|
|
|
|
|
|
|
|
|
XVI Paternidad Un momento después, Santos tomó la mano de la mujer, que se la abandonó sin estrechar la suya; ambos contemplaban a los niños, olvidados de la riña, para no ser más que padres. Ya no se trataba de espiritismo, ni de otra religión nueva; se trataba de la más vieja de todas, fundada por Adán y Eva, y a la que, si se quiere, puedes llamar paternidad. Rezaban sin palabras, persignábanse sin dedos, en una especie de ceremonia tranquila y muda, que abarcaba el pasado y el futuro. ¿Quién era el sacerdote? ¿Quién el sacristán? No lo sé, ni es necesario. La misa era la misma, y el Evangelio empezaba como el de San Juan (enmendado): "En el principio era el amor, y el amor se hizo carne." Pero vengamos a nuestros gemelos. XVII Todo lo que suprimo Los gemelos, no teniendo nada que hacer, iban mamando. En este oficio conducíanse sin rivalidad, y mamaban uno frente a otro; entonces cada uno de ellos parecía querer demostrar que mamaba más y mejor, paseando los dedos por el seno amigo y chupando con toda el alma. Las amas, por su parte, estaban orgullosas de sus pechos y los comparaban entre sí; los niños, hartos, soltaban al fin los pezones y les sonreían. Si no fuese por la necesidad de poner a los chicos en pie, crecidos y hombres, desarrollaría este capítulo. Realmente el espectáculo, aunque común, era hermoso. Los chiquillos se alimentaban al revés de sus padres, sin las artes del cocinero, ni la vista de las comidas y bebidas, todas puestas en cristales y porcelanas para corregir y colorar la dura necesidad de comer. A ellos no se les veía la comida; la boca pegada al pecho no dejaba aparecer la leche. La naturaleza mostrábase satisfecha por medio de la sonrisa o el sueño. Cuando era por el sueño, cada ama llevaba a su chico a la cuna, e iba a ocuparse de otra cosa. Esta comparación podría darme tres o cuatro páginas sólidas. Una página bastaría para los cascabeles que embelesaban a los niños, como si fuesen la misma música del cielo. Sonreían, tendían las manos, algunas veces se enfadaban porque no se los dieran; pero en cuanto se los daban, callaban, y si no podían tocar, no se enojaban por ello. A propósito de cascabeles, diría que esos instrumentos no dejan recuerdo; si al que los ve en las manos de un niño le parece que le recuerdan los suyos, se equivoca: el recuerdo tiene que ser más reciente, algún discurso del año pasado, o la vaca lechera que pasó la víspera. La operación del destete podía describirse en una línea; pero la pena de las amas, las despedidas, los aros de oro que la madre dio a cada una de ellas, como regalo final, todo esto exigiría una buena página o más. Pocas líneas bastarían para las niñeras, porque no sé si eran altas o bajas, feas o bonitas. Eran dulces, cumplidoras de su obligación, amigas de los niños y también una de otra. Caballitos de madera, banderolas, teatros de títeres, kepis y tambores, toda la quincallería de la infancia ocuparía mucho más sitio que sus nombres. Suprimo todo esto sólo por no fastidiar a la lectora, deseosa de ver a mis niños hombres hechos y derechos. Vamos a verlos, querida. Un poco más, y ya serán grandes y fuertes. Después los entregará a ellos mismos: que se abran a hierro, o lengua, o simplemente a fuerza de codos, el camino de la vida y del mundo. XVIII De cómo fueron creciendo Entretanto iban creciendo. La semejanza, sin confundirlos, continuaba siendo grande. Los mismos ojos, claros y atentos; la misma boca, llena de gracia; las manos finas, y un color vivo en las mejillas que las hacía parecer pintadas con sangre. Eran sanos; excepto la crisis de los dientes, no tuvieron enfermedad alguna, porque no cuento una que otra indigestión de dulces que los padres les daban o que ellos sacaban a escondidas. Ambos eran golosos, Pedro más que Pablo, y Pablo más que todo el mundo. A los siete años eran dos obras maestras, o una sola en dos volúmenes, como prefieras. A la verdad, no había por toda aquella playa, ni por los Flamencos, Glorias, Cajús y otras redondezas, no había uno, repito, cuanto más dos chicos tan graciosos. Observa que eran también robustos. Pero, de un puñetazo, derribaba a Pablo; en compensación, Pablo, de un puntapié, tiraba a Pedro al suelo. Corrían mucho en la quinta, por apuesta. Algunas veces quisieron encaramarse a los árboles; pero la madre no lo consentía, no era bonito. Contentábanse con espiar la fruta desde abajo. Pablo era más agresivo, Pedro más disimulado, y ambos acababan por comerse la fruta de los árboles; un mulatillo iba a buscarla arriba, ya por los moquetes del uno, ya por las promesas del otro. Las promesas no se cumplían nunca; los moquetes, por ser anticipados, se cumplían siempre, y a veces con repetición después del servicio. No digo con esto que uno y otro gemelo no supiesen agredir y disimular; la diferencia consiste en que cada uno sabía mejor su inclinación, cosa tan obvia que cuesta escribirla. Obedecían a sus padres sin gran esfuerzo, aunque fuesen caprichosos. No mentían más que los otros chicos de la ciudad. Al fin y al cabo la mentira es a veces una semivirtud. Así, cuando dijeron que no habían visto hurtar un reloj de la madre, regalo del padre cuando eran novios, mintieron conscientemente, porque la criada que se apoderó de él fue sorprendida por ellos en plena acción. ¡Pero era tan amiga de ellos y con tantas lágrimas les pidió que no lo dijesen a nadie, que los gemelos negaron a pies juntillas haber visto nadar Tenían siete años. A los nueve, cuando la muchacha estaba ya muy lejos, descubrieron, no sé con qué motivo, el hecho ocultado. La madre quiso saber por qué habían callado antes; no lo supieron explicar; pero es evidente que el silencio de 1878 fue obra del afecto y la compasión, y de ahí la semivirtud, porque ya es algo pagar amor con amor. En cuanto a la revelación de 1880, sólo se puede explicar por el tiempo transcurrido. La buena Miquelina ya no estaba presente; quizá hubiese muerto. Además, la referencia surgió tan naturalmente... -¿Pero por qué no me lo han dicho hasta ahora?- insistía la madre. -No sabiendo qué razones dar, uno de ellos, creo que Pedro, resolvió acusar al hermano: -¡Fue él, mamá! -¿Yo? -replicó Pablo. -¡Fue él, mamá, él, que no dijo nada! -¡Fuiste tú! -¡Fuiste tú! ¡No mientas! -El mentiroso eres tú. Lanzáronse el uno sobre el otro. Natividad acudió rápidamente, pero no tanto que pudiera impedir el cambio de los primeros puñetazos. Detúvoles los brazos a tiempo de evitar otros, y en vez de castigarlos o amenazarlos, los besó con tanta ternura, que no hallaron ocasión mejor de pedirle dulces. Tuvieron el dulce; tuvieron también un paseo, por la tarde, en el carruajecito del padre. A la vuelta estaban amigos y reconciliados. Contaron a la madre el paseo, la gente que habían visto por la calle, los otros niños que los miraban con envidia, uno que se metía el dedo en la boca, otro en la nariz, y las muchachas que estaban asomadas en las ventanas, algunas de las cuales los encontraron lindos. En este último punto divergían, porque cada cual se adjudicaba las admiraciones; pero la madre intervino: -Eran para los dos. Son tan parecidos, que no podían ser sino para ambos. ¿Y sabe por qué los han elogiado las niñas? Porque los vieron amigos, juntitos el uno al otro. Los niños lindos no pelean, y menos siendo hermanos. Quiero verlos quietos y amigos, jugando juntos, sin riña ni nada. ¿Han entendido? Pedro contestó que sí; Pablo esperó que la madre repitiese la pregunta, y dio la misma respuesta. En fin, como ésta lo mandase, abrazáronse ambos, pero fue un abrazo sin gusto, sin fuerza, casi sin brazos; acercáronse el uno al otro, tendieron las manos a las costillas del hermano y dejáronlas caer. Por la noche, en la alcoba, cada uno de ellos dedujo para sí que debía los obsequios de aquella tarde, el dulce, los besos, el carruaje, a la pelea que habían tenido, y que otra les podía procurar otro tanto o más. Sin palabras, como una romanza para piano, resolvieron irse a las manos en la primera oportunidad. Esto, que debía ser un lazo tendido a la ternura de la madre, llevó al corazón de ambos una sensación particular, que no era sólo consuelo y desquite de los puñetes recibidos aquel día, sino también satisfacción de un deseo íntimo, profundo, necesario. Dijéronse todavía, sin odio, algunas palabras de cama a cama, rieron de uno que otro recuerdo de la calle, hasta que el sueño entró con sus pies de lana y su pico callado, y tomó posesión de la alcoba entera. XIX. Dos apenas.-Cuarenta años.-Tercera causa. Uno de mis propósitos en este libro, es no ponerle lágrimas. Sin embargo, no puedo callar las dos que brotaron cierta vez de los ojos de Natividad, después de una riña de los chicos. Dos apenas, que fueron a morir en la comisura de los labios. Tan a prisa las vertió como las sorbió, renovando al revés y con palabras mudas, el cierre de los cuentos de niños: "entró por una puerta, salió por otra, manda el rey nuestro señor que nos cuente otra". Y el segundo niño contaba un segundo cuento, el tercero el tercero, el cuarto el cuarto, hasta que llegaba el aburrimiento y el sueño. Personas que datan del tiempo en que se contaban esos cuentos, afirman que los niños no ponían en dicha fórmula ninguna fe monárquica, ni absoluta ni constitucional; era un modo de ligar su Decamerón, modo heredado del viejo reino portugués, cuando los reyes mandaban lo que querían y la nación decía que estaba muy bien. Sorbidas las dos lágrimas, Natividad se rió de su propia debilidad. No se llamó tonta porque semejantes desahogos se usan raras veces, hasta en particular; pero en lo secreto de su corazón, allí, muy al fondo, donde no penetra el ojo humano, creo que sintió algo parecido a eso. Como no tengo pruebas claras, me limito a defender a nuestra dama. A la verdad, cualquier otra viviría temblando por la suerte de sus hijos, después de ver la niña anterior e interior. Las luchas se habían hecho más frecuentes, las manos eran cada vez más aptas, y todo hacía temer que acabasen destripándose el uno al otro... Pero aquí surgía la idea de la grandeza y la prosperidad, -¡cosas futuras! -y esta esperanza era como un pañuelo que enjugase los ojos de la buena señora. Las Sibilas no habrán hablado sólo del mal, ni los profetas, sino del bien, y principalmente de éste. Con ese pañuelito verde enjugóse los ojos; y ya tendría otros pañuelos, si aquél quedase roto o arrugado; uno, por