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El Demonio de los Andes
(A Ricardo Becerra)
NOTICIAS HISTÓRICAS SOBRE EL MAESTRE DE CAMPO FRANCISCO DE
CARBAJAL
Arévalo, pequeña ciudad de Castilla la Vieja, dio cuna al
soldado que por su indómita bravura, por sus dotes militares, por sus hazañas
que rayan en lo fantástico, por su rara fortuna en los combates y por su
carácter sarcástico y cruel fue conocido en los primeros tiempos del coloniaje
con el nombre de Demonio de los Andes.
¿Quiénes fueron sus padres? ¿Fue hijo de ganancia o fruto de
honrado matrimonio? La historia guarda sobre estos puntos profundo silencio, si
bien libro hemos leído en que se afirma que fue hijo natural del terrible César
Borgia, duque de Valentinois.
Francisco de Carbajal, después de haber militado más de treinta
años en Europa, servido a las órdenes del Gran Capitán Gonzalo de Córdova y
encontrádose con el grado de alférez en las famosas batallas de Ravena y Pavía,
vino al Perú a prestar con su espada poderoso auxilio al marqués D. Francisco
Pizarro. Grandes mercedes obtuvo de éste, y en breve se halló el aventurero
Carbajal poseedor do pingüe fortuna.
Después del trágico fin que tuvo en Lima el audaz conquistador
del Perú, Carbajal combatió tenazmente la facción del joven Almagro. En la
sangrienta batalla de Chupas y cuando la victoria se pronunciaba por los
almagristas, Francisco de Carbajal, que mandaba un tercio de la alebronada
infantería real, exclamó arrojando el yelmo y la coraza y adelantándose a sus
soldados: «¡Mengua y baldón para el que retroceda! ¡Yo soy un blanco doble mejor
que vosotros para el enemigo!» La tropa siguió entusiasmada el ejemplo de su
corpulento y obeso capitán, y se apoderó de la artillería de Almagro. Los
historiadores convienen en que este acto de heroico arrojo decidió de la
batalla.
Vinieron los días en que el apóstol de las Indias, Bartolomé de
las Casas, alcanzó de Carlos V las tan combatidas ordenanzas en favor de los
indios, y cuya ejecución fue encomendada al hombre menos a propósito para
implantar reformas. Nos referimos al primer virrey del Perú, Blasco Núñez de
Vela. Sabido es que la falta de tino del comisionado exaltó los intereses que la
reforma hería, dando pábulo a la gran rebelión de Gonzalo Pizarro.
Carbajal, que presentía el desarrollo de los sucesos, se
apresuró a realizar su fortuna para regresar a España. La fatalidad hizo que por
entonces no hubiese lista nave alguna capaz de emprender tan arriesgada como
larga travesía. Las cualidades dominantes en el alma de nuestro héroe eran la
gratitud y la lealtad. Muchos vínculos lo unían a los Pizarros, y ellos lo
forzaron a representar el segundo papel en las filas rebeldes.
Gonzalo Pizarro, que estimó siempre en mucho el valor y la
experiencia del veterano, lo hizo en el acto reconocer del ejército en el
carácter de maestre de campo.
Carbajal, que no era tan sólo un soldado valeroso, sino hombre
conocedor de la política, dio por entonces a Gonzalo el consejo más oportuno
para su comprometida situación: «Pues las cosas os suceden prósperamente -le
escribió-, apoderaos una vez del gobierno y después se hará lo que convenga. No
habiéndonos dado Dios la facultad de adivinar, el verdadero modo de acertar es
hacer buen corazón y aparejarse para lo que suceda; que las cosas grandes no se
emprenden sin gran peligro. Lo mejor es fiar vuestra justificación a las lanzas
y arcabuces, pues habéis ido demasiado lejos para esperar favor de la corona».
Pero la educación de Gonzalo y sus hábitos de respeto al soberano ponían coto a
su ambición, y nunca osó presentarse en abierta rebeldía contra el rey. Le
asustaba el atrevido consejo de Carbajal. El maestre de campo era, políticamente
hablando, un hombre que se anticipaba a su época y que presentía aquel evangelio
del siglo XIX: «a una revolución vencida se la llama motín; a un motín
triunfante se le llama revolución: el éxito dicta el nombre».
No es nuestro propósito historiar esa larga y fatigosa campaña
que con la muerte del virrey en la batalla de Iñaquito el 18 de enero de 1546,
entregó el país, aunque por poco tiempo, al dominio del
muy magnífico Sr. D. Gonzalo Pizarro. Los
grandes servicios de Carbajal en esa campaña los compendiamos en las siguientes
líneas de un historiador:
«El octogenario guerrero exterminó o aterró a los realistas del
Sur. A la edad en que pocos hombres conservan el fuego de las pasiones y el
vigor de los órganos, pasó sin descanso seis veces los Andes. De Quito a San
Miguel, de Lima a Guamanga, de Guamanga a Lima, de Lucanas al Cuzco, del Callao
a Arequipa y de Arequipa a Charcas. Comiendo y durmiendo sobre el caballo, fue
insensible a los hielos de la puna, a la ardiente reverberación del sol en los
arenales y a las privaciones y fatigas de las marchas forzadas. El vulgo
supersticioso decía que Carbajal y su caballo andaban por los aires. Sólo así
podían explicarse tan prodigiosa actividad».
Después de la victoria de Iñaquito, el poder de Gonzalo parecía
indestructible. Todo conspiraba para que el victorioso gobernador independizase
el Perú. Su tentador Demonio de los Andes lo
escribía desde Andahuailas, excitándolo a coronarse: «Debéis declararos rey de
esta tierra conquistada por vuestras armas y las de vuestros hermanos. Harto
mejores son vuestros títulos que el de los reyes de España. ¿En qué cláusula de
su testamento les legó Adán el imperio de los incas? No os intimidéis porque
hablillas vulgares os acusen de deslealtad. Ninguno que llegó a ser rey tuvo
jamás el nombre de traidor. Los gobiernos que creó la fuerza, el tiempo los hace
legítimos. Reinad y seréis honrado. De cualquier modo, rey sois de hecho y
debéis morir reinando. Francia y Roma os ampararán si tenéis voluntad y maña
para saber captaros su protección. Contad conmigo en vida y en muerte; y cuando
todo turbio corra, tan buen palmo de pescuezo tengo yo para la horca como
cualquier otro hijo de vecino».
Entre los cuadros que hasta 1860 adornaban las paredes del Museo
Nacional, y que posteriormente fueron trasladados al palacio de la Exposición,
recordamos haber visto un retrato del Demonio de
los Andes, en el cual se leían estos que diz que son versos:
«Del Perú la suprema independencia
Carbajal ha tres siglos quería,
Y quererlo costole la existencia»
Pero estaba escrito que no era Pizarro el escogido por Dios para
crear la nacionalidad peruana. Coronándose, habría creado intereses especiales
en el país, y los hombres habrían hecho su destino solidario con el del monarca.
Por eso, al arribo del licenciado Gasca con amplios poderes de Felipe II para
proceder en las cosas de América y prodigar indultos, honores y mercedes, empezó
la traición a dar amarguísimos frutos en las filas de Gonzalo. Sus amigos se
desbandaban para engrosar el campo del licenciado. Sólo la severidad de Carbajal
podía mantener a raya a los traidores. Tan grande era el terror que inspiraba el
nombre del veterano, que en cierta ocasión dijo Pizarro a Pedro Paniagua,
emisario de Gasca:
-Esperad a que venga el maestre de campo, Carbajal y le veréis y
conoceréis.
-Eso es, señor, lo que no quiero esperar -contestó el emisario-;
que al maestre yo le doy por visto y conocido.
En Lima estaba en ebullición la rebeldía contra Pizarro. El
pueblo que en Cabildo abierto lo había aclamado libertador, que lo llamó el
muy magnífico y que lo obligó a continuar en
el cargo de gobernador, ya que él desdeñaba el trono con que le brindaran, ese
mismo pueblo le negaba un año después el contingente de sus simpatías. ¡Triste,
tristísima cosa es el amor popular!
Forzado se vio Gonzalo, para no sucumbir en Lima, a retirarse al
Sur y presentar la batalla de Huarina. No excedía de quinientos el número de
leales que lo acompañaban. Diego Centeno, al mando de mil doscientos hombres,
atacó la reducida hueste revolucionaria; mas la habilidad estratégica y el
heroico valor del anciano maestre de campo alcanzaron para tan desesperada causa
la última de sus victorias.
La gran figura del vencedor de Huarina tiene su lado
horriblemente sombrío: la crueldad. Difícilmente daba cuartel a los rendidos, y
más de trescientas ejecuciones realizó con los desertores o sospechosos de
traición.
Cuéntase que en el Cuzco, doña María Calderón, esposa de un
capitán de las tropas de Centeno, se permitía con mujeril indiscreción tratar a
Gonzalo de tirano, y repetía en público que el rey no tardaría en triunfar de
los rebeldes.
-Comadrita -le dijo Carbajal en tres distintas ocasiones-,
tráguese usted las palabras; porque si no contiene su maldita sin-hueso, la hago
matar, como hay Dios, sin que la valga el parentesco espiritual que conmigo
tiene.
Luego que vio la inutilidad de la tercera monición, se presentó
el maestre en casa de la señora, diciéndola:
-Sepa usted, señora comadre, que vengo a darla garrote; -y
después de haber expuesto el cadáver en una ventana, exclamó: «¡Cuerpo de tal,
comadre cotorrita, que si usted no escarmienta de ésta, yo no sé lo que me
haga!»
Por fin, el 9 de abril de 1548 se empeñó la batalla de
Saxsahuamán. Pizarro, temiendo que la impetuosidad de Carbajal le fuese funesta,
dio el segundo lugar al infame Cepeda, resignándose el maestre a pelear como
simple soldado. Apenas rotos los fuegos, se pasaron al campo de Gasca el segundo
jefe Cepeda y el capitán Garcilaso de la Vega, padre del historiador. La
traición fue contagiosa, y el licenciado Gasca, sin más armas que su breviario y
su consejo de capellanes, conquistó en Saxsahuamán laureles baratos y sin
sangre. No fueron el valor ni la ciencia militar, sino la ingratitud y la
felonía, los que vencieron al generoso hermano del marqués Pizarro.
Cuando vio Carbajal la traidora deserción de sus compañeros,
puso una pierna sobre el arzón, y empezó a cantar el villancico que tan popular
se ha hecho después:
«Los mis cabellicos, maire,
uno a uno se los llevó el aire.
¡Ay pobrecicos
los mis cabellicos!»
Caído el caballo que montaba, se halló el maestre rodeado de
enemigos resueltos a darle muerte; mas lo salvó la oportuna intervención de
Centeno. Algunos historiadores dicen que el prisionero le preguntó:
-¿Quién es vuesa merced que tanta gracia me hace?
-¿No me conoce vuesa merced? -contestó el otro con afabilidad-.
Soy Diego Centeno.
-¡Por mi santo patrón! -replicó el veterano, aludiendo a la
retirada de Charcas y a la batalla de Huarina-, como siempre vi a vuesa merced
de espaldas, no le conocí viéndole la cara.
Gonzalo Pizarro y Francisco de Carbajal fueron inmediatamente
juzgados y puestos en capilla. Sobre el gobernador, en su condición de
caballero, recayó la pena de decapitación. El maestre, que era plebeyo, debía
ser arrastrado y descuartizado. Al leerle la sentencia contestó: «Basta con
matarme».
Acercósele entonces un capitán, al que en una ocasión quiso D.
Francisco hacer ahorcar por sospecharlo traidor:
-Aunque vuesa merced pretendió hacerme finado, holgareme hoy con
servirle en lo que ofrecérsele pudiera.
-Cuando le quiso ahorcar podía hacerlo, y si no lo ahorqué fue
porque nunca gusté de matar hombres tan ruines.
Un soldado que había sido asistente del maestre, pero que se
había pasado al enemigo, le dijo llorando:
-¡Mi capitán! ¡Plugiera a Dios que dejasen a vuesa merced con
vida y me mataran a mí! Si vuesa merced se huyera cuando yo me huí, no se viera
hoy como se ve.
-Hermano Pedro de Tapia -le contestó Carbajal con su
acostumbrado sarcasmo-, pues que éramos tan grandes amigos, ¿por qué pecasteis
contra la amistad y no me disteis aviso para que nos huyéramos juntos?
Un mercader, que se quejaba de haber sido arruinado por D.
Francisco, empezó a insultarlo:
-¿Y de qué suma le soy deudor?
- Bien montará a veinte mil ducados.
