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Capítulos 26 a 30

XXVI

Impuesta mi madre de nuestro proyecto de caza, hizo que se nos sirviera temprano el almuerzo a Carlos, a Braulio y a mí.

No sin dificultad logré que el montañés se resolviera a sentarse a la mesa, de la cual ocupó la extremidad opuesta a la en que estábamos Carlos y yo.

Como era natural, hablamos de la partida que teníamos entre manos. Carlos decía:

—Braulio responde de que la carga de mi escopeta está perfectamente graduada; pero continúa ranchado en que no es tan buena como la tuya, a pesar de que son de una misma fábrica, y de haber disparado él mismo con la mía sobre una cidra, logrando introducirle cuatro postas. ¿No es así, mi amigo? —terminó dirigiéndose al montañés.

—Yo respondo —contestó éste— de que el patrón matará a setenta pasos un pellar con esa escopeta.

—Pues veremos si yo mato un venado. ¿Cómo dispones la cacería? —agregó dirigiéndose a mí.

—Eso es sabido; como se dispone siempre que se quiere hacer terminar la faena cerca de la casa: Braulio sube hasta el pie del derrumbo con sus perros de levante: Juan Ángel queda apostado dentro de la quebrada de la Honda con dos de los cuatro perros que he mandado traer de Santa Elena; tu paje con los otros dos esperará en la orilla del río para evitar que se nos escape el venado a la Novillera; tú y yo estaremos listos para acudir al punto que convenga.

El plan pareció bueno a Braulio, quien después de ensillarnos los caballos ayudado por Juan Ángel, se puso en marcha con éste para desempeñar la parte que le tocaba en la batida.

El caballo retinto que yo montaba, golpeaba el empedrado cuando íbamos a salir ya, impaciente por lucir sus habilidades; arqueado el cuello fino y lustroso como el raso negro, sacudía sus crespas crines estornudando. Carlos iba caballero en un quiteño castaño coral que el general Flores había enviado de regalo en esos meses a mi padre.

Recomendada al señor de M... la mayor atención, por si el venado venía al huerto como nos lo prometíamos, salimos del patio para emprender el ascenso de la falda, cuyo plano inclinado terminaba a treinta cuadras20 hacia el oriente, al pie de las montañas.

Al pasar dando vuelta a la casa por frente a los balcones del departamento de Emma, María estaba apoyada en el barandaje de uno de ellos: parecía hallarse en uno de aquellos momentos de completa distracción a que con frecuencia se abandonaba. Eloísa, que se hallaba a su lado, jugaba con los bucles destrenzados y espesos de la cabellera de su prima.

El ruido de nuestros caballos y los ladridos de los perros sacaron a María de su enajenamiento, a tiempo que yo la saludaba por señas y que Carlos me imitaba. Noté que ella permanecía en la misma posición y sitio hasta que nos internamos en la cañada de la Honda.

Mayo nos acompañó hasta el primer torrente que vadeamos; allí deteniéndose como a reflexionar, regresó a galope corto hacia la casa.

—Oye —le dije a Carlos, luego que se pasó una media hora, durante la cual le referí sin descansar los más importantes episodios de las cacerías de venados que los montañeses y yo habíamos hecho—; oye: los gritos de Braulio y ese ladrido de los perros prueban que han levantado.

Las montañas los repetían; y si se acallaban por ratos, empezaban de nuevo con mayor fuerza y a menor distancia.

Poco después descendió Braulio por la orilla limpia del bosque de la cañada. No bien estuvo al lado de Juan Ángel, soltó los dos perros que éste llevaba de cabestro y los detuvo por unos momentos asiéndolos del pestorejo, hasta que se persuadió que la presa estaba cerca del paso en que nos hallábamos: animólos con repetidos gritos, y desaparecieron veloces.

Carlos, Juan Ángel y yo nos desplegamos en la falda. A poco vimos que empezaba a atravesarla, seguido de cerca por uno de los perros de José, el venado, que bajó por la cañada menos de lo que nos habíamos supuesto.

A Juan Ángel le blanqueaban los ojos y al reír dejaba ver hasta las muelas de su fina dentadura. Sin embargo, de haberle ordenado que permaneciera en la cañada, por si el venado volvía a ella, atravesó con Braulio, y casi a par de nuestros caballos, los pajonales y ramblas que nos separaban del río. Al caer a la vega de éste el venado, los perros perdieron el rastro, y él subió en vez de bajar.

Carlos y yo echamos pie a tierra para poder ayudar a Braulio en el fondo de la vega.

Perdida más de una hora en idas y venidas, oímos al fin los ladridos de un perro, los cuales nos dieron esperanza de que se hubiera hallado de nuevo la pista. Pero Carlos juraba al salir de un bejucal en que se había metido sin saber cómo ni cuándo, que el bruto de su negro había dejado ir la pieza río abajo.

