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Joaquim Maria Machado de Assis ADVERTENCIA Cuando falleció el consejero Ayres halláronse en su escritorio siete cuadernos manuscritos, sólidamente encuadernados en cartón. Los seis primeros tenían su número de orden, en cifras romanas -I, II, III, IV, V, VI, -escritos con tinta roja. El séptimo llevaba el título: Ultimo. La causa de esta designación especial no se comprendió entonces, ni se ha comprendido después. Sí, era el último de los siete cuadernos, con la particularidad de que era también el más grueso; pero no formaba parte del Memorial, diario de recuerdos que desde muchos años escribía el consejero, y que constituía el asunto de los otros seis. No tenía el mismo orden de fechas, con la indicación de la hora y el minuto. Era una narración, y aunque en ella figurara el mismo Ayres, con su nombre y título de consejero, y como alusión algunas aventuras, no dejaba por eso de ser ajena al asunto de los seis cuadernos. ¿Ultimo, por qué? La hipótesis de que el deseo del difunto fuese imprimir dicho cuaderno a continuación de los otros, no es natural, salvo que quisiera obligar a la lectura de los seis en que trataba de él antes de que se conociese esta otra historia, escrita con un pensamiento interior y único a través de sus diversas páginas. En tal caso, hablaría la vanidad del hombre; pero la vanidad no figuraba entre sus defectos. Y aun cuando figurara, ¿valía la pena satisfacerla? Ayres no representó papel eminente en este mundo; recorrió la carrera diplomática, y luego se retiró. En los ocios del oficio escribió el Memorial que, podado de las páginas muertas u obscuras, apenas bastaría (y quizá baste) para matar el tiempo en el viaje a Petrópolis.
Tal es el motivo de que sólo se publique la
narración. En cuanto al título, recordáronse varios que podrían resumir el
asunto: Ab ovo, por ejemplo, a pesar del latín. Pero triunfó la idea de darles
estos dos nombres que el mismo Ayres citó una vez:
I ¡Cosas futuras! Era la primera vez que ambas iban al cerro del Castillo. Comenzaron a subir por el lado de la calle del Carmen. Hay en Río Janeiro mucha gente que no ha ido nunca, mucha habrá muerto, mucha nacerá sin poner nunca los pies allí. No todos pueden decir que conocen una ciudad entera. Un viejo inglés que, sin embargo, era infatigable viajero, confesóme ha muchos años en Londres que de Londres sólo conocía bien su club, y que era cuanto necesitaba conocer de la metrópoli y del mundo. Natividad y Perpetua conocían otros sitios fuera de Botafogo; pero por mucho que oyeran hablar de él y de la indiecita que allí reinaba en 1871, el cerro del Castillo era para ellas tan extraño y lejano como el club. Lo áspero, lo desigual, lo mal pavimentado de la cuesta, mortificaba los pies de las damas. No obstante, seguían subiendo, como por penitencia, despacito, con los ojos en el suelo y el velo echado a la cara. La mañana provocaba cierto movimiento: hombres, mujeres, niños que bajaban o subían, lavanderas y soldados, uno que otro empleado, uno que otro comerciante, uno que otro sacerdote, las miraban sorprendidos aunque vistieran con mucha sencillez: hay un donaire que no se pierde y que no era común en aquellas alturas. La misma lentitud del andar, comparada con la rapidez de los otras, hacía sospechar que iban allí por primera vez. Una criolla dijo á un sargento: -¡Ya verá cómo van a casa de la india! Y ambos se detuvieron a cierta distancia, invadidos por el invencible deseo de conocer vidas ajenas, que constituye muchas veces toda la necesidad humana. Las dos señoras buscaban, en efecto, disimuladamente, el número de la casa de la india. Por fin lo encontraron. La casa estaba, como las demás, trepada en el cerro. Subíase a ella por una escalerilla estrecha, sombría, adecuada a la aventura. Quisieron entrar de prisa; pero tropezaron con dos sujetos que salían, y tuvieron que pegarse al portal. Uno de ellos les preguntó familiarmente si iban a consultar a la adivina. -Pierden el tiempo -agregó furioso, -y van a oír muchos disparates. -¡Mentira! -corrigió el otro, riendo. -La india sabe perfectamente dónde tiene las narices. Las damas vacilaron un tanto; pero luego calcularon que las palabras del primero eran segura señal de la clarividencia y la franqueza de la adivina: todos no pueden tener la misma suerte. La de los hijitos de Natividad podía ser desgraciada, y en ese caso... Mientras meditaban pasó un cartero, que las hizo subir más de prisa, para escapar a otras miradas. Tenían fe; pero también tenían vergüenza del qué dirán, como un devoto que se persignase a escondidas. Un indio viejo, padre de la adivina, las condujo a la sala. Esta era sencilla, de paredes desnudas, sin nada que evocase misterio, ni infundiese pavor, adorno simbólico, animal disecado, esqueleto ni dibujo de miembros enfermos. Cuando mucho, una imagen de la Concepción pegada a la pared podía recordar un misterio, aunque estuviese mohosa y destrozada; pero no daba miedo. Sobre una silla, una guitarra. -Mi hija viene en seguida -dijo el viejo. -¿Cómo se llaman las señoras? Natividad dio su primer nombre solamente -María, -como un velo aún más espeso que el de la cara, y recibió una tarjeta , porque ella sola consultaba el número 1012. No hay que asustarse de la cifra: la clientela era numerosa y partía de muchos meses atrás. Tampoco hay que hablar de la costumbre, que es vieja, viejísima. Vuelve a leer a Esquilo, amigo mío, vuelve a leer Euménides, y allí verás a la Pitia llamando a los que iban a consultarla: -Si hay aquí Helenos, vengan, acérquense, como es uso, en el orden determinado por la suerte... La suerte antiguamente, la numeración ahora; todo es que la verdad se ajuste a la prioridad, y que, nadie pierda su turno en la audiencia. Natividad guardó la tarjeta, y ambas se acercaron a la ventana. A decir verdad, no dejaban de tener su poquito de miedo, Perpetua menos que Natividad. La aventura parecíales audaz, y posible algún peligro. No describo sus ademanes: imagina que eran inquietos e incoherentes. Ninguna decía nada. Natividad confesó después que sentía un nudo en la garganta. Por suerte la adivina no tardó mucho; al cabo de tres o cuatro minutos el padre la introdujo de la mano, levantando la cortina del fondo. -Entra, Bárbara. Bárbara entró, mientras su padre tomaba la guitarra y se iba al corredor de piedra. Era una muchachita leve y breve, de saya bordada y chinelas en los pies. No podía negársele un cuerpo airoso. Los cabellos, atados en lo alto de la cabeza con un pedazo de cinta aceitosa, formábanle un solideo natural cuya borla suplía un ramito de ruda. Ya en esto hay algo de sacerdotisa. El misterio estaba en los ojos. Estos eran opacos, no siempre ni tanto que no fuesen también lúcidos y penetrantes, y en este último estado eran hermosos también; tan hermosos y tan penetrantes, que entraban por el cuerpo abajo, revolvían el corazón y salían otra vez, prontos para una nueva entrada y otro revoltijo. No te miento al decir que ambas señoras sintieron cierta fascinación. Bárbara las interrogó; Natividad dijo a lo que iba, y le entregó los retratos y los cabellos de sus hijitos, cosa que bastaba, según le dijeran. -Sí, basta -confirmó Bárbara. -¿Son hijos suyos estos niños? -Sí. -Los dos tienen la misma cara. -Son gemelos. Nacieron hace poco más de un año. -Siéntense ustedes. Natividad dijo muy quedo a su compañera que "la muchacha era simpática"; pero no tan quedo que ésta no pudiese oírla también, y aun puede ser que, temerosa de la predicción, lo hiciese de intento por obtener un buen destino para sus hijos. La indiecita fue a sentarse a una mesa redonda que se hallaba en el centro de la habitación, vuelta hacia ellas. Púsose delante los retratos y los cabellos. Miró alternativamente a éstos y a la madre, hizo algunas preguntas y luego se quedó contemplando retratos y cabellos con la boca abierta y las cejas juntas. Cuéstame decir que encendió un cigarro; pero lo digo porque es la verdad y porque el humo concuerda con el oficio. Afuera, el padre rozaba las cuerdas de la guitarra, murmurando una canción de los bosques del Norte:
