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SEGUNDA PARTE I
Pero, ¿por qué un barco, a menos de tener que hacerlo de arribada forzosa, iba a hacer escala en aquella bahía, apenas conocida de los navegantes? Si se produjera esta afortunada eventualidad, las autoridades inglesas podrían tener bien pronto noticia de los acontecimientos que acababan de ocurrir en la Isla de los Estados. Entonces se enviaría un barco de guerra antes que la Maule estuviera en disposición de zarpar, se aniquilaría a aquellas bandidos y el faro sería puesto en condiciones de reanudar el servicio. —¿Será preciso— repetíase Vázquez— esperar el regreso del Santa Fe?... ¡Dos meses!... De aquí a entonces, la goleta estará ya lejos; y ¿dónde encontrarla en medio de las islas del Pacifico?... El bravo Vázquez, olvidándose de si mismo, pensaba siempre en sus compañeros despiadadamente asesinados; en la impunidad que gozarían estos criminales después de abandonar la isla, y en los graves peligros que amenazaban la navegación por estos parajes después de extinguirse el faro del Fin del Mundo. Por otra parte, desde el punto de vista material, y a condición de que no se descubriera su refugio, su manutención estaba asegurada después de su visita a la caverna de los piratas. Allí era donde la banda Kongre había vivido durante años enteros; allí era donde habían amontonado todo el producto de su infame pillaje. Kongre y los suyos subsistieron allí primeramente con las provisiones que llevaban al desembarcar; luego, de las que se procuraron por un gran número de naufragios, algunos por ellos mismos provocados. De estas provisiones Vázquez no tomó más que las indispensables para que Kongre y los otros no advirtiesen la sustracción, más algunos efectos, entre ellos una camisa, un impermeable, dos revólveres, con una veintena de cartuchos, y un farol. También tomó dos libras de tabaco para su pipa. Además, a juzgar por la conversación que había oído, las reparaciones de la goleta debían durar varias semanas, y podría, por lo tanto, renovar sus provisiones. Hay que advertir que, por precaución, encontrando que la estrecha gruta que ocupaba estaba demasiado próxima a la caverna, había buscado otro refugio un poco mas alejado y más seguro. Lo encontró a la vuelta del cabo San Juan, entre dos altas rocas, y la entrada pasaba inadvertida para el mejor observador. Cuando subía la marea, el mar llegaba hasta la base de las rocas, pero no ascendía lo suficiente para llenar esta cavidad, a la que una finísima arena servia de alfombra blanda y seca. Hubiérase pasado por delante de esta gruta a cien veces sin sospechar su existencia, y únicamente por casualidad la había descubierto Vázquez unos días antes. Allí fue donde transportó los diversos objetos tomados en la caverna, y de los que iba a hacer uso. Por otra parte, no era probable que Kongre, Carcante y sus compinches fueran por aquella parte de la isla. La única vez que pasaron por allí fue el día de su segunda visita a la caverna, y Vázquez los vio desde su escondrijo, sin que los bandidos pudieran imaginarse que estaban tan cerca del tercer torrero del faro. Inútil es advertir que nunca se aventuraba al exterior sin adoptar las más minuciosas precauciones, prefiriendo la noche, sobre todo para dirigirse a la caverna. Antes de doblar el ángulo del acantilado, a la entrada de la bahía, asegurábase de si el bote o la chalupa estaban atracados a la orilla. Pero ¡qué interminable se le hacia el tiempo y qué dolorosos recuerdos acudían sin cesar a su mente!... De vez en cuando le acometía un irresistible deseo de ir en busca del jefe de aquella banda de criminales, y vengar con sus propias manos el asesinato de sus infelices camaradas. —No, no —se respondía—; tarde o temprano serán castigados como se merecen. Dios no puede permitir que escapen al castigo. ¡Pagarán con ¡a vida sus crímenes!... Olvidaba cuan en peligro estaba la suya mientras la goleta permaneciese en la bahía Elgor, y todos sus deseos eran que la Maule no pudiera zarpar antes que llegase el Santa Fe. ¿Se cumplirían sus anhelos? Era necesario que transcurriesen tres semanas antes que el “aviso” pudiera estar a la vista de la isla. Por otra parte, la duración de esta escala tan prolongada no dejaba de sorprender a Vázquez. ¿Serian tan importantes tas averías de la goleta, que no había bastado un mes para su completa reparación? El libro del faro debía haber informado a Kongre acerca de la fecha del relevo, y no podía ignorar el riesgo que corría si no se hacía a la mar antes de los primeros días de marzo. Era el 16 de febrero. Vázquez, devorado por la impaciencia y la inquietud, quiso saber a qué atenerse. Así es que en cuanto hubo anochecido ganó la entrada de la bahía y remontó la orilla norte, dirigiéndose hacia el faro. Aunque la oscuridad fuese profunda, corría el riesgo de encontrarse con alguno de la banda que caminase por aquel lado. Se deslizó, pues, a lo largo del acantilado con grandes precauciones, mirando a través de las tinieblas, deteniéndose y escuchando si se producía algún ruido sospechoso. Vázquez tenia que andar todavía tres millas para llegar al fondo de la bahía. Era la dirección contraria de la que había seguido al huir del faro después del asesinato de sus camaradas. A las nueve, próximamente, detúvose a unos doscientos pasos del faro y vio brillar algunas luces a través de las ventanas. Un movimiento de cólera, un gesto de amenaza se le escaparon al pensar que aquellos bandidos estaban ocupando las habitaciones de sus victimas. Desde el sitio en que se encontraba Vázquez no podía ver la goleta, y avanzó cien pasos más, sin parar mientes en el peligro que corría al hacerlo. Toda la banda estaba encerrada en las habitaciones del faro. Vázquez se aproximó más todavía, deslizándose hasta la playa de la pequeña caleta. La última marea había levantado la goleta, que flotaba mantenida por el ancla. ¡Ah! Con qué placer hubiese desfondado aquel casco para verlo sumergirse en el mar. De modo que las averías estaban reparadas. Sin embargo, aunque la goleta flotaba, Vázquez observó que lo hacía muy por debajo de su línea de agua. Esto indicaba que no se había metido a bordo todavía ni el lastre ni la carga, y era posible que la partida se retardase algunos días. Pero esto era lo último que había que hacer, y una vez terminado, acaso en cuarenta y ocho horas, la Maule zarparía, doblando poco después el cabo San Juan, para desaparecer para siempre en el horizonte. Vázquez no tenía ya más que una pequeña cantidad de víveres, así es que al día siguiente se dirigiría a la caverna a fin de renovar sus provisiones. Teniendo en cuenta que la chalupa iría a recocerlo todo para trasladarlo a la goleta, se apresuró a regresar al cabo, no sin tomar las más grandes precauciones. Apenas fue de día, y después de convencerse que la orilla estaba desierta, Vázquez entró en la caverna. Encontró todavía numerosos objetos de poco valor, con los cuales, sin duda, no querían embarazar la cala de la Maule. Pero cuando Vázquez fue en busca de comestibles, qué desesperación!... Todos se los habían llevado los bandidos, y el infeliz torrero sólo tenía víveres para cuarenta y ocho horas. Vázquez no tuvo tiempo de abandonarse a sus reflexiones. En aquel momento oyó ruido de remos. La chalupa llegaba con Carcante y dos de sus compañeros. Vázquez avanzó vivamente hacia la entrada de la caverna, y alargando el pescuezo miró al exterior. La chalupa atracaba en aquel mismo momento. No tuvo más que el tiempo necesario para volver al interior y acurrucarse en el rincón más oscuro, detrás de un montón de velas y aparejos que la goleta no habría de cargar y quedarían seguramente en la caverna. Vázquez estaba decidido a vender cara su vida en caso de ser descubierto, y empuñó el revólver, que siempre llevaba al cinto. ¡Pero estaba solo contra tres! Dos solamente franquearon el orificio. Carcante y el carpintera Vargas. Kongre no les había acompañado. Carcante llevaba un farol, y seguido de Vargas iba escogiendo diferentes objetos que completarían el cargamento de la goleta. Mientras tanto hablaban, y el carpintero decía: —Estamos a diecisiete de febrero y ya es hora de zarpar. —Zarparemos. —¿Mañana? —Yo creo que sí.—Si el tiempo lo permite. —Si, parece que está amenazador; pero despejará. —Es que si tenemos que detenernos aquí ocho o diez días más... —Correríamos el riesgo de encontrarnos con el relevo —le interrumpió Carcante. —¡NÍ pensarlo! —exclamó Vargas—. No tenemos fuerza para llevarnos un barco de guerra. —No, sería él quien nos llevase a nosotros, y probablemente colgados del extremo de mesana —repuso Carcante, añadiendo a. su respuesta un formidable Juramento. —En fin —repuso el otro—, que tengo muchas ganas de verme un centenar de millas mar adentro. Vázquez oía esta conversación, inmóvil, conteniendo la respiración. Carcante y Vargas iban de un lado a otro con el farol en la mano, retirando los objetos y escogiendo algunos, que los colocaban aparte. A veces se aproximaban tanto al rincón donde estaba acurrucado Vázquez, que éste no hubiera tenido más que extender el brazo para aplicarles el cañón del revólver en el pecho. Esta ocupación duró una media hora, y Carcante llamó al hombre de la chalupa. Este acudió al momento, ayudando al transporte de los bultos. Carcante echó un último vistazo al interior de la caverna. —¡Lástima que tengamos que dejar todo esto! —dijo Vargas. —No hay más remedio —repuso Carcante. ¡Ah, si la goleta fuera de trescientas toneladas!... Pero, en fin, nos llevaremos todo lo mejor, y espero que hemos de hacer todavía muy buenos negocios. La chalupa se separó de la orilla y bien pronto el viento de popa la empujó hacia la bahía. Vázquez salió de la caverna, dirigiéndose a su refugio. Dentro de cuarenta y ocho horas no tendría nada que comer y era inútil contar con las provisiones del faro, pues no había duda que se las llevarían aquellos bandidos. ¿Cómo se las iba a arreglar para subsistir hasta la llegada del “aviso”, que, aun suponiendo no sufriera retraso, no arribaría liaste dos semanas después? La situación era, pues, de las mas graves. La energía de Vázquez no conseguiría mejorarla, a menos que no se mantuviera de tubérculos desenterrados en el bosque de hayas, o de la pesca en la bahía. Mas para esto era preciso que la Maule hubiese dejado definitivamente la Isla de los Estados. SÍ alguna circunstancia la obligase a permanecer aún algunos días fondeada. Vázquez moriría inevitablemente de hambre en su gruta del cabo San Juan. A medida que avanzaba el día, el cielo se tornaba amenazador. Masas de espesas nubes lívidas se acumulaban en el este. La fuerza del viento iba aumentando progresivamente. El rizado de la superficie del mar se cambió bien pronto en extensas olas, las crestas de las cuales se coronaban de espuma, y no tardarían en precipitarse con entrépito contra las rocas del cabo. Si el tiempo continuaba así, la goleta no podría seguramente hacerse a la mar con la marca del siguiente día. Al llegar la noche no se produjo ningún cambio favorable en el estado atmosférico. Al contrario, la situación empeoró. No se trataba de una borrasca cuya duración se hubiera podido limitar a unas cuantas horas. El huracán estaba próximo. Lo anunciaba el color del cielo y del mar, las nubes que se amontonaban, el tumulto de las olas contrarias y el mugido del viento. Un marino como Vázquez no se podía equivocar. Seguramente la columna barométrica señalaba tempestad. A pesar de la violencia del viento, Vázquez había salido de la gruta, recorriendo la playa y mirando atentamente al horizonte, que iba obscureciéndose gradualmente. Los últimos rayos del sol no se habían extinguido aún, cuando Vázquez advirtió una masa negra que se movía a lo lejos. —¡Un barco! —exclamó—. ¡Un barco que parece dirigirse a la isla! Era efectivamente un barco procedente del este, bien fuera para embocar el estrecho o para cruzar hacia el sur. La borrasca se desataba entonces con extraordinaria violencia. Era uno de esos poderosos huracanes a los que nada resiste y que echan a pique a los más potentes navíos. Cuando no tienen “huida” —empleando una locución marina—, es decir, cuando están próximos a tierra y el viento los empuja hacia la costa, es muy raro que puedan escapar al naufragio. —¡Y esos miserables que no encienden el faro!... —exclamó Vázquez—. Este barco, que lo busca seguramente, no lo percibirá. No sabrá que tiene la costa delante, a unas cuantas millas de distancia solamente... El viento lo empuja hacia aquí, y acabará por estrellarse contra los arrecifes. Un siniestro más que cargar a la cuenta de la banda Kongre. Sin duda, desde lo alto del faro los bandidos habían divisado