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Capítulos 20 a 22

XX

Mi madre y Emma salieron al corredor a recibirme. Mi padre había montado para ir a visitar los trabajos.

A poco rato se me llamó al comedor, y no tardé en acudir porque allí esperaba encontrar a María pero me engañé; y como le preguntase a mi madre por ella, me respondió:

—Como esos señores vienen mañana, las muchachas están afanadas por que queden muy bien hechos unos dulces; creo que han acabado ya y que vendrán ahora.

Iba a levantarme de la mesa cuando José, que subía del valle a la montaña arreando dos mulas cargadas de cañabrava, se paró en el altico desde el cual se divisaba el interior, y me gritó:

—¡Buenas tardes! No puedo llegar, porque llevo una chúcara y se me hace noche. Ahí le dejo un recado con las niñas. Madrugue mucho mañana, porque la cosa está segura.

—Bien —le contesté—; iré muy temprano; saludes a todos.

—¡No se olvide de los balines!

Y saludándome con el sombrero continuó subiendo.

Dirigíme a mi cuarto a preparar la escopeta, no tanto porque ella necesitase de limpieza cuanto por buscar pretexto para no permanecer en el comedor, en donde al fin no se presentó María.

Tenía yo abierta en la mano una cajilla de pistones cuando vi a María venir hacia mí trayéndome el café, que probó con la cucharilla antes de verme.

Los pistones se me regaron por el suelo apenas se acercó.

Sin resolverse a mirarme, me dio las buenas tardes, y colocando con mano insegura el platito y la taza en la baranda, buscó por un instante con ojos cobardes los míos, que la hicieron sonrojar; y entonces, arrodillada, se puso a recoger los pistones.

—No hagas tú eso —le dije—; yo lo haré después.

—Yo tengo muy buenos ojos para buscar cosas chiquitas —respondió—; a ver la cajita.

Alargó el brazo para recibirla, exclamando al verla:

—¡Ay! ¡Si se han regado todos!

—No estaba llena —le observé ayudándole.

—Y que se necesitan mañana de éstos —dijo soplándoles el polvo a los que tenía en la sonrosada palma de una de sus manos.

—¿Por qué mañana y por qué de éstos?

—Porque como esa cacería es peligrosa, se me figura que errar un tiro sería terrible, y conozco por la cajita que éstos son los que el doctor te regaló el otro día diciendo que eran ingleses y muy buenos...

—Tú lo oyes todo.

—Algo hubiera dado algunas veces por no oír. Tal vez sería mejor no ir a esa cacería... José te dejó un recado con nosotras.

—¿Quieres tú que no vaya?

—¿Y cómo podría yo exigir eso?

—¿Por qué no?

Miróme y no respondió.

—Ya me parece que no hay más —dijo poniéndose en pie y mirando el suelo a su alrededor—; yo me voy. El café estará ya frío.

—Pruébalo.

—Pero no acabes de cargar esa escopeta ahora...

Está bueno —añadió tocando la taza.

—Voy a guardar la escopeta y a tomarlo; pero no te vayas.

Yo había entrado a mi cuarto y vuelto a salir.

—Hay mucho que hacer allá dentro.

—Ah, sí —le contesté—; preparar postres y las galas para mañana. ¿Te vas, pues?

Hizo con los hombros, inclinando al mismo tiempo la cabeza a un lado, un movimiento que significaba: como tú quieras.

—Yo te debo una explicación —le dije acercándome a ella—. ¿Quieres oírme?

—¿No digo que hay cosas que no quisiera oír? —contestó haciendo sonar los pistones dentro de la cajita.

—Creía que lo que yo...

—Es cierto eso que vas a decir, eso que crees.

—¿Qué?

—Que a ti sí debiera oírte; pero, esta vez, no.

—¡Qué mal habrás pensado de mí en estos días!

Ella leía, sin contestarme, los letreros de la cajilla.

—Nada te diré, pues; pero dime qué te has supuesto.

—¿Para qué ya?

—¿Es decir que no me permites tampoco disculparme para contigo?

—Lo que quisiera saber es por qué has hecho eso; sin embargo, me da miedo saberlo por lo mismo que para nada he dado motivo; y siempre pensé que tendrías alguno que yo no debía saber... Mas como parece que estás contento otra vez... yo también estoy contenta.

—Yo no merezco que seas tan buena como eres conmigo.

—Quizá seré yo quien no merezca...

—He sido injusto contigo, y si lo permitieras, te pediría de rodillas que me perdonaras.

Sus ojos velados hacía rato lucieron con toda su belleza, y exclamó:

—¡Ay! no, ¡Dios mío! Yo lo he olvidado todo... ¿oyes bien? ¡todo!

—Pero con una condición —añadió después de una corta pausa.

—La que quieras.

—El día que yo haga o diga algo que te disguste, me lo dirás; y yo no volveré a hacerlo ni a decirlo. ¿No es muy fácil eso?

—¿Y yo no debo exigir de tu parte lo mismo?

—No, porque yo no puedo aconsejarte a ti, ni saber siempre si lo que pienso es lo mejor; además, tú sabes lo que voy a decirte, antes que te lo diga.

—¿Estás cierta, pues? ¿Vivirás convencida de que te quiero con toda mi alma? —le dije en voz baja y conmovida.

—Sí, sí —respondió muy quedo; y casi tocándome los labios con una de sus manos para significarme que callara, dio algunos pasos hacia el salón.

—¿Qué vas a hacer? —le dije.

—¿No oyes que Juan me llama y llora porque no me encuentra?