Niña de la saya blanca Mientras iba subiendo el humo del cigarro, la cara de la adivina cambiaba de expresión, ya sombría, ya radiosa, ora interrogante, ora explicativa. Bárbara se inclinaba hacia los retratos, oprimía un rizo en cada mano, y los miraba, los olía, los escuchaba, sin la afectación que quizá halles en estas líneas. Esos ademanes no podrían contarse con naturalidad. Natividad no le quitaba los ojos, como sí quisiera leer en su interior. Y no sin espanto oyóle preguntar si los niños habían luchado antes de nacer. -¿Luchado? -Luchado, sí, señora. -¿Antes de nacer? -Sí, señora. Pregunto si no lucharon en el vientre de la madre. ¿Recuerda usted? Natividad, cuyo embarazo no fue tranquilo, contestó que, efectivamente, había sentido movimientos extraordinarios, repetidos, y dolores e insomnios... Pero ¿qué significaba aquello? ¿Por qué habían de luchar? La indiecilla no contestó. Levantóse poco después y anduvo alrededor de la mesa, lentamente, como una sonámbula con los ojos abiertos y fijos; después volvió a repetir sus miradas entre la madre y los retratos. Estaba más agitada y respiraba fuerte. Toda ella entera; cara y brazos, hombros y piernas, era poca para arrancar la palabra al Destino. Por fin se detuvo, sentóse desfallecida, luego se levantó de un salto y se acercó a las damas, tan radiosa, con los ojos tan vivos y cálidos, que la madre quedó pendiente de ellos, y sin poderse contener, le tomó las manos y le preguntó ansiosa: -¡Diga, hable usted1 ¡Estoy pronta a oírlo todo! Bárbara, llena de sentimientos y sonrisas, lanzó un suspiro de satisfacción. Parece que la primera palabra le llegó hasta la boca, pero retrocedió al corazón, virgen de sus propios labios y de ajenos oídos. Natividad la suplicó que contestara, que se lo dijera todo, sin reticencias... .-¡Cosas futuras! -murmuró por último la indiecita. -¿Pero cosas feas? -¡Oh, no, no! ¡Cosas lindas, cosas futuras! -Pero eso no basta; dígame lo demás. Esta señora es mi hermana, y muy discreta; pero si debe marcharse lo hará. Yo me quedo; dígamelo a mí sola... ¿Serán felices? -Sí. -¿Serán grandes? -Serán grandes, ¡oh!, muy grandes Dios ha de darles muchas mercedes. Han de subir, subir, subir... Lucharon en el vientre de la madre, ¿y eso qué tiene? Aquí, en el mundo, también se lucha. Sus hijos serán gloriosos; ¡yo sé lo que le digo! En cuanto a la clase de gloria... ¡cosas futuras! La voz del indio viejo continuaba la canción del Norte:
tira los cocos abajo Y como la hija no tenía más que decir, ni sabía qué explicar, seguía con las caderas el ritmo del cantar que repetía el viejo:
Niña de la saya blanca
Me los debes tirar, II Mejor para bajar que para subir Todos los oráculos son obscuros, pero se entienden. Natividad acabó por entender a la indiecilla, aunque no le oyera nada más; bastóle saber que las colas futuras serían lindas, y sus hijos grandes y gloriosos, para ponerse alegre y sacar del bolsillo un billete de cincuenta mil reis. Era cinco veces el precio acostumbrado, y valía tanto o más que las ricas dádivas de Creso o la Pitia. Recogió los retratos y el cabello, y ambas salieron, mientras la adivina se marchaba adentro, a la espera de otros. Ya había algunos clientes a la puerta, con su número de orden, y las señoras bajaron rápidamente, ocultando el rostro. Perpetua compartía el contento de su hermana; las piedras también, lo mismo que la muralla del lado del mar, las camisas colgadas en los balcones, las cáscaras de banana del suelo. Los zapatos de un hermano de las ánimas que iba a doblar la esquina de la calle Misericordia para tomar la de San José, parecían reír de alegría, cuando la verdad es que gemían de cansancio. Natividad estaba tan fuera de sí, que, al oírle pedir "¡para la misa de las ánimas!", sacó del bolsillo un billete de dos mil reis, nuevo en hoja, y se lo echó en el platillo. La hermana le observó el error; pero no era error: era para las ánimas del purgatorio. Y siguieron rápidamente hacia el cupé que las aguardaba en el espacio que queda entre la iglesia de San José y la Cámara de los Diputados. No habían querido que el carruaje las llevara hasta el pie de la cuesta, para que el cochero y el lacayo no sospechasen la consulta. Todo el mundo hablaba en ese tiempo de la adivina del Castillo; era el tema de la ciudad; se le atribuía un poder infinito, una serie de milagros, suertes, hallazgos, casamientos. Si las descubriesen estarían perdidas, aunque no fueran las únicas damas que fuesen allí. Al verlas dando limosna al hermano de las ánimas, el lacayo subió al pescante, el cochero arreó los caballos, el carruaje fue a buscarlas, y en seguida se encaminó a Botafogo. III La limosna de la felicidad -¡Dios se lo pague, mi devota señora! -exclamó el hermano de las ánimas al ver caer el billete sobre dos monedas de níquel y algunas antiguas de cobre. -¡Dios le dé todas las felicidades del cielo y de la tierra, y que las benditas ánimas del purgatorio pidan a María Santísima que las recomiende a su bendito hijo! Cuando la suerte ríe, toda la naturaleza ríe, y el corazón ríe como todo lo demás. Tal fue la explicación que, con otras palabras menos filosóficas, dio el hermano de las ánimas a los dos mil reis. La sospecha de que el billete fuese falso no llegó a tomar cuerpo en el cerebro de aquél; fue sólo una fugitiva alucinación. Comprendió que las señoras eran felices, y como acostumbraba a pensar en voz alta, dijo guiñando un ojo, mientras subían al carruaje: -¡Esas dos han visto el pajarito verde, de seguro! Sin rodeos, supuso que volvían de alguna aventura amorosa, y lo dedujo de tres hechos que estoy obligado a ensartar aquí para no dejar a este hombre bajo la sospecha de calumniador gratuito. El primero fue la alegría que revelaban; el segundo, el monto de la limosna, y el tercero, el carruaje que las aguardaba en un rincón, cual si quisieran ocultar al cochero el punto de cita. No saques en consecuencia que hubiera sido cochero alguna vez, y que anduviese conduciendo mozas antes de servir a las ánimas. Tampoco creas que fuese antes rico y adúltero, y de mano abierta al decir adiós a sus amigos. Ni cet excés d'honneur, ni cette indignité. Era un pobre diablo, sin otro oficio que la devoción. Además no hubiera tenido tiempo: contaba apenas veintisiete años. Al pasar el carruaje saludó a las señoras. Después se quedó mirando el billete, tan fresco, tan valioso, billete que las ánimas nunca vieron salir de sus manos. Fue subiendo por la calle San José. Ya no tenía ganas de pedir; el billete se convertía en oro, y la idea de que fuese falso volvió a su cerebro, pero con mas insistencia, hasta que se clavó en él por algunos instantes. Si fuese falso... -¡Para la misa de las ánimas! -gimió a la puerta de un mercadito, y le dieron un vintén, un vintén sucio y triste, frente al billete, tan nuevecito que parecía salir de la imprenta. Seguía una casa de altos. Entró, subió, pidió, diéronle dos vintenes, el doble de la otra moneda, por el valor y el cardenillo. Y el billete siempre limpio: dos mil reis que parecían veinte mil. No, no era falso. En el zaguán lo tomó, lo miró bien: era legítimo. De pronto oyó abrir una puerta, arriba, y un paso rápido. El, más rápido aún, estrujó el billete y se lo metió en la faltriquera de los pantalones; quedáronse solos los vintenes mohosos y tristes, el óbolo de la viuda. Salió, fue al primer escritorio, a la primera tienda, a la primera casa, pidiendo lastimosamente: -¡Para la misa de las ánimas! En la iglesia, al quitarse la sotana, después de entregar el platillo al sacristán, oyó una voz débil, cual de almas lejanas, que le preguntaba si los dos mil reis... -Los dos mil reis -decía otra voz menos débil -eran naturalmente suyos, porque, en primer lugar, él también tenía alma, y en segundo lugar, nunca había recibido limosna tan grande. El que quiere dar tanto como eso, va a la iglesia o compra un cirio, pero no pone un billete en el platillo de las pequeñas limosnas. Si miento, no es con intención. A la verdad, las palabras no salieron así articuladas y claras, ni las débiles, ni las menos débiles. Todas producían un zumbido en las orejas de la conciencia. Las he traducido a la lengua hablada para que me entiendan los que me leen; no sé cómo podría trasladar al papel un rumor sordo y otro menos sordo, siuiéndose ambos, confusos, hasta el fin, hasta que el segundo quedó solo: -No quito a nadie el billete... La señora lo puso en el platillo con su propia mano... Ella también tiene alma. En la puerta de la sacristía que daba a la calle, al dejar caer la cortina azul obscuro, ribeteada de amarillo, ya no oyó nada más. Vio un mendigo que le tendía el sombrero, roto y grasiento; metió lentamente la mano en el bolsillo del chaleco, también roto, y encontró una monedita de cobre que echó en el sombrero del mendigo, rápido, a escondidas, como lo manda el