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XV APLICACIONES DE LA ELECTRICIDAD -¿Está acabado el recorrido de la capilla, Orfanik? -le preguntó el barón de Gortz al físico, aproximándose para examinar el trabajo. -Ahora mismo lo he terminado. -¿Está todo preparado en las casamatas de los baluartes? ¿Están los baluartes y esta capilla directamente comunicados con el torreón? -Todo está dispuesto. -Y cuando el aparato haya lanzado la corriente, ¿tendremos tiempo de huir? -Lo tendremos. -¿Has comprobado que esté libre el túnel que desemboca en la garganta del Vulcano? -Lo está. Se produjo entonces una pausa mientras Orfanik después de coger el farol, proyectaba la claridad hacia el fondo de la capilla. -¡Ah, mi viejo castillo! -exclamó el barón-. ¡Caro costará a quienes quieran forzar tu recinto! -¿Habéis oído lo que se decía en Werst? -preguntó Orfanik. -Hace una hora el hilo me ha traído las conversaciones que se mantenían en el "Rey Matías". -¿Han dispuesto el asalto para esta noche? -No, lo efectuarán al amanecer. -¿Cuándo ha regresado el servidor del conde a Werts? -Hace dos horas que está allí, con dos agentes de la policía que ha traído de Karlsburg. Bien, puesto que no podré defender el castillo -continuó el barón de Gortz-, ¡al menos aplastaré entre sus ruinas a ese Franz de Télek y a todos los que vengan a por él! Después de una nueva pausa, prosiguió: -¿Y el hilo, Orfanik? ¿Se ignorará siempre que hemos establecido una comunicación entre el castillo y Werst? -Lo destruiré y nunca se sabrá. En aquella época -últimos años del siglo XIX- el empleo de la electricidad, a justo título considerada el espíritu del siglo, había alcanzado grandes perfeccionamientos. El ilustre Edison y sus discípulos habían rematado la gran obra. Entre diversos aparatos eléctricos, el teléfono funcionaba entonces con una precisión tan maravillosa que los sonidos recogidos en las placas llegaban claramente al oído, sin necesidad de auricular. Cuanto se decía, cuanto se cantaba, incluso lo que se susurraba, se podía oír, cualquiera que fuese la distancia, y dos personas separadas por miles de leguas podían hablarse como si estuviesen una enfrente de la otra. Bastantes años antes, Orfanik, el inseparable acompañante de Rodolfo de Gortz era, en lo que se refería al uso práctico de la electricidad, un genio de primer orden. Pero, sus descubrimientos no habían sido acogidos como se merecían y los sabios no habían querido ver más que un loco donde había un hombre genial en su rama. Por eso era tan grande el odio que el inventor profesaba a sus semejantes. En aquellas circunstancias, el barón de Gortz encontró a Orfanik en la pura miseria. Le alentó en sus trabajos, le ayudó económicamente y por fin se unió al sabio a condición de que éste le reservara el beneficio de sus invenciones, de las que sólo él debía aprovecharse. Después de los incidentes que terminaron con la carrera de la Stilla, el barón de Gortz desapareció, sin que nadie pudiese saber qué había sido de él. Dejando Nápoles, vino a refugiarse en el castillo de los Cárpatos, acompañado de Orfanik, quien no dudó en encerrarse con él. La intención del barón era la de que ningún habitante de la región sospechase su regreso, para que nadie intentase visitarle. Como sea que existía una comunicación secreta con el camino del Vulcano, un antiguo servidor del barón, al que nadie conocía como tal, traía en épocas fijas todo cuanto era necesario para la vida del barón y su acompañante, con lo que aseguraban su existencia. En realidad, lo que quedaba en pie del castillo y especialmente el torreón, estaba menos desmantelado de lo que se apreciaba desde el exterior. Por ello, provisto de cuanto necesitaba para sus experimentos, Orfanik pudo dedicarse a los prodigiosos trabajos cuyos