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XIII

XIII

—¿Qué tienes? Pareces triste. En toda la tarde apenas has hablado.

Y el acento de Suárez era de cariñoso reproche.

—Tengo miedo.

—¿Miedo de qué?

Aguirre, harto de ocultar por más tiempo su congoja, contóle a su amigo la fechoría de la mañana, y luego, la cabeza inclinada contra el alto espaldar de la antigua butaca de cuero labrado, sólida y pesada, quedó mirando por el balcón abierto las bestias sueltas en los pastales de los apriscos que bajaba en suaves declive, amurallado por tapias de barro, hasta el río. Por trechos, entre los dorados pajonales, que veían remansos de agua estancada, en cuyos bordes yacía inmóvil una bandada de ibis negros.

—¡Eres curioso! —dijo Pantoja con acento ligeramente contraído por la indiscreción de Aguirre, pues la actitud de Suárez, recatada y discreta, no dejaba de infundirle respeto, no obstante las burlas con que por lo común acogía sus consejos prudentes y oportunos.

Guardaron silencio por algunos instantes, hasta que Aguirre volvió a decir:

—Lo de esta mañana ha sido bárbaro.

Miráronse los amigos unos a otros, cohibidos; pero Pantoja irritado por el reproche, contestó sarcástico:

—Tienes, chico, el valor de la franqueza. Te felicito.

Dolióle el acento a Aguirre y repuso:

—No soy hipócrita y digo lo que pienso. Y mi pensar es ése...

—No hay para que reñir —intervino Suárez—. Tienes razón Lucho; pero a mal que no tiene remedio...

Hízose otra ves el silencio. Pesado, casi agresivo.

—¿Y crees que se habrá quejado la india? —preguntó Ocampo.

—Pudiera. Esta raza es terrible. Finge sumisión y respeto, pero es hipócrita y solapada.

—¿Y ustedes están seguros de que esa mujer ha vuelto en sí? ¿Y si hubiera muerto? —preguntó Aguirre mirando fijamente a sus amigos y con la obsesión del hombre poseído por una sola idea fija que muele el alma, atroz, invencible.

—¡Caramba! ¡Qué ocurrencia! —contestó Valle, con el corazón súbitamente acongojado.

—¿y por qué no? Yo le sentí desangrarse cuando cayó desvanecida por el golpe y escapamos como niños, sin ver aún lo que tenía.

—¿Y quien le dio el golpe? —preguntó Suárez.

—No sé, pero yo no fui —dijo Aguirre con sincero acento.

—Tampoco yo —afirmó rotundamente Valle.

—Ni yo —dijo Ocampo, los ojos fijos en Pantoja.

—¡Entonces yo debo de ser! —repuso con sorna el anfitrión.

Y sonrió desdeñosamente.

—Alguien ha sido —afirmó Suárez. Y agregó—: ¿Y por qué la maltrataron?

—¡Tú no sabes cómo fue eso! Se defendía endemoniadamente y con unas fuerzas que daban miedo.

Parecíamos muñecos con sus manos y había que evitar sus patadas, sus mordiscos y taparle la boca para que no taladrase los oídos con sus horribles alaridos ni alborotara la hacienda y sus contornos. Entonces, alguien, para obligarla a callar, le dio el golpe y cayó,. Y corrimos sin tocarla siquiera.

—¿Y en que momento se produjo el accidente?

—Durante la lucha... Y eso me da miedo. Si fuese únicamente un simple desmayo la cosa no ofrecería ningún peligro; pero temo mucho que le sobrevenga un derrame, y entonces bien puede morirse —aseguró formalmente; pues había dragoneado un poco en la Medicina antes de titularse doctor en los del Derecho.

Suárez, súbitamente asustado con la relación de Aguirre, exclamó:

—¡Che! Lo mejor que podemos hacer es marcharnos ahora mismo a La paz.

Pantoja, contagiado con la alarma, pero con cierta irritación les dijo:

—No sean simples. El miedo es mal consejero; les hace ver visiones. Nadie muere de un golpe, y los indios no nos han de comer por vengar el atentado contra el pudor de una mujer. Si destruyésemos sus campos o incendiáramos sus casas, quizá. ¡Pero por una india! Ustedes creen que estos brutos piensan del honor como nosotros y no hay padre que no entregue a su hija por un trago de licor o unos cuantos pesos.

Valle, el más torpe de todos, pero el mejor informado sobre la capacidad de resistencia moral del indio, hizo enérgico movimiento de convencimiento con la cabeza apoyando a su amigo.

Parecióles decisivo el argumento, y callaron. Y entonces Pantoja propuso:

—Yo les invito a hacer un paseo por el lago después de la comida para demostrarles que los indios están como siempre y que no ha pasado nada con esa condenada.

—Sería mejor saberlo antes —dijo Ocampo.

—Es fácil.

