V
Solemnes
resultaron los funerales de Quilco, correspondiendo a su
fama de kamiri
que
ahora la familia, por decoro
y vanidad, debía mantener en el entierro, aunque cayese,
como cayó después, en esa miseria del indio aymará,
sin igual en la tierra.
Se
vistió al difunto con su mejor ropa: en el mundo
desconocido adonde iba debía presentarse con decencia, para
no merecer el despego de nadie. Calzósele con abarcas sin
estrenar y de triple suela, para que no sintiese
los abrojos de la ruta misteriosa; debajo del gorro calado
en la cabeza se puso un manojo de hierbas, para
que absorbiese el sudor de la fatiga; ciñósele a un
costado la chuspa
con coca
y maíz, y al otro, un lienzo
atravesado por una aguja para que no padeciese hambre ni
fatigas, guardase las ganancias adquiridas y
pudiese recoser sus ropas rasgadas entre los escollos del
camino, diósele quena y zampoña, para que matase
la murria modulando los aires aprendidos en la juventud, y,
por último, púsosele en las manos algunas herramientas,
para que una vez en su destino siguiese trabajando como en
la tierra de donde había partido, y trabajase
por siempre jamás.
La
viuda se proveyó con abundancia de toda suerte de licores y
comestibles; hizo degollar, por esta única vez, un
torillo, algunos corderos y todas las gallinas, y preparó,
diligente y serena, una gran comilona para los amigos
y parientes del difunto que asistirían al largo ceremonial
del entierro.
Para
hacer frente a todos estos gastos viose constreñida a
atacar las economías acumuladas por el matrimonio
en varios años de ruda labor y vender las dos únicas
vacas, que Troche se las llevó en menos de la
mitad de su justo precio, pues el pobre Quilco tuvo la
desgracia de morirse cuando no había un solo amigo que
contase con alguna reserva de capital en este año de
miseria y abandono.
Dos
días estuvo expuesto el cadáver en el patio, sobre
parihuelas, y fue velado en la casa mortuoria por casi toda
la peonada de la hacienda, y a la que tuvo que atender la
viuda obsequiándola con toda suerte de comidas,
refrescos y licores.
En
la mañana del tercero, temprano, se formó el cortejo, y ésa
fue la hora de intensa fruición para la viuda, pues
cada uno de sus numerosos compadres se presentó con su
estandarte negro adornado de campanillas y blancas
lágrimas de metal. Todos vestían fúnebremente, y sus
negros pendones probaban la estima en que había
vivido el difunto y los favores que hiciera.
Hombres
y mujeres estaban trajeados de luto. Las mujeres ocultaban
la cabeza y parte del rostro en la mantilla negra
y la viuda iba absolutamente arrebujada en el manto, no
descubriendo sino los ojos y la nariz.
Cuatro
fornidos mozos levantaron las parihuelas; y como si fuese la
señal, todas las mujeres lanzaron un tremendo
alarido, que provocó en los perros del caserío un aullido
lastimero y prolongado. Y primero al trote, a carrera
después, emprendió camino del cementerio la negra y ebria
comitiva, para que el alma del difunto llegase
a su destino inmortal con la misma rapidez que aquélla ponía
en ganar la mansión del reposo definitivo.
Y
corrió en carrera fantástica por el camino árido y largo,
ofreciendo pavoroso espectáculo, pues la cabeza y los
pies del muerto sobresalían de las parihuelas, y con el
trote de los portadores balanceaban rígidos los pies y
pendía la descoyuntada cabeza mirando de frente al sol.
Hicieron
dos descansos forzosos para vaciar colmadas copas de
aguardiente y remudarse los portadores. En el
tercero, de rito, y al aproximarse al cementerio, comenzó
la viuda a plañir su dolor.
En
esta parada depositaron las parihuelas en el suelo y la
comitiva se puso de cuclillas en torno, con la mirada fija
en el rostro del cadáver, medio descompuesto ya, con los
ojos inmensamente hundidos en el cráneo, la nariz
afilada y ennegrecidos los labios.
