X
—Señor,
los remeros ya están aquí —anunció Troche, abriendo los
batientes de la ventana.
Un
clarísimo rayo de sol irrumpió en la vasta alcoba,
empapelada de azul, de alto techo blanqueado al temple
y
ancho balcón abierto sobre la planicie rutilante del lago.
Cada lecho ocupaba un ángulo de la pieza y de las
paredes
colgaban vistosas oleografías que representaban paisajes
suizos y fases de una corrida de toros en
España.
—¿Qué
hora es, Troche?
—Las
ocho, doctor.
—¡Caramba!
Ya es tarde.
Y
sentándose en el lecho, gritó a sus amigos:
—¡Arriba,
ociosos; nos esperan!
Aguirre,
Valle y Ocampo estiraron, soñolientos, los brazos, para
frotarse los ojos, heridos por la crudeza de la
luz;
pero Suárez siguió durmiendo. Pantoja le interpeló:
—¿Te
levantas, poetilla?
Obtuvo
por respuesta un largo ronquido. Entonces Pantoja cogió su
almohada y lanzósela a la cabeza. Al
golpe
despertó Suárez, todo sobresaltado, y de un bote se
incorporó en su lecho.
—¿Qué
hay?...
Los
amigos lanzaron una alegre carcajada. Suárez se enojó:
—¡Ca...!
No me gustan esas bromas.
Duróle
poco el enojo. Era de índole apacible y en el campo lucía
gloriosamente el sol, piaban infinidad de
jilgueros
entre la fronda de los eucaliptos y kishuaras
y
de las ramas descarnadas de los sauces y guindos
que
engalanaban el jardín, levantados al socaire de las
elevadas paredes del tapial.
Apareció
Asunta trayendo una bandeja con copas y una garrafa donde
humeaba el sucumbé. Dejó la bandeja
sobre
una mesilla central, cogió el molinillo y púsose a batir
la bebida, produciendo una leve espuma
fraganciosa.
—¿Y
por qué no viene a servirnos la bella Clorinda? —preguntó
Suárez, recibiendo su copa desbordante y
sorbiendo
con fruición la perfumada espuma de leche.
—Está
enfermita, niño, y ahora se levanta tarde repuso la chola
con acento evasivo.
—¡Es
que ya no quiere vernos la ingrata!...
—¡De
aunde no más, niño!
—¡Caramba!
¡Está delicioso esto! Tiene otro sabor.
—Lo
hicimos con el pisco de durazno que anoche han traído los apirís
—dijo la chola. Y ofreció—: ¿Otro vasito
más?
—¡Ya
lo creo, buena Asunta! A ti te hemos de hacer reina de las
cocineras. Sólo por comer los platos que
guisas
soy capaz de casarme con Clorinda... ¿Aceptas?
—¡Ya,
el niño! —dijo la chola complacidísima por el
cumplimiento.
No
tal; Clorinda es mi novia y nadie me la quita —intervino
Aguirre, alargando su copa para que se la llenara
por
tercera vez.
Ya
vestidos y armados y de excelente humor tomaron camino de la
charca donde esperaban los remeros
frente
a sus balsas nuevas, quietas en el agua.
La
mañana era de una serenidad admirable. El lago estaba terso
como un cristal, limpio de nubes el cielo. El
contorno
de las islas se dibujaba nítido sobre la onda azul, y los
cerros de la bahía, desnudos y terrosos,
limitaban
a lo lejos el horizonte, vibrante de claridad.
Los
balseros apoyaron sus perchas en los montones de totora seca
de la orillan y las balsas comenzaron a
deslizarse
silenciosamente por el canal. Los cazadores, tendidos a lo
largo en sus balsas el cañón de sus
escopetas
apuntando a la proa, aguda y levantada como de góndolas
venecianas, llevaban a su lado la bolsa
de
municiones bien repleta de cartuchos, variadas frutas y una
botellita con algún fino licor. Los remeros iban
detrás,
parados, e impulsaban las balsas apoyando la percha en el légamo
del fondo, ágiles.
El
agua parecía turbia en el canal y negra donde se espesaban
los totorales. A veces se abrían éstos en
anchos
claros donde venían a converger infinidad de otros canales,
siempre animados por el holgar bullicioso
de
las chocas de negro y opaco plumaje, pico amarillo y roja
cresta, y que ahora desdeñaron los jóvenes para
no
ahuyentar las innumerables bandadas de patos que se veían
negrear sobre la grama de las algas, tendidas
como
borde hacia la parte interior de los eneales. Las gallinetas
aparecían y se ocultaban por parejas, y los
menudos
keñokeyas mostraban por un momento el albo plumón
de sus pechos grasos y desaparecían bajo el
agua,
para sacar más lejos sus cabecitas menudas e inquietas.
—Separémonos
aquí, pero cuidado con dirigir tiros horizontales entre las
totoras. Podemos matar a algún
pescador
o matarnos entre nosotros y creo que ninguno tiene ganas de
morir —dijo Pantoja al llegar al último
claro
abierto entre las totoras, ya enrarecidas, y lindante
con la franja de tupidas algas.
—Veamos
quién lo hace mejor esta mañana. Yo no me quedo con la
derrota —dijo Ocampo poniendo a su
alcance
los cartuchos de su escopeta.
—Doy
dos contra uno en mi favor. Hasta ahora yo llevo
cuatrocientas setenta piezas; Pedro, trescientas
veinticinco;
tú, cuatrocientas, y Alejo..., ¡veinte! Es el más diestro
de todos —y Pantoja lanzó una regocijada
carcajada
de burla.
—Es
que yo no quiero matar...
—Di
que no puedes le interrumpió Aguirre.
No.
No quiero. Ustedes saben que en el tiro sólo me gana Pablo...
—Otra
cosa es con guitarra le volvió a interrumpir el aludido.
—Como
quieran; pero me repugna matar en balde. ¿Para qué? ¡Pobres
avecillas!
—¡Pareces
una tímida doncella! —le dijo García, riendo.
