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Libro II

LIBRO SEGUNDO

CANTO PRIMERO

I

¿Quién ata las pasadas sensaciones

En haces de quimeras

Que, al roce de un recuerdo no buscado

Juntas en el cerebro se despiertan,

Y nadando en un medio indefinible

Con nuestras almas piensan?

Las notas ignoradas que en la noche

Hasta nosotros llegan

¿Por quién son recogidas, ajustadas

A un ritmo misterioso, a una cadencia,

Para formar ese himno prolongado

Con que las sombras ruega:

Esa flotante ebullición sonora

Que en el aire semeja

De mil voces distintas y lejanas

Los ayes, las palabras o las quejas

Que a extinguirse temblando a nuestro lado

Como heridas se acercan?

¿Quién llora con la luna en los sepulcros,

Y ríe en las estrellas.

Y respira en las auras otoñales,

Y anima la hoja seca,

Y es Perfume en la flor. iota en la lluvia

Y en la Pupila idea?

Acaso en los espacios infinitos

Que el hombre no penetra,

La vida y la armonía se difunden

En cuyas formas entran,

Corno elemento indispensable y justo,

Los ignorados llantos de la tierra.

Los ayes de las razas extinguidas,

Su soledad eterna,

Los destinos obscuros, lo, suspiros,

Las lágrimas secretas.

Los latidos que el mundo no comprende

Y en la eterna armonía se condensan.

vosotros, los que améis losimposibles,

Los que vivís la vida de la idea,

Los que sabéis de ignotas muchedumbres

Que los espacios infinitos pueblan;

Los que escucháis quejidos y palabras

Donde el silencio reina

Y algo más que la idea del invierno

Os sugiere el rodar de la hoja seca.

Escuchad el acorde arrebatado

Al rumor misterioso de la selva,

La voz de aquella noche sin aurora

Que difunde, su sombra en mi leyenda.

II

La corriente del tiempo,

En brazos del pasado,

Como el cadáver de otros tantos hijos,

Ha dejado los años tras los años.

Al tramontar las lomas Del Uruguay, el astro

Deja envuelto en la sombra de las islas

A un villorrio español, que fue fundado

En la desierta margen donde el río

San Salvador, hermoso tributario

Del Uruguay, derrama en éste

Su caudal, entre sauces y guayabos.

El pueblo aquel, sentado en el desierto

Como un aventurero temerario,

¿Es algo más que una visión de gloria?

¿Brotó del suelo o descendió de lo alto?

Sus cimientos han sido varias veces

Con sangre de dos razas amasados;

Sus techos convertidos en hogueras,

Varias veces al campo iluminaron;

Y ya, más de una vez en la colina

Quedaron sus escombros solitarios,

Como los negros miembros de un gigante

Por la zarpa del tigre hecho pedazos.

Desde el fondo del bosque, los charrúas

Observan los bastiones castellanos,

Las rudas estancadas

De troncos de algarrobos y quebrachos

Antemura sin fosos ni poternas,

Remedo de baluarte que, hacia el campo

Defiende el caserío

Cuyos techos se asoman al barranco.

Techos pajizos de bambú, con hebras

de la raíz del ñapindá amarrados;

Muros de tierra negros

Entre despojos de bateles náufragos,

Que rodean la casa construida

Por Juan de Ortiz, el viejo adelantado,

Con sillares de piedra

Que el tiempo y los incendios respetaron;

Tal es la población conquistadora

En que aun tremola el pabellón hispano,

Sereno corno siempre

El desierto sin nombre desafiando,

En una tierra, madriguera hermosa

Del indio más bizarro

De los que aullaron y aguzaron flechas

En el salvaje mundo americano:

Como el cachorro oculto bajo el cuerpo

Del tigre provocado,

Así se esconde la uruguaya tierra

De su indómito rey bajo los arcos.

El indio ruge, al escuchar la planta

Del extranjero blanco,

Con rugidos de rabia y de deseo,

Siempre en acecho, cauteloso, huraño.

