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XXIII Carlos y yo nos presentamos en el comedor. Los asientos estaban distribuidos así: presidía mi padre la mesa; a su izquierda acababa de sentarse mi madre; a su derecha don Jerónimo, que desdoblaba la servilleta sin interrumpir la pesada historia de aquel pleito que por linderos sostenía con don Ignacio; a continuación del de mi madre había un asiento vacío y otro al lado del señor de M...; en seguida de éstos, dándose frente, se hallaban María y Emma, y después los niños. Cumplíame señalarle a Carlos cuál de los dos asientos vacantes debía ocupar. A tiempo de enseñárselo, María, sin mirarme, apoyó una mano en la silla que tenía inmediata, como solía hacerlo para indicarme, sin que lo comprendiesen los demás, que podía estar cerca de ella. Dudando quizá ser entendida, buscó instantáneamente mis ojos con los suyos, cuyo lenguaje en tales ocasiones me era tan familiar. No obstante, ofrecí a Carlos la silla que ella me brindaba, y me senté al lado de Emma. Puso milagrosamente don Jerónimo punto final a su alegato de conclusión que había presentado al juzgado el día anterior, y volviéndose a mí, dijo: —Vaya que les ha costado trabajo a ustedes interrumpir sus conferencias. De todo habrá habido: buenos recuerdos del pasado, de ciertas vecindades que teníamos en Bogotá... proyectos para el porvenir... Corriente. No hay como volver a ver un condiscípulo querido. Yo tuve que olvidarme de que ustedes deseaban verse. No acuse usted a Carlos por tanta demora, pues él fue capaz hasta de proponerme venirse solo. Manifesté a don Jerónimo que no podía perdonarle el que me hubiese privado por tanto tiempo el placer de verlos a él y a Carlos; y que sin embargo, sería menos rencoroso si la permanencia de ellos en casa era larga. A lo cual me respondió, con la boca no tan desocupada como fuera de desearse, y mirándome al soslayo mientras tomaba un sorbo de chocolate: —Eso es difícil, porque mañana empiezan las datas de sal. Después de un momento de pausa, durante el cual sonrió mi madre imperceptiblemente, continuó: —Y no hay remedio: si no estoy yo allá, debe estar éste. —Tenemos mucho que hacer —apuntó Carlos con cierta suficiencia de hombre de negocios, la cual debió de parecerle oportuna sabiendo que cazar y estudiar eran mis ocupaciones ordinarias. María, resentida tal vez conmigo, esquivaba mirarme. Estaba bella más que nunca, así ligeramente pálida. Llevaba un traje de gasa negra profusamente salpicado de uvillas azules, cuya falda, cayendo en numerosísimos pliegues, susurraba cuando ella andaba tan quedo como las brisas de la noche en los rosales de mi ventana. Tenía el pecho cubierto con una pañoleta transparente del mismo color del traje, la que parecía no atreverse a tocar ni la base de su garganta de tez de azucena; pendiente de ésta, en un cordón de pelo negro, brillaba una crucecita de diamantes; la cabellera, dividida en dos trenzas de abundantes guedejas, le ocultaba a medias las sienes y ondeaba en sus espaldas. La conversación se había hecho general; y mi hermana me preguntó casi en secreto por qué había preferido aquel asiento. Yo le respondí con un “así debe ser” que no la satisfizo: miróme con extrañeza y buscó luego en vano los ojos de María: estaban tenazmente velados por sus párpados de rasoperla. Levantados los manteles, se hizo la oración de costumbre. Nos invitó mi madre a pasar al salón: don Jerónimo y mi padre se quedaron a la mesa hablando de sus empresas de campo. Presentéle a Carlos la guitarra de mi hermana, pues sabía que él tocaba bastante bien ese instrumento. Después de algunas instancias convino en tocar algo. Preguntó a Emma y a María, mientras templaba, si no eran aficionadas al baile; y como se dirigiese en particular