Y asomándose Pantoja a la puerta del comedor llamó a grandes voces a Troche, quién acudió al punto.

—Oye, Troche: queremos pasear esta noche después de la comida por el lago y manda a disponer algunas balsas. Que vengan los mejores remeros: Leque, Taquimani, Agiali...

—Hace tiempo que Agiali espera.

—¡Ah! ¿Y qué dice? —preguntó mirando con ansiedad al empleado.

—Nada.

—¿Y a qué ha venido?

—Dice que usted le ha llamado para preguntar por su mujer.

—¿Y cómo sigue su mujer?

—Dice que está bien...

—Bueno, que entre y no olvide las balsas.

Salió Troche, y el joven riendo a carcajada, dio bromas a los cuitados:

—¿No ven? El marido está aquí y no ha pasado nada. ¡Caray! ¡Ni que si fuesen mujeres! Si llega el caso, yo solo me batiría con todos estos salvajes...

Los amigos callaron, sin dar importancia a la fanfarronada. Algunos sentíanse avergonzados de haber hecho ostensible su inquietud.

—Es Alejo, que... De seguro que aún no le llega la camisa al cuerpo —dijo Ocampo para sincerarse.

—¡Así siempre son los poetas!

Y rieron todos, inclusive Aguirre, a expensas del escritor, que, sin responder, dolorido, alzóse de hombros con aire desdeñoso y resignado.

En ese instante se presentó en la puerta Agiali. Venía emponchado y con el sombrero entre las manos. Estaba lívido y desencajado. Al verlo, miráronse entre sí los jóvenes y sonrieron, aliviados de una penosa inquietud, satisfechos. Pantoja se le encaró:

—Oye, ¿y cómo está tu mujer?

Agiali se estremeció y repuso sin vacilar:

—Bien.

—¿Y qué tenía?

—Nada.

Su voz era breve y honda; pero no lo notaron los jóvenes, abstraídos como estaban en saborear el dulce apaciguamiento que había caído sobre su espíritu.

—Bueno, anda al lago a preparar tu balsa; hemos de dar un paseo.

—¿Y qué dicen ahora, maricas? —preguntó el joven riendo más ruidosamente todavía cuando hubo salido Agiali.

—Mejor. ¡Figúrate los conflictos que nos habría acarreado si hubiese muerto esa linda hembra! Teníamos la cárcel abierta de par en par.

—O nos comían vivos estos salvajes.

Pantoja escuchaba sonriendo con sorna, pero visiblemente aliviado de una preocupación.

—¿Vamos o no vamos, al fin? —preguntó.

—Vamos, hombre. Bien merecemos una hora de placer —opinó Valle.

La comida fue ruidosa y en extremo alegre. Se vaciaron sendas botellas de vino y de cerveza, pues cada uno sentía la necesidad de destruir completamente sus penosas cavilaciones de la tarde, aturdirse con el gozo animal de vivir sin quebrantos, el alma despejada de zozobras, felices y despreocupados. Y en medio de las risas y exclamaciones con que se pusieron a rememorar el hecho, a instancias de Suárez, cada uno,

creyéndose libre de toda culpa, daba detalles del papel que le había cabido desempeñar en la hazaña:

—Al verla tan fina, nadie hubiese sospechado que esa salvaje tuviese tanta fuerza. Yo la cogí por la cintura y quise echarla al suelo, pero no pude. Es una raza de bronce —confesó Pantoja.

—¿Y yo? —dijo Ocampo—. Yo le tomé las piernas, pero cada patada me hacía bailar como a un trapo.

Aguirre mostró su mano herida:

—¡Casi me quita el dedo con los dientes!

—Yo le cogí las manos y tuve que echarme encima para sujetarla. ¡Qué brazos! ¡Qué seno! y puso los ojos en blanco —confiesa que tu le diste el golpe —añadió volviéndose a Pantoja.

—Yo fui. No había otra manera de hacerla callar. Y le di con ganas, lo confieso.

—Podías haberla muerto.

—No tanto; pero pensé haberle hundido el cráneo —dijo Pantoja excitado por el vino.

—¡Adelante entonces forzadores! —exclamó Valle.

Encendieron el cigarrillo y se levantaron de la mesa.

—¿Llevamos escopetas?

—¿Para qué? Supongo que no querrán cazar de noche.

—No, pero yo llevo mi revólver.

—Y yo.

—Y yo.

Pantoja, que nunca aflojaba el suyo, rió burlonamente.

—Déjense de revólveres y traigan la guitarra.

Echáronse a andar rumbo a la playa. Iban metidos en sus abrigos y el cuello envuelto en calientes chales de vicuña. Ocampo llevaba en hombros una vihuela y Aguirre hacía balancear en sus dedos un farolillo japonés.

Valle cargaba en sus brazos con sumo cuidado y gran solicitud una botella sin descorchar de whisky.

