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VIII EL CONDE FRANZ DE TELEK Ya no había duda. No habían sido vanas palabras las amenazas lanzadas por la "sombra", y que se oyeron en la sala del "Rey Matías". La temeridad de Nic había recibido el anunciado castigo. ¿Acaso no era esto un aviso para todos los que quisieran imitar su ejemplo? ¿Qué había que extraer cómo consecuencia? Pues un formal veto a penetrar en el castillo de los Cárpatos. Quien lo intentase arriesgaría la vida. Era dable comprender que si el guardabosque hubiese franqueado la muralla, no estaría ahora vivo, aunque maltrecho. De aquí que el terror imperase más que nunca en Werst, en Vulcano y en todo el valle de los dos Sil. Durante la primera semana de junio nadie se aventuró a salir de la aldea, ni aun para dedicarse a las faenas agrícolas. ¿Acaso un golpe de azadón no podía provocar el enfado de algún fantasma escondido en las entrañas del suelo? Donde se sembraran granos de trigo, ¿no saldrían espigas de demonio? Incluso Frik se guardaba muy bien de llevar los rebaños a los prados del Sil. La aldea estaba aterrorizada: nadie trabajaba en los campos; nadie salía de su casa. El señor Koltz no sabía qué hacer para que sus administrados recobrasen una confianza que le iba haciendo falta. Decididamente, debería ir a Kolosvar a reclamar la intervención de las autoridades. Pero, a todo esto, ¿había seguido saliendo humo del torreón? Sí... Muchas veces se pudo ver a través del anteojo, arrastrándose por la meseta de Orgall. Y al llegar la noche, ¿tomaban las nubes un tinte rojizo, semejante al resplandor de un incendio? Sí... Parecía que inflamadas volutas revoloteaban sobre el castillo. Y los bramidos que habían aterrado al doctor Patak, ¿se propagaban al través de los bosques del Plesa? Sí... o por lo menos, a pesar de la distancia, los vientos del Sudoeste llevaban terribles gruñidos, cuyos ecos repercutían en la montaña. Obvio es decir que la posada del "Rey Matías" continuaba sin clientes; más abandonada que lazareto en tiempo de epidemia. Nadie hubiese tenido el valor de franquear la puerta, y Jonás se preguntaba si no se vería obligado a dejar el negocio, cuando la llegada de dos viajeros alteró aquel estado de cosas. En la noche del 9 de junio y a eso de las ocho, golpeteó el picaporte de la puerta la que no pudo abrirse pues el cerrojo estaba echado por dentro. Jonás, que ya había subido a su cuartucho, se apresuró a bajar; a la esperanza de encontrarse ante un huésped, se unía el temor de que se tratase de algún aparecido, al cual no se le podría rehusar cena y cama. Jonás, pues, preguntó desde dentro, sin abrir La puerta: -¿Quién va? -Dos viajeros. -¿Vivos? -Mucho, señor posadero; pero que no tardarán en morir de hambre si no abrís la puerta. Jonás se decidió a descorrer el cerrojo y dos hombres entraron en la posada. Apenas dentro, su primer cuidado fue pedir una habitación para cada uno, pues tenían intención de pasar un día en Werst. A la claridad de una lámpara Jonás examinó a los recién llegados con mucha atención, adquiriendo la certidumbre de que eran dos seres humanos, con los que podía hacer negocio. ¡Qué fortuna para el "Rey Matías"! El más joven de los dos viajeros tendría unos treinta y dos años. Era alto, de cara noble y bella; ojos negros, cabellos color castaño y barba negra, cuidadosamente recortada. Su aspecto era un poco triste, pero altivo; tenía aspecto de hidalgo, y un posadero tan perspicaz como Jonás no podía engañarse. Además, cuando le preguntó con qué nombre debía inscribirles, el joven respondió: -El conde Franz de Télek y su asistente Rotzko. -¿De qué país? -De Kraiowa. Kraiowa es una de las principales villas del Estado de Rumania, que confina con Transilvania en el sur de la cordillera de los Cárpatos. En cuanto a Rotzko, era un hombre de unos cuarenta años, alto, robusto, de espesos bigotes y cabellera recia. Tenía todo el aspecto de un militar. Estos dos viajeros eran precisamente los mismos que el pastor Frik había encontrado hacía diez días en el camino de la garganta del Vulcano, y que entonces se dirigían hacia el Retyezat. Después