VII
Choquehuanka
se puso la mano horizontalmente extendida sobre los ojos y
tras un breve examen, dijo dirigiéndose
a administrador:
—Sí
tata; es el patrón.
Troche
miró hacia el punto indicado, mas nada pudo distinguir en
la llanura tranquila y desierta.
—¿Dónde?
Yo no veo nada.
—Allá,
tata; en el confín.
Y
extendió el brazo hacia un punto del vasto horizonte, señalando
la dirección del blanco sendero que se perdía
en la distancia. Volvió a mirar Troche, y le pareció
descubrir en la lejanía una tenue nube de polvo.
—Pero
¿será él?
—Sí,
tata, es él, y viene con otros —dijo uno de los
peones jóvenes con seguridad.
Quince
minutos después se diseñó en la lejanía la silueta de
los viajeros. Eran cinco y sus cabalgaduras alzaban
polvo de la ruta.
Entonces
Tokorcunki hizo una señal.
Los
colonos recogieron del suelo sus tambores y banderas y
alborotadamente lanzaron al aire las dolientes notas
de sus flautas en dianas de bienvenida. Redoblaron de
algazara las notas cuando el
señor Pantoja, escoltado de cuatro amigos, ganó los
linderos de la hacienda, donde, por orden del administrador
habían ido los colonos a saludar con músicas la llegada
del amo, costumbre ya abolida en Kohahuyo
a poco que los Pantoja entraron en posesión del fundo.
Cabalgaba
don Pablo Pantoja o P. P., como le llamaban sus íntimos, en
un poderoso alazán de cabeza pequeña,
ancho pecho y recio casco. Venía suelto de talle, con el
poncho de vicuña doblado sobre el hombro, un
pañuelo de seda blanca cuidadosamente anudado al cuello,
sombrero alón echado un poco hacia atrás y la falda
levantada por delante. Las manos traía ocupadas: la
siniestra, en empuñar las cuatro riendas del trotón y la
otra en esgrimir un chicotillo de suela trenzada, y estaban
protegidas por fuertes guantes de piel de perro color
ladrillo. Venía sólidamente asentado en su silla chilena,
alzada por delante y por detrás, pero llena de chapeados
de plata, con sartas de menudas lonjas de cuero blanco que
pendían de las argollas o sostenían unos
pequeños y elegantes alforjines de anta. En el maletín
delantero brillaban, de un lado, la cacha de un revólver,
y del otro, la de un gran cuchillo de monte. Las posaderas
del señor oprimían la mecánica de una lindísima
escopeta, cuyos negros agujeros de los caños parecían
amenazar de muerte.
Los
amigos, si no tan elegantes, mostrábanse igualmente
caballeros en nerviosos caballos o fuertes mulas, y venían
cubiertos con sus ponchos o abrigos en talle, mostrando así
las diferencias de un temperamento y constitución,
pues en tanto que el señor Pantoja y uno de sus amigos,
bajo, moreno, cejijunto y delgado se mantenían
ágiles y derechos sobre sus monturas, los otros parecían
molidos y desarticulados con las nueve horas
de marcha andadas ese día, desde la salida del sol.
Al
ruido turbulento de los tambores y pinquillos, el
caballo de patrón y el de uno de sus acompañantes, paliducho,
enclenque, comenzaron a parar las orejas y a respingar con
marcada desconfianza; pero Pantoja aplicó
un soberbio espolazo a su bestia, y el bruto de un salto se
metió entre el grupo, atropellando a dos indios,
que cayeron al suelo, el uno con el tambor reventado y el
otro con el calzón nuevo partido. El compañero,
más timorato o menos jinete, no pudo reprimir el espanto de
su macho frontino y malcarado, y se prendió
de las crines en el preciso instante en que iba a rodar por
los suelos. Entonces el señor Pantoja, al notar
esto, hizo una seña a los indios para que dejasen de tañer
sus instrumentos. Los musicantes no supieron interpretar
su gesto, y como redoblasen la energía de sus golpes en el
tambor y de sus soplidos en las flautas, cundió
la alarma en todas las cabalgaduras, que comenzaron a
retroceder con los ojos dilatados, alzándose de dos
pies. El susto hubo de trocarse en incontenible espanto
cuando repentinamente, y sin que nadie lo previera,
comenzaron a tronar camaretas entre las mismas patas de los
brutos. Entonces sí que éstos, casi enloquecidos,
hicieron uso de sus naturales medios de defensa para zafarse
cuanto antes del círculo de horrores
en que los habían metido sus dueños. Tascaron el freno, y
a saltos y con quiebros echáronse a correr por
la llanura, pese a la fatiga del viaje. Uno de los jóvenes
salió rodando por el cuello de su cabalgadura; otro se
dejaba llevar en carrera abierta al través del llano,
cenagoso y resquebrajado; éste yacía caído en tierra, junto
a su alma y con la cabeza magullada, y aun el mismo patrón,
que parecía un centauro, apenas podía mantenerse
sobre la silla y tuvo que echar mano al arzón.
