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VI LUCES ESPECTRALES El cuarto menguante de la Luna había desaparecido poco después de hacerlo el Sol. Algunas nubes llegadas del Oeste fueron extinguiendo lentamente los últimos resplandores del crepúsculo. El anfiteatro de montañas se llenaba de tinieblas y la silueta del castillo se fue borrando bajo aquel negro crespón. Si bien la noche prometía ser oscura no había nada que indicase un cambio de ambiente. No se amenazaba ningún huracán, lluvia o tormenta. Podían, pues, Nic Deck y su compañero, acampar tranquilamente al aire libre. Sobre la árida meseta de Orgall no había ni un árbol. Solamente un poco por doquier unas matas inhospitalarias por la frescura de la noche. Allí todo eran rocas, algunas en tan precario equilibrio que un pequeño impulso bastaría para hacerlas rodar por la pendiente hacia los abetos. Los dos compañeros trataron de encontrar un sitio donde pasar la noche resguardados del descenso de la temperatura, muy acusado en aquella altura. -¡Para estar mal, cualquier sitio es bueno! -murmuró el doctor. -¡Todavía os quejáis! -le reconvino el otro. -¡Naturalmente! ¡Bonito lugar éste para atrapar un buen catarro o un excelente reuma, que no sabría como curarme! ¡Ah! ¡Cuánto echaba de menos el doctor su cómoda casita de Werst, con su cama bien mullida y blanda! Era preciso elegir, entre aquellos diseminados bloques, aquel cuya orientación ofreciese el mejor abrigo contra la brisa del Sudoeste, que ya empezaba a dejarse sentir. Eso fue lo que hizo Nic Deck y no tardó mucho en reunírsele el doctor tras un ancho peñasco, plano por encima como una mesa. Aquella roca era uno de esos bancos de piedra hundidos, que se encuentran también en los caminos. Estos bancos sirven por igual para que el viajero descanse y para que pueda aplacar su sed con el agua que contiene una especie de jarra colocada en ellos, y renovada cada día por las gentes del campo. Cuando el castillo estaba habitado, aquel campo tenía también su recipiente, que los servidores de la familia cuidaban de que estuviera siempre lleno; pero entonces se hallaba tapizado por un musgo verdoso y tan erosionado por el tiempo que el menor choque lo hubiera reducido a polvo. En un extremo del banco se alzaba un pilar granítico, resto de una antigua cruz. En su calidad de espíritu fuerte, el doctor Patak no podía en modo alguno admitir que aquella cruz fuese a protegerle contra apariciones fantasmagóricas; pero no obstante, cosa muy frecuente en los incrédulos, si bien el doctor negaba a Dios, no estaba muy lejos de creer en el diablo. Por su mente cruzó la idea de que el Chort no debía de andar lejos, si acaso moraba en el castillo, y que ni la cerrada poterna, ni el puente levadizo alzado, ni la muralla, ni el profundo foso le impedirían salir si le venía en gana retorcerles a ambos el cuello. Además, aunque ya era tarde para remediarlo, le había venido otro pensamiento. Estaban en la noche del martes, un día aciago, en que las gentes del distrito se guardan mucho de salir después de la puesta del Sol. El martes, es bien sabido, es el día de los maleficios. En martes nadie circula por las calles ni por los caminos tan pronto se hace de noche. Y no solamente el doctor Patak se encontraba fuera de su casa, sino junto a un castillo encantado y a dos o tres millas del pueblo. Y allí tenía que quedarse esperando que clareara el nuevo día, caso de que lo hiciera para él. Estaba el doctor ensimismado en estas ideas, en tanto que el guardabosque, con toda tranquilidad, sacó de su alforja un pedazo de carne de fiambre, echándose al coleto un buen trago de su calabaza. El doctor pensó que lo mejor que podía hacer era imitar a su compañero y lo hizo. Se zampó un muslo de pato y un trozo de pan, regándolo con rakiu. Con esto calmó su hambre, pero no pudo apagar su miedo. -Ahora a dormir -dijo Nic Deck, después de colocar su alforja al pie del banco. -¡Dormir...! -Buenas noches, doctor. -Buenas noches... Es fácil decirlo; pero me temo que ésta no acabará bien... Nic Deck, que no estaba de humor para hablar, no respondió. Acostumbrado por su trabajo a dormir en los bosques, se acomodó lo mejor que pudo junto a la piedra y no tardó en dormirse. Y el doctor sólo pudo refunfuñar entre dientes, oyendo el acompasado ronquido de su compañero. A pesar de su fatiga, no le era posible hacer otra cosa que escudriñar las sombras y escuchar atentamente. Su mente era víctima de esas extravagantes visiones que surgen en la turbación del insomnio. ¿Qué esperaba ver? Todo y nada. Las indecisas formas de los objetos que le rodeaban; los jirones de nubes atravesando el firmamento; la masa, apenas perceptible del castillo... Le parecía que las rocas