aquel barco, que no podía mantenerse a la capa. Antes de media hora habría sido arrojado contra la costa, cuya existencia no sospechaba por faltarle la indicación del faro. La tempestad había alcanzado toda su intensidad. La noche prometía ser terrible, y después de la noche, el siguiente día, pues no parecía posible que el huracán se calmase en veinticuatro horas. Vázquez no pensaba en ganar su abrigo, y sus miradas no se apartaban del horizonte. De vez en cuando veía las luces roja o verde que indicaban un barco de vela; un vapor hubiera mostrado la luz blanca. No tenía, por lo tanto, máquina que le permitiera luchar contra la tempestad. Vázquez iba y venía por la playa, desesperado de su impotencia para impedir el naufragio. Su mano se tendía inútilmente hacia el faro apagado. En vano esperaba los destellos de la linterna, y el barco estaba destinado a perecer en las rocas del cabo San Juan. Entonces se le ocurrió a Vázquez una idea que pudiera ser salvadora. Tenía a su disposición trozo? de madera, y si encendía con ellos una hoguera en la punta del cabo, tal vez sirviera de indicación al barco para que se separara de la costa. Vázquez puso manos a la obra amontonando varios pedazos de tabla. Cuando todo estuvo dispuesto trató de encenderlo. Era ya tarde. En medio de la oscuridad se destacó una masa enorme. Levantada por olas monstruosas, precipitóse en la costa con espantosa impetuosidad. Antes que Vázquez hubiera podido hacer un gesto, llegó como una tromba a la barrera de los arrecifes. Produjese un espantoso estrépito y algunos gritos de angustia que bien pronto ahogaron los mugidos cíe la tempestad. Después no se oyeron más que los silbidos del viento y el incesante bramar de las olas que se estrellaban contra la costa. II DESPUÉS DEL NAUFRAGIO Al amanecer del siguiente día, la tempestad se desencadenó con más fuerza todavía. El mar aparecía blanco hasta su limite más lejano. En el extremo del cabo las olas espumaban a quince y veinte pies de altura. No era posible que con tan furioso temporal se pudiera entrar ni salir de la bahía. El aspecto del cielo, siempre amenazador, anunciaba que la tormenta se prolongarla algún tiempo en aquellos parajes magallánicos. Era pues, de toda evidencia que la goleta no podría zarpar aquella mañana. Fácil es imaginar la cólera de Kongre y de su banda. Tal era la situación, de la que Vázquez se dio cuenta cuando se levantó al lucir las primeras luces del alba. Y he aquí el espectáculo que apareció ante sus ojos: A trescientos pasos yacía el barco náufrago, de unas quinientas toneladas. De su arboladura no quedaba más que tres troncos rotos por su base, bien fuera porque el capitán se vio precisado a hacerlo o porque se hubieran venido abajo en el choque. En la superficie del mar no había ningún resto del naufragio ; pero, bajo el formidable impulso del viento, era muy posible que esos despojos hubieran sido arrojados al fondo de la bahía de Elgor. Si así era, Kongre debía ya saber que se había perdido un barco en los arrecifes del cabo San Juan. Vázquez debía, por lo tanto, tomar sus precauciones, y no avanzó hasta asegurarse que estaba desierta la entrada de la bahía. En pocos minutos llegó al sitio de la catástrofe. La marea estaba baja y pudo dar la vuelta al barco, leyendo en la popa: Century Mobile. Era, pues, un velero americano, teniendo por puerto de matrícula aquella capital del Estado de Alabama, al sur de la Unión, sobre el golfo de México. El Century estaba perdido totalmente. No se veía ningún superviviente del naufragio, y en cuanto al barco, no quedaba de él más que un casco informe, que al choque habíase divido en dos. Las olas habían dispersado la carga: cajas, fardos, barricas estaban esparcidas a lo largo del cabo, sobre la playa. El casco del Century estaba en seco y Vázquez pudo examinar el interior. La devastación era completa. Las olas lo habían destruido todo. No había alma viviente, ni oficiales ni, marineros. Vázquez llamó en voz alta, sin obtener respuesta. Penetró hasta el fondo de la cala, sin encontrar ningún cadáver. O habían sido arrastrados por algún golpe de mar o se ahogaron en el momento que el Century se estrellaba contra las rocas. Vázquez volvió a la playa, se aseguró de nuevo que ni Kongre m ninguno de la banda se dirigía hacía el lugar del naufragio y luego, a pesar de la borrasca, remontó hasta la extremidad del cabo San Juan. —¡Quién sabe —decíase Vázquez— si habrá por aquí alguno de los náufragos del Century a quien socorrer! Sus pesquisas fueron estériles. —Tal vez —pensaba— encuentre alguna caja de conservas que asegure mi subsistencia durante dos o tres semanas. Bien pronto dio con un barril y una caja, que el mar había lanzado más allá de los arrecifes y que tenían escrito en el exterior su contenido. La caja contenía una provisión de galletas, y el barril, carne en conserva. Era el alimento asegurado lo menos para un par de meses. Vázquez transportó primero la caja a la gruta, y después llevó rodando el barril hasta ella. Desde la punta del cabo echó de nuevo una ojeada por la bahía. No le cabía duda que Kongre estaba ya enterado del naufragio, y puesto que la Maule estaba prisionera del temporal, la banda acudiría a la entrada de la bahía para aprovecharse de los restos de la catástrofe. Sumido estaba Vázquez en estas reflexiones, cuando llegaron a su oído angustiosos gritos, que eran como un doloroso llamamiento lanzado por una voz doliente. El torrero se lanzó en dirección de acuella voz. No había andado cincuenta pasos cuando advirtió un hombre tendido al pie de una roca. Su mano agitábase pidiendo auxilio. Vázquez acudió presuroso a prestárselo. El hombre que yacía en tan deplorable situación, representaba de treinta a treinta y cinco años, y parecía vigorosamente constituido. Vestido con traje de marinero, acostado del lado derecho, los OJOS cerrados, la respiraron anhelante, agitábanle sobresaltos. No parecía estar herido y ninguna huella de sangre manchaba su traje. Este hombre, acaso el único superviviente del Century, no había oído aproximarse a Vázquez. Sin embargo, cuando éste apoyó la mano en su pecho, hizo un esfuerzo para incorporarse, pero volvió a caer sobre la arena; mas sus ojos se abrieron un instante y las palabras “¡socorro!, ¡socorro!” salieron de sus labios. Vázquez arrodillado cerca de él, lo recostó con cuidado contra la roca, repitiéndole: —¡Aquí estoy, amigo mío... Míreme usted... Yo le salvaré. Tender la mano es lo único que pudo hacer el infeliz, que perdió enseguida el conocimiento. Era preciso, sin perder minuto, prestarle los cuidados que exigía su estado de extrema debilidad. —Oíos hará que haya llegado a tiempo —se dijo el noble Vázquez. Era necesario, ante todo, separarse de allí, porque de un momento a otro pudieran llegar los de la banda Kongre con el bote o la chalupa, y transportar aquel hombre a la gruta, donde estaría completamente seguro. Esto es lo que hizo Vázquez Deslizándose por entre las rocas, con el inanimado cuerpo a la espalda, Vázquez llegó a la gruta, al cabo de un cuarto de hora y deposité su carga sobre una manta, apoyándole la cabeza en un paquete de ropa. El hombre no había vuelto en si aunque respiraba. Aunque no tenía ninguna herida visible, ¿no se habría roto algún brazo o alguna pierna en un choque contra los arrecifes? Es lo que temía Vázquez que en semejante caso no hubiera sabido qué hacer. Lo palpó por todas partes, examinó el juego de sus extremidades, pareciéndole que todo el cuerpo estaba intacto. Vázquez echó agua en una taza mezclándola con algunas gotas de aguardiente, e introdujo parte de ella por entre los labios del náufrago; luego le friccionó los brazos y el pecho, reemplazando después sus empapados vestidos por otros que había tomado en la caverna de los piratas. No le era dable hacer más. Pasados algunos minutos, tuvo la satisfacción de ver que el náufrago volvía a la vida. El hombre consiguió incorporarse a medias, y mirando a Vázquez, que le sostenía entre sus brazos, le pidió con voz débil: —¡Agua!..., ¡agua! Vázquez le tendió la taza, preguntándole: —¿Se siente usted mejor? —¡Si, sí! —contestó el náufrago. Y luego, como queriendo reunir sus recuerdos, aún vagos, dijo: —¡Aquí!..., ¿usted?... ¿Dónde de estoy? —y estrechó débilmente la mano de su salvador. Expresábase en inglés, idioma que también hablaba Vázquez, que le respondió: —Está usted en lugar seguro. Lo he encontrado sobre la playa, después del naufragio del Century. —¡El Century!... SÍ, ya me acuerdo. —¿Cómo se llama usted? —¿Davis... John Davis. —¿El capitán del buque náufrago? —No... el segundo... ¿Y los otros? —Todos han perecido —contestó Vázquez—, todos. Usted es el único que ha escapado de la catástrofe. —¿Todos?... —¡Todos! John Davis quedó como aterrado al saber que era el único superviviente del naufragio. Comprendió que debía la vida a aquel desconocido que con tanta solicitud le atendía. —¡Gracias, gracias! —exclamó emocionado, en tanto que una gruesa lágrima surcaba su mejilla. —¿Tiene usted hambre?... ¿Quiere usted comer un poco de galleta o carne? —repuso Vázquez. —(NO..., no..., beber!... El agua fresca mezclada con aguardiente produjo gran bien a John Davis, pues bien pronto pudo responder a todas las preguntas. He aquí lo que refirió en pocas palabras: El Century, velero de tres palos, de quinientas cincuenta toneladas, del puerto de Mobile, había dejado veinte días antes la costa americana. Su tripulación se componía del capitán, Harry Steward; el segundo, John Davis, y doce hombres, comprendidos un grumete y un cocinero. Iba cargado de níquel y de objetos de pacotilla para Melbourne, Australia. Su navegación fue excelente hasta el cincuenta y cinco grado de latitud sur en el Atlántico. Sobrevino entonces la violenta borrasca que turbaba aquellos parajes desde la víspera. El Century fue sorprendido por la tempestad, y una ola enorme barrió el puente, llevándose dos marineros, a los que no se pudo salvar. La. intención del capitán Steward había sido buscar un abrigo detrás de la Isla de los Estados, en el estrecho de Lemaire. Por la noche redobló la violencia de la borrasca. No hubo más remedio que picar los palos. En aquel momento, el capitán creía estar a más de veinte millas de tierra, y no creía ningún peligro en remontarse hasta el momento de divisar la luz del faro. Dejándolo entonces al sur, no corría riesgo de arrojarse sobre los arrecifes del cabo San Juan, y daría sin dificultad con el estrecho. El Century continuó navegando con viento de popa, y Harry Steward no dudaba que antes de una hora vería la luz del faro, puesto que sus destellos tenían un radio de diez millas. Pero el faro no lucía aquella noche, y cuando el capitán del Century se consideraba a buena distancia de la isla, prodújose un choque espantoso, y todos se sintieron lanzado» al mar y envueltos en la resaca, sin que pudieran salvarse. Solamente el segundo de a bordo, gracias a Vázquez, había podido escapar a la muerte. Pero lo que Davis no podía comprender era en qué costa se había perdido el barco. ASÍ ES que preguntó a Vázquez: —¿Dónde estamos? —En la Isla de los Estados. —¡En la Isla de los Estados! —exclamó John Davis, estupefacto de esta respuesta. —Si, en la Isla de los Estados —repuso Vázquez—, a la entrada de la bahía de Elgor. —Pero ¿y el faro? —¡Está apagado! John Davis, cuyo rostro expresaba la más profunda sorpresa, esperaba que Vázquez se explicase, cuando éste se levantó de pronto y escucho atentamente. Había creído oír ruidos sospechosos y quería asegurarse de si la banda rondaba por los alrededores. Deslizándose por entre las rocas paseó la mirada por el litoral hasta la punta del cabo San Juan. Todo estaba desierto. El huracán no había amainado. Las olas rompían con extraordinaria violencia, y nubes amenazadoras seguían amontonándose en el horizonte. El ruido que Vázquez habla oído procedía de la dislocación del Century. El destrozado casco daba vueltas, como un tonel desfondado, y concluyó por destrozarse definitivamente contra el ángulo del acantilado. Vázquez volvió al lado de John Davis. El segundo del Century iba recobrando las fuerzas y quiso bajar a la playa, apoyado en el brazo de su compañero, que le retuvo. Entonces Davis le preguntó por qué no estaba encendido el faro. Vázquez le puso al corriente de los criminales sucesos ocurridos siete semanas antes en la bahía de Elgor. Hasta entonces, desde el día que zarpó el “aviso” Santa Fe, el faro había lucido con regularidad, y unos cuantos barcos que pasaron a la vista de la isla habían hecho señales, que les fueron contestadas. Pero el 26 de diciembre se presentó una goleta a la entrada de la bahía. Desde la cámara de cuarto, Vázquez vio las luces de posición —pues ya había anochecido— y observó toda la maniobra. El capitán debía conocer perfectamente aquellos parajes, pues no mostró la menor vacilación. La goleta llegó cerca del faro y , echó el ancla. Entonces fue cuando Felipe y Moriz subieron a bordo para ofrecer sus servicios al capitán, y, cobardemente agredidos, perecieron, sin haber podido defenderse. —; Desgraciados!