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VII TRISTE REGRESO A WERST ¡Cuánta era la ansiedad de todo el pueblo de Werst desde que el joven guardabosque y el doctor Patak habían partido hacia el castillo! El señor Koltz, el posadero Jonás, el maestro Hermod y algunos otros, no abandonaban su puesto sobre el terraplén. Todos se obstinaban en observar el lejano castillo, y todos miraban si reaparecía alguna sombra por encima del torreón. No se veía humo, lo que fue comprobado con el anteojo, invariablemente enfocado en aquella dirección. A las doce y media, cuando Frik volvió de apacentar el rebaño, se le interrogó con avidez. ¿Había algo nuevo? ¿Algo extraordinario, sobrenatural? Frik respondió que acababa de recorrer parte del valle del Sil valaco sin haber visto nada sospechoso. Después de comer, hacia las dos, regresaron a su puesto de observación. Nadie pensaba en quedarse en casa y, sobre todo, nadie pensaba poner los pies en el "Rey Matías" donde se había oído aquella voz de advertencia. El digno posadero temía que su posada fuese puesta en cuarentena, lo que le preocupaba bastante. ¿Se vería en la necesidad de cerrar el establecimiento y beberse él solo lo que contenía por falta de parroquianos? Por lo tanto, intentando mantener la confianza en la población, había procedido a un minucioso registro de las habitaciones, inspeccionando las camas, los baúles y el aparador, y explorando minuciosamente los rincones de la sala, de la cueva y del granero, desde donde algún malintencionado hubiera podido realizar aquella superchería. No encontró nada sospechoso. Nada tampoco por la parte de la fachada que miraba al Norte y al Oeste. Las ventanas, por otra parte, eran muy altas para que alguien hubiese podido subir hasta ellas. Pero esto no importaba. El miedo es irrazonable, y pasaría mucho tiempo, a buen seguro, antes de que los habituales parroquianos de Jonás devolvieran su confianza a la posada y a su rakiu. La inquietud por los expedicionarios, mientras tanto, crecía y si fue viva durante el día, colmó la medida cuando las campanas de Vulcano dieron las ocho. ¿Qué les había ocurrido a Nic Deck y al doctor, que no volvían después de todo un día de ausencia? Nadie pensaba en regresar a su casa antes de que ellos estuviesen de vuelta. El señor Koltz y su hija habían ido al extremo de la calle, al sitio donde el pastor había sido puesto de centinela. Muchas veces creyeron ver unas sombras dibujarse a lo lejos por entre los árboles. ¡Falsa ilusión! La garganta de la sierra aparecía desierta, como de costumbre, pues era raro que las gentes de la frontera quisieran aventurarse por allí durante la noche. Era martes, además, y en este día los transilvanos no andan por gusto por el campo después de la puesta del Sol. Era preciso que Nic se hubiese vuelto loco para haber escogido semejante día para efectuar una visita al castillo. Lo cierto es que ni el guardabosque ni nadie en el pueblo habían caído en ello. Pero Miriota sí lo pensaba. ¡Qué espantosas imágenes acudían a su mente! Había seguido a su novio con la imaginación a través de aquellos espesos bosques del Plesa, mientras subía hacia la meseta de Orgall. Y ahora, llegada la noche, le parecía verlo en la muralla, intentando escapar de los espíritus que habitaban el castillo de los Cárpatos. Seguramente estaba preso en el fondo de algún subterráneo... tal vez muerto. ¡Qué no hubiera dado la pobre muchacha por correr tras las huellas de Nic Deck! Mas, como esto no era posible, hubiera al menos querido permanecer toda la noche de vigilancia, pero su padre la obligó a volver a su casa, después de dejar en observación al pastor. Una vez en su alcoba; Miriota derramó abundantes lágrimas. Amaba con todo su corazón a Nic Deck. Se conocían desde la infancia y ambos se amaban