—¡Adelante
y cuidado con las escopetas! El otro día Pedro me hizo
silbar los perdigones en las orejas... A las
doce
todos aquí, para el almuerzo.
Se
dispersaron. Pantoja tomó la izquierda, hacia el fondo del
lago, tupido en totorales; la derecha, Ocampo;
Aguirre
siguió de frente. Suárez ordenó a su remero seguir el
canal que torcía a la derecha, yendo a lo largo
de
los eneales.
—¡Niño!
¡Una bandada de patos rojos! —le dijo a poco su remero
Tiquimani, inclinándose bruscamente en la
balsa
y haciéndola bambolear con el movimiento.
Era
Tiquimani un mozo alto y robusto, de cara redonda, ojos
negros y garzos y tenía fama de excelente
cazador.
—¿Dónde?
—Acá,
patrón; delante la balsa, entre las totoras; mira.
Y
Tiquimani, radiante el rostro, los ojos encandilados, extendía
el brazo señalando la proa de la balsa, en
actitud
de dar un salto.
Suárez
se puso cuidadosamente de rodillas y dirigió la mirada al
punto señalado por el remero.
Allí,
en las lindes del totoral, en un claro vecino a la
red de algas oscuras, que parecía el moho de las aguas,
jugueteaban
unos veinte patos colorados, de pico celeste rayado de
negro.
Rompía
la marcha un soberbio macho de pecho encendido, cabeza negrísima
y alas vistosas rayadas con una
línea
negra, de un negro profundo y brillante, y otra de un verde
oro, reluciente, dorado, fulgente; detrás
seguían
los otros, en fila, o iban de dos en dos. Avanzaban llenos
de confianza en el gran silencio del espacio,
felices
bajo el sol, que fulgía gloriosamente. A veces hundían el
pico en el agua o metían el cuerpo en ella,
alzando
la cola al cielo; en otras se perseguían unos a otros,
abriendo picos y alas, en inocente coqueteo.
—¡Tírales!,
¡tírales! —dijo Tiquimani, ansioso por ver destruida la
alegre bandada.
—No,
¿para qué? ¡Dejémosles! —repuso Suárez, encantado de
sorprender en su intimidad inocente y
confiada
a las lindas aves, ya raras en el lago.
Tiquimani
le miró con asombro y una viva contrariedad se pintó en
sus facciones.
De
pronto, el ruido de un lejano disparo turbó la enorme y
divina mudez del espacio. Las aves se detuvieron
repentinamente
y comenzaron a mirar por todos lados, desconfiadas. Hicieron
grupo, juntando cabezas, como
si
consultasen en torno del arrogante macho.
—¡Tírales,
porque el otro caballero nos ha de ganar! —insistió
Tiquimani, que había visto avanzar
cautelosamente
la balsa de Ocampo en dirección a la alegre y confiada
bandada.
Suárez
pensó levantarse para espantar a las aves, mas en ese
momento atronó el espacio el hórrido
estampido
de un disparo. El agua hirvió en torno a las bestezuelas
con los perdigones que pasaban,
dispersándose
a lo lejos y produciendo un extraño ruido en la quieta
superficie... La bandada levantó el vuelo,
poseída
de espanto; pero quedaron tres aves en el agua, teñida en
sangre. La una yacía inmóvil, la cabeza
sumida
en el cristal; la otra giraba sobre sí, con mitad del
cuerpo paralizado, y golpeando con el ala las flores
oscuras
de las algas, y el macho, herido mortalmente, hundióse en
brusco zabullón, para ir a morir en el fondo,
prendido
a las raíces de las algas...
—¡Qué
brutos! —y Suárez hizo un gesto de cólera amarga e
impotente.
—¿Cuántos?
—le gritó Ocampo alzándose de pie sobre la balsa.
Y
como su amigo no se dignase responder siquiera, los
cazadores se lanzaron a recoger las piezas cobradas.
—Vamos
fuera de las totoras; no quiero matar—ordenó Suárez
a su balsero consternado.
Tiquimani
puso mano a la percha de mal talante y enderezó la proa de
su embarcación lago adentro y hacia
las
libres aguas.
Ruda
fue la faena para ganar el espacio libre, pues las algas se
extendían, en más de dos kilómetros de
profundidad,
como tapices oscuros, y entre las cuales, al abrigo de todo
ataque, anidaban las aves acuáticas.
Sus
nidos, fabricados con suma habilidad, apenas podía
descubrirlos la vista después de mucho mirar, pues
sólo
sobresalían algunos centímetros en pequeños bolsones que
contenían los huevos mañosamente
cubiertos
con las mismas algas. Emergiendo del enorme y rojizo telar
se veían las cabezas negras o doradas
de
las panas. Aparecían un momento y volvían a
perderse en el agua, con asombrosa presteza. A veces no
sacaban
sino el pico negro y corto, pero tan junto a la balsa que
Tiquimani alzaba su percha y descargaba un
golpe
en la cabeza de las confiadas aves; se perdían un momento y
a poco se veía blanquear sobre el agua el
pulmón
rojo o negro, graso y sedoso, del ave muerta. Así, y
arrostrando el enojo del viajero, había cogido seis
Tiquimani...
Alternando con las panas los zulunquías hacían
brillar al sol mañanero, cual un ampo, el purísimo
blanco
de su pecho, y no oyendo cercano ruido de pólvora miraban
pasar con tranquilidad la balsa del sensible
cazador,
fijando en ella sus grandes y expresivos ojos carmesíes...
Al
fin salieron del límite de las plantas lacustres. Las
aguas, limpias y puras como el cristal, dejaban ver el
fondo
de su lecho, tapizado de una especie de musgo de color claro
y sobre el que discurrían en fila los peces
o
se les veía incubar echados sobre sus larvas. Enormes sapos
de lomo granujiento yacían acurrucados en los
huecos
y manchaban con su color negruzco la tersa superficie de la
admirable alfombra esmeraldina.