—exclamó John Davis. —¡Si, desgraciados compañeros míos! —repitió Vázquez, emocionado ante tan dolorosos recuerdos. —¿Y usted, Vázquez? —preguntó John Davis. —Yo oí desde lo alto del faro los gritos de mis camaradas y comprendí lo que había sucedido... Aquella goleta era un barco de piratas. Erramos tres torreros... No habían asesinado más que a dos, pero no se preocuparon por el tercero. —¿Cómo pudo usted escapar? —preguntó Davis. —Bajé rápidamente la escalera del faro y me precipité en mi cuarto, recociendo algunos efectos y unos pocos víveres, y antes que la tripulación de la coleta desembarcara corrí a refugiarme en esta parte del litoral. —¡Miserables!... ¡Miserables!... —repetía el segundo del Century—. Y son los dueños del faro, que mantienen apagado! ¡Los causantes de la pérdida del Century, de la muerte de mi capitán y de todos los de a bordo! —¡Sí, son los dueños! —dijo Vázquez con acento de amargura—. Y sorprendiendo una conversación del jefe con otro de los bandidos he podido conocer sus proyectos. John Davis supo entonces cómo estos criminales, establecidos hacia años en la Isla de los Estados, atraían los barcos hacia las rocas y asesinaban a los supervivientes de los naufragios, encerrando todo el producto de sus pillajes en una caverna, hasta tanto pudieran apoderarse de un barco. Cuando empezaron los trabajos de construcción del faro, la banda se vio obligada a abandonar la bahía de Elgor y refugiarse en el cabo San Bartolomé, donde nadie podía sospechar su presencia. Concluidos los trabajos, hacia mes y medio que habían vuelto a la bahía: pero esta vez en posesión de una goleta que acababa de embarrancar en el cabo San Bartolomé, y cuya tripulación había perecido. —¿Y cómo es que esos criminales no han zarpado ya? —preguntó Davis. —A causa de las importantes reparaciones que han tenido que hacer en la goleta. Pero ya están completamente concluidas: yo mismo me he cerciorado, y la partida debía tener lugar esta misma mañana. —¿Para...? —Para las islas del Pacifico, donde se creen en seguridad para continuar su criminal oficio de piratas. —Sin embargo, la coleta no podrá salir de la bahía mientras dure este temporal. —Seguramente, y, según el cariz del cielo, es posible que el mal tiempo se prolongue toda una semana. —¿Y en tanto dios estén allí, el faro continuara apagado? —Desde luego, Davis. —Entonces otros barcos corren el peligro de sufrir la misma suerte que el Century. —Así es. —¿Y no se podría señalar la costa a los barcos que se aproximen durante la noche? —SÍ, tal vez se consiga encendiendo fuego en la. punta del cabo San Juan. Es lo que anoche quise hacer para advertir al Century. Intenté encender una hoguera con pedazos de madera y hierbas secas ; pero el viento soplaba con tal furia que fue vano mi intento. —Pues bien; lo que usted no pudo conseguir, Vázquez, los dos lo conseguiremos —declaró el animoso John Davis—. Los restos de mi pobre barco, y desgraciadamente los de tantos otros, nos proporcionarán combustible en abundancia. SÍ se retrasa la salida de la goleta y continúa apagado el faro, ¡quién sabe los naufragios que todavía se producirán!... —De todos modos —le hizo observar Vázquez—, Kongre y su banda no pueden prolongar su estancia en la bahía, y la goleta partirá en cuanto amaine el temporal y sea posible hacerse a la mar. —¿Y por qué? —preguntó Davis. —Porque ellos no ignoran que el relevo del servicio del faro está al llegar. —¿El relevo? —Si, en los primeros días de marzo, y estamos a dieciocho de febrero. —¿De modo que ha de venir un barco? —Sí, el “aviso” Santa Fe debe venir desde Buenos Aires el diez de marzo, y acaso más pronto. John Davis tuvo el mismo pensamiento que embargaba el espíritu de Vázquez. —¡Ahí — exclamó— ¡Quiera Dios que sea así, que estos miserables estén aún aquí cuando el Santa Fe deje caer el ancla en la bahía de Elgor. III Allí estaban Kongre, Carcante y toda la banda, atraída por el instinto del pillaje. La víspera, en el momento que el sol iba a desaparecer en el horizonte, Carcante había divisado desde la galería del faro un barco de tres palos que navegaba hacia el este. Kongre pensó que este barco trataba de ganar el estrecho de Lemaire, para buscar abrigo en la costa occidental de la isla. Mientras fue de día siguieron sus movimientos, y cuando se hizo de noche pudieron distinguir las luces de situación, no tardando en advertir que estaba sin gobierno y que no demoraría en estrellarse contra la costa cuya proximidad no sospechaba. Si Kongre hubiera encendido el faro, tal vez hubiese desaparecido el peligro; por eso se guardó bien de hacerlo, y cuando las luces del Century se hubieron apagado, no dudaron que el barco acababa de parecer entre el cabo San Juan y la punta Several. Al día siguiente, el huracán continuó desencadenándose con furor. Era absurdo pensar que la goleta pudiera hacerse a la mar. Imponíase un retraso tal vez de algunos días, circunstancia grave estando bajo la amenaza de la llegada del relevo del faro. No había más remedio que esperar a todo evento; después de todo, no era más que 19 de febrero. Lo probable era que el temporal amainase antes de fin de mes y en cuanto el mar se calmara, la Carcante levaría anclas. Entretanto, puesto que un barco se había perdido en la costa, era la ocasión de aprovecharse del naufragio y recoger entre los restos lo que fuera de algún valor, aumentando de ese modo el precio del cargamento de la goleta. El aumento del beneficio compensaría en cierto modo la agravación del riesgo corrido. Nadie hizo ln menor objeción, y toda aquella banda de aves de rapiña se dispuso a caer sobre la nueva presa. Una docena de hombres se embarcaron en la chalupa del faro dispuestos a vencer a fuerza de remo las violentas ráfagas que empujaban las olas hacia la bahía. Hora y media fue necesaria para alcanzar la extremidad del cabo; pero en cambio, el regreso se efectuaría rápidamente con la ayuda de la vela. La chalupa atracó a la orilla norte, frente a la caverna. Los piratas desembarcaron, precipitándose hacia el lugar del naufragio. Fue el momento en que se oyeron los gritos que habían interrumpido la conversación de John Davis y de Vázquez, quien se deslizó hasta la entrada de la gruta con toda clase de precauciones para no ser descubierto. Momentos después, John Davis estaba a su lado. —Usted no; déjeme soto. Necesita usted reposo —le dijo el bravo torrero. —Me encuentro perfectamente, y quiero ver esa banda de criminales. El segundo del Century era un hombre enérgico, no menos resuelto que Vázquez; uno de esos americanos de temperamento de hierro, y que, como vulgarmente se dice, debía tener siete vidas, como los gatos”, para no haber perecido en el naufragio. Excelente marino, había servido como contramaestre en la flota de los Estados Unidos antes de navegar en los barcos mercantes, y los armadores del Century tenían acordado confiarle el mando del navío, porque Henry Steward iba a retirarse del servicio. Esto era para él otro motivo de cólera y de odio. De aquel navío, del que tan pronto pensaba ser capitán, no veía más que restos informes entregados a una banda de piratas. Si Vázquez hubiera necesitado que se le alentase, allí tenía un hombre valeroso para sostenerle en su dura prueba. Pero por determinados, por bravos que fuesen los dos, ¿qué podían hacer contra Kongre y sus compañeros? Ocultándose tras las rocas, Vázquez y John Davis observaron prudentemente el litoral hasta el extremo del cabo San Juan. Kongre. Carcante y los otros se habían detenido primero en el ángulo adonde el huracán acababa de arrojar la mitad del casco del Century reducido a despojos amontonados al pie del acantilado. Los piratas estaban a menos de doscientos pasos de la gruta, desde donde se les distinguía fácilmente. Llevaban impermeables ceñidos a la cintura y gorros de marinero con barbuquejo, para evitar que se los llevara el viento. Advertíase que a duras penas podían resistir el empuje de las ráfagas; a veces tenían que apoyarse en los salientes de las rocas para no ser derribados. Vázquez designó a John Davis los que conocía, por haberlos visto cuando entraron a la caverna. —Aquel alto es el que figura como jefe de esos canallas, y se llama Kongre. —¿Y el otro con quien está hablando ahora? —Es Carcante, su segundo; bien le vi desde lo alto del faro, pues fue uno de los que asesinaron a mis camaradas. —Le aplastaría usted con mucho gusto la cabeza, ¿verdad Vázquez? —¡A, él, a su jefe y a todos esos perros rabiosos! —contestó el torrero. Transcurrió cerca de una hora antes que los bandidos concluyeran de examinar aquella parte del casco. La inspección fue minuciosa. El níquel, que constituía el cargamento del Centurv, y del que no sabían qué hacer, se abandonaría en la playa. Pero entre la pacotilla que también llevaba a. bordo el buque náufrago, tal vez hubiese algo que les conviniera. Efectivamente, se vio que transportaban dos o tres cajas y otros tantos fardos, que Kongre ordenó embarcar en la chalupa. —Si esos bribones buscan oro, plata o alhajas, pierden el tiempo —dijo John Davis. —Desde luego es lo que prefieren —contestó Vázquez—. De todo eso había en la caverna, y para ello preciso era que los barcos perdidos en el litoral llevasen a bordo una cierta cantidad de materias preciosas. Así es que la goleta debe tener ahora en la bodega un cargamento de gran valor. —Comprendo que tengan mucho interés en ponerlo pronto en seguridad. ¡Pero tal vez no lo consigan... —Será preciso que se mantenga este temporal una quincena todavía —objetó Vázquez. —Si encontráramos un medio... John Davis no acabó su pensamiento. ¿Cómo impedir que la goleta saliese de la bahía en cuanto la tempestad rindiese sus furores y el mar tornase a la calma? En ese momento, los bandidos abandonaron esta mitad del barco, dirigiéndose hacia la otra mitad, en la punta misma del cabo. Desde el lugar donde estaban Vázquez y John Davis podían verlos todavía, aunque de más lejos. La marea bajaba, y aunque rechazada por el viento, descubríase gran parte de los arrecifes. Era, pues, bastante fácil poder llegar a esta parte del casco del Century. Se introdujeron en él Kongre y dos o tres de los suyos. Según la opinión de Davis, en aquella parte debían quedar intactas algunas provisiones. Efectivamente, los bandidos sacaron caías de conservas y barriles, dirigiéndose por la playa a la chalupa. Las pesquisas continuaron todavía durante dos horas; luego, Carcante y dos de sus compañeros, provistos de hachas, volvieron a dirigirse hacia el barco —¿Qué pretenden todavía esos bandidos? —preguntó Vázquez—. ¿Es que el barco no está bastante demolido? ¿Por qué diablos quieren acabar con él? —Adivino lo que quieren —contestó John Davis—; que no quede nada de su nombre ni de su nacionalidad; que no se sepa nunca que el Century se ha perdido en los parajes del Atlántico. John Davis no se había equivocado. Pocos momentos después, Kongre salía con el pabellón americano, encontrado en el camarote del capitán, y lo iba desgarrando en mil pedazos. —¡Ah, canalla! —exclamó John Davis— ¡La bandera... la bandera de mi país!... Apenas si Vázquez tuvo tiempo de retenerle por el brazo, en el momento en que, fuera de sí, iba a lanzarse a la playa. Terminado el pillaje, y completamente llena la chalupa, Kongre y Garante remontaron hacia el pie del acantilado, pasando dos o tres veces delante de la gruta donde se ocultaban Vázquez y John Davis, que pudieron oír que decían: —¿No será posible salir mañana? —Mañana no; pero no creo que este mal tiempo dure muchos días. —Y no habremos perdido el retraso. —Sin duda, pero yo esperaba encontrar algo más en un americano de este tonelaje. El último barco que hicimos naufragar nos ha valido cincuenta mil dólares. —Los naufragios se suceden, pero no se parecen —respondió Carcante con filosofía—. Ahora hemos dado con gente de poco más o menos: he aquí todo. Exasperado John Davis, había tomado un revólver, y en un irreflexivo movimiento de cólera hubiera roto la cabeza al jefe de la banda, si Vázquez no lo hubiera evitado. —SÍ, tiene usted razón —reconoció John Davis—; pero no puedo hacerme a la idea que esos miserables queden impunes. Y, sin embarco, si la goleta lograra salir de la isla, ¿dónde encontrarla...? ¿Dónde perseguirla? —El temporal no lleva trazas de amainar—observó Vázquez—. Si el viento