III
Orlaba
el terciopelo de la noche la celistia, claror de astros que
da a las tinieblas una transparencia misteriosa, dentro
de la que se adivinan los objetos sin precisar sus
contornos. Rutilantes y numerosas brillaban en el cielo
las estrellas, tan vastas y tan puras, que aquello resultaba
el apogeo del oro en el espacio, y para
celebrarlo
se había recogido la llanura en un enorme silencio, turbado
de tarde en tarde por el medroso ladrido
de
un perro o el chillido de alguna ave noctámbula. Y después,
nada. Ningún rumor, ni el del río; ningún
susurro,
ni el de la brisa. Aquel silencio era más hondo que el del
sueño; parecía el de la muerte.
Choquehuanka,
abstraído en sus pensamientos caminaba con paso cauteloso
por la orilla del río, rumbo a la
vivienda
de Tokorcunki. La perspicacia de sus ojos, habituados a ver
en la noche, y la costumbre de andar por
ese
suelo, lo llevaban con una seguridad absoluta por entre las
sombras. Iba recto, sin titubear, evitando los
obstáculos
insalvables y traidores para los extraños, aun con luz de
pleno día; aquí, una guarida de conejos;
allá,
un atolladero bajo el limpio terciopelo del musgo; más
lejos, una grieta disimulada entre el pajonal o el
montón
de piedras defendido por punzantes espinos.
—¡Lek...
lek... lek, lek!... ¡Lek... lek... lek, lek!...
Alzóse
el leke-leke de entre sus pies, y el estridente
alarido del ave repercutió dolorosamente en el enorme
silencio
de las tinieblas.
Es
ave noctámbula y vigilante. Al menor ruido insólito en la
noche profunda levanta el vuelo y lanza su grito de
alerta
alborotando las sombras y encogiendo de angustia el corazón.
Los indios la veneran y escuchan con
gozo
su ajeo, pues les anuncia el paso furtivo de alguien por la
llanura o les señala el vagar premioso de las
bestias
que huyen del aprisco causando desperfectos en los campos de
cultivo.
Estremecióse
Choquehuanka y se detuvo un instante para escuchar el latido
de las alas del ave que huía, y
prosiguió
luego su marcha, investigando de tiempo en tiempo los fuegos
encendidos todavía en los fogones de
las
cocinas o en los cerros de las islas, donde se confundían
con las estrellas, rojizas unas, azuladas otras,
albas
y diamantinas las más.
En
la atmósfera hubo un soplo y, repentinamente, se alzó el
viento, arrancando agudos y prolongados silbidos
de
las duras matas de paja que crecían en las orillas
escarpadas del río, y temblaban, vibrantes, cual cuerdas
de
un sutil instrumento...
Aquí
y allá, entre la sombra y como sombras de sombra, se
levantaban en relieve las casas de los colonos.
Al
acercarse a la del hilacata, lindante con el río,
fue detenido Choquehuanka por el desesperado ladrido de un
perro.
Requirió el viejo su cayado y quedó en espera del can.
Este, acobardado, detúvose en seco, pero puso
más
concentrado furor en sus ladridos.
¡Condenado
animal! ¿Es que ya no conocía al viejo Choquehuanka, el
consejero del amo, y había perdido la
vista
y el olfato hasta el punto de confundirlo con un vulgar ladrón
de gallinas? ¡Qué palo le asestaría si se
pusiese
al alcance de su arma!...
Una
voz soñolienta y dura surgió de improviso desde el
interior de un cuartucho débilmente iluminado.
—¿Quién
es?
—Soy
yo, Tokorcunki, y ataja tu perro, que ya no me conoce.
—¡Ah!
¿Eres tú, anciano (achachila)?
Espera,
voy a castigar a este holgazán...
Se
oyó el zumbido de una piedra y un aullido de dolor. El can
huyó quejándose y sus lastimeras quejas
provocaron
el ladrido de otros perros.