Fulgía
el sol, quebrando sus rayos en haces de luz multicolor, que
se proyectaban formando mil
combinaciones
en el fondo tapizado; y al paso de la balsa, bajo su sombra
alargada, huían los peces haciendo
brillar
la blancura de sus vientres, cual agudos puñales.
A
eso de las doce se oyó el lejano silbido de un pito. Suárez
se puso en pie y vio que en un claro del totoral
vecino
a la ribera agitaba Pantoja un pañuelo blanco, llamándolos.
Fue
el último en llegar y encontró a sus amigos refiriéndose
los variados incidentes con que habían tropezado
en
su cacería. Cada uno traía en el fondo de su balsa los
sangrientos despojos de centenares de aves que
habrían
de pudrirse o servir de alimento a los perros del
administrador, porque en la casa de hacienda todos
estaban
hartos hasta las náuseas con la carne de los patos con
sabor de légamo. Pantoja contó setenta
piezas
cobradas y algo más de ese número sus otros tres amigos.
Ante
el exterminio cobarde e inútil sublevóse el alma de Suárez
y no pudo ocultar su despecho y contrariedad.
Aquello
era bárbaro y estúpido. Bueno que se matase por necesidad.
Aceptaba también el crimen de la
curiosidad
y hasta la gala de lucir dones cinegéticos, que ninguno de
sus amigos poseía, porque todos
masacraban
a escondidas, de cerca y sobre el montón, cosa que jamás
se permite un verdadero cazador,
porque
a las aves ha de tirarse siempre al vuelo con elegancia y
hasta con cierta nobleza, ya que resulta
estúpidamente
bárbaro el hecho de atraerlas fuera de su elemento. Pero
matar por sólo matar; matar y matar
por
decenas y centenas; matar por gusto; matar instintivamente
en todo tiempo, como hacían todos los que
iban
al lago, le parecía un abominable salvajismo y hasta un
contrasentido económico que a nadie preocupaba
ni
remotamente, porque parecía que nadie tampoco se daba
cuenta del daño que por ignorancia o perversidad
se
iba causando y sin remedio, a una fuente riquísima de
prosperidad pública.
—Estamos
matando la gallina de los huevos de oro—dijo Suárez—y
no hay quien se dé cuenta de ello. Antes,
según
el testimonio del inca Garcilaso, había en este lago, y
creo que aún hay en ciertas apartadas orillas del
Perú
y en la rinconada de Ancoraimes y Huaicho, garzas blancas,
ibis bicolores, gansos silvestres, diversas
clases
de flamencos, espátulas y una colección variadísima de
patos y zabullidores; ahora, en los quince o
veinte
días que llevo de excursionar por esta parte del lago,
apenas he visto, como aves raras, unos cuantos
patos
rojos, algunos flamencos rosados, dos o tres garzas grises y
una que otra garcilla bicolor, que los indios
llaman
limanus, pero tan ariscas, que sólo pude adivinar
que eran tales por su vuelo raudo, lleno de armonía,
poético,
si ustedes me consienten la frase.
—¡Ja,
ja, ja!... ¡Vuelo poético!... ¡Ja, ja, ja! —rió P. P.
con risa amable y regocijada, ahogando la de sus
amigos,
que también reían, aunque hallando oportunos y bien
intencionados los reparos de Suárez.
—Rían
lo que quieran— prosiguió éste, de buen humor—; pero
es el caso que por malicia o ignorancia, como
dije,
vamos causando un daño irreparable la riqueza misma del
lago. Todo lo van explotando sin medida en él:
su
flora y su fauna. Ya la totora va desapareciendo en
la mayor parte de las orillas, porque se la siega
incesantemente,
año redondo, sin tomarse el trabajo de replantarla en las
partes cosechadas. Los peces se
van
haciendo cada día más raros, porque también se los coge
todo el año, sin respetar el período de la
incubación,
y hay variedades casi extintas, como la del suche, que
por el gusto y la delicadeza de su carne es
uno
de los pescados más sabrosos del mundo. De las aves, ni se
diga. Desde que en el comercio se venden
armas
de pacotilla no hay rústico de aldea ni carretonero que no
tenga su fusil y no se dé el gusto de matar
patos
para vivir de su carne. Y ahora, echen la cuenta. En
nuestras regiones montañosas han desaparecido
las
garzas, por codicia de los aigrettes, para sombreros
femeninos; en las cordilleras altas ha desaparecido la
chinchilla,
porque a nadie se le ocurrió ver una ingente riqueza en la
crianza de la delicada bestezuela; en las
pampas
arrimadas a la cordillera van desapareciendo las vicuñas y
los avestruces con la cosecha de las
nidadas
que se hacen en todo tiempo. Aquí, en el lago, ya lo ven:
quedan pocas aves y pocos peces y dudo
que
en veinte años más se pueda hallar algunos, siquiera para
muestra. Y todo esto significa dinero que se
pierde
y se va sin retorno, definitivamente. Y bastaran unas
cuantas leyes y un poco de dinero en primas de
protección
para salvar del naufragio un caudal inagotable... Pero ¡vaya
usted a hablarles de esto a nuestras
gentes!
Se ríen, lo toman a burla y le llaman chiflado al que
piensa así. Aquí lo único que interesa de veras es
eso
que se llama política; arte de buen gobierno, dicen pero en
el fondo pura hambre, hambre ordinaria de
comer,
hambre del estómago o hambre de vanidad... ¡Pobre país!
Se
había puesto serio y hablaba con pena, con esa pena del
hombre honesto que ve miserias y no puede
remediarlas.
Los otros le oían también serios, porque sus palabras
trascendían sinceridad.
—Tienes
razón; es así —convino Aguirre.
—¡Hay
que hacerte diputado, poeta! —le dijo Ocampo, volviendo a
reír con benevolencia.
—¡Déjate
de idioteces! Hazme dictador y verás lo que hago. Sólo un
dictador puede realizar algo que valga la
pena.
