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VI
Fines
de octubre.
El
hambre hace estragos en la región. Diariamente se ven
ambular por los caminos polvorosos y secos
caravanas
de dolientes. Van en pos de parihuelas sobre las que saltan
formas rígidas de cuerpos cubiertos
con
oscuros crespones, y se oyen los plañideros acentos con que
se despiden los abandonados y malhayan el
rigor
de hados implacables que consienten la aniquilación, por
hambre, de vidas humanas.
Ninguna
huella de verdor anima la perspectiva de esos campos yermos
y duros de sequedad. Por todas partes
se
levantan columnas de polvo viajando de un punto a otro, en
fantástica procesión.
Las
familias se preparan, no obstante, para solemnizar el alma
despachu, la fiesta de los muertos. Saben que, de
no hacerlo, la doliente alma del difunto no se alejará del
hogar vacío y ocupará siempre el sitio que en vida
le
era familiar y cuyos lamentos turban la quietud, no siempre
plácida, en los vivos.
Entre
las muchas familias que en la hacienda se afanaban por
acumular víveres y bebidas para celebrar el
alma
despachu y
recobrar la santa paz de los corazones, Carmela, la viuda de
Manuno, el viajero desgraciado,
era
la más empeñosa en salir con suerte de la empresa. No podía
la pobre vivir sosegada. La muerte trágica
de
su marido, acaecida quizá en hora de pecado, le causaba
horror. De noche, en el gemir doliente del
viento,
se imaginaba escuchar su voz, que se quejaba, entre las
sombras de las oquedades del monte distante
creía
distinguir su silueta como doblada bajo el peso de las penas
o de una enorme carga. Y los chicos no
siempre
estaban bien de salud; se morían las ovejas con el muyamayu
y las gallinas no ponían... Y era la
miseria
que rondaba en torno al hogar deshecho..., miseria de
parias.
Había,
pues, que hacer algo. Había que alejar de casa la
desgracia.
Porque
en la casa apenas si había otra cosa.
Todos
los bienes de ella —ganados dineros, ropas—
desaparecieron para pagar las deudas de Manuno.
Primero
vendióse la yunta, por no haber ya mano de varón que la
guiase; después los burros; luego la vaquita,
para
proveer a la familia de ropas negras y comestibles. Y ahora
sólo quedaban un gallo viejo y sin bríos, tres
gallinas
cluecas y unos diez corderos, que de tan flacos apenas podían
arrastrarse hasta las breñas ásperas
del
cerro, único punto que los otros colonos le permitían
usufructuar.
Carmela
eligió cuatro de los mejores y los hizo malvender en la
feria de Chililaya, la más próxima a sus pagos.
Cuando
tuvo bajo de su poyo (patajati) las botellas de
licor, el cuarto de tambor de coca, los panecillos hechos
en
forma de muñecos con cara pintada de rojo, se sintió más
tranquila y más serena también. Ahora, la voz
gimiente
del tiempo ya no la hablaba con eco humano; las sombras no
dibujaban más en los cerros contornos
de
seres vivos.
Y
llegó el ansiado día.
El
cielo tenía una pureza de tonos admirable y su color vivo
contrastaba con el del suelo, pelado, seco y gris. A
lo
lejos rebrillaba el aire, fingiendo espejismos en que se
admiraban lagos de onda inquieta y urbes inmensas
con
enormes torres agudas que desaparecían de pronto borradas
por las trombas de polvo alzadas por el
viento.
Por los caminos pardos, negras caravanas de peregrinos iban
al camposanto tras de sus banderas
negras,
algo reverdecidas por el sol y rematadas por un círculo de
latón ornado de campanillas, que al chocar
con
la lanza cascabeleaban con aire de fiesta.
Ocupa
el camposanto de Chililaya la angosta falda de una colina
entre el cerro de Cutusani y el lago, y su
derruido
portalón se abre mirando al caserío a medio destruir del
poblacho mísero y hoy abandonado.
Circúndanle
altas y ruinosas paredes de adobes acribilladas de redondos
agujeros, donde anidan búhos,
cernícalos
y kellunchos, invitados por la paz misteriosa del
recinto, y cubren el suelo matorrales de paja
áspera,
de entre los que emergen algunas cruces de madera podrida,
única señal de que allí descansan de
toda
fatiga quienes supieron vivir cansados por un enorme y
constante ajetreo.
El
cementerio se fue llenando con la gente de los contornos que
en larga romería hollaba el camino pardo
tendido
a la orilla del lago azul. A eso de las ocho apareció el
cura del pueblo, hombrecillo bajo, rechoncho y
enteramente
moreno. Su sotana negra, constelada de manchones de grasa y
lustrosa por las espaldas, había
adquirido
un tinte verdoso, indefinible. Venía acompañado de su
sacristán, armado de un hisopo y su
recipiente
lleno de agua bendita, y otro acólito que en un retobo
portaba la estola.
