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Capítulos LXXVI al Final

LXXVI

¡Quizá fuese la misma!

Nóbrega salió por fin del zaguán; pero se vio obligado a detenerse, porque una mujer le tendía la mano.

-¡Mi señor! ¡Una limosna por amor de Dios!

Nóbrega metió la mano en el bolsillo del chaleco y sacó un níquel de dos que llevaba allí, uno de un tostón y el otro de dos. Tomó el primero; pero al ir a darlo cambió de idea; no dio el níquel; dijo a la vieja que esperase, y entróse más en el zaguán. De lado a la calle, introdujo la mano en el bolsillo de los pantalones y sacó un fajo de billetes; buscó y encontró uno de dos mil reis, no nuevo, sino viejo, tan viejo como la mendiga que lo recibió asombrada; pero ya tú sabes que el dinero no pierde con la vejez.

-Tome -murmuró Nóbrega.

Cuando la mendiga volvió de su asombro, Nóbrega acababa de volver a meterse el dinero en el bolsillo y trataba de salir. Lo que le dijo entonces la mendiga, salió empapado en lágrimas.

-¡Mi señor! ¡muchísimas gracias, mi señor! Dios se lo pague y la Virgen Santísima....

Y besaba el billete y quería besar la mano que le había dado la limosna; pero Nóbrega la escondió como en el Evangelio, murmurando que no, que se marchara. A decir verdad, las palabras de la mendiga tenían un sonido casi místico, una especie de melodía del cielo, un coro de ángeles, y hacía bien mirarle los ojos rodeados de arrugas, la mano trémula apretando el billete. Nóbrega no aguardó a que se fuese; salió, bajó a la calle, con las bendiciones de la vieja tras él, dobló la esquina con paso rápido, y siguió pensando no se sabe en qué.

Atravesó la plaza, pasó la catedral y la iglesia del Carmen, y llegó al Carceller, donde entregó las botas a un italiano para que se las lustrara. Mentalmente miraba para arriba o para abajo, para la derecha o para la izquierda -en todo caso allá á lo lejos, -y acabó murmurando esta frase, que tanto podía referirse a la plata como a la mendiga.

-¡Quizá fuera la misma!

Ningún obsequio, por ínfimo que sea, se olvida al beneficiado. Hay excepciones. También hay casos en que el recuerdo del obsequio aflige, persigue y punza, corno los mosquitos; pero esa no es la regla. La regla es conservarlos en la memoria. como las joyas en sus estuches; comparación justa, porque el obsequio suele ser alguna joya que el obsequiado se olvidó de restituir.

LXXVII

Hospitalidad

La familia Baptista fue alojada en casa de Santos. Natividad no pudo ir a bordo y su marido estaba ocupado en "lanzar una compañía"; enviaron recado con sus hijos, diciéndoles que en la casa de Botafogo tenían ya sus habitaciones preparadas. En cuanto echó a andar el carruaje, Baptista confesó que iba a estar incómodo algunos días.

-En una pensión hubiera sido mejor, hasta que desocupen la casa de San Clemente.

-¡Qué quieres! No ha habido más remedio que aceptar -exclamó la mujer.

Flora no dijo nada; pero sentía lo contrario que el padre y la madre.

Pensar, no pensó; iba tan aturdida con el encuentro de los jóvenes, que las ideas no se ensartaban en la forma lógica del pensamiento. La misma sensación no era muy clara. Era una mezcla de algo opresivo y algo delicioso, turbio y claro, una felicidad truncada, una aflicción consoladora, y todo lo demás que puedas hallar en el capítulo de las contradicciones. Yo no le pongo nada más. Ni Flora misma sabría decir lo que sentía. Tuvo alucinaciones extraordinarias.

Ahora, lo que es preciso decir es que la idea de hospitalidad toca por entero a los dos jóvenes doctores. Que ambos eran ya doctores, aunque todavía no hubiesen iniciado la carrera de abogado ni de médico.

Vivían del amor de la madre y del bolsillo del padre, inagotables ambos. El padre se hizo el sordo; pero los gemelos insistieron en esa atención, hasta el punto de que la madre, contenta al verlos de acuerdo, salió de su silencio y los apoyó. La idea de tener a la niña a su lado durante algunos días y descubrir cuál era el mejor acogido y el que la amaba de veras, puede que influyera también en la adopción del voto; pero no afirmo nada a ese respecto. Tampoco aseguro que tuviese gran gusto en agasajar a la madre y al padre de Flora. No obstante, el encuentro fue cordial de una y otra parte. Aquello fue un abrazar, un besar, un preguntar, un cambiar caricias que no acababa nunca. Todos estaban más gruesos, con otro color, con otro aire. Flora era un encanto para Natividad y Perpetua; ninguna sabía dónde iría a parar joven tan señoril, tan esbelta, tan....

-No oigan lo demás -interrumpió la joven sonriendo; -yo tengo la misma opinión.

Santos los recibió por la tarde con la misma cordialidad, quizá menos visible; pero todo se disculpa a los que están metidos en grandes negocios.

-¡Una idea sublime! -dijo al padre de Flora. La que lancé hoy es de las mejores, y las acciones valen ya oro. Se trata de lanas, y comenzaremos por la cría de ovejas en los campos de Panamá. ¡Dentro de cinco años podremos vestir a América y Europa! ¿Ha visto usted el programa en los periódicos?

-No; no leo los periódicos de aquí desde que nos embarcamos.

-¡Pues ya lo verá!

Al día siguiente, antes de almorzar, mostró a su huésped el programa y los estatutos. Las acciones eran cantidades, y Santos iba diciendo el valor de cada una. Baptista sumaba mal, generalmente; aquella vez sumó peor. Pero los números crecían a simple vista, se trepaban unos sobre otros, llenaban el espacio desde el suelo hasta las ventanas, y se precipitaban sobre ellas abajo, con un rumor de oro que ensordecía. Baptista salió de allí fascinado, y fue a contárselo todo a su mujer.

LXXVIII

Visita al mariscal

Cuando acabó, doña Claudia le preguntó con sencillez:

-¿Vas hoy a ver al mariscal?

Baptista, volviendo en sí, contestó:

-Naturalmente.

Habían convenido que iría a ver al presidente de la República, explicarle la comisión que había desempeñado, completamente reservada, pero sin embargo imparcial. Hablaría del espíritu de concordia con que marchó, y de la estimación que conquistó. En seguida hablaría de la conveniencia de un gobierno que, por la fortaleza y por la libertad superase al del generalísimo, y una frase final bien estudiada.

-Eso en la oportunidad –dijo Baptista.

-No, llevarla hecha es mejor. A mi me parece que esta es buena: "¡Crea vuecencia que Dios está con los fuertes y los buenos!"

-Sí, no es mala.

-Puedes agregar un ademán señalando el cielo.

-Eso sí que no. Ya sabes que no me da por los ademanes. No soy actor. Yo, sin mover un pie, inspiro respeto.

Doña Claudia perdonó el ademán; no era esencial. Quiso que escribiese la frase, pero ya la sabía.

Baptista tenía buena memoria.

Aquel mismo día Baptista fue a ver al mariscal Floriano. No dijo nada a los de la casa; ya le contaría todo al regreso. Doña Claudia calló también: era por poco tiempo. Quedó esperando ansiosa. Esperó dos horas mortales, llegó hasta imaginar que hubieran encarcelado a su marido, por intrigas. No era devota, pero el miedo inspira devoción, y rezó para sí. Por fin llegó Baptista. Corrió a recibirlo alborozada, estrechóle la mano, y ambos se retiraron a su aposento. Perpetua (¡mira lo que son los testimonios personales en la historia!) , Perpetua exclamó enternecida:

-¡Parecen dos palomas!

Baptista contó que la recepción había sido mejor de lo que esperaba, aunque el mariscal no le dijese nada; lo había escuchado con interés.

¿La frase? La frase salió bien, apenas con una enmienda. No estando seguro de que el mariscal prefiriera los buenos a los fuertes o los fuertes a los buenos...

-Debían ser las dos palabras -interrumpió la mujer.

-Sí; pero se me ocurrió emplear una tercera: "¡Crea vuecencia que Dios está con los dignos.!"

Efectivamente, la última palabra podía abarcar las dos, y tenía la ventaja de dar a la frase un redondeo personal suyo.

-Pero el mariscal ¿qué dijo?

-No dijo nada; me escuchó con atención obsequiosa, y llegó hasta sonreír; una sonrisa leve, una sonrisa de acuerdo...

-O sería... ¡Quién sabe!... Tú no te has manejado bien. A mí me hubiera dicho algo. ¿Se lo expusiste todo como habíamos convenido?

-Todo.

-Las causas de la comisión, tu desempeño, nuestra moderación...

-Todo, Claudia.

-¿Y cómo fue el apretón de manos del mariscal?

-Al principio no me tendió la mano; hizo una inclinación de cabeza; pero yo tendí la mía, diciendo: "¡Siempre a las órdenes de vuecencia!"

-¿Y él?

-Él me apretó la mano.

-¿Te la apretó bien?

-Ya comprendes que no podía ser un apretón de amigo; pero me parece que fue cordial.

-Y ¿no agregó alguna palabra? Un "páselo usted bien", por lo menos.

-No, ni era preciso; le hice una cortesía y salí.

Doña Claudia se quedó pensando. La recepción no le pareció mala, pero podía haber sido mejor.

Si ella hubiese ido, hubiera sido mucho mejor.

LXXIX

Fusión, difusión, confusión...

Más atrás hablé de las alucinaciones de Flora. Realmente eran extraordinarias.

En el camino, después del desembarco, aunque viera a los gemelos separados y solos, cada uno en su cupé, creyó que los oía hablar; primera parte de la alucinación. Segunda parte: las dos voces se confundían, tan iguales eran, y acabaron siendo una sola. Al fin la imaginación hizo de los dos jóvenes una persona única.

No creo que este fenómeno pueda ser común. Al contrario; no faltará quien no me crea absolutamente y suponga pura invención lo que es la purísima verdad. Ahora bueno es saber que durante la comisión del padre, Flora oyó más de una vez las dos voces que se fundían en una misma voz, en una misma criatura. En la casa de Botafogo se repetía el fenómeno. Cuando oía a los dos, sin verlos, la imaginación acababa la fusión del oído con la vista, y un solo hombre le decía palabras extraordinarias.

Todo esto no es menos extraordinario de acuerdo. Si yo consultase mi gusto, ni los dos muchachos formarían uno solo, ni la joven sería una sola doncella. Corregiría a la Naturaleza, duplicando a Flora.

Como no puede ser así, consiento en la unificación de Pedro y Pablo.

Y este efecto de visión se repetía junto a ellos, lo mismo que en la ausencia, cuando Flora olvidaba el lugar y soltaba las riendas a su imaginación.

Al piano, en la conversación, de paseo por el jardín, a la mesa, tenía de esas repentinas y breves visiones, de las que ella misma se sonreía en un principio.

Si alguien quisiera explicar este fenómeno por la ley de la herencia, suponiendo que fuera la forma efectiva de la variación política de la madre de Flora, no hallaría apoyo en mí, y creo que en nadie. Son cosas muy distintas. Ya conoces los motivos de doña Claudia; la hija tendría otros que no sabía ella misma. El único punto de semejanza es que, tanto en la madre como en la hija, el fenómeno era ya entonces más frecuente; pero, respecto a la primera, ocurría por el atropellamiento de los acontecimientos exteriores. Ninguna revolución se hace como el simple paso de una sala a otra; las mismas revoluciones llamadas de palacio producen alguna agitación que dura algún tiempo, hasta que el agua vuelve a su nivel. Doña Claudia cedía a la inquietud de los tiempos.

La hija obedecería a otra causa cualquiera, que no podía descubrirse entonces, ni siquiera entenderse. Era un espectáculo misterioso, vago, obscuro, en que las figuras visibles se hacían impalpables, lo doble único, una fusión, una confusión, una difusión...

LXXX

Transfusión, en fin

Una transfusión, todo lo que pudiera definir mejor, por la repetición y graduación de las formas y de los estados, aquel particular fenómeno, puedes emplearlo en el otro o en este capítulo.

Dicho fenómeno, preciso es decir también, que Flora, en un principio, le hallaba gracia. Miento: en los primeros tiempos, como estaba lejos, no le halló nada; después sintió una especie de susto o vértigo; pero en seguida que se acostumbró a pasar de dos a uno y de uno a dos, parecióle graciosa la alternativa, y hasta llegaba a evocarla con el propósito de divertir la vista. Al fin, ni aun esto era preciso, el cambio se hacía por sí mismo. Unas veces era más lento que otras, algunas instantáneo. No eran tan frecuentes que confinasen con el delirio. En fin, Flora se fue acostumbrando y deleitando.

Una que otra vez, en cama, antes de dormirse, se repetía el fenómeno, después de mucha resistencia por parte de la joven que no quería perder el sueño. Pero el sueño acudía, y el sueño completaba la vigilia. Flora paseábase entonces del brazo del mismo mancebo amado, Pablo si no Pedro, y ambos iban a admirar estrellas y montañas, o el mar que suspiraba o rugía, y las flores y las ruinas. No era raro que quedaran los dos a solas, ante un pedazo de cielo, iluminado por la luna o todo claveteado de estrellas como un paño azul obscuro. Supón que fuera en la ventana; de fuera llegaba la dulce cántiga de los vientos mansos; un gran espejo pendiente de la pared reproducía las figuras de ambos, confirmando las imaginaciones de Flora. Como era un sueño, la imaginación presentaba espectáculos desconocidos, tales y tantos que no podía creerse que para ellos bastase el espacio de una noche. Y bastaba. Y sobraba. Sucedía que Flora se despertaba de repente, perdía el cuadro y la imagen, convencíase de que todo era ilusión, y entonces rara vez volvía a dormirse. Si era temprano, se levantaba, andaba, se fatigaba, hasta dormirse de nuevo y soñar en otra cosa.

Otras veces la visión quedaba sin el sueño, y ante ella una sola figura esbelta, con la misma voz enamorada, el mismo ademán suplicante.

Una noche yendo a echarle los brazos sobre los hombros, con el fin inconsciente de cruzar los dedos detrás del cuello, la realidad, aunque ausente, reclamó sus fueros, y el único joven se dividió en las dos personas semejantes.

La diferencia dio a las dos visiones de cuando despierta tal sello de fantasmagoría, que Flora tuvo miedo y pensó en el Diablo.

LXXXI

¡Ay, dos almas...

Vamos, Flora, ayúdame citando algo, verso o prosa, que exprese tu situación. Cita a Goethe, amiga mía, cita un verso del Fausto, adecuado a la circunstancia:

¡Ay, dos almas en mi seno moran!

La madre de los gemelos, la hermosa Natividad, podía haberlos citado también, antes que ellos nacieran, cuando los sentía luchando dentro de sí misma.

¡Ay, dos almas en mi seno moran!

En esto se parecen las dos; una los concibió otra los recogió. Ahora, cómo se hace o se hará la elección de Flora, ni el mismo Mefistófeles lo explicaría de un modo claro y preciso. El verso basta:

¡Ay, dos almas en mi seno moran!

Quizás aquel viejo Plácido que dejamos en las primeras páginas, deslindara éstas otras. Doctor en materias obscuras y complicadas, sabía muy bien el valor de los números, la significación de los gestos tanto visibles cuanto invisibles, la estadística de la eternidad, la divisibilidad de lo infinito. Ya había muerto hacia algunos años. Recordarás que, consultado por el padre de Pedro y Pablo, acerca de la hostilidad original de los gemelos, la explicó inmediatamente. Murió en su oficio; explicaba a tres nuevos discípulos la correspondencia de las letras vocales con los sentidos del hombre, cuando cayó de bruces y espiró.

Ya entonces los adversarios de Plácido -que los tenía hasta en su misma secta,- afirmaban que se había desviado de la doctrina, y que, naturalmente, se había enloquecido. Santos nunca se dejó llevar por esos divergentes de la causa común, que acabaron por formar otra iglesia en otro barrio, donde predicaban que la correspondencia exacta no era entre las vocales y los sentidos, sino entre los sentidos y las vocales. Esta otra fórmula, que pareció más clara, hizo que muchos discípulos de la primera hora acompañasen a los de la última, y que hoy proclamen, como conclusión final, que el hombre es un alfabeto de sensaciones.

Vencieron estos, y pocos quedaron fieles a la doctrina del viejo Plácido. Evocado algún tiempo después de su muerte, proclamó una vez más su fórmula como la única de las únicas y excomulgó a cuantos predicaran lo contrario. Pero los disidentes ya lo habían excomulgado también, declarando abominable su memoria, con ese odio rudo que suele fortalecer al hombre contra la debilidad de la compasión.

Puede que el viejo Plácido resolviera el problema en cinco minutos.

Pero para eso era menester evocarlo, y el discípulo Santos estaba entonces ocupadísimo en unas liquidaciones finales y lucrativas. No sólo de fe vive el hombre, sino también de pan y sus compuestos y similares.

LXXXII

En San Clemente

Al cabo de pocas semanas, la familia Baptista salió de la casa de Santos y volvió a la calle de San Clemente. La despedida fue tierna, las añoranzas comenzaron antes de la separación; pero el efecto, la costumbre, la estimación, la necesidad, en suma, de verse a menudo, compensaron la melancolía; y la familia Baptista llevó la promesa de que la familia Santos iría a verla a los pocos días.

Los gemelos cumplieron pronto la promesa. Uno de ellos, creo que Pablo, fue aquella misma noche, con recado de la madre, para saber si habían llegado bien. Dijéronle que sí, agregando Baptista para abreviar la visita, que estaban bastante cansados. Los ojos de Flora desmintieron esta afirmación; pero al rato estaban no menos tristes que alegres. La alegría venía de la prontitud de Pablo, la tristeza de la ausencia de Pedro. Quería naturalmente a ambos; pero que las dos sensaciones se mostraran a un tiempo, es lo que no entenderás ni bien ni mal. Los ojos se dirigían muchas veces a la puerta, y una vez pareció a la joven oír pasos en la escalera; ilusión. Pero estos gestos que Pablo no vio, tan contento estaba de haberse adelantado al hermano, no eran tales que la hicieran olvidar al gemelo presente.