—De
balde le castigas. No es culpa suya si los años ya no le
permiten reconocer a los amigos.
—A
ti no debe ladrarte; eres más que amigo... Pero entra,
corre frío esta noche.
Avanzó
Choquehuanka, esquivando tropezar con los toros que estaban
tendidos en el suelo, atados a las
estacas,
y rumiaban lenta y ruidosamente. Los dos hombres se metieron
doblados por el angosto y bajo
agujero
de la puerta y entraron a la caverna, tenuamente alumbrada
por los últimos centelleos del fogón.
Sobre
el poyo de barro y encima de tejidos (kesanas) de totora,
crujiente por lo seca, estaban recostados tres
chiquillos
de caras mugrientas, junto a la madre, que por lo ajada y
fea parecía una momia o una bruja. El
áspero
cabello hacía maraña en su cabeza y por la abertura de la
camisa se le veían los senos, secos y
pendientes
como dos vejigas desinfladas. Sentada en el lecho, al lado
de las crías, refregábase con una mano
los
ojos, con gesto de fatiga y mal humor, y con la otra se
rascaba la crin hirsuta y sin brillo.
En
las paredes, ennegrecidas por el humo, había estacas
clavadas, y en ellas pendían vestidos, aparejos,
sogas,
cabestros, canastillas y útiles de pesca. Metido en un
agujero cuadrado hecho en la pared, la
embocadura
de cobre del cuerno (pututo) lucía y centelleaba al
fulgor de la lumbre agonizante. Más alto, en
posición
horizontal, sostenido por dos estacas, se veía el bastón
de chonta con empuñadura y anillos de plata
labrada,
instrumentos ambos que son insignia de los jefes y lo único
de algún valor artístico en toda la
vivienda.
—Buenas
noches, mamita —saludó Choquehuanka al entrar.
La
mujer contestó con un gruñido y siguió rascándose la
cabeza. Los chicos miraron un instante con curiosos
ojos
al intruso y luego se tendieron sobre su dura kesana, y,
como los perros, hicieron rosca, y a poco
roncaban
apaciblemente.
Tokorcunki
acercó al fuego un cajón vacío y le invitó a sentarse.
—¿Traes
algo, abuelo?
—Nada.
Sólo vine a recordarte que mañana debemos consultar el
tiempo. Yo iré al lago y tú al cerro.
—Me
parece inútil. También este año ha de ser seco, como los
otros.
—Así
parece; pero pudiera ser que nos equivoquemos. Las bestias
no se equivocan nunca.
—Quizá...
Callaron.
Afuera, el viento gemía entre los pajonales.
—¿Y
viste a Quilco?
—Le
vi en la tarde. Sigue mal. Le duelen los huesos y no cesa de
tiritar.
—Capaz
de morirse.
—Como
tantos, no sería el único.
—Es
culpa de ellos. Se obstinan en traer las semillas del
valle, cuando las tenemos en toda la comarca
abundantes.
—Es
que cuestan menos en el valle y él solo piensa en
economizar.
—Está
resultando peor que el padre: más cruel y más avaro.
—Se
ha de pudrir, por miserable. Limachi acaba de llegar de pongo
y ha traído las vituallas para los trabajos
del
barbecho. ¿Sabes cuánto? Admírate: algunas libras de coca
y media lata de licor...
—¿Y
qué quiere que hagamos con eso? —preguntó con rabia
Choquehuanka—. Apenas ha de alcanzar para
medio
día de trabajo.
—El
padre era más generoso: nos enviaba lo menos un cesto de
coca y dos latas de alcohol.
—¿Y
vendrá este año?
—Limachi
dice que no, pero ha prometido venir para las cosechas.
Hasta en eso es miserable.
—¡Cobardes
ustedes que lo soportan! ¡Yo ya me habría levantado!
—interrumpió la mujer, con voz agria.