persiste, continuará el fuerte oleaje durante algunos días..., y no saldrá de la bahía, créame usted. —Sí, Vázquez; pero, ¿no me ha dicho usted que el “aviso” no llegará hasta los primeros días del mes próximo? —Tal vez llegue antes, Davis, ¡quién sabe!... —¡Dios lo quiera, Vázquez, Dios lo Quiera? Era evidente que la tormenta no perdía nada de su violencia, y en aquella latitud, aun en verano, esas turbulencias atmosféricas suelen durar una quincena. Pero, en fin, era de temer que si se producía una calma, por breve que fuera, la goleta la aprovecharía para hacerse a la mar. Serian las cuatro de la tarde cuando Kongre y sus compañeros reembarcaron. Izada la vela, la chalupa desapareció en pocos minutos, siguiendo la orilla norte de la bahía. Al llegar la noche se acentuaron las ráfagas. Nubes procedentes del sur descargaron una lluvia fría, torrencial. Vázquez y John Davis no pudieron dejar la gruta. El frío era bastante vivo y tuvieron que hacer lumbre para contrarrestarlo. El litoral estaba desierto, la oscuridad profundísima y nada tenían que temer. La noche fue horrible. El mar batía furiosamente en el acantilado. Del casco del Century no quedaba más que restos esparcidos por la playa y entre las rocas. ¿Había llegado el temporal a su máximum de intensidad? Era lo que Vázquez y su compañero se apresuraron a observar en cuanto hubo amanecido. Imposible imaginar una revolución más formidable de los elementos desencadenados. El agua del cielo se confundía con la del mar, y continuó diluviando todo el día y toda la siguiente noche. Durante cuarenta y ocho horas ningún barco apareció a la vista de la isla, y se comprende que procuraran apartarse de aquellas peligrosas costas, batidas directamente por la tempestad. No era, seguramente, en el estrecho de Magallanes ni en el de Lemaire donde hubieran encontrado refugio contra las embestidas de semejante huracán. La salvación para ellas era la huida por la libre extensión del mar. Afortunadamente, la cuestión de las subsistencias no debía preocupar a Vázquez ni a su compañero. Con las conservas que procedían del Century tendrían para más de un mes. Para entonces, el Santa Fe habría fondeado en la bahía de Elgor, pues el temporal ya no impediría que el “aviso” se aproximara sin temor alguno al cabo San Juan. Este era el tema de todas sus conversaciones. —Que el temporal dure lo bastante para impedir que salga la goleta y que amaine para permitir arribar al Santa Fe; esto es lo que hace falta —decía Vázquez con la mayor ingenuidad. —¡Ah! —contestaba John Davis— si dispusiéramos del mar y del viento, otro gallo nos cantaría. Pero eso no pertenece más que a Dios. —El no permitirá que estos miserables escapen al castigo que merecen sus crímenes —afirmaba John Davis, apropiándose los términos que Vázquez empleara anteriormente. Como los dos sentían el mismo odio y la misma sed de venganza, estaban imbuidos de un mismo pensamiento. El 21 y el 22, la situación no varió sensiblemente. Hubo un momento en que el viento mostró tendencias hacia el nordeste; pero al cabo de una hora volvió contra la isla con todo el cortejo de sus espantosas ráfagas huracanadas. Dicho se está que ni Kongre ni ninguno de los suyos volvió a aparecer. Indudablemente, estaban ocupados en preservar a la coleta de toda avería en aquella caleta que la marea, engrosada por el huracán, debía llenar hasta desbordarla. En la mañana del 23, las condiciones atmosféricas mejoraron un poco. Después de alguna indecisión, el viento parecía fijarse al nortenordeste. Cesó la lluvia, y aunque el viento continuaba soplando violentamente, el cielo iba despejándose poco a poco. Las olas no dejaban de batir con furia, y la entrada de la bahía continuaba impracticable. La coleta no podría zarpar seguramente aquel día. Kongre y Carcante tal vez aprovecharían la relativa calma para volver al cabo San Juan para observar el estado del mar. Sin embargo, John Davis y Vázquez se arriesgaron fuera de la gruta, de donde no salían hacia cuarenta y ocho horas. — ¿Cederá el viento? —pregunté Vázquez. —Mucho me lo temo —contestó John Davis, a quien su instinto de marino no engañaba—. ¡Nos harían falta diez días más de temporal!; ¡diez días!... y no los tendremos. Con los brazos cruzados observó atentamente el mar y el cielo, Después echó a andar detrás de Vázquez. De pronto su pie tropezó con un objeto medio enterrado en la arena, cerca de una roca, y que al choque despidió un ruido metálico... Al bajarse reconoció la caja que encerraba la pólvora de a bordo para los dos cañones de a cuatro que el Century empleaba para sus señales. —¡Ah!... ¡Si pudiéramos darle fuego a la cala de la goleta que ha de llevarse a esos bandidos!... —No hay que pensar en ello — contestó Vázquez, sacudiendo la cabeza—. No obstante, cuando volvamos abarraré la caja y la llevaré a la gruta. Continuaron bajando hacia la playa, sin poder llegar a la punta del cabo, porque el mar batía allí furiosamente. Cuando estuvieron cerca de los arrecifes, Vázquez descubrió entre dos rocas uno de los cañoncitos, que había rodado hasta allí cuando el naufragio del Century. Algunos pasos más allá había algunas balas, que las olas empujaron tierra adentro. —¡Lástima que no podamos aprovechar todo esto! —dijo John Davis. —¡Quién sabe! —repuso Vázquez—. Debemos cargar este cañón por si se nos presenta oportunidad de servirnos de la pieza. —Lo dudo. —¿Por qué? Puesto que el faro está apagado, si se presenta de noche un barco en condiciones del Century, podríamos advertirle a cañonazos la proximidad de la costa. John Davis miró a su compañero con gran fijeza. Parecía como que un pensamiento extraordinario atravesaba su mente, y se limitó a contestar: —¿Eso es lo que a usted se le ocurre, Vázquez;? —Sí, Davis, y no creo que sea descabellado. Seguramente que las detonaciones delatarán nuestra existencia en la isla; los bandidos harán todo lo posible por descubrirnos, y acaso nos cueste la vida. Pero, ¡cuántas habremos salvado a cambio de la nuestra! Y, de todos modos, habremos cumplido con nuestro deber. —¡Hay otra, manera de cumplir nuestro deber! —murmuró John Davis, sin ser más explícito. Sin embargo, no hizo más objeciones, y, conforme al parecer de Vázquez, el cañoncito fue arrastrado hasta la gruta; luego transportaron el afuste, las balas y la caja de pólvora. Este trabajo fue muy penoso y exigió mucho tiempo. Cuando Vázquez y John Davis se pusieron a almorzar, la altura de sol indicaba que eran las diez de la mañana próximamente. Apenas habían desaparecido, Kongre, Carcante y el carpintero Vargas daban la vuelta al ángulo del acantilado. Habían hecho el camino a pie, porque embarcados en la chalupa hubiera sido muy penoso. Como lo había presentido Vázquez, los bandidos iban al cabo a observar el estado del mar. Seguramente se darían cuenta que la goleta corría grandes peligros saliendo de la bahía. así lo reconocieron Kongre y Carcante. Situados cerca del lugar del siniestro del Century, del que no quedaban más que algunos restos, apenas podían mantenerse contra el viento. Hablaban con animación, gesticulaban, mostrando con la mano el horizonte, y retrocedían cuando una ola grande y encrespada amenazaba anegarles. Vázquez y su compañero no les perdieron de vista durante la media L hora que pasaron observando la entrada de la bahía. Al fin se fueron hacia el faro. —Ya se han ido —dijo Vázquez—. Aún volverán esos canallas a observar el mar. John Davis movió la cabeza con aire contristado. No le cabía duda que el temporal cesaría antes de las cuarenta y ocho horas. El oleaje, y aunque no completamente calmado, permitiría a la goleta doblar el cabo San Juan. Aquel día, Vázquez y Davis lo pasaron casi todo en el litoral. Se acentuaba la modificación del estado atmosférico. Al anochecer, Vázquez y Davis entraron en la gruta y satisficieron su apetito con galleta, carne fiambre y agua mezclada con brandy. Luego, Vázquez se dispuso a dormir bajo su manta. —Antes que se duerma usted, hágame el favor de escucharme una proposición —le dijo Davis. —Hable, usted. —Vázquez, le debo a usted la vida, y no pienso hacer nada que no merezca su aprobación. He aquí una idea que se me ha ocurrido. Examínela usted y deme su opinión, sin preocuparse de la mía. —Le escucho a usted, Davis. —El tiempo cambia, el temporal toca a su fin; el mar estará tranquilo muy en breve. Espero que la goleta habrá desaparecido antes de cuarenta y ocho horas. —Desgraciadamente, es así —repuso Vázquez, completando su pensamiento con un gesto que significaba: “¡No podemos hacer nada!” John Davis repuso: —Si, antes de dos días habrán salido de la bahía; la goleta habrá doblado el cabo y desaparecerá en el oeste, y les camaradas de usted, mi capitán y mis compañeros del Century no serán vengados. Vázquez había bajado la cabeza; luego levantó la vista y miró a John Davis, cuyo rostro estaba iluminado por los últimos resplandores del fuego. Este continuó: —Una sola eventualidad podría impedir la salida de la goleta, o al menos retenerla hasta la llegada del “aviso”: una avería que la obligase a volver al fondeadero. Pues bien, tenemos un cañón, pólvora y proyectiles... Montemos el cañón sobre su afuste en la punta del acantilado; carguémosle, y cuando pase la goleta disparemos sobre ella. Es posible que no podamos echarla a pique, pero la tripulación no se aventurará a una larga navegación con una nueva avería. Los miserables no tendrán más remedio que volver al fondeadero para repararla... Será preciso desembarcar la carga... Esto exigirá toda una semana, y entre tanto, el Santa Fe... John Davis se calló; había asido la mano de su compañero y la oprimía. Sin vacilar, Vázquez le contestó con una sola palabra: —¡Convenido! IV En la mañana del 25 de febrero, el viento se había aplacado y eran manifiestos los síntomas de tiempo bonancible. Aquel día decidieron los piratas hacerse a la mar con la goleta, y Kongre hizo sus preparativos para zarpar por la tarde. Era de creer que a esa hora el sol habría ya disipado la niebla, y la marea descendente favorecería la salida. La goleta llegaría a la altura del cabo San Juan hacia las siete y el largo crepúsculo de aquellas latitudes le permitiría doblarlo antes de anochecer. De no haberlo impedido la bruma, la goleta hubiera podido partir aprovechando el reflujo de la mañana. Efectivamente, todo estaba dispuesto a bordo: cargamento completo, víveres en abundancia, los que procedían del Century y los que se habían retirado del almacén del faro, en el que no quedaba más que el mobiliario y los utensilios, con los que Kongre no había querido abarrotar más la cala. Aunque se había aligerado de parte de su lastre, la goleta calaba más de lo normal y no hubiera sido prudente rebasar todavía algunas pulgadas su línea de flotación. Poco antes de mediodía, en tanto se paseaban cerca del faro, Carcante dijo a Kongre: —La niebla empieza a levantarse y pronto el mar quedará despejado. Con estas brumas suele calmarse el viento y el mar. —Creo que al fin saldremos — contestó Kongre—, y que nada dificultará nuestra navegación hasta el estrecho. —No más allá —dijo Carcante. Sin embargo, Kongre, la noche será obscura; estamos apenas en el primer cuarto de luna. —Poco importa. Carcante; no me hacen falta la luna ni las estrellas. Conozco toda la Costa norte y espero doblar los islotes New-Year y el cabo Colnett a buena distancia para no tropezar con sus rocas. —Mañana habremos perdido de vista el cabo San Bartolomé, y espero que cuando llegue la noche la Isla de los Estados habrá quedado a unas veinte millas a popa. —Ya es hora, Kongre, después del tiempo que llevamos aquí. —¿Es que lo lamentas, Carcante? —No, ahora que todo ha concluido, que hemos hecho fortuna, que un buen barco nos va a llevar con sus riquezas. Pero ¡mil diablos! yo creí que todo estaba perdido cuando la Maule..., no la Carcante, fondeó aquí con una vía de agua. Si no hubiéramos podido reparar las averías, ¡quién sabe el tiempo que todavía hubiésemos tenido que permanecer en la isla!... A la llegada del “aviso” hubiéramos tenido que volvernos al cabo de San Bartolomé. —Si —contestó Kongre, cuya feroz fisonomía se obscurecía—, y la situación hubiera sido más grave todavía. Al ver el faro sin torreros, el comandante del Santa Fe hubiera tomado sus medidas, hubiera practicado pesquisas... Seguramente registraría toda la isla, y quién sabe si lograría descubrir nuestro refugio... Y luego que acaso se le uniera el tercer torrero que se nos ha escapado. —Por este lado no tengas temor alguno, Kongre: no hemos encontrado sus huellas. ¿Y cómo, sin ningún recurso, ha podido vivir cerca de dos meses?... Pues hay que tener en cuenta que pronto hará dos meses que la Carcante