de haber visitado la comarca hasta los límites del Maros, después de haber ascendido a lo alto de la montaña, venían a reposar un poco en el pueblo de Werst antes de penetrar en el valle de los dos Sil. -¿A qué distancia estamos de Kolosvar? -preguntó entonces el conde. -A unas cincuenta millas, siguiendo el camino que pasa por Petroseny y Karlsburg -respondió Jonás, solícito. -¿Podemos cenar? -inquirió Franz de Télek. -Una media hora de paciencia y tendré el honor de ofrecer al señor conde una cena digna de él. -Pan, vino, huevos y algo de carne nos bastan para esta noche. -Os serviré prontamente. Y Jonás se iba a la cocina cuando el conde le preguntó: -Parece que no tenéis mucha gente en la posada. -En efecto. En este momento no hay nadie, señor conde. Jamás hubiera dicho la causa de no tener un solo parroquiano en la posada. -¿Cuántos habitantes hay en este pueblo? -Aproximadamente, cuatrocientos, señor conde. -Pues no hemos encontrado un alma al bajar por la calle principal. -Es que... hoy estamos a sábado, víspera de domingo. Afortunadamente para Jonás, que no sabía qué responder, Franz de Télek no insistió en aquel tema. Por nada del mundo el posadero se hubiera decidido a presentar la cuestión tal como estaba. Poco después, la sencilla cena que el conde había pedido estaba servida sobre un mantel muy blanco. Se sentó Franz de Télek y Rotzko enfrente de él, según costumbre cuando viajaban. Ambos dieron cuenta de la cena con buen apetito y acabada ésta se retiraron a sus habitaciones. Jonás dio las buenas noches a sus huéspedes y antes de subir él a su habitación recorrió el salón con la mirada, prestando oído al menor ruido, murmurando para sí: "¡Con tal de que esa abominable voz no los despierte!" La noche pasó tranquila. Al día siguiente, a primera hora de la mañana ya corría por el pueblo la noticia de que dos viajeros habían pernoctado en el "Rey Matías", y muchos fueron los habitantes que fueron a apostarse delante de la posada. Muy fatigados por la excursión de la víspera, Franz de Télek y Rotzko se levantaron a las ocho. De aquí la gran impaciencia de los curiosos, ninguno de los cuales tenía el valor suficiente para entrar en la posada antes de que los viajeros hubiesen salido de sus habitaciones. Por fin se les pudo ver yendo y viniendo por la posada. Después se sentaron a una mesa para tomar el desayuno, lo que era bastante tranquilizador. Por otra parte, Jonás, de pie en el umbral de la puerta, sonreía con aire afectuoso, invitando a sus antiguos parroquianos a que le volviesen la confianza. Fue el señor Koltz, pensando que él debía ser el primero en dar ejemplo, quien por fin se decidió a dar el primer paso. A eso de las nueve entró en el salón, algo perplejo. Pronto fue seguido por el maestro Hermod, por tres o cuatro transilvanos y por el pastor Frik. En cuanto al doctor Patak, fue inútil cuantos esfuerzos se hicieron para que les acompañase. -¡Poner los pies en la posada...! ¡Aunque me pagase diez florines por la visita! En honor a la verdad, hay que convenir en que si el señor Koltz habíase decidido a entrar de nuevo en el "Rey Matías", no era sólo por satisfacer un sentimiento de curiosidad, ni por el deseo de ponerse en contacto con los viajeros. ¡No! El interés entraba mucho en aquella determinación. Y es que, en su calidad de viajero, el conde estaba obligado a pagar el pasaje por él y por su criado, y como es sabido, estas contribuciones iban directamente al bolsillo del primer magistrado de Werst. El biró formuló la reclamación en términos muy correctos y Franz de Télek, aunque sorprendido por la petición, se apresuró a pagar. Después rogó al señor Koltz y también al maestro que se sentaran un momento a su mesa. Estos aceptaron, no pudiendo rehusar un ofrecimiento tan cortésmente formulado. Jonás se apresuró a servir licores, los mejores de su cueva. Algunos vecinos de Werst pidieron entonces una ronda por su cuenta. Había, pues, motivo para suponer que la antigua clientela, dispersa unos días, no tardaría en llenar la sala del "Rey Matías". Una vez pagada la contribución, Franz de Télek mostró deseos de saber