—¡Silencio,
brutos, silencio!... —ordenó dando aullidos de cólera.
Los
colonos, ante el repentino desastre, suspendieron el loco
concierto de sus instrumentos; pero el señor Pantoja,
ciego de cólera, dio otro espolazo al alazán, y metiéndose
entre el grupo púsose a esgrimir su duro látigo
con fuerza colosal, repartiendo fustazos en la cara de los
indios, que caían entre las patas del formidable bruto
o escapaban chillando de dolor y conteniendo la sangre de
sus heridas para no manchar la ropa nueva...
—¡No
seas loco!... —le gritó con angustia el joven de la
cabeza magullada y poniéndose de pie—. ¿Por qué les
pegas, si ellos no tienen la culpa?...
A
estas voces se contuvo el amo; pero como su cólera no
estaba del todo aplacada, estrellóse contra el administrador,
que, con el sombrero en la mano y la actitud humilde, se le
llegaba a saludarle:
—Buenas
tardes, doctor.
—¿Y
por qué ha dejado usted, soca..., que hagan esa bulla estos
animales? ¿No tenía usted ojos para ver el alboroto
de las bestias?...
—Es
costumbre, doctor... —quiso disculparse Troche.
—¡Qué
costumbre ni qué niño muerto! ¡Usted es un animal!
—repuso furiosamente Pantoja.
Y
viendo que dos de sus amigos seguían galopando por la
llanura, sin poder sujetar a sus cabalgaduras, le ordenó:
—¡Corra
usted a atajar aquellas bestias!...
Troche
se lanzó a cumplir la orden; pero ya el hilacata y
los alcaldes galopaban por la estepa, en auxilio de los impotentes
y asustados caballeros.
A
poco estaban reunidos todos y comentaban con risas las
peripecias de la inesperada aventura. El patrón, tomando
del alforjín una botella de whisky, comenzó a
repartir copas entre sus amigos, "para matar el
susto", según
dijo, riendo; bebió él y ofreció la última al aturdido
empleado.
—¿Dista
mucho a la casa de hacienda?
—No,
doctor; apenas una legua.
—¿Y
te parece poco? Mis amigos ya no pueden más. No tienen
costumbre de viajar, y este caballero —señalando
al joven de la cabeza rota— es la primera vez que sale de
la ciudad y apenas puede sostenerse sobre
su macho... Vamos, pues.
—Che,
¿y no convidas a los hilacatas y alcaldes? —preguntó el
joven que nunca había salido de la ciudad, sinceramente
sorprendido.
Pantoja
se volvió hacia él, burlón:
—¿De
mi whisky fino? ¡Ya quisieran ellos! Les invitaré a
alcohol cuando lleguemos a casa. ¡Adelante!
Pero
en este momento se aprestaban recién los indios a
saludarle. Con el sombrero en una mano y en la otra el
instrumento de música llegábanse al flanco de la bestia,
se ponían de rodillas para besar la punta del pie, que
sobresalía de los estribos, cubierta de polvo. Los heridos
maltratados mostraban mayor comedimiento y eran
los que con más fervor apoyaban los labios en la bota,
pronto limpia de polvo.
El
patrón, sin esperar al homenaje de todos, dio la voz de
"¡Adelante!"
Pusiéronse
en marcha. Pantoja llamó a su lado al administrador. Detrás
seguían los amigos. El de la cabeza rota
se puso junto a Tokorcunki; le ofreció un cigarrillo, a
falta de una copa de licor, y comenzó a preguntarle, en
aymará bastante entreverado de español, por las cosas del
campo... Detrás, los indios iban mustios, con los
tambores pendientes del brazo y las flautas atravesadas en
la faja, con aire triste, silenciosos, abatidos.
Muchos
caminaban restañando la sangre de las heridas o tratando de
borrar de sus ropas las salpicaduras de lodo
levantado por las patas de las bestias en su carrera a través
de los charcos de la pampa.
Los
jóvenes, consolados ya con la noticia de que faltaba poco
para llegar al término del viaje, reían y se burlaban
de su anfitrión.
—Oye,
Juan: ¿te fijas cómo el cholo le llama doctor a nuestro P.
P.?
—Ni
abogado es; lo hará por burlarse.