Los
dos viejos volvieron los ojos hacia la momia y la miraron en
silencio. Y Choquehuanka, con voz lenta,
repuso:
—¿Y
para qué? ¿Quieres que nos maten o nos pudramos años de años
en los calabozos de una cárcel?
Nosotros
no podemos nada; nuestro destino es sufrir.
Y
su acento se hizo triste.
—Además
—agregó el marido—, recuerda lo que nos pasó la última
vez que intentamos sublevarnos. ¿Lo has
olvidado
ya?
—¡Ay,
no! —repuso la bruja con miedo. Y se estremeció.
Y
ellos, los hombres, temblaron también.
Es
que el recuerdo latía, terrible y vivo, en su memoria.
Exasperados
por las crueldades del patrón, se propusieron acabar con él,
una vez que había ido, por
excepción,
solo a la hacienda. Reuniéronse una noche algunos de los más
descontentos, rodearon la casa,
atrancaron
por fuera las puertas, le prendieron fuego por los cuatro
costados y se fueron tranquilamente a la
suya
para contemplar el desastre, después de haberse prometido,
con juramento, no revelar jamás a nadie el
secreto
de su fechoría.
Al
fragor del incendio despertaron el patrón y el mayordomo,
rompieron a martillazos las puertas, y en tanto
que
el empleado, con pretexto de salvar las bestias encerradas
en el corral, se daba a la fuga en el caballo del
patrón,
éste en calzoncillos y desarmado, buscaba refugio en un
cebadal a orillas del lago, donde seguramente
le
dieran muerte sus colonos si por su buena fortuna no hubiese
encontrado al alcance de su miedo una balsa
de
pescador con los remos encima, y en la que emprendió la
huida con toda la salvaje energía de un coraje
poderosamente
estimulado. Amaneció en la isla de Patapatani, donde el
empleado le procuró lo preciso para
su
viaje a La Paz.
Una
vez en su casa y ya repuesto del susto, quiso tomar debida e
inmediata venganza de los indios. Requirió
de
la autoridad un piquete armado, que le fue concedido sin la
menor dificultad, porque el prefecto, a más de
amigo
íntimo, era su colindante y le convenía, como a pocos, que
de tiempo en tiempo algún patrón ofendido
mostrase
de lo que eran capaces los blancos cuando se trataba de
defender sus propiedades. Puso, pues, sin
dilación
y a su inmediata orden una veintena de gendarmes comandados
por un oficial. Y con éstos y los diez
o
doce amigos que él y su heredero pudieron reunir encamináronse
todos, armados hasta los dientes, a la
hacienda,
donde llegaron, de intento, al amanecer.
Los
revoltosos, aunque dispuestos para al ataque, fueron
sorprendidos, pues nunca pensaron que de un día
para
otro tornase en armas el agraviado patrón. Alboreaba el día,
y al oír el lejano ajeo de los leke-lekes
aplicaron
el oído al suelo, recelosos, y al escuchar tropel de
bestias herradas, se dieron prisa en huir los
diligentes,
arrastrando a sus familias, sus ganados y sus enseres, y
desaparecieron definitivamente,
abandonando
en manos del vengativo patrón sus chacarismos ya maduros y
a punto de cosechar. Los
perezosos
o los confiados, sin tiempo para nada, huyeron, solos, de
sus casas, dejando a su suerte padres,
hijos,
esposas y bienes y como la fuga era indicio de culpabilidad,
ardieron las casas luego de ser saqueadas,
las
bestias fueron incorporadas a los ganados de la hacienda, y
padres, hijos y esposas fueron conducidos a
rastras
a la casa patronal, ayer limpia y alegre y hoy convertida en
viejo y sucio solar ennegrecido por el humo
del
incendio, y arrojados, en montón, en medio del patio.
Ya
claro el día con el sol, repicó la campana de la capilla
llamando a la peonada. Se dieron prisa en acudir los
siervos,
y entonces fueron testigos de una escena que puso espanto en
sus almas y curó en ellas, de
inmediato
a lo menos, todo conato de venganza, aunque añadió recio
combustible a la hoguera de su odio.