Necesitamos otro Linares, un poco más tolerante, pero así
hombre, así desprendido, así patriota. Lo
demás
es pura música —repuso Suárez con profundo
convencimiento.
—¿No
tienes fe en nuestros hombres públicos?
—No
tengo fe en nadie y menos en nuestros doctores inflados con
discursos muy orondos con su palabrería
hueca,
muy metidos en lecturas de libritos extranjeros, pero sin
ojos para ver lo que nos falta, sin carácter para
osar
emprender para moverse. Estamos en poder de los doctores
cholos, que todo lo quieren hacer con
discursos;
que se dan por modelos de decencia, patriotismo y honradez,
y que en la vida privada se muestran
egoístas,
tacaños, sucios moral y materialmente...
—¡Chico!
¡Muestra tu botella! ¡Apuesto que te la bebiste
toda! —le dijo, riendo, Aguirre.
—Creo
que tienes razón. Sólo los borrachos hablan así
—contestó Suárez sonriendo con amarga ironía.
—Bueno,
adelante y basta de discusiones. Tengo hambre y ya no puedo
más de cansancio —dijo Pantoja
para
cortar la discusión, que le resultaba molesta, porque en
cada frase de su amigo se sentía aludido.
—Ni
yo.
—Ni
yo.
Se
sentían flojos, acalambrados por cuatro horas de
inmovilidad en las balsas y tenían deseos de moverse,
andar.
Los
balseros enderezaron a tierra la proa de sus balsas y se
internaron entre los canales abiertos en la
maraña
de los eneales.
Hacía
calor.
De
las aguas inmovilizadas por la flor de enea que forma una
espesa costra verde, alzábase un vaho tibio y
fétido,
enloquecedor. Nubes de menudas moscas revoloteaban en torno
de las balsas, zumbando débil, pero
incesantemente.
De
pronto, una voz clara, vibrante, pero monótona, se elevó,
rompiendo el silencio del lago adormecido; las
notas
uniformes se sucedían en lenta gradación, formando una
especie de melopea triste y cansada.
—¡Caramba!,
¡qué linda india! exclamó de súbito Suárez, que iba en
cabeza, y su voz repercutió sonora en el
espacio.
Era
Wata-Wara.
Metida
hasta la cintura entre las plantas acuáticas segaba totora
y algas para sus bueyes, y su balsa, vieja y
ya renegrecida, yacía medio hundida hasta cerca de la borda
por el peso de las raíces mojadas.
Era
uno de sus placeres.
Gustábale
hundirse en el aterciopelado limo del fondo, para sentir en
las piernas el gelatinoso roce de los
peces
e insectos, numerosos en el charco, e irse después a coger
nidos de panas tarea en la que desplegaba
singular
destreza, pues sus ojos estaban acostumbrados a descubrir
sobre el vasto telar los simples y
elementales
nidos de las zabullidoras.
Hacíales
una guerra tenaz, incansable, sin tregua, y no medía sus
crueldades para las cercetas, de quienes
era
implacable enemiga.
Sus
agudos y cortos chillidos, su vuelo pesado y a ras del agua,
la cual azotan levantando huella de espuma
con
las amarillas patas extendidas, su color negro metálico, le
causaban invencible antipatía.
De
mal agüero era esa ave para ella. En cierta ocasión,
distraída, dejó escapar una que se puso al alcance de
su
remo. Y esa misma tarde un peñón, desgajado de su quicio,
aplastó en el cerro cuatro ovejas de su majada.
Otra
vez fugóse de entre sus manos una que había cogido en
trampa, y días después su novio recibió una
buena
tanda de palos del administrador; otra..., ¿a qué contar?
Era su mala sombra y no podía verla. Mientras
las
chocas le saliesen a su paso siempre tendría que
llorar alguna desventura, y en esta mañana había
tropezado
con muchas... ¡La maldita!
Llevaba
la joven desposada desnudos los fuertes y morenos brazos, y
por entre la abertura de su camisa de
tocuyo
acabada de estrenar se le veían los senos duros,
prominentes, veteados por menudas venas azules y
rematados
por los pezones morenos. Las crenchas de su pelo le caían
en desorden sobre las sienes,
haciendo
marco a su rostro curtido por el viento y por el sol, y sus
grandes ojos negros, negros como el
plumaje
de ganso marino, garzos, expresivos, de cortas pestañas,
brillaban limpios, como al través de fino
cristal.
—¡Qué
hermosa india! —repitió Valle, clavando con avidez los
ojos en los senos de Wata-Wara, que en el
exceso
del estupor se descuidó cubrirlos, porque los patrones
acababan de ordenar a sus remeros se
detuvieran
junto a la balsa de la segadora.
Exaltóse
el fácil lirismo de Suárez ante la rústica y fuerte
belleza del cuadro y prorrumpió con voz chillona y
declamador
acento:
—¡Salud,
hechicera ondina de este piélago formado por las lágrimas
de los de tu raza mártir y esclava!
¡Salud!...
—¡Cállate,
ganso, y habla como gente! —le interrumpió Pantoja,
cortando la lírica salutación del poeta.
Luego
se volvió hacia la india:
—¿Cómo
te llamas?
La
joven, turbada, no respondió.
—¿Eres
muda? —dijo Pantoja frunciendo el ceño.
—Wata-Wara—articuló,
mirando con angustia a su esposo.
—¿Eres
casada?
—¡Qué
pregunta! ¿No ves que está encinta? —dijo Suárez,
riendo.
—Es
mi mujer, tata—intervino Agiali, que hasta entonces
no había desplegado los labios y miraba a los
jóvenes
con el ceño fruncido.
Pantoja
se volvió hacia su remero.
—¡Caramba!
Tienes una linda mujer... ¡Adelante!
Reanudaron
la marcha, y a poco saltaron a tierra.
—¡Que
preciosa hembra! Si pudiéramos tenerla en casa... —dijo
Ocampo, una vez que estuvieron lejos de los
indios.
—Ya
la tendremos—asintió con aplomo Pantoja.