Brilla el ojo del indio en la espesura;

Suena por todos lados

Su alarido feroz; brotan rabiosos

De entre las flores sus agudos dardos.

¿Dónde se esconden? Donde esconde el viento

Sus gritos ignorados.

Donde esconde la muerte las lumbreras

Que enciende sobre el haz de los pantanos.

Allí donde tan sólo se ve un grupo

De chircas o de cardos,

Hay rostros, escondidos en la sombra,

Siempre despiertos, sangre olfateando.

Allá en el matorral algo se mueve...

¿Quién trepa en el barranco?

¿Sentís un grito en la lejana orilla?

Es la muerte... si vais, veréis su rastro.

¿Qué hay más allá? Lo ignoto, lo imprevisto,

Quizá lo sobrehumano;

Algo más que la muerte, más oscuro...

¿Quién se llega hasta él? ¿Quién va a retarlo?

España va, la cruz de su bandera,

Su incomparable hidalgo;

La noble raza madre en cuyo pecho

Si un mundo se estrelló, se hizo pedazos,

El pueblo altivo que, en la edad sin nombre,

Era el cerebro acaso

Del continente muerto,

Ya sumergido en el abismo Atlántico.

Que, no teniendo en sí, para el cadáver

De aquel coloso espacio.

Dejó asomar, sobre la vasta tumba

Miembro insepulto, el mundo americano,

Sólo España ¿quién más? sólo ella pudo,

Con pasmo temerario.

Luchar con lo fatal desconocido;

Despertar el abismo y provocarlo;

Llegarse a herir el lomo del desierto

Dormido en el regazo

De la infinita soledad su madre,

Y en él cavar el pabellón cristiano,

Y resistir la convulsión suprema

Del monstruo aquél al revolverse airado,

Sin que el pavor le acongojara el alma,

Ni el resistir le desarmara el brazo.

III

En las torcidas calles del villorio

La guarnición se ve diseminada:

Quién aguza en la piedra

El hierro de su lanza,

Quién enluce un mohoso

Capacete, o remalla

Alguna vieja cota, o busca en vano

Sobre la gola encaje a la celada;

Quién las piezas ajusta

De sus gastadas armas,

Espaldares o antiguas escarcelas

De coseletes varios arrancadas;

Mientras allá, a la sombra

Tendido en una acacia,

Algún soldado arrulla sus recuerdos

Con un cantar querido de la patria.

El brazo desfallece,

Sin que por ello desfallezca el alma

De los rudos guerreros españoles

Que para dar la postrimer lanzada,

Persiguen y no encuentran

El corazón de la invencible raza

Que prolonga el honor de su agonía

Más allá de su vista legendaria

En el cobrizo Pecho de algún indio

Postrado en la batalla,

Las escamas grabadas y arabescos

Se hallaron de las cotas Y corazas.

De los blancos guerreros que el charrúa,

Con fuerza extraordinaria,

Estrujaba en el nudo de sus brazos

Que la Muerte tan sólo desataba;

Y en los dientes de muchos,

O en sus manos crispadas

Trozos sangrientos de enemiga carne

Con vestigios de vida palpitaban

Pero jamás un ruego,

Nunca una Sola lágrima

Plegó los labios ni anublo los ojos

Del sueño de las selvas uruguayas.

IV

Sapicán, el cacique mas anciano,

Ya cayó en la batalla

Después que Por Garay en la llanura

Vio deshechas sus tribus más bizarras.

Sopló la Muerte y apagó en sus ojos,

Sedientos de venganza

El último fulgor. Pero aun la muerta

Bel indio en las pupilas amenaza,

Cuando las tribus, con clamor inmenso,

Del combate separan

Su cadáver, envuelto en los vapores

De la caliente sangre que derrama.

