IV
Choquehuanka
se levantó con el alba cogió del patio una de las pértigas
apoyadas contra el techo, echóse encima
un manteo y salió al campo.
Todavía
parpadeaban las estrellas en un cielo turquesa, de placidez
infinita, y las bestias aún no habían despertado
de su sueño. Un silencio profundo pesaba sobre la llanura y
los objetos ya perdían sus contornos en
la tenue claridad de la aurora.
Andaba
el anciano con los ojos empeñosamente fijos en tierra cual
si buscase algo. Otros muchos hacían lo propio;
mas al verle, se le reunieron, y en grupo, se alejaron hacia
la costa, sin dejar de examinar atentamente el
suelo.
Al
fin, uno se detuvo y llamó a Choquehuanka para enseñarle
una piedra azulada, plana y de regulares dimensiones.
Vaga
angustia oprimió el pecho del anciano, porque de esa piedra
iba a recibir en esa aurora la revelación de un
misterio, que ni él, con su sabiduría, ni otros antes que
él supieron explicarse jamás: si la piedra llevaba el dorso
enjuto, era señal inequívoca de que el año sería seco;
si escarchado, abundarían las lluvias y habría cosechas.
Se
inclinó, tomóla cuidadosamente y miró el lado en que
apoyaba en tierra. Estaba seco, y en sus asperosidades
una araña había tejido su hilo. Hizo un gesto de
contrariedad y la enseñó a los otros:
—¿Lo
ven? Tenemos mal año.
—Ya
lo sabemos; todas se presentan así.
Estaban
tristes, afligidos y callaron.
A
poco se les reunieron los otros cateadores, y todos traían
idéntica convicción: el dorso de las lastras, seco en
estos primeros días de agosto, anunciaba falta de humedad
en la atmósfera, y por consiguiente, ausencia de
grandes lluvias, es decir, año fatal.
Apareció
Tokorcunki. Había salido al amanecer de su casa y venía
del cerro, donde fue a ver si los gansos silvestres
habían anidado en las alturas, que es otra señal de
tiempo, y estaba desolado.
—¿Qué
hay, Tokorcunki? —interrogó el viejo Choquehuanka—. ¿Encontraste
nidos en los cerros?
—No;
todos están en el plano.
—Como
el año pasado, entonces.
—Como
el año pasado.
Guardaron
silencio. Unos miraban el lago, mustios, y otros mascaban
coca lentamente.
—Parece
que los campos están kenchas
—dijo
uno, miedoso.
—Se
habrá enojado Dios —repuso otro.
—Aún
nos falta una prueba, la decisiva, y vamos a ensayarla
—dijo Choquehuanka, encaminándose a la orilla del
lago.
Una
vez allí, se volvió hacia el hilacata y le ordenó:
—Anda
a ver tú, pues yo ya soy viejo para meterme en el agua, y
ojalá nos traigas más consoladoras noticias.
Las
aves no se engañan nunca y tienen mejor instinto que
nosotros, los hombres.
—Anda
tú, anciano. Conoces mejor que nadie el secreto de las
cosas y entiendes su lenguaje, para nosotros impenetrable
—repuso el hilacata con fervorosa deferencia.
Los
otros aprobaron en silencio con un signo de cabeza, pues tenían
ciega fe en la sabiduría y experiencia del anciano
y nadie osaba nada sin su aprobación.
Choquehuanka
era el jefe espiritual incontestable de la comarca, y su
fama de justo, sabido y prudente la traía por
herencia, pues era descendiente directo del cacique que cien
años atrás había saludado en Huaraz al Libertador
con el discurso que ha quedado como modelo de gallardía y
elevación en alabanza de un hombre, y esa
su fama había cundido en las haciendas costeras
trasmontando las islas y aun llegando a los pueblos de Aygachi,
Pucarani, Laja, Peñas, Huarina y Achacachi, de donde venían
a consultarle sobre diversos asuntos, no
solamente los indios, sino los mismos cholos, y muchos decían
que hasta ciertos patrones no desdeñaban nunca
poner en práctica sus consejos.
Era
un indio setentón, de regular estatura, delgado, huesoso y
algo cargado de espaldas, lo que le hacía aparecer
canijo y menudo. Su enmelenada cabellera mostrábase
deslucida con los años y las canas le
brillaban
sólo entre los mechones que le cubrían las orejas. Su
rostro cobrizo y lleno de arrugas acusaba una gravedad
venerable, rasgo nada común en la raza. Era un rostro que
imponía respeto, porque delataba corazón
puro y serena conciencia.
