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Rubén Darío
CANTOS DE VIDA Y ESPERANZA
LOS CISNES Y OTROS POEMAS
(1905)A.
J. Enrique Rodó
I
Yo soy
aquel que ayer no más decía
el verso
azul y la canción profana,
en cuya
noche un ruiseñor había
que era
alondra de luz por la mañana.
El dueño
fui de mi jardín de sueño,
lleno de
rosas y de cisnes vagos;
el dueño de
las tórtolas, el dueño
de góndolas
y liras en los lagos;
y muy siglo
diez y ocho, y muy antiguo
y muy
moderno; audaz, cosmopolita;
con Hugo
fuerte y con Yerlaine ambiguo,
y una sed
de ilusiones infinita.
Yo supe de
dolor desde mi infancia;
mi
juventud..., ¿fue juventud la mía?,
sus rosas
aún me dejan su fragancia,
una
fragancia de melancolía...
Potro sin
freno se lanzó mi instinto,
mi juventud
montó potro sin freno;
iba
embriagada y con puñal al cinto;
si no cayó,
fue porque Dios es bueno.
En mi
jardín se vio una estatua bella;
se juzgó
mármol y era carne viva;
una alma
joven habitaba en ella,
sentimental, sensible, sensitiva.
Y tímida
ante el mundo, de manera
que,
encerrada, en silencio, no salía
sino cuando
en la dulce primavera
era la hora
de la melodía...
Hora de
ocaso y de discreto beso;
hora
crepuscular y de retiro;
hora de
madrigal y de embeleso,
de «te
adoro», de «jay!», y de suspiro.
Y entonces
era en la dulzaina un juego
de
misteriosas gamas cristalinas,
un renovar
de notas del Pan griego
y un
desgranar de músicas latinas,
con aire
tal y con ardor tan vivo,
que a la
estatua nacían de repente
en el muslo
viril patas de chivo
y dos
cuernos de sátiro en la frente.
Como la
Galatea gongorina
me encantó
la marquesa verleniana,
y así
juntaba a la pasión divina
una sensual
hiperestesia humana;
todo ansia,
todo ardor, sensación pura
y vigor
natural; y sin falsía,
y sin
comedia y sin literatura...:
si hay un
alma sincera, esa es la mía.
La torre de
marfil tentó mi anhelo;
quise
encerrarme dentro de mí mismo,
y tuve
hambre de espacio y sed de cielo
desde las
sombras de mi propio abismo.
Como la
esponja que la sal satura
en el jugo
del mar, fue el dulce y tierno,
corazón
mío, henchido de amargura
por el
mundo, la carne y el infierno.
Mas, por
gracia de Dios, en mi conciencia
el Bien
supo elegir la mejor parte;
y si hubo
áspera hiel en mi existencia,
melificó
toda acritud el Arte.
Mi
intelecto libré de pensar bajo,
bañó el
agua castalia el alma mía,
peregrinó
mi corazón y trajo
de la
sagrada selva la armonía.
¡Oh, la
selva sagrada! jOh, la profunda
emanación
del corazón divino
de la
sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya
virtud vence al destino!
Bosque
ideal que lo real complica,
allí el
cuerpo arde y vive y Psiquis vuela;
mientras
abajo el sátiro fornica,
ebria de
azul deslíe Filomela
perla de
ensueño y música amorosa
en la
cúpula en flor de laurel verde,
Hipsipila
sutil liba en la rosa,
y la boca
del fauno el pezón muerde.
Allí va el
dios en celo tras la hembra
y la caña
de Pan se alza del lodo:
la eterna
vida sus semillas siembra,
y brota la
armonía del gran Todo.
El alma que
entra allí debe ir desnuda,
temblando
de deseo y fiebre santa,
sobre cardo
heridor y espina aguda:
así suefia,
así vibra y así canta.
Vida, luz y
verdad, tal triple llama
produce la
interior llama infinita;
el Arte
puro como. Cristo
exclama:
Ego sum lux et veritas et vital
Y la vida
es misterio; la luz ciega
y la verdad
inaccesible asombra;
la adusta
perfección jamás se entrega,
yel secreto
ideal duerme en la sombra.
Por eso ser
sincero es ser potente:
de desnuda
que está, brilla la estrella;
el agua
dice el alma de la fuente
en la voz
de cristal que fluye d’ella.
Tal fue mi
intento, hacer del alma pura
mía, una
estrella, una fuente sonora,
con el
horror de la literatura
y loco de
crepúsculo y de aurora.
Del
crepúsculo azul que da la pauta
que los
celestes éxtasis inspira;
bruma y
tono menor ––¡toda la flauta!
y Aurora,
hija del Sol––¡toda la lira!
Pasó una
piedra que lanzó una honda;
pasó una
flecha que aguzó un violento.
La piedra
de la honda fue a la onda,
y la flecha
del odio fuese al viento.
La virtud
está en ser tranquilo y fuerte;
con el
fuego interior todo se abrasa;
se triunfa
del rencor y de la muerte,
y hacia
Belén..., ¡la caravana pasa!
II
SALUTACION DEL OPTIMISTA
Inclitas
razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus
fraternos, luminosas almas, ¡salve!
Porque
llega el momento en que habrán de cantar nuevos himnos
lenguas de
gloria. Un vasto rumor llena los ámbitos;
mágicas
ondas de vida van renaciendo de pronto;
retrocede
el olvido, retrocede engañada la muerte,
se anuncia
un reino nuevo, feliz sibila sueña,
y en la
caja pandórica de que tantas desgracias surgieron
encontramos
de súbito, talismánica, pura, riente,
cual
pudiera decirla en sus versos Virgilio divino,
la divina
reina de luz, ¡la celeste Esperanza!
Pálidas
indolencias, desconfianzas fatales que a tumba
o a
perpetuo presidio, condenasteis al noble entusiasmo,
ya veréis
el salir del sol en un triunfo de liras,
mientras
dos continentes, abandonados de huesos gloriosos,
del
Hércules antiguo la gran sombra soberbia evocando,
digan al
orbe: la alta virtud resucita,
que a la
hispana progenie hizo dueña de siglos.
Abominad la
boca que predice desgracias eternas,
abominad
los ojos que ven sólo zodíacos funestos,
abominad
las manos que apedrean las ruinas ilustres
o que la
tea empuñan o la daga suicida.
Siéntense
sordos ímpetus en las entrañas del mundo,
la
inminencia de algo fatal hoy conmueve la tierra;
fuertes
colosos caen, se desbandan bicéfalas águilas,
y algo se
inicia como vasto social cataclismo
sobre la
faz del orbe. ¿Quién dirá que las savias dormidas
no
despierten entonces en el tronco del roble gigante
bajo el
cual se exprimió la ubre de la loba romana?
¿Quién será
el pusilánime que al vigor español niegue músculos
y que al
alma española juzgase áptera y ciega y tullida?
No es
Babilonia ni Nínive enterrada en olvido y en polvo
ni entre
momias y piedras, reina que habita el sepulcro,
la nación
generosa, coronada de orgullo inmarchito,
que hacia
el lado del alba fija las miradas ansiosas,
ni la que,
tras los mares en que yace sepulta la Atlántida,
tiene su
coro de vástagos, altos, robustos y fuertes.
Unanse,
brillen, secúndense, tantos vigores dispersos:
formen
todos un solo haz de energía ecuménica.
Sangre de
Hispania fecunda, sólidas, ínclitas razas,
muestren
los dones pretéritos que fueron antaño su triunfo.
Vuelva el
antiguo entusiasmo, vuelva el espíritu ardiente
que regará
lenguas de fuego en esa epifanía.
Juntas las
testas ancianas ceñidas de líricos lauros
y las
cabezas jóvenes que la alta Minerva decora,
así los
manes heroicos de los primitivos abuelos,
de los
egregios padres que abrieron el surco pristino,
sientan los
soplos agrarios de primaverales retornos
y el rumor
de espigas que inició la labor triptolémica.
Un
continente y otro renovando las viejas prosapias,
en espíritu
unidos, en espíritu y ansias y lengua,
ven llegar
el momento en que habrán de cantar nuevos himnos.
La latina
estirpe verá la gran alba futura:
en un
trueno de música gloriosa, millones de labios
saludarán
la espléndida luz que vendrá del Oriente,
Oriente
augusto, en donde todo lo cambia y renueva
la
eternidad de Dios, la actividad infinita.
Y así sea
Esperanza la visión permanente en nosotros,
¡ínclitas
razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda!
III
AL REY
OSCAR
Le Roi de Suede et de
Noruège, apres avoir
visité Saint––Jean––de––Luz,
s'est rendu a Hen––
daye et a Fonterrabie. En
arrivant sur le sol
espagnol, il
a crié: «Vive l’Espagne!»
(Le Figaro,
mars 1899.)
Así, Sire,
en el aire de la Francia nos llega
la paloma
de plata de Suecia y de Noruega,
que trae en
vez de olivo una rosa de fuego.
Un búcaro
latino, un noble vaso griego
recibirá el
regalo del país de la nieve.
Que a los
reinos boreales el patrio viento lleve
otra rosa
de sangre y de luz españolas;
pues sobre
la sublime hermandad de las olas,
al brotar
tu palabra, un saludo le envía
al sol de
medianoche el sol de Mediodía.
Si
Segismundo siente pesar, Hamlet se inquieta.
El Norte
ama las palmas; y se junta el poeta
del fjord
con el del carmen, porque el mismo oriflama
es de azur.
Su divina cornucopia derrama,
sobre el
polo y el trópico, la Paz; y,el orbe gira
en un ritmo
uniforme por una propia lira:
el Amor.
Allá surge Sigurd que al Cid se aúna;
cerca de
Dulcinea brilla el rayo de luna;
y la musa
de Bécquer del ensueño es esclava
bajo un
celeste palio de luz escandinava.
