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V

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Solemnes resultaron los funerales de Quilco, correspondiendo a su fama de kamiri que ahora la familia, por decoro y vanidad, debía mantener en el entierro, aunque cayese, como cayó después, en esa miseria del indio aymará, sin igual en la tierra.

Se vistió al difunto con su mejor ropa: en el mundo desconocido adonde iba debía presentarse con decencia, para no merecer el despego de nadie. Calzósele con abarcas sin estrenar y de triple suela, para que no sintiese los abrojos de la ruta misteriosa; debajo del gorro calado en la cabeza se puso un manojo de hierbas, para que absorbiese el sudor de la fatiga; ciñósele a un costado la chuspa con coca y maíz, y al otro, un lienzo atravesado por una aguja para que no padeciese hambre ni fatigas, guardase las ganancias adquiridas y pudiese recoser sus ropas rasgadas entre los escollos del camino, diósele quena y zampoña, para que matase la murria modulando los aires aprendidos en la juventud, y, por último, púsosele en las manos algunas herramientas, para que una vez en su destino siguiese trabajando como en la tierra de donde había partido, y trabajase por siempre jamás.

La viuda se proveyó con abundancia de toda suerte de licores y comestibles; hizo degollar, por esta única vez, un torillo, algunos corderos y todas las gallinas, y preparó, diligente y serena, una gran comilona para los amigos y parientes del difunto que asistirían al largo ceremonial del entierro.

Para hacer frente a todos estos gastos viose constreñida a atacar las economías acumuladas por el matrimonio en varios años de ruda labor y vender las dos únicas vacas, que Troche se las llevó en menos de la mitad de su justo precio, pues el pobre Quilco tuvo la desgracia de morirse cuando no había un solo amigo que contase con alguna reserva de capital en este año de miseria y abandono.

Dos días estuvo expuesto el cadáver en el patio, sobre parihuelas, y fue velado en la casa mortuoria por casi toda la peonada de la hacienda, y a la que tuvo que atender la viuda obsequiándola con toda suerte de comidas, refrescos y licores.

En la mañana del tercero, temprano, se formó el cortejo, y ésa fue la hora de intensa fruición para la viuda, pues cada uno de sus numerosos compadres se presentó con su estandarte negro adornado de campanillas y blancas lágrimas de metal. Todos vestían fúnebremente, y sus negros pendones probaban la estima en que había vivido el difunto y los favores que hiciera.

Hombres y mujeres estaban trajeados de luto. Las mujeres ocultaban la cabeza y parte del rostro en la mantilla negra y la viuda iba absolutamente arrebujada en el manto, no descubriendo sino los ojos y la nariz.

Cuatro fornidos mozos levantaron las parihuelas; y como si fuese la señal, todas las mujeres lanzaron un tremendo alarido, que provocó en los perros del caserío un aullido lastimero y prolongado. Y primero al trote, a carrera después, emprendió camino del cementerio la negra y ebria comitiva, para que el alma del difunto llegase a su destino inmortal con la misma rapidez que aquélla ponía en ganar la mansión del reposo definitivo.

Y corrió en carrera fantástica por el camino árido y largo, ofreciendo pavoroso espectáculo, pues la cabeza y los pies del muerto sobresalían de las parihuelas, y con el trote de los portadores balanceaban rígidos los pies y pendía la descoyuntada cabeza mirando de frente al sol.

Hicieron dos descansos forzosos para vaciar colmadas copas de aguardiente y remudarse los portadores. En el tercero, de rito, y al aproximarse al cementerio, comenzó la viuda a plañir su dolor.

En esta parada depositaron las parihuelas en el suelo y la comitiva se puso de cuclillas en torno, con la mirada fija en el rostro del cadáver, medio descompuesto ya, con los ojos inmensamente hundidos en el cráneo, la nariz afilada y ennegrecidos los labios.

Los ayudantes, allí enviados con anticipación, se dieron a repartir copas de licor y puñados de coca, que los acompañantes consumían sin proferir palabra. Lanzó la viuda un prolongado suspiro, suspiraron los parientes cercanos y después los demás, ostensiblemente. Bebieron otra copa aún, y otros amigos echaron sobre sus hombros las parihuelas para salvar el postrer tramo de la ruta. Entonces la viuda púsose a prorrumpir en una especie de gimoteo canturreado, que se alargaba en notas sostenidas y monótonas, intercaladas de frases breves:

—¡Hi..., hiii!... ¡Hiiiii..., mi marido!... ¡Hi..., hiiii..., hiiiii... tan bueno!... ¡Hi, hiii..., hiiii, me ha dejado!... ¡Hii..., hiii..., hiiii por siempre!

