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XLI Caso del burro Si Ayres obedeciese a su gusto y yo al de Ayres, ni él siguiera andando, ni yo comenzara este capítulo; quedaríamos en el otro, sin acabarlo nunca. Pero no hay recuerdo que dure, si otro asunto más fuerte reclama la atención, y un simple burro hizo desaparecer a Carmen y su trova. El caso fue que un carro estaba parado frente a San Francisco, sin dejar pasar un coche, y el carrero daba de palos al burro del carro. Aunque vulgar, este espectáculo hizo detener a nuestro Ayres, no menos condolido del asno que del hombre. La fuerza gastada por este último era grande, porque el asno reflexionaba si debía o no salir de aquel sitio; pero, no obstante esta superioridad, recibía una lluvia de garrotazos. Ya había algunas personas paradas mirando. Esta situación, duró cinco o seis minutos; por fin el burro prefirió la marcha a los palos, sacó el carro del sitio y siguió andando. En los redondos ojos del animal vio Ayres una expresión profunda de ironía y paciencia. Parecióle el amplio gesto de un espíritu invencible, después leyó en ellos este monólogo. -¡Anda, patrón!; atesta el carro de carga para ganar el pasto con que me alimentas. Vive descalzo para comprarme herraduras. No por eso impedirás que te diera un nombre feo, pero yo no te lo doy; sigues siendo siempre mi querido patrón. Mientras te matas por ganarte la vida, yo pienso que tu dominio no vale mucho, desde que no me quitas la facultad de encapricharme. -Se le ve, casi se lo oye esta reflexión- observó Ayres para sí. Después se rió consigo mismo y siguió andando. Había inventado tantas cosas en el servicio diplomático, que quizá hubiese inventado también el monólogo del burro. Así fue; no le leyó nada en los ojos, a no ser la ironía y la paciencia; pero por eso no tenía que dejar de darles la forma de la palabra, con sus reglas de sintaxis. La ironía quizá estuviera en su propia retina. El ojo del hombre sirve de fotografía a lo invisible, como su oído sirve de eco al silencio. Todo consiste en que el sujeto tenga una chispa de imaginación para contribuir a olvidar a Caracas y Carmen, sus besos y experiencia política. XLII Una hipótesis Visiones y reminiscencias iban así devorando el tiempo y el espacio al consejero, hasta el punto de hacerle olvidar el pedido de Natividad; pero no lo olvidó del todo, y sus palabras cambiadas hacía poco le surgían de las piedras de la calle. Pensó que nada perdía con estudiar a los muchachos. Llegó a cazar una hipótesis, especie de golondrina que revolotea entre los árboles, arriba y abajo, posándose aquí y allí, para emprender nuevamente el vuelo y deshacerse en movimientos. La hipótesis vaga y llena de color, sin embargo, fue si los dos gemelos hubiesen nacido de él, no divergirían tanto, ni nada, merced al equilibrio de su espíritu. El alma del viejo comenzó a remover no sé qué deseos retrospectivos, y a rever la hipótesis, otro Caracas, otra Carmen, el padre, los hijos suyos, la golondrina que se dispersaba en un callado aletear de gestos... XLIII El discurso Pero Natividad no tuvo distracciones de ninguna especie. Estaba entregada por completo a sus hijos, y especialmente a la carta y el discurso. Comenzó por no contestar a las efusiones políticas de Pablo, uno de los consejos del consejero. Cuando el joven volvió para las vacaciones, había olvidado la carta que escribiera. El discurso es lo que no olvidó; pero, ¿quién olvida los discursos que hace? Si son buenos, la memoria los graba en bronce; si son malos, dejan cierta amargura que dura mucho. El mejor de los remedios, en el segundo caso, es suponerlos excelentes, y si la razón no acepta esta imaginación, consultar a personas que la acepten y creer en ellas. La opinión es un viejo aceite incorruptible. Pablo tenía talento. El discurso de aquel día podía pecar aquí y allí por alguna énfasis y una que otra idea vulgar y gastada. Pero Pablo tenía talento. En resumen, el discurso era bueno. Santos lo encontró excelente, lo leyó a los amigos y resolvió hacerlo transcribir en los periódicos. Natividad no se opuso, pero creía que deberían cortarse algunas palabras. -¿Cortadas, por qué? -preguntó Santos, y quedó aguardando la respuesta. -Pero no ves, Agustín: estas palabras tienen un sentido republicano,- explicó Natividad, volviendo a leer la frase que la había afligido. Santos la oyó leer, la leyó para sí, y no dejó de hallarle razón. Sin embargo, no había que suprimirla. -Entonces, que no se publique el discurso. -¡Ah! ¡eso no! El discurso es magnífico, y no debe morir en San Pablo. Es preciso que la Corte lo lea, y las provincias también, y hasta no me costaría hacerlo traducir al francés. En francés puede que resulte todavía mejor. -¡Pero Agustín, eso puede perjudicar la carrera del muchacho! Puede ser que al emperador no le guste... Pedro, que asistía a la discusión desde un momento antes, intervino blandamente para decir que los temores de la madre no tenían fundamento; el discurso era bueno, con frase y todo, y en rigor no difería mucho de los que pronunciaban los liberales en 1848. -Un monárquico liberal puede muy bien firmar ese trozo -terminó diciendo después de leer las palabras del hermano. -¡Justamente! - afirmó el padre. Natividad, que en todo veía la enemistad de tos gemelos, sospechó que la intención de Pedro era precisamente comprometer a Pablo. Lo miró por ver si le descubría tan avieso propósito; pero el rostro de su hijo tenía en ese instante el aspecto del entusiasmo. Pedro leía trozos del discurso, subrayando sus bellezas, repitiendo las frases más nuevas, cantando las más redondeadas, revolviéndolas en la boca, todo con tan buena sombra que se desvanecieron las sospechas de la madre y quedó resuelta la publicación del discurso. También se hizo una edición en folleto, y el padre mandó encuadernar siete ejemplares que llevó a los ministros y otra más rico para la Regente. -Dile -aconsejó Natividad,- que nuestro hijo es un liberal ardiente. -Liberal de 1848, -terminó Santos, recordando las palabras de Pedro. Santos lo realizó todo al pie de la letra. La entrega se hizo, naturalmente, y en el palacio Isabel, la definición del "liberal de 1848" resultó más viva que las otras palabras, ya para disminuir el olor revolucionario de la frase condenada por la esposa, ya porque tuviera su valor histórico. Cuando Santos volvió a su casa, lo primero que dijo a Natividad fue que la Regente había preguntado por ella, pero, aunque lisonjeada por el recuerdo, Natividad se interesó más por saber qué le parecía el discurso, si es que ya lo había leído. -Parece que su impresión es buena. Me dijo que ya lo había leído. No por eso dejé de decirla que los sentimientos de Pablo eran buenos; que si se les notaba cierto ardor, debía comprenderse que eran los de un liberal de 1848. -¿Dijo usted eso, papá? -preguntó Pedro. -¿Y por qué no, si es la verdad? Pablo es lo que puede llamarse un liberal de 1848 -repitió Santos, tratando de convencer a su hijo... XLIV El Salmón En las vacaciones supo Pablo la interpretación que su padre dio al Regente de aquel trozo de su discurso. Protestó contra ella en su casa, y quiso hacerlo también en público; pero Natividad intervino a tiempo. Ayres echó agua al fuego, diciendo al futuro bachiller: -¡No vale la pena, joven! Lo que importa es que cada cual tenga sus ideas y se bata por ellas hasta que triunfen. Ahora, que los otros las interpreten mal, es cosa que no debe afligir al autor. -Afligir, si, señor; puede parecer que es así... Voy a escribir un articulo a propósito de cualquier cosa, y no dejará lugar a dudas... -¿Para qué? -preguntó Ayres. -No quiero que supongan... -Pero, ¿quién pone en duda sus sentimientos? -Pueden dudar. -Vaya, ¿quién? Sea como sea, véngase antes a comer conmigo, un día de estos... Mire, vaya en domingo, y su hermano Pedro también. Seremos tres a la mesa: almuerzo de muchos. Beberemos un vinito que me ha regalado el ministro de Alemania... El domingo fueron ambos a Caltete, menos por el almuerzo que por el anfitrión. Ayres era querido por ambos; les gustaba oírlo, interrogarlo, le pedían anécdotas políticas de otros tiempos, descripción de fiestas, noticias de la sociedad. -¡Vivan mis dos jóvenes! -dijo el consejero.-¡Vivan mis dos jóvenes, que no han olvidado al amigo viejo! ¿Cómo está papá? ¿Y mamá? -Están buenos- dijo Pedro. Pablo agregó que ambos le enviaban recuerdos. -¿Y tía Perpetua? -Está buena también- dijo Pablo. -Siempre con la homeopatía y sus historias de la guerra del Paraguay -agregó Pedro. Pedro estaba alegre, Pablo preocupado. Después de los primeros saludos y noticias, Ayres notó esta diferencia, y le parecía buena para quitarles la monotonía del parecido; pero, al fin y al cabo, no quería caras serias, y preguntó al estudiante de derecho qué era lo que tenía. -Nada. -No puede ser; le encuentro un aire medio taciturno. Pues yo me he levantado con ganas de reír, y deseo que ambos rían conmigo. Pablo murmuró una palabra que ninguno de ellos entendió, y sacó del bolsillo un montón de papeles. Era un artículo... -¿Un artículo? -Un artículo en que desvanezco todas las dudas a mi respecto, y le pido que me escuche: es corto. Lo escribí anoche. Ayres propuso escucharlo después de almorzar, pero el muchacho pidió que fuese al punto, y Pedro estuvo de acuerdo con ello, observando que después del almuerzo podía turbarles la digestión, como mala droga que naturalmente tenía que ser. Ayres lo echó a la broma, y aceptó la lectura del artículo. -Es corto, siete carillas. -¿De letra menuda? -No, señor; así, así. Pablo leyó el artículo. Tenía como epígrafe esta frase de Amos: "Oid esta palabra, vacas gordas que estáis en el monte de Samaria..." Las vacas gordas eran los funcionarios del régimen, según explicó Pablo. No atacaba al emperador, por atención a su madre, pero con el principio y los funcionarios era violento y agrio. Ayres le sintió aquello que en su tiempo se llamó la "protuberancia de la combatividad". Cuando Pablo acabó, Pedro dijo con aire de mofa: -Conozco todo eso; son ideas paulistas. -Las tuyas son ideas coloniales -replicó Pablo. De este introito podían nacer palabras peores, pero felizmente un criado se asomó a la puerta, anunciando que el almuerzo estaba en la mesa. Ayres se levantó, y dijo que en la mesa daría su opinión. -Primero el almuerzo, tanto más cuanto que tenemos un salmón, cosa especial. Vamos a él. Ayres quería cumplir de veras la comisión que aceptara de Natividad. ¿Quién sabe si la idea de padre espiritual de los gemelos, padre de deseo solamente, padre que no fue, que hubiera sido, no le daba un afecto particular, y un deber más elevado que el de simple amigo? Pero no está tampoco, fuera de lugar, que buscara asuntos nuevos para las páginas desnudas de su Memorial. Durante el almuerzo todavía se habló del artículo, Pablo con amor, Pedro con desdén, Ayres sin una cosa ni otra. El almuerzo iba haciendo su oficio. Ayres estudiaba a ambos muchachos y sus opiniones. Quizá no pasasen éstas de una erupción de la piel, debida a la edad. Y sonreía, los hacía comer y beber, llegó hasta a hablar de mujeres; pero los muchachos, avergonzados y respetuosos, no acompañaron al exministro. La política fue decayendo y muriendo. A decir verdad, Pablo todavía se declaró capaz de derribar la monarquía con diez hombres, y Pedro de extirpar el germen republicano con un decreto. Pero el exministro: sin más decreto que una cacerola, ni más hombres que su cocinero, envolvió ambos regímenes, en el mismo delicioso salmón. XLV Musa, canta... Al finalizar el almuerzo, Ayres los dio una cita de Homero, o más bien dos, diciéndoles que el viejo poeta los había cantado separadamente. A Pablo en el comienzo de la Ilíada: "Musa, canta la cólera de Aquiles, hijo de Peleo, cólera funesta a los griegos, que precipitó a la morada de Plutón tantas valerosas almas de héroes, entregando sus cuerpos a las aves y los perros..." Pedro estaba en el comienzo de la Odisea: "Musa, canta aquel héroe astuto que vagó tanto tiempo, después de destruida la santa Ilión..." Era un modo de definir el carácter de ambos, y ninguno tomó a mal la aplicación. Por el contrario, la cita poética equivalía a un diploma especial. El hecho es que ambos sonrieron, de fe, de aceptación, de agradecimiento, sin hallar una palabra ni una sílaba con qué desmentir lo adecuado de las frases. El consejero, después de citarlas en nuestra prosa, repitióla en los mismos versos griegos, y los gemelos sintiéronse aun más épicos, tan verdad es que las traducciones no valen lo que los originales. Pero ambos dieron un sentido deprimente a lo que era aplicable al hermano: -Tiene razón el señor consejero, -dijo Pablo, -Pedro es un pícaro ... -Y tú un rabioso... -¡En griego, muchachos, en griego y en verso, que es mejor que nuestra lengua y que la prosa de nuestros tiempos! XLVI Entre un acto y otro Aquellos almuerzos se repitieron, pasaron los meses, llegaron las vacaciones, concluyeron las vacaciones, y Ayres penetraba bien a los gemelos. Describíalos en el Memorial, donde se lee lo qué resultó de la consulta al viejo Plácido respecto a ellos, y la visita a la mulata del Castillo, y la lucha antes de nacer, -casos viejos y obscuros que Ayres recordó, ligó y descifró. Mientras pasan los meses, haz de cuenta que estás en el teatro, entre un acto y otro, conversando. Adentro preparan la decoración y los artistas cambian de ropa. ¡No vayas! deja que la dama, en el camarín, ría con sus amigos lo que lloró en la escena con los espectadores. En cuanto al jardín que se está haciendo, no te expongas a verlo de cerca; es puro lienzo viejo sin pintura, pues solo del lado del espectador tiene follaje y flores Quédate en el palco de esta señora. Mírale los ojos: todavía tiene las lágrimas que le arrancó la dama de la obra. Háblale del drama y los artistas. Díle que es obscuro. Que no saben los papeles. O sino que todo es sublime. Después recorre los palcos con el anteojo, distribuye justicia; llama bellas a las bellas y feas a las feas, y no dejes de contar anécdotas que afeen a las bellas, y virtudes que compongan a las feas. Las virtudes deben ser grandes, y las anécdotas con gracia. También las hay triviales, pero la misma trivialidad, en boca de un buen narrador, resulta rara y preciosa. Y verás como las lágrimas se secan del todo, y la realidad substituye a la ficción. Hablo por imagen: bien sabes que aquí, todo es verdad, pura y sin llanto. XLVII San Mateo, IV, 1-10. Si hay muchas sonrisas cuando un partido sube, también hay muchas lágrimas del otro que baja, y de las lágrimas y las sonrisas se hace el primer día de la situación, como en el Génesis. Pero vengamos al evangelista que nos da el título de este capítulo. Los liberales fueron llamados al poder que los conservadores tuvieron que dejar. No es necesario decir que el abatimiento de Baptista fue enorme. -¡Precisamente ahora que tenía esperanzas! -dijo a su mujer. -¿Esperanzas de qué? -¡Cómo de qué! De una presidencia. No dije nada porque podían fallar, pero era casi seguro que no. Tuve dos conferencias, no con los ministros, sino con una persona de influencia y que estaba muy al corriente... Era cosa de esperar un mes o dos... -¿Una presidencia buena? -¡Buena! -Si la hubieses trabajado bien... -Si la hubiese trabajado bien, ya podía estar en posesión; pero ahora tendríamos que volvernos al toque de llamada... -Eso es verdad -dijo doña Claudia, mirando al futuro. Baptista se paseaba con las manos en la cintura y los ojos en el suelo, suspirando, sin saber cuándo volverían al gobierno los conservadores. Los liberales estaban fuertes y decididos. Las mismas ideas se cernían en la cabeza de doña Claudia. Esta pareja no era únicamente igual en sus aspiraciones; las ideas eran muchas veces tales que, si asomaran, nadie podría decir cuáles eran de él y cuáles de ella; parecían salir de un sólo cerebro. En aquel momento ninguno hallaba una esperanza inmediata o remota. Una sola idea vaga... Y aquí fue donde la voluntad de doña Claudia afirmó los pies en el suelo y creció. No hablo sólo en sentido figurado; doña Claudia se levantó de su silla, rápida, y lanzó esta pregunta al marido: -Pero Baptista, ¿qué esperas ya de los conservadores? Baptista se detuvo con aire digno y contestó sencillamente: -Espero que suban. -¿Qué suban? Espera ocho o diez años, al fin del siglo, ¿no es así? Y en esa ocasión, ¿sabes, acaso, si te utilizarán? ¿Quién se acordará de ti? -Puedo fundar un diario. -Déjate de diarios. ¿Y si te mueres? -Moriré en mi puesto de honor. Doña Claudia lo miró fijamente. Sus ojos pequeños entrábanse por los de él como dos barrenas pacientes. De pronto, alzando las manos abiertas, exclamó: -¡Baptista! Tú nunca fuiste conservador. El marido palideció y retrocedió, como si oyera el estallido de ingratitud de un partido. ¿Que nunca fue conservador? ¿Pero, qué era, entonces, qué podía ser en este mundo? ¿Qué era lo que le conquistaba la estimación de sus jefes? No faltaría más... Doña Claudia no atendió estas explicaciones; le repitió sus palabras y agregó: -Estabas con ellos como los que están en un baile, donde no es preciso tener las mismas ideas para bailar la misma cuadrilla. Baptista sonrió leve y fugazmente; agradábanle los imágenes graciosas, y aquella le pareció graciosísima, tanto que la apoyó al punto; pero su estrella le inspiró una pronta refutación. -Sí, pero la gente no baila con las ideas, baila con las piernas. -Baile como baile, la verdad es que todas tus ideas se inclinaban a los