ejemplo, no verde como la esperanza, sino azul como su alma. Todavía no les he dicho que el alma de Natividad era azul. Aquí queda dicho. De un azul celeste, claro, transparente, que alguna vez se nublaba, pocas se ponía tempestuoso, y nunca era obscurecido por la noche... No, lector; no he olvidado la edad de nuestra amiga; la recuerdo como si fuese de hoy. Así llegó a los cuarenta años. No importa: el cielo es más viejo, y no ha cambiado de color. Una vez que no atribuyas al azul del alma ningún significado romántico, estás en la cuenta. Cuando mucho, el día que cumplió esa edad, nuestra dama sintió un escalofrío. ¿Qué había pasado? ¡Nada! Un día más que la víspera, algunas horas apenas. Toda una cuestión de número, menos que de número, de nombre de número, la palabra cuarenta: he ahí el mal único. Por eso la melancolía con que dijo el marido, agradeciendo los mimos del cumpleaños: -¡Estoy vieja, Agustín! Santos trató de sofocarla jugando. Pero haría mal si la ahogara. Natividad tenía aún las formas del tiempo anterior a la concepción, la misma flexibilidad, la misma gracia delicada y viva. Conservaba el donaire de los treinta. La costurera ponía de relieve todos los pensamientos restantes de su figura, aún le añadía algunos de su bolsillo. La cintura se empecinaba en no querer engrosar, y las caderas y el cuello, tenían las mismas antiguas redondeces. Hay regiones en que el verano se confunde con el otoño, como pasa en nuestra tierra, donde las dos estaciones sólo difieren en la temperatura. En navidad ni por la temperatura. Mayo tenía el calor de Enero. A los cuarenta años era la misma señora verde, con la mismísima alma azul. Este color le venía del padre y del abuelo, pero el padre murió temprano, antes que el abuelo, que alcanzó a los ochenta y cuatro. A esa edad creía que todas las delicias de este mundo, desde el café de la mañana hasta el sueño sosegado, habían sido inventados solamente para él. El mejor cocinero de la tierra había nacido en China con el único fin de dejar familia, patria, lengua, religión, todo, e ir a asarle las chuletas y hacerle el te. Las estrellas daban a sus noches un aspecto espléndido, la luna también, y la lluvia, si llovía, era para que él descansase del sol. Allí está ahora, en el cementerio de San Francisco Javier; si alguien pudiera oír la voz de los muertos dentro de sus sepulturas, le oiría a él gritando que ya era tiempo de cerrar la puerta del cementerio y no dejar entrar a nadie, puesto que él ya descansa para siempre jamás. Murió azul; si hubiera llegado a los cien años, no tendría tampoco otro color. Ahora bien; si la Naturaleza quería mimar a esta señora, la riqueza daba la mano a la Naturaleza, y de una y de otra salía el color más lindo que puede tener alma humana. Todo concurría así a sacarle inmediatamente los ojos, como vimos más atrás. Si se sorbió aquellas dos lágrimas solitarias, podía haber sorbido otras, edad adelante, y esto es, también, una prueba de aquel matiz espiritual; así hubiera demostrado que tenía pocas y que las sorbía para economizarlas. Pero hay todavía una tercera causa que daba a esta señora el sentimiento del color azul, causa tan particular que merecería ir en capítulo propio, pero no va, por economía. Era la excepción, era el haber atravesado la vida intacta y pura. El cabo de las tormentas se convirtió en cabo de la Buena Esperanza, y venció la primera y la segunda juventud, sin que los vientos le derribasen la nave ni las ondas se la tragasen. No negaría que alguna racha más fuerte que las otras pudiera llevarle la vela de trinquete, como en el caso de Juan de Mello, o todavía peor, en el de Ayres, pero sólo fueron bostezos de Adamastor. Arregló apresuradamente la vela, y el gigante quedó atrás, rodeado por Tetis, mientras ella seguía camino de las Indias. Entonces recordaba ya el próspero viaje. Se honraba con los vientos inútiles y perdidos. La memoria le llevaba el sabor del peligro pasado. He aquí la tierra oculta, los dos hijos nacidos, crecidos, amados por la fortuna. XX La joya Los cuarenta y un años no le produjeron calofríos. Ya estaba acostumbrada a los cuarenta. Sintió, sí, un gran espanto; despertó y no vio el regalo de costumbre, "la sorpresa" del marido delante de la cama. No la encontró tampoco en el tocador, abrió gavetas, buscó, nada. Creyó que el marido se habría olvidado de la fecha y se puso triste; ¡era la primera vez! Bajó mirando a todas partes: ¡nada! En el gabinete estaba el marido, callado, ensimismado, leyendo los periódicos, y apenas le tendió la mano. Los muchachos, a pesar de que era domingo, estudiaban en un rincón; fueron a darla el beso de costumbre y volvieron a sus libros. La madre paseó todavía los ojos por el gabinete, por ver si hallaba algún obsequio, un cuadro, un vestido, algo: pero en vano. Debajo de uno de los diarios que estaban en una silla frente al marido, pudiera ser que... ¡Nada! Entonces se sentó, y abriendo el diario, dijo para sí: -¿Será posible que no se acuerde del día de hoy? ¿Será posible? Comenzó a leer distraídamente, saltando las noticias, volviendo atrás... Enfrente, el marido observaba a la mujer, sin importarle absolutamente nada lo que parecía estar leyendo. Así pasaron algunos minutos. De repente Santos vio una expresión nueva en el rostro de Natividad; sus ojos parecían agrandarse, la boca se entreabrió, irguióse la cabeza, la de él también, y ambos dejaron sus sillas, dieron dos pasos y cayeron el uno en brazos del otro, como dos enamorados desesperados de amor. Uno, dos, tres, muchos besos. Pedro y Pablo, sorprendidos, estaban en un rincón de pie. El padre, en cuanto pudo hablar, les dijo: -Vengan a besar la mano de la señora baronesa de Santos. No comprendieron en seguida; Natividad no sabía qué hacer; daba la mano a sus hijos, al marido, y volvía al diario para leer y releer que en el despacho imperial de la víspera, el señor Agustín José dos Santos, había sido agraciado con el título de barón de Santos. Todo lo comprendió. El regalo del día era aquél; el joyero fue esa vez el emperador. -Bueno, bueno; ahora se pueden ir a jugar, dijo el padre a los hijos. Y los muchachos salieron a difundir la noticia por la casa. Los criados se alegraron muchísimo de ese cambio de los amos. Los mismos esclavos, parecían recibir una partícula de libertad, y se condecoraban con ella. -¡Ña baronesa! -exclamaban saltando. Y Juan empujaba a María haciendo castañuelas con los dedos. -Gente, ¿quién es esta criolla? Soy esclava de ña baronesa. Pero el emperador no fue el único joyero. Santos sacó del bolsillo un estuche, con un prendedor en que la corona nueva resplandecía de brillantes. Natividad agradeció la joya y consintió en ponérsela para que el marido la viese. Santos se sentía autor de la joya, inventor de la forma y de las piedras; pero en seguida dejó que se la sacase y la guardara, y tomó los periódicos, para mostrarle que en todos aparecía la noticia, y en algunos con adjetivo bien conceptuado aquí, distinguido, allí... Cuando Perpetua entró en el gabinete, los encontró paseándose de un lado al otro, con los brazos ciñendo las cinturas, conversando, callando, mirándose los pies. También ella dio y recibió abrazos. Toda la casa estaba alegre. En la quinta, los árboles parecían más verdes que nunca, los botones del jardín explicaban las hojas, y el sol cubría la tierra de una claridad infinita. El cielo, para colaborar con lo demás, permaneció azul: el día entero, desde temprano, comenzaron a llegar tarjetas y cartas de felicitación. Algo más tarde las visitas. Hombres del foro, hombres del comercio, hombres de sociedad, algunos títulos, muchas señoras, fueron o mandaron. Algunos acreedores de Santos acudieron a toda prisa; otros prefirieron continuar el olvido. Nombres hubo que solo pudieron reconocer a fuerza de grandes pesquisas y mucho almanaque. XXI Un punto obscuro Sé que hay un punto obscuro en el capítulo que pasó; escribo esto para aclararlo. Cuando la esposa preguntó los antecedentes y circunstancias del nombramiento, Santos dióle las explicaciones pedidas. No todas serían estrictamente exactas; el tiempo es un ratón roedor de las cosas, que las disminuye o las altera en el sentido de darles otro aspecto. Además, el asunto era tan propicio para la alegría, que provocaría fácilmente confusiones en la memoria. Hay, hasta en los acontecimientos más graves, muchos detalles que se pierden, otros que la imaginación inventa para substituir los perdidos, -pero no por eso muere la historia. Queda por saber (y es el punto oscuro) Como pudo Santos callar largos días un negocio tan importante para él y para su esposa, Verdad es que en más de una ocasión estuvo a punto de decir de palabra o con el ademán -si hallaba alguno,- aquel secreto de pocos sabido; pero siempre hubo una fuerza mayor que le tapara la boca. A lo que parece, fue la expectativa de una alegría nueva inesperada, lo que le dio ánimo para tener paciencia. En la escena del gabinete, todo estaba arreglado de antemano: el silencio, la indiferencia, los hijos estudiando en domingo, - sólo para el efecto de aquella frase: -Vengan a besar la mano de la señora baronesa de Santos! XXII Ahora un salto Que los gemelos participasen de la luna de miel nobiliaria, de los padres, no es cosa que se necesite escribir. El amor que les tenían basta para explicarlo; pero hay que agregar que, como el título produjo en otros niños dos sentimientos opuestos, uno de estimación, y otro de envidia, -Pedro y Pablo sacaron en consecuencia que habían adquirido con él un mérito especial. Más tarde, cuando Pablo adoptó la opinión republicana, nunca envolvió aquella distinción de su familia en la condenación de las instituciones. Los estados de alma que nacieron de esto darían materia para un capítulo especial si yo no prefiriese ahora dar un salto, y llegar a 1886. El salto es grande, pero el tiempo es un tejido invisible en que se puede bordar todo, una flor, un pájaro, una dama, un castillo, una tumba. También puede no bordarse nada. Nada sobre lo invisible es la obra más útil de este mundo, y quizá del otro. XXIII Cuando tengan barba Aquel año, una noche de Agosto, hallándose varias personas en la casa de Botafogo, sucedió que una de ellas, -no sé si hombre o mujer, -preguntó a los hermanos qué edad tenían. Pablo contestó: -Nací en el aniversario del día en que Pedro I cayó del trono. Y Pedro: -Nací en el aniversario del día en que subió