Crecían de tono los gemidos y se alargaban las frases; mas al último trocóse en doliente monólogo, que la comitiva escuchaba en silencioso recogimiento para saber hasta dónde era justificada su simpatía al muerto.

Con voz monótona y modulada en lamentable canturreo, contaba la viuda toda la historia de sus amores, penas y desengaños. Era una especie de confesión pública y la postrera evocación de los hechos y andanzas del difunto; una dolorosa evocación de su vida ordinaria, hasta en sus partes más recónditas:

—¡Ay, era bueno no más mi marido!... Me pegaba algunas veces, pero era no más porque me quería... Tenía su concubina, pero nunca dejó sin dineros la casa... Sabía embriagarse, pero era tranquilo en su borrachera...

Toda la historia simple fue narrada hasta el cementerio, y allí se reprodujo el aullido desesperado de las mujeres cuando cayó la primera palada de tierra sobre los despojos del muerto.

Con la última comenzaron las libaciones hasta bien entrada la tarde, hora en que tomaron el caminó de retorno.

Volvían en grupos dispersos y todos estaban abominablemente ebrios. Cantaban los hombres en lamentos y las mujeres aullaban detrás de sus mantillas negras, y aullidos y cantos resonaban tristemente en la estepa y hacían levantar el vuelo a las innumerables aves que poblaban la orilla del lago.

Caía la tarde y el sol brillaba en el ocaso, detrás de los lejanos cerros del estrecho, apareciendo y ocultándose entre inmensos nubarrones pardos que se extendían en todo lo ancho del horizonte e iban cubriendo poco a poco la vasta planicie rutilante: dijérase un velo que corría.

—Creo que el tiempo se compone; tendremos nieve dijo Tokorcunki a su compañero señalando la altura, pues a pesar de la borrachera no había podido vencer sus inquietudes respecto del tiempo.

Los otros no le hicieron caso. Iban cogidos de bracero, sosteniéndose mutuamente para no caer. Quienes no podían más con sus cuerpos tendíanse a lo largo del camino, en la vera, y quedaban allí a dormir de bruces el pesado sueño de la borrachera, para pasar algunos al hondo sueño sin ensueños de la muerte...

Choquela, la viuda, ebria hasta la idiotez, iba en brazos de dos mujeres, casi a rastras. Había cesado de llorar y lamentarse, pero no dejaba de lanzar su nota plañidera, ya ronca de tan gastada. Iban las tres, tropezando con los guijos y escobajos del sendero, en estado deplorable. Una de sus compañeras era la madre del difunto. La otra mujer, no mal parecida ni apersonada, no cesaba de interrumpir sus quejidos para hablarle de negocios:

—¡Cuidado con vender el macho! Mi marido te ha de dar buen precio por él y aun puede que te perdone la deuda del difunto. Se querían mucho los dos...

¡Hi, hi, hi!...

Al descender a una ondulación del camino tropezaron con un hombre caído en media ruta. Era el esposo de la negociante. Lo reconoció la mujer, y soltando el brazo de la viuda se acercó al ebrio e intentó despertarlo pero el infeliz parecía muerto. Lo arrastró hasta la vera, penosamente, y con el esfuerzo que hizo para colocarlo en postura conveniente, cayó sobre él y se quedó dormida.

Las dos mujeres siguieron caminando sin preocuparse de la compañera, pero su marcha era más trabajosa.

Caían a cada paso y tenían que andar a rastras para ponerse en pie. En uno de esos movimientos rodó la viuda en un hoyo cubierto de grama fina al borde de la ruta, y al sentir la blandura del piso, se volvió de pechos contra el suelo y se durmió, con las piernas al aire y la cabeza baja, en tanto que la suegra rodaba también a los pocos metros, como inerte masa.

Las nubes avanzaban entretanto, macizas, sobre el cielo, y habían velado completamente al sol, sus sombras reflejaban en el lago, cuyas aguas parecían de plomo, y daban al paisaje un aspecto de desolación y tristeza infinitas.

Comenzó a oscurecer, y en el lejano horizonte, aún libre de nubes, parpadeó una estrella, tímida, indecisa.