—No;
tienen costumbre. Cualquier blanco —hablaba el muy
moreno— para ellos es doctor y usan el título en signo
de respeto.
Parecían
andar los cinco amigos por una misma edad, con poca
diferencia, y, por sus prendas, se echaba de
ver
que todos eran acomodados, pues iban provistos de finas
armas y esmeroso era el corte de sus trajes de
montar.
El uno, el de la cabeza rota, llevaba trazas de ser el
Benjamín del grupo. Sus ojos cenicientos tenían
un
mirar triste y apagado, llevaba el cabello en forma de
melena, acicalado el bigotillo y no tenía sombra de
pelo
en la barba. Llamábase Alejandro Suárez, y sus aficiones a
libros, papeles y cosas de escritura hacíanle
pasar
por poeta en la ciudad. Hijo único de un acaudalado minero,
había estudiado leyes en Chuquisaca, de
donde
procedían sus padres y llenaba los ocios de su vida inútil
publicando gratis sus versos y sus escritos,
sin
ambiente ni color, en los periódicos de Sucre y de La Paz.
Don
Pablo Pantoja, o P. P., era un mozo como de treinta años de
edad. alto, moreno y de recia contextura. De
sus
padres había heredado un profundo menosprecio por los
indios, a quienes miraba con la natural
indiferencia
con que se miran las piedras de un camino los saltos de agua
de un torrente o e vuelo de un ave.
Quizá
más porque acaso los sufrimientos de una bestia pudieran
despertar eco de compasión en su alma,
nunca
los de un indio. El indio para él, era menos que una cosa,
y sólo servía para arar los campos, sembrar
recoger,
transportar las cosechas en lomos de sus bestias a la
ciudad, venderla y entregarle el dinero... Era
modelo
di patrón, pero no carecía de ingenio ni se presentaba huérfano
de lecturas, pues también había
estudiado
Derecho y podía discurrir con soltura sobre las cosa que
estaban a su alcance, porque era
observador
por instinto y tenía un talento práctico y de muy fácil
asimilación.
Sus
otros tres amigos: Pedro Valle, José Ocampo y Luis Aguirre,
se le parecían. Eran. patrones y sus
haciendas
permanecían en sus manos jóvenes tal como las habían
recibido de las manos perezosas de
ociosos
padres, pero, eso sí, creíanse, en relación con los
indios, seres infinitamente superiores, de esencia
distinta,
y esto ingenuamente, por atavismo. Nunca se dieron el
trabajo de meditar si el indio podía zafarse de
su
condición de esclavo, instruirse, educarse, sobresalir. Le
habían visto desde el regazo materno miserable,
humilde,
solapado, pequeño, y creían que era ése su estado
natural, que de él no podía ni debía emanciparse
sin
trastornar el orden de los factores y que debían morir así.
Lo contrario se les imaginaba absurdo,
inexplicable;
pues si el indio se educara e instruyera, ¿quiénes roturarían
los campos, los harían producir y,
sobre
todo, servirían de pongos?
La
sola idea les parecía estrafalaria e insostenible, porque
desde el instante en que en toda sociedad, desde la
más
culta, se acepta la necesidad ineludible de contar con una
categoría de seres destinados a los trabajos
humildes
del servicio retribuido, forzosamente en su medio tenían
que actuar los indios en esos trabajos, con o
sin
retribución. Por otra parte, ellos nunca habían visto
descollar a un indio, distinguirse, imponerse, dominar,
hacerse
obedecer de los blancos. Puede, sin duda, cambiar de situación,
mejorar y aun enriquecerse; pero sin
salir
nunca de su escala, ni trocar, de inmediato el poncho y el
calzón partido, patentes signos de su
inferioridad,
por el sombrero alto y la levita de los señores. El indio
que se refina tórnase aparapita
en La
Paz
o
mañazo. Si
a todavía asciende en la escala truécase en cholo con su
distintivo de la chaqueta; pero jamás
entra,
de hecho, en la categoría denominada "decente".
Para llegar a la "decencia" tiene que haber lucha
de
dos
generaciones o entrevero de sangre, como cuando un blanco
nada exigente o estragado encasta con una
india
de su servidumbre, adopta los hijos, los educa y, con la
herencia de bienes, les lega su nombre, cosa que
por
lo rara se hace casi inverosímil. Sólo el cholo puede
gozar de este privilegio. El cholo adinerado pone a su
hijo
en la escuela y después en la Universidad. Si el hijo
sobresale en los estudios y gana el título de abogado,
entonces
defiende pleitos, escribe en periódicos, intriga en política
y puede ser juez, consejero municipal y
diputado.