Indecisa por un momento, en su sonrisa había tal dulzura y tan amorosa languidez en su mirada, que ya había ella desaparecido y aún la contemplaba yo extasiado.

XXI

Al día siguiente al amanecer tomé el camino de la montaña, acompañado de Juan Ángel, que iba cargado con algunos regalos de mi madre para Luisa y las muchachas. Seguíanos Mayo: su fidelidad era superior a todo escarmiento, a pesar de algunos malos ratos que había tenido en esa clase de expediciones, impropias ya de sus años.

Pasado el puente del río, encontramos a José y a su sobrino Braulio que venían ya a buscarme. Aquél me habló al punto de su proyecto de caza, reducido a asestar un golpe certero a un tigre famoso en las cercanías, que le había muerto algunos corderos. Teníale seguido el rastro al animal y descubierta una de sus guaridas en el nacimiento del río, a más de media legua arriba de la posesión.

Juan Ángel dejó de sudar al oír estos pormenores, y poniendo sobre la hojarasca el cesto que llevaba, nos veía con ojos tales cual si estuviera oyendo discutir un proyecto de asesinato.

José continuó hablando así de su plan de ataque:

—Respondo con mis orejas de que no se nos va. Ya veremos si el valluno Lucas es tan jaque como dice. De Tiburcio sí respondo. ¿Trae la munición gruesa?

—Sí —le respondí— y la escopeta larga.

—Hoy es el día de Braulio. El tiene mucha gana de verle hacer a usted una jugada, porque yo le he dicho que usted y yo llamamos errados los tiros cuando apuntamos a la frente de un oso y la bala se zampa por un ojo.

Rió estrepitosamente, dándole palmadas sobre el hombro a su sobrino.

—Bueno, y vámonos —continuó—: pero que lleve el negrito estas legumbres a la señora, porque yo me vuelvo; —y se echó a la espalda el cesto de Juan Ángel, diciendo—: ¿Serán cosas dulces que la niña María pone para su primo?...

—Ahí vendrá algo que mi madre le envía a Luisa.

—Pero ¿qué es lo que ha tenido la niña? Yo la vi ayer a la pasada tan fresca y lúcida como siempre. Parece un botón de rosa de Castilla.

—Está buena ya.

—Y tú ¿qué haces ahí que no te largas, negritico? —dijo José a Juan Ángel—. Carga con la guambía y vete, para que vuelvas pronto, porque más tarde no te conviene andar solo por aquí. No hay que decir nada allá abajo.

—¡Cuidado con no volver! —le grité cuando estaba él del otro lado del río.

Juan Ángel desapareció entre el carrizal como un guatín asustado.

Braulio era un mocetón de mi edad. Hacía dos meses que había venido de la Provincia para acompañar a su tío, y estaba locamente enamorado, de tiempo atrás, de su prima Tránsito.

La fisonomía del sobrino tenía toda la nobleza que hacía interesante la del anciano; pero lo más notable en ella era una linda boca, sin bozo aún, cuya sonrisa femenina contrastaba con la energía varonil de las otras facciones. Manso de carácter, apuesto, e infatigable en el trabajo, era un tesoro para José y el más adecuado marido para Tránsito.

La señora Luisa y las muchachas salieron a recibirme a la puerta de la cabaña, risueñas y afectuosas. Nuestro frecuente trato en los últimos meses había hecho que las muchachas fuesen menos tímidas conmigo. José mismo, en nuestras cacerías, es decir, en el campo de batalla, ejercía sobre mí una autoridad paternal, todo lo cual desaparecía cuando se presentaba en casa, como si fuese un secreto nuestra amistad leal y sencilla.

—¡Al fin, al fin! —dijo la señora Luisa tomándome por el brazo para introducirme a la salita—. ¡Siete días!... uno por uno los hemos contado.

Las muchachas me miraban sonriendo maliciosamente.

—Pero ¡Jesús!, qué pálido está —exclamó Luisa mirándome más de cerca—. Eso no está bueno así; si viniera usted con frecuencia estaría tamaño de gordo.

—¿Y a ustedes cómo les parezco? —dije a las muchachas.

—¡Eh! —contestó Tránsito—: pues ¿qué nos va a parecer? Si por estarse allá en sus estudios y...

—Hemos tenido tantas cosas buenas para usted —interrumpió Lucía—: dejamos dañar la primera badea de la mata nueva, esperándolo: el jueves, creyendo que venía, le tuvimos una natilla tan buena...

—¡Y qué peje! ¿ah Luisa? —añadió José—; si eso ha sido el juicio, no hemos sabido qué hacer con él. Pero ha tenido razón para no venir —continuó en tono grave—; ha habido motivo; y como pronto lo convidarás a que pase con nosotros un día entero... ¿no es así, Braulio?

—Sí, sí, pase y hablemos de eso. ¿Cuándo es ese gran día, señora Luisa? ¿cuándo es, Tránsito?

Esta se puso como una grana, y no hubiera levantado los ojos para ver a su novio por todo el oro del mundo.

—Eso tarda —respondió Luisa—: ¿no ve que falta blanquear la casita y ponerle las puertas? Vendrá siendo el día de Nuestra Señora de Guadalupe, porque Tránsito es su devota.

—¿Y eso cuándo es?

—¿Y no sabe? Pues el doce de diciembre. ¿No le han dicho estos muchachos que quieren hacerlo su padrino?

—No, y la tardanza en darme tan buena noticia no se la perdono a Tránsito.

—Si yo le dije a Braulio que se lo dijera a usted, porque mi padre creía que era mejor así.