Una solitaria flauta resonó en el camino. Venía por él un hombre alto, grueso, vigoroso. Pasaba junto a los hombres aletargados, digiéndoles apenas una mirada indiferente; pero al llegar junto a a la viuda y reconocerla se detuvo, apareció de sus labios la flauta, y algo como una llamarada de fuego pasó por sus ojos grises.

Difundió la mirada en torno, y el camino estaba desierto. Entonces cautelosamente, se llegó a ella.

—¡Choquela!—gritó sacudiéndola por el brazo y clavando los ojos en el busto firme de la hembra.

La mujer apenas se movió y creeríasela muerta sin la respiración pesada que hinchaba su pecho.

Y entonces el caminante se acercó a ella, bestialmente...

A los pocos días Choquela vendió todas las bestias adquiridas por el difunto, para pagar los gastos del entierro. Sabia que de no hacerlo desaparecerían los animales, atacados del mismo mal que había matado al dueño, y prefirió liquidar sus bienes antes que arrastrar una pobreza con deudas, que es dos veces miserable.

Y así, el muerto hundió en la miseria a los vivos, trágica, irremediable...

Según las previsiones de Tokorcunki, el tiempo comenzó a descomponerse al finalizar ese mes de agosto.

Masas de nubes negras se levantaban por detrás de la cordillera o emergían del fondo del lago, y cerraban el horizonte por el poniente, en tanto que en el otro extremo lucía el cielo azul y el sol caía gloriosamente sobre las lejanías azuladas de la llanura y los picos albos del Illimani.

Pero en la tarde de ese mismo día todo cambió de aspecto.

Las nubes, bajas, informes, pesadas, se extendieron por todo el ancho horizonte, y parecían aplastar la llanura silenciosa bajo el peso de su color pardusco o negro, cual si estuviesen cargadas de hollín. El lago yacía inmóvil, sin la menor ondulación, y parecía una placa pulida de estaño, hecha de una sola pieza; y así el paisaje hízose doloroso con tanta sombra densa, del cielo y de la tierra.

Amaneció nevando.

Ahora el cielo tenía un color transparente y el paisaje fulgía lleno de una hermosa claridad blanca.

La nieve caía en copos menudos y silenciosos e iba cubriendo con su armiño todas las rugosidades del llano, nivelaba las superficies toscas y orlaba de preciosos encajes los techos de las viviendas y las dunas del río.

Todo parecía muerto y aterido. Ningún ruido rompía el enorme estupor de la campiña, que se había recogido en un silencio religioso.

Los colonos, amurallados dentro de sus casas, al amor de los fogones alimentados con la bosta seca de los bueyes y que levantaba al cielo rectas columnas de humo tenue y azulado, preparaban los aparejos; las mujeres extraían del oscuro rincón de la despensa los arrugados frutos de la simiente y pellizcaban las yemas que habían brotado de sus ojos.

Lució el sol al tercer día, y entonces el campo mostró un nuevo esplendor de belleza fantástica e indescriptible.

Todo era blanco, de un blanco puro y brillante que cegaba, y sólo en la serranía resaltaban las negras oquedades de las rocas, y tan intensas, que parecían pinceladas de tinta china. Y entre ese blanco uniforme de armiño, el lago y el cielo azules y los verdes totorales, formaban la divina armonía de los tres colores más bellos.

Pero pronto esfumóse el espléndido miraje. La nieve se derritió a los rayos purísimos del claro sol, y fue hollada en los caminos y senderos por el trajín de las bestias y de los hombres que se preparaban a las faenas del campo, llenos de alegría desbordante. Después desapareció de los techos, fundida por los tibios hálitos del hogar, y únicamente quedó congelada en los huecos de la pampa y en las grietas de los montes, donde se la vio brillar hasta, bien entrada la primavera.

Se animó el yermo. "Año de nieves, año de bienes", decían los indios. Y flautas y tambores resonaban por todos lados con aire de fiesta, y en los rostros abatidos lucían llamas de esperanza. En el horizonte, a cualquier punto adonde se tendiesen los ojos, se veían difuminarse en el espacio las hogueras encendidas sobre los campos barbechados y alimentadas con paja arrancada de cuajo, o las parejas de yuntas que araban los terrenos, reblandecidos por fecundante humedad.

Vino, pues, el período de fatigas para hombres y bestias. Era preciso aprovechar el tiempo antes de que el sol primaveral, puro y ardoroso, endureciese la gleba.

