IX
Una
especie de bruma azulada difumina en el espacio el contorno
de las cosas. El cielo tiene una claridad lechosa
y se enciende con tonos violáceos a los rayos del sol, que
aparece, enorme y rojizo, allá, en el lejano confín
del horizonte, cual si surgiese del seno mismo de los
montes.
Dondequiera
que se vuelvan los ojos se ven brillar gotitas de diamante
esparcidas por el suelo, del que parece levantarse
el hálito frío de la nieve cuajada en escarcha sobre cada
brizna de hierba seca, en las agujas de las pajas
que son carámbanos agudos, o largos alfileres de cristal.
Cada
charco es un espejo sobre cada manantial ha puesto el hielo
su vidrio frágil; sobre cada piedrecilla luce una
gota de rocío. La pampa entera es un enorme cristal sonoro,
que vibra y se estremece...
De
las casitas escalonadas en la falda de la colina, dispersas
en la llanura o a lo largo del río sinuoso y ondulante
se levanta, recta, una columna de humo azul, que raya el
cielo; las aves salvajes entumecidas, apenas
ensayan sus cantos.
Aquí
y allá, al borde de los manantiales secos, los pájaros
bobos perfilan sus delgadas siluetas sobre el vidrio del
hielo; están inmóviles hieráticos y calientan al sol su
plumón aterido. Una que otra gaviota revuela en el espacio,
muda. Acaso de tarde en tarde resuena, cristalino, en el
ambiente puro, el repiqueteo de un yaka-yaka, que,
erguido sobre el muro de un solar abandonado o a la vera de
un montón de piedras muestra
al
cielo su pico negro rayado de amarillo y el plumón yema de
su pecho, también rayado.
De
pronto, de alguna casa surge el redoble precipitado de un
tambor y aparece una bandera blanca sobre la
negrura
del techo, tras los muros del corral; otro tambor le
responde a lo lejos, de otra casa, y una nueva
bandera
aparece entre sus muros; después otros y otros. A poco la
estepa se estremece toda con el hueco
golpear
de los timbales, profanando el recogimiento de esas primeras
horas matinales, dulces y apacibles.
Es
la señal convenida para la concentración de la indiada.
Los
grupos, ataviados con ropas de vistoso colorido, aparecen en
toda dirección, ora bajando por las colinas,
ora
surgiendo por la suave vertiente de un cerro, a campo
traviesa por la llanura. Y todos se dirigen a la casa
patronal
de donde deben partir a un fundo cercano, célebre en la
comarca por la cruz que se venera en la
capilla,
y cuya fama de milagrosa se extiende en muchas leguas a la
redonda.
Choquehuanka
marcha en cabeza de los de Kohahuyo. Es de la fiesta y
camina gozoso porque sabe que su
alferazgo
no ha de engullir su fortuna ni privar de cimientos su casa,
como acontece de ordinario a los prestes
y
alféreces, ya que al ser cogidos por el inevitable
acontecimiento, y por salir airosos en él, venden, empeñan
y
pignoran
lo suyo y lo ajeno, pagando la imprevisión con la miseria
de toda su vida, pues concluidas las fiestas
quédanse
en tal estado de indigencia que muchas familias ya no se
levantan más y se convierten en esclavos
de
esclavos, aunque sin olvidar nunca, ni ellos ni los demás,
el fausto con que supieron lucirse y del cual se
mostrarán
eternamente orgullosos, sin arrepentirse nunca de la caída,
aunque hubiesen de empezar otra vez...
Tocábale
ahora el turno a Choquehuanka y todos se prometían largos días
de esparcimiento y jolgorio, pues
sabían
que de meses atrás venía acumulando el patriarca toda
suerte de provisiones no era secreto para
nadie
que en las casas de sus vecinos se preparaban ventrudas
tinajas de chicha por su cuenta.
