IV
El
terror al río ganó de lleno el corazón de los viajeros.
Iban
ahora intranquilos, miedosos.
Cuando
tenían que atravesar la corriente, todavía más gruesa con
la junción del río de Palca, quedaban en la orilla
a esperar que algún viajero de la comarca se aventurase en
sus aguas turbias, y la atravesaban con
miedo,
cogidos los tres de las manos para sostenerse mutuamente en
caso de peligro.
La
playa, siempre idéntica, ofrecía a los ojos el mismo
espectáculo imponente y hosco: a ambos costados cerros
altísimos que se echaban hacia atrás, mostrando sus faldas
verdes y pobladas de huertas, o se estrechaban,
cayendo a plomo sobre el río, para enseñar la estructura
de sus rocas rayadas horizontalmente, como
las perforadas hojas de un libro. Y siempre el ruido bravo
de la linfa opaca, combinado con el del viento incansable,
tenaz, formando todo un concierto de voces duras, que los
puneños escuchaban con el corazón encogido
de angustia...
Hacia
el atardecer llegaron a Tirata, donde vendieron el resto de
su carguío pero sin obtener los precios indicados
por el difunto. Comenzaban a cansarse de veras del viaje
riesgoso; y la playa, sin camino, sin puentes,
calentada como plancha por el sol, les causaba una
indefinible angustia. Únicamente anhelaban llegar
a su destino, comprar el grano y tornar a sus pagos, para no
alejarse nunca de ellos, ni a la fuerza.
En
Tirata, la playa se abría con gesto pródigo, dejando en
medio una extensa llanura fértil, toda plantada de cañaverales
que se mecían al soplo de la brisa, con rumor tenue de
hojas frotadas entre sí, y los árboles adquirían
gigantescas proporciones.
Las
casitas de caña eran miserables, a pesar de las enredaderas
silvestres que trepaban por el techo, festoneando
su sordidez con flores de vivos colores y penetrante
perfume. Algunas ostentaban un emparrado o
yacían a la sombra de añosos y retorcidos algarrobos, en
cuyos troncos se colgaban con fuerte abrazo las granadillas,
y los lacayotes
dejaban reposar sus enormes calabazas amarillas sobre el
soporte de las ramas.
Enjambres
de aves de brillante y encendido plumaje picoteaban, entre
silbos y trinos, la cosecha de los árboles.
Diamantinos colibríes venían a libar la miel de los tumbos,
y revoloteaban, haciendo cabrillear al sol, como
piedras preciosas, sus plumas metálicas y doradas; zumbaban
las abejas silvestres en torno a sus colmenas
colgadas de las ramas, y las mariposas —verdes, rojas,
tornasoles, amarillas— iban por los campos floridos
reflejando el polvo luminoso de sus alas tenues...
Pidieron
hospitalidad en casa de un indio viejo que hablaba con voz
gangosa, apenas perceptible, porque un enorme
bocio le cubría toda la garganta, y era encorvado, canijo y
de una palidez cadavérica.
Su
casucha de carrizo medraba a la benigna sombra de una
opulenta higuera, la sola que se veía en la rinconada,
a la vera del cañaveral rumoroso y ondulante.
Vino
la noche: una noche serena, tibia, plácida y de infinita
melancolía. La luna brillaba en el alto cielo, y de cada
brizna de hierba se alzaba el canto de un grillo, monocorde
e igual; de los charcos venía el largo croar de las
ranas, y de lejos, el incesante rumor de la turbia onda,
lento, regular, incansable. En el corral, los asnos pateaban
impacientes el suelo para librarse de las picaduras de los
murciélagos, a los que, a la luz de la naciente
luna, se les veía revolotear en torno de la casa, agitando
incesantemente las alas. Pequeñas chispas de
luz se encendían y apagaban en el aire, y se oía el
zumbido de los noctámbulos insectos...
Fatigados
por el calor, molidos de cansancio, abrumados por la pena,
los sunichos se tendieron en el suelo a descansar,
junto al lugareño, que se había echado con pereza sobre su
poyo y dormía con trabajosa respiración,
medio ahogado por el bocio.
—Oye
—dijo Quilco a Agiali en uno de esos momentos—: vamos a
coger cañas.
—¿Y
si nos ven? objeto Agiali de mala gana y deseando más
dormir.
—No
hay nadie por ese lado.
—Vamos
contigo —Se brindó Cachapa.
Levantáronse
cautelosamente y desaparecieron entre la maraña del cañaveral.
De vez en cuando se oía el ruido
de las cañas al quebrarse, y estuvieron de regreso a la
media hora. Cada uno traía la bufanda llena de cañas
cortadas, y pronto las hicieron desaparecer en el fondo de
los costales vacíos.
—¡Toma!
Parecen de miel —dijo Quilco, ofreciendo una a Agiali.
—¿Comiste
muchas?
—Hartado
estoy de comer.
—Cuidado
con enfermarse. Le oí decir a Manuno que hacían daño tomándolas
en el sitio donde se producen.
—¿Y
qué hacen?
—Traen
las tercianas. Y en Tirata dicen que hasta las aves
enferman.
—¡Demonio!
¡Si me hubiese acordado antes! —dijo preocupado Quilco.
Y
se tendió a dormir, en tanto que el otro guardaba
prudentemente el fruto entre su chal.
Se
levantaron al amanecer y emprendieron la marcha. Al pasar
por la orilla de los cañaverales echaban una ojeada
por todos lados, y de un tirón arrancaban desde raíz los
frutos. Así lograron formar casi una carga.
El
río había bajado mucho y las aguas ya no tenían el tinte
lodoso que tanto impresionaba a los puneños.
Corrían
turbias por entre arroyuelos cristalinos, que se iban a
perder a la sombra de los gramales y bejucos que
crecían en medio de pantanos podridos.
El
aire era tibio, a pesar de que el sol no doraba aún la
playa, y en el alfoz de los cerros crecían enormes algarrobos
de tronco atormentado, gigantescos cactos y otras plantas y
arbustos cubiertos de salvajina o de enredaderas.
Bandadas de loros recorrían la playa, y sus gritos
estridentes llenaban de salvaje ruido esas regiones
desiertas y hoscas.
A
eso de mediodía echáronse a descansar un momento al pie de
unos algarrobos que proyectaban espesa sombra
en el suelo, formando ancho círculo. Pegadas al tronco había
dos piedras puestas de filo y ennegrecidas
por el humo de las fogatas encendidas por los viajeros.
—No
estoy bien —dijo Quilco cuando se disponían a emprender
la marcha.
—¿Qué
tienes?
—Me
duele la cabeza y siento escalofríos —repuso, estremeciéndose
y dando diente con diente.
—¿No
serán las tercianas? —advirtió Agiali, mirándole con
interés.
—Pudiera.