De
todo hacía Choquehuanka en la región: era consejero, astrónomo,
mecánico y curandero. Parecía poseer los
secretos del cielo y de la tierra. Era bíblico y
sentencioso.
No
tenía envidiosos, émulos ni enemigos, salvo los curas de
los pueblos donde corría la fama de sus bondades
y de sus hazañas. Creían los buenos personeros del buen
Dios que si no era sumisa, según sus deseos,
la indiada de todos esos contornos, era porque oía de
preferencia los consejos del anciano, no siempre
favorables a sus intereses perecederos y terrenales, pero
nunca desdeñados. Le acusaban de hechicero
y de mantener secretos pactos con los demonios y otros seres
malignos y perversos, sin sospechar, los
inocentes, que tales imputaciones, en vez de concitarle la
animosidad de los indios, ponía sólidos remaches
a su veneración, porque le presentaban poseyendo cualidades
negadas a los demás hombres, llámense
sacerdotes o lo que se quiera.
Como
curandero, hacía maravillas el a viejo Choquehuanka.
De
mozo, y cuando pastor, había aprendido a conocer en las
bestias los males de los hombres, percatándose que
era corta la diferencia entre unas y otros. Diestro taliri
sabía,
al primer golpe de vista, descubrir el miembro
roto o dislocado. La anatomía humana no guardaba secretos
para él. En el color de los ojos, en el pliegue
de los labios, conocía los males y sabía si provenían de
la carne o de allá adentro.
Como
astrólogo, ya se sabía: nadie podía aventajarle en su
penetración de los secretos del cielo. Hasta la forma
y color de las nubes tenían para él su significación
inviolada. El sabía cuándo traían agua y cuándo nieve;
cuándo rayo y cuando trueno.
—¡Esto
no va bien! —decía mirando el cielo.
Y,
¡cataplum!, se venía todo abajo, convertido en nieve o en
rayo.
Tenía
tal fuerza de previsión y presentimiento que lo que él decía
debía suceder, fatalmente, irremediablemente,
con precisión casi matemática. Agudo, perspicaz, malicioso
y zahorí, con una sola mirada leía,
como en un libro, lo que pasaba en el fondo de un corazón o
de una conciencia...
Nada
se ocultaba a sus ojos penetrantes e investigadores: ni
acciones, ni sentimientos. Cuando abría la boca, eso
sí no había más que ponerse a temblar porque el terrible
anciano generalmente hablaba para anunciar desgracias.
Alguna vez uno de sus admiradores se atrevió a preguntarle,
enternecido, la causa de su inexorable
escepticismo. El viejo sonrió con mansedumbre, y fijando
sus ojos acariciadores y profundos en el curioso,
respondió, sin añadir una sola sílaba a su frase rotunda
y desolada:
—¡Es
la vida!
Y
pare usted de contar.
Para
él la vida era eso: sufrir, llorar luchar y morir. La alegría
no entraba en sus cálculos, la alegría exenta de añoranzas
o inquietudes. Consideraba cosa amable un buen trago de
licor, una golosina cualquiera, un puñado
de maíz, pero sin conceder gran valor ni importancia a eso,
como los otros. Era parco en sus placeres.
Comía
poco, bebía poco también, dormía lo preciso y trabajaba
mucho. Se podía asegurar que, a pesar de sus años,
era el más trabajador de la hacienda y sus contornos.
Tenía
una especialidad: hacer balsas. El sabía, mejor que nadie,
cuándo, cómo, dónde y en qué cantidad hay que
recoger la totora, para hacerlas ni muy anchas ni muy
flacas, ni pesadas ni frágiles.
En
el cultivo de la tierra sus andanzas servían de regla a
toda la comarca. Cuando el viejo Choquehuanka uncía
su yunta y, arado al hombro, se iba a laborar su terrón
pedregoso y situado casi en medio de la colina coronada
por rotos peñascos, todos le imitaban, y enganchaban sus
bueyes, llamaban a sus ayudantes y se iban
a roturar los campos, deshierbarlos y abonarlos.
Huraño
y algo mañero, pero inofensivo, vivía parcamente el viejo
cultivando sus tierras, haciendo balsas, arreglando
los aparejos de pesca, distrayendo a los hombres, viejos y
niños con sus narraciones de hechos sobrenaturales
en que los espíritus jugaban principal papel.