En ese caso y en mérito de la función, trueca de casta y
se hace "decente". Y para afirmar esta
categoría
reniega de su cuna y llama cholo, despectivamente, a
todo el que odia, porque, por atavismo, es
tenaz
y rencoroso en sus odios. Y de decente y diputado puede
llegar a senador, ministro y algo más, si la
suerte
le es propicia Y la suerte sonrió siempre a los cholos,
como lo prueba el cuadro lamentable y
vergonzoso
de la historia del país que sólo es una inmensa mancha de
lodo y de sangre...
El
indio jamás pasa por semejante metamorfosis, sobre todo el
indio de pluma. ¿Un sunicho comerciante"
munícipe,
diputado, ministro?... Jamás nadie se lo imaginaba
siquiera. Primero habría de verse invertir todas
las
leyes de la mecánica celeste.
Cierto
es que algunas veces, en charlas de sociedad, habían oído
decir los jóvenes que el mariscal Santa
Cruz,
presidente y dictador, era indio, indio neto del burgo de
Huarina, en las orillas de ese lago que ellos
comenzaban
a divisar allá adentro, en lo hondo del horizonte; que los
Fulano y Zutano, hoy gente valiosa y de
primera
línea en los negocios públicos y en las finanzas, eran
indios puros también o descendientes de indios
que Catacora, el protomártir de la independencia, era indio,
que eran indios ellos mismos, pero no lo querían
creer
y todos, comenzando por los descendientes del mariscal, con
diligencia en que parecía irles vida y
honra,
se apresuraban en sacar a lucir rancios y oscuros abolengos,
cual si el pasar por descendientes de
indios
les trajese imborrable estigma, cuanto patente la llevaban
del peor y maleado tronco de los mestizos ya
no
sólo en la tez cobriza ni en el cabello áspero, sino más
bien en el fermento de odios y vilezas de su alma...
Llegaron.
Eran
las cuatro de la tarde, y el lago fulgía intensamente como
un espejo herido por los oblicuos rayos del sol,
que
declinaba asomándose a los lejanos cerros de la banda
opuesta, sumergido en una especie de penumbra
azulada.
En
las lindes del ahijadero
aledaño
a la casa de hacienda se habían formado grupos de indios
que no
pudieron
ir al encuentro del patrón por encontrarse de pesca en la
charca o no tener ropas nuevas, y no bien
llegaron
al callejón que conducía a casa comenzaron a tañer sus
instrumentos; mas el hilacata y el
administrador,
aleccionados con la escena precedente, corrieron desalados
hacia los musicantes e hicieron
cesar
el bullicioso concierto de tambores y flautas, con visible
agrado de los viajeros, que temblaban a la idea
de
sufrir otro percance de mayores consecuencias que el
anterior.
Dos
enormes sabuesos, lanudos y hoscos, se lanzaron por el
callejón al encuentro del administrador y de la
comitiva
y comenzaron a brincar llenos de alegría, esquivando las
patas de las bestias. Pantoja extendió el
brazo
y asestó un terrible golpe con su rebenque a uno de ellos,
que huyó aullando lastimeramente; el otro se
detuvo
con desconfianza y cesó de brincar por temor al castigo.
Echaron
pie a tierra en el enorme patio, cubierto de menuda grama
aterciopelada y todavía verdeante por el
abrigo
de los muros, y fueron rodeados por la mujer y la hija de
Troche y las indias del servicio.
—Hola,
Asunta, ¿qué tal? ¿Y tú, Clorinda? ¡Caramba! Ya habías
estada joven.
Y
Pantoja clavó los ojos codiciosos en el rostro moreno y
gracioso de la moza que lucía jubón de franela verde
os
curo, muy ceñido al talle virgen de corsé, zapatos bajos
de cordobán y falda verde de percal.
—Bien,
doctor, ¿y usted?
Las
indias rodearon al patrón, y, de rodillas, le besaron las
manos.
Los
mozos, rendidos de cansancio, se dejaron caer en los poyos
de barro, sobre los pellones, para estirar las
pierna
adormecidas y acalambradas.
El
patio se llenó de indios. Traían su obsequios y los
depositaban a los pie de Pantoja. Ofrecía éste una media
docena
de huevos frescos, aquél un cordero degollado, el otro
quesos frescos, el de más allá un cantarillo de
leche,
quien un pollo. Pantoja recibió las primeras ofrendas
indiferente, desdeñoso y haciendo esfuerzos para
soportar
con paciencia los abrazos de los dadivosos; pero al ver que
en lugar de disminuir aumentaba su
número,
llamó a Troche y le dio orden de recibirlas, entrándose
con los amigos al comedor, adornado con aves
disecadas
del lago y grandes oleografías con escenas de caza en los
bosques de Fontainebleau. Estaba la
mesa
tendida y se enfilaban en torno las sillas altas, de cuero
labrado, con clavos dorados y la madera tallada;
databan
lo menos de un siglo.