al trono Su Majestad. Las respuestas fueron simultáneas, no sucesivas, tanto que la persona en cuestión, les pidió que hablaran cada cual a su turno. La madre explicó: -Nacieron el 7 de Abril de 1870. Pedro repitió lentamente: -Nací el día que Su Majestad subió al trono. Y Pablo, en seguida: -Nací el día que Pedro I cayó del trono. Natividad reprendió a Pablo por su respuesta subversiva. Pablo se explicó, Pedro contestó a la explicación y dio otra, y la sala se hubiera convertido en club, si la madre no lo arreglase de este modo: -Esas han de ser tonterías del colegio, ustedes no están todavía en edad de hablar de política. Cuando tengan barba. La barba no quería llegar, aunque ellos llamaran el bozo con los dedos; pero las opiniones políticas, y otras, llegaban y crecían. No eran propiamente opiniones, no tenían raíces, grandes ni chicas. Eran (aunque sea mala la comparación) corbatas de color especial, que se ataban al cuello a la espera de que les cansase el color y viniese otro. Naturalmente, cada uno tenía la suya. También puede creerse que la de cada uno fuera, más o menos, adecuada a la persona. Como recibían las mismas aprobaciones y distinciones en los exámenes, les faltaban motivos de envidia; y si la ambición había de dividirlos un día, por entonces no era aún ni águila, ni cóndor, ni siquiera pichón, cuando mucho sería un huevo. En el colegio de Pedro II todos los querían. La barba era lo que no quería asomar. Y ¿qué puede hacerse cuando la barba no quiere salir? Esperar que llegue por sí misma, que aparezca, que crezca, que emblanquezca, como es su costumbre, salvo las que no emblanquecen nunca, o solo en parte y momentáneamente. Todo esto es sabido y trivial, pero ofrece la ocasión de hablar de dos barbas de este último género, célebres en aquel tiempo, y ahora completamente olvidadas. Como no tengo otro lugar para ocuparme de ellas, aprovecho este capítulo; que el lector vuelva la hoja, si prefiere seguir otros del cuento. Yo me quedaré, durante algunas líneas, recordando las dos barbas nuestras, sin entenderlas ahora, como no entendimos entonces las barbas más inexplicables del mundo. La primera de esas barbas era la de un amigo de Pedro, un capuchino italiano, Fray *** Podría escribir su nombre -nadie lo creería ya, -pero prefiero esa señal triple, número de misterio, expresado con estrellas, que son los ojos del cielo. Se trata de un fraile. Pedro no le conoció la barba negra sino gris, larga y poblada, adornando una cabeza varonil y hermosa. La boca era risueña, los ojos brillantes. Reía por ella y por ellos, con tal dulzura, que se metía en el corazón de la gente. Tenía ancho el pecho y fuertes las espaldas. El pie descalzo, atado a la sandalia, indicaba que, sostenía un cuerpo de Hércules. Todo esto suave y espiritual como una página evangélica. Su fe era viva, su afecto seguro, su paciencia infinita. Fray *** se despidió un día de Pedro. Se iba al interior, Minas, Río Janeiro, San Pablo, -creo que al Panamá también, -viaje espiritual, como él otros cofrades; allí se quedó un semestre o más. Cuando volvió nos trajo a todos gran alegría y mayor sorpresa. La barba estaba negra, no sé si tanto o más que antes, pero negrísima y brillantísima. No explicó el cambio ni nadie le preguntó el por qué; podía ser milagro o capricho de la naturaleza; también podía ser corrección de mano de hombre, aunque este último caso fuera más difícil de creer que el primero. Este color duró nueve meses; después de otro viaje de treinta días, la barba reapareció de plata o de nieve o como os parezca más blanca. En cuanto a la segunda barba, fue más sorprendente todavía. No era de fraile, sino de un andrajoso, que vivía de deudas, y que en su juventud corrigió de este modo un viejo refrán de nuestra lengua: "Paga lo que debes, y mira lo que no te queda". Llegó a los cincuenta años sin dinero, sin empleo, sin amigos. La ropa tenía la misma edad, los zapatos no serían menores. Pero la barba no llegó a los cincuenta; se la teñía de negro, y mal, probablemente porque la tintura no sería de primera calidad y porque no tendría espejo. Andaba solo; bajaba y subía muchas veces la misma calle. Un día dobló la esquina de la Vida y cayó en la plaza de la Muerte, con las barbas descoloridas y sucias, porque en la Santa Casa no había quién se las tiñese. Or bene- para hablar como mi capuchino,- ¿por qué éste y el andrajoso volvieron del gris al negro? Que la lectora lo adivine, si puede: le doy veinte capítulos para lograrlo. Puede que yo, por esas alturas, entrevea alguna explicación; pero, por ahora, no sé, ni aventuro nada. No faltarán maliciosos que atribuyan a Fray *** alguna pasión profana; pero ni aun así se comprende que, se descubriera de ese modo. En cuanto al andrajoso ¿a qué damas quería agradar hasta el punto de trocar el pan por la tintura? Que uno y otro cediesen al deseo de detener la juventud fugitiva, puede ser muy bien. El fraile, imbuído en la Escritura, sabiendo que Israel lloró por las cebollas de Egipto, lloraría también y sus lágrimas caerían negras. Este deseo de capturar el tiempo es una necesidad del alma y de las mandíbulas; pero Dios concede al tiempo el habeas corpus. XXIV Robespierre y Luis XVI Tanto crecieron las opiniones de Pedro y Pablo, que llegaron a tomar cuerpo en una cosa. Iban bajando por la calle de la Carioca. Había allí una tienda de vidriero, con espejos de varios tamaños, y que, más que espejos, tenía retratos viejos y grabados baratos, con y sin marco. Detuviéronse un momento, mirando distraídamente. Luego, cuando Pedro vio colgado un retrato de Luis XVI, entró y lo compró por ochocientos reís; era un simple grabado, atado al mostrador con un hilo. Pablo quiso tener igual fortuna, adecuada a sus opiniones, y descubrió un Robespierre. Como el vidriero pidiese por éste mil doscientos reís, Pedro se exaltó un tanto. -¡De modo que usted vende más barato un rey, y un rey mártir! -Perdone usted, pero es que el otro grabado me ha costado más -replicó el viejo comerciante. -Nosotros vendemos de acuerdo con el precio de compra. Mire: ¡está más nuevo! -No, eso no -interrumpió Pablo. -Son del mismo tiempo, pero éste vale más que aquél. -He oído decir que también era rey... -¡Qué rey! -exclamaron los dos. -O que quiso serlo, no sé bien... Yo, de historia, apenas conozco la de los moros, que aprendí en mi tierra, con mi abuelo, y algunos trozos en verso. Y todavía hay moras lindas; por ejemplo, ésta: a pesar del nombre, creo que era mora, o que todavía es, si vive... ¡Mal le sepa al marido! Fue a un rincón y sacó un retrato de Madame de Stael, con el famoso turbante en la cabeza. ¡Oh efecto de la hermosura! Los muchachos olvidaron un momento sus opiniones políticas, y se quedaron mirando largamente la figura de Corina. El vidriero, a pesar de sus setenta años, tenía los ojos embobados. Se dedicó a subrayar las formas, la cabeza, los labios algo gruesos pero expresivos, y decía que no era caro. Como ninguno quisiese comprarla, quizá porque era una sola, díjoles que aún tenía otro, pero que ese era "una desvergüenza", frase que los dioses le perdonarían cuando supieran que no quiso más que abrir el apetito de los parroquianos. Y fue a un armario, y de él sacó una Diana, desnuda, como vivía aquí abajo, antiguamente, en las selvas. ¡Ni por esas la vendió! Tuvo que contentarse con los retratos políticos. Todavía quiso ver si recogía algún dinero más, vendiéndoles un retrato de Pedro I, con marco, que pendía de la pared; pero Pedro lo rehusó por no tener dinero disponible, y Pablo dijo que no daría un vinten por "caras de traidores". ¡No hubiera dicho nada! El comerciante, apenas le oyó la respuesta, cuando se despojó de las maneras obsequiosas, revistió otras, indignadas, y gritó que sí, señor, que el joven tenía razón. -Tiene mucha razón. ¡Fue un traidor, un mal hijo, un mal hermanos un mal todo! Hizo todo el mal que pudo en este mundo; y en el infierno, donde está si la religión no miente, todavía debe hacer mal al mismo Diablo. Este joven habló hace poco de un rey mártir -continuó mostrándole un retrato de don Miguel de Braganza, de medio perfil, casaca y mano en el pecho, -éste sí que fue un verdadero mártir del otro, que le robó el trono, que no era suyo, para darlo a quien no le pertenecía; y mi pobre rey y señor fue a morir en la necesidad, dicen que en Alemania o no sé dónde. ¡Ah, malvados! ¡Ah, hijos del Diablo! ¡Ustedes no pueden imaginarse lo que era esa canalla do liberales! ¡Liberales! ¡Liberales de lo ajeno! -Todos son los mismos frailes... -reflexionó Pablo. -No sé si serían los mismos frailes, lo que sé es que llevaron buenos palos. Vencieron, pero recibieron de veras. ¡Mi pobre rey! Pedro quiso contestar a la burla de su hermano, y propuso comprar el retrato de Pedro I. Cuando el vidriero volvió en sí, comenzó a tratar de la venta, pero no pudieron entenderse en el precio; Pedro daba los mismos ochocientos reís del otro, y el comerciante pedía dos mil reís. Observaba que tenía marco, y Luis XVI no; además de esto, era más nuevo. Y se acercaba a la puerta, buscando mejor luz, le llamaba la atención sobra el rostro, los ojos, especialmente, ¡qué hermosa expresión tenían! Y el manto imperial... -¿Qué le cuesta dar dos mil reís? -Le doy diez tostones (mil reís); ¿conviene? -No me conviene; me cuesta mucho más. -Pues, entonces... -Pero vea, ¿no vale este retrato hasta tres mil reís? El papel no es manchado; el grabado es fino.. -Diez tostones, ya le he dicho. -No, señor. Mire, por diez tostones lleve este don Miguel; el papel está bien conservado, y por una insignificancia le hace poner marco. ¡Vaya! ¡Diez tostones! -Pero, si ya estoy arrepentido... Diez tostones por el emperador. -¡Ah! ¡Eso sí que no! Me costó mil setecientos reís hace tres semanas; gano unos trescientos, casi nada. Verdad es que gano menos con el señor don Miguel, pero también confieso que es menos buscado. Este de don Pedro I, si pasa mañana, puede que ya no lo encuentre. ¿Lo lleva, sí? -Pasaré después. Pablo iba ya andando y mirando a Robespierre; Pedro lo alcanzó. -¡Mire! ¡Lleve por siete tostones al señor don Miguel! Pedro sacudió la cabeza. -Seis tostones, ¡vaya! Pedro, junto a su hermano, desenvolvía el grabado. El viejo vidriero quiso gritar todavía: "¡Cinco tostones!" pero el otro ya iba lejos y le pareció mal negociar de aquel modo. XXV Don Miguel -Así como así -quedóse pensando el viejo,- arrollado y guardado