El crepúsculo se anunciaba y por el poniente las nubes negras y rojas parecían llamas de una hoguera colosal.

En la orilla esperaban los remeros, cada uno subido sobre su balsa. Agiali estaba pálido y era la sola señal que animaba de vida su rostro de esfinge.

—Dicen que la quieres mucho a tu mujer —le dijo sardónico, Pantoja.

—Sí; nos queremos.

—Supongo que me harás tu padrino.

—Sí, tata; lo serás. Eres un buen padre de tus hijos...

Y sonrió, pero su sonrisa era cruel y amarga. Sorpréndiole a Suárez y éste tuvo miedo. Y, quedo, dijo a Aguirre en los oídos:

—¿Ves? Este hombre tiene algo. Te juro que nos ha de suceder una desgracia.

Aguirre miró a su amigo y lanzó una carcajada ruidosa. Por contagiarse de sus temores había soportado las burlas de Pantoja y ahora ya no quería dar oído a sus cavilaciones de apocado.

—Decididamente, pobre poeta, eres una gallina.

Suárez repuso simplemente:

—¡Ya verás!...

Metiéndose Valle y Ocampo en una balsa, Aguirre y Suárez en otra y Pantoja quedó solo en la de Agiali.

Se lanzaron a navegar.

De tierra venía son de flautas pastoriles que se difundían por la extensión en dejos melancólicos. Algunos zagales conducían sus rebaños al aprisco por la orilla del lago y los balidos de las bestias concertaban en dúo con esa música hecha de quejidos y sollozos.

El cielo presentaba una diafanidad transparente. De las nubes tempestuosas de la mañana apenas quedaban jirones, que se deshacían, sobre las nevadas cumbres, en oros rosados, y en el horizonte, lejos, sobre la isla de Quebaya, ahogada entre las aguas incendiadas del lago, en crestas rojas de un rojo subido y negras, de un negro intenso.

El lago parecía dormido y sólo se oía el lento y monótono canturreo de los pescadores perdidos en las espesuras de los eneales.

Los patos llegaban en bandadas de todos los puntos del horizonte. Se les veía volar en lo alto, casi minúsculos, y descender poco a poco trazando enormes espirales, cada vez más cortas conforme iban aproximándose al suelo. Entonces sus siluetas breves y fugitivas se diseñaban con precisión contra el enrojecido horizonte. Llevaban recogidas las patas y largo el cuello, avizorando la querencia.

Insinuóse el crepúsculo y saltaron a brillar algunas estrellas en el azul profundo del cielo con luz amortiguada y distante. Los balseros, sudorosos, agitados, hundían con fuerza las perchas, levantando lluvia incesante en gotas frías y cristalinas.

En tierra parpadeaban los fuegos encendidos en los hogares indígenas dispersos en el llano y en las faldas de los cerros; enmudecieron después los ruidos y una gran paz cayó sobre la tierra, junto con las sombras, a cada instante más profundas.

—El que lleva el farol que lo encienda —gritó Pantoja dando orden a los balseros para reunirse en un solo grupo, mientras Valle hacía saltar el corcho de la botella y ofrecía sendas copas del rubio licor a sus amigos.

Una mancha roja se difundió sobre el terciopelo de las aguas. Y, de pronto, turbando el silencio prodigioso,  surgieron, trémulas, las notas de la vihuela y a la par la voz robusta de Ocampo, que temblaba con los versos de Reyes Ortiz, lacrimosos y dolientes:

Horrible, horrible es mi suerte;
mi situación maldecida;
tedio me causa la vida
y horror me causa la muerte...

El canto, vibrante de dolor, resonaba casi fúnebre en la muerta calma del lago y repercutía dolorosamente en el corazón de los jóvenes, que, sin causa alguna, lo sentían oprimido.

No me comprendo a mí mismo:
un caos sobre mí pesa,
es mi espíritu una huesa,
y mi corazón un abismo...

Sonaba la voz, quejumbrosa y lamentable.

—¡Che! ¿Oyen? —gritó Pantoja con voz acongojada e interrumpiendo con su grito al dolorido trovador.

Ocampo dejó de pulsar la vihuela y las notas murieron entre el susurro de las aguas al besar los flancos de las balsas.

—¡Chist! —ordenó Aguirre a los remeros para que se detuvieran.

Levantaron los indios las perchas y sonrieron en las sombras, y los mozos se llevaron las copas a los labios para saborear lenta y calladamente el sabor del brebaje.

De la llanura vasta, silenciosa, oscura, venían lamentos huecos y temblorosos. Parecían bufidos de reses hambrientas o embravecidas, muradas en las cumbres de los cerros. Graves unos, agudos otros, callaban todos por instantes, y entonces surgía el más grave, solitario, doloroso y trémulo. A la par de los bufidos encendíanse en la cumbre de todos los cerros de la ancha bahía fogatas parpadeantes, cual estrellas rojas súbitamente brotadas en el espacio.