Se
vistió allí mismo, delante de los fieles, y comenzó a
llenar sus funciones, deteniéndose frente a cada cruz y
musitando
palabras ininteligibles que remataba con un par de hisopazos
y unas cuantas gotas de agua
bendita,
ávidamente absorbida por el suelo flojo tan luego como en
él caían. Antes de coger el hisopo se
cubría
con el bonete, extendía imperiosamente la mano y
embolsillaba en sus hondas faltriqueras el precio del
responso
breve.
Y
se iba frente a otra cruz.
Carmela,
sin tumba donde hacer derramar sobre ella el fervor de las
preces, pagó el responso besando la
mano
del sacerdote, y cuando éste se hubo alejado aproximóse
Choquehuanka, y haciéndola sentar en el
suelo
tendió frente a ella un poncho negro cuidadosamente plegado
y alineó encima algunas latas vacías de
alcohol,
botellas de aguardiente y puñados de coca con retazos de
lejía (lukta). Los otros, graves, mudos,
serios
y con aire compungido, tomaron asiento alrededor del tendal,
manteniendo en alto los estandartes
fúnebres.
Uno de los parientes, el más anciano, sirvió la primera
copa a Choquehuanka. Tomóla pulcramente
el
viejo, murmuró frases enigmáticas, mojó dos dedos en el
licor, hizo caer algunas gotas en el suelo y de un
trago
bebió el contenido.
En
la misma copa libaron los otros por tres veces y luego se
sirvió la merienda, que todos comieron en medio
del
más profundo silencio.
Concluido
el yantar, circulóse otra vez la copa y se repartieron
cigarrillos.
Mediodía.
El
cielo es de añil y el sol cae a plomo sobre la vasta
llanura, arrancando de las aguas bruñidas reflejos
cristalinos.
Las
cabezas comenzaron a turbarse.
Suspiró
Carmela, y hondo fue el suspiro de su pecho, suspiró el
anciano Choquehuanka; suspiraron los
demás.
De
pronto surgió un gemido débil, como distante mayido de
gato. Todos se volvieron a la viuda.
Con
la cabeza caída sobre el pecho y envuelta en la tupida
mantilla estaba inmóvil, hierática.
Levantóse
entonces Choquehuanka, volvió los ojos en todas direcciones
con actitud desconfiada y medrosa: el
espíritu
del difunto vagaba en torno y había que alejarlo.
Sacóse
de la boca la coca mascada, y, arrojándola en dirección al
lago, amonestó con voz suplicante:
—¡Vete,
alma doliente, vete!... Ya has comido, ya has bebido, ¡vete!...
Al
punto, los parientes, los invitados y la viuda cogieron las
latas vacías, las chocaron entre sí con formidable
ruido,
y lanzando piedras al vacío inundaron en coro de tremendo
vocerío el espacio, gritando con acento
enternecido:
—¡Vete,
alma, vete! ¡No llores. ni tus quejas nos traigas!... ¡Vete!...
"¡Vete!
¡Vete!". se oía por todas partes y el grito
amenazador y angustiado parecía hallar eco en el viento,
que
se
lamentaba entre los hirsutos pajonales del cerro en largos y
estridentes silbidos...
Definitivamente
pagadas las deudas con los muertos había que pensar ahora
en el hambre de los vivos.
Y
la emigración se hizo general.
Agiali
se resistió a dejar los pagos.
Desde
el último viaje al valle había crecido su apego al terruño
y no pensaba moverse de él. ¿Para qué ir a
buscar
fatigas si allí mismo, del seno pródigo de la onda, podía
sacar el alimento para la familia, hambrienta y
necesitada?
¿No pasaba acaso entre los suyos por modelo de vigor, de
destreza y de obstinación? ¿O era tan
desgraciado
que no tuviese una balsa propia y debía de estar mendigando
a los compañeros que le prestasen
una
para ir de noche a coger peces en ajenas jurisdicciones? ¡No!
Su balsa grácil, ligera y nueva le esperaba
allí,
en la orilla, y con tomarla y largarse en aventuras sobre
las olas, hallaría la recompensa de su
determinación.
Primero
tentó fortuna en la jurisdicción de las propias riberas,
pero sus andanzas resultaron estériles. Lanzóse
después
a la desembocadura del lago, en el Desaguadero, y allí la
hostilidad de los indios Urus puso en
peligro
su existencia, pues fue apaleado por los bravos y hoscos
moradores de esa región. Fuese, por último,
al
lago grande; pero de nada le sirvieron sus redadas
fructuosas, porque el pescado se pudrió antes de ser
vendido
en la ciudad.
Forzoso
le fue resolverse a seguir el ejemplo de los otros si
deseaba matrimoniarse, como eran sus
propósitos,
a fines de año, para Navidad, y si aún persistía en su
decisión de asombrar a sus paisanos por el
lujo
que derrocharía en su casamiento. Era necesario, pensaba,
sobrepujar en fastuosidad a lo más sonado
que
hasta entonces se había visto en la hacienda; dejar
incrustado en todas las memorias el recuerdo de sus
larguezas.