Carbajal se desciñó con toda flema la vaina de la espada (pues
la hoja la había entregado a Pedro Valdivia al rendírsele prisionero), y
alargándola al mercader le dijo:
-Pues, hermanito, tome a cuenta esta vaina, y no me vengan con
más cobranzas: que yo no recuerdo en mi ánima tener otra deuda que cinco
maravedises a una bruja bodegonera de Sevilla, y si no se los pagué fue porque
cristianaba el vino y me expuso a un ataque de cólicos y cámaras.
Cuando lo colocaron en un cesto arrastrado por dos mulas para
sacarlo al suplicio, soltó una carcajada y se puso a cantar:
«¡Qué fortuna! ¡Nilo en cuna,
viejo en una!; ¡Qué fortuna!»
Durante el trayecto, la muchedumbre quería arrebatar al
condenado y hacerlo pedazos. Carbajal, haciendo ostentación de valor y sangre
fría, dijo:
-¡Ea, señores, paso franco! No hay que arremolinarse y dejen
hacer justicia.
Y en el momento en que el verdugo Juan Enríquez se preparaba a
despachar a la víctima, ésta le dijo sonriendo:
-Hermano Juan, trátame como de sastre a sastre.
Carbajal fue ajusticiado en el mismo campo de batalla el 10 de
abril, a la edad de ochenta y cuatro años. Al día siguiente hizo su entrada
triunfal en el Cuzco.
He aquí el retrato moral que un historiador hace del infortunado
maestro:
«Entre los soldados del Nuevo Mundo, Carbajal fue sin duda el
que poseyó más dotes militares. Estricto para mantener la disciplina, activo y
perseverante, no conocía el peligro ni la fatiga, y eran tales la sagacidad y
recursos que desplegaba en las expediciones, que el vulgo creía tuviese algún
diablo familiar. Con carácter tan extraordinario, con fuerzas que le duraron
mucho más de lo que comúnmente duran en los hombres, y con la fortuna de no
haber asistido a más derrota, que a la de Saxsahuamán en sesenta y cinco años
que en Europa y América vivió llevando vida militar, no es extraño que se hayan
referido de él cosas fabulosas, ni que sus soldados, considerándole como a un
ser sobrenatural, lo llamasen el Demonio de los
Andes. Tenía vena, si así puede llamarse, y daba suelta a su locuacidad en
cualquiera ocasión. Miraba la vida como una comedia, aunque más de una vez hizo
de ella una tragedia. Su ferocidad era proverbial; pero aun sus enemigos lo
reconocían una gran virtud: la fidelidad. Por eso no fue tolerante con la
perfidia de los demás; por eso nunca manifestó compasión con los traidores. Esta
constante lealtad, donde semejante virtud era tan rara, rodea de respeto la gran
figura del maestre de campo Francisco de Carbajal».
Pero no con el suplicio concluyó para Carbajal la venganza del
poder real.
Su solar, o casa en Lima, lo formaba el ángulo de las calles
conocidas hoy bajo los nombres de la Pelota y de los Gallos. El terreno fue
sembrado de sal, demolidas las paredes interiores, y en la esquina de la última
se colocó una lápida de bronce con una inscripción de infamia para la memoria
del propietario. A la calle se le dio el nombre de calle del
Mármol de Carbajal.
Mas entre la soldadesca había dejado el maestre de campo muchos
entusiastas apasionados, y tan luego como el licenciado Gasca regresó a España,
quitaron una noche el ignominioso mármol. La audiencia verificó algunas
prisiones, aunque sin éxito, pues no alcanzó a descubrir a los ladrones.
Poco después aconteció en el Cuzco la famosa rebeldía del
capitán D. Francisco Girón, quien, proclamando la misma causa vencida en
Saxsahuamán, puso en peligro durante trece meses el poder de la Real Audiencia.
Derrotado Girón, fue conducido prisionero a Lima y colocada su
sangrienta cabeza en la plaza Mayor, en medio de dos postes en que estaban las
de Gonzalo Pizarro y Francisco de Carbajal.
Cerca de sesenta años habían transcurrido desde el horrible
drama de Saxsahuamán. Un descendiente de San Francisco de Borja, duque de Gandía,
el virrey poeta-príncipe de Esquilache, gobernaba el Perú en nombre de Felipe
III. No sabemos si cumpliendo órdenes regias o bien por rodear de terroroso
prestigio el principio monárquico, hizo que el 1º de enero de 1617, y con gran
ceremonial, se colocase en el solar del maestre de campo la siguiente lápida:
REYNANDO LA MAG DE PHILIPO III N. S. AÑO D 1617 EL EXMO. SEÑOR
D. FRANCISCO D BORJA PRÍNCIPE D ESQVILACHE VIREY D ESTOS REYNOS MANDÓ REEDIFICAR
ESTE MÁRMOL QVE ES LA MEMORIA DEL CASTIGO QVE SE DIO A FRANCISCO DE CARBAJAL
MAESSE DE CAMPO DE GONZALO PIZARRO EN CVYA COMPAÑÍA FVE ALEVE Y TRAIDOR A SV REY
Y SEÑOR NATVRAL CVYAS CASSAS SE DERRIBARON Y SEMBRARON DE SAL. AÑO DE 1538. Y
ESTE ES SV SOLAR.
Esta lápida, que nuestros lectores pueden examinar para
convencerse de que, al copiarla, hemos cuidado de conservar hasta las
extravagancias ortográficas, se encuentra hoy incrustada en una de las paredes
del salón de la Biblioteca Nacional. Pero algunos años después, un deudo de
Carbajal la hizo desaparecer de la esquina de los Gallos, hasta que un siglo más
tarde, en 1645, fue restaurada por el virrey marqués de Mancera, como lo prueban
las siguientes líneas que completan la del salón de la Biblioteca:
DESPUÉS REYNANDO LA MAG. DE PHILIPO IIII. N. S. EL EXMO. S. D.
PEDRO DE TOLEDO Y LEYVA MARQUÉS D MANCERA VIRREY DE ESTOS RREYNOS GENTIL HOMBRE
DE SV CÁMARA Y D SV CONSEJO DE GUERRA ESTANDO ESTE MÁRMOL OTRA VES PERDIDO LE
MANDÓ RRENOVAR. AÑO D 1645.
Cuando el Perú conquistó su independencia, perdió su nombre la
calle del Mármol de Carbajal. Los hijos de la República no podíamos, sin mengua,
ser copartícipes de un ensañamiento que no se detuvo ante la santidad de la
tumba.
Para que los lectores de esta sucinta biografía formen cabal
concepto del hombre que, así en las horas de la prosperidad como en las del
infortunio, fue leal y abnegado servidor del Muy Magnífico D. Gonzalo Pizarro,
vamos a presentarles en una docena de tradiciones históricas cuanto de original
y curioso conocemos sobre el carácter y acciones del popular
Demonio de los Andes.
- I -
Los tres motivos del oidor
El 27 de octubre de 1544 estaban los vecinos de Lima que no les
llegaba la camisa al cuello. Y con razón, eso sí.
Al levantarse de la cama y abrir puertas para dar libre paso a
la gracia de Dios se hallaron con la tremenda noticia de que Francisco de
Carbajal, sin ser de nadie sentido, se había colado en la ciudad con cincuenta
de los suyos, puesto en prisión a varios sujetos principales tildados de amigos
del virrey Blasco Núñez, y ahorcado, no como quiera a un par de pobres diablos,
sino a Pedro del Barco y Machín de Florencia, hombres de fuste, y tanto que
fueron del número de los primeros conquistadores, es decir, de los que
capturaron a Atahualpa en la plaza de Cajamarca.
Carbajal previno caritativamente a los vecinos de Lima que
estaba resuelto a seguir ahorcando prójimos y saquear la ciudad, si ésta no
aceptaba por gobernador del Perú a Gonzalo Pizarro, quien, con el grueso de su
ejército, se encontraba esperando la respuesta a dos leguas del camino.
Componían a la sazón la Real Audiencia los licenciados Cepeda,
Tejada y Zárate; pues el licenciado Álvarez había huido el bulto, declarándose
en favor del virrey. Asustados los oidores con la amenaza de Carbajal,
convocaron a los notables en Cabildo. Discutiose el punto muy a la ligera, pues
no había tiempo que perder en largos discursos ni en flores de retórica, y
extendiose acta reconociendo a Gonzalo por gobernador.
Cuando le llegó turno de firmar al oidor Zárate, que, según el
Palentino, era un viejo chocho, empezó por dibujar una † y bajo de ella, antes
de estampar su garabato, escribió: Juro a Dios y
a esta † y a las palabras de los Santos
Evangelios, que firmo por tres motivos: por miedo, por miedo y por miedo.
Vivía el oidor Zárate en compañía de una hija, doña Teresa, moza
de veinte años muy lozanos, linda desde el zapato hasta la peineta, y que traía
en las venas todo el ardor de su sangre andaluza, causa más que suficiente para
barruntar que el estado de doncellez se la iba haciendo muy cuesta arriba. La
muchacha, cosa natural en las rapazas, tenía su quebradero de cabeza con Blasco
de Soto, alférez de los tercios de Carbajal, quien la pidió al padre y vio
rechazada la demanda; que su merced quería para marido de su hija hombre de
caudal saneado. No se descorazonó el galán con la negativa, y puso su cuita en
conocimiento de Carbajal.
¡Cómo se entiende! -gritó furioso D. Francisco-. ¡Un oidor de
mojiganga desairar a mi alférez, que es un chico como unas perlas! Conmigo se
las habrá el abuelo. Vamos, galopín, no te atortoles, que o no soy Francisco de
Carbajal o mañana te casas. Yo apadrino tu boda, y basta. Duéleme que estés de
veras enamorado; porque has de saber, muchacho, que el amor es el vino que más
presto se avinagra; pero eso no es cuenta mía, sino tuya, y tu alma tu palma. Lo
que yo tengo que hacer es casarte, y te casaré como hay viñas en Jerez, y entre
tú y la Teresa multiplicaréis hasta que se gaste la pizarra.
Y el maestre de campo enderezó a casa del oidor, y sin andarse
con dibujos de escolar, pidió para su ahijado la mano de la niña. El pobre
Zárate se vio comido de gusanos, balbuceó mil excusas y terminó dándose a
partido. Pero cuando el notario le exigió que suscribiese el consentimiento,
lanzó el buen viejo un suspiro, cogió la pluma de ganso y escribió:
Conste por esta señal de la †(cruz)
que consiento por tres motivos: por miedo, por miedo y por miedo.
Así llegó a hacerse proverbial en Lima esta frase:
Los tres
motivos del oidor, frase que hemos recogido de boca de muchos viejos, y que
vale tanto como aquella de las noventa y nueve razones que alegaba el artillero
para no haber hecho una salva: «razón primera, no tener pólvora», guárdese en el
pecho las noventa y ocho restantes.
A poco del matrimonio de la hija, cayó Zárate gravemente enfermo
de disentería, y en la noche que recibió la Extremaunción, llegó a visitarlo
Carbajal, y le dijo:
-Vuesa merced se muere porque quiere. Déjese de galenos y
bébase, en tisana, una pulgarada de polvos de cuerno de unicornio, que son tan
eficaces para su mal como huesecito de santo.
-No, mi Sr. D. Francisco -contestó el enfermo-, me muero, no por
mi voluntad, sino por tres motivos...
-No los diga, que los sé -interrumpió Carbajal, y salió riéndose
del aposento del moribundo.
- II -
El que se ahogó en poca agua
Dicen los fatalistas que la que está de condenarse, desde
chiquita no reza; que a cerdo que es para boca de lobo, no hay San Antón que lo
guarde, y que el que nació para ahogarse, pierde el resuello en un charco de
ranas.
No parece sino que para dar razón a tal doctrina, matadora del
libre albedrío y anatematizada por la Iglesia, hubiera Dios echado al mundo a
Juan de Porras, soldado que acompañó a Pizarro en la proeza de Cajamarca y a
quien tocó del tesoro acumulado para el rescate de Atahualpa una partija de
ciento ochenta y un marcos de plata, cuatro mil quinientas cuarenta onzas de
oro.
Juan de Porras blasonaba de hidalgo, y decía que el escudo de su
familia era un perro negro atado a una maza o porra en campo de oro; y
ciertamente que esas son las armas de los Porras en todos los libros de
heráldica, que por incidencia hemos consultado.
Corriendo los días, Juan de Porras, que era de genio inquieto y
revoltoso entre los revoltosos, pasose del bando del marqués al del adelantado
D. Diego, y como todos sus compañeros de desdicha, después de la batalla de las
Salinas, tuvo que pasar la pena negra, porque el vencedor dio palo de firme a
los vencidos. ¡Eso sí que fue argolla y no
la de mi paisano!