si aquellos derechos producían mucho. -No tanto como quisiéramos, señor conde -respondió el señor Koltz. -¿Acaso es raro que los extranjeros vengan a esta parte de Transilvania? -Muy raro, en efecto -reconoció el biró-, no obstante los méritos del país, que es digno de ser visitado. -Es muy hermoso, señor conde; muy hermoso -apoyó el maestro Hermod-. Le agradaría ascender al Paring. -Temo que me falte tiempo para ello -respondió Franz de Télek-. Mañana por la mañana he de regresar a Karlsburg. -¡Cómo! ¿El señor conde piensa dejamos tan pronto? -se lamentó Jonás, sonriendo servilmente. -Es preciso -respondió el joven-. Además, ¿por qué prolongar mi estancia aquí? -Tened por cierto que nuestro pueblo merece que un turista permanezca algún tiempo en él -observó el juez. -No lo dudo, pero parece ser poco frecuentado -replicó el conde-. Probablemente será porque los alrededores no ofrezcan nada curioso. -¡Oh..., oh! -exclamó el pastor Frik, involuntariamente. ¡Qué miradas le arrojaron Koltz y los demás, y en particular el posadero! ¿Había necesidad de poner al corriente a un extranjero de los secretos del país? ¿Enterarle de lo que ocurría en la meseta de Orgall? ¿Atraer su atención hacia el castillo de los Cárpatos? En lo sucesivo, ¿qué viajeros querrían seguir el camino de la garganta del Vulcano para entrar en Transilvania? -¡Cállate, imbécil..., cállate! -le susurró a media voz el señor Koltz. Como la curiosidad del conde se había despertado, se dirigió directamente a Frik, preguntándole qué significaban aquellas exclamaciones. No era el pastor hombre que se echase atrás y creyó que tal vez el conde les pudiese dar un buen consejo. -He dicho "¡Oh... oh!", señor conde -respondió Frik-, y no me vuelvo atrás. -¿Es que hay alguna maravilla que ver, en los alrededores de Werst? -preguntó el conde. -¡No, no! -se apresuraron a responder todos, excepto el pastor. Temblaban sólo de pensar que otra tentativa de entrar en el castillo pudiera servir para atraer nuevas desgracias. Franz de Télek, no sin sorpresa, observó a aquellas gentes, cuyos rostros indicaban de muy diversos modos el terror, pero de significativa manera. -¿Qué ocurre, pues? -inquirió. -¿Que qué ocurre, señor? -intervino Rotzko-. Pues bien, parece ser que se trata del castillo de los Cárpatos. -¿El castillo de los Cárpatos? -Este es el nombre que el pastor acaba de soplarme al oído. Y al decir esto, Rotzko señaló a Frik, que movía la cabeza sin atreverse a mirar a su amo. Se había abierto una brecha en el muro de la vida privada del pueblo, y toda la historia no tardó en pasar por aquella brecha. En efecto, el señor Koltz, que había tomado una decisión, quiso ser él mismo quien le contase al conde todos los pormenores concernientes a la expedición al castillo de los Cárpatos. Vano es decir el asombro que a Franz le produjo aquella narración, y las ideas que le sugirió. Aunque no demasiado instruido en materias científicas, como ocurre entre los jóvenes de su condición, era, no obstante, un hombre de buen sentido. No creía, por lo tanto, en aparecidos y las leyendas las tomaba poco en serio. Un castillo habitado por fantasmas excitaba su incredulidad. Además, en todo lo que había contado el señor Koltz no había nada de extraordinario, sino sólo unos sucesos más o menos admisibles, a los que la gente de Werst atribuía un origen sobrenatural. El humo del torreón, las campanas tañendo, eran fenómenos que se podían explicar fácilmente. En cuanto a las fulguraciones y a los ruidos que surgían de la muralla, podían ser efecto de la imaginación. Franz de Télek lo expresó así, bromeando con ello, con gran escándalo de sus oyentes. -Pero, señor conde -observó el señor Koltz-, es que hay más aún. Sepa que es imposible penetrar en el castillo. -¿Imposible? -Nuestro guardabosque y el doctor han querido franquear las murallas y han pagado muy caro su intento de escalarlas. -¿Pues qué les ha ocurrido? -preguntó Franz, en tono algo irónico. El señor Koltz le contó los detalles de la aventura de Nic y del doctor. -¿De modo que cuando el doctor quiso salir del foso no pudo dar un paso, por tener los pies