Doraba
el sol las redondas cumbre de las islas cuando se vio
descender por el sendero la comitiva que
portaba
en hombros el sagrado símbolo de la redención. Este queda
en custodia durante un año en casa del
nuevo
alférez cuando no es el patrón quien lo retiene en la casa
de hacienda, tomando así a su cargo la
celebración
de su fiesta y luengos años ya hacía que el Cristo me
rodeaba por las pobres casas de los
colonos,
sin asomar a los umbrales de la patronal, cerrada a la santa
insignia desde mucho antes de la muerte
del
padre del joven Pantoja, que, por lo visto, parecía empeñado
en no querer tributarle las preces de su
devoción.
Presidía
la comitiva una comparsa de bailarines choquelas, cuyos
blancos pollerines alegraban la nota grave
del
terrón. Detrás venían los dos alféreces: el uno,
Choquehuanka, batiendo al aire la gran bandera a cuadros
menudos
hecha con retazos de tela de todo color y que pasa, junto
con la cruz, al poder del nuevo alferazgo;
el
otro, Chuquimia, conduciendo sobre los hombros el Cristo
clavado en su cruz, pálido, exangüe, con el pecho
abierto
por la lanzada y los ojos vueltos al cielo con expresión de
infinita tristeza.
El
camino blanco se alarga siguiendo las curvas del lago azul.
De trecho en trecho tupidos cebadales muran
su
vera ondulando con leve rumor de espigas maduras que se
frotan. A veces alternan con los patatales, cuyo
hierbaje,
amarilleado por las primeras heladas, se mustia sobre el
surco donde reposan los verdes frutos.
Piaras
de cerdos hociquean en las orillas del lago, se revuelcan en
el lodo, gruñen y se refocilan bajo la atenta
vigilancia
de los pastores rapaces o del canijo y malhumorado can,
cuyas dentelladas han puesto marca en
sus
duras pieles. Los toros, hundidos hasta el pecho, hurgonean
las algas que lucen sus verdes tallos a flor de
agua
o afilan las astas con decisión de combate y braman en
reclamo de la hembra o de un rival.
Una
que otra balsa de pescador luce su vela de paja más allá
de los totorales que pueblan la orilla, en las
libres
aguas, y se ve, nítida, la silueta del remero enormemente
agrandada por la refracción solar. Bandadas
de
gaviotas revuelan en el espacio. Vienen, se alejan, trazan
breves círculos en el aire y se pierden entre los
jocundos
eneales. Varios flamencos posados en fila reflejan en la
linfa su rosado plumaje y yacen inmóviles,
pacientes;
de rato en rato alguno hunde en el agua su largo cuello y a
poco vuelve a erguirse y a tomar
hierática
actitud. Avecindando con ellos se ve hormiguear por el suelo
enjambre de becacinas, visibles sólo por
la
albura de su pecho. A lo lejos, rayando el cristal azul, un
viejo y sucio navío a vapor, con la cubierta
rebosante
de pasajeros que admiran el nunca visto panorama, va ruta
del gran lago, y su chimenea humeante
mancha
de negro el connubio de los dos azules...
Por
el camino ribereño, rumbo al lejano santuario que se yergue
sobre una loma y cuyas agudas torrecillas
blancas
se destacan nítidas en el sosegado horizonte, marcha la
bulliciosa caravana peregrina con alegre
paso.
Mozos y mozas andan cogidos de la mano, en pandilla,
danzando en torno del paciente Cristo, y el
yermo
parece florecer al paso de la alegre tropa con las claras y
vistosas ropas de las mujeres.
Van
ataviadas con trajes de cálidos tonos y ostentando el lujo
llamativo de sus polleras, todas de color distinto.
Un
apretado corpiño de terciopelo orlado de lentejuelas que
brillan como diamantes les ciñe el talle, acusando
netamente
el contorno de los redondos senos jamás aprisionados con
corsé; por el escote luce la blanca
camisa
de tocayo con la pechera bordada con hilos de colores
y que ya no saldrá sino con el uso y a
pedazos...
