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IV

IV

Choquehuanka se levantó con el alba cogió del patio una de las pértigas apoyadas contra el techo, echóse encima un manteo y salió al campo.

Todavía parpadeaban las estrellas en un cielo turquesa, de placidez infinita, y las bestias aún no habían despertado de su sueño. Un silencio profundo pesaba sobre la llanura y los objetos ya perdían sus contornos en la tenue claridad de la aurora.

Andaba el anciano con los ojos empeñosamente fijos en tierra cual si buscase algo. Otros muchos hacían lo propio; mas al verle, se le reunieron, y en grupo, se alejaron hacia la costa, sin dejar de examinar atentamente el suelo.

Al fin, uno se detuvo y llamó a Choquehuanka para enseñarle una piedra azulada, plana y de regulares dimensiones.

Vaga angustia oprimió el pecho del anciano, porque de esa piedra iba a recibir en esa aurora la revelación de un misterio, que ni él, con su sabiduría, ni otros antes que él supieron explicarse jamás: si la piedra llevaba el dorso enjuto, era señal inequívoca de que el año sería seco; si escarchado, abundarían las lluvias y habría cosechas.

Se inclinó, tomóla cuidadosamente y miró el lado en que apoyaba en tierra. Estaba seco, y en sus asperosidades una araña había tejido su hilo. Hizo un gesto de contrariedad y la enseñó a los otros:

—¿Lo ven? Tenemos mal año.

—Ya lo sabemos; todas se presentan así.

Estaban tristes, afligidos y callaron.

A poco se les reunieron los otros cateadores, y todos traían idéntica convicción: el dorso de las lastras, seco en estos primeros días de agosto, anunciaba falta de humedad en la atmósfera, y por consiguiente, ausencia de grandes lluvias, es decir, año fatal.

Apareció Tokorcunki. Había salido al amanecer de su casa y venía del cerro, donde fue a ver si los gansos silvestres habían anidado en las alturas, que es otra señal de tiempo, y estaba desolado.

—¿Qué hay, Tokorcunki? —interrogó el viejo Choquehuanka—. ¿Encontraste nidos en los cerros?

—No; todos están en el plano.

—Como el año pasado, entonces.

—Como el año pasado.

Guardaron silencio. Unos miraban el lago, mustios, y otros mascaban coca lentamente.

—Parece que los campos están kenchas —dijo uno, miedoso.

—Se habrá enojado Dios —repuso otro.

—Aún nos falta una prueba, la decisiva, y vamos a ensayarla —dijo Choquehuanka, encaminándose a la orilla del lago.

Una vez allí, se volvió hacia el hilacata y le ordenó:

—Anda a ver tú, pues yo ya soy viejo para meterme en el agua, y ojalá nos traigas más consoladoras noticias.

Las aves no se engañan nunca y tienen mejor instinto que nosotros, los hombres.

—Anda tú, anciano. Conoces mejor que nadie el secreto de las cosas y entiendes su lenguaje, para nosotros impenetrable —repuso el hilacata con fervorosa deferencia.

Los otros aprobaron en silencio con un signo de cabeza, pues tenían ciega fe en la sabiduría y experiencia del anciano y nadie osaba nada sin su aprobación.

Choquehuanka era el jefe espiritual incontestable de la comarca, y su fama de justo, sabido y prudente la traía por herencia, pues era descendiente directo del cacique que cien años atrás había saludado en Huaraz al Libertador con el discurso que ha quedado como modelo de gallardía y elevación en alabanza de un hombre, y esa su fama había cundido en las haciendas costeras trasmontando las islas y aun llegando a los pueblos de Aygachi, Pucarani, Laja, Peñas, Huarina y Achacachi, de donde venían a consultarle sobre diversos asuntos, no solamente los indios, sino los mismos cholos, y muchos decían que hasta ciertos patrones no desdeñaban nunca poner en práctica sus consejos.

Era un indio setentón, de regular estatura, delgado, huesoso y algo cargado de espaldas, lo que le hacía aparecer canijo y menudo. Su enmelenada cabellera mostrábase deslucida con los años y las canas le brillaban sólo entre los mechones que le cubrían las orejas. Su rostro cobrizo y lleno de arrugas acusaba una gravedad venerable, rasgo nada común en la raza. Era un rostro que imponía respeto, porque delataba corazón puro y serena conciencia.