Los
ayudantes, allí enviados con anticipación, se dieron a
repartir copas de licor y puñados de coca, que los acompañantes
consumían sin proferir palabra. Lanzó la viuda un
prolongado suspiro, suspiraron los parientes cercanos
y después los demás, ostensiblemente. Bebieron otra copa aún,
y otros amigos echaron sobre sus hombros
las parihuelas para salvar el postrer tramo de la ruta.
Entonces la viuda púsose a prorrumpir en una especie
de gimoteo canturreado, que se alargaba en notas sostenidas
y monótonas, intercaladas de frases breves:
—¡Hi...,
hiii!... ¡Hiiiii..., mi marido!... ¡Hi..., hiiii...,
hiiiii... tan bueno!... ¡Hi, hiii..., hiiii, me ha
dejado!... ¡Hii..., hiii..., hiiii
por siempre!
Crecían
de tono los gemidos y se alargaban las frases; mas al último
trocóse en doliente monólogo, que la comitiva
escuchaba en silencioso recogimiento para saber hasta dónde
era justificada su simpatía al muerto.
Con
voz monótona y modulada en lamentable canturreo, contaba la
viuda toda la historia de sus amores, penas
y desengaños. Era una especie de confesión pública y la
postrera evocación de los hechos y andanzas del
difunto; una dolorosa evocación de su vida ordinaria, hasta
en sus partes más recónditas:
—¡Ay,
era bueno no más mi marido!... Me pegaba algunas veces,
pero era no más porque me quería... Tenía su
concubina, pero nunca dejó sin dineros la casa... Sabía
embriagarse, pero era tranquilo en su borrachera...
Toda
la historia simple fue narrada hasta el cementerio, y allí
se reprodujo el aullido desesperado de las mujeres
cuando cayó la primera palada de tierra sobre los despojos
del muerto.
Con
la última comenzaron las libaciones hasta bien entrada la
tarde, hora en que tomaron el caminó de retorno.
Volvían
en grupos dispersos y todos estaban abominablemente ebrios.
Cantaban los hombres en lamentos y las
mujeres aullaban detrás de sus mantillas negras, y aullidos
y cantos resonaban tristemente en la estepa y hacían
levantar el vuelo a las innumerables aves que poblaban la
orilla del lago.
Caía
la tarde y el sol brillaba en el ocaso, detrás de los
lejanos cerros del estrecho, apareciendo y ocultándose entre
inmensos nubarrones pardos que se extendían en todo lo
ancho del horizonte e iban cubriendo poco a poco
la vasta planicie rutilante: dijérase un velo que corría.
—Creo
que el tiempo se compone; tendremos nieve dijo Tokorcunki a
su compañero señalando la altura, pues a
pesar de la borrachera no había podido vencer sus
inquietudes respecto del tiempo.
Los
otros no le hicieron caso. Iban cogidos de bracero, sosteniéndose
mutuamente para no caer. Quienes no podían
más con sus cuerpos tendíanse a lo largo del camino, en la
vera, y quedaban allí a dormir de bruces el pesado
sueño de la borrachera, para pasar algunos al hondo sueño
sin ensueños de la muerte...
Choquela,
la viuda, ebria hasta la idiotez, iba en brazos de dos
mujeres, casi a rastras. Había cesado de llorar y
lamentarse, pero no dejaba de lanzar su nota plañidera, ya
ronca de tan gastada. Iban las tres, tropezando con
los guijos y escobajos del sendero, en estado deplorable.
Una de sus compañeras era la madre del difunto.
La otra mujer, no mal parecida ni apersonada, no cesaba de
interrumpir sus quejidos para hablarle de negocios:
—¡Cuidado
con vender el macho! Mi marido te ha de dar buen precio por
él y aun puede que te perdone la deuda
del difunto. Se querían mucho los dos...
¡Hi,
hi, hi!...