Pablo salió tarde, no solo por aprovechar la ausencia de Pedro, sino también porque Flora lo hacía quedarse, con el objeto de ver si llegaba el otro. Así, la misma dualidad de sensación llenaba los ojos de la joven, hasta la hora de la despedida, en que la parte triste fue mayor que la alegre, porque eran dos ausencias en vez de una; deduce lo que quieras, señora mía. Flora se recogió a dormir, y reconoció que si no se duerme con una tristeza en el alma, mucho menos se duerme con dos.

LXXXIII

La gran noche

Hay muchos remedios contra el insomnio. El más vulgar es contar de uno hasta mil, dos mil, tres mil o más, si el insomnio no cede en seguida. Es un remedio que todavía no ha hecho dormir a nadie, a lo que parece, pero no importa. Hasta ahora, todas las aplicaciones eficaces contra la tisis van al par con la noción de que la tisis es incurable.

Conviene que los hombres afirmen lo que no saben, y, oficiosamente, lo contrario de lo que saben. Así se forma esta otra incurable: la Esperanza.

Flora, incurable también, si no prefieres la definición de inexplicable que le dio Ayres, la graciosa Flora tuvo aquella noche un insomnio, pero fue en cierto modo, culpa suya. En vez de acostarse quietita y dormir con los ángeles, le pareció mejor velar con uno de ellos y pasarse una parte de la noche a la ventana o sentada, recordando y, pensando, cotejando y completando, envuelta en su batón de hilo, con los cabellos atados para dormir: Al principio pensó en el que había estado y evocó todas sus gracias, realizadas por la virtud particular de haberla ido a ver por la noche, aunque la hubiese visto por la mañana. Sentíase agradecida. Toda la conversación fue repetida allí, en la soledad de la alcoba, con las diversas entonaciones, el vario asunto y las interrupciones frecuentes; ora de los demás, ora de ella misma. Ella, a decir verdad, solo interrumpía para pensar en el ausente, -y por lo tanto no hacía más que convertir el diálogo en monólogo, el que a su vez acababa en silencio y contemplación.

En aquellos momentos, pensando en Pablo, deseaba saber por qué no lo elegía para novio. Tenía una cualidad más, la nota aventurera del carácter, y este aspecto no la desagradaba. Inexplicable o no, dejábase llevar por los ímpetus del joven que quería cambiar el mundo y la época por otros más puros y felices. Aquella cabeza, apenas masculina, estaba destinada a variar la marcha del sol que andaba equivocado. La luna, también. La luna pedía un contacto más frecuente con los hombres, menos cuartos, y que el menguante no bajara de la mitad. Visible todas las noches sin que ello acarrease la decadencia de las estrellas, continuaría modestamente el oficio del sol y haría soñar los ojos insomnes o sencillamente fatigados de dormir. Todo esto realizaría el alma de Pablo sedienta de perfección. Sería un buen marido en suma; Flora cerró los párpados para verlo mejor y lo halló a sus pies estrechándole las manos risueño y estático.

-¡Pablo! ¡mi querido Pablo!

Se inclinó para verlo de más cerca y no perdió el tiempo ni la intención.

Visto así era más bello que conversando sencillamente de cosas vulgares y pasajeras. Clavó los ojos en sus ojos y se halló dentro del alma del joven. Lo que allí vio no supo decirlo bien; fue todo tan nuevo y radiante que la retina de la joven no podía examinar nada con seguridad ni continuidad. Las ideas chisporroteaban cual si salieran de un brasero a fuerzas de abanicó; las sensaciones se batían en duelo; las reminiscencias asomaban frescas algunas añoranzas, especialmente ambiciones, unas ambiciones de largas alas, que hacían viento con solo agitarlas. Sobre toda esta mezcla y confusión llovía ternura, mucha ternura...

Flora acortó la mirada: Pablo seguía en la misma posición; pero junto a la puerta envuelto en la penumbra, la figura de Pedro aparecía, no menos bella, pero un tanto triste. Flora se sintió conmovida por aquella tristeza, Parece que, si amara exclusivamente al primero, el segundo podría llorar lágrimas de sangre sin merecerle la menor simpatía.

Que el amor, como las ninfas antiguas y modernas, no tiene piedad. Cuando hay piedad para otro -dicen las ninfas,- es porque el amor no ha nacido realmente o porque ha muerto del todo, y así, al corazón no le importa vestir esa primera camisa del afecto. Disculpa la figura; no es noble ni clara, pero la situación no me da tiempo para ir en busca de otra.

Pedro se aproximó a paso lento, arrodillóse también y le tomó las manos que Pablo estrechaba entre las suyas. Pablo se levantó y desapareció por la otra puerta. La habitación tenía dos. El lecho quedaba entre ambas. Quizá Pablo se fuese bramando de cólera; pero ella no oyó nada, tan dulcemente viva era la expresión de Pedro, ya sin melancolía, y con los ojos tan estáticos como los de su hermano. No eran tales que salieran como éste a correr aventuras. Tenían la quietud de quien no quiere más sol ni más luna que esos que andan por ahí, que se contenta con ambos y que los halla divinos, no se preocupa por cambiarlos por otros nuevos. Era el orden, si quieres, la estabilidad, el acuerdo con las cosas, no menos simpáticos al corazón de la joven, o porque daban la idea de la perpetua felicidad, o porque causaban la impresión de un alma capaz de resistir.

No por eso los ojos de Flora dejaron de penetrar los de Pedro, hasta llegar al alma del muchacho.

El motivo secreto de esta otra entrada podía ser el escrúpulo de comparar las dos para juzgarlas, si es que no era, solamente el deseo de no parecer menos curiosa de la una que de la otra. Ambas razones son buenas, pero quizá ninguna fuese la verdadera. El gusto de mirar los ojos de Pedro eran tan natural, que no exigía intención particular alguna, y bastaba mirarlos para deslizarse y caer dentro de alma enamorada.

Era gemela de la otra; no vio ni más ni menos que en aquella.

Únicamente -y aquí toco el punto escabroso del capítulo,- encontró aquí algo indefinible que no había sentido allí; en compensación, sintió allá otra que no se la presentó acá. Indefinible, no lo olvides. Y escabroso, porque no hay nada peor, que hablar de sensaciones sin nombre. Créeme, amigo mío, y tú no menos amiga mía, créeme que preferiría contar los encajes del batón de la joven, los cabellos atados atrás, los hilos de la alfombra, las tablas del techo y hasta los parpadeos de la lamparilla que se iba apagando... Sería fastidioso, pero se entendería.

Sí, la lamparilla se iba muriendo, pero aun podía iluminar el regreso de Pablo. Cuando Flora lo vio entrar y arrodillarse otra vez junto a su Pedro y ambos se repartieron sus manos, tranquilos y sensatos, quedóse largo tiempo atónita. Aquello duró un credo, como decían los antiguos cuando había más religión que relojes. Volviendo en sí, retiró las manos, tendiéndolas después sobre la cabeza de ambos como para palpar la diferencia, el quid, el algo, lo indefinible. La lamparilla iba muriendo... Pedro y Pablo le hablaban por medio de exclamaciones, exhortaciones, súplicas, a las que ella contestaba mal y evasivamente, no por no entenderlos, sino por no agraviarlos o quizá por no saber qué cosa mejor podría decirles. La última hipótesis tiene el aspecto de ser la más probable. En todo caso, fue el prólogo de lo que sucedió cuando la lamparilla llegó a sus últimos estertores.

Todo se mezcla a media luz; y esta sería la causa de la fusión de los rostros que de dos que eran quedaron siendo uno solo. Como Flora no había visto salir a ninguno de los gemelos, no podía creer que formaran entonces una misma persona, pero acabó creyéndolo, sobre todo cuando esta única persona solitaria parecía completarla interiormente, mejor que cualquiera de las otras por separado. Era mucho hacer y deshacer, mudar y trasmudar. Pensó que se engañaba, pero no: era una sola persona, hecha de las dos y de ella misma, que sentía latir en ella el corazón. Estaba tan cansada de emociones que intentó levantarse y salir, pero no pudo; las piernas le parecían de plomo y pegadas al suelo. Así estuvo hasta que la lamparilla en el rincón murió del todo.

Flora tuvo un sobresalto en el sillón y se levantó:

-¿Qué es esto?

La lamparilla se apagó. Fue a encenderla. Entonces vio que estaba sin el uno y sin el otro, sin dos, ni uno solo fundido con ambos. Toda la fantasmagoría se había desvanecido. La lamparilla, arreglada de nuevo, iluminaba su dormitorio y la imaginación lo había creado todo.

Fue lo que Flora supuso y el lector sabe. Flora comprendió que era tarde y un gallo confirmó esta opinión cantando; otros gallos hicieron lo mismo.

-¡Ay Dios mío! -exclamó la hija de Baptista.

Metióse en cama, y no se durmió en seguida tampoco tardó mucho; pronto se halló con los ángeles. Soñó con el canto de los gallos, un carro; un lago, una escena de viaje por mar, un discurso y un artículo.

El artículo era verdad. La madre fue a despertarla a las diez de la mañana, llamándola dormilona, y allí mismo, en la cama, le leyó un periódico del día que recomendaba su marido al gobierno. Flora la escuchó satisfecha; había terminado la gran noche.

LXXXIV

El viejo secreto

Natividad durmió tranquila, en Botafogo, pero se despertó pensando en sus hijos y en la joven de San Clemente, Había estado observando a los tres. Antes le había parecido que Flora no aceptaba ni al uno ni al otro, después le pareció que aceptaba a ambos, y por último que aceptaba alternativamente a1 los dos. Dedujo que aún no sentía nada particular y decisivo; naturalmente aguardaría, para que el tiempo le dijera cuál la merecería realmente. Pero ellos, por su parte, parecían sentir igual inclinación y los mismos celos. De ahí alguna posible catástrofe.

La separación no lo suprimiría todo; pero, además de que, separadas las familias, no todo estaría presente a sus ojos, las visitas podían ser menos frecuentes, y hasta escasas. Eso era lo que quería.

Por otra parte, ya se acercaba la época de ir a Petrópolis; propiamente, había llegado ya. Natividad pensaba subir con sus hijos. Siempre habría, allá arriba, damas elegantes, diversiones, alegría. Podía ser que hasta encontrara novias, y bastaba una para uno de ellos. El que se quedara sin ella, tendría la libertad de casarse con Flora. Cálculos de madre; vinieron otros que los modificaron, y otros más que los restauraron.

Quien sea madre, que tire la primera piedra.

Ninguna otra madre tiró la primera piedra a nuestra amiga. Quiero creer que la razón de esto no fue otra que la discreción de Natividad.

Las sospechas y los cálculos se iban quedando en su corazón. Calló y esperó.

Flora gustaba cada vez más de Natividad. La quería como si fuese su madre, doblemente madre, puesto que todavía no había escogido a ninguno de sus hijos. La causa de esto podía ser que las dos índoles se armonizaban más que entre Flora y doña Claudia. En un principio sintió no sé qué envidia amiga, mas bien deseo, cuando veía que las formas de la otra, aunque arruinadas por el tiempo, todavía conservaban alguna línea de la escultura antigua. Poco a poco fue descubriendo en sí misma, la iniciación de una belleza que debía ser larga y fina, y de una vida que podía ser grande...

Flora conocía la predicción de la mulata del Castillo, relativa a los gemelos. La predicción no era ya un secreto para nadie. Santos había hablado de ella, ocultando apenas la visita de Natividad al Castillo; corrigió la verdad, diciendo que la mulata había ido a Botafogo. El resto fue revelado en secreto, como al finado Plácido, y no sin previa lucha . Tres o cuatro veces embistió y retrocedió. Un día, la lengua dio siete vueltas en la boca, y el secreto salió temeroso y cuchicheado; pero después perdió el miedo, por el gusto de decir que los muchachos serían grandes. Por último, el secreto se fue olvidando. Pero Perpetua, no sé por qué razón lo contó a Flora que la escuchó incrédula. ¿Qué podía saber la mulata del futuro?

-Sí, sabía, y la prueba es que adivinó otras cosas que no puedo decir, pero que eran ciertas. No se imagina lo lejos que veía el diantre de la mulata. Y tenía unos ojos que taladraban el corazón.

-No creo, doña Perpetua. Mire usted que el futuro de las personas...

Y grandes, ¿cómo?...

-Eso no lo dijo, por más que Natividad se lo preguntase; sólo dijo que serían grandes y que subirían mucho. Quizá lleguen a ser ministros de Estado.

Perpetua parecía haber comprado los ojos a la mulata. Introducíalos en los de su amiga, hasta el corazón, que aún no latía con fuerza ni apresurado, sino tan regularmente como de costumbre. Sin embargo, como no era imposible que los dos muchachos llegaran a las alturas de este mundo, Flora dejó de objetar y aceptó la predicción, sin otra palabra más que un gesto, -me parece, ¿sabes?- un gesto de la boca, dejando caer los extremos de los labios, alzando levemente los hombros, y mostrando las palmas de la mano, como quien dice.

-¡En fin! ¡puede ser!

Perpetua agregó que, con el cambio de régimen, era natural que Pablo llegase primero a la grandeza -y aquí aguzó los ojos. -Era de modo de sorprender los sentimientos de Flora, mostrándole la elevación de Pablo, pues bien podía ser que llegase a amar antes el destino que la persona. No descubrió nada. Flora siguió no dejándose leer. No atribuyas esto a cálculo, no era cálculo. Seriamente, no pensaba en nada respecto a eso.

LXXXV

Tres constituciones

-¡Crees, de veras, que llegaremos a ser grandes hombres? -preguntó Pedro a Pablo antes de la caída del imperio.

-No sé. Tú puedes llegar a ser, cuando menos, primer ministro.

Después del 15 de Noviembre, Pablo devolvió su pregunta y Pedro contestó como su hermano, corrigiendo el resto.

-No sé. Tú puedes llegar a ser presidente de la república.

De esto hacía dos años. En este momento pensaban más en Flora que en subir. La buena moral exige que pongamos la cosa pública por arriba de las personas; pero en esto los jóvenes se parecían a los viejos y varones de otra edad, que muchas veces piensan más en sí mismos que en el resto. Hay excepciones, algunas nobles, otras nobilísimas. La historia conserva muchas de ellas, y, los poetas épicos o trágicos, están llenos de casos y ejemplos de abnegación.

Prácticamente sería exigir demasiado de Pedro y Pablo, pedirles que se preocupasen más de la constitución del 24 de Febrero que de la señorita Baptista. Pensaban en ambas, eso es la verdad, y la primera ya había dado lugar a algún cambio de palabras agrias. Si la constitución fuese persona viviente y se hallara junto a ellos, hubiera oído los juicios más contradictorios de este mundo, porque Pedro llegaba al extremo de considerarla un pozo de iniquidades y Pablo la misma Minerva nacida de la cabeza de Júpiter. Hablo metafóricamente para que no decaiga el estilo. A decir verdad, ellos empleaban palabras menos nobles y más enfáticas, y acababan cambiándose las primeras. En la calle, donde era común el encuentro de las manifestaciones políticas, y frecuentes las noticias pegadas a la puerta de los periódicos, todo resultaba motivo de debate.

Pero cuando la imagen de Flora aparecía entra ellos, evocada por la imaginación, el debate languidecía; pero las injurias continuaban y hasta crecían, sin confesarse el segundo motivo que era mayor que el primero.

Efectivamente, iban llegando al punto en que darían las dos constituciones, la republicana y la imperial, por el amor exclusivo de la joven, si se les exigiera tanto. Cada uno haría de ella su constitución, mejor que cualquier otra de este mundo.

LXXXVI

Antes que me olvide

Tengo que decir una cosa, antes que me olvide. Ya sabes que los dos gemelos eran hermosos y que seguían siendo parecidos; por este lado no suponían tener motivo de envidia entre sí. Por el contrario, el uno y el otro hallaban en su persona algo que acentuaba, si no mejoraba, las gracias comunes. No era verdad; pero la verdad no es lo que triunfa: es la convicción. "Convéncete de una idea, y morirás por ella" -escribió Ayres por ese tiempo en su Memorial.- Y agregó: "no es otra la grandeza de los sacrificios; pero si la verdad coincide con la convicción, entonces nace lo sublime, y tras él lo útil..." No terminó o no explicó esta frase.

LXXXVII

Entro Ayres y Flora

Esa cita del viejo Ayres me hace recordar un punto en que él y la joven Flora divergían aún más que en la edad. Ya conté que la niña, antes de la comisión del padre, defendía a Pedro y a Pablo en cuanto hablaban mal uno o del otro. Naturalmente seguía haciendo lo mismo, pero el cambio de régimen trajo consigo oportunidad da defender a monárquicos y republicanos, según oía las opiniones de Pablo o de Pedro. Espíritu de conciliación o de justicia, aplacaba la ira o el desdén del interlocutor.

-No diga eso... También son patriotas... Hay que disculpar alguna exageración...

Eran sólo frases, sin arranque de pasión ni estímulo de principios; y el interlocutor acababa siempre por decir:

-¡Usted es muy buena!

Ahora bien, la costumbre de Ayres era lo opuesto de esa benigna contradicción. Recordarán que acostumbraba estar de acuerdo con el interlocutor, no por desdén hacia la persona, sino por no discutir ni disputar. Había observado que las convicciones, cuando son contrariadas, descomponen el rostro de la gente, y no quería ver así la cara de los demás, ni dar a la suya un aspecto abominable. Si ganara algo, vaya en gracia; pero, no ganando nada, prefería estar en paz con Dios y con los hombres. De ahí la adopción de ademanes y frases afirmativas, que dejaban a los partidos tranquilos y a él más tranquilo todavía.

Un día que estaba con Flora, habló de la costumbre de ésta, diciéndole que parecía estudiada. Flora negó que lo fuese; era su inclinación natural defender a los ausentes que no podían contestar; además, así aplacaba al gemelo con quien hablaba, y luego al otro.

-También estoy de acuerdo con eso.

-¿Y por qué ha de estar usted siempre de acuerdo? -preguntó sonriendo Flora.

-Puedo estar de acuerdo con usted, porque es una delicia seguir sus opiniones, y sería de mal gusto combatirlas; pero, a decir verdad, no hay cálculo en ello. Si concuerdo con los demás, es porque sólo dicen lo que pienso.

-Ya lo he sorprendido en contradicción.

-Puede ser. La vida y el mundo no son otra cosa. Usted no sabrá esto bien, porque es joven e ingenua, pero creo que la ventaja está completamente de su parte. La ingenuidad es el mejor libro, y la juventud la mejor escuela. Vaya usted disculpando esta pedantería; algunas veces es un mal necesario.