Braulio, a quien habíamos perdido de vista hacía rato, gritó con voz tal que a pesar de la distancia pudimos oírla:

—¡Allá va, allá va! Dejen uno con escopeta allííí; sálganse a lo liiimpio, porque el venado se vuelve a la Hooonda.

Quedó el paje de Carlos en su puesto, y éste y yo fuimos a tomar nuestros caballos.

La pieza salía a ese tiempo de la vega, a gran distancia de los perros, y descendía hacia la casa.

—Apéate —grité a Carlos— espéralo sobre el cerco.

Hízolo así, y cuando el venado se esforzaba, fatigado ya, por brincar el vallado del huerto, disparó sobre él: el venado siguió; Carlos se quedó atónito.

Braulio llegó en ese momento, y yo salté del caballo, botándole las bridas a Juan Ángel.

De la casa veían todo lo que estaba pasando. Don Jerónimo salvó, escopeta en mano, la baranda del corredor, y al ir a disparar sobre el animal, se enredó los pies dichosamente en las plantas de una era, lo cual iba haciéndolo caer a tiempo que mi padre le decía:

—¡Cuidado, cuidado! Mire usted que por ahí vienen todos.

Braulio siguió de cerca al venadito, evitando así que los perros lo despedazasen.

El animal entró al corredor desatentado y tembloroso, y se acostó casi ahogado debajo de uno de los sofás, de donde lo sacaba Braulio cuando Carlos y yo llegábamos ya a buen paso. La partida había sido divertida para mí; pero él procuraba en balde ocultar la impaciencia que le había causado errar tan bello tiro.

Emma y María se aproximaron tímidamente a tocar el venadito, suplicando que no lo matásemos: él parecía entender que lo defendían, pues las miró con ojos húmedos y asombrados, bramando quedo, como acaso lo solía hacer para llamar a su madre. Quedó absuelto, y Braulio se encargó de atramojarlo y ponerlo en sitio conveniente.

Pasado todo, Mayo se acercó al prisionero, lo olió a la distancia que la prudencia exigía, y volviendo a tenderse en el salón, apoyó la cabeza sobre las manos con la mayor tranquilidad, sin que bastase tan exótica conducta a privarle de un cariño mío.

Poco después, al despedirse Braulio de mí para volver a la montaña, me dijo:

—Su amigo está furioso, y yo lo he puesto así para vengarme de la chacota que hizo de mis perros esta mañana.

Yo le pedí me explicase lo que decía.

—Me supuse —continuó Braulio— que usted le cedería el mejor tiro, y por eso dejé la escopeta de don Carlos sin municiones cuando me la dio a cargar.

—Has hecho muy mal —le observé.

—No lo volveré a hacer, y menos con él, porque se me pone que no cazará más con nosotros... ¡Ah! La señorita María me ha dado mil recados para Tránsito: le agradezco tanto que esté gustosa de ser nuestra madrina... y no sé qué hacer para que lo sepa: usted debe decírselo.

—Lo haré así; pierde cuidado.

—Adiós —dijo tendiéndome francamente la mano, sin dejar por eso de tocarse el ala del sombrero con la otra—; hasta el domingo.

Salió del patio llamando sus perros con el silbido agudo que producía en tales casos, oprimiendo con el índice y el pulgar el labio inferior.

XXVII

Hasta entonces había conseguido que Carlos no me hiciera confidencia alguna sobre las pretensiones que en mala hora para él lo habían llevado a casa.

Mas luego que nos encontramos solos en mi cuarto, donde me llevó pretextando deseo de descansar y de que leyésemos algo, conocí que iba a ponerme en la difícil situación de la cual había logrado escapar hasta allí a fuerza de maña. Se acostó en mi cama quejándose de calor; y como le dije que iba a mandar que nos trajeran algunas frutas, me observó que le causaban daño desde que había sufrido intermitentes. Acerquéme al estante preguntándole qué deseaba que leyésemos.

—Hazme el favor de no leer nada —me contestó.

—¿Quieres que tomemos un baño en el río?

—El sol me ha producido dolor de cabeza.

Le ofrecí álcali para que absorbiera.

—No, no; esto pasa —respondió rehusándolo.

Golpeándose luego las botas con el látigo que tenía en la mano:

—Juro no volver a cacería de ninguna especie. ¡Caramba! Mire usté que errar ese tiro...

—Eso nos sucede a todos —le observé acordándome de la venganza de Braulio.

—¿Cómo a todos? Errarle a un venado a esa distancia, solamente a mí me sucede.

Tras un momento de silencio, dijo buscando algo con la mirada en el cuarto:

—¿Qué se han hecho las flores que había aquí ayer?

Hoy no las han repuesto.

—Si hubiera sabido que te complacía verlas ahí, las habría hecho poner. En Bogotá no eras aficionado a las flores.

Y me puse a hojear un libro que estaba abierto sobre la mesa.