Al
descender a una ondulación del camino tropezaron con un
hombre caído en media ruta. Era el esposo de la negociante.
Lo reconoció la mujer, y soltando el brazo de la viuda se
acercó al ebrio e intentó despertarlo pero el
infeliz parecía muerto. Lo arrastró hasta la vera,
penosamente, y con el esfuerzo que hizo para colocarlo en postura
conveniente, cayó sobre él y se quedó dormida.
Las
dos mujeres siguieron caminando sin preocuparse de la compañera,
pero su marcha era más trabajosa.
Caían
a cada paso y tenían que andar a rastras para ponerse en
pie. En uno de esos movimientos rodó la viuda
en un hoyo cubierto de grama fina al borde de la ruta, y al
sentir la blandura del piso, se volvió de pechos contra
el suelo y se durmió, con las piernas al aire y la cabeza
baja, en tanto que la suegra rodaba también a los
pocos metros, como inerte masa.
Las
nubes avanzaban entretanto, macizas, sobre el cielo, y habían
velado completamente al sol, sus sombras reflejaban
en el lago, cuyas aguas parecían de plomo, y daban al
paisaje un aspecto de desolación y tristeza infinitas.
Comenzó
a oscurecer, y en el lejano horizonte, aún libre de nubes,
parpadeó una estrella, tímida, indecisa.
Una
solitaria flauta resonó en el camino. Venía por él un
hombre alto, grueso, vigoroso. Pasaba junto a los hombres
aletargados, digiéndoles apenas una mirada indiferente;
pero al llegar junto a a la viuda y reconocerla se
detuvo, apareció de sus labios la flauta, y algo como una
llamarada de fuego pasó por sus ojos grises.
Difundió
la mirada en torno, y el camino estaba desierto. Entonces
cautelosamente, se llegó a ella.
—¡Choquela!—gritó
sacudiéndola por el brazo y clavando los ojos en el busto
firme de la hembra.
La
mujer apenas se movió y creeríasela muerta sin la
respiración pesada que hinchaba su pecho.
Y
entonces el caminante se acercó a ella, bestialmente...
A
los pocos días Choquela vendió todas las bestias
adquiridas por el difunto, para pagar los gastos del entierro.
Sabia que de no hacerlo desaparecerían los animales,
atacados del mismo mal que había matado al dueño,
y prefirió liquidar sus bienes antes que arrastrar una
pobreza con deudas, que es dos veces miserable.
Y
así, el muerto hundió en la miseria a los vivos, trágica,
irremediable...
Según
las previsiones de Tokorcunki, el tiempo comenzó a
descomponerse al finalizar ese mes de agosto.
Masas
de nubes negras se levantaban por detrás de la cordillera o
emergían del fondo del lago, y cerraban el horizonte
por el poniente, en tanto que en el otro extremo lucía el
cielo azul y el sol caía gloriosamente sobre las
lejanías azuladas de la llanura y los picos albos del
Illimani.
Pero
en la tarde de ese mismo día todo cambió de aspecto.
Las
nubes, bajas, informes, pesadas, se extendieron por todo el
ancho horizonte, y parecían aplastar la llanura silenciosa
bajo el peso de su color pardusco o negro, cual si
estuviesen cargadas de hollín. El lago yacía inmóvil,
sin la menor ondulación, y parecía una placa pulida de
estaño, hecha de una sola pieza; y así el paisaje
hízose doloroso con tanta sombra densa, del cielo y de la
tierra.
Amaneció
nevando.
Ahora
el cielo tenía un color transparente y el paisaje fulgía
lleno de una hermosa claridad blanca.
La
nieve caía en copos menudos y silenciosos e iba cubriendo
con su armiño todas las rugosidades del llano, nivelaba
las superficies toscas y orlaba de preciosos encajes los
techos de las viviendas y las dunas del río.
Todo
parecía muerto y aterido. Ningún ruido rompía el enorme
estupor de la campiña, que se había recogido en
un silencio religioso.