Estaba
desencajado, pálido, y tenía los ojos acuosos y algo
hundidos.
—Sigamos
andando; acaso te mejores con la marcha.
Llegaron
a Llujrata. Y un caminito empinado que subía por el talud
les condujo a una estrecha plataforma encajada
entre los altos cerros y partida en medio por un riachuelo
de lecho pedregoso y escarpado, y en cuyas
orillas medraban los algodoneros, ofreciendo al aire sus
grandes flores amarillas y sus nueces reventadas,
de las que emergían los copos blancos con los que estaba
cubierto el suelo.
Vibraba
de claridad el aire, y su tibieza hacía pensar en las
emanaciones de una fragua. Zumbaban enjambres de
hormigas aladas, grandes moscardones de cuerpo negro, peludo
y alas tornasoladas, avispas de talle estrecho
y cuyos nidos se balanceaban pendientes de las ramas de los
algarrobos altos y retorcidos; peligrosos
e invisibles zancudos zumbaban incansables en los oídos de
los cansados y dolidos viajeros.
A
poco andar, buscaron el refugio de la sombra. Sentíanse
sofocados por ese aire de fuego y Quilco se quejaba
de una sequedad terrible en la garganta. Las bestias,
chorreando sudor, caminaban al paso, con las cabezas
inclinadas, pendientes y yertas las orejas.
Se
internaron en un bosque de pakaes que encontraron a
la izquierda del camino, al pie de una cuesta; descargaron
los borricos bajo lo más espeso de la enramada y se
tendieron a dormir la siesta.
Los
elevadísimos árboles estaban agobiados por granadillas,
cuyos sarmientos, cual cuerdas, se anudaban a las
ramas; trepaban por ellas hasta la copa, y allí, entre las
redondas y lustrosas hojas, verdes unas, rojas y amarillas
otras por la vejez, colgaban sus flores moradas con pistilos
en forma de cruz, y sus redondas frutas como
huevos y de color que iba del verde y llegaba al rojo oscuro
pasando por el amarillo de tonos delicados.
Las
bandadas de loros discurrían de un monte a otro
incesantemente, y sus agudos chillidos resonaban con tal fuerza
en el estrecho alfoz, que dejaban un sordo zumbido en los oídos.
Se los veía posarse en las ramas altas,
dar pico con pico, colgarse hasta quedar con el pecho blanco
al cielo, morder los verdes frutos, pasando de
unos a otros con rabia de destrucción, y los cuales, ya dañados,
se pudrían y secaban, no quedando sino las
vainas huecas, que al chocar entre sí con el viento producían
extraño y triste rumor.
Los
sunichos no pudieron dormir. Tábanos y zancudos se
abatían sobre ellos con voracidad; la sed les torturaba
las entrañas y los loros no cesaban de atronar la encañada
con sus chillidos.
Quilco
rogó a Agiali fuese a ver si en el riachuelo podía
conseguir un poco de agua. Se moría de sed y no se sentía
con ánimos de continuar el camino si no bebía algo que
aliviase la sequedad de su garganta. Fue el mozo,
pero el riachuelo estaba seco se puso a cavar en el cauce, y
las piedras quemaban.
Cuando
volvió, Quilco deliraba. Creía encontrarse a orillas de su
lago y que de las ondas mansas emergía la cabeza
trágica de Manuno...
Agiali
propuso a Cachapa —mozo ágil y listo— cosechar frutas.
Acaso su jugo causaría algún alivio al enfermo,
y ellos mismos aplacarían su sed, porque no se atrevían a
tocar las cañas, a las que atribuían el mal de
Quilco. Aceptó Cachapa, y despojándose ambos de sus
chaquetas, treparon a los pakaes izándose por los sarmientos
de las granadillas, y luego de hacer una buena
provisión de frutas, exprimieron el jugo de algunos limones
dulces y se lo dieron a beber al enfermo.
Quedaron
allí hasta la tarde, y emprendieron la marcha por la
empinada cuesta cuando el sol había desaparecido
tras el alto cerro.
Ganaron
las alturas de Cotaña antes de que el sol se ocultase en el
ocaso, y allí un nuevo espectáculo se presentó
a los atónitos ojos de los viajeros.
Todo
era color, perfume y ruido en aquellas alturas.
El
verde, con sus infinitas gamas, ostentábase en la cimera de
los árboles escalonados a lo largo de los montes.
Los naranjos y limoneros lucían su verde claro y lustroso;
los granados, un verde oscuro que ponía de relieve
la púrpura de sus flores; casi negros eran los eucaliptos,
las ceibas, enormes y copudas, tenían color de
esmeralda con flores de rubíes; los nísperos ondulaban a
la brisa su apergaminado follaje oscuro, y los pinos
araucaria recortaban su elegantísima silueta sobre la nieve
de Illimani, que, allá arriba, sobre el esplendor
de tanto follaje loco, señoreando cimas, se ostentaba por
la primera vez, erguido; majestuoso, inaccesible.
Hicieron
noche en la huerta de un montañés. Y al siguiente día,
temprano, arribaron, por fin, al lugar de su
destino;
mas, como si la desgracia les persiguiese, díjoseles en
Ursi que el patrón había vendido en la misma
hacienda
toda su cosecha de grano, y se les aconsejó ir a buscarlo
en las alturas de Cohoni y de Palca, donde
los
colonos estaban recogiendo la cosecha.
Muy
a pesar suyo hubieron de permanecer dos días en Ursi,
porque Quilco deseaba mejorarse para
emprender,
de un tirón, el camino de sus pagos. Partieron al tercero
por una cuesta en empinadísimo zigzag y
de
difícil acceso, allí donde por ningún lado reposan los
ojos en la línea serena de un plano, y llegaron a la
cumbre
de una montaña, sobre cuyos lomos de piedra se afirman las
estribaciones del último pico de Illimani,
que
salta enorme sobre los montes, cubriendo todo el ancho cielo
con su masa de nieve y de granito,
acribillado
de oquedades negras, de ventisqueros, de torrentes
cristalinos que al juntarse caen en cascadas
desde
prodigiosas alturas, azotando con furia los muros de sus
alfoces.
Tan
fuerte era la visión del paisaje, que los viajeros, no
obstante su absoluta insensibilidad ante los espectáculos
de la Naturaleza, sintiéronse, más que cautivados,
sobrecogidos por el cuadro que se desplegó
ante
sus ojos atónitos y por el silencio que, en ese concierto
del agua y del viento, parecía sofocar con su peso
la
voz grave de los elementos, única soberana de esas alturas.
Era
un silencio penoso, enorme, infinito. Pesaba sobre el
ambiente con dolor.