—¿A
qué hora comemos, Troche?
—Ya,
doctor; ahurita.
Se
asomó a la puerta y gritó:
—¡Clora,
la comida!
Apareció
la moza y los jóvenes le clavaron la flecha de sus ojos.
—¡Qué
buena! —dijo el joven cejijunto, García, cuando hubieron
salido padre e hija.
—Habrá
que saber si duerme sola —repuso Aguirre, entusiasmado.
—¡Cuidado!
Yo no lo permito. Eso es para el patrón —dijo, riendo,
Pantoja.
—Primero
son los invitados
Volvió
a aparecer la doncella. Traía una fuente donde humeaba el
maíz cocido, blanco, reventado, y detrás,
portando
otra fuente de guiso, le seguía una india joven, de rostro
ordinario, pero nada feo. Llevaba los pies y
los
fuertes y morenos brazos desnudos, cubierto el busto con una
camisa no muy blanca y un algo estrecha,
que
acusaba con precisión el relieve de los senos abundantes y
erectos.
—¿Qué
tal, Clorinda? Te veo de muchos años. Seguramente ya tienes
novio, ¿verdad?
La
moza inclinó la cabeza, confusa, aturdida y no repuso
palabra. Miraba de soslayo y no sabía en qué
postura
presentarse, pues era la primera vez que se veía cortejada
por tantos jóvenes de clase superior y
sentía
pesar sobre ella la mirada audaz y pecaminosa de los mozos.
—Cuando
calla, es claro que tiene —dijo Aguirre
—Si
no lo tuviera, yo me declaro —repuso galantemente Suárez.
—Y
yo —secundó Ocampo.
Y
reían todos alborozados con la presencia de la gallarda
muchacha, que no atinaba a servir, aturdida con
tanto
requiebro y tanta mirada encendida. Felizmente para ella
apareció en ese momento el padre portando un
queso
de Paria sobre un plato.
—¿Qué
le están diciendo a mi hija doctor? —preguntó Troche al
notar la turbación creciente de la cholita y ver el
rubor encendido de sus mejillas.
—Le
estamos preguntando si tiene novio y se resiste a responder
—dijo Pantoja.
—¿De
dónde, pues, doctor, por aquí? Además, es muy tierna
todavía y tiene que acompañar a su madre.
—¿Y
en Pucarani? Allí hay bueno mozos. ¿Cuántos años tiene
Clorinda?
—Ha
de cumplir veinte.
—¡Caramba!
A esa edad ya deber casarse las mujeres.
Acabaron
de comer y con los cigarrillos encendidos salieron al patio.
La
tarde moría dulcemente.
El
cielo estaba teñido de rojo y por él cruzaban numerosas
bandadas de avecillas en busca del nidal. Tórtolas,
jilgueros,
gorriones y verdes loritos revoloteaban en torno del patio.
Tenían sus nidos en los aleros, bajo el
techo
de paja mas la insólita aglomeración de gente y el ruido
de los tambores golpeados por los indios en las
afueras
los acobardaba y no se atrevían a esconderse en sus
querencias. Y piando, pasaban y repasaban con
vuelo
aleteante sobre el patio, se detenían un instante en el
mojinete del techo, bajaban poco a poco hasta
cerca
de las goteras, pero no se atrevían a meterse debajo del
techo. Al fin, cansadas, se alinearon en el
mojinete,
esperando que cerrara la noche para buscar la tibieza del
nido. Las vio Pantoja y pidió su escopeta.
—Ya
verán el tiro que voy a hacer.
—¡Pobrecitas!
¡Déjalas! —suplicó Suárez, compasivo.
—¿No
quieres tomar un buen caldo mañana?
—¡Tírales!
— aconsejó Ocampo.
Echóse
el fusil al hombro, apuntó e hizo fuego. A la detonación
huyeron las pocas que no habían sido tocadas
y
las otras rodaron, con rumor de alas batientes, unas al
patio y las demás al corral, y algunas quedaron sobre
el
techo con el plumón sacudido por temblores de agonía. Se
contaron quince.