Los
colonos, amurallados dentro de sus casas, al amor de los
fogones alimentados con la bosta seca de los bueyes
y que levantaba al cielo rectas columnas de humo tenue y
azulado, preparaban los aparejos; las mujeres
extraían del oscuro rincón de la despensa los arrugados
frutos de la simiente y pellizcaban las yemas que
habían brotado de sus ojos.
Lució
el sol al tercer día, y entonces el campo mostró un nuevo
esplendor de belleza fantástica e indescriptible.
Todo
era blanco, de un blanco puro y brillante que cegaba, y sólo
en la serranía resaltaban las negras oquedades
de las rocas, y tan intensas, que parecían pinceladas de
tinta china. Y entre ese blanco uniforme de
armiño, el lago y el cielo azules y los verdes totorales,
formaban la divina armonía de los tres colores más bellos.
Pero
pronto esfumóse el espléndido miraje. La nieve se derritió
a los rayos purísimos del claro sol, y fue hollada
en los caminos y senderos por el trajín de las bestias y de
los hombres que se preparaban a las faenas del
campo, llenos de alegría desbordante. Después desapareció
de los techos, fundida por los tibios hálitos del hogar,
y únicamente quedó congelada en los huecos de la pampa y
en las grietas de los montes, donde se la vio
brillar hasta, bien entrada la primavera.
Se
animó el yermo. "Año de nieves, año de bienes",
decían los indios. Y flautas y tambores resonaban por todos
lados con aire de fiesta, y en los rostros abatidos lucían
llamas de esperanza. En el horizonte, a cualquier
punto adonde se tendiesen los ojos, se veían difuminarse en
el espacio las hogueras encendidas sobre
los campos barbechados y alimentadas con paja arrancada de
cuajo, o las parejas de yuntas que araban
los terrenos, reblandecidos por fecundante humedad.
Vino,
pues, el período de fatigas para hombres y bestias. Era
preciso aprovechar el tiempo antes de que el sol primaveral,
puro y ardoroso, endureciese la gleba.
Así
pasó septiembre en estas faenas preliminares, se anunció
la tibia primavera y vino octubre, el mes de las siembras.
Se
hicieron las primerizas, de patatas, en los terrenos aledaños
al río y al lago, siempre húmedos; y días después
dispuso Troche que se efectuaran las siembras ordinarias,
importantes en la hacienda Kohahuyo por el
número de peones y yuntas que se ponían en movimiento
sobre los campos removidos y grasos en más de un
lustro de reposo absoluto.
Temprano
se presentaban los peones, para evitar castigos y
represalias. Venían precedidos de sus acémilas, cargadas
de semillas o de guano recogido en los chiqueros y apriscos
de la hacienda, y las cuales iban al paso
de las yuntas, ya cogidas bajo el yugo. Ellos porteaban
sobre los hombros el arado, cuya reja de acero, pulida
con los trabajos del barbecho, brillaba herida por los
limpios rayos del sol primaveral. Detrás seguían las esposas
e hijos. Las mujeres cargaban la pava merienda del mediodía
y los pequeños los costales y canastos en
los que se retendría la simiente. Muchos descargaban sus
borricos para tenderse al punto contra los sacos de
abono, rendidos por la luenga caminata, pues venían desde
los lejanos linderos de la hacienda.
Choquenhuanka
fue de los primeros en aparecer, después del hilacata. Su
yunta lucía enjalmas de encendido color,
llenas de espejuelos, y detrás venían sus cuatro borricos
cargados de estiércol. Tokorcunki ostentaba en la
diestra su bastón de mando con puño de plata. Sobre el
pecho traía cruzado el látigo, floreciente de cintas, y en
sus espaldas descansaba el mango de chonta con
incrustaciones del mismo metal.
