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VI

VI

Fines de octubre.

El hambre hace estragos en la región. Diariamente se ven ambular por los caminos polvorosos y secos caravanas de dolientes. Van en pos de parihuelas sobre las que saltan formas rígidas de cuerpos cubiertos con oscuros crespones, y se oyen los plañideros acentos con que se despiden los abandonados y malhayan el rigor de hados implacables que consienten la aniquilación, por hambre, de vidas humanas.

Ninguna huella de verdor anima la perspectiva de esos campos yermos y duros de sequedad. Por todas partes se levantan columnas de polvo viajando de un punto a otro, en fantástica procesión.

Las familias se preparan, no obstante, para solemnizar el alma despachu, la fiesta de los muertos. Saben que, de no hacerlo, la doliente alma del difunto no se alejará del hogar vacío y ocupará siempre el sitio que en vida le era familiar y cuyos lamentos turban la quietud, no siempre plácida, en los vivos.

Entre las muchas familias que en la hacienda se afanaban por acumular víveres y bebidas para celebrar el alma despachu y recobrar la santa paz de los corazones, Carmela, la viuda de Manuno, el viajero desgraciado, era la más empeñosa en salir con suerte de la empresa. No podía la pobre vivir sosegada. La muerte trágica de su marido, acaecida quizá en hora de pecado, le causaba horror. De noche, en el gemir doliente del viento, se imaginaba escuchar su voz, que se quejaba, entre las sombras de las oquedades del monte distante creía distinguir su silueta como doblada bajo el peso de las penas o de una enorme carga. Y los chicos no siempre estaban bien de salud; se morían las ovejas con el muyamayu y las gallinas no ponían... Y era la miseria que rondaba en torno al hogar deshecho..., miseria de parias.

Había, pues, que hacer algo. Había que alejar de casa la desgracia.

Porque en la casa apenas si había otra cosa.

Todos los bienes de ella —ganados dineros, ropas— desaparecieron para pagar las deudas de Manuno.

Primero vendióse la yunta, por no haber ya mano de varón que la guiase; después los burros; luego la vaquita, para proveer a la familia de ropas negras y comestibles. Y ahora sólo quedaban un gallo viejo y sin bríos, tres gallinas cluecas y unos diez corderos, que de tan flacos apenas podían arrastrarse hasta las breñas ásperas del cerro, único punto que los otros colonos le permitían usufructuar.

Carmela eligió cuatro de los mejores y los hizo malvender en la feria de Chililaya, la más próxima a sus pagos.

Cuando tuvo bajo de su poyo (patajati) las botellas de licor, el cuarto de tambor de coca, los panecillos hechos en forma de muñecos con cara pintada de rojo, se sintió más tranquila y más serena también. Ahora, la voz gimiente del tiempo ya no la hablaba con eco humano; las sombras no dibujaban más en los cerros contornos de seres vivos.

Y llegó el ansiado día.

El cielo tenía una pureza de tonos admirable y su color vivo contrastaba con el del suelo, pelado, seco y gris. A lo lejos rebrillaba el aire, fingiendo espejismos en que se admiraban lagos de onda inquieta y urbes inmensas con enormes torres agudas que desaparecían de pronto borradas por las trombas de polvo alzadas por el viento. Por los caminos pardos, negras caravanas de peregrinos iban al camposanto tras de sus banderas negras, algo reverdecidas por el sol y rematadas por un círculo de latón ornado de campanillas, que al chocar con la lanza cascabeleaban con aire de fiesta.

Ocupa el camposanto de Chililaya la angosta falda de una colina entre el cerro de Cutusani y el lago, y su derruido portalón se abre mirando al caserío a medio destruir del poblacho mísero y hoy abandonado.

Circúndanle altas y ruinosas paredes de adobes acribilladas de redondos agujeros, donde anidan búhos, cernícalos y kellunchos, invitados por la paz misteriosa del recinto, y cubren el suelo matorrales de paja áspera, de entre los que emergen algunas cruces de madera podrida, única señal de que allí descansan de toda fatiga quienes supieron vivir cansados por un enorme y constante ajetreo.

El cementerio se fue llenando con la gente de los contornos que en larga romería hollaba el camino pardo tendido a la orilla del lago azul. A eso de las ocho apareció el cura del pueblo, hombrecillo bajo, rechoncho y enteramente moreno. Su sotana negra, constelada de manchones de grasa y lustrosa por las espaldas, había adquirido un tinte verdoso, indefinible. Venía acompañado de su sacristán, armado de un hisopo y su recipiente lleno de agua bendita, y otro acólito que en un retobo portaba la estola.

