LIBRO
SEGUNDO
EL
YERMO
I
La
noticia de la trágica muerte de Manuno cundió con pasmosa
celeridad en el disperso caserío de la hacienda y
de los contornos y fue recibida con sordo encono por los
peones, que atribuyeron a la codicia del terrateniente
y sus servidores mestizos las irreparables desgracias que
sobre ellos y sus bestias se abatían, periódicamente,
cada año.
Ellos,
los amos, por economizar unos céntimos y poner a prueba su
mansedumbre urdían ardides para hacerles
caer en faltas, y luego, por castigo, enviarlos a esas
regiones malditas, donde atrapaban dolencias a veces
incurables, sin recibir ninguna recompensa y más bien
utilizando sus bestias, que a raíz de cada viaje resultaban
enfermas por meses de meses y a veces definitivamente
ellos...
En
todas las casas, de todas las bocas se elevó, en secreto,
un coro de anatemas contra los criollos detentadores
de esas tierras, que, por tradición, habían pertenecido a
sus antepasados, y de las que fueron desposeídos,
hace medio siglo, cuando sobre el país, indefenso y
acobardado, pasaba la ignorante brutalidad de
Melgarejo.
Entonces,
so pretexto de poner en manos diligentes y emprendedoras la
gleba, en las suyas infecunda, arrancaron,
con mendrugos o a balazos, la tierra de su poder, para
distribuirla, como gaje de vileza, entre las mancebas
y los paniaguados del mandón, cayendo así en su aridez de
ahora, porque el brazo indígena, que por
interés, codicia y sarcasmo dieron en llamar inactivo los
congresales de ese año triste de 1868, resultó más
pobre, más ocioso, que el de los improvisados
terratenientes, que sólo tuvieron la habilidad de encontrar
en
el indio un producto valioso de fácil explotación y el
talento de inventar nuevas cargas sin osar ningún esfuerzo
de modernización, inhábiles del todo para emprender...
La
familia ilegítima del caudillo bárbaro fue la primera en
acaparar, aunque sin provecho, extraordinarias extensiones
de tierras feraces a orillas del lago, y el despojo se
consumó vertiendo a torrentes la sangre de más
de dos mil indios que rehuyeron aceptar los mendrugos señalados
como precio de su heredad.
Fueron
los propios miembros de la fatal familia los encargados de
poner en ejecución el decreto presidencial autorizado
por el servil Congreso. El hermano de la manceba, casado con
la hija legítima del presidente Melgarejo,
estrenó las insignias de su generalato yendo a balear
montoneras de indios armados de palos y de hondas.
Entonces
se improvisaron fortunas y se vieron cosas inauditas.
El
incendio, el robo, el estupro, la violación, el asesinato,
campearon sin control en los campos de Taraco, Guaycho,
Ancoraimes y Tiquina, a la vera del lago azul y de leyendas
doradas. Y el frío mes de junio de 1869 fue
testigo del furor bestial que a veces gasta el hombre para
con otros que considera inferiores en casta y estirpe.
Se
cogía a los adolescentes de ambos sexos para fusilarlos en
presencia de los padres, trincados como fieras, con
lazos y grillos a pilares de barro o madera; los soldados
infantes se hartaron con forzadas caricias de doncellas
y llegaron a sentir asco por la pegajosa humedad de la
sangre tibia, los de a caballo ataron a los principales
indios a la cola de sus brutos, y con el trote duro de sus
corceles hollaron, como otrora los guerrilleros
de la independencia, pero innoblemente ahora, la grave calma
de la estepa, tiñéndola de sangre, y todos
se mostraron cínicamente crueles y heroicos...
Así,
a fuerza de sangre y lágrimas, fueron disueltas, en tres años
de lucha innoble, cosa de cien comunidades
indígenas,
que se repartieron entre un centenar de propietarios nuevos,
habiendo no pocos que llegaron a acaparar
más de veinte kilómetros seguidos de tierras de pan
llevar. De ese modo más de trescientos mil indígenas
resultaron desposeídos de sus tierras, y muchos emigraron
para nunca más volver, y otros, vencidos
por la miseria, acosados por la nostalgia indomable de la
heredad, resignáronse a consentir el yugo mestizo
y se hicieron colonos para llegar a ser, como en adelante
serían, esclavos de esclavos...
Con
estos procedimientos había logrado entrar en posesión de
la comunidad de Kohahuyo don Manuel Pantoja,
el padre del actual poseedor de la hacienda en que servían
nuestros maltraídos viajeros.
Asociado
a un general favorito de Melgarejo, hombre de instintos
feroces, cobarde, pero traidor y malo, borrachín
y sucio, había asolado las regiones de Chililaya, Aigachi y
Taraco, lanzando a la soldadesca iletrada contra
los comunarios, que, no obstante su pavor, apercibiéronse
para la defensa de sus tierras, adjudicadas a don
Manuel por un alto precio nominal, pero casi de balde,
porque sólo alcanzó a cubrir menos de un tercio del valor
estipulado, y sus hazañas, silenciadas entonces por la
prensa servil, sólo llegaron a conocerse tarde ya, cuando
se hubo disipado con la muerte la sombra del soldado audaz y
nuevos hombres se hicieron cargo de los
destinos de la nación agonizante.