no lo he de vender; voy a hacerle poner marco; se aprovechan algunas varillas viejas... Don Miguel volvió hacia él los ojos empañados de tristeza y de reproche; así le pareció al vidriero, pero puede que fuera ilusión. En tal caso, también le pareció que los ojos volvían a su lugar, mirando a la derecha, a lo lejos... ¿Hacia dónde? -Hacia donde está la justicia eterna -pensó naturalmente el dueño. Mientras lo estaba contemplando, un hombre se detuvo a la puerta, entró y miró con interés el retrato. El comerciante notó la expresión; podía ser un miguelista, pero también podía ser un coleccionista... -¿Cuánto pide usted por eso? -¿Por esto? Perdone usted, ¿desea saber cuánto pido por mi hermoso señor don Miguel? No pido mucho; está un poco deteriorado, pero todavía se le ve bien la cara. ¡Qué soberbio es! No es caro; lo doy por el costo; si tuviera marco valdría unos cuatro mil reis. Llévelo por tres mil. El comprador sacó tranquilamente el dinero del bolsillo mientras el viejo arrollaba el retrato, y trocados el uno por el otro, saludáronse corteses y satisfechos; el comerciante, después de ir hasta la puerta, volvió a la silla de costumbre. Quizá pensara en el peligro en que estuvo de vender el retrato por menos precio. Sea como sea, quedóse mirando hacia afuera, a lo lejos, donde está la justicia eterna... ¡Tres mil reís! XXVI La lucha de los retratos Casi no es necesario decir el destino de los retratos del rey y el convencional. Cada uno de los jóvenes puso el suyo a la cabecera de la cama. Poco duró esta situación, porque ambos hacían perrerías a los pobres grabados, que no tenían la culpa. Ya les ponían orejas de burro, nombres denigrantes, dibujos de animales, hasta que un día Pablo rompió el de Pedro, y Pedro el de Pablo. Naturalmente, se vengaron a puñadas; la madre oyó el ruido y subió de carrera. Contuvo a los hijos, pero ya los encontró arañados, y se retiró triste. ¿No acabaría nunca esa maldita rivalidad! Hízose esta pregunta en silencio, tendida en la cama, con el rostro hundido en las almohadas que esta vez quedaron secas. Pero el alma lloró. Natividad confiaba en la educación; pero la educación, por más que la apurara, quebraba apenas las aristas al carácter de los chicos; lo esencial quedaba; las pasiones embrionarias trabajaban por vivir, crecer, brotar; seguían siendo tales como las sintió en su propio seno durante la gestación... Y recordaba la crisis de entonces, acabando por maldecir a la mulata del Castillo. A la verdad, la mulata debería haber callado: el mal callado no cambia, pero no se sabe. Ahora bien; eso de no callar puede que confirme la opinión de que la mulata fuese enviada por Dios para decir la verdad a los hombres. Y al fin y al cabo, ¿qué fue lo que dijo a Natividad? No hizo más que una pregunta misteriosa; la predicción fue lo luminoso y claro... Y las palabras del Castillo resonaron otra vez en los oídos de la madre, y la imaginación hizo el resto... ¡Cosas futuras! ¡Helos ahí, grandes y sublimes! ¿Algunas peleas de chicos, qué importan? Natividad sonrió, se levantó, acercóse a la puerta y encontró a su hijo Pedro, que iba a explicarse. -Mamá, Pablo es malo, ¡Si oyeses los horrores que suelta por esa boca, te morirías de miedo! Mucho me cuesta no írmele encima; todavía no le he sacado un ojo... -¡Hijo mío, no hables así!, ¡es tu hermano! -¡Pues que no se meta conmigo!, ¡que no me acabe la paciencia! ¡Qué blasfemias decía! ¡Cuando yo estaba rogando por el alma de Luis XVI, él, para fastidiarme más, rezaba por Robespierre! Ha compuesto una letanía, llamándolo santo, y la canta bajito, para que no la oigan ni tú, ni papá. Pero le he dado unos coscorrones. -¡Eso es! ¡Muy bien! -Pero él me había pegado primero, porque le puse orejas de burro a Robespierre... ¿Quieres decir que yo tenía que quedarme callado? -Ni callando, ni hablando. -Y entonces ¿cómo? Recibiendo siempre, ¿no es así? -No, señor; no quiero mojicones; lo mejor es que lo olviden todo y se quieran. ¿No has visto cómo se quieren tus padres? Que las peleas se acaben del todo. No quiero oír cuentos ni quejas. Al fin y al cabo, ¿qué tienen ustedes que ver con un mal hombre que murió hace muchos años? -Es lo que yo le digo; pero él no se corrige. -Ya se corregirá; los estudios hacen olvidar niñerías. Tú también, cuando seas médico, tendrás que luchar con las enfermedades y con la muerte; es mejor que andar a mojicones con el hermano... ¿Qué es eso? ¡No quiero aspavientos, Pedro! Tranquilízate, óyeme. -¡Tú estás siempre en contra mía, mamá! -No estoy contra ninguno; estoy a favor de ambos; ambos son mis hijos. Y, además, gemelos. ¡Ven acá, Pedro! No creas que desapruebo tus opiniones políticas. Hasta me agradan; son las más, son las nuestras. Pablo las compartirá también. A su edad se aceptan cuantas tonterías hay; pero el tiempo corrige. Mira, Pedro, mi esperanza es que ustedes sean grandes hombres, pero con la condición de que sean también grandes amigos. -Yo estoy dispuesto a ser grande hombre -asintió Pedro con ingenuidad, casi con resignación. -Y grande amigo también. -¡Si él lo es, lo seré! -¡Grandes hombres! -exclamó Natividad, dándole dos abrazos, uno para él, otro para el hermano. Pero Pablo llegó en seguida y recibió el abrazo entero y verdadero. Iba a quejarse también, y de todos modos algo rezongó; pero la madre no quiso escucharlo y habló de nuevo en el idioma de las grandezas. Pablo consintió también en ser grande. -Tú serás médico -dijo Natividad a Pedro -y tú abogado. Quiero ver quién hace las mejores curas y gana los peores pleitos. -¡Yo1 -dijeron ambos a un tiempo. -¡Qué tontería! Cada uno tendrá su carrera especial, en ciencia distinta. ¿Ya están curados de la nariz? Sí, ya no hay sangre. Ahora, el primero que lastime a su hermano será castigado. Hábil recurso fue separarlos; el uno quedaba en Río estudiando Medicina; el otro iba a San Pablo a estudiar derecho. El tiempo haría lo demás, sin contar con que ambos se casarían y se irían cada cual por su lado, con su mujer. Era la paz perpetua; más tarde vendría la perpetua amistad, XVII "De una reflexión intempestiva" Aquí entra una reflexión de la lectora: "Pero si dos viejos grabados los llevan a los puñetazos y la sangre, ¿se consternarán más tarde con su esposa? ¿No querrán a la misma y única mujer?" Lo que usted quiere, amiga mía, es llegar ya al capítulo del amor o los amores, que es su interés especial en los libros. De ahí la habilidad de la pregunta, que es como si dijese: "Mire usted que todavía no nos ha mostrado la dama o damas que han de ser amadas o disputadas por estos jóvenes enemigos. Ya estoy cansada de saber que los muchachos no se quieren o se quieren mal ; y es la segunda o tercera vez que asisto a las caricias de la madre y a sus amistosos reproches. Vamos ligeros al amor, a las dos, si no es a una sola persona..." Francamente, no me gusta los que van adivinando y componiendo un libro que se escribe metódicamente. La insistencia de la lectora en hablar de una sola mujer, llega a ser impertinente. Suponga que, en efecto, quieran a una sola persona; ¿no parecerá que relato lo que la lectora me insinuó, cuando la verdad es que sólo escribo lo que ha sucedido, como lo pueden atestiguar docenas de personas? No, señora mía, no tomé la pluma en la mano para expresar lo que me fueran sugiriendo. Si usted quiere componer el libro, aquí tiene pluma, aquí tiene papel, aquí tiene un admirador; pero si sólo quiere leer, quédese quieta y vaya de línea en línea; permítole que bostece entre capítulo y capítulo; pero aguarde el resto, tenga confianza en el narrador de estas aventuras. XXVIII El resto es cierto Sí, hubo una persona mas joven que ellos -uno o dos años- que los encadenó por la fuerza de la costumbre o de la naturaleza, si no fue por ambas. Antes de esa puede que hubiese otras, y más viejas que ellos; pero no consta en los apuntes que sirven para este libro. Si lucharon por ellas, no queda recuerdo; pero es posible, dado que tuviesen las mismas preferencias; en el caso contrario también es posible, como ocurría con los caballeros que peleaban por su dama. Conjeturas, nada más. Es natural que, buenos mozos como eran, iguales, elegantes, dedicados a la sociedad y los paseos, la conversación y el baile, y, por último, herederos, es natural que más de una niña gustase de ellos. Las que les veían pasar a caballo, playa afuera o calle arriba, quedábanse enamoradas de aquel orden perfecto de aspecto y de movimiento. Sus mismos caballos eran igualitos, casi gemelos, y meneaban las patas con el mismo ritmo, la misma fuerza y la misma gracia. No creas que el batir de las colas y las crines fuese simultáneo en ambos animales; no es verdad, y podría hacer dudar del resto. Pero el resto es cierto. XXIX La persona más joven La persona más joven no figura ya en este capítulo por una razón valedera, que es la conveniencia de presentar primero a los padres. No porque no se pueda verla bien sin ellos; se puede: los tres son distintos, quizá contrarios, y por muy especial que te parezca, no es necesario que los padres estén presentes. No siempre los hijos reproducen a los padres. Camoens afirmó que de cierto padre sólo se podía esperar cierto hijo, y la ciencia confirma esta regla poética. Por mi parte, creo en la ciencia como en la poesía; pero hay excepciones, amigo! Suele suceder que la naturaleza haga otra cosa, y no por eso las plantas dejan de crecer ni las estrellas de brillar. Lo que se debe creer es que Dios es Dios; y si alguna jovencita árabe me estuviese leyendo, llámelo Alá. Todas las lenguas van a dar al cielo. XXX La familia Baptista La familia Baptista conoció a la familia Santos, no sé en qué hacienda de la provincia del Río. No fue en Maricá, aunque allí hubiese nacido el padre de los gemelos; sería en cualquier otro municipio. Fuese cual fuese, allí se conocieron ambas familias, y como vivían cerca, en Botafogo, la frecuentación y la simpatía fueron ayudando el caso fortuito. Baptista el padre de la niña, era un hombre de cuarenta y tantos años, abogado de lo civil, ex presidente de provincia, y miembro del partido conservador. Su viaje a la hacienda tuvo, precisamente, por objeto, una conferencia política con fines electorales, pero tan estéril que se volvió sin llevar siquiera una ramita de esperanza. A pesar de tener amigos en el gobierno, nada obtuvo, ni Diputación, ni presidencia. Había interrumpido su carrera desde que fue