Al fin reventó la cuerda, y armada en Lima la tremenda para
asesinar a Francisco Pizarro, fue Porras uno de los que, con Juan de Rada,
salieron del callejón de los Clérigos en demanda del gobernador. La mayor parte
de los conjurados eran de aquella gente, malvada y fanática a la vez, que se
persigna al ir a cometer un crimen y exclama: «Madre y señora mía del Carmen,
que me salga bien dada esta puñalada, y te ofrezco un cirio de a libra para tu
altar».
Gómez Pérez, otro de los conjurados, dio un rodeo para no meter
los pies en un charco de agua, formado por la ligera lluvia o garúa con que el
invierno se manifiesta en Lima, y Rada lo apostrofó con estas palabras:
-Cargado de hierro, cargado de miedo. ¡Vamos a bañarnos en
sangre, y vuesa merced está huyendo de mojarse los pies! Andad y volveos, que no
servís para el caso.
Juan de Porras también le clavó un puyazo a su compañero.
Vaya, Gómez Pérez, que estáis hecho una doña Melindres y que el
charco se os antoja brazo de mar.
Y tras de echar un taco redondo, puso los pies en mitad del
charco, diciendo:
-¡Caracoles! ¡Ahógueme yo en tan poca agua!
-¡Oígate Dios, compadre, y lo que dice tu lengua pague tu gorja!
-le contestó Gómez Pérez, entre mohíno y zumbático; y obedeciendo la orden de
Juan de Rada se regresó el muy cobardote al callejón de los Clérigos.
Gómez Pérez fue un pícaro de encargo, díscolo, fanfarrón y
gallina, y que anduvo siempre más torcido que conciencia de escribano. Así lo
pintan los historiadores. Pero es preciso convenir en que a veces Dios está con
humor de gorja, porque oye hasta la plegaria de los pícaros.
Y si no, van ustedes a saber cómo oyó la de Gómez Pérez.
Cuando Gonzalo Pizarro, alzado ya contra el virrey Blasco Núñez
de Vela, llegó a Lima para recibir de los oidores y vecinos el nombramiento de
gobernador del Perú, fue uno de sus primeros actos echarse a perseguir a varios
de los que, con razón o sin ella, eran tildados de desafectos a su causa, y
entre ellos al capitán Garcilaso de la Vega, quien tomó asilo en el convento de
Santo Domingo.
D. Francisco de Carbajal recibió la orden de allanar el convento
y no dejar escondrijo sin registro, y para cumplirla acompañose de Porras y
cuatro soldados. Cedamos aquí la palabra al cronista de
Los Comentarios Reales, que él cuenta las
cosas sin floreos y mejor de lo que nuestra pluma pudiera hacerlo. Así no tendrá
nadie derecho para decirme que hablo a la birlonga.
«Alzó Carbajal los manteles del altar mayor, que era hueco, y
vio a un infeliz soldado, Rodrigo Núñez, que también andaba fugitivo. Mas como
no era Garcilaso, que era el que Carbajal tenía empeño en prender, soltó los
manteles diciendo en alta voz: «No está aquí el que buscamos». En pos de él
llegó Porras, y mostrándose muy diligente, alzó los manteles y descubrió al que
ya Carbajal había perdonado, y dijo: «Aquí hay uno de los traidores». A Carbajal
le pesó de que lo descubriese, y dijo con mal gesto: «Ya yo lo había visto». Mas
como el pobre soldado fuese de los muy culpados contra Gonzalo, no pudo
excusarse Carbajal de ahorcarlo sacándolo confesado del convento.
Pero Dios castigó pronto al denunciante. Tres meses después
salió Porras a desempeñar una comisión en Huamanga. El caballo, que iba
caluroso, cansado y sediento, se puso a beber en un charquito pequeño donde el
mismo Porras le guió para que bebiese, y habiendo bebido se dejó caer en el
charco y tomó una pierna a su amo debajo, y acertó Porras a caer hacia la parte
alta de donde venía el agua. No pudo salir de debajo del caballo ni tuvo maña
para que éste se levantara, y así se estuvieron quedos hasta que se ahogó Porras
con tan poca agua que no llegaba, con estar caído, ni al pescuezo del caballo.
Vinieron otros caminantes, levantaron al animal y enterraron al jinete».
Tan ridículo fin como Juan de Porras tuvo Diego Núñez de
Mercado, factor de la Nueva Toledo y uno de los asesinos del marqués. Murió por
consecuencia de un mordisco que le dio en el cuello su propio caballo.
Desde entonces quedó por refrán, entre los españoles del Perú,
el decir, cuando un cristiano se atortola y mete en confusiones por asunto que
no es de gravedad o que tiene fácil remedio:
«¡Eh! No hay que ahogarse en poca agua, como Juan de Porras»,
refrán que era de uso constante en boca de Carbajal.
- III -
Si te dieren hogaza, no pidas torta
Crueldades aparte, es Francisco de Carbajal una de las figuras
históricas que más en gracia me ha caído.
Como en otra ocasión lo he relatado, nació Carbajal en Rágama
(aldea de Arévalo), y el autor de los Mármoles
parlantes dice, no sé con qué fundamento, que fue hijo natural del terrible
César Borgia, y por ende nieto del papa Alejandro VI. A comprobarse este dato,
no habrá ya por qué admirarse de la ferocidad de nuestro hombre, que en la
sangre traía los instintos del tigre. La raza no desmintió en él.
Después de haber militado largamente en España, halládose en la
batalla de Pavía, en el sitio de Ravena y en el saco de Roma
con Borbón por Carlos Quinto, como reza el
romance, vínose a Méjico, con su querida Catalina Leyton, en la comitiva del
virrey Mendoza, conde de Tendilla y marqués de Mondéjar.
Fue Catalina una dama portuguesa y la única mujer que algún
dominio ejerciera sobre el Demonio de los Andes.
Sin embargo, no la trataba con grandes miramientos; pues habiendo en
Arequipa convidado a comer a varios de sus amigos, éstos se excedieron en la
bebida, y al verlos caídos bajo la mesa, exclamó doña Catalina: «¡Guay del Perú!
¡Y cuál están los que lo gobiernan!» Mas Carbajal atajó la murmuración de su
querida, diciéndola con aspereza: «Cállate, vieja ruin, y déjalos dormir el vino
por un par de horitas; que en disipándoseles la embriaguez, el que menos de
ellos es capaz de gobernar, no digo el Perú, sino medio mundo».
A la llegada de Carbajal a América encontrábase D. Francisco
Pizarro en serios aprietos. La sublevación de indios era general en el Perú; y
si los españoles del Cuzco soportaban un tremendo sitio, no era menor el
conflicto de los de Lima, que veían el cerro de San Cristóbal coronado por un
ejército rebelde.
El virrey de Méjico, tan luego como tuvo noticia del peligro de
sus compatriotas, dio a Francisco de Carbajal el mando de doscientos hombres
aguerridos, y sin perder minuto lo envió en socorro de los conquistadores. Pero
aunque Carbajal llegó al Perú cuando ya la tormenta había casi desaparecido, no
por eso dejó de ser recompensado con profusión.
La liberalidad de Pizarro le conquistó para siempre el cariño de
nuestro viejo capitán, que tenía el feo vicio de amar mucho el oro. Y tanto fue
el afecto del capitán por el marqués, que puede decirse que sin él no habría
sido vengada la muerte de Pizarro, en la batalla de Chupas, donde, como es
sabido, sólo a la pericia militar de Carbajal se debió la victoria contra las
entusiastas tropas de Almagro el Mozo.
Cuando vino el primer virrey Blasco Núñez a poner en ejecución
las ordenanzas reales, Carbajal, que acababa de perder a su querida, vendió sus
bienes en doce mil castellanos de oro, y se dispuso para regresar a España. Pero
el hombre propone y Dios dispone.
Ni en el Callao ni en Nasca, Quilca y otros puertos de la costa,
encontró D. Francisco navío listo para conducirlo a la península. Fue entonces
cuando, en un arrebato de rabia, exclamó: «Pues que tierra y mar no consienten
que en tal coyuntura pueda yo escapar de esta madriguera, juro y prometo que de
aquí para siempre jamás, hasta que el mundo se acabe, ha de quedar en el Perú
memoria de Francisco de Carbajal».
¡Y vaya si dejó nombre!
Basta leer al Palentino o a cualquiera otro de los que sobre las
guerras civiles de los conquistadores escribieron, para que se le ericen a uno
los cabellos ante la sangre fría y el desparpajo con que Carbajal cortaba
pescuezos, no diré a hombres de guerra, que al fin en ellos es merma del oficio
el morir de mala muerte, sino hasta a frailes y mujeres.
Carbajal era una especie de ogro, un tipo legendario, un hombre
enigma. En nuestra historia colonial no hay figura que más cautive la fantasía
del poeta y del novelista. Grande y pequeño, generoso y mezquino, noble y
villano, fue Carbajal una contradicción viviente. Con sentimientos religiosos
que no eran los de su siglo, con una palabra en la que bullían el chiste
travieso o el sarcasmo del hombre descreído, con una crueldad que trae a la
memoria los sanguinarios refinamientos de los tiranos de la Roma pagana, hay que
admirar en él su abnegación y lealtad por el amigo y la energía de su espíritu.
Celoso de la disciplina de sus soldados y entendido y valiente capitán, la
victoria fue para él sumisa cortesana. Sagaz y experimentado político, es seguro
que a haber seguido sus consejos e inspiraciones, en vez de finar en el cadalso,
otro gallo le habría cantado al muy magnífico
Sr. D. Gonzalo Pizarro.
Presentáronle una tarde a Carbajal cuatro soldados españoles, de
los que seguían la bandera del virrey, y que acababan de caer prisioneros en una
escaramuza habida cerca de Ayabaca. Después de breve interrogatorio a cada uno
de ellos, D. Francisco, cuya gordura picaba en obesidad, se cruzaba las manos
sobre el abultado abdomen y concluía con esta horripilante frase:
-Hermanito, póngase bien con Dios, ya que conmigo no hay forma
de composición.
Quedaba el último de los prisioneros, que era un mancebo de
veinte años. Por supuesto, que el pobrete, viendo que iban a pelarles las barbas
a sus tres compañeros, ponía la suya en remojo.
-¿Cómo te llamas, buena alhaja? -le interrogó Carbajal.
-Lope Betanzos, para servir a su señoría -contestó el soldado.
-¡Betanzos! Apellido es de buena cepa. ¿Y de qué tierra de
España?
-De Vitigudino, en Castilla.
-Pues sábete, arrapiezo, que el señor tu padre fue el mayor
amigo que en mis mocedades tuve, y que algunas bromas corrimos juntos en tiempo
del Condestable. El ser hijo de quien eres válete más que el ser devoto de algún
santo para que el pescuezo no te huela a cáñamo.
Y volviéndose a uno de los que lo acompañaban, añadió Carbajal:
-Alférez Ramiro, numere vuesa merced en su compañía a este mozo,
si es que de buen grado se aviene a cambiar de bandera.
El prisionero, que motivo tenía para contarse entre los
difuntos, se regocijó como el que vuelve a la vida, y dijo de corrido:
-Señor, yo prometo de aquí adelante y juro por mi parte de
paraíso servir a vueseñoría y al señor gobernador y derramar la sangre de mis
venas en su guarda y defensa.
-Dios te mantenga en tan honrado propósito, muchacho, y medrarás
conmigo; que por venir de quien vienes, te quiero como el padre que te engendró.
Y lo despidió dándole una palmadita en la mejilla, con no poco
asombro de los presentes, que jamás habían visto al
Demonio de los Andes tan afectuoso con el
prójimo.
Pero condenada estrella alumbraba a Lope Betanzos; porque
alentado con las muestras de cariño que le dispensara D. Francisco, no giró
sobre sus talones, sino que permaneciendo como clavado en el sitio, se atrevió a
decir:
-Pues tanta merced me hace su señoría, quisiera que para que
mejor pueda llenar mi obligación, mande que se me devuelva mi caballo, siquiera
para que pueda alzar los pies del suelo.
Nunca tal deseo formulara el infeliz. A Carbajal se le
inyectaron los ojos y murmuró con voz ronca:
-¡Hola! ¡Hola! ¿Danle hogaza y quiere torta? Ya te lo dirán de
misas, bellaco. Eres como el abad de Compostela, que se comió el cocido y aún
quiso la cazuela.
Y volviéndose al negro que cerca de él ejercía funciones de
verdugo, añadió:
-Mira, Caracciolo, ahórcame luego a este barbilindo, y sea de un
árbol, y de manera que tenga los pies bien altos del suelo, todo cuanto él sea
servido.
Lope Betanzos quiso reparar su imprudencia, y lleno de
tribulación repuso:
-Perdóneme vueseñoría, que yo lo seguiré a pie y aun de
rodillas; porque de la suerte que vueseñoría manda, no querría yo alzar los pies
del suelo.
Pero Carbajal le volvió la espalda, murmurando:
-¡Habráse visto tozudo! La cuerda lo hará discreto.