En
el solar de la casa los soldados, arma al brazo, formaban
cuadro y yacían en actitud de fuerza confiada y
de
indomable serenidad, que en ellos resultaban cómicas,
porque casi todos ostentaban en el rostro cobrizo y
en
la áspera crin los signos de su procedencia genuinamente
indígena, sin la menor gota de sangre extraña,
diferenciándose
de los otros únicamente en el uniforme militar, que en la
imaginación de los indios despierta
penosas
remembranzas.
Entraban
al solar los indios temblando como bestias enfermas, con los
ojos fugitivos, y poniéndose de rodillas
besaban
la mano del patrón con rendida humildad y ciega hipocresía.
Se
llenó pronto el patio. Entonces, Pantoja, con severo
continente y acento de profundo rencor, increpó a la
consternada
servidumbre:
—Malagradecidos,
yo nunca les he ocasionado ningún mal y han intentado
matarme... Son ustedes unos
desalmados
no saben respetar al patrón, que es el representante de
Dios en la tierra, después de los curas...
¿Qué
motivos de queja les he dado para que no estén contentos
conmigo? ¿Les obligo acaso a trabajar como
otros
patronos?
Y
dirigiéndose al viejo hilacata, que estaba allí, en
primera fila, pálido y miedoso, le increpó:
—Di,
tú, Choquehuanka, que eres el más racional de estos
asesinos, ¿de veras soy malo con ustedes?...
El
indio irguió la cabeza por un segundo y clavó sus ojos,
cansados de contemplar la tristeza de esa tierra, en
los
ojos del patrón. Luego, abarcó el grupo tembloroso de sus
iguales, y volviendo a humillar la cerviz, repuso
con
acento balbuciente:
—No,
tata; no eres malo.
—¿Es
que les pego sin motivo?
El
viejo guardó silencio; estaba grave, y su rostro, como los
demás, permanecía rígido e inmóvil. Pantoja, ante
el
silencio del viejo, volvió a repetir su pregunta.
Choquehuanka tornó a mirar a los suyos y contestó con el
mismo
tono:
—No,
tata; sólo nos pegas cuando tenemos culpa...
—¿Y
de qué están descontentos entonces?
Tampoco
habló el hilacata. Con los brazos cruzados sobre el
pecho, en humilde postura, y los ojos bajos,
miraba
el suelo fijamente, sin moverse, duro como una estatua,
igual a los otros. Todos guardaban el más
profundo
silencio y hasta allí llegaban los menores ruidos del
campo: una gaviota que crotaba siguiendo las
curvas
del río, el lejano castañear de las gallinetas o el bufido
de un toro en celo.
—Di:
¿por qué se quejan? —insistió Pantoja, ya medio
irritado ante el silencio del viejo.
Entonces,
éste, con voz más firme, hablo:
—Bueno,
señor; te lo he de decir... Cuando estos tus hijos —señalando
con un gesto de la mano a la
peonada—
van de pongos a la ciudad, dicen que no les das
bastante de comer y que la señora y los niños los
castigan
con rigor por cualquier cosa. Nos exiges diez cargas de taquia
semanales y dos pesos de huevos, y
apenas
dan las bestias para seis cargas y los huevos los compramos
nosotros a dos por medio para dártelos a
ti
por tres. En tiempos de siembras o cosechas jamás nos
regalas, como otros patronos o como tu mismo
padre,
con licor, coca y merienda, y el avío nos lo ponemos
nosotros, sin merecerte nada a ti; cuando faltan
semillas
o tenemos la desgracia de incurrir en cualquier error, nos
castigas enviándonos a los valles donde
atrapamos
males que a veces matan, y nuestras bestias se malogran, sin
que haya quien nos indemnice de
tanto
daño... Esto nos apena el corazón, pues pase que nos
pegues, que tu mujer y tus hijos nos rompan la
cabeza
o nos maltraten las espaldas; pero no nos obligues a perder
nuestras bestias y a gastar nuestro
dinero...