a la última, ella le respondió que nunca había bailado. El se volvió hacia mí, que regresaba en ese momento de mi cuarto, diciéndome: —¡Hombre!, ¿es posible? —¿Qué? —Que no hayas dado algunas lecciones de baile a tu hermana y a tu prima. No te creía tan egoísta. ¿O será que Matilde te impuso por condición que no generalizaras sus conocimientos? —Ella confió en los tuyos para hacer del Cauca un paraíso de bailarines —le contesté. —¿En los míos? Me obligas a confesar a las señoritas que habría aprovechado más, si tú no hubieras asistido a tomar lecciones al mismo tiempo que yo. —Pero eso consistió en que ella tenía esperanza de satisfacerte en el diciembre pasado, puesto que esperaba verte en el primer baile que se diese en Chapinero. La guitarra estaba templada y Carlos tocó una contradanza que él y yo teníamos motivos para no olvidar. —¿Qué te acuerda esta pieza? —preguntóme poniéndose la guitarra perpendicularmente sobre las rodillas. —Muchas cosas, aunque ninguna en particular. —¿Ninguna?, ¿y aquel lance jocoserio que tuvo lugar entre los dos, en casa de la señora...? —¡Ah!, sí; ya caigo. —Se trataba —dijo— de evitar un mal rato a nuestra puntillosa maestra: tú ibas a bailar con ella, y yo... —Se trataba de saber cuál de nuestras parejas debía poner la contradanza. —Y debes confesarme que triunfé, pues te cedí mi puesto —replicó Carlos riendo. —Yo tuve la fortuna de no verme obligado a insistir. Haznos el favor de cantar. Mientras duró este diálogo, María, que ocupaba con mi hermana el sofá a cuyo frente estábamos Carlos y yo, fijó por un instante la mirada en mi interlocutor, para notar al punto lo que sólo para ella era evidente, que yo estaba contrariado; y fingió luego distraerse en anudar sobre el regazo los rizos de las extremidades de sus trenzas. Insistió mi madre en que Carlos cantara. El entonó con voz llena y sonora una canción que andaba en boga en aquellos días, la cual empezaba así: El ronco son de la guerrera trompa Llamó tal vez a la sangrienta lid, Y entre el rumor de belicosa pompa Marcha contento al campo el adalid. Una vez que Carlos dio fin a su trova, suplicó a mi hermana y a María que cantasen también. Esta parecía no haber oído de qué se trataba. ¿Habrá Carlos descubierto mi amor, me decía yo, y complacídose por eso en hablar así? Me convencí después de que lo había juzgado mal, de que si él era capaz de una ligereza, nunca lo sería de una malignidad. Emma estaba pronta. Acercándose a María, le dijo: —¿Cantamos? —¿Pero qué puedo yo cantar? —le respondió. Me aproximé a María para decirle a media voz: —¿No hay nada que te guste cantar, nada? Miróme entonces como lo hacía siempre al decirle yo algo en el tono con que pronuncié aquellas palabras: y jugó un instante en sus labios una sonrisa semejante a la de una linda niña que se despierta acariciada por los besos de su madre. —Sí, las Hadas —contestó. Los versos de esta canción habían sido compuestos por mí. Emma, que los había encontrado en mi escritorio, les adaptó la música de otros que estaban de moda. En una de aquellas noches de verano en que los vientos parecen convidarse al silencio para escuchar vagos rumores y lejanos ecos; en que la luna tarda o no aparece, temiendo que su luz importune; en que el alma, como una amante adorada que por unos momentos nos deja, se deshace de nosotros poco a poco y sonriendo, para tornar más que nunca amorosa; en una noche así, María, Emma y yo estábamos en el corredor del lado del valle, y después de haber arrancado la última a la guitarra algunos acordes melancólicos, concertaron ellas sus voces incultas pero vírgenes como la naturaleza que cantaban. Sorprendíme, y me parecieron bellas y sentidas mis malas estrofas. Terminada la última, María apoyó la frente en el hombro