Llevan los pies desnudos y sólo las jóvenes, más por
coquetería que por necesidad, llevan ojotas
con
abrazaderas de charol e incrustaciones de cordobán,
vistosas.
Wata-Wara,
la nueva desposada, ostenta la frescura de sus gracias con
sin par donosura. Lleva corpiño azul y
pollera
verde, algo corta y que deja ver el color variado de las
restantes: una es roja. morada otra y amarilla la
última
que se ve. Luce trenzada con cintas de color su abundante y
negrísima cabellera, que le cae en lluvia
de
menudos bucles sobre las espaldas, y ha arrollado en torno
de su cuello mórbido y moreno un collar con
cuentas
de vidrio multicolor. Parece más blanca que las otras y
seguramente es la más bonita; pero ahora
desaparece
la gallardía de su cuerpo, deformado por la abundancia de
polleras. Una sonrisa plácida y feliz
entreabre
sus labios maduros, y en sus ojos profundamente negros salta
la llama de la más honda alegría. En
esa
mañana sus padres le han llevado, según costumbre, las
cargas de semilla para ensementar el retazo de
suelo
que en adelante labrará con su esposo, y su suegra le ha señalado
una habitación para ellos solos en su
casa,
y ya no dormirán más en la cocina con las bestias menudas,
sino en su cuarto, hasta la bendita hora en
que,
con tesón indomable, levantarán la flamante casa donde irán
a establecerse durante su vida...
Los
varones son más ostentosos todavía. La chaqueta, de
bordadas solapas y de mangas pespunteadas, va
bien
ceñida al robusto torso, sobre el chaleco, de color
distinto, igualmente pespunteado; el calzón, también de
otro
color cae en forma de campana hacia los pies y se abre por
detrás, desde las corvas, para mostrar el
amplio
calzoncillo de género blanco, ligeramente teñido con añil.
Una faja flamante tejida con hilos de colores
les
sujeta el talle y está atravesada de un lado por la quena y
de otro por un corto cuchillo enfundado en un
estuche
de cordobán. Su lujo es el zapato. Un recio zapato de
triple suela, tacón alto y ferrado, punta
ligeramente
cuadrada, con encaladuras de color, y el vistoso gorro de
lana rematado en una vaporosa orla que
sobresale
por debajo del sombrero de castor junto con la áspera
cabellera caída en melena sobre los
hombros.
Así,
como este grupo, van otros a la fiesta. En las casas no
quedan sino los inválidos y los niños encargados
de
cuidar los rebaños. Y los caminos por lo común desiertos
de viajeros, resuenan ahora al paso alegre de las
caravanas
endomingadas, y por todos lados se oye el son quejumbroso de
las flautas y el redoble inquieto de
los
tambores; la llanura está en fiesta.
Arribaron
al campanario.
Ocupa
la plataforma de una colina chata y a su pie se yergue la
casa de hacienda rodeada por la de los
colonos;
dijérase un ave con su pollada. Como a todos los
campanarios de la estepa, circúndale una baja tapia
de
adobe tendida sobre toda la cumbre y parte de sus flancos,
capaz de contener muchos centenares de
bailarines.
Estos
pueblan ahora el espacio con el ruido de sus músicas
tristes.
Aquí,
formando rueda, danzan los sicuris. No tienen adornos
ni disfraces, pero lucen su rumboso distintivo
llevando
sobre la cabeza desmesurados quitasoles invertidos, hechos
con plumas blancas de avestruz o de
ibis,
y adornados en el centro con un ramillete de flores
fabricado con plumas de loro, variadas de matices y
colores.