exonerado de este último cargo, "a pedido", dijo el decreto; pero las quejas del exonerado harían creer otra cosa. El hecho es que había perdido las elecciones, y atribuía a ese desastre político la "demisión" de su cargo. -No sé qué más quería que hiciese, -decía Baptista, hablando del ministro. -Sitié iglesias, ningún amigo pidió policía sin que yo se la mandara; procesé unas veinte personas; otras fueron a la cárcel sin proceso. ¿Tenía que ahorcar gente? Y aun así, tuve dos muertes en Ribeirao das Moccas. El final era expresivo, porque las dos muertes no eran obra suya; cuando mucho, mandó echar tierra a la investigación, si así puede llamarse una conversación sobre la ferocidad de los dos difuntos. En suma, las elecciones fueron incruentas. Baptista decía que había perdido la presidencia a causa de las elecciones; pero corría otra versión, un negocio de aguas, concesión hecha a un español, a pedido del hermano de la esposa del presidente. El pedido era verdadero, la imputación de socio falsa. No importa; eso bastó para que el periódico de opinión dijese que en aquello había "un buen arreglo de familia", agregando que, como era de aguas, el negocio debía ser limpio. El periódico de la administración replicó que, sí aguas había, no eran bastantes para lavar la suciedad de carbón dejada por la última presidencia liberal: una provisión de palacio. No era exacto: el periódico de oposición exhumó el antiguo proceso, y demostró que la defensa había sido completa. Aquí hubieran podido parar las cosas, pero continuó diciendo que "como ahora estábamos en España", el presidente había corregido al poeta español, autor del epitafio:
Cuñados y estando juntos... y lo corrigió por no verse obligado a matar a nadie, y antes se dio vida a sí y a los suyos, diciendo en su lengua:
¡Cunhados e cunhadissimos Baptista acudió en seguida al mal, declarando sin efecto la concesión, pero eso mismo sirvió a la oposición para nuevas arremetidas: "¡Tenemos la confesión del reo!" fue el título del primer artículo que el periódico de oposición dedicó al acto del presidente. Los corresponsales ya habían escrito a Río de Janeiro, hablando de la concesión, y el gobierno acabó por exonerar a su delegado. A decir verdad, solo los políticos se ocuparon del negocio. Doña Claudia aludía apenas a la campaña de la prensa, que fue violentísima. -¡No valía la pena salir aquí! -dijo Natividad. -¡No, eso no, baronesa! Y doña Claudia afirmó que valía la pena. ¡Era tan lindo llegar a provincias! Los anuncios, las visitas, abordó, el desembarque, la toma de posesión, los cumplimientos... Ver a la magistratura, los funcionarios, la oficialidad, mucha calva, mucho cabello blanco, casi en el suelo, con sus cortesías largas y lentas, todas en ángulo o en curva, y las alabanzas impresas... Las mismas injurias de la oposición eran agradables. Oír llamar tirano al marido, a quien sabía de corazón de paloma, convenía a su espíritu. La sed de sangre que se le atribuía, a él que ni vino bebía, el puño de hierro de un hombre que era un guante de gamuza, la inmoralidad, su desfachatez, su falta de bríos, todos los nombres injustos, pero fuertes que ella gustaba de leer como verdades eternas, ¿dónde iban a parar entonces? El periódico de oposición era el primero que doña Claudia leía en palacio. Sentíase azotada también, y eso le producía un gran deleite, como si fuese en su propia piel: almorzaba mejor ¿Dónde estaban los látigos de aquel tiempo?... Ya no podía leer el nombre de Baptista impreso al pie de las ordenanzas, ni siquiera en la lista de los que iban a visitar al emperador. -Pero no va siempre, -explicó doña Claudia; -Baptista está muy desanimado; va de tarde en tarde a San Cristóbal, para no parecer que se hace el olvidado, como si fuera un crimen; por el contrario, no ir nunca es lo que podría parecer despecho. Tenga usted en cuenta que el emperador nunca ha dejado de recibirlo con mucha benevolencia, y a mí también. Nunca ha olvidado mi nombre. Dejé de ir dos años seguidos, y cuando aparecí me preguntó en seguida: "¿Cómo está, doña Claudia?" Fuera de estas añoranzas del poder, doña Claudia era una criatura feliz. La viveza de sus palabras y sus maneras, sus ojos que no parecían ver nada, a fuerza de no detenerse nunca, su sonrisa bondadosa y su admiración constante, todo en ella era propio para curar ajenas melancolías. Cuando besaba o miraba a sus amigas, era corno si quisiese comérselas vivas, comer de amor, no de odio, introducirlas dentro de sí misma, muy en sí misma, en lo más profundo de sí misma. Baptista no tenía las mismas expansiones. Era alto y su aire sosegado le daba un buen aspecto de hombre de gobierno. Sólo le faltaba acción, pero su mujer podía inspirársela; nunca dejó de consultarla en las crisis de la presidencia, y todavía entonces, si le diese oídos, iría a pedir algo al gobierno; pero en este punto era firme, de una firmeza que nacía de la debilidad. -Ya han de llamarme, déjalos estar, -decía a doña Claudia, cuando aparecía alguna vacante de gobernación provincial. Verdad que sentía la necesidad de volver a la vida activa. En él, la política era menos una opinión que una sarna; necesitaba rascarse a menudo y con fuerza. XXXI Flora Tal era aquella pareja de políticos. Un hijo, si hubiesen tenido un hijo varón, pudiera haber sido la fusión de sus cualidades opuestas y quizá un hombre de Estado. Pero el cielo les negó este consuelo dinástico. Tenían una hija única, que era todo lo contrario de ellos. Ni la pasión de doña Claudia, ni el aspecto gubernativo de Baptista distinguían el alma y la figura de Flora. Quien la conociese en aquel tiempo, hubiera podido compararla a un frágil vaso o a una flor de una sola mañana, y tendría asunto para una dulce elegía. Ya entonces tenía los ojos grandes y claros, menos sabedores, pero dotados de una expresión particular; su mirada no era la difusa de la madre, ni la apagada del padre, sino más bien enternecedora y pensativa, y tan llena de gracia, que haría amable la cara de un avaro. Ponle aguileña la nariz, rásgale la boca medio risueña, formándole el todo, un rostro bellísimo, alísale los cabellos rubios, y ahí tienes a la joven Flora. Nació en Agosto de 1871. La madre, que fechaba por ministerio, nunca ocultó la edad de su hija. -Flora nació en el ministerio Río-Brauco, y siempre tuvo tanta facilidad para aprender, que ya en el ministerio Sinimbrí sabía leer y escribir de corrido. Era retraída y modesta, enemiga de fiestas públicas, y costó trabajo que aprendiera a bailar. Gustábale la música, y más el piano que el canto. Sentada al piano y entregada a sí misma era capaz de pasarse un día entero sin comer. Hay en esto su asomo de exageración, pero la hipérbole es de este mundo, y los oídos de la gente andan ya tan tapados, que sólo a fuerza de retórica puede introducirse en ellos un poco de verdad. Hasta aquí nada hay que distinga extraordinariamente a esta joven de las demás contemporáneas suyas, desde que la modestia va junto con la gracia, y a cierta edad es tan natural el devaneo como la travesura. Flora, a los quince años, gustaba de ensimismarse. Ayres, que la conoció por ese tiempo, en casa de Natividad, creía que la joven llegaría a ser una inexplicable. -¿Cómo dice usted? -preguntó la madre. -En realidad no digo nada -corrigióse Ayres; -pero si se me permite decir algo, diré que esta joven reúne las prendas de la madre. -¡Pero yo no soy inexplicable! -replicó doña Claudia sonriendo. -Por el contrario, señora. Pero todo consiste en la definición que demos a esa palabra. Quizá no haya ninguna exacta. Supongamos una criatura para quien no existe perfección en el mundo, y juzgue que el alma más hermosa no pasa de ser un punto de vista; si todo cambia con el punto de vista, la perfección... -¡La perfección es copas! -insinuó Santos. Era una invitación a jugar a la baraja, al "hombre". Ayres no aceptó, tan inquieta le pareció Flora, con los ojos fijos en él, interrogativos, curiosos por saber por qué era o llegaría a ser inexplicable. Fuera de esto, prefería la conversación de las mujeres. Suya es esta frase escrita en el Memorial: "En la mujer, el sexo corrige la superficialidad; en el hombre la agrava." No fue preciso ni aceptar ni rechazar la invitación de Santos; llegaron dos compañeros de juego, y con ellos y Baptista, que estaba en la salita contigua. Santos se entregó a la diversión de todas las noches. Uno de los jugadores era el viejo Plácido, doctor en espiritismo; el segundo era un corredor de la plaza, llamado López, que amaba los naipes por los naipes mismos, y más sentía perder partidas que dinero. Y se ensimismaron en el "hombre", mientras Ayres se quedaba en la sala, escuchando en un rincón a las señoras, sin que los ojos de Flora se apartasen de él. XXXII El jubilado Este ministro ya estaba entonces jubilado. Regresó a Río de Janeiro, después de una postrer mirada a las cosas vistas, para vivir aquí el resto de sus días. Podía hacerlo en cualquier ciudad, era hombre de todos los climas, pues tenía especial cariño a su tierra, y quizá estuviese cansado de las otras. No atribuía a ésta tantas calamidades como muchos. En cuanto a la fiebre amarilla, por ejemplo, a fuerza de desmentirla en el extranjero, se perdió su fe, y aquí, cuando veía publicados algunos casos, ya estaba corrompido por ese credo que atribuye todas las enfermedades a una variedad de nombres. Quizá porque era sano. No había cambiado; era casi el mismo. Se puso más calvo, es cierto, con menos carnes y algunas arrugas; en resumen, una robusta vejez de sesenta años. Los bigotes seguían teniendo las puntas finas y agudas. El paso era firme, el ademán grave, con aquel ribete de galantería que no perdió nunca. En el ojal la misma flor eterna. Tampoco le pareció que la ciudad hubiese cambiado mucho. Halló algún movimiento más, alguna ópera menos, cabezas blancas, personas muertas; pero la vieja ciudad era la misma. Su casa, en Caltete, estaba bien conservada. Ayres despidió al inquilino, tan cortésmente como si recibiera al Ministro de Relaciones Exteriores, y se metió en ella con un criado, por más que su hermana se empeñase en llevárselo a Andarahy. -No, hermana Rita; déjame quedarme en mi rincón. -¡Pero yo soy la única parienta que te queda! -Por la sangre y por el corazón, es cierto -asintió Ayres. -Puedes agregar que la mejor de todas, y la más piadosa. ¿Dónde están tus cabellos?... No tienes que bajar