-No se acuse, consejero. Usted sabe que yo no creo nada contra su palabra, ni contra su persona; la misma contradicción que le hallo es agradable.

-También de acuerdo.

-Concuerda con todo.

-Mira, Flora; con su permiso, consejero.

Olvidóseme decir que esta conversación se mantenía a la puerta de una tienda de confecciones y modas de la calle do Ouvidor. Ayres iba en dirección a San Francisco de Paula, y vio a la madre y la hija sentadas eligiendo una tela. Entró, las saludó y salió a la puerta con la niña. El llamado de doña Claudia interrumpió unos instantes la conversación.

Ayres quedóse mirando la calle, por la que subían y bajaban mujeres de todas las clases, hombres de todos los oficios, sin contar las personas paradas a ambos lados y al centro. No había gran estrépito, ni tranquilidad pura: un término medio.

Puede que algunas personas fueran conocidas de Ayres y lo saludasen, pero éste tenía el alma tan metida en sí misma, que si habló con una o dos fue todo lo más. De cuando en cuando volvía la cabeza hacia adentro, donde Flora y la madre hacían su consulta. Aun seguía oyendo las palabras cambiadas. Sentíase curioso de saber si la joven elegía, por fin, a uno de los gemelos, y cuál. Aún más: sentía ya pesar de que uno no fuese, aunque no le importara saber si Pedro o Pablo. Quisiera verla feliz, si la felicidad es el matrimonio, y feliz al marido, a pesar de la exclusión; el excluido se consolaría. Ahora, si esto era por amor a ellos o a ella, cosa es que no puede decirse realmente con verdad. En el mejor de los casos, para levantar la punta del velo, sería preciso penetrar en su alma aun más profundamente de lo que penetraba él mismo. Allí se descubriría quizás, entre las ruinas del semi-celibato, una flor descolorida y tardía de paternidad, o mejor, de añoranza de ella.

Flora llevó de nuevo la rosa fresca y roja de la hora primera. Ya no hablaron de contradicción, sino de la calle, de la gente y del día. Ni una palabra acerca de Pedro o de Pablo.

LXXXVIII

No, no, no

En cualquier parte que estuvieran en aquel momento, podían hablar o no. La verdad es que si ninguno consentía en abandonar a la joven, ninguno, tampoco, creía obtenerla, aunque la hallasen inclinada a ellos. Ya habían convenido en que el rechazado aceptaría su suerte y dejaría el campo al vencedor. No llegando a la victoria no sabían cómo resolver la batalla. Esperar sería lo más fácil, si la pasión no creciera; pero la pasión crecía.

Quizá no fuera exactamente pasión si damos a esta palabra un sentido de violencia; pero sí la reconocemos como una fuerte inclinación de amor, un amor adolescente o poco más, era sin duda, el caso.

Pedro y Pablo cederían la mano de la niña si consultaran sólo la razón, y más de una vez estuvieron a punto de hacerlo; chispazo raro, que en seguida desaparecía. La ausencia era ya insufrible, la presencia necesaria. Si no fuese lo que aconteció y se contará por estas páginas arriba, habría motivo para no terminar más el libro; bastaría de ir que sí y que no, y lo que ambos pensaban y sentían, y lo que Flora sintió y pensó, hasta que el editor dijese: ¡basta! Sería un libro de moral y de verdad, pero la historia comenzada, quedaría sin conclusión. No, no, no... Fuerza es continuarla y acabarla. Comencemos, pues, por, decir lo que los gemelos convinieron entre sí, pocos días después de aquel sueño o delirio de la joven Flora, por la noche, en su cuarto.

LXXXIX

El dragón

Veamos lo que convinieron éstos. Acababan de estar con Ayres en el teatro, una noche, matando el tiempo. Ya conoces ese dragón; todo el mundo le ha dado los más terribles golpes, él patalea, espira y renace.

Así sucedió aquella noche. No sé qué teatro fue, ni qué obra, ni qué género; sea lo que fuese, la cuestión era matar el tiempo, y los tres lo dejaron tendido en el suelo.

De allí fueron a un restaurante. Ayres les dijo, que antiguamente, siendo muchacho, terminaba la noche con otros amigos de la misma edad. Era en tiempos de Offenbach y de la opereta. Contó anécdotas, relató las piezas, describió las damas y los partidos, casi acabó repitiendo un trozo, música y letra. Pedro y Pablo escuchaban con atención; pero no sentían nada de lo que despertaba los ecos del alma del diplomático. Por el contrario, tenían ganas de reír. ¿Qué les importaba la noticia de un viejo café de la calle Uruguayana, convertido después en teatro, más tarde en nada, de una gente que vivió y brilló, pasó y acabó antes de que ellos llegaran al mundo? El mundo había comenzado veinte años antes de aquella noche, y no acabaría nunca, como eterno vivero de jóvenes que era.

Ayres sonrió, pues él también había pensado así a los veintidós años de edad, y todavía recordaba la sonrisa de su padre, viejo ya, cuando le dijo algo parecido a aquello. Más tarde, habiendo adquirido del tiempo la noción idealista que tenía, comprendió que el tal dragón estaba simultáneamente vivo o muerto, y que tanto daba alimentarlo como matarlo. No obstante, los recuerdos eran dulces, y muchos de ellos vivían todavía frescos, como si fuesen de la víspera.

La diferencia de la edad era grande, y no podía entrar en detalles con ellos. Quedó sólo en recuerdos, y se ocupó de otra cosa. Pedro y Pablo, entre tanto, temerosos de que los adivinase y comprendiese el desprecio que les inspiraban las añoranzas de tiempos remotos y extraños, le pidieron informes, y él dió los que podía, sin intimidad.

Al fin y al cabo, la conversación valió más que este resumen, y la separación no costó poco. Pablo le pidió todavía que le hablase de Offenbach, Pedro una descripción de las fiestas del 7 de Septiembre y del 2 de Diciembre; pero el diplomático halló manera de saltar al presente y especialmente a Flora, a quien alabó como bellísima criatura, Los ojos de ambos convinieron en que era bellísima. También alabó sus cualidades morales, la finura de su espíritu, dotes que Pedro y Pablo reconocieron también, y de ahí partió la conversación, y por último, el convenio a que me referí en el principio de éste capítulo y que está pidiendo otro.

XC

El convenio

-Para mí, uno de ustedes está enamorado de ella, si no lo están ambos -dijo Ayres.

Pedro se mordió los labios; Pablo consultó el reloj; iban ya por la calle. Ayres dedujo lo que ya sabía, que sí, que ambos, y no vaciló en decirlo, agregando que la joven no era como la República, a quien uno podía defender y el otro atacar; había que conquistarla o perderla de una vez. ¿Qué harían cuando ella eligiera? ¿O ya había elegido y el postergado se empeñaba en inclinarla hacia él?

Ninguno habló en seguida, aunque los dos sintieron la necesidad de explicar algo. Consideraban que la elección no era clara o decisiva.

Otro sí: que tenían el derecho de esperar la preferencia, y que harían lo imposible por obtenerla. Estas y otras ideas vagaban silenciosamente en su interior, sin exteriorizarse. La razón de esto se comprendía, y debía ser más de una: primero el asunto de la conversación, después la gravedad del interlocutor. Por más que Ayres abriese la puerta a la franqueza de los jóvenes, éstos eran jóvenes y él viejo. Pero el asunto en sí era tan seductor, el corazón, a, pesar de todo, tan indiscreto, que no hubo más remedio que hablar, pero hablar negando.

-No me lo nieguen -interrumpió Ayres, -la gente madura conoce las mafias de la gente moza, y adivina con facilidad lo que ésta hace.

Ni siquiera es preciso adivinar; basta con ver y oír. Ustedes la quieren.

Ellos sonreían; pero ya con tal amargura y desaliento, que demostraban el disgusto de la rivalidad, ya conocida por ellos. Esta rivalidad era también sabida por otros; debía serlo por Flora, y la situación les parecía más complicada y cerrada que antes.

Habían llegado a la Carioca, y era la una de la noche. Una victoria de Santos aguardaba allí a los jóvenes, por consejo y orden de la madre, que buscaba todas las ocasiones y medios de hacerlos andar juntos y amigos. Empeñábase en corregir a la Naturaleza. Llevábalos muchas veces de paseo, al teatro, de visita. Aquella noche, al saber que iban al teatro, mandó preparar la victoria que los condujo a la ciudad y quedó esperándolos.

-Suba, consejero, cabemos perfectamente los tres -dijo Pedro, -yo iré en el asiento de enfrente.

Subieron y partieron.

-Bueno -continuó Ayres; -es verdad que ustedes la quieren; es verdad también que ella no ha elegido todavía entre los dos. Probablemente no sabe qué hacer. Un tercero resolvería la crisis, porque ustedes no tardarían en consolarse; también yo me consolé cuando joven. Como no hay tercero, y como no se puede prolongar esta situación, ¿por qué no combinan ustedes algo?

-¿Combinar qué? -preguntó Pedro sonriendo.

-Cualquier cosa. Combinen una manera de cortar este nudo gordiano.

Siga cada uno su vocación. Usted, Pedro, intente primero desatarlo; si no puede, Pablo, tome usted la espada de Alejandro y déle un tajo. Todo queda hecho y derecho. Entonces el destino, que los aguarda con dos lindas criaturas, vendrá a traérselas de la mano a uno y a otro, y todo se compondrá en la tierra como en el cielo.

Ayres dijo otras cosas más, antes de bajar a la puerta de su casa.

Ya abajo, aun les preguntó:

-¿Estamos de acuerdo?

Los dos contestaron afirmativamente con la cabeza, y cuando quedaron solos no dijeron nada. Que fueran pensando es natural, y probablemente el tiempo les pareció corto entre Cattete y Botafogo.

Llegaron a su casa, subieron por la escalinata del jardín, hablaron de la temperatura, que Pedro hallaba deliciosa y Pablo abominable, aunque no lo dijeron así para no irritarse el uno al otro. La esperanza del convenio los conducía a la moderación relativa y pasajera. ¡Vivan los frutos que penden del día siguiente!

Allí estaba aguardándolos su habitación, una alhaja de arreglo y gracia, de comodidad y reposo. La madre era quien le daba los últimos toques todos los días; ella cuidaba de las flores que se colocaban en los búcaros de porcelana, y ella misma iba a sacarlas por la noche y ponerlas del lado de afuera de las ventanas, para que no las respirasen mientras dormían. Allí estaban sus bujías, junto a sus camas, en sus palmatorias de plata, una con el nombre de Pedro, otra con el de Pablo, grabados. Conchas hechas por sus manos, lazos atados por ella en las cortinas, y, por último, su retrato y el de su marido, colgados de la pared, entre ambas camas, en el mismo sitio en que estuvieron los de Luis XVI y Robespierre, comprados en la calle de la Carioca.

Junto a cada palmatoria encontraron un billetito de Natividad. He aquí lo que les decía:

"¿Alguno de ustedes quiere ir conmigo a misa mañana? Hace años que murió el abuelo, y Perpetua está indispuesta."

Natividad se había olvidado de hablarles antes, y bien podía ir sin ellos, especialmente yendo en carruaje; pero gustaba de tenerlos consigo.

Pedro y Pablo rieron de la invitación y de su forma, y uno de ellos propuso que, para dar gusto a la madre, fueran juntos a misa. La aceptación de la propuesta fue rápida; aquello no era ya armonía, era una especie de diálogo en la misma persona. El cielo parecía escribir el tratado de paz que ambos tendrían que firmar; o si lo prefieres, la Naturaleza corregía las índoles y los dos disputadores comenzaban a juntar el ser y el parecer. Tampoco juro esto; digo lo que se puede creer por el solo aspecto de las cosas.

Siguióse un gran silencio. Cada cual rumiaba el convenio y el modo de proponerlo. Por fin, de cama a cama dijeron lo que les parecía mejor, propusieron, discutieron, enmendaron y convinieron sin acta de escribano, simplemente por aceptación de palabra. Pocas palabras.

Confesando que no podían estar seguros de la elección de Flora, acordaron aguardarla durante un plazo corto: tres meses. Hecha la elección, el rechazado se comprometía a no intentar nada más. Cuando tuviesen la seguridad final de la elección, el acuerdo sería fácil: uno no haría más que excluir al otro. No obstante, si al final del plazo no hubiera elección alguna, se adoptaría una postrer cláusula. La primera que se les ocurrió fue que ambos abandonaran el campo; pero no les sedujo. Pensaron en recurrir a la suerte, y que el designado por ella dejara el campo a su rival. Así pasó una hora de conversación, al cabo de la cual pensaron en dormir.

XCI

No sólo verdad se debe a las madres

A las nueve de la mañana siguiente Natividad estaba pronta para ir a misa; ninguno de sus hijos se presentó.

-Parece que están durmiendo.

Y dos, tres, cuatro, cinco veces fue hasta la puerta del cuarto, a ver si oía ruido, como respuesta a su billete. Nada. Pensó que habrían vuelto tarde. No sospechó que durmieran sobre el convenio, ni de qué convenio se trataba. Siempre que lo hicieran en causa blanda, estaba bien. En fin, acabó poniéndose los guantes, bajó, subió al carruaje y se fue a la iglesia.

La misa era de cabo de año, como decía el billete. Costumbre antigua: el padre tenía su misa, la madre la suya, los hermanos y parientes otras. No olvidaba las fechas mortuorias como no olvidaba las natalicias, cualesquiera que fuesen, de amigas o parientas; las sabía todas de memoria. ¡Dulce memoria! Hay personas a quienes no ayudas, y que llegan a luchar consigo mismas y con los demás por tu abandono. ¡Felices los que proteges! esos saben lo que es el 24 de Marzo, el 10 de Agosto, el 2 de Abril, el 7 y 31 de Octubre, el 10 de Noviembre, el año entero, con sus tristezas y alegrías particulares.

Al volver a su casa Natividad vio a sus dos hijos en el jardín, aguardándola. Corrieron a abrir la portezuela del carruaje, y después de ayudarla a bajar y de besarle la mano, le explicaron su falta. Habían resuelto ir ambos, pero el sueño...

-El sueño y la pereza -terminó la madre sonriendo.

-Fue solamente el sueño -dijo Pedro.

-Nos acabamos de despertar -agregó Pablo.

Se disputaron por darle el brazo; Natividad los contentó dando un brazo a cada uno. Mientras se mudaba, Natividad reflexionó que si Flora les hubiese hecho un pedido se hubieran despertado temprano, por tarde que se acostaran; la memoria les serviría de despertador.

Invadióla una sombra rápida, pero en seguida se reconcilió con la diferencia.

De modo que, no por celos, sino por acercarlos a otras seducciones y apartarlos de la guerra ante la linda Flora, la madre se empeñó en llevar a los hijos a Petrópolis. Subirían en la primera semana de Enero. La temporada iba a ser excelente; anunció fiestas, citó nombres, observóles que Petrópolis era la ciudad de la paz. El gobierno puede cambiar abajo y en las provincias...

-¡Qué Provincias, mamá? -interrumpió Pablo.

Natividad se sonrió y corrigió:

-En los Estados. Disculpa los descuidos de tu madre. Bien sé qué son Estados; no son como las antiguas provincias, no esperan que el presidente les vaya de aquí, de la corte...

-¿Qué corte, baronesa?

Esta vez rieron los dos, madre e hijo.

-Petrópolis es la ciudad de la paz; y como decía hace poco el consejero Ayres, es la ciudad neutral, la ciudad de las naciones. Si la capital del Estado estuviese allí, no habría nunca deposición del gobierno; Petrópolis -observen que el nombre, a pesar de ese origen, ha quedado y quedará, - es de todo el mundo. Se dice que la temporada va a ser encantadora...

-Yo no sé si podré ir -dijo Pablo.

-Ni yo tampoco -agregó Pedro.

Una vez más estaban de acuerdo; pero aquí él acuerdo traía probablemente el divorcio -reflexionó la madre,- y el placer que sintiera se desvaneció en seguida. Preguntóles qué razón tenían para quedarse y hasta cuándo. Si estuvieran establecidos con su consultorio médico y su estudio de abogado, estaría bien; pero como ninguno había comenzado todavía su carrera, ¿qué iban a hacer abajo, cuando ella y su marido...?

-Precisamente yo tengo que hacer unos estudios de clínica en la Santa Casa -contestó Pedro.

Pablo se explicó; no iba a practicar, pero tenía que consultar unos documentos del siglo XVIII en la Biblioteca Nacional; pensaba escribir una historia de las tierras poseídas.

Nada era verdad; pero no se debe decir únicamente la verdad a las madres. Natividad exclamó que bien podían hacer todo aquello, yendo y viniendo diariamente de Petrópolis; podían bajar, almorzar , trabajar, y a las cuatro volverse como los demás. Arriba tendrían visitas, música, bailes, mil cosas buenas, sin contar las mañanas, la agradable temperatura, los domingos... Ellos defendieron el estudio, diciendo que era más provechoso cuando se le dedicaban muchas horas.

Natividad no insistió. Esperaría ansiosa a que sus hijos acabasen con los documentos de la Biblioteca y la Clínica de la Santa Casa. Esta idea la hizo reflexionar en la necesidad de ver establecidos al joven médico y al joven abogado. Trabajarían con otros profesionales de reputación, e irían adelante y arriba. Puede que la carrera científica les diese la grandeza anunciada por la mulata del Castillo, y no la política ni otra cosa. En todo se podía brillar y ascender. Aquí se hizo una crítica a sí misma, de cuando imaginó que Baptista abriría la carrera política de alguno de ellos, sin advertir que el padre de Flora mal podría continuar la suya propia, obscura además. Pero la idea del mando volvía a ocupar la cabeza de la madre, y sus ojos se clavaban en los dos gemelos.

Arribaron a un acuerdo. Subirían los sábados y bajarían los lunes; lo mismo en días de fiesta y de gala. Natividad contaba con la costumbre y las diversiones.

En el vapor y en Petrópolis era asunto de conversación la diferencia entre los hijos, que sólo iban una vez por semana, y el padre, con tantos negocios encima, y que subía todas las tardes. ¿Qué hacían allá abajo, cuando algunos ojos podían atraerlos y cautivarlos allá arriba?