Sire de
ojos azules, gracias: por los laureles
de cien
bravos vestidos de honor; por los claveles
de la
tierra andaluza y la Alhambra del moro;
por la
sangre solar de una raza de oro;
por la
armadura antigua y el yelmo de la gesta;
por las
lanzas que fueron una vasta floresta
de gloria y
que pasaron Pirineos y Andes;
por Lepanto
y Otumba; por el Perú, por Flandes;
por Isabel
que cree, por Cristóbal que sueña
y Velázquez
que pinta y Cortés que domeña;
por el país
sagrado en que Herakles afianza
sus macizas
columnas de fuerza y esperanza,
mientras
Pan trae el ritmo con la egregia siringa
que no hay
trueno que apague ni tempestad que extinga,
por el león
simbólico y la Cruz, gracias, Sire.
¡Mientras
el mundo aliente, mientras la esfera gire,
mientras la
onda cordial alimente un ensueño,
mientras
haya una viva pasión, un noble empeño,
un buscado
imposible, una imposible hazaña,
una América
oculta que hallar, vivirá España!
Y pues tras
la tormenta vienes, de peregrino
real, a la
morada que entristeció el destino,
la morada
que viste luto sus puertas abra
al purpúreo
y ardiente vibrar de tu palabra:
y que
sonría, oh rey Oscar, por un instante,
y tiemble
en la flor áurea el más puro brillante
para quien
sobre brillos de corona y de nombre,
con labios
de monarca lanza un grito de hombre!
IV
LOS TRES REYES MAGOS
––Yo soy
Gaspar. Aquí traigo el incienso.
Vengo a
decir: La vida es pura y bella.
Existe
Dios. El amor es inmenso.
¡Todo lo sé
por la divina Estrella!
––Yo soy
Melchor. Mi mirra aroma todo.
Existe
Dios. El es la luz del día.
¡La blanca
flor tiene sus pies en lodo
y en el
placer hay la melancolía!
––Soy
Baltasar. Traigo el oro. Aseguro
que existe
Dios. El es el grande y fuerte.
Todo lo sé
por el lucero puro
que brilla
en la diadema de la Muerte.
––Gaspar,
Melchor y Baltasar, callaos.
Triunfa el
amor, ya su fiesta os convida.
¡Cristo
resurge, hace la luz del caos
y tiene la
corona de la Vida!
V
CYRANO EN ESPAÑA
He aquí que
Cyrano de Bergerac traspasa
de un salto
el Pirineo. Cyrano está en su casa.
¿No es en
España, acaso, la sangre vino y fuego?
Al gran
Gascón saluda y abraza el gran Manchego.
¿No se
hacen en España los más bellos castillos?
Roxanas
encarnaron con rosas los Murillos,
y la hoja
toledana que aquí Quevedo empuña
conócenla
los bravos cadetes de Gascuña.
Cyrano hizo
su viaje a la Luna; mas, antes,
ya el
divino lunático de don Miguel Cervantes
pasaba
entre las dulces estrellas de su sueño
jinete en
el sublime pegaso Clavileño.
y Cyrano ha
leído la maravilla escrita,
y al
pronunciar el nombre del Quijote, se quita
Bergerac el
sombrero: Cyrano Balazote
siente que
es la lengua suya la lengua del Quijote.
y la nariz
heroica del Gascón se diría
que husmea
los dorados vinos de Andalucía.
y la espada
francesa, por él desenvainada,
brilla bien
en la tierra de la capa y la espada.
¡Bien
venido, Cyrano de Bergerac! Castilla
te da su
idioma; y tu alma, como tu espada, brilla
al sol que
allá en sus tiempos no se ocultó en España.
Tu nariz y
penacho no están en tierra extraña,
pues vienes
a la tierra de la Caballería.
Eres el
noble huésped de Calderón. María
Roxana te
demuestra que lucha la fragancia
de las
rosas de España con las rosas de Francia;
y sus
supremas gracias, y sus sonrisas únicas,
y sus
miradas, astros que visten negras túnicas,
y la lira
que vibra en su lengua sonora,
te dan una
Roxana de España, encantadora.
¡Oh poeta!
¡Oh celeste poeta de la facha
grotesca!
Bravo y noble y sin miedo y sin tacha,
príncipe de
locuras, de sueños y de rimas,
tu penacho
es hermano de las más altas cimas,
del nido de
tu pecho una alondra se lanza,
un hada es
tu madrina, y es la Desesperanza;
y en medio
de la selva del duelo y del olvido
las nueve
musas vendan tu corazón herido.
¿Allá en la
Luna hallaste algún mágico prado
donde vaga
el espíritu de Pierrot desolado?
¿Viste el
palacio blanco de los locos del Arte?
¿Fue acaso
la gran sombra de Píndaro a encontrarte?
¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas
albas forma
el castillo de las Vírgenes locas?
¿Y en un
jardín fantástico de misteriosas flores
no oíste al
melodioso Rey de los ruiseñores?
No juzgues
mi curiosa demanda inoportuna,
pues todas
esas cosas existen en la Luna.
¡Bíen
venido, Cyrano de Bergerac! Cyrano
de
Bergerac, cadete y amante y castellano,
que trae
los recuerdos que Durandal abona
al país en
que aún brillan las luces de Tizona.
El Arte es
el glorioso vencedor. Es el Arte
el que
vence el espacío y el tiempo; su estandarte,
pueblos, es
del espíritu el azul oriflama.
¿Qué
elegido no corre si su trompeta llama?
y a través
de los siglos se contestan, oíd:
la Canción
de Rolando y la Gesta del Cid.
Cyrano va
marchando, poeta y caballero,
al redoblar
sonoro del grave Romancero.
Su penacho
soberbio tiene nuestra aureola.
Son sus
espuelas finas de fábrica española.
Y cuando en
su balada Rostand teje el envío,
creeríase a
Quevedo rimando un desafío.
¡Bien
venido, Cyrano de Bergerac! No seca
el tiempo
el lauro; el viejo Corral de la Pacheca
recibe al
generoso embajador del fuerte
Moliere. En
copa gala Tirso su vino vierte.
Nosotros
exprimimos las uvas de Champaña
para beber
por Francia y en un cristal de España.
VI
SALUTACION A LEONARDO
Maestro:
Pomona levanta su cesto. Tu estirpe
saluda la
Aurora. ¡Tu aurora! Que extirpe
de la
indiferencia la mancha; que gaste
la dura
cadena de siglos; que aplaste
al sapo la
piedra de su honda.
Sonrisa más
dulce no sabe Gioconda
El verso su
ala y el ritmo su onda
hermanan en
una
dulzura de
luna
que suave
resbala
(el ritmo
de la onda y el verso del ala
del mágico
Cisne sobre la laguna)
sobre la
laguna.
Y así,
soberano maestro
del estro,
las vagas
figuras
del sueño,
se encarnan en líneas tan puras
que el
sueño
recibe la
sangre del mundo mortal,
y Psiquis
consigue su empeño
de ser
advertida a través del terrestre cristal.
(Los
bufones
que hacen
sonreír a Monna Lisa
saben
canciones
que ha
tiempo en los bosques de Grecia decía la risa
de la
brisa.)
Pasa su
Eminencia.
Como flor o
pecado en su traje
rojo;
como flor o
pecado, o conciencia
de sutil
monseñor que a su paje
mira con
vago recelo o enojo.
Nápoles
deja a la abeja de oro
hacer su
miel
en su
fiesta de azul; y el sonoro
bandolín y
el laurel
nos
anuncian Florencia.
Maestro, si
allá en Roma
quema el
sol de Segor y Sodoma
la amarga
ciencia
de
purpúreas banderas, tu gesto
las palmas
nos da redimidas,
bajo los
arcos
de tu
genio; San Marcos
y Partenón
de luces y líneas y vidas.
(Tus
bufones
que hacen
la risa
de Monna
Lisa
saben tan
antiguas canciones.)
Los leones
de Asuero
junto al
trono para recibirte,
mientras
sonríe el divino Monarca;
pero
hallarás la
sirte,
la sirte
para tu barca,
si partís
en la lírica barca
con tu
Gioconda...
La onda
y el viento
saben la
tempestad para tu cargamento.
¡Maestro!
Pero tú en
cabalgar y domar fuiste diestro,
pasiones e
ilusiones;
a unas con
el freno, a otras con el cabestro
las
domaste, cebras o leones.
Y en la
selva del Sol, prisionera
tuviste la
fiera
de la luz;
y esa loca fue casta
cuando
dijiste: «Basta.»
Seis meses
maceraste tu Ester en tus aromas.
De tus
techos reales volaron las palomas.
Por tu
cetro y tu gracia sensitiva,
por tu copa
de oro en que sueñan las rosas,
en mi
ciudad, que es tu cautiva,
tengo un
jardín de mármol y de piedras preciosas
que
custodia una esfinge viva.
VII
PEGASO
Cuando iba
yo a montar ese caballo rudo
y
tembloroso, dije: «La vida es pura y bella.»
Entre sus
cejas vivas vi brillar una estrella.
El cielo
estaba azul, y yo estaba desnudo.
Sobre mi
frente Apolo hizo brillar su escudo
y de
Belerofonte logré seguir la huella.
Toda cima
es ilustre si Pegas o la sella,
y yo,
fuerte, he subido donde Pegaso pudo.
Yo soy el
caballero de la humana energía,
yo soy el
que presenta su cabeza triunfante
coronada
con el laurel del Rey del día;
domador del
corcel de cascos de diamante,
voy en un
gran volar, con la aurora por guía,
adelante en
el vasto azur, ¡siempre adelante!
VIII
A
ROOSEVELT
Es con voz
de la Biblia, o verso de Walt Whitman,
que habría
de llegar hasta ti, Cazador,
primitivo y
moderno, sencillo y complicado,
con un algo
de Wáshington y cuatro de Nemrod.