De todo hacía Choquehuanka en la región: era consejero, astrónomo, mecánico y curandero. Parecía poseer los secretos del cielo y de la tierra. Era bíblico y sentencioso.

No tenía envidiosos, émulos ni enemigos, salvo los curas de los pueblos donde corría la fama de sus bondades y de sus hazañas. Creían los buenos personeros del buen Dios que si no era sumisa, según sus deseos, la indiada de todos esos contornos, era porque oía de preferencia los consejos del anciano, no siempre favorables a sus intereses perecederos y terrenales, pero nunca desdeñados. Le acusaban de hechicero y de mantener secretos pactos con los demonios y otros seres malignos y perversos, sin sospechar, los inocentes, que tales imputaciones, en vez de concitarle la animosidad de los indios, ponía sólidos remaches a su veneración, porque le presentaban poseyendo cualidades negadas a los demás hombres, llámense sacerdotes o lo que se quiera.

Como curandero, hacía maravillas el a viejo Choquehuanka.

De mozo, y cuando pastor, había aprendido a conocer en las bestias los males de los hombres, percatándose que era corta la diferencia entre unas y otros. Diestro taliri sabía, al primer golpe de vista, descubrir el miembro roto o dislocado. La anatomía humana no guardaba secretos para él. En el color de los ojos, en el pliegue de los labios, conocía los males y sabía si provenían de la carne o de allá adentro.

Como astrólogo, ya se sabía: nadie podía aventajarle en su penetración de los secretos del cielo. Hasta la forma y color de las nubes tenían para él su significación inviolada. El sabía cuándo traían agua y cuándo nieve; cuándo rayo y cuando trueno.

—¡Esto no va bien! —decía mirando el cielo.

Y, ¡cataplum!, se venía todo abajo, convertido en nieve o en rayo.

Tenía tal fuerza de previsión y presentimiento que lo que él decía debía suceder, fatalmente, irremediablemente, con precisión casi matemática. Agudo, perspicaz, malicioso y zahorí, con una sola mirada leía, como en un libro, lo que pasaba en el fondo de un corazón o de una conciencia...

Nada se ocultaba a sus ojos penetrantes e investigadores: ni acciones, ni sentimientos. Cuando abría la boca, eso sí no había más que ponerse a temblar porque el terrible anciano generalmente hablaba para anunciar desgracias. Alguna vez uno de sus admiradores se atrevió a preguntarle, enternecido, la causa de su inexorable escepticismo. El viejo sonrió con mansedumbre, y fijando sus ojos acariciadores y profundos en el curioso, respondió, sin añadir una sola sílaba a su frase rotunda y desolada:

—¡Es la vida!

Y pare usted de contar.

Para él la vida era eso: sufrir, llorar luchar y morir. La alegría no entraba en sus cálculos, la alegría exenta de añoranzas o inquietudes. Consideraba cosa amable un buen trago de licor, una golosina cualquiera, un puñado de maíz, pero sin conceder gran valor ni importancia a eso, como los otros. Era parco en sus placeres.

Comía poco, bebía poco también, dormía lo preciso y trabajaba mucho. Se podía asegurar que, a pesar de sus años, era el más trabajador de la hacienda y sus contornos.

Tenía una especialidad: hacer balsas. El sabía, mejor que nadie, cuándo, cómo, dónde y en qué cantidad hay que recoger la totora, para hacerlas ni muy anchas ni muy flacas, ni pesadas ni frágiles.

En el cultivo de la tierra sus andanzas servían de regla a toda la comarca. Cuando el viejo Choquehuanka uncía su yunta y, arado al hombro, se iba a laborar su terrón pedregoso y situado casi en medio de la colina coronada por rotos peñascos, todos le imitaban, y enganchaban sus bueyes, llamaban a sus ayudantes y se iban a roturar los campos, deshierbarlos y abonarlos.

Huraño y algo mañero, pero inofensivo, vivía parcamente el viejo cultivando sus tierras, haciendo balsas, arreglando los aparejos de pesca, distrayendo a los hombres, viejos y niños con sus narraciones de hechos sobrenaturales en que los espíritus jugaban principal papel.

