VIII
El
sembrío ocupa toda la vertiente de una breve colina. Al pie
se abre el cauce de un riacho enjuto en invierno
y
acribillado de profundos hoyos, donde, bajo las verdosas
algas, pululan enjambres de minúsculos pececillos.
Los
surcos abiertos a lo largo del declive para que las lluvias
no se estanquen y pudran el fruto, rajan la
redonda
cumbre del otero y se detienen en la plataforma que allí se
alza para tropezar a lo lejos en otro otero
más
elevado, y éste en otro, hasta dar en la rinconada de la
cordillera, que en el confín luce sus cumbres
heladas.
Mediodía.
El
cielo vibra de luz y color. Tan lejos , como vagan los ojos
hacia el Oeste, vese alargarse la estepa pelada y
gris.
Algunos puntos en la lejana extensión indican que los
indios cosechan sus campos. Columnas de polvo
se
elevan sobre el fondo intensamente azul del cielo y viajan
de un lado para otro, hasta diluirse en el
horizonte.
A
la falda de la chata colina, toda cubierta con sembrío de
patatas, descansan los peones. Las yuntas, aún
sujetas
por el yugo adornado con banderitas hacen cabrillear al sol
el bordado de sus yelmos y pastan el
pienso
flaco de su ración. Algunas, ariscas, rascan el suelo fofo
y seco, braman bravas, levantando con las
pezuñas
frágil polvareda y bañándose los flancos con la arena que
escarban. Son yuntas flacas las más, de
pelo
crecido y sin brillo, de grandes y rugosos cuernos y de
talla mezquina. Se les adivina la armazón bajo la
piel
y al andar señalan los huesos de las paletas, que bajan y
suben...
Cerca
de las yuntas, disputándoles el mísero pienso, huelgan los
borricos sueltos en la llanada para rematar el
pasto
que medra al amor de las pircas de piedras formadas en los
linderos de cada sayaña. También son
pequeños,
lanudos y flacos, acaso más que los bueyes. Casi todos
llevan el lomo desollado sobre el que las
moscas
se abaten, tenaces y hambrientas.
Entre
las yuntas enganchadas, los borricos sueltos y los perros
que vigilan el atado de la merienda, con las
lenguas
latientes y oteando con infinita melancolía la desierta y
árida llanura, yantan los peones su parco y
miserable
yantar. Cada familia hace grupo aparte. Comen en silencio
llevándose con mesura los retazos de
charqui
a la boca, ensopando prolijamente las patatas cocidas en la pasha,
greda finísima condimentada con
sal,
o chupando sus hizaños helados y sus ocas endulzadas
al sol.
Algunos
chiquillos, con gravedad insólita, infinitamente triste,
ayudan a parar los hornos para cocer las huatias
de
patatas nuevas, que es costumbre tolerar a los niños y
mujeres en días de cosecha. Y unos acarrean
lastras
para los cimientos del horno, otros conducen terrazgos
endurecidos para la bóveda; los más buscan
combustible,
y algunos, como a hurtadillas, recogen de las enormes piras
lo más sano y gordo de ellas, tarea
engorrosa,
porque todo está atacado del gusano y es pobre y menudo.
Una
mozuela feúca y andrajosa alza el horno.
En
un hoyo circular y no profundo ha hecho un círculo de
piedras planas, dejando una pequeña abertura para
la
puerta. Es el cimiento. Después, ha corrido encima otras
dos filas de piedras, hasta el nivel del suelo, y de
allí,
uno tras otro, ha ido acondicionando los terrones pardos en
forma de cono hasta coronar la cumbre con
otro
terrón de mayor cuerpo, y ha completado su obra tapando los
resquicios de las junturas con un baño de
tierra
pulverizada que apareja la superficie, dejándola limpia.
Después ha metido en el hueco un haz de paja
para
encender dentro la hoguera, que chisporrotea entre el humo.
Tiñénse los terrones primero de negro, de
amarillo
después y de rojo por fin. Y entonces la moza escupe en la
piedra, para conocer si el horno está en
punto,
pues si la saliva se seca al instante señal conocida es de
que ya se puede confiar el fruto a las
caldeadas
entrañas del horno. Y se embute dentro con diligencia todo
lo que se ha de cocer, y luego se
derrumba
encima el frágil edificio, hasta que por el ambiente se
esparce el apetitoso aroma de las patatas
asadas.