—Jamás lo he sido —contestó Carlos— pero... ¡no leas, hombre! Mira: hazme el favor de sentarte aquí cerca, porque tengo que referirte cosas muy interesantes. Cierra la puerta.

Me vi sin salida; hice un esfuerzo para preparar mi fisonomía lo mejor que me fuera posible en tal lance, resuelto en todo caso a ocultar a Carlos lo enorme que era la necedad que cometía haciéndome sus confianzas.

Su padre, que llegó en aquel momento al umbral de la puerta, me libró del tormento a que iba a sujetarme.

Carlos —dijo don Jerónimo desde afuera—: te necesitamos acá.

Había en el tono de su voz algo que me parecía significar: “Eso está ya muy adelantado”.

Carlos se figuró que sus asuntos marchaban gloriosamente. De un salto se puso en pie contestando:

—Voy en este momento; —y salió.

A no haber yo fingido leer con la mayor calma en aquellos instantes, probablemente se habría acercado a mí para decirme sonriendo: “En vista de la sorpresa que te preparo, vas a perdonarme el que no te haya dicho nada hasta ahora sobre este asunto”... Mas yo debí de parecerle tan indiferente a lo que pasaba como traté de fingirlo; lo cual fue conseguir mucho.

Por el ruido de las pisadas de la pareja, conocí que entraban al cuarto de mi padre.

No queriendo verme de nuevo en peligro de que Carlos me hablase de sus asuntos, me dirigí a los aposentos de mi madre. María se hallaba en el costurero: estaba sentada en una silla de cenchas, de la cual caía espumosa, arregazada a trechos con lazos de cinta celeste, su falda de muselina blanca; la cabellera, sin trenzas aún, rodábale en bucles sobre los hombros. En la alfombra que tenía a los pies se había quedado dormido Juan, rodeado de sus juguetes. Ella, con la cabeza ligeramente echada hacía atrás, parecía estar viendo al niño: habiéndosele caído de las manos el linón que cosía, descansaba sobre la alfombra.

Apenas sintió pasos levantó los ojos hacia mí; se pasó por las sienes las manos para despejarlas de cabellos que no las cubrían, y vergonzosa se inclinó con presteza a recoger la costura.

—¿Dónde está mi madre? —le pregunté, dejando de mirarla por contemplar la hermosura del niño dormido.

—En el cuarto de papá.

Y hallando en mi rostro lo que buscó tímidamente al decir esto, sus labios intentaron sonreír.

Medio arrodillado yo, enjugaba con mi pañuelo la frente del chiquito.

—¡Ay! —exclamó María— ¿acaso vi que se había dormido? Voy a acostarlo.

Y se acercó a tomar a Juan. Yo lo estaba alzando ya en mis brazos y María lo esperaba en los suyos: besé los labios de Juan entreabiertos y purpurinos, y aproximando su rostro al de María, pasó ella los suyos sobre esa boca que sonreía al recibir nuestras caricias y lo estrechó tiernamente contra su pecho.

Salió para volver momentos después a ocupar su asiento, junto al cual había colocado yo el mío.

Estaba ella arreglando los utensilios de su caja de costura, que había desordenado Juan, cuando le dije:

—¿Has hablado con mi madre hoy sobre cierta propuesta de Carlos?

—Sí —respondió—prolongando sin mirarme el arreglo de la cajita.

—¿Qué te ha dicho? Deja eso ahora y hablemos formalmente.

Buscó aun algo en el suelo, y tomando por último un aire de afectada seriedad, que no excluía el vivo rubor de sus mejillas ni el mal velado brillo de sus ojos, contestó:

—Muchas cosas.

—¿Cuáles?

—Esas que usted aprobó que ella me dijera.

—¿Yo? ¿y por qué me tratas de usted hoy?

—¿No ve que es porque algunas veces me olvido...?

—Di las cosas de que te habló mi madre.

—Si ella no me ha mandado que las diga... Pero lo que yo le respondí sí se puede contar.

—Bueno; a ver.

—Le dije que... Tampoco se pueden decir ésas.

—Ya me las dirás en otra ocasión, ¿no es verdad?

—Sí; hoy no.

—Mi madre me ha manifestado que estás animada a contestarle a él lo que debes, a fin de que comprenda que estimas en lo que vale el honor que te hace.

Miróme entonces fijamente, sin responderme.

—Así debe ser —continué.

Bajó los ojos y siguió guardando silencio, distraída al parecer en clavar en orden las agujas en su almohadilla.

—María, ¿no me has oído? —agregué.

—Sí.

Y volvió a buscar mis miradas, que me era imposible separar de su rostro. Vi entonces que en sus pestañas brillaban lágrimas.

—Pero ¿por qué lloras? —le pregunté.

—No, si no lloro... ¿acaso he llorado?

Y tomando mi pañuelo se enjugó precipitadamente los ojos.

—Te han hecho sufrir con eso, ¿no? Si te has de poner triste, no hablemos más de ello.