—Yo agradezco tanto esa elección como no podéis figurároslo; mas es con la esperanza de que me hagáis muy pronto compadre.

Braulio miró de la manera más tierna a su preciosa novia, y avergonzada ésta, salió presurosa a disponer el almuerzo, llevándose de paso a Lucía.

Mis comidas en casa de José no eran ya como la que describí en otra ocasión: yo hacía en ellas parte de la familia; y sin aparatos de mesa, salvo el único cubierto que se me destinaba siempre, recibía mi ración de frisoles, mazamorra, leche y gamuza de manos de la señora Luisa, sentado ni más ni menos que José y Braulio, en un banquillo de raíz de guadua. No sin dificultad los acostumbré a tratarme así.

Viajero años después por las montañas del país de José, he visto ya a puestas de sol llegar labradores alegres a la cabaña donde se me daba hospitalidad: luego que alababan a Dios ante el venerable jefe de la familia, esperaban en torno del hogar la cena que la anciana y cariñosa madre repartía: un plato bastaba a cada pareja de esposos; y los pequeñuelos hacían pinicos apoyados en las rodillas de sus padres. Y he desviado mis miradas de esas escenas patriarcales, que me recordaban los últimos días felices de mi juventud...

El almuerzo fue suculento como de costumbre, y sazonado con una conversación que dejaba conocer la impaciencia de Braulio y de José por dar principio a la cacería.

Serían las diez cuando, listos ya todos, cargado Lucas con el fiambre que Luisa nos había preparado, y después de las entradas y salidas de José para poner en su gran garniel de nutria tacos de cabuya y otros chismes que se le habían olvidado, nos pusimos en marcha.

Eramos cinco los cazadores: el mulato Tiburcio, peón de la chagra; Lucas, neivano agregado de una hacienda vecina; José, Braulio y yo. Todos íbamos armados de escopetas. Eran de cazoleta las de los dos primeros, y excelentes, por supuesto, según ellos. José y Braulio llevaban además lanzas cuidadosamente enastadas.

En la casa no quedó perro útil: todos atramojados de dos en dos, engrosaron la partida expedicionaria dando aullidos de placer; y hasta el favorito de la cocinera Marta, Palomo, a quien los conejos tenían con ceguera, brindó el cuello para ser contado en el número de los hábiles; pero José lo despidió con un “¡zumba!” seguido de algunos reproches humillantes.

Luisa y las muchachas quedaron intranquilas, especialmente Tránsito, que sabía bien era su novio quien iba a correr mayores peligros, pues su idoneidad para el caso era indisputable.

Aprovechando una angosta y enmarañada trocha, empezamos a ascender por la ribera septentrional del río. Su sesgado cauce, si tal puede llamarse el fondo selvoso de la cañada, encañonado por peñascos en cuyas cimas crecían, como en azoteas, crespos helechos y cañas enredadas por floridas trepadoras, estaba obstruido a trechos con enormes piedras, por entre las cuales se escapaban las corrientes en ondas veloces, blancos borbollones y caprichosos plumajes.

Poco más de media legua habíamos andado cuando José, deteniéndose a la desembocadura de un zanjón ancho, seco y amurallado por altas barrancas, examinó algunos huesos mal roídos, dispersos en la arena: eran los del cordero que el día antes se le había puesto de cebo a la fiera. Precediéndonos Braulio, nos internamos José y yo por el zanjón. Los rastros subían. Braulio, después de unas cien varas de ascenso, se detuvo, y sin mirarnos hizo ademán de que parásemos. Puso oído a los rumores de la selva; aspiró todo el aire que su pecho podía contener; miró hacia la alta bóveda que los cedros, jiguas y yarumos formaban sobre nosotros, y siguió andando con lentos y silenciosos pasos. Detúvose de nuevo al cabo de un rato; repitió el examen hecho en la primera estación; y mostrándonos los rasguños que tenía el tronco de un árbol que se levantaba desde el fondo del zanjón, nos dijo, después de un nuevo examen de las huellas: “Por aquí salió: se conoce que está bien comido y baquiano”. La chamba terminaba veinte varas adelante por un paredón desde cuyo tope se conocía, por la hoya excavada al pie, que en los días de lluvia se despeñaban por allí las corrientes de la falda.

Contra lo que creía yo conveniente, buscamos otra vez la ribera del río, y continuamos subiendo por ella. A poco halló Braulio las huellas del tigre en una playa, y esta vez llegaban hasta la orilla.

Era necesario cerciorarnos de si la fiera había pasado por allí al otro lado, o si, impidiéndoselo las corrientes, ya muy descolgadas e impetuosas, había continuado subiendo por la ribera en que estábamos, que era lo más probable.

Braulio, la escopeta terciada a la espalda, vadeó el raudal atándose a la cintura un rejo, cuyo extremo retenía José para evitar que un mal paso hiciera rodar al muchacho a la cascada inmediata.

Guardábase un silencio profundo y acallábamos uno que otro aullido de impaciencia que dejaban escapar los perros.

—No hay rastro acá— dijo Braulio después de examinar las arenas y la maleza.

Al ponerse en pie, vuelto hacia nosotros, sobre la cima de un peñón, le entendimos por los ademanes que nos mandaba estar quietos.

Zafóse de los hombros la escopeta; la apoyó en el pecho como para disparar sobre las peñas que teníamos a la espalda; se inclinó ligeramente hacia adelante, firme y tranquilo, y dio fuego.

—¡Allí!— gritó señalando hacia el arbolado de las peñas cuyos filos nos era imposible divisar; y bajando a saltos a la ribera, añadió:

—¡La cuerda firme, los perros más arriba!