Y se alejó canturreando una de sus tonadillas favoritas:
«Mi comadre, mi comadre la alcaldesa,
nunca en la suya, siempre en mi mesa,
y cada año me endilga un ahijado.
¡Qué compadre tan afortunado»
- IV -
Comida acabada, amistad terminada
Tres meses antes de la batalla de Iñaquito, en que tan triste
destino cupo al primer virrey del Perú, habían los partidarios de Gonzalo
Pizarro puesto preso en la cárcel de San Miguel de Piura al capitán Francisco
Hurtado, hombre octogenario, muy influyente y respetado, vecino de Santiago de
Guayaquil y entusiasta defensor de la causa de Blasco de Núñez.
Cuarenta días llevaba el capitán de estar cargado de hierros y
esperando de un momento a otro sentencia de muerte, cuando llegó a Piura
Francisco de Carbajal, en marcha para abrir campaña contra Diego Centeno, que en
Chuquisaca y Potosí acababa de alzar bandera por el rey.
El alcalde de Piura, acompañado de los cabildantes, salió a
recibir a Carbajal, y por el camino lo informó, entre otras cosas, de que tenía
en chirona, y sin atinar a deshacerse de él, al capitán Hurtado.
¡Mil demonios! -exclamó furioso D, Francisco-. ¡Ah, Sr.
Martínez! So cabello rubio, buen piojo rabudo. ¡Y qué poco meollo para oficial
de justicia, tiene vuesa merced! Bien podía hacerle tina punta a la vara, que
lleva y tirársela a un perro. ¡Cargar de hierros a todo un vencedor en Pavía!
¡Habrá torpeza! ¡Por vida de mi Sr. D. Gonzalo, que no sé cómo no hago una
alcaldada con el alcalde de monterilla! Corra vuesa merced y deje libre en la
ciudad al capitán Hurtado, que es muy mi amigo y juntos militamos en Flandes y
en Italia, y no es Francisco de Carbajal el alma de chopo que consiente en el
sonrojo de hombre que tanto vale. ¡Voto va! ¡Por los gregüescos del Condestable!
Y ante tal tempestad de exclamaciones iracundas, el pobre
alcalde escapó como perro en juego de bolos, diciendo para sí: «Eran lobos de
una camada, no haya miedo que se muerdan. Allá se avengan, que en salvo está el
que repica».
Cuando Carbajal entró en Piura ya estaba en libertad el
prisionero, quien se encaminó a la posada de su viejo conmilitón para darle las
gracias por el servicio que le merecía. El maestre de campo lo estrechó entre
sus brazos, manifestose muy contento de ver tras largos años a su camarada de
cuartel; hicieron alegres reminiscencias de sus mocedades, y por fin, llegada la
hora de comer, sentáronse a la mesa en compañía del capellán, dos oficiales y
cuatro vecinos.
Ni Hurtado ni Carbajal trajeron para nada a cuento las
contiendas del Perú. Bromearon y bebieron a sus anchas, colmando el maestre de
agasajos a su comensal. Los dos viejos parecían, en sus expansivas
manifestaciones de afecto y de alegría, haberse desprendido de algunas canas.
Aquello sí era amistad, y la de Orestes y Pílades pura pampirolada.
Cuando después de dos horas de banquete y de pronunciar la
obligada frase con que nuestros abuelos ponían término a la masticación «que
aproveche, como si fuera leche» un doméstico retiró el mantel, la fisonomía de
Carbajal tomó aire pensativo y melancólico. Al cabo, y como quien después de
meditarla mucho ha adoptado una resolución, dijo con grande aplomo:
-Sr. Francisco Hurtado, yo he sido siempre amigo y servidor de
vuesa merced, y como tal amigo, le mandé quitar prisiones y sacar de la cárcel.
Francisco de Carbajal ha cumplido, pues, para con Francisco Hurtado las
obligaciones de amigo y de camarada. Ahora es menester que cumpla con lo que
debo al servicio del gobernador mi señor. ¿No encuentra vuesa merced fundadas
mis razones?
-Justas y muy justas, colombroño -contestó Hurtado, imaginándose
que el maestre de campo se proponía con este preámbulo inclinarlo a cambiar de
bandera, o por lo menos a que fuese neutral en la civil contienda.
-Huélgome -continuó Carbajal- de oírlo de su boca, que así
desecho escrúpulos. Vuesa merced se confiese como cristiano que es, y capellán
tiene al lado; que yo, en su servicio, no puedo hacer ya más que mandarle dar
garrote.
Y Carbajal abandonó la sala, murmurando:
-Cumplí hasta el fin con el amigo, que buey viejo hace surco
derecho. Comida acabada, amistad terminada.
- V -
El sueño de un santo varón
Llegados eran para el Muy Magnífico D. Gonzalo Pizarro los días
en que su prestigio y popularidad principiaran a convertirse en humo. Sus
partidarios más entusiastas, los hombres más comprometidos en la rebeldía, eran
los primeros en la deserción. Hasta Menocal el ballestero, un valiente de
embeleco que ocho días antes dijera en pleno festín «Descreo en Dios si Dios no
está con Gonzalo», había puesto pies en polvorosa y presentádose a La Gasca.
Para impedir que la desmoralización cundiera como aceite en
pañizuelo, creyó Francisco de Carbajal oportuno dictar medidas terroríficas.
Pena de la vida al soldado que sin su permiso enfrenase el caballo; pena de la
vida al que vagase por los arrabales de la ciudad; pena de la vida al que
murmurase de sus jefes; y, en una palabra, los pizarristas no ganaban para
sustos, pues menudeaban las ordenanzas que les ponían la gorja en peligro de
intimar relaciones con la cuerda de cáñamo.
Una mañana despertaron a Carbajal para avisarle que cuatro
soldados habían sido detenidos fuera de los arrabales de Lima, lo que hacía
sospechar en ellos propósito de pasarse al campo enemigo. Vistiose de prisa el
maestre de campo, y acompañado del verdugo y una manga de piqueros, dirigiose al
sitio donde estaban los presos.
Por el camino vio a un joven alférez que marchaba por la calle
con las espuelas calzadas, y que procuró esquivar el importuno encuentro,
perdiéndose tras una esquina.
-Venga acá, Sr. Martín Prado -le grito Carbajal-. ¿Dónde bueno
tan con el alba?
-De paseo, Sr. Francisco de Carbajal -contestó con lengua
estropajosa el interpelado.
-¡El virita de Meneses, cáscame acá esas nueces! -murmuró D.
Francisco, expresando su incredulidad con ese refrancito; y luego añadió en voz
clara: -¿Y para respirar el fresco aire de la mañana acostumbra usarced calzar
las espuelas? Por el alma del Condestable, que o el olfato me engaña o el Sr.
Martín Prado trasciende a felón y tejedor.
La palabra tejedor, que
después se ha generalizado aplicándola a los que no juegan limpio en política,
era de uso en boca de Carbajal cuando hablaba de aquellos que, en esa guerra
civil, huían de comprometerse, pensando sólo en la manera de quedar bien con el
que resultase vencedor, ora fuese San Miguel, ora el demonio. Conste así para
que nadie, ni la Real Academia de la Lengua, dispute a Carbajal el derecho de
propiedad sobre la palabrita.
Y continuó D. Francisco interrumpiendo al alférez, que
principiaba a balbucear una disculpa:
-Sígame el buen mozo, y por el camino acabaremos el ajuste de
cuentas, que muy limpias han de ser para que yo le otorgue saldo y finiquito. Ya
veremos si vuesa merced es tinaja de agua para estarse serenando.
Y Carbajal empezó a canturrear el estribillo jacarandino de la
zarabanda, bailecito muy a la moda en España
entre las sirenas del respingón y doncellitas contrahechas:
«Bullí, bullí, zarabullí,
que si me gané, que si me perdí,
que si es, si no es, si no soy, si no fui,
por acá, por allá, por aquí, por allí».
Martín Prado púsose al lado de Carbajal, y durante la travesía
hasta Cocharcas fue dando sus descargos, fundados en una vulgar historia de
amoríos con una casada, devaneo que lo ponía en el compromiso de trasnochar;
pero D. Francisco encontraba tan soso el cuento, que de rato en rato se detenía,
miraba a Prado en los ojos como si en ellos leyera, y luego proseguía el viaje
murmurando:
Bueno va el canticio, seor galán... Tejer amores adúlteros o
tejer traiciones, todo es tejer..., pero no hay tus-tus a perro viejo. Andallo,
andallo, que fui pollo y ya soy gallo.
Las disculpas del pobre alférez no eran de las que podían hallar
cabida en un hombre como el maestre de campo, que no era ningún bobo cuatralbo y
regoldón, y para quien ni las necesidades premiosas de la naturaleza eran excusa
legítima, estando de por medio la rigidez de la disciplina. Así refiere un
cronista que, en cierta marcha, separose un soldado de las filas y escondiose
por breve rato tras de unas rocas, urgido por la violencia de un dolor de
tripas. Violo D. Francisco, mandó hacer alto a la tropa, cruzó la pierna sobre
la cabeza de su mula y esperó con toda pachorra a que el soldado, libre ya de su
fatiga, volviese a ocupar su puesto.
Carbajal lo despojó entonces de armas y caballo, y lo despidió
del servicio militar, diciéndole:
-Castígote así, ¡voto a tal!, porque no eres para este oficio,
sino para fraile; que el buen soldado del Perú ha de comer un pan en el Cuzco
y... echarle en el Titicaca.
En poder de hombre tal estaba, pues, irremediablemente perdido
Martín Prado.
Llegados al sitio donde se encontraban amarrados a un tronco los
cuatro prófugos, dijo Carbajal al verdugo:
-Cuélgame de ese árbol a estos pícaros, y en concluyendo con
ellos, harás la misma obra con este hidalgo, ahorcándolo en la rama más alta,
que algún privilegio ha de tener el alférez sobre los soldados.
Martín Prado se deshizo en súplicas, y convencido de que su jefe
no le escuchaba, terminó por pedir que siquiera se lo diese un confesor.
-No se apure por eso, señor alférez -le contestó Carbajal-, que
mancebo es, y escasa ocasión de pecar habrá tenido. Rece un credo, que para los
pocos pecados que tendrá en la alforja, yo los tomo por mi cuenta, cierto de que
no añadirán gran peso al bagaje de los míos, ¡Ea! Acabemos y sepa morir como
hombre; que de mujerzuelas es, y no de barbados, eso de andar haciendo ascos a
la muerte. Conmigo no vale dar puntada sobre puntada como sastre en víspera de
pascua.
Y, sin más ni menos, el verdugo colgó de la rama más alta al
infortunado alférez.
Luego, volviéndose hacia el oficial que había estado al cargo de
los presos y a quien Carbajal tenía sus motivos para no creerlo muy leal, dijo
con aire entre amenazador y zumbático:
-Sr. Alonso Álvarez, roguemos a Dios muy de corazón que se
contente con la migajita que acabo de ofrecerle.
En seguida Carbajal tendió su capa, que era de paño veintidoseno
de Segovia, al pie del árbol donde se balanceaban los cinco ahorcados, y
acostose sobre ella, murmurando:
-¡Buen madrugón me he dado! Pues, señor, a gentil sombra estoy
para echar un sueño.
Bostezó, hizo la cruz sobre el bostezo y se quedó dormido con el
sueño de un bienaventurado que no trae sobre la conciencia ni el remordimiento
de haber dado muerte a una pulga.
- VI -
Los postres del festín
Gran banquete daba en el palacio de Lima el Muy Magnífico señor
Don Gonzalo Pizarro.
Pero antes de ir a la mesa se reunieron en el salón hasta
sesenta de los personajes más comprometidos en la causa rebelde. Allí estaban
entre otros, Don Antonio de Ribera, Francisco de Ampuero, Hernán Bravo de
Lagunas, Martín de Robles, Alonso de Barrionuevo, Páez de Sotomayor, Gabriel de
Rojas, Lope Martín, Benito de Carbajal y Martín de Almendras, gente toda
principal y que, antes de quince días, debían decir: «A la vuelta lo venden
tinto, voltear casaca y traicionar a su caudillo». Allí estaba también el
capitán Alonso de Cáceres (¡gran traidor!), quien besando a Pizarro en un
carrillo lo dijo: «¡Oh príncipe del mundo! ¡Maldito el que te niegue hasta la
muerte!».
Gonzalo quería poner en conocimiento de ellos pliegos
importantes de Gasca, oír consejo y sondear el grado de devoción de sus
capitanes. Gasca prometía amplio perdón a Gonzalo y sus secuaces.