Natividad defendía a los gemelos, diciendo que uno iba a la Santa Casa y otro a la Biblioteca Nacional, y que estudiaban mucho por la noche. La explicación era aceptable, pero, podía ser invención de los jóvenes; naturalmente, andaría detrás de las muchachas.

La verdad es que hacían ruido en Petrópolis, durante las pocas horas que pasaban allí. Además de lo otro, tenían la elegancia y la gracia.

Las madres decían cosas amables a Natividad, e indagaban la verdadera razón que los detenía en Río, no así como yo lo digo, crudo y desnudo, sino con arte fino e insidioso, arte inútil, porque la madre insistía en la Biblioteca y la Santa Casa. De este modo, la mentira, ya servida de primera mano, era servida de segunda, y no por eso mejor aceptada.

XCII

Despertar de un secreto

¡En fin! ¿qué secreto hay que no se descubra? Sagacidad, buena voluntad, curiosidad -llámalo como quisieres,- hay una fuerza que echa afuera todo cuanto la gente trata de ocultar. Los mismos secretos se cansan de callar -callar o dormir;- quedémonos con este otro verbo, que sirve más a la imagen. Se cansan y cooperan a su modo a lo que llamamos indiscreción ajena.

En cuanto abre los ojos les incomoda la obscuridad. Un rayo de sol basta. Entonces piden a los dioses (porque los secretos son paganos) una nada de crepúsculo, aurora o tarde, aunque la aurora prometa el día mientras la tarde vuelve a caer en la noche; pero, aun de tarde, todo es respirar claridad. Porque los secretos, amiga mía, son también gente; nacen, viven y mueren. Ahora, lo que sucede cuando un rayo de sol penetra en su soledad, es que difícilmente vuelve a salir, y por lo general crece, estalla, desborda, y los saca afuera de una oreja. Fastidiados por la luz del día, al principio andan de oído en oído, cuchicheados, algunas veces escritos en billetes, aunque tan vagamente y sin nombres, que mal se puede adivinar quiénes sean. Es el período de la infancia, que pasa muy de prisa; la juventud salta por encima de la adolescencia, y aparecen fuertes y difundidos, más sabidos que periódicos.

En fin, si la vejez llega y no se avergüenzan de los cabellos blancos, toman posesión del mundo, y consiguen, no digo ser olvidados, pero sí aburrir; entran en la familia del mismo sol que cuando nace, nace para todos, como decía un letrero de mi infancia.

¡Letreros de mi infancia, ay letreros! Quisiera acabar con ellos este capítulo, pero el asunto no tendría nobleza ni interés, e interrumpiríamos de nuevo nuestra historia. Quedemos en el secreto divulgado; eso basta. Una veranista elegante no disimuló su asombro al saber que los hermanos coincidían en un punto que haría romper a los mejores amigos de la tierra. Un secretario de legación insinuó que podía ser juguete de los dos.

-O de los tres -agregó otro.

Iban de paseo a Quitandinha, a caballo. Ayres los acompañaba, pero no decía nada. Cuando le preguntaron si Flora era bonita, contestó que sí, y habló de la temperatura. La joven elegante le preguntó si sería capaz de soportar esa situación. Ayres respiró como quien llega de lejos, y declaró que a los pies de un sacerdote se vería obligado a mentir; tales eran sus pecados; pero allí, en el camino, al aire libre, entre señoras, confesó que había muerto z más de un rival. Que él recordase tenía siete muertes encima, con diversas armas. Las señoras reían; él hablaba gravemente. Sólo que una vez escapó de morir primero: e inventó una anécdota napolitana. Hizo la apología del puñal. Uno que tuvo hacía muchos años, el mejor acero del mundo, se vio obligado a darlo de regalo a un bandido amigo suyo, cuando le probó que la víspera había completado su vigésimo nono asesinato.

-Aquí tienes para el trigésimo -le dijo.

Pocos días después supo que el bandido, con aquel puñal había asesinado al esposo de una señora, y en seguida a la señora, a quien amaba sin esperanza.

-Lo dejé con treinta y un crímenes de primer orden.

Las damas seguían riendo y Ayres consiguió así desviar la conversación de Flora y sus enamorados.

XCIII

No ata ni desata

Mientras averiguaban a su respecto en Petrópolis, la situación moral de Flora era la misma, el mismo conflicto de afinidades, el mismo equilibrio de preferencias. Cesado el conflicto, roto el equilibrio, la solución vendría inmediatamente, y por más que doliera a uno de los enamorados, el otro vencería, a menos que interviniese el puñal de la anécdota de Ayres.

Así pasaron algunas semanas desde el viaje de Natividad. Cuando Ayres iba a Río de Janeiro, no dejaba de ir a verla en San Clemente, donde la encontraba tal como era antes, salvo un poco de silencio en que la vio sumergida una vez. Al día siguiente recibió una carta de Flora, pidiéndole disculpa por la desatención, si la hubo, y enviándole recuerdos.

"Mamá me pide, también, que salude a usted, y a la familia de la baronesa."

Esta frase expresaba el consentimiento de la madre para que le escribiese la carta. Cuando volvió a Río, corrió a San Clemente, y Flora le recompensó con alegría el silencio de la otra mañana. Pero esa alegría no era espontánea ni constante; mostraba sus asomos de melancolía.

Ayres volvió varias veces aquella misma semana. Flora se le aparecía con la alegría acostumbrada, y hacia el fin, la misma alteración de los últimos días.

Puede que la causa de aquellos síncopes de la conversación fuese el viaje que el espíritu de la joven hacía a casa de la familia Santos.

Una vez, el espíritu volvió para decir estas palabras al corazón.

-¿Quién eres tú, que no atas ni desatas? Mejor es que los dejes de una vez. No será difícil, porque el recuerdo del uno acabará con el del otro, y ambos irán a perderse con el viento que arrastra las hojas viejas y nuevas, fuera de las partículas de las cosas, tan leves y pequeñas que escapan a los ojos humanos. Anda, olvídalos; si no los puedes olvidar, haz por no volver a verlos; el tiempo y la distancia harán el resto.

Todo estaba acabado. Bastaba sólo escribir en el corazón las palabras del espíritu, para que le sirviesen de recuerdo. Flora las escribió, con la mano trémula y la vista turbia; en cuanto acabó vio que las palabras no se combinaban, que las letras se confundían, iban muriendo, no todas, sino saltadas, hasta que el músculo las arrojó fuera. En el valor y en el ímpetu, el corazón podía compararse al gemelo Pablo; el espíritu, por su arte y sutileza, sería el gemelo Pedro. Esto es lo que encontró Flora al cabo de algún tiempo, y con ello explicó lo inexplicable.

A pesar de todo no alcanzaba a entender bien la situación, y resolvió acabar con ella o consigo misma. Todo aquel día fue inquieto y complicado. Flora pensó ir al teatro para que los gemelos no la encontrasen por la noche. Iría temprano, antes de la hora de la visita. La madre mandó comprar el palco, y el padre aprobó la diversión cuando fue a comer; pero la niña acabó con dolor de cabeza y el palco quedó perdido.

-Lo mandaré a los jóvenes Santos -dijo el padre.

Doña Claudia se opuso y guardó el palco. La madre tenía razón; aunque la apurase la elección y el casamiento, quería verlos allí, con ella, hablando, riendo, aunque fuese discutiendo, con los ojos pendientes de su hija. Baptista no entendió en seguida ni más tarde; pero para no disgustar a su esposa dejó de obsequiar a los muchachos. ¡Una ocasión tan buena! No era mucho para ellos que tenían con qué gastar, y gastaban ; el obsequio consistía en el recuerdo, y también en la cartita que les hubiera escrito, enviándoles el palco. Llegó a redactarla de memoria, aunque ya fuera inútil. Su mujer, al verlo callado y serio, creyó que estuviese enfadado y quiso hacer las paces; el marido la apartó suavemente con la mano. Redactaba la carta, ponía en el texto un chiste sesudo, doblaba el papel, y le ponía este sobrescrito gemelo.

"A los jóvenes apóstoles Pedro y Pablo", El trabajo intelectual hizo que resultase más dura la oposición de doña Claudia.

¡Una esquelita tan linda!...

XCIV

Gestos opuestos

¿Cómo puede un solo techo cubrir tan opuestos pensamientos? Así es también este cielo, claro o nebuloso, otro techo vastísimo que os cubre con el mismo celo que la gallina a sus pollitos... Ni se olvide tampoco el cráneo del hombre, que los cubre también, y no sólo diversos sino pospuestos.

Flora, en su cuarto, no pensaba entonces en billetes ni en palcos, tampoco recurrió al dolor de cabeza, que no sentía. Si hablo de él, es por tratarse de una razón próxima y aceptable, breve o larga, según las necesidades de la ocasión. No supongas que está rezando, aunque tenga allí un reclinatorio y un crucifijo. No pediría a Jesús que le libertase el alma de aquella desencontrada inclinación. A la orilla de la cama, con los ojos en el suelo, pensaba naturalmente en algo grave, si no era en nada, que esto también se apodera de los ojos y el pensamiento de una persona. Mordióse los labios sin rabia, puso la cabeza entre las manos, como si se quisiera arreglar los cabellos; pero los cabellos estaban y quedaron como antes.

Cuando se levantó era completamente de noche, y encendió una vela. No quería gas. Quería una claridad suave que diese poca vida al cuarto y a los muebles, que dejase algunas partes en la semiobscuridad.

El espejo, si se acercara a él, no le repetiría la belleza de todos los días, con la vela colocada sobre una antigua papelera, a la distancia.

Le mostraría la nota de palidez y de la melancolía, es verdad; pero nuestra amiguita no se sabía pálida ni se sentía melancólica. Tenía en la confusa tristeza de aquella ocasión, una puntita de abatimiento.

Como se combinaba todo esto no lo sé, ni ella tampoco. Por él contrario, Flora parecía, a veces, presa de un espanto, otras de una inquietud vaga, y si buscaba el reposo de una silla de hamaca, era para abandonarla en seguida. Oyó dar las ocho. Al poco rato entrarían probablemente Pedro y Pablo. Pensó en ir a decir a la madre que no la mandase llamar, que iba a meterse en cama. Esta idea no duró ni lo que me cuesta escribirla, y eso que ya va en otra línea. Retrocedió a tiempo.

-Es un disparate -dijo para sí; -basta con que no me presente. Mamá dirá que estoy indispuesta, tanto que perdemos el teatro, y si viene le diré que no puedo presentarme....

Las últimas palabras salieron en alta voz, para afirmarse más en la resolución. Proyectó acostarse en seguida; después creyó mejor hacerlo cuando oyera los pasos de la madre en el corredor. Todas estas alternativas podían nacer de sí mismas; sin embargo, no es imposible que fuesen una manera de sacudir algunos recuerdos aborrecibles. La joven temía el irse tras ellos.

XCV

El Tercero

¡Temiendo ir tras ellos, qué podía hacer Flora!, Abrió una de las ventanas de su cuarto que daba a la calle, recostóse en el antepecho, y dirigió los ojos hacia abajo y hacia arriba. Vio la noche sin estrellas, poca gente que pasaba, callada o conversando, algunas salas abiertas, con luces, una con piano. No vio cierta figura de hombre en la acera opuesta, parada, mirando hacia la casa de Baptista. Ni la vio ni la hubiera importado saber quien fuese. Pero la figura, en cuanto la vio se estremeció y ya no apartó los ojos de ella, ni los pies del suelo.

¡Recuerdas aquella veranista de Petrápolis que atribuyó a nuestra amiguita un tercer enamorado? "O de los tres" -dijo. Pues aquí está el tercero y todavía puede que aparezca otro. Este mundo es de los enamorados.

De todo se puede prescindir en él; día vendrá en que se prescinda hasta de los gobiernos; la anarquía se organizará por si misma, como en los primeros días del paraíso. En cuanto a la comida, ya vendrá de Boston o de Nueva York un procedimiento para que los hombres se alimenten con la simple respiración del aire. Pero los enamorados serán perpetuos.

Este era oficial de secretaría. Generalmente, los empleados de secretaría se casan temprano. Gouvea era soltero y andaba tras de las muchachas. Un domingo, en misa, notó a la hija del ex-presidente y salió de la iglesia tan apasionado, que no quiso otro ascenso. Muchas le habían gustado, había acompañado a algunas; esta la flechó de veras.

Pensaba en ella día y noche. La calle de San Clemente era la que lo llevaba y traía de la repartición. Si la veía, la miraba mucho, deteníase a cierta distancia, a la puerta de una casa, o bien fingía seguir con los ojos un carruaje que pasara, y los sacaba del carruaje para ponerlos en la joven.

Cuando amanuense había hecho versos; una vez nombrado oficial perdió la costumbre, pero uno de los efectos de la pasión fue devolvérsela.

A solas, en casa de la madre, gastaba papel y tinta en metrificar la esperanza. Los versos chorreaban de la planta, la rima con ellos, y las estrofas iban siguiéndose, rectas y alineadas; como compañías de batallón: el título sería el coronel, el epígrafe la banda, puesto que regulaba la marcha de los pensamientos. ¿Bastaría esa fuerza para la conquista? Gouvea publicó algunos en los periódicos, con esta dedicatoria:"A una joven". Pero ni así se rendía la plaza.

Una vez se le puso en la cabeza enviar una declaración de amor.

La pasión concibe disparates. Escribió dos cartas, sin el mismo estilo, al contrario. La primera era de poeta; la trataba de tu como en los versos, adjetivaba mucho, la llamaba diosa, aludiendo a su nombre de Flora, y citaba a Músset y a Casimiro de Abreu. La segunda fue un desquite del oficial sobre el amanuense. Le salió a modo de informe o de oficio, grave, respetuosa, con Excelencias. Comparando ambas cartas, no acabó de quedarse con ninguna. No fue sólo por el texto distinto y contrario, la falta de autorización fue principalmente lo que lo llevó a romper las cartas. Flora no le conocía; por lo menos rehuía conocerle. Los ojos de la niña, si se encontraban con los suyos, se apartaban al punto, indiferentes. Una sola vez creyó que revelaban la intención de perdonar. Que ese breve rayo de luz abriese las flores de la esperanza, (comienzo a hablar con la primera carta) era posible y hasta cierto; tan cierto que le hizo perder la hora de la repartición.

Afortunadamente era un óptimo empleado; el director alargó el cuarto de hora de tolerancia, y creyó en el dolor de cabeza, causa de triste insomnio.

-No he podido dormir hasta la madrugada -terminó el oficial.

-Firme el libro de presencia.

No sé cuando, murió el padrino de Gouvea, y dejó a su ahijado, en el testamento, tres contos de reis. Cualquiera hallaría en esto un beneficio; Gouvea encontró dos: el legado, y la ocasión de trabar relaciones con el padre de Flora. Corrió a pedirle que aceptase la procuración de la herencia, ajustando en seguida los honorarios y los gastos. Poco después fue a buscarle en su casa, y para que el abogado diese noticia del cliente a su familia, empleó muchos dichos sutiles y graciosos, contó anécdotas de su padrino, expuso conceptos filosóficos y un programa de marido. Describió también la situación administrativa; el ascenso inminente, las alabanzas recibidas, las comisiones y gratificaciones; todo lo que lo distinguía de sus compañeros. Además, nadie le quería mal en la repartición. Los mismos que se creían perjudicados, acababan por confesar que la preferencia dada a Gouvea era justa. No todo sería exacto; él lo creía así; por lo menos, y si no lo creía todo, no desmintió nada tampoco. Pero perdió tiempo y trabajo, Flora no supo la conversación.

Ni supo la conversación, ni se ocupó de la figura, como dije más arriba. Agregaré que comenzó a llover fino y a ventear fresco. Gouvea llevaba paraguas, e iba abrirlo, pero se arrepintió. Lo que pasó en su alma fue una lucha igual a la de las dos cartas. El oficial quería abrigarse de la lluvia, el amanuense recibirla, esto es, el poeta renacía contra la intemperie, sin miedo a enfermedad, pronto a morir por su dama, como en tiempos de la andante caballería. El paraguas era ridículo; cuidarse del resfriado era desmentir la adoración. Tal fue la lucha y el desenlace; venció el amanuense, mientras la lluvia iba cayendo cada vez más gruesa, y la gente pasaba abrigada y de prisa.

Flora entró y cerró la ventana. El amanuense aguardó un rato más, hasta que el oficial abrió el paraguas e hizo lo que todo el mundo. En su casa encontró el triste consuelo de la madre.

XCVI

Retraimiento

Aquella noche acabó sin incidente. Fueron los gemelos, Flora no apareció, y al día siguiente dos esquelitas preguntaban a doña Claudia cómo estaba su hija. La madre contestó que bien. Sin embargo, Flora no los recibió con la acostumbrada alegría. Tenía algo que le hacía hablar poco. Pidiéronle música y tocó; fue bueno, porque era el medio mejor de ensimismarse. No contestó a los apretones de mano, como creyeron recordar que antes hacía. Así pasó aquella noche; así pasaron las demás. Ora el uno, ora el otro, trataba de llegar primero, creyendo que la presencia del rival era lo que cohibía a la joven; pero la precedencia no valía de nada.

XCVII

Un Cristo especial

Todo esto costaba tanto a Flora, que acabó pidiendo a su Cristo un puesto de gobernador para el padre, o cualquier comisión fuera de allí.

Jesucristo no distribuye los gobiernos de este mundo. El pueblo es quien los entrega al que los merece, por medio de boletas cerradas, metidas dentro de una urna de madera, contadas, abiertas, leídas, sumadas y multiplicadas. La comisión podía llegar, eso sí; la cuestión es saber si Jesucristo atiende a todos los que le piden la misma cosa. Los comisionados serían infinitamente más que las comisiones. Esta objeción fue inmediatamente desterrada del espíritu de Flora, porque ella pedía a su Cristo, uno de marfil viejo, herencia de su abuela, un Cristo que nunca le había negado nada, y al que los demás no iban a importunar con sus súplicas. La misma madre tenía el suyo particular, confidente de ambiciones, consuelo de desengaños; no recurría al de la hija. Tal era la ingenua fe de la joven.