Hormigueaban
los rapaces de pata pelada tras de sus bestias, que en
dispersión galopaban en pos de amorosas
querellas o pacían a lo largo del arroyo la verde hierba de
las orillas; bramaban los toros, rascando el
suelo con ánimo de disputa o ensayaban lances de combate,
enganchándose por los cuernos. Se oían carcajadas,
voces de mando, bramidos, rebuznos de amor aplacado; y todo
bullía con insólita animación, en tanto
que los peones adornaban las cabezas de sus bueyes con
jaquimones de lana incrustados de espejuelos que
brillaban intensamente al sol o colocaban en la gamella minúsculas
banderitas blancas, rojas, verdes amarillas,
y las cuales flotaban a la brisa como alas de mariposas.
Troche
llegó a las ocho. Venía caballero en un macho pardo,
frontino, con el sombrero alón echado hacia la nuca,
el poncho doblado sobre uno de los hombros, el amplio pañuelo
rojo anudado al cuello, los pies armados de
anchas roncadoras y el rebenque en las manos. En la maletera
de la montura brillaba la cacha de su revólver.
—¿Están
todos? —preguntó al hilacata.
—Sí,
tata; todos.
—Entonces,
a la faena.
Cada
peón condujo su yunta al sitio señalado y todos
permanecieron en fila, guardando entre sí un ancho espacio
para que las bestias no se molestasen al andar.
A
una sella del hilacata, puesto de pie en el lomo de
un alcor, a cuyas faldas se extendía el campo de labranza,
arrancaron las primeras cuarenta yuntas casi a un mismo
tiempo. Levantóse del suelo una ligera polvareda
y esparcióse por el aire la fuerte fragancia de tierra húmeda.
Las
yuntas avanzaban en orden, con las cabezas a lo alto y
firmes las pezuñas, marcando la tierra arcillosa y de
color rojizo, cual si estuviese embebida con la sangre de
muchas generaciones de esclavos. Seguía un peón
arrojando en el surco puñados de estiércol humeante y detrás
del peón venía una mujer, que con singular
destreza iba dejando a igual distancia la simiente de
patatas partidas; después sucedía otro peón, que volvía
a echar estiércol sobre la semilla, y por fin, cerraba la
marcha una nueva yunta, que cubría el surco dejando
a los lados anchos y rectos camellones.
Toda
una semana ocuparon los siervos en las faenas de las
siembras, pasadas las cuales y mermadas las arcas
y vacíos los graneros, hubo urgencia de recurrir a algún
expediente para comer en los meses de estío, secos
y amenazadores con las heladas que seguían cayendo a fines
de octubre y en las épocas señaladas por
el calendario indígena, con inexorable crueldad .
Al
fin fue preciso rendirse a la fatal evidencia del mal año.
Muchos,
dejando a sus protegidos (hiahuatas) el encargo de
llenar los deberes de la hacienda, cogieron sus balsas,
y salvando el estrecho de Tiquina, atravesaron el lago
grande para ir a pescar en las rinconadas de Sotalaya,
Ancoraimes y Carabusco. Otros emigraron con negocios a los
Yungas y Sorata, y los más tomaron camino
de la ciudad para conchabarse como peones y braceros.
Tokorcunki
no pudo emigrar; su cargo lo retenía en la hacienda.
Aprovechó el forzado descanso para fabricar un
par de balsas, porque las suyas, pesadas por la vejez (habían
servido más de ocho meses), comenzaban a pudrirse.
Estaban negras, deformes y se filtraba el agua sobre su
cubierta.
Ocho
días empleó en la faena, y luego pensó vender en
cualquier feria de algún cercano pueblo un toro, bravío
y de bella estampa, que en mala hora había comprado no hacía
seis meses.
Ya
no podía más con el feroz bruto.
Tan
fuerte era su instinto de libertad que no quería reconocer
a nadie por amo. En cuanto se le ponía Tokorcunki
delante con intención de reducirlo, se erguía, juntaba las
patas delanteras, y la cabeza alta, las
orejas
tiesas, miraba de frente, sin pestañear, los ojos
inflamados con fuego, avasallador, imponente, terrible.