Así
lo hizo la mozuela y fue grande el regalo de los pequeños,
que acudieron al olor de las huatias; pero los
adultos
desdeñaron el presente. Querían dar fin a u labor, para
convencerse de una vez hasta dónde podían
esperar
las bondades de la tierra, avara de sus dones.
Ya
las yuntas han partido por la mitad, en todo lo largo, los
camellones, y expuesto a la luz el fruto, menudo y
escaso;
pero queda siempre algo debajo del suelo roto a golpes de
azada y es en lo ignorado en lo que ellos
aún
ponen restos de esperanza.
Y
llegó la tarde.
Trabajan
los peones, tristes y cariacontecidos.
Polvorosos,
sucios, con los cuerpos doblegados sobre la gleba, cavan los
surcos, obstinados y tenaces, nada
dispuestos
a convencerse de lo irremediable de su infortunio. Sólo se
les ven los torsos musculosos, robustos,
ágiles,
y los duros brazos, color de bronce, surcados por venas
hinchadas, que se acusan formidables cuando
extienden
el brazo para romper la tierra con el pico y lanzarla detrás
con despecho al ver la mezquindad del
fruto
que seguramente se ha de perder en el fondo de los trojes,
sin aplacar el hambre de los necesitados.
Al
fin, Apaña subió al lomo del otero, miró al sol ya hundiéndose
en el horizonte en medio de resplandores
rojos,
formó con ambas manos especie de bocina y gritó con toda
la fuerza de sus recios pulmones:
—A
descansar, tatitos, y recoger los aparejos. Ya es
tarde.
Alzáronse
los peones y muchos se apoyaron sobre las azadas, abatidos.
Las mujeres fueron a vaciar sus
canastas
en las piras diseminadas aquí y allá, en toda la extensión
del enorme sembrío, y los mozos corrieron
a
desuncir las yuntas, polvorosas y fatigadas.
La
vuelta a los hogares fue torva y silenciosa, pero cada uno
encontraba algún consuelo en pensar que los
sembríos
de hacienda, hechos de mala gana y aprisa siempre resultaban
pobres al lado de los suyos,
abonados
con bastante estiércol y esmeradamente deshierbados. Y se
holgaban a la idea de que quizá por
ese
año se acabarían los viajes aventureros y riesgosos.
Quien
no esperaba ninguna consolación risueña era Apaña, el
nuevo hilacata.
Chacra
por chacra había ido a todas las de los indios y en ninguna
pudo notar abundancia de frutos. El año
agrícola
era igualmente malo para todos y no en balde los achachilas
de grandes botas y luengas barbas
canas
paseáronse por los espacios, arrojando desde las alturas la
piedra del granizo y el soplo helado de su
aliento
de muerte.
Llegó
a su casa, a la vera del lago sobre una lomada que la ponía
a salvo de inundaciones en los años de
grandes
lluvias.
—Han
venido Choquehuanka y la Chulpa; dicen que desean
hablarte—le dijo su mujer, que encendía con
bostas
el fuego del hogar.
—¿Sobre
qué será?
—No
me lo dijeron, pero vendrán después de yantar.
Así
fue. Presentáronse los viejos en compañía de otro viejo,
más viejo todavía, arrugado, seco, menudo, y
hallaron
al hilacata sentado a la puerta de su cocina. Miraba
con obstinación las estrellas, que parpadeaban en
el
fondo aterciopelado del firmamento, y su actitud acusaba
cansancio y preocupación.
Invitóles
a entrar en la cocina, donde sobre retazos de cuero de
oveja, pusiéronse en cuclillas, frente al rojizo
resplandor
de la llama.
El
fuego del hogar se extinguía entre leves bocanadas de humo
y únicamente el rescoldo teñía de rojo el
reducido
espacio de la sórdida estancia. Crepitaba la llama con agonía,
y al resplandor incierto de su lumbre
se
hacían más densas las sombras agazapadas en los rincones,
donde discurrían enjambres de conejos.
Así,
sentados los cuatro viejos frente al hogar, cubiertos con
sus ponchos, los carrillos hinchados por la coca y
escapándoseles
por debajo del gorro la deslucida y dura cabellera,
presentaban un cuadro de fuertes tonos,
familiar
y severo. Los alumbraba la llama con singular efecto y diríase
una junta de agoreros: tanta era la
marchitez
de sus rostros, la acentuada profundidad de sus ojos y la
curva aguda de sus narices caídas.