Como
ninguno, conocía la comarca y las orillas del lago en todos
sus accidentes. El sabía dónde era fácil coger
el hispi y dónde abundaba el suche de carne
sabrosa y blanca como de algodón; conocía los sitios dilectos
de los espíritus tenebrosos y las alturas donde se posan
las aves de mal agüero, cuyos graznidos anuncian
las desgracias que han de hacer llorar y padecer a los
hombres.
Le
querían los niños, le escuchaban las mujeres y le obedecían
los hombres. Le obedecían con fe, ciegamente,
y semejante sumisión era el motivo por el que los patrones
y sus empleados le guardaban muchos
miramientos y le permitían vivir a su arbitrio, sin
exigirle servicios por el retazo de suelo que le dejaban
cultivar
en la vertiente de la colina, ni por la casita que ocupaba,
limpia y coquetona, a orillas del río...
—Aproxima,
entonces, una de esas balsas —ordenó el viejo cuando vio
que todos esperaban de él la revelación
de un secreto que pertenecía a las aves.
Muchas
balsas había en la ribera, con la proa hundida entre el
lodo. Eligió una el hilacata, y ayudando a subir en
ella al anciano, la empujó con el pie cuando Choquehuanka
se hubo sentado en medio, con la pértiga apoyada
en el piso. La frágil canoa comenzó a deslizarse con
suavidad entre las escasas totoras del borde y bien
pronto se perdió en los recodos del canal.
A
su paso, despertaban las aves. Y, Sin levantar el vuelo ni
arredrarse, se alejaban moviendo de un lado a otro la
cabeza lentamente.
Llegó
a un claro en forma de plazoleta, de la que partían varios
canales en distinta dirección. Choquehuanka, sin
tomar ninguno, dirigió la proa de su balsa a lo más espeso
del totoral y se internó en él.
Aquí,
las aves, entumecidas aún por la vaguedad del crepúsculo,
dormían en bandadas, formando cada especie
grupo aparte. Las zulunquías y queñoqueyas ostentaban
el blanco níveo de sus pechos aterciopelados;
las panas desaparecían bajo el agua e iban a
perderse lejos; las chocas apenas diseñaban en las
sombras sus oscuras siluetas.
Comenzó
a aclarar.
Las
cumbres de los cerros del estrecho y de la isla Patapatani o
Pakawi se encendieron de un color anaranjado
que saltaba discretamente y con divina suavidad sobre el
azul pálido del cielo. Una gaviota chilló en
lo alto dando revuelos lentos; los negros jilguerillos
piaban entre las totoras, y era a su canto a lo que prestaba
oídos el viejo Choquehuanka, haciendo lo posible por apagar
el ruido de su balsa, que, medio hundida
entre las totoras, avanzaba con pena, dejando tras sí
leve rumor de tallos al doblarse y volver a recobrar
su tiesura.
Al
fin ya no pudo avanzar más el fatigado viejo. A sus
esfuerzos, la balsa se movía entre la crujiente totora,
pero
sin ganar un palmo.
Estaba
Choquehuanka en medio de una maraña inextricable, verde,
jocunda y olorosa. Las frágiles varillas se entrelazaban
sobre su cabeza, tupidas, y era imposible vencer su
resistencia. Entonces hundió el remo para medir
la profundidad del agua, y al ver que era poca, arremangóse
los calzones y se metió en ella, lanzando un
suspiro al contacto de su tremenda frialdad.
Diose
a caminar lentamente, con tiento, agarrándose de su percha
y mirando con profunda atención las totoras,
altas y
flexibles.
Formaban
fronda y florecían en la punta. Eran verdes de un verde
oscuro en lo alto y más claras en el medio, para
tornarse blancas, de un blanco nítido, en la raíz suave,
mantecosa, cuyo sabor de hongo tienta a los hombres
y es delicado manjar de las bestias.
Allí
anidaban los jilgueros de plumaje negro, lustroso como el
raso, y con fleco amarillo en el ala. Holgaban lanzando
una especie de repiqueteo breve y agudo, y eran tan nutridas
las bandadas, que el totoral parecía estremecerse
al ruido de los chasquidos. Saltaban las bestezuelas de un
lado para otro, pendiéndose a las totoras,
engullendo
al vuelo las moscas y otros insectos que en infinitos
enjambres se movían como polvo sobre
la superficie ondulante del eneal.