Entonces
apareció la figura de don Manuel en toda su fea desnudez
moral.
Incondicional
partidario de Melgarejo, le había servido con decisión
inquebrantable, primero en calidad de escribiente
y luego como su secretario de Hacienda; y su labia fácil,
aunque vulgar, que se desbordaba cálida y
humilde en los orgiásticos banquetes servidos con cualquier
motivo en palacio, le valieron la singular estima de
Melgarejo, que le placía verse comparado con las más
grandes figuras de la Historia por sus ministros juguetes
y sus demás obedientes servidores, civiles y militares,
quienes sabían que adular al amo era conseguir
sus favores y, con ellos, fortuna y honores.
Aduló
como nadie don Manuel; fue obediente y comedido; supo ser
feliz y bastante cínico en sus discursos de bacanal
y sus escritos de prensa, y Melgarejo lo premió concediéndole
enormes extensiones de tierras
comunarias
y pasando por alto su morosidad de deudor insolvente.
Hizo
más.
Le
prestó la ayuda de uno de sus generales para reducir a la
obediencia a los comunarios rebeldes y castigar
a
aquellos que se negasen a entregar su suelo fecundado con el
sudor de interminables generaciones de
indios,
agotados en el cultivo de esas tierras magras y frías.
Y
estos dos hombres, el uno alto, jetón y ventrudo, y el otro
rechoncho, grueso y picado de viruelas, se
entendieron
a maravilla, ganando en crueldad el militar al abogado, y en
beneficios el abogado al militar,
porque
mientras el uno entablaba apuestas por botellas de cerveza
con sus oficiales para ver quién
presentaba
en la tarde de una cacería más cabezas de indios, el otro
ponía pilares de piedra y barro a los
terrenos
robados, yéndose de las lindes de Huarina hasta Guaqui, a
orillas del lago, de los ríos Cullucachi,
Batallas,
Sehuenka y Colorado, que bajan de la cordillera nevada y se
pierden en la linfa azul.
Tamaño
latifundio, que de subsistir habría hecho de don Manuel uno
de lo más poderosos hacendados de que
se
tenga memoria, fue reparado en parte por la Asamblea de
1871, formada a la caída de Melgarejo, que, en
su
ley de 21 de julio, anuló todo lo realizado por los
Congresos del 68 y 69 en materia de tierras; pero, así y
todo,
fue lo bastante hábil para quedarse con una parte de su
expoliación, mostrando títulos de apariencia
legal,
que parecían justificar su dominio sobre las valiosas
tierras de la comunidad de Kohahuyo, deshecha por
rivalidad
de los mismos poseedores, y una de las más grandes y ricas
en la región ribereña. Así había llegado
a
constituir la valiosa hacienda don Manuel Pantoja, y ahora
era su hijo quien la explotaba, haciendo caer
sobre
los colonos, siempre descontentos, su sed inmoderada de
lucro, que, con la sangre, había recibido por
herencia.
Isaac
Pantoja era avaro y se mostraba brutal, como su padre, con
el indio.
El
indio carecía para él de toda noción de sentimiento, y su
única superioridad sobre los brutos era que podía
traducir
por palabras las necesidades de su organismo. No sabía ni
quería establecer distinción alguna entre
los
servicios de la bestia y del hombre. Sólo sabía que de
ambos podía servirse por igual para el uso de sus
comodidades.
Y así como se mostraba indiferente al trabajo de los
brutos, le dejaban frío las penas de los
hombres,
bien que en él unos y otros no entraban casi nunca en el
marco de sus preocupaciones, que se
reducían
a amontonar caudales y a llevar una vida de diversiones y de
frivolidad mundana en la ciudad.
Indolente
para realizar ninguna tentativa que rompiese con la secular
rutina, y menos para innovar; se
contentaba
con recoger cada año el producto de las cosechas y suplir
con desgana los menesteres que su
.empleado
le decía indispensables para mantener la renta de la
propiedad en el pie en que la había dejado su
padre.
Era
el administrador quien dirigía el fundo. El joven Pantoja
se contentaba con visitarlo de tarde en tarde, para
las
cosechas o siembras, en compañía de sus amigos. Entonces,
si de algo se ocupaba, era en perseguir a
cuanta
ave se ponía al alcance de su fusil, que no erraba pieza, y
en probar el temple de sus puños en las
espaldas
de los peones que incurriesen en falta.
Y
los peones le odiaban y le temían, porque nunca supieron
encontrar apoyo en él contra los abusos inauditos
del
bravucón exprofesamente puesto para hostilizarles.
Encontraba Pantoja que en Kahohuyo había
demasiados
colonos y deseaba aumentar los terrenos de hacienda que, por
falta de inteligente actividad
descansan
los siete años de rotación estilados en las grandes e
incultivadas estancias del yermo.