Una
vez en casa corrieron al comedor. Sentíanse desfallecer de
hambre y pidieron a gritos el almuerzo.
Asunta
no les hizo esperar y a poco devoraban, más que comían,
una sopa de quinua, leche, huevos y queso,
un
costillar de cordero a la brasa, acompañado de chuño revuelto,
una tortilla de sardinas y chocolate en leche
de
oveja, y todo primorosamente preparado por Asunta, perita en
culinaria criolla.
—¿Qué
hacemos ahora? —preguntó Aguirre, que ya comenzaba a
cansarse de la permanencia en Kohahuyo
y
echando bocanadas de humo al cielo.
—Yo
voy a dormir un poco. Esta mañana me han hecho levantar muy
temprano —dijo Valle, como hombre
acostumbrado
a dormir hasta mediodía.
—¡Temprano
a las ocho! ¡Qué tipo! —criticó Ocampo.
—Yo
voy a escribir un cuento—saltó Suárez.
—¡Al
diablo con estos escribanos!... ¡Oh, mi dulce y casta
prometida, virgencita blanca!... ¡Tonterías! —criticó
Aguirre.
—¿Y
tú?
—No
sé; quisiera matar un flamenco. Los malditos escapan a la
legua y no hay modo de cogerlos a tiro de
fusil.
—Te
acompaño; tú eres la única persona decente— dijo el
anfitrión.
En
ese momento apareció Troche; venía en mangas de camisa y
traía un cuchillo corto y puntiagudo y llevaba
revueltas
hasta el codo las mangas de su tosca camiseta de franela.
—Vengo
a preguntarle, doctor, si le gusta el chicharrón —dijo
sonriendo amablemente.
—¡Ya
lo creo que me gusta, don Pedro! ¿Por qué?
—Tengo
algunos chanchitos y pudiéramos matar uno. La Asunta me
dice que los indios ya no tienen
manteca...
—¡Mienten
estos pillos! Seguramente no querrán darle...
—Así
es, doctor. Son unos bribones. Al patrón le niegan todo y
van a vender al pueblo lo que tienen.
—Será
que no les pagan su precio —intervino Suárez, en su afán
de defender a los oprimidos y sin fijarse que
acababa
de herir a su anfitrión.
—Se
les paga no más—repuso el cholo, muy serio.
Ahí
está, pues, la cosa. Si les ofreciera el mismo precio que
en el pueblo...
—¡Pero
el patrón es, pues, el patrón, doctor! —le interrumpió
Troche.
—¿Y
eso qué?
—¡Cállate,
escribano! ¿Tú qué entiendes de esas cosas?—le atajó
Pantoja, entre serio y disgustado.
—¡Caramba!
Si yo tuviera una hacienda sería el primer amigo de mis
colonos —repuso Suárez con sincero
acento.
Pantoja,
que ya estaba predispuesto contra él por la anterior
discusión y sus al parecer continuas alusiones, se
le
volvió vivamente:
—¿Conoces
bien al indio?
—¡Hombre!
Ya lo creo; lo conozco.
—¿Y
cómo es?
Suárez
quedó perplejo con la inesperada pregunta y dijo tras
breves segundos de vacilación:
—Es
un hombre como los demás; pero más rústico, ignorante,
humilde como el perro, más miserable y más
pobre
que el mujik ruso, trabajador, laborioso, económico...
—...parco,
bueno, servicial, comedido, generoso, etcétera, etcétera...
¿no es así? —le interrumpió Pantoja,
riendo
con sorna. Y añadió en seguida—: No; estás repitiendo,
como disco de fonógrafo, todas las majaderías
de
quienes se dan por defensores del indio, sin conocerlo
bastante, de lejos, por pura sentimentalidad, por
snobismo,
por lo que quieras, en fin. Y tú no conoces al indio, por
dos razones principales. La primera, porque
apenas
hablas su idioma; la segunda, porque nunca has sido
propietario. Y todos los generosos defensores de
la
raza se te parecen. Todos hablan de memoria, y esos doctores
cholos, que con razón te escaman, hasta
discuten
con brillo, porque tienen a mano un recuerdo que siempre
produce maravillosos efectos: elevar la voz
en
defensa de los oprimidos, invocar las eternas teorías de
igualdad, justicia y otras zarandajas de la misma
hechura.
Pero habla con los patrones y propietarios, con aquellos que
andan en íntimo contacto con los indios,
y
no habrá uno, uno solo..., ¿entiendes?, uno solo, te digo,
que no te jure que no hay raza más difícil, más
cerrada
a la comprensión y a la simpatía, más perversa, más
solapada, más imposible que esta gran raza de
los
incas del Tahuantinsuyo. Los indios son hipócritas,
solapados, ladrones por instinto mentirosos, crueles y
vengativos.
En apariencia son humildes porque lloran, se arrastran y
besan la mano que les hiere; pero ¡ay de
ti
si te encuentran indefenso y débil! Te comen vivo. Y sábelo
ya de una vez. No hay peor enemigo del blanco,
ni
más cruel, ni más prevenido que el indio. El indio...
—¡Eso
es natural correcto, legítimo! —le interrumpió con igual
viveza Suárez—, Porque el blanco, desde hace
más
de cuatrocientos años, no ha hecho otra cosa que vivir del
indio, explotándolo robándole, agotando en su
servicio
su sangre y su sudor. Y si el indio le odia, siente
desconfianza hacia él y hace todo lo humanamente
posible
para causarle males, es que con la leche, por herencia, sabe
a su vez que el blanco es su enemigo
natural
y como a enemigo le trata. Esto, convendrás, es justo y muy
humano.
—Será
como dices y quiero darte la razón; pero ahora ya es otro
el problema este nuestro problema boliviano,
el
más grande de todos. Ahora el indio sabe, como tú dices,
que del blanco no puede conseguir nada y se
estrella
contra él indefectiblemente. Yo me río de todos aquellos
que creen hallar el secreto de la
transformación
del indio en la escuela y por medio del maestro. El día en
que al indio le pongamos maestros
de
escuela y mentores ya pueden tus herederos estar eligiendo
otra nacionalidad y hacerse chinos o suecos,
porque
entonces la vida no les será posible en estas alturas. El
indio nos ahoga con su mayoría. De dos
millones
y medio de habitantes que cuenta Bolivia dos millones por lo
menos son indios, y ¡ay del día que esos
dos
millones sepan leer, hojear códigos y redactar periódicos!