Dentro la rueda bailan a pequeñas zancadas los mallcus; llevan
cubiertas las espaldas con la piel de
cóndor
y el cuello acollarado del ave descansa sobre la cabeza del
bailarín, que ha enganchado los brazos
bajo
las anchas alas y anda de un lado para otro, batiendo el
nevado plumaje, haciendo mesuradas quiebras
al
lento compás de las zampoñas, que aúllan en desolados
tonos. Allá, los phusipiyas, encorvados sobre sus
flautas
enormes y gruesas, lanzan notas bajas, hondas y patéticas,
en que parece exhalarse la cruel
pesadumbre
de la raza; más lejos, brincan y corren los kenalis cargando
pieles disecadas de vicuñas tiernas,
zorros,
onzas y gatos monteses embutidos en paja, y avecinan con los
choquelas inquietos, cuyas piernas
cubre
un pollerín blanco y encarrujado. Al otro lado danzan los kenakenas,
el busto cubierto con la piel de tigre
y
la cabeza con pequeños sombreros de lana que sostienen una
especie de diademas hechas de plumas y
con
incrustaciones de espejos...
Repican
alborozadas las cuatro campanitas del santuario, y de las
torres prietas, adornadas con banderas
gayas,
se arrojan frutas, que se disputan los chicuelos. Cohetes
encendidos estallan en el aire, llenándolo con
rumor
de fiesta.
En
el interior fulge el altar por las luces encendidas. La
Virgen, ataviada con un vestido violeta de seda, hace
brillar
las opacas facetas de sus joyas de vidrio y pone a las
claras su compungido rostro de estuco,
toscamente
embadurnado de colorines.
Al
repique incesante de las campanas, ebrias de alborozo, cesan
los danzantes en el rumor de sus músicas
alegres
y rompen en una especie de paso doble, al compás del cual
se dirigen a la puerta del campanario,
arrastrándose
de rodillas por el suelo polvoroso y seco. Y ése fue el
instante en que por la puerta de la
sacristía
apareció el acólito vestido de rojo y blanco. Llevaba en
manos el platillo de limosnas, con una imagen
al
borde, y hendiendo la apiñada muchedumbre, púsose a
recolectar las monedas que imperiosamente y a
grandes
voces exigía por cada ósculo depositado en el metal.
Concluida
la fructuosa colecta, desapareció el acólito en la sacristía,
y a poco reapareció precediendo al
sacerdote,
que venía revestido de sus ornamentos sagrados.
Comenzó
el sacrificio de la mesa.
En
el coro habían tomado asiento, curiosos más que devotos,
el patrón de la hacienda festejante, el de
Kohahuyo,
y sus amigos y los administradores de los fundos lindantes,
todos expresamente invitados por don
Hermógenes
Pizarro, el cura, que ansiaba lucir sus dotes oratorias en
un discurso compuesto tras largos días
de
meditación y estudio.
A
media misa y antes de elevar la sagrada forma, alzóse don
Hermógenes, a falta de púlpito, sobre una caja
vacía
de alcohol expresamente colocada a la vera del altar, hizo
la señal de la cruz, que todos imitaron, y
luego
de mascullar algunos latines, lanzó, con voz sonora y gesto
adusto, su discurso, imborrable en la
memoria
de quienes le escucharon.
El
culto de la Cruz, supremo signo de redención tributado en
aquel templo por la edificante devoción del dueño
de
la hacienda, hombre bondadoso y generoso, era un ejemplo
digno de imitarse por todos los que para sí y
los
suyos deseaban atraerse la divina protección de los cielos,
y, con ella, todos los bienes codiciables de la
tierra.
La
bondad de Dios únicamente alcanzaba a los que sabían
tributarle rendido acatamiento, y si de algunos
años
a esa parte el cielo se mostraba inclemente y la tierra
parca en frutos, era porque las iniquidades de los
hombres,
su impiedad, su avaricia, su desvío, se hacían cada vez más
patentes, y Dios comenzaba a
mostrarse
airado.
Nada
podía conseguirse sin la sumisión ni la caridad. Sumisión
hacia los que, delegados por Dios,
representaban
su poder en la tierra. Caridad para con sus personeros los
sacerdotes, que, como todos los
hombres,
tenían necesidades que satisfacer y bocas que alimentar.