Pero
Choquehuanka ponía poca atención al ruido. Eran los nidos
lo que a él le importaba, construidos con maravillosa
ingeniosidad y consumado arte en las totoras. Se movía
de un lado para otro mirándolos todos, metiendo
los dedos en cada uno e inclinando los nuevos para medir a
qué distancia de las aguas estaban edificados.
El
sol le halló en estos afanes, y cuando creyó que ya nada
tenía que hacer porque todo estaba visto, volvió a su
balsa, entristecido.
Ahora
tenía la profunda seguridad de que también ese año sería
seco, al igual de los últimos pasados: se lo acababan
de decir los nidos de las aves, cuyo instinto del tiempo jamás
yerra. Cuando el año ha de ser lluvioso,
cuelgan las aves sus moradas en lo alto de las totoras, para
que al crecer el lago no mate la pollada...
¡Y
ahora todos los nuevos estaban construidos al mismo nivel de
los antiguos!...
Al
salir de la maraña topó con los balseros que Tokorcunki
había enviado a su encuentro. Lo recogieron en la grande
de las balsas y se lo llevaron a tierra, donde esperaban los
demás, ansiosos, aunque sin alentar ninguna
ilusión.
—Podemos
ir pensando en lo que hemos de ganar este año; el tiempo no
ha de ser bueno —les dijo Choquehuanka
al saltar a tierra.
Los
otros fruncieron el ceño, consternados.
Y
convencidos de su infortunio, pero resueltos a poner en su
esfuerzo todo lo que humanamente fuera posible para
no morirse de hambre, diéronse a barbechar sus campos
sedientos y polvorosos; pero muchos, ganados por
la idea de que Dios estaba dolido por los crímenes de los
hombres y quería convertir en yesca el suelo en que
delinquían, cifraron sus esperanzas en la pesca y se
metieron en la charca o echaron redes en los remansos
del río, donde se cría el suche y prospera el
menudo hispi, que se come seco y tostado a la
brasa...
Quilco
tenía fe en la generosidad de la tierra, y las excursiones
al lago le sentaban mal. Cada vez que pernoctaba
en las duras faenas de la red veíase forzado a quedar
varios días sin moverse de su casa, consumido
por la fiebre y con un dolor intenso y constante en los riñones.
Pero
un día se sintió mejor, y viendo que el cielo tenía
trazas de no cambiar su vestidura azul, se le ocurrió ir a barbechar
su sayaña, que estaba en la vertiente rocallosa del
cerro, a media hora de camino de su casa.
Pidió
a su mujer que unciese la yunta, y cuando estuvieron los
toros bajo el yugo, cogió su pica, echóse al hombro
el arado y, casi a rastras, se fue a la distante sayaña.
Al
llegar, se sintió fatigado como nunca. y hubo de sentarse
un momento sobre una piedra para cobrar reposo mascando
algunas hojas de coca. Después preparó el arado, enganchó
las bestias y empuñó la pica:
—¡Nust,
adelante!
Los
toros, con la cabeza inclinada bajo el yugo, avanzaron firme
y lento, rompiendo la costra endurecida del terrón.
A veces vencidos por la resistencia del suelo, sé detenían
de golpe. Crujía el arado al choque con la piedra
y de la tierra seca se desprendía olor de azufre. Quilco,
de un tirón sacaba el arado, e incitaba a la yunta
con un grito corto y ahogado, y volvían a ponerse en marcha
las enormes bestias, con los hocicos húmedos
tendidos a lo largo, blanqueantes los ojos dirigidos al
cielo y llenos de infinita dulzura y mansedumbre,
cual si tuvieran conciencia de que sus esfuerzos servirían
para prolongar la agonía de sus dueños,
los pobres esclavos...
Trazó
el primer surco en la tierra dura y seca, un surco ligero,
donde se veían marcadas las pezuñas de las bestias;
pero al comenzar el segundo y hacer fuerza para que la reja
rompiese desde más hondo la costra endurecida
notó que las piernas le temblaban, que crujía la vasta
armazón de su corpacho, ayer sólido y hoy en
ruinas, y que un sudor frío y abundante bañaba sus
miembros.
Se
aferró, con todo, a la labor e hizo otros dos surcos: pero
al tercero dio un traspié y cayó desfallecido, sin ánimo
ni aun para alzarse. La yunta, al sentirse libre, echó a
andar sin rumbo en busca del misérrimo pasto que
crecía junto a las pircas de piedras. Y seguramente se habría
quedado tendido bajo el cielo raso si un vecino
que logró pasar por allí. al ver vagar la yunta enganchada
y reconocerla, no se hubiese preocupado de buscar
al dueño.