Los perros parecían estar al corriente de lo que había sucedido: no bien los soltamos, cumpliendo la orden de Braulio, mientras José le ayudaba a pasar el río, desaparecieron a nuestra derecha por entre los cañaverales.

—¡Quietos!— volvió a gritar Braulio, ganando ya la ribera; y mientras cargaba precipitadamente la escopeta, divisándome a mí, agregó:

—Usted aquí, patrón.

Los perros perseguían de cerca la presa, que no debía de tener fácil salida, puesto que los ladridos venían de un mismo punto de la falda.

Braulio tomó una lanza de manos de José, diciéndonos a los dos:

—Ustedes más abajo y más altos, para cuidar este paso, porque el tigre volverá sobre su rastro si se nos escapa de donde está. Tiburcio con ustedes— agregó.

Y dirigiéndose a Lucas:

—Los dos a costear el peñón por arriba.

Luego, con su sonrisa dulce de siempre, terminó al colocar con pulso firme un pistón en la chimenea de la escopeta:

—Es un gatico, y está ya herido.

En diciendo las últimas palabras nos dispersamos.

José, Tiburcio y yo subimos a una roca convenientemente situada. Tiburcio miraba y remiraba la ceba de su escopeta. José era todo ojos. Desde allí veíamos lo que pasaba en el peñón y podíamos guardar el paso recomendado; porque los árboles de la falda, aunque corpulentos, eran raros.

De los seis perros, dos estaban ya fuera de combate: uno de ellos destripado a los pies de la fiera; el otro dejando ver las entrañas por entre uno de los costillares, desgarrado, había venido a buscarnos y expiraba dando quejidos lastimeros junto a la piedra que ocupábamos.

De espaldas contra un grupo de robles, haciendo serpentear la cola, erizando el dorso, los ojos llameantes y la dentadura descubierta, el tigre lanzaba bufidos roncos, y al sacudir la enorme cabeza, las orejas hacían un ruido semejante al de las castañuelas de madera. Al revolver, hostigado por los perros, no escarmentados aunque no muy sanos, se veía que de su ijar izquierdo chorreaba sangre, la que a veces intentaba lamer inútilmente, porque entonces lo acosaba la jauría con ventaja.

Braulio y Lucas se presentaron saliendo del cañaveral sobre el peñón, pero un poco más distantes de la fiera que nosotros. Lucas estaba lívido, y las manchas de carate de sus pómulos, de azul turquí.

Formábamos así un triángulo los cazadores y la pieza, pudiendo ambos grupos disparar a un tiempo sobre ella sin ofendernos mutuamente.

—¡Fuego todos a un tiempo!— gritó José.

—¡No, no; los perros! —respondió Braulio—; y dejando solo a su compañero, desapareció.

Comprendí que un disparo general podía terminarlo todo; pero era cierto que algunos perros sucumbirían; y no muriendo el tigre, le era fácil hacer una diablura encontrándonos sin armas cargadas.

La cabeza de Braulio, con la boca entreabierta y jadeante, los ojos desplegados y la cabellera revuelta, asomó por entre el cañaveral, un poco atrás de los árboles que defendían la espalda de la fiera: en el brazo derecho llevaba enristrada la lanza, y con el izquierdo desviaba los bejucos que le impedían ver bien.

Todos quedamos mudos; los perros mismos parecían interesados en el fin de la partida.

José gritó al fin:

—¡Hubi! ¡Mataleón! ¡Hubi! ¡Pícalo! ¡Truncho!

No convenía dar tregua a la fiera, y se evitaba así riesgo mayor a Braulio.

Los perros volvieron al ataque simultáneamente. Otro de ellos quedó muerto sin dar un quejido.

El tigre lanzó un maullido horroroso.

Braulio apareció tras el grupo de robles, hacia nuestro lado, empuñando el asta de la lanza sin la hoja.

La fiera dio sobre sí misma la vuelta en su busca; y él gritó:

“¡Fuego! ¡fuego!”, volviendo a quedar de un brinco en el mismo punto donde había asestado la lanzada.

El tigre lo buscaba. Lucas había desaparecido. Tiburcio estaba de color de aceituna. Apuntó y sólo se quemó la ceba.

José disparó: el tigre rugió de nuevo tratando como de morderse el lomo, y de un salto volvió instantáneamente sobre Braulio. Este, dando una nueva vuelta tras de los robles, lanzóse hacia nosotros a recoger la lanza que le arrojaba José.

Entonces la fiera nos dio frente. Sólo mi escopeta estaba disponible: disparé; el tigre se sentó sobre la cola, tambaleó y cayó.

Braulio miró atrás instintivamente para saber el efecto del último tiro. José, Tiburcio y yo nos hallábamos ya cerca de él, y todos dimos a un tiempo un grito de triunfo.

La fiera arrojaba sanguaza espumosa por la boca: tenía los ojos empañados e inmóviles, y en el último paroxismo de muerte estiraba las piernas temblorosas y removía la hojarasca al enrollar y desenrollar la hermosa cola.

—¡Valiente tiro!... ¡Qué tiro! —exclamó Braulio poniéndole un pie al animal sobre el cogote—: ¡En la frente! ¡Ese sí es un pulso firme!

José, con voz no muy segura todavía (el pobre amaba tanto a su hija), dijo limpiándose con la manga de la camisa el sudor de la frente:

—No, no... ¡Si es mecha! ¡Santísimo Patriarca! ¡Qué animal tan bien criado! ¡Hij’, un demonio! ¡Si te toca ni se sabe!...