—No, no; hablemos.

—¿Es mucho sacrificio resolverte a oír lo que te dirá hoy Carlos?

—Yo tengo ya que darle a mamá gusto; pero ella me prometió que me acompañarían. Estarás ahí, ¿no es cierto?

—¿Y para qué así? ¿Cómo tendrá ocasión de hablarte él?

—Pero estarás tan cerca cuanto sea posible.

Y poniéndose a escuchar:

—Es mamá que viene —continuó, poniendo una mano suya en las mías, para dejarla tocar de mis labios, como solía hacerlo cuando quería hacer completa, al separarnos, mi felicidad de algunos minutos.

Entró mi madre, y María, ya en pie, me dijo:

—¿El baño?

—Sí —le repuse.

—Y las naranjas cuando estés allá.

—Sí.

Mis ojos debieron de completar tan tiernamente como mi corazón lo deseaba estas respuestas pues ella, satisfecha de mi disimulo, sonreía al oírlas.

Estaba acabando de vestirme a la sombra de los naranjos del baño, a tiempo que don Jerónimo y mi padre, que deseaba enseñarle el mejor adorno de su jardín, llegaron a él. El agua estaba a nivel con el chorro, y se veían en ella, sobrenadando o errantes por el fondo diáfano, las rosas que Estéfana había derramado en el estanque.

Era Estéfana una negra de doce años, hija de esclavos nuestros: su índole y belleza la hacían simpática para todos. Tenía un afecto fanático por su señorita María, la cual se esmeraba en hacerla vestir graciosamente.

Llegó Estéfana poco después que mi padre y el señor de M...; y convencida de que podía acercarse ya, me presentó una copa que contenía naranja preparada con vino y azúcar.

—Hombre, su hijo de usted vive aquí como un rey, —dijo don Jerónimo a mi padre.

Este le repuso, a tiempo que daban vuelta al grupo de naranjos para tomar el camino de la casa:

—Seis años ha vivido como estudiante, y le faltan por vivir así otros cinco cuando menos.

XXVIII

Aquella tarde, antes de que se levantasen las señoras a preparar el café, como lo hacían siempre que había extraños en casa, traje a conversación las pescas de los niños y referí la causa por la cual les había ofrecido presenciar aquel día la colocación de los anzuelos en la quebrada. Se aceptó mi propuesta de elegir tal sitio para paseo. Solamente María me miró como diciéndome “¿conque no hay remedio?”.

Atravesábamos ya el huerto. Fue necesario esperar a María y también a mi hermana, quien había ido a averiguar la causa de su demora. Daba yo el brazo a mi madre. Emma rehusó cortésmente apoyarse en el de Carlos, so pretexto de llevar de la mano a uno de los niños: María lo aceptó casi temblando, y al poner la mano en él, se detuvo a esperarme; apenas fue posible significarle que era necesario no vacilar.

Habíamos llegado al punto de la ribera donde en la hoya de la vega, alfombrada de fina grama, sobresalen de trecho en trecho piedras negras manchadas de musgos blancos.

La voz de Carlos tomaba un tono confidencial: hasta entonces había estado sin duda cobrando ánimo y empezaba a dar un rodeo para tomar buen viento. María intentó detenerse otra vez: en sus miradas a mi madre y a mí había casi una súplica; y no me quedó otro recurso que procurar no encontrarlas. Vio en mi semblante algo que le mostró el tormento a que estaba yo sujeto, pues en su rostro ya pálido noté un ceño de resolución extraño en ella. Por el continente de Carlos me persuadí de que era llegado el momento en que deseaba yo escuchar. Ella empezaba a responderle, y como su voz, aunque trémula, era más clara de lo que él parecía desear, llegaron a mis oídos estas frases interrumpidas.

—Habría sido mejor que usted hablase solamente con ellos... Sé estimar el honor que usted... Esta negativa...

Carlos estaba desconcertado: María se había soltado de su brazo, y acabando de hablar jugaba con los cabellos de Juan, quien asiéndola de la falda le mostraba un racimo de adorotes colgante del árbol inmediato.

Dudo que la escena que acabo de describir con la exactitud que me es posible, fuera estimada en lo que valía por don Jerónimo, el cual con las manos dentro de las faltriqueras de su chupa azul, se acercaba en aquel momento con mi padre; para éste todo pasó como si lo hubiese oído.

María se agregó mañosamente a nuestro grupo con pretexto de ayudarle a Juan a coger unas moras que él no alcanzaba. Como yo había tomado ya las frutas para dárselas al niño, ella me dijo al recibírmelas:

—¿Qué hago para no volver con ese señor?

—Es inevitable —le respondí.

Y me acerqué a Carlos convidándolo a bajar un poco más por la vega para que viésemos un bello remanso, y le instaba con la mayor naturalidad que me era posible fingir, que viniésemos a bañarnos en él la mañana siguiente. Era pintoresco el sitio; pero, decididamente, Carlos veía en éste, menos que en cualesquiera otros, la hermosura de los árboles y los bejucos florecidos que se bañaban en las espumas, como guirnaldas desatadas por el viento.