de Emma, y cuando la levantó, entusiasmado murmuré a su oído el último verso. ¡Ah! Ellos parecen conservar aún de María no sé si un aroma; algo como la humedad de sus lágrimas. Helos aquí: Soñé vagar por bosques de palmeras Cuyos blondos plumajes, al hundir Su disco el sol en las lejanas sierras, Cruzaban resplandores de rubí. Del terso lago se tiñó de rosa La superficie límpida y azul, Y a sus orillas garzas y palomas Posábanse en los sauces y bambús. Muda la tarde, ante la noche muda Las gasas de su manto recogió: Del indo mar dormido en las espumas La luna hallóla y a sus pies el sol. Ven conmigo a vagar bajo las selvas Donde las Hadas templan mi laúd; Ellas me han dicho que conmigo sueñas, Que me harán inmortal si me amas tú. Mi padre y el señor de M... entraron al salón a tiempo que la canción terminaba. El primero, que sólo tarareaba entre dientes algún aire de su país, en los momentos en que la apacibilidad de su ánimo era completa, tenía afición a la música y la había tenido al baile en su juventud. Don Jerónimo, después de sentarse tan cómodamente como pudo en un mullido sofá, bostezó de seguida dos veces. —No había oído esa música con esos versos —observó Carlos a mi hermana. —Ella los leyó en un periódico —le contesté— y le puso la música con que se cantan otros. Los creo malos —agregué—: ¡publican tantas insulseces de esta laya en los periódicos! Son de un poeta habanero; y se conoce que Cuba tiene una naturaleza semejante a la del Cauca. María, mi madre y mi hermana se miraron unas a otras con extrañeza, sorprendidas de la frescura con que engañaba yo a Carlos; mas era porque no estaban al corriente del examen que él había hecho por la tarde de los libros de mi estante, examen en que tan mal parados dejó a mis autores predilectos; y acordándome con cierto rencor de lo que sobre el Quijote había dicho, añadí: —Tú debes de haber visto esos versos en El Día, y es que no te acuerdas; creo que están firmados por un tal Almendárez. —Como que no —dijo—; tengo para eso tan mala memoria... Si son los que le he oído recitar a mi prima... francamente, me parecen mejores cantados por estas señoritas. Tenga usted la bondad de decirlos —agregó dirigiéndose a María. Esta, sonriendo, preguntó a Emma. —¿Cómo empieza el primero?... Si a mí se me olvidan. Dilos tú, que los sabes bien. —Pero usted acaba de cantarlos —le observó Carlos— y recitarlos es más fácil; por malos que fueran, dichos por usted serían buenos. María los repitió; mas al llegar a la última estrofa su voz era casi trémula. Carlos le dio las gracias, agregando: —Ahora sí estoy casi seguro de haberlos oído antes. ¡Bah!, me decía yo: de lo que Carlos está cierto es de haber visto todos los días lo que mis malos versos pintan; pero sin darse cuenta de ello, como ve su reloj. XXIV Llegó la hora de retirarnos, y temiendo yo que me hubiesen preparado cama en el mismo cuarto que a Carlos, me dirigí al mío: de él salían en ese momento mi madre y María. —Yo podré dormir solo aquí, ¿no es verdad? —pregunté a la primera, quien comprendiendo el motivo de la pregunta, respondió: —No; tu amigo. —¡Ah! sí, las flores —dije viendo las de mi florero puestas en él por la mañana y que llevaba en un pañuelo María—. ¿Adónde las llevas? —Al oratorio, porque como no ha habido tiempo hoy para poner otras allá... Le agradecí sobremanera la fineza de no permitir que las flores destinadas por ella para mí, adornasen esa noche mi cuarto y estuviesen al alcance de otro. Pero ella había dejado el ramo de azucenas que yo había traído aquella tarde de la montaña, aunque estaba muy visible sobre mi mesa, y se las presenté diciéndole: —Lleva también estas azucenas para el altar: Tránsito me las dio para ti, al recomendarme te avisara que te había elegido para madrina