Evangelio. Eran dos vintenas; le quedaban mil novecientos noventa y ocho reis. Y como saliera apresuradamente, el mendigo le envió, desde atrás, estas palabras de agradecimiento, semejantes a las suyas. -Dios se lo pague, señor, y le dé... IV La misa del cupé. Natividad iba pensando en la mulata del Castillo, en la predicción de grandeza y en la noticia de la lucha. Volvía a recordar que, en efecto, el embarazo no fue tranquilo; pero solo se le quedaba la predicción de la gloria y la grandeza. La lucha ya pasó, si es que la hubo; el futuro, si, eso era lo principal. No fue por la playa de Santa Lucía. Frente a Lapa, interrogó a su hermana acerca de lo que pensaba de la adivina. Perpetua contestó que pensaba bien, que le creía, y ambas convinieron en que parecía hablar de sus propios hijos, tal era su entusiasmo. Perpetua volvió a reprenderla por los cincuenta mil reis que le había dado: bastaba con veinte. -¡Hice bien! ¡Figúrate! ¡cosas futuras! -¡Qué cosas serán! -No lo sé: futuras. Otra vez se sumergieron en el silencio. Al entrar en Cattete, Natividad recordó la mañana en que pasó por allí, en aquel mismo cupé, reveló su embarazo al marido. Volvían de una misa de difuntos en la iglesia de Santo Domingo... "En la iglesia de Santo Domingo se dirá hoy una misa por el alma de Juan Mello, fallecido en Maricá." Tal fue el anuncio que, hoy todavía, puedes leer en algunos periódicos de 1869. No determino el día, pero fue en Agosto. El anuncio era verdad: fue eso mismo, sin nada más, ni el nombre de la persona o personas que invitaban a la misa, ni la hora, ni la invitación. No se dijo siquiera que el difunto era escribano, oficio que solo perdió con la muerte. En fin, hasta parece que le rebajaron un nombre: se llamaba, si estoy bien informado, Juan de Mello y Barros. Como no se sabía quién mandaba decir la misa, nadie concurrió. La iglesia escogida dio menos importancia aun al acto, no era vistosa, ni buscada, sino vieja, sin adornos ni gente, metida en el rincón de una plazuela, propia para la misa recóndita y anónima. A las ocho detúvose un cupé a la puerta. Bajó un señor, y dio la mano a una señora; la señora bajó y tomó el brazo del señor; ambos atravesaron el atrio y entraron a la iglesia. En la sacristía reinaba la sorpresa. El alma que a tales sitios atraía un carruaje de lujo, caballos de raza y dos personas tan finas, no podía ser como las demás almas que se recomendaban allí. La misa fue oída sin pésames ni lágrimas. Cuando terminó, el señor pasó a la sacristía a dar su ofrenda. El sacristán, acariciando en el bolsillo el billete de diez mil reís que recibió, consideró que éste demostraba la sublimidad del difunto; pero ¿de qué difunto se trataba? Lo mismo pensaría el cepillo de las ánimas- si pensase,- cuando el guante de la dama dejó caer dentro de él una moneda de plata. Ya entonces había en la iglesia media docena de muchachos harapientos, y afuera algunas personas aguardando a las puertas y en el atrio. El señor, al llegar a la puerta, paseó los ojos, aunque vagamente, y vio que era objeto de la curiosidad. La señora tenía los suyos fijos en el suelo. Ambos subieron al carruaje con el mismo ademán, el lacayo cerró la portezuela y partieron. Los vecinos no hablaron de otra cosa aquel día y los siguientes. Ellos y el sacristán recordaban orgullosamente el cupé. Aquella era la misa del cupé. Otras misas fueron llegando, todas a pie, algunas con los zapatos rotos, no pocas descalzas, con capas raídas, pantalones astrosos, misas de zaraza el domingo, misas de tamangos. Todo volvió a la costumbre, pero la misa del cupé vivió en las memorias durante muchos meses. Por último no se habló más de ella; se olvidó como un baile. Pues el cupé era este mismo. La misa fue mandada decir por el señor Agustín José de Santos, y el difunto era su pariente, aunque pobre; también el nació en Maricá. Cuando llegó a Río de Janeiro, con motivo de la flebre de las acciones (1855), dicen que reveló grandes facultades para ganar dinero rápidamente. Ganó en seguida mucho, y lo hizo perder a otros. Se casó en 1859 con esta Natividad, que andaba entonces en los veinte años, y no tenía dinero; pero era bella y él la amaba apasionadamente. La fortuna lo bendijo con la riqueza. Años después tenían una gran casa, carruaje, caballos y relaciones nuevas y distinguidas. De los dos parientes pobres de Natividad, el padre murió en 1866; quedábale la hermana. Santos tenía en Maricá algunos deudos a quienes nunca envió dinero, sea por avaricia, sea por habilidad. Avaricia no creo: gastaba generosamente y daba muchas limosnas. Sería habilidad: así les quitaba las ganas de ir a pedirle más. No le valió esto con Juan de Mello, que un día se le apareció pidiéndole empleo. Quería ser, como él, director de Banco. Santos le buscó apresuradamente un puesto de escribano civil en Maricá, y lo despachó con los mejores consejos del mundo. Juan de Mello se retiró con su escribanía, y según dicen, con una gran pasión. Natividad era la mujer más hermosa de aquel tiempo. Al final, y ya con sus cabellos casi sexagenarios, todavía hacía creer la tradición. Juan de Mello se quedó hechizado en cuanto la vio; Natividad lo comprendió así, y se condujo bien. No le arrugó el ceño, es verdad; pero así era más hermosa que enfadada, tampoco le cerró los ojos, que eran negros y ardientes. Sólo le cerró el corazón, un corazón que debía amar como ningún otro, según lo que pensó Juan de Mello, una noche que la vio descotada en un baile. Sintió el impulso de apoderarse de ella, bajar, volar, perderse juntos... Y en lugar de esto, una escribanía en Maricá: ¡era un abismo! Cayó en él; tres días después salió de Río de Janeiro para no volver. En un principio escribió muchas cartas a su pariente, con la esperanza de que ella las leyera también y comprendiese que le dedicaba algunas palabras. Pero Santos no le contestó, y el tiempo y la ausencia acabaron por convertir a Juan de Mello en un excelente escribano. Murió de una neumonía Que el objeto de la moneda de plata de Natividad echada en el cepillo de las ánimas fuese pagar la adoración del difunto, no digo que si ni que no; me faltan detalles. Pero puede que sí, por que esta señora no era menos agradecida que honesta. En cuanto a la generosidad del marido, no olvides que el pariente estaba difunto, y que el difunto era un pariente menos. V Hay contradicciones explicables. No me preguntes la causa de tanto retraimiento en el anuncio y la misa, y tanta publicidad en el carruaje, lacayo y librea. Hay contradicciones explicables. Un buen autor que inventase su historia o apreciara la lógica aparente de los acontecimientos, conduciría a la pareja Santos a pie, o en coche de plaza o de alquiler; pero yo, amigo mío, yo sé cómo pasaron las cosas, y las refiero tales como son. Cuando mucho las explico, con la condición de que no se haga costumbre. Las explicaciones comen tiempo y papel, retardan la acción y acaban por fastidiar. Lo mejor es leer con atención. En cuanto a la contradicción de que aquí se trata, hay que tener en cuenta que en aquel rincón de una modesta plazuela no tropezarían, con ningún conocido, mientras gozarían de la admiración del barrio; tal fue la reflexión de Santos, si es que puede darse este nombre al movimiento interno que impulsa a la gente a hacer más bien una cosa que otra. Queda la misa; en cuanto a la misa, bastase con que la supiesen en el cielo y en Maricá. Para ser exacto, se vistieron para el cielo. El lujo de la pareja atemperaba la pobreza de la oración; era una especie de homenaje al finado. Si el alma de Juan de Mello los viese desde allá arriba, había de alegrarse del interés con que fueron a rezar por un pobre escribano. No soy yo solo quien lo dice; Santos lo pensó también. VI Maternidad Al principio permanecieron callados; Natividad, cuando mucho, se quejó de la iglesia en que se había ensuciado el vestido. -Vengo llena de pulgas -continuó;- ¿por qué no fuimos a San Francisco de Paula, o a Gloria, que están más cerca y son más limpias! Santos cambió de conversación, y habló de las calles mal pavimentadas, que hacían dar barquinazos al carruaje. Seguramente se iban a romper los elásticos. Natividad no contestó, sumergióse en el silencio, como en otro capítulo de veinte meses después, cuando regresaba del Castillo con la hermana. Sus ojos no tenían el puntito de resplandor que tendrían entonces; iban inmóviles y sombríos, como esa mañana y la víspera. Santos, que ya había reparado en ello, la preguntó