los ojos. Te los has cortado para ponerlos en el cajón de tu difunto marido. Los que tienes ahora han encanecido, pero los que allí quedaron eran negros; y más de una viuda los hubiese guardado para las segundas nupcias... A Rita le agradó aquella referencia. En otro tiempo no; poco después de enviudar se avergonzaba de aquel acto tan sincero; se encontraba casi ridícula. ¿De qué servía cortarse el cabello por haber perdido el mejor de los esposos? Pero andando el tiempo, comenzó a ver que había hecho bien, a aprobar que se lo dijeran, a recordarlo en la intimidad. Aquel día, la alusión le sirvió para replicar: -Pues si yo soy así, ¿por qué prefieres vivir con extraños? -¡Con qué extraños? Yo no voy a vivir con nadie. Viviré con el Caltete, el paseo de Machado, la playa de Botafogo y la del Flamenco, y no hablo de las personas que habitan allí, sino de las calles, las casas, las fuentes y las tiendas. Allí hay cosas exquisitas; ¿pero sé acaso si voy a encontrar en Andarahy una casa con las patas para arriba, por ejemplo? Contentémonos con lo que sabemos. Allí, mis pies andan por sí solos. Hay allí cosas petrificadas y personas inmortales, como Custodio, el de la confitería; ¿te acuerdas? -¿El de la Confitería del Imperio? Sí. -Hace cuarenta años que se estableció; era todavía en tiempos en que los coches pagaban peaje. Pues el diablo ese está viejo, pero no se muere. Todavía me ha de enterrar. Parece un muchacho. Todas las semanas se me aparece. -Tú también pareces un muchacho. -No te burles, hermana; soy hombre al agua. Puede que sea un viejo coquetón; pero no lo hago por gustar a las muchachas... Y, a propósito, ¿por qué no te vienes tú a vivir conmigo? -¡Ah! ¿Quieres saber si a mí también me gusta vivir conmigo misma? Iré a verte de vez en cuando; ¡pero yo no salgo de aquí sino para el cementerio! Convinieron en visitarse el uno al otro, Ayres iría a comer los jueves. Doña Rita le habló también de los casos de enfermedad; Ayres replicó que él no se enfermaba nunca, pero que si se enfermara, iría a Andarahy; el corazón de su hermana era el mejor de los hospitales. Puede ser que en todas estas excusas, influyera también la necesidad de huir de la contradicción, porque doña Rita sabía inventar motivos de disidencia. Ese misma día (estaban almorzando), Ayres encontró delicioso el café, pero la hermana dijo que era pésimo, obligándole a un gran esfuerzo para volver atrás y hallarlo detestable. En un principio Ayres realizó su propósito de soledad, separóse de la sociedad metiéndose en su casa, y no visitaba a nadie o a muy pocos, y eso de tarde en tarde. Estaba realmente cansado de hombres y mujeres, fiestas y veladas. Hizo su programa. Corno era aficionado a letras clásicas, encontró en el padre Bernardes, esta traducción del salmo: "Alejéme huyendo, y moré en la soledad." Así fue en un principio. Los jueves iba a comer con su hermana. A la noche paseaba por las playas o por las calles del barrio. La mayor parte del tiempo se entretenía en leer y releer, componer el Memorial o ver lo ya compuesto para recordar las cosas pasadas. Estas eran muchas y de distinta forma, desde la alegría hasta la melancolía, entierros y recepciones diplomáticas, montón de hojas secas que entonces le parecían verdes. A veces las personas eran designadas por una X o *** y Ayres no acertaba inmediatamente de quiénes se trataba; pero era una diversión buscarlas, encontrarlas y completarlas. Mandó hacer un armario con cristales, en el que guardó las reliquias de su vida, viejos retratos, obsequios de gobiernos y de particulares, un lente, un guante, una cinta y otros recuerdos femeninos, medallas y medallones, camafeos, fragmentos de ruinas griegas o romanas, infinidad de cosas que no enumero por no llenar papel. Las cartas no estaban allí; vivían dentro de un baúl, catalogadas por letras, por ciudades, por idiomas, por sexos. Quince o veinte darían para otros tantos capítulos, y serían leídas con interés y curiosidad. Un billete, por ejemplo, un billete amarillento y sin fecha, joven como los billetes viejos, firmado con iniciales, una M y una P, que él interpretaba con melancolía. No vale la pena escribir e1nombre. XXXIII La soledad también cansa Pero todo cansa, hasta la soledad. Ayres comenzó a sentir asomos de tedio; bostezaba, se desperezaba, tenía sed de gente viva, extraña, cualquiera que fuese, alegre o triste. Internábase en los barrios excéntricos, subir a los cerros, iba a las iglesias viejas, a las calles nuevas, a Copacabana y a Elyuca. El mar allí, el bosque y la vista aquí, despertaban en él una infinidad de ecos, que parecían las mismas voces antiguas. Todo esto lo escribía por la noche, para fortalecerse en su propósito de vida solitaria. Pero no hay propósito que valga contra la necesidad. La gente extraña tenía la ventaja de sacarlo de la soledad sin darle conversación. Las visitas de rigor que hacía eran pocas, breves, y apenas habladas. Pero todo esto fueron los primeros pasos. Poco a poco sintió el sabor de las costumbres viejas, la nostalgia de las salas, la añoranza de la risa, y el, diplomático retirado no tardó en ser integrado en el empleo de la diversión. La soledad, tanto en el texto bíblico cuanto en la traducción del padre, era arcáica. Ayres le cambió una palabra, y el sentido: "Alejérme huyendo, y morí... entre la gente." Así se fue el programa de vida nueva. No que no la entendiese y amase, ni que no la practicara todavía alguna vez, de tiempo en tiempo, como se toma un remedio que obliga a quedarse en cama o en la alcoba; pero se curaba pronto y volvía al aire libre. Quería ver la demás gente, oírla, olerla, gustarla, palparla, aplicar todos los sentidos a un mundo que podía matar el tiempo, el tiempo inmortal. XXXIV Inexplicable Así lo dejamos, hace apenas dos capítulos, en un rincón de la sala de la familia Santos, en conversación con las señoras. Recordarás que Flora no apartaba los ojos de él, ansiosa de saber por qué la hallaba inexplicable. La palabra le lastimaba el cerebro, hiriendo sin penetrar, ¿Qué era inexplicable? Que no se explica, ya lo sabía; pero que no se explica, ¿por qué? Quiso preguntarlo al consejero, pero no tuvo oportunidad, y éste se marchó temprano. Pero la primera vez que Ayres fue a San Clemente, Flora le pidió familiarmente el favor de una definición más ampliada. Ayres sonrió y tomó la mano de la niña, que estaba de pie. No, necesito más tiempo para inventar esta respuesta. -Inexplicable es el nombre que puede darse a los artistas que pintan sin acabar de pintar. Echan pintura, más pintura, otra pintura, mucha pintura, poca pintura, nueva pintura, y nunca les parece que el árbol es árbol ni la cabaña, cabaña. Y si se trata de personas, ¡adiós! Por más que los ojos de la pintura estén hablando, esos pintores creen siempre que no dicen nada. Y retocan con tanta paciencia, que algunos mueren entre dos ojos, otros se matan de desesperación. Flora halló obscura la explicación; y tú, lectora, amiga mía, aunque seas más vieja y más astuta que ella, puede que no la encuentres más clara. Él, por su parte, nada agregó, para no quedar inconcluso como los artistas de esa especie. Sacudió paternalmente la mano de Flora, y le preguntó por sus estudios. Los estudios marchaban bien. ¿Por qué no habían de marchar bien los estudios? Y sentándose junto a él, la jovencita confesó que pensaba, precisamente, aprender dibujo y pintura, pero que si tenía que poner color de más o de menos, y concluir por no pintar nada, lo mejor sería quedarse sólo con la música. Con la música iba bien, y con el francés y con el inglés... -¡Pues vaya por la música, el francés y el inglés! -convino Ayres. -¿Pero usted me promete no hallarme inexplicable? -preguntó dulcemente Flora. Antes de que Ayres contestara, entraron los dos gemelos. Flora olvidó un asunto por otro, y al viejo por los muchachos. El consejero sólo demoró el tiempo de verla reír con ellos y de sentir algo semejante al remordimiento. Remordimiento de envejecer, me parece. XXXV Alrededor de la niña Ya entonces los gemelos estudiaban, el uno en la Facultad de Derecho de San Pablo, el otro en la Escuela de Medicina de Río. No faltaba mucho para que saliesen formados y prontos, el uno para defender los derechos y entuertos de la gente, y el otro para ayudarla a vivir y a morir. Todos los contrastes existen en el hombre. No era tan poderosa la política que les hiciese olvidar a Flora, ni tan poderosa Flora que les hiciese olvidar la política. Tampoco lo eran tanto ambas, que perjudicasen a sus estudios y diversiones. Hallábanse en la edad en que todo se combina sin perjuicio de la esencia de las cosas. Que llegasen a amar a la niña con igual fuerza, es lo que podía admitirse desde luego, sin que fuera necesario que ella los atrajese voluntariamente. Por el contrario, Flora reía con ambos, sin rechazar ni aceptar especialmente a ninguno; hasta puede ser que no advirtiese nada. Pablo vivía la mayor parte del tiempo ausente. Cuando volvía, para las vacaciones, la hallaba más llena de gracia aún. Entonces Pedro multiplicaba sus atenciones para no dejarse vencer por el hermano, que llegaba pródigo de ellas. Y Flora las recibía todas con la misma cara amiga. Obsérvese -y este es un punto que debe ponerse de relieve, -obsérvese que los gemelos seguían siendo parecidos y eran cada vez más esbeltos. Quizá perdieran estando juntos, porque la semejanza disminuía en cada uno de ellos la apostura personal. Además, Flora, fingía a veces confundirlos para reír con ambos. Y decía a Pedro: "Doctor Pablo", y a Pablo, "Doctor Pedro." En vano se cambiaban de derecha a izquierda, y de izquierda a derecha. Flora cambiaba también los nombres, y los tres acababan riendo. La familiaridad disculpaba su acción y aumentaba con ella. Pablo gustaba más de la conversación que del piano: Flora conversaba, Pedro prefería el piano a la conversación: Flora tocaba, o bien hacía las dos cosas, y tocaba hablando, soltaba las riendas a la lengua y a los dedos. Tales artes, puestas al servicio de tales gracias, eran realmente como para incendiar a los gemelos, y fue lo que sucedió poco a poco. Creo que la madre de Flora advirtió algo, pero en un principio no le dio importancia. También ella había sido soltera y joven, también se dividió así, sin dar nada a nadie. Hasta puede que, en su opinión, aquel fuera ejercicio necesario para los ojos del espíritu y de la cara. La cuestión era que