El
último gran acontecimiento celebrado en la comarca había
sido el matrimonio del difunto Quilco con la
gallarda Choquela; se bailó durante la semana, sin descanso, y no
hubo quien en esos días no comiese a sus
anchas
y bebiese tanto como se lo pidiera el deseo. Y el recuerdo
perduraba al través de los años, y de
entonces
databa la estima y la consideración que todos, hasta ahora,
sentían por la viuda.
Y
era preciso borrar ese recuerdo.
Por
lo pronto, estaba decidido a vender la yunta y vieja y
quedarse con la joven. Los toros, ya perezosos, no
tenían
mucha fuerza para arar. Los recibió algo maduros como
herencia de su padre y le sirvieron cinco años.
Era
bastante. Vendería también el machito pardo y mezquino de
orejas. En cada viaje le daba buenos
sinsabores
con su pesadez de sapo.
Pero
esto no bastaba. Tampoco quería pedir dineros prestados.
Matrimonio construido sobre deudas, se
deshace.
No le quedaba, pues, más recurso que engancharse como
ayudante de albañil, oficio que
desempeñaba
con singular donosura.
La
víspera del viaje fue al encuentro de su novia al cerro de
Cusipata, ahora más árido que nunca; parecía un
terrón
seco, y los ganados levantaban nubes de polvo de los
senderos al pastar las ralas pajas que medraban
entre
las breñas.
Wata-Wara,
según las previsiones de su futura suegra, había concebido
y hacía cinco meses que la joven
sentía
latir en su seno el fruto de su pecado.
Sobre
esto venía a hablarle a su novio. El no quería hijos
ajenos, y estaba resuelto a que su futura se
arreglase
para no dar cabida a intrusos en el nuevo hogar.
—Me
voy, Wata-Wara —le dijo—. El año, como ves, ha de ser
malo y debo reunir dinero para casarnos en la
próxima
cosecha. Cuida bien de los ganados y no los lleves a la
pampa, donde atrapan el muyumuyu.
—Vete
y trabaja. Yo también he de comenzar a tejer tu ropa. ¿De
qué color quieres el poncho?
Agiali
Vaciló un momento:
—Plomo,
con una raya morada.
—¿Y
el gorro?
—Verde.
—El
traje será azul —opinó ella, sonriendo.
—Que
sea azul —asintió el otro, complacido.
Y
luego, señalando con una mirada el vientre de su prometida:
—La
chulpa se ha de entender con "eso", y dice que
vayas a verla uno de estos días. No tengas recelos...
—Iré.
—Hasta
otro día, florecilla blanca.
—Adiós,
mi dueño.
Agiali
no tomó directamente el camino de la ciudad. Se fue al
pueblo, pues quería saber, de los propios labios
del
cura, lo que le costaría su matrimonio y si su novia debía
de ir, como era costumbre, a adoctrinarse en la
casa
parroquial.
Don
Hermógenes Pizarro era un hombrote sólido, bien tallado,
moreno, de frente irregular deprimida, largos
los
brazos, lampiño, de gruesos y sensuales labios grietosos y
amoratados. Tenía las manos cortas,
grasientas
y de uñas combadas, como garra de rapiña, constantemente
sucias.
Cubría
su robusto corpachón una sotana lustrosa por los codos y
las espaldas, pues el sol, el polvo y los años
habían
deslucido su primitivo color y héchole adquirir ese verde
sucio y mohoso de las cosas viejas y
gastadas.
—Buenos
días, tatai —saludó humildemente el mocetón,
doblando la rodilla en tierra y empleando el más
humilde
de sus acentos.
—¡Hola!
¿Qué quieres?
—Quiero
casarme, tatai.
Sonrió
el cura, y los ojos le brillaron.
—¿Cuándo?
—Para
Navidad, tatai.
La
mirada del cura se tornó agria.
—¿Y
por qué vienes a molestarme desde ahora si recién estamos
en noviembre?
El
mozo repuso, con más humildad todavía:
—Es
que deseo saber lo que me has de cobrar.
—¿Acaso
no lo sabes?
—No,
tatai.
El
cura echó una rápida ojeada al mozo, por la indumentaria
sabía juzgar el estado de una bolsa, y, por las
carnes,
la largueza o tacañería de los gustos. Y el mozo llevaba
camisa sin remendar, poncho de colores
gayos,
gorro nuevo de lana y sombrero de castor. Era, pues, rico.
Además estaba gordo, musculoso, y eso
revelaba
buena comida. Falló:
—Son
cincuenta pesos.
Agiali
tembló. ¿Cincuenta pesos? Jamás dedicaría él esa suma a
un solo objeto. Cincuenta pesos costaba un
torillo,
un burro, una excelente piel de tigre. Debía rebajar.