De
ahí sus exigencias cada día renovadas, su impasibilidad
egoísta ante las quejas de los esclavos y su
tolerancia
culpable y desmedida con Troche, el administrador, cholo
grosero, codicioso y sensual, y al que
pagaba
un sueldo mezquino a trueque de permitirle carta blanca en
sus manejos con los colonos.
Troche
supo aprovechar a maravilla la terrible concesión. Instaló
en la casa de hacienda un tenducho de
comestibles
y licores e impuso a los indios la obligación de comprarle
sus artículos, que él los vendía al triple
de
su valor, castigando con saña a quienes no acudían al
puesto. Prefería siempre cederlos al fiado, para
cobrar
intereses de judaica usura y pagarse, a la postre, con las
prendas retenidas en su poder, o sea,
ponchos
finos, raros objetos de plata vieja y quizá bestias de
labor.
Su
casa resultó con el tiempo un almacén de telas sólidas y
bellamente tejidas que él las enviaba a la ciudad,
donde
las vendía en muy buen precio. Y como no tardase en ver que
eran grandes los beneficios del negocio,
estableció
un campo de tejer e hilar en uno de los espaciosos
corralones de la casa patronal, y éste fue un
pretexto
para llamar junto a él a todas las muchachas jóvenes de la
hacienda, que tornaban a sus hogares
mancilladas
y con el gusto del pecado en la carne. Y tuvo muchos hijos,
renegados todos a vista y paciencia
de
la esposa, únicamente anhelosa de negociar en el tenducho,
sorda a las tímidas reclamaciones que alguna
vez
intentaron las familias ofendidas, creyendo que al provocar
un conflicto doméstico podrían moderar los
arranques
amatorios del Don Juan mestizo.
Y
todo esto, agravado sin cesar, traía en extremo disgustados
a los colonos de Kohahuyo, los cuales
inútilmente
discurrían la manera de romper sus cadenas de esclavitud,
ya que cualquier esfuerzo de liberación
lo
pagaban, no sólo con la pérdida de sus bienes, sino de su
sangre derramada en diversas ocasiones
estérilmente,
cual si hubiese una suerte de confabulación oculta para
mantenerlos en un estado de
servidumbre
o exterminarlos sin remisión y de un modo implacable.
Y
su conciencia sobresaltada les decía que tamaña falta de
equidad se hacía indispensable enmendar por
cualesquiera
medios, si todavía alentaba en ellos el instinto de vivir,
elemental en todos los seres...
Los
más de los colonos desfilaron por la casa de Agiali, unos
para pedir detalles sobre los desgraciados
incidentes
de la excursión y otros para enterarse del contenido de su
cargamento, pues se sabía que el mozo
había
retenido prendas a la hija de Coyllor-Zuma y esperaban el
inmediato noviazgo, con su cortejo de danzas
locas
y abundantes libaciones que se realiza tan luego como tos
parientes se enteran del suceso.
Ni
Coyllor-Zuma ni su hija aparecieron por casa del viajero, y
esto quería decir que no miraban con desagrado
las
intenciones de Agiali, ya que de lo contrario habrían sido
de las primeras en acudir a casa del pretendiente
a
recuperar la prenda cogida a la zagala.
Así
lo comprendió el enamorado, y se hallaba gozoso de su
suerte. Se había echado de espaldas sobre la
tarima
(patajati), con las piernas apoyadas en la pared,
tendidas a lo alto, y pensaba con dolor en sus bestias,
cual
si en sus propios lomos llevase las contusiones y mataduras
que se habían producido en dos semanas de
viaje
por caminos abiertos en las atormentadas entrañas del
valle.
Una
dulce languidez se fue apoderando de sus cansados miembros.
Sentíase a gusto en su casa, con los
suyos,
oyendo balar en el establo a los corderos, cuyas menudas
coces se percibían a través de las delgadas
paredes,
saboreando el acre olor del estiércol y oyendo gemir
incansable el viento en los aleros de la casucha.
¡Qué
bien estaba allí, después de haber visto tantas veces cara
a cara la muerte!
Pero
en esto de la muerte pensó de pasada, porque jamás para él
constituía una preocupación. Se muere en
cualquier
parte, de cualquier modo. Lo esencial era vivir en cómoda
holganza y satisfaciendo las necesidades
del
cuerpo frágil; que las bestias no sufriesen nunca ningún
accidente; que las cosechas le permitiesen vivir sin
hambre,
y que en las fiestas de común devoción hubiese mucha cosa
buena de comer y beber y dinero para
comprar
un disfraz recamado de plata o salir airosamente en los
ineludibles compromisos del alferazgo...
Entró
su madre, una viejecita de cara redonda y arrugada, todavía
fuerte a pesar de sus cincuenta y pico de
años.
Se
acordó de la vaca que adquiriera en la feria de Laja, días
antes de partir, y la dejara a punto de tener su
cría.