elementos hallaba en la física y en la química. Y entonces tuvo la idea de utilizarlos para alejar a los importunos. Orfanik instaló, pues, una maquinaria especial dedicada a sembrar el espanto en el país, produciendo fenómenos que para aquellas gentes tan supersticiosas no podían ser atribuidos más que a intervenciones diabólicas. Además, era importante para el barón estar al corriente de lo que se hablaba en la sala de la posada de Werst. ¿Había algún medio de oír lo que hablaban las personas sin que éstas pudiesen sospecharlo? Orfanik estableció una comunicación telefónica entre el castillo y el salón de la posada, donde había la costumbre de celebrar reuniones todas las noches. Esto lo consiguió el sabio con un procedimiento secreto y muy sencillo. Un hilo de cobre, revestido de una cubierta aislante y uno de cuyos extremos subía hasta el primer piso del torreón, fue tendido bajo las aguas del Nyad hasta el pueblo de Werst. Efectuado este primer trabajo, Orfanik, que no era conocido de nadie en el pueblo, fingiendo ser un turista fue a pasar una noche en el "Rey Matías", a fin de instalar el otro extremo del cable en un lugar apropiado y escondido, lo que le fue fácil, llevando la extremidad del hilo a lo alto de la ventana de la fachada posterior que no se abría jamás. Después, colocó un aparato telefónico, que ocultaba lo espeso del follaje y conectó el hilo. Este aparato estaba maravillosamente dispuesto, tanto para transmitir como para captar los sonidos, por lo cual el barón de Gortz podía oír todo lo que se hablaba en la posada y también hacer oír lo que le convenía. Durante los primeros años nada turbó la tranquilidad del castillo pues la mala reputación que tenía era bastante para alejar de él a los habitantes de Werst. Además, se le tenía por abandonado. Pero un buen día, el anteojo comprado por el pastor Frik permitió ver humo en el torreón y desde aquel momento empezaron las murmuraciones. Entonces fue muy útil la comunicación telefónica, ya que, gracias a ella, el barón de Gortz y Orfanik estaban al corriente de lo que se decía en la aldea. Así, por este procedimiento supieron de la resolución de Nic Deck de penetrar en el castillo, lo que, para hacerle disuadir, motivó la amenazadora voz que se oyó en la posada. Pero como a pesar de ella, el joven había persistido en su resolución, el barón resolvió darle tal lección que no le quedasen deseos de intentarlo jamás. Aquella noche, la maquinaria de Orfanik produjo una serie de fenómenos puramente físicos, capaces de helar de espanto a los habitantes de los alrededores. La campana echada a volar; la proyección de intensas llamaradas mezcladas con sal marina lo que daba a todos los objetos una apariencia fantasmal; formidables sirenas, con el aire comprimido sonando como espantosos mugidos al escapar; siluetas fotográficas de monstruos, proyectadas a las nubes por medio de potentes reflectores; placas dispuestas en el piso del fondo del foso de la muralla, que puestas en comunicación con pilas corrientes habían sujetado al doctor por los clavos de sus gruesas botas y, finalmente, la descarga eléctrica lanzada desde las baterías del laboratorio, que había paralizado al guardabosque en el momento de poner éste la mano sobre el hierro del puente levadizo. Como había supuesto el barón, después de todos aquellos "prodigios", el terror llegó al colmo en la comarca, y ni por todo el oro del mundo hubiera querido nadie aproximarse al castillo de los Cárpatos, evidentemente habitado por seres fantasmales. Rodolfo de Gortz se creía, pues, al abrigo de cualquier curiosidad inoportuna, cuando llegó Franz de Télek al pueblo de Werst. Cuando interrogaba a Jonás, al señor Koltz y a los demás, ya fue captada su presencia por el hilo del Nyad. El odio que el barón de Gortz