Así pasó septiembre en estas faenas preliminares, se anunció la tibia primavera y vino octubre, el mes de las siembras.

Se hicieron las primerizas, de patatas, en los terrenos aledaños al río y al lago, siempre húmedos; y días después dispuso Troche que se efectuaran las siembras ordinarias, importantes en la hacienda Kohahuyo por el número de peones y yuntas que se ponían en movimiento sobre los campos removidos y grasos en más de un lustro de reposo absoluto.

Temprano se presentaban los peones, para evitar castigos y represalias. Venían precedidos de sus acémilas, cargadas de semillas o de guano recogido en los chiqueros y apriscos de la hacienda, y las cuales iban al paso de las yuntas, ya cogidas bajo el yugo. Ellos porteaban sobre los hombros el arado, cuya reja de acero, pulida con los trabajos del barbecho, brillaba herida por los limpios rayos del sol primaveral. Detrás seguían las esposas e hijos. Las mujeres cargaban la pava merienda del mediodía y los pequeños los costales y canastos en los que se retendría la simiente. Muchos descargaban sus borricos para tenderse al punto contra los sacos de abono, rendidos por la luenga caminata, pues venían desde los lejanos linderos de la hacienda.

Choquenhuanka fue de los primeros en aparecer, después del hilacata. Su yunta lucía enjalmas de encendido color, llenas de espejuelos, y detrás venían sus cuatro borricos cargados de estiércol. Tokorcunki ostentaba en la diestra su bastón de mando con puño de plata. Sobre el pecho traía cruzado el látigo, floreciente de cintas, y en sus espaldas descansaba el mango de chonta con incrustaciones del mismo metal.

Hormigueaban los rapaces de pata pelada tras de sus bestias, que en dispersión galopaban en pos de amorosas querellas o pacían a lo largo del arroyo la verde hierba de las orillas; bramaban los toros, rascando el suelo con ánimo de disputa o ensayaban lances de combate, enganchándose por los cuernos. Se oían carcajadas, voces de mando, bramidos, rebuznos de amor aplacado; y todo bullía con insólita animación, en tanto que los peones adornaban las cabezas de sus bueyes con jaquimones de lana incrustados de espejuelos que brillaban intensamente al sol o colocaban en la gamella minúsculas banderitas blancas, rojas, verdes amarillas, y las cuales flotaban a la brisa como alas de mariposas.

Troche llegó a las ocho. Venía caballero en un macho pardo, frontino, con el sombrero alón echado hacia la nuca, el poncho doblado sobre uno de los hombros, el amplio pañuelo rojo anudado al cuello, los pies armados de anchas roncadoras y el rebenque en las manos. En la maletera de la montura brillaba la cacha de su revólver.

—¿Están todos? —preguntó al hilacata.

—Sí, tata; todos.

—Entonces, a la faena.

Cada peón condujo su yunta al sitio señalado y todos permanecieron en fila, guardando entre sí un ancho espacio para que las bestias no se molestasen al andar.

A una sella del hilacata, puesto de pie en el lomo de un alcor, a cuyas faldas se extendía el campo de labranza, arrancaron las primeras cuarenta yuntas casi a un mismo tiempo. Levantóse del suelo una ligera polvareda y esparcióse por el aire la fuerte fragancia de tierra húmeda.

Las yuntas avanzaban en orden, con las cabezas a lo alto y firmes las pezuñas, marcando la tierra arcillosa y de color rojizo, cual si estuviese embebida con la sangre de muchas generaciones de esclavos. Seguía un peón arrojando en el surco puñados de estiércol humeante y detrás del peón venía una mujer, que con singular destreza iba dejando a igual distancia la simiente de patatas partidas; después sucedía otro peón, que volvía a echar estiércol sobre la semilla, y por fin, cerraba la marcha una nueva yunta, que cubría el surco dejando a los lados anchos y rectos camellones.

Toda una semana ocuparon los siervos en las faenas de las siembras, pasadas las cuales y mermadas las arcas y vacíos los graneros, hubo urgencia de recurrir a algún expediente para comer en los meses de estío, secos y amenazadores con las heladas que seguían cayendo a fines de octubre y en las épocas señaladas por el calendario indígena, con inexorable crueldad .

Al fin fue preciso rendirse a la fatal evidencia del mal año.