éstos no se corrompieran y se dejaran llevar tras de canciones, como dice el pueblo, que así expresa los hechizos de Orfeo. Por el contrario, Flora era la que hacía de Orfeo, Flora la de las canciones. Ya elegiría oportunamente uno -pensaba la madre. La intimidad tenía grandes interrupciones, fuera de las obligadas ausencias de Pablo. Aunque Flora no saliese, Pedro no la visitaba a menudo, ni ella iba muchas veces a la casa de la playa. Pasaban días y días sin verse. Verdad es que Pedro tenía sus compañeros de escuela, sus amoríos callejeros y de azar, sus noches de teatro, sus paseos a Tijuca y otros arrabales. Por lo demás, los gemelos estaban aún en el punto de hablar de ella en sus cartas, alabarla, describirla, decir mil cosas dulces, sin celos. XXXVI La discordia no es tan fea como la pintan La discordia no es tan fea como la pintan, amigo mío. Ni fea ni estéril. Cuenta, tan sólo, los libros que ha producido, desde Homero hasta aquí, sin excluir... ¿Sin excluir cuál? Iba a decir que éste, pero la Modestia me hace señas desde lejos para que me detenga aquí. Me detengo aquí; y viva la Modestia, que soporta mal la letra mayúscula que le pongo, la letra y los vivas, pero que ha de ir con ella y con ellos. Viva la Modestia, y excluyamos este libro; queden sólo los grandes libros épicos y trágicos a que la Discordia dio vida, y dígaseme si semejantes efectos no prueban la grandeza de la causa. No, la discordia no es tan fea como la pintan. Insisto en esto, para que las almas sensibles no comiencen a temblar por la niña y los muchachos. No hay que temblar, tanto más cuanto que la discordia de ambos comenzó por un simple acuerdo, aquella noche. Iban por la playa, silenciosos, pensando, hasta que ambos, como si hablasen consigo mismo, lanzaron esta frase única: -¡Se está poniendo muy linda! Y volviéndose el uno hacia el otro, se preguntaron: -¿Quién? Ambos sonrieron, les pareció gracioso lo simultáneo de la reflexión y la pregunta. Ya sé que este fenómeno es exactamente el del capítulo XXV, cuando dijeron su edad; pero no se me culpe a mí; eran gemelos, podían tener el habla gemela. Lo principal es que no se enojaron; todavía no era amor lo que sentían. Cada uno expuso su opinión acerca de las gracias de la niña, su ademán, su voz, sus ojos y sus manos, todo con tan buena sombra, que alejaba la idea de la rivalidad. Cuando mucho, divergían en la elección de la mejor prenda, que para Pedro eran los ojos y para Pablo la figura. Pero, como acababan encontrando un conjunto armonioso, está visto que no reñían por eso. Ninguno de ellos atribuía al otro la cosa vaga o no sé qué comenzaban a sentir, y más parecían estetas que enamorados. Además, la misma política los dejó tranquilos aquella noche: no disputaron por ella. No porque no sintieran algo opuesto, ante la playa y el cielo, que estaban deliciosos. Luna llena, agua quieta, voces confusas y dispersas, algún tílbury al paso o al trote, según iba vacío o con gente. Una que otra brisa fresca. La imaginación los condujo entonces al futuro, a un futuro brillante, como siempre lo es en esa edad. Botafogo tendría un papel histórico: Ensenada imperial para Pedro, Venecia republicana para Pablo, sin dux ni consejo de los diez, o con un dux con otro título, un simple presidente que se casaría en nombre del pueblo con aquel pequeño Adriático. Puede que él mismo fuera el dux. Esta posibilidad, a pesar de los años juveniles, hinchó el alma de Pablo. Vióse a la cabeza de una república, en que lo antiguo y lo moderno, lo futuro y lo pasado se mezclaran; una Roma nueva, una Convención Nacional, la República Francesa y los Estados Unidos de América. Pedro, por su parte, construía a medio camino una especie de palacio para la representación nacional, otro para el emperador, y se veía ministro presidente del consejo. Hablaba, dominaba el tumulto y las opiniones, arrancaba un voto a la Cámara de diputados, o bien lanzaba un decreto de disolución. Es una insignificancia, pero merece insertarla aquí: Pedro, soñando con el gobierno, pensaba especialmente en los decretos de disolución. Ya se veía en su casa, con el documento firmado, refrendado, copiado, enviado a los periódicos y a las Cámaras, leído por los diputados, archivado en la secretaría, y luego a los diputados, saliendo cabizbajos, algunos refunfuñando, otros irritados. Sólo él estaba tranquilo, en su gabinete, recibiendo a los amigos, que iban a felicitarlo y pedirle órdenes para las provincias. Tales era las grandes pinceladas de la imaginación de ambos. Las estrellas recibían en el cielo todos los pensamientos de los muchachos, la luna seguía tranquila, y las ondas de la playa se tendían con la acostumbrada pereza. Así volvieron a casa. Uno que otro impulso trató de hacerlos discutir acerca del tiempo y de la noche, de la temperatura y la ensenada. Puede que algún murmullo vago les hiciese mover los labios y comenzar a romper el silencio; pero el silencio era tan augusto que convinieron en respetarlo. Y luego hallaron, para sí, que la luna era espléndida, la ensenada hermosa, y la temperatura divina. XXXVII Desacuerdo en el acuerdo No se me olvide decir que, en 1888, una cuestión grave y gravísima los hizo también estar de acuerdo, aunque por distinta razón. La fecha explica el hecho: fue la emancipación de los esclavos. Entonces estaban lejos uno de otro; pero la opinión los unía. -La única diferencia entre ellos referíase al significado de la reforma que para Pedro era un acto de justicia, y para Pablo un principio de revolución. El mismo lo dijo, terminando un discurso en San Pablo, el día 20 de Mayo: "La abolición es la aurora de la libertad; esperemos el sol; emancipado el negro, falta emancipar el blanco". Natividad se quedó atónita cuando leyó esto; tomó la pluma y escribió una carta larga y maternal. Pablo contestó con treinta mil expresiones de ternura, declarando al fin que todo lo podría sacrificar, inclusive la vida y hasta el honor; pero las opiniones no. -"¡No, mamá! ¡las opiniones no!" -Las opiniones no, -repitió Natividad acabando de leer la carta. No podía comprender los sentimientos de su hijo, ella que sacrificaba las opiniones a los principios, como en el caso de Ayres, y seguía viviendo sin mancha. ¿Cómo no sacrificar, entonces...? No hallaba explicación. Se leía la frase de la carta y la del discurso; tenía miedo de verlo perder en la carrera política, si era la política lo que había de hacerlo grande hombre. "Emancipado el negro, falta emancipar el blanco", era una amenaza al emperador y al imperio. No acertó. Las madres no aciertan siempre. No comprendió que la frase del discurso no era propiamente de su hijo; no era de nadie. Alguien le dijo un día en discurso o conversación, en periódico o en viaje por tierra o mar. Otro la repitió, hasta que mucha gente la hizo suya. Era nueva, era enérgica, era expresiva; quedó siendo patrimonio común. Hay frases así felices. Nacen modestamente, como la gente pobre; cuando menos lo piensan están gobernando el mundo, a semejanza de las ideas. Las mismas ideas no conservan siempre el nombre del padre; muchas parecen huérfanas, nacidas de nada y de nadie. Cada cual las toma, las vierte como puede, y va a llevarlas al mercado, donde todos las tienen por suyas. XXXVIII Llegada a propósito Cuando a las dos de la tarde del día siguiente, Natividad tomó el tranvía para ir no sé a qué compras en la calle de Ouvidor, llevaba la frase consigo. La vista de la ensenada no la distrajo, ni la gente que pasaba, ni los incidentes de la calle, ni nada; la frase iba delante y dentro de ella, con su aspecto y su tono de amenaza. En Caltete alguien subió de un salto, sin hacer parar el vehículo. Adivina que era el consejero; adivina también que, en cuanto puso el pie en el estribo y vio a nuestra amiga, se le acercó rápidamente y aceptó la punta del asiento que ésta le ofreció. -Me pareció verla mirar asustada -dijo Ayres. -¡Naturalmente! nunca me imaginé que fuera usted capaz de hacer esa gimnasia. -Cuestión de costumbre. Las piernas saltan por sí solas. Un día me dejan caer, las ruedas me pasan por encima... -Pues, sea como sea, llega apropósito. -Yo siempre llego apropósito. Ya se lo oí decir una vez, hace muchos años, o fue a su hermana... ¡Vamos, aguarde usted! no he olvidado el motivo; creo que hablaban de la mulata del Castillo. ¿No se acuerda de una mulata, no sé cómo, que vivía en el Castillo y adivinaba la suerte de las personas? Yo me hallaba aquí con permiso, y oí hablar de la adivina. Como siempre tuve fe en las Sibilas, creí en la mulata. ¿Qué fin tuvo? Natividad lo miró, como sospechando que hubiese adivinado entonces su consulta a la mulata. Parecióle que no, sonrió y le llamó incrédulo. Ayres negó ser incrédulo; por el contrario, como era tolerante, profesaba virtualmente todas las creencias de este mundo. Y agregó: -Pero, en fin, ¿por qué llego apropósito? O el pasado, o la persona con sus maneras discretas y su espíritu reposado, o todo junto, daba a este hombre, relativamente a esta mujer, una confianza que ella no encontraba entonces en nadie, o que encontraría en pocos. Hablóle de una confidencia, de un papel que no mostraría a su marido. -Deseo un consejo, consejero; y, además, ¿para qué incomodar a mi marido? Cuando mucho contaré el asunto a mi hermana Perpetua. Me parece mejor no decirle nada a Agustín. Ayres convino en que no valía la pena disgustarlo, sí tal era el caso, y aguardó. Natividad, sin hablar de la mulata, contó primero la rivalidad de los hijos, ya manifiesta en política, y tratando especialmente de Pablo, le repitió la frase de la carta y le preguntó qué era lo mejor que se podía hacer. Ayres contestó que eran ardores de la juventud. Que no se empeñase; que empeñándose, el joven variaría de palabras, pero no de sentimientos. -Entonces ¿usted cree que Pablo será siempre lo mismo? -No digo que siempre, pero tampoco digo lo contrario. Usted, baronesa, exige contestaciones definitivas; pero, dígame, ¿qué cosa definitiva hay en este mundo, fuera del "hombre" del barón? Y ese mismo falla. ¿Cuántos días hace que no juego? Verdad es que no he aparecido por allí. Y luego, el placer de la conversación compensa bien el de los naipes. Apuesto a que los casados que van allí son de otro parecer. -Quizá. -Sólo los solteros pueden valorar las ideas de las mujeres. Un viudo sin hijos, como yo, equivale a un solterón; falto a la verdad: a los sesenta años, como