Eres los
Estados Unidos,
eres el
futuro invasor
de la
América ingenua que tiene sangre indígena,
que aún
reza a Jesucristo y aún habla español.
Eres
soberbio y fuerte ejemplar de tu raza;
eres culto,
eres hábil; te opones a Tolstoy.
Y domando
caballos, o asesinando tigres,
eres un
Alejandro-Nabucodonosor.
(Eres un
profesor de Energía
como dicen
los locos de hoy.)
Crees que
la vida es incendio,
que el
progreso es erupción,
que en
donde pones la bala
el porvenir
pones.
No.
Los Estados
Unidos son potentes y grandes.
Cuando
ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa
por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis,
se oye como el rugir del león.
Ya Hugo a
Grant lo dijo: Las estrellas son vuestras.
(Apenas
brilla, alzándose, el argentino sol
y la
estrella chilena se levanta...) Sois ricos.
Juntáis al
culto de Hércules el culto de Mammón;
y
alumbrando el camino de la fácil conquista,
la Libertad
levanta su antorcha en Nueva-York.
Mas la
América nuestra, que tenía poetas
desde los
viejos tiempos de Netzahualcoyotl,
que ha
guardado las huellas de los pies del gran Baco,
que el
alfabeto pánico en un tiempo aprendió;
que
consultó los astros, que conoció la Atlántida
cuyo nombre
nos llega resonando en Platón,
que desde
los remotos momentos de su vida
vive de
luz, de fuego, de perfume, de amor,
la América
del grande Moctezuma, del Inca,
la América
fragante de Cristóbal Colón,
la América
católica, la América española,
la América
en que dijo el noble Guatemoc:
«Yo no
estoy en un lecho de rosas»; esa América
que tiembla
de huracanes y que vive de amor,
hombres de
ojos sajones y alma bárbara, vive.
Y sueña. Y
ama, y vibra, y es la hija del Sol.
Tened
cuidado. ¡Vive la América española!
Hay mil
cachorros sueltos del León Español.
Se
necesitaría, Roosevelt, ser, por Dios mismo,
el Riflero
terrible y el fuerte Cazador,
para poder
tenernos en vuestras férreas garras.
Y, pues
contáis con todo, falta una cosa: ¡Dios!\
IX
¡Torres de
Dios! ¡Poetas!
¡Pararrayos
celestes
que
resistís las duras tempestades,
como
crestas escuetas,
como picos
agrestes,
rompeolas
de las eternidades!
La mágica
esperanza anuncia un día
en que
sobre la roca de armonía
expirará la
pérfida sirena.
¡Esperad,
esperemos todavía!
Esperad
todavía.
El bestial
elemento se solaza
en el odio
a la sacra poesía
y se arroja
baldón de raza a raza.
La
insurrección de abajo
tiende a
los Excelentes.
El caníbal
codicia su tasajo
con roja
encía y afilados dientes.
Torres,
poned al pabellón sonrisa.
Poned, ante
ese mal y ese recelo,
una
soberbia insinuación de brisa
y una
tranquilidad de mar y cielo...
X
CANTO DE ESPERANZA
Un gran
vuelo de cuervos mancha el azul celeste.
Un soplo
milenario trae amagos de peste.
Se asesinan
los hombres en el extremo Este.
¿Ha nacido
el apocalíptico Anticristo?
Se han
sabido presagios, y prodigios se han visto
y parece
inminente el retorno del Cristo.
La tierra
está preñada de dolor tan profundo
que el
soñador, imperial meditabundo,
sufre con
las angustias del corazón del mundo.
Verdugos de
ideales afligieron la tierra,
en un pozo
de sombras la humanidad se encierra
con los
rudos molosos del odio y de la guerra.
¡Oh, Señor
Jesucristo!, ¿por qué tardas, qué esperas
para tender
tu mano de luz sobre las fieras
y hacer
brillar al sol tus divinas banderas?
Surge de
pronto y vierte la esencia de la vida
sobre tanta
alma loca, triste o empedernida,
que, amante
de tinieblas, tu dulce aurora olvida.
Ven, Señor,
para hacer la gloria de ti mismo,
ven con
temblor de estrellas y horror de cataclismo,
ven a traer
amor y paz sobre el abismo.
Y tu
caballo blanco, que miró al visionario,
pase. Y
suene el divino clarín extraordinario.
Mi corazón
será brasa de tu incensario.
XI
Mientras
tenéis, oh negros corazones,
conciliábulos de odio y de miseria,
el órgano
de Amor riega sus sones.
Cantan.
Oíd: «La vida es dulce y seria.»
Para ti,
pensador meditabundo,
pálido de
sentirte tan divino,
es más
hostil la parte agria del mundo.
Pero tu
carne es pan, tu sangre es vino.
Dejad pasar
la noche de la cena
––¡oh
Shakespeare pobre, y oh Cervantes manco!
y la pasión
del vulgo que condena.
Un gran
Apocalipsis horas futuras llena.
¡Ya surgirá
vuestro Pegaso blanco!
XII
HELIOS
¡Oh rüido
divino!
¡Oh rüido
sonoro!
Lanzó la
alondra matinal el trino,
y sobre ese
preludio cristalino,
los
caballos de oro
de que el
Hiperionida
lleva la
rienda asida,
al trotar
forman música armoniosa,
un
argentino trueno,
y en el
azul sereno
con sus
cascos de fuego dejan huellas de rosa.
Adelante,
¡oh cochero
celeste!,
sobre Osa
y Pellon,
sobre Titania viva.
Atrás se
queda el trémulo matutino lucero,
y el
universo el verso de su música activa.
Pasa, ¡oh
dominador, oh conductor del carro
de la
mágica ciencia! Pasa, pasa, ¡oh bizarro
manejador
de la fatal cuadriga
que al
pisar sobre el viento
despierta
el instrumento
sacro!
Tiemblan las cumbres
de los
montes más altos
que en sus
rítmicos saltos
tocó
Pegaso. Giran muchedumbres
de águilas
bajo el vuelo
de tu poder
fecundo,
y si hay
algo que iguale la alegria del cielo,
es el gozo
que enciende las entrañas del mundo.
¡Helios!,
tu triunfo es ése,
pese a las
sombras, pese
a la noche,
y al miedo, ya la lívida Envidia.
Tú pasas, y
la sombra, y el daño y la desidia,
y la negra
pereza, hermana de la muerte,
y el
alacrán del odio que su ponzoña vierte,
y Satán
todo, emperador de las tinieblas,
se hunden,
caen. Y haces el alba rosa, y pueblas
de amor y
de virtud las humanas conciencias,
riegas
todas las artes, brindas todas las ciencias;
los
castillos de duelo de la maldad derrumbas,
abres todos
los nidos, cierras todas las tumbas,
y sobre los
vapores del tenebroso Abismo,
pintas la
Aurora, el Oriflama de Dios mismo.
¡Helios!
Portaestandarte
de Dios,
padre del Arte,
la paz es
imposible, más el amor eterno.
Danos
siempre el anhelo de la vida,
y una
chispa sagrada de tu antorcha encendida,
con que
esquivar podamos la entrada del Infierno.
Que sientan
las naciones
el volar de
tu carro; que hallen los corazones
humanos, en
el brillo de tu carro, esperanza;
que el
alma-Quijote y el cuerpo-Sancho Panza
vuele una
psique cierta a la verdad del sueño;
que hallen
las ansias grandes de este vivir pequeño
una
realización invisible y suprema;
¡Helios!
¡Que no nos mate tu llama que nos quema!
Gloria
hacia ti del corazón de las manzanas,
de los
cálices blancos de los lirios,
y del amor
que manas
hecho de
dulces fuegos y divinos martirios,
y del
volcán inmenso,
y del hueso
minúsculo,
y del ritmo
que pienso,
y del ritmo
que vibra en el corpúsculo
y del
Oriente intenso
y de la
melodía del crepúsculo.
¡Oh rüido
divino!
Pasa sobre
la cruz del palacio que duerme,
y sobre el
alma inerme
de quien no
sabe nada. No turbes el destino.
¡Oh rüido
sonoro!
El hombre,
la nación, el continente, el mundo,
aguardan la
virtud de tu carro fecundo,
¡cochero
azul que riges los caballos de oro!
XIII
«SPES»
Jesús,
incomparable perdonador de injurias,
óyeme;
Sembrador de trigo, dame el tierno
pan de tus
hostias; dame, contra el sañudo infierno
una gracia
lustral de iras y lujurias.
Dime que
este espantoso horror de la agonía
que me
obsede, es no más de mi culpa nefanda;
que al
morir hallará la luz de un nuevo día,
y que
entonces oiré mi «¡Levántate y anda!»
XIV
MARCHA TRIUNFAL
¡Ya viene
el cortejo!
¡Ya viene
el cortejo! Ya se oyen los claros clarines.
La espada
se anuncia con vivo reflejo;
ya viene,
oro y hierro, el cortejo de los paladines.
Ya pasa,
debajo los arcos ornados de blancas Minervas y Martes,
los arcos
triunfales en donde las Famas erigen sus largas trompetas,
la gloria
solemne de los estandartes
llevados
por manos robustas de heroicos atletas.
Se escucha
el rüido que forman las armas de los caballeros,
los frenos
que mascan los fuertes caballos de guerra,
los cascos
que hieren la tierra,
y los
timbaleros
que el paso
acompasan con ritmos marciales.
¡Tal pasan
los fieros guerreros
debajo los
arcos triunfales!
Los claros
clarines de pronto levantan sus sones,
su canto
sonoro,
su cálido
coro,
que
envuelve en un trueno de oro
la augusta
soberbia de los pabellones.
El dice la
lucha, la herida venganza,
las ásperas
crines,
los rudos
penachos, la pica, la lanza,
la sangre
que riega de heroicos carmines
la tierra;
los negros
mastines
que azuza
la muerte, que rige la guerra.