Un
día, uno de sus hijos, mozo audaz y fuerte, quiso entrar en
lucha con él. Se le fue encima como un rayo, y enganchándole
por las ropas lo lanzó en mitad de un charco, lindante con
el aprisco, donde las aves acuáticas,
en tiempo de lluvias, iban a coger renacuajos y pececillos.
Tokorcunki
se consternó. Seguramente el maldito tenía alojado el
demonio en el cuerpo. Ninguno como él había
producido tantas desdichas en la comarca. Las quejas
comenzaron a elevarse, airadas, por todos lados.
Aquí,
bueyes corneados; allá, burros mal heridos; acullá, gente
asustada.
Todo
le ayudaba al demonio para infundir terror: era alto,
fuerte, ágil, robusto. Tenía la piel negra y lustrosa, rayada
en el lomo por una tira rojiza; y bastaba mirarle los ojos
torvos y maliciosos, la frente enmarañada con rizos
crespos y duros, para saber que gastaba malas pulgas y no
había aceptado jamás el peso redentor de un yugo.
Resolvió,
pues, venderlo.
Y
un domingo de feria en Pucarani, temprano, fue a casa de su
vecino Apaña y le rogó que le ayudase a conducir
la bestia al mercado.
Apaña
había sufrido mucho con la vecindad de la fiera indómita y
aceptó complacido el ruego. Y entre él, el amo,
sus hijos y allegados y otros vecinos, consiguieron, tras
duras penas, enganchar cuatro fuertes lazos en las
puntiagudas astas del rabioso cornúpeto.
Y
dos delante y otros dos atrás, se pusieron en marcha,
gritando a los viajeros que se alejasen para evitar desgracias,
los cuales, al ver las precauciones para conducir tan
soberbio bruto se apartaban del camino,
desviaban
de él a sus bestias y se quedaban parados a la vera, viendo
avanzar al retinto, que marchaba erguido
y bufando de cólera, impotente, o de contentamiento al
verse tan dueño de la vía.
Llegaron
pasadas las doce a Pucarani.
Los
mañasos indios
recorrían el campo de la feria cabalgando en sus mulas
bajas, lanudas, mañosas y fuertes.
Sus alforjas, abultadas de billetes, se batían al furioso
trotar de sus cabalgaduras, como alas, e iban de
un lado para otro paseando sobre los ganados la mirada al
parecer indiferente, pero ejercitada en descubrir al
primer golpe de vista las cualidades o taras de una bestia.
Nada se escapaba a su ojo penetrante y no fueron
tardos en descubrir al toro de Tokorcunki.
—¿Cuánto
pides?
—Cien
pesos.
El
demandante dio un talonazo a su mula y se alejó al galope
del grupo, lanzando una enorme carcajada de burla.
A
poco estuvo de regreso.
—Parecías
loco hace rato. ¿Cuánto pides ahora?
—Cien
pesos.
—Tú
has bebido. Racionalmente no se puede pedir ese precio. ¿Quieres
cincuenta?
Tokorcunki
le miró con desdén y le volvió las espaldas, sin
responder.
—Eres
testarudo; cincuenta pesos y la challa.
—¡No
me hables! —repuso hosco, el dueño, sin dignarse mirar al
ofertante.
Estaba
irritado. Ochenta pesos le había costado la bestia, sin
contar la manutención de medio año en casa, y no
la vendería si no conseguía su justo valor, aun cuando
despanzurrase a medio mundo.
—Estás
engreído, como si tú sólo tuvieras una bestia
presentable. Las hay mejores.
—Anda
a comprarlas. Yo no te he llamado.
—Ni
tú ni yo. Sesenta pesos y la challa.
—He
dicho cien.
—¿Y
dónde se ha visto pedir un precio y obtenerlo?
—Ahora
lo verás.
—¿Por
tu linda cara?
Tokorcunki
se alzó de hombros, desdeñoso.
Se
había formado rueda de curiosos en torno de los dos
interlocutores y de la bestia, fuertemente sujetada por los
cuatro lazos que tenían los hombres con mano firme, y todos
hallaban entretenida la contienda.