Y
la caridad se iba.
Egoístas
e interesados, los hombres dejaban que los pobrecitos curas,
necesitados y mal comidos, llevasen
vida
de penurias y privaciones... ¿Cómo iba entonces a
mostrarse clemente nuestro buen Dios?
Pero
había aún algo más horrendo quizá: ¡los hombres ya no
sabían obedecer!
Díscolos,
insolentes, malvados, tenían la audacia de no acatar las órdenes
de los patrones; sabían resistir a su
mandato,
desoir sus consejos y disposiciones, olvidándose, los
malaventurados, que Dios había dispuesto el
mundo
de manera que hubiese una clase de hombres cuya misión era
mandar y otra sin más fin que
obedecer.
Los blancos, formados directamente por Dios, constituían
una casta de hombres superiores y eran
patrones;
los indios, hechos con otra levadura y por manos menos
perfectas, llevaban taras desde su origen y
forzosamente
debían de estar supeditados por aquéllos, siempre,
eternamente...
Don
Hermógenes, de veras indignado, lanzaba con voz tonante sus
anatemas. Con los brazos tendidos y los
puños
crispados, encendido el rostro, surcada la estrecha frente
por una honda arruga, brillantes los ojos,
invocaba
el nombre de Dios para afirmar sus teorías; y los indios,
consternados, temblorosos, con las frentes
inclinadas,
oían la palabra sagrada sin osar levantar los ojos al
santuario por temor de caer fulminados por la
ira
vengadora del Cristo llagado y maltrecho que pendía de su
cruz, exangüe y mirando al cielo con expresión
de
infinita tristeza, de soledad e implacable abandono...
Concluida
la ceremonia, los de Kohahuyo emprendieron camino de regreso
a la hacienda. El administrador,
interesado
en que los alféreces acudiesen a su tienda para consumir
los artículos que forzosamente habrían
de
necesitar había ordenado, con el pretexto de evitar las
consabidas peleas y hondeaduras, que apenas
pasada
la misa tornasen a la hacienda. Y obedecían la orden sin
gran contrariedad, pues les atraía los
preparativos
de Choquehuanka, y además, se sentían débiles para
sostener con honor esos combates a
piedra
que tanta fama dieran antaño a los mozos y hembras de
Kohahuyo, ahora mermados por la fuga sin
retorno...
Uno
de los colonos, Katupaya, se llevó al Cristo a su casa con
acompañamiento de toda la peonada, y
después,
en alegre pandilla los jóvenes, con reposado continente los
viejos, invadieron la casa del patrón,
donde
fueron agasajados con rebosantes copas de licor que ellos se
apresuraron en beber para irse a la casa
del
alférez, donde indudablemente estarían más a su sabor y
tendrían cosas más suculentas para su paladar.
Así
lo hicieron, con harta satisfacción del señor Pantoja,
nada amigo de músicas ni de obsequios. Se fueron al
llano
a danzar, y tan pronto se les veía correr por los senderos
a la orilla del río, en largas pandillas, como dar
vueltas
en torno de las casas levantadas junto a la de hacienda,
aunque esquivando asomar a sus umbrales.
Los
viejos y los mandos se fueron directamente a casa de
Choquehuanka en pos del viejo, que no había
soltado
su bandera simbólica. Se instalaron en el patio, limpio
como patena, frente a sus taris desplegados, y
rígidos,
tiesos, ceremoniosos, bebían de la copa escanciada por el
viejo y que iba de mano en mano, sin
reposo.
Hablaban, como siempre, del estado del tiempo y de las
cosechas; y sus lenguas, mesuradas al
comienzo,
se desataban a medida que se repetían los tragos.
¡Qué
tiempos tan difíciles hogaño! Perdidas las cosechas, era
el hambre que se avecinaba, cruel y rigurosa, y
los
mozos no tendrían más remedio que refugiarse otra vez en
la ciudad, para buscar allí trabajo, irse a alquilar
al
valle y a los Yungas, donde se atrapan fiebres y otros
males; mendigar, en último caso.