Claro está que ya le había pedido que la libertase de aquella complicación de sentimientos que no acababan de ceder el uno al otro, de aquella fatigosa vacilación, de aquel tira y afloja de ambos lados. No fue escuchada. Quizá fuera por no haber dado al pedido la forma clara que le pongo aquí con escándalo del lector. Efectivamente. no era fácil pedir así, con palabras coherentes, habladas o sólo pensadas; Flora no formuló la súplica. Puso los ojos en la imagen y se olvidó de sí misma, para que la imagen leyese dentro de ella su deseo. Era demasiado: pedir el favor del cielo y obligarlo a adivinar, ¿para qué?... Así pensó Flora, y resolvió corregir el yerro. No llegó hasta allí; no se atrevió a decir a Jesús lo que no se decía a sí misma. Pensaba en ambos sin confesar a ninguno. Sentía la contradicción sin atreverse a encararla un rato.

XCVIII

El médico Ayres

Un día pareció a la madre que su hija estaba nerviosa. La interrogó, y sólo descubrió que Flora padecía de vértigos y desvanecimientos.

Fue justamente un día que Ayres se le apareció de visita, con recados de Natividad. La madre habló primero, y le confió sus temores. Pidióle que la interrogara también. Ayres hizo de médico, y cuando la joven apareció y la madre los dejó en la sala, trató de interrogarla cautelosamente.

Inútil esfuerzo, porque ella misma inició la conversación, quejándose de dolor de cabeza. Ayres observó que el dolor de cabeza es enfermedad de muchachas bonitas, y habiendo confesado que el dicho era trivial, le descubrió el motivo. No quería perder la oportunidad de decirla lo que todo el mundo sabía y decía, no sólo allí, sino también en Petrópolis.

-¡Por qué no va usted a Petrópolis? -agregó.

-Espero hacer otro viaje mucho más largo.

-¡Apostaría que al otro mundo!

-¡Acertó!

-¿Tiene ya pasaje?

-Lo compraré el día de embarcarme.

-Puede que no lo encuentre. Hay gran movimiento para esos puntos; mejor es tomarlo de antemano, y si usted quiere yo me encargo de eso: compraré otro para mí, e iremos juntos. Cuando no hay conocidos, la travesía debe ser fastidiosa -, a veces los mismos conocidos aburren, como sucede en este mundo. Lo agradable son los recuerdos de la vida. La gente de a bordo es vulgar, pero el comandante infunde confianza. No abre la boca, da sus órdenes por señas, y no consta que haya naufragado nunca.

-Se está burlando de mí... Pero yo creo hasta que tengo fiebre.

- Déjeme ver.

Flora presentó la muñeca; Ayres tomóle el pulso, y con aire profundo, exclamó:

-Sí que la tiene. Fiebre de cuarenta y siete grados. La mano está ardiendo, pero eso mismo prueba que no es nada, porque los viajes así se hacen con los manos frías. Ha de ser un resfriado, dígaselo a su mamá.

-Mamá no cura.

-Puede curar; tiene remedios caseros. En todo caso, háblele, y llamará al médico.

-El médico da tisanas, y a mí no me gustan las tisanas.

-Ni a mí, pero las tolero. ¿Por qué no ensaya la homeopatía que no tiene gusto como la alopatía?

-¿Cuál le parece la mejor?

-¿La mejor? ¡Sólo Dios es grande!

Flora sonrió con una pálida sonrisa, y el consejero advirtió en la niña algo que no era pasajera tristeza, ni pena infantil. Habló otra vez de Petrópolis, pero no insistió. Petrópolis era la agravación del momento actual.

-Petrópolis tiene el inconveniente de las lluvias -continuó. -Yo, en lugar suyo, saldría de esta casa y de esta calle; váyase a otro barrio, a alguna casa amiga, con la mamá o sin ella...

-¿Y adónde? -preguntó la niña ansiosa.

Y dejó de mirarlo, esperando.

No tenía casa amiga, a no la recordaba, y quería que el mismo Ayres designase alguna, donde quiera que fuese, y cuanto más lejos muchísimo mejor.

Eso es lo que el consejero leyó en sus ojos fijos.

Es mucho leer, pero los diplomáticos tienen el talento de saber todo lo que les dice un rostro callado... y hasta lo contrario.

Ayres era un excelente diplomático, a pesar de la aventura de Caracas, sí es que esta misma no le aguzó la vocación de descubrir y encubrir.

Toda la diplomacia está en estos dos verbos parientes.

XCIX

A TÍTULO DE AIRES NUEVOS

-Voy a buscarle una buena casa -dijo Ayres al despedirse.

Desde que estaba en Petrópolis, Ayres no iba los jueves a Andarahy, a comer con su hermana, según había convenido y consta del capítulo XXXII. Esta vez fue, y cinco días más tarde Flora se mudaba a casa de doña Rita, a título de alires nuevos. Doña Rita no consintió en que doña Claudia le llevase la hija, sino que ella misma fue a buscarla a San Clemente, y Ayres acompañó a las tres.

La juventud de Flora en casa de doña Rita fue como una rosa nacida al pie de un viejo paredón. El paredón se rejuveneció. La simple flor, aunque pálida, alegró el revoque agrietado y las piedras descuajadas.

Doña Rita vivía encantada; Flora pagaba las atenciones de la dueña de casa con tanta ingenuidad y gracia, que ésta acabó por decirla que la robaría al padre y a la madre, y este fue también motivo de risa para los dos.

"Me has hecho un lindo regalo con esta joven escribía doña Rita a su hermano; -es un alma nueva, y ha venido en buena ocasión, porque la mía está ya caduca. Es muy buena, conversa, toca y dibuja que da gusto; aquí ha hecho croquis de varias cosas, y yo salgo con ella, para enseñarle paisajes bonitos. A veces tiene la cara triste, mira vagamente y suspira; pero yo le pregunto si extraña San Clemente, ella sonríe y hace un gesto de indiferencia. No le hablo de los nervios, para no afligirla, pero creo que está mejor..."

Flora escribió también al consejero Ayres, y las dos cartas llegaron a la misma hora a Petrópolis. La de Flora era de un agradecimiento grande y cordial, apenas mezclado con alguna palabra melancólica; así confirmaba la carta de la otra, aunque no la hubiese leído. Ayres las comparó, leyendo dos veces la de la joven, para ver si ocultaba más de lo que transparentaba el papel.

-No los traiciona; los olvida -pensó- Ayres;- y si en la vecindad hubiese alguien que piense en quererla, puede que acabe casándose.

Contestó a ambas la misma noche, diciéndoles que el jueves iría a almorzar con ellas. A doña Claudia le escribió también, mandándole la carta de su hermana, y fue a pasar la velada en casa de Natividad, a quien dio a leer las cinco cartas. Natividad lo aprobó todo. Observaba únicamente que sus hijos no le escribían, y que debían estar desesperados.

-La Santa Casa cura y la Biblioteca Nacional también -replicó Ayres.

El jueves, Ayres bajó y fue a almorzar a Andarahy. Las encontró como había leído en las cartas. Las interrogó separadamente, para oír de su boca las confesiones del papel; eran las mismas. Doña Rita parecía más encantada aún. Puede que la causa reciente de esto fuese la confidencia que hizo la víspera a la joven. Como hablasen de cabellos, doña Rita refirió lo que también consta del capítulo XXXIII, es decir, que se había cortado los suyos para ponerlos en el ataúd de su marido, cuando lo llevaron a enterrar. Flora no la dejó acabar; le tomó las manos, y las apretó mucho.

-¡Ninguna otra viuda haría eso! -dijo.

Doña Rita le tomó a su vez las manos, las puso sobre sus hombros, y acabó el ademán con un abrazo. Todo el mundo alababa la abnegación del acto, pero Flora fue la primera que la consideró única. Y de ahí otro abrazo largo, más largo...

C

Dos cabezas

Tan largo fue el abrazo que tomó el resto del capítulo. Este comienza sin él ni otro. El mismo apretón de manos de Ayres y Flora, aunque prolongado, acabó también. El almuerzo ocupó algún tiempo más que de costumbre, porque Ayres, además de brillante conversador, no se cansaba de oír a las dos, principalmente a la joven. Hallábale un asomo de languidez, abatimiento o cosa parecida, que no encuentro en su vocabulario.

Flora le mostró los dibujos que había hecho, -paisajes, figuras, un trozo del camino de Tijuca, una fuente antigua. un "Principio de casa".

Era una de esas casas que alguien comenzó muchos años antes, y que nadie acabó, quedando sólo dos o tres paredes, ruinas sin historia.

También había otros dibujos, una bandada de pájaros, un jarrón de flores a una ventana. Ayres iba hojeando, lleno de curiosidad y paciencia; la intención de la obra suplía la perfección, y la fidelidad debía ser aproximada. Por último, la joven ató los cordones del cartón. Ayres, creyendo que quedaba un dibujo postrero y escondido, le pidió que se lo mostrara.

-Es un esbozo; no vale la pena.

-Todo vale la pena; quiero seguir las tentativas de la artista; déjeme ver.

-No vale la pena...

Ayres insistió; Flora no podía negarse más, abrió el cartón, sacó un pedazo de papel grueso en que estaban dibujadas dos cabezas juntas e iguales. No tenían la perfección deseada por ella; pero no se necesitaba ponerlas nombre. Ayres examinó la obra, durante algunos minutos, y dos o tres veces alzó los ojos hacia la autora. La joven los esperaba, interrogante; quería oír las alabanzas o la crítica; pero no oyó nada. Ayres acabó de observar las dos cabezas, y puso el dibujo entre los otros papeles.

-¿No le decía yo que era un esbozo? -preguntó Flora, por ver si le arrancaba alguna palabra.

Pero el exministro prefirió no decir nada. En vez de hallar casi extinguida la influencia de los gemelos iba a dar con ella convertida en consuelo de la ausencia, tan viva que bastaba la memoria, sin la presencia de los modelos. Las dos cabezas estaban ligadas por un vínculo oculto. Flora, viendo que continuaba el silencio del consejero, Comprendió quizás parte de lo que pasaba por su espíritu. Con un ademán rápido tomó el dibujo y se lo dio. No le dijo nada, y menos aun escribió palabra alguna. Cualquiera que fuese sería indiscreta.

Además, aquel era el único dibujo que no había firmado. Se lo dio como si fuera una prenda de arrepentimiento. En seguida volvió a atar las cintas del cartón, mientras Ayres rasgaba silenciosamente el dibujo, y se metía los fragmentos en el bolsillo. Flora se quedó un instante parada con la boca entreabierta; pero luego le estrechó la mano, agradecida.

No pudo evitar que se le cayesen dos lágrimas pequeñitas, como otras tantas cintas que ataban para siempre el cartón del pasado.

-La imagen no es ni buena ni verdadera -fue la que se le ocurrió al consejero, caminando, al volver de Andarahy.

Llegó a escribirla en el Memorial, luego la tachó y escribió una reflexión menos definitiva:

"Quizá sea una lágrima para cada gemelo."

-Esto puede acabar con el tiempo -pensó, yendo a embarcarse en el vapor de Petrópolis. -De todos modos... ¡es un caso embrollado!

CI

El caso embrollado

También los gemelos hallaban el caso embrollado. Cuando iban a San Clemente, tenían noticias de la joven, sin que les hablasen con certeza de su regreso. El tiempo pasaba; no tardarían mucho en consultar la suerte, como dos antiguos.

En rigor no contaban las semanas de intervalo, puesto que la elección no se hacía, y podían sacar de la consulta lo contrario de la inclinación de la joven. Reflexión justa, aunque interesada. Uno y otro sólo querían prolongar la batalla, esperando ganarla. Entre tanto, no se confiaban el uno al otro este pensamiento, gemelo como ellos. Ambos iban sintiéndose exclusivos, el afecto tenía ya su pudor y necesitaba callar. No hablaban de Flora.

Ni de otra cosa. Como la oposición crecía, recurrían al silencio. Se evitaban; si era posible no comían juntos; cuando lo hacían hablaban poco o nada. A veces conversaban, para quitar a los criados cualquier sospecha, pero no advertían que conversaban mal y forzadamente, y que los criados iban a comentar sus palabras y sus expresiones en la cocina. La satisfacción con que éstos se comunicaban sus observaciones y conclusiones, es de las pocas que dulcifiquen el servicio doméstico generalmente rudo. Pero no llegaban a deducir todo lo que los iba haciendo cada vez más aviesos, hasta el odio que crecía con la ausencia de la madre. Como bien sabes, en esto había algo más que Flora: sus personas inconciliables. Un día hubo grandes novedades en la cocina.

Pedro, so pretexto de que sufría del calor más que Pablo, cambió de habitación y se fue a dormir mal en otra habitación no menos caliente que la primera.

CII

Las visiones buscan la penumbra

Entre tanto, la linda joven no los sacaba de su misma alcoba, aunque realmente tratase de huirles. La memoria los conducía de la mano, entraban y se quedaban. Después se iban por sí mismos o empujados por ella. Cuando volvían era por sorpresa. Un día, Flora aprovechó su presencia para hacer un dibujo igual al que diera al consejero, pero más perfecto, mucho más acabado.

A veces se cansaba. Entonces salía de su cuarto e iba al piano.

Ellos iban con ella, sentábanse a los lados o se quedaban en frente, de pie, y escuchaban con religiosa atención ora un nocturno, ora una tarantella.

Flora tocaba a gusto de ambos, sin premeditación: sus dedos obedecían a la mecánica del alma. Para no verlos, inclinaba la cabeza sobre el teclado; pero permanecían en el campo visual, si es que su respiración no se hacía sentir en frente o a los lados. Tal era la sutileza de los sentidos de la joven.

Si cerraba el piano y bajaba al jardín, muchas veces los encontraba paseando, y la saludaban con tanta gracia que ella olvidaba un instante su impaciencia. Después, sin que lo ordenase, se marchaban. En los primeros tiempos Flora temía que la hubiesen abandonado del todo, y los llamaba en su interior. Ambos volvían en seguida, tan dóciles que acabó por convencerse de que la fuga no era fuga, ni le tenían desprecio, y acabó por no evocarlos más. Su desaparición era más rápida en el jardín, quizá por la extremada claridad del sitio.

Las visiones buscan la penumbra.

CIII

El cuarto

Ya sé, ya sé y ya sé, que hay muchas visiones de esas en las páginas que van atrás. Ulises confiesa a Alcino que le es fastidioso volver a contar las mismas cosas. A mí también. Estoy, sin embargo, obligado a contarlas, porque sin ellas nuestra Flora sería menos Flora, sería otra persona que no he conocido. Conocí a ésta, con sus obsesiones o como quieras llamarlas.

No por eso, ni tampoco porque hubiese adquirido algún abatimiento y alguna nervosidad, dejaba Flora de embellecer mucho, de ponerse más linda y de tener más de un enamorado incógnito que suspiraba por ella. No faltaba quién la admirase al pasar, y por lo menos fuese a verla en el banco verde, a la puerta del jardín, junto a la hermana de Ayres. Puede que conociese a alguno, a Gouvea, por ejemplo; pero, a decir verdad, era como si no los viese.

Uno de ellos valía más que todos por el carruaje -tirado por una hermosa yunta, -capitalista del barrio. Su casa era un palacete, los muebles hechos en Europa, estilo imperio, adornos de Sevres y de plata, alfombras de Smirna, y un amplio dormitorio con dos lechos, uno de soltero, otro de casados. El segundo aguardaba a la esposa.

-La esposa ha de ser esta -pensó un día al ver a Flora.

Era maduro; tenía el rostro curtido por los vientos de la vida, a despecho de las muchas aguas de tocador; al cuerpo le faltaba aplomo, y las maneras no tenían gracia ni naturalidad. Era Nóbrega, aquel del billete de dos mil reis, billete fecundo que produjo muchos otros, más de dos mil contos de reis. Para los billetes presentes, el abuelo se perdía en la noche de los tiempos. Los tiempos eran ya claros, la mañana dulce y pura.

Cuando vio a la joven e hizo la reflexión que ahí queda, se extrañó de sí mismo. Había visto otras damas, y algunas con letreros en los ojos, diciéndole el vacío del corazón. Aquella era la primera que realmente se apoderó de su voluntad y le detuvo el pensamiento. Volvió a verla; la gente vecina notó casualmente la reciente frecuencia del capitalista.

Por último, Nóbrega acabó por introducirse en casa de doña Rita con disgusto de sus comensales que se veían olvidados por el anfitrión.

Pero Nóbrega dio las órdenes precisas para que todos fueran servidos y agasajados como si él estuviera presente.

La ausencia no le haría perder las alabanzas de los amigos. Por el contrario, los criados podían dar testimonio de lo que todos pensaban del "grande hombre" . Tal era el nombre que le había aplicado su secretario particular, y que le quedó. Nóbrega sabía poca ortografía, ninguna sintaxis, conocimientos útiles sin duda, pero que no valían lo que la moral, y la moral -decían todos, apoyando al secretario,- era su principal y mayor mérito. El fiel escribiente agregaba que si fuera necesario quitarse la camisa para darla a un mendigo, Nóbrega lo haría, aunque la camisa fuese bordada.

Y precisamente, este amor era, al fin y al cabo, un movimiento de caridad. Al poco tiempo, esa afición casual, pasó a convertirse en gran pasión, tan grande que Nóbrega no la pudo contener y resolvió confesarla.

Vaciló entre hacerlo a la misma joven o a la dueña de casa. No se sentía con ánimo ni para lo uno ni para lo otro. Una carta lo supliría todo, pero las cartas exigen idioma, calor y respeto. Si, al menos, un gesto de Flora le dijera algo, aunque fuese poco, está bien; la carta sería entonces una respuesta. Pero el gesto de la joven no le decía absolutamente nada. Era sólo cortés y gracioso; no iba más allá de estas dos expresiones.

Doña Rita notó la inclinación de Nóbrega, y consideró que era la mejor solución de la vida para su huésped. Todas las incertidumbres, angustias y melancolías irían a acabar en los brazos de un ricacho, estimado, respetado, en un palacete y con un carruaje a sus órdenes...

Ella misma ponía de relieve este premio gordo de la lotería de España.

En fin, el secretario de Nóbrega redactó, con el mejor lenguaje que poseía, una carta en que el capitalista pedía a doña Rita el favor de que consultase a la joven amada.

-No ponga palabritas dulces -recomendó Nóbrega al secretario.

-Quiero, a esa joven con un sentimiento de protección más que de otra cosa... No se trata de una carta de enamorado. Estilo grave...

-Una carta seca -dijo el secretario.

-¡Completamente seca, no! -enmendó Nóbrega. -Una carta amable, sin olvidar que ya no soy una criatura.