Ese día invocarán esos tus principios de justicia
e
igualdad y en su nombre acabarán con la propiedad rústica
y serán los amos...
—Y
eso será justo, después de todo... —quiso interrumpir Suárez.
—¿Justo?...
No sabes lo que dices. En un comienzo, cuando las tierras
casi no tenían valor y se hicieron
expropiaciones
por la fuerza, se cometieron abusos y hasta crímenes,
ciertamente pero hoy cada propiedad
representa
un precio legítimo, porque día a día, en el curso de
muchos años, han ido ganando valor con
sucesivas
transformaciones.
Suárez
le volvió a interrumpir, negando enérgicamente con la
mano:
—¡Eso
no es verdad! Las haciendas de la puna no han recibido ningún
impulso de los propietarios y
permanecen
hoy tal como salieron de su poder...
—Muy
bien, concedido. Pero al pasar de manos de los indios a las
de los blancos cada uno ha satisfecho un
precio
estipulado y ahora constituyen un bien legítimo de sus
propietarios, que nadie puede arrebatarles sin
atacar
fundamentalmente el derecho de propiedad, sagrado aun entre
los salvajes...
—¡Así
es! —apoyó Ocampo con profunda convicción, como
latifundista que era.
—Pablo
tiene razón—sostuvo Aguirre que seguía con mucho interés
la controversia, porque era uno de los
que
se interesaban en este problema del indio en Bolivia y tenía
ideas originales al respecto, pues era
estudioso
también, acaso tanto como el poeta, y gran amigo de
lecturas, que se le indigestaban a veces
aunque
dejándole algo en el espíritu y en la memoria.
—También
yo quiero ceder en esto repuso Suárez con calma—. Pero lo
que no me explico todavía es por qué
los
propietarios no intentan algo por mejorar la suerte del
indio, para hacer de él un aliado y no un siervo. Yo
conozco
el estado social de Rusia, que tantos lamentos provoca en el
mundo por el estado de abyección y
servidumbre
en que vive el mujik; pero te aseguro que su condición es
mil veces más feliz y ventajosa que la
del
pobre indio del yermo. La miseria del indio no tiene igual
en el mundo, porque es miseria de miserable, en
tanto
que la del ruso es sólo miseria de hombre, susceptible a
veces de cambiar. La del indio no cambia
nunca.
Siervo nace y de siervo muere...
—...
Te voy a hacer otra pregunta, parecida a la anterior. ¿Cómo
es el mujik? Explícamelo claramente, para
saber
si tu comparación es justa, pues yo sólo me acuerdo de una
frase de Gorki; pero temo que sea
demasiado
literaria y no responda a la realidad.
Suárez
quedóse más cortado todavía con la pregunta, pues también
él lo poco que sabía del mujik lo había
conocido
en el escritor de la vida errante y miserable. Dijo sin
embargo:
—El
mujik es la última categoría social rusa y en él
predomina la ausencia casi absoluta de voluntad y más
absoluta
todavía de las libertades individuales y...
—Estás
entrando en generalidades y Yo necesito respuestas categóricas.
¿Goza el mujik del derecho de
propiedad?
¿Lo que gana con sus esfuerzos le pertenece a él o se lo
quitan otros? ¿Puede dejar en herencia
sus
bienes?... A esto quisiera que me respondas.
Suárez
no supo qué decir ante el apremio de su anfitrión y se
sintió algo incómodo de su postura, que no
resultaba,
a decir verdad, airosa.
—Yo
no sabría —dijo al fin— responderte con precisión,
porque no he tenido ocasión de enterarme de lo que
deseas
saber. Lo único que sé por Gorki es que el mujik, me
acuerdo de sus palabras, es para los ricos "una
sustancia
alimenticia", como nuestros indios para los patrones...
—Esas
son frases de escritor. Y yo podría responderte, con ese
mismo Gorki, que aquí, como sabes, leemos
mucho,
que los tales mujiks, como nuestros indios también, son
ladrones, perezosos, sucios y mentirosos...
Pero
dejemos Rusia, desconocida, lejana, y vengamos a nuestro
propio país. Contra lo que más he oído trinar
a
nuestros doctores es contra el pongueaje, es decir,
contra el servicio personal de los colonos en la casa de
un
patrón. Y no se fijan que esto es simplemente una retribución
de servicios, el pago que rinden por el suelo
que
ocupan y cultivan en propio beneficio. Y anda a cualquier
hacienda del altiplano y verás que los mejores
terrenos
pertenecen a los peones...
—¿Y
por qué, entonces, no son ricos como los mismos hacendados?
—preguntó con viveza Suárez.
—Te
lo voy a decir: porque son viciosos, rutinarios y vanidosos.
Años de años puedes estarles predicando las
ventajas
de las nuevas máquinas agrícolas, de los abonos químicos...
—Ni
máquinas ni abonos usan los propietarios...
—...
Y otros adelantos y nunca te oirán y seguirán. Al
contrario, serán los primeros en oponerse a que hagas
ninguna
innovación y en estrellarse contra cualesquiera tentativas
de mejoramiento. Ellos, lo único que
quieren,
es vivir como vivieron sus padres. Lo único que desean,
tener como patrones a esos imbéciles de
propietarios
que nunca visitan sus fundos y se dan por felices con el ponguito,
unos cuantos quesos y unas
cargas
de chuño. Y esto nunca puede contentar a un hombre que con
el sudor de su frente compra una
hacienda,
digamos por ochenta mil pesos, y tiene que sacar la renta
del capital, muerto del todo si no
responde
a pagar siquiera su interés... Preguntas tú por qué son
pobres los indios y la respuesta es fácil.