de su matrimonio. Y como todos debemos rogar por su felicidad... —Sí, sí —me respondió—; ¿conque quiere que yo sea su madrina? —añadió como consultando a mi madre. —Eso es muy natural —le dijo ésta. —¡Y yo que tengo un traje tan lindo para que le sirva ese día! Es necesario que le digas que yo me he puesto muy contenta al saber que nos... que me ha preferido para su madrina. Mis hermanos, Felipe y el que le seguía, recibieron con sorpresa y placer la noticia de que yo pasaría la noche en el mismo cuarto que ellos. Habíanse acomodado los dos en una de las camas para que me sirviera la de Felipe: en las cortinas de ésta había prendido María el medallón de la Dolorosa, que estaba en las de mi cuarto. Luego que los niños rezaron arrodilladitos en su cama, me dieron las buenas noches, y se durmieron después de haberse reído de los miedos que mutuamente se metían con la cabeza del tigre. Esa noche no solamente estaba conmigo la imagen de María: los ángeles de la casa dormían cerca de mí: al despuntar el Sol vendría ella a buscarlos para besar sus mejillas y llevarlos a la fuente, donde les bañaba los rostros con sus manos blancas y perfumadas como las rosas de Castilla que ellos recogían para el altar y para ella. XXV Despertóme al amanecer el cuchicheo de los niños, que en vano se estimulaban a respetar mi sueño. ¡Las palomas cogidas en esos días, y que alicortadas obligaban ellos a permanecer en baúles vacíos, gemían espiando los primeros rayos de luz que penetraban en el aposento por las rendijas. —No abras —decía Felipe— no abras, que mi hermano está dormido, y se salen las cuncunas. —Pero si María nos llamó ya —replicó el chiquito. —No hay tal: yo estoy despierto hace rato, y no ha llamado. —Sí, ya sé lo que quieres: irte corriendo primero que yo a la quebrada para decir luego que sólo en tus anzuelos han caído negros. —Como a mí me cuesta mi trabajo ponerlos bien... —le interrumpió Felipe. —¡Vea que gracia! Si es Juan Ángel el que te los pone en los charcos buenos. E insistía en abrir. —¡No abras! —replicó Felipe enfadado ya—: aguárdate veo si Efraín está dormido. Y diciendo esto, se acercó de puntillas a mi cama. Tomélo entonces por el brazo, diciéndole: —¡Ah bribón!, conque le quitas los pescados al chiquito. Riéronse ambos y se acercaron a poner la demanda respetuosamente. Quedó todo arreglado con la promesa que les hice de que por la tarde iría yo a presenciar la postura de los anzuelos. Levantéme y dejándolos atareados en encarcelar las palomas que aleteaban buscando salida al pie de la puerta, atravesé el jardín. Los azahares, albahacas y rosas daban al viento sus delicados aromas, al recibir las caricias de los primeros rayos de sol, que se asomaban ya sobre la cumbre de Morrillos, esparciendo hasta el cenit azul pequeñas nubes de rosa y oro. Al pasar por frente a la ventana de Emma, oí que hablaban ella y María, interrumpiéndose para reír. Producían sus voces, con especialidad la de María, por el incomparable susurro de sus eses, algo parecido al ruido que formaban las palomas y azulejos al despertarse en los follajes de los naranjos y madroños del huerto. Conversaban bajo don Jerónimo y Carlos, paseándose por el corredor de sus cuartos, cuando salté el vallado del huerto para caer al patio exterior. —¡Opa! —dijo el señor de M...