fondeó en la bahía de Elgor; y a menos que ese individuo haya vivido todo ese tiempo de pescado crudo. .. —Después de todo, nosotros habremos partido antes de la llegada del “aviso”, que es lo importante. —El Santa Fe no debe llegar hasta dentro de ocho días lo menos, a juzgar por el libro del faro —declaró Carcante. —Y en ocho días —añadió Kongre— estaremos lejos del cabo de Hornos, en ruta hacia las Salomón o las Nuevas Hébridas. —Por supuesto, Kongre. Voy a subir por última vez a la galería para observar el mar. Si hay algún barco a la vista... —¡Qué nos importa! —le interrumpió Kongre, encogiéndose de hombros—. El Atlántico y el Pacífico son de todo el mundo. La Carcante tiene sus papeles en regla; yo me he ocupado de que así sea, y puedes estar tranquilo. Y aunque encontráramos el Santa Fe a la entrada del estrecho, le enviaríamos nuestro saludo, pues nunca está de más la cortesía. Como se ve, Kongre confiaba en el éxito. Verdad es que todo parecía favorecerlo. En tanto que su capean descendía hacia la playa, Carcante subió la escalera que conduce a la galería del faro, y permaneció en observación durante una hora. El cielo aparecía ya completamente despejado, y la línea del horizonte se dibujaba con toda claridad. Aunque el mar estaba un poco agitado todavía, el oleaje no era lo suficientemente violento para dificultar la reparación de la goleta. Además, en cuanto el barco estuviera en el estrecho encontraría la mar bella, y navegaría como por un río al abrigo de la tierra y con viento de popa. En alta mar no apareció más que un barco, que navegaba hacia el océano Pacifico y no tardó en desaparecer. Una hora más tarde, Carcante tuvo un momento de inquietud, que pensó comunicar a Kongre. Una lejana columna de humo apareció hacia el nordeste. Era un vapor que se dirigía hacia la Isla de los Estados, o hacia el litoral de la Tierra del Fuego. Las conciencias de los criminales se sobresaltan por cualquier cosa. Bastó una humareda lejana para que Carcante experimentase serias emociones. —¿Será el “aviso”? —se preguntó asustado. Era el 25 de febrero, y el Santa Fe no debía arribar hasta los primeros días de marzo. ¿Habría adelantado el viaje? Si era él, antes de dos horas estaría a la altura del cabo San Juan... Entonces todo perdido... Era necesario renunciar a la libertad en el preciso momento de conquistarla, y volver a la espantosa existencia del cabo San Bartolomé. A sus pies. Carcante veía la goleta que se balanceaba graciosamente. Todo estaba dispuesto. No tenia más que levar el ancla para zarpar... Pero no le hubiera sido posible hacerlo con viento contrario y marea ascendente, y era necesario esperar dos horas y media. Imposible, pues, hacerse a la mar antes de la llegada del “aviso”, si era el Santa Fe aquel barco que estaba a la vista de la isla. Carcante soltó un Juramento que le ahogaba. No quiso, sin embargo, alarmar a Kongre, muy ocupado en los últimos preparativos, antes de asegurarse por completo, y continuó en observación en la galería del faro. El barco se aproximaba rápidamente, porque tenía a su favor la corriente y la brisa. El vapor forzaba la marcha, a Juzgar por la espesa humareda que despedía, y, de seguir aquella velocidad, no tardaría en llegar a la altura del cabo. Carcante iba siguiendo con ansiedad la marcha del barco, y su inquietud aumentaba a medida que disminuía la distancia del vapor a la costa. Esta distancia quedó bien pronto reducida a pocas millas, y el casco del navío se hizo visible. En el momento que los temores de Carcante eran más vivos, desaparecieron como por encanto. El vapor hizo una maniobra para ganar el estrecho, y el bandido pudo observar que se trataba de un barco de 1.200 a 1.500 toneladas, y que no era posible confundir con el Santa Fe. Todos los de la banda conocían perfectamente el “aviso” por haberle visto varias veces durante su prolongada escala en la bahía de Elgor. Carcante respiró tranquilo, y se alegró de no haber alarmado inútilmente a sus compañeros. El segundo de la banda permaneció todavía una hora en la galería, hasta que vio desaparecer el vapor hacia el norte de la isla, a una distancia excesiva para poder enviar su número al faro, señal que desde luego hubiera quedado sin correspondencia. Cuarenta minutos después, el vapor, que navegaba con una velocidad de lo menos doce nudos por hora, desaparecía a la altura de la punta Colnett. Carcante bajó a la playa, después de haberse asegurado que ningún otro barco aparecía en toda la extensión del mar. Se acercaba la hora de la marea baja. Era el momento fijado para la salida de la goleta. Los preparativos estaban terminados; las velas prestas a ser izadas. A las seis, Kongre y la mayor parte de sus compañeros estaban a bordo. Poco después, el bote conducía a los que aún estaban en tierra. La marea empezaba a bajar lentamente. Ya se descubría el lugar donde la goleta había estado durante las reparaciones. Del otro lado de la caleta, las rocas mostraban sus cabezas puntiagudas. Una ligera resaca iba a morir en la arena de la playa. Había llegado el momento de zarpar, y Kongre dio la orden de levar el ancla. Las velas fueron orientadas, y la goleta comenzó lentamente su movimiento hacia el mar. El viento soplaba de estesudeste, y la Carcante doblaría sin dificultad el cabo San Juan. Kongre, que conocía perfectamente la bahía, estaba seguro que ningún peligro le amenazaba, y con la mano en el timón, dejaba que la goleta fuera aumentando su velocidad. A las seis y media, la Carcante no estaba más que a una milla de la extrema punta. Kongre veía todo el mar, hasta el límite del horizonte. El sol iba descendiendo hacia su ocaso, y bien pronto las estrellas brillarían en el cenit, que se ensombrecía bajo el velo del crepúsculo. Carcante se aproximó en aquel momento a su Jefe. —¡Al fin vamos a vernos fuera de la bahía! —dijo con satisfacción. —Dentro de veinte minutos doblaremos el cabo San Juan —contestó Kongre—. La estación está ya muy avanzada, y creo que podemos contar con la persistencia de estos vientos del este. En aquel momento, el hombre de guardia, exclamó: —¡Atención a proa!... —¿Qué ocurre? —preguntó Kongre. Carcante acudió para ver lo que pasaba. La goleta pasaba precisamente por frente a la caverna donde la banda había vivido tan largo tiempo. En este lugar de la bahía derivaba parte de la quilla del Century, rechazada hacia el mar por el reflujo. Un choque hubiera podido tener lamentables consecuencias, y no había instante que perder para apartarse de este obstáculo. Kongre viró ligeramente. La maniobra produjo el efecto deseado, pues apenas si la quilla de la Carcante rozó aquel pedazo del casco del Century. En aquel preciso momento, un agudo silbido desgarró el aire, y un violento choque hizo estremecerse a la goleta, seguido inmediatamente por una detonación. Al mismo tiempo se elevó del litoral una humareda blanquecina que el aire rechazó hacia el interior de la bahía. —¿Qué es esto? —exclamó Kongre. —¡Han disparado contra nosotros? —contestó Carcante. —¡Toma la barra! —ordenó Kongre. Y precipitándose a babor, se inclinó sobre la borda, advirtiendo un agujero en el casco, a medio pie de altura sobre la línea de flotación. Toda la tripulación se agrupó inmediatamente en la proa de la goleta. ¡Era un ataque procedente de aquella parte del litoral!... Un proyectil que la Carcante recibía en su flanco en el momento de salir de la bahía, y que si le hubiera dado un poco más abajo seguramente la hubiese echado a pique. Se comprenderá fácilmente la Sorpresa y el espanto que produjo a bordo tan inesperada agresión. ¿Qué podían hacer Kongre y sus compañeros?... ¿Echar el bote al agua remar hacia la orilla y apoderarse de los que habían disparado contra ellos?... Pero ¿no serían los enemigos superiores en número? Lo más cuerdo era alejarse, a fin de reconocer la importancia de la avería. Se imponía esta determinación, tanto más que los agresores persistían. Se alzó otro fogonazo en el mismo sitio, y la goleta recibió un nuevo choque. Un segundo proyectil acababa de herirla un poco más a popa que el primero. Kongre ordenó precipitadamente virar a estribor. En menos de cinco minutos empezó a alejarse de la orilla, y bien pronto estuvo fuera del alcance de la pieza de fuego. Ninguna otra detonación volvió a oírse La orilla aparecía desierta liaste la punta del cabo, y era de creer que el ataque no se reproduciría. Lo que más urgía era comprobar el estado del casco. Este examen no podía hacerse por el interior del barco, porque hubiera sido necesario desembarcar la carga. Pero lo que no dejaba lugar a duda era que los dos proyectiles habían atravesado el casco, alojándose en la cala. Fue echado al agua el bote, desde el cual Kongre y el carpintero examinaron el casco de la goleta, a fin de ver si podían reparar allí mismo la avería. Pronto pudieron cerciorarse que los proyectiles habían atravesado hasta la cala. Afortunadamente, no hablan interesado más que la obra muerta. Los dos agujeros estaban cerca de la línea de flotación. Unos cuantos centímetros más abajo, y se hubiera producido una vía de agua que tal vez no hubiera habido tiempo de cegar antes que la cala se hubiera inundado, y hubiera sumergido la Carcante a la entrada de la bahía. Seguramente, Kongre y los suyos se hubieran salvado en el bote, pero la goleta se habría perdido sin remisión. En suma, la avería no era de extrema gravedad, pero de bastante importancia para impedir que la Carcante se aventurase en una larga navegación. Al menor bandazo que diese sobre babor, el agua penetraría en el interior. Era necesario, por lo tanto, tapar los dos agujeros hechos por los proyectiles antes de continuar la marcha. —¿Pero quién será el canalla que nos ha enviado esto? —preguntaba reiteradamente Carcante. —Tal vez ese torrero que se nos ha escapado —contestó Vargas—. Acaso, acaso algún superviviente del Century a quien ese torrero habrá salvado. Pero, en fin, para disparar proyectiles hace falta un cañón, y ese cañón no habrá caído de la luna. —Evidentemente —aprobó Carcante—. No hay duda que procede del barco náufrago. ¡Qué lástima que no hayamos dado con él entre los restos!... —No se trata ahora de eso —interrumpió bruscamente Kongre—, sino de reparar lo antes posible la avería. En efecto, no era cosa de entretenerse en discutir acerca del ataque contra la goleta, sino de proceder a las necesarias reparaciones. En rigor, se la podría conducir a la orilla opuesta de la bahía, a la punta Diegos. Una hora bastaría para ello. Pero en este lugar la goleta hubiera estado muy expuesta a los vientos de alta mar, y hasta la punta Several la costa no ofrecía ningún seguro abrigo. Kongre resolvió, por lo tanto, volver aquella misma noche al fondo de la bahía de Elgor, donde el trabajo podría llevarse a cabo con toda seguridad y lo más rápidamente posible. Pero en aquel momento la marea descendía y la goleta no podía vencer el reflujo. Forzoso era esperar la marca ascendente, que no se haría sentir hasta las tres de la madrugada. La Carcante se balanceaba vivamente por la acción del oleaje, y la corriente amenazaba arrastrarla hasta la punta Several. De vez en cuando se oía el ruido del agua precipitándose por los dos agujeros que los proyectiles habían hecho en el casco. Kongre no tuvo más remedio que resignarse a echar el ancla a unos cuantos cables de la punta Diegos. En resumen, la situación era poco tranquilizadora. La noche se echó encima, y bien pronto la oscuridad fue profunda. Era necesario todo el conocimiento que Kongre tenía de aquellos parajes para no estrellarse contra alguno de los numerosos arrecifes que impiden el acceso a la costa. Al fin se dejó sentir la marea ascendente. El ancla fue recogida a bordo, y la Carcante, no sin haber corrido serios peligros, fondeó de nuevo en la caleta de la bahía de Elgor. V Fácil es imaginarse a qué grado de exasperación llegarían Kongre, Carcante y los otros. En el preciso momento en que iban a dejar la isla, les había detenido un obstáculo imposible de prever... Y en cuatro o cinco días, tal vez en menos, el “aviso” podría presentarse en la entrada de la bahía de Elgor. Seguramente, de haber sido menos graves las averías de la coleta, Kongre no hubiese dudado en buscas otro fondeadero. Hubiera ido, por ejemplo, a refugiarse en el abra de San Juan, que al doblar el cabo se encuentra en la costa septentrional de la isla. Pero en el estado en que se encontraba el barco, hubiera sido una locura pretender realizar semejante travesía; hubiérase ido al fondo antes de llegar a la altura de la punta. El recorrido había de hacerlo con viento de popa, y el agua no hubiese tardado en invadir la bodega; por lo menos la carga se hubiera perdido