Di
tu última palabra —porfió el matarife, que estaba
decidido a llevarse al bruto.
—Rebajo
cinco pesos.
—¡Vete
al cuerno y ojalá te reviente la barriga el mostrenco!
—maldijo el matarife zafándose del grupo, despechado
por la testarudez de Tokorcunki.
—Y
a ti, que se te pudra la lengua.
—¡Sinvergüenza!
—¡Ladrón!
Los
curiosos lanzaron una carcajada y se dispersaron, yéndose a
otros grupos.
Se
presentó un nuevo comprador.
—Sé
razonable. Tu bestia está en carnes, pero nadie te ha de
pagar lo que pides. Yo soy formal y te doy setenta
pesos y la challa. ¿Qué dices?
Tokorcunki
se ablandó ante la palabra insinuante del nuevo interesado.
Y repuso con acento comedido:
—No,
tata; a mí me ha costado más cuando estaba flaca.
Si ahora la vendo, es porque es muy arisca y alarma a
mi gente.
—Lo
dicen sus ojos, y no has de poder venderla. Sólo sirve para
el carneo.
—Por
el precio que ofreces hablamos de balde.
—¿Y
si te ofreciera setenta y cinco y la challa.?
—Ni
ochenta. Me cuesta más.
—Bueno;
ochenta, pero sin challa.
Tokorcunki
meneó la cabeza.
—¿Y
cuánto quieres, por fin? —repuso el otro, que ya
comenzaba a sulfurarse.
—Noventa,
lo menos, y la challa.
—Que
otro te la compre, tata. Adiós.
—Adiós.
El
uno se fue por un lado y el otro sacó su bolsa, y
convidando a sus compañeros se puso a mascar coca.
—Creo
que por ese precio no lo has de vender —objetó Apaña.
—Lo
he de vender; ya verás.
—Todos
han pasado y nadie quiere ofrecerte nada.
—Es
que se han puesto de acuerdo. Cuando nos vayamos con el toro
verás cómo me ofrecen y me pagan.
Fue
así.
Fingieron
marcharse, y cuando los matarifes vieron que se iban llevándose
la bestia, fingieron de su parte verla
recién y se aglomeraron en torno del dueño y de sus acompañantes.
Pidieron
el precio. Uno ofreció la mitad; otro mejoró la oferta en
cinco, y así, de cinco en cinco, llegaron hasta la
cantidad ofrecida por el segundo proponente. Tokorcunki se
mostró inflexible: conocía las mañas de los carneadores,
y no era la primera vez que entraba en tratos con ellos. Si
no le pagaban noventa pesos y la challa,
se
iba con su bestia al mercado de la ciudad, y allí la vendería
en su justo precio, sin chicanas ni inútiles
bellaquerías.
Se
presentó el segundo ofertante con una botella de licor y un
fajo de billetes en la mano, y le dijo alargándole la
botella:
—Aquí
está la challa y aquí —mostrándole el dinero—
los ochenta pesos que te ofrecí. Es mío el toro.
—Dije
noventa y no rebajo —se aferró el hilacata, sin
recibir la botella.
—Dan
ganas de zurrarte... y creo de veras que estás loco. Pero
hay que ser razonable... Toma, gran tata, y no desperdicies
la ocasión.
Sacó
de debajo de su poncho un jarrito de metal, y llenándolo
hasta los bordes se lo presentó a Tokorcunki para
comprometerlo.
Este
permaneció inflexible.
—Es
de balde; por ese precio no lo he de vender.
—Ya
he servido y no me vuelvo atrás. Ochenta y cinco.
—Noventa.
El
otro vio que era inútil insistir. Contó noventa pesos, se
los arrojó con bríos a los pies de Torkocunki, y llamando
a sus compañeros prevenidos, voltearon la bestia, y mudándole
los lazos se la llevaron, con harta satisfacción
de Apaña, que en adelante se vería libre de tan peligrosa
vecindad.