Se
puso a sollozar, y los otros le imitaron. Y del grupo se
levantó un gemido doloroso y profundo. Pantoja, que
creyó
que el miedo iba a atar la lengua de los cuitados, al ver
revelada su tacañería a los ojos de sus amigos,
se
indignó de veras y, naturalmente, acudió al insulto y
empleó el argumento de los terratenientes...
—¡Mentiras
de ustedes, bribones!... Lo que ustedes quieren es vivir
libres de toda obligación, haciendo su
voluntad.
Son flojos y no saben otra cosa que robar y mentir... Y es
que yo he sido muy bueno; pero de hoy en
adelante
seré malo, ya que ustedes sólo obedecen a palos como las
bestias... ¡Nos pegan!... ¿Y cómo no se
les
ha de pegar si son perezosos y ladrones?... Se quejan de que
se les pide taquia y huevos y se les manda
al
valle por semillas... ¿Y qué obligaciones quieren cumplir
en pago de los terrenos que se les da? ¿Creen que
nosotros
compramos haciendas para que ustedes vivan de balde en ellas
y sin trabajar?... ¡Bonita cosa! El que
crea
que no está bien conmigo, que se vaya; no lo necesito. Al
contrario, yo no quiero gente ociosa ni
asesina...
Hablaba
con creciente cólera y era sincero en lo que decía: tenía
gente de sobra. Con ciento cincuenta peones
podía
doblar el área de tierra cultivable pero tenía
trescientos, que acaparaban las mejores parcelas del fundo
y
le hacían vivir en constante inquietud y con la continua
zozobra de ser fácilmente asesinado el mejor día de
esos...
—¡No;
quien no esté contento conmigo, que se vaya; no lo
necesito! Yo tampoco estoy satisfecho con ustedes:
son
mañudos, insolentes y levantiscos. ¿Acaso no intentaron
asesinarme la otra noche? ¿Y quién me ha de
pagar
ahora lo que he perdido en el incendio de la casa?...
Al
recuerdo del atentado, tembló de coraje Pantoja. Desde esa
noche se sentía decaído, enfermo, con un dolor
sordo
en el costado. Y la tos, esa tos que no le dejaba hablar
siquiera... ¡Ejem, ejem, ejem!...
—¿Lo
ven, pícaros? Estoy enfermo, y ustedes tienen la culpa.
Huyendo de sus manos criminales cogí frío, y
desde
entonces...
No,
eso merecía un castigo ejemplar...
Hizo
una señal al sargento. Este, de antemano ya instruido, casi
ebrio con el vino del terrateniente, llamó a dos
soldados,
y juntos arrastraron por los pies a uno de los que Pantoja
señaló como principal cabecilla, le
desnudaron
por completo y le tendieron sobre el césped chamuscado del
patio, cogiéndole cada uno por un
brazo,
mientras que el sargento cabalgaba en el cuello del peón,
manteniendo inmóvil la cabeza bajo el peso
de
su cuerpo.
Entonces
uno de los cabos desligóse de la cintura su látigo,
rematado en la punta por una porra de estaño, y
comenzó
la azotaina, haciendo silbar su cuerda con fruición y hasta
con entusiasmo.
Cada
golpe marcaba surco azul con cabeza roja en la bronceada
piel, y a poco brotó la sangre, salpicando la
cara
y la ropa de los soldados que sujetaban al paciente, el cual
se retorcía aullando de dolor e implorando la
piedad
del amo.
Pantoja,
de bracero con el oficial, paseaba a lo largo del patio,
fumando cigarrillos, y los dos acariciaban de
tiempo
en tiempo las cachas de sus revólveres puestos en
evidencia, como para advertir a los indios que al
menor
signo de protesta harían uso de sus armas.