No la había visto en el establo y un prolongado mugido le
anunció su presencia.
—¿Y
ha parido la Choroja? —preguntó con vivo interés.
—Ayer
de mañana.
—¿Hembra
o macho?
—Hembra.
Hizo
un gesto de contrariedad. El habría preferido un macho para
formar yunta con el ternero que ya tenía
tratado
con el viejo Leque, huérfano a los pocos días de nacer.
Salió
fuera de casa para ver la bestia. Estaba tendida junto al
muro del aprisco y la cría dormitaba hecha una
bola,
blanco y negro, pegada a sus flancos. Acarició el testuz de
la madre y dio dos palmadas sobre el lomo
enflaquecido
de la bestezuela, y volvió a la cocina. Sentíase de veras
fatigado, con ganas sólo para dormir.
Aflojóse
la correa que le sujetaba el calzón, tendióse sobre la
tarima, encima los gastados cueros que le
servían
de colchón, y cerró los ojos. En ese momento oyó: entrar
a su madre.
Pensó
en Wata-Wara, su novia. Y con voz soñolienta, fatigada,
preguntó:
—¿Ha
venido Coyllor-Zuma?
Hacía
rato que la madre esperaba la pregunta, y repuso haciendo un
gesto de malicia:
—No
ha venido...
Sonrió
apenas el mozo, volvióse hacia la pared y a poco roncaba
apaciblemente.
Tuvo
pesadilla. Soñó con montañas que se desgajaban, con ríos
caudalosos y de corriente tumultuosa, con
barrancos
de insondable sima. Y en todas partes creía ver el cadáver
de Manuno, con el trágico gesto de
espanto
helado en el rostro.
Se
levantó con el alba y corrió a ver sus bestias. Los burros
habían botado en la noche las caronas y
mostraban
enormes hinchazones en el lomo desollado y purulento. ¡Lo
de siempre! Ahora los trabajos eran
para
él. Quedarían inutilizados por algún tiempo o tendrían
que acabarlos de rematar usándolos en ese
estado,
sin que nadie le resarciese los perjuicios que sufriera.
Meneó
la cabeza con desaliento y fue a ver el ganado.
Los
toros, amarrados en sus estacas y tendidos en el suelo,
rumiaban gravemente y en silencio; en sus pieles
erizadas
habíase congelado el rocío y de sus flancos se escapaba un
vapor ligero y tenue; las ovejas hacían
grupo
en medió del corral y dormitaban pegadas unas a otras
formando un solo montón.
El
cielo tenía un color pálido y estaba limpio de nubes. El
sol comenzaba a dorar las lejanas cimas de los
cerros
alzados en la banda opuesta del lago, hacia cl estrecho de
Tiquina.
.Enfrente
a ese horizonte vasto y limpio, respiró Agiali con
satisfacción. ¡Cómo era bella su tierra, plana,
luminosa,
infinita! Allí nada de cuestas, de horizontes cerrados, de
precipicios, de cimas. Verdad que sus frutos
no
destilaban miel y aroma, ni se daban en ella el buen maíz o
las sabrosas tunas; pero latía el lago,
abundante
en pesca y en huevos de aves marinas, y en el cielo ancho se
respiraba aire fresco, sin gérmenes
de
malignas fiebres.
Fue
hasta el río, y al acercarse a uno de sus remansos levantó
el vuelo una bandada de patos salvajes.
Apareció
el sol. Un sol claro, rutilante, pero frío. De las casitas
comenzaron a elevarse columnas de humo
azulado,
y era tanta la serenidad del ambiente, que se alzaban
rectas, para confundir en el cielo su penacho
desleído.
Siguió
andando hasta el lago, deseoso de ver sus balsas. A lo lejos
bogaban los pescadores nocturnos en
dirección
de la tierra, y las velas de sus balsas blanqueaban nítidas
a la luz del sol.
Un
pescador se abrió paso entre los totorales y tomó
uno de los canales, que venía a morir en el sitio mismo
donde
se encontraba Agiali.
—Buenos
días nos dé Dios —saludó al marino, saltando sobre el
lodo de la orilla.
—Buenos
días, Agiali.
—¿Qué
tal la pesca?
El
pescador se alzó de hombros, apenado:
—Mal
y todos los días peor. Yo no sé adónde van ahora los
peces. Por aquí ya tenemos pocos, creo que
pasan
el estrecho. Mira lo que he cogido en toda la noche.
Con
el pie empujó hacia la proa un montón de algas que había
en medio de la balsa y puso al descubierto
unos
veinte carachis, de cabeza grande, cuerpo menudo,
amarillentos. Algunos aún se estremecían con las
últimas
convulsiones de la agonía.
—¿Nada
más?
—Nada
más y entré a media noche...
Despidióse
Agiali y siguió andando hasta el sitio en que tenía por
costumbre dejar sus balsas.
Estaban
allí, atracadas a la salida de un canal. Eran nuevas y aún
no habían perdido su color de paja seca.