Miró tristemente los cadáveres de los tres perros diciendo:

—¡Pobre Campanilla!, es la que más siento... ¡Tan guapa mi perra!

Acarició luego a los otros tres, que con tamaña lengua afuera jadeaban acostados y desentendidos, como si solamente se hubiera tratado de acorralar un becerro arisco.

José, tendiéndome su ruana en lo limpio, me dijo:

—Siéntese, niño; vamos a sacar bien el cuero, porque es de usted: —y en seguida gritó—: ¡Lucas!

Braulio soltó una carcajada, concluyéndola por decir:

—Ya ése estará metido en el gallinero de casa.

—¡Lucas!— volvió a gritar José, sin atender a lo que su sobrino decía; mas viéndonos a todos reír, preguntó:

—¡Eh! ¡Eh! ¿Pues qué es?

—Tío, si el valluno zafó desde que erré la lanzada.

José nos miraba como si fuese imposible entendernos.

—¡Timanejo pícaro!

Y acercándose al río, gritó de forma que las montañas repitieron su voz.

—¡Lucas del demonio!

—Aquí tengo yo un buen cuchillo para desollar, le advirtió Tiburcio.

No, hombre, si es que ese caratoso traía el jotico del fiambre, y este blanco querrá comer algo y... yo también, porque aquí no hay esperanzas de mazamorra.

Pero la mochila deseada estaba señalando precisamente el punto abandonado por el neivano. José, lleno de regocijo, la trajo al sitio donde nos hallábamos y procedió a abrirla, después de mandar a Tiburcio a llenar nuestros cocos de agua del río.

Las provisiones eran blandas y moradas masas de choclo, queso fresco y carne asada con primor: todo ello fue puesto sobre hojas de platanillo. Sacó en seguida de entre una servilleta una botella de vino tinto, pan, ciruelas e higos pasos, diciendo:

—Esta es cuenta aparte.

Las navajas machetonas salieron de los bolsillos. José nos dividió la carne, que acompañada con las masas de choclo, era un bocado regio. Agotamos el tinto, despreciamos el pan, y los higos y ciruelas les gustaron más a mis compañeros que a mí. No faltó la panela, dulce compañera del viajero, del cazador y del pobre. El agua estaba helada. Mis cigarros de olor humearon después de aquel rústico banquete.

José estaba de excelente humor, y Braulio se había atrevido a llamarme padrino.

Con imponderable destreza, Tiburcio desolló el tigre, sacándole el sebo, que dizque servía para qué sé yo qué.

Acomodadas en las mochilas la piel, cabeza y patas del tigre, nos pusimos en camino para la posesión de José, el cual, tomando mi escopeta, la colocó en un mismo hombro con la suya, precediéndonos en la marcha y llamando a los perros. Deteníase de vez en cuando para recalcar sobre alguno de los lances de la partida o para echarle alguna nueva maldición a Lucas.

Conocíase que las mujeres nos contaban y recontaban desde que nos alcanzaron a ver; y cuando nos acercamos a la casa estaban aún indecisas entre el susto y la alegría pues por nuestra demora y los disparos que habían oído suponían que habíamos corrido peligros.

Fue Tránsito quien se adelantó a recibirnos, notablemente pálida.

—¿Lo mataron?— nos gritó.

—Sí, hija— le respondió su padre.

Todas nos rodearon, entrando en la cuenta hasta la vieja Marta, que llevaba en las manos un capón a medio pelar. Lucía se acercó a preguntarme por mi escopeta, y como yo se la mostrase, añadió en voz baja:

—Nada le ha sucedido, ¿no?

—Nada— le respondí cariñosamente, pasándole por los labios una ramita.

—Ya yo pensaba...

—¿No ha bajado ese fantasioso de Lucas por aquí? —preguntó José.

—El no— respondió Marta.

José masculló una maldición.

—¿Pero dónde está lo que mataron?— dijo al fin, haciéndose oír, la señora Luisa.

—Aquí, tía —contestó Braulio—; y ayudado por su novia, se puso a desfruncir la mochila, diciéndole a la muchacha algo que no alcancé a oír. Ella me miró de una manera particular, y sacó de la sala un banquito para que me sentase en el empedrado, desde el cual dominaba yo la escena.

Extendida en el patio la grande y aterciopelada piel, las mujeres intentaron exhalar un grito; mas al rodar la cabeza sobre la grama, no pudieron contenerse.

—¿Pero cómo lo mataron? ¡Cuenten! —decía la señora Luisa—: todos están como tristes.

—Cuéntennos— añadió Lucía.

Entonces José, tomando la cabeza del tigre entre las dos manos, dijo:

—El tigre iba a matar a Braulio cuando el señor (señalándome) le dio este balazo.

Mostró el foramen que en la frente tenía la cabeza. Todos se volvieron a mirarme, y en cada una de esas miradas había recompensa de sobra para una acción que la mereciera.

José siguió refiriendo con pormenores la historia de la expedición, mientras hacía remedios a los perros heridos, lamentando la pérdida de los otros tres.

Braulio estacaba la piel ayudado por Tiburcio.

Las mujeres habían vuelto a sus faenas, y yo dormitaba sobre uno de los poyos de la salita en que Tránsito y Lucía me habían improvisado un colchón de ruanas. Servíame de arrullo el rumor del río, los graznidos de los gansos, el balido del rebaño que pacía en las colinas cercanas y los cantos de las muchachas que lavaban ropa en el arroyo. La naturaleza es la más amorosa de las madres cuando el dolor se ha adueñado de nuestra alma; y si la felicidad nos acaricia, ella nos sonríe.