Como ninguno, conocía la comarca y las orillas del lago en todos sus accidentes. El sabía dónde era fácil coger el hispi y dónde abundaba el suche de carne sabrosa y blanca como de algodón; conocía los sitios dilectos de los espíritus tenebrosos y las alturas donde se posan las aves de mal agüero, cuyos graznidos anuncian las desgracias que han de hacer llorar y padecer a los hombres.

Le querían los niños, le escuchaban las mujeres y le obedecían los hombres. Le obedecían con fe, ciegamente, y semejante sumisión era el motivo por el que los patrones y sus empleados le guardaban muchos miramientos y le permitían vivir a su arbitrio, sin exigirle servicios por el retazo de suelo que le dejaban  cultivar en la vertiente de la colina, ni por la casita que ocupaba, limpia y coquetona, a orillas del río...

—Aproxima, entonces, una de esas balsas —ordenó el viejo cuando vio que todos esperaban de él la revelación de un secreto que pertenecía a las aves.

Muchas balsas había en la ribera, con la proa hundida entre el lodo. Eligió una el hilacata, y ayudando a subir en ella al anciano, la empujó con el pie cuando Choquehuanka se hubo sentado en medio, con la pértiga  apoyada en el piso. La frágil canoa comenzó a deslizarse con suavidad entre las escasas totoras del borde y bien pronto se perdió en los recodos del canal.

A su paso, despertaban las aves. Y, Sin levantar el vuelo ni arredrarse, se alejaban moviendo de un lado a otro la cabeza lentamente.

Llegó a un claro en forma de plazoleta, de la que partían varios canales en distinta dirección. Choquehuanka, sin tomar ninguno, dirigió la proa de su balsa a lo más espeso del totoral y se internó en él.

Aquí, las aves, entumecidas aún por la vaguedad del crepúsculo, dormían en bandadas, formando cada especie grupo aparte. Las zulunquías y queñoqueyas ostentaban el blanco níveo de sus pechos aterciopelados; las panas desaparecían bajo el agua e iban a perderse lejos; las chocas apenas diseñaban en las sombras sus oscuras siluetas.

Comenzó a aclarar.

Las cumbres de los cerros del estrecho y de la isla Patapatani o Pakawi se encendieron de un color anaranjado que saltaba discretamente y con divina suavidad sobre el azul pálido del cielo. Una gaviota chilló en lo alto dando revuelos lentos; los negros jilguerillos piaban entre las totoras, y era a su canto a lo que prestaba oídos el viejo Choquehuanka, haciendo lo posible por apagar el ruido de su balsa, que, medio hundida entre las totoras, avanzaba con pena, dejando tras sí leve rumor de tallos al doblarse y volver a recobrar su tiesura.

Al fin ya no pudo avanzar más el fatigado viejo. A sus esfuerzos, la balsa se movía entre la crujiente totora, pero sin ganar un palmo.

Estaba Choquehuanka en medio de una maraña inextricable, verde, jocunda y olorosa. Las frágiles varillas se entrelazaban sobre su cabeza, tupidas, y era imposible vencer su resistencia. Entonces hundió el remo para medir la profundidad del agua, y al ver que era poca, arremangóse los calzones y se metió en ella, lanzando un suspiro al contacto de su tremenda frialdad.

Diose a caminar lentamente, con tiento, agarrándose de su percha y mirando con profunda atención las totoras, altas y flexibles.

Formaban fronda y florecían en la punta. Eran verdes de un verde oscuro en lo alto y más claras en el medio, para tornarse blancas, de un blanco nítido, en la raíz suave, mantecosa, cuyo sabor de hongo tienta a los hombres y es delicado manjar de las bestias.

Allí anidaban los jilgueros de plumaje negro, lustroso como el raso, y con fleco amarillo en el ala. Holgaban lanzando una especie de repiqueteo breve y agudo, y eran tan nutridas las bandadas, que el totoral parecía estremecerse al ruido de los chasquidos. Saltaban las bestezuelas de un lado para otro, pendiéndose a las totoras, engullendo al vuelo las moscas y otros insectos que en infinitos enjambres se movían como polvo sobre la superficie ondulante del eneal.