Las
acarició con los ojos, y luego de probar la firmeza de las
amarras, volvió a casa, donde su madre le
esperaba
con el yantar preparado, simple y burdo: una sopa de quinua
y un poco de pescado cocido.
Comió
de prisa, ansioso de operar cuanto antes la primera curación
en sus bestias, en lo que puso esmerosa
diligencia,
gastando más de dos horas en reventar las hinchazones,
lavar las llagaduras, cubrirlas de orines
podridos
y sal... Cuando hubo concluido la ingrata faena, deshizo las
chipas, desempaquetó la lata de alcohol
y
los abundantes comestibles de que se había provisto en la
ciudad, cogió algunas manzanas de las mejores,
las
anudó en una de las extremidades de su chal y fuese en
busca de Wata-Wara, al cerro Cusipata, donde la
moza
tenía por costumbre apacentar su ganado.
Iba
sonriente, dichoso, deteniéndose como nunca en las
particularidades del paisaje, atento a los ruidos de la
pampa.
Todo le parecía nuevo y seductor.
Al
llegar a media cuesta se detuvo para mirar el caserío de la
peonada agrupada en torno a la casa de hacienda,
construida en el lomo de un alto zano. Su portalón se abría
mirando a lago y los muros bajos de los
aijeros
que
la rodeaban se extendían hasta el río Colorado, que en ese
punto hacía una ancha curva y luego
iba
a morir pausadamente en el charco.
Constaba
de un solo piso la casa y sus paredes enjalbegadas de blanco
eran la única nota de color limpio en
.el
yermo. Uno de sus lados, libre de habitaciones, comunicaba
con los corrales, hechos a tapialera; los
pesebres
ocupaban el fondo, al abrigo de los vientos de la costa. Las
casitas de los indios agrupábanse en
torno,
sin orden, unas a lo largo del muro del aprisco y otras a
entrambas orillas del río. Eran chatas de puertas
angostas
y sin ventanas, y todas tenían un corralito de paredes
bajas. Había algunas adosadas al cerro o
erguidas
en la ladera; y al amor de sus muros y entre las hiendas de
la roca, medraban arbolillos de olivos
silvestres
los fuertes kishuaras, budleya de follaje oscuro por
encima y casi blanco en el dorso, mostrando con
el
viento el contraste armonioso de sus dos colores. Se veían
agitarse en los corrales las majadas de ovejas;
bueyes
y vacas rumiaban en el campo, junto a los corralones, atados
a sus estacas de piedras; cerca de ellos
había
pequeñas hacinas de estiércol seco, por entre los que
vagabundeaban perros y aves de corral, en
amable
consorcio.
Agiali
siguió trepando por el angosto sendero, y a medida que
ganaba la cumbre, el paisaje se dilataba y
aparecía
el lago más ancho, más abierto.
Los
menudos ruidos llegaban hasta él nítidos y en toda su
sonoridad: el ladrido de algún perro, el cacarear de
las
gallinetas en la orilla del lago, el estridente repique de
los yaka-yakas, y, de cuando en cuando, dominando
todos
estos ruidos, el bramido de un toro en celo; pero la paz del
cielo era infinita.
Ya
en la cuesta, volvió a detenerse el mancebo para engullir
unas cuantas hojas de coca. Abrió su bolsa, y, al
hacerlo,
difundió gozosamente la mirada en torno del paisaje, pues
traía los ojos horrorizados con el
espectáculo
de la montaña y sentía la necesidad de reposarlos en la
sedante contemplación de un panorama
familiar
y plácido.
La
pampa, surcada en medio por el río, se alargaba hasta el
fondo de la rinconada en multitud de colinas y
oteros,
parecidos a rebalses petrificados de la cadena de montes que
en serranía áspera y rocosa se
ostentaba
a la derecha como una muralla, perfilando vigorosamente los
contornos de su arista sobre la nevada
masa
de la cordillera, que quedaba detrás de esta cortina de
montes, y cuyas nevadas cumbres, partiendo del
Illimani,
se sucedían—combas unas romas otras, rotas y agudas las más—
a lo largo del lago yendo a
tropezar
con el Illampu, gallardamente erguido en el horizonte, allá,
en el lejano confín de las aguas azules y
cual
si de ellas surgiese.
El
lago brillaba a los rayos del sol temprano, terso como un
cristal, roto en primer término por los cerros
ásperos
de la isla Ampura, que dejaban ver por entre sus huecos las
islas de Pakawi, Paco, Taquiri, Sicoya,
Suani,
y los islotes de Cumana, Quevaya, Kachilaya Mercedes y otros
cercanos al estrecho de Tiquina, a la
derecha
y en el fondo dando la ilusión de estar en tierra, el cerro
de la isla de Sojata, erguida entre el verde de
los
totorales; a la izquierda, en un rincón, la isla
Ampura, y, avanzando en forma de fierro de una lanza, la
punta
de Taraco, en la dirección de Guaqui; al frente mismo, en
la azul lejanía, el estrecho de Tiquina por fin,
amurallando
entre la roca de sus paredes cortadas casi a pico las aguas
cristalinas y puras, que en la tarde,
cuando
el sol crepuscular las tiñe de rojo, parecen un río de
sangre irrumpiendo en el caudal fecundo del lago
de
las sagradas leyendas incásicas.