lo que tenía; no sé si Natividad le contestó de palabra; si dijo alguna, fue tan breve y sorda, que se perdió completamente. Quizá no pasase de un simple movimiento de los ojos, de un suspiro o cosa así. Fuese como fuese, cuando el cupé llegó a la mitad de Cattete, ambos llevaban las manos unidas, y la expresión de sus rostros era la de los bienaventurados. No se acordaban siquiera de la gente de las calles, quizá no se acordaran de ellos mismos. No ha de costarte mucho ¡oh, lector¡ comprender la causa de aquella expresión y de aquellos dedos entrelazados. Ya la dejo dicha más atrás, y cuando quizá fuera mejor que la adivinases; pero, probablemente, no la adivinarías; no porque tengas el entendimiento corto y obscuro, sino porque el hombre se diferencia del hombre, y tú quizás tuvieras la misma expresión, simplemente al saber que ibas a bailar el sábado. Santos no bailaba; prefería los naipes como distracción. La causa en cuestión, era virtuosa, como sabes: Natividad estaba encinta y acababa de decírselo al marido. A los treinta años, no era temprano ni tarde: era imprevisto. Santos sintió más que ella el placer de la nueva vida. Realizábase el ensueño de diez años: una criatura sacada del muslo de Abraham, como decían aquellos buenos judíos que la gente quemó más tarde, y que ahora presta generosamente su dinero a las compañías y las naciones. Piden interés por él, pero los hebrismos son dados gratuitamente. El anterior es uno de éstos. Santos, que sólo conocía la parte de los préstamos, sentía inconscientemente la del hebrismo, y se regocijaba con ella. La emoción le ataba la lengua. Las miradas que dirigía a su esposa, y que la envolvían, eran de patriarca, la sonrisa parecía derramar luz sobre la persona amada, bendita, hermosa entre las hermosas. Natividad no fue inmediatamente así; sólo poco a poco fue siendo vencida, y adquiriendo la expresión de la esperanza y de la maternidad. En los primeros días, los síntomas desconcertaron a nuestra amiga. Duro es decirlo, pero es la verdad. Allá se iban los bailes y las fiestas, allá se iban la libertad y el ocio. Natividad estaba ya en lo alto de la rueda del tiempo; acabó de entrar en ella con tal arte, que parecía haber nacido allí. Carteábase con grandes señoras, era íntima de muchas, tuteaba a algunas. No tenía solamente la casa de Botafogo, sino también otra en Petrópolis; y no solo carruaje, sino también palco en el Teatro Lírico, sin contar los bailes del Casino Fluminense, los de sus amigas y los suyos; todo el repertorio, en suma, de la vida elegante. La nombraban los periódicos; pertenecía a esa docena de nombres planetarios que figuran en medio de la pléyade de las estrellas. El marido era capitalista y director de un banco. En medio de todo esto, ¿a qué venía una criatura a deformarla durante meses enteros, obligarla a retirarse temprano, robarle sus noches, hacerla sufrir de los dientes y lo demás! Tal fue la primera sensación de la madre, y su primer impulso fue destruir el germen. Sintió rabia contra su marido. La segunda sensación fue mejor. La maternidad, que llegaba en mitad del día, era como una aurora nueva y fresca. Natividad vio la figura de su hijo o de su hija, saltando en el césped del jardín o en el regazo de la doncella, con tres años de edad, y aquel cuadro daría a sus treinta y cuatro de entonces, un aspecto de poco más de veinte... Esto la reconcilió con el marido. No exagero; tampoco quiero perjudicar a esta señora. Algunas tendrían miedo, la mayor parte amor. La conclusión es que, por una u otra puerta, amor o vanidad, lo que es embrión, quiere entrar en la vida. Cesar o Juan Fernández, todo es vivir, asegurar la dinastía, y marcharse del mundo lo más tarde posible. La pareja iba callada. Al desembocar en la playa de Botafogo, la ensenada les produjo la satisfacción de costumbre. A la distancia descubríase la casa, magnífica; Santos deleitóse al verla, miróse en ella, creció con ella, subió por ella. La estatuita de Narciso, puesta en medio del jardín, sonrióles a la entrada; la arena se convirtió en césped; dos golondrinas cruzaron por arriba del surtidor, imitando en el aire la alegría de ambos. La misma ceremonia a la bajada. Santos se detuvo todavía unos instantes para ver cómo giraba el cupé, salía y volvía a la cochera; después siguió a su mujer que entraba ya en el zaguán. VII Gestación Arriba los aguardaba Perpetua, aquella hermana de Natividad que la acompañó al Castillo, y luego en el carruaje, donde las dejé para relatar los antecedentes de los niños. -¿Y había mucha gente? -No, nadie: pulgas. Perpetua tampoco entendía la elección de la Iglesia. En cuanto a concurrencia, siempre le pareció que sería poca o nula; pero el cuñado entraba y se calló lo demás. Era persona circunspecta, y que no se perdía por un ademán o un dicho importuno. Pero fuele imposible callar su sorpresa cuando vio que su cuñado entraba y daba a su mujer un abrazo largo y tierno, sellado con un beso. -¿Qué pasa? -preguntó asustada. Sin reparar en el rubor de su mujer, Santos dio otro abrazo a la cuñada, y también le hubiera dado un beso, a no retroceder ella a tiempo y con fuerza. -Pero, ¡qué es eso! ¿Se ha sacado la grande de España? -No, es algo mejor: ¡gente nueva! Santos conservaba algunos ademanes y maneras de hablar de los primeros años, y tales que el lector no los llamará propiamente familiares; tampoco es preciso llamarle nada. Perpetua, que los quería, acabó sonriendo y dándoles parabienes. Natividad los dejó para ir a mudarse. Santos, medio arrepentido de su expansión, se puso serio y comenzó a hablar de la misa y de la iglesia. Estuvo de acuerdo en que esta última era vetusta y estaba metida en un rincón, pero alegó razones espirituales. Que la oración era siempre oración, donde quiera que el alma hablase a Dios. Que, en rigor, la misa no necesitaba de altar; el rito y el sacerdote bastaban para el sacrificio. Puede que estas razones no fueran propiamente suyas sino oídas a alguien, aprendidas sin esfuerzo y repetidas con convicción. La cuñada opinó que sí, con la cabeza. En seguida hablaron del pariente muerto, y convinieron piadosamente en que era un asno; -no dijeron la palabra, pero el total de las apreciaciones iba a converger en ella, con el aditamento de honrado y hasta honradísimo. -¡Era una perla! -terminó diciendo Santos. Esta fue la última palabra de la necrología: paz a los muertos. De allí en adelante se vengó la soberanía del niño que asomaba. En los primeros tiempos no alteraron sus costumbres, y las visitas y los bailes siguieron como antes, hasta que Natividad fue encerrándose poco a poco en su casa. Las amigas iban a verla. Los amigos iban a visitarlos, o a jugar a los naipes con el marido. Natividad quería un hijo, Santos una hija, y cada cual abogaba por su elección con tan buenas razones, que acabaron trocando los pareceres. Entonces, ella se quedaba con la hija, y la vestía con los mejores encajes y batistas, mientras él ponía una toga al joven abogado, dábale un asiento en el Parlamento, otro en el Ministerio. Enseñábale también, a enriquecerse rápidamente; y lo ayudaba comenzando por una libreta en la Caja Económica, desde el día que naciese hasta los veintiún años. Algunas veces, por la noche, cuando estaban solos, Santos tomaba un lápiz y dibujaba la figura de su hijo con bigote, o se atrevía a diseñar una vaporosa joven. -Déjate de esas cosas, Agustín -dijo la mujer una noche; -¡siempre has de ser niño! Y poco después, ella también dio en describir de palabra la figura del hijo o la hija, y ambos elegían el color de los ojos, del cabello, la tez, la estatura. Ya ves que ella también era una niña. La maternidad tiene incoherencias de esas; la felicidad también, y, por último, la esperanza, que es la niñería del mundo. Lo perfecto sería que naciese una pareja, varón y mujer. Así quedarían satisfechos los deseos del padre y de la madre. Santos pensó en hacer una consulta espiritista a ese respecto. Comenzaba a estar iniciado en dicha religión, y tenía la fe novicia y firme. Pero su mujer se opuso; si había de consultarse a alguien, mejor era la mulatita del Castillo, la adivina célebre de la época, que descubría las cosas perdidas y predecía las futuras. Pero, por el momento, lo rechazaba también por innecesario. ¿A qué consultar sobre una duda que a los pocos meses estaría aclarada? Respecto a la mulata, Santos opinó que sería imitar la credulidad de la gente baja; pero su cuñada le replicó que no, y citó el caso reciente de