desde que tuvieron edad para amarse. ¡Ah! ¿Por qué tenía Nic un carácter tan resuelto, tan tenaz, tan empeñado en cumplir una promesa tan temeraria? El la amaba, lo sabía, pero, no obstante, no había tenido bastante fuerza su amor para impedirle ir a aquel maldito castillo. Al clarear el día siguiente toda la población de Werst estaba de pie. Desde el terraplén hasta el recodo de la garganta, unos iban y otros venían por el camino; aquellos, para inquirir noticias; éstos, para darlas. Se decía que el pastor Frik se había adelantado como a un cuarto de milla del pueblo, motivado por alguna cosa. Aguardándole, pues, pero a fin de comunicarse cuanto antes con él, el señor Koltz, Miriota y Jonás fueron al principio del pueblo. Media hora después pudieron ver al pastor a unos centenares de pasos y en lo alto del camino. No parecía muy apresurado, lo que resultaba de mal augurio. -Bien, Frik, ¿qué has visto? ¿Sabes algo? -le preguntó el señor Koltz cuando el pastor llegó a su lado. -Nada sé ni nada he visto -respondió Frik-. A1 amanecer vi, a una media milla de aquí, a dos hombres que creí eran Nic y el doctor...; pero me equivoqué. -¿Sabes quiénes eran esos dos hombres? -preguntó Jonás. -Eran dos viajeros que acababan de atravesar la frontera valaca. -Y atravesando la garganta del Vulcano, ¿no han visto nada del lado del castillo? -No, porque se encontraban todavía al otro lado de la frontera -respondió Frik. -¿De modo que no traes ninguna noticia de Nic Deck? -Ninguna. -¡Dios mío! -se lamentó apenada la pobre Miriota. En resumen: estas preguntas y respuestas entre el pastor y su amo no aclararon la situación; y como el guardabosque y el doctor no habían aparecido aún a las ocho de la mañana, ¿podía creerse que no volverían jamás...? Nadie se aproximaba impunemente al castillo de los Cárpatos. Deshecha por las emociones de aquella noche de insomnio, Miriota apenas podía sostenerse. Casi no tenía fuerzas para andar. Su padre la llevó a su casa. Allí se redoblaron las lágrimas. Llamaba a Nic con voz doliente. Quería ir en su busca. Pedía amparo y se temió que cayese enferma. Entretanto, era necesario tomar una resolución; debía irse en socorro del guardabosque y del doctor, sin perder un instante más. Poco importaba que se hubiesen de correr peligros o verse expuestos a la venganza de los seres humanos o sobrenaturales que ocupaban el castillo. Lo primordial era saber qué les había ocurrido a Nic Deck y al doctor. Era un deber imperioso, tanto para sus amigos como para cualquier habitante de la aldea. Una vez decidido esto después de no pocas discusiones y consultas, los valientes no pasaron de tres: el señor Koltz, Frik y el posadero Jonás. El maestro Hermod se sintió de repente indispuesto con dolor gotoso en un pie y tuvo que dar la clase tumbado sobre dos sillas. Eran las nueve de la mañana cuando el señor Koltz y sus compañeros, prudentemente bien armados, tomaron el camino de la montaña. Lo hicieron por el mismo camino por el que Nic se había internado pensando, con razón, que si el guardabosque y el doctor estaban de regreso, irían sin duda por allí. Debían seguir sus huellas, lo que no les sería demasiado difícil, como comprobaron al franquear la orilla. Si antes de partir aquellos tres hombres al encuentro de Nic y Patak parecía muy meritoria su empresa, pronto empezó en la aldea a verse aquello como una imprudencia innombrable. ¿Una catástrofe sobre otra? Porque nadie dudaba de que el doctor y el guardabosque habían sido víctimas de su mismo arrojo. ¿Y de qué iba a servir que el señor Koltz, Frik y Jonás se expusieran a lo mismo? Ahora Miriota no sólo lloraría a su novio sino también a su padre, y nunca podrían los amigos del pastor y del posadero perdonarse la pérdida de entrambos. La desolación era general en Werst y no había