Pantoja sintió correr por sus nervios un calofrío de espanto. El conocía la significación de esos ruidos de bocinas: era la llamada de combate de los indios, que sólo se escucha cuando han de entrar en guerra con los vecinos o saldar cuentas de sangre con los blancos. Y, sin poder ya disimular su angustia, preguntó a su remero.

—¿Qué hay? ¿Por qué están pututeando?

El indio, tras breve silencio, repuso, evasivo:

—No sé: algunos chicos estarán jugando.

—¿Y cómo no oímos nada las otras noches?

—No sé; los chicos, seguramente.

Pantoja arrancó su revólver y apuntando a los ojos de su balsero, le dijo con acento duro:

—¡Di! ¿Por qué están tocando pututos?

Apoyóse Agiali en su percha y repuso con voz lenta y grave:

—Es para orar.

Se hizo un silencio, y las palabras del indio parecían haber caído en un pozo.

—¿Orar? ¿Y por qué? ¿Alguien ha muerto?... —interrogó trémulo, en tanto que sus amigos temblaban de angustia y tenían las manos crispadas sobre la empuñadura de sus armas.

—Nadie; pero hace tres años que no tenemos cosechas y el cielo se presenta con malos augurios para el que viene. Esta mañana sopló el kenaya, viento de desgracias.

—¿Y por eso han de orar?

—Hay que desenojar a Dios. Parece que se propone castigar a la tierra por algún mal, y es preciso aplacar su cólera.

Luego levantó la cabeza al cielo, y señalando los astros que parpadeaban por millares en la negra bóveda, añadió:

—Seguramente vamos a tener otro mal otoño.

Un aerolito, dejando reguero fugitivo de luz, rasgó con una raya perpendicular las tinieblas y se hundió en el lago. El indio volvió la cabeza hacia el punto en que había desaparecido el bólido, y dijo:

—Alguien ha muerto...

Su palabra calmosa y lenta, su actitud de reposo, pero concentrada y misteriosa; su voz de inflexiones trémulas, como ahogada en lágrimas, produjo una emoción de indefinible angustia en los jóvenes.

Entretanto, el eco de las bocinas parecía haber repercutido en el seno de todas las montañas, pues no había un solo punto del espacio del que no surgiese la nota profunda y plañidera de un cuerno, así como tampoco había una cumbre de cerro en que no se viese brillar el fuego de una hoguera. Se apagaba en un punto, surgía en otro, para apagarse en seguida y renacer a poco; diríanse insectos de luz volando entre las cumbres...

Sólo la del cerro Cusipata ardía perenne e igual en un solo sitio, y de allí mismo surgía, lento, grave, trémulo, doloroso, el bufido de un solo cuerno, como midiendo la pauta para el alarido de los demás.

—¿No es en el cerro de Cusipata donde brilla aquel fuego? —tornó a preguntar Pantoja.

—Allí es.

—¿Y por qué? Es la primera noche que vemos esto.

—No sé; algún pastor que busca una res perdida.

—¡Pero esa luz no se mueve!

—Entonces, seguramente el diablo, que ha salido de su antro y busca un alma.

A la luz rojiza del farol miráronse los amigos y todos estaban serios y graves.

Miraron a los indios y permanecían fríos e impenetrables. Sentados en cuclillas en la popa de las balsas mascaban lentamente su coca con aire recogido e indiferente, manteniendo firmes sus largas y toscas perchas.

—¿Qué hora es? —interrogó Valle.

—Las nueve.

—Vámonos, hace frío.

Las balsas enderezaron su proa a tierra. Deslizábanse lentas y silenciosas y sólo se oía el ruido de las perchas al herir el agua. Callaban los amos, sumidos en hondas cavilaciones. El trovador había abandonado su instrumento al borde de la balsa; pero los totoras, al herirlo, arrancaban de las cuerdas notas trémulas que vibraban en largo gemido.

Saltaron a tierra, mudos, cavilosos. Pantoja, siempre preocupado, pero deseosa de ocultar su creciente turbación y sin cuidarse de que los peones entendieran sus palabras, increpó, con tono que lo hubiese deseado burlesco, a Suárez:

—¿Ves, poetilla, cómo tus temores eran infundados? De querer vengarse les habría bastado volcar las balsas y... ¡al fondo, para no salir nunca más!...

Y probó reír con risa sonora y fingida.

Suárez permaneció mudo, distante a los sarcasmos. Silbaba una tonadilla triste y en los intervalos de silencio fumaba un cigarro; pero al franquear los umbrales de la casa se volvió hacia el anfitrión y, triste, grave, le anunció:

—Te advierto que mañana, al amanecer, me marcho. Da orden para que a esa hora me despierten...

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