una persona distinguida, un juez municipal, cuyo nombramiento fue anunciado por la mulata. -Quizá guste de la mulata el ministro de justicia, -objetó Santos. Los dos se rieron del chiste, y así se cerró una vez el capítulo de la adivina, para reabrirse más tarde. Ahora dejemos que el niño se desarrolle, se agite y se estire como impaciente por nacer. A decir verdad, la madre padeció mucho durante la gestación, y especialmente en las últimas semanas. Creía tener un general que iniciaba la campaña de la vida, a no ser que fuese una pareja que aprendía a odiar desde la víspera... VIII Ni pareja ni general Ni pareja ni general. El día 7 de Abril de 1870, vio la luz un par de varones tan iguales que parecían uno la imagen del otro, o simplemente la impresión de ojos que vieran doble. Todo lo esperaban, menos los dos gemelos, y no por ser grande la sorpresa fue menos el amor. Esto se comprende sin necesidad de insistir, como se comprende que la madre diera a sus dos hijos aquel pan entero y dividido del poeta; yo agregaré que el padre hacía lo mismo. Los primeros tiempos vivió contemplando a los niños, comparándolos, midiéndolos, pesándolos. Tenían el mismo peso, y crecían en igual medida. El cambio iba produciéndose por el mismo tenor. Linda la cara, los cabellos castaños, los dedos finos y tales que, cruzados los de la mano derecha del uno con los de la izquierda del otro, no se sospechaba que fuesen de dos personas. Llegaron a tener distinto carácter, pero entonces hacían las mismas demostraciones. Comenzaron a sonreír el mismo día. El mismo día los vio bautizar. Antes de que nacieran, se había convenido en darles el mismo nombre del padre o de la madre, según el sexo. Como eran dos varones, y como no existe la forma masculina del nombre materno, el padre no quiso que figurase solo el suyo, y se pusieron a caza de otros. La madre proponía nombres franceses o ingleses, de acuerdo con las novelas que leía. Algunas rusas, de moda entonces, le sugirieron nombres eslavos. El padre aceptaba unos y otros, pero consultaba a terceros y nunca daba con la opinión definitiva. Generalmente, los consultados proponían otro nombre que no era aceptado en la casa. También apareció la antigua nomenclatura lusitana, pero sin mejor suerte. Un día, Perpetua, estando en misa, rezó el Credo, llamáronle la atención las palabras "...los santos apóstoles San Pedro y San Pablo", y apenas pudo terminar la oración. Había descubierto los nombres; eran sencillos y gemelos. Los padres convinieron con ella, y la discusión terminó. La alegría de Perpetua fue casi tan grande como la del padre y la madre, si no mayor. Mayor no fue, ni tan profunda, pero sí grande y rápida. El hallazgo de los nombres, casi equivalía a haber tenido los niños. Viuda, sin hijos, no se consideraba incapaz de tenerlos, y ya era algo darles nombre. Tenía cinco o seis años más que su hermana. Se había casado con un teniente de artillería que murió de capitán en la guerra del Paraguay. Era más bien baja que alta, y gruesa, al revés de Natividad que, sin ser flaca, no tenía las mismas carnes, y era alta y derecha. Las dos vendían salud. -Pedro y Pablo -dijo Perpetua a la hermana y al cuñado; -cuando recé estos nombres sentí algo en el corazón... -Serás madrina de uno, -díjole la hermana. Los niños que se distinguían por medio de una cinta de color, recibieron medallas de oro, una con la imagen de San Pedro, otra con la de San Pablo. La confusión no cesó en seguida, sino más tarde, lenta y escasamente, continuando la semejanza tal que los mismos que estaban advertidos se equivocaban muchas veces o siempre. La madre fue quien no necesitó de grandes señales exteriores para saber quiénes eran aquellos dos pedazos de ella misma. Las amas, a pesar de que los distinguieran entre sí, no dejaban de quererse mal una a otra, a causa de la semejanza de sus "hijos de leche". Cada cual afirmaba que el suyo era el más lindo. Natividad estaba de acuerdo con ambas. Pedro sería médico, Pablo abogado; tal fue la primera elección de profesiones. Pero después cambiaron de carrera. También pensaron en dedicar a uno de ellos a la ingeniería. La marina sonreía a la madre, por la distinción especial de la escuela. Sólo tenía el inconveniente del primer viaje largo; pero Natividad pensó en buscar recomendaciones para el ministro. Santos hablaba de hacer banquero a uno o a los dos. Así pasaban las horas de ocio. Los íntimos entraban en los proyectos. Hubo quien los hiciese ministros, directores de rentas, obispos, cardenales... -No pido tanto, -decía el padre. Natividad no decía nada delante de extraños, apenas si sonreía, como si se tratase de los juegos de San Juan, tirar los dados y leer en el libro de las suertes la que al número correspondía. ¡No importa! en su fuero interno, codiciaba algún brillante destino para sus hijos. Creía de veras, esperaba, oraba por las noches, pedía al cielo que los hiciera grandes hombres. Una de las amas, parece que la de Pedro, sintiendo aquellos anhelos y conversaciones, preguntó a Natividad por que no iba a consultar a la mulatita del castillo. Afirmó que lo adivinaba todo, lo que era y lo que tenía que ser; sabía el número de la suerte grande de la lotería, pero no decía cuál era ni compraba billetes, para no despojar a los elegidos del Señor. Parece que era mandada por Dios. La otra ama confirmó estas noticias, y agregó algunas nuevas. Conocía personas que habían perdido y encontrado alhajas y esclavos. La misma policía, cuando no lograba prender a un criminal, iba al castillo a hablar con la mulata, y bajaba sabiendo su escondrijo; por eso no la echaba, como se lo pedían los envidiosos. Muchos no se embarcaban sin antes subir al cerro. La mulata explicaba los sueños y los pensamientos, curaba de quebranto... A la hora de comer, Natividad repitió al marido lo que decían las amas. Santos se encogió de hombros. Después examinó, riéndose, la sabiduría de la mulata; lo más increíble era que, sabiendo el premio grande, no comprase billetes. Natividad observó que, en efecto, aquello era difícil de explicar, -pero que quizá fuera invención del pueblo. -¡On ne prete qu'aunx riches! -agregó riendo. El marido, que la víspera había hablado al respecto con un funcionario, repitió las palabras de éste: -Mientras la policía no ponga coto al escándalo... El funcionario no terminó; Santos lo hizo con un ademán vago. -¡Pero tú eres espiritista! -exclamó la mujer. -¡Perdón! ¡no confundamos! -replicó Santos con gravedad. Sí: podía consentir en una consulta espiritista; ya había pensado en ella. Los espíritus podían decirle la verdad, y no una adivina farsante. Natividad defendió a la mulata. Muchas personas de la sociedad hablaban seriamente de ella. Todavía no quiso confesar que tenía fe, pero la tenía. Si se negó a ir antes, fue naturalmente porque la insuficiencia del motivo le dio fuerzas para la negativa. ¿qué importaba saber el sexo del niño? Conocer el destino de ambos era más imperioso y más útil. Las viejas ideas que le inculcaran cuando niña, surgían entonces en su cerebro y le bajaban al corazón. Pensaba ir con los chiquillos al cerro, pretextando un paseo... ¿para qué para confirmar su esperanza de que serían grandes hombres. No se le pasó por la cabeza la predicción contraria. Quizá la lectora, en el mismo caso, se quedará aguardando el destino; pero, la lectora, además de no creer (no todos creen), puede que no cuente más de veintidós años de edad, y tendrá paciencia para esperar. Natividad, allá para su fuero interno, confesaba treinta y uno, y temía no ver a sus hijos hechos hombres. Pudiera ser que los viese, pues también se muere vieja, y algunas veces de vejez, pero tendría acaso el mismo gusto? Durante la velada, el terna de la conversación fue la mulata del castillo, por iniciativa de Santos, que repetía las opiniones de la víspera y de la hora de comer. Algunas visitas contaron lo que de ella habían oído. Natividad no durmió aquella noche, antes de conseguir que el marido la dejase ir con su hermana a ver a la mulata. Con eso no se perdía nada; era bastante llevar los retratos de los niños, y un poco de cabello. Ni las mismas amas sospecharían la aventura. El día señalado metiéronse las dos en el carruaje, entre las siete y las ocho, so pretexto de paseo, y se fueron a la calle de la Misericordia, Ya sabes que allí se apearon, entre la iglesia de San José y la Cámara de Diputados, y que subieron hasta la calle del Carmen, donde ésta desemboca con la cuesta del Castillo. Cuando