XXII

Las instancias de los montañeses me hicieron permanecer con ellos hasta las cuatro de la tarde, hora en que, después de larguísimas despedidas, me puse en camino con Braulio, que se empeñó en acompañarme. Habíame aliviado del peso de la escopeta y colgado de uno de sus hombros una guambía.

Durante la marcha le hablé de su próximo matrimonio y de la felicidad que le esperaba, amándolo Tránsito como lo dejaba ver. Me escuchaba en silencio, pero sonriendo de manera que estaba por demás hacerlo hablar.

Habíamos pasado el río y salido de la última ceja de monte para empezar a descender por las quiebras de la falda limpia, cuando Juan Ángel, apareciéndose por entre unas moreras, se nos interpuso en el sendero, diciéndome con las manos unidas en ademán de súplica:

—Yo vine, mi amo... yo iba... pero no me haga nada sumercé... yo no vuelvo a tener miedo.

—¿Qué has hecho? ¿qué es? —le interrumpí—. ¿Te han enviado de casa?

—Sí, mi amo, sí, la niña; y como me dijo sumercé que volviera...

No me acordaba de la orden que le había dado.

—¿Conque no volviste de miedo? —le preguntó Braulio riendo—.

—Eso fue, sí, eso fue... Pero como Mayo pasó por aquí asustao, y luego ñor Lucas me encontró pasando el río y me dijo que el tigre había matao a ñor Braulio...

Este dio rienda suelta a una estrepitosa risotada, diciéndole al fin al negrito aterrado:

—¡Y te estuviste todo el día metido entre estos matorrales como un conejo!

—Como ñor José me gritó que volviera pronto, porque no debía andar solo por allá arriba... —respondió Juan Ángel viéndose las uñas de las manos.

—¡Vaya! yo te mezquino —repuso Braulio; pero es con la condición de que en otra cacería has de ir pie con pie conmigo.

El negrito lo miró con ojos desconfiados, antes de resolverse a aceptar así el perdón.

—¿Convienes? —le pregunté distraído.

—Sí, mi amo.

—Pues vamos andando. Tú, Braulio, no te incomodes en acompañarme más, vuélvete.

—Si es que yo quería...

—No; ya ves que Tránsito está toda asustada hoy. Di allá mil cosas en mi nombre.

—Y esta guambía que llevaba... Ah —continuó— tómala tú, Juan Ángel. ¿No irás a romper la escopeta del patrón por ahí? Mira que le debo la vida a ése —dijo—. Será lo mejor—observó al recibírsela yo.

Di un apretón de manos al valiente cazador, y nos separamos. Distante ya de nosotros, gritó:

—Lo que va en la guambía es la muestra de mineral que le encargó su papá a mi tío.

Y convencido de que se le había oído se internó en el bosque.

Detúveme a dos tiros de fusil de la casa a orillas del torrente que descendía ruidoso hasta esconderse en el huerto.

Al continuar bajando busqué a Juan Ángel: había desaparecido, y supuse que, temeroso de mi enojo por su cobardía, habría resuelto solicitar amparo mejor que el ofrecido por Braulio con tan inaceptables condiciones.

Tenía yo un cariño especial al negrito: él contaba a la sazón doce años; era simpático y casi pudiera decirse que bello. Aunque inteligente, su índole tenía algo de huraño. La vida que hasta entonces había llevado no era la adecuada para dar suelta a su carácter, pues mediaban motivos para mimarlo. Feliciana, su madre, criada que había desempeñado en la familia funciones de aya y disfrutado de todas las consideraciones de tal, procuró siempre hacer de su hijo un buen paje para mí. Mas fuera del servicio de mesa y de cámara y de su habilidad para preparar café, en lo demás era desmañado y bisoño.

Muy cerca ya de la casa, noté que la familia estaba aún en el comedor, e inferí que Carlos y su padre habían venido. Desviéme a la derecha, salté el vallado del huerto, y atravesé éste para llegar a mi cuarto sin ser visto.

Colgaba el saco de caza y la escopeta cuando percibí un ruido de voces desacostumbrado. Mi madre entró a mi cuarto en ese momento, y le pregunté la causa de lo que oía.

—Es —me dijo mi madre— que los señores de M... están aquí, y ya sabes que don Jerónimo habla siempre como si estuviese a la orilla de un río.

¡Carlos en casa! pensé: éste es el momento de prueba de que habló mi padre. Carlos habrá pasado un día de enamorado, en ocasión propicia para admirar a su pretendida. ¡Que no pueda yo hacerle ver a él cuánto la amo! ¡No poder decirle a ella que seré su esposo!... Este es un tormento peor de lo que yo me había imaginado.

Mi madre, notándome tal vez preocupado, me dijo:

—Como que has vuelto triste.

—No, no, señora; cansado.

—¿La cacería ha sido buena?

—Muy feliz.

—¿Podré decir a tu padre que le tienes ya la piel de oso que te encargó?

—No ésa, sino una hermosísima de tigre.

—¿De tigre?

—Sí, señora, del que hacía daños por aquí.

—Pero eso habrá sido horrible.

—Los compañeros eran muy valientes y diestros.

Ella había puesto ya a mi alcance todo lo que yo podía necesitar para el baño y cambio de vestidos; y a tiempo que entornaba la puerta después de haber salido, le advertí que no dijera todavía que yo había regresado.

Volvió a entrar, y usando de aquella voz dulce cuanto afectuosa que la hacía irresistible siempre que me aconsejaba, me dijo:

—¿Tienes presente lo que hablamos el otro día sobre la visita de esos señores, no?

