III
A
la mañana siguiente comenzaron a acaronar sus bestias para
proseguir el viaje.
Enormes
nubarrones oscuros manchaban por retazos el cielo azul y en
la playa reventaba el río con voz hasta entonces
desconocida por los costeños.
—Tengan
cuidado el río está de avenida. Será mejor que se queden
—les aconsejó el valluno, entre interesado
y compasivo.
Los
viajeros no hicieron caso. Desde el albergue de Choque se veía
la playa, y por ella caminaban algunos viandantes.
Partieron.
Ya
en la playa, les impresionó el aspecto de la corriente.
Las
aguas, ahora lodosas, corrían vertiginosamente, chocando
con los enormes pedrones de granito y alzándose
en tumbos altos y de siniestro aspecto. En sitios parecían
amansarse y se deslizaban formando
ondulaciones
pero era imposible seguirlas en su precipitado curso, porque
pronto se cansaban los ojos.
Los
sunichos tomaron el partido de incorporarse a un
grupo de viajeros vallunos que de la ciudad iban camino de
sus pagos, y eran los solos que llevaban su ruta, porque los
demás marchaban playa arriba, en opuesto sentido,
pero bien pronto se quedaron los amigos sin compañía,
porque los vallunos conducían mulas avezadas
en esos caminos, y los menguados borricos de los puneños,
acostumbrados a caminar por la pampa,
no podían igualarles en el paso, aunque se había
disminuido considerablemente el peso de su carga.
Al
alejarse, uno de los vallunos se volvió hacia los puneños
y les gritó, dominando el ruido de las aguas:
—Si
se quedan, tengan cuidado. Puede cogerlos la mazamorra.
Serían,
poco más o menos, las nueve de la mañana. El cielo se había
limpiado de nubes y el sol lucía con extraordinario
esplendor sobre la osamenta rocosa de esos cerros, que tan
pronto caían escarpados sobre la playa,
estrechando al río en angostos callejones, como se abrían
indolentes, presentando sus flancos fecundos
al brazo del hombre, que los había cubierto con viñedos y
huertas de árboles frutales.
Llegaron
a un vado. El río mostrábase dividido en diversos brazos,
reunidos entre sí por la huella de los viajeros,
húmeda todavía, y fácil les fue a los sunichos atravesar
los primeros; mas en el último, uno de los asnos
fue cogido por una piedra y cayó al agua. Manuno corrió a
levantarlo antes de que lo arrastrase la corriente,
que a los pocos metros volvía a juntarse, y, tras largos
esfuerzos, pudo ponerlo en pie y ayudarle a ganar
la orilla.
Andaba
apenas el borriquillo: la piedra le había desgarrado la
piel del corvejón y el hueso blanqueaba entre el rojizo
pelaje.
Le
quitaron la carga y se la repartieron entre Quilco y Agiali.
Manuno les dijo:
—Sigan
caminando. Yo me quedaré a vendarle y déjenme los burros
cansados. Si no los alcanzo de pronto, me
esperan. Ustedes no conocen esto y pueden caer en algún mal
paso.
Así
lo hicieron, y a la media legua se les reunió un valluno.
Era
un hombre entrado en edad, alto, seco, de nariz afilada,
labios delgados y airoso continente. Vestía con cierta
elegancia y sus ropas hablaban del buen estado de su bolsa.
Al
ver a los costeños, detuvo el paso y los saludó con
inusitada cortesanía.
—Buenos
días, tatai —respondieron humildemente los sunichos,
con esa humildad del indio cuando se encuentra
lejos de su comarca.
—¿Dónde?
—A
Usi.
—¿Y
de dónde?
—Del
lago.
—Dicen
que allá no andan bien las cosechas.
—Hace
tres años. En éste creo que ni las semillas hemos de
sacar. ¿Y por aquí?
—¡Psh!
Las heladas cayeron a des tiempo y secaron las flores
primerizas, pero hubo algo. Son los pájaros, que
nos ocasionaron mayores daños. En ese mundo también hay
hambre.
—Lo
mismo que allá arriba; los gusanos se lo comen todo.
—¿Y
han de tardar mucho ?
—Según.
Si no encontramos granos en Usi, pasamos a Cohoni.
—Van
lejos. Seguramente llevarán carnes saladas y quesos para
cambiar.
—Un
poco de pescado y charqui y casi nada de chalonas.
Este año tampoco hubo ganado para degollar: el muyumuyu
ha
acabado con él.
—Dicen
que es un mal terrible. Felizmente, no le conocemos por acá.
—Es
contagioso y ataca en grupo. A los mejor, las ovejas
comienzan a girar sobre las patas, dan algunas vueltas
y caen como fulminadas.
—Será
alguna maldición.
—Seguro.
Por eso no comemos su carne; pero..., ¡ja, ja, ja!..., los
otros, no.
Los
"otros" eran los blancos, y así lo comprendió el
valluno.
Ahora
seguían por un angosto sendero que caracoleaba entre peñascos
de granito, blancos y rojos, y aspirando
el áspero perfume de unas plantas de hoja clara y flor
amarilla.
El
valluno, que dijo llamarse Cisco,
abrió
su bolsa, cogió algunas hojas de coca, quitóles de un
pellizco el rabo,
hizo con ellas la señal de la cruz sobre su boca y las
mordió, haciendo crujir sus dientes blanquísimos, agudos
y limpios como los de un perro joven. Luego cascó un retazo
de lejía y, sosteniendo con ambas manos la
bolsa abierta, presentó su ofrenda a sus compañeros.
—¿Luego
no conocen estos parajes? —inquirió cerrando la bolsa y
colgándosela de la faja.
—Nosotros,
no; pero, sí Manuno —repuso Agiali.
—¿Y
dónde está ese Manuno?
—Se
ha quedado atrás, con los burros cansados. No tardará en
darnos encuentro.
—¡Hum!