iban a subir vacilaron; pero la madre era madre, y ya le faltaba poco para oír el destino. Ya viste, pues, que subieron, que bajaron, que dieron dos mil reís para las ánimas, que tornaron el carruaje y que volvieron a Botafogo. IV Vista de Palacio En Cattete, el cupé y una victoria se cruzaron y pararon a un tiempo. Un hombre saltó de la victoria y se dirigió al cupé. Era el marido de Natividad que iba a su escritorio, algo más tarde que de costumbre, porque había aguardado el regreso de su mujer. Iba pensando en ella y en los negocios de la plaza, en los niños y en la ley Río Franco, que entonces se discutía en la Cámara de diputados: su banco era acreedor de la agricultura. También pensaba en la mulata del Castillo y en lo que habría dicho a su mujer. Al pasar por el palacio Nueva Friburgo, alzó los ojos hacia él, con el deseo de costumbre, la codicia de poseerlo, sin sospechar los altos destinos que el palacio llegaría a tener en la república; pero en aquel momento ¿quién preveía nada? ¿quién prevé nada?... Para Santos, la cuestión era poseerlo, dar allí grandes fiestas únicas, celebradas en los periódicos, contadas en la ciudad por amigos y enemigos, llenos de admiración, de rencor o de envidia. No pensaba en los recuerdos que las futuras matronas relatarían a sus nietas, y menos aún en los libros de crónicas, escritos e impresos en el siglo futuro. Santos no tenía la imaginación de la posteridad. Veía el presente y sus maravillas. Ya no le bastaba lo que era. La casa de Botafogo, aunque hermosa, no era un palacio, y luego, no estaba tan bien situada como allí, en Cattete, paso obligado de todo el mundo, que miraría las grandes ventanas, las grandes puertas, y allá arriba las grandes águilas, con alas tendidas. El que llegara por el lado del mar, vería el costado del palacio, los jardines, los lagos... ¡Oh, gozo infinito! Santos imaginaba los bronces, los mármoles, las luces, las flores, los bailes, los carruajes, las músicas, las cenas… Todo esto iba pensándolo a prisa, porque la victoria, aunque no corriese, (los caballos tenían la orden de moderar el paso), no atrasaba tampoco las ruedas, para que acabasen los sueños de Santos. Así fue que, antes de llegar a la plaza de la Gloria, la Victoria avistó el cupé de la familia, y ambos carruajes se detuvieron a corta distancia uno de otro, como dejo dicho. X El juramento También quedó dicho que el marido bajó de la victoria y se encaminó al cupé, donde su mujer y su cuñada, adivinando que iba a hablar con ella, sonreían de antemano. -No le digas nada; -aconsejó Perpetua. La cabeza de Santos apareció en seguida, con las patillas cortas, el cabello al rape, el bigote afeitado. Era un hombre simpático. Tranquilo no parecía mal. La agitación con que llegó, se detuvo y habló, quitóle la gravedad con que iba en el coche, con las manos sobre el puño de oro del bastón, y el bastón entre las rodillas. -¿Y bien, y bien? -preguntó. -Luego te diré. -Pero, qué ha habido. -Más tarde. -¿Pero bien o mal? ¡Dí solo si fue bien! -Bien... Cosas futuras. -¿Es persona seria? -Seria, sí. -Hasta luego - repitió Natividad, tendiéndole la punta de los dedos. Pero el marido no podía apartarse del cupé; quería saberlo todo allí mismo, las preguntas y las respuestas, la gente que estaba aguardando, y si el mismo destino era para ambos, o si cada cual tenía el suyo. Nada de esto pasó como va escrito, lentamente, para que la pésima caligrafía del autor no dañe a su prosa. No, señor; las palabras de Santos salían atropelladamente, unas tras otras, embrolladas, revueltas, sin principio ni fin. La linda esposa tenía ya los oídos tan acostumbrados al modo de hablar del marido, especialmente en lances de emoción o de curiosidad, que todo lo entendía, e iba diciendo que no. La cabeza, y el dedo iban subrayando la negativa. Santos no tuvo más remedio que despedirse. Ya en camino advirtió que, no creyendo en la mulata, era ocioso preocuparse de su predicción. Aún más: era dar razón a su mujer. Prometióse no preguntar nada cuando volviese. No prometió olvidar, y de ahí la insistencia con que pensó muchas veces en el oráculo. Además, ya se lo dirían todo, sin necesidad de interrogarlas, y esta certidumbre le dio tranquilidad para todo el día. No saques en consecuencia que los clientes del banco padecieran alguna desatención en sus negocios. Todo anduvo bien, como si Santos no tuviese mujer, ni hijos, y no hubiese Castillo ni mulata. La mano sola no era la que hacía su oficio, firmando; la boca también, hablaba, mandaba, llamaba y hasta reía si era preciso. No obstante, el ansia existía, y las figuras pasaban y volvían a pasar delante de él; entre dos pagarés, Santos resolvía una cosa y otra, si no resolvía ambas a la vez. Al subir al carruaje, por la tarde, entregóse enteramente al oráculo. Llevaba las manos sobre el puño del bastón, y el bastón entre las rodillas, como por la mañana, iba pensando en el destino de los hijos. Cuando llegó a su casa halló a Natividad contemplando a los niños, ambos en sus cunas, junto a las amas, algo admiradas de la insistencia por la insistencia con que los buscaba desde la mañana. No se limitaba a contemplarlos, o a perder la mirada en el espacio y el tiempo; los besaba, los estrechaba contra su corazón. Olvidóseme decir que aquella mañana Perpetua se mudó primero de ropa, y fue a reunirse junto a las cunas con su hermana. vestida corno había llegado del Castillo, -En seguida me dí cuenta de que estarías con los grandes hombres, -dijo Perpetua. -Sí, estoy; pero no sé en qué serán grandes. -Sea en lo que sea, vamos a almorzar . En el almuerzo y durante el día, hablaron muchas veces de la mulata y de su predicción. Más tarde, al entrar el marido, Natividad leyóle el disimulo en los ojos. Se propuso callar y esperar, pero estaba tan ansiosa por decírselo todo, y era tan buena que resolvió lo contrario. Solo que no tuvo tiempo de cumplirlo; aun antes de que comenzara, ya Santos le había preguntado lo que había. Natividad refirió la subida, la consulta, la respuesta y lo demás; describió también la mulata y el padre. -Conque grandes destinos, ¿eh? -¡Cosas futuras! -repitió Natividad. -Claro que futuras. Pero lo que no entiendo es la pregunta sobre la lucha. ¿Luchar por qué? ¿Y luchar cómo? ¿Han luchado de veras? Natividad le recordó sus padecimientos confesando que no había hablado más de ellos por no afligirlo; aquello, naturalmente, era lo que la otra adivinó lucha. -¿Pero, lucha por qué? -Eso no sé, ni creo que fuera nada malo. -Voy a consultar... -¿A consultar a quién? -A una persona... -¡Ya sé! A tu amigo Plácido. -Si solo fuese mi amigo no lo consultaría; pero es también mi jefe y mi maestro, tiene una vista clara y penetrante; dada por el cielo... Lo consultaré solo por hipótesis, sin decirle nombres... -No, no, no. -Solo como una hipótesis. -¡No, Agustín, no le hables de eso! No interrogues a nadie a mi respecto, ¿oyes? ¡Vaya! ¡prométeme que no hablarás de esto a nadie, ni espiritistas ni amigos! Lo mejor es callar. Basta con saber que su suerte será feliz. Grandes hombres, cosas futuras... Júramelo, Agustín! -Pero, ¿tú no has ido en persona a ver a la mulata? -No me conoce ni de nombre; me ha visto una vez, pero no volverá a verme. ¡Vaya¡ ¡jura! -¡Eres curiosísima! ¡Vaya; lo prometo! ¿Pero qué tendría que hablar? -¡Yo no quiero! ¡Jura! -¿Pero es esto cosa de juramento? -Es que sin eso no tendré confianza, -dijo Natividad sonriendo. -Entonces, juro. -¡Jura por Dios Nuestro Señor! -Juro por Dios Nuestro Señor. XI Un caso único Sántos creía en la santidad del juramento; por eso resistía, pero al fin cedió y juró. Pero ya no pudo apartar el pensamiento de la lucha, de los niños en el vientre de la madre. Quiso olvidarla. Jugó aquella noche como de costumbre; a la siguiente fue al teatro; a la otra a una visita; y , volvió al juego de naipes de costumbre, y, la lucha siempre con él. Aquello era un misterio: Quizá fuese un caso único... ¡Único! ¡Un caso único! La singularidad del caso hízolo aferrarse más a la Idea, o la idea a él; no puedo explicar mejor este fenómeno íntimo, pasado allá donde no llegan los ojos del hombre, ni bastan las reflexiones y conjeturas. No por eso duró mucho tiempo. El primer domingo. Santos se fue a casa del doctor Plácido, calle del Senador Vergueiro, una casa baja de tres ventanas, con mucho terreno hacia el lado del mar. Creo que ya no existe: databa del tiempo en que la calle era el Camino Viejo, para distinguirlo del Camino Nuevo. Perdona