Pero Choquehuanka ponía poca atención al ruido. Eran los nidos lo que a él le importaba, construidos con maravillosa ingeniosidad y consumado arte en las totoras. Se movía de un lado para otro mirándolos todos, metiendo los dedos en cada uno e inclinando los nuevos para medir a qué distancia de las aguas estaban edificados.

El sol le halló en estos afanes, y cuando creyó que ya nada tenía que hacer porque todo estaba visto, volvió a su balsa, entristecido.

Ahora tenía la profunda seguridad de que también ese año sería seco, al igual de los últimos pasados: se lo acababan de decir los nidos de las aves, cuyo instinto del tiempo jamás yerra. Cuando el año ha de ser lluvioso, cuelgan las aves sus moradas en lo alto de las totoras, para que al crecer el lago no mate la pollada...

¡Y ahora todos los nuevos estaban construidos al mismo nivel de los antiguos!...

Al salir de la maraña topó con los balseros que Tokorcunki había enviado a su encuentro. Lo recogieron en la grande de las balsas y se lo llevaron a tierra, donde esperaban los demás, ansiosos, aunque sin alentar ninguna ilusión.

—Podemos ir pensando en lo que hemos de ganar este año; el tiempo no ha de ser bueno —les dijo Choquehuanka al saltar a tierra.

Los otros fruncieron el ceño, consternados.

Y convencidos de su infortunio, pero resueltos a poner en su esfuerzo todo lo que humanamente fuera posible para no morirse de hambre, diéronse a barbechar sus campos sedientos y polvorosos; pero muchos, ganados por la idea de que Dios estaba dolido por los crímenes de los hombres y quería convertir en yesca el suelo en que delinquían, cifraron sus esperanzas en la pesca y se metieron en la charca o echaron redes en los remansos del río, donde se cría el suche y prospera el menudo hispi, que se come seco y tostado a la brasa...

Quilco tenía fe en la generosidad de la tierra, y las excursiones al lago le sentaban mal. Cada vez que pernoctaba en las duras faenas de la red veíase forzado a quedar varios días sin moverse de su casa,  consumido por la fiebre y con un dolor intenso y constante en los riñones.

Pero un día se sintió mejor, y viendo que el cielo tenía trazas de no cambiar su vestidura azul, se le ocurrió ir a barbechar su sayaña, que estaba en la vertiente rocallosa del cerro, a media hora de camino de su casa.

Pidió a su mujer que unciese la yunta, y cuando estuvieron los toros bajo el yugo, cogió su pica, echóse al hombro el arado y, casi a rastras, se fue a la distante sayaña.

Al llegar, se sintió fatigado como nunca. y hubo de sentarse un momento sobre una piedra para cobrar reposo mascando algunas hojas de coca. Después preparó el arado, enganchó las bestias y empuñó la pica:

—¡Nust, adelante!

Los toros, con la cabeza inclinada bajo el yugo, avanzaron firme y lento, rompiendo la costra endurecida del terrón. A veces vencidos por la resistencia del suelo, sé detenían de golpe. Crujía el arado al choque con la piedra y de la tierra seca se desprendía olor de azufre. Quilco, de un tirón sacaba el arado, e incitaba a la yunta con un grito corto y ahogado, y volvían a ponerse en marcha las enormes bestias, con los hocicos húmedos tendidos a lo largo, blanqueantes los ojos dirigidos al cielo y llenos de infinita dulzura y mansedumbre, cual si tuvieran conciencia de que sus esfuerzos servirían para prolongar la agonía de sus dueños, los pobres esclavos...

Trazó el primer surco en la tierra dura y seca, un surco ligero, donde se veían marcadas las pezuñas de las bestias; pero al comenzar el segundo y hacer fuerza para que la reja rompiese desde más hondo la costra endurecida notó que las piernas le temblaban, que crujía la vasta armazón de su corpacho, ayer sólido y hoy en ruinas, y que un sudor frío y abundante bañaba sus miembros.

Se aferró, con todo, a la labor e hizo otros dos surcos: pero al tercero dio un traspié y cayó desfallecido, sin ánimo ni aun para alzarse. La yunta, al sentirse libre, echó a andar sin rumbo en busca del misérrimo pasto que crecía junto a las pircas de piedras. Y seguramente se habría quedado tendido bajo el cielo raso si un vecino que logró pasar por allí. al ver vagar la yunta enganchada y reconocerla, no se hubiese preocupado de buscar al dueño.