liberales; acuérdate de que los opositores de la provincia te acusaban de apoyar a los liberales... -Era falso; el gobierno me recomendaba moderación. Puedo mostrar cartas... -¡Qué moderación, ni qué moderación! ¡Tú eres liberal! -¡Yo, liberal! -¡Un liberalote! ¡Nunca has sido otra cosa! -¡Mira lo que dices, Claudia! Si alguien te oyera sería capaz de creerte; y de ahí a difundirse... -¿Y qué tiene que se difunda? Se difundirá la verdad, se difundirá la justicia, porque tus verdaderos amigos no te han de dejar en la calle, ahora que todo se está organizando. Tú tienes amigos personales en el ministerio, ¿por qué no los buscas? Baptista retrocedió con horror. Eso de subir las escalas del poder y decir que estaba a sus órdenes, no era siquiera concebible. Doña Claudia convino en que no; pero algún amigo podía hacerlo todo: algún amigo íntimo del gobierno que dijese a Ouro-Preto: "Vizconde, ¿por qué no llama a Baptista? Siempre tuvo ideas liberales. Dele una presidencia, aunque sea pequeña y..." Baptista hizo un movimiento con los hombros y otro con las manos para que callase. La mujer no se calló: siguió diciendo las mismas cosas, más graves ya por la insistencia y por el tono. En el alma del marido, la catástrofe era tremenda. Pensándolo bien, no se negaría a pasar el Rubicón, pero le faltaba la fuerza necesaria para ello. Quisiera querer. Quisiera no ver nada: ni pasado, ni presente, ni futuro; no saber de hombres ni de cosas, y obedecer a los dados de la suerte; pero no podía. Y hagamos justicia al hombre. Cuando sólo pensaba en la fidelidad a los amigos, sentíase mejor; existía en él la misma fe, la misma costumbre, la misma esperanza. El mal venía de mirar al otro lado; y doña Claudia era quien le mostraba con el dedo la carrera, la alegría, la vida, la marcha segura y larga, la presidencia, el ministerio... Baptista apartaba los ojos y se quedaba. A solas consigo mismo pensó muchas veces en su situación personal y política. Palpábase moralmente. Claudia podía tener razón. ¿Qué había en él propiamente de conservador fuera del instinto que a toda criatura ayuda a cruzar por el mundo? Se vio conservador en política porque su padre lo era, como su tío, como los amigos de la casa, como el cura de su parroquia; y comenzó desde la escuela a execrar a los liberales. Y luego, no era propiamente conservador sino saquarema, como los liberales eran luzias. Baptista se aferraba a estas designaciones anticuadas y deprimentes, que cambiaban el estilo a los partidos; de lo que resultaba que hoy no existía entre ellos el profundo abismo de 1842 y 1848. Y recordaba al vizconde de Alburquerque o a otro senador, cuando dijo en un discurso que no había cosa más parecida que un liberal a un conservador, y viceversa. Y evocaba ejemplos: el partido progresista, Olinda, Nabuco, Zacharias, ¿qué fueron sino conservadores que comprendían los tiempos nuevos y quitaron a las ideas liberales la sangre de las revoluciones, para ponerles un color vivo, sí, pero sereno? Este mundo no era de los testarudos... Al llegar aquí pasóle un escalofrío por el espinazo. Precisamente en ese momento apareció Flora. El padre la abrazó con amor, y le preguntó si quería ir a alguna provincia siendo el presidente. -Pero, ¿no han caído los conservadores? -Han caído, sí; pero suponte que... -Ah, no, papá. -No, ¿por qué? -No tengo ganas de salir de Río de Janeiro. Puede que Río de Janeiro fuera para ella Botafogo, y propiamente la casa de Natividad. El padre no le preguntó las causas de su negativa; las supuso políticas, y halló en ello nuevas fuerzas para resistir a las tentaciones de doña Claudia. "¡Véte, Satanás; que escrito está!: Al señor, tu Dios, adorarás, y a él solo servirás." Y siguió como en la Escritura: "El diablo entonces le dejó: y, he aquí, los ángeles llegaron y le servían." Los ángeles fueron sólo uno, que valía por muchos; y el padre le dijo, besándola cariñosamente: -¡Muy bien, muy bien, hija! No, no fue la hija quien impidió la deserción del padre. Al contrario. Baptista, si hubiese de ceder, cedería a su mujer o al diablo, sinónimos en este capítulo. No cedió por debilidad. No tenía la fuerza necesaria para traicionar a sus amigos, aunque éstos pareciesen haberlo abandonado. Hay virtudes así, hechas de desaliento y timidez, y no por eso menos lucrativas, moralmente hablando. No valen solamente los estoicos y los mártires. Las virtudes chicas son también virtudes. Cierto es, por otra parte, que su lenguaje, respecto a los liberales, no era ya de odio o impaciencia; rayaba en la tolerancia, rozaba la justicia. Concedía que la sucesión de los partidos era un principio de necesidad pública. Lo que hacía era animar a los amigos. No tardarían en volver al poder. Pero doña Claudia opinaba lo contrario; para ella, los liberales llegarían al fin del siglo. Todo lo más admitió que en su primer entrada no diesen lugar a un convertido de última hora; era preciso esperar un año o dos, una vacante en la Cámara, una comisión, la vicepresidencia de Río... XLVIII Terpsícore Ninguna de estas cosas preocupaba a Natividad. Más bien pensaría en el baile de la isla que se realizó en noviembre para honrar a los marinos chilenos. No porque bailase todavía, sino Porque le gustaba ver bailar a los demás, y porque entonces tenía la opinión de que el baile es un placer de los ojos. Esta opinión es un efecto de la mala costumbre de envejecer. No tomes semejante costumbre, lectora. Hay otras también nulas, ninguna peor: esta es pésima. Deja decir a los filósofos que la vejez es un estado útil por la experiencia y otras ventajas. No envejezcas, amiga mía, por más que los años te inviten a dejar la primavera; cuando menos acepta el verano. El verano es bueno, cálido; las noches son breves, es cierto; pero las madrugadas no traen neblina, y el cielo se pone en seguida azul. Así bailarás siempre. Bien sé que hay personas para quienes el baile es más bien un placer de los ojos. Y las bailarinas no son otra cosa que profesionales. También yo -si a uno le es permitido citarse a sí mismo, -también yo creo que el baile es más bien un placer de los ojos que de los pies, y no sólo a causa de los años largos y grises, sino también por otra razón que no digo porque no vale la pena. Al fin y al cabo no estoy contando mi vida, ni nada que no se refiera a las personas que figuran en el libro. A éstas sí que hay que ponerlas aquí, integralmente, con sus virtudes e imperfecciones si las tienen. Esto se entendía ya, sin que fuera preciso anotarlo; pero nada se pierde con repetirlo. Y hablemos de doña Claudia. Ella también pensaba en el baile de la isla Fiscal, sin la menor idea de bailar, ni la razón estética de la otra. Para ella, el baile de la isla era un hecho político, era el baile del ministerio, una fiesta liberal que podía abrir a su marido las puertas de alguna presidencia. Ya se veía entre la familia Imperial. Oía decir a la princesa: -¿Cómo está, doña Claudia? -Perfectamente bien, serenísima señora. Y Baptista conversaría con el emperador, en un rincón, ante los ojos de los envidiosos, que tratarían de oír el diálogo, a fuerza de mirarlos de lejos. Pero el marido... No sé qué decir del marido relativamente al baile de la isla. Pensaba ir, pero no se hallaría a gusto; quizá se interpretara ese paso como una media conversión. No porque sólo fuesen liberales al bai1e; también irían conservadores, y aquí cabía perfectamente el aforismo de doña Claudia sobre que no es preciso tener las mismas ideas para bailar la misma cuadrilla. Santos era quien no necesitaba ideas para bailar. Ni bailaría siquiera. Cuando joven bailó mucho, cuadrillas, polkas, valses, el vals saltado, como se decía entonces, sin que yo pueda definir mejor la diferencia, creo que en el primero los pies no dejaban el suelo, y en el segundo no bajaban del aire. Todo esto hasta los veinticinco años. Entonces los negocios se apoderaron de él y lo metieron en esa otra contradanza en que no siempre se vuelve al mismo sitio, o nunca se sale de él. Santos sí salió, y ya sabemos dónde está. Hacía poco tuvo el capricho de ser diputado. Natividad meneó la cabeza, por más que él le explicase que no quería ser orador ni ministro, sino únicamente hacer de la Cámara un escalón para el Senado, donde tenía amigos, personas de valer, y que era eterno. -¿Eterno? -interrumpió Natividad. -Vitalicio quiero decir. Natividad insistió en que no, en que su posición era comercial y bancaria. Agregó que la política era una cosa y la industria otra. Santos replicó, citando al barón de Maná, que reunió las dos cosas. Su mujer declaró entonces, con tono seco y duro, que a los sesenta años nadie empieza a ser diputado. -Pero sería transitoriamente; los senadores son de edad. -¡No, Agustín! -terminó la baronesa con un ademán definitivo. No cuento a Ayres, que probablemente bailaría a despecho de los años; tampoco hablo de doña Perpetua, que ni siquiera iría. Pedro iría, y es natural que bailara, y mucho, no obstante su dedicación y pasión por los estudios. Vivía hechizado por la medicina. En su dormitorio, además del busto de Hipócrates, tenía los retratos de algunas notabilidades médicas de Europa, mucho esqueleto grabado, mucha enfermedad pintada, pechos cortados verticalmente para que se les vieran los vasos, cerebros abiertos, un cáncer de la lengua, algunas monstruosidades, cosas todas que la madre, por su gusto, mandaría tirar a la calle; pero era la ciencia del hijo, y no bastaba. Contentábase con no mirar los cuadros. En cuanto a Flora, aunque fresca para las agitaciones de Terpsícore, estaba desanimada o cortada, como decía la madre. Y esto era lo de menos; lo de más era que por poca cosa se enfadaría, y si no podía volverse inmediatamente a casa, quedaría molesta todo el resto de la noche. Observese que, estando en la isla, tendría el mar en torno, y el mar era uno de sus encantos; pero si recordara el mar o se consolara con la esperanza de contemplarlo, advertiría también que la obscuridad de la noche le quitaría ese consuelo. ¡Qué multitud de dependencias hay en la vida, lector! Unas cosas nacen de otras, se enredan, se desatan, se confunden, se pierden... y el tiempo sigue andando, sin perderse. Pero ¿por qué se fastidiaría Flora en el baile, si acaso se fastidiase? Estando Pedro en el baile, no; éste era, como ya sabes, uno de los dos que la querían. Salvo que ella quisiese más al que estaba en San Pablo. Conclusión dudosa, pues no es cierto que quisiese más al uno que al otro. Así como la vimos hablar a ambos con la misma simpatía; lo que hacía entonces a Pedro en ausencia de Pablo, lo hacía a Pablo en ausencia de Pedro; pero no ha de faltar alguna lectora que imagine un tercero... Un tercero lo explicaría todo, un tercero que no fuera al baile, algún estudiante pobre, sin otro amigo ni más frac que un corazón juvenil y ardiente. Pues tampoco, lectora curiosa; ni tercero, ni cuarto, ni quinto; nadie más. Una original, como decía la madre. No importa; la original fue al baile de la isla Fiscal con el padre y la madre. También Natividad, el marido y Pedro, también Ayres, también las otras personas invitadas a la gran fiesta. Fue una hermosa idea del gobierno, lector. Por dentro y por fuera, desde el mar y desde tierra, era como un sueño veneciano; toda aquella sociedad vivió algunas horas suntuosas, nuevas para unos, llenas de recuerdos para otros, y de futuro para todos, o por lo menos para nuestra amiga Natividad y para el conservador Baptista. Aquella pensaba en el destino de sus hijos -¡cosas futuras!... -Pedro podía muy bien inaugurar como ministro el siglo XX y el tercer reinado. Natividad imaginaba otro baile, aun más grande, en esa misma isla. Componía el adorno, veía las personas y las danzas, toda una fiesta magna que pasaría a la historia. También ella estaría allí, sentada en un rincón, sin importarle el peso de los años, con tal de ver la grandeza y la prosperidad de sus hijos. Así lanzaba la mirada por el tiempo adelante, descontando en el presente la felicidad futura para el caso de que muriese antes de realizarse las profecías. Tenía la misma sensación que entonces le daba aquella cesta de luces en medio de la obscuridad tranquila del mar. La imaginación de Baptista era menos larga que la de Natividad. Quiero decir que no llegaba hasta el fin del siglo, y Dios sabe si no se quedaba antes del fin de año. Al son de la música, a la vista de las galas, oía hablar a unas brujas de su tierra, que se parecían a las escocesas; por lo menos sus palabras eran análogas a las que saludaron a Macbeth: -¡Salve, Baptista, ex presidente de provincia! -¡Salve, Baptista, futuro presidente de provincia! -¡Salve Baptista, tú serás presidente un día! El lenguaje de estas profecías era liberal, sin asomos de solecismo. Cierto que Baptista se arrepentía de escucharlas, y hacía esfuerzos por traducirlas al viejo idioma conservador, pero ya le iban faltando diccionarios. La primera frase traía el antiguo acento: -¡Salve, Baptista, expresidente de provincia! Pero la segunda y la última eran ambas de esa otra lengua liberal, que siempre le pareció lengua de negro. Por último, su mujer, como lady Macbeth, decía con los ojos lo que ésta dijera con la lengua; esto es: que ya sentía en sí aquellas futuraciones. Lo mismo le repitió la mañana siguiente, en su casa. Baptista, con una sonrisa forzada, no creía en las brujas; pero la memoria conservaba las palabras de la isla. -¡Salve, Baptista, futuro presidente! A lo que contestaba con un suspiro: -No, no, hijas del diablo... Al revés de lo que quedó dicho más arriba, Flora no se fastidió en la isla. Conjeturé mal, y me corrijo a tiempo. Podía haberse aburrido por las razones que ahí están, y aun por otras que ahorré al lector apresurado; pero, a decir verdad, pasé bien la noche. La novedad de la fiesta, la cercanía del mar, los buques perdidos en la sombra, la ciudad enfrente con sus faroles de gas, abajo y arriba, en la playa y en las colinas; he ahí aspectos nuevos que la encantaron durante aquellas horas rápidas. No le faltaban caballeros, ni conversación, ni alegría ajena y propia. Toda ella entera participaba de la felicidad de los demás. Veía, oía, corría, olvidábase del resto para encerrarse en sí misma. También envidiaba a la princesa imperial que llegaría a ser emperatriz un día, con el absoluto poder de despedir ministros y damas, visitas y postulantes, y quedarse sola, en lo más recóndito del palacio, saturándose de contemplación o de música. Así definía Flora el arte de gobernar. Estas ideas pasaban y volvían. Una vez alguien le dijo, como para darle fuerzas: -¡Toda alma libre es emperatriz! No fue otra voz semejante a la de las brujas del padre, ni a las que hablaban interiormente a Natividad acerca de sus hijos. No; serían aquí demasiadas voces de misterio, cosa que, además del fastidio de la repetición, falsearía la realidad de los hechos. La voz que oyó Flora salió de la boca del viejo Ayres, que había ido a sentarse junto a ella y le preguntó: -¿En qué está pensando? -En nada -contestó Flora. Ahora bien, el consejero había visto en el rostro de la joven la expresión de algo, e insistía en saberlo. Flora dijo como pudo la envidia que le causaba la vista de la princesa, no para brillar un día, sino para huir del brillo y del mundo siempre que quisiera quedar como súbdita única de sí misma. Entonces Ayres murmuró, como más arriba. -¡Toda alma libre es emperatriz! La frase era hermosa, sonora, parecía contener la mayor suma de verdad que hay en la tierra y los planetas. Valía por una página de Plutarco. Si algún político la oyera, hubiese podido guardarla para sus días de oposición al gobierno, cuando llegase el tercer reinado. Fue lo que el mismo Ayres escribió en el Memorial. Con esta nota: "La dulce criatura me agradeció estas cinco palabras." XLIX Letrero viejo Todos volvieron de la isla con el baile en la cabeza; muchos soñaron con él, algunos durmieron poco o nada. Ayres fue de los que despertaron tarde; eran las once. A medio día almorzó, en seguida escribió en el Memorial las impresiones de la víspera, anotó varios lindos hombros, hizo observaciones políticas y terminó con las palabras que ahí quedan, al final del otro capítulo. Fumó, leyó, hasta que resolvió ir a la calle de Ouvidor. Pero al acercarse al cristal de una de las ventanas del frente, vio en la puerta de la confitería una figura inesperada: el viejo Custodio, lleno de melancolía. Era tan nuevo el espectáculo, que se quedó mirándolo unos instantes; entonces el confitero, alzando los ojos, lo descubrió entre las cortinas, y mientras Ayres se separaba de la ventana, Custodio atravesó la calle y entró en la casa. -Que suba -dijo el consejero al criado. Custodio fue recibido con la benevolencia de otros días y un poco más de interés. Ayres deseaba saber por qué estaba triste. -He venido para contárselo a su señoría; es el letrero. -¿Qué letrero? -Tenga su señoría la bondad de ver por sus propios ojos -dijo el confitero, rogándole que fuese a la ventana. -No veo nada. -Precisamente; ¡eso mismo es! Tanto me aconsejaron que hiciese reformar el letrero que al fin consentí, y lo hice sacar por dos dependientes. El vecindario salió a la calle a presenciar el trabajo, y parecía reírse de mí. Ya había hablado con un pintor de la calle de la Asamblea; pero no ajusté precio, porque él quería ver antes la obra. Ayer tarde fue un dependiente, y ¡sabe su excelencia lo que me mandó decir el pintor? Pues que la tabla está vieja y se necesita otra; la madera no aguanta la pintura. Allí me fui de