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XIV LA HUIDA Franz estaba aterrado. Sus temores en cuanto a la pérdida de sus facultades mentales se realizaban. El único sentimiento que persistía en él claro y preciso era el recuerdo de Stilla, la impresión de aquel canto que acababa de oír, los ecos del cual ya no repercutían en la sombría cripta. ¿Había sido objeto de una ilusión? No, con toda seguridad. Era Stilla quien había cantado, y era Stilla a quien él había visto sobre el baluarte del castillo. Entonces volvió a golpearle la idea de que ella estaba loca, y aquel pensamiento le hirió como si acabara de perderla por segunda vez. ¡Ah! ¡Si él pudiese arrancarla de aquel castillo y llevársela al de Kraiowa! ¡Consagrarse por entero a ella!... Tal vez sus cuidados y su amor le devolverían la cordura. Transcurrieron muchas horas antes de que Franz por fin pudiera ordenar sus pensamientos. Entonces trató de razonar con calma y hacer luz en aquel caos que envolvía su mente. "Es preciso que huya de aquí -se dijo-. Pero, ¿cómo? Esperaré a que vuelvan a abrir esta puerta... Sí... ¿No es mientras duermo cuando vienen a renovar los alimentos? Pues aguardaré. Fingiré dormir." Entonces Franz concibió una sospecha. El agua de la vasija debía de contener alguna sustancia soporífera. Aquel pesado sueño, el completo aniquilamiento de sus sentidos después de haber bebido de aquella agua... Bien; ya no la bebería, ni tocaría los alimentos que había sobre la mesa... No tardarían en entrar, y entonces... Se puso a escuchar para sorprender el ruido de alguna pisada que se aproximara a una u otra puerta. Pero no llegó hasta él el menor rumor y fue asiéndose a lo largo de los muros de la cripta, con la cabeza ardiendo, la mirada extraviada, la sangre golpeándole en las sienes, respirando anhelante aquella atmósfera viciada. De pronto, al pasar ante uno de los ángulos de la derecha, sintió en la cara un soplo de aire más fresco. ¿Había allí una abertura? ¡Sí!... Allí había un paso estrecho que no había podido ver por las sombras del pilar. Franz, sin pensarlo dos veces, se deslizó entre las paredes hacia donde venía una claridad de lo alto. Era un patio pequeño, cuyos muros se alzaban unos treinta metros. Parecía el fondo de un pozo que servía de patio interior a aquella celda, por el que entraba un poco de aire y claridad. Franz vio que era de día. En lo alto del pozo se dibujaba un ángulo de luz oblicuamente proyectado al nivel del brocal. Por la inclinación de aquel ángulo Franz dedujo que debían de ser más o menos las cinco de la tarde. Entonces comprendió que su sueño debió de prolongarse por lo menos cuatro horas, no dudando, pues, de que había sido provocado por un somnífero. Así, pues, si ellos habían salido de Werst la antevíspera, 11 de junio, estaban en 13 de junio. Aunque el aire estaba impregnado de humedad, Franz lo aspiró con deleite, sintiéndose un poco aliviado; pero pronto tuvo que reconocer que no era posible la huida por aquel tubo de piedra. Izarse a lo largo de aquellos muros que no presentaban salientes practicables, era imposible. Franz regresó al interior de la cripta; puesto que la huida sólo podía hacerse por una de las dos puertas, se puso a examinarlas. La primera, es decir, aquélla por la que había entrado, era muy sólida y de un grueso espesor; y por el exterior debía de estar sujeta por fuertes cerrojos; era, pues, inútil tratar de forzarla. La segunda puerta, la que quedaba enfrente y por la que había oído a su través la voz de la Stilla, parecía en peor estado, pues los tableros estaban podridos en algunas partes. Quizá por aquel lado... Resolviéndose, ya que no había tiempo que perder, pues era probable que entrasen en la cripta en cuanto le supusieran bajo los efectos del narcótico, trabajó muy aprisa, más de lo que cabía esperar dado su estado. El moho había carcomido la madera alrededor de los cerrojos, y con el cuchillo Franz consiguió quitar la parte circular, trabajando sin apenas hacer ruido, deteniéndose de cuando en cuando para prestar atención. Tres horas más tarde había hecho saltar los cerrojos y la puerta estaba abierta. Franz volvió al fondo del patio para aspirar un aire menos viciado. En aquel momento, el ángulo luminoso no se dibujaba ya en el brocal del pozo, lo que probaba que el Sol habíase puesto