Terminaba la lectura de los pliegos, el licenciado Cepeda, que
no era ningún necio de pendón y caldera, sino un pícaro muy taimado, dijo:
-Pues ven vuesas mercedes el trance dé cada uno con franqueza su
parecer y voto, que el señor gobernador promete, como caballero hijodalgo, de no
tocarlo en persona ni hacienda. Empero, mire bien cada uno lo que para después
prometa y jure; pues el que quebrante la fe o ande tibio en los negocios de esta
guerra, de pagarlo habrá con la cabeza.
Cuando calló Cepeda, reinó por varios minutos el más profundo
silencio. Ninguno de los asistentes osaba ser el primero en expresar su opinión.
Al fin, Francisco de Carbajal, viendo el general embarazo, dijo:
-Pues todos callan, seré yo el que ponga el paño al púlpito y
lleve el gato al agua. Paréceme, señores, que esas bulas son buenas y baratas, y
que vienen preñadas de indulgencias, y que las debe tomar el gobernador mi
señor, y echárnoslas nosotros encima, y traerlas al cuello a guisa de reliquias.
Por las bulas estoy y... he dicho. Cruz y cuadro.
Miráronse unos a otros los de la junta, maravillados de oír tan
pacíficos conceptos en boca del Demonio de los
Andes, que, por esta vez, habló con sinceridad, y sobre todo muy
razonablemente.
El oidor Cepeda, recelando que la mayoría de los capitanes se
inclinase en favor de la opinión de Carbajal, se apresuró a contestar:
Dios me perdone la especie; pero se me figura que el maestre de
campo empieza a haber miedo del cleriguillo.
Carbajal brincó del escaño, que la cólera se le había subido al
campanario, puso la mano en la empuñadura de su daga y con voz airada gritó:
-¡Miedo! ¡Miedo yo! ¿Quién lo dice?
Pero luego, reportándose, continuó con su habitual tono de
burla:
-Mejor es tomarlo a risa. He dado mi parecer y voto, sin
encontrar sacristán de amén que conmigo sea. Pero no tomaré las bulas, así me
prediquen frailes descalzos, si todos mis amigos no las toman. Por lo demás, soy
la última palabra del credo, y tan buen palmo de pescuezo tengo yo para el
cabestro como el señor licenciado. Siga el carro por el pedregal y venga lo que
viniere. Cruz y cuadro. He dicho.
Y se puso a canturrear esta tonadilla:
«Bien haya la niña,
pues la van a ver dos paternidades
y un vuesa merced».
Y con esto terminó la junta, deshaciéndose todos, menos el
capitán Diego Tinoco, en protestas de adhesión a Gonzalo y juramentos de morir
en la demanda. Al oírlos, Carbajal murmuraba entre dientes:
-Si como adoban guisan, bien andamos; pero ya saldremos con que
se espantó la muerta de la degollada. Más puños y menos palabras quisiera yo.
Hallábanse los comensales a mitad de comida cuando un paje se
aproximó a Gonzalo, hablole al oído y le entregó una carta. Pizarro la pasó a
Carbajal, diciéndole muy quedo:
-Lea vuesa merced y haga justicia, que en esta mesa hay un
Judas.
Carbajal se impuso del papel, quedose pensativo, y luego, como
quien ha tomado una resolución, se levantó, tocó ligeramente en la espalda al
capitán Tinoco y le dijo:
-Sígame vuesa merced, pues tengo que hablarle cuatro razones al
alma.
Levantose el convidado, salió con Carbajal y ambos se entraron
en uno de los aposentos de palacio.
Las libaciones menudeaban y el banquete crecía en animación.
Todos brindaban por las glorias futuras de Gonzalo Pizarro, su caudillo, su
amigo.
Y casi todos los que brindaban iban muy pronto a ser desleales
con el amigo, traidores con el caudillo.
Si Shakespeare hubiera oído aquellos brindis, habría repetido
indignado su famoso apóstrofe: ¡words! ¡words! ¡words!
-Un cuarto de hora después regresaba Carbajal al comedor
trayendo una gran fuente cubierta, la que colocó en el centro de la mesa,
diciendo:
A la sazón llegan los postres. Destape vuesa merced.
Martín de Robles levantó la tapa de la fuente, y todos, menos
Gonzalo, lanzaron un grito de horror.
Allí estaba sangrienta, casi palpitante, la cabeza del capitán
Diego Tinoco.
- VII -
Las hechas y por hacer
Andaba Francisco de Carbajal en persecución del capitán Diego
Centono y cogiendo prisioneros a los rezagados que éste, en su precipitada fuga
hacia Quilca, iba dejando.
Una mañana trajéronle sus exploradores dos de los soldados de
Centeno.
Era el uno hombre de marcial y noble aspecto; y el otro, reverso
de la medalla, mellado de un ojo y lisiado de una pierna, parecíase a Sancho
Panza en lo ruin de la figura.
Carbajal procedía siempre sumariamente con los prisioneros. Un
par de preguntas, y lo demás era tarea del verdugo.
En esta ocasión empezó el Demonio
de los Andes por interrogar al hidalgo y terminó por sentenciarlo. El
prisionero, sin revelar una debilidad indigna, protestó con estas palabras:
-Guárdeme, Dios, Señor Carbajal, de una felonía, y no me dice la
conciencia que la haya cometido para merecer la muerte a que vueseñoría me
condena. En estas guerras de españoles contra españoles empecé sirviendo al rey,
sin cambiar nunca de bandera.
- Entiendo -contestó Carbajal con su acostumbrada ironía- que
vuesa merced quiere dejar a sus herederos una ejecutoria limpia, y sepa que lo
ahorco por hacerle favor; pues siendo vuesa merced tan leal servidor de su
majestad, el rey habrá de reconocerlo así y premiará en los hijos el mérito del
padre. Desengáñese que, muriendo, hace buena obra en provecho de los suyos y que
de agradecérsela han. Conque así, siga a este hombre, rece un credo
cimarrón y déjese matar sin hacer ascos.
Volviéndose luego al otro soldado le preguntó:
-¿Cómo te llamas, abejorro?
-Cosme Hurtado para servir a Dios y a vueseñoría -contestó el de
la ruin estampa.
Carbajal, al oír el apellido, soltó una estrepitosa carcajada, y
dijo:
-¡Hurtado! ¡Hurtado! ¡Por el alma del Condestable! ¡Vaya un
posma que no lo vi más feo en cuanto de la cristiandad tengo visto! Nómbrase
hurtado, y no es bueno ni para
hallado.
Y luego continuó:
-¿Cuál es tu oficio?
-Curandero.
-Cierto que, por la facha, eres más sucio que un emplasto entre
anca y anca. ¿Y a muchos curas?
-Cúralos Dios, que no yo.
-Agudo eres, bribón, y eso te salva, que siempre gusté de
hombres despiertos. Tómote a mi servicio para que cures las caballerías de mi
escuadrón, y ten presente que te perdono las hechas y por hacer.
-Vengo en ello, que vueseñoría me cautiva con su generosidad
perdonándome las
hechas y por hacer -recalcó el homólogo de
Sancho.
Corriendo los meses, volvió Centeno a tomar la ofensiva, y se
presentó en Huarina con más de mil hombres aparejados para la batalla. Carbajal,
cuyas fuerzas no excedían de la mitad, se dispuso también para el combate,
confiando no en el número, sino en la mejor disciplina y armamento de los suyos.
A pesar de las precauciones que el aguerrido maestre de campo adoptara, no pudo
impedir que algunos descontentos se fugasen la víspera de la batalla al campo
enemigo, y entre ellos encontrose Cosme Hurtado, antiguo soldado de Centeno.
Comprometida la batalla, Carbajal dio a sus arcabuceros esta voz
de mando (que literalmente copiamos de varios cronistas):
-Hijos míos, no apurarse en hacer fuego, gastando en balde
pólvora y plomo y puntería a los c.....s.
Y tan acertada fue la orden, que a la primera descarga quedaron
fuera de combate ochenta realistas y el pánico se apoderó de sus filas.
Perdida, pues, por Centeno la batalla, cayó nuevamente
prisionero el albéitar Cosme Hurtado. Cuando lo llevaron a presencia de Carbajal,
éste lo cogió de una oreja diciéndole:
-¡Hola, pícaro! Hoy te ahorco.
-No puede ser, Señor Don Francisco, que vueseñoría es hombre de
palabra y empeñada la tiene para dejarme con vida -contestó con desparpajo el
prisionero.
-¡Mientes por mitad de la barba, belitre!
-Sean jueces estos caballeros. Vueseñoría me dijo un día en
público, y testificarlo han más de ciento, que me perdonaba
las hechas y por hacer. Ahora, si vueseñoría
quiere olvidarlo, ahórqueme enhorabuena, que mala será para su fama, sobre la
que echará el feo borrón de no haber honrado su palabra.
¡Miren por donde se apea el bellaco! -murmuró Carbajal-. Y lo
peor es que dice cierto y que resguardo tiene en mi palabra de caballero.
Y el Demonio de los Andes,
recelando que Hurtado tuviera en el estuche otras
por hacer, lo puso
en libertad, permitiéndole que fuera a reunirse con los realistas que, al
mando del licenciado La Gasca, se aproximaban ya a Andahuailas.
Los españoles de aquellos tiempos, por depravados y descreídos
que fuesen, llevaban hasta la exageración el cumplimiento de la palabra
empeñada. Por esto se inventó, tal vez, el refrán que dice: «Al toro por las
astas y al hombre por la palabra».
- VIII -
Maldición de mujer
Pacificado, en apariencia, el Perú con la muerte de Almagro el
Mozo, encomendó Vaca de Castro a los capitanes Diego de Rojas, Felipe Gutiérrez
y Nicolás de Heredia la conquista de Tucumán y Salta. Doscientos soldados se
alistaron entusiastas para acometer esta arriesgada empresa, que duró más de
tres años y en la que los expedicionarios tuvieron que sostener muy sangrientas
batallas con los indios y pasar hambre, miseria y peligros sin cuento.
Muerto Diego de Rojas, que llevaba el título de gobernador, a
consecuencia do una leve herida de flecha emponzoñada, vino la discordia a
enseñorearse del campo español, y la mayoría resolvió deshacerse de Francisco
Mendoza, valiente mancebo a quien Rojas dejara la herencia del mando, con
agravio de Gutiérrez y de Heredia.
Empeñáronse algunos de los conquistadores en que Mendoza
obsequiase con un caballo de que no hacía viso a Diego Álvarez, soldado que
gozaba entre ellos de gran prestigio, pero a quien el gobernador tenía sus
motivos para tratar con desapego. Contestó, pues, negativamente a los
pedigüeños, y agregó en tono de burla:
-Mal dueño tendría el caballo, que Diego Álvarez por dormir no
habría de cuidarlo.
Refirieron el dicho a Álvarez, quien se ofendió tanto, que en el
acto organizó la conspiración; y dos noches después, acompañado de tres de sus
amigos, entraba en la tienda del gobernador. Este despertó al ruido y preguntó
sin alarmarse:
-¿Quién anda ahí?
-Quién ha de ser, Señor Don Francisco, sino Diego Álvarez que no
duerme cuando no ha menester dormir.
Y sin dar tiempo a que Mendoza saltase del lecho, lo mató a
puñaladas.
Aunque Nicolás de Heredia no había tenido arte ni parte en el
motín, fue proclamado gobernador, y para evitar desastres tuvo, mal de su grado,
que aceptar el cargo. Resolvió entonces volver al Perú, y con los ciento
cincuenta hombres que lo seguían púsose en Santa Cruz de la Sierra, a órdenes de
Lope de Mendoza, que acababa de alzar bandera contra Gonzalo Pizarro.
La historia conoce con el nombre de
los de la
Entrada a estos bravos soldados, calificando de heroicos su valor y
sufrimientos. Y no sólo ellos sino hasta sus mujeres realizaron verdaderas
hazañas, que por tales tomamos las que escriben los cronistas de Leonor de
Guzmán, esposa del alférez Hernando Carmona; de Clara Enciso, compañera de
Fernando Gutiérrez, y de Mari-López, la querida entonces y mujer más tarde de
Bernardino de Balboa. Ocasión hubo en que, mientras los hombres andaban
diseminados buscando víveres, las mujeres defendieron el campamento batiéndose
vigorosamente con los indios.
Francisco de Carbajal hallábase en Quito con Gonzalo Pizarro
cuando se tuvo noticia de que Diego Centeno y Lope de Mendoza habían en Arequipa
proclamado la causa del rey. Pizarro ordenó entonces a su maestre de campo que,
con trescientos hombres, se dirigiese sobre los enemigos, sin darles tiempo para
que organizasen elementos de resistencia.
Fue en esta campaña, prodigiosa por la rapidez de las marchas,
donde Carbajal ostentó todas sus admirables dotes militares, conquistándose la
reputación de gran capitán. A fuerza de hábiles maniobras estratégicas, derrotó
primero a Centeno; y poco después, en Pocona, territorio de Santa Cruz de la
Sierra, tomó prisioneros a Lope de Mendoza y Nicolás de Heredia que, como todos
los de la Entrada, se batieron bizarramente.