Al
día siguiente, pasado el almuerzo sumamente alegre por la
lluvia de bromas y picantes alusiones que siguió
cayendo
sobre Clorinda, Troche invitó al patrón y sus amigos para
ir a ver la siega de la cebada que se hacía
en
un tablón no muy distante de la casa de hacienda; mas al
saber que el campo no lindaba con el lago,
rehuyeron
la invitación los jóvenes. No había para ellos el
atractivo de la caza de patos y prefirieron quedarse
haciendo
la corte a Clorinda, menos el melenudo Suárez, que anhelaba
recoger notas de colorido, local para
componer
algún trabajo, mas en la chacra hubo de arrepentirse de su
proeza, porque el camino le pareció
fatigoso
y largo y nada de nuevo supieron hallar sus ojos cortesanos
en la simple labor de la siega.
Los
segadores, distribuidos en todo lo ancho del sembrío dorado
y ondulante avanzaban lentamente.
Avanzaban
curvados al suelo, las piernas abiertas y desnudas,
mostrando al aire los tendones que hinchaban
la
bruñida piel de bronce y moviéndose a compás, con rítmicos
movimientos, o puestos de rodillas para
manejar
más libremente el cuchillo, cuya reluciente hoja fulgía y
se apagaba al entrar y salir en la paja amarilla
y fraganciosa. Muchos llevaban la cabeza desnuda; la protegían
otros con el gorro de tonos cálidos —verdes,
rojos, jaldes, morados—, que ponían nota alegre en el fondo
amarillento de la mies, y todos iban
semidesnudos
bajo ese aire frío y cargado con hálitos de la nieve de la
cordillera y de la brisa del lago, pues
únicamente
les cubría el busto una camisa de tocuyo abierta por
delante, para mostrar el pecho bronceado,
ancho,
sólido y libre de vello. Corríales el sudor por los
cabellos lacios pendientes en crenchas por ambos
lados
de la cara, y de vez en cuando se erguían, enganchaban el
cuchillo en la faja de cuero, abrían su bolsa,
cogían
algunas hojas de coca y las mascaban con un retazo de llukta,
para
luego doblarse otra vez a la faena,
en
tanto que las mujeres, suspendida la falda por delante y
protegido el busto por la camisa, alzaban las
hacinas
y las iban colocando en grandes parvas, a regula distancia
unas de otras.
No
quiso Suárez permanecer mucho tiempo en el campo y volvió
a casa, donde, a poco, iba a acudir toda la
peonada
para celebrar, como solía, el cambio de autoridades. Ese
cambio debía haberse producido el primer
día
del año; mas el administrador hubo de aplazarlo siguiendo
las órdenes del patrón. Quería el señor Pantoja
ganar
la voluntad de los colonos cada día más distante,
realzando con su presencia la ceremonia; pero olvidó
con
malicia mandar los artículos indispensables en ese caso, es
decir, el pan para los chicuelos, y coca,
cigarrillos
y el licor para los adultos.
Se
presentaron los peones al atardecer concluida la faena.
El
hilacata saliente, Tokorcunki, llevaba encima los
distintivos que en breve iba depositar en manos de otro:
chicote
con cabo chapeado de plata, vara de chonta incrustada
del mismo metal, e ancho pututo de cuerno
negro
labrada con embocadura también de plata, colgando del
hombro por una cuerda de alpaca
primorosamente
tejida, y, como adorno personal la chuspa de coca en
el costado, plaqueada con monedas
antiguas,
vistosa y sonora.
El
sucesor estaba ya elegido por acuerdo de los mismos colonos.
La elección había recaído en el viejo Mateo
Apaña,
allí presente, grave y serio, cual cuadraba a la dignidad
de su cargo. Apaña era alto, magro, de nariz
afilada,
ojos color de cobre viejo, luenga cabellera con hilos de
plata.
—¿Y
por qué no me sirves tú de hilacata, gran abuelo?
—interrogó el joven terrateniente al viejo
Choquehuanka,
que era el único de los peones que estaba sentado en el
poyo del ángulo, junto al comedor, y
deseando
así captarse el apoyo de ese hombre que lo sabía poderoso
entre todos.
Sonrió
enigmáticamente el anciano, y haciendo ademán de ponerse
de pie, aunque sin alzarse, repuso:
—Serví
a tu padre hasta ponerme viejo y ya estoy cansado. Haría
una mala autoridad.
—Eres
un viejo mañoso. Estás más fuerte cada día y puedes
enterrarnos a todos.
—Fuerte,
sí estoy; pero para conservarme necesito reposo y un buen hilacata
nunca lo tiene.
—Dices
verdad y sólo por eso no te obligo. En cambio, éste—agregó
volviéndose al nuevo—me ha de servir
bien
y espero no tener ninguna queja de él. Hilacata—agregó
dirigiéndose a Tokorcunki—, hazle tomar
posesión
de su cargo.