Le
encontró delirando y tembloroso. Le habló, y no fue
reconocido. Entonces desunció la yunta, y llevándosela consigo
fue a dar parte al hilacata del accidente que había
sufrido el enfermo.
Tuvieron
que transportarlo en camilla hasta su casa, y sólo en la
tarde volvió en sí.
Su
primera pregunta fue para la yunta. Dónde estaba? ¿La habrían
recogido? ¿No se habrían quebrado los aparejos?
Le
respuesta de la esposa le tranquilizó.
—¿Y
cómo te sientes?
Hizo
un gesto triste y resignado.
No;
no estaba bien. El lomo se le partía; las espaldas las
llevaba rendidas por un gran peso, y dentro la cabeza,
en lo hondo de las cuencas orbitales, un rumor sordo,
incontenible, no le dejaba reposar.
Varios
días quedó en cama, sin hacer nada; pero al fin hubo de
levantarse porque la mujer, hembra ágil, laboriosa
dura para sí y para los demás, siempre andaba recordándole
sus deberes, cuando no le obligaba,
con
sus sarcasmos, a levantarse para dar pienso a la yunta,
arrear las gallinas que se metían al troje y saqueaban
el grano, cosechar algas en las orillas del lago, coser,
lavar y aun cocinar.
Estas
labores las realizaba el enfermo de buen grado, no obstante
el enorme cansancio de sus músculos y el invencible
aflojamiento de su voluntad. Le remordía la conciencia
verse recostado e inmóvil, como un haragán.
Le
parecía que el tiempo avanzaba, trayendo de golpe todas sus
estaciones, y que por su holganza se quedarían
sin comer sus hijos. E iba, por matar el tiempo, de un lado
para otro, atareado en labores menudas, limpiando
sus herramientas, arreglando su arado, fregando el barro que
en el hierro había prendido, hasta poder
mirarse en él como en un cristal, ordeñando la vaca,
haciendo los quesos que la hacienda exigía de cada colono
y rascando el suelo pata los pequeños sembríos de papas
primerizas.
—¡Quilco:
hay que ir a traer la yunta! —ordenaba la garrida hembra.
Y
Quilco se ponía un doble poncho; cogía, cual si fuese
viejo y con harta vergüenza hacia los vecinos, un cayado,
y apoyándose en él, doblado en dos y tiritando con todos
sus miembros. se iba al lago a recoger la yunta
conducirla al establo.
Al
fin se puso de veras mal.
Estaba
flaco, transparente, y su estómago no podía soportar ningún
alimento. Sus manos huesosas parecían garras;
se le habían hundido enormemente los ojos, afilado el mentón
descarnado las mejillas, en las que comenzaron
a crecer algunos pelos. Al través de la piel amarillenta y
bronceada se le adivinaba la calavera.
El
hilacata se asustó, y fue un día, el último para
Quilco, a ver al administrador, por si tuviera algún
remedio maravilloso.
—Tata:
Quilco
está mal.
—¿De
veras?
—Sí,
tata; está mal.
—¿Qué
tiene?
—No
sé, pero está pálido como un muerto y tiembla mucho. No
hace otra cosa que temblar y pedir agua.
—¡Ah!
Ya sé son las tercianas.
Quizá
pero nunca he visto cosa igual. Da miedo.
—¿Y
crees que muera?
—Choquehuanka
lo cree. Tampoco ha visto mucho de esto: pero se acuerda de
algunos que estaban atacados
de ese mal y dice que morían irremediablemente.
—¡Que
no amuele muriéndose! Me debe diez pesos —dijo Troche,
sinceramente consternado.
—A
mí también me debe, y no le queda gran cosa de sus bienes.
Troche,
el cigarrillo entre los dientes, paseaba por el patio. La
idea de perder sus diez pesos le traía de veras cariacontecido
y pensaba en la manera de cobrárselos al enfermo antes de
su claudicación. Creyó encontrar la manera,
pues guardaba entre la botillería del tenducho un frasco de
quinina y el remedio podía por lo menos prolongar
el desenlace del mal. Llamó a grandes voces a su mujer para
pedirle el frasco, y cuando estuvo en posesión
de él, se encaminó a casa de Quilco.