En esta batalla el mismo Carbajal salió ligeramente herido en un
muslo de un tiro de arcabuz, disparado contra él por uno de sus soldados, que se
había comprometido con los realistas a matar a su jefe en el fragor del combate.
El astuto Carbajal disimuló por el momento, procurando que ninguno de los suyos
se advirtiese de lo ocurrido, pues hacerlo público era dar alas a la traición,
con desprestigio propio y de la causa. Mas no por eso renunció a la idea de
castigar al delincuente.
Dejó correr una semana, y al cabo de ella, hízose una tarde
encontradizo con el soldado traidor, y después de hablarle afablemente, diole la
comisión de ir con pliegos al Cuzco, sin pérdida de minuto. El soldado, que era
dueño de algún caudal y que veía la imposibilidad de transportarlo consigo, le
rogó que lo excusase.
Entonces Don Francisco, sin revelar pizca de enojo, le dijo:
-Pues, camarada, que no sea lo que yo quiero, que es ir, ni lo
que vos queréis, que es quedar, sino que, como entre amigos, se tome un medio
que ni vayáis ni quedéis. ¿Qué os parece?
-Que me place -contestó el soldado-. Vuesa merced discurra.
-Discurrido está. El medio es... es... -articuló Carbajal
rascándose la punta de la nariz.
-¿Cuál, D. Francisco?
-Que venga Cantillana y que lo ahorque sobre tabla; y no me diga
el felón que ha menester confesarse, que de eso no se le dé nada; que yo tomo
por mi cuenta sus pecados, que son muchos y gordos.
Y un minuto después, el infeliz emprendía viaje a la eternidad.
Cuando en Pocona lo presentaron herido y prisionero a Lope de
Mendoza y a su segundo Heredia, díjoles Carbajal:
-¡Hola! ¡Hola! ¿Conque eran vuesas mercedes los malandrines que
habían jurado ahorcarme por su mano? Pues ahora vamos a ver quién mata a quién.
Lope de Mendoza y su compañero levantaron con altivez la cabeza
y se encerraron en un silencio despreciativo. Al fin se cansó Carbajal de
apostrofarlos sin obtener de ellos una palabra, y dirigiéndose a la puerta gritó
a un oficial que pasaba:
-Alférez Bobadilla, venga acá, si es servido, y mande dar
garrote a este par de bellacos y que les corten la cabeza y tráigamelas, que
holgareme de verlas separadas del tronco.
Cumplida la sentencia, el mismo Dionisio de Bobadilla partió
para Arequipa conduciendo las dos cabezas, que debían ser puestas en la picota
de la ciudad.
Sabido es que Carbajal quería infinito a su ahijada Juana Leyton,
mujer de Francisco Voto, un tunante que traicionó más tarde al padrino pasándose
a las filas realistas. Esta Juana era una muchacha portuguesa, hija adoptiva de
doña Catalina, la querida que Carbajal trajo al Perú. Juana Leyton fue siempre,
cerca del indomable Demonio
de los Andes, un ángel que salvó muchas
vidas e impidió no pocas atrocidades; pues el maestre de campo no desairó jamás
ruego o empeño de su mimada Juana.
Al saberse en Arequipa la comisión que traía Bobadilla, fue
Juana Leyton a la posada de éste y le dijo:
-Suplícoos, Sr. D. Dionisio, que me hagáis merced de la cabeza
de Lope de Mendoza para que yo la entierre lo mejor que pudiere, aunque no sea
como ella lo merece. Mirad que de nada os sirve puesta en la picota.
-Duéleme, doña Juana, que no seáis por mí servida, que yo ni
por Dios ni por sus santos tengo de desobedecer a mi Sr. D. Francisco y
arriesgarme a que, en justicia, me descuartice.
Insistió la dama, lloró, ofreció plata y agotó el arsenal de
recursos que para casos tales puso el cielo a disposición de la mujer. Bobadilla
era lo que se llama hombre de un sí y de un no. Cansada de bregar, saliose doña
Juana del aposento, gritando con aire profético:
-Pues ponla muy enhorabuena, que mala será para ti, y poco
vivirá quien no la viere quitar, para enterrarla con mucha honra, y poner la
tuya en su lugar.
Bobadilla se echó a reír del pronóstico, y encaminose a la
picota con el sangriento fardo. Al desenvolver las cabezas, uno de los ayudantes
del verdugo hizo un gesto de asco, y dijo:
-¡Puf! ¡Y vaya si apestan!
-Mientes, pícaro -le interrumpió Bobadilla-, que cabezas de
enemigos huelen a ambrosía.
Cuando dos años después, vencido el Muy Magnífico Gonzalo
Pizarro, cayó prisionero Dionisio de Bobadilla, mandó La Gasca que le cortasen
la cabeza y la colocasen en Arequipa, en el mismo sitio que había ocupado la de
Lope de Mendoza, cuya memoria se honró con una gran misa fúnebre.
La verdad es que una maldición de mujer es tan atroz como
maldición de gitano; pues no parece sino que las hijas de Eva tuvieran, a veces,
el privilegio de deletrear en el libro del porvenir.
- IX -
Un hombre inmortal
Juan Morales de Abad, natural de Cuenca, en España, era por los
años de 1546 uno de los ciento cincuenta valientes
de la Entrada Y tan orgullosos (y con
justicia) estaban del mote, que lo añadieron, como título de honor, a su
apellido, y así firmaban Diego Pérez de la Entrada, Pedro López de la Entrada,
etc.
Vencidos por Francisco Carbajal en Pocona, presentose el
terrible caudillo en la tienda donde estaban heridos nueve de los soldados
de la Entrada y les dijo:
-Arreglen vuesas mercedes sus cuentas con la conciencia, que el
herido, después de sano, habrá de serme enemigo mayor. Usarcedes, los
de la Entrada, gente sois de mucho brío y de
grandes humos, y debo andarme con tiento.
-Arreglen vuesas mercedes sus cuentas con la conciencia, que el
herido, después de sano, habrá de serme enemigo mayor. Usarcedes, los
de la Entrada, gente sois de mucho brío y de
grandes humos, y debo andarme con tiento.
Aquellos heroicos soldados no desmintieron su reputación, y sin
humillarse ni exhalar una queja iban entregando el cuello al verdugo.
Tocole el turno al último de ellos, que era Juan Morales de
Abad, el cual tenía la pierna derecha atravesada por una pelota de arcabuz.
Fuese que su coraje hubiera desmayado al ver ajusticiados a sus ocho compañeros,
o que de suyo fuera mandria, enderezose como Dios le ayudó, y dijo:
-Sr. D. Francisco, conmigo no reza el bando, que yo estoy sano,
y apenas si tengo un rasguño que se cura con agua de la fuente.
-Sr. Morales -le contestó Carbajal-, juro cierto que vuesa
merced está malherido, y así no puede dejar de morir.
-Protesto, Sr. D. Francisco.
-Pues, hermano de mi alma, la mejor protesta es que pruebe a
andar, que por salvo le doy si de la puerta pasa.
Intentó el sentenciado dar un paso, y cayó exánime de dolor.
-Ahora que estáis convencido, Sr. Morales -continuó Carbajal-,
concluyamos, y que Cantillana haga su oficio.
Parece que Juan Morales de la Entrada tenía gran apego a la
vida, porque intentó ganar siquiera tiempo con esta súplica:
-Pues ya que ello ha de ser, concédame vuesa merced la gracia de
que venga el padre Lucas a confesarme.
-¡Valiente descuido! ¿Seguís al traidor de Lope de Mendoza y no
andabais confesado? Pues así habéis de ir, que no soy yo remediador de
descuidos.
Inmediatamente Cantillana le dio garrote, y dejándole con la
cuerda al cuello, arrojó el cuerpo al río.
Presumo que el verdugo sería novicio en la carrera; porque el
ajusticiado, a quien arrastraba la corriente, volvió en sí, y haciendo un
esfuerzo desesperado, se arrancó la soga del pescuezo y logró pisar la orilla.
Deparole su buena estrella que a pocos pasos estuviese la casa
de Diego de Zúñiga el
Talaverino, quien no sólo albergó y atendió
a la curación del resucitado, sino que le alcanzó la gracia de Carbajal.
-¡Ese hombre no tiene precio! -exclamó maravillado Carbajal-.
¡No le matan balas, no lo daña el garrote, no lo sofoca la cuerda ni lo ahoga el
agua! Perdonado está, y dígale vuesa merced que lo tomo a mi servicio; pero que,
si lo pillo más tarde en una felonía, ya sabré encontrar forma de que muera a la
de veras.
Juan Morales se avino muy gozoso al cambio de casaca, y fue a
Carbajal y sentó plaza en la compañía del capitán Castañeda.
Entre los prisioneros que Carbajal había dado de alta en sus
filas, contábanse cuarenta de los de la Entrada,
que se concertaron en Chuquisaca con algunos de los cabildantes para
asesinar al maestre de campo el día de San Miguel; empresa que habrían llevado a
buen término, si dos horas antes de la convenida no hubiera sido denunciada por
un soldado.
D. Francisco no se anduvo con pies de plomo para desbaratar el
plan, y echose a hacer prisioneros. Por el momento, muchos de los conjurados
lograron fugarse; pero los pocos que cayeron fueron, sin más fórmula,
sentenciados a muerte, dándoseles una hora de plazo para prepararse a cristiano
fin.
Pocos minutos faltaban para que expirase el término, cuando
entró en la tienda de Carbajal el padre Márquez, dominico a quien el maestre
estimaba en mucho, acompañado de una mozuela de buenos bigotes, conocida por
Mariquita la
Culebra.
-Señor, por amor de Dios, que vuesa merced me oiga -dijo el
fraile.
-Hable su reverencia -contestó Carbajal.
-Ya sabe vuesa merced -continuó el dominico- que Alonso Camargo
es de la tierra del señor gobernador Gonzalo Pizarro y que es muy servidor de su
casa. Por ende, esto de que ahora se le acusa, sin falta levantado es. Suplico a
vuesa merced le perdone, que de casar ha con esta mujer, en lo cual vuesa merced
hará buena obra y la sacará de pecado.
Carbajal se fijó entonces en la muchacha, la tomó la barbilla y
la dijo sonriendo:
-¡No eres mal bocado, grandísima pícara!
Y volviéndose al intercesor, añadió con sorna:
-Padre, a eso que su reverencia dice quiérole contar un cuento.
Ha de saber que, en un pueblo, sucedió a un hombre honrado que quiso matar al
corregidor, y que éste prendiole, y sabida la verdad, condenole. Y sacándole a
justiciar los alguaciles, salió una p.....rójima, muy bellaca y muy sucia y con
una cuchilladaza por la cara, dando gritos: «No maten al Sr. Fulano y dénmelo
por marido». Y en aquella tierra era ley que cuando una hembra de esa clase
pidiese por marido a un condenado a muerte, no lo matasen si él quisiese casar
con ella; y a los gritos que daba la mujer pararon los alguaciles, y dijeron:
«Sr. Fulano, casaos con esta mujer y no moriréis». Y él volvió la cabeza, y como
la vio y conoció que era de las de cinturón dorado, y como él era hombre honrado
y caballero y de tanta presunción, contestó a los alguaciles: «Señores, ande el
asno, que no quiero tal mujer». Así que, padre reverendo, el Sr. Alonso Camargo,
vecino y regidor del Cabildo y merecedor de emparentar con duquesa, ha de decir
lo que dijo aquel hombre honrado. Ello no tiene remedio y sin falta morirá, que
ya otra vez perdonado lo hube. Y tú, lárgate, bribona, a pescar sin caña ni
anzuelo, que anguila no te ha de faltar mientras te sobre desvergüenza.
Y Camargo y otros muchos fueron ajusticiados aquel día.
Juan Morales de Abad, después de andar una semana sin encontrar
quien lo amparase, cayó en manos de la gente despachada en persecución de los
fugitivos. Presentado a Carbajal, arrodillose ante él pidiéndole gracia o
intentó besarle los pies.
-¡Cómo, Sr. Morales! -le apostrofó D. Francisco-. ¿No me
pudisteis matar y quereisme ahora morder? Pues yo os prometo que, aunque tengáis
más vida que un gato, habéis de morir esta vez; porque, para que no resucitéis,
os harán cuartos y ninguno llevarán al agua. Ya veremos si es obra de romanos el
matar a vuesa merced.
Es popular en Chuquisaca la creencia de que, ni aun hecho
cuartos, murió Juan Morales; pues en la noche de su suplicio desaparecieron sus
restos. De aquí saca el pueblo como consecuencia, que los cuartos volvieron a
juntarse, y que el cuerpo de este pobre diablo pasea de noche, embozado en una
capa, por las calles de la ciudad.
