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II LA LEYENDA DEL CASTILLO Una distancia de algunas millas produce, en un observador, el efecto de que, bien sean rocas amontonadas por la Naturaleza en épocas geológicas por las convulsiones del suelo, o bien construcciones debidas a la mano del hombre, poco más o menos su aspecto es semejante. Eso ocurría con la edificación que había sido en otro tiempo castillo de los Cárpatos. Reconocerlo en su indecisa estructura actual en la meseta de Orgall, que corona a la izquierda la garganta del Vulcano hubiera sido imposible. Ya no muestra su esbelta silueta en las montañas. Lo que ahora puede tomarse por un torreón acaso no sea otra cosa que un informe montón de piedras. Allí donde la vista cree percibir los almenados muros, tal vez no haya más que una rocosa cresta. Es un conjunto impreciso. Tanto es así, que si había que dar crédito a lo que dicen algunos turistas, el castillo de los Cárpatos sólo existe en la fantasía de las gentes del país. Sin embargo, el medio más sencillo para salir de dudas sería haceros conducir por un guía del Vulcano o de Werst, y subir por el desfiladero, alcanzar la cima de la montaña y visitar aquellas construcciones. Claro que el inconveniente estriba en que se encuentra con más facilidad el camino del castillo que el guía. En el valle del Sil nadie querría acompañar a un viajero al castillo de los Cárpatos, así fuese pagado a peso de oro. Y si en vez de visitarlo miraseis por un anteojo más potente que el instrumento que compró el pastor Frik para el señor Koltz, he aquí lo que hubierais visto de la vieja edificación. Detrás de la garganta del Vulcano y a cosa de trescientos metros, un muro casi oculto por la hojarasca de plantas trepadoras, extendiéndose en un perímetro de casi un kilómetro, siguiendo las ondulaciones de la meseta. A cada ángulo, dos bastiones; uno de ellos, el de la derecha, sobre el cual se alza la famosa haya, está coronado por una garita de puntiagudo techo; a la izquierda, algunos lienzos de muralla, como los de una fortaleza, aguantan un campanario de capilla, cuya campana rajada se bambolea en las grandes borrascas, causando un gran terror en la comarca; en el centro, y con su plataforma rodeada de almenas, un torreón con ventanas de alféizares de plomo, y cuyo primer piso se halla rodeado de una terraza circular; sobre la plataforma se alza un largo mástil de hierro, adornado por una especie de veleta roída por el moho, mirando siempre al Sudeste, por efecto de algún violento huracán. En lo tocante a cuanto encerraba ese muro por mil partes derruido, se ignoraba de muchos años atrás. En realidad, si bien el castillo de los Cárpatos se hallaba en mejor estado de lo que parecía, estaba también protegido por el terror supersticioso, con tanta eficacia como lo estuviera en tiempos remotos por basiliscos, bombardas, culebrinas y demás máquinas guerreras de otros siglos. El castillo de los Cárpatos data del siglo XII o tal vez del XIII. En aquella época, bajo la dominación de los señores, se fortificaban monasterios, iglesias, palacios y castillos de igual modo que las aldeas y ciudades. Señores y vasallos procuraban mantenerse a la defensiva. Esto explica el aspecto de aquella construcción feudal bien defendida con su almenado muro, su atalaya y su torreón. ¿Quién fue el arquitecto que tuvo la idea de edificarlo sobre aquella meseta y a tal altura? Se ignora quién fue el audaz artista, pero se supone que pudiera ser el rumano Manoli, tan gloriosamente ensalzado en las leyendas valacas, y que edificó en Curté de Argis el célebre castillo de Rodolfo el Negro. Pero si hay dudas acerca de este punto, no las hay en cuanto a la familia que poseía el castillo. Los barones de Gortz eran señores de aquella región desde tiempo inmemorial. Tomaron parte en todas las guerras que regaron de sangre las provincias de Transilvania; guerrearon contra los húngaros, los sajones y los szeklers; y su apellido figura en baladas donde se recuerdan los desastrosos períodos por los que atravesó aquel país. Su divisa era el famoso proverbio polaco "¡Da hasta morir!" y dieron, en efecto, vertiendo su sangre en aras de la independencia. A mediados del siglo actual