Difundió
Agiali la mirada en torno, respiró con ansias ese aire frío
y puro y siguió su marcha por la meseta,
hasta
llegar junto al rebaño de Wata-Wara.
Estaba
la pastora sentada en el suelo, al abrigo de unas rocas, y
se entretenía en zurcir una red de pesca.
Había
enganchado uno de los extremos en el dedo mayor de su pie, y
los de la mano se movían ágiles con el
manejo
de las agujas enhebradas con hilo blanco.
—Buenos
días, Wata-Wara —saludó Agiali, risueño.
La
joven, sin responder directamente al saludo ni alzar la
cabeza de la empeñosa labor, preguntó con acento
tranquilo
y como si se hubiesen separado la víspera:
—¿Has
traído semillas? Sí.
—¿Y
frutas?
—También.
—Habrá
algunas para mí —dijo, siempre con la cabeza inclinada a
la tarea.
Cogió
el otro las manzanas y se las entregó.
—¡Ay,
qué lindas! ¡Y cómo huelen bien!—dijo Wata-Wara
cogiendo el presente y respirando con fruición el
aroma
de las frutas.
Luego
las enfiló en su regazo, sobre la red, y se entretuvo en
hacer una imaginaria distribución, comenzando
por
la más gorda:
—Esta,
para mi madre; esta otra, para Choquehuanka; ésta, para mi
hermanito menor, y ésta, para mí.
Y
cogiendo la dedicada a su madre, hincó en ella los dientes
con glotonería, haciendo crujir la lustrosa y
encendida
piel.
Agiali
la contemplaba en silencio, con codicia, y parecía placerle
su voracidad. ¡Cómo hubiese querido, él
también,
devorarle la carita redonda y linda con sus rudas caricias
de amor y de deseo!
—¿De
veras ha muerto Manuno? —interrogó, con la boca llena y
los labios humedecidos por el jugo.
Al
recuerdo de la desgracia se nubló el rostro del enamorado.
Y púsose a contar con detalles la desgracia.
—¡Pobrecito!
—dijo la joven con indiferencia, y calló.
—Y
tú, ¿qué has hecho? Mi madre me dijo que fuiste a servir
de mitani.
La
zagala suspendió su trabajo y miró por primera vez a su
novio, fijamente.
—Sí.
Me hizo llamar el mayordomo, al día siguiente mismo de tú
marcha, y tuve que ir.
—¿Y
quedaste muchos días?
—Toda
la semana.
—Te
trataría mal.
Hizo
un gesto vago la moza, sin responder. Luego metió las manos
al seno por entre la ajustada chaqueta, y
sacando
una bolsa menuda, nueva y tejida de mil colores, se la alargó
el enamorado, casi temblando de
congoja:
—Me
ha dado esto.
Tomóla
Agiali y la sintió tibia. En el suave tejido dibujaban las
monedas sus contornos circulares.
Una
gran zozobra penetró como una cuchillada en el corazón del
mozo a la vista del obsequio. Jamás Troche
se
mostraba dadivoso con nadie y aquello era el pago de un
favor...
—Entonces—dijo
con voz alterada—, tú te has quedado a dormir en la casa
de hacienda...
—Si
—confesó con voz débil y lenta la pecadora.
—¿Todas
las noches?
—Todas...,
pero...
Agiali
no la dejó disculparse. De un brinco estuvo a su lado, cogióla
por los cabellos y con la diestra pósose a
descargar
fuertes golpes en la cabeza de la joven. Wata-Wara abandonó
los hilos de la red y las manzanas y
con
ambas manos se cubrió el rostro humildemente, sin quejarse
y con la mansedumbre de su perrillo, que
ladraba
con recelo, dando vueltas alrededor de la pareja por lo insólito
de la escena.
—¡Eso
no más, Agiali; basta! —imploró con voz suplicante y
cuando le hubo parecido que ya estaba bien
castigada
su culpa.
Al
oír el quejido miróla fijamente un rato, y sin proferir
palabra, se alejó algunos pasos, sentóse sobre una
saliente
roca, apoyó la cabeza en la palma de las manos y se quedó
inmóvil, mudo, mirando el paisaje. La
cólera
le ahogaba. No por el acto, sino porque le había
desobedecido yendo a dormir a la casa del pecado...
La
maltrecha no se movió de su sitio. Lloraba con la cabeza
inclinada sobre el regazo, dulcemente, sin
quejarse;
lloraba de alegría, porque al conocer el enamorado su
falta, no le había pedido su anillo ni la
despreció
como una bestia del campo, y sus golpes, pocos y casi leves,
revelaban su amor y su bondad.