irremisiblemente. Se imponía, por lo tanto, el regreso a la caleta del faro, y Kongre había obrado muy cuerdamente al acordarlo. Durante aquella noche nadie durmió a bordo, dedicándose todos a la vigilancia más estricta, en prevención de un nuevo ataque. Era de temer que una tropa numerosa, superior a la banda Kongre, hubiera desembarcado en la isla. Tal vez se conociera ya en Buenos Aires la existencia de esta banda de piratas, y el gobierno argentino tratase de destruirla. Sentados a popa Kongre y Carcante, hablaban de todo esto, mejor dicho, hablaba solamente el segundo, pues Kongre permanecía absorto y no contestaba más que por monosílabos. Carcante fue el primero que expuso esta hipótesis: la llegada a la Isla de los Estados de soldados argentinos para perseguir a Kongre y sus compañeros. Pero aun admitiendo que su desembarco hubiese pasado inadvertido, no era aquel procedimiento el de una tropa recular. Lo natural era el ataque inmediato a la plaza, o en caso que les hubiese faltado el tiempo para organizarlo, haber dispuesto a la entrada de la bahía varias embarcaciones para apoderarse de la goleta a su salida, o, cuando menos, para ponerla en la imposibilidad de continuar su ruta. En todo caso, era evidente que no se hubiesen limitado a la única escaramuza de aquellos desconocidos agresores, cuya prudencia demostraba su debilidad. Carcante abandonó, pues, aquella hipótesis y volvió a la idea de Vargas. Sí, era evidente que lo único que se proponían los que atacaron a la goleta era. impedir que saliera de la isla. Se trataba, indudablemente, algunos supervivientes del Century que se habían encontrado con el torrero, quien les pondría en autos de todo lo sucedido, previéndoles de la próxima llegada del “aviso”... —¡Pero el “aviso” no está aquí todavía! —dijo Kongre con voz que la cólera hacía temblar—. Antes de su regreso, la goleta estará lejos de la isla. Era muy improbable, aun admitiendo que el torrero del faro hubiera encontrado a los náufragos, que entre todos sumaran más de tres. ¿Cómo admitir que se hubiesen salvado más de tan violenta tempestad? ¿Y qué iba a poder este puñado de hombres contra una tropa numerosa y bien armada? La goleta, una vez reparada, ganaría alta mar, saliendo por medio de la bahía. Lo que había ocurrido una vez era preciso procurar que no se repitiera. No era, pues, más que una cuestión de tiempo. ¿Cuántos días se emplearían en reparar la nueva avería? Durante la noche no ocurrió incidente alguno, y en cuanto hubo amanecido, la tripulación puso manos a la obra. El primer trabajo consistía en desplazar la parte de la carga correspondiente al flanco de babor. Se necesitaría lo menos medio día para subir hasta el puente aquella multitud de objetos. No sería necesario desembarcar el cargamento ni dejar en seco la goleta, porque encontrándose los agujeros un poco por encima de la línea de flotación, se conseguiría taparlos sin gran trabajo. Kongre y el carpintero bajaron a la cala, y he aquí el resultado de su examen: Los agujeros, situados a dos o tres pies el uno del otro, eran los dos de bordes limpios, como si hubiesen sido hechos con un taladrador. Podrían, por tanto, quedar herméticamente cerrados con trozos de madera. En suma, no podía decirse que la goleta hubiera experimentado serias averías. No comprometían el buen estado del casco, y podrían ser rápidamente reparadas. —¿Cuándo? —preguntó Kongre. —Entre hoy y mañana todo quedará arreglado. —; De suerte que podremos volver a colocar la carga durante la noche y aparejar pasado mañana? —Seguramente— declaró el carpintero. Sesenta horas bastarían para las reparaciones, y la partida de la Carcante no se habría al fin y al cabo retardado más que dos días. Carcante preguntó a Kongre si no se proponía volver al cabo San Juan para, procurar saber qué había sucedido. —¿Para qué? —contestó Kongre—. No sabemos con quién nos las tenemos que haber, y necesitaríamos ir diez o doce, no pudiendo quedar más que dos o tres al cuidado de la coleta.. ¡Y quién sabe lo que ocurriría durante nuestra ausencia! —Es verdad —convino Carcante—; y luego, ¿qué ganaríamos con eso? Lo importante es dejar la isla lo antes posible. —Pasado mañana, por la mañana, estaremos en alta mar —declaró terminantemente Kongre. Había, pues, muchas probabilidades que el “aviso” no arribara antes de la partida de la goleta. Además. Si Kongre y sus compañeros se hubiesen trasladado al cabo San Juan, no hubieran encontrado restos de Vázquez y John Davis. He aquí lo que había sucedido. Durante la tarde de la víspera la proposición hecha por John Davis les ocupó por completo. El sitio escogido para emplazar el cañón fue el ángulo mismo de la escollera. Entre las rocas que se amontonaban en aquella punta, John Davis y Vázquez pudieron fácilmente acoplar el afuste; pero, en cambio, les costó un gran trabajo trasportar el cañón hasta el lugar elegido de antemano. Fue necesario atravesar un espacio erizado de puntas rocosas, por donde no era posible arrastrarlo. No había más remedio que levantar la pieza con palancas, lo que exigía mucho tiempo y mucha fatiga. Serían las seis cuando el cañoncito quedó emplazado de manera que enfilara la entrada de la bahía. John Davis procedió a cargarlo, introduciendo una fuerte cantidad de pólvora que fue atascada con hojas secas, encima de las cuales se colocó el proyectil. Se puso el cebo y la pieza quedó en disposición de hacer fuego en el momento preciso. John Davis dijo entonces a Vázquez: —He pensado detenidamente en lo que nos conviene hacer. Es preciso no echar a pique la goleta, pues si así fuera, todos esos canallas podrían ganar la orilla, y tal vez no pudiéramos escapar. Lo esencial es que la goleta se vea precisada a volver a su fondeadero, y permanecer en él algún tiempo para reponer sus averías. —Estamos conformes —dijo Vázquez—; pero la avería que produzca la bala del cañón puede quedar reparada en una mañana. —No —contestó John Davis—, porque se verán obligados a desembarcar la carga. Estimo que invertirán lo menos cuarenta y ocho horas, y estamos a veintiocho. —Y como el “aviso” puede no llegar en una semana —objetó Vázquez—, ¿no sería preferible tirar sobre la arboladura, mejor que sobre el casco? —Evidentemente, Vázquez; una vez desamparada de su mástil de mesana o de su palo mayor —y no veo medio que pudieran reemplazarlos—, la goleta quedaría retenida por largo tiempo. Pero atinar a su mástil es más difícil que dar en el casco, y es necesario que nuestros proyectiles den en el blanco. —Sí, es verdad —contestó Vázquez—; tanto más que, si estos miserables no salen hasta la marea de la tarde, que es lo más probable, habrá ya poca claridad. Haga usted, pues, lo que mejor le parezca, Davis. Vázquez y su compañero no tenían más que esperar, y se apostaron cerca de la pieza, dispuestos a hacer fuego en cuanto la goleta pasara frente a ellos. Ya se sabe cuál fue el resultado del ataque y en qué condiciones tuvo la Carcante que volver a su fondeadero. John Davis y Vázquez no dejaron su puesto hasta ver que la goleta estaba de nuevo en el fondo de la bahía. Y ahora lo que les aconsejaba la prudencia era buscar otro refugio en cualquier otro punto de la isla. Podía suceder, como Vázquez había dicho, que Kongre y una parte de los suyos fueran al cabo San Juan en persecución de los agresores. Su decisión fue rápidamente adoptada. Dejar la gruta, buscar a una o dos millas de allí un nuevo refugio, situado de tal suerte que pudieran ver todo barco que llegase por el norte. Si el Santa Fe aparecía, se trasladarían al cabo San Juan, para desde allí hacerle señales. El comandante Lafayate les enviaría un bote para recogerlos a bordo, donde le pondrían al tanto de la situación; situación que al fin se desenlazaría, bien que la goleta permaneciera retenida en la caleta, o que, desgraciadamente, estuviera ya en alta mar. —Dios quiera que esto no ocurra —repetía Vázquez. A medianoche se pusieron en marcha llevándose las provisiones, las armas y la reserva de pólvora. Siguieron la orilla del mar durante seis millas, aproximadamente, dando la vuelta al abra de San Juan. Después de algunas pesquisas, acabaron, por descubrir una cavidad suficiente para poderse refugiar hasta la llegada del “aviso”. Vázquez y John Davis estuvieron en observación. Sabían que la goleta no podía aparejar mientras estuviera subiendo la marea, y estaban tranquilos. Pero con el reflujo volvía la posibilidad que los bandidos se largaran si durante la noche lograban reparar las averías. Seguramente que Kongre no retardaría ni una hora su salida, ante el temor que el Santa Fe apareciera a la vista de la isla. Ni uno solo de los de la banda apareció en el litoral. Ya se sabe que Kongre había decidido no perder tiempo en pesquisas, que habrían resultado inútiles. Activar el trabajo, terminar las reparaciones en el más breve plazo posible, era lo mejor que podían hacer. Vázquez y John Davis no observaron novedad alguna durante todo el 1º de marzo. ¡Pero qué largo se les hacía el día!... Al anochecer, después de observar la bahía y obtener la seguridad que la goleta no había levado anclas, se retiraron a su refugio en busca del reposo, que tanto necesitaban. Se levantaron al lucir el sol, y sus primeras miradas fueron hacia el horizonte. Ningún barco aparecía a la vista de la isla. El Santa Fe no se anunciaba por la columna de humo de su chimenea. ¿Estaría dispuesta la goleta para hacerse a la mar? Empezaba el reflujo, y si lo aprovechaban, en una hora habrían doblado el cabo San Juan. Era inútil pensar en repetir la tentativa de la víspera, porque Kongre estaba ya sobre aviso y tendría muy buen cuidado en pasar fuera del alcance de la pieza. Se comprende qué de angustiosas inquietudes pasarían Vázquez y John Davis durante todo el tiempo que duró la marea. Hacia las siete se hizo sentir la marea ascendente, y con ella la seguridad que Kongre no podría aparejar hasta por la tarde. El tiempo estaba hermoso, el viento se mantenía al nordeste y en el mar no quedaban vestigios de la última tempestad. El sol brillaba entre ligeras nubes, muy elevadas, que la brisa no desvanecía. Un día más de incertidumbre y de alerta para Vázquez y su compañero. La banda no había dejado las inmediaciones del faro y no era probable que ninguno de los piratas se alejase de allí en todo el día. —Esto prueba que esos canallas se afanan en la tarea —dijo Vázquez. —Si, se dan prisa —contestó John Davis—. Dentro de poco las averías producidas por los proyectiles quedarán reparadas y nada les detendrá. —Y tal vez... esta misma noche ... aunque la marea sea tardía —añadió Vázquez—. No tienen necesidad de un faro que les alumbre, la conocen perfectamente. Así como la última noche la remontaron, esta noche descenderán por ella al mar; la goleta se los llevará... ¡Qué desgracia que no la haya usted desmantelado!... —¡Qué quiere usted, Vázquez! —contestó Davis —. ¡Se ha hecho lo que se ha podido! ¡Dios hará lo demás! —Nosotros le ayudaremos —dijo entre dientes Vázquez, que parecía haber tomado de pronto una enérgica resolución. John Davis permanecía pensativo ; iba y venía por la playa, la vista fija en el norte. ¡Nada en el horizonte ... ¡Nada! Se detuvo bruscamente, y acercándose a su compañero, le dijo: —¿Y si fuéramos a ver lo que pasa en el faro? —¿Al fondo de la bahía, Davis? —Sí, reconoceremos si la goleta está en disposición de hacerse a la mar. —¿Y qué habremos adelantado con eso? —¡Saber, Vázquez! —exclamó John Davis—. Me muero de impaciencia... ¡No puedo más! ¡Es más fuerte que yo! Y verdaderamente, se veía que el segundo del Century no era dueño de sí. —¿Cuánto hay de aquí al faro? —preguntó Davis. —Tres millas, todo lo más, pasando por las colinas y yendo en línea recta hacia la bahía. —Pues bien, yo iré, Vázquez... partiré a las cuatro... llegaré antes de las seis y me deslizaré hasta donde pueda. Aunque haya amanecido no me descubrirán, y yo podré observar... Hubiera sido inútil tratar de disuadir a John Davis. Vázquez ni siquiera lo intentó, y cuando su compañero dijo: “Usted se quedará aquí vigilando el mar... Iré solo y estaré de vuelta ante de anochecer”, contestó como hombre que tiene su plan: —Le acompañaré a usted, Davis. .. Yo también quiero dar una vuelta por el faro. Estaba decidido y así se haría. Durante las horas que faltaban para ponerse /en camino, Vázquez dejó a su compañero en la playa y se aisló en la cavidad que les había servido de refugio, entregándose a una misteriosa tarea. El segundo del Century le sorprendió una vez en disposición de. afilar cuidadosamente su largo cuchillo en la roca, y otra desgarrando una camisa en tiras que luego trenzaba haciendo una cuerda. A las preguntas que le fueron hechas, Vázquez