Se vistió allí mismo, delante de los fieles, y comenzó a llenar sus funciones, deteniéndose frente a cada cruz y musitando palabras ininteligibles que remataba con un par de hisopazos y unas cuantas gotas de agua bendita, ávidamente absorbida por el suelo flojo tan luego como en él caían. Antes de coger el hisopo se cubría con el bonete, extendía imperiosamente la mano y embolsillaba en sus hondas faltriqueras el precio del responso breve.

Y se iba frente a otra cruz.

Carmela, sin tumba donde hacer derramar sobre ella el fervor de las preces, pagó el responso besando la mano del sacerdote, y cuando éste se hubo alejado aproximóse Choquehuanka, y haciéndola sentar en el suelo tendió frente a ella un poncho negro cuidadosamente plegado y alineó encima algunas latas vacías de alcohol, botellas de aguardiente y puñados de coca con retazos de lejía (lukta). Los otros, graves, mudos, serios y con aire compungido, tomaron asiento alrededor del tendal, manteniendo en alto los estandartes fúnebres. Uno de los parientes, el más anciano, sirvió la primera copa a Choquehuanka. Tomóla pulcramente el viejo, murmuró frases enigmáticas, mojó dos dedos en el licor, hizo caer algunas gotas en el suelo y de un trago bebió el contenido.

En la misma copa libaron los otros por tres veces y luego se sirvió la merienda, que todos comieron en medio del más profundo silencio.

Concluido el yantar, circulóse otra vez la copa y se repartieron cigarrillos.

Mediodía.

El cielo es de añil y el sol cae a plomo sobre la vasta llanura, arrancando de las aguas bruñidas reflejos cristalinos.

Las cabezas comenzaron a turbarse.

Suspiró Carmela, y hondo fue el suspiro de su pecho, suspiró el anciano Choquehuanka; suspiraron los demás.

De pronto surgió un gemido débil, como distante mayido de gato. Todos se volvieron a la viuda.

Con la cabeza caída sobre el pecho y envuelta en la tupida mantilla estaba inmóvil, hierática.

Levantóse entonces Choquehuanka, volvió los ojos en todas direcciones con actitud desconfiada y medrosa: el espíritu del difunto vagaba en torno y había que alejarlo.

Sacóse de la boca la coca mascada, y, arrojándola en dirección al lago, amonestó con voz suplicante:

—¡Vete, alma doliente, vete!... Ya has comido, ya has bebido, ¡vete!...

Al punto, los parientes, los invitados y la viuda cogieron las latas vacías, las chocaron entre sí con formidable ruido, y lanzando piedras al vacío inundaron en coro de tremendo vocerío el espacio, gritando con acento enternecido:

—¡Vete, alma, vete! ¡No llores. ni tus quejas nos traigas!... ¡Vete!...

"¡Vete! ¡Vete!". se oía por todas partes y el grito amenazador y angustiado parecía hallar eco en el viento, que se lamentaba entre los hirsutos pajonales del cerro en largos y estridentes silbidos...

Definitivamente pagadas las deudas con los muertos había que pensar ahora en el hambre de los vivos.

Y la emigración se hizo general.

Agiali se resistió a dejar los pagos.

Desde el último viaje al valle había crecido su apego al terruño y no pensaba moverse de él. ¿Para qué ir a buscar fatigas si allí mismo, del seno pródigo de la onda, podía sacar el alimento para la familia, hambrienta y necesitada? ¿No pasaba acaso entre los suyos por modelo de vigor, de destreza y de obstinación? ¿O era tan desgraciado que no tuviese una balsa propia y debía de estar mendigando a los compañeros que le prestasen una para ir de noche a coger peces en ajenas jurisdicciones? ¡No! Su balsa grácil, ligera y nueva le esperaba allí, en la orilla, y con tomarla y largarse en aventuras sobre las olas, hallaría la recompensa de su determinación.

Primero tentó fortuna en la jurisdicción de las propias riberas, pero sus andanzas resultaron estériles. Lanzóse después a la desembocadura del lago, en el Desaguadero, y allí la hostilidad de los indios Urus puso en peligro su existencia, pues fue apaleado por los bravos y hoscos moradores de esa región. Fuese, por último, al lago grande; pero de nada le sirvieron sus redadas fructuosas, porque el pescado se pudrió antes de ser vendido en la ciudad.

Forzoso le fue resolverse a seguir el ejemplo de los otros si deseaba matrimoniarse, como eran sus propósitos, a fines de año, para Navidad, y si aún persistía en su decisión de asombrar a sus paisanos por el lujo que derrocharía en su casamiento. Era necesario, pensaba, sobrepujar en fastuosidad a lo más sonado que hasta entonces se había visto en la hacienda; dejar incrustado en todas las memorias el recuerdo de sus larguezas.