A
los diez minutos el cabo dio signos de fatiga y fue
reemplazado por otro. Después vino un tercero, y así, por
turno
fueron macerando las carnes del infeliz, ebrios de vino, de
sangre y de placer, sin acordarse ninguno que
la
sangre derramada corría pura, sin mazcla, por sus venas...
Entretanto,
el hijo del patrón y algunos de sus amigos cazaban en el
lago. Se oía el incansable traquido de sus
armas,
que llegaba hasta el patio, donde los indios, pálidos,
descompuestos, miraban la feroz faena, sin decir
palabra
ni hacer un gesto; su inmovilidad era todavía más rígida
y sólo se les veía pestañear con precipitación.
—¡Perdón,
tata, perdón, por Dios! Yo no he incendiado la
casa... ¡Perdón!... —se quejaba y plañía
dolorosamente
el flagelado.
Aproximósele
Pantoja, y ordenando a los cabos que se detuvieran un
momento, interrogó al miserable:
—¿Y
quién ha sido entonces?
—No
sé, tata —gimió el otro debajo las nalgas del
soldado.
—Mientes,
canalla; sabes. ¿Quien ha sido?
—No
sé, tata... ¡Por Dios, que no me atormenten más!...
Se
alzaban sus espaldas con sollozos y le temblaban las carnes
de las piernas con temblores intermitentes y
convulsivos.
—¿Quién
ha sido? —insistió Pantoja, testarudo y gozoso de mostrar
semejante espectáculo a los indios,
muchos
de los cuales lloraban enternecidos y miedosos.
—No
sé, tata; yo no he sido... Estaba pescando en el
lago esa noche y no vi nada.
El
patrón sonrío, incrédulo. El conocía bien a su gente,
pues no en balde había vivido más de treinta años
manejando
fincas y tratando a los indios. Eran hipócritas,
mentirosos, ladrones; sólo querían vivir a costa de
los
patrones, sacando de los bolsillos de éstos todos sus
bienes.
Hizo
otra seña y el cabó púsose a pegar con más ganas todavía,
vanidoso de su habilidad consumada en el
manejo
del infamante instrumento, impasible ante el dolor ajeno.
Un
mocetón alto, fornido, musculado, no pudo reprimir por más
tiempo su angustia. Echóse a los pies del
patrón
y abrazándole las piernas, sollozó:
—¡Perdón,
tata! Es mi padre... Tiene sesenta años.
—Sí,
¿eh? Pues para que no sepa sublevarse otra vez —y de una
patada echó a rodar al fornido labriego.
Los
otros, aterrorizados, gimientes, cayeron en masa de
rodillas:
—¡Perdón!
¡Perdón!...
Pantoja,
triunfante, paseó la mirada sobre esos trescientos esclavos
humillados.
—¡Ah,
pícaros! ¿Les duele?... ¡Me alegro! ¿Y por qué
quisieron asesinarme?
—¡Perdón!
¡Perdón! —gemía Choquehuanka, tembloroso y hundiendo en
el suelo su rostro mojado por las
lágrimas...
—¡Ya
no más, tata; te vamos a querer y a respetar
siempre!... ¡Ya no más! —seguían gimiendo los otros,
que
sentían
vehementes deseos de escapar para librarse del horroroso
espectáculo; mas ninguno abrigaba la mas
remota
intención de hablar y delatar a los compañeros: primero se
harían matar todos a azotes, antes que
traicionar
a los suyos.
Así
lo comprendió Pantoja. Y en vez de deponer su encono a la
vista de la sangre y de las lágrimas, sintióse
más
enfurecido todavía y renovó su orden a los cabos, recomendándoles
extremasen el rigor de sus
músculos.
Los
soldados, excitados por la promesa de una buena prima y con
el alma sorda a los sufrimientos de los
indios
sus padres, así lo hicieron, y a poco blanquearon los
huesos. El paciente no daba señales de vida. Sólo
de
rato en rato un ronco gemido se escapaba de su pecho.
—¿Cuántos
van, sargento?
—Setecientos,
teniente.