carrera. No pude convencerlo que pintara la misma tabla; me mostró que estaba rajada y apolillada. ¡Pues desde abajo no se veía! Insistí en que la pintase de todos modos, y me contestó que él era un artista y que no haría obra que se echara a perder inmediatamente. -Pues, refórmelo todo. Pintura nueva en madera vieja no sirve para nada. Y ya verá cómo dura todo lo que nos queda de vida y más. -La otra también duraría; bastaba con refrescar las letras. Y ya era tarde, la orden había sido dada, la madera debía estar comprada, aserrada y clavada, pintado el fondo para dibujar y pintar el título. Custodio no dijo que el artista le había preguntado el color de las letras, y si lo quería rojo, amarillo, verde sobre blanco o viceversa, y que él, disimuladamente, averiguó el precio de cada color, para elegir los más baratos. No interesa saber cuáles fueron. Cualesquiera que fuesen los colores, era pintura nueva, tablas nuevas, una reforma que, más por economía que por afecto, no quisiera hacer; pero el afecto importaba mucho. Ahora que iba a cambiar de letrero, sentía como si perdiera algo de su propio cuerpo -cosa que otros del mismo o de diverso ramo comercial, no comprenderían, tanto gusto hallan en renovar las caras y hacer crecer la fama con ello. Cuestión de naturalezas. Ayres estaba pensando en escribir una Filosofía de los Letreros, en la que pondría éstas y otras observaciones; pero nunca dio comienzo a la obra. -Su excelencia ha de perdonar la incomodidad que le he dado, viniendo a contarle estas cosas; pero su excelencia es siempre tan bueno conmigo, me habla con tanta amistad, que me atreví... Me perdona, ¿no es cierto? -Sí, hombre de Dios. -A pesar de que su excelencia aprueba la reforma del letrero, sentirá, como yo, la desaparición del otro, de mi amigo viejo que nunca me dejó, que yo, en las noches de iluminación, por San Sebastián y otras, hacía brillar a los ojos de la gente. Cuando su excelencia se retiró la encontró en el mismo sitio en que lo había dejado cuando su nombramiento. ¡Y tuve alma de separarme de él! -Está bueno; vaya usted ahora a recibir el nuevo, y verá cómo dentro de poco son también amigos. Custodio salió retrocediendo, como era su costumbre, y bajó tropezando la escalera. Frente a la confitería se detuvo un momento, para ver el sitio en que estaba el letrero viejo. ¡De veras tenía pena! L El tintero de Evaristo -...Este caso prueba que todo se puede amar muy bien, hasta un pedazo de madera vieja. Creían que no era sólo el gasto lo que sentía naturalmente Custodio, sino también otras cosas. Nadie se deshace así de un objeto tan íntimo, que forma parte integrante de la casa y de la piel, por que el letrero no fue quitado ni un sólo día. Custodio no tuvo ocasión de ver si estaba dañado. Vivía allí, como las portadas y la pared. Era hora de comer en Botafogo. Sólo había cuatro personas: las dos hermanas, Santos y Ayres. Pedro había ido a comer en San Clemente, con la familia Baptista. Doña Perpetua aprobó los sentimientos del confitero. Citó a ese propósito el tintero de Evaristo. La hermana sonrió al marido, y éste a la mujer, como si dijesen: "¡ya apareció aquello!". Era un tintero que había servido al famoso periodista del primer reinado y de la regencia, objeto sencillo, de barro, igual a los tinteros que la gente pobre compraba en las papelerías de aquel y de este tiempo. El suegro de doña Perpetua, que se lo había dado como recuerdo, tenía uno de la misma edad, materia y confección. Así vino, de mano en mano, a parar a las mías. No vale lo que el tintero de mí hermano Agustín, ni el de Natividad, que son lujosos, pero para mi tiene un gran valor. -Sin duda -asintió Ayres, -un valor histórico y político. Mi suegro decía que de él salieron los grandes artículos de la Aurora. A decir verdad, yo no leí nunca esos artículos; pero mi suegro era hombre veraz. Conocía la vida de Evaristo, por habérsela oído a otros, y le hacía elogios que no acababan nunca. Natividad trató de llevar la conversación al baile de la víspera. Ya habían hablado de él, pero no encontró otro derivativo. El tintero reinó, sin embargo, algún tiempo más. No era sólo uno de los recuerdos de doña Perpetua, una reliquia de familia: era también una de sus ideas. Prometió mostrarlo al consejero. Éste, por su parte, prometió verlo con mucho gusto. Confesó que tenía veneración por los objetos de uso de los grandes hombres. En fin, la comida terminó, y pasaron al salón. Ayres, hablando de la ensenada, dijo: -He aquí una obra más vieja que el tintero de Evaristo y el letrero de Custodio, y que no obstante parece más joven; ¿no es verdad doña Perpetua? La noche es clara y cálida; podía ser obscura y fría, y el efecto sería el mismo. La ensenada no difiere de sí misma. Quizá los hombres vengan un día a rellenarla de tierra y piedras para alzar casas encima, algún barrio nuevo, con un gran circo para las carreras de caballos. Todo es posible debajo del sol y de la luna. Nuestra felicidad, barón, es que nos moriremos antes. -¡No hable de muerte, consejero! -La muerte es una hipótesis -replicó Ayres, quizá una leyenda. Nadie muere de una buena digestión, y sus cigarros son deliciosos. -Estos son nuevos. ¿Le parecen buenos? -¡Deliciosos! A Santos le agradó oír esta alabanza; veíale una intención dirigida a su persona, a sus méritos, a su nombre, a la posición que tenía en la sociedad, a su casa, a su quinta, al Banco, a sus chalecos. Quizá fuese demasiado; quizá fuese un modo enfático de explicar la fuerza de la unión entre él y los cigarros. Equivalían al letrero y al tintero, con la diferencia de que éstos significaban sólo afecto y veneración, y aquéllos, valiendo por su sabor y por su precio, tenían la superioridad del milagro, por la reproducción de todos los días. Tales eran las sospechas que vagaban en el cerebro de Ayres, mientras miraba mansamente al anfitrión. Ayres no podía negarse a sí mismo la aversión que éste le inspiraba. No lo quería mal, sin duda; hasta lo querría bien, si hubiese una pared entre ellos. Lo que le disgustaba era la persona, las sensaciones, los dichos, los ademanes, la risa, el alma entera... y nada más. LI Aquí presente Cerca de las nueve, o algo después, llegó Pedro con los Baptista y Flora. -Venimos a traer a su niño -dijo Baptista a Natividad. -Muchas gracias, doctor -replicó Santos; -pero el chico ya no está en edad de perderse por esas calles; y si se perdiera, ya se le encontrará -agregó sonriendo. A Natividad no le gustó la broma, tratándose del hijo y delante de ella. Sería, quizás, exceso de pudor. Hay mucho exceso en ese sentido, y lo acertado es perdonarlo. Hay también excesos contrarios, condescendencias fáciles, personas que toman parte, complacidas, en el cambio de alusiones picantes. También se les debe perdonar. En suma; el perdón llega al cielo. Perdonaos los unos a los otros; es la ley del Evangelio. El joven no oyó nada; había interrumpido la conversación que tenía con Flora, y después de cambiar algunas palabras con los otros, ambos se fueron a reanudar el hilo en un rincón. Ayres observó la actitud de ambos; nadie más les prestaba atención. Al fin y al cabo, la conversación era en voz baja; no se les podría oír. Flora escuchaba, Pedro hablaba, después sucedía lo contrario; ella era la que hablaba y él el que escuchaba, tan absortos, que parecían no atender a nadie, pero atendían. Poseían el sexto sentido de los conspiradores y de los enamorados. Que hablaran de amores es posible; pero que conspiraban es seguro. En cuanto al objeto de la conspiración podréis saberla después, en breve, dentro de un capítulo. El mismo Ayres no descubrió nada, por más que quisiera hartar los ojos en aquel diálogo de misterio. Convencióse de que no era grave, porque sonreían con frecuencia; pero podía ser íntimo, oculto, personal, y quizás extraño. Supuso una serie de anécdotas, o una historia completa, cosas ajenas; también podía ser solamente de ellos, porque hay estados de alma en que el asunto de la narración no es nada; el gusto de hacerla y escucharla es todo. También podía ser eso. Pero mira cómo encamina la Naturaleza las cosas mínimas o máximas, especialmente si la fortuna la ayuda. Aquella conversación tan dulce, a lo que parecía, comenzó con un enfado. La causa fue una carta de Pablo, escrita a su hermano, y que éste se acordó de mostrar a Flora, diciéndole que también la había enseñado a la madre, y que ésta se había enojado mucho. -¿Con usted? -No, con Pablo. -Pero, ¿qué decía la carta? -Pedro la leyó el punto principal, que era casi toda la carta; hablaba de la cuestión militar. Ya había "cuestión militar", un conflicto entre generales y ministros, y la carta de Pablo era contra los ministros. -Pero ¿por qué fue usted a mostrar esa carta a su mamá? -Mamá quiso saber lo que no decía Pedro. -Y su mamá se enfadó. ¡Ahí está! Quizá lo reprenda... -¡Tanto mejor! Pablo necesita ser corregido; pero, dígame usted, ¿por qué defiende siempre a mi hermano? -Para tener derecho de defenderlo a usted también. -¿De modo que él le ha hablado mal de mí? Flora quiso decir que sí, después que no, y al fin guardó silencio. En seguida cambió de conversación, preguntándole por qué se querían mal. Pedro negó que se quisiesen mal. Por el contrario, vivían muy en paz. No tenían las mismas opiniones, y puede también que tuvieran el mismo gusto... De ahí a decir que ambos la querían, era cuestión de una coma. Pero puso el punto final. Este astuto era también tímido. Más tarde comprendió que, callando, obró mejor, y se dio a sí mismo un aplauso por la opción; pero era falso, no había elegido nada. No digo esto para disminuirle el mérito, sino porque el miedo acierta muchas veces, y es preciso apuntar aquí esta reflexión. Sobrevino el enfado. Flora no replicó nada más, y por su gusto, no hubiera comido; hasta tal punto sentía compasión por el otro. Felizmente el otro era este mismo, aquí presente, con los ojos presentes, las manos presentes, las palabras presentes. El enfado no tardó en huir ante la gracia, la dulzura y la adoración. ¡Bienaventurados los que se quedan, porque ellos serán recompensados! LII Un secreto He aquí, ahora, el asunto de la conspiración. En la calle, al volver de San Clemente, Pedro, después de gastar lo mejor del tiempo con la carta y la comida, pudo revelar un secreto a la joven. -Tía ha dicho en casa que doña Claudia le ha contado en secreto (no lo repita), que su papá va a ser nombrado presidente de provincia. -No sé nada de eso, pero no lo creo, porque papá es conservador. -Doña Claudia le dijo a tía que es liberal, casi radical. Parece que lo de la presidencia es cierto; doña Claudia exigió el secreto, y tía, al contárnoslo, nos lo exigió también. Yo, a mi vez, le pido que no diga nada: pero es verdad. -¿Cómo verdad? Papá no se irá con los liberales; usted no sabe qué conservador es papá. Si ahora defiende a los liberales, es sólo por su tolerancia. -Si la provincia fuera la de Río de Janeiro, a mí me gustaría; porque no sería necesario ir a vivir en la Playa Grande, y si así fuese, el viaje es sólo de media hora y yo podría ir diariamente allí. -¿Sería capaz? -Apostemos. Flora, después de un instante, objetó: -¿Para qué si no hay presidencia? -Suponga usted que la haya. -Sería mucho suponer que hay presidencia, y que la provincia es la de Río. No, no hay nada. -Entonces, suponga la mitad: que hay presidencia y que es la de Matto grosso. Flora sintió un escalofrío. Sin admitir el nombramiento, tembló al oír el nombre de la provincia. Pedro recordó también Amazonas, Pará Piauhy... Era lo infinito, especialmente si el padre hacía buena administración, porque entonces no volvería tan pronto. La joven resistía menos ya, hallaba la cosa posible y abominable, pero esto lo decía para sí, dentro de su corazón. De pronto Pedro, deteniendo casi el paso, exclamó: Si su papá fuera, le pediría al Gobierno el puesto de secretario, e iría también. La luz intermitente de las tiendas que se reflejaba en el rostro de la joven, ayudando a la de los faroles de la calle, dejaba ver la emoción que le produjo aquella promesa. Comprendíase que el corazón de Flora debía latir apresuradamente. Pero un instante después comenzó a pensar otra cosa. Natividad no consentiría nunca; además, un estudiante... No podía ser. Pensó en algún posible escándalo. Que Pedro huyera, se embarcara, corriera tras ella... Todo esto era visto o pensado en silencio. Flora no se admiraba de pensar tanto y tan atrevidamente; aquello era como el peso del cuerpo, que no sentía tampoco; caminaba, pensaba, lo mismo que transpiraba. No calculó siquiera el tiempo que iba gastando en imaginar y deshacer ideas. Que esto la causase más placer que disgusto, es cierto. Pedro, junto a ella, iba naturalmente cuidándola, con los ojos en los pies, y los pies en las nubes. No sabía qué decir en medio de tanto silencio. Entre tanto, aquella solución le parecía la única. Ya no pensaba en la presidencia de Río. Quería estar con ella, en el punto más remoto del imperio, sin el hermano. La esperanza de desterrarse así de Pablo, brotó en el alma de Pedro. Sí, Pablo no iría; la madre no permitiría que la dejase desamparada. Perder un hijo, vaya; pero los dos... A quien quiera que considere egoísta este final de monólogo, pídole por las almas de sus parientes y amigos, que están en el cielo, pídole que examine bien las causas. Tenga en cuenta el estado de alma del muchacho, la cercanía de la niña, las raíces y las flores de la pasión, la misma edad de Pedro, el mal de la tierra, el bien de la misma tierra. Tenga en cuenta, además, la voluntad del cielo, que vela por todas las criaturas que se quieren, salvo cuando una sola quiere a otra, porque, entonces el cielo es un abismo de iniquidades, y no le importe esta imagen. Téngalo en cuenta todo, amigo mío; y déjeme ir contándoselo, y contando mal, lo que pasó en el trayecto, entre las dos casas. Cuando llegaron, hablaban. Arriba, como has visto, siguieron hablando hasta que volvió el tema de la presidencia. Flora notó entonces la disimulada insistencia con que Ayres los miraba, como si tratase de adivinar el asunto de la conversación. Sentía que no estuviese allí también, oyendo y hablando y, por último, prometiendo hacer algo por ella. Ayres podía, sí -era su amigo, y todos lo tenían muy en cuenta,- podía intervenir y destruir el proyecto de la presidencia. Sin quererlo ni saberlo, parece que esto mismo dijo con los ojos al viejo diplomático. Los apartaba; pero ellos, por sí mismos, iban a repetir el monólogo, y quizá a preguntar algo que Ayres no comprendía, pero que debía ser interesante. Puede que reflejasen la angustia, o lo que sea, que le dolía adentro. Puede ser; la verdad es que Ayres comenzó a sentir curiosidad, y en cuanto Pedro dejó el sitio para acudir al lado de la madre, dejó a Natividad para ir a hablar con la niña. Flora, ya de pie, tuvo apenas tiempo de cambiar dos palabras de esas que no se pueden interrumpir sin dolor o pena por lo menos. Ayres le preguntaba si no le había dicho nunca que sabía adivinar. -No, señor. -¡Pues sé! Ahora mismo acabo de adivinar que quiere decirme un secreto. Flora se quedó muy sorprendida. Pero no queriendo negar ni confesar, contestó que sólo había adivinado la mitad. -¿Y la otra mitad es?... -La otra es que tengo que pedirle un favor. -Pida. -No, ahora no; ya nos vamos; mamá y papá se están despidiendo. ¡Pero si usted viniera también1... ¿Quiere acompañarnos a San Clemente! -Con el mayor gusto. LIII De confidencias Entiéndase que no. No fue con placer mayor ni menor. Era una imposición de sociedad, desde que Flora lo había pedido, ignoro si discretamente. Que a esto se agregara tal cual deseo de saber algún secreto, no seré yo quien lo niegue, ni tú, ni él mismo. A los pocos instantes, Ayres iba sintiendo cómo aquella niña le despertaba unas voces muertas o no nacidas, voces de padre. Los gemelos no le produjeron un día la misma sensación sino porque eran hijos de Natividad. Aquí no se trataba de la madre, sino de la misma Flora, su ademán, su palabra y puede que su fatalidad. -Pero me está pareciendo que esta vez está enamorada, que ya ha escogido, por fin -pensó Ayres. Flora le habló de la presidencia; pero no le pidió que guardase el secreto como los demás. Le confesó que no quería irse, fuese adonde fuese, y, acabó diciendo que todo estaba en manos de Ayres. Sólo él podría disuadir a su padre de aceptar la presidencia. Ayres encontró tan absurdo este pedido, que casi se echó a reír; pero pudo contenerse. La palabra de Flora era grave y triste. Ayres contestó con dulzura que nada podía. -Puede, y mucho; todos escuchan sus consejos. -¡Pero si yo no doy consejos a nadie! -exclamó Ayres.