Murió; pero en la noche, cuando el astro

No alumbra las barrancas

Y se duermen las víboras, y agita

Sólo el ñacurutú sus lentas alas;

Cuando las sombras salen de los árboles

Y con los vientos andan.

Y la nutria nadando cruza el río,

Y canta el grillo oculto entre las matas,

El cacique aparece.

Ya lo han visto las tribus espantadas

Buscar en vano su arco entre los juncos

0 su maza de pórfido en las aguas.

Cuando como jauría

De lebreles con alas,

Vientos de tempestad cruzan rabiosos

Aullando de la selva entre las ramas;

Cuando las nubes negras

Se ven amontonadas

Un momento no más sobre el relámpago

Que por el fondo de los cielos pasa,

Y las gotas de lluvia

En las hojas restallan,

Y golpean el lomo de los tigres

Que encandilados y encogidos braman.

La sombra silenciosa

Cruza en los aires pálida,

En medio la tormenta que acaudilla

Con su antigua actitud siempre gallarda.

Esa es su frente estrecha,

Su cabellera lacia,

Y su saliente pómulo, y sus ojos

Pequeños, de pupila prolongada.

Al acecho dispuesta

Y a devorar distancias;

A encenderse, a apagarse entre la sombra,

Y a comprimir relámpagos de rabia.

El viento que en su torno

Los centenarios ñandubáis descuaja,

No mueve ni un cabello del cacique

Que a través de los árboles resbala,

y si acaso dispersa

Los miembros de la sombra alguna ráfaga

De los vientos del Sur vuelven al punto

A reunirse y cobrar la forma humana,

El rayo no lo ofende

Aunque a liarse a su cabeza vaya,

O silbando en su cuerpo se retuerza

Y lo ilumine con su lumbre cárdena.

El indio sigue mudo,

Buscando siempre su guerrera maza,

Y a su paso los tigres se espeluznan

Y las tribus se esconden espantadas.

Las plumas erizando,

Dando graznidos, el fulgor apagan

De sus redondos ojos las lechuzas

Que huyen a guarecerse en las barrancas.

Hasta que, al oír el indio

La primera canción que anuncia el alba,

En el aire sutil pierde sus formas,

Se diluye en la luz, se va o se apaga.

V

También Abayubá cayó en la lucha!

Abayubá a quien llaman

En vano con sus grandes alaridos

Las tribus que el cacique acaudillaba.

Era el joven amado

Del viejo Sapicán; con sus palabras

Encendía el valor de los charrúas

Y con su paso y su actitud gallarda.

Aun contaba sus fríos

Por sus manos que, hiriendo con la maza,

Eran rudas y fuertes como el viento

Que sopla al Uruguay desde las pampas.

¡Cómo cayó! Al sentirse

Pasado por el hierro de una lanza,

Trepó por ésta hasta morir, cortando

Con el diente afilado por la rabia.

La rienda del caballo en cuya grupa

El español acaba

Con el puñal, la destructora brega

Que la ocupada lanza comenzara.

VI

¿Y Añagualpo, el gigante? ¿Y Yandicona?

También sus sombras vagan

En la noche sin lunas, y se envuelven

En el triste vapor de las montañas.

¿Qué fue de Tabobá? También ha muerto

Buscaba en el combate la venganza

De Abayubá, cuando del sueño frío

Sintió en los huesos la corriente helada.

El fiero Magaluna.

Ligero como el tigre, se abalanza

Al cuello del corcel del enemigo

Al que sus dientes y sus uñas clava:

Se agita, grita, ruge.

Mientras el jinete el pecho le traspasa:

Sólo la muerte lo desprende, y yerto

El cuerpo sólo se desploma y calla.

No volverá a tenderse

El arco de algarrobo que ajustaba

La mano de Yaci, del joven indio

Que daba muerte al yacaré en las aguas:

No encenderá sus fuegos

En el bosque del Hum ni en sus barrancas

El valiente Terú; las sombras negras

Gimen cuando se posan en sus armas.