Le encontró delirando y tembloroso. Le habló, y no fue reconocido. Entonces desunció la yunta, y llevándosela consigo fue a dar parte al hilacata del accidente que había sufrido el enfermo.

Tuvieron que transportarlo en camilla hasta su casa, y sólo en la tarde volvió en sí.

Su primera pregunta fue para la yunta. Dónde estaba? ¿La habrían recogido? ¿No se habrían quebrado los aparejos?

Le respuesta de la esposa le tranquilizó.

—¿Y cómo te sientes?

Hizo un gesto triste y resignado.

No; no estaba bien. El lomo se le partía; las espaldas las llevaba rendidas por un gran peso, y dentro la cabeza, en lo hondo de las cuencas orbitales, un rumor sordo, incontenible, no le dejaba reposar.

Varios días quedó en cama, sin hacer nada; pero al fin hubo de levantarse porque la mujer, hembra ágil, laboriosa dura para sí y para los demás, siempre andaba recordándole sus deberes, cuando no le obligaba, con sus sarcasmos, a levantarse para dar pienso a la yunta, arrear las gallinas que se metían al troje y saqueaban el grano, cosechar algas en las orillas del lago, coser, lavar y aun cocinar.

Estas labores las realizaba el enfermo de buen grado, no obstante el enorme cansancio de sus músculos y el invencible aflojamiento de su voluntad. Le remordía la conciencia verse recostado e inmóvil, como un haragán.

Le parecía que el tiempo avanzaba, trayendo de golpe todas sus estaciones, y que por su holganza se quedarían sin comer sus hijos. E iba, por matar el tiempo, de un lado para otro, atareado en labores menudas, limpiando sus herramientas, arreglando su arado, fregando el barro que en el hierro había prendido, hasta poder mirarse en él como en un cristal, ordeñando la vaca, haciendo los quesos que la hacienda exigía de cada colono y rascando el suelo pata los pequeños sembríos de papas primerizas.

—¡Quilco: hay que ir a traer la yunta! —ordenaba la garrida hembra.

Y Quilco se ponía un doble poncho; cogía, cual si fuese viejo y con harta vergüenza hacia los vecinos, un cayado, y apoyándose en él, doblado en dos y tiritando con todos sus miembros. se iba al lago a recoger la yunta conducirla al establo.

Al fin se puso de veras mal.

Estaba flaco, transparente, y su estómago no podía soportar ningún alimento. Sus manos huesosas parecían garras; se le habían hundido enormemente los ojos, afilado el mentón descarnado las mejillas, en las que comenzaron a crecer algunos pelos. Al través de la piel amarillenta y bronceada se le adivinaba la calavera.

El hilacata se asustó, y fue un día, el último para Quilco, a ver al administrador, por si tuviera algún remedio maravilloso.

—Tata: Quilco está mal.

—¿De veras?

—Sí, tata; está mal.

—¿Qué tiene?

—No sé, pero está pálido como un muerto y tiembla mucho. No hace otra cosa que temblar y pedir agua.

—¡Ah! Ya sé son las tercianas.

Quizá pero nunca he visto cosa igual. Da miedo.

—¿Y crees que muera?

—Choquehuanka lo cree. Tampoco ha visto mucho de esto: pero se acuerda de algunos que estaban atacados de ese mal y dice que morían irremediablemente.

—¡Que no amuele muriéndose! Me debe diez pesos —dijo Troche, sinceramente consternado.

—A mí también me debe, y no le queda gran cosa de sus bienes.

Troche, el cigarrillo entre los dientes, paseaba por el patio. La idea de perder sus diez pesos le traía de veras cariacontecido y pensaba en la manera de cobrárselos al enfermo antes de su claudicación. Creyó encontrar la manera, pues guardaba entre la botillería del tenducho un frasco de quinina y el remedio podía por lo menos prolongar el desenlace del mal. Llamó a grandes voces a su mujer para pedirle el frasco, y cuando estuvo en posesión de él, se encaminó a casa de Quilco.