— madruga usted como un buen hacendado. Yo creía que era tan dormiloncito como su amigo cuando vino de Bogotá; pero los que viven conmigo tienen que acostumbrarse a mañanear. Siguió haciendo una larga enumeración de las ventajas que proporciona el dormir poco; a todo lo cual podría habérsele contestado que lo que él llamaba dormir poco no era otra cosa que dormir mucho empezando temprano; pues confesaba que tenía por hábito acostarse a las siete u ocho de la noche, para evitar la jaqueca. La llegada de Braulio, a quien Juan Ángel había ido a llamar a la madrugada, cumpliendo la orden que le di por la noche, nos impidió disfrutar el final del discurso del señor de M... Traía Braulio un par de perros, en los cuales no habría sido fácil a otro menos conocedor de ellos que yo, reconocer los héroes de nuestra cacería del día anterior. Mayo gruñó al verlos y vino a esconderse tras de mí con muestras de antipatía invencible: él, con su blanca piel, todavía hermosa, las orejas caídas y el ceño y mirar severos, dábase ante los lajeros del montañés un aire de imponderable aristocracia. Braulio saludó humildemente y se acercó a preguntarme por la familia a tiempo que yo le tendía la mano con afecto. Sus perros me hicieron agasajos en prueba de que les era más simpático que Mayo. —Tendremos ocasión de ensayar tu escopeta —dije a Carlos—. He mandado pedir dos perros muy buenos a Santa Elena, y aquí tiene un compañero con el cual no gastan burlas los venados, y dos cachorros muy diestros. —¿Esos? —preguntó desdeñosamente Carlos. —¿Con tales chandosos? —agregó don Jerónimo. —Sí, señor, con los mismos. —Lo veré y no lo creeré —contestó el señor de M... emprendiendo de nuevo sus paseos por el corredor. Acababan de traernos el café, y obligué a Braulio a que aceptase la taza destinada para mí. Carlos y su padre no disimularon bien la extrañeza que les causó mi cortesía para con el montañés. Poco después, el señor de M... y mi padre montaron para ir a visitar los trabajos de la hacienda. Braulio, Carlos y yo, nos dedicamos a preparar las escopetas y a graduar carga a la que mi amigo quería ensayar. Estábamos en ello cuando mi madre me hizo saber disimuladamente que quería hablarme. Me esperaba en su costurero. María y mi hermana estaban en el baño. Haciéndome sentar cerca de ella, me dijo: —Tu padre insiste en que se dé cuenta a María de la pretensión de Carlos. ¿Crees tú también que debe hacerse así? —Creo debe hacerse lo que mi padre disponga. —Se me figura que opinas de esa manera por obedecerle, no porque deje de impresionarte el que se tome tal resolución. —He ofrecido observar esa conducta. Por otra parte, María no es aún mi prometida y se halla en libertad para decidir lo que le parezca. Ofrecí no decirle nada de lo acordado con ustedes; y he cumplido. —Yo temo que la emoción que va a causarle a María el imaginarse que tu padre y yo estamos lejos de aprobar lo que pasa entre vosotros, le haga mucho mal. No ha querido tu padre hablar al señor de M... de la enfermedad de María, temerosos de que se estime eso como un pretexto de repulsa; y como él y su hijo saben que ella posee una dote... lo demás no quiero decirlo, pero tú lo comprendes. ¿Qué debemos hacer, pues, dilo tú, para que María no piense ni remotamente que nosotros nos oponemos a que sea tu esposa; sin dejar yo de cumplir al mismo tiempo con lo prevenido últimamente por tu padre? —Tan sólo hay un medio. —¿Cuál? —Voy a decírselo a usted; y me prometo que lo aprobará; le suplico desde ahora que lo apruebe. Revelémosle a María el secreto que mi padre ha impuesto sobre el consentimiento que me tiene dado de ver en ella a la que debe ser mi esposa. Yo le ofrezco a usted que seré prudente y que nada dejaremos notar a mi padre que pueda hacerle comprender esta infidencia necesaria. ¿Podré yo seguir guardando esa conducta que él exige, sin ocasionar a María penas que le harán mayor daño que confesárselo todo? Confíe usted en mí: ¿No es verdad que hay imposibilidad para hacer lo que mi padre desea? Usted lo ve: ¿No lo cree así? Mi madre guardó silencio unos instantes, y luego, sonriendo de la manera más cariñosa, dijo: —Bueno; pero con tal que no olvides que no debes prometerle sino aquello que puedas