Porque
pagan fiestas a menudo; son alcaldes, maestros mayores, alféreces,
y en cada uno de estos cargos
gastan
todos sus ahorros hasta quedar en la miseria. Desengáñate,
querido: los indios parecen buenos de
lejos,
pero de cerca son terribles. Yo, te digo sinceramente, los
odio de muerte y ellos me odian a morir. Tiran
ellos
por su lado y yo del mío, y la lucha no acabará sino
cuando una de las partes se dé por vencida. Ellos me
roban,
me mienten y me engañan; yo les doy de palos, les
persigo...
Hasta
que te coman, como tú dices.
—Sí,
hasta que me coman o ellos revienten...
—Sí,
che; hay que ser así... —asintió Valle con profunda
convicción, pues era la política que practicaba
siempre
con sus indios, pero que ya le había costado una herida en
el brazo.
—¡Naturalmente!...
Mi padre fue bueno con ellos y ¡cómo le pagaron! ¿Verdad,
Troche? —dijo Pantoja con
aire
compungido volviéndose al administrador, que escuchaba
atentamente y asintiendo en todo lo que decía
su
jefe no por congraciarse con él, sino por propio
convencimiento.
—Sí,
doctor; lo han asesinado estos canallas —dijo señalando
al pongo que en ese momento apareció en el
patio
doblado bajo el peso de un cántaro de agua recogida en la
vertiente.
"¡Bien
hecho!", pensó Suárez para sí, y guardó silencio,
pues ya conocía la historia.
—Entonces,
doctor, ¿matamos al chanchito?—preguntó Troche,
sonriendo más amablemente todavía.
—Vamos
a verlo primero. ¿Dónde está?
—En
el corral, doctor. Pero no vaya usted; eso está muy sucio.
Que lo traigan más bien.
Y
llamando a Clorinda le dijo fuese a sacar los cochinos de la
porqueriza.
A
poco se abrió la puerta de los corrales y aparecieron unos
ocho cerdos que la moza incitaba punzándoles el
hocico
con un palo afilado por la punta. Salieron un grupo, apeñuscados
unos con otros, y andaban a tientas,
paso
a paso, vacilantes, con las cabezas pegadas al suelo y
balanceándose cual si fuesen juguetes de cartón.
Al
verlos, rieron los amigos.
—¡Qué
curioso! Diríase que tienen miedo de andar observó Valle.
—Están
ciegos—repuso Troche, asentando una patada en la cabeza de
uno de los cochinos, que se había
separado
del grupo y lanzó un corto gruñido de dolor.
—¿Ciegos?
¿Y por qué? ¿Cómo es eso?
—De
intento. Para que engorden más.
Suárez
hizo un gesto de repulsa.
—¡Pero
eso es una crueldad! ¡Horrible!
Troche
se encogió de hombros, sin comprender que pudiera tacharse
de crueldad una simple operación en las
bestias,
que no tienen alma. Si con las personas se hiciese tal cosa,
pase; ¡pero con chanchos!
—¿Y
dónde viste hacer eso?—preguntó Pantoja divirtiéndose
con ver las pobres bestias atontadas.
—Lo
vi en algunas provincias de Cochabamba.
—¿Y
de veras engordan más?
—¡Ya
lo creo, doctor! Así no se mueven de un sitio y echan
grasa.
—¿Y
cómo hacen para cegarlos?
—Se
les hunde en los ojos un clavo caliente...
—¡Brr!
—hizo Suárez, horrorizado, y se tapó los ojos.
—¡Vaya
con el maricón!—dijo desdeñosamente Pantoja al ver el
gesto de su amigo.
Y
volviéndose a Troche, agregó:
—¡Caramba!
Están lindos tus chanchos. ¿Y cuántos tenemos en la
hacienda?
—Pocos,
doctor; unos veinte.
—¿Y
dónde los tienes?
—Los
llevan a la orilla del lago.
—Estarán
gordos como éstos...
—¡De
dónde no más, doctor! Estos se crían con los desperdicios
de la casa con lahuas que les da Clorinda y
porque
están ciegos; los de la hacienda...
—Pues
entonces—le atajó el patrón— que los distribuyan en
las casas de los peones mas ricos...
—¡Imposible,
doctor! No quedrían recibirlos; se alzarían... —le
interrumpió Troche, alarmado.
—¿Que
no los recibirán, dices? Pues al que no quiera recibir le
das una paliza y lo botas de la hacienda... ¡Y
que
se alcen, si quieren!...
Troche
meneó la cabeza, indeciso y temeroso. Los amigos
escuchaban, callados y serios. Pantoja había
fruncido
las cejas, y silbando, miraba el cielo azul.
Al
notar este silencio, el joven, como para hacer ostentación
de su autoridad añadió luego con vehemente
acento:
—Estos
salvajes se están echando a la carga. Hasta malcriados se
han vuelto. Antes, cuando mi padre estaba
vivo,
venían todas las tardes a preguntar lo que necesitábamos y
a ofrecer sus servicios; ahora ya no vienen
sino
el hilacata y los alcaldesa y los otros sólo
aparecen de vez en cuando.
Es
que si los has de recibir como los recibiste el día de
nuestra llegada... —le atajó Suárez.
Pantoja,
sin hacerle caso, prosiguió:
Pero
yo les voy a quitar la gana. Ellos aprietan y yo tiro de la
cuerda. Y vamos a ver quién sale venciendo.
—Seguramente,
tú, pero el día que te cojan desprevenido, ya lo sabes, te
comen —dijo Suárez con
convicción.
Pantoja
se volvió hacia su amigo hecho una furia:
—¿Y
crees que eso me acobarda? Primero yo mato a cien y después
que hagan de mí lo que quieran.
—Si
la vida no te importa, ¡claro! Pero...
—Lo
que hay es que les tienes mucho miedo a los indios —le
atajó Pantoja con acento irónico.
—No.
Miedo no les tengo. Piedad, sí.