Don
Hermógenes se enfureció. Tomaba mucho cuidado con la
salvación de las almas de sus feligreses. ¿Se
imaginaba
ese perdido hereje que la redención de su alma pecadora y
vil valía menos que cincuenta pesos?
—¡Condenado
maldito! ¿Es que quieres condenarte, perro? Pues toma, para
que no seas bruto ni sepas
pensar
tan torcidamente...
Desprendió
del muro, junto a la puerta, un enorme vergajo, y púsose a
sacudirlo sobre las espaldas del novio,
que
no se alzaba de rodillas, y, la cabeza gacha recibía con
mansedumbre la santa y generosa indignación del
pastor
de almas.
—¿Saben
ustedes lo que son? Pues unos pillos que no temen a Dios y sólo
piensan en pecar y holgar a su
gusto,
sin acordarse jamás del buen cura, que es como un padre...
¿Qué hacen ustedes por él? ¿Le traen
siquiera
un cordero, algunas gallinitas, una canastita de huevos,
alguna cosita, en fin, que pueda contentar?...
¡Nunca!
Y después, cuando quieren servirse del buen padre y
comprarse la gloria con sus oraciones,
encuentran
caro lo que les pide...
Recorría
la estancia, tropezando con las sillas, lleno de cólera,
sinceramente expresada.
—¿Y
acaso ese dinero les pide para guardárselo él, son pillos?
¿No saben que el templo, la casa de nuestro
Dios,
se está cayendo con las goteras del techo y que hay que
retejar, pintar, barnizar?... Caro cincuenta
pesos,
¿no? ¡Ay, pillo! ¡Si mereces que te maten!
Y,
¡zas!, ¡zas!, ¡zas!, hacía llover nuevos vergajazos
sobre el lomo robusto del mozo, que se retorcía lleno de
dolor
por los palos y por haber encendido la cólera sagrada del
representante de Dios en la tierra...
Se
fatigó el buen cura con el piadoso ejercicio. Sobre su
frente estrecha y deprimida saltaron algunas gotas de
sudor,
que él se enjugaba con un gran pañuelo de madraza, rojo y
amarillo. Resoplaba, hinchando los carrillos,
y
llamas de furor emergían de sus ojillos pequeños,
cenicientos, de pestaña recta y dura y mirar cínico,
solapado.
Se
detuvo frente al indio, humillado:
—Di,
hereje, ¿no tienes miedo al infierno?
—Perdón,
tatai —sollozó el mozo, de veras asustado.
—Pues
si te parece caro cincuenta pesos no te cases por la iglesia
y vive como los perros, sin mis
bendiciones;
pero entonces teme al infierno... ¡El infierno!... ¡El
infierno!... ¿Entiendes, condenado? ¡¡El
infierno,
te digo!!...
Y
al pronunciar con airada vehemencia el nombre del antro
pavoroso volvía a encenderse su cólera, briosa y
potente,
sincera cólera de despecho por la tacañería de los
indios, todos los días más acentuada a medida
que
los malos años se hacían más frecuentes. Cólera por ver
que sus palabras no producían la honda
consternación
que él quisiera y que ya sus amenazas del infierno iban
poco a poco siendo menos eficaces.
Antes,
a la sola enunciación del sitio maléfico, temblaban los
indios, arrastrábanse de rodillas a sus pies,
llenaban
con sus obsequios la despensa, y eran tan abundantes que con
la venta iba formando una reserva de
fondos,
con intenciones de dejarlo a los pobrecitos seres venidos al
mundo por obra y gracia de la carne, que,
¡carne
al fin!..., lo había vencido tristemente haciéndole caer
en pecado. Y era por ellos que se afanaba, para
que
pudiesen borrar los infelices el estigma de su nacimiento
con la seducción del oro, que todo lo vence...
—¿De
dónde eres, ladrón?
—De
Kohahuyo, tatai.
Don
Hermógenes se detuvo frente al mozo y su rostro se calmó.
Sabía él, como nadie, que los indios de
Kohahuyo
no eran ricos. Los esquilmaban entre el patrón y el
administrador, y si muchos permanecían en la
hacienda
era porque, como los perros, sentían amor a la querencia.
Era, pues, sincero el llanto del mozo.
—Entonces,
eres peón del viracocha Pantoja.
—Sí,
tatai.
—Bueno;
porque tu patrón es mi amigo te voy a rebajar. Me pagarás
veinte pesos.
Esa
cantidad le habían indicado al mozo, y Agiali tuvo que
acceder.
—¿Es
joven tu novia?
—Joven
es.
—Probablemente,
bonita.
—No
tiene igual—repuso con candidez y orgullo Agiali.
Sonrió
el cura y volvieron a brillarle los ojos.
—Sabrá
ya rezar...
—No,
tatai; no sabe.
Don
Hermógenes fingió pavor y desconsuelo.
—¿No
sabe rezar, dices?—y agrandó enormemente los ojos—.