de la meseta bailaban una infernal danza... Sí... caerían, rodarían a lo largo del talud, sobre los dos imprudentes; les aplastarían a la puerta de aquella fortaleza a la que no podían acceder porque su entrada les estaba vedada. El desdichado doctor se levantó escuchando los ruidos que le parecía se propagaban en lo alto; murmullos inquietantes, mezcla de susurro, gemido y suspiro. Oía también los frenéticos aleteos que sobre las rocas daban los murciélagos; los endriagos revoloteando en su nocturno paseo; dos o tres parejas de fúnebres búhos, cuyo graznido resonaba como una queja. Entonces los músculos del doctor se contraían y su cuerpo temblaba, anegado de un sudor frío. Así transcurrieron las horas hasta la medianoche. ¡La medianoche! ¡La hora más terrible de todas! ¡La hora de las apariciones y los maleficios...! ¿Qué era lo que ocurría? El doctor se levantó preguntándose si estaba despierto o era víctima de una pesadilla. En efecto, allí arriba creyó ver... no, vio realmente dibujarse formas extrañas iluminadas con una luz espectral, atravesando el horizonte, subiendo, bajando, corriendo con las nubes... Se hubiera dicho que eran monstruos, dragones con colas de serpientes, hipogrifos de alas desmesuradas, cuervos gigantes y enormes vampiros que se cernían amenazadores sobre él... Iban a asirle con sus garras o a engullirle con sus mandíbulas. Después le pareció que todo se movía en la llanura: las rocas, los árboles... todo; y con mucha claridad percibió a cortos intervalos, el tañer de una campana. -¡La campana del castillo! -murmuró en voz alta. Sí... Era la campana de la antigua capilla; no era la de la iglesia de Vulcano, cuyo sonido el viento hubiera llevado en otra dirección. Y de repente los tañidos se hicieron más precipitados; diríase que la mano que hacía sonar la campana no tocaba a muerto. No; era un toque rápido, cuyos ecos percutían en la frontera transilvánica. AI oír aquellas vibraciones al doctor le entró un miedo convulso; una terrible angustia, un espanto irresistible le hizo temblar de pies a cabeza. El guardabosque despertó con el ruido de la campana. Nic Deck escuchó atentamente tratando de penetrar con su mirada las espesas tinieblas que cubrían el castillo. -¡Esa campana! -exclamó el doctor Patak-. ¿La oyes? ¡La toca el Chort! Decididamente, el pobre doctor, medio enloquecido, creía en el diablo. El guardabosque no le respondió. De repente, unos rugidos semejantes a los que producen las sirenas de los barcos se desencadenaron en ondas tumultuosas. Después, una claridad intensa salió del torreón central, lanzando resplandores de penetrante viveza y destellos cegadores. ¿Qué foco producía aquella poderosa llama, cuyas irradiaciones se extendían por la superficie de la meseta? ¿De qué horno se escapaba aquel manantial de luz lívida que parecía abrasar las rocas blanqueándolas de forma extraña? -¡Nic! ¡Nic! -gritó el doctor-. ¡Mírame! ¿No soy, igual que tú, un cadáver? Efectivamente, el aspecto de ambos era cadavérico; la cara pálida, los ojos marchitos, las órbitas agrandadas, las mejillas verdosas, los cabellos semejantes a esos musgos que crecen, según la leyenda, en los cráneos de los ahorcados. Nic Deck estaba paralizado de estupor por lo que veía y oía. El doctor Patak, por su parte, estaba en el último grado del terror, con los músculos contraídos, el pelo erizado, las pupilas dilatadas y el cuerpo preso de espasmos tetánicos incontrolables. Un minuto, sólo un minuto duró aquel espantoso fenómeno. Después, la extraña llama se apagó gradualmente, los atronadores mugidos se extinguieron y la meseta dc Orgall volvió al silencio y a la oscuridad. Ni el doctor ni el guardabosque pensaron en volver a dormir; el doctor, medio muerto de miedo; el guardabosque, de pie contra el banco de piedra, esperando la llegada del nuevo día. ¿Qué pensamientos agitaban la mente de Nic Deck ante aquellos hechos evidentemente sobrenaturales? ¿Persistiría en su arriesgada aventura? Bien es verdad que él había dicho que entraría en el castillo y subiría al torreón. Pero, ¿no era suficiente con haber llegado a su infranqueable muralla y haber despertado la cólera de los genios y provocado aquel caos de los elementos? ¿Se le reprocharía no haber mantenido su promesa si volvía al pueblo sin haberse aventurado en el diabólico castillo? La noche acabó al fin. Una línea rosada se dibujó sobre lo ancho del Paring hacia el Este y al otro lado del valle de los dos Sil. Unas brumas matutinas se esparcieron por el cenit. Nic Deck se volvió hacia el castillo, viendo cómo sus formas se destacaban poco a poco contra el cielo. Vio el torreón emergiendo de las altas brumas que descendían hacia la garganta del Vulcano; vio la capilla, las