Los áureos
sonidos
anuncian el
advenimiento
triunfal de
la Gloria;
dejando el
picacho que guarda sus nidos,
tendiendo
sus alas enormes al viento,
los
cóndores llegan. ¡Llegó la Victoria!
Ya pasa el
cortejo.
Señala el
abuelo los héroes al niño:
––ved cómo
la barba del viejo
los bucles
de oro circunda de armiño––.
Las bellas
mujeres aprestan coronas de flores,
y bajo los
pórticos vense sus rostros de rosa;
y la más
hermosa
sonríe al
más fiero de los vencedores.
¡Honor al
que trae cautiva la extraña bandera;
honor al
herido y honor a los fieles
soldados
que muerte encontraron por mano extranjera!
¡Clarines!
¡Laureles!
Las nobles
espadas de tiempos gloriosos,
desde sus
panoplias saludan las nuevas coronas y lauros:
––las
viejas espadas de los granaderos, más fuertes que osos,
hermanos de
aquellos lanceros que fueron centauros––.
Las trompas
guerreras resuenan;
de voces
los aires se llenan...
A aquellas
antiguas espadas,
a aquellos
ilustres aceros,
que
encarnan las glorias pasadas...
¡Y al sol
que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,
y al héroe
que guía su grupo de jóvenes fieros;
al que ama
la insigna del suelo materno,
al que ha
desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,
los soles
del rojo verano,
las nieves
y vientos del gélido invierno,
la noche,
la escarcha
y el odio y
la muerte, por ser por la patria inmortal,
saludan con
voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha
triunfal...
LOS CISNES
A Juan
R. Jiménez.
I
¿Qué signo
haces, oh Cisne, con tu encorvado cuello
al paso de
los tristes y errantes soñadores?
¿Por qué
tan silencioso de ser blanco y ser bello,
tiránico a
las aguas e impasible a las flores?
Yo te
saludo ahora como en versos latinos
te saludara
antaño Publio Ovidio Nasón.
Los mismos
ruiseñores cantan los mismos trinos,
y en
diferentes lenguas es la misma canción.
A vosotros
mi lengua no debe ser extraña.
A Garcilaso
visteis, acaso, alguna vez...
Soy un hijo
de América, soy un nieto de España...
Quevedo
pudo hablaros en verso en Aranjuez.
Cisnes, los
abanicos de vuestras alas frescas
den a las
frentes pálidas sus caricias más puras,
y alejen
vuestras blancas figuras pintorescas
de nuestras
mentes tristes las ideas obscuras.
Brumas
septentrionales nos llenan de tristezas,
se mueren
nuestras rosas, se agostan nuestras palmas,
casi no hay
ilusiones para nuestras cabezas,
y somos los
mendigos de nuestras pobres almas.
Nos
predican la guerra con águilas feroces,
gerifaltes
de antaño revienen a los puños,
mas no
brillan las glorias de las antiguas hoces,
ni hay
Rodrigos ni Jaimes, ni hay Alfonsos ni Nuños.
Faltos de
los alientos que dan las grandes cosas,
¿qué
haremos los poetas sino buscar tus lagos?
A falta de
laureles son muy dulces las rosas,
ya falta de
victorias busquemos los halagos.
La América
española como la España entera
fija está
en el Oriente de su fatal destino;
yo
interrogo a la Esfinge que el porvenir espera
con la
interrogación de tu cuello divino.
¿Seremos
entregados a los bárbaros fieros?
¿Tantos
millones de hombres hablaremos inglés?
¿Ya no hay
nobles hidalgos ni bravos caballeros?
¿Callaremos
ahora para llorar después?
He lanzado
mi grito, Cisnes, entre vosotros,
que habéis
sido los fieles en la desilusión,
mientras
siento una fuga de americanos potros
y el
estertor postrero de un caduco león...
...Y un
Cisne negro dijo: «La noche anuncia el día.»
Y uno
blanco: «¡La aurora es inmortal, la aurora
es
inmortal!» ¡Oh tierras de sol y de armonía,
aún guarda
la Esperanza la caja de Pandora!
II
EN
LA MUERTE DE RAFAEL NUÑEZ
Que sais-je?
El pensador
llegó a la barca negra;
y le vieron
hundirse
en las
brumas del lago del Misterio
los ojos de
los Cisnes.
Su manto de
poeta
reconocieron, los ilustres lises
y el laurel
y la espina entremezclados
sobre la
frente triste.
A lo lejos
alzábanse los muros
de la
ciudad teológica, en que vive
la
sempiterna Paz. La negra barca
llegó a la
ansiada costa y el sublime
espíritu
gozó la suma gracia;
y, ¡oh
Montaigne!, Núñez vio la cruz erguirse,
y halló al
pie de la sacra Vencedora
el helado
cadáver de la Esfinge.
III
Por un
momento, ¡oh Cisne!, juntaré mis anhelos
a los de
tus dos alas que abrazaron a Leda,
y a mi
maduro ensueño, aún vestido de seda,
dirás, por
los Dioscuros, la gloria de los cielos.
Es el
otoño. Ruedan de la flauta consuelos.
Por un
instante, ¡oh Cisne!, en la obscura alameda
sorberé
entre dos labios lo que el Pudor me veda,
y dejaré
mordidos Escrúpulos y Celos.
Cisne,
tendré tus alas blancas por un instante
y el
corazón de rosa que hay en tu dulce pecho
palpitará
en el mío con su sangre constante.
Amor será
dichoso, pues estará vibrante
el júbilo
que pone al gran Pan en acecho
mientras su
ritmo esconde la fuente de diamante.
IV
¡Antes de
todo, gloria a ti, Leda!
Tu dulce
vientre cubrió de seda
el Dios.
¡Miel y oro sobre la brisa!
Sonaban
alternativamente
flauta y
cristales, Pan y la fuente.
¡Tierra era
canto; Cielo, sonrisa!
Ante el
celeste, supremo acto,
dioses y
bestias hicieron pacto.
Se dio a la
alondra la luz del día,
se dio a
los búhos sabiduría,
y melodía
al ruiseñor.
A los
leones fue la victoria,
para las
águilas toda la gloria,
y a las
palomas todo el amor.
Pero
vosotros sois los divinos
príncipes.
Vagos como las naves,
inmaculados
como los linos,
maravillosos como las aves.
En vuestros
picos tenéis las prendas
que
manifiestan corales puros.
Con
vuestros pechos abrís las sendas
que arriba
indican los Dioscuros.
Las
dignidades de vuestros actos,
eternizadas
en lo infinito,
hacen que
sean ritmos exactos,
voces de
ensueño, luces de mito.
De orgullo
olímpico sois el resumen,
¡oh blancas
urnas de la armonía!
Ebúrneas
joyas que anima un numen
con su
celeste melancolía.
¡Melancolía
de haber amado,
junto a la
fuente de la arboleda,
el luminoso
cuello estirado
entre los
blancos muslos de Leda!
OTROS POEMAS
Al doctor Adolfo Altamirano
RETRATOS
I
Don Gil,
Don Juan, Don Lope, Don Carlos, Don Rodrigo,
¿cúya es
esta cabeza soberbia? ¿Esa faz fuerte?
¿Esos ojos
de jaspe? ¿Esa barba de trigo?
Este fue un
caballero que persiguió a la Muerte.
Cien veces
hizo cosas tan sonoras y grandes,
que de
águilas poblaron el campo de su escudo,
y ante su
rudo tercio de América o de Flandes
quedó el
asombro ciego, quedó el espanto mudo.
La coraza
revela fina labor; la espada
tiene la
cruz que erige sobre su tumba el miedo;
y bajo el
puño firme que da su luz dorada,
se afianza
el rayo sólido del yunque de Toledo.
Tiene
labios de Borgia, sangrientos labios dignos
de
exquisitas calumnias, de rezar oraciones
y de decir
blasfemias: rojos labios malignos
florecidos
de anécdotas en cien Decamerones.
Y con todo,
este hidalgo de un tiempo indefinido,
fue el abad
solitario de un ignoto convento,
y dedicó en
la muerte sus hechos: ¡Al olvido!
y el grito
de su vida luciferina: ¡Al viento!
2
En la forma
cordial de la boca, la fresa
solemniza
su púrpura; y en el sutil dibujo
de óvalo
del rostro de la blanca abadesa
la pura
frente es ángel y el ojo negro es brujo.
Al marfil
monacal de esa faz misteriosa
brota una
dulce luz de un resplandor interno,
que
enciende en sus mejillas un celeste rosa
en que su
pincelada fatal puso el Infierno.
¡Oh, Sor
María! ¡Oh, Sor María! ¡Oh, Sor María!
La mágica
mirada y el continente regio,
¿no
hicieron en un alma pecaminosa un día
brotar el
encendido clavel del sacrílegio?
Y parece
que el hondo mirar cosas dijera
especiosas
y ungidas de miel y de veneno.
(Sor María
murió condenada a la hoguera:
dos abejas
volaron de las rosas del seno.)
II
POR
EL INFLUJO DE LA PRIMAVERA
Sobre el
jarrón de cristal
hay flores
nuevas. Anoche
hubo una
lluvia de besos.
Despertó un
fauno bicorne
tras un
alma sensitiva.
Dieron su
olor muchas flores.
En la
pasional siringa
brotaron
las siete voces
que en
siete carrizos puso
Pan.
Antiguos
ritos paganos
se
renovaron. La estrella
de Venus
brilló más límpida
y
diamantina. Las fresas
del bosque
dieron su sangre.
El nido
estuvo de fiesta.
Un ensueflo
florentino
se enfloró
de primavera,
de modo que
en carne viva
renacieron
ansias muertas.
Imaginaos
un roble
que diera
una rosa fresca;
un buen
egipán latino
con una
bacante griega
y
parisiense. Una música
magnífica.
Una suprema
inspiración
primitiva,
llena de
cosas modernas.