cumplir. ¿Y cómo le hablaré de la propuesta de Carlos? —Como hablaría a Emma en idéntico caso; y diciéndole después lo que me ha prometido manifestarle. Si no estoy engañado, las primeras palabras de usted le harán experimentar una impresión dolorosa, pues que ellas le darán motivo para temer que usted y mi padre se opongan decididamente a nuestro enlace. Ella oyó lo que hablaron en cierta ocasión sobre su enfermedad, y sólo el trato afable que usted ha seguido dándole y la conversación habida ayer entre ella y yo, la han tranquilizado. Olvídese de mí al hacerle las reflexiones indispensables sobre la propuesta de Carlos. Yo estaré escuchando lo que hablen, tras de los bastidores de esa puerta. Era ésta la del oratorio de mi madre. —¿Tú? —me preguntó admirada. —Sí, señora, yo. —¿Y para qué valerte de ese engaño? —María se complacerá en que así lo hayamos hecho, en vista de los resultados. —¿Cuál resultado te prometes, pues? —Saber todo lo que ella es capaz de hacer por mí. —Pero ¿no será mejor, si es que quieres oír lo que va a decirme, que ignore siempre ella que tú lo oíste y yo lo consentí? —Así será, si usted lo desea. —Mala cara tienes tú de cumplir eso. —Yo le ruego a usted no se oponga. —Pero ¿no estás viendo que hacer lo que pretendes, si ella llega a saberlo, es como prometerle yo una cosa que por desgracia no sé si pueda cumplirle, puesto que en caso de aparecer nuevamente la enfermedad, tu padre se opondrá a vuestro matrimonio, y tendría yo que hacer lo mismo? —Ella lo sabe; ella no consentirá nunca en ser mi esposa, si ese mal reaparece. Mas ¿ha olvidado usted lo que dijo el médico? —Haz, pues, lo que quieras. —Oiga usted su voz; ya están aquí. Cuide de que a Emma no vaya ocurrírsele entrar al oratorio. María entró sonrosada y riendo aún de lo que había venido conversando con Emma. Atravesó con paso leve y casi infantil el aposento de mi madre, a quien no descubrió sino cuando iba a entrar al suyo. —¡Ah! —exclamó—; ¿Aquí estaba usted? —Y acercándose a ella—: ¡Pero qué pálida está! Se siente mal de la cabeza, ¿no?. Si usted hubiera tomado un baño... la mejora eso tanto... —No, no; estoy buena. Te esperaba para hablarte a solas; y como se trata de una cosa muy grave, temo que todo ello pueda producirte una mala impresión. —¿Qué será? ¿Qué es?... —Siéntate aquí —le dijo mi madre señalándole un taburetico que tenía a los pies. Sentóse, y, esforzándose inútilmente por sonreír, su rostro tomó una expresión de gravedad encantadora. —Diga usted ya —dijo como tratando de dominar la emoción, pasándose entrambas manos por la frente, y asegurando en seguida con ellas el peine de carey dorado que sostenía sus cabellos en forma de un grueso y luciente cordón que le ceñía las sienes. —Voy a hablarte de la manera misma que hablaría a Emma en igual circunstancia. —Sí, señora: ya oigo. —Tu papá me ha encargado te diga... que el señor de M... ha pedido tu mano para su hijo Carlos... —¡Yo! —exclamó asombrada y haciendo un movimiento involuntario para ponerse en pie; pero volviendo a caer en su asiento, se cubrió el rostro con las manos, y oí que sollozaba. —¿Qué debo decirle, María? —¿El le ha mandado a usted que me lo diga? —le preguntó con voz ahogada. —Sí, hija; y ha cumplido con su deber haciéndotelo saber. —Pero ¿usted por qué me lo dice?