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Capítulo IV

IV

REUNIÓN EN LA "POSADA DEL REY MATÍAS"

En pocos momentos la noticia dada por el pastor Frik corrió por todo el pueblo. El señor Koltz, llevando el precioso anteojo, acababa de entrar en su casa, seguido de Nic Deck y de Miriota; y en el terraplén quedó Frik con un grupo de gente del pueblo, que le apremiaban a preguntas a las que el pastor respondía dándose la importancia del hombre que acaba de ver una cosa extraordinaria.

¡Es imposible imaginar el efecto que produjo aquel extraño fenómeno! A la desconfianza que inspiraba ya el castillo, que todo el mundo creía inhabitado, se unía ahora el espanto, puesto que parecía estar habitado... ¡y por qué seres, Dios mío!

Existía en Werst un lugar de reunión, frecuentado por bebedores y por otros que, sin serlo, gustaban de ir allí para hablar de sus cosas después del trabajo. Dicho lugar era la principal, o mejor dicho, la única posada del pueblo.

¿Quién era el dueño? Un judío llamado Jonás,.de unos sesenta años, de atractiva fisonomía, pero de marcado tipo semítico, con ojos negros, nariz ganchuda, labio alargado, cabellos lisos y la tradicional perilla. Obsequioso y amable, prestaba de buen grado pequeñas cantidades a unos y a otros, sin mostrarse demasiado exigente en garantías, ni muy usurario, porque estaba seguro de verse reembolsado al vencimiento del préstamo.

La "Posada del rey Matías", ése era su nombre, estaba situada en uno de los ángulos del terraplén, en la calle Mayor de Werst, y en la esquina opuesta a la casa del biró. Era una casa vieja, con varios remiendos pero muy adornada de verde y de atractiva apariencia.

Sólo constaba de planta baja, con una puerta vidriera que daba sobre el terraplén. En el interior, había primero una sala grande, llena de mesas y de taburetes, con un aparador de madera carcomida, donde se apilaban los platos, las jarras y las botellas y un mostrador tras el cual se situaba Jonás, al servicio de la clientela.

Dos ventanas abiertas en la fachada sobre el terraplén y otras dos en la pared del fondo, proporcionaban la luz a la sala. De las dos primeras, no obstante, una estaba velada completamente por una espesa cortina de plantas trepadoras y apenas si dejaba pasar un poco de claridad. Desde la otra se podía tender la mirada sobre todo el valle interior del Vulcano.

Debajo corrían tumultuosas las aguas del torrente de Nyad, que bajaban por el desfiladero, engrosado en las alturas de la meseta de Orgall.

A la derecha, y contiguos a la sala había media docena de cuartitos que bastaban para alojar a los pocos viajeros que antes de traspasar la frontera deseaban descansar en el "Rey Matías”, por un precio módico y con un atento servicio por parte del posadero, siempre provisto de buen tabaco, que iba a buscar a los mejores traficantes de las cercanías.

Jonás, por su parte, ocupaba un estrecho tabuco, cuya ventana daba sobre el terraplén.

En esta posada hubo reunión de los notables de Werst la noche del 25 de mayo. Estaban el señor Koltz, el maestro Hermod, el guardabosque Nic Deck, una docena de los principales de la aldea y el pastor Frik. Faltaba el doctor Patak, que había sido solicitado a toda prisa por uno de sus antiguos clientes, que sólo esperaba su llegada para irse al otro mundo. El doctor, sin embargo, pensaba asistir a la reunión a no tardar mucho.

En tanto que llegaba Patak, se hablaba del grave suceso del día, pero no se hablaba sin comer y beber. Jonás ofrecía a varios de sus parroquianos la crema de maíz llamada mamaliga, bien empapada en leche fresca. A otros les ofrecía copitas de licores fuertes, que pasan como agua por los gaznates rumanos: alcohol de schnaps, y más particularmente el rakiu, un fuerte aguardiente de ciruela, muy consumido en la región de los Cárpatos.