sentía por el conde se incrementó con el recuerdo de los sucesos de Nápoles. Viendo, por la conversaciones mantenidas por el conde, que su presencia en el pueblo representaba una amenaza para su seguridad, el barón resolvió atraer a Franz al castillo, lo que consiguió mediante la voz de Stilla, enviada al salón del "Rey Matías" por el hilo telefónico, lo que había incitado, de un modo inconsciente, al conde a desviarse de su camino para acercarse al castillo; la aparición de la cantante sobre la terraza le impulsó irresistiblemente a intentar penetrar en la fortaleza, y aquella luz que se mostró en una de las ventanas del torreón le sirvió de guía hacia la poterna, abierta para dejarle el paso franco. Y ahora, en aquella cripta donde le habían encerrado, donde le preparaban alimentación mientras él dormía un sueño letárgico; en aquella cripta, escondida en las profundidades del castillo y cuyas puertas estaban bien cerradas, allí estaba Franz de Télek en poder del barón, y Rodolfo tenía la seguridad de que no saldría jamás de aquel encierro. Mas, a pesar de todo, ahora sabía el barón que Rotzko, el sirviente del conde, no habiendo podido seguir a su amo, había prevenido a las autoridades de Karlsburg. Y una escuadra de agentes había llegado al pueblo, y a éstos sí que no veía cómo vencerlos el barón. ¿Cómo iban él y Orfanik solos, a defenderse de una tropa numerosa? Los medios empleados contra Nic Deck y el doctor serían insuficientes, pues la policía no es tan crédula. Ambos, pues, habían determinado destruir el castillo desde sus cimientos hasta el torreón, y no esperaban más que el momento para hacerlo. Habían dispuesto una corriente eléctrica para prender cartuchos de dinamita enterrados en el torreón, en los baluartes y en la capilla; y el aparato destinado a lanzar la corriente fatal estaba conectado para dar al barón de Gortz y a su cómplice tiempo suficiente para huir por el túnel que desembocaba en la garganta del Vulcano. Después de la explosión, de la que serían víctimas el odiado conde y muchos de los que intentaran escalar las murallas, ambos huirían muy lejos para que jamás pudieran encontrarse sus huellas. Todo lo que había sido percibido por Franz de la conversación le dio la explicación de los extraños fenómenos. Sabía ahora que existía una comunicación telefónica entre el castillo de los Cárpatos y el pueblo de Werst. Sabía también que el castillo iba a ser destruido por una explosión que iba a costarle la vida a él y que sería fatal para los agentes traídos por Rotzko. Y sabía, asimismo, que el barón de Gortz y Orfanik tendrían tiempo de huir. ¡Huir, naturalmente, llevándose a Stilla, posiblemente inconsciente! ¡Ah! ¡Por qué no podía lanzarse en la capilla y acabar con aquellos dos malvados? Pero lo que en aquel momento no era posible, tal vez lo fuera después de la partida del barón, cuando salieran de la capilla. Franz iría tras ellos hasta el torreón y, Dios mediante, haría justicia. En aquel momento, el barón de Gortz y el sabio cambiaron aún algunas palabras. -¿Hay algo más que hacer aquí? -No. -Entonces separémonos. -¿Os debo dejar solo en el castillo? -Sí, Orfanik. Partid al instante por el túnel. -Pero, ¿y vos...? -Me quedaré aquí hasta el último momento. -Quedamos en que debo esperaros en Bistritz, ¿no es así? -En efecto. -Quedaos, pues, solo, si es vuestra voluntad. -Sí, porque quiero oírla... ¡Quiero oírla una vez más, en esta última noche que paso en este castillo de los Cárpatos que dejará de ser mío muy pronto! Instantes después, el barón de Gortz y Orfanik abandonaban la capilla. Aunque en esta
conversación no se había pronunciado su nombre, Franz
había comprendido que era de Stilla de quien acababa de
hablar Rodolfo de Gortz.
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