Burro que se cansa, no corre ni apura en playas. Yo les
aconsejo no adelantarse mucho.
—¿Por qué?
—Porque
estos caminos no son como los de allá arriba. Allá todo es
parejos limpio, claro. El cielo se extiende a
lo lejos, y caso de venir la tempestad, se la esquiva, o se
la soporta, pero sin riesgo. Acá, no; hay que aguantarla.
En la pampa, cuando se tropieza con una ciénaga o un mal
paso, se rodea, se busca otro camino; acá
hay uno solo, que corre junto a las aguas, y éstas lo
borran cuando vienen un poco gruesas, y entonces hay
que abrírselo por entre las peñas y los troncos secos.
Esto no es como aquello. Es más difícil... Pero vayan
a atajar la recua; me parece que el vado no está
practicable.
Agliali
corrió y detuvo a los asnos al borde de las aguas.
Corrían
tumultuosas y habían cambiado de color: eran ahora negras.
El
valluno tenia razón, un repentino cambio había reunido la
corriente en un solo brazo. Aún se veía el húmedo lecho
de los otros, y las piedras, sin tiempo para secarse todavía,
presentaban una capa de fino lodo en su superficie.
Estos
cambios son rápidos, casi bruscos. Una piedra arrastrada al
arranque de dos brazos, un tronco que se cruza,
aumentan la presión de las aguas, que, al punto, se vuelcan
del lado que ofrece menos resistencia.
La
playa seguía desigual y multiforme; pero en partes se
ensanchaba, y entonces la luz caída en triunfo de las alturas
y bañaba las vertientes de los montes, implacablemente
alzados contra el alto cielo.
Cortados
a pico y acribillados de rajaduras, en la cumbre solitaria y
altísima parecían florecer en un hacinamiento
de rocas y pedruscos inclinados sobre el abismo, cual si
eternamente amenazasen caer desde su
cima, aplastar al caminante, pulverizarlo.
Allí,
en las oquedades, anidan los cóndores.
Veíaseles
revolotear lentamente por bajo de las cumbres, en tanto que
otros, parados en las aristas, avizoraban
la playa, buscando la presa sobre la que han de caer o la
carroña que las tumultuosas aguas arrojaron
en el intersticio de los pedrones, y celebrar su festín
junto a los cuervos, que, más atrevidos, no se apartan
de la playa y se pasan posados horas de horas en los
pedrones, piojosos y cavilosos.
—¿De
veras crees que entrará el río? —preguntó Quilco al
comarcano.
Detúvose
éste, volvió los ojos hacia el Norte y, levantando el
brazo en esa dirección repuso:
—Cuando
llueve allá arriba, seguro. Y ahora está lloviendo a
torrentes; basta ver esas nubes. Pudiera que nos ataje
la mazamorra, de Huanuni, y en ese caso no hay más
que dormir al aire, en el campo, o retroceder para buscar
abrigo en Guaricana o en cualquier otra finca.
—¿Y
qué hacemos?
—Deben
apurarse. En estas cercanías no hay ningún caserío, y,
por lo que veo, ustedes no llevan bastante forraje
para sus bestias. Para encontrarlo aún tienen que andar
unas dos leguas, y creo que hasta entonces los
coge el agua.
Al
oír esto, volviéronse los otros para ver si llegaba Manuno
y el camino estaba vacío. Se sentían tímidos, acobardados,
cual si estuviesen frente a enemigos invisibles e
implacables. Adivinó su perplejidad Cisco, y les propuso:
—Páguenme
un poco de pescado y yo los conduzco. Soy de la región y
conozco todo esto como mi casa.
—Que
venga Manuno y él lo diga; ha viajado mucho por acá.
—Le
esperaremos entonces, porque tampoco podríamos seguir
adelante. Oigan: está entrando la mazamorra —les
dijo señalando con el dedo a lo largo del camino.
Un ruido sordo y
profundo parecía surgir de las entrañas de una planicie
gris y desnuda abierta entre dos cerros
elevados, cortada en medio por el cauce hondo y estrecho de
un torrente amurallado en la superficie por
albergadas de piedras y troncos.
Llenando
el fondo del cauce, casi manso por su densidad y sin ruido,
corría un barro líquido, embadurnando las
piedras del angosto alfoz.
—¿Pasamos?
—preguntó Agiali al velluno.
Este
le miró con expresión de burla.
—Ni
el demonio pasaría a pie en ese instante. El agua es poca,
pero tiene mucha fuerza. Además, miren: viene
la mazamorra.
Una
masa terrosa avanzaba, llenando el cauce hasta tocar en los reparos
de piedra y troncos levantados en lo alto.
Avanzaba lentamente, como con cautela, rodando sobre sí
misma, deteniéndose breves segundos, cual si
se replegase para dar un salto, y, de pronto, se deshacía
con un estallido breve y rotundo. Entonces corría la
masa con alguna rapidez, hasta que tornaba a calmarse, para
volver a rodar en tumbos, y de su interior surgía
el ruido sordo de piedras que se aglomeran y chocan al
juntarse. A veces, detenida por su misma densidad
o por algún saliente del terreno, suspendía del todo su
lento caminar, y entonces nuevas capas de lodo
venían a acumularse sobre la quieta superficie, para luego
volver a estallar y correr. Y temblaba el piso con
vibraciones repetidas, como si dentro trabajase una caldera
en ebullición.
Los
viajeros se retiraron con espanto del cauce cuando la masa
estaba por llegar a su altura, dándose prisa en alejar
a sus bestias del borde de ese caos siniestro.
Llegó
Manuno.
Venía
bañado en sudor, porque, para seguir el camino, le había
sido forzoso aliviar la carga de uno de los burros,
echándosela, y ya no podía más. Las acémilas, también
sudorosas, temblaban sobre sus débiles patas.
—Han
avanzado mucho; parece que están muy apurados —dijo
torvamente y sin saludar a Cisco, pues traía endiablado
mal humor.