- Consejero es un título que el emperador me ha concedido porque le pareció que lo merecía, pero que no obliga a dar consejos; sólo se los daría a él mismo si me los pidiera. Imagínese usted ahora que yo vaya a casa de un hombre o le mande llamar a la mía para decirle que no sea presidente de provincia. ¿Qué razón podría darle? La niña no tenía razones; tenía necesidad. Apeló al talento del exministro, que ya encontraría alguna razón. ¡Ni se necesitaban razones tampoco! Bastaba su manera de hablar, el arte que Dios le había dado de agradar a todo el mundo, arrastrar, influir, obtener lo que quisiera. Ayres vio que exageraba para conquistarlo, y no le pareció mal. No obstante, discutió esos méritos y virtudes. Dios no le había dado arte ninguno -dijo; -pero la niña seguía afirmando de tal modo, que Ayres suspendió el debate e hizo una promesa. -Voy a pensarlo; mañana o pasado, si encuentro algún recurso, intentaré hacer algo. Era un paliativo. Era también un modo de hacer cesar la conversación, cerca ya de la casa. No contaba con el padre de Flora , que a toda fuerza quiso mostrarle, a aquella hora, una novedad, o más bien una verdadera antigualla, un documento de valor diplomático. -¡Venga, suba! cinco minutos nada más. Ayres suspiró para sus adentros, e inclinó la cabeza ante el destino. No se lucha contra él -me dirás; -lo mejor es dejar que nos tome de los cabellos y nos arrastre hasta donde quiera alzarnos o despeñarnos. Baptista no les dio tiempo para reflexionar; se deshacía en disculpas. Cinco minutos y queda libre de mí; ¡pero ya verá cómo le pago el sacrificio! El gabinete era pequeño: pocos libros y buenos, muebles graves, un retrato de Baptista con uniforme de presidente, un almanaque sobre la mesa, un mapa en la pared, algunos recuerdos del gobierno de provincia... Mientras Ayres paseaba los ojos, Baptista se puso a buscar el documento. Abrió una gaveta, sacó un cartón y de éste el documento, que no estaba solo, sino con otros. Desde luego se veía que era un papel viejo, amarillento, roído en partes. Era una carta del conde de Oeyras, escrita al ministro de Portugal en Holanda. Hoy es el día de las antigüedades -pensó Ayres; -el letrero, el tintero, este autógrafo... -La carta es importante, pero larga -dijo Baptista; -ahora no puede usted leerla. ¿Quiere llevársela? No le dio tiempo de contestar; tomó un sobre grande y metió en él el manuscrito, poniéndole esta nota afuera. "A mi excelentísimo amigo el consejero Ayres". Mientras hacía esto, Ayres paseaba la vista por el lomo de algunos libros. Entre ellos habla dos Informes de la presidencia de Baptista, ricamente encuadernados. -No me atribuya usted ese lujo -observó el ex presidente, -fue un regalo de la secretaría del Gobierno, que nunca hizo eso con nadie. Teníamos un personal muy distinguido. Fue al estante y sacó uno de los Informes para que Ayres los viera mejor. Una vez abierto, mostró la impresión y las viñetas; leído podía mostrar el estilo por una parte y la prosperidad de la hacienda por otra. Baptista se limitó a las cifras totales: gastos, mil doscientos noventa y cuatro contos, setecientos noventa mil reis; entradas, mil quinientos cuarenta y cuatro contos, doscientos nueve mil reis; saldo, doscientos cuarenta y nueve contos, cuatrocientos diecinueve mil reis. Explicó verbalmente el saldo, que consiguiera con la modificación de algunos servicios y con un ligero aumento de impuestos. Redujo la deuda provincial, que halló en trescientos ochenta y cuatro contos y dejó en trescientos cincuenta. Hizo nuevas obras y arreglos importantes; inició un puente... -La encuadernación corresponde a la materia -dijo Ayres, para terminar la visita. Baptista cerró el libro y le dijo que ya no se iría sin contestarle una consulta. -El mundo al revés -agregó; -por la mañana doy yo las consultas, y por la noche las pido... Tal fue el introito; pero del introito al Credo hay un gran paso, y para él lo mejor de la misa estaba en el Credo. No hallando el texto del misal, hablóle de una señal del libro, de una pluma de oro, de un ejemplar del Código criminal. El Código, aunque viejo, valía por treinta nuevos; no porque tuviese mejor aspecto, sino porqué contenía notas manuscritas de un gran jurisconsulto, Fulano de Tal. Como había pasado gran parte de su vida en el exterior, el consejero no conocía al autor de las notas; pero desde que oyó llamarlo grande, asumió la expresión adecuada. Tomó el Código con cuidado y leyó algunas de las notas con veneración. Mientras tanto, Baptista iba criando ánimos. Compuso una frase para iniciar la consulta, y sólo, esperaba que Ayres dejase el libro para soltarla; pero el otro prolongaba el examen del Código. Aquello podía tener sus ribetes de malignidad, pero no los tenía. Los ojos de Ayres poseían una facultad particular, menos particular de lo que parece, porque también otros la han tenido, sin decirlo. Era que no se apartaban de la página; pero, a la verdad, ya no prestaban atención a ésta; el tiempo, la gente, la vida, cosas pasadas, asomaban a espiarlo por detrás del libro con el que habían vivido, y Ayres iba volviendo a ver un Río de Janeiro que ya no era aquél, o que apenas lo hacía recordar. No pienses que sólo se tratara de reos y jueces; se trataba del paseo, de la calle de la fiesta, de viejos calaveras y muertos, de jóvenes frescos entonces y ya mohosos como él. Baptista tosió. Ayres volvió en sí, y leyó algunas notas que el otro debía saber de memoria; ¡pero eran tan profundas! Por último, miró la encuadernación, halló el libro bien conservado, lo cerró y volvió a ponerlo en la biblioteca. Baptista no perdió momento, y corrió inmediatamente al asunto, temeroso de verle tomar algún otro libro. -Le confieso que tengo el temperamento conservador. -También yo conservo regalos antiguos. -No quiero decir eso; me refiero al temperamento político. A la verdad, hay temperamentos y opiniones. Un hombre puede muy bien tener el temperamento opuesto a las ideas. Si las cotejáramos con los programas políticos del mundo, mis ideas son más bien liberales, y algunas libérrimas. El sufragio universal, por ejemplo, es para mí la piedra angular de un buen régimen representativo. Sin embargo, los liberales han hecho el voto contrario. Hoy estoy más adelantado que ellos; acepto lo que existe, por ahora; pero antes del fin del siglo es preciso rever algunos artículos de la Constitución, dos o tres. Ayres ocultaba su sorpresa... Invitado así, a esa hora... Una profesión de fe política... Baptista insistía en la distinción del temperamento y las ideas. Algunos antiguos amigos que conocían esta dualidad mental y moral, insistían en querer que aceptara una presidencia; pero él no quería. Francamente, ¿qué le parecía al señor consejero? -Francamente, me parece que no tiene razón. -Que no tengo razón ¿en qué? -En rehusar. -En definitiva no he rehusado nada; se hacen grandes trabajos en ese sentido, y mi deseo -agregó con más claridad- es que los buenos amigos sagaces me digan si ello les parece acertado; no me parece que lo sea. -Yo creo que sí. -De modo que, si se tratara de usted... -De mí no podría ser. Ya sabe usted que no soy de este mundo, y que, políticamente, nunca he figurado en nada. La diplomacia produce el efecto de que separa al funcionario de los partidos, y los deja tan ajenos a ellos, que se hace imposible opinar con verdad, o cuando menos con acierto... -Pero no dice usted qué le parece... -Me parece... -¿Que puedo aceptar una presidencia si me la ofrecen? -Puede; una presidencia se acepta. -Entonces, sépalo usted todo; es la única persona a quien hablo con esta franqueza. La presidencia se me ha ofrecido ya. -Acepte, acepte. -Está aceptada. -¡Ya! -El decreto se firmará el sábado. -Entonces, acepte también mis enhorabuenas. -A decir verdad, el recuerdo no ha sido del ministerio; al contrario: el ministerio no se decidió antes de saber si efectivamente hice una elección contra los liberales hace años; pero en cuanto supo que se me retiró por no haberlos perseguido, aceptó la indicación de algunos jefes políticos, y poco después recibí este billete. El billete estaba en el bolsillo, dentro de la cartera. Cualquier otro, alborozado con el próximo nombramiento, tardaría en encontrar el billete en medio de los demás papeles; pero Baptista poseía el tacto de los textos. Sacó la cartera, la abrió tranquilamente, y con dos dedos sacó el billete del ministro invitándolo a una conversación. En esa conversación quedó todo arreglado. LIV ¿Al fin solo? ¡Al fin solo! Cuando Ayres se encontró en la calle, solo, libre, suelto, dueño de sí mismo, sin trabas ni consideraciones, respiró profundamente. Hizo un monólogo que al rato interrumpió para acordarse de Flora. Todo cuanto la niña no quería iba a suceder. El padre se marchaba a una presidencia, y ella con él, y la reciente inclinación al joven Pedro se detendría a medio camino... Pero Ayres no se arrepintió de lo que había dicho, y mucho menos de lo que no había dicho. Los dados estaban tirados. ¡A preocuparse de otras cosas! CAPITULO LV La mujer es la desolación del hombre Al despedirse, Santos hizo una reflexión que pongo aquí por si el lector la ha hecho también. La reflexión fue obra del espanto, y el espanto, nació de ver que un hombre tan difícil para ceder a las instigaciones de su esposa (¡Vete, Satanás, etc. Capítulo XLVII) colgara tan fácilmente los hábitos. No encontró explicación, ni la encontrará, si no confiesa más tarde que los primeros pasos de la conversión del hombre fueron dados por la mujer. "La mujer es la desolación del hombre" -decía no sé qué filósofo socialista, creo que Proudhon. Ella, la viuda de la presidencia, fue quien tomó por medios diversos y secretos, pasar a segundas nupcias. Cuando él supo los amoríos, ya estaban corridas las amonestaciones, no había más que consentir y casarse también. Aun así le costó mucho. El clamor de sus correligionarios aturdíale de antemano los oídos, tenía el alma ciega, atontada; pero la mujer le servía de guía y amparo, y a las pocas horas ya Baptista vio claro y pisó firme. -Estamos a las puertas del tercer reinado -exclamó doña Claudia,-y el partido liberal no dejará tan pronto el poder. Tiene hombres de valía, la inclinación de la época es hacia el liberalismo, y tu mismo... -Sí, yo.. .-suspiró Baptista. Doña Claudia no suspiró, cantó victoria; la reticencia del marido era la primera forma de la aquiescencia. No le dijo esto mondo y lirondo; tampoco demostró desordenada alegría; siguió hablando el lenguaje de la razón fría y la voluntad segura. Baptista, sintiéndose apoyado, caminó hacia el abismo y dio el salto en las tinieblas. No la dio sin gracia ni con ella. Aunque su voluntad fuese prestada, no le faltaban deseos a los que la voluntad de su mujer dio vida y alma. Por eso era su actitud y su confesión final. Así fue la conclusión de Ayres, según se lee en el Memorial. Así será, también la del lector, si quiere. Observe que aquí le economizo trabajo: no le obligo a hallar esto por sí mismo en el trabajo de ayres, cosa que otras veces tiene que hacer. El lector, atento, realmente rumiante, tiene cuatro estómagos en el cerebro, y por ellos hace pensar y repasar los actos y los hechos, hasta que deduce la verdad que estaba, o parecía estar oculta. LVI El golpe El día siguiente llevó a la joven Flora la gran novedad. El sábado se firmaría el decreto; la presidencia era en el norte. Doña Claudia no vio su palidez, ni sintió sus manos frías, y continuó hablando del hecho del futuro, hasta que Flora, al querer sentarse, estuvo a punto de caer. La madre corrió hacia ella. -¿Qué es eso? ¿Qué tienes? -Nada, mamá, no es nada. La madre la hizo sentar. -Fue una tontería; ya se me pasó. -Doña Claudia le dio a oler un poco de vinagre y friccionó las muñecas. Flora sonriendo preguntó: -¿Este sábado? -¿El nombramiento? Sí este sábado. Pero, por ahora, no digas nada a nadie: son secretos de gabinete. Pero es cosa segura; por fin alguien nos hace justicia; probablemente el emperador. Mañana saldréis a compras conmigo. Haz una lista de lo que necesitas. Flora necesitaba no ir, y sólo pensaba en eso. Puesto que el decreto estaba pronto para ser firmado, ya no era posible aconsejar el rechazo del nombramiento; sólo le restaba quedarse. Pero, ¿cómo? Todos los sueños son apropiados al sueño de una jovencita. No era fácil, pero no sería imposible. Flora creía en todo; no apartaba el pensamiento de Ayres, y luego, también, de Natividad. Los dos podían hacerlo, o mejor los tres, si se contara el barón, y si entrase la cuñada de éste, los cuatro. Agregando a los cuatro las cinco estrellas del Crucero, las nueve musas, los ángeles y los arcángeles, las vírgenes y los mártires... Juntándolos todos, bien podían realizar el simple acto de impedir que Flora fuese a la provincia... Tales eran las esperanzas vagas, fugaces, que corrían a substituir la tristeza del rostro de la joven, mientras la madre, atribuyendo este efecto al vinagre, ajustaba al frasco el tapón de vidrio, y colocaba el frasco en el tocador. -Haz una lista de lo que necesitas -repitió. -No, mamá; no necesito nada. -Necesitas, sí; yo sé lo que necesitas. LVII De las compras No escribiría este capitulo si fuese propiamente de las compras, pero no es. Todo son instrumentos en manos de la vida. Ambas salieron de casa, la una alegre, la otra melancólica, y fueron a escoger una cantidad de objetos de viaje y de uso personal. Doña Claudia pensaba en los vestidos de la primera recepción y de visita; también se imaginó el desembarco. Tenía orden del marido para comprarle algunas corbatas, pero los sombreros eran el principal artículo de la lista. Según la opinión de doña Claudia, el sombrero de la mujer era lo que daba la verdadera nota del gusto, las maneras y la cultura de una sociedad. No valía la pena aceptar una presidencia para llevar sombreros sin gracia -decía sin convicción, porque íntimamente pensaba que la presidencia da gracia a todo. Estaban precisamente en la tienda de sombreros, calle de Ouvidor, sentadas, mirando afuera y lejos, cuando apareció el verdadero asunto de este capítulo. Era el gemelo Pablo, que había llegado por el tren nocturno, y que, sabiendo que habían salido a compras, iba a buscarlas. - ¡Usted! -exclamaron. -Llegué esta mañana. Flora se había levantado con el júbilo que la causó la inesperada presencia de Pablo. Este corrió hacia ellas, les estrechó la mano, les preguntó cómo estaban, y reconoció que parecían vender salud y alegría. La impresión era exacta: Flora tenía entonces una agitación que, contrastaba con el abatimiento de aquella triste mañana, y una sonrisa que la hacía parecer alegre. -Siempre he tenido noticias de ustedes, que me mandaba mamá, y Pedro también, a veces. De usted -continuó, hablando con doña Claudia, -he recibido dos cartas. ¿Cómo está el doctor? -Bien. -¡Por fin, ya estoy acá! Y Pablo dividía sus miradas entre las dos, pero la mejor parte tocaba, naturalmente, a la hija. Un instante después, todas eran pocas para ésta. Doña Claudia había vuelto a la elección de los sombreros, y Flora, que hasta entonces había opinado con la cabeza, perdió este movimiento último. Pablo se sentó en la silla que le alcanzó un dependiente, y se quedó mirando a la niña; hablaban de cosas nimias, ajenas o propias, lo bastante para continuar disimuladamente, en contemplación uno de otro. Pablo volvía lo mismo que se marchó, lo mismo que Pedro, siempre con alguna nota particular que Flora no podía distinguir claramente, y menos aún definir. Era un misterio; Pedro tendría el suyo. Doña Claudia los interrumpía de vez en cuando, a propósito de las compras; pero todo se acaba, hasta eso de elegir sombreros. De allí pasaron a los vestidos. Pablo, sin saber lo de la presidencia, aprovechó esta casualidad para acompañarlas de tienda en tienda. Contaba anécdotas de San Pablo, sin gran interés para Flora; las noticias que ésta le daba respecto de las amigas, eran más o menos dispensables. Pero todo cobraba valor por los interlocutores. La calle coadyuvaba a aquella absorción recíproca, las personas que iban y venían, damas y caballeros, se detuviesen o no, servían de punto de partida a alguna digresión. Las digresiones comenzaron a dar la mano al silencio y ambos seguían con los ojos animados y la cabeza erguida, él más que ella, porque un asomo de melancolía comenzaba a ahuyentar del rostro de la joven la alegría de la hora reciente. En la calle Golçelves Días, yendo hacia la plaza de la Carioca, Pablo vio a dos o tres políticos de San Pablo, republicanos, hacendados según parece. Como los había dejado allí, admiróse de verlos sin advertir que ya hacía mucho que los viera la última vez. -¿Los conocen ustedes? -preguntó a las dos. No, no los conocían. Pablo les dijo entonces los nombres. Doña Claudia hubiera hecho quizá alguna pregunta política; pero notó la falta de un objeto, recordó que no lo había comprado, y propuso volver atrás. Todo era aceptado por ambos con docilidad, a pesar del velo de tristeza que iba cerrando más el rostro de la niña. Aquellas compras tenían ya cierto aire de billete de pasaje, no tardarían los paquetes, tendrían que correr a los baúles, a los arreglos, las despedidas, el camarote del vapor, al mareo del mar, y a aquel otro de mar y tierra, que la mataría seguramente -pensaba Flora. De ahí el creciente silencio, que Pablo apenas podía vencer de cuando en cuando; y, sin embargo, Flora se sentía bien con él, le agradaba oírle decir cosas sueltas, algunas nuevas, otras viejas, recuerdos anteriores a su partida para San Pablo. Así se dejaron llevar, guiados por doña Claudia, casi olvidada de ellos. En medio de aquella conversación entrecortada, más sostenida por él que por ella, Pablo sentía impulsos de preguntarla, al oído, en la misma calle, si había pensado en él, o por lo menos si había soñado con él algunas noches. Si le decía que no, daría suelta a su cólera diciéndola algunos improperios; si echase a correr, él también correría hasta tomarla de las cintas del sombrero o de la manga del vestido, y en vez de estrangularla bailaría con ella un vals de Strauss o una polka de ***. En seguida se reía de estos delirios, porque, a pesar de la melancolía de la joven, los ojos que alzaba hacia él, era de quien ha soñado o pensado mucho en la persona mirada, y trataba de descubrir si es la misma del sueño y del pensamiento. Así