—¿Y qué querías que yo hiciera? —¡Ah! Decirle que yo no... que yo no puedo... que no. Después de un instante, alzando a mirar a mi madre, que sin poderlo evitar lloraba con ella, le dijo: —Todos lo saben, ¿no es verdad?, todos han querido que usted me lo diga. —Sí; todos lo saben, menos Emma. —Solamente ella... ¡Dios mío! ¡Dios mío! —añadió ocultando la cabeza en los brazos que apoyaba sobre las rodillas de mi madre; y permaneció así unos momentos. Levantando luego pálido el rostro y rociado por una lluvia de lágrimas: —Bueno —dijo—: ya usted cumplió; todo lo sé ya. —Pero María —le interrumpió dulcemente mi madre— ¿es, pues, tanta desgracia que Carlos quiera ser tu esposo? ¿No es...? —Yo le ruego... yo no quiero; yo no necesito saber más. ¿Conque han dejado que usted me lo proponga?... ¡Todos, todos lo han consentido! Pues yo digo —agregó con voz enérgica a pesar de sus sollozos— digo que antes que consentir en eso me moriré. ¡Ah! ¿ese señor no sabe que yo tengo la misma enfermedad que mató a mi madre, siendo todavía ella muy joven?... ¡Ay! ¿Qué haré yo ahora sin ella? —¿Y no estoy yo aquí? ¿No te quiero con toda mi alma?... Mi madre era menos fuerte que lo que ella pensaba. Por mis mejillas rodaron lágrimas que sentía gotear ardientes sobre mis manos, apoyadas en uno de los botones de la puerta que me ocultaba. María respondió a mi madre: —Pero entonces ¿por qué me propone usted esto? —Porque era necesario que ese “no” saliera de tus labios, aunque me supusiera yo que lo darías. —Y solamente usted se supuso que lo daría yo, ¿no es así? —Tal vez algún otro lo supuso también. ¡Si supieras cuánto dolor, cuántos desvelos le ha causado este asunto al que tú juzgas más culpable!... —¿A papá? —dijo menos pálida ya. —No; a Efraín. María exhaló un débil grito, y dejando caer la cabeza sobre el regazo de mi madre, se quedó inmóvil. Esta abría los labios para llamarme, cuando María volvió a enderezarse lentamente; púsose en pie y dijo casi sonriente, volviendo a asegurarse los cabellos con las manos temblorosas. —He hecho mal en llorar así, ¿no es cierto? Yo creí... —Cálmate y enjuga esas lágrimas: yo quiero volver a verte tan contenta como estabas. Debes estimar la caballerosidad de su conducta... —Sí, señora. Que no sepa él que he llorado ¿no? —decía enjugándose con el pañuelo de mi madre. —¿No ha hecho bien Efraín en consentir que te lo dijera todo? —Tal vez... cómo no. —Pero lo dices de un modo... Tu papá le puso por condición, aunque no era necesario, que te dejara decidir libremente en este caso. —¿Condición? ¿Condición para qué? —Le exigió que no te dijese nunca que sabíamos y consentíamos lo que entre vosotros pasa. Las mejillas de María se tiñeron, al oír esto, del más suave encarnado. Sus ojos estaban clavados en el suelo. —¿Por qué le exigía eso? —dijo al fin con voz que apenas alcanzaba a oír yo—. ¿Acaso tengo yo la culpa?... ¿Hago mal, pues?... —No, hija; pero tu papá creyó que tu enfermedad necesitaba precauciones... —¿Precauciones?... ¿No estoy yo buena ya? ¿No creen que no volveré a sufrir nada? ¿Cómo puede Efraín ser causa de mi mal? —Sería imposible... queriéndote tanto, y quizá más que tú a él. María movió la cabeza de un lado a otro, como respondiéndose a sí misma, y sacudiéndola en seguida con la ligereza con que solía hacerlo de niña para alejar un recuerdo miedoso, preguntó: —¿Qué debo hacer? Yo hago ya todo cuanto quieran. —Carlos tendría hoy ocasión de hablarte de sus pretensiones. —¿A mí? —Sí; oye: le dirás, conservando por supuesto toda la serenidad que te sea posible, que no puedes aceptar su oferta, aunque mucho te honra, porque eres muy niña, dejándole conocer que te causa verdadera pena dar esa negativa... —Pero eso será cuando estemos reunidos todos. —Sí —le respondió mi madre, complacida del candor que revelaban su voz y sus miradas—. Creo que sí merezco seas muy condescendiente para conmigo. A lo cual nada repuso. Acercando con el brazo derecho la cabeza de mi madre a la suya, permaneció así unos instantes mostrando en la expresión de su rostro la más acendrada ternura. Cruzó apresuradamente el aposento y desapareció tras las cortinas de la puerta que conducía a su habitación.
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