El último gran acontecimiento celebrado en la comarca había sido el matrimonio del difunto Quilco con la gallarda Choquela; se bailó durante la semana, sin descanso, y no hubo quien en esos días no comiese a sus anchas y bebiese tanto como se lo pidiera el deseo. Y el recuerdo perduraba al través de los años, y de entonces databa la estima y la consideración que todos, hasta ahora, sentían por la viuda.

Y era preciso borrar ese recuerdo.

Por lo pronto, estaba decidido a vender la yunta y vieja y quedarse con la joven. Los toros, ya perezosos, no tenían mucha fuerza para arar. Los recibió algo maduros como herencia de su padre y le sirvieron cinco años.

Era bastante. Vendería también el machito pardo y mezquino de orejas. En cada viaje le daba buenos sinsabores con su pesadez de sapo.

Pero esto no bastaba. Tampoco quería pedir dineros prestados. Matrimonio construido sobre deudas, se deshace. No le quedaba, pues, más recurso que engancharse como ayudante de albañil, oficio que desempeñaba con singular donosura.

La víspera del viaje fue al encuentro de su novia al cerro de Cusipata, ahora más árido que nunca; parecía un terrón seco, y los ganados levantaban nubes de polvo de los senderos al pastar las ralas pajas que medraban entre las breñas.

Wata-Wara, según las previsiones de su futura suegra, había concebido y hacía cinco meses que la joven sentía latir en su seno el fruto de su pecado.

Sobre esto venía a hablarle a su novio. El no quería hijos ajenos, y estaba resuelto a que su futura se arreglase para no dar cabida a intrusos en el nuevo hogar.

—Me voy, Wata-Wara —le dijo—. El año, como ves, ha de ser malo y debo reunir dinero para casarnos en la próxima cosecha. Cuida bien de los ganados y no los lleves a la pampa, donde atrapan el muyumuyu.

—Vete y trabaja. Yo también he de comenzar a tejer tu ropa. ¿De qué color quieres el poncho?

Agiali Vaciló un momento:

—Plomo, con una raya morada.

—¿Y el gorro?

—Verde.

—El traje será azul —opinó ella, sonriendo.

—Que sea azul —asintió el otro, complacido.

Y luego, señalando con una mirada el vientre de su prometida:

—La chulpa se ha de entender con "eso", y dice que vayas a verla uno de estos días. No tengas recelos...

—Iré.

—Hasta otro día, florecilla blanca.

—Adiós, mi dueño.

Agiali no tomó directamente el camino de la ciudad. Se fue al pueblo, pues quería saber, de los propios labios del cura, lo que le costaría su matrimonio y si su novia debía de ir, como era costumbre, a adoctrinarse en la casa parroquial.

Don Hermógenes Pizarro era un hombrote sólido, bien tallado, moreno, de frente irregular deprimida, largos los brazos, lampiño, de gruesos y sensuales labios grietosos y amoratados. Tenía las manos cortas, grasientas y de uñas combadas, como garra de rapiña, constantemente sucias.

Cubría su robusto corpachón una sotana lustrosa por los codos y las espaldas, pues el sol, el polvo y los años habían deslucido su primitivo color y héchole adquirir ese verde sucio y mohoso de las cosas viejas y gastadas.

—Buenos días, tatai —saludó humildemente el mocetón, doblando la rodilla en tierra y empleando el más humilde de sus acentos.

—¡Hola! ¿Qué quieres?

—Quiero casarme, tatai.

Sonrió el cura, y los ojos le brillaron.

—¿Cuándo?

—Para Navidad, tatai.

La mirada del cura se tornó agria.

—¿Y por qué vienes a molestarme desde ahora si recién estamos en noviembre?

El mozo repuso, con más humildad todavía:

—Es que deseo saber lo que me has de cobrar.

—¿Acaso no lo sabes?

—No, tatai.

El cura echó una rápida ojeada al mozo, por la indumentaria sabía juzgar el estado de una bolsa, y, por las carnes, la largueza o tacañería de los gustos. Y el mozo llevaba camisa sin remendar, poncho de colores gayos, gorro nuevo de lana y sombrero de castor. Era, pues, rico. Además estaba gordo, musculoso, y eso revelaba buena comida. Falló:

—Son cincuenta pesos.

Agiali tembló. ¿Cincuenta pesos? Jamás dedicaría él esa suma a un solo objeto. Cincuenta pesos costaba un torillo, un burro, una excelente piel de tigre. Debía rebajar.