Tendido
en el poyo sobre los gastados vellones de cordero estaba allí
de espaldas, pálido y transparente, rígido
bajo el temblor de la fiebre, los dientes apretados, ahogada
en sombras la razón, los vidriosos ojos como mirando
por el agujero de la puerta la azul extensión del lago, la
cabeza vendada en sucios andrajos y escapando
por debajo de ellos mechones de cabello lacio y áspero.
No
bien le viera Troche, supo que ese hombre se moría. Y
juzgando inútil probar cualquier tentativa de curación,
cuidóse bien de sacar a lucir su frasco, por temor de que
los asistentes y la familia le pidiesen la droga,
aumentando así la deuda del moribundo. Estaba allí, entre
otros, Choquehuanka, y a su lado una agorera
conocida con el sobrenombre de Chulpa,
acaso por lo seca, vieja y repugnante. Al verla, Troche tembló
de espanto, porque, como los indios, era en extremo
supersticioso, creía en toda laya de maleficios y se
cuidaba mucho de causar el menor daño a ninguno de los dos
viejos. Se les llegó comedido y zalamero.
—¿Verdad
que está mal? —interrogó a Chonquehuanka. Este hizo un
gesto vago y repuso, displicente:
—Ya
lo ves, no dura hasta la tarde.
—¡Pobrecito!
Volvió
el viejo la cabeza, y deteniendo los dedos cargados de coca
a la altura del mentón, le miró profundamente
en los ojos, como queriendo leer en el brillo de su furtiva
mirada si era verdad la piedad de su alma.
Troche esquivó los ojos del viejo. Y Choquehuanka,
sonriendo imperceptiblemente, dijo:
—Deja
dos hijos, mujer y su madre enferma.
—¿Y
qué le han dado?
—Todo,
pero inútil. La Chulpa ha de intentar ahora su último
remedio, porque los míos de nada sirvieron. Si con
él no se alivia, ya no hay nada que hacer. Ayer probó
algo, pero lo arrojó en seguida.
—¿Y
qué hizo?
—Lo
de siempre.
Y
contó:
Había
ordenado la Chulpa se degollase una oveja maltona,
gorda y jamás parida, y que con la carne del cuello y
las piernas, cortadas en tenues lonjas, se vendasen los
miembros doloridos del enfermo, colocando el resto
en
el punto exacto donde Quilco, el día del barbecho, había
caído sin sentido, para que fuese devorado por los espíritus
necesitados, quienes, por complacencia, habrían de volver
la salud al paciente que... se moría.
Hablaba
con despego y ligeramente irónico.
—¿Y
han ido a ver esta mañana si la carne estaba allí?
—preguntó Troche, asustado y convencido.
—Allí
estaba, y se la llevó ésta, que es la única que puede
tocarla —dijo señalando con los ojos a la Chulpa.
—¡Yo
sola debo comerla! ¡Los otros se morirían!— afirmó la
momia, con acento regañón.
—¿Y
ahora?
—Le
ha de dar su último remedio... Mira: lo trae la mujer.
Salía
de la cocina la animosa y fornida hembra, toda desgreñada y
con los senos robustos casi al aire. Al andar
cojeaba un poco por una lastimadura que se había producido
en la planta callosa de los pies, y el desacompasado
movimiento la obligaba a mantener en equilibrio una taza de
barro cocido repleta de un
menjurje
apestante y de horrenda fabricación, porque estaba hecho
con orines podridos, sal y el polvo finísimo de
vidrio molido.
Se
llegaron al enfermo, hiciéronle sentar, le abrieron la boca
con la ayuda de un cuchillo y le vaciaron en el gaznate
la inverosímil cochinada. Quilco se agitó un momento con
horribles convulsiones; estiró, rígidos, los enflaquecidos
brazos, como para abominar de quienes le daban cosas tan
sucias; dio una patada a la derecha,
otra a la izquierda, abrió la boca con gesto amargo, fijó
los ojos turbios e inmensamente abiertos en el
cielo purísimo, volvió a caer de espaldas, y, ¡brr!,
dando un último sacudón, agitó la cabeza, blanqueó los ojos
y se quedó inmóvil, para siempre inmóvil.
Troche,
despavorido, huyó, poniendo a ocultas su frasco de quinina.
Al través de la estepa resonaban los gritos
de la madre del difunto. Cuando el cholo llegó a su casa,
Clorinda le esperaba con una estupenda noticia:
la Rata, una soberbia marrana inglesa, había parido
seis cochinillos de aspecto gatuno...