respondió de un modo evasivo, asegurando que se explicaría más claramente cuando llegara la noche. John Davis no insistió. A las cuatro de la madrugada, después de comer un poco de galleta y un trozo de carne fiambre, los dos, armados de sus revólveres, se pusieron en marcha, escalando sin grandes dificultades las crestas de las colinas. Ante ellos se extendía una extensa llanura árida. Ni un solo árbol se divisaba en todo el alcance de la vista. Algunas aves de mar, chillonas y ensordecedoras, volaban por bandadas en dirección sur. La ruta que habían de seguir para llegar al fondo de la bahía de Elgor estaba perfectamente indicada. —Allí — dijo Vázquez. Y con la mano señaló el faro, que se alzaba a menos de dos millas. —Marchemos — respondió John Davis. Los dos caminaban con paso rápido. Las precauciones no eran necesarias hasta que estuviesen cerca de la caleta. Al cabo de media hora de marcha se detuvieron anhelantes, pero no sentían la fatiga. Quedaba todavía una media milla que franquear. La prudencia era ya necesaria en prevención de que Kongre o alguno de sus hombres estuviese en observación desde el faro. A esta distancia podían ya ser advertidos. Como la atmósfera estaba diáfana, la galería era perfectamente visible. No había nadie en ella en aquel momento, pero acaso Carcante o algún otro se encontraran en la cámara de cuarto, desde donde por las estrechas ventanas, orientadas a todos los puntos cardinales, la mirada podía observar la isla en una vasta extensión. John Davis y Vázquez se deslizaron entre las rocas esparcidas por doquier en un desorden caótico. Pasaban de una a otra deslizándose cuidadosamente, a veces arrastrándose por el suelo para atravesar un espacio descubierto. Su marcha se retardó considerablemente durante esta última parte del camino. Eran cerca de las seis cuando alcanzaron la última de las colinas que encuadraban la caleta. No era posible que fuesen descubiertos, a menos que uno de los de la banda se hubiera destacado en dirección a ellos. Aun desde lo alto del faro no hubieran podido ser visibles en medio de las rocas, entre las que se confundían. La Carcante estaba allí, flotando en la caleta. La tripulación se ocupaba en volver a la cala la parte de la carga que había sido preciso subir al puente durante las reparaciones. Todo indicaba que la reparación estaba concluida, que los agujeros producidos por los proyectiles quedaban completamente cerrados. —¡Están en disposición de partir! — exclamó John Davis, comprimiendo su cólera, próxima a estallar. —Quién sabe si zarparán antes de la marea, de aquí a dos o tres horas — decía Vázquez. —¡Y no poder nada! ¡Nada! —repetía John Davis. Efectivamente, el carpintero Vargas había cumplido su palabra. Su tarea había sido rápida y convenientemente ejecutada. No quedaba huella de la avería. Habían bastado los dos días. Colocada la carga en su sitio, cerradas las escotillas, la Carcante estaba en disposición de hacerse a la mar. Sin embargo, transcurrió el día y desapareció el sol sin que a bordo se notasen señales de una próxima partida. Desde su abrigo, Vázquez y John Davis escuchaban los ruidos que llegaban hasta ellos desde la bahía. Eran gritos, risas, juramentos, el arrastrar de los fardos sobre el puente. A eso de las diez oyeron distintamente el ruido de una escotilla que se cerraba. Luego, el más completo silencio. Davis y Vázquez sintieron que se les oprimía el corazón. Sin duda, terminado el trabajo, había llegado el momento de partir... Pero no, la goleta continuaba balanceándose en la caleta, sujeta a su ancla, que no había sido elevada del fondo de la bahía. Pasó una hora. El segundo del Century y tomó la mano de Vázquez, diciendo: —La marea vuelve a subir. —¡No partirán!... —Hoy no; pero, ¿y mañana? —Ni mañana, ni nunca —afirmó Vázquez—. Venga usted — añadió, saliendo de la concavidad donde estaban emboscados. Davis, muy intrigado, siguió a Vázquez, que avanzaba prudentemente hacia la playa. En pocos minutos estuvieron al pie del faro. Una vez allí, Vázquez, después de una ligera pesquisa, desplazó una roca, que hizo girar sin gran esfuerzo. —Metase usted ahí dentro —dijo a Davis, designándole el hueco que había quedado al descubierto—. Este es un escondrijo que por casualidad descubrí cuando estaba en el faro. Estaba lejos de sospechar que podía serme útil. No es una caverna, es un agujero en el que apenas podremos estar los dos; pero pasarán mil veces a nuestro lado sin sospechar que la casa está habitada. Davis se deslizó en la cavidad, donde inmediatamente entró Vázquez. Apretados el uno contra el otro, hasta el punto de no poderse mover, hablaban a media voz. —He aquí mi plan —dijo Vázquez—. Usted me esperará aquí. —¿Esperarle a usted? —Sí; voy a la goleta. —¿A la goleta? — dio Davis estupefacto. —He resuelto que los bandidos no salgan de la bahía — declaró Vázquez con firmeza. Y sacó del bolsillo dos paquetes y un cuchillo. —Este es un cartucho que he confeccionado con nuestra pólvora y un trozo de camisa. Con otro pedazo de tela y el resto de la pólvora he fabricado esta mecha. Voy a ponerlo todo encima de mi cabeza para ganar a nado la goleta. Con el cuchillo haré un agujero bajo la bóveda. En este agujero colocaré la carga de pólvora, y una vez encendida la mecha, volveré a tierra. Tal es mi proyecto, que por nada del mundo dejaré de poner en práctica. —¡Es maravilloso! —exclamó John Davis entusiasmado—. Pero no permitiré que corra usted solo tan gran peligro. Le acompañaré a usted. —¿Para qué? —replicó Vázquez—. Un hombre solo pasa más inadvertido, y para lo que quiero hacer, uno basta. Davis creyó que debía insistir; pero Vázquez se mantuvo inflexible. La idea era suya, y a él le competía ponerla en ejecución. Davis no tuvo más remedio que ceder ante la firme resolución de su compañero. De noche cerrada, Vázquez, después de despojarse de sus vestidos, salió del escondrijo y fue bajando la colina. Una vez en el mar, se echó al agua y nadó con brazo vigoroso hacia la goleta, que se balanceaba muellemente a un cable de la orilla. A medida que se aproximaba, la masa del barco se hacía más negra y más imponente. Bien pronto advirtió el nadador la silueta del hombre de guardia. Sentado en la borda, con las piernas pendientes hacia el agua, el marinero silbaba una canción, cuyas notas se oían distintamente en el silencio de la noche. Vázquez describió una curva y se aproximó a la popa del barco, ocultándose en la sombra. El timón se dibujaba por encima de él, y con sobrehumanos esfuerzos logró gatear hasta la parte superior, colocándose a horcajadas. De esta suerte, con sus dos manos libres, pudo asir el saco que llevaba en la cabeza, y manteniéndolo entre los dientes, explorar su contenido. Sacando el cuchillo, se puso inmediatamente a la tarea. Poco a. poco, el agujero practicado en el codaste iba siendo más ancho y más profundo. Después de una hora de trabajo, la hoja del cuchillo salió por la parte opuesta. En este agujero metió Vázquez el cartucho que llevaba preparado, y le adaptó la mecha, buscando luego su mechero en el fondo del saco. En aquel momento aflojó un instante las piernas, y sintió que se deslizaba. Aquello era el irremediable fracaso de su tentativa. Si se le mojaba la mecha, tenía que renunciar a hacer fuego. En el involuntario movimiento que hizo para mantenerse en equilibrio, el barco osciló y el cuchillo cayó al agua produciendo un ligero ruido. La canción del hombre de a bordo había cesado bruscamente. Vázquez le oyó marchar por el puente e inclinarse hacia el agua. Su sombra se dibujó en la superficie del mar. el marinero buscaba, sin duda, la causa del ruido insólito que había atraido su atencion. Permanenció largo tiempo en esta actitud, en tanto que Vázquez, las piernas agarrotadas, las uñas crispadas sobre la resbaladiza madera, sentía que le iba faltando la fueza tranquilizado por el sielencio el marinero se alejó hacia la proa, reanudando su interrumpida canción. Vázquez sacó del saco el mechero y batió el pedernal dándole golpecitos con el eslabón. Se desprendieron ligeras chispas y la mecha comenzó a chisporrotear. Rápidamente, se deslizó a lo largo del timón y entrando de nuevo en el agua, se dirigió a la orilla a grandes brazadas silenciosas. En el escondrijo donde se había quedado solo, el tiempo se le hacía eterno a John Davis. Transcurrió media hora, tres cuartos, una hora... Davis no pudiendo dominar su impaciencia, se deslizó fuera del agujero, mirando ansiosamente hacia el mar. ¿Qué le ocurriría a Vázquez?, ¿Habría fracasado su tentativa? De todos modos no debía haber sido descubierto puesto que continuaba reinando el silencio más absoluto. De pronto, repercutida por el eco de la colina, estalló una explosión sorda, seguida de un clamoreo de lamentaciones y de gritos. Momentos después, un hombre, completamente mojado, llegaba a todo correr, y empujando a Davis, se deslizaba Junto a él en el escondrijo, haciendo girar el bloque que disimulaba la entrada. Casi al mismo tiempo, un pelotón de hombres pasó gritando. Sus gruesos zapatones golpeando en las piedras no lograban apagar sus voces. —¡Es nuestro! — Decía uno de ellos. —Le he visto como te estoy viendo a ti — añadió otro. —Iba solo. —Seguramente que no está a cien metros de nosotros. —¡Ah canalla! ¡Ya te cazaremos!... El ruido se fue extinguiendo con la distancia. —¿Está hecho? — preguntó Davis en voz baja. —Sí — contestó Vázquez. —¿Y cree usted que ha conseguido su propósito? —Espero que sí. Al lucir el alba, el martilleo de a bordo hizo desaparecer las dudas. Puesto que se trabajaba en la goleta es que tenía averías, y que la tentativa de Vázquez había tenido éxito. Pero lo que ni uno ni otro podían saber era la importancia de estas averías. —Puede ser que tengan que permanecer un mes en la bahía — exclamo Davis, olvidando que si tal cosa ocurriera, su compañero y él se morirían de hambre en el fondo de su escondite. —¡Silencio! — dijo Vázquez, asiéndole una mano. Se aproximaba un nuevo grupo de hombres, acaso el mismo que regresaba de la infructuosa caza. Los que lo constituían no pronunciaban una palabra. No se oía más que el ruido de las pisadas. Toda la mañana estuvieron Vázquez y Davis oyendo patear alrededor de ellos. Los bandidos pasaban y repasaban en persecución del agresor de la goleta. Sin embargo, a medida que el tiempo transcurría, esta persecución pareció disminuir. Hacía largo tiempo que no se oía ningún ruido del exterior, cuando a mediodía se detuvieron tres o cuatro hombres a dos pasos del agujero en que Davis y Vázquez estaban embutidos. —Decididamente, no hay medio de dar con él — dijo uno de ellos, sentándose sobre la roca misma que obstruía el orificio. —Más vale que renunciemos a ello —afirmó otro—; los camaradas están ya a bordo. —Y nosotros vamos a hacer otro tanto. Después de todo, ese bribón ha dado un golpe en vago. Vázquez y Davis se estremecieron, prestando gran atención a lo que decían sus enemigos. —Si — aprobó un cuarto interlocutor. Lo que él quería era hacer saltar el timón. —¡El alma y el corazón de un barco!... —¡Bonita obra nos hubiera hecho ese pillo!... —Afortunadamente, no lo ha conseguido. El mal se reduce a un agujero en la bóveda y a un herraje arrancado. El timón no ha sufrido nada, o casi nada. —Hoy mismo quedará todo reparado —repuso el que había iniciado esta conversación, y esta tarde, antes que suba la marea, nos habremos largado y que se quede ese maldito en la isla muriéndose de hambre. —Bueno, López, ¿has descansado ya bastante? —interrumpió bruscamente una voz ruda—. ¿A qué charlar tanto? Vamos a bordo. —¡Vamos! — contestaron los otros tres, poniéndose en marcha. En la reducidísima caverna donde se ocultaban Vázquez y Davis, aplanados por lo que acababan de oír, se miraron en silencio. Dos gruesas lágrimas aparecieron en los ojos de Vázquez, deslizándose por sus curtidas mejillas, sin que el rudo marino se preocupara de disimular este testimonio de su impotente desesperación. He aquí a qué irrisorio resultado le había conducido su heroica tentativa. Doce horas de retraso suplementario; a esto se reducía todo el perjuicio sufrido por la banda de piratas. Aquella misma tarde, con sus averías reparadas, la goleta se alejaría por el extenso mar, desapareciendo en el horizonte. El ruido del martilleo que subía de la caleta probaba que Kongre hacía trabajar con ardor para poner a la Carcante en disposición de hacerse a la mar. A las cinco y cuarto, este ruido cesó bruscamente, con gran desesperación de Vázquez y Davis, que comprendieran que había dado fin el trabajo de reparación. Pocos minutos después, el chirrido de la cadena les comunicó que Kongre había mandado levar el ancla, disponiéndose para