El
mismo trinar de mirlos y gorriones, el ajeo estridente de
las perdices, el bramar y el mugir de toros y llamas,
dispersos
en los hondos pliegues de la ladera, contribuían para hacer
más sensible la insignificancia de la vida
animal
frente a aquella enorme mole blanca que cubría el cielo,
desafiaba tempestades y parecía amurallar el
horizonte
infinito, ahogando sus voces sonoras.
Y
bajo el esplendor del sol, a la luz cruda del astro vivo, ¡cómo
parecía muerto el enorme paisaje!
Únicamente
los cóndores osaban mostrarse allí ensoberbecidos por el
poder de sus recias alas. Se los veía
cruzar
a lo largo del monte siguiendo la conformación de sus
salientes; pero ¡cuán insignificantes!, ¡cuán
pequeños!
Diríase que aleteaban con trabajo, impotentes para escalar
esas cimas, donde quizá nunca llegue a
posarse
planta humana...
La
tarde fue cayendo dulcemente, mansamente, y la cuesta no
llevaba trazas de acabar nunca. A una loma se
sucedía
otra más alta, luego otra más alta todavía. Y así,
trasmontando cumbres, habían viajado desde
mediodía,
reposando apenas de un cansancio que desde hacía días venían
sintiéndolo, terrible, indominable.
Todo
allí eran barrancos, desfiladeros, laderas empinadas,
insondables precipicios. Por todas partes,
surgiendo
detrás de los más elevados montes, presentándose de
improviso a la vuelta de las laderas, saltaba
el
nevado alto, deforme, inaccesible, soberbiamente erguido en
el espacio. Su presencia aterrorizaba y llenaba
de
angustia el ánimo de los pobres llaneros. Sentíanse
vilmente empequeñecidos, impotentes, débiles.
Sentían
miedo de ser hombres.
En
este dulce atardecer caminaban viéndolo de más cerca que
nunca. Apenas les separaba una quiebra
abrupta,
rugosa y a medio rellenar con los peñones desgajados de los
ventisqueros, quiebra que ellos
dominaban,
porque iban por la arista del monte opuesto, cuyas
vertientes caían en saltos bruscos, pero
cubiertos
de algaidas, y surcadas por arroyos, que, al rodar sobre
cauces angostos y empinados, se
deshacían
en espuma blanca y cantaban su enorme canción vibrante y
cristalina.
Desde
esa atalaya de montes, veían los viajeros extenderse las
playas de todos los valles que van a verter sus
aguas
en el callejón de las Juntas. Primero, el valle de
Mecapaca, que ellos acababan de dejar; luego, el de
Caracato,
unido al de Luribay, casi al frente, el de Araca. Esas
playas blancas, desde allí, parecían senderos y
estaban
enmarcadas por el verde jocundo de las huertas y viñedos,
que atenuaba el gris y el pardo de las
sierras
calvas, bañadas a esa hora de rosa y azul.
En
la quiebra no se veía vestigio de huella viviente. Sólo un
senderito empinado y blanco rastreaba con timidez
por
entre el hueco de los peñascales caídos en las faldas
inferiores del monte helado, al pie mismo de las
nieves
que avanzaban —dijérase ríos de leche— manchando de un
blanco purísimo e inmaculado la negra
roca
de la montaña, y se detenía, cortado a pico, pata verter
en cascadas el purísimo cristal de sus aguas.
Unicamente
los cóndores parecían vivir sin la angustia de lo grande
en aquellos sitios que otro día los poetas
han
de elegir para cantar alguna tremenda tragedia humana.
Rayando la claridad divina del espacio, se les
veía
cruzar por el horizonte embermejado, rumbo de sus
inaccesibles cubiles. Volaban lentamente, en línea
recta,
con el acollarado cuello erguido y la cabeza moviendo de
derecha a izquierda, oteando la maraña de
cumbres
y de valles. A veces, trazaban un ancho círculo en el
espacio, volvían sobre la ruta, daban una
enorme
vuelta alrededor de la caravana, descendían más bajo,
hasta hacer oír el fuerte zumbido de sus alas, y
entonces,
en las parábolas que describían, se veía brillar su lomo
blanco, encendido también de rosa por los
reflejos
de la nieve iluminada por el sol crepuscular...
Pronunciábase
la noche cuando llegaron a media cuesta de Tamipata, a un
punto en que el camino reposaba
sobre
el lomo de una montaña, a cuatro mil metros de altura, casi
junto a las nubes.
Una
pobre casucha de pastor, defendida por seto vivo de arbustos
salvajes, erguía su negro y bajo techo de
paja,
y era el solo refugio en toda esa región alta y solemne.
Pequeñas parcelas de tierra, sembrada de
cebada
y empalidecida por los anuncios de los hielos invernales,
manchaban de dorado el fondo oscuro del
cerro
y aseguraban abundante pienso a las bestias rendidas y
hambrientas.
Fue
Quilco quien propuso quedarse allí para pasar la noche. Ya
no podía más con la debilidad de sus piernas.
Se
había arrastrado penosamente toda la tarde, y ahora, sus
miembros, fatigados y doloridos, se negaban
formalmente
a servirle. La fiebre le devoraba las entrañas; sentíase
cansado, roto, molido. Si sus amigos
querían
seguir adelante, que se fuesen solos. El se quedaba allí, y
ojalá por siempre...
El
enamorado Agiali, no obstante su empeño en llegar a los
distantes pagos, aprobó la idea, no únicamente
por
piedad hacia su camarada, sino porque se le ocurrió que por
allí podían conseguir el grano que faltaba, y
opinó
porque se descansase todo el siguiente día en ese punto,
para dar reposo al enfermo y poder explorar la
región,
buscando lo menester. Cachapa, contra su deseo también, y
aun sabiendo que, de negarse en
complacer
al maltrecho, tendría que seguirle aunque reventase, halló
convincentes las razones de Agiali y
aprobó
la idea del reposo.
Uno
de ellos haló la caravana y enderezó el paso de las
bestias perezosas hacia la al parecer abandonada
casita
de pastor; mas no bien asomaron a los muros, cuando saltó
enfurecido sobre la vieja y carcomida pared
del
redil un perrillo canijo, lanudo y bullicioso, que hubo de
callarse repentinamente al distinguir la faz hosca y
malhumorada
de Supaya. Detrás del menguado can mostróse en los
umbrales un indio de cara redonda,
mejillas
abultadas por la coca y la expresión idiotizada y
embrutecida.
—Buenas
tardes nos dé Dios, tatito —saludó Agiali.
Repuso
el indio al saludo con una especie de gruñido malhumorado,
pero sonriendo tontamente.
—¿Quieres
ofrecernos hospedaje por esta noche en tu casa? Hemos de
pagarte.
El
pastor envolvióles en una mirada detenida y escrutadora, y
al punto vio, por las trazas, que esos viajeros
venían
de la puna, y traían quizá en sus cargas la codiciada chalona,
el pescado delicioso, el acu perfumado y
nutritivo.