Eran las ocho y media y desde que había empezado a anochecer los contertulios estaban perorando, sin llegar a ponerse de acuerdo sobre lo que convenía hacer, dadas las circunstancias.

Sólo en un punto estaban de acuerdo y era en que de estar habitado el castillo por desconocidos, sería tan peligroso esto para Werst como un polvorín situado en la entrada de la ciudad.

-Es muy grave -dijo el señor Koltz.

-Teniendo en cuenta que la mala reputación del castillo causaba ya gran pesadumbre en el país... -empezó Jonás. -¡Ahora será peor! -terminó con énfasis el maestro.

-Aquí casi nunca vienen extranjeros -añadió el juez, con un suspiro.

-Y ahora vendrán menos -dijo Jonás, uniendo su suspiro al del juez.

-Muchos conciudadanos piensan marcharse -dijo uno de los bebedores.

-Yo el primero -dijo un aldeano-. Así que venda las viñas, me voy...

Este era pues el tema de conversación de aquellos notables. A1 terror que cada uno sentía ante el caso debía añadirse el sentimiento de sus intereses perjudicados. Sin viajeros, ¿qué iba a hacer Jonás con su posada? Y el juez Koltz, ¿de dónde cobrar peaje? Y sin nadie que quisiera comprar las tierras del Vulcano, los propietarios no podrían venderlas ni a bajo precio. Y esta situación, que ya venía de antiguo, amenazaba agravarse.

Efectivamente, si cuando los espíritus del castillo se mantenían a la expectativa, sin ser vistos por nadie, la situación era difícil en el pueblo, ¿qué sería ahora; que manifestaban su presencia con actos ostensibles?

El pastor Frik aventuró con voz insegura:

-Acaso habría que ir a ver...

Todos se miraron, pero bajaron los ojos sin responder. Entonces Jonás, dirigiéndose al señor Koltz, dijo con voz más firme:

-Vuestro pastor acaba de indicar el único medio posible.

-¡Ir al castillo!

-Así es -corroboró el posadero-. Si sale humo por el torreón, es que allí hay fuego; y si hay fuego, es que alguna mano lo ha encendido.

-¡Una garra, diría yo! -murmuró un viejo aldeano.

-Mano o garra -dijo el posadero-, no importa. Lo que hay que saber es lo que esto significa. Desde que el barón de Gortz abandonó el castillo, es la primera vez que sale humo del torreón.

-Podría ser que lo hubiese habido sin que nadie lo advirtiera, puesto que no teníamos anteojo para observar lo que pasaba en el castillo -observó el juez.

La observación era justa. Aquel fenómeno podía haberse producido mucho tiempo antes, sin ser notado ni por el pastor Frik, a pesar de su buena vista.

-Sin embargo, amigos -observó Jonás-, si los seres que están en el castillo son espíritus, no veo por qué han tenido que encender fuego, porque, ¿qué van a guisar?

-¿Y sus sortilegios? -respondió el pastor-. ¿No sabéis que el fuego es esencial para ello?

-Evidentemente -añadió el maestro, en un tono que no admitía réplica.

La opinión más generalizada es que, no seres humanos, sino espíritus habían elegido el castillo de los Cárpatos para teatro de sus operaciones.

Hasta aquel momento, Nic Deck no había tomado parte en la conversación. El guardabosques se limitaba a escuchar lo que unos y otros decían. El viejo castillo le había inspirado siempre tanto curiosidad como respeto. Y como era un hombre valiente, aunque crédulo como buen habitante de Werst, más de una vez había manifestado deseos de franquear aquella antigua muralla.

Pero Miriota le había hecho desistir siempre de tan aventurado proyecto. Si él hubiese sido libre, pudiera haber satisfecho su deseo, pero un novio no es dueño de sí mismo y aventurarse en una hazaña tal sería más bien cosa de un loco que de un enamorado.