Pues hay que mandarla aquí para que
aprenda,
como esas otras que están afuera.
Y
con otro gesto señaló el patio asoleado, donde,
efectivamente, había visto el mozo al entrar algunas indias
jóvenes
y graciosas.
Era
su contribución de la pernada, fructífera y llena de
encantos, que demandaba el cura. Todas las mozas
ligadas
con compromiso de matrimonio estaban en la obligación de
asistir por una semana a la casa cural,
donde
un indio viejo y malhumorado, que hacía de portero,
campanero y a veces de sacristán, les enseñaba a
rezar.
Iban
las doncellas con avío y sus camas para no ocasionar
molestias ni gastos al buen pastor de almas, el
cual,
sabiendo que la holganza engendra malos pensares, había
imaginado un ardid que mataba el tiempo de
las
mozas, produciéndole a él apreciables utilidades. Hacíalas
distribuir cueros de ovejas, con la obligación de
devolverlos
convertidos en lindas mantas, vistosos ponchos y finísimos aguayos,
que no resultarían ni lindos ni
flexibles
si la lana no estuviese preparada con particular cuidado ni
esmerosamente escogida y escarmenada.
Para
conocer el señor cura la bondad del escarmeno, y como
hombre hábil en recursos ingeniosos y utilitarios,
había
inventado un procedimiento singular y eficacísimo: hacía
juntar la lana escarmenada en voluminosos
hacinas
y soltaba sobre ellas, desde lo alto de su brazo extendido,
una gruesa aguja, la cual tenía que
atravesar
la sedosa montaña y clavarse perpendicularmente en el
suelo. Si la aguja quedaba retenida en el
montón,
el escarmeno era deficiente... y había que empezar la
fatigosa labor...
Y
en tanto las mozas lavaban, escarmenaban, hilaban y tejían
a la luz radiosa del día y bajo la inmediata
vigilancia
del indio viejo, de noche, y a solas, pasaban a poder del señor
cura para ser larga y cuidadosamente
examinadas
por él, notándose el fenómeno, hasta ahora inexplicable,
de que todas las mujeres jóvenes y
bonitas,
sin excepción, revelaban ser supinamente cortas de
entendimiento; porque en tanto que las maduras
y
feas volvían a su hogar a los breves días de reclusión y
sin pasar por manos del señor cura para el examen,
las
mozas quedaban toda la semana o parte de ella en su poder y
eran objeto del empeñoso celo de su
paternidad
reverente...
Con
las lluvias de diciembre, ya regulares, y como golondrinas
al calor del nido, tornaron los emigrantes a sus
lares.
Llegaban flacos, descoloridos por el poco comer y mal
dormir, y salíanles al encuentro los parientes,
más
flacos todavía. Y eran espectros y sombras, que sonreían
sin frases ni calor de afecto. Tornaban los
emigrantes,
vencidos por la morriña de la urbe, aunque con la bolsa
repleta, y el yermo les ofrecía ahora frutos
con
que matar el hambre: en el lago. nuevas nidadas de
primavera, y en la tierra. hoja tierna de la kañahua.
Pero
pronto dieron fin con ambos productos.
Los
nidos fueron cosechados antes de que estuviese cabal la
puesta y las aves emigraron, el miedo de
quedarse
sin cosechas si talaban los sembríos y los terribles cólicos
que les ocasionaba el abuso de la hoja
sin
madurar les obligó a hacer uso del dinero ganado en
jornales. Y como nunca, por la primera vez quizá
esperaban
todos con ansia su turno de ir como pongos a la
ciudad.
Cuatro
pongos y un vendedor aljiri daba la hacienda.
Quedábase el patrón con el aljiri y un pongo y
alquilaba
los
otros tres a sus amigos y parientes, en precios que variaban
de ciento cincuenta a doscientos veinte pesos
anuales.
En todos los periódicos se leía su anuncio:
PABLO
PANTOJA ALQUILA PONGOS CON TAQUIA
De
pongo, por lo menos tenían algo que comer en casa de
los patrones. Y ellos lo sólo que por el momento
pedían
era comer, matar el hambre, es decir, vivir.
Agiali
fue de los últimos en tornar a la hacienda. Cuando madre e
hijo se encontraron al atardecer sobre el
camino,
ahora festoneado de verdes franjas vistosas y hasta
perfumadas, apenas pudieron reconocerse, pues
habían
cambiado mucho los dos. Ella estaba más vieja y hondas
arrugas acentuaban el rictus de su boca
amarga;
su cabellera sin lustre parecía quemada por el sol y
brillaban en ella mechones blancos, amarillentos
y
sucios. El venía flaco y envejecido, pero risueño.
Sonrieron
al verse, y ésa fue su sola demostración de afecto.
—¿Traes
dineros bastantes?—preguntó la madre, con los ojos
esperanzados en la grata respuesta.
—¡Psh!...