- X -
¡Ay cuitada! Y ¡guay de lo que aquí andaba!
Que el octogenario y obeso Francisco de Carbajal se pirraba por
amontonar tejos de oro, es punto en que todos los cronistas convienen, sin
referir de su merced un solo acto de largueza o desprendimiento. Súplicas o
empeños no influían en su ánimo para que perdonase al enemigo, salvo cuando
venían acompañados de argumentos de peso, es decir, de limpios ducados o
barrillas de metal.
A inmediaciones del Cuzco sorprendió una noche a un rico vecino,
cuyo delito no era otro que haber permanecido quieto en su casa, negándose a
tomar partido por Gonzalo.
-¡Hola, seor tejedor! -le dijo D. Francisco-. Tejida tiene ya
Cantillana la cuerda con que ha de ahorcarle. Que no venga el padre Márquez y lo
confiese.
El sentenciado que, aunque hombre de espíritu pacífico, no
perdió la serenidad, acordose de que el maestre de campo tenía su lado flaco, y
contestó:
-Antes que con el capellán, querría confesar con vueseñoría.
Y acercándose al oído de Carbajal, le dijo en voz muy baja:
-Doy dos mil pesos de oro por rescate de mi vida. ¿Acomoda el
trato?
D. Francisco guiñó un ojo, en muestra de aceptación, y
volviéndose a los capitanes que lo acompañaban, exclamó:
-¡Loado sea el Señor, que ha inspirado a vuesa merced a tiempo
para revelarme su secreto! Y, pues disfrutaba de privilegio de corona, vaya
vuesa merced mucho con Dios, y esté seguro que, si somos contra el rey, no somos
contra la Iglesia.
Con estas palabras se propuso Carbajal alejar de los suyos la
sospecha del positivo móvil de su inusitada clemencia. ¡Bueno era él para
guardar respetos a gente de iglesia, él que había ahorcado en Ayacucho al padre
Pantaleón con el breviario al cuello!
Cuentan de Carbajal que, en el saco de Roma, mientras sus
compañeros andaban a caza de alhajas y disputándose entre ellos las prendas del
botín, D. Francisco se ocupaba tranquilamente en trasladar a su posada los
protocolos de un escribano. Éste, interesado en rescatar su archivo, pagó a
Carbajal mil quinientos ducados. La soldadesca, que lo había calificado de loco
porque se apoderó de pergaminos y papeles viejos, tuvo que confesar que procedió
con talento, pues nadie logró en el saco de Roma provecho mayor que el obtenido
por nuestro Demonio de los Andes. Las
monedas del cartulario sirviéronle para trasladarse a Méjico.
Pero los tesoros del avaro Carbajal tuvieron siempre la mala
suerte de que otro, y no él, los disfrutase. Así, aunque vencedor en el combate
de Pocona, los derrotados cayeron, en su fuga, sobre el equipaje de D.
Francisco, haciendo cata y cala de los tejos de oro.
Mucho doliole al maestre de campo este percance, y pasó un mes
practicando infructuosas diligencias para recobrar lo perdido. Al cabo recuperó
un tejuelo. Veamos cómo.
Dados de alta entre los suyos varios de los vencidos, supo que
uno de éstos, llamado Pero Hernández, estaba jugando a la
dobladilla un tejuelo de oro. En la
disciplina de aquellos aventureros, era el juego lícita distracción para el
soldado, en las horas que el servicio dejaba libres.
Carbajal, que en el Perú por lo menos nunca manejó los dados,
encaminose paso entre paso al garito, y entrando de rondón, dijo:
-Jueguen y huelguen los caballeros y este se queda esa moneda,
que juro cierto que es muy buena.
Y puso la mano sobre el tejuelo, que pesaba quinientos
castellanos, añadiendo alegremente:
-¡Ay cuitada! Y ¡guay de lo que aquí andaba! ¡A las crines,
corredor! ¡Ahora, por mi vida, que te va el recuero!
Y después de pelotear entre las manos la barrilla, como para
acabar de convencerse de que era una de las que viajaron en su equipaje,
continuó:
-Venga acá, Sr. Pero Hernández, que quiérole contar un cuento.
El soldado, que no creía ya su cabeza muy firme sobre los
hombros, obedeció al llamamiento.
-Habrá de saber, Sr. Pero Hernández, que una honrada dueña
quería mucho a su marido, y muriose éste; y un día, barriendo la casa, topó con
unas calzas viejas del difunto; y cortando la bragueta púsola en un agujero; y
cada vez que barría la casa, cuando llegaba al agujero comenzaba a bailar,
cantando: «¡Ay, cuitada! Y ¡guay de lo que aquí andaba».
Y Carbajal, imitando a la dueña, se puso a bailar, repicando con
el tejuelo y repitiendo el malicioso estribillo.
-Dígame ahora, Sr. Pero Hernández, ¿qué es de una carga de oro
que estaba con este tejuelo, pues me faltan otros veinte de la familia?
-Señor, yo no lo sé -contestó el soldado-, que este tejuelo me
tocó en el reparto. En cuanto a los otros, que cada sacristán doble por su
difunto, que yo no tengo por qué.
-Pues búsqueme a los hermanos y encuéntrelos, por su vida,
ladroncillo de barjuleta.
Y Carbajal salió del garito canturreando muy alegre: «¡Ay,
cuitada! Y ¡guay de lo que aquí andaba!»
«Porque un beso me has dado
gruñe tu madre:
toma, niña, tu beso,
dila que calle».
En cuanto a Pero Hernández, aquella misma noche tomó el camino
del humo, temeroso de que a D. Francisco se le antojara más tarde cobrar en su
pescuezo el precio de los tejuelos.
- XI -
La bofetada póstuma
Gran soldado y gran caballero fue el capitán Luis Perdomo de
Palma, el mallorquín.
Leal a la causa del virrey Blasco Núñez de Vela, gastó cuanto
poseía para equipar una compañía de piqueros y sobresalientes; mas en una
ocasión, sus soldados estuvieron a punto de desbandarse, alegando que su capitán
les era deudor de pagas cuyo monto subía a mil ducados.
Súpolo Perdomo a buena sazón y se presentó en medio de los
amotinados.
-¿Por qué me queréis dejar? -les dijo-.¿Heos dado motivo de
agravio? ¿No os traté siempre como a hijos?
-Perdone vuesa merced -contestó el cabecilla-. Bueno es servir
al rey moneda sobre moneda; pero ni pizca de gracia nos hace esto de batallar al
fiado. Si su majestad nos ha menester, que nos pague la soldada, que vida horra
y de menos peligros trae la gente del gobernador. No a su campo vamos, que señor
por señor, de rebelde es su bandera; pero sí a lo de la villa de la Plata en pos
del descanso y de la holgura.
Luis Perdomo de Palma frisaba ya en los cincuenta y su cabello
empezaba a blanquear. Había en su persona un sello tal de altivez y nobleza, que
inspiraba respeto y amor en cuantos le trataban. Afeó con enérgicas razones la
conducta de los amotinados; y éstos, arrepentidos del villano proceder,
protestaron morir bajo la bandera del capitán y renunciar a las pagas.
-No en mis días -contestó su jefe-: esperad un rato que
prométovos que poco he de valer o habéis de quedar pagados esta misma vegada.
Y Luis Perdomo se encaminó a casa de un mercader y solicitó de
él un préstamo de mil ducados por ocho días, tiempo en que esperaba recibir de
su casa, convertidos en dinero, los últimos restos de su fortuna.
El mercader se encogió de hombros y contestó:
-Pobre prenda es una esperanza, que ella, señor capitán, puede
marrar, y más en los tiempos de revuelta que vivimos. No me acomoda la prenda.
Ante la poca confianza que tan sin ambages le manifestaba el
mercader, otro hidalgo lo habría echado todo a doce, tratádolo de perro y de
judío y aun molídole las costillas. Pero el noble caballero se revistió de
dignidad, y arrancándose un puñado de pelos de la barba, dijo:
-¿Queréis que os empeñe, por ocho días, estas honradas barbas?
El mercader era también hombre de gran corazón, y descubriéndose
con respeto, contestó:
-Sr. Luis Perdomo, con prenda tal podéis disponer de cuanto
valgo y poseo. Venid que os cuente los mil ducados.
Al vencimiento del plazo desempeñó el hidalgo los pelos de su
barba.
¡Qué tiempos! Y ¡qué hombres! La semilla de éstos no ha
fructificado.
¿Habrá, en el siglo XIX, no digo pelos, sino barba entera que,
para un usurero, valga medio maravedí?
Después de la batalla de Iñaquito, anduvo Luis Perdomo de Palma,
por dos años, a salto de mata y siempre en armas contra Gonzalo Pizarro.
Francisco de Carbajal era dueño de Chuquisaca.
Luis Perdomo, que vivía oculto en un monte, a pocas leguas de la
ciudad, púsose de acuerdo con el alférez Betanzos, de las tropas de D.
Francisco, para matar a éste el día de San Miguel y levantar bandera por el rey.
Comprometiéronse en el complot Alonso Camargo, regidor de la
ciudad, Bernardino de Balboa y muchos de los soldados
de la Entrada.
El alférez Betanzos traía en las venas sangre de Judas; porque
fuese a Carbajal y le denunció los pormenores del plan revolucionario. El
Demonio de los Andes echó la zarpa encima a
los principales conjurados, y encomendó a Betanzos que, pues él conocía el sitio
donde se refugiaba Perdomo, fuese con cuatro hombres de su confianza y, muerto o
vivo, lo trajese a Chuquisaca.
Era la del alba y el capitán dormía descuidado en la espesura
del monte, cuando despertó sobresaltado por un ligero rumor que sintió entre las
ramas.
A pocos pasos de él estaban Betanzos y sus cuatro hombres.
Perdomo desenvainó su daga y emprendió la fuga, batiéndose
desesperadamente con sus perseguidores.
Había ya conseguido dejar a dos de éstos fuera de combate y
logrado poner el pie sobre un grueso tronco, que servía de puente a un caudaloso
arroyo de cinco varas de ancho y que corría encajonado en un profundo lecho,
cuando alcanzó Betanzos a darle tan recia cuchillada en la mano derecha, que
ésta quedó pendiente de un tendón o nervio.
Sin embargo, el fugitivo pudo llegar a la orilla opuesta y dar
un puntapié al tronco, que fue arrastrado por la corriente.
Y aquel valiente, cuya energía no se doblegaba ante el dolor
físico, se inclinó hacia el suelo, puso la planta sobre la desprendida muñeca, y
haciendo un esfuerzo de sobrenatural desesperación, se arrancó con la izquierda
la mano derecha y exclamó, lanzándola a la orilla opuesta:
-¡Maldita seas, mano que no has sabido defenderte!...
Y aquella mano sin vida fue a estrellarse en la mejilla del
traidor alférez Betanzos.
Algunos días después el bravo y honrado capitán Luis Perdomo de
Palma fue (según lo relata el Palentino en su crónica de las guerras civiles de
los conquistadores) destrozado en el monte por los tigres.
- XII -
El robo de las calaveras
Por los años de 1565 no tenía la plaza Mayor de Lima, no digo la
lujosa fuente que hoy la embellece, pero ni siquiera el pilancón que mandara
construir el virrey Toledo.
En cambio, lucían en ella objetos cuya contemplación erizaba de
miedo los bigotes al hombre de más coraje.
Frente al callejón de Petateros alzábase un poste, al extremo
del cual se veían tres jaulas de gruesos alambres.
El poste se conocía con los nombres de rollo o picota. Junto al
rollo se ostentaba sombría la ene de palo.
Cada una de las jaulas encerraba una cabeza humana.
Eran tres cabezas cortadas por mano del verdugo y colocadas en
la picota para infamar la memoria de los que un día las llevaran sobre los
hombros.
Tres rebeldes a su rey y señor natural D. Felipe II, tres
perturbadores de la paz de estos pueblos del Perú (tan pacíficos de suyo que no
pueden vivir sin bochinche) purgaban su delito hasta más allá de la muerte.
El verdadero crimen de esos hombres fue el haber sido vencidos.
Ley de la historia es enaltecer al que triunfa y abatir al perdidoso. A haber
apretado mejor los puños en la batalla, los cráneos de esos infelices no habrían
venido a aposentarse en lugar alto, sirviendo de coco a niños y de espantajo a
barbados.
Esas cabezas eran las de
GONZALO PIZARRO, el Muy
Magnífico.
FRANCISCO DE CARBAJAL, el Demonio
de los Andes.
FRANCISCO HERNÁNDEZ GIRÓN, el
Generoso.