Así se hizo. Pero se hizo de más. Nóbrega halló que el estilo podía ser un tanto ameno; no quedaría mal poner dos o tres palabras apropiadas al objeto, "belleza, corazón, sentimiento..." Así se hizo por fin, y la carta fue llevada a su destino. Doña Rita se puso contentísima. Era precisamente lo que ella quería. Tenía el plan de terminar, por sus manos, una historia melancólica, a la que daría, por última página, una conclusión deslumbradora. No pensó en decírselo primero a su hermano, porque quería que recibiese la noticia completa, cuando ya todo estuviera hecho y derecho. Volvió a leer la carta; dispúsose a hablar en seguida con Flora; pero hay personas para quienes el adagio que dice que "lo mejor de la fiesta es esperarla", resume todo el placer de la vida. Doña Rita tenía esta opinión. Sin embargo, comprendió que cartas así no son de las que se guardan mucho tiempo, ni tampoco de las que se comunican sin cautela. Aguardó veinticuatro horas. A la mañana siguiente, después de almorzar; leyó la carta a la joven. Lo natural es que Flora se sorprendiese. Se sorprendió; pero no tardó en reír con una risa franca y sonora, como todavía no había reído en Andarahy.

Doña Rita quedó sorprendidísima. Suponía que, no la persona, pero sí las ventajas y las circunstancias abogasen por el candidato.

Olvidaba sus cabellos, sepultados en la tumba de su marido. Aconsejó a la joven, puso de relieve la posición del pretendiente, el presente y el futuro, la situación espléndida que le crearía ése casamiento, y por último, las cualidades morales de Nóbrega. La joven escuchó en silencio, y acabó riendo otra vez.

-¿Usted sabe si seré feliz? -preguntó.

-Yo creo que sí; el futuro lo confirmará o no.

-Esperemos, pues, que llegue el futuro, aunque me parece muy tardío. No niego las cualidades de ese hombre, parece bueno y me trata bien, pero yo no me quiero casar, doña Rita.

-Lo cierto es que la edad... Pero, por lo menos, ¿no lo pensará algunos días?

-¡Ya está pensado!

Doña Rita esperó un día más. La respuesta negativa, en caso de que Flora cambiase de opinión, podía ser una desgracia para ésta. Usó los mismos términos que se dijo para sí, "gran desgracia, posición espléndida, sentimiento profundo". Doña Rita llegaba a los extremos, ante aquel rico hombre de los últimos años del siglo.

CIV

La respuesta

No queriendo dar la respuesta cruda y desnuda, doña Rita consultó a la joven que le contestó sencillamente:

-Dígale usted que no pienso en casarme.

Cuando Nóbrega recibió las pocas líneas que le escribiera doña Rita, se quedó asombrado. No contaba con la negativa. Por el contrario, estaba tan cierto de la aceptación, que ya había hecho un programa de la boda. Se imaginaba a la joven con los ojos tímidos, la boca cerrada, el velo que le cubriría la linda carita, la delicadeza de él, las palabras que le diría al entrar en casa. Ya había compuesto una invocación a la Santísima Madre, para que los hiciese felices.

-Le daré carruaje -se decía, -joyas, muchas joyas, las mejores joyas del mundo.

Nóbrega no se formaba idea exacta del mundo; aquella era una manera de decir.

-He de darle todo, zapatitos de seda, medias de seda, que yo mismo le pondré...

Se estremecía imaginariamente al ponerle las medias. Le besaba los pies y las rodillas.

Había pensado que Flora, al leer la carta se quedaría tan asombrada y agradecida, que en los primeros instantes no podría contestar a doña Rita; pero luego las palabras le saldrían a borbotones del corazón.

"Sí, señora, quería, aceptaba; no pensaba otra cosa". Luego, escribiría al padre y a la madre para pedirles permiso; estos acudirían corriendo, incrédulos, pero al ver la carta, al oír a la hija y a doña Rita, ya no dudarían de la verdad y darían su consentimiento. Puede que el padre fuese a llevárselo en persona.

Y nada, nada, absolutamente nada: una simple negativa, una negativa atrevida, porque al fin y al cabo, ¿quién era ella, a pesar de su belleza? y una criatura sin un cobre, modestamente vestida, sin alhajas -nunca le había visto aros en las orejas, ni dos perlitas siquiera. ¿Y para qué le abrirían las orejas, si no tenían aros que darle? Pensó que las niñas más pobres del mundo, se perforan las orejas para los aros que les puedan caer del cielo. Y viene esta, y rechaza los aros más ricos que el cielo iba a hacer llover sobre ella...

A la hora de comer, los amigos da la casa notaron que estaba preocupado. Por la noche él y el secretario salieron a pie. Nóbrega buscó el ademán más frío e indiferente que pudo encontrar, alegre casi, y anunció al secretario que Flora no quería casarse. No puede describirse la admiración del secretario, en seguida su consternación y por último su indignación. Nóbrega contestó:

-No lo ha hecho por mal; quizá sea por considerarse abajo, muy abajo de su fortuna. Crea usted que es una buena muchacha. Puede ser también -¿quien sabe?- que haya sido un mal consejo del corazón. Esa joven es enferma.

-¿Enferma?

-No lo afirmo; digo que puede ser.

El secretario afirmó:

-Sólo la enfermedad explicaría la ingratitud, porque el acto es de pura ingratitud.

Aquí volvió la nota de la indignación, nota sincera, como las demás.

A Nóbrega le agradó oírla; era piedad. Al fin realizó la idea que llevaba al salir de casa: le aumentó el sueldo. Aquello podía ser el pago de la simpatía; el beneficiado fue aun más lejos: considero que era el precio del silencio, y nadie supo nada.

CV

La realidad

La enfermedad dada como explicación a la negativa de casamiento, pasó a ser realidad a los pocos días. Flora se enfermó levemente; doña Rita, por no alarmar a los padres, la asistió con remedios caseros; después hizo llamar un médico, su médico, y la cara que éste puso no fue buena, más bien mala.

Doña Rita que acostumbraba leer la gravedad de sus enfermedades en el rostro del médico, y que siempre las hallaba gravísimas, avisó a los padres de la joven. Los padres acudieron en seguida. Natividad bajó también de Petrópolis, pero no en seguida; allá arriba temían que se produjera algún movimiento abajo. Fue a visitar a la joven y a su ruego se quedó varios días.

-Solo usted me puede curar -la dijo Flora: -no creo en los remedios que me dan. Sus palabras si que son buenas, y sus caricias... Mamá también, y doña Rita, pero no sé, hay una diferencia, una cosa... Vea usted; hasta me parece que ya puedo reír...

-Bien, bien, ¡ría usted más!

Flora sonrió, pero con esa sonrisa pálida que aparece en los labios del enfermo cuando la enfermedad le consiente, o cuando fuerza la seriedad propia del dolor. Natividad trataba de animarla; hízola prometer que iría a convalecer en Petrópolis. La enfermedad comenzó a ceder. Doña Claudia aceptó el ofrecimiento de doña Rita, y se instaló allí. Natividad se iba por la noche a Botafogo, y, volvía por la mañana.

Ayres bajaba de Petrópolis un día sí otro no.

Los gemelos iban también a preguntar por la enferma. Entonces, más que antes, sentían la fuerza del vínculo que los unía a la joven.

Pedro, médico ya, aunque sin clientela, daba más autoridad a sus preguntas, deducía mejor de los síntomas, pero ambos tenían esperanzas y temores. Algunas veces hablaban más alto de lo que imponían la costumbre y las conveniencias. La razón de esto, por egoísta que fuese, era perdonable. Supon que hablasen las tarjetas de visita; algunos, más impacientes, proclamarían sus nombres, para que luego se supiese su presencia, su cortesía y su ansiedad. Este cuidado, por parte de ambos, era inútil, porque Flora sabía de ellos, y recibía los recuerdos que le dejaban.

Flora iba pasando los días. Quería que Natividad estuviera siempre a su lado, por la razón que ya dio y por otra que no dijo, ni quizá supo, pero que podemos sospechar e imprimir. Allí estaba el bendito vientre que había llevado a los gemelos. Por instinto hallaba en ella algo de particular. En cuanto al influjo que ejercía en ella, por esa o por cualquier otra causa, Natividad no lo sabía; contentábase con ver que aun entonces y en semejante crisis, Flora no perdía la amistad que le tuviera.

Pasaban las horas juntas, conversando, si no le hacía mal hablar, o sino la una con la mano de la otra entre las suyas. Cuando Flora se dormía, Natividad se quedaba contemplándola, con el rostro pálido, los ojos hundidos, las manos calientes, pero sin perder la gracia de los días de salud. Las otras entraban en el cuarto, de puntillas, estiraban el cuello para verla dormir.

Cuando pareció mejorar, Flora pidió un poco más de luz y de cielo.

Abrióse una de las ventanas, y la enferma se llenó de vida y de sonrisas.

No quiere decir esto que la fiebre se marchase del todo. Esa bruja lívida estaba en un rincón del aposento, con los ojos clavados en ella; pero, sea de cansada, sea por impuesta obligación, dormitaba a menudo y largamente. Entonces la enferma sólo sentía el calor del mal, que el médico graduaba en treinta y nueve o treinta y nueve y medio, después de consultar el termómetro. La Fiebre, al ver esto, reíase sin ruido, se reía para sí.

CVI

¿Qué ambos?

Quedamos en el punto en que una de las ventanas del cuarto aumentó la dosis de la luz y de cielo que Flora pidió, a pesar de la fiebre, entonces poca. Lo demás que pasó valdría la pena de hacer un libro.

No fue en seguida, en seguida, ocupó largas horas y algunos días. Hubo tiempo bastante para que entre la vida y Flora se hiciese la reconciliación o la despedida. Una y otra podían ser extensas; también podían ser cortas. Conocí un hombre que se enfermó viejo, si no de viejo, e invirtió en el rompimiento final un tiempo infinito. Pedía la muerte, pero en cuanto veía el rostro descarnado de la postrer amiga espiando por la puerta entreabierta, volvía el suyo para otro lado y canturreaba una canción de la infancia, para engañarla y vivir.

Flora no recurría a tales canciones, por otra parte tan próximas.

Cuando veía el cielo y un poco de sol en la pared, deleitábase naturalmente, y una vez quiso dibujar pero no se lo consintieron. Si la muerte le espiaba de la puerta, sentía un calofrío, es verdad, y cerraba los ojos.

Al abrirlos miraba la triste figura, sin huirle ni llamarla.

-Usted mañana se apronta, y de hoy en ocho días o antes, nos vamos a Petrópolis- dijo Natividad disimulando las lágrimas; -pero la voz hacía el oficio de los ojos.

-¿A Petrópolis? -suspiró la enferma.

-Allí tiene mucho que dibujar.

Eran las siete de la mañana. La víspera, cuando los gemelos salieron de allí, los temores de muerte aumentaban; pero no bastan los temores, es preciso que la realidad venga tras ellos: de ahí las esperanzas. Tampoco bastan las esperanzas: la realidad es siempre urgente. La madrugada llevó algún sosiego; a las siete, después de aquellas palabras de Natividad, Flora se pudo dormir.

Cuando Pedro y Pablo volvieron a Andarahy, la enferma estaba despierta, y el médico, sin dar grandes esperanzas, mandó hacer ciertas aplicaciones que declaró enérgicas. Todos tenían huellas de lágrimas.

Por la noche Ayres apareció llevando la noticia de que había agitación en la ciudad.

-¿Qué es?

-No sé. Unos hablan de manifestaciones al mariscal Deodoro, otros de conspiración contra el mariscal Floriano. Algo hay.

Natividad pidió a sus hijos que no se metiesen en disturbios; ambos prometieron y lo cumplieron. Al ver el aspecto de algunas calles, grupos, patrullas, armas, dos ametralladoras, Itamaraty iluminado, tuvieron curiosidad de saber lo que hubo y lo que había; vaga sugestión que no dura dos minutos. Corrieron a meterse en casa y a dormir mal aquella noche. A la mañana siguiente los criados les llevaron los periódicos con las noticias de la víspera.

-¡Ha llegado algún recado de Andarahy! -preguntó uno.

-No, señor.

Sin embargo, trataron de leer en voz alta alguna cosa. No pudieron; estaban ansiosos por saber noticias de la noche. Aunque llevaran los periódicos consigo, no leían claro ni seguido. Vieron nombres de personas presas, un decreto, movimiento de gente y de tropas, todo tan confuso que fueron a dar a casa de doña Rita antes de entender lo que pasaba, Flora vivía aún.

-Mamá, usted está hoy más triste que estos días.

-¡No hables tanto, hija mía! -dijo doña Claudia. -Me pongo triste siempre que estás enferma. Ponte buena, y verás.

-¡Ponte, ponte buena! -agregó Natividad. -Yo, cuando muchacha, tuve una enfermedad igual que me postró dos semanas hasta que me levanté, cuando ya nadie lo esperaba

-¡Quiere decir que ya no esperan que me levante?

Natividad trató de reír ante aquella deducción tan rápida, con el fin de animarla. La enferma cerró los ojos, al rato volvió a abrirlos y pidió que viesen si tenía fiebre. La examinaron: tenía, tenía mucha.

-Abran toda la ventana.

-¡No sé si le hará bien! -exclamó doña Rita.

-Mal no le hará -dijo Natividad.

Y fue a abrir, no toda sino la mitad de la ventana. Flora, aunque ya muy caída, hizo un esfuerzo y se volvió hacia la luz. En esa posición se quedó; sus ojos, al principio vagos, comenzaron a pararse, hasta que quedaron fijos. Los criados entraban en la habitación despacio y sofocando los pasos, trayendo y llevando recados; afuera esperaban al médico.

-¡Cuánto tarda! ¡Ya debía estar aquí! -decía Baptista.

Pedro era médico, y se ofreció para ver a la enferma. Pablo, como no podría entrar también, observó que eso no le agradaría al médico de cabecera; además, Pedro no tenía práctica. Uno y otro querían asistir al fallecimiento de Flora, si tenía que suceder. La madre que los oyó, salió a la sala y al saber lo que era, contestó negativamente. No podían entrar; era mejor que fuesen a buscar al médico.

- ¿Quién era? -preguntó Flora al verla volver a su habitación.

-Son mis hijos que querían entrar ambos.

-¿Qué ambos? -preguntó Flora.

Estas palabras hicieron creer que comenzaba el delirio, si es que no acababa, porque, a la verdad, Flora no volvió a decir nada más.

Natividad creía que era el delirio. Ayres, cuando le repitieron el diálogo, rechazó el delirio.

La muerte no tardó. Llegó más de prisa de lo que se temía entonces.

Todas las mujeres y el padre acudieron a rodear el lecho, donde se precipitaban las señales de la agonía. Flora acabó como una de esas tardes rápidas, no tanto que no hagan ir sintiendo las añoranzas del día; acabó tan serenamente, que la expresión del rostro, cuando le cerraron los ojos, era menos de muerte que de estatua. Las ventanas, abiertas, dejaban entrar el sol y el cielo.

CVII

Estado de sitio

No hay nunca novedad en los entierros. Aquel tuvo la peculiaridad de recorrer las calles en estado de sitio. Pensándolo bien, la muerte no es otra cosa que una cesación de la libertad de vivir -cesación perpetua,- mientras que el decreto de aquel día valió sólo por 72 horas.

Al cabo de 72 horas, todas las libertades iban a ser restablecidas, menos la de revivir. El que murió, murió.

Era el caso de Flora, Pero ¿qué crimen habría cometido aquella joven, además del de vivir, y quizás el de amar, no se sabe a quién, pero amar?

Perdona estas obscuras preguntas, que no se combinan, antes bien se contrarían. Su motivo es que no recuerdo esta muerte sin pena, y aun tengo aquel entierro ante los ojos...

CVIII

Viejas ceremonias

Aquí va a salir el ataúd. Todos se quitan el sombrero en cuanto asoma a la puerta. La gente que pasa se detiene. A las ventanas se asoma la vecindad, en algunas se amontona, porque las familias son mayores que el sitio; a las puertas, los criados. Todos los ojos examinan a los que toman las manijas del cajón, Baptista, Santos, Ayres, Pedro, Pablo, Nóbrega.

Este, aunque ya no frecuentaba la casa, enviaba a saber de la enferma y fue invitado a cargar el precioso cuerpo. En el carruaje, en que llevaba secretario, y que era tirado por la yunta más hermosa del cortejo, casi única, decía Nóbrega:

-¿No le dije yo que estaba enferma? Estaba muy enferma.

-Mucho -contestó el secretario.

No llegó al extremo de decir que se alegró con la muerte de Flora, sólo por haberle hecho acertar en la noticia de la enfermedad cuando estaba completamente buena. Pero que nadie fuera su marido fue para él una especie de consuelo. Hubo más: suponiendo que lo hubiera aceptado y se casaran, pensaba en el espléndido entierro que le haría.

Dibujaba en la imaginación el coche fúnebre, el más rico de todos, los caballos y sus plumas negras, el ataúd, una infinidad de cosas que, a fuerza de pensar, consideraba hechas... Después, la tumba: mármol, letras de oro... El secretario, para arrancarlo a su tristeza hablaba de las cosas de la calle:

-¡Recuerda su excelencia la fuente que había aquí el año pasado?

-No -refunfuñaba Nóbrega.

Una vez más: no hay novedad en los entierros. De ahí el problema fastidioso de los sepultureros, al abrir y cerrar tumbas todos los días.

No cantan como los de Stanclet, que templan las tristezas del oficio con los cantares del mismo oficio. Llevan el cajón de la cal y la cuchara para los invitados, y para ellos las palas con que echan la tierra en la fosa. El padre y algunos amigos quedaron junto a la tumba de Flora, viendo caer la tierra, primero con golpe sordo, después con lentitud fatigosa, por más que los pobres hombres se apresuren. Por fin, cayó toda la tierra, y pusieron sobre ella las coronas de los padres y de los amigos: A nuestra querida hija. A nuestra santa amiguita Flora, su triste amiga Natividad. A Flora, un viejo amigo, etc. Hecho esto, fueron saliendo; el padre, entre Ayres y Santos que le dieron el brazo, tambaleaba. En el portal tomaron los coches y partieron. No notaron la falta de Pedro y Pablo que quedaban junto a la tumba.