—No
podemos seguir; ha entrado la mazamorra —dijo Agiali, sin
responder directamente al colérico.
—Y
eso los ha detenido. Si no, me dejan —insistió el otro,
arrojando la carga en el suelo y echándose encima.
Las
nubes habían desaparecido completamente, y el sol lucía en
lo alto con todo esplendor, cual en invierno, pues
el cielo era azul como una turquesa.
—¿Y
qué hacemos ahora? No podemos quedarnos en esta pampa,
porque las bestias se morirían de hambre —dijo
Manuno al ver que los otros no respondían nada a sus
quejas.
—Este
hombre —y Quilco señaló al valluno nos pide un poco de
pescado para llevarnos por buen camino. Es de
Millocato.
Manuno
se volvió hacia Cisco:
—¿Y
por dónde nos llevarías si no podemos atravesar la mazamorra?
—Hay
un puente más arriba, pero se paga peaje, porque es de la
hacienda.
—¿Y
cuánto se paga?
—Un
real por cada bestia.
—Prefiero
volver a Huaricana.
Cisco
se alarmó.
—Es
que yendo conmigo no pagarán nada.
—¿Y
es lejos?
—Una
legua corta.
—Mucho
es. Sería mejor esperar a que bajase el río, y entretanto,
descansarían un poco nuestras bestias; ya no
puedo más.
—Como
quieran; pero a veces hay que esperar hasta la tarde o todo
un día... Yo me voy; ¿no quieren ofrecerme
un poco de pescado? Si pasan el río, pueden llegar a casa;
está sobre el camino.
Manuno
dijo que se le dieran unos cuantos pescados, y el valluno se
fue contentísimo. Al partir les advirtió:
—Ya
va cesando la corriente y pueden pasarla en la tarde. Después,
sigan el camino hasta otra mazamorra y bajen
por el lecho, que es seguro, hasta encontrar el río, pero
sin abandonar la orilla. El agua es siempre menos
peligrosa que el barro.
—¿Y
cuánto dista de aquí al río de Palca?
—Una
legua corta.
Despedióse
Cisco y se fue.
Los
sunichos descargaron las bestias, les dieron el resto
de la cebada seca que traían sobre las cargas y se tendieron
a merendar.
El
ruido del río menguaba de sonoridad y ya no se oían los
fuertes estampidos de la mazamorra.
Quedaron
allí hasta que el sol estaba por esconderse tras los altos
cerros, y emprendieron otra vez la marcha, reconfortados
con la merienda y el reposo.
—Deben
de ser las tres, y llegaremos temprano a la casa de Cisco
—dijo Manuno mirando el sol.
Atravesaron
sin incidente el lecho de la mazamorra, lavado por
las aguas turbias, y salieron a otra llanura cortada
también en medio por el cause de una nueva mazamorra.
—Ha
dicho que bajemos por la orilla, hasta encontrar el río
grande...
—No
hay que creerle —repuso el guía—. Lo dijo porque
tenemos que atravesar algunas huertas y los vallunos temen
que les roben su fruta.
—¿Y
si no fuera por eso? —arguyó Quilco.
—Por
eso es. El camino por la huerta es más corto; pero si
quieren, sigamos la mazamorras lo mismo me da.
Así
lo hicieron, sin más discusión. Y para no sufrir mayores
contratiempos ni correr el riesgo de extraviarse, Agiali,
el más ágil, se puso a la cabeza del convoy.
Se
fue abriendo la playa. Las vertientes de los cerros estaban
talladas en plataformas donde verdeaban huertas
de duraznos y viñedos, pero en sus cumbres peladas sólo
florecían las chumberas o los cardos enhiestos
y agudos.
Al
fin, treparon a una ancha llanura que se extendía sin
ondulaciones hacia el fondo de la playa. Los rebalses de
sus mazamorras, esparcidos en una gran extensión,
aprisionaban las aguas al fondo del mismo cerro contra
la roca viva; pero éstas habían vuelto a ganar terreno,
carcomiendo la espesa muralla y llevándosela retazo
a retazo, hasta convertir el callejón en un pasaje ancho y
de poco pedrusco.
Sobre
el suelo de la llanada, duro como la piedra, no medraba ni
la más pequeña hierba. Hecho de argamasa, arena
y lodo batido y rodado por muchas pendientes, su tierra no
lleva ninguna virtud germinativa, y tienen que caer
sobre ella muchas lluvias y el polen de muchas flores para
recubrirse en partes con el verdor de plantas inútiles,
que, en su afán de vivir, serían capaces de echar raíces
sobre el mismo hierro batido.
A
poco andar sobre la meseta, Agiali se volvió hacia sus
compañeros. Estaba azaroso, inquieto.
—Por
este camino hace tiempo que no ha venido nadie; no hay
rastro fresco y debe conducir a malas partes.
Manuno
halló justa la observación de su compañero. Ni polvo tenía
la senda, y sólo guardaba sobre el lodo seco
la antigua huella de una tropa de ovejas.
—¿Qué
será?
—No
sé. A no ser que fuéramos hasta aquella casa —opinó
Quilco, señalando el confín de la meseta, donde verdeaba
una huerta.
Por
entre los árboles se alzaba una derecha columna de humo
tenue y azulado.
Los
borricos avanzaban con paso ligero sobre ese terreno llano,
parecido al de la querencia, y el mismo Supaya
se
mostraba locuaz con sus alegres ladridos.
De
repente, los asnos se detuvieron formando grupo. Quilco se
alzó de puntas, y lanzando una exclamación de
angustia corrió hacia las bestias. Sus compañeros,
presintiendo una desgracia, corrieron tras él.
¡Lo
de siempre!
La
planicie, rellenada con los rebalses de una mazamorra que
se había endurecido por encima con el sol, presentaban
una superficie lisa y, al parecer, compacta; pero en lo
hondo el lodo permanecía fresco y cedía con
facilidad a cualquier presión de encima, sobre todo en las
primeras semanas de su estancamiento.