Un vasto
orgullo viril
que aroma
el odor di fémina;
un trono de
roca en donde
descansa un
lirio.
¡Divina
Estación! ¡Divina
Estación!
Sonríe el alba
más
dulcemente. La cola
del pavo
real exalta
su
prestigio. El sol aumenta
su íntima
influencia; y el arpa
de los
nervios vibra sola.
¡Oh,
Primavera sagrada!
¡Oh, gozo
del don sagrado
de la vida!
¡Oh bella palma
sobre
nuestras frentes! ¡Cuello
del cisne!
¡Paloma blanca!
¡Rosa roja!
¡Palio azul!
¡Y todo por
ti, oh alma!
Y por ti,
cuerpo, y por ti,
idea, que
los enlazas.
¡Y por Ti,
lo que buscamos
y no
encontraremos nunca
jamás!
III
LA
DULZURA DEL ANGELUS
La dulzura
del ángelus matinal y divino
que diluyen
ingenuas campanas provinciales,
en un aire
inocente a fuerza de rosales,
de
plegaria, de énsueño de virgen y de trino
de
ruiseñor, opuesto todo al rudo destino
que no cree
en Dios... El áureo ovillo vespertino
que la
tarde devana tras opacos cristales
por tejer
la inconsútil tela de nuestros males,
todos
hechos de carne y aromados de vino...
y esta
atroz amargura de no gustar de nada,
de no saber
adónde dirigir nuestra prora,
mientras el
pobre esquife en la noche cerrada
va en las
hostiles olas huérfano de la aurora...
(¡Oh süaves
campanas entre la madrugada!)
IV
TARDE DEL TROPICO
Es la tarde
gris y triste.
Viste el
mar de terciopelo
y el cielo
profundo viste
de duelo.
Del abismo
se levanta
la queja
amarga y sonora.
La onda,
cuando el viento canta,
llora.
Los
violines de la bruma
saludan al
sol que muere.
Salmodia la
blanca espuma:
¡Miserere!
La armonía
el cielo inunda,
y la brisa
va a llevar
la canción
triste y profunda
del mar.
Del clarín
del horizonte
brota
sinfonía rara,
como si la
voz del monte
vibrara.
Cual si
fuese lo invisible...
Cual si
fuese el rudo son
que diese
al viento un terrible
león.
V
NOCTURNO
Quiero
expresar mi angustia en versos que abolida
dirán mi
juventud de rosas y de ensueños,
y la
desfloración amarga de mi vida
por un
vasto dolor y cuidados pequeños.
Y el viaje
a un vago Oriente por entrevistos barcos,
y el grano
de oraciones que floreció en blasfemias,
y los
azoramientos del cisne entre los charcos,
yel falso
azul nocturno de inquerida bohemia.
Lejano
clavicordio que en silencio y olvido
no diste
nunca al suefio la sublime sonata,
huérfano
esquife, árbol insigne, obscuro nido
que suavizó
la noche de dulzura de plata...
Esperanza
olorosa a hierbas frescas, trino
del
ruisefior primaveral y matinal,
azucena
tronchada por un fatal destino,
rebusca de
la dicha, persecución del mal...
El ánfora
funesta del divino veneno
que ha de
hacer por la vida la tortura interior;
la
conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror
de sentirse pasajero, el horror
de ir a
tientas, en intermitentes espantos,
hacia lo
inevitable desconocido, y la
pesadilla
brutal de este dormir de llantos
¡de la cual
no hay más que Ella que nos despertará!
VI
CANCIÓN DE OTOÑO EN PRIMAVERA
AG.
Martínez Sierra.
¡Juventud,
divino tesoro,
¡ya te vas
para no volver!
Cuando
quiero llorar, no lloro...
y a veces
lloro sin querer.
Plural ha
sido la celeste
historia de
mi corazón.
Era una
dulce niña, en este
mundo de
duelo y aflicción.
Miraba como
el alba pura;
sonreía
como una flor.
Era su
cabellera obscura
hecha de
noche y de dolor.
Yo era
tímido como un niño.
Ella,
naturalmente, fue,
para mi
amor hecho de armiño,
Herodías y
Salomé...
Juventud,
divino tesoro,
¡ya te vas
para no volver ...!
Cuando
quiero llorar, no lloro,
ya veces
lloro sin querer...
La otra fue
más sensitiva,
y más
consoladora y más
halagadora
y expresiva,
cual no
pensé encontrar jamás.
Pues a su
continua ternura
una pasión
violenta unía.
En un peplo
de gasa pura
una bacante
se envolvía...
En sus
brazos tomó mi ensueño
y lo
arrulló como a un bebé...
y le mató,
triste y pequeño,
falto de
luz, falto de fe...
Juventud,
divino tesoro,
¡te fuiste
para no volver!
Cuando
quiero llorar, no lloro,
y a veces
lloro sin querer...
Otra juzgó
que era mi boca
el estuche
de su pasión
y que me
roena, loca,
con sus
dientes el corazón
poniendo en
un amor de exceso
la mira de
su voluntad,
mientras
eran abrazo y beso
síntesis de
la eternidad:
y de
nuestra carne ligera
imaginar
siempre un Edén,
sin pensar
que la Primavera
y la carne
acaban también...
Juventud,
divino tesoro,
ira te vas
para no volver!
Cuando
quiero llorar, no lloro,
¡Y a veces
lloro sin querer!
¡Y las
demás!, en tantos climas,
en tantas
tierras, siempre son,
si no
pretexto de mis rimas,
fantasmas
de mi corazón.
En vano
busqué a la princesa
que estaba
triste de esperar.
La vida es
dura. Amarga y pesa.
¡Y no hay
princesa que cantar!
Mas a pesar
del tiempo terco,
mi sed de
amor no tiene fin;
con el
cabello gris me acerco
a los
rosales del jardín...
Juventud,
divino tesoro,
¡ya te vas
para no volver!...
Cuando
quiero llorar, no lloro,
y a veces
lloro sin querer...
¡Mas es mía
el Alba de oro!
VII
TREBOL
I
DE
DON LUIS DE GÓNGORA Y ARGOTE
A
DON DIEGO DE SILVA VELÁZQUEZ
Mientras el
brillo de tu gloria augura
ser en la
eternidad sol sin poniente,
fénix de
viva luz, fénix ardiente,
diamante
parangón de la pintura,
de España
está sobre la ves te obscura
tu nombre,
como joya reluciente;
rompe la
Envidia el fatigado diente,
y el Olvido
lamenta su amargura.
Yo en
equívoco altar, tú en sacro fuego,
miro a
través de mi penumbra el día
en que al
calor de tu amistad, Don Diego,
jugando de
la luz con la armonía,
con la alma
luz, de tu pincel el juego
el alma
duplicó de la faz mía.
2
DE
DON DIEGO DE SILVA VELÁZQUEZ
A
DON LUIS DE GÓNGORA y ARGOTE
Alma de
oro, fina voz de oro,
al venir
hacia mí, ¿por qué suspiras?
Ya empieza
el noble coro de las liras
a preludiar
el himno a tu decoro;
ya al
misterioso son del noble oro
calma al
Centauro sus grotescas iras,
y con nueva
pasión que les inspiras
tornan a
amarse Angélica y Medoro.
A Teócrito
y Poussin la Fama dote
con la
corona de laurel supremo;
que en
donde da Cervantes el Quijote
y yo las
telas con mis luces gemo,
para Don
Luis de Góngora y Argote
traerá una
nueva palma Polifelilo.
3
En tanto
pace estrellas el Pegaso divino,
y vela tu
hipogrifo, Velázquez, la Fortuna,
en los
celestes parques al Cisne gongorino
deshoja sus
sutiles margaritas la Luna.
Tu
castillo, Velázquez, se eleva en el camino
del Arte
como torre que de águilas es cuna,
y tu
castillo, Góngora, se alza al azul cual una
jaula de
ruiseñores labrada en oro fino.
Gloriosa la
peninsula que abriga tal colonia.
¡Aquí
bronce corintio, y allá mármol de Jonia!
Las rosas a
Velázquez, ya Góngora claveles.
De
ruiseñores y águilas se pueblan las encinas,
y mientras
pasa Angélica sonriendo a las Meninas,
salen las
nueve Musas de un bosque de laureles.
VIII
«CHARITAS»
A Vicente
de Paul, nuestro Rey Cristo
con dulce
lengua dice:
-Hijo mío,
tus labios
dignos son
de imprimirse
en la
herida que el ciego
en mi
costado abrió. Tu amor sublime
tiene
sublime premio: asciende y goza
del alto
galardón que conseguiste.
El alma de
Vicente llega al coro
de los
alados Angeles que al triste
mortal
custodian: eran más brillantes
que los
celestes astros. Cristo: «Sigue»,
dijo al
amado espíritu del Santo.
Ve entonces
la región en donde existen
los augusto
s Arcángeles, zodíaco
de
diamantina nieve, indestructibles
ejércitos
de luz y mensajeras
castas
palomas o águilas insignes.
Luego la
majestad esplendorosa
del coro de
los Príncipes,
que las
divinas órdenes realizan
y en el
humano espíritu presiden;
el coro de
las altas Potestades
que al
torrente infernal levantan diques;
el coro de
las místicas Virtudes,
las huellas
de los mártires
y las
intactas manos de las vírgenes;
el coro
prestigioso
de las
Dominaciones que dirigen
nuestras
almas al bien, y el coro excelso
de los
Tronos insignes,
que del
Eterno el solio,
cariátides
de luz indefinible,
sostienen
por los siglos de los siglos;
y el coro
de Quembes que compite
con la
antorcha del sol.
Por fin, la
gloria
de
teológico fuego en que se erigen
las llamas
vivas de inmortal esencia.
Cristo el
Santo bendice
y así
penetra el Serafín de Francia
al coro de
los ígneos Serafines.
IX
NO
OBSTANTE...
¡Oh
terremoto mental!