fuertemente sujetos al suelo? -Ni uno -corroboró Hermod. -Se lo habrá parecido a vuestro doctor -replicó Franz de Télek-. Sería el miedo que le ataba al suelo. -Puede ser, señor conde -accedió el señor Koltz-. Pero Nic Deck sufrió una violenta sacudida cuando puso la mano sobre los hierros del puente levadizo. -Se daría algún fuerte golpe. -Tan fuerte -replicó el juez- que está en cama desde aquel día. Aquello sí era un hecho innegable, a tener en cuenta, y Koltz aguardaba la explicación que Franz Télek iba a darle. -En todo lo que me ha contado, no veo nada misterioso. Para mí no hay duda de que el castillo está ocupado. ¿Por quién? No lo sé. Pero no por espíritus, ciertamente, sino por gente que tiene interés en ocultarse, refugiándose en él. -¿Malhechores? -aventuró el señor Koltz. -Es lo más probable; y como no quieren que se les vaya a echar de allí, hacen creer que el castillo está habitado por seres de ultratumba. -¡Cómo, señor conde! -exclamó el maestro Hermod-. ¿Vos creéis...? -Creo que vuestro pueblo es muy supersticioso, que los que habitan ahora el castillo lo saben y quieren evitar visitas inoportunas. Era plausible que todo fuese así, pero los habitantes de Werst eran renuentes a aceptar aquella explicación. El conde notó que no había convencido a un auditorio que no quería dejarse convencer. Por lo tanto, se contentó con añadir: -Puesto que no admitís mis razonamientos, señores, continuad creyendo lo que os plazca respecto al astillo. -Creemos lo que hemos visto, señor conde -replicó el señor Koltz. -Y lo que es -machacó el maestro. Pues yo lamento no disponer de más tiempo, pues Rotzko y yo iríamos a visitar vuestro famoso castillo, y os aseguro que bien pronto sabríamos a qué atenernos. -¡Visitar el castillo! -exclamó el señor Koltz. -Sin titubear, y ni el diablo en persona nos impediría franquear la muralla. Al oír aquel irónico comentario, todos sintieron un singular espanto. Tratar a los espíritus con tan poco respeto, ¿no iba a acarrear alguna catástrofe sobre el pueblo? ¿Acaso no oían aquellos genios maléficos cuanto se hablaba en el "Rey Matías"? ¿Resonaría otra vez aquella voz en el salón? Y a este propósito el señor Koltz advirtió al conde de qué modo había sido amenazado el guardabosque. Franz de Télek se contentó con un encogimiento de hombros, comentando que no se había podido oír ninguna voz en aquella sala. Todo aquello, afirmó, no existía más que en la imaginación de los parroquianos, demasiado crédulos y algo aficionados al schnaps. Poco dispuestos a estar más tiempo en un lugar en el que un joven escéptico hacía burla de sus sentimientos, algunos se dirigieron hacia la puerta, pero Franz de Télek los detuvo con un ademán. -Decididamente, señores -dijo-, veo que todos ustedes están sometidos al imperio del terror. -Y no sin razón, señor conde -intervino Koltz. -Bien, pues, propongo un medio para acabar con las maquinaciones que según vosotros, ocurren en el castillo. Pasado mañana estaré en Karlsburg y alertaré a las autoridades de la ciudad. Se os enviará una compañía de gendarmes o de agentes de policía y os aseguro que ellos sí penetrarán en el castillo, bien para cazar a los farsantes que se divierten con vuestra incredulidad, o bien para detener a los malhechores que a buen seguro preparan algún mal golpe. La proposición era aceptable y, sin embargo, no agradó a los notables de Werst. En su opinión, ni los gendarmes, ni la policía ni el mismísimo ejército podrían nada contra seres sobrenaturales, que sabrían defenderse con medios también sobrenaturales. -Pienso ahora, señores -dijo entonces el conde-, que todavía no me habéis dicho quién es el propietario o a quién ha pertenecido el castillo de los Cárpatos. -.A una antigua familia del país: la de los barones de Gortz -explicó el señor Koltz. -¡La familia de Gortz! -exclamó Franz de Télek-. ¿A la que pertenece el barón Rodolfo? -Sí, señor conde. -¿Y sabéis si ha venido? -Hace muchos años que el barón no ha venido por el castillo. Franz de Télek había palidecido y en voz baja, repetía: -¡Rodolfo de
Gortz!
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