Y
al lodo había caído una mula de Agiali, la delantera, y se
debatía metida hasta el pecho en el atolladero, sin poder
arrancarse de él, y antes hundiéndose más a cada nuevo
movimiento que intentaba zafarse de la traidora
sima. Con la cabeza levantada, las orejas rígidas,
inmensamente dilatadas las fosas nasales por el terror,
daba resoplidos como demandando pronto socorro.
Manuno,
más previsor que sus compañeros, sacó de su faja un
cuchillo y se lo pasó a Agiali, ordenándole cortar
la cuerda que sujetaba la carga; mas el mozo, dolido por la
pérdida, no se atrevió de pronto a ejecutar la orden.
Ante
su vacilación, Manuno gritó colérico:
—¿No
ves que ya no puede tu animal? Si no cortas, lo pierdes.
Ciertamente,
la mula ya no podía. Los continuos esfuerzos agotaron
pronto sus bríos, y ahora, inmóvil, paciente,
manteníase quieta, como resignada a su suerte, en santa
humildad. Las otras bestias, muertas de hambre,
vagabundeaban bajo la vigilante mirada de uno de los puneños,
lejos del peligro. Supaya, sentado sobre
sus patas traseras y el hocico al cielo, ladraba sin reposo.
—Voy
a pedir ayuda a aquella casa —dijo Agiali, confundido con
su desventura.
Y
sin esperar respuesta ni ver dónde ponía los pies, se lanzó
por la traidora llanura, andando de puntillas, como
para aligerar el peso de su corpacho.
En
la casa topó con Cisco. Yacía sentado sobre una piedra, al
pie de un peral, y departía con otros tres vallunos,
al parecer dueños de la vivienda.
—¿A
qué vienes? —le preguntó.
Una
mula..., ¡mi mula se ha hundido! —repuso, sofocado.
—¿Dónde?
—Allí,
en la mazamorra... ¡Ayúdennos, por Dios!
Se
levantaron los vallunos con piadosa diligencia, y, armándose
de picos, azadas, cuerdas y algunas vigas, se fueron
al lugar del accidente.
El
lodo estaba acuoso y deleznable.
Cruzaron
los maderos en torno de la bestia atollada, y cavando un círculo
en su derredor, pasáronle dos cuerdas
bajo el pecho, atáronle otras a la cola y al hocico y una
mano, tiraron unos de los lazos y otros
introdujeron
las vigas bajo el cuerpo de la mula, la cual, poniendo de su
parte alguna buena voluntad y tras pocos
esfuerzos y gritos y algunos varazos bien aplicados en las
ancas, pudo saltar a lo seco, cubierta de sudor
y de lodo.
—¿No
les dije? Esto no es lo mismo que la pampa. Aquí hay que
andar con cuidado.
Engulló
Cisco unas hojas, mordió un retazo de lejía y añadió con
acento distraído:
—Pero
tienen suerte. El otro día, aquí mismo, se hundió un
burro y se fue adentro, como si los demonios lo jalasen
por las patas.
—¿Y
no hubo manera de sacarlo?
—Se
podía, pero el mestizo quiso obligarnos a trabajar por la
fuerza, y lo dejamos...
Comenzó
a reír con malicia, coreado por los otros, que rompieron en
unánime carcajada.
Y
añadió luego:
—Otro
día, más lejos, se hundió toda una recua, y los dueños,
para salvarse, tuvieron que ganar la orilla pisando
sobre los cadáveres de sus mulas... Ustedes anduvieron
felices... El susto, y nada más.
Y
viendo que los puneños se disponían a emprender la marcha,
les dijo:
—Vayan
con cuidado y no sean muy atrevidos. Si se deciden a pasar
el río, pregunten por mí y quédense en casa.
Está sobre el camino.
Y
añadió, insistiendo en sus consejos:
—Es
preferible marchar con la corriente, meterse en ella, porque
el agua, aunque traicionera, no lo es tanto como
el lodo... Yo sé eso, y les advertí, ¡pero no me han
hecho caso!
Se
encogió de hombros y se puso a maldecir del río, lleno de
rencor.
¡Cómo
era condenado el maldito! En invierno, cuando no hay nada
para conducir a la ciudad y el sol luce y la tierra
es yesca seca, apenas unas cuantas gotas para refrescar el
casco de las bestias y sólo la playa desnuda y
polvorienta. En otoño, rico en frutos y pródigo en
verdura, diluvios de agua, avenidas, tempestades, el desplome
incontenible de los cerros trocados en lodo...
El
río es traicionero, veleidoso, implacable. Hay que
arrojarlo palmo a palmo, sin reposo ni desfallecimientos.
Hoy
corre por aquí, socava el terreno y lo derrumba. En vano se
ponen muros a su veloz corriente; vanamente se
construyen a la fuerza de paciencia y dinero esas grandes
albergadas de troncos y asentadas con piedra acumulada
en largos días de trabajo porfiado; de pronto se
encapricha, toma nuevo rumbo y las deja en seco, para
mostrarse allí donde no existen, cuando no las ataca por
detrás, para cargárselas con toda su complicada trabazón,
después de haberlas despojado de su armadura de piedra.
¡Oh,
ellos bien conocían el río! Toda su vida no era sino una
perpetua lucha con él. Lucha tenaz, porfiada, perenne
eterna... ¡Pero él siempre triunfante, siempre devastador,
siempre terrible!
De
padres a hijos, era la misma cosa. El río es peor que la
peste y que cualesquiera otras calamidades. La peste
viene, calienta y se va, llevándose a algunos. Otros nuevos
los reemplazan, y se vuelve a recomenzar la lucha.
El río ataca la tierra, la carcome y la derrumba. Una vez
caída, se convierte en playa y la playa es estéril como
vientre de momia...