zarpar. Vázquez no pudo contenerse y, haciendo girar la roca, se arriesgó a echar una ojeada al exterior. Hacia el oeste, el sol declinaba detrás de las montañas que limitaban la vista por esta parte. No transcurriría una hora sin que la luz solar se hubiera extinguido por completo. La goleta continuaba en el fondo de la bahía sin que mostrase ninguna visible huella de sus recientes averías. A bordo todo parecía estar dispuesto. La cadena, vertical y rígida, indicaba que bastaría un último esfuerzo para levar el ancla en el momento deseado. Vázquez, olvidando toda prudencia, había sacado la mitad del cuerpo fuera del agujero. Davis, detrás de él, estaba pegado a su espalda. Ambos miraban anhelantes. La mayor parte de los piratas estaban ya a bordo. Sin embargo, algunos quedaban todavía en tierra. Entre éstos, Vázquez reconoció perfectamente a Kongre, que se paseaba con Carcante. Poco después se separaron, y Carcante se dirigió hacia la puerta del faro. —Cuidado —dijo Vázquez— ; sin duda ese bandido va a subir a la galería. Los dos se deslizaron hasta el fondo de su escondrijo. Efectivamente, Carcante subía por última vez al faro. La goleta, iba a partir enseguida, y quería inspeccionar el horizonte para ver si algún barco aparecía a la vista de la isla. La noche prometía ser hermosa, el viento había amainado y seguramente tendrían buena navegación. Cuando Carcante hubo llegado a la galería del faro, John Davis y Vázquez le vieron muy distintamente que daba la vuelta, dirigiendo su larga vista sobre todos los puntos del horizonte. De pronto se escapó de su boca un verdadero rugido. Kongre y los demás habían levantado la vista hacia él. Entonces, con una voz que todos oyeron perfectamente. Carcante gritó: —¡El “aviso”!... ¡El “aviso”!... VI ¿Cómo describir la agitación que se produjo entre los piratas?... El grito de: “¡El aviso!... ¡El aviso!”, había caído como una bomba, como una sentencia de muerte sobre la cabeza de Gatos miserables. El Santa Fe era la justicia que llegaba sobre la isla, era el castigo de tantos y tantos crímenes que no podían quedar impunes. ¿Pero se habría equivocado Carcante? ¿Aquel barco que se aproximaba era en realidad el “aviso” de la marina argentina?... ¿Navegaría con rumbo a la bahía de Elgor?... ¿No sería más bien otro vapor cualquiera que se dirigiera hacia el estrecho de Lemaire o hacia la punta Several, pasando al sur de la isla? En cuanto Kongre hubo oído el grito de Carcante, echó a correr hacia el faro, precipitándose escalera arriba a unirse con su segundo. —¿Dónde está el barco? — preguntó. —Allí, al nortenordeste. —¿A qué distancia? —A unas diez millas. —¿De suerte que no puede llegar a la bahía antes de la noche? —No. Kongre tomó el anteojo y observó el barco con extrema atención, sin pronunciar una palabra. Nada más cierto que se trataba de un vapor. Distinguíase el humo, que se escapaba en volutas espesas; lo que demostraba que la máquina activaba sus fuegos. Y que este vapor fuera el “aviso” era cosa indudable para Kongre y Carcante, que habían visto varias veces el barco argentino durante los trabajos de construcción del faro. Además, este navío se dirigía directamente sobre la bahía. Si la intención de su capitán hubiera sido dar en el estrecho de Lemaire, hubiera puesto la proa más al oeste, y más al sur si su intención era pasar a la altura de la punta Several. —¡Sí! —dijo al fin Kongre— ¡Es el “aviso”! —¡Maldita suerte, que nos ha retenido aquí tanto tiempo! —exclamó Carcante—. Sin la intervención de esos pillos, que por dos veces nos han retardado, ya estaríamos en pleno Pacífico. —Bueno; la situación no se arregla con palabras —dijo Kongre—. Es necesario adoptar una resolución. —¿Cuál? —Zarpar —¿Cuándo? —Inmediatamente. —Pero antes que estemos lejos, el “aviso” estará en la entrada de la bahía. —Sí, pero no podrá entrar. —¿Y por qué? —Porque como no verá la luz del faro, no se arriesgará hacia la caleta en medio de la oscuridad. Estas atinadas consideraciones que Kongre hacía, se les ocurrían también a Vázquez y Davis. No podían salir de su agujero porque se arriesgaban a ser vistos desde lo alto de la galería. En su estrecho escondrijo participaban del modo de pensar del jefe de los piratas. El faro debía ya lucir, puesto que el sol acababa de desaparecer. Aunque conociera la situación de la isla, lo natural era que el comandante Lafayate no se decidiera a continuar su ruta en medio de la oscuridad. No pudiendo explicarse esta extinción, lo lógico era que no entrara en la bahía hasta el amanecer. Verdad es que había entrado ya diez veces en aquel fondeadero, pero siempre de día y no teniendo el faro para indicarle la ruta no se aventuraría, seguramente, por entre los peligrosos arrecifes. Además, el comandante del “aviso” pensaría que la isla era teatro de graves acontecimientos, puesto que los torreros no estaban en su puesto. —Pero si el comandante no ha divisado la isla —observó Vázquez—, si continúa marchando con la esperanza de descubrir la luz del faro, ¿no podrá ocurrirle lo que al Century? ¿No corre el peligro de perderse contra las rocas del cabo San Juan? John Davis no contestó más que por un gesto evasivo. La eventualidad de la que hablaba Vázquez podía muy bien producirse. Desde luego, el viento no soplaba furioso para colocar al Santa Fe en la situación del Century; pero, no obstante, estaba en lo posible y aun en lo probable que le ocurriera algún grave accidente. —Corramos al litoral — dijo Vázquez —. En dos horas podemos llegar a la punta del cabo y encender fuego para señalar la costa. —No —contestó Davis—, sería demasiado tarde. Tal vez antes de una hora el “aviso” estará a la entrada de la bahía. —¿Qué hacer entonces? —¡Esperar! Eran más de las seis y el crepúsculo empezaba a envolver la isla. Sin embargo, los preparativos de salida se hacían con la mayor actividad a bordo de la Carcante. Kongre quería zarpar a toda costa. Devorado por la inquietud, había resuelto dejar inmediatamente el fondeadero; si lo demoraba hasta la marea del siguiente día, se exponía a encontrar el “aviso”, y el comandante Lafayete no la dejaría pasar sin interrogar al capitán de la goleta. Seguramente querría saber por qué el faro no había sido encendido. La presencia de la Carcante le parecería, con sobrada razón, sospechosa. Cuando la goleta se hubiera detenido iría a bordo, inspeccionarla la tripulación, y solamente la facha de sus hombres sería lo bastante para concebir las más legítimas sospechas, que obligarían al barco a virar en redondo y a seguirle hasta la caleta para tercer torrero del faro, Kongre y ampliar su información. Y cuando el comandante del Santa Fe no encontrase los tres torreros, no podría explicar su ausencia más que por un atentado. ¿Y no creería que los autores de este crimen era precisamente la gente del navío que trataba de escapar? Por último, tal vez se produjera otra complicación. Así como los piratas habían divisado al Santa Fe a la vista de la isla, pudiera suceder que lo hubieran descubierto los que por dos veces atacaron s. la Carcante cuando se disponía a lanzarse a la mar. Si los incógnitos enemigos habían seguido todos los movimientos del “aviso”, se presentarían al llegar el barco a la caleta; y si, como era de suponer, se encontraba entre ellos el tercer torrero del faro, Kongre y los suyos no escaparían, seguramente al castigo de sus crímenes. Kongre había tenido en cuenta todas estas eventualidades y sus consecuencias. De aquí la decidida resolución que había adoptado: zarpar inmediatamente; y puesto que el viento que soplaba del norte le era favorable, aprovechar la noche para ganar alta mar a toda vela. La goleta tendría ante ella el vasto océano, y lo probable era que el “aviso”, en la imposibilidad de descubrir la luz del faro, y no queriendo aproximarse a tierra en medio de las tinieblas, permaneciese bastante alejado de la Isla de los Estados. Si era preciso, extremando más la prudencia, en vez de dirigirse hacia el estrecho de Lemaire, Kongre pondría la proa al sur e iría a doblar la punta Several. Después de hacerse todas estas consideraciones, el jefe de la banda dio las órdenes para apresurar los preparativos de marcha. John Davis y Vázquez adivinaban el plan de los piratas: se preguntaban de qué manera se las arreglarían para frustrarlo, y sentían, desesperados, toda la magnitud de su impotencia. A las siete y media, Carcante llamó a los hombres que aún quedaban en tierra. En cuanto la tripulación estuvo a bordo, se izó el bote, y Kongre ordenó levar el ancla. John Davis y Vázquez oyeron el chirrido regular de la cadena recogida bajo la acción del molinete.. Al cabo de cinco minutos, el ancla estaba recogida al servirla. Inmediatamente, la goleta empezó su evolución, y desplegando las altas y bajas velas, con el fin de aprovechar toda la brisa que ya iba cayendo, empezó a navegar lentamente. Bien pronto la navegación se le hizo muy difícil. La mar estaba baja, la corriente no le favorecía, y en estas condiciones poco podían avanzar en las dos horas que faltaban para la marea ascendente. Poniendo las cosas muy favorablemente, podía asegurarse que no estaría a la altura del cabo San Juan antes de medianoche. Sin embargo, poco importaba que así fuera. Desde el momento que el Santa Fe no entraba en la bahía de Elgor. Kongre no arriesgaba un encuentro con el “aviso”. Aunque tuviese que esperar la marea siguiente, al amanecer estaría bien lejos de la isla. La tripulación se esforzaba en apresurar la marcha de la Carcante. Aunque Kongre conocía esta orilla, sabía cuan peligrosa era por el sinnúmero de arrecifes que la desbordan. Una hora después de la partida se creyó tan cerca de las rocas, que le pareció prudente virar a fin de apartarse del peligro. No sin trabajo podría ejecutarse este cambio de amarras con aquella brisa que caía más y más con la noche. Sin embargo, la maniobra era urgente, y todos se pusieron presurosos a la faena. Pero, a falta de velocidad, la goleta no consiguió orzar, y continuó derivando hacia la costa. Kongre comprendió el peligro. No le quedaba más que un recurso: echaron el bote al agua, se embarcaron en él seis hombres, y a fuerza de remos lograron hacer evolucionar la goleta, que tomó las amuras a estribor. Un cuarto de hora, después pudo navegar en su primitiva dirección, sin temor de ser arrojada contra los arrecifes del sur. Desgraciadamente, no se sentía un soplo de viento: las velas batían contra los mástiles. El bote hubiera intentado en vano remolcar la Carcante hasta la entrada de la bahía. Todo lo más que podía conseguirse era resistir la marea ascendente que empezaba a hacerse sentir. Kongre no iba a tener más remedio que fondear en aquel sitio a menos de dos millas de distancia de la caleta. Después que la Carcante hubo zarpado, John Davis y Vázquez descendieron hasta la orilla del mar, siguiendo anhelosos todos los movimientos de la goleta. Habiendo caído completamente la brisa, comprendieron que Kongre no tendría más remedio que mantenerse al pairo en espera del próximo reflujo. Pero tendría tiempo de ganar la salida de la bahía antes de amanecer, quedándole grandes probabilidades de partir sin ser advertido. —¡No, no partirá!... ¡Le tenemos atrapado! — exclamó de pronto Vázquez. —¿Y cómo? — preguntó Davis. —¡Venga usted, venga usted!... Vázquez arrastró rápidamente a su compañero en la dirección del faro. Era de parecer que el Santa Fe debía de cruzar ya delante de la isla. Hasta pudiera estar muy cerca; lo que, después de todo, no ofrecía un gran peligro, dada la tranquilidad del mar. No había duda que el comandante Lafayete, muy sorprendido de la extinción del faro, estaría frente a la isla esperando que amaneciese. Así pensaba también Kongre; pero al mismo tiempo veía grandes probabilidades de poder despistar al “aviso”. En cuanto el reflujo empujara las aguas de la bahía hacia el mar, la Carcante, sin necesidad de viento, reanudaría su marcha, y en menos de una hora estaría en pleno océano. Una vez fuera, Kongre no se alejaría hacia alta mar, sino que, al amparo de la brisa, que no falta ni aun en las noches más tranquilas, iría costeando hacia el sur en medio de la oscuridad de la noche. En cuanto lograse doblar la punta Several, distante de siete a ocho millas, la goleta quedaría al abrigo del acantilado y nada tendría que temer. El único peligro era ser advertidos por los vigías del Santa Fe; pues seguramente que el comandante Lafayate no dejaría alejarte a la Carcante sin interrogar a su capitán a propósito del faro. Forzando la máquina, el “aviso” alcanzaría a la goleta antes que ésta pudiera desaparecer detrás de las alturas del sur. Eran más de las nueve. Kongre tuvo que resignarse a fondear para resist |