Don Hermógenes se enfureció. Tomaba mucho cuidado con la salvación de las almas de sus feligreses. ¿Se imaginaba ese perdido hereje que la redención de su alma pecadora y vil valía menos que cincuenta pesos?

—¡Condenado maldito! ¿Es que quieres condenarte, perro? Pues toma, para que no seas bruto ni sepas pensar tan torcidamente...

Desprendió del muro, junto a la puerta, un enorme vergajo, y púsose a sacudirlo sobre las espaldas del novio, que no se alzaba de rodillas, y, la cabeza gacha recibía con mansedumbre la santa y generosa indignación del pastor de almas.

—¿Saben ustedes lo que son? Pues unos pillos que no temen a Dios y sólo piensan en pecar y holgar a su gusto, sin acordarse jamás del buen cura, que es como un padre... ¿Qué hacen ustedes por él? ¿Le traen siquiera un cordero, algunas gallinitas, una canastita de huevos, alguna cosita, en fin, que pueda contentar?... ¡Nunca! Y después, cuando quieren servirse del buen padre y comprarse la gloria con sus oraciones, encuentran caro lo que les pide...

Recorría la estancia, tropezando con las sillas, lleno de cólera, sinceramente expresada.

—¿Y acaso ese dinero les pide para guardárselo él, son pillos? ¿No saben que el templo, la casa de nuestro Dios, se está cayendo con las goteras del techo y que hay que retejar, pintar, barnizar?... Caro cincuenta pesos, ¿no? ¡Ay, pillo! ¡Si mereces que te maten!

Y, ¡zas!, ¡zas!, ¡zas!, hacía llover nuevos vergajazos sobre el lomo robusto del mozo, que se retorcía lleno de dolor por los palos y por haber encendido la cólera sagrada del representante de Dios en la tierra...

Se fatigó el buen cura con el piadoso ejercicio. Sobre su frente estrecha y deprimida saltaron algunas gotas de sudor, que él se enjugaba con un gran pañuelo de madraza, rojo y amarillo. Resoplaba, hinchando los carrillos, y llamas de furor emergían de sus ojillos pequeños, cenicientos, de pestaña recta y dura y mirar cínico, solapado.

Se detuvo frente al indio, humillado:

—Di, hereje, ¿no tienes miedo al infierno?

—Perdón, tatai —sollozó el mozo, de veras asustado.

—Pues si te parece caro cincuenta pesos no te cases por la iglesia y vive como los perros, sin mis bendiciones; pero entonces teme al infierno... ¡El infierno!... ¡El infierno!... ¿Entiendes, condenado? ¡¡El infierno, te digo!!...

Y al pronunciar con airada vehemencia el nombre del antro pavoroso volvía a encenderse su cólera, briosa y potente, sincera cólera de despecho por la tacañería de los indios, todos los días más acentuada a medida que los malos años se hacían más frecuentes. Cólera por ver que sus palabras no producían la honda consternación que él quisiera y que ya sus amenazas del infierno iban poco a poco siendo menos eficaces.

Antes, a la sola enunciación del sitio maléfico, temblaban los indios, arrastrábanse de rodillas a sus pies, llenaban con sus obsequios la despensa, y eran tan abundantes que con la venta iba formando una reserva de fondos, con intenciones de dejarlo a los pobrecitos seres venidos al mundo por obra y gracia de la carne, que, ¡carne al fin!..., lo había vencido tristemente haciéndole caer en pecado. Y era por ellos que se afanaba, para que pudiesen borrar los infelices el estigma de su nacimiento con la seducción del oro, que todo lo vence...

—¿De dónde eres, ladrón?

—De Kohahuyo, tatai.

Don Hermógenes se detuvo frente al mozo y su rostro se calmó. Sabía él, como nadie, que los indios de Kohahuyo no eran ricos. Los esquilmaban entre el patrón y el administrador, y si muchos permanecían en la hacienda era porque, como los perros, sentían amor a la querencia. Era, pues, sincero el llanto del mozo.

—Entonces, eres peón del viracocha Pantoja.

—Sí, tatai.

—Bueno; porque tu patrón es mi amigo te voy a rebajar. Me pagarás veinte pesos.

Esa cantidad le habían indicado al mozo, y Agiali tuvo que acceder.

—¿Es joven tu novia?

—Joven es.

—Probablemente, bonita.

—No tiene igual—repuso con candidez y orgullo Agiali.

Sonrió el cura y volvieron a brillarle los ojos.

—Sabrá ya rezar...

—No, tatai; no sabe.

Don Hermógenes fingió pavor y desconsuelo.