estos detalles. La acción podía continuar sin ellos, pero quiero que sepas qué casa era, y qué calle, y agregaré que allí había una especie de club, templo, o lo que quieras, -espiritista. Plácido hacía de sacerdote y presidente a un tiempo. Era un viejo de larga barba, ojos azules y brillantes, envuelto en ancha camisa de seda. Ponle una vara en la mano, y resulta un mago; pero, a decir verdad, no usaba la barba y la camisa para que le dieran ese aspecto. Al revés de Santos que hubiera cambiado diez veces de cara, si no fuese por la oposición de la mujer, Plácido usaba la barba entera desde joven, y la camisa desde hacía diez años. -Venga, venga usted, -dijo a Santos; -venga a ayudarme -a convertir a nuestro amigo Ayres. Hace media hora que trato de inculcarle las verdades eternas, pero se resiste. -No, no resisto,- replicó un hombre rayano en los cuarenta, tendiendo la mano al recién llegado. XII El tal Ayres El Ayres que ahí aparece conserva todavía algunas de las virtudes de aquel tiempo y casi ningún vicio. No atribuyas ese estado a un propósito cualquiera. Ni creas que en esto va envuelto un poco de homenaje a la modestia de la persona. No, señor; es verdad pura, y natural efecto. A pesar de 1os cuarenta años, o cuarenta y dos, y quizás por eso mismo, era un hermoso tipo de hombre. Diplomático de carrera, había llegado días antes del Pacífico, con una licencia de seis meses. No me detengo a describirlo. Imagina, únicamente, que tenía el callo del oficio, la sonrisa aprobativa; la palabra blanda y cautelosa, el aire de ocasión, la expresión adecuada, todo tan bien distribuido que daba gusto oírlo y verlo. Puede que el afeitado cutis de la cara estuviese pronto a mostrar las primeras huellas del tiempo. Sin embargo, el bigote que era joven en el color y en el empeño con que terminaba en punta fina y tiesa, daría un aire de frescura al rostro cuando llegase el medio siglo. Lo mismo haría el cabello, vagamente gris, partido en el medio. En lo alto de la cabeza había un comienzo de calvicie. En el ojal de la solapa una flor eterna. Tiempos hubieron, -fue con motivo de su anterior licencia, cuando era apenas secretario de legación, -tiempos hubieron en que él también gustó de Natividad. No fue una pasión propiamente dicha; no era hombre de eso. Gustó de ella, como de otras joyas y curiosidades, pero apenas vio que no era aceptado, cambió de conversación. No por debilidad ni frialdad. Las mujeres le gustaban bastante, y mucho más si eran lindas. La cuestión es que no las quería a la fuerza ni trataba de convencerlas. No era general para asaltos ni sitios prolongados; se contentaba con simples paseos militares largos o breves, según el tiempo estuviese claro o nublado. En resumen era extremadamente sensato. Coincidencia interesante: en aquella misma época, Santos pensó casarlo con su cuñada, que acababa de enviudar. Parece que ésta quería. Natividad se opuso, nunca se supo por qué. No eran celos; envidia no creo que fuese. El simple deseo de no verlo entrar en la familia por la puerta lateral, es apenas una figura equivalente a cualquiera de las otras dos hipótesis. El disgusto de cederlo a otra o de verlo feliz a su lado, no podía ser, aunque el corazón sea el abismo de los abismos. Supongamos, pues, que era con el fin de castigarlo por haberla amado. Puede ser; en todo caso, el mayor obstáculo nacería de él mismo. Aunque viudo, Ayres ni fue realmente casado. No amaba al matrimonio. Se casó por exigencia del oficio; consideró que era mejor ser diplomático casado que soltero, y pidió la primera joven que le pareció adecuada a su destino. Se equivocó; la diferencia de temperamento y de espíritu era tal, que, aun en vida de su mujer, era lo mismo que si estuviese solo. No se afligió con su pérdida; tenía la marca del solterón. Era sensato, -repito, aunque esta palabra no exprese exactamente lo que quiere decir. Tenía el corazón dispuesto a aceptarlo todo, no por inclinación a la armonía sino por odio a la controversia. Para conocer esta aversión bastaba haberlo visto entrar, antes, de visita en casa de Santos. Algunas personas extrañas y de la familia, conversaban de la mulata del Castillo. -Llega usted apropósito, consejero, -dijo Perpetua. -¿Qué opina usted de la mulata del Castillo?. Ayres no opinaba nada, pero comprendió que los demás opinaban algo, o hizo un ademán de ambos sexos. Como se insistió, no eligió ninguna de ambas opiniones, encontró otra intermedia, que dejó satisfechas ambas partes, -cosa rara en opiniones Intermedias. Ya sabes que su destino es ser desdeñadas. Pero el tal Ayres, -José da Costa Marcondes Ayres, -pensaba que en las discusiones una opinión dudosa e intermedia podía tener la oportunidad de una píldora, -y componía las suyas con tal habilidad, que el enfermo, si no sanaba no moría, -y esto es todo lo más que hacen los píldoras. No le quieras mal por eso; la droga amarga se traga con azúcar. Ayres opinó con pausa, delicadeza, circunloquios, limpiando el monóculo en el pañuelo de seda, destilando las palabras graves y obscuras, clavando los ojos en el aire, como quien busca un recuerdo, -y hallaba el recuerdo y redondeaba la opinión con él. Uno de los oyentes aceptóla en seguida; otro se apartó un poco y acabó estando de acuerdo, lo mismo el tercero, el cuarto, la sala entera. No supongas que no fuese sincero; lo era. Cuando no acertaba a tener la misma opinión, y valla la pena escribir la suya, la escribía. Acostumbraba también, conservar por escrito los descubrimientos, observaciones, reflexiones, críticas y anécdotas, y para eso tenía una serie de cuadernos a los que daba el nombre de Memorial. Aquella noche escribió en él estas líneas: "Velada en casa de la familia Santos; sin juego de naipes. Hablóse de la mulata del Castillo. Sospecho que Natividad o la hermana quieren consultarla; no será seguramente a mí respecto. Natividad y un padre Guedes, que se hallaba allí, gordo y maduro, eran las únicas personas interesantes de la reunión. El resto insípido, pero insípido por necesidad, pues no puede ser sino insípido. Cuando el padre y Natividad me dejaban entregado a la insipidez de los demás, yo trataba de huirles valiéndome de la memoria, recordando sensaciones, reviviendo cuadros, viajes, personas. Así fue cómo pensé en la Capponi, a quien vi hoy en la calle del Mercado. La conocí aquí, en el difunto Hotel de don Pedro, ya hace años. Era bailarina; ya la había visto bailar en Venecia. ¡Pobre Capponi! Al andar, el pie izquierdo se le salía del zapato y mostraba en el talón de la media un agujerito de tristeza. Al final volví a la eterna insipidez de los otros. No acabo de comprender cómo esta señora, tan fina en todo lo demás, pueda organizar veladas como la de hoy. No porque los demás no tratarán de ser interesantes: si las intenciones valieran, ningún libro los alcanzaría. Pero no eran interesantes, por más que lo intentasen. En fin, se acabó; esperemos otras veladas que traigan mejores asuntos sin esfuerzo. Lo que da la cuna solo lo quita la tumba, -dice un viejo refrán nuestro. Y yo puedo, cortando un verso a mi Dante, escribir de esos insípidos: Dico, che quando l'anima mal mata... XIII El epígrafe Ahora bien, ese sería precisamente el epígrafe del libro, si yo le quisiese poner alguno y no se me ocurriese otro. No es este, solamente, un medio de completar las personas de la narración con las ideas que dejaron, sino también un par de anteojos para que el lector del libro penetre lo que sea menos claro o totalmente oscuro. Por otra parte, hay provecho en que las personas de mi historia, vayan colaborando en ella, ayudando al autor, por una ley de solidaridad, especie de cambio de servicios entre el ajedrecista y sus piezas. Si aceptas la comparación, ya distinguirás el rey y la reina, el alfil y el caballo, sin que el caballo pueda hacer de torre, ni la torre de peón. Existe también la diferencia del color, blanco o negro; pero ésta no saca su poder de la marcha de cada pieza, y al fin unos y otros pueden ganar la partida, y así va el mundo. Quizá conviniese aquí, de cuando en cuando, como en las publicaciones del juego, un diagrama con las posiciones hermosas o difíciles. No teniendo tablero, gran auxilio es este para acompañar las jugadas; pero también puede que hayas visto bastante para reproducir en la memoria las diversas situaciones. Creo que sí. ¡Afuera los diagramas! Todo marchará como si realmente vieses jugar la partida entre persona y persona, o más claramente, entre Dios y el