El Sol al acabar de ocultarse teñía las colinas, los bosques y las corrientes con resplandores color de topacio; con la luz apacible y misteriosa que llaman los campesinos “el Sol de los venados”, sin duda porque a tal hora salen esos habitantes de las espesuras a buscar pastos en los pajonales de las altas cuchillas o al pie de los magueyes que crecen entre las grietas de los peñascos.

Al unirnos Carlos y yo al grupo que formaban los demás, ya iban a tomar el camino de la casa, y mi padre, con una oportunidad perfectamente explicable, dijo a don Jerónimo:

—Nosotros no debemos pasar desde ahora por valetudinarios; regresemos acompañados.

Dicho esto tomó la mano de María para ponerla en su brazo, dejando al señor de M... llevar a mi madre y a Emma.

—Han estado más galantes que nosotros —dije a Carlos señalándole a mi padre y al suyo.

Y los seguimos, llevando yo en los brazos a Juan, quien abriendo los suyos se me había presentado diciéndome:

—Que me alces, porque hay espinas y estoy cansado.

Refirióme después María que mi padre le había preguntado, cuando empezaban a vencer las cuestecillas de la vega, qué le había dicho Carlos; y como insistiese afablemente en que le contara, porque ella guardaba silencio, se resolvió al fin, animada así, a decirle lo que le había respondido a Carlos.

—¿Es decir, —le preguntó mi padre casi riendo, oída la trabajosa relación que ella acababa de hacerle— es decir, que no quieres casarte nunca?

Respondióle meneando la cabeza en señal de negativa, sin atreverse a verlo.

—Hija, ¿sí tendrás ya visto algún novio? —continuó mi padre—: ¿no dices que no?

—Sí digo —contestóle María muy asustada.

—¿Será mejor que ese buen mozo que has desdeñado? —Y al decirle esto, mi padre le pasó la mano derecha por la frente para conseguir que lo mirase—. ¿Crees que eres muy linda?

—¿Yo?, no señor.

—Sí y te lo habrá dicho alguno muchas veces. Cuéntame cómo es ese afortunado.

María temblaba sin atreverse a responder una palabra más, cuando mi padre continuó diciéndole:

—El te acabará de merecer; tú querrás que sea un hombre de provecho... Vamos, confiésamelo, ¿no te ha dicho que me lo han contado todo?

—Pero si no hay qué contar.

—¿Conque tienes secretos para tu papá? —le dijo mirándola cariñosamente y en tono de queja; lo cual animó a María a responderle:

—¿Pues no dice usted que se lo han contado todo?

Mi padre guardó silencio por un rato. Parecía que lo apesaraba algún recuerdo. Subían las gradas del corredor del huerto cuando ella le oyó decir:

—¡Pobre Salomón!

Y pasaba al mismo tiempo una de sus manos por la cabellera de la hija de su amigo.

Aquella noche en la cena, las miradas de María al encontrarlas yo, empezaron a revelarme lo que entre mi padre y ella había pasado. Se quedaba a veces pensativa, y creí notar que sus labios pronunciaban en silencio algunas palabras, como distraída solía hacerlo con los versos que le agradaban.

Mi padre trató, en cuanto le fue posible, de hacer menos difícil la situación del señor de M... y de su hijo, quien, por lo que se notaba, había hablado con don Jerónimo sobre lo sucedido en la tarde: todo esfuerzo fue inútil. Habiendo dicho desde por la mañana el señor de M... que madrugaría al día siguiente, insistió en que le era preciso estar muy temprano en su hacienda, y se retiró con Carlos a las nueve de la noche, después de haberse despedido de la familia en el salón.

Acompañé a mi amigo a su cuarto. Todo mi afecto hacia él había revivido en esas últimas horas de su permanencia en casa: la hidalguía de su carácter, esa hidalguía de que tantas pruebas me dio durante nuestra vida de estudiantes, lo magnificaba de nuevo ante mí. Casi me parecía vituperable la reserva que me había visto forzado a usar para con él. Si cuando tuve noticia de sus pretensiones, me decía yo, le hubiese confiado mi amor a María, y lo que en aquellos tres meses había llegado a ser ella para mí, él, incapaz de arrostrar las fatales predicciones hechas por el médico, hubiera desistido de su intento: y yo, menos inconsecuente y más leal, nada tendría que echarme en cara. Muy pronto, si no las comprende ya, tendrá que conocer las causas de mi reserva, en ocasión en que esa reserva tanto mal pudo haberle hecho. Estas reflexiones me apenaban. Las indicaciones recibidas de mi padre para manejar ese asunto eran tales, que bien podría sincerarme con ellas. Pero no: lo que en realidad había pasado, lo que tenía que suceder y sucedió, fue que ese amor, adueñado de mi alma para siempre, la había hecho insensible a todo otro sentimiento, ciega a cuanto no viniese de María.