Al
verle inmóvil, le dijo:
—Yo
no tengo la culpa, Agiali; me ha forzado...
El
otro, sin alzar la cabeza, repuso con voz sorda y baja:
—Mientes...
—No
miento, Agiali, créeme; Dios nos escucha.
El
mozo se puso en pie y se aproximó a la cuitada.
—Eres
malo, me has lastimado... —dijo ésta con los ojos húmedos
y frotándose las heridas del rostro.
Agiali
se sentó a su lado y abrió la bolsa. Contenía ocho
monedas de a diez céntimos...
—Ya
tienes para comprar cuatro gallinas o un cordero, cuando nos
casemos —dijo tranquilamente.
—No;
he de reunir para comprarme un rebozo, pero no me voy a
casar contigo. Me has lastimado —repuso la
otra
con zalamería y sonriendo al través de las lágrimas.
—Si
me hubieses obedecido, no te habrías quedado en casa del
patrón y ahora estaríamos en paz —arguyó el
mancebo
evasivamente.
—¿Y
lo hice acaso por mi gusto? —le interrumpió la joven,
gozosa al ver la tribulación del enamorado. Me
puso
fuerza, y si no cedo, nos arroja de la hacienda, como a
otros, sin dejarnos sacar la cosecha, o cuando
menos,
lo manda a mi hermano al valle para que inutilice sus
bestias o vaya a morirse como el Manuno. Dicen
que
a éste lo mandó porque no fue fácil su mujer...
El
reparo era justo y así lo sabía Agiali. Y repuso
mansamente, con humildad:
—Tienes
razón, pero no soy malo. La sangre me ha subido a la
cabeza...
—Y
ya no me has de pegar por eso?...
Agiali
frunció el ceño, pero al punto arregló el rostro.
—Nunca.
Tú no tienes la culpa; pero a él, si pudiera, le comería
el corazón...
—¡Y
yo también! Le odiamos, ¿verdad?
Nada
repuso Agiali. Con el entrecejo fruncido y el gesto duro,
acariciaba la cabeza de Leke y parecía pensar
en
cosas lejanas.
A
poco se levantó para ir a su casa y contarle todo a su
madre.
Choquela
se puso furiosa.
—¿Y
por qué quieres casarte todavía? —le dijo. Seguro que
has de tener hijo ajeno, y los hijos cuestan.
—Pero
también ayudan.
—No,
no; cuestan. ¡Si sabré yo, que te he tenido a ti y a los
otros que se han muerto!
—Es
que, si quiere, puede hacer como las otras: botarlo al lago
o al río.
—Así,
quién sabe. Pero es todavía muy tonta. Todo lo habla. ¿Por
qué te ha contado eso, cuando bien pudo
guardárselo?
—Tendría
pena la pobre. Y como no puede decirle nada a su hermano...
—¡Merece
que la maten! —repuso Choquela, con esa inquina de las
madres pobres que viven a expensas de
los
solteros.
—A
ella, no, a él... —repuso con indolencia el mozo.
Días
después, y ya decidido a formalizar sus relaciones con la
zagala, casi indiferente a las consecuencias de
su
pecado, le dijo a su madre:
—Olvida
lo sucedido, como yo, y anda a ofrecer el jichi a los
Coyllor. No han venido a reclamar el anillo de
Wata-Wara
y deben de estar esperando tu visita.
—Como
quieras, pero has de criar hijo ajeno —repuso la otra,
rencorosa y suspicaz.
—Te
digo que no. Se lo comerán los cerdos Crían muchos en su
casa para que no dejen ni los huesos
—contestó
el joven, interrumpiéndola.
Se
encogió de hombros Choquela, hizo un gesto de despecho y se
metió en la habitación donde guardaba las
ropas
y demás objetos preciosos, y a poco apareció vestida con
traje de fiesta, trayendo en manos el tari
vistoso,
guarnecido con flecos de diverso color.
El
mozo le echó un vistazo y le dijo:
—¿Por
qué no te pones tus zarcillos y tus prendedores de plata?
Han de creer que los has vendido y que ya
no
tenemos nada.
Tuvo
que obedecer Choquela. El mozo le hablaba con tono
imperativo, y, además, era razonable su
advertencia.
Los pobres siempre son desdeñados y ella debía evitar que
se tuviera en mal concepto a su hijo.
Fue
recibida con mayores miramientos de los que se imaginara, y
esto calmó su inquina contra la presunta
nuera.
La vieja Coyllor le salió al encuentro hasta el patio, con
los brazos tendidos al tari, que Choquela
presentó
abierto desde los umbrales de la casa. Cogió unas cuantas
hojas y se las llevó a la boca...
—Que
sean felices y que nunca les falte ni el comer ni el vestir
—dijo elevando los ojos al cielo.
Los
mozos imitaron a su madre y también mascaron la hierba, en
signo de aceptación y parentesco.
—Anda
donde tu hermana y dile que su novio la espera —ordenó
Coyllor a uno de sus pequeños.