—¿Y
qué me han de pagar? —preguntó con recelo.
Agiali
púsose a enumerar todos los productos de sus pagos. La
experiencia del difunto Manuno le había
enseñado
que los nombres de los comestibles del yermo daban mejores
resultados que los más rendidos
ruegos,
o las ofertas de pago, o las amenazas. Al nombre del acu,
o de los hispis no había valluno que se
negase
a abrir las puertas de su casa. Solté, pues, delante del
entontecido pastor todos los buenos nombres
de
los comestibles. Y a medida que los enunciaba, una sonrisa
enorme le abría más la boca estupenda; y, al
fin,
les dejó penetrar dentro el cerco del chiquero, que no era
otra cosa la cuadra del pastor, y donde nunca
debía
de haberse guardado ganado, porque la dura paja crecía
locamente entre las junturas de piedra de los
muros
y el desigual y rocalloso piso.
Descargaron
las bestias y metiéronlas al corral, sobre cuyas tapias la
yerba erguía también sus salvajes tallos.
El
pastor los dejó un momento solos, y a poco estuvo de
vuelta, trayendo en brazos dos pobres manojos de
cebada,
que distribuyó a las necesitadas bestias.
—Es
un real —les dijo entrando al patio, donde los sunichos
habían ya dispuesto la cama de Quilco bajo los
aleros
del techo.
—¿Cómo
te llamas? —le preguntó Agiali, ofreciéndole su bolsa
para que tomara algunas hojas de coca.
—¡Mallcu!
—repuso con énfasis el idiota. Y su rostro se iluminó
con una sonrisa de soberbia y orgullo.
Porque,
en verdad, el solo sentimiento que animaba con su divina
chispa esa alma dormida era el orgullo.
Estaba
orgulloso de su nombre, o más bien, de su apodo, porque
cuando algún habitante del otro lado le
llamaba Kesphi, su verdadero nombre, se enojaba. Y quien le
viera no alcanzaba a explicarse la analogía o
relación
que podía existir entre Kesphi —tuerto, canijo e
idiota— y un mallcu, cóndor viejo y lleno de
tretas, maligno
y rapaz.
Fue
un hecho notable en la región lo que le puso el sobrenombre
que con tanta fiereza ostentaba.
Y
sucedió así:
Profunda
consternación reinaba en la montaña.
De
años atrás, eran contados los días que no se notase la
desaparición de alguna res de entre los ganados
que
en los montes pastaban, y pronto cundió la noticia de que
un cóndor viejo (mallcu), feroz y ladino, atacaba
los
rebaños, sin temor al colmillo de los perros ni a los
certeros hondazos de los pastores.
Muchos
de éstos, haciendo la cruz sobre el escupón, juraron haber
visto al mallcu vencer las reses viejas y
bravas,
sirviéndose de una treta diabólica y audaz. Desde la cima
del risco virgen e inaccesible a planta de
bestia
o de hombre, y donde tenía su habitual morada, o de lo alto
de las nubes, escrutaba las laderas de los
montes,
y al descubrir una res al borde de un barranco emprendía el
vuelo en descenso, y al llegar a la altura
de
su víctima, de un fuerte aletazo la precipitaba despeñadero
abajo, y luego, soberbiamente, se iba a dormir
la
siesta a su cubil inaccesible, para tornar de noche a
regalarse con abundante y fresco festín...
Así
había desolado la montaña.
Alarmáronse
los indios, y en ellos surgió la creencia de que el mismo
demonio se ocultaba bajo la piel del
mallcu.
Y fue
repetido con tanta insistencia el absurdo que aun los
hacendados concluyeron por participar de
esta
opinión y a cobrar viva inquietud por la presencia de la
feroz ave de rapiña. Para ahuyentarla,
organizáronse
batidas en regla. Valle y montaña se poblaron con el hórrido
fragor de descargas de fusilería y
el
ladrido de los perros incitados a la lucha se hicieron
conjuros, y los brujos (yatiris) pusieron las mañas
de
sus
artes mágicas para destruirla, pero todo en vano. Al día
siguiente, o al otro, o al tercero, se echaba de
menos
la presencia de un buey de una vaquilla, o por lo menos, de
una oveja, porque la muy socarrona ave
estaba
ya enviciada y no quería alimentarse sino de carne fresca y
tierna.
Un
día. . . ¡Oh, fue el gran día! . . . Un día un pastor
joven y aguerrido llevó al patrón de una hacienda la
noticia
de
que el mallcu merodeaba en torno a una majada
instalada en una loma vecina al caserío. Armóse el patrón
de
una carabina, llamó en su ayuda a varios colonos, los
colonos llamaron a sus perros y todos fueron al
encuentro
del audaz mallcu, que volaba con el ojo pegado a la
majada aterrorizada. Volaba lentamente,
describiendo
fantásticas parábolas sobre el fondo luminoso y purísimo
de los cielos, y su plumaje negro era
como
un punto en la vasta planicie rutilante del dombo azul.
El
patrón, perito en el manejo de las armas, echóse la
carabina a la cara, hizo fuego, y el ave, en línea oblicua,
abatióse
pesadamente en tierra.
Hombres
y perros se lanzaron sobre el caído.
El
primer perro que llegó, anheloso de hacer presa, rodó a
los pies del mallcu con el cráneo hendido de un
picotazo.
Los hombres, medrosos, hicieron llover descomunales pedradas
sobre el duro plumón del herido,
que
se defendía de unos y otros repartiendo aletazos, que hacían
crujir su sólida armazón y abatía al ser que
tocaban.
El
patrón, entusiasmado por el bello plumaje del bicho y
sabiendo que se habitúan pronto a la esclavitud,
ordenó
se respetase la vida del cóndor, al que cogieron tras
porfiada lucha y lo llevaron a la casa de hacienda,
donde
lo encerraron en un vasto granero, a la sazón desocupado.
No
fue larga la convalecencia del cautivo. Cuando acudió el
curandero (kolliri) para examinar la herida,
constató
con sorpresa que tenía vacío el buche y coligió que su caída
fue más efecto de la vigilia que de la
avería leve.
El
hacendado, gozoso con su presa, ciñó el desnudo y arrugado
cuello del ave, encima de su albo collar de
plumas
tiernas y sedosas, con otro artificial de lana hecho con los
colores de la patria enseña, y dispuso que
se
le mirase con gran acatamiento. Y no había títere que
pasase por sus dominios que no oyese de sus labios
la
fantástica relación de la captura del cóndor ni fuese
invitado a admirar las dos bestias que más halagaban
su
vanidad: primero, un magnífico marrano de raza inglesa,
expresamente traído para progenitor y mejora de
la
menguada raza porcuna, y luego, el temible mallcu, cautivo
merced a su coraje y a la invencible firmeza de
su
pulso.