ya tras el Retyezat. El patio estaba sumido en una profunda oscuridad. Algunas estrellas brillaban en lo alto y parecían verse por el tubo de un telescopio. Serían, pues, cerca de las nueve. Franz entró en la cripta otra vez. Tomó un poco de alimento y apagó la sed en el agua de la pila, tras verter la de la vasija. Se puso el cuchillo en el cinto, franqueó la puerta y la dejó como si estuviese cerrada. En cuanto dio unos pasos, tropezó con un escalón, tal como lo había pensado. Allí empezaba una escalera. Subió por ella, contando los escalones. Esta vez eran sesenta. Siguió por un oscuro pasadizo, tanteando las paredes. Durante media hora siguió avanzando sin verse detenido por una puerta o una reja; pero numerosos recodos le habían impedido reconocer la dirección que iba siguiendo. Después de un breve descanso, Franz continuó. Aquel corredor parecía no tener fin. Pero de pronto se vio detenido por un obstáculo: una pared de ladrillos; tanteó por diversos sitios pero no encontró ningún paso. Por aquella parte no había, pues, salida. No pudo contener una exclamación. Todas las esperanzas que había concebido se esfumaban ante aquel obstáculo. Sus piernas le fallaron y cayó al suelo junto a la pared. Y entonces notó que el muro presentaba una estrecha quebradura, y que los semidestruidos ladrillos podían desmenuzarse con las manos. -¡Por aquí!... ¡Por aquí! -gritó Franz. Y comenzó a deshacer los ladrillos y a sacarlos uno a uno. De repente se detuvo, pues le pareció oír un ruido metálico al otro lado... Al mismo tiempo, un rayo de luz penetró por la hendidura practicada en la pared. Franz atisbó por ella. Vio la antigua capilla del castillo, reducida por el tiempo y el abandono a un estado ruinoso... Todavía se conservaba una bóveda medio arruinada, algunos arcos que arrancaban de torcidos pilares; dos o tres arcos de estilo ojival, que amenazaban ruina y unas ventanas de estilo gótico. En algunas partes mármoles llenos de polvo, bajo los cuales debía de reposar algún antepasado de Rodolfo de Gortz. En el fondo, un fragmento de altar, con un retablo que aún mostraba algunas esculturas estropeadas. Finalmente, en la entrada del pórtico, la campana, de la que pendía una cuerda que llegaba hasta el suelo; aquella campana, que sonaba algunas veces produciendo el terror en las gentes de Werst, retrasadas en su camino hacia el pueblo. En aquella capilla, desierta desde hacía tantos años y expuesta a las inclemencias atmosféricas, acababa de entrar un hombre. Llevaba un farol en la mano, cuya luz le daba en pleno rostro. Franz reconoció en seguida a aquel hombre. Era Orfanik, el excéntrico físico que acompañaba al barón en sus peregrinajes por Italia; aquel ser chocante que gesticulaba y hablaba solo por las calles; aquel sabio ignorado; aquel inventor, siempre en pos de alguna quimera, y que sin duda ponía sus inventos al servicio de Rodolfo de Gortz. Si Franz conservaba alguna duda acerca de la presencia del barón en el castillo, aquella duda se desvaneció convirtiéndose en certeza ante la presencia de Orfanik. ¿Qué iba a hacer aquel hombre en la arruinada capilla, a aquella hora de la noche? Franz trató de enterarse y vio que Orfanik se encorvaba y levantaba varios cilindros de hierro unidos por un alambre, que se extendía desde una bobina depositada en un rincón de la capilla. Era tal la atención que aquel hombre ponía en su tarea que aunque el conde se le hubiese aproximado, no le hubiera visto ni notado. ¡Ah! Si el hueco que Franz había empezado a practicar tuviese ya el suficiente espacio para permitirle el paso, hubiese entrado en la capilla, precipitándose sobre Orfanik y obligándole a que le condujera al torreón. Pero tal vez era mejor no poder hacerlo, porque, incluso aunque su tentativa tuviera un feliz resultado, sin duda el barón de Gortz le haría pagar con su vida los secretos que acababa de descubrir. Momentos
después de la entrada de Orfanik en la capilla, entró en
ella otro hombre: ¡el barón de Gortz! La inolvidable
fisonomía de aquel personaje no había cambiado; parecía
no haber pasado un día para él. Estaba igual, con su cara
pálida y alargada, que el farol iluminaba por entero, su
cabellera larga y gris echada hacia atrás, y su mirada
centelleando en sus hundidos ojos...
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