CIX

Ante la tumba

Ninguno de ellos contó el tiempo pasado en aquel sitio. Sólo saben que fue de silencio, de contemplación y de pena. No lo digo, por no avergonzarlos ahora, pero es posible que también llorasen. Tenían un pañuelo en la mano y se enjugaron los ojos; después, con los brazos caídos, y las manos teniendo el sombrero, fingían mirar las flores que cubrían la sepultura, pero en realidad miraban la criatura que estaba debajo.

Por fin arrancáronse de allí y se despidieron de la muerta, quién sabe con qué palabras, ni si eran las mismas; el sentido sí, sería igual.

Como se hallaban uno frente al otro, ocurrióseles darse un apretón de manos por encima de la tumba. Era una promesa, un juramento. Reuniéronse y fueron bajando, callados. Antes de llegar a la puerta tradujeron a palabras el ademán hecho sobre la tumba. Juráronse conciliación perpetua.

-¡Ella nos separó -dijo Pedro; -ahora que desapareció, que nos una!

Pablo convino con un movimiento de cabeza.

-¡Quizá muriera para eso mismo! -agregó.

En seguida se abrazaron. Ni el ademán ni las palabras tenían énfasis o afectaciones; eran sencillos y sinceros. La sombra de Flora los vio seguramente, oyó e inscribió aquella promesa de reconciliación en las tablas de la eternidad. Ambos, por un impulso común, volvieron los ojos para ver una vez más la tumba de Flora, pero la tumba quedaba lejos y oculta por grandes sepulcros, cruces, columnas, un mundo entero de gente que pasó casi olvidada ya. El cementerio tenía un aire medio alegre, con todas aquellas guirnaldas de flores, bajo-relieves, bustos, y el color blanco de los mármoles y la cal. Comparado con la tumba reciente, parecía un renacimiento de vida, descuidada en un rincón de la ciudad.

Costóles salir del cementerio. No suponían estar tan ligados a la muerta. Ambos oían la misma voz, con igual dulzura y palabras especiales.

Habían llegado a la puerta y el carruaje se acercó a tomarlos. La cara del cochero estaba radiante.

No se explica esta expresión del cochero, a no ser que, inquieto por la tardanza, no creyendo que sus clientes permanecieran tanto tiempo junto a la tumba, comenzara a temer que hubiesen aceptado la invitación de algún amigo, y regresado a su casa. Ya había resuelto no esperar sino algunos minutos más, y marcharse; pero, ¿y la propina? La propina fue doble, como el dolor y el amor; digamos gemela.

CX

Que vuela

Así como el carruaje volvió volando del cementerio, así también volará este capítulo, destinado a decir, primero, que la madre de los gemelos consiguió llevárselos a Petrópolis. Ya no se excusaron con la clínica de la Santa Casa, ni con los documentos de la Biblioteca Nacional.

Clínica y documentos descansaban ya en la sepultura número...

No pongo el número para que, si algún curioso llega a hallar este libro en la susodicha Biblioteca, se dé el trabajo de investigar y completar el texto. Basta con el nombre de la muerta, que ya queda dicho y repetido.

Vuela este capítulo como el tren de Maná, tierra arriba, hasta la ciudad del reposo, el lujo y la galantería. Natividad va con sus hijos, y Ayres con los tres. Por la noche, al volver éste a casa del barón, pudo ver los efectos de la paz jurada, la conciliación final. No sabía nada del pacto de los jóvenes. Ni el padre ni la madre sabían nada tampoco. Fue un secreto guardado en el silencio y el deseo sincero de honrar a una criatura que los había unido, muriendo.

Natividad vivía enamorada de sus hijos. Los llevaba a todas partes, los guardaba para sí, a fin de saborearlos más deliciosamente, de probarlos con hechos, de cooperar en la obra correctiva del tiempo. Las noticias y rumores de Río de Janeiro eran tema de conversación en las casas a que iban, sin invitarlos a salir de su abstención voluntaria. Las diversiones los envolvían poco a poco; algún paseo a caballo o en carruaje, y otras distracciones, los mantenían unidos.

Así llegaron al tiempo en que la familia Santos bajó, aunque contra el deseo de Natividad. Esta temía que, cerca del gobierno, la discordia política acabase con la reciente armonía de los hijos, pero no podía quedarse. Los demás iban bajando, Santos quería volver a sus costumbres y dio algunas buenas razones, que Natividad oyó después al mismo Ayres. Podía ser una coincidencia de ideas, pero si eran buenas debían ser aceptadas.

Natividad confiaba al tiempo el perfeccionamiento de la obra.

Creía en el tiempo. Yo, cuando niño, siempre lo vi pintado como un viejo de barba blanca y guadaña en la mano, que metía miedo. En cuanto a ti, amigo mío o amiga mía, según el sexo de la persona que me lee, si no son dos y ambos sexos -una pareja de novios, v. g., - curiosos de saber cómo podían Pedro y Pablo estar en el mismo Credo...

No hablemos de ese misterio. Conténtate con saber que tenían en la mente cumplir el juramento de aquel lugar y ocasión.

El tiempo trajo el fin de la temporada, como en otros años, y Petrópolis abandonó a Petrópolis.

CXI

Un resumen de esperanzas

"Cuando uno no quiere, dos no pelean", tal es el viejo proverbio que oí en mi infancia, la edad mejor para oír proverbios. En la edad madura, ya deben formar parte del equipaje de la vida, frutos de la experiencia antigua y común. Yo creía en éste; pero no fue él quien me inspiró la resolución de no pelear nunca. Le di crédito porque lo hallé en mí. Aunque no existiera hubiera sido lo mismo. En cuanto a la manera de no querer, no respondo, ni la sé. Nadie me importunaba; todos los temperamentos armonizaban conmigo; pocas divergencias tuve, y sólo perdí una o dos amistades, y no tan pacíficamente que los amigos perdidos no dejaron de sacarme el sombrero. Uno de ellos me pidió perdón en su testamento.

En el caso de los gemelos, ninguno de ambos quería; parecíales oír una voz de fuera y de lo alto, que les pedía constantemente paz. Fuerza mayor, por lo tanto, y cambio de fórmula "Si ninguno quiere, ninguno pelea"

Naturalmente los actos del gobierno eran aprobados y desaprobados, pero la certidumbre de que podían encender nuevamente sus odios, hacía que opiniones de Pedro y de Pablo quedaran entre sus amigos personales. No pensaban nada en presencia uno de otro. Las divergencias de teatro o de calle, eran sofocadas en seguida, por mucho que les doliera el silencio. No le dolería tanto a Pedro como a Pablo, pero siempre algún padecer era. Cambiando de pensamiento se olvidaban de todo, y la risa de la madre era la paga de ambos.

La diferente carrera iba a separarlos pronto, aunque la residencia común los mantuviere unidos. Todo se podía combinar; los intereses de la profesión servirían para el objeto, las relacionas personales también, y por fin el hábito, que sirve de mucho. Voy resumiendo aquí, como puedo, las esperanzas de Natividad. Otras había, que llamaré conyugales: pero los jóvenes no parecían inclinados a ellas, y si alguien auscultara el corazón de la madre, sentiría ya celos anticipados de las nueras...

CXII

El primer mes

La víspera del día en que cumplió el primer mes de la muerte de Flora, Pedro tuvo una idea que no comunicó a su hermano. No hubiera perdido nada comunicándosela, porque Pablo tuvo la misma idea y también la calló. De ella nace este capítulo.

Con el pretexto de ir a visitar un enfermo, Pedro salió de casa antes de las siete. Pablo saltó poco después; sin pretexto alguno. Pía lectora, ya adivinas que ambos fueron al cementerio; lo que no adivinas ni es fácil adivinar, es que cada uno llevaba una corona. No digo que fueren de las mismas flores, no sólo para respetar la verdad, sino también para alejar toda idea intencional de simetría en la casualidad y la acción. Una era de miosotis, la otra creo que de siemprevivas. Cual fuere la de uno y cual la de otro no se sabe, ni interesa a la narración.

Ninguna llevaba tarjeta.

Cuando Pablo llegó al cementerio y vio de lejos a su hermano, tuvo la sensación de una persona robada. Creía ser el único y era el último.

Pero la presunción de que Pedro no había llevado nada, ni una hoja siquiera, lo consoló de la anticipación de la visita. Esperó algunos instantes; advirtiendo que podía ser visto, apartóse del camino y se metió entre las sepulturas, hasta ir a colocarse atrás de aquella. Allí esperó cerca de un cuarto de hora. Pedro no quería arrancarse de allí; parecía hablar y escuchar. Por fin se despidió y se fue.

Pablo, lentamente, se encaminó a la sepultura. Al depositar la corona, vio otra recién puesta, y comprendiendo que era del hermano, tuvo un ímpetu de correr tras él y pedirle cuentas del recuerdo y la visita. No se lo tomes a mal; el ímpetu pasó inmediatamente. Lo que hizo fue colocar la corona que llevaba del lado correspondiente a los pies de la muerta, para no hermanarla con la otra que estaba en el lado de la cabeza.

No vio, no adivinó siquiera que Pedro, naturalmente, se detendría un momento para volver la cabeza y enviar una postrer mirada a la tumba. Así fue; pero cuando Pedro vio a su hermano en el mismo lugar que él ocupara, con los ojos en el suelo, tuvo también su ímpetu de ir a buscarlo y arrancarlo de aquella tumba sagrada. Prefirió ocultarse y aguardar. La piadosa acción, cualquiera que fuera, fue ofrecida por él primero a la amada común. El fue el primero que evocó la sombra de Flora, que la habló, que la oyó, que lloró con ella la separación eterna. Llegó antes que el otro; la recordó más temprano.

Así consolado, podía seguir su camino; si Pablo saliera tras él; comprendería que había hecho su visita en segundo lugar, y recibiría un gran golpe. Dio algunos pasos en dirección a la puerta, se detuvo, retrocedió y volvió a ocultarse. Quería ver los ademanes de Pablo, si rezaba, si se persignaba, para desmentirlo cuando le oyera mofarse de las ceremonias eclesiásticas. Luego comprendió que era un error; no iba a confesar a nadie que lo había visto rezando junto a la tumba de Flora. Por el contrario era capaz de desmentirlo.

Mientras estas imaginaciones le pasaban por la cabeza, deshaciéndose unas a otras, discurriendo sin palabras, aceptando, rechazando, esperando, sus ojos no se apartaban del hermano, ni éste de la sepultura.

Pablo no hacía un ademán, no movía los labios, tenía los brazos cruzados y el sombrero en la mano. No obstante, podía estar rezando.

También podía hablar callado, a la sombra o a la memoria de la muerta. Lo cierto es que no salió de aquel lugar. Entonces Pedro vio que la conversación, evocación, adoración o lo que fuera, que ataba a Pablo a la tumba, iba siendo más larga que sus oraciones. No contó su tiempo, pero evidentemente el de Pablo era ya mayor. Descontando la impaciencia, que siempre hace crecer los minutos, todavía resultaba que Pablo gastaba más pena que el. Así ganaba en la extensión de la visita lo que perdiera en la llegada al cementerio. Pedro a su vez, se consideró robado.

Quiso salir; pero una fuerza inexplicable no le permitía alzar los pies ni apartar los ojos de su hermano. Con trabajo pudo alzar estos, y pasearlos por las otras tumbas, en que leyó algunos epitafios. En uno de 1865 no se podía leer bien si era tributo de amor filial o conyugal, materno o paterno, porque ya estaba borrado el adjetivo. Tributo era, tenía la fórmula adoptada por los marmolistas para economizar estilo a sus clientes. Notando que el adjetivo estaba roído por el tiempo, Pedro  se dijo que en amor era un substantivo perpetuo, que no necesitaba nada para definirse.

Pensó otras cosas, con las que fue disimulando su humillación.

Todo lo había hecho de carrera. Si se hubiese demorado más, el otro estaría en acecho, no él. El tiempo pasaba, el sol inundaba e1 rostro del hermano, pero este no se iba. Por fin dio señales de dejar la tumba, pero fue para andar al rededor, deteniéndose en los cuatro lados, como si buscara el sitio mejor para ver o evocar la persona guardaba en su seno.

Hecho esto, Pablo se retiró, bajó y salió, llevando las maldiciones de Pedro. Este tuvo una idea que desdeñó en seguida, y tú harías lo mismo amigo lector: volver a la tumba y aumentar el tiempo de antes con un pedazo mayor. Desechada la idea, vagó algunos instantes, hasta que salió sin ver ni la sombra de Pablo.

CXIII

Una Beatriz para dos

Si Flora viese las manifestaciones de ambos, es probable que bajara del cielo, y buscase el modo de oírlos perfectamente; una Beatriz para dos. Pero no las vio o no creyó conveniente bajar. Quizá no hallase la necesidad de volver para servir de madrina a un duelo que dejara a la mitad.

En cuanto a éste, si había de continuar, no era por la misma injuria.

No olvides que al pie de esa misma tumba los dos hicieron paces eternas, y aunque no las deshiciese la tumba, lo cierto es que reavivó en parte la ira antigua. Me dirás, con apariencias de razón, que si aún enterrada los separaba, más los separaría si bajase en espíritu. Para equivocación, amigo mío. Al principio, por lo menos, ambos jurarían lo que ella les mandara.

CXIV

Consultorio y estudio

Meses después, Pedro abría consultorio médico, al que iban personas enfermas, y Pablo estudio de abogado, que buscaban los necesitadosde justicia. El uno prometía salud, el otro victoria en los pleitos, y acertaban muchas veces, porque no les faltaba ni talento ni suerte.

Además, no trabajaban solos, sino cada cual con un colega de renombre y práctica.

En medio de los sucesos de aquel tiempo, entre los cuales sobresalían la rebelión de la escuadra y los combates del sur, los ataques a la ciudad, los discursos incendiarios, prisiones, músicas y otros rumores, no les faltaba terreno en que discutir. Ni se necesitaba para ello la política.

Las ocasiones y los motivos aumentaban en número. Aunque conviniesen por casualidad y en apariencia, era para discutir en seguida y alternativamente, no de propósito sino porque no podía ser de otra manera.

Habían perdido el acuerdo hecho por la razón, jurado por el amor, en honor de la niña muerta y la madre viva. No se podían ver, y menos oír. Cuidáronse de evitar todo lo que el sitio y la ocasión combinasen para separarlos más. De esta manera, la profesión les bifurcó el camino y dividió las relaciones de ambos. Natividad apenas se preocuparía por la mala voluntad de los hijos, desde que ambos parecían competir en quererla; pero se preocupaba por ella, y trataba de unirlos estrechamente en todo. Santos se regocijaba, de prolongarse por la medicina y la abogacía de los hijos. Sólo temía que Pablo, dada su inclinación partidista, buscara novia jacobina. No atreviéndose a decirle nada al respecto, se refugiaba en la religión, y no, había misa en que no introdujera una oración especial y secreta para alcanzar la protección del cielo.

CXV

Cambio de opiniones

No sé cuando vio Natividad los primeros signos de un cambio de inclinación que más parecía a propósito, que efecto natural. Sin embargo, era naturalismo. Pablo comenzó a hacer oposición al gobierno, mientras Pedro moderaba su tono y su sentido, y acababa aceptando el régimen republicano, objeto de tantas desavenencias.

La aceptación por parte de éste no fue ni rápida ni total; pero era suficiente para comprender que entre él y el nuevo gobierno no mediaba un abismo. Naturalmente, el tiempo y la reflexión consumarían este efecto en el espíritu de Pedro, si es que no se admite que en él madurase también la ambición de un gran destino, esperanza de la madre.

Natividad, en efecto, quedó encantada. También ella cambiaría, si había algo que cambiar en la sencilla alma materna, para quien todos los regimenes valían por la alegría de los hijos. Pedro, además, no se daba por entero, excluía algo de las personas y del sistema, pero aceptaba el principio, y eso basta; el resto llegaría con la edad -decía la madre.

La oposición de Pablo no era al principio sino a la ejecución. Esta no es la República de mis sueños decía; y se disponía a reformarla en tres tiempos, con la flor y la nata de las instituciones humanas, no presentes ni pasadas, sino futuras. Cuando hablaba de ellas, veíasele la convicción en los labios y en los ojos, agrandados éstos como de alma de profeta. Era otra ocasión de no entenderse los dos. Doña Claudia creía que era cálculo de ambos para no unirse nunca; -opinión que Natividad hubiera aceptado por último, a no ser por la de Ayres.

También éste había observado el cambio, y estaba pronto a aceptar la explicación por aquel motivo de la comodidad que encontraba en estar de acuerdo con las opiniones ajenas; no se cansaba ni aburría. Y mejor si el acuerdo se hacía mediante un simple gesto. Pero esta vez tuvo en cuenta la persona de quien se trataba.

-No, baronesa -dijo, -no crea que se trate de un propósito.

-Pero, ¿qué puede ser, entonces?

Ayres invirtió algún tiempo en la elección de las palabras, para que no le resultaran pedantescas ni insignificantes; quería decir lo que pensaba. A veces hablar no cuesta menos que pensar. Al cabo de tres minutos, dijo reservadamente a Natividad:

-Me parece que la razón es el espíritu de inquietud que reside en Pablo, y el de conservación de Pedro. El uno se contenta ya con lo que hay, el otro considera que es poco, y poquísimo, y quisiera llegar a un punto que aún no han alcanzado los hombres. En suma, no les importan las formas de gobierno, con tal que la sociedad se quede firme o siga adelante. Si no está de acuerdo conmigo, convenga con doña Claudia.

Ayres no tenía el triste pecado de los opinadores; no le importaba ser aceptado o no. No es esta la primera vez que lo digo, pero probablemente será la última. A decir verdad, la madre de los gemelos no quiso otra explicación. No por eso se extinguiría la discordia entre ellos, que apenas cambiaban de armas para continuar el mismo duelo.

Al oír esta conclusión, Ayres hizo un gesto afirmativo y llamó la atención de Natividad hacia el color del cielo, que era el mismo, antes y después de la lluvia. Suponiendo que hubiera algo simbólico en esto, Natividad comenzó a buscarlo, y lo mismo harías tú, lector, si estuvieras en su caso; pero no había nada.

-Tenga usted confianza, baronesa -continuó Ayres poco después.