Salió
éste y las dos comadres se entretuvieron en organizar el
porvenir de los novios. Debían pedir un terreno
(sayaña),
tomar la
calidad de personas, y salir de la condición de
agregados de familia, como es costumbre.
Wata-Wara
era laboriosa, económica y entendía bien el manejo de una
casa. Habíase captado desde muy
moza
la afección del viejo Choquehuanka y recibido de él sabias
lecciones de orden y prudencia. Nadie como
ella
para tejer pullos y frazadas o agenciarse lo
necesario para el arreglo de la vida. Seguramente lo haría
feliz
a Agiali. Nada le faltaba por el momento, era rica en ropas
lujosas y su ganado había crecido mucho desde
hacía
algunos años. Dineros tenía pocos, como los más. Los
malos años se comieron las economías y era
preciso
bregar sin tregua para rehacer lo perdido.
Choquela
tampoco anduvo corta en alabar cumplidamente los
merecimientos de su hijo.
Era,
de entre todos, hábil para las labores y animoso en los
esfuerzos. ¿Quién como él para roturar un campo
y
matar los ocios recogiendo abundante pesca del lago? Envidia
causaba a los demás por su actividad,
tesonería
y vida ordenada; y si por el momento no contaba con bienes
de fortuna, ya sabría él arreglárselas
para
no morirse de hambre...
Así,
intrigándose mutuamente, pasaron casi medio día.
A
la caída de la tarde, Coyllor-Zuma y sus hijos se
presentaron en casa de Agiali. Iban todos trajeados de
fiesta
y traían el chimo, es decir, otro tari lleno.
Detrás seguía Wata-Wara luciendo su mejor ropa. Llevaba
cubierta
la cabeza con un pequeño manto (pullo) cuadrado y
lleno de borlas, y andaba con actitud cohibida,
gacha
la cabeza, las mejillas encendidas.
Agiali
salió a recibirlas hasta el borde de la casa. Coyllor-Zuma
abrió el tari y lo presentó al mozo. Cogió éste
algunas
hojas, hizo una cruz sobre la boca y se puso a mascarlas.
Choquela imitó a su hijo.
El
patio del lar estaba limpio de basuras y cacharros. En medio
se veía una pequeña mesa y, encima, una
botella
de licor y tres copas. Sobre los poyos se habían tendido
mantas nuevas, cuyos colores gayos daban
alegre
aspecto a la vivienda gris.
Comenzaron
a beber.
A
la entrada del sol Agiali presentó al hermano de su novia
un tambor y plantó una bandera blanca en medio
del
patio, junto a la mesa. El mozo salió a la vera del aprisco
y rompió la dulce tranquilidad del crepúsculo
batiendo
el instrumento de una manera particular, primero con lentos
y espaciados golpes, después más
seguidos
y sonoros. Tun..., tun..., tun... Tu tun, tun, tun... Tu tun,
tun, tun...
En
las casa aledañas hubo movimiento. Los peones, ya
advertidos, aparecieron tras las tapias de los corrales
o
en las puertas de sus viviendas. Algunos, los más curiosos,
subían sobre las paredes de los corrales para
ver
de dónde partía el redoble. A poco contestó otro tambor
de la casa más cercana a la de Agiali; después,
otro
de la más distante, en la opuesta orilla del río; a los
pocos minutos, en cada casa, latía un timbal, y la
llanura
se poblaba de un enorme y desconcertante fragor de tambores
agitados con la alegría de un
regocijante
suceso. Luego surgió, lánguido, el sollozo de una flauta;
contestó otra y otra. Y todas sonaban un
mismo
aire, y las nuevas que surgían iban a aumentar el concierto
de las demás.
Comenzó
el desfile de los peones. Venían en grupos de dos o más
personas. Cada grupo batía su caja y
soplaba
en su flauta. Seguían las mujeres, vestidas con sus prendas
nuevas o poco usadas, y todos llevaban
aire
regocijado y malicioso. Al llegar al patio, saludaban las
mujeres a Wata-Wara y a los padres de los novios
y
se sentaban en los poyos, frente a los taris extendidos
en el suelo; los hombres se destocaban, y con las
manos
juntas tendidas a lo alto, y armadas, la una con el sombrero
y la otra con el tambor, el palillo y la flauta,
avanzaban
hasta medio patio, cerca la mesa, inclinaban el busto y se
reunían al familiar grupo, congregado
junto
a las tapias del corral.
Se
llenó la casa. Los retardados hubieron de esparcirse en sus
contornos, donde les alcanzó la primera copa,
bebida;
en honor de los novios, y que servía Agiali, pasándola de
mano en mano. Sonaron flautas y tambores
y
organizóse el baile.
Estrecho
como era el patio para contener tanta gente, desbordaron de
él los bailarines e invadieron la llanura
cortada
por el río. Iban en pandilla hombres y mujeres, cogidos por
las manos. Agiali rompía la marcha
prendido
a su novia y dirigía la rueda, trazando, a su capricho, círculos