—Bueno,
basta, ahora a otro.
Y
así, uno a uno, fueron flagelados los sindicados, sin que
uno solo de esos siervos hiciese un movimiento de
protesta,
atontados, embrutecidos por el terror y el espanto.
Todo
el día duró la azotaina, y el día entero también
permanecieron los patrones como testigos exasperados,
pero
importantes, ante la crueldad del agraviado y vengativo
Pantoja.
Cuando
los soldados hubieron arrojado, desfallecido de dolor, al último
sobre una manta deshilachada y lo
dejaron
en brazos de sus parientes martirizados por la angustia,
Pantoja, que desde hacía rato venía
preparando
un discurso, habló frente a los consternados peones.
—¿Lo
han visto ? Pero esto no es nada todavía. Si en otra
tuvieran la desgracia de sublevarse, los hago matar
a
palos... El señor prefecto es mi amigo y puede mandar toda
la tropa que yo quiere...
Luego
repuso, con inflexible acento de mando:
—Ahora
tienen que trabajar la casa, ponerla en el estado en que
estaba y pagarme todo lo que allí se quemó...
¿Entienden?...
—Sí,
tata; entendemos —sollozaron los siervos, siempre
de rodillas.
Y
se sometieron por el rigor, como las bestias; pero creció
su odio hacia los blancos. El viejo Choquehuanka lo
dijo,
frunciendo severamente la frente:
—Bien
está. También las llamas andan cuando se las pega, pero
saben patear. El camino de la vida es largo y
no
todas las veces ha de haber tropas en la hacienda.
Volvieron
los peones a sus faenas, aparentemente sometidos; pero
muchos, después de sacar sus cosechas
en
verde, abandonaron para siempre la hacienda, sin ánimo de
someterse a las exigencias del patrón.
Pantoja,
con pretexto de indemnizarse por los daños, reedificó la
casa incendiada, y al lado hizo construir una
nueva,
con materiales gratuitamente transportados por los indios, más
amplia que la antigua, por la
abundancia
de corralones, pesebres, depósitos y aijeros, y la
dotó de algunos muebles, muchos de los cuales,
no
siendo posible llevarlos a lomo de bestia, fueron conducidos
a pulso y en muchos días de viaje. Así pudo
tener
un pianito ordinario, pero de regular aspecto; armarios con
espejos, catres de hierro y de madera, una
mesa
enorme de comedor y otros muebles poco o nada conocidos en
las haciendas del altiplano, donde la
dificultad
de los transportes, generalmente invencible, y la miseria de
los hacendados, hacen que la vivienda
en
el yermo sea pobre e ingrata. Los campos abandonados por los
fugitivos se cosecharon para el patrón y
luego
se incorporaron al lote de la hacienda, que de mil hectáreas
cultivables se convirtió en casi el doble...
Todo,
pues, recuperó su aspecto de costumbre. Sólo que ahora los
peones dejaron de acudir a la casa
patronal
cual si la hubiesen maldecido los brujos de la comarca (laikas),
y si tenían que pasar cerca, lo hacían
de
prisa, tratando de esconderse entre los montones de piedras
coronados de espinos, abundantes en los
contornos,
y que habían sido formados uno a uno, en barbechos
sucesivamente labrados por muchas
generaciones
de labriegos indios.
Algo
más hizo Pantoja. Mandó como administrador de la hacienda
a uno de sus ahijados, Tomás Troche,
cuyos
puños conocía desde los no lejanos tiempos en que,
nombrado intendente de La Paz, hacía castigar a
golpes
y patadas las opiniones políticas de sus adversarios, y
eran los policiales sarta de forajidos ligados al
mandatario
imperante por lazos de parentesco espiritual.