¡Y
cómo mata el perverso!
En
los ríos mansos, aunque hondos se puede flotar, nadar,
tocar tierra, asirse a cualquier cosa, salvarse, aquí nada
es posible. Las aguas, sobre un lecho inclinado de rocalla,
corren encrespadas, furiosas, chocando contra
peñascos, dando tumbos, y ¡guay del que se deje coger por
las cochinas!...
Y
Cisco, lleno de rencor, lanzó un escupitajo al lodo.
Caía
dulcemente la tarde cuando los viajeros llegaron a la orilla
del río.
Las
aguas negras y lodosas, pero divididas en varios brazos, se
arrastraban con violencia, y de sus entrañas surgían
ruidos sordos producidos por el choque de las piedras.
Rodaban éstas alzando tumbos que caían desflecándose
como las barbas de una pluma, daban con otras y se detenían,
avanzaban otra vez, volvían pararse.
En
la playa no había viajeros. Habíanse detenido en la
opuesta orilla, sobre tierra firme, cabe las huertas, y se les
veía formar grupos al lado de sus bestias descargadas, que
ramoneaban en los borles de la escarpa por entre
floridos retamales. Yacían sentados junto a su cargamento,
mirando la corriente negra y siguiendo los andares
de esos nuevos caminantes que serían tan locos de atravesar
esa corriente enfurecida.
—¿Qué
hacemos? No podemos pasar —dijo Quilco, mostrando las
aguas barrosas.
—¿Y
cómo pasaron aquéllos? —repuso Manuno señalando a los
viajeros de la banda opuesta.
—Acaso
fue antes, cuando no entró la avenida.
—Yo
creo que sería preferible volver —opinó prudentemente
Agiali.
Manuno
se enojó:
—Ustedes
no parecen hombres. Ya está cerrando la noche y no sabríamos
dónde dirigirnos para encontrar forraje,
cuando de dos saltos podremos llegar a la orilla opuesta,
alojarnos en casa de Cisco y hartarnos con choclos
y buena
fruta.
Al
oír esto brillaron los ojos de los sunichos y se les
cayó la baba. Tenían un apetito devorador, y era inhumano
hablarles de cosas suculentas.
En
ese momento llegó junto a ellos un hombre alto, delgado,
musculoso amojamado, de piernas redondas, finas,
llenas de nervios. Traía completamente remangados los
calzones y se sostenía en una percha de más talla
que él, nudosa, recta y fuerte un kuphi magnífico,
endurecido y dorado al fuego.
Saludóles
con urbanidad, y echando una rápida ojeada a los brazos del
río, como para ver por dónde podía atravesarlos,
comenzó a despojarse de sus ropas.
—¿Ven
cómo ha de pasar éste? No tenemos sino que seguirle
—dijo Manuno aflojándose los calzones.
Le
imitaron los otros, contagiados por el ejemplo.
El
valluno les miró y no dijo una palabra. Se había despojado
de los calzones, la chaqueta y el chaleco, con los que
formó un paquete que se lo puso sobre los hombros, sujetándolo
con la correa del calzón alrededor del cuello,
luego se solevantó la camisa hasta las axilas, hundió con
un golpe el palo en la corriente y se metió en
ella.
El
agua le llegó hasta la cintura, y se levantó al chocar con
el cuerpo del hombre, en brusco salto, con furia crispada;
mas no pudo derribarlo. Avanzaba el indio con rapidez,
siguiendo al sesgo el curso de la corriente, pero
sin perder de vista el punto de arribo de la orilla opuesta.
Le
imitó Agiali, con valentía, halando del ronzal al más débil
de sus asnos, y detrás de Agiali se metió al agua Supaya,
el
perro. Tras él lanzáronse los demás, colocándose al lado
de las bestias, para recibir ellos todo el choque
de las aguas y quitarles algo de su fuerza, oponiendo la frágil
resistencia de sus cuerpos.
Estaban
en medio vado, cuando se oyó el sordo choque de una piedra
y uno de los burros de Manuno fue envuelto
por la corriente. Alzóse otro tumbo negro, y desapareció
la bestia un instante, mas al llegar a un punto
en que se explayaba la turbia onda, probó ponerse en pie,
pero era tal la violencia de las aguas que sólo alcanzó
a erguir la cabeza. Y río adentro se fue dando tumbos, en
alto las patas rígidas, o mostrando el combo de
la carga, que iba alejándose a una angostura, donde las
aguas corrían en anchas ondulaciones por un cauce
desigual y lleno de agujeros.
Manuno
prorrumpió en un grito desolado. Y, ciego ante el peligro,
atento únicamente a su desgracia, dejó la recua
y se lanzó, corriente dentro, en auxilio de su bestia;
pero, a unos cuantos pasos, perdió el equilibrio y también
cayó.
Las
aguas dieron otro salto.
—¡Hú-u-u!
—aulló el indio, sacando al aire la mano crispada, como
en busca de un asidero.
—¡¡Choy!!
—gritó Agiali, sin atreverse a soltar el ronzal de su
asno.
Y
a su grito de sin igual espanto volvió la cabeza el
valluno, y al ver rodar el cuerpo de Manuno, vaciló un segundo
cual si quisiera prestarle socorro, pero siguió avanzando,
con más presteza aún pues bien sabía que detenerse
era morir.
Llegó
a la ribera, y sin preocuparse del náufrago, gritó a los
otros, indicándoles el camino:
—¡Avancen!
¡Avancen sin parar!... ¡Por aquí!... ¡Por aquí! —y
con el palo mostrábales el punto en que las aguas
saltaban entre las piedras y por el que acababa de ganar la
banda.
Los
otros, pálidos, despavoridos, con los ojos fuera de las órbitas,
seguían avanzando. Agiali fue el primero en llegar,
y apenas hubo tocado tierra firme, diose a correr playa
adentro con los ojos fijos en su compañero, que seguía
luchando con la corriente, irguiéndose a veces hasta
ponerse en pie, queriendo nadar otras para ganar la
orilla; mas las aguas lo derribaban a cada intento, arrastrándolo
cual frágil rama de árbol seco.