Satisfecha de la respuesta, añadió:

—Bueno. Yo confío en que saldrás muy bien.

Y cerciorada de nuevo de que nada podía faltarme, salió.

Lo que Braulio había dicho que era mineral, no era otra cosa que la cabeza del tigre; y con tal astucia había conseguido hacer llegar a casa ese trofeo de nuestra hazaña.

Por los comentarios de la escena hechos en casa después, supe que en el comedor había sucedido esto:

Iba a servirse el café en el momento en que llegó Juan Ángel diciendo que yo venía ya e impuso a mi padre del contenido de la mochila. Este, deseoso de que don Jerónimo le diese su opinión sobre los cuarzos, mandó al negrito que los sacase; y trataba de hacerlo así cuando dio un grito de terror y un salto de venado sorprendido.

Cada uno de los circunstantes quiso averiguar lo que había pasado. Juan Ángel, de espaldas contra la pared, los ojos tamaños y señalando con los brazos extendidos hacia el saco, exclamó:

—¡El tigre!

—¿En dónde? —preguntó don Jerónimo derramando parte del café que tomaba, y poniéndose en pie con más presteza que era de esperarse le permitiera su esférico abdomen.

Carlos y mi padre dejaron también sus asientos.

Emma y María se acercaron una a otra.

—¡En la guambía! —repuso el interpelado.

A todos les volvió el alma al cuerpo.

Mi padre sacudió con precaución el saco, y viendo rodar la cabeza sobre las baldosas, dio un paso atrás; don Jerónimo, otro; y apoyando las manos en las rodillas, prorrumpió:

—¡Monstruoso!

Carlos, adelantándose a examinar de cerca la cabeza:

—¡Horrible!

Felipe, que llegaba llamado por el ruido, se puso en pie sobre un taburete. Eloísa se asió de un brazo de mi padre. Juan, medio llorando, trató de subírsele sobre las rodillas a María; y ésta, tan pálida como Emma, miró con angustia hacia las colinas, esperando verme bajar.

—¿Quién lo mató? —preguntó Carlos a Juan Ángel, el cual se había serenado ya.

—La escopeta del amito.

—¿Conque la escopeta del amito sola? —recalcó don Jerónimo riendo y ocupando de nuevo su asiento.

—No, mi amo, sino que ñor Braulio dijo ahora en la loma que le debía la vida a ella...

—¿Dónde está pues Efraín? —preguntó intranquilo mi padre, mirando a María.

—Se quedó en la quebrada.

En ese momento regresaba mi madre al comedor. Olvidando que acababa de verme, exclamó:

—¡Ay mi hijo!

—Viene ya —le observó mi padre.

—Sí, sí; ya sé —respondió ella—; pero, ¿cómo habrán muerto este animal?

—Aquí fue el balazo —dijo Carlos inclinándose a señalar el foramen de la frente.

—Pero, ¿es posible? —preguntó don Jerónimo a mi padre, acercando el bracerillo para encender un cigarro—; ¿es de creerse que usted permita esto a Efraín?

Sonrió mi padre al contestarle con algo de propia satisfacción:

—Le encargué ahora días una piel de oso para los pies de mi catre, y seguramente habrá preferido traerme una de tigre.

María había visto ya en los ojos de mi madre lo que podía tranquilizarla. Se dirigió al salón llevando a Juan de la mano: éste, asido de la falda de ella y asustado aún, le impedía andar. Hubo de alzarlo, y le decía al salir:

—¿Llorando? ¡ah feo! ¿un hombre con miedo?

Don Jerónimo, que alcanzó a oírla, observó, meciéndose en su silla y arrojando una bocanada de humo:

—Ese otro también matará tigres.

—Vea usted a Efraín hecho un cazador de fieras —dijo Carlos a Emma, sentándose a su lado—; y en el colegio no se dignaba disparar un bodoquerazo a un paparote. Y no señor... recuerdo ahora que en unos asuetos le vi hacer buenos tiros en la laguna de Fontibón. ¿Y estas cacerías son frecuentes?

—Otras veces —respondióle mi hermana— ha muerto con José y Braulio osos pequeños y lobos muy bonitos.

—¡Yo que pensaba instarle para que hiciésemos mañana una cacería de venados, y preparándome para esto vine con mi escopeta inglesa!

—El tendrá muchísimo placer en divertir a usted: si ayer hubiese usted venido, hoy habrían ido ambos a la cacería.

—¡Ah! sí... si yo hubiera sabido...

Mayo, que habría estado despachando algunos bocados sabrosos en la cocina, pasó entonces por el comedor. Paróse en vista de la cabeza; erizado el cogote y espinazo, dio un cauto rodeo para acercarse al fin a olfatearla. Recorrió la casa a galope, y volviendo al comedor, se puso a aullar: no me encontraba, y acaso le avisaba su instinto que yo había corrido peligros.

A mi padre le impresionaron los aullidos; era hombre que creía en cierta clase de pronósticos y agüeros, preocupaciones de su raza de las cuales no había podido prescindir por completo.

—Mayo, Mayo, ¿qué hay? —dijo acariciando al perro, y con mal disimulada impaciencia—: este niño que no llega...

A ese tiempo entraba yo al salón en un traje en que a la verdad no me hubieran reconocido sino muy de cerca Tránsito y Lucía.

María estaba allí. Apenas hubo tiempo para que cambiásemos un saludo y una sonrisa. Juan, que estaba sentado en el regazo de María, me dijo en su mala lengua al pasar, señalándome la puerta del comedor:

—Ahí está el coco.