Y
el mozo se alzó de hombros, siempre sonriendo. Ella dio un
suspiro de satisfacción ya sabía que su hijo
venía
con dineros.
—¿Y
cómo van mis bestias? ¿Han enflaquecido? Tú estás un
poco delgada...
—Y
tú también. Las bestias...
Contó.
Las bestias estaban bien, aunque algo flacas. ¿De dónde
quería él que buscasen su sustento por esa
época?
¿De la tierra, acaso? No; no estaban gordas, pero ella había
hecho lo posible por que no se muriesen
de
hambre. Las llevaba todos los días a los totorales del
lago, y así pudo lograr que no se arruinasen del todo.
—¿Y
por qué no vino Wata-Wara a mi encuentro? Creí verla
contigo.
La
anciana hizo otro gesto vago, con ese despego por el que
disminuye el caudal de una dicha.
Y
contó también:
Wata-Wara
estuvo enferma, bien enferma, de un accidente comprometido.
Días hubo que se creyó iría a
morirse,
y no faltaron quienes no daban una piedra por su vida; pero
su fuerte juventud y los cuidados
inteligentes
del viejo Choquehuanka la habían salvado...
¿Sabes?
Los cerdos del lago comieron carne blanda, como querías.
El
mozo tomó poco interés en el relato y únicamente se alegró
de que no ofreciese ningún peligro la salud de
su
novia. Traía con qué casarse, derrochando lujo, y lo demás
le era indiferente.
—Y
ahora, ¿cómo sigue?
—Está
mejor; pero todavía no puede ir al cerro a pastorear sus
ganados. Se siente sin fuerzas, y apenas anda
por
la casa cuidando los conejos y las gallinas o tejiendo las
prendas que has de lucir en tu matrimonio. Han
tenido
que llamar a un minga para
cuidar de sus bestias.
—¿Y
se han muerto algunas?
—Dicen
que no. Los Coyllor tienen suerte en todo. Y es que los
protegen la Chulpa y Choquehuanka.
—¿Y
cómo cayó enferma?
—Cosas
de la Chulpa. Se entregó en sus manos, y ella lo
hizo todo. Yo no sé: nunca he sido mala hembra.
—¿Tienes
algo para ofrecerme? Me estoy muriendo de hambre—dijo el
mozo, sin sentir la injusticia de la
alusión.
La
vieja hizo otro gesto. Los comestibles no eran abundantes en
casa. Habíase agotado la quinua que dejara y
vivían
con las verduras y algas recogidas del lago, con huevos de
pato cocidos al agua, y si la fortuna se
mostraba
propicia, con la carne espinosa de los carachis o de
algún pato cogido, por milagro, en red. Ella más
bien
contaba con algún sabroso presente y por recibirlo había
salido a su encuentro.
—¿No
tienes pan? —dijo señalando con una mirada el atado que
el mozo traía sobre las espaldas.
—Traigo
algunos, y te los daré en casa; pero ayúdame a llevar
esto, que estoy rendido.
Y
pasó el bulto a la madre hambrienta.
Los
hermanos menores salieron al encuentro de Agiali lanzando
verdaderos alaridos de gozo. Sabían que en
breve
iban a regalarse con el sabor casi ignorado del pan burdo,
para ellos infinitamente delicado... Causaba
lástima
el verlos. Cubríales el cuerpo una camisilla de tucuyo
abierta sobre el pecho y atada a la cintura con
una
faja. Por la abertura se les veía los cuerpecitos morenos,
flacos y angulosos.
Agiali
obsequió a cada uno de los pequeños con la mitad de un
pan, que los canijos fueron a devorar, con
devoción,
en la puerta de la cocina, recogiendo la más menuda migaja
que dejaban caer de la boca,
silenciosos
ante la solemnidad del acto estupendo y sin dignarse mirar a
los dos grandes, lanudos y
enflaquecidos
perros que, sentados sobre sus patas traseras, permanecían
inmóviles frente a ellos, con las
babas
colgantes y los ojos obstinadamente clavados en el mendrugo
que los granujillas seguían saboreando
lentamente,
con fruición, cual si jamás sus paladares hubiesen gustado
cosa más deliciosa.
El
mozo cogió algunos panecillos y dijo a su madre:
—Oye,
madre; has de encontrar en el atado un poco de maíz, y
puedes cocinarlo hasta que yo venga. Voy
donde Wata-Wara.
Salió.
Al
aproximarse a la casa de su novia ladráronle los perros, y
al ruido apareció la enferma en el vano del rústico
arco
de adobes. Presentóse pálida, enflaquecida, transparente,
y parecía blanca como la camisa que le cubría
el
busto; blanca, ojerosa. Los cabellos azulosos por tan
negros, le caían en dos gruesas trenzas sobre las
espaldas,
y llevaba desnuda la cabeza, partida en medio por la raya
del peinado. En los días de enfermedad y
de
reposo se le había aclarado el cutis, y en la tersura de su
rostro ovalado le brillaban extraordinariamente los
ojos,
grandes, negros y expresivos.