-Cuente con las circunstancias, que también son hadas. Cuente aún más con lo imprevisto. Lo imprevisto es una especie de dios suelto, a quien es preciso tributar algunas acciones de gracias; puede tener voto decisivo en la asamblea de los acontecimientos. Suponga usted un déspota, una corte, un mensaje. La corte discute, el mensaje, el mensaje canoniza al déspota. Cada cortesano se encarga de definir una de las virtudes del déspota; su mansedumbre, su piedad, su justicia, su modestia... Llega el turno a la grandeza del alma; llega también la noticia de que el déspota ha muerto de apoplejía, que un ciudadano ha asumido el poder, y que la libertad se ha proclamado desde lo alto del trono. El mensaje es aprobado y copiado. Un amanuense basta para cambiar las manos a la Historia; todo consiste en que el nombre del nuevo jefe sea conocido, y lo contrario es imposible; nadie trepa el trono sin eso, ni usted sabe lo que es una memoria de amanuense.

Como en las misas fúnebres, sólo se cambia el nombre del sufragado

-Petrus, Paulus...

-¡Oh! no haga agüeros a mis hijos! -exclamó Natividad.

CXVI

De regreso

-De manera que ¿han sido electos diputados?

-Sí; el jueves tomarán posesión de sus puestos. Si no fuesen mis hijos, le diría que los va a encontrar más hermosos de lo que los dejó el año pasado.

-Diga, dígalo usted, baronesa. Haga cuenta que son mis hijos.

Ayres volvía de Europa, adonde fue con la promesa de no quedarse más de seis meses. Se engañó: estuvo once. Natividad le puso un año, para redondear la ausencia, que había sentido de veras, como doña Rita. A la una por la sangre, a la otra por la costumbre, a ambas les costó soportar la separación. Él se fue so pretexto de tomar las aguas, y por más que le recomendasen las del Brasil, no las quiso probar. No estaba acostumbrado a las denominaciones locales. Tenía la impresión de que las aguas de Carlsbad o de Vichy, sin estos nombres, no curarían tanto. Doña Rita insinuó que iba a ver cómo estaban las jóvenes que dejó.

-Estarán tan viejas como tú.

-Puede ser que más. Su oficio es envejecer -replicó el consejero.

Trató de reír, pero no pudo llegar más allá de la amenaza. No era el recuerdo de su propia vejez, ni el de la caducidad ajena; era la injusticia de la suerte que le quitó la vista interior. Él sabía perfectamente que las jóvenes ceden al tiempo, como las ciudades y las instituciones, y aun más de prisa. No todas irían temprano a cumplir la sentencia que atribuye al amor de los dioses la muerte prematura de las personas; pero había visto algunas, y recordó a la dulce Flora, que allá se marchó con sus gracias delicadas... No pasó de amenaza de la risa.

Las dos trataron de detenerlo; Santos también, pues en el perdía uno de sus compañeros seguros de la noche; pero nuestro hombre resistió, se embarcó y partió. Como escribía siempre a la hermana y los amigos, daba la causa exacta de su tardanza, y no eran amores, salvo que mintiera, pero ya había pasado la edad de mentir. Afirmó, sí, que había recuperado algo las fuerzas, y así parecía cuando desembarcó once meses después en el muelle Pharoux. Tenía el mismo aire de viejo elegante, fresco y bien puesto.

-Conque, electos ¿eh?

-Electos; toman posesión el jueves.

CXVII

La toma de posesión

El jueves, día en que los gemelos tomaban asiento en la Cámara, Natividad y Perpetua fueron a presenciar la ceremonia. Pedro o Pablo las colocó en una tribuna. La madre dio a conocer su deseo de que Ayres fuese también. Cuando éste llegó, ya las encontró sentadas, y a Natividad mirando con el anteojo al presidente y a los diputados. Uno de éstos hablaba sobre el acto, y nadie le prestaba atención. Ayres se sentó algo más atrás, y al cabo de algunos minutos dijo a nuestra amiga:

-Usted me escribió que eran candidatos de partidos opuestos...

-En efecto -contestó Natividad. -Los han elegido en oposición el uno al otro

Ambos apoyaban la República, pero Pablo quería más de lo que ésta era, y Pedro pensaba que era bastante, y hasta demasiado. Mostrábanse sinceros, ardientes, ambiciosos, eran queridos por sus amigos, instruidos, estudiosos...

-¿Y se quieren, por fin?

-Se quieren en mí -contesto Natividad después de formar la frase en la cabeza.

-Pues basta ese terreno, amigo.

-Amigo, pero harto viejo; mañana puedo faltarles.

-¡No les faltará! Usted tiene muchos, pero muchos años de vida.

Haga un viaje a Europa con ellos, y verá como vuelve todavía más robusta. Yo me siento duplicado, por más que me cueste por la modestia; pero la modestia lo perdona todo. Y luego cuando los vea con carrera, y ya grandes hombres...

-¿Pero por qué ha de separarlos la política?

-Sí, podrían ser grandes hombres en la ciencia: un gran médico, un gran jurisconsulto...

Natividad no quiso confesar que la ciencia no bastaba. La gloria científica le parecía comparativamente obscura: era silenciosa, de gabinete, entendida por pocos. La política no. Quisiera sólo la política, pero que no lucharan, que se amaran, que subieran dándose la mano...

Así pensaba para sí, mientras Ayres, dejando de lado la ciencia, acabó por declarar que, sin amor, no se conseguiría nada.

-La pasión -dijo, -es la mitad del camino.

-La política es su pasión; pasión y ambición. Puede que ya piensen en la presidencia de la República.

-¿Ya?

-No... es decir, sí; pero guárdeme el secreto Los he interrogado separadamente; me confesaron que ese era su sueño imperial. Falta saber lo que hará el uno si el otro sube primero.

-¡Echarle abajo, naturalmente!

-No bromee, consejero.

-No bromeo, baronesa. Usted cree que la política los desune; francamente, no. La política es un incidente, como lo fue la joven Flora...

-Todavía se acuerdan de ella.

-¿Todavía?

-Fueron a la misa de cabo de año, y sospecho que también al cementerio, pero no juntos ni a la misma hora. Si fueron es porque realmente la querían; luego no fue un incidente.

A pesar de lo que Natividad le merecía, Ayres no insistió en la opinión, antes bien dio más relieve a la otra, con el hecho de la visita al cementerio.

No sé si fueron -corrigió Natividad.

-Deben haber ido; querían realmente a la niña. También los quería ella; la diferencia está en que no alcanzando a hacerlos uno, como los veía ,en su interior, prefirió cerrar los ojos. No la preocupe el misterio, Hay otros más obscuros.

-Parece que va a comenzar la ceremonia -dijo Perpetua que estaba mirando al recinto.

-Acérquese más, consejero.

La ceremonia era la acostumbrada. Natividad creyó que iba a verlos entrar juntos y afirmar juntos el compromiso reglamentario. Llegarían así como los llevó en el vientre y a la vida. Tuvo que contentarse con admirarlos separadamente, a Pablo primero, a Pedro después, graves ambos, y les oyó desde arriba repetir la fórmula con voz clara y firme.

-Ya son legisladores -dijo Ayres al fin.

Natividad tenía los ojos gloriosos. Levantóse y pidió al viejo amigo que le acompañara hasta el carruaje. En el pasadizo encontraron a los dos flamantes diputados que iban a saludar a la madre. No consta cuál de ellos la besó primero; como no hay reglamento interno en esta otra cámara, puede que fueran ambos a la vez, metiéndoles ella la cara entre las bocas, una mejilla para cada uno. Lo cierto es que lo hicieron con igual ternura. Después volvieron al recinto.

CXVIII

Cosas pasadas, cosas futuras

Cuando Natividad iba a subir al carruaje, vio la iglesia de San José, al lado, y un pedazo del cerro del Castillo a la distancia. Se detuvo.

-¿Qué ocurre? -preguntó Ayres.

-Nada -contestó Natividad, tendiéndole la mano. -¿Hasta luego?

-Hasta luego, sí.

La vista de la iglesia y el cerro, evocó en ella todas las escenas y palabras que quedaron transcriptas en los primeros capítulos. No habrás olvidado que junto a la iglesia, entre ésta y la cámara, quedó esperándolas el cupé.

-¿Recuerdas, Perpetua? -dijo Natividad cuando echó a andar el carruaje.

-¿Qué cosa?

-¿No recuerdas que ahí quedó el coche cuando fuimos a ver a la mulata del Castillo?

Perpetua lo recordaba. Natividad observó que allí cerca debía estar la senda por donde subieron con dificultad y curiosidad hasta la casa de la mulata, en medio de la gente que subía y bajaba también. La casa estaba a la derecha; tenía una escalinata de piedra...

Descuida, amigo mío, no repetiré las páginas. Pero ella no podía dejar de evocarlas, ni impedir que acudiesen por sí mismas. Todo reaparecía con la antigua frescura. No olvidaba la figura de la mulatita cuando el padre la hizo entrar a la sala: "-Entra, Bárbara." La idea de que estuviese madura y lejos, devuelta al Estado que dejó Provincia, rica donde nació pobre, no acudió a la mente de nuestra amiga. No; volvió toda entera a aquella mañana de 1871. La mulatilla era la misma criatura leve y breve, con los cabellos atados en lo alto de la cabeza, mirando, hablando, bailando... ¡Cosas pasadas!

Cuando el carruaje iba a doblar la playa de Santa Lucía, frente a la Santa Casa, Natividad tuvo idea, pero sólo idea, de volverse a la cuesta del Castillo, subir por ella y ver si encontraba a la adivina en el mismo lugar. Le contaría que los dos niños de pechos, a quienes predijo que serían grandes, eran ya diputados y acababan de tornar asiento en la Cámara. ¿Cuándo se realizaría su destino? ¿Viviría lo bastante para verlos grandes?

La presidencia de la república no podía ser para dos; pero uno tendría la vice, y si lo parecía poco, más tarde cambiarían los puestos. No faltaban grandezas. Todavía recordaba las palabras de la mulata cuando le preguntó qué clase de grandeza tocaría a sus hijos. "-¡Cosas futuras!" -contestó la Pitia del Norte, con una voz tal que nunca la olvidó.

Ahora, mismo le parece oírla; pero es ilusión. Cuando mucho serán las ruedas del carruaje, que van rodando, y las patas de los caballos, que redoblan. ¡Cosas futuras! ¡Cosas futuras!

CXIX

Que anuncia los siguientes

Todas las historias, si se cortan en tajadas, acaban con un capítulo último y otro penúltimo; pero ningún autor los confiesa tales; todos prefieren darles un título particular. Yo adopto el método opuesto; escribo a la cabeza de cada uno de los capítulos siguientes en nombre de remate, y sin decir el asunto especial de cada uno, indico el kilómetro en que estamos de la línea. Esto suponiendo que la historia sea un tren de ferrocarril. La mía no es propiamente eso. Podría ser una canoa si le hubiese puesto aguas y vientos; pero ya has visto que sólo anclamos por tierra, a pie y en coche, y más preocupados de la gente que del suelo. No es tren ni barco; es una historia sencilla, sucedida o por suceder; lo que podrás ver en los dos capítulos que faltan, y son cortos.

CXX

Penúltimo

Este es, también, una defunción. Allí quedó muerta la joven Flora, aquí va muerta la vieja Natividad.

La llamo vieja porque he leído su partida de bautismo; pero a decir verdad, ni los hijos diputados, ni la cabellera blanca, daban a esta señora el aspecto correspondiente a su edad. La elegancia, que era su sexto sentido, disfrazaba el tiempo de tal manera, que aun tenía, no digo la frescura, pero sí la gracia antigua.

No murió sin tener una conferencia particular con los hijos, tan particular que ni su mismo marido asistió a ella. Tampoco se empeñó en asistir. A la verdad, a la verdad, Santos andaba llorando por los rincones; menos hubiera podido contener las lágrimas, si oyera a su mujer haciendo a los hijos sus últimos pedidos. Los médicos la habían desengañado ya. Si yo no viese en esos oficiales de la salud los escrutadores de la vida y de la muerte, podría torcer el rumbo de la pluma y, contra la predicción científica, hacer escapar a Natividad. Cometería una acción fácil, además de mentirosa. No, señor, murió realmente, pocas semanas después de la sesión de la Cámara, murió de tifus.

Tan secreta fue la conferencia con sus hijos, que estos no quisieron contarla a nadie, excepto al consejero Ayres, que la adivinó en parte.

Pablo y Pedro confesaron la otra parte, pidiéndole silencio.

-¿No han jurado callar?

-Realmente no -dijo el uno.

-Solo juramos lo que ella nos pidió -agregó el otro.

-Entonces pueden contármelo a mí. Yo seré tan discreto como una tumba.

Ayres sabía que las tumbas no son discretas. Si no dicen nada, es porque siempre tendrían que contar la misma historia: de ahí su fama de discreción.

Ahora bien, lo que hizo la madre cuando entraron y cerraron la puerta de la habitación fue pedirles que se quedaran a ambos lados de la cama y le dieran la mano derecha. Las unió sin fuerzas y las estrechó entre las ardientes suyas. Después, con voz espirante y ojos apenas iluminados por la fiebre, les pidió un favor, grande y único. Los jóvenes lloraban y callaban, adivinando quizá lo que iba a pedirles.

-El postrer favor -insistió la madre.

-Diga, mamá.

-¡Qué serán amigos! Su madre padecerá mucho en la otra vida si no los ve amigos en ésta. Pido poco; la vida de ambos me costó mucho, su crianza también, y mi esperanza era verlos grandes hombres. Dios no lo quiere, paciencia. Pero lo que yo quiero es no dejar dos ingratos.

Vaya Pedro, vaya Pablo: júrenme que serán amigos.

Los jóvenes estaban llorando. Si no hablaban era porque la voz no quería salirles de la garganta. Cuando pudo salió trémula, pero clara y fuerte.

-Lo juro, mamá.

-Lo juro, mamá.

-Amigos ¿para siempre?

-sí.

-No quiero otros recuerdos: éstos solamente, la amistad verdadera y que no vuelva a romperse nunca más.

Natividad les retuvo aún las manos, sintiólas trémulas de emoción, y permaneció callada unos instantes.

-Ahora, puedo morir tranquila.

-¡No, mamá, no morirás! -exclamaron ambos.

Parece que la madre quiso sonreír ante esta palabra de confianza, pero la boca no respondió a la intención, y, por el contrario, hizo un gesto que asustó a los dos hijos. Santos corrió a pedir socorro. Santos entró desorientado a la habitación, a tiempo de oír a su esposa algunas palabras suspiradas y postreras. La agonía comenzó en seguida y duró algunas horas. Contando todas las horas de agonía que han habido en el mundo, ¿cuántos siglos formarán? De ellos, algunos habrán sido tenebrosos, otros melancólicos, muchos desesperados, raros fastidiosos.

En fin, la muerte llega, por mucho que se tarde, y arranca la persona al llanto o al silencio.

CXXI

Ultimo

Castor y Polux fueron los nombres que un diputado puso a los gemelos cuando volvieron a la cámara después de la misa del séptimo día. Su unión era tal, que parecía por apuesta. Entraban juntos, andaban juntos, salían juntos. Dos o tres veces votaron juntos, con grande escándalo de los respectivos amigos políticos. Habían sido electos para combatirse, y acababan traicionando a sus electores. Oyeron duros adjetivos, acerbas reprensiones. Pensaron en renunciar; pero Pedro encontró un medio conciliatorio.

-Nuestro deber político es votar con los amigos -dijo a su hermano,

-Votemos con ellos. Mamá sólo nos ha pedido concordia personal. En la tribuna, sí; nadie nos obligará a atacarnos; en el debate y el voto, podemos y debemos discutir.

-Apoyado; pero si un día te parece que debes venirte a mi campo, vente. Ni tú ni yo hemos hipotecado el juicio.

-Apoyado.

Personalmente, no siempre había este acuerdo. Las discusiones no eran raras, ni los ímpetus; pero el recuerdo de la madre estaba tan fresco, su muerte tan reciente, que sofocaban cualquier movimiento, por más que les costase, y vivían unidos. En la cámara, el disentimiento político y la fusión personal los hacía cada vez más admirables.

La Cámara terminó sus trabajos en Diciembre. Cuando se reabrió, en Mayo, sólo apareció Pedro. Pablo había ido a Minas, unos decían que a ver a la novia, otros que a buscar diamantes; pero parece que sólo fue de paseo. Poco después volvió, entrando sólo a la Cámara, al revés del anterior, en que los hermanos subían juntos, casi pegados, las escaleras. Los ojos de los amigos no tardaron en descubrir que no estaban en buena armonía, y poco después que se detestaban. No faltó indiscreto que preguntara a uno y a otro lo que había ocurrido en el intervalo de los dos períodos; ninguno contestaba nada. El presidente de la cámara, por consejo del leader, los nombró en la misma comisión.

Pedro y Pablo cada cual por su lado, fueron a pedirle que los dispensase.

-¡Son otros! -dijo el presidente en el café.

-¡Completamente! -confirmaron los diputados presentes.

Ayres supo esta opinión al día siguiente, por un diputado amigo suyo que vivía en una de las casas de pensión de Cattete. Había ido a almorzar con él, y, en conversación, como el diputado conocía las relaciones de Ayres con sus dos colegas, le contó lo de aquel año y el anterior y el cambio radical e inexplicable. Repitió también la opinión de la cámara.

Aquello no era novedad para el consejero, que había asistido a la unión y la desunión de los gemelos. Mientras el otro hablaba, iba remontando los tiempos y la vida de ambos, reconstruyendo las luchas, los choques, la aversión recíproca, apenas disimulada, apenas interrumpida por algún motivo más poderoso, más persistente en la sangre, como necesidad virtual. No se le olvidaron los pedidos de la madre, ni su ambición de verlos grandes hombres.

-Usted que los trata, dígame lo que los ha hecho cambiar -terminó el amigo.

-¿Cambiar? No han cambiado nada; son siempre los mismos.

-¿Los mismos'

-Sí; son los mismos.

-No es posible.

Habían terminado de almorzar. El diputado subió a su cuarto para acabar de vestirse. Ayres fue a esperarlo en la puerta de la calle.

Cuando el diputado bajó, en sus ojos se veía que creía haber descubierto algo.

-Oiga usted, ¡no será..? ¡Quién sabe si la herencia de la madre no es lo que los ha hecho cambiar! Puede haber sido la herencia, cuestiones de inventario...

Ayres sabía que no era la herencia; pero no quiso repetir que eran los mismos, desde el vientre de la madre.

Prefirió aceptar la hipótesis para evitar la discusión, y salió acariciándose la solapa, en que lucía la misma flor eterna.

FIN

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