le parecía al estudiante de derecho; por eso, cuando Flora volvía el rostro, era para repetir el experimento y volver a verle los ojos aguzados por el mismo espíritu crítico y de libre examen. En cuanto al tiempo que los tres invirtieron en aquellas andanzas de compras y elecciones, vistas y comparaciones, no hay recuerdo de él ni se necesita. El tiempo es asunto de reloj, y ninguno de ellos consultó el reloj que llevaba. LVIII Ahora bien; acabas de ver cómo recibió Flora al hermano de Pedro: tal como recibía al hermano de Pablo. Ambos eran apóstoles. Pablo la encontraba más bonita que algunos meses antes, y se lo dijo aquella misma tarde, en San Clemente, con esta frase familiar y cordial: -Se ha puesto usted muy linda. Flora pensaba lo mismo respecto del estudiante de derecho, pero calló; su impresión, o la tristeza que sentía, o cualquiera otra sensación particular, la tuvo desanimada en un principio. Pero no tardó en hablar otra vez al gemelo en el gemelo, y en matar penas con él. Cómo se matan las penas no es cosa que se explique de un modo claro. No se matan con hierro, ni fuego, cuerda ni veneno, y, sin embargo, espiran para la resurrección, a veces antes del tercero día. Hay quien crea que, hasta muertas, son dulces, más que dulces. Este punto, en nuestro caso, no puede ser ventilado. Las penas murieron, no todas ni en seguida, sino en parte, y tan lentamente, que Pablo aceptó la invitación de comer allí. Era el día de la llegada, y Natividad quisiera tenerlo consigo a la mesa, junto a Pedro, para cimentar la pacificación comenzada por la distancia. Pero Pablo no se dio el trabajo de avisarla, dejóse estar con la linda criatura, entre el padre y la madre que pensaban en otra cosa, próxima en el tiempo y lejana en el espacio. Sabiendo lo que era, Flora pasaba del placer al disgusto, y Pablo no comprendía aquel cambio de sentimientos. De cuando en cuando, al ver a la madre agitada y preocupada, pero con otra expresión, Pablo interrogaba a la hija. En lugar de darle una explicación cualquiera, Flora se puso una vez la mano sobre los ojos, y se quedó un instante sin descubrirlos. La acción del estudiante de derecho debía haber sido apartarle la mano, mirarla de cerca, de más cerca, totalmente cerca, y repetirle la pregunta de un modo en que la elocuencia del gesto dispensara de la palabra. Pero si tuvo esta idea no se exteriorizó. Ni ella le dio más tiempo que el de la pregunta: -¿Qué tiene? -Nada -contestó Flora. -Algo tiene -insistió Pablo, queriendo tomarla la mano. No terminó el ademán, ni lo comenzó siquiera-, apenas si abrió y cerró los dedos, mientras Flora sonreía para sacudir tristezas, y se dejó estar, matando penas. LIX Noche del 14 Todo se explicó aquella noche en casa de la familia Santos. El ex presidente de provincia confesó sus esperanzas en una nueva investidura; su esposa afirmó la inminencia del hecho. De ahí la publicidad de la noticia que poco antes doña Claudia sólo decía en secreto. Ya no había secretos que pagar. Pablo lo supo entonces todo, y Pedro, que conocía algunos preliminares, acabó por saber el resto. Ambos sintieron, naturalmente, la próxima separación. El dolor los hizo amigos por un instante; es una de la ventajas de esa grande y noble sensación. Ya no recuerdo quién afirmaba, por el contrario, que un odio común es lo que liga más a dos personas. Creo que sí; pero no dejo de creer en mi postulado, por la razón de que una cosa no quita la otra, y pueden ser verdaderas. Además, el dolor no es todavía la desesperación. Había hasta un consuelo para los gemelos: que la niña estaría lejos de ambos. Ninguno de ellos tendría el gozo exclusivo delante de la puerta. No hay mal que no traiga un poco de bien, y, por eso es útil el mal, en ocasiones indispensable, algunas veces delicioso. Los dos quisieron hablar en particular a la amiguita, para sondearla acerca de aquella separación, cierta ya; pero ninguno consiguió su objeto. Se vigilaban, eso sí. Cuando le hablaban era siempre juntos, y de cosas familiares y comunes. El gesto de Flora no traducía su estado de alma. Éste podía ser alegre, melancólico o indiferente, no salía a la superficie. A decir verdad, hablaba poco. Los ojos tampoco decían mucho. Más de una vez Pedro la vio mirando a Pablo, y gimió con la preferencia; pero también él era preferido después, y hallaba compensación; Pablo era entonces el que rechinaba los dientes, figuradamente hablando. Natividad, completamente entregada a su recepción, que era la última del año, no siguió de cerca las agitaciones morales de aquel trío. Cuando las notó, llegó a sentirlas también. La gente se fue dispersando poco a poco. No era mucha, y dominaba en ella la nota íntima. Cuando la mayoría salió, quedó sólo la parte de más confianza, en un rincón de la sala, hablando y riendo de dichos y anécdotas. No se hablaba de política, aunque no faltara asunto. Las jóvenes cambiaban, por segunda o tercera vez, sus impresiones del gran baile reciente. También charlaban de música y teatro, de las próximas fiestas de Petrópolis, de la gente que iba aquel año, y de la que no iría hasta enero. Natividad atendía a todo el mundo, hasta que, cuando pudo hallarse aparte algunos momentos con Ayres, le confió sus temores acerca del amor de los hijos, y al propio tiempo el placer que le producía la esperanza de una larga ausencia de Flora. El consejero no contradecía ni los temores ni la esperanza. -Es una felicidad que Baptista sea nombrado y se lleve de aquí a la hija -decía Natividad. -Seguramente, pero. -¿Pero qué? -Seguramente la llevará, pero puede que usted no conozca bien a esa chiquilla. -Creo que es buena. -También lo pienso yo. Pero la bondad no tiene nada que ver con el resto de la persona. Flora es, como se lo dije hace tiempo, una inexplicable. Ahora es tarde para exponerle los fundamentos de mi opinión; después se los diré. Observe usted que me gusta mucho; encuentro un sabor particular en el contraste de una persona así, tan humana y tan fuera del mundo, tan etérea y tan ambiciosa al mismo tiempo, de una ambición recóndita... Vaya, perdóneme estas palabras embrolladas, y hasta mañana, -terminó, tendiéndole la mano. -Mañana vendré a explicárselas. -Explíquelas ahora, mientras se ríen los demás, según parece, de algún dicho gracioso. En efecto; los hombres se reían de alguna frase o equivocación; Ayres iba a hablar, pero detuvo la lengua, y se disculpó. La explicación era larga y difícil, y nada urgente; dijo: -Yo mismo no sé si me entiendo, baronesa, ni si pienso la verdad; puede ser. En todo caso, mi buena amiga, hasta mañana, o hasta Petrópolis. ¿Cuándo espera subir? -Allá para fin de año. -Entonces todavía nos veremos, algunas veces. -Sí, y si no viene a verme, deseo que vea a mis chicos, que los reciba y los estime. Ellos le tienen a usted en mucho; no le hacen más que justicia. Pedro dice que es usted el espíritu más fino, y Pablo, el más fuerte de nuestra tierra... -Vea cómo los educa usted; enseñándoles a pensar erradamente -dijo Ayres sonriéndose y haciendo un gesto de agradecimiento. -¿Fuerte yo? -El más fuerte y el más fino. Los últimos amigos de la casa fueron a dar las buenas noches A la señora. Diez minutos después, Ayres se despedía de Santos. La noche era clara y tranquila. Ayres reconstituyó una parte de la velada para escribirla en el Memorial. Pocas líneas, pero interesantes, en que la figura principal era Flora. "Que el diablo la entienda, si puede; yo, que soy menos que él, no acierto a entenderla nunca. Ayer parecía querer a uno, hoy quiso al otro; poco antes de la despedida quería a ambos. En otro tiempo he encontrado también algunos de esos sentimientos alternos y simultáneos; yo mismo he sido una y otra cosa, y siempre me entendí. Pero esta niña es joven... La condición de los gemelos explicará esta inclinación doble; puede ser también que alguna cualidad le falte a uno que le sobre al otro, y viceversa; y ella, por el gusto de ambas, no acaba de escoger de una vez. Es fantástico, lo sé; menos fantástico sería que ellos, destinados a la enemistad, hallaran en esta misma criatura un campo estrecho de odio; pero esto lo explicaría a ellos, no a ella... Sea lo que fuere, nuestra organización política es útil; la presidencia de provincia, alejando a Flora de aquí por algún tiempo, saca a esta joven de la situación en que se halla, como el asno de Buridan. Cuando vuelva, el agua estará bebida, y la cebada rumiada. Un decreto ayudará a la Naturaleza." Hecho esto, Ayres se metió en cama, rezó una oda de su Horacio, y cerró los ojos. Pero no pudo dormir. Ensayó una página de su Cervantes, otra de su Erasmo, y cerró nuevamente los ojos. A las cinco y cuarenta minutos estaba en pie. En noviembre ya sabes que es de día. LX Mañana del 15 Cuando le sucedía lo que dejo dicho, Ayres acostumbraba salir temprano, a pasearse y divertirse. No siempre acertaba. Esta vez fue al Paseo Público. Llegó a las siete y media, entró, subió al terrado, y miró hacia el mar. El mar estaba encrespado, Ayres comenzó a pasearse a lo largo del terrado, escuchando las olas, y acercándose a la orilla y de cuando en cuando, para verlas estrellarse y retroceder. Le agradaban así, las hallaba una especie de alma fuerte, que las movía para asustar a la tierra. El agua, enroscándose en sí misma, le daba una sensación, mas que de vida, de persona, a la que no faltaran ni nervios, ni músculos, ni la voz que gritaba sus cóleras. Por fin se cansó y bajó, fue al lago, á la arboleda, y paseó distraído, evocando hombres y cosas, hasta que se sentó en un banco. Notó que la poca gente que allí había no estaba sentada, como de costumbre, mirando sin ver, leyendo periódicos, bostezando la vigilia de una noche sin cama. Estaba de pie, hablando entre sí, y la que llegaba iba entrando en la conversación sin conocer a los interlocutores; así le pareció, por lo menos. Oía algunas palabras sueltas: Deodoro, batallones, Campamento, ministerio, etc. Algunas, dichas en voz alta, llegaban casualmente hasta él, como por ver si le despertaban la curiosidad y obtenían un par de oídos mas para las noticias. No juro que fuese así, porque el día ya está lejos, y las personas no eran conocidas. El mismo Ayres, si sospechó tal cosa, no la dijo a nadie; tampoco aguzó el oído para escuchar lo demás. Por el contrario, recordando algo particular, escribió con lápiz una nota en su cartera. Esto bastó para que los curiosos se dispersaran, no sin algún epíteto de vergüenza, unos al gobierno, otros al ejército; Ayres podía ser amigo del uno o del otro. Algo sospechaba este cuando salió del Paseo Público y siguió hasta la plaza de la Carioca. Pocas palabras y bajas, gente parada, caras sorprendidas, personas que se volvían, pero ninguna noticia clara ni completa. En la calle de Ouvidor supo que los militares habían hecho una revolución, oyó descripciones de la marcha y de los complicados, y noticias contradictorias. Volvió a la plaza, donde se lo disputaron tres tilburys; tomó el que le quedó mas cerca, y mandó que lo llevaran a Cattete. Nada preguntó al cochero, pero éste se lo dijo todo, y algo más. Habló de una revolución, de dos ministros muertos, uno fugado, los demás presos. El emperador, capturado en Petrópolis, venía bajando del cerro. Ayres miraba al cochero, cuya palabra brotaba deliciosa de novedad. No la era desconocido el tipo. Ya lo había visto, sin el tilbury, en la calle, o los salones, en misa o a bordo, no siempre hombre, alguna vez mujer, vestida de seda o de percal. Quiso saber más, mostróse interesado y curioso, y acabó preguntando si realmente había ocurrido lo que decía. El cochero contó que se lo había oído todo a un hombre que condujo de la calle de los Inválidos a la plaza de la Gloria, y que para mas señas, estaba asustado, no podía hablar, le pedía que corriese, que le pagaría el doble, como le pagó en efecto. -Quizá fuese algún comprometido en el desorden -insinuó Ayres. -Puede ser muy bien, porque tenía el sombrero apabullado, y en un principio pensé que tenía sangre en los dedos, pero miré bien y vi que era barro; seguramente acababa de bajar por alguna pared. Pero, ahora, pensándolo bien, creo que era sangre, el barro no tiene ese color. Lo cierto es, que pagó el doble por el viaje, y con razón, porque la ciudad no está segura, y uno corre gran peligro llevando gente de un lado al otro. En ese momento llegaban precisamente a la puerta de Ayres. Este mandó parar el vehículo, pagó según tarifa, y bajó. Al subir la escalera iba, naturalmente, pensando en los acontecimientos posibles. Arriba encontró a su criado que ya lo sabía todo, y que le preguntó si era cierto... -¿Cierto qué José? ¡Es más que cierto! -¿Que han muerto a tres ministros? -No; hay uno solo herido. -Yo he oído que más; me han hablado de diez muertos. -La muerte es un fenómeno igual a la vida; quizá los muertos vivan. En todo caso, no reces por su alma, porque no eres buen católico, José. LXI Leyendo a Jenofonte ¿Por qué, habiendo oído hablar de la muerte de dos y de tres ministros, Ayres confirmó apenas la herida de uno, al rectificar las noticias del criado?. Solo puede explicarse de dos maneras; o por un noble sentimiento de piedad, o por la opinión de que toda noticia pública se aumenta en dos tercios cuando menos. Cualquiera que fuese dicha causa, la versión de la herida era la única verdadera. Poco después pasaba por la calle del Cattete la camilla que llevaba un ministro herido. Sabiendo que los demás estaban sanos y buenos, y que el emperador era esperado de Petrópolis, Ayres no creyó en el cambio de régimen do que oyera hablar al cochero del tilbury y a su criado José. Todo lo redujo a un movimiento que acabaría con un simple cambio de ministerio. -Tenemos nuevo gabinete, -dijo para sí. Almorzó tranquilo, leyendo a Jenofonte: "Consideraba un día cuántas repúblicas han sido derribadas por ciudadanos deseosos de otra clase de gobierno, y cuantas monarquías y oligarquías son destruidas por la sublevación de los pueblos; y, de cuantos suben al poder, unos son derribados al punto, y otros, si duran, son admirados como hábiles y felices..." Ya sabes la conclusión del autor, en pro de la tesis de que el hombre es difícil de gobernar; pero, después, la persona de Ciro destruye esa conclusión, mostrándonos un solo hombre que manejó millones de otros hombres quienes además de temerlo, luchaban por realizar su voluntad. Todo esto en griego, y con tal lentitud que llegó al fin del almuerzo sin llegar al fin del primer capítulo. LXII "Pare en la d." -Pero su excelencia está almorzando -decía el criado en el rellano de la escalera, a alguien que solicitaba hablar con el consejero. Era falso, Ayres acababa precisamente de almorzar; pero el criado sabía que al amo le gustaba saborear el cigarro después del almuerzo, sin ser interrumpido. En aquel momento estaba en el canapé y oyó el diálogo. La persona insistía en decirle dos palabras. -No puede ser. -Bueno, esperaré; cuando su excelencia acabe... -Mejor es que vuelva después. ¿No vive ahí enfrente? Pues vuelva dentro de una hora o dos... La persona era Custodio, y ya se volvía cuando el ex-diplomático, sabiendo quien era, no esperó a acabar el cigarro, y le mandó decir que entrase. Custodio corrió, subió y entró en la habitación, azorado. -¿Qué es eso, don Custodio? -dijo Ayres. -¿Anda usted haciendo revoluciones? -¡Yo, señor! ¡Ah, señor! Si su excelencia supiese... -¿Si supiese qué? Custodio se explicó. Vaya, extractemos su explicación. La víspera, teniendo que salir, Custodio fue a la calle de la Asamblea, donde se estaba pintando el letrero. Era ya tarde, y el pintor había dejado de trabajar. Sólo quedaban pintadas algunas letras: -La palabra Confitería y la d. La sílaba el y la palabra Imperio, estaban solamente dibujadas con tiza. Gustóle el fondo y el color de las letras, reconociósele con la forma, y casi perdonó el desembolso. Recomendó prisa. Quería inaugurar el letrero el domingo. Al despertarse no supo inmediatamente lo que había sucedido en la ciudad, pero poco a poco fueron llegando noticias, vio pasar un batallón, y creyó que decían la verdad los que le aseguraban que había revolución y le hablaban vagamente de república. En un principio, con el susto, se olvidó del letrero. En cuanto lo recordó, comprendió que era necesario suspender la pintura. Escribió apresuradamente un billete y lo mandó con un dependiente al pintor. El billete no decía más que esto: "Pare en la d." En efecto, no había que pintar lo demás, pues quedaría perdido, ni perder el principio, que podía servir. Siempre habría una palabra que ocupase el lugar de las letras restantes. "Pare en la d." El mensajero volvió con la noticia que el letrero estaba listo. -¿Lo has visto acabado? -Sí, patrón. -¿Tenía escrito el antiguo nombre? -Sí, señor: "Confitería del Imperio." Custodio se puso un saco de alpaca y voló a la calle de la Asamblea. Allí estaba el letrero, por más señas tapado con un pedazo de lienzo; los muchachos que lo veían al pasar por la calle, querían hacerlo pedazos; el pintor, después de defenderlo con buenas palabras, juzgó más eficaz taparlo. Levantado el telón, Custodio leyó Confitería del Imperio. ¡Era el nombre antiguo, el propio, el célebre, pero ya entonces era la destrucción! no podía conservar un solo día aquel letrero, ni aunque fuera en una calleja obscura, y mucho menos en la calle Cattete... -Va usted a borrar todo eso -dijo al pintor. -No lo entiendo así. Comenzará usted por pagar el gasto. Después, si quiere, pintaré otra cosa. -Pero ¿qué pierde usted