—¿No sabe rezar, dices?—y agrandó enormemente los ojos—. Pues hay que mandarla aquí para que aprenda, como esas otras que están afuera.

Y con otro gesto señaló el patio asoleado, donde, efectivamente, había visto el mozo al entrar algunas indias jóvenes y graciosas.

Era su contribución de la pernada, fructífera y llena de encantos, que demandaba el cura. Todas las mozas ligadas con compromiso de matrimonio estaban en la obligación de asistir por una semana a la casa cural, donde un indio viejo y malhumorado, que hacía de portero, campanero y a veces de sacristán, les enseñaba a rezar.

Iban las doncellas con avío y sus camas para no ocasionar molestias ni gastos al buen pastor de almas, el cual, sabiendo que la holganza engendra malos pensares, había imaginado un ardid que mataba el tiempo de las mozas, produciéndole a él apreciables utilidades. Hacíalas distribuir cueros de ovejas, con la obligación de devolverlos convertidos en lindas mantas, vistosos ponchos y finísimos aguayos, que no resultarían ni lindos ni flexibles si la lana no estuviese preparada con particular cuidado ni esmerosamente escogida y escarmenada.

Para conocer el señor cura la bondad del escarmeno, y como hombre hábil en recursos ingeniosos y utilitarios, había inventado un procedimiento singular y eficacísimo: hacía juntar la lana escarmenada en voluminosos hacinas y soltaba sobre ellas, desde lo alto de su brazo extendido, una gruesa aguja, la cual tenía que atravesar la sedosa montaña y clavarse perpendicularmente en el suelo. Si la aguja quedaba retenida en el montón, el escarmeno era deficiente... y había que empezar la fatigosa labor...

Y en tanto las mozas lavaban, escarmenaban, hilaban y tejían a la luz radiosa del día y bajo la inmediata vigilancia del indio viejo, de noche, y a solas, pasaban a poder del señor cura para ser larga y cuidadosamente examinadas por él, notándose el fenómeno, hasta ahora inexplicable, de que todas las mujeres jóvenes y bonitas, sin excepción, revelaban ser supinamente cortas de entendimiento; porque en tanto que las maduras y feas volvían a su hogar a los breves días de reclusión y sin pasar por manos del señor cura para el examen, las mozas quedaban toda la semana o parte de ella en su poder y eran objeto del empeñoso celo de su paternidad reverente...

Con las lluvias de diciembre, ya regulares, y como golondrinas al calor del nido, tornaron los emigrantes a sus lares. Llegaban flacos, descoloridos por el poco comer y mal dormir, y salíanles al encuentro los parientes, más flacos todavía. Y eran espectros y sombras, que sonreían sin frases ni calor de afecto. Tornaban los emigrantes, vencidos por la morriña de la urbe, aunque con la bolsa repleta, y el yermo les ofrecía ahora frutos con que matar el hambre: en el lago. nuevas nidadas de primavera, y en la tierra. hoja tierna de la kañahua.

Pero pronto dieron fin con ambos productos.

Los nidos fueron cosechados antes de que estuviese cabal la puesta y las aves emigraron, el miedo de quedarse sin cosechas si talaban los sembríos y los terribles cólicos que les ocasionaba el abuso de la hoja sin madurar les obligó a hacer uso del dinero ganado en jornales. Y como nunca, por la primera vez quizá esperaban todos con ansia su turno de ir como pongos a la ciudad.

Cuatro pongos y un vendedor aljiri daba la hacienda. Quedábase el patrón con el aljiri y un pongo y alquilaba los otros tres a sus amigos y parientes, en precios que variaban de ciento cincuenta a doscientos veinte pesos anuales. En todos los periódicos se leía su anuncio:

PABLO PANTOJA ALQUILA PONGOS CON TAQUIA

De pongo, por lo menos tenían algo que comer en casa de los patrones. Y ellos lo sólo que por el momento pedían era comer, matar el hambre, es decir, vivir.

Agiali fue de los últimos en tornar a la hacienda. Cuando madre e hijo se encontraron al atardecer sobre el camino, ahora festoneado de verdes franjas vistosas y hasta perfumadas, apenas pudieron reconocerse, pues habían cambiado mucho los dos. Ella estaba más vieja y hondas arrugas acentuaban el rictus de su boca amarga; su cabellera sin lustre parecía quemada por el sol y brillaban en ella mechones blancos, amarillentos y sucios. El venía flaco y envejecido, pero risueño.

Sonrieron al verse, y ésa fue su sola demostración de afecto.

—¿Traes dineros bastantes?—preguntó la madre, con los ojos esperanzados en la grata respuesta.

—¡Psh!...