galerías, la muralla, todo elevándose sobre los últimos vapores nocturnos; después, sobre el baluarte anguloso, recostarse el haya, las hojas de la cual se agitaban con la brisa de levante. No había cambiado en nada el aspecto del castillo. La campana estaba tan inmóvil como la vieja veleta. Tampoco salía humo del torreón, cuyas ventanas enrejadas permanecían herméticamente cerradas. Nic Deck miró hacia la entrada principal. El puente levadizo, levantado contra el muro, cerraba la poterna entre las dos pilastras de piedra en las que se veían esculpidos los escudos de armas de los barones de Gortz. El guardabosque continuaba decidido a llevar a cabo la expedición. Su resolución no se había enfriado con los sucesos de la noche. Ni la misteriosa voz que le había amenazado en el "Rey Matías", ni los inexplicables fenómenos de luz y sonido de que acababan de ser testigos él y Patak, le impedirían su intento. Le bastaría una hora para recorrer las galerías, visitar el torreón, y una vez cumplida su promesa, regresaría a Werst donde podría llegar por la mañana. En cuanto al doctor Patak, no era más que una masa inerte, sin fuerzas para resistir. Iría adonde se le llevara, y si caía, ya vería si se levantaba. Aunque, como ya era de día, el doctor hubiera podido regresar a Werst sin contratiempos, no intentó marcharse; y es que el doctor ya no tenía conciencia de la situación; era un cuerpo sin alma. Así que cuando el guardabosque le arrastró hacia el foso del castillo, se dejó llevar. Pero, ¿les sería posible entrar en el castillo por otra parte que no fuese la poterna? Esto era lo que Nic quería averiguar. La muralla no mostraba ninguna brecha ni hueco por el que penetrar en el interior. Era muy sorprendente que murallas tan antiguas estuviesen en aquel perfecto estado de conservación, lo que tal vez era atribuible a su espesor. Izarse hasta las almenas que coronaban las murallas, parecía imposible, puesto que se alzaban a más de doce metros del fondo del foso. Parecía, pues, que Nic iba a encontrarse con obstáculos infranqueables. Afortunadamente, o acaso desgraciadamente para él, había debajo de la poterna una especie de tronera, más bien un hueco, por el que antaño había asomado la boca de una culebrina. Sirviéndose de una de las cadenas del puente levadizo no le sería muy difícil a un hombre ágil y fuerte subir hasta aquella hendidura cuya anchura era suficiente para poder pasar, y a menos que en la parte interior hubiese una reja, Nic Deck llegaría a pasar al interior del castillo. Viendo el guardabosque que no había otro medio más fácil, seguido del semi inconsciente doctor, bajó por la parte interna de la contraescarpa. Llegaron al fondo del foso, sembrado de piedras y plantas salvajes. No les era posible saber si debajo de aquellas húmedas hierbas bullían miles de bestezuelas venenosas. En el medio del foso corría, paralelo a la muralla, el cauce de la antigua cuneta, ahora casi seca, que podía franquearse fácilmente de un salto. Pasada la cuneta, Nic siguió unos pasos a lo largo de la muralla hasta detenerse bajo la poterna, en el lugar donde pendía la cadena del puente levadizo. Ayudándose con los pies y las manos no le sería muy difícil llegar hasta el saliente de la piedra, junto a la entrada. Obviamente, Nic Deck no pretendía que el doctor le acompañase en aquella escalada. Un hombre en su estado no podría hacerlo. Se limitó a sacudirle vigorosamente para darle a entender que se quedase quieto en el fondo del foso. Entonces se asió a la cadena y gateó por ella, sin que el ejercicio significase más que un juego para sus músculos de montañés. Pero tan pronto el doctor se vio solo, comprendió su situación. Al verse solo, exclamó con voz ahogada por la emoción: -¡Espera, Nic, espera! El joven no le hizo caso. -¡Vuelve, o me voy! -gritó el doctor, levantándose y dando unos pasos. Pero, ¡oh, prodigio! El doctor no pudo moverse; sus pies permanecieron quietos, como si estuvieran sujetos por los resortes de un cepo. No podía levantar los pies. Estaban adheridos al suelo por los talones y por las plantas. El pobre hombre estaba allí, inmóvil, pegado al suelo y sin fuerzas para gritar, extendiendo desesperadamente los brazos. Parecía como si quisiera arrancarse al abrazo de alguna tarasca escondida en las entrañas de la tierra. Entretanto, Nic había llegado a lo alto y acababa de poner una mano sobre una de las bisagras de hierro donde encajaba el puente levadizo, cuando lanzó un grito de dolor... Cayó hacia atrás como herido por un rayo, se deslizó a lo largo de la cadena donde se había agarrado por instinto, y rodó al fondo del foso. "¡Bien decía la voz que no viniera!", pensó.
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