Maracopá y Abaroré no existen¡

¡Gualconda ya es esclava!

Ya no reirá la dulce Liropeya,

La virgen más hermosa de la playa.

Hija del tiempo de los soles largos,

Que brillan en las ramas

Cuando el botón del ceibo se revienta

Como urna de sangre. Por llevaría

A sus toldos de pieles, muchos indios

Se hendieron con sus hachas;,

Venció Yandubayú,

Pero la virgen En vano llora y al cacique aguarda.

Murió Yandubayú, ¡también ha muerto?

Jamás en su piragua

Vendrá a buscar a Liropeya, nunca

Se oirá su voz en medio la batalla.

Los hijos valerosos

De muchas indias, cuando no contaban

Haber visto diez veces hojas nuevas.

Abrir en el penacho de las palmas,

Han caído en la lucha

Dando débiles gritos de venganza;

Sus brazos no eran fuertes y sus flechas

Eran temidas sólo de las gamas.

Los viejos que habían visto

Nacer la primer luna, y en los talas

En que hoy las uñas el leopardo afila

Habían visto correr la primer savia,

También hicieron arcos,

Y aguzaron las puntas de las lanzas,

Y fueron al combate lentamente

Apoyados en ellas o arrastrándolas.

Y todos han caído

Unos tras otros en la diestra pampa;

Y nadie abrió sus párpados; la noche

Bajo de ellos quedó, la noche larga,

Triste, sin lunas, la del viento negro,

En la que nunca aclara.

Ya no se mueven los caciques indios,

No encienden fuegos; para siempre callan.

VII

Héroes sin redención y sin historia,

Sin tumbas y sin lágrimas!

¡Estirpe lentamente sumergida

En la infinita soledad arcana!

¡Lumbre espirante que apagó la aurora,

Sombra desnuda muerta entre las zarzas

Ni las manchas siquiera

De vuestra sangre nuestra tierra guarda,

Y aun viven los jaguares amarillos!

¡Y aun sus cachorros maman!

¡Y aun brotan las espinas que mordieron

La piel cobriza de la extinta raza!

Héroes sin redención y sin historia,

Sin tumbas y sin lágrimas;

Indómitos luchasteis... ¿Qué habéis sido?

¿Héroes o tigres? ¿Pensamiento o rabia?

Como el pájaro canta en una ruina,

El trovador levanta

La trémula elegía indescifrable

Que a través de los árboles resbala,

Cuando os siente pasar en las tinieblas

Y tocar con las alas

Su cabeza, que entrega a los embates

Del viento secular de las montañas.

Sombras desnudas que pasáis de noche

En pálidas bandadas

Goteando sangre que, al tocar el suelo,

Como salvaje imprecación estalla:

Yo os saludo al pasar. ¿Fuisteis acaso

Mártires de una patria,

Monstruoso engendro a quien feroz la gloria

Para besarlo, el corazón arranca?

Sois del abismo en que la mente se hunde

Confusa resonancia;

Un grito articulado en el vacío

Que muere sin nacer, que a nadie llama;

Pero algo sois. El trovador cristiano

Arroja, húmedo en lágrimas

Un ramo de laurel a vuestro abismo...

Por si mártires fuisteis de una patria!

CANTO SEGUNDO

I

¿Que queda entonces de la tribu errante

Del Uruguay? ¿Qué de su altiva raza?

Aun resta su agonía asida al suelo,

La fiera agita su convulsa zarpa.

Quedan indios aún para la muerte

Que cautelosos por los bosques andan,

Cual rebaños de tigres que en el pueblo

Siempre encendidas sus pupilas clavan.

De noche, por las lomas o entre el bosque,

Como gritos de luz, se ven las llamas

De señales charrúas que se cruzan,

Se avivan, se repiten o se apagan;

Y alguna vez, el temeroso aullido

Que algún consejo al terminar levanta,

Al pueblo llega, en ráfaga del aire,

Como rumor de tempestad lejana.