Yo sentí un
día en mi cráneo
como el
caer subitáneo
de una
Babel de cristal.
De Pascal
miré al abismo,
y vi lo que
pudo ver
cuando
sintió Baudelaire
«el ala del
idiotismo».
Hay, no
obstante, que ser fuerte:
pasar todo
precipicio
y ser
vencedor del Vicio,
de la
Locura y la Muerte.
X
El verso
sutil que pasa o se posa
sobre la
mujer o sobre la rosa,
beso puede
ser, o ser mariposa.
En la
fresca flor el verso sutil;
el triunfo
de Amor en el mes de Abril:
Amor, verso
y flor, la niña gentil.
Amor y
dolor. Halagos y enojos.
Herodías
ríe en los labios rojos.
Dos
verdugos hay que están en los ojos.
¡Oh, saber
amar es saber sufrir,
amar y
sufrir, sufrir y sentir,
y el hacha
besar que nos ha de herir!
Rosa de
dolor, gracia femenina;
inocencia y
luz, corola divina,
y aroma
fatal y crüel espina...
Líbramos,
Señor, de Abril y la flor,
y del cielo
azul, y del ruiseñor;
de dolor y
amor, libranos, Señor.
XI
FILOSOFIA
Saluda al
sol, araña, no seas rencorosa.
Da tus
gracias a Dios, oh sapo, pues que eres.
El peludo
cangrejo tiene espinas de rosa
y los
moluscos reminiscencias de mujeres.
Sabed ser
lo que sois, enigmas, siendo formas;
dejad la
responsabilidad a las Normas,
que a su
vez la enviarán al Todopoderoso...
(Toca,
grillo, a la luz de la luna, y dance el oso.)
XII
LEDA
El cisne en
la sombra parece de nieve;
su pico es
de ámbar, del alba al trasluz;
el suave
crepúsculo que pasa tan breve
las
cándidas alas sonrosa de luz.
Y luego, en
las ondas del lago azulado,
después que
la aurora perdió su arrebol,
las alas
tendidas y el cuello enarcado,
el cisne es
de plata, bailado de sol.
Tal es,
cuando esponja las plumas de seda,
olímpico
pájaro herido de amor,
y viola en
las linfas sonoras a Leda,
buscando su
pico los labios en flor.
Suspira la
bella desnuda y vencida,
y en tanto
que al aire sus quejas se van
del fondo
verdoso de fronda tupida
chispean
turbados los ojos de Pan.
XIII
DIVINA PSIQUIS
I
¡Divina
Psiquis, dulce mariposa invisible
que desde
los abismos has venido a ser todo
lo que en
mi ser nervioso y en mi cuerpo sensible
forma la
chispa sacra de la estatua de lodo!
Te asomas
por mis ojos a la luz de la tierra
y
prisionera vives en mí de extraño dueño:
te reducen
a esclava mis sentidos en guerra
y apenas
vagas libre por el jardín del sueño.
Sabia a la
Lujuria que sabes antiguas ciencias,
te sacudes
a veces entre imposibles muros,
y más allá
de todas las vulgares conciencias
exploras
los recodos más terribles y obscuros.
Y
encuentras sombra y duelo. Que sombra y duelo encuentres
bajo la
viña en donde nace el vino del Diablo.
Te posas en
los senos, te posas en los vientres
que
hicieron a Juan loco e hicieron cuerdo a Pablo.
A Juan
virgen, ya Pablo militar y violento;
a Juan que
nunca supo del supremo contacto;
a Pablo el
tempestuoso que halló a Cristo en el viento,
ya Juan
ante quien Hugo se queda estupefacto.
2
Entre la
catedral y las ruinas paganas
vuelas, ¡oh
Psiquis, oh alma mía!,
-como decía
aquel
celeste Edgardo,
que entró
en el Paraíso entre un són de campanas
y un
perfume de nardo-.
Entre la
catedral
y las
paganas ruinas
repartes
tus dos alas de cristal,
tus dos
alas divinas.
Y de la
flor
que el
ruiseñor
canta en su
griego antiguo, de la rosa,
vuelas, ¡oh,
Mariposa!,
a posarte
en un clavo de Nuestro Señor.
XIV
EL
SONETO DE TRECE VERSOS
De una
juvenil inocencia,
¡qué
conservar, sino el sutil
perfume,
esencia de su Abril,
la más
maravillosa esencia!
Por
lamentar a mi conciencia
quedó de un
sonoro marfil
un cuento
que fue de las Mil
y una
noches
de mi
existencia...
Scherezada
se entredurmió...
El Visir
quedó meditando...
Dinarzada
el día olvidó...
Mas al
pájaro azul volvió...
Pero...
No
obstante...
Siempre...
Cuando...
XV
¡Oh,
miseria de toda lucha por lo finito!
Es como el
ala de la mariposa
nuestro
brazo que deja el pensamiento escrito.
Nuestra
infancia vale la rosa,
el
relámpago nuestro mirar,
y el ritmo
que en el pecho
nuestro
corazón mueve,
es un ritmo
de onda de mar,
o un caer
de copo de nieve,
o el del
cantar
del
ruiseñor,
que dura lo
que dura el perfumar
de su
hermana la flor.
¡Oh,
miseria de toda lucha por lo finito!
El alma que
se advierte sencilla y mira clara-
mente la
gracia pura de la luz cara a cara,
como el
botón de rosa, como la coccinela,
esa alma es
la que al fondo del infinito vuela.
El alma que
ha olvidado la admiración, que sufre
en la
melancolía agria, olorosa a azufre,
de envidiar
malamente y duramente, anida
en un nido
de topos. Es manca. Está tullida.
¡Oh,
miseria de toda lucha por lo finito!
XVI
A
PHOCAS EL CAMPESINO
Phocás el
campesino, hijo mío, que tienes
en apenas
escasos meses de vida, tantos
dolores en
tus ojos que esperan tantos llantos
por el
fatal pensar que revelan tus sienes...
Tarda en
venir a este dolor a donde vienes,
a este
mundo terrible en duelos yen espantos;
duerme bajo
los Angeles, sueña bajo los Santos,
que ya
tendrás la Vida para que te envenenes...
Sueña, hijo
mío, todavía, y cuando crezcas,
perdóname
el fatal don de darte la vida
que yo
hubiera querido de azul y rosas frescas;
pues tú
eres la crisálida de mi alma entristecida,
y te he de
ver en medio del triunfo que merezcas
renovando
el fulgor de mi psique abolida.
XVII
¡Carne,
celeste carne de la mujer! Arcilla,
-dijo
Hugo-; ambrosía más bien, ¡ohmaravilla!
La vida se
soporta,
tan
doliente y tan corta,
solamente
por eso:
roce,
mordisco o beso
en ese pan
divino
para el
cual nuestra sangre es nuestro vino.
En ella
está la lira,
en ella
está la rosa,
en ella
está la ciencia armoniosa,
en ella se
respira
el perfume
vital de toda cosa.
Eva y
Cipris concentran el misterio
del corazón
del mundo.
Cuando el
áureo Pegaso
en la
victoria matinal se lanza
con el
mágico ritmo de su paso
hacia la
vida y hacia la esperanza,
si alza la
crin y las narices hincha
y sobre las
montañas pone el casco sonoro
y hacia la
mar relincha,
y el
espacio se llena
de un gran
temblor de oro,
es que ha
visto desnuda a Anadiomena.
Gloria, ¡oh
Potente a quien las sombras temen!
¡Que las
más blancas tórtolas te inmolen,
pues por ti
la floresta está en el polen
y el
pensamiento en el sagrado semen!
Gloria, ¡oh
Sublime, que eres la existencia
por quien
siempre hay futuros en el útero eterno!
¡Tu boca
sabe al fruto del árbol de la Ciencia
y al torcer
tus cabellos apagaste el infierno!
Inútil es
el grito de la legión cobarde
del
interés, inútil el progreso
yankee,
si te desdeña.
Si el
progreso es de fuego, por ti arde.
¡Toda lucha
del hombre va a tu beso,
por ti se
combate o se sueña!
Pues en ti
existe Primavera para el triste,
labor
gozosa para el fuerte
néctar,
ánfora, dulzura amable.
¡Porque en
ti existe
el placer
de vivir, hasta la muerte
y ante la
eternidad de lo probable...!
XVIII
UN
SONETO A CERVANTES
A
Ricardo Calvo.
Horas de
pesadumbre y de tristeza
paso en mi
soledad. Pero Cervantes
es buen
amigo. Endulza mis instantes
ásperos, y
reposa mi cabeza
El es la
vida y la naturaleza,
regala un
yelmo de oros y diamantes
a mis
sueños errantes.
Es para mí:
suspira, ríe y reza.
Cristiano y
amoroso caballero
parla como
un arroyo cristalino.
¡Así le
admiro y quiero,
viendo cómo
el destino
hace que
regocije al mundo entero
la tristeza
inmortal de ser divino!
XIX
MADRIGAL EXALTADO
A Mademoiselle Villagrán.
Dies irae, dies illa!
Solvet saeclum in
favilla
cuando
quema esa pupila!
La tierra
se vuelve loca,
el cielo a
la tierra invoca
cuando
sonríe esa boca.
Tiemblan
los lirios tempranas
y los
árboles lozanos
al contacto
de esas manos.
El bosque
se encuentra estrecho
el egipán
en acecho
cuando
respira ese pecho.
Sobre los
senderos es
como una
fiesta, después
que se han
sentido esos pies,
y el Sol,
sultán de orgullosas
rosas, dice
a sus hermosas
cuando en
primavera están:
¡Rosas,
rosas, dadme rosas
para Adela
Villagrán!
XX
MARINA
Mar
armonioso,
mar
maravilloso:
tu salada
fragancia,
tus colores
y músicas sonoras
me dan la
sensación divina de mi infancia,
en que
suaves las horas
venían en
un paso de danza reposada
a dejarme
un ensuefio o regalo de hada.