Y el mozo se alzó de hombros, siempre sonriendo. Ella dio un suspiro de satisfacción ya sabía que su hijo venía con dineros.

—¿Y cómo van mis bestias? ¿Han enflaquecido? Tú estás un poco delgada...

—Y tú también. Las bestias...

Contó. Las bestias estaban bien, aunque algo flacas. ¿De dónde quería él que buscasen su sustento por esa época? ¿De la tierra, acaso? No; no estaban gordas, pero ella había hecho lo posible por que no se muriesen de hambre. Las llevaba todos los días a los totorales del lago, y así pudo lograr que no se arruinasen del todo.

—¿Y por qué no vino Wata-Wara a mi encuentro? Creí verla contigo.

La anciana hizo otro gesto vago, con ese despego por el que disminuye el caudal de una dicha.

Y contó también:

Wata-Wara estuvo enferma, bien enferma, de un accidente comprometido. Días hubo que se creyó iría a morirse, y no faltaron quienes no daban una piedra por su vida; pero su fuerte juventud y los cuidados inteligentes del viejo Choquehuanka la habían salvado...

¿Sabes? Los cerdos del lago comieron carne blanda, como querías.

El mozo tomó poco interés en el relato y únicamente se alegró de que no ofreciese ningún peligro la salud de su novia. Traía con qué casarse, derrochando lujo, y lo demás le era indiferente.

—Y ahora, ¿cómo sigue?

—Está mejor; pero todavía no puede ir al cerro a pastorear sus ganados. Se siente sin fuerzas, y apenas anda por la casa cuidando los conejos y las gallinas o tejiendo las prendas que has de lucir en tu matrimonio. Han tenido que llamar a un minga para cuidar de sus bestias.

—¿Y se han muerto algunas?

—Dicen que no. Los Coyllor tienen suerte en todo. Y es que los protegen la Chulpa y Choquehuanka.

—¿Y cómo cayó enferma?

—Cosas de la Chulpa. Se entregó en sus manos, y ella lo hizo todo. Yo no sé: nunca he sido mala hembra.

—¿Tienes algo para ofrecerme? Me estoy muriendo de hambre—dijo el mozo, sin sentir la injusticia de la alusión.

La vieja hizo otro gesto. Los comestibles no eran abundantes en casa. Habíase agotado la quinua que dejara y vivían con las verduras y algas recogidas del lago, con huevos de pato cocidos al agua, y si la fortuna se mostraba propicia, con la carne espinosa de los carachis o de algún pato cogido, por milagro, en red. Ella más bien contaba con algún sabroso presente y por recibirlo había salido a su encuentro.

—¿No tienes pan? —dijo señalando con una mirada el atado que el mozo traía sobre las espaldas.

—Traigo algunos, y te los daré en casa; pero ayúdame a llevar esto, que estoy rendido.

Y pasó el bulto a la madre hambrienta.

Los hermanos menores salieron al encuentro de Agiali lanzando verdaderos alaridos de gozo. Sabían que en breve iban a regalarse con el sabor casi ignorado del pan burdo, para ellos infinitamente delicado... Causaba lástima el verlos. Cubríales el cuerpo una camisilla de tucuyo abierta sobre el pecho y atada a la cintura con una faja. Por la abertura se les veía los cuerpecitos morenos, flacos y angulosos.

Agiali obsequió a cada uno de los pequeños con la mitad de un pan, que los canijos fueron a devorar, con devoción, en la puerta de la cocina, recogiendo la más menuda migaja que dejaban caer de la boca, silenciosos ante la solemnidad del acto estupendo y sin dignarse mirar a los dos grandes, lanudos y enflaquecidos perros que, sentados sobre sus patas traseras, permanecían inmóviles frente a ellos, con las babas colgantes y los ojos obstinadamente clavados en el mendrugo que los granujillas seguían saboreando lentamente, con fruición, cual si jamás sus paladares hubiesen gustado cosa más deliciosa.

El mozo cogió algunos panecillos y dijo a su madre:

—Oye, madre; has de encontrar en el atado un poco de maíz, y puedes cocinarlo hasta que yo venga. Voy donde Wata-Wara.

Salió.

Al aproximarse a la casa de su novia ladráronle los perros, y al ruido apareció la enferma en el vano del rústico arco de adobes. Presentóse pálida, enflaquecida, transparente, y parecía blanca como la camisa que le cubría el busto; blanca, ojerosa. Los cabellos azulosos por tan negros, le caían en dos gruesas trenzas sobre las espaldas, y llevaba desnuda la cabeza, partida en medio por la raya del peinado. En los días de enfermedad y de reposo se le había aclarado el cutis, y en la tersura de su rostro ovalado le brillaban extraordinariamente los ojos, grandes, negros y expresivos.