Acercósele
Tokorcunki al elegido, y, con el sombrero calado, le habló,
mientras Apaña se destocaba
respetuosamente:
—Es
la voluntad de todos darte nuestro mando. Desde ahora ya no
te perteneces y eres esclavo de tus
obligaciones
que son: servir al amo con voluntad y velar por su bien con
más celo que por el tuyo. Toma, pues,
este
látigo, que es mano del patrón, para castigar al perezoso
y al insumiso; toma esta bocina para enviar tus
órdenes
a los últimos confines de nuestra heredad, y toma, por último,
esta vara para que, como ella, nunca te
doblegues
y seas inflexible, pero sereno y justo. Y ahora, tatito
hilacata, recibe mi homenaje y que sea para el
bien
de todos.
Quitóse
ahora el sombrero, y, las rodillas en tierra, besóle la
mano, en tanto que el otro se cubría.
—Que
sea para el bien de todos, tata
Y
el antiguo hilacata arrodillóse también y besó las
manos del patrón.
En
ese momento se puso de pie el anciano Choquehuanka. Y, con
el sombrero calado, dijo con voz serena y
grave
al nuevo hilacata las palabras que luenga experiencia
y la sabiduría de generaciones muertas daban
severa
solemnidad y tinte de amarga filosofía a su discurso:
—Poco
tengo que decirte yo, tatito hilacata. Sólo un
encargo: sirve con diligencia al patrón; cuida de sus
bienes
con más esmero que los tuyos; obedécele y hazte obedecer,
pues para ello deposita en ti su confianza,
pero
nunca olvides que te debes a tu casta, que tu sangre es la
nuestra y que has de ser para nosotros un
igual
con mando, pero nunca un superior y menos un verdugo... Yo
que conozco a nuestros pobrecitos hijos
—abarcando
con la mirada el patio rebosante de colonos—, te digo que
si así lo haces, te han de obedecer y
servir
con voluntad; pero si acudes al rigor —mirando fijamente a
Pantoja— acuérdate que hasta las bestias
muerden
cuando se las maltrata, y tú sabes que nosotros no somos
bestias... Que sea, pues, para el bien de
todos.
Quitóse
también el sombrero, pero sin postrarse ni besarle la mano,
e hizo una muy respetuosa reverencia a
Pantoja
y fue a sentarse en el poyo, apoyándose con pena en su
cayado.
Y
comenzó el general desfile. Primero los alcaldes, los mandos
después, luego los viejos, en seguida los
adultos
y por fin los jóvenes se le fueron acercando uno por uno al
hilacata nuevo, para, con el sombrero
quitado
y de rodillas, besarle la mano y repetir la fórmula
consagrada: "Que sea para el bien de todos."
Cuando
se hubo concluido el besamanos simbólico, habló el nuevo hilacata
la palabras que había recogido de
sus
padres y oído a lo largo de su vida:
—Es
voluntad de ustedes, y no mi deseo, lo que me inviste de
autoridad y mando. Son, por tanto, ustedes
quienes
han de mandar y yo sólo he de obedecer. Todos hemos de
vivir en armonía y sin recelo, porque
nuestro
bien es común y unas mismas son nuestras aspiraciones.
Hemos le socorrer al necesitado, prestar
ayuda
d que cae en desgracia; pero hemos de ser sordos para el
mal... Que sea para bien de todos, tatitos.
Luego
se puso de hinojos ante el patrón, besóle las manos y le
dijo:
—Sé
justo y bueno y hemos de ser siempre tus pobrecitos hijos,
que a nadie tienen más que a ti para acudir
en
sus penas y trabajos. Que sea para el bien e todos, señor...
Entráronse
al comedor los mozos, atraídos por incitante olor de una
fuente de picantes que Clorinda acababa
de
depositar sobre la mesa y más dispuestos a devorar su ración
de carne que a observar los detalles del
ceremonial,
que a los más torpes se les imaginó divertido y hasta
risible, n echar de ver el fondo de prudente
consejo
y aun de velada amenaza que envolvía cada sentencia de los
ancianos.
Se
presentó en la puerta el nuevo hilacata, con el
sombrero en la mano y la actitud medrosa. Estaba
acompañado
de dos alcaldes y venía a pedir permiso para bailar en el
patio de la casa. Mozos y mozas se
habían
ataviado con sus meres prendas y sentían volver a sus casas
sin haber holgado un poco.
—Lo
hacen por beber alcohol —dijo Troche, atrapando la
oportunidad del negocio.
—Dales
una lata y que me dejen en paz —repuso Pantoja con cierto
mal humor a la idea del gasto, pero sin
mostrarlo
a sus amigos.
—Le
han de pedir también coca y cigarros; es costumbre
—acentuó Troche, alentado por la concesión.