substituyendo la última por otra? La primera puede quedar, y hasta el mismo del... ¿No recibió mi billete? -Llegó tarde. -¿Y por qué lo pintó todo, después de tan graves acontecimientos? -Usted tenía prisa y yo me levanté a las cinco y media para servirlo. Cuando supe las noticias, ya el letrero estaba hecho. ¿No me dijo que quería colgarlo el domingo? He tenido que poner mucho secante a la pintura, y además de la pintura he gastado tiempo y trabajo. Custodio quiso rechazar la obra, pero el pintor lo amenazó con poner la calle y el número de la confitería y el nombre de su dueño en el letrero, y exponerlo así para que los revolucionarios le fueran a romper los cristales de Cattete. No tuvo más remedio que capitular. Entonces dijo al pintor que esperase; que, iba a pensar en la substitución, y que, de todos modos, habría que hacerle alguna rebaja. Consiguió la promesa de la rebaja y se volvió a la confitería. En el camino iba pensando en lo que perdía cambiando título, -¡una casa tan conocida, desde años y años! ¿Qué nombre ponerle' En esto se acordó del vecino Ayres, y corrió a consultarlo. LXIII Letrero nuevo Referido cuanto queda atrás, Custodio confesó todo lo que perdía con el título y el gasto, el mal que le acarrearía la conservación del nombre de la casa, la imposibilidad de encontrar otro: un abismo, en suma. No sabía qué buscar; le faltaba inventiva y tranquilidad de espíritu. Si pudiera, liquidaría el negocio. Y, al fin y al cabo, ¿qué tenía que ver él con la política? Era un simple fabricante y vendedor de dulces, estimado, con clientela, y principalmente, respetuoso del orden público... -Pero ¿qué es lo que hay? -preguntó Ayres. -La república está proclamada. -¿Ya hay gobierno? -Creo que sí. Pero dígame su excelencia, ¿ha oído a alguien acusarme jamás de atacar al gobierno? ¡A nadie! Y sin embargo... ¡qué fatalidad! ¡Venga en mi auxilio, excelentísimo! ¡Ayúdeme a salir de este apuro! El letrero está listo, el nombre completamente pintado. Confitería del Imperio, con colores vivos y bonitos. El pintor exige que le pague el trabajo para hacer otro. Yo, si la obra no estuviese acabada, cambiaría de título, por más que me costase; pero ¿he de perder el dinero que gasté? ¿Cree su excelencia que si dejara la palabra Imperio vendrían a romperme los cristales? -Eso no sé. -En realidad no hay motivo. Es el nombre de la casa, ¡nombre de treinta años! nadie la conoce de otro modo... -Pero puede ponerle Confitería de la República. -Eso se me ocurrió por el camino; pero también pensé que, si dentro de dos o tres meses hay un nuevo zafarrancho, me quedo en la misma situación y vuelvo a perder dinero. -Tienes razón... Siéntese. -Estoy bien, gracias. -Siéntese, y fume un cigarro. -Custodio rehusó el cigarro: no fumaba. Aceptó la silla. Se hallaba en el gabinete de trabajo, donde algunas curiosidades le llamarían la atención, a no ser por el atolondramiento de su espíritu Continuó implorando el auxilio del vecino. Su excelencia, con el gran talento que le había dado Dios, podía salvarlos. Ayer le propuso un término medio, un título que convendría en ambas hipótesis: Confitería del Gobierno. -Sirve tanto para un régimen como para otro. -No digo que no, y a no ser el gasto perdido... Sin embargo, hay una razón en contra. Su excelencia sabe que ningún gobierno deja de tener oposición. Las oposiciones, cuando se lanzaran a la calle, podrían encararse conmigo, suponer que las desafiaba, y romperme el letrero, mientras que lo que busco es el respeto de todos. Ayres comprendió perfectamente que el terror se aliaba con la avaricia. Sin duda, el vecino no quería disturbios a su puerta, ni malquerencias gratuitas, ni odios de quienes quiera que fuesen; pero no le afligía menos el desembolso que tendría que hacer de cuando en cuando, si no encontraba un título definitivo, popular e imparcial. Al perder el antiguo, ya perdía la celebridad, además de perder la pintura y pagar más dinero. Nadie iba a comprarle un letrero condenado. Ya era mucho que el nombre y el título figuraran en el Almanaque de Lacmmut, donde podía leerlo algún mal intencionado, e ir luego, con otros, a castigarlo por lo que estaba impreso desde principios de año... -Eso no -interrumpió Ayres; -usted no puede recoger la edición de un almanaque. Y después de un momento, agregó: -Mire, le daré una idea que puede ser aprovechada; y si no le parece buena tengo otra a mano, y será la última. Pero creo que cualquiera de ellas servirá. Deje el letrero tal como está, y a la derecha, en la puerta, debajo del título, mande escribir estas palabras que lo explican todo: Fundada en 1860. ¿No abrió la casa en 1860? -Sí, señor -contestó Custodio. -Pues entonces... Custodio reflexionaba. No se le podía leer en la cara ni sí ni no; atónito, con la boca entreabierta, no miraba al diplomático; ni al suelo, ni a las paredes o los muebles, sino al aire. Como el consejero insistiese, pareció despertar y confesó que la idea era buena. En efecto, conservaba el título y le quitaba el color sedicioso aumentado por lo fresco de la pintura. Sin embargo, la otra idea podía ser igual o mejor, y desearía comparar las dos. -La otra idea no ofrece la ventaja de poner la fecha de la fundación del establecimiento; tiene la de definir el título, que queda siendo el mismo, de un modo ajeno al régimen. Deje la palabra Imperio, y agregue abajo, en el centro, estas tres que no necesitan ser muy grandes: de las leyes. Mire, así -terminó Ayres, sentándose al escritorio y escribiendo lo que decía en un pedazo de papel. Custodio leyó, releyó, y halló que la idea era útil; sí, no le parecía mal, Sólo le vio un defecto; siendo más pequeñas las letras de abajo, podían no ser leídas tan rápida y claramente como las del arriba, y estas se meterían por los ojos a los transeuntes. De ahí que algún político o enemigo personal no entendiese en seguida y... La primera idea, bien considerada, tenía el mismo defecto, y además otro: parecería que el confitero, determinando la fecha de la fundación, tomara a honor, el ser antiguo. ¡Quién sabe si no sería peor que nada! -Todo es peor que nada. -Busquemos. Ayres encontró otro título, el nombre de la calle: Confitería del Cattete; sin advertir que, habiendo otra confitería en la misma calle, era atribuir exclusivamente a Custodio la designación local. Cuando el vecino le hizo esta objeción, Ayres la encontró justa y le agradó ver la delicadeza de sentimientos de aquel hombre; pero después descubrió que lo que hizo hablar a Custodio fue la idea de que ese título resultaría común a ambas casas. Muchos no darían con el título escrito y comprarían en la primera que encontrasen, de modo que él haría el gasto del letrero, y por añadidura perdería la clientela. Al ver esto, Ayres no admiró menos la sagacidad de un hombre que, en medio de tantas tribulaciones, tenía en cuenta los perjuicios de un posible error. Entonces le dijo que lo mejor sería pagar el gasto hecho, y no poner nada, a no ser que prefiriera su propio nombre, Confitería de Custodio. Muchos, seguramente, no conocerían la casa por otra designación. Un nombre, el nombre del mismo dueño, no tenía significado político ni figuración histórica, ni nada que llamase la atención de ninguno de los regimenes, y que, por consiguiente, pusiese en peligro sus pasteles de Santa Clara, y menos aun la vida del propietario y sus empleados. ¿Por qué no adoptaba ese arbitrio? Algo gastaría con el, cambio de una palabra por otra; Custodio en lugar de Imperio; pero las revoluciones siempre acarrean gastos. -Sí, lo pensaré, excelentísimo. Quizá convenga esperar dos o tres días para ver en qué paran las modas -dijo Custodio, agradeciendo. -Se inclinó, retrocedió y salió. Ayres se asomo a la ventana para verlo atravesar la calle. Se imaginó que llevaría de la casa del ministro jubilado un brillo especial que le haría olvidar por un instante la crisis del letrero. No todos son desembolsos en la vida, y la gloria de las relaciones podía endulzar las amarguras de este mundo. No acertó esta vez. Custodio atravesó la calle, sin detenerse ni mirar para atrás, y se metió en la confitería , con toda su desesperación. LXIV ¡Paz! Que en medio de tan graves sucesos, Ayres tuviese bastante calma y claridad para imaginar tal descubrimiento en el vecino, sólo puede explicarse por la incredulidad con que había recibido las noticias. No le dio fe ni a la misma aflicción de Custodio. Había visto nacer y morir mucho rumor falso. Una de sus máximas era que el hombre vive para esparcir la primera invención en la calle, y que todo puede hacerse creer a cien personas juntas o separadas. Sólo a las dos de la tarde, cuando Santos entró en su casa, creyó en la caída del imperio. -Es verdad, consejero; he visto bajar las tropas por la calle de Ouvidor, he oído las aclamaciones a la República. Las tiendas están cerradas, los Bancos también, y lo peor es que si no se vuelven a abrir vamos a caer en el desorden público. ¡Es una calamidad! Ayres trató de tranquilizarle el corazón. Nada cambiaría; el régimen, sí era posible que cambiase, pero también se muda de ropa, sin cambiar de piel. El comercio es necesario. Los Bancos son indispensables. El sábado, el lunes cuando más tarde, todo volvería a lo que era la víspera, menos la Constitución. -No sé; no tenga miedo, consejero. -No tengo miedo. ¿Sabe ya la baronesa lo que Sucede? -Cuando salí de casa no lo sabía; pero es probable que lo sepa. -Pues, vaya a tranquilizarla; estará naturalmente afligida. Santos temía los fusilamientos; por ejemplo: si fusilasen al emperador y con él a las personas de sociedad. Recordó que el Terror... Ayres le sacó el Terror de la cabeza. Las ocasiones hacen las revelaciones -dijo sin intención de rimar; pero le gustó que las palabras rimaran para dar forma fija a la idea. Después le recordó la índole blanda del pueblo. El pueblo cambiaría de gobierno, sin tocar las personas. Habría rasgos de generosidad. Para probar lo que decía, refirió un caso que le contara un antiguo amigo, el mariscal Beaurepaire Rohan. Era en tiempos de la Regencia. El emperador había ido al teatro de San Pedro de Alcántara. Al final del espectáculo, el amigo, joven entonces, oyó gran ruido hacia el lado de la iglesia de San Francisco, y corrió a averiguar lo que era. Habló con un hombre que gritaba indignado, y supo por él, que el cochero del emperador no se había quitado el sombrero cuando éste llegaba a la puerta para subir al coche; el hombre agrego: -Yo soy re... En aquellos tiempos, por abreviar, los republicanos eran llamados así. -Yo soy re, pero no consiento que falten al respeto a ese niño. Ningún rasgo de Santos expresó que hubiera apreciado o comprendido aquel hecho anónimo. Por el contrario, parecía enteramente entregado al presente, al momento, al comercio cerrado, a los Bancos sin operaciones, al temor de una suspensión total de los negocios durante un plazo indeterminado. Cruzaba y volvía a cruzar las piernas. Por fin se levantó y suspiró. -Entonces, a usted le parece que... -Que debe usted tranquilizarse. Santos aceptó el consejo, pero media mucho de aceptar a cumplir, y la apariencia era muy distinta del corazón. El corazón le latía agitado. La cabeza veía todo borroso. Quiso despedirse, pero hizo dos o tres tentativas antes de poner los pies fuera del gabinete y encaminarse a la escalera. Quería alguna certidumbre. Cuando hubiese visto y oído la República, podría ser... En todo caso, lo necesario es la paz; pero ¿habría paz? Ayres se inclinaba a creer que sí, y otra vez lo incitó a que se tranquilizase. -Hasta luego -terminó. -¿Por qué no va a comer con nosotros? -Tengo que comer con un amigo, en el hotel de los Extranjeros. Después iré, quizá, o si no, mañana. Vaya, vaya a tranquilizar a la baronesa y a los muchachos. ¿Estarán en paz los muchachos? Esos han de combatir, de seguro; vaya a ponerlos en orden. -Usted podría ayudarme en eso. Vaya esta noche. -Puede ser; si puedo iré. Mañana con seguridad, Santos salió; el carruaje lo aguardaba, subió y se encaminó a Botafolgo. No llevaba la paz consigo, y no podría dársela a su mujer, ni a la cuñada, ni a los hijos. Deseaba llegar a su casa, por miedo a la calle, pero también querría quedarse en la calle, por no saber qué palabras ni qué consejos daría a los suyos. El espacio del coche era pequeño, pero suficiente para un hombre; sin embargo no podía pasarse en él la vida entera. Además, la calle estaba tranquila. Había gente a la puerta de las tiendas. En la plaza de Machadi vio otra que reía, alguna callada, había sorpresa, pero no había propiamente susto. LXV Entre los hijos Cuando Santos llegó a su casa, Natividad estaba inquieta, sin noticias exactas y definitivas de los acontecimientos. No sabía del marido ni de los hijos. Aquél había salido antes de los primeros rumores, éstos hicieron lo mismo en cuanto llegaron. El primer movimiento de la madre fue impedir que saliesen los hijos, pero no pudo, era tarde. No logrando detenerlos, se encaró con la Virgen María para que los custodiase, y aguardó. La hermana hizo lo mismo. Era cerca de medio día; los minutos comenzaron entonces a parecerle siglos. El ansia de la madre era naturalmente mayor que la de la tía. Natividad veía andar al tiempo con grillos en los pies. No había satisfacción que atase un par de alas a aquellas largas horas del reloj de la casa ni a los de bolsillo de Natividad y de su hermana; todos ellos cojeaban con ambos minuteros. Por fin oyó en la arena del jardín las ruedas de un carruaje; era Santos. Natividad acudió al rellano de la escalera. Santos subió, y las manos de ambos se extendieron y se asieron. Larga vida común, acaba por hacer de la ternura una cosa grave y espiritual. Sin embargo, parece que el gesto del marido no fue original, sino secundario, hijo o imitación del de su mujer. Puede que la cuerda de la sensibilidad fuese menos vibrante en la lira de él que en la de ella, aunque muchos años antes, aquel otro ademán del cupé, cuando volvían de la misa de Santo Domingo, ¿recuerdas?... Sobre esto acabo de escribir unas líneas que no quedarían mal, si las terminase, pero retrocedo a tiempo, y las tacho. No vale la pena de andar a la pesca de las palabras tachadas. Menos cuesta suprimirlas. Que nos basten las cuatro manos estrechadas. Natividad preguntó por los hijos. Santos le dijo que no tuviese temor. No había nada; todo parecía estar como el día antes, las calles tranquilas, las caras mudas. No correría sangre, el comercio iba a continuar. Toda la animación de Ayres había retoñado en él, con la misma frescura y el mismo estilo. Los hijos llegaron tarde, cada cual por su lado, y Pedro antes que Pablo. La melancolía del uno armonizaba con la casa, la alegría del otro desentonaba de ella, pero tales eran una y otra que a pesar de la expansión de la segunda, no hubo represión ni disputa. Mientras comían hablaron poco. Pablo refería amorosamente los sucesos. Había conversado con varios correligionarios, y por ellos supo lo que había ocurrido por la noche y la mañana, la marcha y reunión de los batallones en el campo, las palabras de Ouro Preto al mariscal Floriano, la contestación de éste, la proclamación de la República. La familia oía y preguntaba, no discutía, y esta moderación contrastaba con el regocijo de Pablo. El silencio de Pedro, principalmente, era como un desafío. Pablo no sabía que su misma madre se lo pidiera al hermano, con muchos besos, motivo que en esa oportunidad se unía al de tener oprimido el corazón. El corazón de Pablo, por el contrario, estaba libre, dejaba circular la sangre, como la felicidad. Los sentimientos republicanos, en que se incrustaban los principios, vivían al1í tan fuertes y ardientes, que no le dejaban ver el abatimiento de Pedro, ni el desaliento de los demás. Al final del almuerzo, brindó por la República, pero en silencio, sin ostentación, mirando apenas al techo y alzando la copa un poco más que de costumbre. Nadie replicó ni con un ademán ni con una palabra. Sin duda el joven Pedro quiso decir alguna palabra de piedad relativa al régimen imperial y a la familia de Bragança, pero la madre, casi no apartaba los ojos de él, como imponiendo o pidiendo silencio. Por otra parte, no creía que hubiese cambiado nada, a despecho de decretos y proclama. Se imaginaba que todo podía quedar como antes, alterando apenas el personal del gobierno. Poco cuesta -decía en voz baja a la madre al salir de la mesa; bastará con que el emperador hable a Deodoro. Pedro salió después, prometiendo volver temprano. La madre, temerosa de verlo metido en tumultos, no quería que saliese; pero otro temor la hizo consentir, y fue el de que los hermanos se enfadasen por fin. Así, un miedo vence a otro, y la gente acaba por dar lo mismo que ha negado. No es menos cierto que raciocinó algunos minutos antes de resolver, así como yo escribí una página antes de la que voy a escribir ahora, pero nosotros dos, Natividad y yo, acabamos por dejar que los hechos se realicen, sin oposición suya ni comentario mío. LXVI Bastos y espadas Llegaron los amigos de la casa, llevando noticias y rumores. Estos variaban poco, y en general no había opinión segura cerca del resultado. Nadie sabía si el triunfo del movimiento era un bien o un mal; apenas sabían que era un hecho. De ahí la ingenuidad con que alguien propuso el juego de naipes de costumbre, y la buena voluntad de otros para aceptar la proposición. Santos, aunque declarase que no jugaría, mandó buscar los naipes y los tantos, pero los demás opinaron que siempre faltaba una pierna, y