señales de que terminase pronto. Incluso admitiendo de que no les ocurriese ninguna desgracia, no se contaba con el regreso del señor Koltz y de sus compañeros antes de la noche. Pero, ¡cuál no sería la sorpresa de todos cuando hacia las dos de la tarde fueron vistos a lo lejos, en el camino! Miriota, avisada a toda prisa, corrió a su encuentro, apresuradamente. No venían tres, sino cuatro, y el cuarto se parecía al doctor. -¡Nic! ¡Mi Nic! ¡No viene! -exclamó la joven. Nic sí venía, pero tendido sobre unas angarillas de ramas que penosamente conducían Jonás y el pastor. Se precipitó la joven sobre su novio, se inclinó sobre él y lo abrazó estrechamente. -¡Muerto! ¡Está muerto! -exclamó. -No, no está muerto -respondió el doctor Patak-; pero debería estarlo y yo con él. El guardabosque estaba sin conocimiento, con los miembros rígidos, la cara pálida, la respiración débil. Y si el doctor no estaba tan lívido como su compañero se debía a que la marcha le había devuelto su habitual tinte de ladrillo. La voz de Miriota, tan desgarradora, tan tierna, no fue suficiente para sacar a Nic de su letargo. Cuando lo llevaron a la aldea y lo depositaron en el cuarto del señor Koltz, todavía no había vuelto en sí. Algunos instantes después sus ojos fueron abriéndose lentamente, y al ver a la joven inclinada a su cabecera dibujó una sonrisa. Trató de incorporarse, pero no pudo. Una parte de su cuerpo estaba paralizada, como atacada de hemiplejía. Pero, queriendo tranquilizar a Miriota, le dijo con voz muy débil: -Esto no es nada... nada. Un poco de fatiga... La emoción... Con tus cuidados, esto pasará pronto, Miriota... Pero el enfermo necesitaba reposo; en vista de lo cual el señor Koltz salió del cuarto, dejando a Miriota junto al guardabosque, quien no tardó en adormecerse. Entretanto, el posadero Jonás contaba a un numeroso auditorio lo que había ocurrido. Después de encontrar en el bosque el sendero que Nic Deck y el doctor habían abierto, los tres tomaron la dirección del castillo. Dos horas anduvieron por las pendientes del Plesa y como a una media milla de la salida del bosque vieron a dos hombres: el doctor Patak y el guardabosque. El primero no podía andar; el otro acababa de caer al pie de un árbol, sin fuerzas. Correr hacia el doctor, preguntarle, por más que éste estaba tan confuso que no podía responder; fabricar con unas ramas unas angarillas, colocar en ellas a Nic Deck y reanimar algo a Patak, todo fue hecho muy deprisa. Seguidamente, el señor Koltz y el pastor, que se relevaban en la conducción de la parihuela, tomaron el camino de Werst. Por lo que hacía a saber por qué Nic Deck se encontraba en aquel estado, y si había entrado o no en el castillo, eran cosas que el posadero ignoraba, así como el señor Koltz y el pastor Frik, ya que el doctor no estaba en condiciones de poder aclararlo. Pero era preciso que Patak pusiese en orden sus ideas y hablase. ¡Qué diablo! En la aldea, rodeado de sus amigos, estaba a salvo. No había que temer ya nada de los seres del castillo. -Vamos, tranquilizaos, doctor -le dijo el señor Koltz-. Ordenad vuestros recuerdos. Un buen vaso de rakiu reanimó al doctor, que con entrecortadas frases se expresó en estos términos: -Nos fue preciso emplear casi todo un día para atravesar los malditos bosques, y ya de anochecido vimos el castillo. Aún tiemblo... Toda mi vida temblaré. Nic quería entrar, quería pasar la noche en el torreón. No lo consentí y Nic se resignó a acampar en la meseta. ¡Qué noche, amigos, qué noche! ¿Cómo descansar cuando los espíritus no os permiten dormir ni una hora? De repente, miles de monstruos de fuego aparecieron entre las nubes, verdaderos monstruos, sí, que se precipitaban sobre nosotros para devorarnos... Todas las miradas se dirigieron a lo alto para ver si por el cielo