el último representante de los señores de Gortz era el barón Rodolfo. Nacido en el castillo había visto extinguirse su familia durante su juventud, y a los veintidós años se encontró solo en el mundo. Sin parientes y casi sin amigos, ¿qué podía hacer el barón Rodolfo para llenar aquel inmenso vacío que la muerte había dejado a su alrededor? ¿Cuáles eran sus aficiones, sus inclinaciones y aptitudes? Sólo se sabía de esto la irresistible pasión que sentía por la música y muy en especial por los grandes artistas líricos de su época. Así que, después de haber confiado el cuidado del castillo, ya muy deteriorado, en manos de algunos viejos sirvientes, un día desapareció. Más tarde se supo que dedicaba su fortuna, ciertamente considerable, a recorrer los principales centros líricos de Europa, los teatros de Alemania, Francia e Italia, donde podía satisfacer su gran pasión. No obstante, el recuerdo de su país natal no se había borrado de la mente del joven barón de Gortz, ni olvidó su patria. Y tanto fue así, que regresó a Transilvania a tomar parte en una de las sangrientas revueltas de los rumanos contra la opresión húngara. Los descendientes de los antiguos dacios fueron vencidos, y su territorio fue repartido entre los que habían vencido. Después de aquella derrota, el barón Rodolfo dejó definitivamente el castillo, que empezaba a amenazar ruina. Los últimos servidores fueron muriendo y el castillo quedó finalmente abandonado. Por lo que hace al barón de Gortz, corrió el rumor de que se había unido al famoso Iosza Sandor, antiguo salteador de caminos al que la guerra de la independencia elevó al rango de protagonista del drama. No obstante, después de la lucha, Rodolfo de Gortz se separó de la partida del salteador, obrando muy prudentemente porque Rosza Sandor acabó por caer en manos de la policía, que lo encerró en la prisión de Szamos Uyvar. Luego corrió la versión, bastante fundada, de que el barón Rodolfo había muerto en un enfrentamiento entre Rosza Sandor y sus secuaces con los carabineros de la frontera. Si esa muerte era cierta o no, la verdad es que nadie dudaba de ella en la región por no haber aparecido el barón por la comarca desde aquella época. Un castillo desierto, es un castillo fantástico... Las ardientes imaginaciones pronto lo poblaron de fantasmas, de espíritus que se albergaban en él por las noches. Estas cosas suceden con frecuencia en muchas partes de Europa, y entre ellas Transilvania debe ocupar el primer lugar. Y ciertamente, ¿cómo la aldea de Werst no debía participar de aquellas creencias en lo sobrenatural si el cura y el maestro enseñaban estas fábulas con tanto más empeño cuanto ellos mismos las creían de buena fe? Afirmaban, y aducían "pruebas" en apoyo de esas afirmaciones, que los vampiros lanzan gritos de endriagos y beben sangre humana; que los "staffii" andaban errantes por las ruinas, debiéndoseles proporcionar de comer y beber a riesgo de que se convirtiesen en malhechores de no hacerlo así. Existían hadas, de las que era preciso guardarse los martes y viernes, los días nefastos de la semana. Y en los bosques se ocultan los "balauri", dragones gigantescos cuyas mandíbulas llegan a las nubes; y los "smei", de grandes alas, que se llevan a las mujeres hermosas, sin distinción de clases. Existen, pues, muchos monstruos feroces. ¿Los hay también buenos, que se opongan a las malas artes de aquéllos? Sí; la "serpi", serpiente del hogar doméstico, que vive en las casas y cuya influencia sana nutre el aldeano dándole de la mejor leche. Siendo así, ¿qué mejor albergue para todos esos seres de la mitología rumana que el castillo de los Cárpatos? En aquel aislado lugar, sólo accesible por la parte izquierda de la garganta del Vulcano, no era dudoso, pues, que se albergasen dragones, hadas y endriagos, y acaso los espíritus de algunos de los componentes de la familia de los barones de Gortz. De aquí, a decir que el castillo estaba encantado. Sin embargo, tal estado de cosas llegaría a tener fin, y esto ocurriría cuando no quedase ni una sola piedra de la antigua fortaleza de los barones de Gortz. Y aquí hacía su aparición la leyenda. Si se daba crédito a los más autorizados de la aldea de Werst, la existencia del