En
uno de esos momentos quedó, sin embargo, atravesado contra
un peñasco que en medio del cauce hacía saltar
las aguas, y probablemente hubo de asirse de alguna arista,
porque en la base de la turbia onda aparecía
la redonda forma de su cabeza como una bola de lodo, en la
que blanqueaban los ojos con expresión de
infinito terror... Y hasta ellos, por sobre el ruido
impetuoso y cóncavo de las aguas, llegó su aullido
horrendo que
nada tenía de humano. Pero eso apenas duró un corto
instante, porque resonó un postrer alarido, ahora de
dolor, y el cuerpo desprendióse de la piedra para ir a
reunirse al de la bestia, que seguía rodando, informe...
Se
agruparon en la orilla, despavoridos, con los ojos
agrandados por el más profundo de los espantos...
—¿Qué
hacemos, tatai? —preguntó Quilco al valluno
llorando.
—Nada
—repuso éste con acento triste. Y añadió—: Seguir
avanzando o quedarse.
Lo
que es a su compañero ya no lo encuentran vivo.
—¿De
veras? —interrogó Agiali ansiosamente.
—Seguro.
Si no se ha ahogado, lo han destrozado las piedras... Pero
ahora ustedes no pueden quedarse aquí.
Pasen de una vez el río, y ya verán mañana si encuentran
el cuerpo de ese desgraciado.
La
noche se viene.
Efectivamente,
se espesaban las sombras y en la orilla brillaban los fuegos
encendidos por los viajeros. Las aguas
ya se veían negras y en la penumbra parecía resonar más
rabioso su hueco mugir.
—Yo
sigo, y si quieren, vengan tras mí —dijo el valluno.
Y
partió.
Siguiéronle,
doloridos y sin voluntad. Todo su temple se había aflojado
como un resorte roto, e iban ahora ganados
por el miedo a la muerte, avasallador, terrificante.
Pasaron
otro brazo menos fuerte, luego algunas ramificaciones
dispersas, hasta llegar a un islote ancho y largo
como de treinta metros, que tenía la forma cabal de un
hierro de lanza. Arroyuelos de agua limpia lo cruzaban
por tres puntos y una enorme mole de granito detenía todo
el ímpetu de la corriente, obligándola a dividirse
en diversos brazos para formar en medio el dicho islote.
Los
viajeros acampados en la banda opuesta habían corrido al
borde del acantilado para seguir con miedo las terribles
peripecias de esa travesía.
Muchos
gritaban a los sunichos aconsejándoles se volviesen
pero su voz se perdía en el tumulto de las aguas, y
los cuitados iban llorando, no tanto al muerto como al
caudal que con él se perdiera e iban sin quitar los nublados
ojos de sus bestias ni perder una sola pisada del valluno.
El
cual, llegando a la orilla, se detuvo, con los pies metidos
en el agua y los ojos fijos en la corriente, a esperar que
se le reuniesen los desolados caminantes. Cuando los vio
juntos, hablóles a gritos:
—Mejor
es que ustedes no sigan y me vean pasar. Este brazo es más
fuerte que los otros y les dará muchos trabajos,
porque ustedes no saben atravesar un río. Si ven que el
agua me llega hasta el pecho, mejor es que no
pasen y se queden: la noche en este sitio, que no ofrece
ningún riesgo, porque mañana la corriente habrá disminuido.
—Sí,
tatai, y gracias —repuso Quilco, dando diente con
diente a la vista del río y lleno de un terror indefinible.
El
valluno hizo una cruz y, santiguándose, volvió a meterse
en las aguas negras. Los viajeros acampados en las
huertas prorrumpieron en una serle de alaridos, que más
parecían de amenaza que de súplica:
—¡Locos!...
¡Estúpidos!... ¡Condenados!...
—¿Nos
quedamos? —consultó Agiali a Quilco, cuando vio arribar a
la orilla al audaz caminante.
—Sí,
¿no viste acaso que casi se lo lleva? —dijo señalando
con los ojos al mozo, que, sentado sobre una piedra,
se ponía los calzones.
—Mejor;
porque yo no vuelvo.
—Tampoco
yo.
—Y
les quitamos las cargas a las bestias?
—Les
quitamos. ¿Cómo nos abrigaríamos si no?
Así
lo hicieron. Y con las cargas formaron en medio del islote,
en la parte más seca, un círculo, dentro del cual se
instalaron hombres y bestias, enloquecidos por el terror;
los hombres se juntaron en un solo grupo
temblante
y las bestias doblaron las patas dando grupas a la
corriente, como si quisieran evitar espectáculos de
miseria.
Cayó,
densa, la noche; dejó de soplar el viento y los pobres,
apretados entre sí, yacían inmóviles, mudos, sombríos,
en tanto que el río mugía bravamente, y su ruido, en la
oscuridad de las tinieblas, llenaba todo el valle.
A veces —cosas de la ilusión— parecía que su rumor
cambiaba de rumbo, entonces los viajeros sentían un
estremecimiento de gozo en sus corazones, ateridos de miedo
y de frío... Pensaban en el compañero desaparecido
quizá por siempre... Nada veían a su alrededor; la
oscuridad impenetrable les envolvía. Para darse
un poco de tibieza se habían cubierto con sus ponchos y
mantas; pero la humedad de la playa subía hasta
ellos, pegándoles la ropa a las carnes, y las salpicaduras
les bañaban el rostro con gotas lodosas y de sabor
extraño.
Pasaron
las horas.