Al ver a su novio, un tinte rosa cubrióle las mejillas pálidas y una sonrisa dulce y alegre animó su rostro:

—¿Eres tú? No creí que vinieras tan pronto. Te vi llegar y venías con la madre; pero, ya ves..., ¡no puedo!

Y el rubor se hizo más intenso.

—Dicen que has estado mal.

—No sé.

—¿Y ahora?

—Ahora estoy bien... Pero siéntate, estarás cansado. ¿Me traes algo?

—Te traigo esto.

Y el mozo le presentó los panes, que la joven se apresuró en coger de sus manos con alegría glotona y desbordante.

—¿Y cómo te fue por allá?—inquirió la Coyllor, recibiendo un pan de manos de su hija.

—Bien; trabajé mucho.

—Mejor para ustedes; nada les faltará en su casa. ¿Y viste al cura?

Agiali narró la tempestuosa entrevista sin omitir lo de la apaleadura, divirtiendo bastante a las dos mujeres.

—Benditas sean sus manos —dijo la zagala mirando con picardía a su novio.

—¿Y cómo andan las sementeras? —preguntó a su vez Agiali.

Hicieron un gesto desolado. Iban mal. Quizá habría un poco de grano y algo de patatas; el resto, perdido.

—Llueve poco—agregó la anciana— y hiela; creo que perderemos las cosechas.

Era la preocupación general. El tiempo se había hecho imposible: llovía muy poco, helaba a menudo, y un día vino el granizo y arrasó con todo. Ellos lo vieron venir tal como se les presenta a su fantasía: un viejo muy viejo, de luengas barbas blancas, perverso y sañudo, que se oculta detrás de las nubes y lanza su metralla allí donde se produjo un aborto... Y ellos, ignorantes de todo, probaron conjurar el peligro, como otras veces.

Corrieron a las cimas de los cerros, encendieron grandes fogatas, y agitando en el aire palmas benditas, poblaron los espacios con el hondo clamor de pututos y de gritos imploradores: ¡pasa, ¡pasa!; pero se rompieron las nubes con el peso de su carga, y el pedrisco blanco del viejo implacable machucó los sembríos, haciendo correr arroyos de agua verde por el llano...

Ahora, con las lluvias, se iban reponiendo de la avería, y ojalá pudiesen llenar los trojes, aunque sólo fuese para pasar la estación, sin tener que emigrar lejos en busca de comida; pero fue necesario establecer un vigilante servicio de policía para evitar el robo de los viajeros y de los vagos que merodeaban de noche por las chacras y el lago cosechando los tablones lindantes con el camino y los pocos nidos que aún quedaban entre los eneales.

Y alertas, avizores, dormían los vigilantes en sus chozas de paja construidas al borde de las plantaciones, con el oído atento y los ojos vagando por las sombras, sin dormir.

Agiali y Wata-Wara dejaron a los suyos al cuidado de las chacras; WataWara fuese al pueblo para entregarse al cura y Agiali se marchó a la ciudad para hacer las últimas compras de los artículos frescos que habrían de consumirse en su matrimonio, llevar la ropa de la novia y el follaje verde de la estacada nupcial, que se construyó en el patio, a la puerta del hogar, clavándose en cuadro varias vigas unidas por sus tres costados con ramas de eucaliptos, sauces llorones (kantutas), olivos silvestres y otras plantas; púsosele techo verde, del que pendían racimos de plátanos y naranjas verdes traídas de los Yungas por un compañero de Agiali, y en cada ángulo de la estacada clavóse una banderita blanca, que aleteaba a la brisa cual una mariposa.

El día triunfal cada novio se fue al pueblo escoltado de sus acompañantes y padrinos. Llevaban éstos el obligado presente del cura: una canasta de huevos, una carga de cebada en grano y otra en berza, un gallo joven y una gallina con huevos, para que hubiese abundancia en el nuevo hogar, según decía el cura. Ambas parejas encontráronse en el atrio de la iglesia, cuyas campanas fueron echadas al vuelo anunciando alegría de desposados.

Agiali iba vestido de cholo: pantalón largo, chaqueta corta, chaleco de paño, cadena sin reloj, camisa con cuello aplanchado y zapatos de gruesa suela claveteada. Para disfrazarse mejor se había hecho cortar al ras la melena ondulosa y abundante, y presentaba traza que a los ojos de sus paisanos era imponente y resultaba simplemente ridícula, porque siendo la primera vez que usaba tales prendas no sabía la manera de llevarlas, y suplía su ignorancia andando tieso, erguido, con las manos enguantadas pendientes rígidas, a lo largo del cuerpo.