que sin ella el juego no tendría gracia. Santos quiso resistir; no era lindo que la misma noche que el régimen caía o iba a caer, entregase su espíritu a distracciones de sociedad... No pensó esto en voz alta ni baja, sino para sí, y quizá lo leyó en el rostro de su mujer. Hubiera hallado algún pretexto para resistir, si lo hubiese buscado, pero amigos y naipes no se lo dejaron buscar. Acabó aceptando. Probablemente esa era su inclinación íntima. Muchas hay que necesitan ser sacadas a luz como un favor o concesión de la persona. En fin, los bastos y las espadas hicieron aquella noche su oficio, como las mariposas y los ratones, los vientos y las ondas, la luz de las estrellas y el sueño de los ciudadanos. LXVII La noche entera Cuando salió de su casa, Pablo fue a la de un amigo, y ambos salieron a buscar otros de la misma edad e igual intimidad. Fueron a los periódicos, al cuartel del Campo, y pasaron un rato frente a casa de Deodoro. Gustábales ver los soldados, a pie o a caballo, pedían permiso, les hablaban, les ofrecían cigarrillos. Era la única concesión de éstos: ninguno les contó lo que había pasado, y ninguno lo sabría. ¡No importa! iban satisfechos de sí mismos. Pablo era era el más entusiasta y convencido. A los otros valíales la juventud, que es un programa, pero el hijo de Santos tenía aun frescas todas las ideas del nuevo régimen, y poseía otras más, que no veía aceptar; combatiría por ellas. Hasta sentía el deseo de encontrar en la calle alguien que lanzara un grito, ya entonces sedicioso, para romperle la cabeza con el bastón. Obsérvese que había olvidado o perdido el bastón. Si no pegó no fue, sin embargo, por eso: para pegar le bastaba con los brazos y las manos. Propuso que cantaran la Marsellesa, pero los demás no quisieron ir tan lejos, no de miedo, sino por cansados. Pablo, que resistía más que ellos a la fatiga, los invitó a esperar la aurora. -Vamos a esperarla en lo alto de un cerro, o en la playa del Flamenco; mañana tendremos tiempo de dormir. -Yo no puedo -dijo uno. Los demás repitieron la excusa, y resolvieron volverse a sus casas. Era cerca de las dos. Pablo acompañó a todos, y hasta que no dejó al último no regresó a Botafogo. Cuando entró, encontró a la madre que lo aguardaba, inquieta y arrepentida de haberlo dejado salir, Pablo no encontró una disculpa, y riñó a la madre por haberse quedado sin dormir, esperándolo. Natividad confesó que no hubiera tenido sueño antes de saberlo en casa, sano y salvo. Hablaban en voz baja y poco; habiéndose besado antes, besáronse después y se despidieron. -Mira -dijo Natividad, -si encuentras a Pedro despierto, no le cuentes ni le preguntes nada; duérmete, y mañana lo sabremos todo, con más lo que ocurra esta noche. Pablo entró en el cuarto de puntillas. Todavía era aquel amplio cuarto en que los gemelos disputaron a causa de dos viejos grabados, Robespierre y Luís XVI. En aquel momento había algo más que los retratos: una revolución de pocas horas y un gobierno fresco. Obedeciendo al consejo de la madre, Pablo no trató de saber si Pedro dormía, aunque sospechara que no. Efectivamente no dormía. Pedro vio la cautela de Pablo y siguió también el consejo de la madre; fingió no ver nada. Hasta aquí los consejos; pero un poco de orgullo hizo que Pablo tararease entre dientes, muy bajito, para sí, la primera estrofa de la Marsellesa que los amigos no habían querido cantar en la calle.
¡Allons, enfants de la patríe Pedro lo entendió más por el tono que por la letra, y dedujo que la intención del hermano era afligirlo. No era así, pero bien podía ser. Vaciló entre réplica y el silencio, hasta que una idea fantástica le atravesó por el cerebro; tararear quedo también, la segunda parte de la estrofa:
Entendez-vous dans vos campagnes que alude a las tropas extranjeras, pero desviada de su natural sentido histórico, para referirla a las tropas nacionales. Era un desahogo vago y la idea pasó rápidamente: Pedro se contentó con simular la suprema indiferencia del sueño. Pablo no terminó la estrofa; desnudóse agitado, sin apartar el pensamiento del triunfo de sus sueños políticos. No se metió inmediatamente en cama; fue a la del hermano, a ver si dormía. Pedro respiraba tan naturalmente como si no hubiese perdido nada. Tuvo un impulso de despertarlo, gritarle que lo había perdido todo, si es que la institución derribada era algo. Retrocedió a tiempo y fue a meterse entre las sábanas. Ninguno dormía. Mientras llegaba el sueño, pensaban en los acontecimientos de aquel día, sorprendidos ambos de lo fáciles y rápidos que fueron. Después pensaban en el día siguiente y en los efectos ulteriores. No sorprenderá que no arribaran a la misma conclusión. -¿Cómo diablos lo habrán hecho, sin que nadie se diese cuenta? - reflexionaba Pablo. -La cosa podía haber sido más turbulenta. Conspiración hubo, sin duda; pero una barricada no hubiera estado mal. Sea como sea, se ha triunfado. Lo que es preciso es no dejar enfriar el hierro, machacarlo y renovarlo. Deodoro es una hermosa figura. Dicen que la entrada del mariscal al cuartel, y su salida arrastrando a los batallones, fueron espléndidas. Quizá demasiado fáciles... Es que el régimen estaba podrido, y cayó por sí solo... Mientras la cabeza de Pablo formulaba estas ideas, la de Pedro pensaba lo contrario: llamaba crimen al movimiento. -Un crimen y un disparate, además de una ingratitud; el emperador debió tomar a los principales cabecillas y mandarlos ejecutar. Desgraciadamente, las tropas estaban con ellos. ¡Pero no ha terminado todo! Esto es un fuego de paja; dentro de poco se apagará, y volverá a ser lo que antes fue. Yo encontraré doscientos muchachos buenos y resueltos, y desharemos el baile. La apariencia es lo que le da cierto aire de solidez, pero eso no es nada. Ya verán que el emperador no se va de aquí, y que, aunque no quiera, ha de gobernar; o gobernará la hija, o a falta de ésta, el nieto. También él quedó niño y gobernó. Mañana será otra cosa; por ahora todos son flores. Hay también un puñado de hombres... La reticencia final de los discursos de ambos significa que sus ideas iban haciéndose inconexas, nebulosas y repetidas, hasta que se desvanecieron y ellos se durmieron. Durante el sueño cesó la revolución, no hubo monarquía ni república, don Pedro II ni mariscal Deodoro, -nada que oliese a política. Uno y otro soñaron con la hermosa ensenada de Botafogo, un cielo claro, una tarde apacible y una sola persona: Flora. LXVIII De mañana Flora, abrió los ojos de ambos y desvanecióse tan rápidamente que apenas pudieron ver la orla del vestido y oír alguna palabrita dulce y lejana. Miráronse uno a otro sin rencor aparente. El recelo del uno y la esperanza del otro, dieron tregua. Ambos corrieron a los periódicos. Pablo, medio aturdido, temía alguna traición en la madrugada. Pedro tenía una idea vaga de restauración, y esperaba leer en los diarios un decreto imperial de amnistía. Ni traición ni decreto. La esperanza y el temor huyeron de este mundo. LXIX Al piano Mientras ellos soñaban con Flora, esta no soñó con la república. Tuvo una de esas noches en que la imaginación duerme también, sin ojos ni oídos, o cuando mucho, la retina no deja ver claro y los oídos confunden el rumor del arroyo con los latidos de un perro lejano. No puedo dar mejor definición, ni es preciso; todos hemos tenido de esas noches apagadas. Ni siquiera soñó con música, aunque antes hubiera tocado alguna de sus páginas favoritas. No las tocó solamente porque le gustaban, sino también por huir de la consternación de los padres, que era grande. Ninguno de ellos podía creer que las instituciones hubieran caído, que hubiesen nacido otras; que todo hubiera cambiado. Doña Claudia esperaba aun en el día siguiente, preguntaba al marido si había visto bien y qué había visto; él se mordía los labios, hacía bailar la pierna, se levantaba, daba unos pasos, y volvía a relatar los acontecimientos, los boletines pegados a la puerta de las imprentas, la prisión de los ministros, la situación, todo acabado, acabado, acabado... Flora no era extraña a la compasión ni a la esperanza, como ya debes saber; pero no comulgaba con la agitación de sus padres, y se refugió en el piano y en sus músicas. Eligió no sé qué sonata. La música tenía para ella la ventaja de no ser presente, pasado, ni futuro; era algo fuera del tiempo y del espacio, una idealidad pura. Cuando se interrumpía, solía oír alguna frase suelta del padre o de la madre; -...pero como fue qué... -Todo a escondidas. -¿Hubo sangre? A veces alguno hacía un ademán, y ella veía el ademán. El padre, con el alma turbada, hablaba mucho e incoherentemente. La madre demostraba más vigor. A ratos callaba un momento, como si estuviese pensando, al revés del marido que, al callarse, meneaba la cabeza, apretaba los puños o suspiraba, cuando no amenazaba el techo con las manos. -La, la, do, re, sol, re, re, la -iba diciendo el piano de la niña, con estas u otras notas que vibraban para huir de los hombres y sus discusiones. También puede hallarse en la sonata de Flora cierto acuerdo con aquellos momentos. No había gobierno definitivo. El alma de la joven armonizaba con ese primer albor del día o con ese postrer crepúsculo de la tarde -como tú quieras,- en que nada es tan claro o tan obscuro que convida a dejar la causa o a encender la vela. Cuando mucho iba a haber un gobierno provisional. Flora no entendía de fórmulas ni de nombres. La sonata daba la impresión de la falta absoluta de gobierno, la anarquía de la inocencia, en aquel rincón del Paraíso que el hombre perdió por desobediente, y que reconquistará un día, cuando la perfección traiga el orden eterno y único. No habrá entonces progreso ni retroceso, sino estabilidad. El seno de Abraham acogerá todas las cosas y personas, y la vida será el cielo abierto. Era lo que las teclas le decían sin palabras. -Re, re, la, sol, la, la, do... LXX De una conclusión equivocada Los sucesos fueron produciéndose a medida que iban naciendo las flores. Algunas de éstas hubo que sirvieron para el último baile del año. Otras murieron la víspera. Poetas de uno y otro régimen sacaron imágenes de este hecho, para cantar la alegría y la melancolía del mundo. La diferencia es que la segunda sofocaba sus suspiros, mientras la primera llevaba lejos sus piruetas. El metal de los clarines daba otros sonidos que el de las arpas, pero las flores seguían naciendo y muriendo, igual y regularmente. Doña Claudia recogió las rosas del último baile del año, primero de la república, y adornó a su hija con ellas. Flora obedeció y las aceptó. Padre de familia ante todo, Baptista acompañó a su esposa y a su hija al baile. También fue Pablo, por la joven y por el régimen. Sí, en su conversación con el ex presidente de provincia, le dijo todo lo bien que pensaba del Gobierno provisional, no le oyó palabras de acuerdo ni de contestación. No entró más a fondo en la confesión del hombre, porque la niña le atraía, y a él le gustaba más ella que el padre. Flora halló semejanza entre el baile de la Isla Fiscal y aquel, por más que fuera particular y modesto. Este era dado por una persona que venía de los tiempos de la propaganda, y uno de los ministros estuvo, aunque solo medía hora. De ahí la ausencia de Pedro, a pesar de que estuviese invitado. Flora sintió la falta de Pedro, como sintiera la de Pablo en la Isla; tal era la semejanza de ambas fiestas. Las dos se hacían en ausencia de un gemelo. -¿Por qué no ha venido su hermano? Pablo se turbó, pero contestó al cabo de un instante: -Pedro es testarudo, y se ha empeñado en no aceptar la invitación. Cree, naturalmente, que la monarquía se ha llevado con ella el arte de bailar. No le haga usted caso, es un lunático. -¡No diga eso! -¿También usted cree que el baile se ha ido con el emperador? -No, y la prueba es que estamos bailando. No; digo que no le dedique palabras feas -¿Le parece, entonces, que Pedro es un muchacho razonable? -Sin duda; como usted. -Pero... Pablo iba a preguntarle cual de los dos -si tuviera que jurar por el uno o por el otro- le merecería el juramento; pero retrocedió a tiempo. Flora habló entonces del calor, y él opinó que sí, que hacía mucho. Si se hubiera quejado de frío, hubiera afirmado que lo hacía. Flora era también capaz de aceptar todas las opiniones de Pablo. A la verdad, Pablo tenía entonces un aire brillante y petulante, miraba de arriba, convencido de que sus escritos eran los que habían hecho la república, aunque incompleta, sin ciertas ideas que él había expuesto y defendido, y que tendrían que venir un día no lejano. Así iba diciéndoselo a la joven, y ella le escuchaba con placer, sin opinión; era solo el gusto de escucharlo. Cuando el recuerdo de Pedro surgía en la cabeza de la joven, la tristeza empañaba la alegría: pero la alegría vencía en seguida a la otra, y así terminó el baile. Entonces las dos, tristeza y alegría, se recogieron al corazón de Flora, como sus gemelos que eran. El baile terminó. El capítulo es lo que no terminará sin que deje un poco de espacio al que quiera pensar en aquella criatura. Ni el padre ni la madre podían entenderla, los muchachos tampoco, y probablemente, Santos y Natividad menos que nadie. Tú, maestra de amores o alumna de ellos, tú que atiendes a varios, deduces que era... Cuesta poner el nombre del oficio. Si no fuese por la obligación de contar la historia con sus palabras propias, preferiría callarlo; pero ya tu sabes cuál es, y aquí queda. Deduces que Flora era coqueta y deduces mal. Lectora, mejor es negar esto ya que dejarlo al tiempo. Flora no conocía las dulzuras de la coquetería y menos todavía podría llamársela coqueta de oficio. La coqueta de oficio es la planta de las esperanzas y alguna vez de las realidades, si la vocación lo impone y la ocasión lo permite. También es preciso recordar aquello de un publicista hijo de Minas y del otro siglo, que acabó senador y escribía contra los ministros adversos: "El olmo no da peras". No, a Flora no le daba por la coquetería. La prueba es que en el Estado en que vivió algunos meses en 1891, con su padre y su madre, y para el fin que más adelante diré, nadie alcanzó la menor de sus miradas amistosas o siquiera complacientes. Más de un joven perdió el tiempo, tratando de que lo viera y lo atendiera. Más de una corbata, más de un bastón, más de un anteojo le dedicaron sus colores, sus puños y sus cristales, sin obtener otra cosa que una atención cortés y quizás una palabra sin valor. Flora sólo se acordaba de los gemelos. Si ninguno de ellos la olvidó, ella tampoco los perdió de la memoria. Al contrario, escribía por todos los correos a Natividad, para que ambos la recordaran. Las cartas hablaban poco de la tierra o de la gente y no decían ni mal ni bien, usaban mucho de la palabra audaces, que cada uno de los gemelos se adjudicaba a sí mismo. También ellos le escribían en las cartas que enviaban a doña Claudia y a Baptista, con la misma intención doble y misteriosa, que ella entendía perfectamente. Tales eran de lejos, ella y ellos. La vieja riña que los desunía en la vida, continuaba desuniéndolos en el amor. Podían amar cada uno a su novia, casarse con ella y tener sus hijos; pero preferían amar a la misma y no ver el mundo por otros ojos, ni oír mejor palabra, ni distinta música, antes, durante y después de la comisión de Baptista. LXXI La comisión -¡Vaya! se me escapó la palabra. Sí, fue una comisión encomendada al padre, y de la que no sé nada, ni ella tampoco. Asunto reservado. Flora la llamaba comisión del infierno. El padre, sin ir tan al fondo, coincidía mentalmente con ella; verbalmente desmentía la definición. -¡No digas eso, Flora! es una comisión de confianza, para fines noblemente políticos. -Creo que sí; pero de ahí a saber su objeto especial y real va mucho espacio. Tampoco se sabe cómo fue a parar a manos de Baptista aquel encargo del gobierno. Se sabe que él no desdeñó la elección cuando un amigo íntimo corrió a llamarlo al palacio del generalísimo. Vio que aquello era reconocerle mucha destreza y capacidad para el trabajo. No es menos cierto, sin embargo, que la comisión comenzaba a fastidiarlo, aunque en la correspondencia oficial dijese precisamente lo contrario. Si esos papeles descubrieran siempre el corazón de las personas, Baptista, cuyas instrucciones eran de concordia, parecía querer llevar dicha concordia a sangre y fuego; pero el estilo no es el hombre. El corazón de Baptista se cerraba cuando escribía, y dejaba ir adelante la mano, apretando la llave del corazón. -¡Ya es hora -suspiraba el músculo; -ya es hora de un puesto de gobernador! En cuanto a doña Claudia, no quería que terminase la comisión que devolvía a su esposo a la acción política; sólo le faltaba una cosa: oposición. Aquel gusto de leer todas las mañanas las injurias de los adversarios, de leerlas y releerlas, con sus nombres feos como látigos de muchas puntas que le desgarraban las carnes y la excitaban al propio tiempo, ese placer no le era procurado por la comisión reservada. Al contrario, había una especie de connivencia para hallar al comisionado justo, equitativo y conciliador, digno de admiración, tipo de civismo, carácter sin mancha. También antes había conocido todo esto; pero para encontrarle sabor le era siempre preciso que llegase mezclado con burlas y calumnias. Sin ellas era agua insípida. Tampoco tenía aquella parte de ceremonias a que obligase el alto cargo; pero no le faltaba atenciones, y eso ya era algo. LXXII El regreso Cuando el mariscal Deodoro disolvió el congreso nacional, el 3 