Al
ver a su novio, un tinte rosa cubrióle las mejillas pálidas
y una sonrisa dulce y alegre animó su rostro:
—¿Eres
tú? No creí que vinieras tan pronto. Te vi llegar y venías
con la madre; pero, ya ves..., ¡no puedo!
Y
el rubor se hizo más intenso.
—Dicen
que has estado mal.
—No
sé.
—¿Y
ahora?
—Ahora
estoy bien... Pero siéntate, estarás cansado. ¿Me traes
algo?
—Te
traigo esto.
Y
el mozo le presentó los panes, que la joven se apresuró en
coger de sus manos con alegría glotona y
desbordante.
—¿Y
cómo te fue por allá?—inquirió la Coyllor, recibiendo
un pan de manos de su hija.
—Bien;
trabajé mucho.
—Mejor
para ustedes; nada les faltará en su casa. ¿Y viste al
cura?
Agiali
narró la tempestuosa entrevista sin omitir lo de la
apaleadura, divirtiendo bastante a las dos mujeres.
—Benditas
sean sus manos —dijo la zagala mirando con picardía a su
novio.
—¿Y
cómo andan las sementeras? —preguntó a su vez Agiali.
Hicieron
un gesto desolado. Iban mal. Quizá habría un poco de grano
y algo de patatas; el resto, perdido.
—Llueve
poco—agregó la anciana— y hiela; creo que perderemos
las cosechas.
Era
la preocupación general. El tiempo se había hecho
imposible: llovía muy poco, helaba a menudo, y un día
vino
el granizo y arrasó con todo. Ellos lo vieron venir tal
como se les presenta a su fantasía: un viejo muy
viejo,
de luengas barbas blancas, perverso y sañudo, que se oculta
detrás de las nubes y lanza su metralla allí
donde
se produjo un aborto... Y ellos, ignorantes de todo,
probaron conjurar el peligro, como otras veces.
Corrieron
a las cimas de los cerros, encendieron grandes fogatas, y
agitando en el aire palmas benditas,
poblaron
los espacios con el hondo clamor de pututos y de
gritos imploradores: ¡pasa, ¡pasa!; pero se
rompieron
las nubes con el peso de su carga, y el pedrisco blanco del
viejo implacable machucó los sembríos,
haciendo
correr arroyos de agua verde por el llano...
Ahora,
con las lluvias, se iban reponiendo de la avería, y ojalá
pudiesen llenar los trojes, aunque sólo fuese
para
pasar la estación, sin tener que emigrar lejos en busca de
comida; pero fue necesario establecer un
vigilante
servicio de policía para evitar el robo de los viajeros y
de los vagos que merodeaban de noche por las
chacras
y el lago cosechando los tablones lindantes con el camino y
los pocos nidos que aún quedaban entre
los
eneales.
Y
alertas, avizores, dormían los vigilantes en sus chozas de
paja construidas al borde de las plantaciones, con
el
oído atento y los ojos vagando por las sombras, sin dormir.
Agiali
y Wata-Wara dejaron a los suyos al cuidado de las chacras;
WataWara fuese al pueblo para entregarse
al
cura y Agiali se marchó a la ciudad para hacer las últimas
compras de los artículos frescos que habrían de
consumirse
en su matrimonio, llevar la ropa de la novia y el follaje
verde de la estacada nupcial, que se
construyó
en el patio, a la puerta del hogar, clavándose en cuadro
varias vigas unidas por sus tres costados
con
ramas de eucaliptos, sauces llorones (kantutas), olivos
silvestres y otras plantas; púsosele techo verde,
del
que pendían racimos de plátanos y naranjas verdes traídas
de los Yungas por un compañero de Agiali, y
en
cada ángulo de la estacada clavóse una banderita blanca,
que aleteaba a la brisa cual una mariposa.
El
día triunfal cada novio se fue al pueblo escoltado de sus
acompañantes y padrinos. Llevaban éstos el
obligado
presente del cura: una canasta de huevos, una carga de
cebada en grano y otra en berza, un gallo
joven
y una gallina con huevos, para que hubiese abundancia en el
nuevo hogar, según decía el cura. Ambas
parejas
encontráronse en el atrio de la iglesia, cuyas campanas
fueron echadas al vuelo anunciando alegría de
desposados.
Agiali
iba vestido de cholo: pantalón largo, chaqueta corta,
chaleco de paño, cadena sin reloj, camisa con
cuello
aplanchado y zapatos de gruesa suela claveteada. Para
disfrazarse mejor se había hecho cortar al ras
la
melena ondulosa y abundante, y presentaba traza que a los
ojos de sus paisanos era imponente y resultaba
simplemente
ridícula, porque siendo la primera vez que usaba tales
prendas no sabía la manera de llevarlas, y
suplía
su ignorancia andando tieso, erguido, con las manos
enguantadas pendientes rígidas, a lo largo del
cuerpo.