Y
pasaron los días, las semanas y aun los meses.
Humillada
la dignidad del cóndor con la oportuna y necesaria mutilación
de las guías de sus alas, se le dejó en
libertad,
y pronto parecieron establecerse cordiales relaciones entre
el monarca cautivo y los demás ordinarios
y
vulgarísimos bichos de corral. Terneros, ovejas, gallos,
patos y gansos pasaban orondamente a su vera, sin
experimentar
temor ni respeto alguno por el destronado rey de los aires y
como burlándose más bien de la
esclavitud
del solitario, quien los miraba discurrir, indiferente y
desdeñoso a sus ademanes confiados y
altaneros,
que sólo revelaban su índole plebeya y su bajo instinto de
servidumbre.
Desde
lo alto de una pared que había elegido por morada, quizá
porque era el sitio más culminante de toda la
vivienda
pasaba horas y horas contemplando la vasta extensión
rutilante de los cielos, tranquilo y resignado al
parecer,
pero en realidad nostálgico de espacio.
Y
distraía su nostalgia siguiendo los pesados andares del
puerco, señor y vil, por el que parecía sentir
particular
afección, pero que no era sino pura codicia porque un día,
fuertes ya sus alas y sin que nadie
sospechara
siquiera tamaño desaguisado, lanzóse sobre la pesada
bestia, hincó las fuertes garras en su lomo
graso,
y sin arredrarse por los horrendos gruñidos del marrano ni
las desoladas blasfemias del burlado dueño,
testigo
impotente del asalto, escaló los aires con su presa y
desapareció raudo en el azul, para recomenzar,
días
después, sus rapiñas, pero más feroces, más arriesgadas
pues ya conocía a los hombres y había llegado
a
adquirir idea de su falsa bondad...
Volvió
a cundir el abatimiento entre los moradores de la montaña,
pero fue de corta duración, porque a los
pocos
días sucedió la catástrofe definitiva.
Era
una tarde hibernal, clara y vibrante de luz. Ni una nube, ni
la menor sombra en los cielos. Arriba,
fulgurando,
las cumbres eternamente nevadas del Illimani; abajo, las
cimas de los montes y en lo hondo de la
vega,
el verde de los trópicos en las huertas de sabrosos frutos
y flores de turbador perfume. Ningún ruido
humano
en la quieta extensión de las alturas, y sólo el golpear
de las cascadas, que descienden, espumosas,
por
el granito de su angosto alfoz, y el gemir del viento en los
ralos pajonales, donde pastan pobres y ariscos
rebaños
de llamas y alpacas.
Kesphi
vigilaba aquella tarde su majada.
De
bruces sobre el plano de una roca, cuyas hendiduras ennegrecía
el musgo, soplaba en su zampoña los
aires
melancólicos de la sierra.
De
pronto oyó zumbido de alas y una sombra colosal se proyectó
en el suelo. Las ovejas, juntando las
cabezas,
hicieron un montón de carne palpitante por la angustia. El
perrillo buscó refugio al lado del pastor y
se
puso a ladrar medrosamente, con el hocico husmeando el
cielo. Kesphi levantó la cabeza y vio cernirse al
bravío
mallcu en lo alto, a unos treinta metros del suelo.
Traía las patas extendidas y abiertas las aceradas
garras,
listas a hacer presa. Su plateado lomo brillaba al sol en
sus raudos vuelos, y sobre el cuello se veían
lucir
los colores de la bandera nacional, paseados por las
luminosas alturas...
Lento,
lento, a cada parábola de su enorme vuelo se aproximaba con
desfachatez y sangre fría al montón
gimiente
de las bestias; y cuando hubo hecho su elección, precipitóse
en medio, enredó las garras en el vellón
de
una maltona, y dando un fuerte aletazo cargó con su
presa, sin tomar en serio el ladrar desesperado del
menguado
can ni las pedradas inútiles de Kesphi, que parecía más
espantado todavía por la sin par audacia
del
mallcu, quien, en brusco impulso, trepó a un lugar
vecino al del pastoreo y depositó sobre la roca su presa,
yerta por el feroz picotazo que le había hendido y abierto
el cráneo.
Kesphi,
atolondrado de estupor, de cólera bravía, pero impotente,
al verle posar tan junto a la majada supuso
que,
no satisfecho aún con su víctima, tornaría al ataque para
cargar con otra, y entonces su despecho tocó
las
lindes de la desesperación.
Cogió
su cayado, y deslizándose y trepando por entre las quiebras
del barranquerío, llegó a unos veinte pasos
del
glotón, puso un afilado guijo en su honda, y dándole dos
vueltas silbantes sobre la cabeza, lanzó el
proyectil
en dirección al ave con todas sus fuerzas y al mismo tiempo
prorrumpió en tremendo alarido,
deseoso
de que, sorprendida el ave por la insólita acometida,
huyese dejando por lo menos la presa... Pero
¡cómo
fue de enorme su consternación cuando vio que el mallcu se
lanzó barranca abajo, no al impulso y
abandono
de sus fuertes alas, sino rodando con estrépito en franco
sacudón de su plumaje, hasta dar en el
fondo,
con las alas rotas las patas al aire y bañado en lodo y
sangre el blanco plumón de su collar intocado!...
Kesphi,
aturdido, sin saber aún fijamente lo que había hecho, pero
presintiendo la catástrofe, se lanzó
barranca
abajo también, y tuvo que emplear no pocos minutos hasta
llegar a la sima del despeñadero y
encontrar
allí el tibio cadáver del aguerrido mallcu, que se
agitaba aún en leves convulsiones, con el cráneo
magullado
por el fenomenal hondazo.
Aquella
tarde, contra su costumbre, llegó temprano al caserío,
conduciendo sobre sus hombros,
orgullosamente,
los despojos del ave y de la bestia.
Al
verle llegar así acudió la indiada al establo, consternada
de veras por la inaudita proeza del canijo pastor, y
todos
reconocieron tener delante los despojos del audaz mallcu.
Las
mujeres se precipitaron sobre el cadáver y se pusieron a
arrancar el plumón para ahuyentar de sus casa
las
aves de mal agüero; los hombres le arrancaron los hígados
y los pulmones, y se los comieron para adquirir
la
fortaleza y la perspicacia del ave simbólica.
—¿Y
cómo fue?—preguntó el hilacata, haciendo uso de
su autoridad.
Kesphi
abrió la boca y enseñó su fuerte dentadura de lobezno,
pero no articuló palabra. No sabía razonar y era
impotente
para coordinar algunas frases con lógica ilación.
—¿A
palo? ¿A piedra?
Kesphi
comprendió y mostró su honda anudada alrededor del talle.
—Eres
un valiente: has matado al mallcu. Eres más que el mallcu.