Sin embargo, Miriota temía siempre que el guardabosque quisiera poner en ejecución su proyecto, y esta vez estaría sobre ascuas de sospechar las ideas que en aquel momento cruzaban por la cabeza del joven.

Nic Deck guardó silencio y nadie aceptó la proposición del pastor. ¡Ir al castillo de los Cárpatos estando habitado! ¿Quién podría atreverse, a menos de haber perdido el juicio? Así que cada uno iba dando sus mejores razones para inhibirse. El juez no estaba en edad ya para arriesgarse en tamañas aventuras; el maestro tenía su obligación en la escuela; Jonás no podía dejar la posada; Frik no podía abandonar los rebaños y los otros aldeanos, cada uno estaba ocupado en sus faenas agrícolas.

En aquel instante se abrió bruscamente la puerta de la posada, lo que sobresaltó a todos. Era el señor Patak, y difícil hubiera sido tomarle por uno de aquellos espíritus fantásticos de que hablaba el señor Hermod.

Se había muerto su cliente, lo cual, si no hacía honor a su talento de médico sí lo hacía a su perspicacia.

-¡Aquí está, por fin! -exclamó el señor Koltz, al verle. El señor Patak estrechó las manos de todo el mundo y después exclamó:

-¡Hola, amigos! ¿Estáis hablando de ese castillo del diablo, verdad? Pues yo os digo que si el castillo quiere fumar que fume. El país está desolado. En mis visitas no he oído hablar de otra cosa. Los que han vuelto han encendido fuego allá arriba. Estarán resfriados... Debe de hacer mucho frío en las cámaras del torreón. A no ser que estén cociendo pan para el otro mundo, lo que significaría que los panaderos del Cielo han venido a hacer una hornada.

Y de esta manera continuó chanceándose, con muy poco agrado por parte de las gentes de Werst. No le contestaron. Sólo el juez le preguntó:

-¿De manera, doctor, que no concedéis ninguna importancia a lo que ocurre en el castillo?

-Ninguna, señor Koltz.

-¿No habíais dicho que estabais dispuesto a ir allí si se os desafiaba?

-Sí que lo he dicho -respondió el ex enfermero, sinceramente disgustado de que le recordasen sus palabras-. ¿He de repetirlo?

-No, hay que hacerlo -dijo Hermod.

-¿Hacerlo...? Comprended, amigos... Ciertamente... Esa proposición...

Entonces intervino el posadero:

-Bien: puesto que parecéis vacilar, no os lo vamos a rogar; os desafiamos a que lo hagáis.

-Jonás, vais demasiado lejos -intervino el juez-. No es preciso desafiar a Patak. Sabemos que es hombre de palabra y que cumple lo que dice, aunque no sea más que para prestar un servicio al pueblo y a todo el país.

-¡Cómo! ¿Pero va en serio? ¿Queréis que vaya al castillo? -inquirió el doctor, cuya rubicunda faz se había puesto pálida.

-No podéis excusaros -respondió terminante Koltz.

-Os suplico, amigos, que razonemos.

-Está todo razonado -cortó Jonás.

-Pero, atended. ¿Qué conseguiré yendo allá? ¿Qué voy a encontrar? Alguna buena gente que se ha refugiado en el castillo, y que no molesta a nadie.

-Bien, pues -replicó el maestro de escuela-; si son buena gente, no tenéis nada que temer y así tendréis ocasión de ofrecerles vuestros servicios.

-Si tuviesen necesidad de ello, me llamarían y yo no vacilaría en ir al castillo; pero yo no visito gratis.

-Se os pagará vuestra molestia a tanto la hora -dijo el juez-. Os pagaremos entre todos, al precio que queráis.

Era obvio que, a despecho de sus fanfarronadas, el doctor era tan supersticioso como cualquier otro de sus paisanos; pero ahora se encontraba muy comprometido ante el servicio que de él se esperaba. Procuró argumentar que su visita no tendría ningún resultado y que el pueblo se cubriría de ridículo al haberle delegado a él para visitar el castillo.