Chispas
luminosas brillaban con intensidad en las tinieblas densas,
y los cuitados no sabían si eran luciérnagas
o los otros viajeros que fumaban... ¡Qué les importaba a
ellos, después de todo, lo que fuera! Sólo anhelaban
que viniese la luz, se hiciese el día o que engrosase de
veras la corriente y se los cargase... ¡Perra vida!
—¿Sientes?
—gritó Agiali a oídos de Cachapa.
—¿Qué-é-é?
—Tengo
los pies mojados; el agua se nos viene...
Cachapa
se estremeció. Y extendiendo las manos, palpó el suelo
para convencerse. El perro aullaba sin reposo.
—No,
son las piedras frías. Me parece más bien que se oye menos
la corriente .
Y
así era. El ruido parecía alejarse poco a poco y cual si
las raguas hubiesen tomado otro rumbo.
—¿Sabes?
Estaba escrito. La Chulpa
lo
ha predicho.
—¿De
veras? —preguntó, ansioso y temblando de espanto.
—Sí;
dijo que moriría de mala manera... Así...
Su
voz profunda temblaba de pavor, y al extraño eco Supaya se
dolía con largos gemidos. Cachapa se estrechó
aún más contra su compañero, que repitió:
—Sí,
cierto; lo ha dicho la Chulpa.
El
diablo ha de estar contento. Tengo miedo.
Se
callaron; sus pechos latían, tumultuosos.
—También
ha muerto mal su padre. Recuerda que lo cogió una avalancha
en la apacheta; no se pudo encontrar
su cadáver, y la Chulpa dijo que el diablo se lo había
llevado.
—Sí
y también el tío se ahogó una noche cogiendo suches.
Volvieron
a callar, sin fuerzas ni ánimo para seguir evocando
recuerdos de muerte.
Al
fin, el alba se anunció en las alturas.
Una
franja violácea lució primero sobre el fondo oscuro de los
montes, empurpuró después y poco a poco se fue
extendiendo y cambiando de tonos, yendo del púrpura al
anaranjado, en tanto que la cuenca del río permanecía
ahogada en sombras impenetrables. Las estrellas comenzaron a
languidecer y el oscuro
aterciopelado de la ancha bóveda se fue haciendo más
claro.
Allá,
en lo hondo, al parecer entre la espesa sombra de la huerta,
apareció el parpadeo brillante e intenso de una
hoguera. De lo lejos, vino el rebuzno pe de un pollino. Y,
por el hueco del cauce profundo, pasó zumbando un
cuerpo opaco.
A
poco, se diseñaron sobre la claridad vespertina las cimas
de los montes como grupas de camellos enormes y
las aristas dibujaron sus picos sobre la opaca tonalidad del
cielo. Luego, vióse esparcir un resplandor rojo, y, en
el fondo de la playa, saltó el blanco de un muro de granito
cortado a pico.
Agiali
fue el primero en ponerse de pie, sobre el grupo hecho un
ovillo. Diestro en sondear las tinieblas, investigo
la corriente, cuyos tumbos lodosos parecían espesar las
sombras del valle. Y no que, como lo presintiera
Cachapa gran parte de la corriente se había volcado a la
banda opuesta, cual si se apiadase de la tribulación
de los hombres.
Pasaron
el río, en medio de la expectación de los viajeros
acampados sobre el talud, que los vieron ganar la plataforma
con curiosidad y conmiseración, pero sin dirigirles la
palabra; y fueron a alojarse a la vivienda de Cisco,
alzada sobre camino, al amor de viejos árboles de peros ya
cosechados.
—¿De
veras se ha llevado el río a no de sus compañeros? —les
preguntó el dueño penas los hubo visto.
Los
cuitados contaron, gimiendo, la escena de pavor. Y no bien
aseguraron sus acémilas en el corral del caritativo
valluno se dieron prisa en cumplir su piadosa e interesada
tarea de buscar a su compañero.
Playa
adentro, siguieron la corriente investigando en el hueco de
los pedrones, deteniéndose allí donde las viscos
aguas formaban remansos para hurgonear el fondo con las
perchas de que habían provisto.
Descendieron
así más de una legua, sin hallar rastro del desaparecido.
Y Quilco aventuró la sospecha de que quizá
había podido salir en alguna distante orilla... Cisco, que
iba con ellos, meneó la cabeza negativamente.
—Inútil.
Cuando el río lleva, mata. Pero no se dejaron convencer y
siguieron buscando hasta la hora de la merienda,
en que mutuamente se obsequiaron ofreciéndose sus
comestibles Se habló de las cosechas, de los malos
años y poco de Manuno. Al final, fue Cisco quien dio su
parecer en frase breve:
—¡Inútil!
No hay más que irse. Se ha perdido...
—¿Y
el dinero? —exclamó Agiali—. Si no lo encontramos, han
de creer que nos lo hemos repartido.
Cisco
hizo un gesto y no repuso nada. Subido sobre una piedra, con
las manos sobre los ojos, miraba el fondo de
la playa, en actitud pensativa. Al fin interrogó:
—¿Cuánto
llevaba?
—Cuarenta
pesos.
Hizo
otro gesto vago, y añadió:
—Inútil.
Las aguas se los ha quitado: son ladronas. ¿Los llevaba en
la ropa?
—No,
atados al cuello, en un pañuelo.
Escupió
el valluno con cólera y dijo:
—¡Cochinas
aguas! ¡Todo lo tragan!...
Aún
buscaron dos horas, hasta el atardecer, y la playa arriba,
porque Cisco les juro no haber visto que jamás los
cadáveres fuesen arrastrados más de una legua. Cuando
llegaron a la casa, los esperaba la consorte de
Cisco,
con una bandeja de choclos reventados y otra de
manzanas y duraznos recogidos del suelo y caídos por
maduros de la rama.
Comieron
con apetito y sin hablar. Estaban entontecidos de dolor, no
tanto por el compañero como por el dinero
perdido... ¿Cómo llenarían su misión? ¿Qué responderían
a los patrones...?