A
estas palabras volvió a sonreír Kesphi, pero ahora había
orgullo y vanidad en su sonrisa.
Y
articuló, apoyando la mano sobre el pecho:
—Sí;
yo, Mallcu.
Le
quedó el apodo. Y desde entonces todos le llamaron así, y
al que por descuido o por olvido le llamaba
Kesphi,
su nombre, torcíale los ojos y le sacaba la lengua,
manifiesto signo de profundo desprecio.
Y
nadie se hacía despreciar.
Esta
proeza les refirió con torpe frase y media lengua el tonto,
cuya vida era simplemente animal, porque no la
movían
sino los apetitos de la carne.
La
montaña y la soledad habían aplastado completamente su espíritu.
Jamás se ponía en comunicación con
ningún
ser dotado de palabra. De tarde en tarde cruzaba por allí
algún viajero; pero pasaba de largo, como
huyendo
de la vecindad de los agentes naturales que allí se
ostentaban en toda su grandeza. Y él se quedaba
solo
con sus pocas ovejas, solo frente a la montaña, solo con
sus ruidos, con el viento y la tempestad.
Había
cerrado la noche, y una vaga claridad comenzó a dorar las
cumbres de los montes sumidos en silencio
y
oscuridad: era la luna que surgía detrás de un pico del
Illimani, rielando en un cielo limpio y tachonado de
estrellas.
Lejos, en las cuencas de los valles y en la falda de los
montes, se encendieron algunos fuegos, como
para
anunciar la presencia del hombre en esos parajes, cuya
grandeza y soledad angustiosa oprimían
dolorosamente
el corazón.
Los
viajeros se dieron a la faena de preparar su merienda.
Uno
de ellos, Cachapa, cogió una pequeña chonta que
encontró sobre una piedra plana que servía de muela
al
pastor y, con disimulo, salióse a cosechar en una chacra de
patatas que había visto crecer detrás de la
casa,
a la vera del camino, y a poco regresó llevando en su
poncho una buena porción de ellas. Agiali fue en
busca
de la leña, porque el pastor se mostraba huraño y permanecía
de pie a la entrada de su covacha,
mirando
con gran curiosidad los andares de sus huéspedes.
En
uno de ellos Agiali alargó el cuello en el interior de la
vivienda de Mallcu, iluminada por un pabilo puesto
sobre
grasa en roto cacharro, y dijo en voz baja a sus compañeros:
—Este
es más pobre que el Leque.
Era
el tal un miserable sin más bienes en el mundo que los
andrajos con que se cubría.
Cachapa,
curioso, se asomó al agujero negro.
Casi
nada había en la desamparada vivienda. Un poyo de barro por
lecho y encima dos cueros carcomidos y
casi
pelados, sobre los que el idiota dormía abrazado a su
perro; un fogón con una olla desportillada encima,
un
cántaro con el cuello roto, y, colgados de los muros, una chontilla
vieja y dos lazos. Era todo... Quilco,
acurrucado
contra el ángulo de las dos habitaciones que componían la
casa, temblaba encogido bajo su
poncho.
Hicieron los otros un lecho con las caronas sudadas de las
bestias, se arroparon con mantas,
agruparon
en su torno los costales de semilla, dieron un último
vistazo a sus animales y luego de sorber su
caldo
y mascar un poco de coca tendiéronse a dormir.
La
luna, en su plenitud, brillaba en lo alto del cielo, limpio
de nubes, y velaba el fulgor de las estrellas, que
parecían
agonizar en ese horizonte de claror indefinible.
Repentinamente,
en medio del silencio infinito de la montaña, agrandado
quizá por el lento y perenne golpear
de
las cascadas, surgió un largo fragor de trueno que despertó
sobresaltados a lo sunichos. Supaya y el
perrillo
del pastor, apoyadas las patas delanteras contra el cerco de
piedra, ladraban con la cabeza tendida
hacia
la blanca montaña.
El
trueno, largo, sordo e inacabable, parecía surgir del seno
mismo del nevado. Volvieron hacia allí los ojos y
vieron
diseñarse sobre la inmaculada albura de su flanco una
brecha oscura, que poco a poco fue creciendo y
ensanchándose
por su base, en forma de ángulo, a la vez que las negras
faldas se vestían de blanco; era
como
si un lienzo se desprendiese del cuerpo de la montaña y
rodase por sus pies para mostrar la
conformación
de su recia musculatura de piedra.
—¡Es
una avalancha! —dijo el tonto desde el fondo de su
agujero, con la tranquilidad del que está habituado a
los
accidentes de la Naturaleza.
Al
día siguiente, Quilco amaneció peor y tuvieron que demorar
en casa de Mallcu hasta mediodía, hora en que,
a
paso de procesión, emprendieron la marcha por las alturas
para dirigirse a la hacienda de Phinaya al pie
mismo
del nevado, donde les dijeron unos viajeros que habrían de
encontrar grano a precio relativamente
bajo,
por ser abundante en esa región.
Llegaron
al anochecer y se alojaron en casa de un indio de holgada
apariencia, que prometió proveerles de
todo
lo que necesitaban; pero al otro día, al distribuir el
pienso a la recua Agiali echó de ver que faltaba una de
las
mejores bestias de carga y puso el grito en el cielo
creyendo que se la habían robado; mas Kalahumana,
su
casero, le aseguró que en la comarca no había ladrones y
que debiera haberse soltado en la noche para ir
a
ramonear por los campos vecinos.
—¿Y
cómo era tu mula? —le preguntó, demostrando tomar parte
en su infortunio.
—Era.
. . ¡No; yo la he de encontrar! Lo único que les pido es
que me ayuden -repuso evasivamente y mirando
con
afán el suelo.
—Como
quieras —contestó Kalahumana sin dar importancia a la
evasiva de Agiali.
—Quilco
puede quedarse con las bestias; Cachapa que vaya a buscar
por los alrededores, y tú, si eres bueno,
sígueme,
porque aquí veo las huellas de mi mula—, dijo sin
levantar los ojos de la tierra.
Se
dispersaron.
Agiali,
siempre con los ojos en el suelo, como un sabueso, iba
delante, cerro arriba, sin detenerse, cual si en
tierra
hubiese descubierto alguna señal conocida para él. En los
trechos rocallosos se detenía, al parecer
desorientado;
se bajaba, iba a un lado, luego a otro, volvía a su punto
de partida y al fin echaba a caminar al
cabo
de algún tiempo, seguro de sí mismo.
—Pero
¿dónde crees que haya ido por acá? —le preguntó el
casero con cierta desconfianza.
—No
sé, pero por acá ha ido; conozco sus huellas.
—Será
mejor preguntar por aquí —dijo, señalando una casita
levantada a la orilla del empinado sendero y
dirigiéndose
a ella.