Troche
llevaba muchas víctimas a cuestas Bruto, intemperante y
sensual, se había ganado legítima fama de
matón
entre los de su partido por la solidez de sus puños y la
ferocidad de sus hazañas. Hacía ostentación de
sus
crímenes con desconcertante desenvoltura, y por el más
insignificante motivo ofrecía dar de balazos y
bofetadas,
porque para él las únicas razones atendibles eran las que
se dan con puñetazos, y tenía más
confianza
en la eficacia de sus golpes que en los más fundados
razonamientos.
Pero,
como buen cholo, únicamente era audaz cuando estaba con sus
amigos o contaba con el apoyo de
alguien.
Solo, era incapaz de alzar la voz a un chiquillo, no
obstante la fortaleza de su brazo, de ahí que jamás
aflojaba
el bastón ferrado o el revólver.
Como
en el tiempo que ejerciera su oficio de sayón se había
concitado muchos y temibles enemigos, andaba
disgustado
de su puesto y buscaba una colocación más segura en alguna
hacienda o pueblo apartado de la
comarca.
Y le vino de perlas la proposición de su compadre Pantoja
para enviarlo como administrador a su
hacienda
de orillas del lago, donde —le dijo— podría hacer
buenos negocios con los indios rescatando sus
cosechas
y vendiéndolas en la capital.
Troche
puso en inmediata ejecución el consejo de su compadre; pero
con tan buenas mañas, que en menos
de
dos años logró reunir un pequeño capital, con la ayuda
certera de su mujer y de su hija Clorinda.
Inventaban
las hembras mil ardides para enriquecer a costa de los
indios, quienes pronto hubieron de ver el
poco
acierto con que habían obrado levantándose.
Vanamente
elevaron sus quejas al patrón, creyendo ser oídos. No les
escuchaba o daba razón al
administrador
feliz de haber encontrado un hombre de hígados, capaz de
reducir a esos caníbales que le
obligaron
a fugarse en calzoncillos y ocultarse, como bestia
perseguida por hambrienta jauría, en el charco. Y
agradecido,
escribía a Troche aconsejándole no dejarse intimidar por
ninguna queja, con lo que el cholo
extremaba
su tiranía y castigaba la más insignificante falta a
golpes de puño y palo.
Los
colonos, pese a su exasperación, no se atrevían a intentar
ninguna demostración belicosa, aleccionados
por
los rigores que les había valido su hazaña de hacer dormir
al patrón en el cebadal bajo la lluvia y el viento.
Poco
después murió Pantoja.
Entonces
creyeron los colonos que disminuiría el duro peso de su
yugo y bendijeron sinceramente la muerte
del
amo pero bien pronto tuvieron que desengañarse, porque el
hijo conservó la herencia del padre íntegra y
mantuvo
al empleado. Y pues vieron, a poco andar, que el joven
Pantoja era aún más avaro y más cruel que el
difunto,
muchos buscaron sayarias en otra hacienda, y los demás,
encariñados con su casa, resignáronse a
sufrir
todavía.
Soportaban,
pues, ahora, entristecidos, la dura esclavitud. ¿Para qué
sublevarse o protestar si estaban
seguros
de que iban a ser estériles sus esfuerzos y quedar inútiles
sus quejas? ¿Qué podían ellos con sus
primitivas
armas de combate frente a los mortíferos instrumentos de
muerte de los blancos? No vano resultaba
el
consejo de la mujer de Tokorcunki. Eran vencidos y estaban
condenados a sufrir en silencio, pasivamente.
¿Hasta
cuándo? ¡Quién sabe! Acaso por siempre, hasta morir...
—Sí;
duro la hemos pagado—repitió el viejo Choquehuanka al
recuerdo de estas crueldades, y quedó caviloso
y
mustio.
Los
otros no respondieron. Acaso repasaban en su imaginación
las desdichas que de entonces acá venían
padeciendo.
Después
de un momento de profundo silencio, Choquehuanka se puso en
pie y dijo:
—Me
voy, y no olvides lo de mañana: tú, al cerro, y yo, al
lago.
Y
salió.
Un
gallo cantó en la lejanía saludando la media noche; le
respondió otro.
El
viento seguía silbando.