—Yo
creo —dijo una vieja de cara enjuta, apilada nariz y ojos
hundidos— los laykas están enojados con
nosotros
y quieren vengarse.
—¿Por
qué? No les hemos hecho ningún mal. Les damos todo lo que
nos piden y a veces más de lo que
podemos.
¿Cómo podrían entonces hacernos pagar sus rencores?
—No
es eso —repuso otro viejo flaco y también de nariz
encorvada—; es el patrón quien tiene la culpa de
todo.
El otro día, persiguiendo a las vizcachas, se ha atrevido a
entrar en la cueva del demonio.
—¿De
veras?
—Sí,
mi hijo lo ha visto.
—Es
khencha y
nada respeta. Tira a las aves que están en los techos,
posadas sobre las cruces, y derriba
éstas;
deshace a chicotazos las brujerías que encuentra en los
caminos, se ríe de nuestras creencias.
—Sería
bueno que se muriese —dijo alguien, interpretando el deseo
común, que en muchos era ya obsesión.
—O
que lo matemos —sentenció un viejo encorvado, arrugado
como una pasa, con las manos secas y
sarmentosas.
Todos
se miraron entre sí y no dijeron palabra.
—¿Para
qué?—contestó Choquehuanka, que no hacía descansar la
copa en poder de sus invitados—. Si se
muere
éste o lo matamos, vendrá otro y será lo mismo.
—Y
entonces, ¿qué debemos hacer?
—Nada.
Resignarse.
—¿Y
eres tú quien nos aconseja así? —dijo el viejo con
acento rudo.
—Todo
tiene su hora, Cachapa, y el campo que hoy está yermo dará
mañana flores —repuso Choquehuanka
con
voz tranquila.
—¿Y
qué quieres decir con eso?
No
pudo oírse la explicación. Ruido de tambores y flautas y
alegres voces sonoras resonaron junto a los muros
de
la casucha, invadida al punto por los bailarines, que
danzaban con bríos de bestias jóvenes sueltas en el
campo
tras largos días de duro encierro.
—¡Buenas
tardes, tatitos! ¡Buenas tardes mamitas!
—saludaron al entrar al patio, quitándose los sombreros.
Llegaban
sudorosos, agitados, con los pies y los zapatos
emblanquecidos por el polvo, vorazmente
hambrientos,
rabiosamente anhelosos de agotar fuentes, cascadas y mares
de chicha y aguardiente.
Levantáronse
los viejos para hacer sitio a los mozos y diéronse a bailar
en el patio, cogiéndose de las manos y
balanceando
los cuerpos al compás de la triste música. No estaban
ebrios, pero fingían no poder tenerse en
pie.
Llegó
la noche, fría y sin luna, y el entusiasmo juvenil parecía
más bien redoblar de energía con las sombras.
Se
les sentía a los bailarines correr en torno de la casa, al
claror macilento de dos velas pegadas en la pared;
perderse
entre densos círculos de oscuridad, y siempre al son
incansable de las quenas tristes y al ruido de
los
tambores, que en la oscuridad y el silencio de la noche
parecían adquirir mayor y más intensa sonoridad. Y
así
amanecieron al nuevo día, siempre bailando, las mujeres en
pos de los hombres, dando vueltas como
peonzas,
tanto más rápidas cuanto más ebrias, y mostrando, a la
luz del día, las piernas duras, morenas y
limpias
de vello.
En
la tarde del segundo día aparecieron en la casa del
alferazgo el patrón y mis amigos.
No
habían podido dormir en la noche con el ruido de los
tambores y, algo incomodados, venían a divertirse
viendo
bailar a los mozos y a ordenarles diesen tregua por esa
noche a su entusiasmo.