los tengo yo, vale por dos o tres. En cuanto al joven Pablo, no piense usted más en el discurso. También yo pronuncié discursos cuando mozo. -He pensado en casarlos. -Casarse es bueno -asintió Ayres. -No digo casarlos ya, sino dentro de dos o tres años. Quizá haga antes un viaje con ellos. ¿Qué le parece á usted? ¡Vamos! no me conteste repitiendo lo que digo. Quiero saber su verdadero pensamiento. ¿Le parece que un viaje...? -Me parece que un viaje... -Termine. -Los viajes hacen bien, especialmente a esa edad. ¡Este año se reciben, no es así! ¡Pues, entonces! Antes de iniciar cualquier carrera, casados o no, es útil que vean otros países... Pero, ¿qué necesidad tiene usted de ir con ellos? -Las madres... -Pero yo también (perdone que la interrumpa), pero yo también soy su hijo. ¡No le parece que la costumbre, la buena cara, la gracia, el afecto y todas las prendas encanecidas que la adornan, componen una especie de maternidad! Yo confieso que me quedaría huérfano. -Pues véngase con nosotros. -¡Ah, baronesa! para mí ya no hay mundo que valga un billete de pasaje. Lo he visto todo en varias lenguas. Ahora el mundo comienza aquí, en el muelle de la Gloria, o en la calle de Ouvidor, y concluye en el cementerio de San Juan Bautista. Oigo decir que hay mares tenebrosos hacia el lado de la Punta de Cajú; pero soy un viejo incrédulo, como decía usted hace poco, y no acepto esas noticias sin prueba cabal y visual, y para ir a averiguarlas me faltan piernas! -¡Siempre chistoso! ¿No las he visto saltar ahora mismo? Su hermana me dijo el otro día que usted anda como a los treinta años. -Rita exagera. Pero, volviendo al viaje, ¿ha tomado ya los pasajes? -No. -¿No los ha encargado siquiera? -Tampoco. -Entonces pensemos en otra cosa. Cada día trae su ocupación, y con más razón las semanas y los meses. Pensemos en otra cosa, y deje usted que Pablo pida la república. Natividad opinó para sí que el consejero tenía razón; después pensó en otra cosa, y esta otra cosa fue su idea del principio. No dijo en seguida lo que era; prefirió conversar algunos minutos. Con aquel hombre, no era difícil. Una de sus cualidades era hablar con las mujeres sin caer en la trivialidad ni remontarse a las nubes; tenía un modo particular, que no sé si estaba en la idea, en el ademán o en la palabra. No quiero decir que hablase mal de nadie, y hasta sería una distracción. Quiero creer que no hablaba mal por indiferencia o por cautela; pero, provisionalmente, pongamos caridad. -Pero no me ha dicho todavía lo que deseaba, fuera del consejo. ¿O ya no desea nada más? -Me cuesta pedírselo. -Pida, de todos modos. -Ya sabe que mis gemelos no concuerdan en nada, o en muy poco, por más esfuerzos que yo haya hecho para establecer cierta armonía. Agustín no me ayuda; tiene otras preocupaciones. Yo misma ya no me siento con fuerzas, y por eso he pensado que un amigo, un hombre moderado, un hombre de sociedad, hábil, fino, cauteloso, inteligente instruído... -¿Yo, en fin? -Adivinó. -No he adivinado. Es mi retrato de cuerpo entero. Pero, ¿qué le parece que pueda hacer yo? -Puede corregirlos bondadosamente, unirlos, o hacer que cuando discrepen, discrepen poco o nada. ¡Usted no se imagina! ¡hasta parece que lo hicieran de propósito! No discuten el color de la luna, por ejemplo; pero á los once años Pedro descubrió que las sombras de la luna eran nubes, y Pablo que eran defectos de nuestra vista, y se pegaron: tuve que separarlos. Imagínese usted en política... -Imagínese en amores, diga usted en seguida; pero no me habla usted propiamente para este caso... -¡Oh, no! -Para los demás es igualmente inútil; pero yo nací para servir, hasta inútilmente. Su pedido, baronesa, equivale a nombrarme ayo o preceptor... No se defienda, no me encuentro rebajado. Con tal que me pague los honorarios... Y no se asuste; pido poco; págueme en palabras; sus palabras son de oro. Pero ya le he dicho que toda mi acción será inútil. -¿Por qué? -Será inútil. -Una persona de autoridad, como usted, puede mucho, si los ama, porque son buenos, créame. ¿Los conoce bien? -Un poco. - Conózcalos más y verá. Ayres asintió, riendo. Para Natividad aquello era como una nueva tentativa. Confiaba en la acción del consejero, y para decirlo todo... No sé si debo decirlo... Lo diré. Natividad contaba con la antigua inclinación del viejo diplomático. Las canas no le habían quitado el deseo de servirla. No sé quién me lee en esta ocasión. Si es hombre, quizá no entienda en seguida, pero si es mujer creo que entenderá. Si nadie entendiese, paciencia; baste saber que Ayres prometió lo que ella quiso y que también prometió callar; fue la condición que Natividad le impuso. Y todo esto lo hizo correcto, sincero e incrédulo. XXXIX Un ratero Llegaron a la plaza de la Carioca, se apearon y despidieron; ella se internó en la calle Goncalves Días, el tomó por la de Carioca. En mitad de ésta, Ayres encontró un montón de gente parada que luego echó a andar hacia la plaza. Ayres quiso desandar camino, no de miedo, sino de horror. Tenía horror a la multitud. Vio que la gente era poca -cincuenta o sesenta personas,- y que vociferaba contra la prisión de un hombre. Entró en un zaguán a esperar que pasase el grupo. Dos vigilantes llevaban de los brazos al preso. Este, de cuando en cuando, resistía, y entonces era preciso arrastrarlo u obligarlo por otro método. Tratábase, según parece, del hurto de una cartera. -¡Yo no he robado nada! -gritaba el preso deteniendo el paso. -¡Es mentira! ¡Suélteme! ¡Soy un ciudadano libre! ¡Protesto! ¡Protesto! -¡Siga a la comisaría! -¡No quiero seguir! -¡Que no siga! -gritaba la gente anónima. ¡Que no siga! ¡Que no siga! Uno de los agentes trató de convencer a la multitud de que el preso había robado efectivamente una cartera, y el alboroto pareció disminuir un tanto; pero cuando echó a andar con su compañero y el preso -teniéndolo cada uno por un brazo,- la muchedumbre volvió a vociferar contra la violencia. El preso se sintió alentado, y ora lastimero, ora agresivo, invitaba a la defensa. El otro agente desenvainó entonces el sable para hacer un claro. La gente voló, no con gracia, como la golondrina o la paloma, en busca del nido o el alimento, sino atropelladamente, empuja de allí, empuja de aquí, empuja de allá, empuja de todos lados. El sable volvió a la vaina y el preso siguió a los agentes. Pero, en seguida, los pechos vengaron a las piernas, y un clamor inmenso, largo, vengativo, llenó la calle y el alma del preso. La multitud se apañuscó de nuevo, y se encaminó a la comisaría. Ayres siguió su camino. El vocerío fue muriendo poco a poco, y Ayres entró en la Secretaría del Imperio. No halló al ministro, según parece, o la conferencia fue corta. Lo cierto es que cuando volvió a la plaza aun encontró parte del gentío, que hablaba de la prisión y del ratero: -¡Vaya un pillastre!... ¿Pero, entonces?... -preguntarás tú,- Ayres no preguntó nada. Al fin y al cabo, en aquella manifestación doble y contradictoria había un fondo de justicia; tal fue lo que pensó. Luego Imaginó que la grita de la multitud protestante era hija de un viejo instinto de resistencia a la autoridad. Advirtió que el hombre, una vez creado, desobedeció enseguida al Creador, que por añadidura le había dado un paraíso en que vivir; pero no hay paraíso que valga el placer de la oposición. Que el hombre se acostumbre a las leyes, bueno; que incline el cuello a la fuerza y al capricho, bueno también: es lo que sucede con la planta cuando sopla el viento. Pero que bendiga la fuerza y cumpla las leyes siempre, siempre, siempre, es violar la libertad primitiva, la libertad del viejo Adán. Así iba pensando el consejero Ayres. No se le atribuyan todas estas ideas. Pensaba así corno si hablase alto en la mesa o en la sala de alguien. Era un proceso de crítica blanda y delicada, tan convencida en apariencia, que algún oyente a caza de ideas, acabaría por tomarle una o dos. Iba a bajar por la calle Siete de Septiembre cuando el recuerdo del vocerío evocóle el de otro mayor y más lejano. XL Recuerdos El otro vocerío, mayor y más lejano, no tendría cabida aquí si no fuese necesario explicar el repentino ademán con que Ayres se detuvo en la acera. Se detuvo, volvió en sí, y siguió caminando con los ojos en el suelo y el alma en Caracas. El hecho pasó en Caracas, donde estaba como adjunto a la Legación. Hallábase en su casa conversando con una actriz de moda, chistosa y bonita. De repente oyeron un gran clamor, voces tumultuosas, vibrantes, crecientes... -¿Qué ruido es ese, Carmen? -preguntó Ayres entre dos caricias. -No te asustes, amigo mío; es el gobierno que cae. -Pero lo que oigo son aclamaciones... -Entonces es el gobierno que sube. No te inquietes. Mañana tendrás tiempo de ir a felicitarlo. Ayres dejóse llevar aguas abajo por aquel viejo recuerdo que había hecho surgir el griterío de cincuenta o sesenta personas. Esta especie de recuerdos producía en él más efecto que los otros. Reconstituyó la hora, el sitio, la persona de la sevillana. Carmen era de Sevilla. El ex muchacho recordaba aún el cantar que le oyera, al despedirse, después de rectificar las ligas, arreglar el vestido y clavar la peineta en el cabello, en el momento en que iba a echarse la mantilla, meneando el cuerpo con gracia
Tienen las sevillanas No puedo dar el tono; pero Ayres lo tenía aún en la memoria, e iba a repetirlo para sí, lentamente, al compás de sus pasos. Otro sí digo: meditaba en su carencia de vocación diplomática. La ascensión de un gobierno -aunque fuese de un régimen,- con sus ideas nuevas, sus hombres frescos, sus leyes y sus aclamaciones, valía menos para él que la sonrisa de una joven comediante. Y Carmen ¿dónde iría a parar? La sombra de la joven barrió con todo lo demás, la calle, la gente, el ratero, para quedar sola ante el viejo Ayres, balanceando las caderas y tarareando el cantar andaluz.
Tienen las sevillanas
|
|
|
||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran
mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación.
Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines
educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la
actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que
se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos
para retirarlo de inmediato. Actualmente hay 188 usuarios conectados en BibliotecasVirtuales.com |
|
Contenidos distribuidos bajo una Licencia de Creative Commons. |
|