de noviembre, Baptista se acordó a tiempo de los manifiestos liberales, y quiso hacer uno. Llegó a comenzarlo, en secreto, empleando las frases hermosas que sabía de memoria, citas latinas, dos o tres apóstrofes. Doña Claudia lo detuvo al borde del abismo, con razones claras y robustas. Ante todo, el golpe de Estado podía ser un beneficio. Muchas veces se sirve a la libertad, haciendo como que se la sofoca. Además, el mismo hombre que la había proclamado era quien invitaba entonces a la nación a decir lo que quería, y a corregir la constitución, salvo en sus partes esenciales. La palabra del generalísimo, como su espada, bastaba para defender y consumar la obra comenzada. Doña Claudia no tenía estilo propio, pero sabía comunicar el calor del discurso al corazón de un hombre de buena voluntad. Baptista, después de escucharla y de pensar, le golpeó el hombro imperativamente: -¡Tienes razón, hija! No rompió el papel escrito; quería conservarlo como simple recuerdo, y la prueba es que iba a escribir una carta al presidente. Doña Claudia le sacó también esta idea de la cabeza. No era necesario mandarle su sufragio; bastaba con conservarse en la comisión. -¡No está el Gobierno satisfecho de ti! -Lo está. -Pues viendo que te quedas, comprenderá que lo apruebas todo, y eso basta. -Sí, Claudia -afirmó Baptista después de un instante. -Cualquier cosa que escribiese contra la asamblea sediciosa que el presidente acaba de disolver, ¡parecería falta de compasión! ¡Paz a los muertos! ¡Tienes razón, hija! Quedóse callado, operando, fiel a las instrucciones que había recibido. Veinte días después el mariscal Deodoro pasaba el gobierno al mariscal Floriano, el congreso era restablecido y anulados todos los decretos del día 3. Al saber estos hechos Baptista se quería morir. Quedóse un rato sin habla, y doña Claudia no halló la menor partícula de ánimo que infundirle. Nadie había contado con la rápida marcha de los acontecimientos, unos sobre otros, tan atropelladamente que parecían una bandada de fugitivos. Veinte días apenas; veinte días de fuerza y tranquilidad, esperanzas y gran futuro. Un día más, y todo se vino abajo como casa vieja. Baptista comprendió entonces su error al dar oídos a su esposa. Si hubiese terminado y publicado el manifiesto el 4 o el 5, se hallaría con un documento de resistencia en la mano, para reivindicar un puesto de honor cualquiera, o sólo la estimación aunque más no fuese. Releyó el documento; llegó a pensar en imprimirlo, aunque estuviese incompleto. Tenía conceptos buenos, como este: "El día de la opresión es la víspera de la libertad." Citaba a la hermosa Roland dirigiéndose a la guillotina: "¡Oh, libertad! ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!" Doña Claudia le hizo ver que ya era tarde y convino en ello. -¡Sí, ya es tarde. Pero aquel día no era tarde; llegaba en su hora oportuna, para el efecto seguro.! Baptista arrugó el papel distraídamente; después lo estiró y lo guardó. En seguida hizo un examen de conciencia, profundo y sincero. No debía haber cedido; la resistencia era lo mejor; si hubiese resistido a las palabras de la mujer, su situación sería muy distinta, Se auscultó, halló que sí, que muy bien podía haberse tapado los oídos, y seguido adelante. Insistió mucho en este punto. Si pudiera, haría volver atrás el tiempo, y mostraría cómo el alma escoge por sí misma el mejor de los partidos. No era preciso saber nada de lo sucedido anteriormente; la conciencia le decía que en situación idéntica a la del día 3 haría otra cosa... ¡Oh, seguramente! ¡haría algo muy distinto., y cambiaría su suerte! Un oficio o un telegrama fue a arrancar a Baptista la comisión política y reservada. El regreso a Río Janeiro fue rápido y triste, sin los epítetos con que se había regalado durante algunos meses, ni acompañamiento de amigos. Sólo una persona iba alegre, la hija, que todas las noches había rezado por la terminación de aquel destierro. -Parece que estás contenta con el desastre de tu padre -le dijo la madre a bordo. -¡No, mamá! me alegro de ver que se acabó este aburrimiento. Papá puede perfectamente hacer política en Río de Janeiro, donde se le aprecia tanto. Ya verá usted. Yo en lugar de papá, en cuando desembarcase iría a ver al mariscal y explicárselo todo, mostrarle las instrucciones y decirle lo que ha hecho; le diría además que el retiro había llegado muy a propósito, para no parecer despechada. Luego le pediría en qué ocuparme allí mismo... Doña Claudia, a pesar de lo amargo de los tiempos, vio con satisfacción que su hija pensara y diera consejos en política. No advirtió, como lo hace el lector, que el espíritu del discurso de la joven era no salir de la capital, hacer allí mismo su congreso, que en breve sería una sola asamblea legislativa, como en Río Grande del Sur, pero ¿a cuál de las cámaras, Pedro o Pablo, tocaría ese único poder político? He ahí lo que ella misma no sabía. Ambos se le presentaron a bordo, en cuanto el paquete entró en el puerto de Río de Janeiro. No fueron en dos botes, sino en uno mismo, y saltaron con tal rapidez a la escalera que estuvieron a punto de caerse al mar. Quizá fuese éste el mejor desenlace del libro. De todos modos, no acaba mal el capítulo, porque la razón de la rapidez con que saltaron fue la ambición de ser el primero en saludar a la joven; competencia de amor, que una vez más los igualó en el alma de Flora. En fin llegaron y no consta cuál la saludó efectivamente primero; puede que los dos. LXXIII Un El Dorado En el muelle Babroux los aguardaban tres carruajes, dos cupés y un landó, con tres hermosas yuntas de caballos. La familia Baptista quedó lisonjeada con la atención de la familia Santos, y entró en el landó. Los gemelos siguieron cada cual en su cupé. El primer carruaje tenía su cochero y su lacayo, con librea color castaño, botones de metal blanco, en que podían verse las armas de la casa. Cada uno de los otros dos tenía apenas cochero, con igual librea. Los tres echaron a andar, éstos atrás de aquél; los animales pisando fuerte y acompasadamente, con golpe seguro, cual si hubiesen ensayado, durante largos días, aquella recepción. De cuando en cuando encontraban otros carruajes, otras libreas, otras yuntas, la misma belleza, el mismo lujo. La capital ofreció a los recién llegados un espectáculo magnífico. Se vivía con los restos de aquel deslumbramiento y agitación, epopeya de oro de la ciudad y del mundo, porque la impresión total es que el mundo entero era así también. Quien no vio aquello no ha visto nada. Cascadas de ideas, de invenciones, de concesiones, rodaban todos los días, sonoras y vistosas, para convertirse en contos de reis, en centenares de contos, millares, millares de millares, millares de millares de millones de contos de reis. Todos los papeles, o si se quiere acciones, salían frescos y eternos de la imprenta. Eran ferrocarriles, bancos, fábricas, minas, astilleros, navegación, edificación, exportación, importación, carnes conservadas, empréstitos, todas las uniones, todas las regiones, todo lo que significan esos nombres y muchos más que se me olvidan. Todo andaba por calles y plazas, con estatutos, organizadores y listas. Grandes letras llenaban los periódicos; los títulos se sucedían sin repetirse, pocos morían, y sólo moría el qué era flojo, y al principio ninguno era flojo. Cada acción aparecía con vida intensa y liberal, algunas veces inmortal, que se multiplicaba con aquella otra vida con que el alma acoge las religiones nuevas. Nacían las acciones a precio elevado, más numerosas que los antiguos hijos de la esclavitud y con dividendos infinitos. Personas de aquel tiempo, queriendo describir su riqueza, dicen que el dinero brotaba del suelo, pero no es verdad. Cuando mucho, caía del cielo. Cándido y Cacambo... ¡Ay, pobre Cacambo nuestro! Debes saber que tal es el nombre del indio que Basilida Gama cantó en el Uruguay. Voltaire se apoderó de él para ponerlo en su libro, y la ironía del filósofo venció a la dulzura del poeta. ¡Pobre José Basilio! Tenías en tu contra el asunto estrecho y la lengua aislada. Felizmente, el grande hombre no te arrebató Lindoya, pero Cacambo es suyo, más suyo que tuyo, compatriota de mi alma! Cándido y Cacambo, iba a decir, al entrar en El Dorado vieron, según cuenta Voltaire, niñitos jugando en la calle con rodajas de oro, esmeraldas y rubíes; recogieron algunas, y en la primer fonda en que comieron, quisieron pagar la comida con dos de ellos. Ya sabes que el fondero se rió a mandíbula batiente, sea porque querían pagarle con piedras del pavimento, sea porque allí nadie pagaba lo que comía; el gobierno era el que lo pagaba todo. Esa hilaridad del posadero, y la liberalidad atribuida al Estado, fue lo que hizo creer en iguales fenómenos ante nosotros; pero todo es mentira. Lo que parece verdad es que nuestros carruajes brotaban del suelo. Por la tarde, cuando un centenar de ellos iba a ponerse en fila en el paseo de San Francisco de Paula, a la espera de las personas, era un gusto subir la calle de Ouvidor, detenerse y contemplarlos. Las yuntas deslumbraban a la gente; todas parecían salir de las rapsodias de Homero, aunque fuesen corceles de paz. Los carruajes también. Juno, seguramente, los había atalajado con correas de oro, frenos de oro, riendas de oro, todo de oro incorruptible. Pero ni ella ni Minerva entraban en los vehículos de oro para los fines de la guerra contra Ilión. Todo allí respiraba paz. Cocheros y lacayos, afeitados y graves, aguardaban tiesos y compuestos, dando hermosa idea del oficio. Ninguno aguardaba al patrón echado en el interior del coche, con las piernas afuera. Daban la impresión de una disciplina rígida y elegante, aprendida en alta escuela y conservada por la dignidad del individuo. ¡Casos hay -escribía nuestro Ayres,- en que la impasibilidad del cochero en el pescante contrasta con la agitación del dueño en el interior del carruaje, haciendo creer que el patrón, de aburrimiento, ha subido al pescante y lleva a pasear al cochero! LXXIV La alusión del texto Antes de continuar es necesario decir que nuestro Ayres no se refería vagamente o de un modo general a algunas personas, sino a una sola persona en particular. Llamábase entonces Nóbrega; en otro tiempo no se llamaba nada, era aquel simple hermano de las ánimas a quien encontró Natividad en la calle de San José, esquina a la de la Misericordia. No habrás olvidado que la reciente madre echó un billete de dos mil reis en el platillo del postulante. El billete era nuevo y hermoso; pasó del platillo al bolsillo, en el fondo de un zaguán, no sin combate. -Pocos meses después, Nóbrega abandonó las ánimas a sí mismas, y fue a otros purgatorios para los cuales encontró otras sotanas, otros platillos, y por último, otros billetes, limosnas de piedad feliz. Quiero decir que se dedicó a otras carreras. Al poco tiempo salió de la ciudad y no se sabe si también del país. Cuando volvió llevaba unos cuantos pares de contos de reis, que la fortuna dobló, redobló y cuadruplicó. Por último, amaneció la época de las grandezas. Esta fue la gran sotana, el gran platillo, la gran limosna, el gran purgatorio. ¿Quién conocía ya al hermano de las ánimas? Aquel hombre se había perdido en la obscuridad y la muerte. Él era otro; sus facciones no eran las mismas, sino las que el tiempo le fue componiendo y mejorando. Si el gran platillo o cualquiera de los otros recibió billetes que tuviesen el mismo destino del primero, cosa es que no se sabe; pero sí posible. Por ese tiempo, Ayres lo vio de coche, casi saliéndose por la portezuela, saludando mucho, mirándolo todo. Como el cochero y el lacayo (creo que eran escoceses) salvaban la dignidad de la casa, Ayres hizo la observación del fin del otro capítulo, sin ninguna intención general. Aunque ya no encontrase ningún antiguo conocido, Nóbrega tenía miedo de volver al barrio en que anduvo pidiendo para las primeras ánimas. Pero un día fueron tales sus añoranzas, que afrontó el peligro y fue. Sentía cosquillas por mirar las calles y las personas, recordaba las casas y las tiendas, un barbero, los edificios de altos con escaleras de madera en que aparecían tales y tales muchacha... Cuando ya iba a ceder tuvo miedo otra vez, y tomó para otro lado. Sólo pasaba en carruaje; después quiso verlo todo a pie, despacio, y reviviendo lo desaparecido. Fue a pie; bajó por la calle de San José, dobló la de la Misericordia, fue a parar a la playa de Santa Lucía, volvió por la calle de Don Manuel, anduvo de callejuela en callejuela. Al principio miraba de rabo de ojo, rápidamente, con la vista en el suelo. Aquí veía la tienda del barbero; pero el barbero era otro. De las casas con escalera de madera también salían muchachas, viejas y niñas, y ninguna era la misma. Nóbrega se fue animando, y encarando con todo. Quizás esta vieja fuese joven hace veinte años; la joven quizá fuese niña de pechos, y ahora da el suyo a otra criatura. Nóbrega acabó deteniéndose y andando lentamente. Volvió varias veces. Sólo las casas, que eran las mismas, parecían reconocerlo, y algunas casi le hablaban. No es poesía. El expostulante sentía la necesidad de ser conocido por las piedras, oírse admirar por ellas, contarles su vida, obligarlas a comparar el modesto de antes con el lucido de hoy, y escucharles las palabras mudas: -¡Miren, hermanas, es él mismo! Pasaba frente a ellas, las miraba, las interrogaba, casi reía con ellas, deseaba tocarlas para sacudirlas con fuerza: -¡Hablen, diablos, hablen! No confiaría a otro hombre aquel pasado; pero a las paredes mudas, las escalinatas viejas, las puertas agrietadas, los faroles amigos, si aun quedaban, a todo lo que fuese discreto, quería darle ojos, oídos y boca, una boca que sólo él oyese, y que proclamara la prosperidad del ex mendigante. Una vez vio la Iglesia de San José abierta, y entró. Era la misma; aquí están los altares, aquí la soledad, aquí el silencio. Se persignó, pero no rezó; miraba a uno y otro lado, dirigiéndose al altar mayor. Tenía miedo de ver aparecer al sacristán, podía ser el mismo y reconocerlo. Oyó pasos, retrocedió apresuradamente, y salió. Al subir por la calle de San José, arrimóse a la pared, para dejar pasar un carro. El carro subió a la acera, y él se refugió en un zaguán. El zaguán podía ser cualquiera, pero era el mismo en que hizo la operación al billete de dos mil reis de Natividad. Miró bien: era el mismo. Al fondo habla tres o cuatro escalones de la primera escalera que doblaba a la Izquierda y se unía a la grande. Sonrióse de la casualidad, revivió un instante aquella mañana, vio en el aire el billete de dos mil reis. Otros habían llegado a sus manos de manera igualmente fáciles; pero nunca olvidó aquella graciosa obra grabada con tantos símbolos, números, fechas y promesas, entregado por una señora desconocida, sabe Dios si por la misma Santa Rita de Casia. Esta era su devoción especial. Verdad que cambió el billete y lo gastó; pero sus partes dispersas no fueron sino a llevar a otros billetes una invitación para el bolsillo del dueño, y todos acudieron a montones, obedientes y silenciosos para que no se les oyera crecer. Por más que mirara hacia atrás en la vida, no hallaba un obsequio igual del cielo o si se quiere del infierno. Si más tarde se le fueron los ojos tras de alguna joya, no se le fueron las manos. Había aprendido a respetar lo ajeno, o ganado con qué comprarlo. El billete de dos mil reis... Un día, atreviéndose a más, lo llamó presente de Nuestro Señor. No, lector, no me sorprendes en contradicción. Ya sé que al principio, el hermano de las ánimas atribuía el billete al placer que la dama llevaría de alguna aventura. Todavía recuerdo sus palabras: -¡Esas dos han visto el pajarito verde! Pero si entonces atribuía el billete a la protección de la santa, no mentía, ni entonces, ni antes. Era difícil acertar con la verdad. La única verdad segura eran los dos mil reis. Ni aun puede decirse que fueran los mismos en ambas épocas. Antes, el billete de dos mil reis equivalía por lo menos a veinte (recuerda los zapatos viejos del individuo), entonces no pasaba de una propina de cochero. Tampoco hay contradicción en poner a la santa entonces y a la enamorada antes. Era más natural lo contrario, cuando mayor su intimidad con la iglesia. Pero lector de mis pecados, ya se amaba mucho en 1871, como se amaba en 1861, 1851 y 1841, no menos que en 1881, 1891 y 1901. El siglo dirá lo demás. Y luego es preciso no olvidar que la opinión del hermano de las ánimas acerca de Natividad, fue anterior a lo del zaguán, cuando se metió el billete en la faltriquera. Es dudoso que después de esto su opinión siguiese siendo la misma. LXXV Proverbio equivocado Una persona a quien leí confidencialmente el capítulo anterior, me escribe diciendo que la causa de todo fue la mulata del Castillo. Sin las dos predicciones grandiosas, la limosna de Natividad hubiera sido mínima o ninguna, y el ademán del zaguán no se hubiese producido por falta de billete. "La ocasión hace al ladrón" -termina mi corresponsal. La consecuencia no está mal. Pero hay en ella un poco de injusticia u olvido, porque las razones del hecho del zaguán fueron todas piadosas. Además, el proverbio puede estar equivocado. Una de las afirmaciones de Ayres, a quien también le gustaba estudiar adagios, es la de que éste no era cierto. -La ocasión no es la que hace al ladrón- decía; -el proverbio está equivocado. Su forma exacta debe ser esta: "La ocasión hace el robo; el ladrón nace hecho".
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