Mar
armonioso,
mar
maravilloso,
de arcadas
de diamante en que se rompe en vuelos
rítmicos
que denuncian algún ímpetu oculto,
espejo de
mis vagas ciudades de los cielos
blanco y
azul tumulto
de donde
brota un canto
inextinguible:
mar
paternal, mar santo:
mi alma
siente la influencia de tu alma invisible.
Velas de
los Colones
y velas de
los Vascos,
hostigadas
por odios de ciclones
ante la
hostilidad de los peñascos:
o galeras
de oro,
velas
purpúreas de bajeles
que
saludaron al mugir del toro
celeste,
con Europa sobre el lomo
que
salpicaba la revuelta espuma.
Magnífico y
sonoro
se oye en
las aguas como
un tropel
de tropeles,
¡tropel de
los tropeles de tritones!
Brazos
salen de la onda, suenan vagas canciones,
brillan
piedras preciosas,
mientras en
las revueltas extensiones
Venus y el
Sol hacen nacer mil rosas.
XXI
CLEOPOMPO Y HELIODEMO
A Vargas
Vila.
Cleopompo y
Heliodemo, cuya filosofía
es
idéntica, gustan dialogar bajo el verde
patio del
platanar. Allí Cleopompo muerde
la manzana
epicúrea, y Hellodemo fía
al aire su
confianza en la eterna armonía.
Mal haya
quien las Parcas inhumano recuerde:
Si una
sonora perla de la clepsidra pierde,
no volverá
a ofrecerla la mano que la envía.
Una vaca
aparece, crepuscular. Es hora
en que el
grillo en su lira hace halagos a Flora,
y en el
azul florece un diamante supremo;
y en la
pupila enorme de la bestia apacible,
miran como
que rueda en un ritmo invisible
la música
del mundo, Cleopompo y Heliodemo.
XXII
«¡AY, TRISTE DEL QUE UN DIA...!»
¡Ay, triste
del que un día en su esfinge interior
pone los
ojos e interroga! Está perdido.
¡Ay del que
pide eurekas al placer o al dolor!
Dos dioses
hay, y son: Ignorancia y Olvido.
Lo que el
árbol desea decir y dice al viento,
y lo que el
animal manifiesta en su instinto,
cristalizamos en palabra y pensamiento.
Nada más
que maneras expresan lo distinto.
XXIII
En el país
de las Alegorías
Salomé
siempre danza,
ante el
tiarado Herodes,
eternamente;
y la cabeza
de Juan el Bautista,
ante quien
tiemblan los leones,
cae al
hachazo. Sangre llueve.
Pues la
rosa sexual
al
entreabrirse
conmueve
todo lo que existe,
con su
efluvio carnal
y con su
enigma espiritual.
XXIV
AUGURIOS
A E.
Díaz Romero.
Hoy pasó un
águila
sobre mi
cabeza;
lleva en
sus alas
la
tormenta,
lleva en
sus garras
el rayo que
deslumbra y aterra.
¡Oh,
águila!
Dame la
fortaleza
de sentirme
en el lodo humano
con alas y
fuerzas
para
resistir los embates
de las
tempestades perversas,
y de arriba
las cóleras
y de abajo
las roedoras miserias.
Pasó un
búho
sobre mi
frente.
Yo pensé en
Minerva
y en la
noche solemne.
¡Oh, búho!
Dame tu
silencio perenne,
y tus ojos
profundos en la noche
y tu
tranquilidad ante la muerte
Dame tu
nocturno imperio
y tu
sabiduria celeste,
y tu cabeza
cual la de Jano,
que, siendo
una, mira a Oriente y Occidente.
Pasó una
paloma
que casi
rozó con sus alas mis labios.
¡Oh,
paloma!
Dame tu
profundo encanto
de saber
arrullar, y tu lascivia
en campo
tornasol, y en campo
de luz tu
prodigioso
ardor en el
divino acto.
(Y dame la
justicia en la naturaleza,
pues, en
este caso,
tú serás la
perversa
y el chivo
será el casto.)
Pasó un
gerifalte. ¡Oh, gerifalte!
Dame tus
uñas largas
y tus
ágiles alas cortadoras de viento,
y tus
ágiles patas,
y tus uñas
que bien se hunden
en las
carnes de la caza.
Por mi
cetrería
irás en
jiras fantásticas,
y me
traerás piezas famosas
y raras,
palpitantes
ideas,
sangrientas
almas.
Pasa el
ruiseñor.
¡Ah, divino
doctor!
No me des
nada. Tengo tu veneno,
tu puesta
de sol
y tu noche
de luna y tu lira,
y tu lirico
amor.
(Sin
embargo, en secreto,
tu amigo
soy,
pues más de
una vez me has brindado
en la copa
de mi dolor,
con el
elixir de la luna
celestes
gotas de Dios...)
Pasa un
murciélago.
Pasa una
mosca. Un moscardón.
Una abeja
en el crepúsculo.
No pasa
nada.
La muerte
llegó.
XXV
MELANCOLIA
A
Domingo Bolívar.
Hermano, tú
que tienes la luz, díme la mía.
Soy como un
ciego. Voy sin rumbo y ando a tientas.
Voy bajo
tempestades y tormentas
ciego de
ensueño y loco de armonía.
Ese es mi
mal. Soñar. La poesía
es la
camisa férrea de mil puntas crüentas
que llevo
sobre el alma. Las espinas sangrientas
dejan caer
las gotas de mi melancolía.
Y así voy,
ciego y loco, por este mundo amargo;
a veces me
parece que el camino es muy largo,
ya veces
que es muy corto...
Y en este
titubeo de aliento y agonía,
cargo lleno
de penas lo que apenas soporto.
¿No oyes
caer las gotas de mi melancolía?
XXVI
¡ALELUYA!
A Manuel
Machado.
Rosas
rosadas y blancas, ramas verdes,
corolas
frescas, y frescos
ramos,
¡Alegría!
Nidos en
los tibios árboles,
huevos en
los tibios nidos,
dulzura,
¡Alegría!
El beso de
esa muchacha
rubia, y el
de esa morena,
y el de esa
negra, ¡Alegría!
Y el
vientre de esa pequeña
de quince
años, y sus brazos
armoniosos,
¡Alegría!
Y el
aliento de la selva virgen,
y el de las
vírgenes hembras,
y las
dulces rimas de la Aurora,
¡Alegría,
Alegría, Alegría!
XXVII
DE
OTOÑO
Yo sé que
hay quienes dicen: ¿Por qué no canta ahora
con aquella
locura armoniosa de antaño?
Esos no ven
la obra profunda de la hora,
la labor
del minuto y el prodigio del año.
Yo, pobre
árbol, produje, el amor de la brisa,
cuando
empecé a crecer, un vago y dulce son.
Pasó ya el
tiempo de la juvenil sonrisa:
¡dejad al
huracán mover mi corazón!
XXVIII
A
GOYA
Poderoso
visionario,
raro
ingenio temerario,
por ti
enciendo mi incensario.
Por ti,
cuya gran paleta,
caprichosa,
brusca, inquieta,
debe amar
todo poeta;
por tus
lóbregas visiones,
tus blancas
irradiaciones,
tus negros
y bermellones;
por tus
colores dantescos,
por tus
majos pintorescos
y las
glorias de tus frescos.
Porque
entra en tu gran tesoro
el diestro
que mata al toro,
la niña de
rizos de oro,
y con el
bravo torero,
el infante,
el caballero,
la mantilla
y el pandero.
Tu
loca mano dibuja
la silueta
de la bruja
que en la
sombra se arrebuja,
y aprende
una abracadabra
del diablo
patas de cabra
que hace
una mueca macabra.
Musa
soberbia y confusa,
ángel,
espectro, medusa:
tal aparece
tu musa.
Tu
pincel asombra, hechiza:
ya en sus
claros electriza,
ya en sus
sombras sinfoniza;
con las
manolas amables,
los reyes,
los miserables,
o los
cristos lamentables.
En tu
claroscuro brilla
la luz
muerta y amarilla
de la
horrenda pesadilla,
o hace
encender tu pincel
los rojos
labios de miel
o la sangre
del clavel.
Tienen ojos
asesinos
en sus
semblantes divinos
tus ángeles
femeninos.
Tu
caprichosa alegría
mezclaba la
luz del día
con la
noche obscura y fría.
Así es de
ver y admirar
tu
misteriosa y sin par
pintura
crepuscular.
De lo que
da testimonio:
por tus
frescos, San Antonio;
por tus
brujas, el demonio.
XXIX
CARACOL
A
Antonio Machado.
En la playa
he encontrado un caracol de oro
macizo y
recamado de las perlas más finas;
Europa le
ha tocado con sus manos divinas
cuando
cruzó las ondas sobre el celeste toro.
He llevado
a mis labios el caracol sonoro
y he
suscitado el eco de las dianas marinas;
le acerqué
a mis oídos, y las azules minas
me han
contado en voz baja su secreto tesoro.
Así la sal
me llega de los vientos amargos
que en sus
hinchadas velas sintió la nave Argos
cuando
amaron los astros el sueño de Jasón;
y oigo un
rumor de olas y un incógnito acento
y un
profundo oleaje y un misterioso viento...
(El caracol
la forma tiene de un corazón.)
XXX
AMO,
AMAS...
Amar, amar,
amar, amar siempre, con todo
el ser y
con la tierra y con el cielo,
con lo
claro del sol y lo obscuro del lodo:
amar por
toda ciencia y amar por todo anhelo.
Y cuando la
montaña de la vida
nos sea
dura y larga y alta y llena de abismos,
amar la
inmensidad que es de amor encendida
¡y arder en
la fusión de nuestros pechos mismos!
XXXI
SONETO AUTUMNAL,
AL
MARQUES DE BRADOMIN
Marqués
(como el Divino lo eres), te saludo.