cruzaba algún espectro. -Poco después -continuó el doctor-, la campana de la capilla se puso a sonar. Todos los oídos se tendieron y más de uno creyó percibir el tañido de la campana del castillo. ¡Tanto les impresionaba aquel relato! -De pronto, unos espantosos rugidos atronaron el espacio. Eran como aullidos de fieras... Después, una llamarada infernal iluminó toda la planicie hasta el bosque de abetos. ¡Qué espantosa visión! Nic Deck y yo parecíamos dos cadáveres, temblando bajo aquellas luces violáceas. El doctor Patak tomó aliento, pues de lo contrario no hubiera podido continuar su relato, y después de un segundo vaso de rakiu, que pareció devolverle parte de la razón que le habían hecho perder los espíritus, prosiguió: -Por fin amaneció. Yo le había suplicado a Nic que abandonase su proyecto; pero ya le conocéis y sabéis que nada se consigue con un testarudo como él. Bajó al foso... yo le seguí como pude... Nic se cogió a una cadena del puente levadizo y subió por ella hasta lo más alto del muro... Todavía intenté hacerle desistir pero se negó. Entonces sentí pánico y quise huir... Sí, lo confieso, quise huir. Cualquiera de vosotros, en mi caso, ¿no hubiera hecho lo mismo? Pero fue en vano que tratase de moverme... Mis pies estaban clavados en el suelo, adheridos, como si hubiesen echado allí raíces... ¿Cómo arrancarlos? Os aseguro que me era imposible... ¡Inútil! Y el doctor imitaba los movimientos de un zorro atrapado en un cepo. Retomando la palabra, añadió: -En aquel momento, oí un grito... ¡pero, qué grito! Lo había lanzado Nic Deck. Sus manos, asidas a la cadena, se soltaron de pronto y cayó al fondo del foso como herido por un rayo. El doctor había contado los hechos tal como sucedieron. No había añadido nada, pese a la turbación de sus ideas. Por lo que respecta a lo que ocurrió después de la caída de Nic Deck, recordaba haberse sentido imposibilitado de acudir en su ayuda, porque sus botas permanecían clavadas en el suelo, y sus pies, hinchados, no podían desprenderse de ellas. Pero de repente cesó la invisible fuerza que le retenía y ya libre se precipitó hacia su compañero y... ¡con gran acopio de valor! sumergió su pañuelo en el agua que corría por el fondo del foso y humedeció la cara de Nic Deck. Recobró el joven el conocimiento pero su brazo izquierdo y una parte de su cuerpo quedaron paralizados con la horrible sacudida que había experimentado. Ayudado por el doctor consiguió levantarse y, remontando el camino de la contraescarpa llegaron a la meseta, poniéndose en camino hacia la aldea. Después de una hora de marcha, eran tan violentos los dolores que Nic sentía en el brazo y el costado, que le obligaron a detenerse, y precisamente en el instante en que el doctor se proponía ir solo a Werst en busca de auxilio, se encontraron al señor Koltz, Jonás y Frik, que habían llegado tan a punto. Respecto a decir si la lesión del joven era grave, el doctor Patak evitó dar una opinión concreta, aunque mostrase habitualmente una extraña seguridad cuando se trataba de un caso médico. Se limitó a responder, en tono dogmático: -Cuando se trata de una enfermedad natural es una cosa distinta a cuando se trata de una enfermedad sobrenatural, enviada por el Chort. En este caso sólo el Chort puede curarla. A falta de diagnóstico, aquel pronóstico no era muy tranquilizador para Nic Deck. Pero afortunadamente, aquellas palabras no eran una sentencia. ¡Cuántos médicos superiores al doctor Patak se han engañado y continúan engañándose! El joven
guardabosque era un mozo fuerte y, dada su vigorosa
constitución, podían concebirse fundadas esperanzas, aun
sin intervención del diablo, y a condición de no seguir
estrictamente las prescripciones del antiguo enfermero del
lazareto.
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