Un temor imprevisto y repentino

Entonces suele atravesar las mallas;

Los soldados se miran, y suspenden

La ardiente relación de sus hazañas;

Parece que en sus labios animados

Tropezase un momento la palabra

mas pronto, cuando advierten con despecho,

Que, sin quererlo, ha vacilado el alma,

Sus risas y burlescas maldiciones

En el silencio momentáneo estallan

Y, al amor de la lumbre, se reanuda

Con nuevo ardor la interrumpida plática,

II

Don Gonzalo de Orgaz, joven bizarro,

Manda en jefe la plaza;

La cimera encarnada de su yelmo

Marcó siempre el peligro en la batalla.

Olvidó muchas veces en la lucha.

El toque a retirada;

Era noble y valiente, noble y bueno,

Bueno y celoso de su estirpe hidalga.

III

¿Por qué el valiente aventurero trajo

Consigo a Doña Luz la castellana,

y a su mujer expone a los peligros

Que ambicionó para lustrar sus armas?

Que hace a su lado. qué hace de sus días

En esta vasta soledad: qué aguarda

Esa otra niña, la de tez morena,

Blanca, la hermosa, la inocente Blanca?

¿Para qué brillan esos ojos negros,

Profundos hasta el alma.

Y en que la luz del sol de Andalucía

Brillo, de estrellas presta a las miradas?

Exprimió el mismo seno que Gonzalo;

Lloró la misma madre. y solitaria.

Riendo con el cielo

En que su madre se perdió llamándola.

Quedó en el mundo sin más sombra amiga

Que la armadura de su hermano hidalga;

Allí recuerda su niñez reciente.

Y espera el porvenir allí sentada.

¿Qué impulso los condujo

A la salvaje tierra americana?

¡Quién sabe! Acaso el mismo misterioso

Que une las notas que en el aire vagan.

En prolongado acorde

De transparentes arpas.

Que suenan en el viento, en los recuerdos,

En los vagos crepúsculos del alma.

Que en las noches serenas,

Y en los rayos de luna columpiadas,

Se acercan, y se alejan y en los aires

Las lentas trovas del dolor ensayan:

Ese impulso secreto

Que, aun de entre las lágrimas,

Hace brotar a: veces las sonrisas

Como luces que rielan en las aguas.

Que el polen encendido

Lleva de palma a palma.

Y hace nacer los lirios en las tumbas.

Y en el dolor abriga la esperanza.

Quizá la niña, en cuyos dulces ojos

Se mueven las miradas

Como insectos de luz aprisionados

En urnas de cristal negras y diáfanas,

Allí, en la tierra en que una raza expira,

Es la nota con alas

Que mezclada a un acorde moribundo,

De gritos de dolor hará plegarias.

El Uruguay, al verla en sus orillas,

Palpitaba en sus aguas,

Y templaba en los juncos, y en la arena

Dejaba notas, quejas y palabras.

El astro que pasea las colinas,

Con su dulce mirada

Seguía a la española que en la tarde

Paseaba tristemente por la playa;

Y buscaba sus ojos cuando, sola,

Sentada en la barranca,

Quedaba confundida en las tinieblas

Que sus esbeltas líneas esfumaban.

Parece que este mundo americano

A aquella niña aguarda

Porque en sus ojos brillen sus estrellas,

Porque su viento pueda acariciarla,

Porque sus flores tengan quien recoja

La esencia de sus almas

Y las corrientes de sus grandes ríos

Que oiga y ame sus canciones vagas.

IV

Era una hermosa tarde.

Huía la sonrisa de los cielos

En los labios del sol que la llevaba

A imprimirla en la faz de otro hemisferio.

De su excursión al bosque

Tornan Gonzalo y diez arcabuceros,

Fue eficaz la batida: un grupo de indios

Viene sombrío caminando entre ellos.