Acordaron,
unánimes, la última tentativa. Irían playa adentro, hasta
la vega, si posible, y, si no daban con los despojos
de Manuno, no tornarían a la hacienda, se fugarían lejos,
donde nadie pudiera verlos más. Así lo declaró
Quilco rotundamente.
—¿Y
tu casa? ¿Tus bueyes? ¿Y tu mujer y tus hijos? —aventuró
Agiali.
Quilco
se alzó de hombros, desolado.
—¡No
importa! ¡Pero el patrón nos mata!...
Y
llorando con el miedo del castigo por venir, volvieron a
emprender al día siguiente la búsqueda. Del amanecer
al mediodía recorrieron toda la orilla del río hasta su
encuentro con el de Palca; pero cuando se vieron en ese
sitio desolado y salvaje, perdieron toda esperanza de
encontrar el cadáver de Manuno.
Tornaron
al alojamiento. Estaban rendidos, fatigados, y se echaron a
reposar al pie de los árboles donde quedaron
adormecidos con profundo sueño.
Durmiendo
los encontró Cisco, al caer la tarde. Y dijo a su mujer:
—El
muerto llevaba cuarenta pesos y sé dónde está.
—¿Dónde?
—Allá
abajo, cerca la toma.
Y
señalando el confín de la playa, que en ángulo se perdía
en la falda del cerro, añadió:
—¿Ves
revolotear allá abajo a los cuervos? Pues en aquel sitio
está.
—¿Y
por qué no vas a cogerle el dinero? —le interrogó la
hembra.
Cisco
no repuso. Y ella insistió:
—No
seas tonto. Con ese dinero tenemos para comprar una yunta
joven, y la tuya está ya vieja: no puede más.
¡Cuarenta pesos ! No los ganas en un año...
Cisco
no puso mayor resistencia; el argumento le pareció
convincente y decisivo.
Se
encaminó hacia sus huéspedes, que acababan de despertar, y
les dijo:
—Voy
a regar mi huerta, y les ruego cuidar la casa, porque llevo
a mi mujer.
Hizo
una seña a la consorte, empuñaron las herramientas y se
internaron en la fronda del arbolado.
La
tarde estaba serena y tibia. El viento había cesado y
reinaba profunda calma en el follaje. Las aves, por bandadas,
revoloteaban en torno a sus madrigueras, gorjeando a plena
garganta. Había mirlos canoros de rojo pico,
azulejos, gorriones, jilgueros negros de alas y pecho
amarillos, torcazas cenicientas. En la fronda se oía el
aleteo de las medianas; el silencio estaba poblado de trinos
y la tierra exhalaba vaho tibio y perfumado. En el
éter triunfaba el azahar.
Anduvieron
algunos minutos por un sendero abierto al borde del
acantilado, sobre la playa rumorosa y pedregosa,
y por entre los altos perales cargados de fruto y cuyas
ramas pendían sobre el abismo. Iban
silenciosos,
mascando hojas de coca y rumiando halagüeños pensares. Al
doblar un recodo, bruscamente se
detuvieron
y se miraron azorados. En sus rostros se pintó una viva
inquietud: una víbora acababa de atravesar el
camino por la siniestra, y ésa era señal de mal agüero.
—¿Has
visto? —preguntó Cisco con acento inseguro.
—Sí.
No hay remedio. Tenemos que regresar; algo nos pasaría si
seguimos.
—¡Hay
que regresar!...
Dieron
media vuelta, y sin volver la cabeza, a paso lento,
deshicieron lo andado.
¿Y
qué les decimos? —inquirió el esposo cuando estuvieron
por llegar a la casa.
—La
verdad. Si mentimos, puede que nos pase algo.
No
hablaron más. Pero al día siguiente y cuando los
forasteros acaronaban sus bestias para emprender el interrumpido
camino Cisco, simplemente, sin conceder gran importancia a
sus palabras, les dijo:
—Habría
que ir a ver lo que rondan los cuervos allá abajo; pudiera
que sea él.
Se
consultaron los otros. Cachapa arguyó:
—¿No
será un perro muerto?
—Puede;
un perro o un hombre muertos. Los cuervos no revolotean en
torno de las rosas.
Resolvieron
ir. La distancia quedaba corta y no era inútil intentar la
última prueba, pues lo más que podría ocurrirles
era perder una media jornada, y ellos la recuperarían
andando de noche, ya que las bestias estaban
reposadas y comidas y había en el cielo anuncios de luna
nueva.
Los
acompañó el valluno.
Al
acercarse al sitio en que revoloteaban los cuervos, tuvieron
que buscar cosa de una hora para dar con el cadáver
y acaso no lo habrían conseguido si por indicación de
Cisco no tomasen la precaución de seguir la dirección
en que miraban los voraces animales, que en sus revuelos
pesados y lúgubres se cernían en torno de
un solo punto, sobre las aguas del río.
Fue
Agiali quien, detrás de un peñón en una especie de
remanso, vio una piedra lodosa con la forma de un pie.
Dio con el suyo una patada, y sintió una masa blanda y elástica
que le hizo correr un temblor por el cuerpo...
Se
pusieron al trabajo, y a la media hora retiraron el cadáver
de Manuno. La única preocupación de los dolientes
fue ver si aún llevaba el rotobo de dinero. Allí estaba
fuertemente anudado alrededor del cuello, y tan fuertemente
que hubo necesidad de cortar a cuchillo el pañuelo.
Trasladaron
el cadáver y lo enterraron esa misma tarde, en el
cementerio de hacienda, sobre una colina que dominaba
el valle, pelada de verdura. A Cisco le obsequiaron un
cuarto de carnero seco (chalona) y algunos puñados
de pescadillo asado (chispi), y partieron casi
tranquilos y con el corazón más ligero, pues habían dado
con el caudal, lo más preciado para ellos, y ninguno sufrió
quebranto de fortuna yendo todo el daño a la cuenta
del difunto...