A
poco apareció sonriendo socarronamente:
—Tienes
razón. Dicen que esta mañana, al amanecer, ha pasado un
pastor conduciendo una recua a la
apacheta.
Llevaba consigo una bestia desconocida: negra, frontina...
—¡Mi
mula! —le interrumpió Agiali, radiante—. ¡Si ya sabía
que vino por acá!...
—Entonces
ya no tienes necesidad de mí. Sigue el rastro, y si lo
pierdes, pregunta por el pastor Walpa, que es
quien
lleva tu mula. . . Tienes que andar un poco, es lejos, allá
arriba. . .
Y
con el brazo señaló la blanca montaña que se erguía
serena, majestuosa y radiante, bajo el cielo azul.
—¿Y
por qué no vienes conmigo?
—Si
me dieras algo...
Me
queda un poco de hispi, ¿quieres?
¡Que
si quería! Al fin del mundo iría él por tan preciada cosa...
Llegaron
a un plano, en la coronación de una lomada que servía de
era a los montañeses de la hacienda. Sus
vertientes,
suaves de un lado, caían hoscos al costado hasta perderse
en la hondura donde estaba la casa de
hacienda,
parda y chata, a la sombra de negruzcos eucaliptos, sobre un
campo verde de alfalfa.
En
la era esperaban las hacinas, y las aves —tórtolas,
gorriones, kellunchos, torcaces y jilgueros—
piaban,
abatiéndose
por bandadas sobre el grano, impávidas ante la presencia de
los peones, que, sentados en un
desmonte,
mascaban coca esperando el mediodía, hora en que el viento
sopla con fuerza sobre esas alturas,
para
aventar el grano batido que el sol tostaba en la parva. Yacían
mudos, silenciosos, graves, y cada uno
tenía
junto a sí, recogidos en canastos de mimbre y carrizo, los
pequeños enseres de madera fabricados por
sus
propias manos.
Se
detuvieron un instante para juzgar la calidad de la cosecha
y ver si la espiga había alcanzado su total
madurez,
y luego de cambiar frases breves con los peones,
prosiguieron, monte arriba, su ruta, a cada
instante
más penosa por la sutileza del aire, cada vez mayor a
medida que ganaban la altura.
—¿Está
lejos todavía?; —preguntó Agiali deteniéndose en un
recodo para respirar con algún desahogo.
El
montañés señaló con el dedo la región de las nieves.
—Todavía.
Pero no mucho. Cerca de la nieve, en una hondonada.
El
mozo ya no podía más. Latíale el pecho con fuerza
inusitada, zumbábanle los oídos y le parecía que el aire
había
huido de esas alturas, desalojado por la gigantesca masa del
nevado.
La
soledad era impresionante allí. No había huella de
habitación humana ni rastro alguno de vida animal. Por
todas
partes la roca viva a flor de tierra, el musgo renegrido y
haces de paja en las hiendas de la piedra calva y
casi
brillante a los rayos del sol.
El
más pequeño ruido insólito adquiría una sonoridad extraña
y patética en las oquedades. La atmósfera era
de
una transparencia indescriptible. Los objetos más lejanos
destacaban nítidos sus contornos, y la mirada se
extendía
hasta tropezar con la curva del cielo y la bruma de la
tierra, confundida en una línea azul. Y bajo la
bóveda,
jalonando el horizonte, alzábanse las cumbres de los cerros
—rojas, pardas, amarillas, ocres,
azules—
hasta acentuarse y diluirse en los confines, junto a una
raya rutilante, más allá de una enorme
mancha
roja salpicada de puntos blancos y brillantes.
—¿Sabes
lo que es aquello, allá, en el confín? —preguntó el
montañés apuntando a esa mancha.
Agiali
volvió los ojos hacia el punto señalado, y dijo sin
vacilar:
—Es
la ciudad.
Kalahumana
le miró con asombro.
—¿Y
aquello? —añadió, mostrando la raya diamantina que era
como pincelada de luz en el espacio.
—¡Toma!
El lago . . . ¡Mi tierra! —suspiró el mancebo con el
pecho palpitante de amor.
—¡Qué
ojos tienes!
Y
Kalahumana, que a un centenar de metros solía distinguir,
sobre la negra peña, las garras negras de un
cóndor,
sintió, por la primera vez, envidia de otro hombre.
Agiali
sonrió y le dijo que había nacido al horizonte sin fin de
sus pampas, donde los ojos, como ahora, no
tropiezan
sino con el azul.
Al
cabo de una hora llegaron por fin al límite de las nieves
perpetuas, un vasto glaciar que avanza por las
faldas
del monte, hasta detenerse al borde de la roca cortada casi
a pico sobre el lomo de la última cumbre, en
que
venía a morir el infinito escalonamiento de montes, cuyas
cimas alborotadas iban a rendirse todas a los
pies
del nevado inaccesible.
Allí
vio Agiali un fenómeno extraordinario, cuya causa nunca
pudo explicarse, porque jamás llegó a sospechar
que
los ventisqueros, a semejanza de los ríos, tuviesen su
movimiento de avance y la fuerza suficiente para
trasladar
peñascos de lo alto de las cumbres a lo hondo de los
valles.
Vio
—y apenas podía dar crédito a sus ojos—posados sobre
finos pilares de hielo azulado y casi transparente,
enormísimos
peñascos de pizarra negra. Estos pilares, así coronados o
simplemente lisos, que a veces
tomaban
esbeltez de columnas, yacían en toda la extensión del
ventisquero menos en las orillas de un laguito
circular
cubierto por una cepa de nieve que, derretida en sus bordes
por el sol, oscilaba rítmicamente con el
viento
como un péndulo.
El
ventisquero, visto desde lejos, daba la impresión de un río
de leche petrificada pero de cerca era un caos de
cosas
blancas, cerrado en los costados por dos murallas de
granito. En su ondulada superficie se abrían
grietas
insondables, y la nieve adquiría coloraciones azuladas y
verdosas, por donde chorreaba el agua
transparente.
Y ruidos extraños, ruidos como de cristal que se quiebra,
surgían de los abismos de esas grietas,
que
parecían palpitar con una vida vigorosa y que fuera hostil
a la vida humana.
—¿Y
dónde pueden pastar las bestias por aquí? —preguntó
Agiali repentinamente, invadido de un miedo
incontenible
frente a la grandeza de esa masa blanca y viva.
El
otro, sin responder, le señaló el muro lateral que cerraba
el ventisquero, indicándole que al otro lado de él
se
encontraban las bestias.
Así
era, en efecto.
Un
poco más abajo de las nieves, en otra vasta ondulación,
surcada en medio por un torrentoso arroyo de
aguas
cristalinas, había un prado verdoso, donde pacían
numerosas majadas de alpacas, llamas y ovejas.