Especialmente
la Chulpa se mostraba impresionante y evocadora
Arrugada, seca, enjuta, daba la cabal
Impresión
de una de esas brujas de la Edad Media que la leyenda
presenta vagando a media noche por los cementerios
en busca de cadáveres recién enterrados. Una especie de
mantilla rotosa y arrugada cubría su
cabeza
encanecida y parte de sus espaldas corvas; su pollera
deshilachada y corta descubría sus dos pies
huesudos,
flacos, sarmentosos.
—¿Me
traen algo? —preguntó al fin el hilacata tras
largo silencio.
—Veníamos
a consultarte. Esta tarde, como viste, recogimos fruto
agusanado de las chacras, que no han
dado
ni para la semilla. Sembramos con treinta cargas y casi todo
se ha perdido; nunca pasó igual.
—Sí.
Este año las lluvias se han detenido a destiempo. La papa
no ha podido madurar y se ha agusanado...
¿Creen
que en toda la región será lo mismo?
—No;
en la isla han recogido algo. El doble de lo sembrado.
—Siempre
es así. Allí moran los laikas. Además, pueden
regar; tienen vertientes.
De
pronto una sombra menuda avanzó por medio patio y una
vocecilla cristalina se dejó oir en el vano de la
puerta:
—Buenas
noches nos dé Dios, tata.
—¡Ah,
eres tú! ¿Qué dices?
—Vengo
a que me des un poco de fuego. El nuestro se ha apagado
porque todos estuvimos en la cosecha.
—Entra
y prende. ¿Traes combustible?
—Sí,
tata.
—¿Y
cómo va tu chacra?
—Mal;
puro gusano. Mi padre dice que este año no tendremos nada
que comer y quiere irse a otros lares.
—Así
pensamos todos.
Deslizóse
la chica por entre los ancianos, llegó al fogón a soplar
para que prendiera fuego. Cuando lo hubo
conseguido,
depositó la bosta encendida sobre un cacharro y se fue
llevando la divina chispa.
—¿Y
qué hacemos ahora? —volvió a preguntar a poco uno de los
viejos.
—No
sé. Creo que nada se puede contra la voluntad de los dioses
—repuso el hilacata.
—¡Nada
se puede! —afirmó, sentenciosa, la Chulpa.
Y
volvieron a callar.
Largo
fue el silencio y lo rompió el hilacata para decir:
Me
ha ordenado el patrón advierta a todos para que no falten a
nuestra misa de la Cruz. Quiere que estemos temprano
en la capilla. El irá también con sus amigos.
—¿De
veras? Curioso; desde que heredó la hacienda de su padre
nunca ha dado tal orden.
—Ahora
es muy amigo del cura y oye todos sus consejos.
—¿Y
hasta cuándo quedará en la hacienda el patrón?
—Seguramente,
hasta después de la cosecha.
—Se
ha traído muchos acompañantes esta vez.
Mejor.
Así nos estropea menos, por consideración a sus amigos. El
otro día le dio con un palo a mi hijo mayor y
acaso habría concluido con él si no se hubiese interpuesto
ese joven flaco que siempre nos está preguntando
cómo nos casamos, quiénes son nuestros abuelos, de dónde
venimos y otras cosas raras. Ha de ser
algún loco.
—Pero
un loco bueno... ¿Y por qué le pegó a tu hijo?
—Porque
no pudo llevarlo en su balsa. Estaba enfermo en cama y se lo
mandé decir, pero no quiso creer.
Vino,
le dio de palos y se lo llevó al lago. Desde ese día, ¿lo
ves?, está ahí, sin moverse.
Con
el gesto señaló un bulto inmóvil tendido sobre uno de los
poyos.
—¡Malo
es ese hombre! —repuso el viejo con acento de profundo
rencor—. Hasta ahora no le ha devuelto a Limachi
las dos mulas que le arrebató en pago del toro que hizo
morir cuando era pastor, como si él tuviera la culpa
de que se muera una bestia.
—¿Y
crees que se las devuelva?
—No
sé; pero es su obligación. Limachi es pobre y no tiene en
qué llevar sus frutos al mercado para venderlos...
—¿Y
qué le importa eso a él?
—Dices
verdad. Querría, al contrario, que nunca le pagase; así
por lo menos tendría un pretexto para quedarse
con sus bestias...
Callaron
los viejos y en medio del silencio resonó, áspera, la voz
de la mujer:
—¡Y
ustedes siempre aguantando!...
Nadie
repuso y ahora el silencio se hizo más profundo.
—Venimos
para saber si era cierto que el patrón se había empeñado
en hacernos ir a misa de pasado mañana y
ya nos lo has dicho. Adiós.
—Adiós.