Muchos, dejando a sus protegidos (hiahuatas) el encargo de llenar los deberes de la hacienda, cogieron sus balsas, y salvando el estrecho de Tiquina, atravesaron el lago grande para ir a pescar en las rinconadas de Sotalaya, Ancoraimes y Carabusco. Otros emigraron con negocios a los Yungas y Sorata, y los más tomaron camino de la ciudad para conchabarse como peones y braceros.

Tokorcunki no pudo emigrar; su cargo lo retenía en la hacienda. Aprovechó el forzado descanso para fabricar un par de balsas, porque las suyas, pesadas por la vejez (habían servido más de ocho meses), comenzaban a pudrirse. Estaban negras, deformes y se filtraba el agua sobre su cubierta.

Ocho días empleó en la faena, y luego pensó vender en cualquier feria de algún cercano pueblo un toro, bravío y de bella estampa, que en mala hora había comprado no hacía seis meses.

Ya no podía más con el feroz bruto.

Tan fuerte era su instinto de libertad que no quería reconocer a nadie por amo. En cuanto se le ponía Tokorcunki delante con intención de reducirlo, se erguía, juntaba las patas delanteras, y la cabeza alta, las orejas tiesas, miraba de frente, sin pestañear, los ojos inflamados con fuego, avasallador, imponente, terrible.

Un día, uno de sus hijos, mozo audaz y fuerte, quiso entrar en lucha con él. Se le fue encima como un rayo, y enganchándole por las ropas lo lanzó en mitad de un charco, lindante con el aprisco, donde las aves acuáticas, en tiempo de lluvias, iban a coger renacuajos y pececillos.

Tokorcunki se consternó. Seguramente el maldito tenía alojado el demonio en el cuerpo. Ninguno como él había producido tantas desdichas en la comarca. Las quejas comenzaron a elevarse, airadas, por todos lados.

Aquí, bueyes corneados; allá, burros mal heridos; acullá, gente asustada.

Todo le ayudaba al demonio para infundir terror: era alto, fuerte, ágil, robusto. Tenía la piel negra y lustrosa, rayada en el lomo por una tira rojiza; y bastaba mirarle los ojos torvos y maliciosos, la frente enmarañada con rizos crespos y duros, para saber que gastaba malas pulgas y no había aceptado jamás el peso redentor de un yugo.

Resolvió, pues, venderlo.

Y un domingo de feria en Pucarani, temprano, fue a casa de su vecino Apaña y le rogó que le ayudase a conducir la bestia al mercado.

Apaña había sufrido mucho con la vecindad de la fiera indómita y aceptó complacido el ruego. Y entre él, el amo, sus hijos y allegados y otros vecinos, consiguieron, tras duras penas, enganchar cuatro fuertes lazos en las puntiagudas astas del rabioso cornúpeto.

Y dos delante y otros dos atrás, se pusieron en marcha, gritando a los viajeros que se alejasen para evitar desgracias, los cuales, al ver las precauciones para conducir tan soberbio bruto se apartaban del camino,

desviaban de él a sus bestias y se quedaban parados a la vera, viendo avanzar al retinto, que marchaba erguido y bufando de cólera, impotente, o de contentamiento al verse tan dueño de la vía.

Llegaron pasadas las doce a Pucarani.

Los mañasos indios recorrían el campo de la feria cabalgando en sus mulas bajas, lanudas, mañosas y fuertes. Sus alforjas, abultadas de billetes, se batían al furioso trotar de sus cabalgaduras, como alas, e iban de un lado para otro paseando sobre los ganados la mirada al parecer indiferente, pero ejercitada en descubrir al primer golpe de vista las cualidades o taras de una bestia. Nada se escapaba a su ojo penetrante y no fueron tardos en descubrir al toro de Tokorcunki.

—¿Cuánto pides?

—Cien pesos.

El demandante dio un talonazo a su mula y se alejó al galope del grupo, lanzando una enorme carcajada de burla.

A poco estuvo de regreso.

—Parecías loco hace rato. ¿Cuánto pides ahora?

—Cien pesos.

—Tú has bebido. Racionalmente no se puede pedir ese precio. ¿Quieres cincuenta?

Tokorcunki le miró con desdén y le volvió las espaldas, sin responder.

—Eres testarudo; cincuenta pesos y la challa.

—¡No me hables! —repuso hosco, el dueño, sin dignarse mirar al ofertante.

Estaba irritado. Ochenta pesos le había costado la bestia, sin contar la manutención de medio año en casa, y no la vendería si no conseguía su justo valor, aun cuando despanzurrase a medio mundo.