-Me parece -contestó el maestro- que, ya que no creéis en los espíritus, no arriesgáis nada en la visita.

-¡Yo qué he de creer!

-Y si son seres de carne y hueso que se han instalado en el castillo, trabaréis conocimiento con ellos.

El razonamiento del maestro no carecía de lógica y era difícil de rebatir.

-Lo entiendo, Hermod -dijo el doctor-, pero pudiera verme retenido en el castillo... ¿Y si mi ausencia se prolongase y alguien me necesitara en el pueblo?

-Todos estamos a las mil maravillas -respondió Koltz-; no hay un solo enfermo en Werst desde que vuestro último cliente ha pasado a mejor vida.

-Vamos, Patak; ¿os decidís a ir? -preguntó el posadero.

-Bien... no. ¡Ah, y no es por miedo! Ya sabéis que yo no creo en brujerías. Pero es que me parece absurdo. ¿Que sale humo del torreón? ¿Y qué? ¿Y si no es humo? Decididamente, no voy al castillo.

-Iré yo.

Quien pronunció estas palabras era Nic Deck, el guardabosque, que hasta aquel momento no había tomado parte en la conversación.

-¿Tú, Nic? -exclamó el juez.

-Yo; pero a condición de que Patak venga conmigo. A1 oír esto el doctor se sobresaltó.

-¿Yo? -replicó-. Pero, Nic, si tú sabes que no hay camino para ir al castillo. No podríamos llegar...

-He dicho que voy al castillo y allí iré -aseveró Nic.

-¡Sí, pero yo no lo he dicho! -protestó el doctor, muy agitado.

-¡Sí lo habéis dicho! -rebatió Jonás.

-¡Sí! ¡Sí! -corroboraron todos de modo unánime.

El antiguo enfermero no sabía cómo salirse de aquel apurado trance. ¡Ah, cuánto le pesaba habérselas echado de fanfarrón! Y como no veía modo de excusarse, a menos que afrontase ser objeto de la chacota del pueblo, decidió hacer de tripas corazón.

-Bueno... puesto que lo queréis -dijo-, acompañaré a Nic, por más que lo considero inútil.

-¡Bien, doctor, bien! -aclamaron los parroquianos del "Rey Matías".

¿Y cuándo nos vamos? -preguntó Patak, afectando una indiferencia que quería encubrir su estado de ánimo. -Mañana por la mañana -respondió Nic Deck.

Un prolongado silencio siguió a aquellas palabras. Esto indicaba cuán grande era la emoción de todos los contertulios. Aunque los vasos y las jarras estaban vacías y aunque era tarde, nadie pensaba en marcharse.

De pronto, se oyó en medio del silencio general una voz muy clara que pronunciaba lentamente:

-Nicolás Deck, no vayas mañana al castillo. ¡No vayas, o te ocurrirá una desgracia!

¿Quién se había expresado de aquel modo? ¿De dónde había salido aquella voz desconocida? Diríase que... era la voz de un aparecido, una voz sobrenatural, una voz de ultratumba...

Nadie se atrevía a mirar ni a chistar. El espanto llegó al súmmum.

El más valiente, Nic Deck, quiso averiguar de qué se trataba. Aquellas palabras habían sido pronunciadas en la sala y el guardabosque tuvo el valor de ir hacia el arcón y abrirlo...

Nadie.

Fue a mirar en las habitaciones que daban a la sala.

Nadie.

Abrió la puerta exterior y saliendo a la calle, recorrió el terraplén hasta la esquina...

Nadie.

Poco después, el juez Koltz, Hermod el maestro, el doctor Patak, el pastor Frik y todos los demás se fueron de la posada, dejando solo a Jonás que se apresuró a echar las dos vueltas de llave a la puerta de la calle.

Aquella noche, todos los vecinos de Werst atrancaron fuertemente las puertas...

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