diablo. XIV La lección del discípulo -No se incomode, consejero -dijo Santos estrechando la mano del diplomático. -Y aprenda las verdades eternas. -Las verdades eternas exigen horas eternas -replicó éste, consultando su reloj. Un Ayres así no era fácil de convencer. Plácido habló de leyes científicas, para alejar cualquier acusación de sectarismo, y Santos obró como él. Salió a reducir toda la terminología espiritista, y además los casos, los fenómenos, los misterios, las declaraciones, los testimonios verbales y escritos... Santos sacó a colación un ejemplo: ¿Podían dos espíritus volver juntos a este mundo? ¿y qué significaría que lucharan antes de nacer? -Los niños no luchan antes de nacer -replicó Ayres, atemperando el sentido afirmativo con la entonación dubitativa. -¿De modo que usted niega que dos espíritus?... ¡Y usted me dice eso, consejero!... Pero, ¿qué impide que dos espíritus...? Ayres vio el abismo de la controversia, y escapó al vértigo mediante una concesión. Y dijo: -Esaú y Jacob lucharon en el seno materno; es verdad. Ya se conoce la causa del conflicto. En cuanto a otros, en el supuesto de que luchen también, todo consiste en saber la causa del conflicto, y no sabiéndola, porque la Providencia la oculta a la curiosidad humana... Si fuese una causa espiritual por ejemplo... -¿Por ejemplo? -Por ejemplo, si ambas criaturas quisieran arrodillarse al mismo tiempo para adorar al Creador. He ahí un caso de conflicto, pero de conflicto espiritual, cuyo proceso escapa a la sagacidad humana. También podía ser un motivo temporal. Supongamos la necesidad de codearse para estar menos incómodos; es una hipótesis que aceptaría la ciencia; es decir, yo no sé... También podría darse el caso de que ambos quisieran la primogenitura... -¿Para qué?- preguntó Plácido. -Aunque este privilegio esté hoy limitado a las familias reales, la Cámara de los lores y no sé qué más, todavía sigue teniendo un valor simbólico. El simple gusto de nacer primero, sin otra ventaja social o política, puede presentarse por instinto, principalmente si dos niños están destinados a ocupar altos puestos en el mundo. Santos aguzó el oído en este punto, recordando, las "cosas futuras". Ayres dijo todavía algunas lindas frases, y agregó otras feas, admitiendo que la lucha podía ser anuncio de graves conflictos en la tierra; pero luego atemperó este concepto con este otro: -¡No importa! No olvidemos lo que decía un antiguo: "La guerra es la madre de todas las cosas." En mi opinión, Empedocles, al referirse a la guerra, no lo hacía en el sentido técnico. El amor, que es la primera de las artes de la paz, puede decirse que es un duelo, no de muerte, sino de vida -terminó Ayres, sonriendo levemente, lo mismo que hablaba bajo, y se despidió. XV "Teste David cum Sibylla" -¡Vaya, vaya¡ -dijo Santos. -¿No es verdad que el consejero, en vez de aprender, nos enseña? Yo creo que nos ha dado algunas buenas razones. -Cuando menos plausibles -agregó don Plácido. -¡Lástima que se marchase! -continuó Santos; -pero, afortunadamente, la cuestión es con usted. Vengo a consultarlo, y sus luces son las verdaderas luces del mundo. Plácido agradeció sonriendo. No era nuevo el elogio, al contrario; estaba tan acostumbrado a oírlo, que la sonrisa era para él un hábito. No podía dejar de pagar a sus discípulos con esa moneda. -¿De qué se trata? -Se trata de esto: La hipótesis que formulé es un caso real; ha sucedido con mis hijos... -¿Cómo? -Así me parece, y he venido precisamente para consultarlo. No le he hablado antes de esto, temiendo que lo hallara absurdo, pero después de pensarlo, sospecho que hubo lucha, y que este es un caso extraordinario. Santos expuso entonces su consulta, gravemente, con el gesto especial de agrandar los ojos para agrandar la novedad. No olvidó ni ocultó nada; hasta contó la ida de su mujer al Castillo, con desdén, es cierto, pero punto por punto. Plácido escuchaba atento, preguntando, volviendo atrás, y acabó por meditar unos minutos. Por último declaró que el fenómeno, si se había producido, era raro si no único, pero posible. Ya el hecho de que se llamaran Pedro y Pablo indicaba cierta rivalidad, porque los dos apóstoles lucharon también. -Perdón, pero el bautismo... -Fue posterior, lo sé; pero los nombres pueden haber sido predestinados, tanto más cuanto que la elección de los nombres se hizo, según usted mismo me dice, por inspiración de la tía de los niños. -Precisamente. -Doña Perpetua es muy devota. -Mucho. -Creo que los mismos espíritus de San Pedro y San Pablo hubieran escogido a esa señora para inspirar los nombres que se hallan en el Credo; advierta usted que reza muchas veces el Credo, pero que solo en esa ocasión se acordó de los nombres... -¡Exacto, exacto! El doctor se acercó a la biblioteca y sacó de ella una Biblia, encuadernada en cuero, con grandes broches de metal. Abrió la Epístola de San Pablo a los Gálatas, y leyó el pasaje del capítulo II, versículo 11, en que el apóstol cuenta que, yendo a la Antioquía, donde se hallaba San Pedro, "le resistió en su cara". Santos leyó y tuvo una idea. Las ideas quieren ser festejadas cuando son bellas, y examinadas cuando son nuevas; la suya era al propio tiempo nueva y bella. Deslumbrado alzó la mano y dio una palmada en el libro, exclamando: -Sin contar que esta cifra 11 del versículo, formada de dos números iguales, 1 y 1, es un número gemelo, ¿no le parece a usted? -Precisamente. Y además, el capítulo es el segundo, esto es, dos, que es el mismo número de los hermanos gemelos. -Y en la numeración romana son dos I. El misterio engendra el misterio. Allí había más de un hilo íntimo, substancial, oculto, que lo ligaba todo. Lucha, Pedro y Pablo, hermanos gemelos, números gemelos; todo era aguas de misterio, que iban cortando, nadando y braceando con fuerza. Santos fue más al fondo: ¿no serían los dos chicos los mismos espíritus de San Pedro y San Pablo, que renacían, y él, padre de los dos apóstoles?... La fe transfigura; Santos tenía un aire casi divino, ensimismóse, y sus ojos, generalmente sin expresión, parecían derramar la llama de la vida. ¡Padre de apóstoles! ¡Y de qué apóstoles! Plácido estuvo también casi al punto de creer; hallábase en un mar negro, taciturno, donde se perdían las voces del infinito; pero luego recordó que los espíritus de San Pedro y San Pablo habían llegado a la perfección; no volverían al mundo. ¡No importa! serían otros, grandes y nobles. Sus destinos podían ser brillantes; tenía razón la mulata sin saber lo que decía. -Deje a las mujeres sus creencias de la niñez -terminó diciendo; -si tienen fe en la mulata del Castillo. y les parece que es un vehículo de la verdad, no las desmienta por ahora. Dígales que estoy de acuerdo con su oráculo. ¡Teste David cum Sibylla! -¡Caramba, carambal escriba usted esa frase. Plácido se acercó a la mesa, escribió la frase y dióle el papel; pero Santos dióse cuenta entonces de que mostrarlo a su mujer era confesarle la consulta espiritista, y, naturalmente, el perjurio. Contó entonces a su amigo los escrúpulos de Natividad, y le pidió que callase. -Cuando la vea no le diga lo que ha pasado entre nosotros. Poco después se fue, arrepentido de su indiscreción, pero deslumbrado por la revelación. Iba lleno de números de la Escritura, de Pedro y Pablo, de Esaú y Jacob. El aire de la calle no disipó la polvareda del misterio; por el contrario, el cielo azul, la playa tranquila, los cerros verdes, parecían rodearlo y cubrirlo con un velo más transparente e infinito. La lucha de los niños, hecho raro y único, era una distinción divina. Al revés de su esposa, que solo se preocupaba de la futura grandeza de sus hijos, Santos pensaba en el conflicto pasado. Entró en su casa, corrió hacia los niños, y los acarició con expresión tan extraña, que la madre sospechó algo, y quiso saber lo que era. -No es nada -contestó Santos riendo. -¡Algo hay! ¡Vaya! ¡Dilo! -¿Y qué puede haber? -Sea lo que fuera, Agustín. ¡Dílo! Santos le pidió que no se enojase, y se lo contó todo, la suerte, la lucha, la Escritura, los Apóstoles, el símbolo, todo, y con tal incoherencia, que Natividad no le pudo entender; pero al fin entendió, y replicó apretando los dientes: -¡Ah! ¡conque tú, tú!... -¡Perdóname, querida! ¡Estaba tan deseoso de saber la verdad!... Y observa que yo creo en la mulata, y el doctor también; hasta me ha escrito esto en latín -terminó sacando y leyendo el papelito: -Teste David cum Sibylla.
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