía ser más apropiada para que el último descendiente de la familia de los Gortz se sepultase en un olvido cuyo secreto nadie podía conocer.

Cuanto más pensaba en ello, más el conde se aferraba a la idea de que Rodolfo de Gortz se había refugiado en la soledad de aquel castillo de los Cárpatos.

Pero nada revelaba la presencia de seres humanos en el interior del torreón. Ni el más leve humo se escapaba del mismo, ni el más pequeño ruido llegaba a través de los ventanales herméticamente cerrados. El silencio de aquella tenebrosa edificación no era turbado ni por el canto de un pájaro.

Rotzko, que no quería turbar Los dolorosos recuerdos de su amo, permanecía a una prudente distancia, sin pensar interrumpirle con la menor observación.

Pero cuando el Sol hubo traspuesto el macizo del Plesa y el valle de los Sils empezaba a llenarse de sombras, Rotzko no dudó en acercarse al conde e indicarle con todo respeto:

-Señor, ya es de noche. Pronto serán las ocho. Es tiempo de irnos si quiere estar en Livadzel antes de que cierren las posadas.

-Rotzko, ahora nos iremos -respondió Franz.

-Necesitaremos más de una hora, señor, para regresar al camino y como ya será de noche, nadie nos verá atravesarlo.

-Sólo unos minutos -insistió Franz-, y bajaremos hacia la aldea.

El joven no se había movido del sitio en que se detuviera al llegar a la meseta. Parecía que estaba retenido por el castillo, tal vez por uno de esos secretos presentimientos de los que el corazón no puede darse cuenta.

Rotzko se decidió a decir por última vez:

-¿Vamos, señor?

-Sí, sí -respondió Franz; pero siguió sin moverse.

La meseta de Orgall ya estaba oscura; la alargada sombra de la pendiente en dirección al Sur iba invadiendo el castillo, los contornos del cual parecían irse difuminando. Bien pronto dejaría de ser visible a menos que no saliese alguna luz de las estrechas ventanas del torreón.

-Vimos, señor -insistió Rotzko, impaciente.

Ya se disponía a seguirle Franz cuando sobre la terraza del baluarte, donde se alzaba el árbol de la leyenda, apareció una forma vaga. Franz quedó paralizado contemplando aquella forma, cuyo perfil iba agrandándose lentamente. Era una mujer con la cabellera suelta, las manos tendidas y envuelta en un amplio vestido blanco.

¿No era aquél el vestido que la Stilla llevaba en la escena final del Orlando, cuando Franz de Télek la tuvo en sus brazos por última vez?

¡Sí, era ella, inmóvil, con los brazos tendidos hacia el conde y fijando en él su penetrante mirada!

-¡Ella..., ella! -exclamó Franz; y precipitándose hacia el foso, hubiera rodado hasta el pie de la muralla de no haberle sujetado Rotzko.

Se borró bruscamente la aparición, tras mostrarse cosa de un minuto.

¡Qué importaba! Un segundo le hubiera bastado a Franz para reconocerla,

-¡Ella, es ella! ¡Vive, vive...! -murmuró.

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