Es el
Otoño, y vengo de un Versalles doliente.
Había mucho
frío y erraba vulgar gente.
El chorro
de agua de Verlaine estaba mudo.
Me quedé
pensativo ante un mármol desnudo,
cuando vi
una paloma que pasó de repente,
y por caso
de cerebración inconsciente
pensé en ti.
Toda
exégesis en este caso eludo.
Versalles
otoñal; una paloma; un lindo
mármol; un
vulgo errante, municipal y espeso;
anteriores
lecturas de tus sutiles prosas;
la reciente
impresión de tus triunfos... Prescindo
de más
detalles para explicarte por eso
cómo,
autumnal, te envió este ramo de rosas.
XXXII
NOCTURNO
A
Mariano de Cavia.
Los que
auscultasteis el corazón de la noche,
los que por
el insomnio tenaz habéis oído
el cerrar
de una puerta, el resonar de un coche
lejano, un
eco vago, un ligero rüido...
En los
instantes del silencio misterioso,
cuando
surgen de su prisión los olvidados,
en la hora
de los muertos, en la hora del reposo,
sabréis
leer estos versos de amargor impregnados...
Como en un
vaso vierto en ellos mis dolores
de lejanos
recuerdos y desgracias funestas,
y las
tristes nostalgias de mi alma, ebria de flores,
y el duelo
de mi corazón, triste de fiestas.
y el pesar
de no ser lo que yo hubiera sido,
la pérdida
del reino que estaba para mí,
el pensar
que un instante pude no haber nacido,
¡y el sueño
que es mi vida desde que yo nací!
Todo esto
viene en medio del silencio profundo
en que la
noche envuelve la terrena ilusión,
y siento
como un eco del corazón del mundo
que penetra
y conmueve mi propio corazón.
XXXIII
URNA
VOTIVA
A
Lamberti.
Sobre el
caro despojo esta urna cincelo:
un amable
frescor de inmortal siempreviva
que decore
la greca de la urna votiva
en la copa
que guarda rocío del cielo;
una alondra
fugaz sorprendida en su vuelo
cuando
fuese a cantar en la rama de oliva,
una estatua
de Diana en la selva nativa
que la Musa
Armonía envolviera en su velo.
Tal, si
fuese escultor, con amor cincelara
en el
mármol divino que me brinda Carrara,
coronando
la obra una lira, una cruz;
y sería mi
sueño, al nacer de la aurora,
contemplar,
en la faz de una niña que llora,
una lágrima
llena de amor y de luz.
XXXIV
PROGRAMA MATINAL
¡Claras
horas de la mañana
en que mil
clarines de oro
dicen la
divina diana!
¡Salve al
celeste Sol sonoro!
En la
angustia de la ignorancia
de lo
porvenir, saludemos
la barca
llena de fragancia
que tiene
de marfil los remos.
Epicúreos o
soñadores,
amemos la
gloriosa Vida,
siempre
coronados de flores
¡Y siempre
la antorcha encendida!
Exprimamos
de los racimos
de nuestra
vida transitoria
los
placeres por que vivimos
y los
champañas de la gloria.
Devanemos
de amor los hilos,
hagamos,
porque es bello, el bien,
y después
durmamos tranquilos
y por
siempre jamás. Amén.
XXXV
IBIS
Cuidadoso
estoy siempre ante el Ibis de Ovidio,
enigma
humano tan ponzoñoso y süave
que casi no
pretende su condición de ave
cuando se
ha conquistado sus terrores de ofidio.
XXXVI
THANATOS
En medio
del camino de la vida...
dijo Dante.
Su verso se convierte:
En medio
del camino de la muerte.
Y no hay
que aborrecer a la ignorada
emperatriz
y reina de la Nada.
Por ella
nuestra tela está tejida,
y ella en
la copa de los sueños vierte
un
contrario nepente: ¡ella no olvida!
XXXVII
OFRENDA
Bandera que
aprisiona
el aliento
de Abril,
corona
tu torre de
marfil.
Cual
princesa encantada,
eres mimada
por
un hada
de rosado
color.
Las rosas
que tú pises
tu boca han
de envidiar;
los lises,
tu pureza
estelar.
Carrera de
Atalanta
lleva tu
dicha en flor;
y canta
tu nombre
un ruiseñor.
Y si
meditabunda
sientes
pena fugaz,
inunda
luz celeste
tu faz.
Ronsard, lira de Galia,
te daría un
ron del;
Italia
te brindara
el pincel,
para que la
corona
tuviese,
celestial
Madona,
en un
lienzo inmortal.
Ten el
laurel cariño,
hoy, cuando
aspiro a que
vaya a
ornar tu corpiño
mi rimado
bouquet.
XXXVIII
PROPOSITO PRIMAVERAL
A Vargas
Vila.
A saludar
me ofrezco y a celebrar me obligo
tu triunfo,
Amor, al beso de la estación que llega
mientras el
blanco cisne del lago azul navega
en el
mágico parque de mis triunfos testigo.
Amor, tu
hoz de oro ha segado mi trigo;
por ti me
halaga el suave son de la flauta griega,
y por ti
Venus pródiga sus manzanas me entrega
y me brinda
las perlas de las mieles del higo.
En el
erecto término coloco una corona
en que de
rosas frescas la púrpura detona;
y en tanto
canta el agua bajo el boscaje obscuro,
junto a la
adolescente que en el misterio inicio
apuraré,
alternando con tu dulce ejercicio,
las ánforas
de oro del divino Epicuro.
XXXIX
LETANIAS DE NUESTRO SEÑOR
DON
QUIJOTE
A
Navarro Ledesma.
Rey de los
hidalgos, señor de los tristes,
que de
fuerza alimentas y de ensueños vistes,
coronado de
áureo y yelmo de ilusión;
que nadie
ha podido vencer todavía,
por la
adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza
en ristre, toda corazón.
Noble
peregrino de los peregrinos,
que
santificaste todos los caminos
con el paso
augusto de tu heroicidad,
contra las
certezas, contra las conciencias,
y contra
las leyes y contra las ciencias,
contra la
mentira, contra la verdad...
Caballero
errante de los caballeros,
barón de
varones, príncipe de fieros,
par entre
los pares, maestro, ¡salud!
¡Salud,
porque juzgo que hoy muy poca tienes,
entre los
aplausos o entre los desdenes,
y entre las
coronas y los parabienes
y las
tonterías de la multitud!
¡Tú, para
quien pocas fueron las victorias
antiguas, y
para quien clásicas glorias
serían
apenas de ley y razón,
soportas
elogios, memorias, discursos,
resistes
certámenes, tarjetas, concursos,
y, teniendo
a arfeo, tienes a orfeón!
Escucha,
divino Rolando del sueño,
a un
enamorado de tu Clavileño,
y cuyo
Pegas o relincha hacia ti;
escucha los
versos de estas letanías,
hechas con
las cosas de todos los días
y con otras
que en lo misterioso vi.
¡Ruega por
nosotros, hambrientos de vida,
con el alma
a tientas, con la fe perdida,
llenos de
congojas y faltos de sol;
por
advenedizas almas de manga ancha,
que
ridiculizan el ser de la Mancha,
el ser
generoso y el ser español!
¡Ruega por
nosotros, que necesitamos
las mágicas
rosas, los sublimes ramos
de laurel!
Pro nobis ora, gran señor.
(Tiemblan
las florestas de laurel del mundo,
y antes que
tu hermano vago, Segismundo,
el pálido
Hámlet te ofrece una flor.)
Ruega
generoso, piadoso, orgulloso;
ruega,
casto, puro, celeste, animoso;
por nos
intercede, suplica por nos,
pues casi
ya estamos sin savia, sin brote,
sin alma,
sin vida, sin luz, sin Quijote,
sin pies y
sin alas, sin Sancho y sin Dios.
De tantas
tristezas, de dolores tantos,
de los
superhombres de Nietzsche, de cantos
áfonos,
recetas que firma un doctor,
de las
epidemias de horribles blasfemias
de las
Academias,
¡líbranos,
señor!
De rudos
malsines,
falsos
paladines,
y espíritus
finos y blandos y ruines,
del hampa
que sacia
su
canallocracia
con burlar
la gloria, la vida, el honor,
del puñal
con gracia,
¡líbranos,
señor!
Noble
peregrino de los peregrinos,
que
santificaste todos los caminos
con el paso
augusto de tu heroicidad,
contra las
certezas, contra las conciencias
y contra
las leyes y contra las ciencias,
contra la
mentira, contra la verdad...
¡Ora por
nosotros, señor de los tristes,
que de
fuerza alientas y de sueños vistes,
coronado de
áureo yelmo de ilusión;
que nadie
ha podido vencer todavía,
por la
adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza
en ristre, toda corazón!
XL
ALLA
LEJOS
Buey que vi
en mi niñez echando vaho un día
bajo el
nicaragüense sol de encendidos oros,
en la
hacienda fecunda, plena de la armonía
del
trópico; paloma de los bosques sonoros
del viento,
de las hachas, de pájaros y toros
salvajes,
yo os saludo, pues sois la vida mía.
Pesado
buey, tú evocas la dulce madrugada
que llamaba
a la ordeña de la vaca lechera,
cuando era
mi existencia toda blanca y rosada;
y tú,
paloma arrulladora y montañera,
significas
en mi primavera pasada
todo lo que
hay en la divina Primavera.
XLI
LO
FATAL
A René Pérez.
Dichoso el
árbol que es apenas sensitivo,
y más la
piedra dura, porque ésta ya no siente,
pues no hay
dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor
pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no
saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor
de haber sido y un futuro terror...
Y el
espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir
por la vida y por la sombra y por
lo que no
conocemos y apenas sospechamos,
y la carne
que tienta con sus frescos racimos
y la tumba
que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡y no saber
adónde vamos,
ni de dónde
venimos...!
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