Tan luego como estuvimos solos en mi cuarto, me dijo, tomando todo el aire de franqueza estudiantil, sin que en su fisonomía desapareciera por completo la contrariedad que denunciaba:

—Tengo que disculparme para contigo de una falta de confianza en tu lealtad.

Yo deseaba oírle ya la confidencia, tan temible para mí un día antes.

—¿De qué falta? —le respondí—: no la he notado.

—¿Que no la has notado?

—No.

—¿No sabes el objeto con que mi padre y yo vinimos?

—Sí.

—¿Estás al corriente del resultado de mi propuesta?

—No bien, pero...

—Pero lo adivinas.

—Es verdad.

—Bueno. Entonces ¿por qué no hablé contigo sobre lo que pretendía, antes de hacerlo con cualquiera otro, antes de consultárselo a mi padre?

—Una delicadeza exagerada de tu parte...

—No hay tal delicadeza; lo que hubo fue torpeza, imprevisión, olvido... lo que quieras; pero eso no se llama como lo has llamado.

Se paseó por el cuarto; y deteniéndose luego delante del sillón que yo ocupaba:

—Oye —dijo— y admírate de mi candidez. ¡Cáspita! Yo no sé para qué diablos le sirve a uno haber vivido veinticuatro años. Hace poco más de un año que me separé de ti para venirme al Cauca, y ojalá te hubiera esperado como tanto lo deseaste. Desde mi llegada a casa fui objeto de las más obsequiosas atenciones de tu padre y de tu familia toda: ellos veían en mí a un amigo tuyo, porque acaso les habías hecho saber la clase de amistad que nos unía. Antes de que vinieras, vi dos o tres veces a la señorita María y a tu hermana, ya de visita en casa, ya aquí. Hace un mes que me habló mi padre del placer que le daría yo tomando por esposa a una de las dos. Tu prima había extinguido en mí, sin saberlo ella, todos aquellos recuerdos de Bogotá que tanto me atormentaban, como te lo decían mis primeras cartas. Convine con mi padre en que pidiera él para mí la mano de la señorita María. ¿Por qué no procuré verte antes? Bien es verdad que la prolongada enfermedad de mi madre me retuvo en la ciudad; pero ¿por qué no te escribí? ¿Sabes por qué?... Creía que al hacerte la confidencia de mis pretensiones era como exigirte algo a mi favor, y el orgullo me lo impidió. Olvidé que eras mi amigo; tú tendrías derecho, lo tienes, para olvidarlo también. Pero si tu prima me hubiese amado; si lo que no era otra cosa que las consideraciones a que tu amistad me daba derecho, hubiera sido amor, ¿tú habrías consentido en que ella fuera mi mujer sin...? ¡Vaya! Yo soy un tonto en preguntártelo, y tú muy cuerdo en no responderme.

—Mira —agregó después de un instante en que estuvo acodado en la ventana—: tú sabes que yo no soy hombre de los que se echan a morir por estas cosas: recordarás que siempre me reí de la fe con que creías en las grandes pasiones de aquellos dramas franceses que me hacían dormir cuando tú me los leías en las noches de invierno. Lo que hay es otra cosa: yo tengo que casarme; y me halagaba la idea de entrar a tu casa, de ser casi tu hermano. No ha sucedido así, pero en cambio buscaré una mujer que me ame sin hacerme merecedor de tu odio, y...

—¡De mi odio! —exclamé interrumpiéndole.

—Sí; dispensa mi franqueza. ¡Qué niñería... no... qué imprudencia habría sido ponerme en semejante situación! Bello resultado: pesadumbres para tu familia, remordimiento para mí, y la pérdida de tu amistad.

—Mucho debes de amarla —continuó después de una pausa—; mucho, puesto que pocas horas me han bastado para conocerlo, a pesar de lo que has procurado ocultármelo. ¿No es verdad que la amas así como creíste llegar a amar cuando tenías dieciocho años?

—Sí —le respondí seducido por su noble franqueza.

—¿Y tu padre lo ignora?

—No.

—¿No? —preguntó admirado.

Entonces le referí la conferencia que había tenido días antes con mi padre.

—¿Conque todo, todo lo arrostras? —me interrogó maravillado, apenas hube concluido mi relación—. ¿Y esa enfermedad que probablemente es la de su madre?... ¿Y vas a pasar quizá la mitad de tu vida sentado sobre una tumba?...

Estas últimas palabras me hicieron estremecer de dolor: ellas, pronunciadas por boca de un hombre a quien no otra cosa que su afecto por mí podía dictárselas; por Carlos, a quien ninguna alucinación engañaba, tenían una solemnidad terrible, más terrible aún que el sí con el cual acababa yo de contestarlas.