Otros muchos quedaron

Tendidos en el campo; el viento fresco

La sangre orea en las hispanas armas,

Y en la piel de los indios prisioneros.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... .... ... ... ... ... ... ...

No son tigres, aunque algo

Del ademán siniestro

Del dueño de las selvas se refleja

En su fiera actitud. Caminan; vedlos.

Son el hombre charrúa,

La sangre del desierto,

La desgracia estirpe que agoniza

Sin hogar en la tierra ni en el cielo,

Se estrechan se revuelven,

Las frentes sobre el pecho,

En los ojos obscuros el abismo,

Y en el abismo luz, luz y misterio.

Parece que en el fondo

De esos ojos a intervalos,

Un monstruo luminoso se moviera

Sus anillos flexibles revolviendo;

Con rápidos espasmos

Se sacuden sus miembros;

Sus músculos elásticos y duros

Al salto y la carrera están dispuestos;

La sangre apresurada

Circula bajo de ellos

Como corre callado entre las breñas

Un rebaño de fieras que va huyendo;

No hay en su rostro inmóvil

Ni siquiera un reflejo

Del espíritu extraño y concentrado

Que, al parecer, lo anima desde lejos;

Se advierte en su mirada

Un constante recelo,

Y una impasible languidez que tiene

Algo de triste, mucho de siniestro.

Son esbeltas sus formas,

Duros sus movimientos;

La tez cobriza, el pómulo saliente,

Negros los ojos, como el odio negros.

Sobre los fuertes hombros

Se derrama el cabello

En crenchas lacias. rígidas y obscuras,

Que enlutan más aquel huraño aspecto.

Pupila prolongada

Que prolongó el acecho:

Dilatada nariz y estrecha frente

A que se ajusta enhiesto.

Un erizado matorral de plumas

De colores diversos

Que parecen brotar de la cabeza

Como brotan de un tronco los renuevos.

Jamás mira de frente,

Jamás alza la voz: muere en silencio,

Jamás un signo de dolor se posa

Entre sus labios pálidos y gruesos.

No borra ni el suplicio

Su ademán de desprecio

Sólo el combate en su fragor arranca

Estridente alarido de su pecho.

Entonces, semejantes

A los colmillos del jaguar sediento,

Brillan entre los labios del salvaje

Los dientes blancos con horrible gesto.

Son el hombre-charrúa

La sangre del desierto,

La desgraciada estirpe que agoniza

Sin hogar en la tierra ni en el cielo.

V

El grupo de Indios, como viva masa

De apeñuscados cuerpos,

Adelanta, rodeado de arcabuces,

Entre las casas del pajizo pueblo.

Salen de sus viviendas las mujeres

Y los hombres a verlos;

Ni una impresión se nota en sus semblantes,

Todos caminan impasibles, fieros.

Ah!... todos no: miradlo. ¿Quién es ese

Que se detiene trémulo?

¿No es su pupila azul? Azul, no hay duda.

¿Que hay en ella? ¿Terror? ¿Asombro? ¿Miedo?

¡Extraño ser! ¿Qué raza da sus líneas

A ese organismo esbelto?

Hay en su cráneo hogar para la idea,

Hay en su frente espacio para el genio.

Esa línea es charrúa; esa otra. .. humana.

Ese mirar es tierno. ..

¿No hay en el fondo de esos ojos claros

Un ser oculto con los ojos negros?

La blanda piel de un tigre

Ha ceñido su cuerpo;

No se ha pintado el rostro, ni su labio

Ha atravesado el signo del guerrero.

Es pálido, muy triste; en su semblante

Y en su azorado aspecto,

Hay algo misterioso

Que inspira amor, o desazón, o duelo.

¿Por qué se ha desprendido de su grupo?

¿Se ha apoderado un vértigo

De ese salvaje enfermo que venía

Entre los otros indios prisionero?