—Estás engreído, como si tú sólo tuvieras una bestia presentable. Las hay mejores.

—Anda a comprarlas. Yo no te he llamado.

—Ni tú ni yo. Sesenta pesos y la challa.

—He dicho cien.

—¿Y dónde se ha visto pedir un precio y obtenerlo?

—Ahora lo verás.

—¿Por tu linda cara?

Tokorcunki se alzó de hombros, desdeñoso.

Se había formado rueda de curiosos en torno de los dos interlocutores y de la bestia, fuertemente sujetada por los cuatro lazos que tenían los hombres con mano firme, y todos hallaban entretenida la contienda.

Di tu última palabra —porfió el matarife, que estaba decidido a llevarse al bruto.

—Rebajo cinco pesos.

—¡Vete al cuerno y ojalá te reviente la barriga el mostrenco! —maldijo el matarife zafándose del grupo, despechado por la testarudez de Tokorcunki.

—Y a ti, que se te pudra la lengua.

—¡Sinvergüenza!

—¡Ladrón!

Los curiosos lanzaron una carcajada y se dispersaron, yéndose a otros grupos.

Se presentó un nuevo comprador.

—Sé razonable. Tu bestia está en carnes, pero nadie te ha de pagar lo que pides. Yo soy formal y te doy setenta pesos y la challa. ¿Qué dices?

Tokorcunki se ablandó ante la palabra insinuante del nuevo interesado. Y repuso con acento comedido:

—No, tata; a mí me ha costado más cuando estaba flaca. Si ahora la vendo, es porque es muy arisca y alarma a mi gente.

—Lo dicen sus ojos, y no has de poder venderla. Sólo sirve para el carneo.

—Por el precio que ofreces hablamos de balde.

—¿Y si te ofreciera setenta y cinco y la challa.?

—Ni ochenta. Me cuesta más.

—Bueno; ochenta, pero sin challa.

Tokorcunki meneó la cabeza.

—¿Y cuánto quieres, por fin? —repuso el otro, que ya comenzaba a sulfurarse.

—Noventa, lo menos, y la challa.

—Que otro te la compre, tata. Adiós.

—Adiós.

El uno se fue por un lado y el otro sacó su bolsa, y convidando a sus compañeros se puso a mascar coca.

—Creo que por ese precio no lo has de vender —objetó Apaña.

—Lo he de vender; ya verás.

—Todos han pasado y nadie quiere ofrecerte nada.

—Es que se han puesto de acuerdo. Cuando nos vayamos con el toro verás cómo me ofrecen y me pagan.

Fue así.

Fingieron marcharse, y cuando los matarifes vieron que se iban llevándose la bestia, fingieron de su parte verla recién y se aglomeraron en torno del dueño y de sus acompañantes.

Pidieron el precio. Uno ofreció la mitad; otro mejoró la oferta en cinco, y así, de cinco en cinco, llegaron hasta la cantidad ofrecida por el segundo proponente. Tokorcunki se mostró inflexible: conocía las mañas de los carneadores, y no era la primera vez que entraba en tratos con ellos. Si no le pagaban noventa pesos y la challa, se iba con su bestia al mercado de la ciudad, y allí la vendería en su justo precio, sin chicanas ni inútiles bellaquerías.

Se presentó el segundo ofertante con una botella de licor y un fajo de billetes en la mano, y le dijo alargándole la botella:

—Aquí está la challa y aquí —mostrándole el dinero— los ochenta pesos que te ofrecí. Es mío el toro.

—Dije noventa y no rebajo —se aferró el hilacata, sin recibir la botella.

—Dan ganas de zurrarte... y creo de veras que estás loco. Pero hay que ser razonable... Toma, gran tata, y no desperdicies la ocasión.

Sacó de debajo de su poncho un jarrito de metal, y llenándolo hasta los bordes se lo presentó a Tokorcunki para comprometerlo.

Este permaneció inflexible.

—Es de balde; por ese precio no lo he de vender.

—Ya he servido y no me vuelvo atrás. Ochenta y cinco.

—Noventa.

El otro vio que era inútil insistir. Contó noventa pesos, se los arrojó con bríos a los pies de Torkocunki, y llamando a sus compañeros prevenidos, voltearon la bestia, y mudándole los lazos se la llevaron, con harta satisfacción de Apaña, que en adelante se vería libre de tan peligrosa vecindad.

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