Púseme en pie, y al ofrecerle mis brazos a Carlos, me estrechó casi con ternura entre los suyos. Me separé de él abrumado de tristeza, pero libre ya del remordimiento que me humillaba cuando nuestra conferencia empezó.

Volví al salón. Mientras mi hermana ensayaba en la guitarra un valse nuevo, María me refirió la conversación que al regreso del paseo había tenido con mi padre. Nunca se había mostrado tan expansiva conmigo: recordando ese diálogo, el pudor le velaba frecuentemente los ojos y el placer le jugaba en los labios.

XXIX

La llegada de los correos y la visita de los señores de M... habían aglomerado quehaceres en el escritorio de mi padre. Trabajamos todo el día siguiente, casi sin interrupción; pero en los momentos que nos reunimos con la familia en el comedor, las sonrisas de María me hacían dulces promesas para la hora del descanso: a ellas les era dable hacerme leve hasta el más penoso trabajo.

A las ocho de la noche acompañé a mi padre hasta su alcoba, y respondiendo a mi despedida de costumbre, añadió:

—Hemos hecho algo pero nos falta mucho. Conque hasta mañana temprano.

En días como aquél, María me esperaba siempre por la noche en el salón, conversando con Emma y mi madre, leyéndole a ésta algún capítulo de la Imitación de la Virgen o enseñando oraciones a los niños.

Parecíale tan natural que me fuese necesario pasar a su lado unos momentos en esa hora, que me los concedía como algo que no le era permitido negarme. En el salón o en el comedor me reservaba siempre un asiento inmediato al suyo, y un tablero de damas o los naipes nos servían de pretexto para hablar a solas, menos con palabras que con miradas y sonrisas. Entonces sus ojos, en arrobadora languidez, no huían de los míos.

—¿Viste a tu amigo esta mañana? —me preguntó procurando hallar respuesta en mi semblante.

—Sí: ¿por qué me lo preguntas ahora?

—Porque no he podido hacerlo antes.

—¿Y qué interés tienes en saberlo?

—¿Te instó él a que le pagaras la visita?

—Sí.

—Irás a pagársela, ¿no?

—Seguramente.

—El te quiere mucho, ¿no es así?

—Así lo he creído siempre.

—¿Y lo crees todavía?

—¿Por qué no?

—¿Lo quieres como cuando estabais ambos en el colegio?

—Sí; pero ¿por qué hablas hoy de esto?

—Es porque yo quisiera que tú fueses siempre su amigo, y que él siguiese siéndolo tuyo... Pero tú no le habrás contado nada.

—¿Nada de qué?

—Pues de eso.

—¿Pero de qué cosa?

—Si sabes qué es lo que digo... No le has dicho ¿no?

Yo me complacía en la dificultad que ella encontraba para preguntarme si había hablado de nuestro amor a Carlos, y le respondí:

—Es la primera vez que no te entiendo.

—¡Avemaría! ¿Cómo no has de entender? Que si le has hablado de lo que...

Y como me quedase mirándola al propio tiempo que me sonreía de su infantil afán, prosiguió:

—Bueno; ya no me digas; —y se puso a hacer torrecillas con las fichas del tablero en que jugábamos.

—Si no me miras —le dije— no te confieso lo que he dicho a Carlos.

—Ya, pues... a ver, di —respondióme tratando de hacer lo que yo le exigía.

—Se lo he contado todo.

—¡Ay!, no; ¿todo?

—¿Hice mal?

—Sí así debía ser... Pero entonces, ¿por qué no se lo contaste antes de que viniera?

—Mi padre se opuso a ello.

—Sí, pero él no habría venido; ¿no hubiera sido mejor? —Sin duda, pero yo no debía hacerlo, y hoy él está satisfecho de mí.

—¿Seguirá pues siendo tu amigo?

—No hay motivo para que deje de serlo.

—Sí, porque yo no quiero que por esto...

—Carlos te agradecerá tanto como yo ese deseo.

—¿Conque te separaste de él como de costumbre?. Y él ¿se ha ido contento?

—Tan contento como era posible conseguirlo.

—Pero, yo no tengo la culpa, ¿no?

—No, María, ni él te estima menos que antes por lo que has hecho.

—Si te quiere de veras, así debe ser. ¿Y sabes por qué ha pasado todo así con ese señor?

—¿Por qué?

—¡Pero cuidado con reírte!

—No me reiré.

—Pero si ya estás riéndote.

—No es de lo que vas a decirme sino de lo que ya has dicho; di María.

—Ha sido porque yo le he rezado mucho a la Virgen para que hiciera suceder todo así, desde ayer que mamá me habló.

—¿Y si la Virgen no te hubiera concedido lo que le pedías?

—Eso era imposible: siempre me concede lo que le pido, y como esta vez yo le rogaba tanto, estaba segura de que me oiría. Mamá se va —agregó— y Emma se está durmiendo. Ya ¿no?