—Dales
lo que te pidan, pero que no me molesten —dijo el patrón,
sorbiendo la taza de café perfumado
recogido
en la última cosecha de su finca de los Yungas, afamada por
la bondad y delicadeza de ese
producto.
Troche
llamó al hilacata, en cuyas manos puso diez libras
de coca, algunos manojos de cigarrillos y una lata
de
alcohol abundantemente rebajado.
Se
formaron las ruedas al son de las músicas. Los bailarines
danzaban parcamente, con mesura. Cogían de la
mano
a Tokorcunki y le obligaban a dar vueltas y a beber copa
tras copa, colmándole de halagos y atenciones,
mientras
que el nuevo hilacata, solitario en un rincón del
patio, sin corte y como abandonado de todos, miraba
beber
y danzar, con la boca seca, aunque mascando serenamente su
coca, indiferente y tranquilo.
Al
ruido de los tambores aparecieron en la puerta del comedor
los amos, y al notar el vivo contraste entre los
agasajos
al hilacata saliente y el estudiado abandono en que
mantenían al entrante, llamaron a Choquehuanka
para
pedirle la explicación de aquella desigualdad, a lo que
repuso el viejo:
—Es
natural esto que ves. El uno ya ha llenado su misión y se
le festeja y premia porque supo ser justo,
prudente
y bueno; el otro, recién entra al mando, y nada se sabe
todavía de él. ¿Cómo, entonces halagarle y
premiarle
si aún ignoramos la clase de autoridad que hará? Al año,
cuando concluya sabremos si merece
premio
o castigo, y, como éste, será el día de su recompensa o
el de su expiación...
—¡Caramba!
—dijo Suárez volviéndose a su anfitrión—. ¿Sabes que
en esto nos dan ejemplo tus rústicos?
Por
lo menos, obran con más lógica. Nosotros, antes de ver los
frutos de un gobierno, ya premiamos al
gobernante
bautizando calles y plazas con su nombre, para borrarlo al día
siguiente y sustituirlo con el nuevo
cacique.
Estos salvajes primero ven obrar y después castigan o
premian, y así se muestran prudentes y justos.
Festejaron
los otros la ocurrencia y hubieron de convenir que el
escritor llevaba razón en su comentario...
Corto
resultó el obsequio de Pantoja. Había en el patio más de
cien parejas, y apenas pudieron probar una
copa
de licor o dos los más diligentes y recibir un cigarrillo y
algunas hojas de coca. Viendo la insignificancia
del
obsequio, que no correspondía a la calidad de sus presentes
del día anterior, se retiraron de la casa y se
fueron
a plena llanura a seguir bailando, pues estaban en vísperas
de la Cruz, fiesta de mucho aparato entre
ellos,
y era preciso ejercitarse en el baile. Al marchar en grupos
decían su descontento y se mostraban
pesarosos
de haber sido pródigos con el patrón. Era peor que su
padre. Por lo menos el padre, en ciertas
circunstancias,
no reparaba en obsequiarles con sendas comilonas, buenas
latas de alcohol, manojos de
cigarrillos.
El hijo únicamente se preocupaba de cosechar dinero con el
sudor de sus músculos, de
esquilmarlos.
En su casa de la ciudad les obligaba a estar de pie desde el
amanecer hasta bien mediada la
noche.
Y siempre midiéndoles en comida, cuidando de que se
cocinase aparte para ellos, junto con la que se
preparaba
para el perro. Y la más pequeña falta, el descuido más
ligero, lo pagaban sus lomos, sacudidos con
crueldad
por el látigo...
Aquello,
pues, se hacía intolerable. Y ellos no pedían gran cosa. Únicamente
que se les dejase tranquilos en
sus
casas y no se recargasen sus tradicionales obligaciones con
exigencias de nuevos trabajos, que nunca
compensaban
el fruto producido por las parcelas que en pago de sus
servicios les permitía cultivar el patrón...
Iban
cariacontecidos y malhumorados.
Había
cerrado la noche, pero la dulce claridad de la celistia ponía
cierta transparencia al terciopelo de las
sombras.
De ellas surgía el eco de las risas juveniles y se
escuchaban diálogos cortos y breves:
—¿Lo
hiciste de intento, entonces?
—De
intento lo hice. Quería esperar el instante en que los
caballos estuviesen encima para hacer reventar mis
camaretas;
pero ustedes se adelantaron en sacudir los tambores y les
prendí fuego cuando reculaban las
bestias...
¡Figúrate si ustedes no se adelantan y dejan que haga lo
que yo quería!... Acaso...
—¡Verdad!
¡Si nos lo hubieses dicho!...