Wata-Wara no quiso quedarse atrás y se presentó disfrazada de chola. Pero si el novio aparecía ridículo con guantes, zapatos, calzón largo, cuello tieso y la melena cortada, la moza, con mantilla de encaje, blusa de ajustadas mangas, traje gastado de seda, medias y zapatos amarillos de tacones elevados, era un adefesio consumado, que provocaba a risa cuando se la veía caminar encogida por la intolerable estrechez de los zapatos, ganada de un miedo inexplicable por el ceremonial de la iglesia.

Oyeron la misa, recibieron las bendiciones, y sin más, emprendieron otra vez camino de la hacienda.

Ahora las dos comitivas no formaban sino un grupo. Rompía la marcha el cuya, lanzando al aire las notas graves y potentes de su pututo, para anunciar a todos que por el camino viajaba una pareja de enamorados.

En las lindes de Kohahuyo se detuvo la comitiva a la vera del lago.

Allí esperaban los parientes a los nuevos cónyuges. Traían los vestidos propios de la novia y venían a ataviarla.

Entregóse la desposada en manos de sus amigas y los hombres se pusieron a beber las primeras copas, invitándose mutuamente.

Despojaron a la novia de su lamentable disfraz de chola y le pusieron un jubón apretado de terciopelo rojo, con mangas abullonadas, pollera verde de castilla, phullu blanca prendida con topo de plata y un sombrerito negro de castor. Le desnudaron también los pies de las medias y los temibles zapatos y le pusieron ojotas, y con libertad de sus movimientos volvió a adquirir la gracia juvenil que tanta seducción daba a su lindísimo rostro.

Concluida esta ceremonia, púsose otra vez en marcha la comitiva, ya alegre por las libaciones. Cuando estuvieron frente a la casa, el cuya hinchó los pulmones arrancando de su cuerno largos bufidos que resonaban potentemente en la estepa y hacían ladrar a los perros y escapar, chillando, a las aves acuáticas agrupadas a la vera de los charcos producidos por las lluvias. Al son salieron los padres de los desposados y se detuvieron en el umbral del hogar. Allí se arrodillaron los novios para besarles pies y manos, en signo de eterna sumisión: hora solemne y grave, en que los ancianos. recogiendo en frases cortas la experiencia de muchas vidas, vierten en oídos de los novios las sentencias recogidas por su propia dolorosa experiencia, o las recibidas de padres a hijos, en una larguísima sucesión de años y de siglos.

Postráronse los novios a las plantas de cada uno de los ancianos recorriendo de rodillas el patio; y todos, cuál más, cuál menos, unos con malicia, con ternura otros, graves los unos, los otros risueños, les iban diciendo sus palabras de consejo, de prudencia y resignación.

Sólo han de vivir felices cuando no se dejen llevar de cuentos —les dijo Coyllor-Zuma derramando un mar de lágrimas.

Choquehuanka, abrazando con gran ternura a su protegida, ayer fuente de gozo paternal, le dijo entre sollozos:

—Nunca te quejes de tu marido, hija, ni jamás digas a nadie los secretos de tu casa ni de tu corazón. Si algo tienes contra tu esposo, cava un agujero hondo en la tierra y deposita allí tu dolor y luego echa piedra encima, para que ni la hierba nazca...

Así, llenos de filosofía, eran los consejos de los ancianos, y se los daban quedo a los oídos, en tanto que los mozos, en rueda, sacudían sus tambores y soplaban en sus flautas.

Luego Wata-Wara fuese a instalar en un rincón del patio, frente a su tari, con el rostro cubierto por el rebozo, y del que únicamente se le veían los ojos, negros, grandes y expresivos. Agiali penetró bajo la enramada, púsose solo en medio y quedaron los dos frente a frente, mudos, inmóviles, cual si fuesen de piedra.

Entonces desfilaron los amigos para depositar cada uno su ofrenda nupcial de comestibles en el tari de las desposadas. Este ponía una bandeja de coca, aquél una palangana de viandas sabrosas, quien una botella de licor, quien otro una fuente de maíz tostado o cocido. Y así fueron pasando todos, para congregarse después los jóvenes en torno a la enramada y bailar alegremente en ruedas distintas dentro del patio o en el campo, pero sin dejar un solo momento al matrimonio, inmóvil y mudo.

Las danzas se prolongaron toda la tarde: pero al anochecer levantóse Wata-Wara, cogió de su tari los más sabroso comestibles y corrió a refugiarse al lado de su esposo, bajo la enramada.