Wata-Wara
no quiso quedarse atrás y se presentó disfrazada de chola.
Pero si el novio aparecía ridículo con
guantes,
zapatos, calzón largo, cuello tieso y la melena cortada, la
moza, con mantilla de encaje, blusa de
ajustadas
mangas, traje gastado de seda, medias y zapatos amarillos de
tacones elevados, era un adefesio
consumado,
que provocaba a risa cuando se la veía caminar encogida por
la intolerable estrechez de los
zapatos,
ganada de un miedo inexplicable por el ceremonial de la
iglesia.
Oyeron
la misa, recibieron las bendiciones, y sin más,
emprendieron otra vez camino de la hacienda.
Ahora
las dos comitivas no formaban sino un grupo. Rompía la
marcha el cuya,
lanzando al aire las notas
graves
y potentes de su pututo, para anunciar a todos que
por el camino viajaba una pareja de enamorados.
En
las lindes de Kohahuyo se detuvo la comitiva a la vera del
lago.
Allí
esperaban los parientes a los nuevos cónyuges. Traían los
vestidos propios de la novia y venían a
ataviarla.
Entregóse
la desposada en manos de sus amigas y los hombres se
pusieron a beber las primeras copas,
invitándose
mutuamente.
Despojaron
a la novia de su lamentable disfraz de chola y le pusieron
un jubón apretado de terciopelo rojo, con
mangas
abullonadas, pollera verde de castilla, phullu blanca
prendida con topo de plata y un sombrerito negro
de
castor. Le desnudaron también los pies de las medias y los
temibles zapatos y le pusieron ojotas, y con
libertad
de sus movimientos volvió a adquirir la gracia juvenil que
tanta seducción daba a su lindísimo rostro.
Concluida
esta ceremonia, púsose otra vez en marcha la comitiva, ya
alegre por las libaciones. Cuando
estuvieron
frente a la casa, el cuya hinchó los pulmones
arrancando de su cuerno largos bufidos que
resonaban
potentemente en la estepa y hacían ladrar a los perros y
escapar, chillando, a las aves acuáticas
agrupadas
a la vera de los charcos producidos por las lluvias. Al son
salieron los padres de los desposados y
se
detuvieron en el umbral del hogar. Allí se arrodillaron los
novios para besarles pies y manos, en signo de
eterna
sumisión: hora solemne y grave, en que los ancianos.
recogiendo en frases cortas la experiencia de
muchas
vidas, vierten en oídos de los novios las sentencias
recogidas por su propia dolorosa experiencia, o
las
recibidas de padres a hijos, en una larguísima sucesión de
años y de siglos.
Postráronse
los novios a las plantas de cada uno de los ancianos
recorriendo de rodillas el patio; y todos, cuál
más,
cuál menos, unos con malicia, con ternura otros, graves los
unos, los otros risueños, les iban diciendo
sus
palabras de consejo, de prudencia y resignación.
Sólo
han de vivir felices cuando no se dejen llevar de cuentos
—les dijo Coyllor-Zuma derramando un mar de
lágrimas.
Choquehuanka,
abrazando con gran ternura a su protegida, ayer fuente de
gozo paternal, le dijo entre
sollozos:
—Nunca
te quejes de tu marido, hija, ni jamás digas a nadie los
secretos de tu casa ni de tu corazón. Si algo
tienes
contra tu esposo, cava un agujero hondo en la tierra y
deposita allí tu dolor y luego echa piedra encima,
para
que ni la hierba nazca...
Así,
llenos de filosofía, eran los consejos de los ancianos, y
se los daban quedo a los oídos, en tanto que los
mozos,
en rueda, sacudían sus tambores y soplaban en sus flautas.
Luego
Wata-Wara fuese a instalar en un rincón del patio, frente a
su tari, con el rostro cubierto por el rebozo, y
del
que únicamente se le veían los ojos, negros, grandes y
expresivos. Agiali penetró bajo la enramada,
púsose
solo en medio y quedaron los dos frente a frente, mudos, inmóviles,
cual si fuesen de piedra.
Entonces
desfilaron los amigos para depositar cada uno su ofrenda
nupcial de comestibles en el tari de las
desposadas.
Este ponía una bandeja de coca, aquél una palangana de
viandas sabrosas, quien una botella de
licor,
quien otro una fuente de maíz tostado o cocido. Y así
fueron pasando todos, para congregarse después
los
jóvenes en torno a la enramada y bailar alegremente en
ruedas distintas dentro del patio o en el campo,
pero
sin dejar un solo momento al matrimonio, inmóvil y mudo.
Las
danzas se prolongaron toda la tarde: pero al anochecer
levantóse Wata-Wara, cogió de su tari los más
sabroso
comestibles y corrió a refugiarse al lado de su esposo,
bajo la enramada.
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