Y yo entré al comedor sonriendo, porque me figuraba que el niño hacía alusión a don Jerónimo.

Di un estrecho abrazo a Carlos, que se adelantó a recibirme; y por aquel momento olvidé casi del todo lo que en los últimos días había sufrido por culpa suya.

El señor de M.... estrechó cordialmente en sus manos las mías, diciendo:

—¡Vaya, vaya! ¿cómo no hemos de estar viejos si todos estos muchachos se han vuelto hombres?

Seguimos al salón: María no estaba ya en él.

La conversación rodó sobre la cacería última, y fui casi desmentido por don Jerónimo al asegurarle que el éxito de ella se debía a Braulio, pues me puso de frente lo referido por Juan Ángel.

Emma me hizo saber que Carlos había venido preparado para que hiciésemos una cacería de venados: él se entusiasmó con la promesa que le hice de proporcionarle una linda partida a inmediaciones de la casa.

Luego que salió mi hermana, quiso Carlos hacerme ver su escopeta inglesa, y con tal fin pasamos a mi cuarto. Era el arma exactamente igual a la que mi padre me había regalado a mi regreso de Bogotá, aunque antes de verla yo, me aseguraba Carlos que nunca había venido al país cosa semejante.

—Bueno —me dijo, luego que la examiné—. ¿Con esta también matarías animales de esa clase?

—Seguramente que sí: a sesenta varas de distancia no bajará una línea.

—¿A sesenta varas se hacen esos tiros?

—Es peligroso contar con todo el alcance del arma en tales casos; a cuarenta varas es ya un tiro largo.

—¿Qué tan lejos estabas cuando disparaste sobre el tigre?

—A treinta pasos.

—Hombre, yo necesito hacer algo bueno en la cacería que tendremos, porque de otro modo dejaré enmohecer esta escopeta y juraré no haber cazado ni tominejas en toda mi vida.

—¡Oh! ya verás: te haré lucir, porque haré entrar el venado al huerto.

Carlos me hizo mil preguntas sobre sus condiscípulos, vecinas y amigas de Bogotá: entraron por mucho los recuerdos de nuestra vida estudiantil: hablóme de Emigdio y de sus nuevas relaciones con él, y se rió de buena gana acordándose del cómico desenlace de los amores de nuestro amigo con Micaelina.

Carlos había regresado al Cauca ocho meses antes que yo. Durante este tiempo sus patillas habían mejorado, y la negrura de ellas hacía contraste con sus mejillas sonrosadas; su boca conservaba la frescura que siempre la hizo admirable; la cabellera abundante y medio crespa sombreaba su tersa frente, de ordinario serena como la de un rostro de porcelana. Decididamente era un buen mozo.

Hablóme también de sus trabajos de campo, de las novillas que cebaba en la actualidad, de los buenos pastales que estaba haciendo; y por fin de la esperanza fundada que tenía de ser muy pronto un propietario acomodado. Yo le veía hacer la puntería seguro del mal suceso; pero procuraba no interrumpirle para evitarme así la incomodidad de hablarle de mis asuntos.

—Pero, hombre —dijo poniéndose en pie delante de mi mesa y después de una larguísima disertación acerca de las ventajas de los cebaderos de guinea sobre los de pasto natural—: aquí hay muchos libros. Tú has venido cargando con todo el estante. Yo también estudio, es decir, leo... no hay tiempo para más; y tengo una prima bachillera que se ha empeñado en que me engulla un diluvio de novelas. Ya sabes que los estudios serios no han sido mi flaco: por eso no quise graduarme, aunque pude haberlo hecho.

No puedo prescindir del fastidio que me causa la política y de lo que me encocora todo eso de litis, a pesar de que mi padre se lamenta día y noche de que no me ponga al frente de sus pleitos; tiene la manía de litigar, y las cuestiones más graves versan sobre veinte varas cuadradas de pantano o la variación de cauce de un zanjón que ha tenido el buen gusto de echar al lado del vecino una fajilla de nuestras tierras.

—Veamos —empezó leyendo el rótulo de los libros— Frayssinous, Cristo ante el Siglo, La Biblia... Aquí hay mucha cosa mística. Don Quijote... Por supuesto: jamás he podido leer dos capítulos.

—¿No, eh?

—Blair —continuó—; Chateubriand ...Mi prima Hortensia tiene furor por esto. Gramática Inglesa. ¡Qué lengua tan rebelde! no pude entrarle.

—Pero ya hablabas algo.

—El “how do you do” como el “comment ca vat’ il” del francés.

—Pero tienes una excelente pronunciación.

—Eso me decían por estimularme.

Y prosiguiendo el examen:

—¿Shakespeare? Calderón... Versos, ¿no? Teatro Español. ¿Más versos? Confiésamelo, ¿todavía haces versos? Recuerdo que hacías algunos que me entristecían haciéndome pensar en el Cauca. ¿Conque haces?

—No.

—Me alegro de ello, porque acabarías por morirte de hambre.

—Cortés —continuó—; ¿Conquista de México?

—No; es otra cosa.

—Tocqueville, Democracia en América... ¡Peste! Ségur... ¡Qué runfla!

Al llegar ahí sonó la campanilla del comedor avisando que el refresco estaba servido. Carlos, suspendiendo la fiscalización de mis libros, se acercó al espejo, peinó sus patillas y cabellos con una peinilla de bolsillo, plegó, como una modista un lazo, el de su corbata azul, y salimos.

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Resumen de María | María


 


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