La justicia del rey se mostraba tremenda e implacable. Esas
cabezas en la picota mantenían a raya a los turbulentos conquistadores y eran a
la vez una amenaza contra el pueblo conquistado.
Gonzalo Pizarro y seis años después Francisco Hernández Girón
acaudillaron la rebeldía, cediendo a las instancias de la muchedumbre. Su causa,
bien examinada, fue como la de los comuneros en Castilla. Si éstos lucharon por
fueros y libertades, aquéllos combatieron por la conservación de logros y
privilegios.
Los primeros comprometidos en la revuelta, los que más habían
azuzado a los caudillos, fueron también los primeros y más diligentes en la
traición.
Esto es viejo en la vida de la humanidad y se repite como la
tonadilla en los sainetes.
Volviendo a la plaza Mayor y a sus patibularios ornamentos, digo
que era cosa de necesitarse la cruz y los ciriales para dar un paseo por ella,
cerrada la noche, en esos tiempos en que no había otro alumbrado público que el
de las estrellas.
No era, pues, extraño que de aquellas cabezas contase el pueblo
maravillas.
Una vieja trotaconventos y tenida en reputación de facedora de
milagros, curó a un paralítico haciéndolo beber una pócima aderezada con pelos
de la barba de Gonzalo.
Otra que tal, ahíta de años y con ribetes de bruja y rufiana,
vio una legión de diablos bailando alrededor de la picota y empeñados en
llevarse al infierno la cabeza de Carbajal; y añadía la muy marrullera que si
los malditos no lograron su empresa fue por estorbárselo las cruces de los
alambres.
En fin, no poca gente sencilla afirmaba con juramento que de los
vacíos ojos de las calaveras salían llamas que iluminaban la plaza.
Estas y otras hablillas llegaron a oídos de doña Mencía de Sosa
y Alcaraz, la bella viuda de Francisco Girón.
Como uniformemente lo relatan los historiadores, Girón y doña
Mencía se amaron como dos tórtolas, y para ellos la luna de miel no tuvo
menguante. Doña Mencía acompañó a su marido en gran parte de esa fatigosa
campaña, que duró trece meses y que por un tris no dio al traste con la Real
Audiencia, y acaso el único, pero definitivo contraste que experimentó el bravo
caudillo, fue motivado por su pasión amorosa; porque entregado a ella, descuidó
sus deberes militares.
El 9 de diciembre de 1554 se promulgaba en Lima, a voz de
pregonero, el siguiente cartel:
Esta es la justicia que manda
hacer su majestad y el Magnífico caballero D. Pedro Portocarrero, maestre de
campo, en este hombre por traidor a la corona real y alborotador de estos
reinos; mandándole cortar la cabeza y fijarla en el rollo de la ciudad, y que
sus casas del Cuzco sean derribadas y sembradas de sal y puesto en ellas un
mármol con rótulo que declare su delito.
Muerto el esposo en el cadalso, la noble dama se declaró también
muerta para el mundo, y mientras lo llegaba de Roma permiso para fundar el
monasterio de la Encarnación, se propuso robar de la picota la cabeza de su
marido. Ella no podía encerrarse en un claustro mientras reliquias del que fue
el amado de su alma permaneciesen expuestas al escarnio público.
Desgraciadamente, sus tentativas tuvieron mal éxito por cobardía
de aquellos a quienes confiaba tan delicada empresa. Doña Mencía derrochaba
inútilmente el oro, y era víctima constante de ruines explotadores.
También es verdad que el asunto tenía bemoles y sostenidos. La
Audiencia había hecho clavar en la picota un cartel, amenazando con pena de
horca al prójimo que tuviese la insolencia de realizar una obra de caridad
cristiana.
Diez años llevaba ya la cabeza de Girón en la jaula y más de
quince la de Carbajal y Gonzalo, cuando un caballero recién llegado de España
fue a visitar a doña Mencía. Llamábase el hidalgo D. Ramón Gómez de Chávez, y
tan cordial y expansiva fue la plática que con él tuvo la digna viuda, que
conmovido el joven español la dijo:
-Señora, mal hizo vuesa merced en fiarse de manos mercenarias. O
dejo de ser quien soy, o antes de veinticuatro horas estará la cabeza de D.
Francisco en sitio sagrado y libre de profanaciones.
Media noche era por filo cuando Gómez de Chávez, embozado en su
capa de paño de San Fernando, se dirigió a la picota, seguido de un robusto
mocetón cuya lealtad había bien probado en el tiempo que lo tenía a su servicio.
El hidalgo encaramose sobre los hombros del criado, y extendiendo el brazo
alcanzó con gran trabajo a quitar una de las jaulas.
Muy contento fuese con la prenda a su posada de la calla del
Arzobispo, encendió lumbre y hallose con que el letrero de la jaula decía:
ESTA ES LA CABEZA DEL TIRANO
FRANCISCO DE CARBAJAL
Gómez de Chávez, lejos de descorazonarse, se volvió sonriendo a
su criado y le dijo:
-Hemos hecho un pan como unas hostias; pero todo se remedia con
que volvamos a la faena. Y pues Dios ha permitido que por la obscuridad me
engañe en la elección, la manera de acertar es que dejemos el rollo limpio de
calaveras; y andar andillo, que la cosa no es para dejada para mañana, y si me
han de ahorcar por una, que me ahorquen por las tres.
Y amo y criado enderezaron hacia la Plaza. Y con igual fortuna,
pues la noche era obscurísima y propicia la hora, descolgaron las otras dos
jaulas.
Al día siguiente Lima fue toda corrillos y comentarios.
Y el gobierno echó bando sobre bando para castigar al ladrón.
Y hubo pesquisas domiciliarias, y hasta metieron en chirona a
muchos pobres diablos de los que habían tomado parte en las antiguas rebeldías.
El hecho es que el gobierno se quedó por entonces a obscuras, y
tuvo que repetir lo que decían las viejas: «que el demonio había cargado con lo
suyo y llevádose al infierno las calaveras».
Gómez de Chávez, asociado a un santo sacerdote de la orden
seráfica, enterró las tres cabezas en la iglesia de San Francisco.
Mírense en este espejo
Lima, como todos los pueblos de la tierra, ha tenido y tiene sus
lugares consagrados al mentidero; y gente ociosa y de buen humor, que junto con
el persignarse por la mañana, urde notición, bola o embuste que ha de lanzar
después del almuerzo.
En 1675, bajo el gobierno del excelentísimo señor virrey D.
Baltasar de la Cueva, conde de Castellar, era una escribanía, establecida bajo
la arcada del Cabildo, obligado mentidero y punto de donde nacía todo chisme
escandaloso para hacer luego su camino por el vecindario con más velocidad que
los modernos partes telegráficos; pues éstos, con frecuencia, traen paso de
tortuga y llegan a su destino (cuando llegan) fuera de oportunidad. Así Dios no
nos libre de digresión de poeta, de etcétera de escribano, de récipe de
boticario y de cuenta de modistas, si estos forjadores de mentiras no son tan
perjudiciales a la República como la viruela o el tifus.
Con las mentiras políticas, sobre todo, se repite la eterna
historia de la bola de nieve, que empieza por un copo, y rodando, rodando,
termina por un cerro. Dice usted, verbi gratia,
que ha leído carta en la que se afirma que al Preste Juan le picó una hormiga en
la punta de la nariz, y después de cinco minutos la noticia ha echado tanto
bulto que ya no es hormiga sino serpiente de cascabel la de la picadura. El
dragón de San Jorge, que al principio tuvo una vara de cola, y cola fue que,
andando los días, alcanzó a medir una legua. Pasa con una bola lo que con la
hija de mala madre, que a poco no la conoce ni el padre que la engendró.
Un día, por el mes de diciembre del antedicho año de 1675,
cundió en Lima espantosa alarma. No había otra conversación en casas y calles,
sino la novedad de que habían aparecido piratas en la costa. Empezose por hablar
de una flotilla de cinco naves; pero al caer de la tarde ya eran treinta los
buques corsarios, con diez mil hombres de desembarque y doscientas bocas de
fuego. Dábanse pormenores minuciosos, y referíanse a cartas que, prolijamente
averiguando, nadie había recibido. Quién contaba que los enemigos se habían
presentado frente a Paita, y quién juraba saber de buena tinta que merodeaban
por Arica. En fin, la bola era un Ilimani u otro nevado gigantesco.
Ítem. Todo títere se había convertido en gran capitán y forjaba
su plan de combate, infalible para hacer pedir
pita al enemigo; que, antaño como hogaño, los hombres de mi tierra pecamos
por el lado de las pretensiones. Difícilmente, salvo que sea zapatero,
encontraréis un peruano que se atreva a dar opinión sobre si el zurcido de una
bota está bien o mal hecho; pero tratándose de gobernar el país, de dirigir y
ganar batallas o de arreglar la hacienda pública, no hay hombre molondro, que
con sólo haber uno nacido en el Perú, ya es omnisciente y puede pronunciar
fallos más inapelables que los de la Corte Suprema. Regla sin excepción.
Mientras más ignorante sea un prójimo en ciencias políticas y administrativas,
tanto más competente es para hablar sobre ellas y hasta para ser ministro; así
como, para echarse a periodista, lo esencial es no saber gramática ni proponerse
aprenderla.
Entretanto, el gobierno estaba en Babia; y así se cuidaba de los
piratas como de las babuchas de Mahoma. El virrey se reía de la alarma de los
candorosos limeños y les pedía que se tranquilizasen, pues él abundaba en
motivos para asegurar que no había tales piratas ni pintados en la costa.
Viendo la pachorra de su excelencia y que no dietaba medida
alguna para la defensa del territorio, tomó la murmuración proporciones
alarmantes; y no se convirtió en motín o meeting,
que allá se va todo, porque en ese siglo de obscurantismo no se había aún
inventado la palabrita con que hoy sacamos de sus casillas, haciéndolos disparar
y tirar piedras hasta a los gobernantes más flemáticos.
Pasaba el tiempo, y cada día una nueva y colosal bola venía a
llenar de susto a la gente pacata y a jabonar la paciencia del mandatario, que
no era hombre de los que creen en duendes ni en correo de brujas. Al cabo, la
excitación popular le puso, como se dice, puñal al pecho, y tuvo su excelencia
que contestar a una diputación de cabildantes:
-Pues la ciudad lo exige, vamos como D. Quijote a batallar con
los molinos de viento y a gastar el oro y el moro en preparativos de defensa;
pero como yo descubra a los inventores de tamaño embuste, por el alma de mi
abuelo, que tengo de escarmentarlos.
Y el Excmo. Sr. D. Baltasar de la Cueva desató los cordones del
real tesoro y artilló naves e hizo maravillas.
Comprobando la agitación pública, dice el cronista a quien
seguimos: «En la pampa llamada Calera del Agustino se reunieron el 15 de
diciembre hasta seis mil hombres con armas, muy entusiastas y decididos a
batirse con los piratas».
A la vez el conde de Castellar, sin descuidar los aprestos
bélicos, seguía la pista a los forjadores de noticias que traían alarmado el
país, y sus espías lo informaban de cuanto se mentía en la oficina del
escribano. El virrey ataba cabos y se preparaba a desenredar la madeja.
En febrero de 1676 y después de dos meses que duraba la general
zozobra, llegó al Callao el cajón de España y con él recibió su excelencia
seguridad de que ni ingleses ni holandeses pensaban por entonces en correr
aventuras marítimas por el Nuevo Mundo, y que, por ende, los vecinos de Lima
podían dormir a pierna suelta sin temor de que los despertasen cañonazos.
Gacetas y cartas de Madrid, llegadas a particulares, confirmaban también las
tranquilizadoras noticias de carácter oficial.
Para entonces ya el virrey tenía en chirona a dos mozos sin
oficio ni beneficio, que aguzando el ingenio se divertían en inventar bolas, y a
dos indios pescadores que acaso por hacerse interesantes aseguraron una mañana
en la escribanía haber visto a la altura de Chilca la escuadra de los piratas.
D. Baltasar de la Cueva no se anduvo con chiquitas y les mandó
aplicar en la plaza de Lima, atados al rollo y por mano del verdugo, veinticinco
ramalazos.
Rigor fue extremado; pero... pero... dejemos la pluma en el
tintero.
La excomunión de los alcaldes de Lima
I
En mitad de la calle del Milagro había por los años de 1717 una
casa de humilde apariencia, vecina a la de Pilatos.
Ocupaba la casita del Milagro una vieja con más pliegues y
arrugas que camisolín de novia, y su sobrina Jovita, la chica más linda para
quien amasaban pan los panaderos de esa época.
Doña O, que tal era el nombre de la tía, era beata de la orden
tercera y de aquellas que al andar por la calle se inclinan con frecuencia al
suelo para separar las pajitas diciendo, como la
ña Catita de una preciosa comedia |