Tendido en el poyo sobre los gastados vellones de cordero estaba allí de espaldas, pálido y transparente, rígido bajo el temblor de la fiebre, los dientes apretados, ahogada en sombras la razón, los vidriosos ojos como mirando por el agujero de la puerta la azul extensión del lago, la cabeza vendada en sucios andrajos y escapando por debajo de ellos mechones de cabello lacio y áspero.

No bien le viera Troche, supo que ese hombre se moría. Y juzgando inútil probar cualquier tentativa de curación, cuidóse bien de sacar a lucir su frasco, por temor de que los asistentes y la familia le pidiesen la droga, aumentando así la deuda del moribundo. Estaba allí, entre otros, Choquehuanka, y a su lado una agorera conocida con el sobrenombre de Chulpa, acaso por lo seca, vieja y repugnante. Al verla, Troche tembló de espanto, porque, como los indios, era en extremo supersticioso, creía en toda laya de maleficios y se cuidaba mucho de causar el menor daño a ninguno de los dos viejos. Se les llegó comedido y zalamero.

—¿Verdad que está mal? —interrogó a Chonquehuanka. Este hizo un gesto vago y repuso, displicente:

—Ya lo ves, no dura hasta la tarde.

—¡Pobrecito!

Volvió el viejo la cabeza, y deteniendo los dedos cargados de coca a la altura del mentón, le miró profundamente en los ojos, como queriendo leer en el brillo de su furtiva mirada si era verdad la piedad de su alma. Troche esquivó los ojos del viejo. Y Choquehuanka, sonriendo imperceptiblemente, dijo:

—Deja dos hijos, mujer y su madre enferma.

—¿Y qué le han dado?

—Todo, pero inútil. La Chulpa ha de intentar ahora su último remedio, porque los míos de nada sirvieron. Si con él no se alivia, ya no hay nada que hacer. Ayer probó algo, pero lo arrojó en seguida.

—¿Y qué hizo?

—Lo de siempre.

Y contó:

Había ordenado la Chulpa se degollase una oveja maltona, gorda y jamás parida, y que con la carne del cuello y las piernas, cortadas en tenues lonjas, se vendasen los miembros doloridos del enfermo, colocando el resto

en el punto exacto donde Quilco, el día del barbecho, había caído sin sentido, para que fuese devorado por los espíritus necesitados, quienes, por complacencia, habrían de volver la salud al paciente que... se moría.

Hablaba con despego y ligeramente irónico.

—¿Y han ido a ver esta mañana si la carne estaba allí? —preguntó Troche, asustado y convencido.

—Allí estaba, y se la llevó ésta, que es la única que puede tocarla —dijo señalando con los ojos a la Chulpa.

—¡Yo sola debo comerla! ¡Los otros se morirían!— afirmó la momia, con acento regañón.

—¿Y ahora?

—Le ha de dar su último remedio... Mira: lo trae la mujer.

Salía de la cocina la animosa y fornida hembra, toda desgreñada y con los senos robustos casi al aire. Al andar cojeaba un poco por una lastimadura que se había producido en la planta callosa de los pies, y el desacompasado movimiento la obligaba a mantener en equilibrio una taza de barro cocido repleta de un menjurje apestante y de horrenda fabricación, porque estaba hecho con orines podridos, sal y el polvo finísimo de vidrio molido.

Se llegaron al enfermo, hiciéronle sentar, le abrieron la boca con la ayuda de un cuchillo y le vaciaron en el gaznate la inverosímil cochinada. Quilco se agitó un momento con horribles convulsiones; estiró, rígidos, los enflaquecidos brazos, como para abominar de quienes le daban cosas tan sucias; dio una patada a la derecha, otra a la izquierda, abrió la boca con gesto amargo, fijó los ojos turbios e inmensamente abiertos en el cielo purísimo, volvió a caer de espaldas, y, ¡brr!, dando un último sacudón, agitó la cabeza, blanqueó los ojos y se quedó inmóvil, para siempre inmóvil.

Troche, despavorido, huyó, poniendo a ocultas su frasco de quinina. Al través de la estepa resonaban los gritos de la madre del difunto. Cuando el cholo llegó a su casa, Clorinda le esperaba con una estupenda noticia: la Rata, una soberbia marrana inglesa, había parido seis cochinillos de aspecto gatuno...

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