—¿Quieres irte?

—¿Y qué voy a hacer?... ¿Mucho escribirán mañana también?

—Parece que sí.

—¿Y cuando Tránsito venga?

—¿A qué horas viene?

—Mandó decir que a las doce.

—A esa hora habremos concluido. Hasta mañana. Respondió a mi despedida con las mismas palabras; pero admirándose de que me quedase con el pañuelo que ella tenía en la mano que me dio a estrechar. María no comprendía que ese pañuelo perfumado era un tesoro para una de mis noches. Después se negó casi siempre a concederme tal bien, hasta que vinieron los días en que se mezclaron tantas veces nuestras lágrimas.

XXX

En la mañana siguiente, mi padre dictaba y yo escribía, mientras él se afeitaba, operación que nunca interrumpía los trabajos empezados, no obstante el esmero que en ella gastaba siempre. Su cabellera rizada, abundante aún en la parte posterior de la cabeza, y que dejaba inferir cuán hermosos serían los cabellos que llevó en su juventud, le pareció un poco larga. Entreabriendo la puerta que caía al corredor, llamó a mi hermana.

—Está en la huerta —le respondió María desde el costurero de mi madre—. ¿Necesita usted algo?

—Ven tú, María —le contestó a tiempo que yo le presentaba algunas cartas concluidas para que las firmase—. ¿Quieres que bajemos mañana? —Me preguntó firmando la primera.

—Cómo no.

—Será bueno, porque hay mucho que hacer: yendo ambos, nos desocuparemos más pronto. Puede ser que el señor A... escriba algo sobre su viaje en este correo: ya se demora en avisar para cuándo debes estar listo. Entra, hija —agregó volviéndose a María, la cual esperaba afuera por haber encontrado la puerta entornada.

Ella entró dándonos los buenos días. Sea que hubiese oído las últimas palabras de mi padre sobre mi viaje, sea que no pudiese prescindir de su timidez genial delante de éste, con mayor razón desde que él le había hablado de nuestro amor, se puso algo pálida. Mientras él acababa de firmar, la mirada de María se paseaba por las láminas del cuarto, después de haberse encontrado furtivamente con la mía.

—Mira —le dijo mi padre sonriendo al mostrarle los cabellos—¿no te parece que tengo mucho pelo?

Ella sonrió también al responderle:

—Sí, señor.

—Pues recórtalo un poco. —Y tomó para entregárselas las tijeras de un estuche que estaba sobre una de las mesas—. Voy a sentarme para que puedas hacerlo mejor.

Dicho esto, acomodóse en la mitad del cuarto dando la espalda a la ventana y a nosotros.

—Cuidado, mi hija, con trasquilarme —dijo cuando ella iba a empezar—. ¿Está principiada la otra carta? —añadió dirigiéndose a mí.

—Sí, señor.

Comenzó a dictar hablando con María mientras yo escribía.

—¿Conque te hace gracia que te pregunte si tengo muchos cabellos?

—No, señor —respondióle consultándome si iba bien la operación.

—Pues así como los ves —continuó mi padre— fueron tan negros y abundantes como otros que yo conozco.

María soltó los que tenía en ese momento en la mano.

—¿Qué es? —le preguntó él, volviendo la cabeza para verla.

—Que voy a peinarlos para recortar mejor.

—¿Sabes por qué se cayeron y encanecieron tan pronto? —le preguntó después de dictarme una frase.

—No, señor.

—Cuidado, niño, con equivocarse.

María se sonrojó, mirándome con todo el disimulo que era necesario para que mi padre no lo notase en el espejo de la mesa de baño que tenía al frente.

—Pues cuando yo tenía veinte años —prosiguió— es decir, cuando me casé, acostumbraba bañarme la cabeza todos los días con agua de colonia. Qué disparate, ¿no?

—Y todavía —observó ella.

Mi padre se rió con aquella risa armoniosa y sonora que acostumbraba.

Yo leí el final de la frase escrita, y él, dictada otra, continuó su diálogo con María.

—¿Está ya?

—Creo que sí; ¿no? —añadió consultándome.

Cuando María se inclinó a sacudir los recortes de cabellos que habían caído sobre el cuello de mi padre, la rosa que llevaba en una de las trenzas le cayó a él a los pies. Iba a alzarla, pero mi padre la había tomado ya. María volvió a ocupar su puesto tras de la silla, y él le dijo después de verse en el espejo detenidamente:

—Yo te la pondré ahora donde estaba, para recompensarte lo bien que lo has hecho; —y acercándose a ella, agregó, colocando la flor con tanta gracia como lo hubiera podido hacer Emma—: todavía se me puede tener envidia.

Detuvo a María, que se mostraba deseosa de retirarse por temor de lo que él pudiera añadir, besóle la frente y le dijo en voz baja:

—Hoy no será como ayer; acabaremos temprano.

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Resumen de María | María


 


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