Apenas
se mostraron los señores cesaron los indios de tocar en sus
instrumentos y pareció sucederse un
momento
de malestar, pero como casi todos estaban medios bebidos,
mozos y mozas se destocaron, y
cayendo
de hinojos se arrastraron de rodillas adonde estaba el señor
Pantoja para limpiar con sus labios el
polvo
de sus botas, besarle las manos y rendirle el homenaje de su
sumisión con humilde actitud y tono
comedido.
El señor Pantoja y su amigo Ocampo protestaron. ¡Al diablo
con los puercos! Trascendían a puro
aguardiente
y les dejaban en las manos inmundas huellas de saliva...
—Bueno,
hombre, bueno... ¡Ya está!... —decía el patrón, rechazándoles
para evitar en la cara el apestoso
aliento.
Pero
los indios, porfiados, tenaces, se abrazaban a sus rodillas,
clamando con voz cortada por hipos:
—Sí,
tata...; te queremos... Eres un padre para
nosotros y no hay nadie más bueno que tú... Nosotros somos
tus
hijos, tus pobrecitos hijos. Nadie tenemos en la vida para
que nos defienda y ampare sino tú... Somos tus
esclavos...
Y
se arrastraban, humildes, sumisos cual canes doloridos bajo
la tralla. El señor se enojó de veras. ¡Al diablo
con
sus zalamerías! El los conocía bien y sabía a qué
atenerse; necesitaban alcohol y era el interés de la
limosna
lo que les hacía arrastrarse así.
—Invítales
una lata de alcohol —le propuso Ocampo.
—¡Qué
disparate! ¿Para qué?
—Para
algo —repuso, haciendo un gesto de bellaquería—. Con
unas cuantas copas más se ponen barros, y
luego...
Y
sin concluir, le indicó las indias que bailaban con brusco
movimiento, guardando apenas el equilibrio.
—Tienes
razón.
Y
llamando al hilacata le dio la orden de pedir en la
casa de hacienda, y en su nombre, una lata de alcohol a
Troche.
Los
indios volvieron a arrodillarse a sus plantas para besarle
las manos y repetir sus promesas de sumisión y
acatamiento;
ellos eran sus pobres siervos sus desventurados hijos, sin
ningún apoyo en el mundo, y él debía
tratarlos
con piedad y conmiseración, pues eran unos miserables...
Y
en tanto hablaban le ofrecían y presentaban copas de licor
y chicha para que bebiese de ellas, obstinados,
impertinentes.
El
señor llamó en su ayuda a uno de los alcaldes para
ordenarle los alejara de su lado. El indio probó primero
apartarlos
con razones, pero como los ebrios no le obedeciesen, desciñóse
el látigo que pendía de sus
espaldas
y comenzó a dispersarlos cual perros de la vera de una
carroña.
Volvió
el hilacata. A la vista del obsequio se enardecieron
los ánimos y las danzas recomenzaron, más
animadas
y más briosas, aunque la abominable embriaguez de los
danzarines no les permitiese mostrar toda
su
habilidad; bailaban cogiéndose de las manos por grupos de
dos o tres parejas, que se destacaban de la
rueda,
penetraban al círculo y allí, al compás de los músicos,
daban vueltas rápidas, giraban las mujeres sobre
sí
mismas hasta caer de bruces al suelo, donde se quedaban
tendidas, con las ropas en desorden, vencidas
por
el cansancio, el sueño y la borrachera...
Los
jóvenes se retiraron para volver en la noche, armados de
linternas sordas y de revólveres; pero su viaje
resultó
infructuoso.
Aquello
parecía un campo de combate.
Hombres
y mujeres, tendidos al pie de los muros de la casa, a lo
largo de los senderos, en los repliegues de
las
chacras desnudas, dormían con los rostros pegados al suelo
o mirando al cielo con expresión de profunda
estupidez.
Se veían parejas enlazadas, hechas un ovillo, cuerpos caídos
con postura de abandono. Las
mujeres
mostraban las polleras en desorden, desnudos el seno y las
espaldas, desgarradas las carnes,
abominables
de abandono y de embriaguez...