—¡Y
miedo también, chico! —afirmó el anfitrión,
dulcificando su acento.
¡Como
quieras!
Y
Suárez fijó en su amigo una mirada serena.
Se
hizo un silencio embarazoso, y como el patrón era obstinado
y sufría en exceso su amor propio, demasiado
exaltable
al contradecírsele, repitió su orden:
—Ya
sabes, Troche. Repartes los chanchos entre los principales
peones de la hacienda y les revientas los
ojos
para que engorden...
Suárez
volvió a intervenir, y su acento era persuasivo y suave:
—Mira,
Pablo, eso es horrible. No seas cruel; hazlo por mí...
Pantoja
sonrió con socarronería escuchando el tono de voz de su
amigo.
—Tienes
entrañas de mujer, querido Alejo, y como no deseo hacerte
sufrir, voy a darte gusto. No les revientes
los
ojos, Troche; pero distribúyelos entre los más ricos de la
hacienda.
—Bueno,
doctor, pero ya verá usted: se han de quejar.
—¡Que
se amuelen!... Pero veo que tú también les tienes miedo, y
es mejor que yo mismo dé la orden... Dame
mi
látigo. Y tú —dirigiéndose a García, coge tu fusil y
ven conmigo; después iremos al lago.
A
García le recocijaban las escenas de violencia y siguió a
su amigo. Tomaron la dirección del caserío,
disperso
a lo largo del río Colorado y en la falda suave del cerro.
Tocaron
la primera casa. Al aproximarse a las goteras, dos enormes
perros lanudos, con la cabeza cubierta de
una
enorme maraña gris, entre la que se distinguían lucir los
agresivos ojos, se lanzaron furibundos a su
encuentro,
pero tuvieron que escapar ante las certeras pedradas de los
jóvenes. Al ruido de los ladridos,
apareció,
entre las tapias bajas, Cheka, el dueño, un hombrote alto,
fornido, de rostro agradable y pacífico
continente.
Al divisar a los jóvenes salió a su encuentro con paso
lento y frunciendo ligeramente el entrecejo.
Saludó:
—Buenas
tardes nos dé Dios, tata.
—¡Hola,
bribón! ¿Qué haces?
—Componía
mis redes, tata.
—Bueno;
he dado orden para que te entreguen un chancho.
—¡Gracias,
tata! —repuso efusivamente el indio
—¡Al
diablo, pillo, si crees que es un obsequio! Es para que lo
cuides y me lo entregues gordo cuando te lo
pida.
El
indio se puso serio y una honda arruga partió en dos su
frente; no repuso una sola palabra.
—¿Es
que no has oído, pícaro? —le interpeló Pantoja.
—Sí,
he oído; pero yo no sé cómo he de hacer lo que me pides.
—¿Por
qué, bribón?
Cheka,
con un gesto, señaló el corral, donde estaban atados por
las patas dos cerdos de hocico puntiagudo y
flacos
como espadas.
—Mira
cómo están nuestras propias bestias. Se van muriendo de
consunción porque no tenemos qué darles.
¿Cómo
quieres, entonces, que engordemos a las tuyas?
Pantoja
se encogió de hombros.
—Nada
me importa eso. El que no quiera recibir mis bestias, se va.
Y asunto concluido.
—Bueno
me iré pero antes recogeré mi cosecha —repuso
tranquilamente Cheka.
Pantoja
enrojeció de cólera. La respuesta le pareció insolente y
que no debía soportarla.
—Pues
te vas, y ahora mismo, pillo, ¿entiendes? Te vas sin
recoger tu cosecha.
El
indio le clavó una mirada dura y cargada de odio:
—¿Por
qué? Tú no me has dado la semilla.
—¡Insolente!
¿Así sabes contestar al patrón?... ¡Toma, ladrón!
Lanzóse
sobre el indio y le descargó el látigo en la cabeza, en
las espaldas, donde caía, ciego de ira, en tanto
que
el hombrote, ocultando el rostro entre las manos, corría
por el patio, bramando como un toro.
—¡Déjalo,
hombre! ¡Pobrecito! —intervino Aguirre, realmente
contrariado por la flagrante injusticia y cogiéndole
por
el brazo.
—¡Tata...,
perdón; tata..., tataíto!... —rogaba el
indio, tratando de contener la sangre que a borbotones le
brotaba
en una ancha herida de la cabeza y le corría por la cara,
por el cuello, empurpurando su amarillenta y
remendada
camisa.
—¿Es
que la tierra es también tuya, ladrón? —vociferaba
Pantoja, mordiéndose los labios.
El
indio se prosternó a sus pies, dolorido y humillado:
—¡Perdón,
tata; te voy a obedecer!
—¡Te
has de ir! ¡Ahora mismo te has de ir!...
—Bueno,
tata, me voy a ir; pero no me maltrates, pues soy
viejo—suplicaba Cheka, llorando, más que de dolor
de
rabia, de despecho, pero fingiendo sumisión.
—Eres
injusto, y te has de quedar sin peones —le dijo Aguirre,
apiadado y muy pesaroso de haberle seguido.
—¿Y
por qué son insolentes?
—¡Pero,
hijo, tiene razón! Fíjate en esto —y señaló la pobre
casucha— y verás que estos infelices viven peor
que
los perros.
Y
luego añadió, con el sincero deseo de reparar un mal:
—Déjame
hacer y no te metas a nada. Te lo suplico.
—Oye
—le dijo al indio—, yo he de rogarle al patrón para que
no te vayas; pero en otra no seas insolente...
Levántate
y anda a curarte... Toma.
Y
cogiendo su cartera le alcanzó dos billetes.
—¡Tata!...,
¡tata!...
Y
arrastrándose de rodillas hasta el joven, le besó las
manos con humildad. Luego se fue a lo de Pantoja e
hizo
otro tanto; pero cuando los jóvenes dejaron la casa, se
irguió el indio rechinando los dientes y bramó con
odio
implacable:
—¡Ya
me has de ver, condenado!...