Pequeños
remansos y laguitos de fondo esmeraldino servían de refugio
a bandadas de gaviotas y gansos
silvestres,
cuyos albos plumajes parecían retazos de nieve desprendidos
de la montaña.
Allí,
entre una recua de asnos y caballitos de pelaje lanoso,
estaba la mula de Agiali, quien tornó al lado de sus
compañeros
radiante por el hallazgo y por huir de la vecindad de esos
parajes, en que el hombre ni aun
alcanza
a tener traza de gusano.
Cinco
días anduvieron Cachapa y Agiali por las haciendas
comarcanas, sin poder completar su cargamento de
grano,
pues los colonos preferían venderlo en la ciudad, donde
alcanzan precios subidos, ya que nada
significa
para ellos las fatigas del viaje si han de obtener algunos céntimos
de beneficio.
—Vayan
a Collana—les aconsejó Kalahumana—, y allí conseguirán
lo que necesitan. Esos indios siempre
tienen
buenas cosechas y prefieren venderlas en plaza.
Y
como Agiali repusiese que no conocían la región, el montañés
les dio detalles sobre el camino que debían
seguir.
Era
fácil. Bajar, cuesta adentro, hasta el valle de Quilihuaya,
tomar la otra banda del río y subir la cuesta de
Tacachía.
En las alturas estaba el pueblo, en las faldas de una
lomada, y del pueblo a la ciudad la jornada era
cómoda
y corta: apenas medio día de viaje.
Los
sunichos temblaron a la sola idea de meterse otra vez
en la garganta de los montes, y sobre todo,
atravesar
ríos ahora que el cielo volvía a encapotarse hacia el
poniente. Ya estaban verdaderamente hartos de
aventurarse
en peripecias riesgosas y llenos llevaban los oídos con el
ruido de los torrentes enfurecidos. Ellos
anhelaban
el horizonte desnudo de sus pampas, la claridad indefinible
de su cielo vasto...
Kalahumana
les tranquilizó. Sólo debían atravesar una vez el río y
el valle no quedaba lejos.
Con
esta seguridad partieron los cuitados, satisfechos de
acortar la distancia que los separaba de sus pagos,
e
hicieron jornada breve, porque llegaron a Tacachía cuando
el sol se hundía tras los elevados montes del
poniente.
La
playa era relativamente angosta y la hacienda ocupaba las
faldas de los cerros que en ese punto se echan
atrás,
dejando un gran plano sobre el río, lleno de huertas de
duraznos, manzanos y un viñedo.
El
río había roído el terreno de las huertas, que en algunos
puntos quedaban a quince y veinte metros de
altura
y los árboles colgaban en medio del acantilado, con las raíces
prendidas en tierra y la cimera volcada
hacia
la corriente.
Un
senderito discretamente abierto en un hueco del acantilado
conducía a la huerta de manzanos, y tomaron
por
él los viajeros, decididos a pedir hospedaje en el primer
rancho que encontrasen.
La
huerta, baja y enmarañada ofrecía aspecto de abandono e
indolente descuido. Los árboles, cubiertos de
salvajina,
inclinaban sus copas chatas al peso del parásito. Parecían
viejos, enanos. Entre las luengas crines o
surgiendo
de ellas brillaban al sol los colores encendidos de las
pomas. El piso, plano igual y gredoso,
mostrábase
en partes desnudo de vegetación y empedrado del fruto que
el viento había arrancado de los
árboles
y se pudría allí abandonado. Entre la salvajina y la
fronda colgaban nidos de aves y los bolsones
blancos
de una casta de mariposas de cuerpo ventrudo y afelpado,
alas bicoloras, rojo y negro, y patas
gruesas.
Eran tantos que los árboles parecían producir insectos,
pues cada bolsón, hecho de hojas
enroscadas
y cubiertas de una gasa de hilos de seda blanca, contenía
una asquerosa larva . . .
Casi
toda la huerta estaba invadida por los voraces insectos. Se
les veía revolotear sueltos o acoplados en
crisis
de amor, alrededor de las flores silvestres penderse de los
frutos para devorar la miel que contenían las
deyecciones
de las aves, avanzar por las ramas con las alas temblorosas
y convulsas.
En
medio del pomar, en un claro de la maraña, encontraron los
viajeros una casucha de barro, con techo de
paja
y rodeada por un maizal alto, que en partes se había
acamado por el grosor desmesurado de las
mazorcas.
En la cocina, con paredes de cañahejas recubiertas de barro
y con techo de paja, sobre el que un
zapallo
había
colgado sus hojas redondas y amplias y sus frutos verdosos,
merendaba la familia; el padre,
alto,
grueso y viejo; el hijo, mozo y enclenque; dos muchachos
casi desnudos, y la mujer, blancona y opulenta.
Adelantóse
Quilco, y con tono humilde y rendidas maneras, pidió
hospedaje por esa sola noche, pues se
sentía
empeorar y deseaba descanso.
El
valluno los recibió de mala manera. Estaba ocupado en las
vendimias de la hacienda y no le hacía gracia
ofrecer
hospitalidad a tipos de la calaña de los sunichos, pobres,
codiciosos y ladrones.
—¿Y
qué traen ustedes? —les preguntó, rascándose la cabeza
de muy mal humor.
—Un
poco de semillas, tata.
—¿Y
me han de comprar manzanas?
-
No podemos. Hemos venido por cuenta del patrón...
—Entonces
no me convienen—dijo el valluno con sequedad.
—No
seas malo, tata—rogó Agiali—. Nos bastará un
rincón de tu corral para nuestras bestias y el alero de tu
techo
para nosotros. Si no quieres alojarnos en tu casa, déjanos
dormir en la huerta.
El
valluno volvió a rascarse la cabeza, indeciso, y repuso
tras breves momentos de vacilación:
—Sus
bestias harían daño y ustedes robarían manzanas de mi
huerta, y eso no me hace gracia.
—No,
tata —repuso Agiali humildemente—; nosotros
mismos hemos de segar hierba para la recua y no te
hemos
de robar fruta como crees.
La
hembra grasa tomó aparte a su esposo, y le dijo:
—No
los eches. Que uno de ellos te supla dos o tres días en el
trabajo y tú puedes ir a la ciudad a cobrar tu
deuda.
El
valluno encontró razonable el consejo de su consorte, y
volviéndose hacia los viajeros les dijo, cambiando
de
tono:
—Si
quieren pueden quedarse aquí en casa, pero a condición de
que entraban sus bestias y uno de ustedes
me
supla en el trabajo de mañana. Es fácil; no hay más que
cortar uvas y trasladarlas al lagar. Estamos
vendimiando
y pueden atracarse de ellas y trasladar el resto al lagar...
Aceptaron
el trato los sunichos; y esa misma noche, conseguida
la licencia, partió el valluno en pos de su atrasada
deuda.