castillo iba unida a la de la vieja haya, cuyo ramaje se recostaba sobre el bastión, a la derecha del muro. Las gentes de la aldea habían observado, y muy especialmente e1 pastor Frik, que desde que partiera Rodolfo de Gortz aquel árbol iba perdiendo cada año una de sus gruesas ramas. Cuando el barón fue visto por última vez en el castillo, el árbol contaba dieciocho ramas, y en la actualidad sólo tenía tres. Cada rama desgajada significaba un año menos de existencia para el castillo. La caída de la última produciría el hundimiento definitivo. Y entonces, en vano se buscarían vestigios del misterioso castillo de los Cárpatos. Siendo esto sólo una más de las leyendas que se forjan las imaginaciones de los rumanos, lo cierto es que todos los años el haya perdía una de sus ramas y Frik, que no dejaba de observarlos mientras apacentaba el rebaño en los prados del Sil, no dudaba en afirmarlo. Y a los aldeanos e incluso al mismo juez de Werst no les cabía duda de que al castillo no le quedaban más de tres años de existencia, puesto que al árbol no le restaban más que tres ramas. El pastor se había puesto en camino para llevar la tremenda noticia que había corroborado con ayuda del anteojo. Además, ¡en el torreón acababa de aparecer humo! Lo que sus ojos no habían podido apreciar por sí solos, lo había visto a través del anteojo del buhonero... No era vapor de la atmósfera, era humo que ascendía hacia las nubes. ¡Y a pesar de que el castillo estaba abandonado! Y si ahora el castillo estaba habitado, sólo podía estarlo por seres sobrenaturales... Mas ¿para qué tendrían los espíritus que encender fuego en uno de los departamentos del torreón? Frik azuzaba las bestias hacia el establo y los perros avivaban el ganado camino arriba. Algunos aldeanos que se habían retrasado en sus faenas le saludaron al pasar. Frik apenas si les correspondió, lo que fue motivo de gran inquietud para aquéllos, porque para evitar maleficios no basta saludar al pastor; es preciso que éste responda al saludo. Pero Frik no paraba mientes en esto y andaba con los ojos extraviados, una actitud extraña y con ademanes descompuestos. ¿De qué mala nueva era portador el pastor? El primero en enterarse fue el juez Koltz. Así que le vio, Frik le gritó: -¡En el castillo hay fuego, amo! -¿Te has vuelto loco? En efecto: ¿como era posible un incendio en aquel viejo montón de piedras? -¿Quieres decir, Frik, que el castillo arde? -continuó Koltz. -Pues si no arde, por lo menos echa humo. Venid a verlo. Y ambos se dirigieron hacia la calle Mayor, al borde de un terraplén que dominaba los barrancos y desde el cual se veía el castillo. Una vez allí Frik le dio el anteojo a su amo. Evidentemente el señor Koltz tampoco era práctico en su manejo. -¿Qué es esto? -inquirió. -Una maquinaria para ver, que he comprado en dos florines, y que vale el doble. -¿Y para qué sirve? Aplicadlo a vuestro ojo, dirigidlo al castillo y veréis. El juez enfocó el anteojo en dirección al castillo y miró con atención. ¡Sí! Lo que salía de unas de las chimeneas del torreón era humo que, impulsado por la brisa, ahora se arrastraba por la falda de la montaña. -¡Hay humo! ¡Hay humo! -repetía el amo Koltz, estupefacto. Acababan de unírseles Miriota y Nick Deck, el guardabosque, que habían vuelto a su casa hacía muy poco. Cogiendo el anteojo, preguntó el joven: -¿Para qué sirve esto? Para ver a lo lejos -respondió el pastor. -Será una broma, Frik. -¿Broma? No hace ni una hora os he reconocido cuando bajabais por el camino... y a vos también... No acabó la frase porque a Miriota se le subieron los colores al rostro y bajó sus lindos ojos. La novia primero y después el novio cogieron el anteojo y lo enfocaron hacia el castillo. Mientras tanto, habían llegado a aquel sitio media docena de vecinos que, enterados de lo que ocurría, fueron sirviéndose por tumo del anteojo. -¡Humo! ¡Humo en el castillo! -Tal vez un rayo ha caído sobre el torreón -aventuró uno. -No ha habido tormenta desde hace ocho días -aclaró el pastor. Si
a aquellas rústicas gentes se les hubiese dicho que en la
cima del Retyezat acababa de abrirse un cráter volcánico,
no se hubieran quedado más estupefactas.
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