La onda de un suspiro

Se ha notado quizá sobre su pecho,

Y se hubiera creído al observarlo,

Que ha roto entre los dientes un lamento

No es ira, no es encono; ¿qué es entonces

Ese temblor extraño de sus miembros?

¡Así sacude su prisión el alma

Cuando estallan en ella los recuerdos!

VI

Es que Blanca, al pasar lo está mirando

Con inocente empeño,

Y él clava en ella los azules ojos

Cual poseído de un pavor intenso.

La mira absorto, fijo, con el labio

Inmóvil y entreabierto:

Parece interrogar alzo invisible,

A al mismo, a su sombra, a su recuerdo.

Diríase que alumbra sus pupilas

El cercano reflejo

De algo como una aparición radiosa

Sensible sólo para el indio enfermo.

Y por la lumbre intensa de una idea

Que viene desde adentro;

Que arde en el alma y llega hasta los ojos

Y con la otra visión se funde en ellos.

Esperando a Gonzalo estaba Blanca

En el umbral de su morada: al verlo

Corrió hacia él, y distinguió al salvaje

Que allí venía entre los otros presos.

Ved como tiembla el indio

De ojos extraños de color de cielo.

Blanca esa noche se encontró llorando

Al acordarse del salvaje enfermo,

VII

Cavó una flor al río.

Los temblorosos círculos concéntricos

Balancearon los verdes camalotes

Y entre los brazos del juncal murieron.

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento.

Guarda el perfume de la flor caída,

La flor no existe: ha muerto.

Así el himno cantaban

Los desmayados ecos:

Así lloraba el urutí en 1as ceibas.

Y se quejaba en el sauzal el viento,

VIII

¿Quién es ese charrúa que suspira?

¿Quién es el prisionero

Que es capaz de alumbrar con luz del alma

Esos sus ojos de color de cielo?

Tabaré lo apellidan los charrúas,

O el hijo de los ceibos. . .

¡Hijo de mi dolor! una española

Le decía llorando ha mucho tiempo.

... .... .... .... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ..

Las grietas del sepulcro

Han engendrado un lirio amarillento;

Tiene el hábito de la muerte,

Su extrema palidez y su misterio.

IX

El pánico del indio indescriptible

Duró sólo un momento;

Marchando confundido entre los otros

Se aleja Tabaré; pero a lo lejos

Entre el grupo cobrizo se destacan

Las líneas de su cuerpo

De una amarilla palidez. La niña

Lo sigue con los ojos largo tiempo,

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

X

-¿Quién es Gonzalo, ese Indio que trajiste,

El de la frente Pálida.

Qué me miró de un modo tan extraño

Cuándo venía entre tus hombres de armas?

¿Está enfermo? Qué tiene? Me despierta

Una profunda lástima.

¿Qué tiene en esos ojos? ¿Lo recuerdas?

¿Qué harás con él? ¿Quién es? ¿Cómo se llama?

-¿Lo sé yo acaso? Ese hombre es un misterio,

Es un misterio, Blanca.

Al cruzar aquel bosque lo encontramos

En actitud de duelo o de plegaria.

Y es el mismo, lo es, estoy seguro,

Que he visto en las batallas

Reír con el peligro y con la muerte,

Bravo como el aliento de su raza.

¡Y qué! ¿Tiene algún crimen?

¿No lucha por su hogar y por su patria?

¿No defiende la, tierra en que ha nacido,

La libertad que el español le arranca?

Cuando a él nos llegamos,

No sintió nuestros pasos a su espalda,

Ni demostró sorpresa, al verse solo,

Rodeado de arcabuces y de adargas.

Por cárcel este pueblo s¿ le ha dado.

El ha de respetarla.

Yo probaré en ese hombre si se encuentra

Capaz de redención su heroica raza.

¡Qué! ¿,Sólo duelo y muerte

Ha de obtener América de España?

¡La sangre de esos hijos del desierto

Más que el orín deslustra nuestras armas!

Gonzalo. no te olvides

De la española sangre derramada,

Le dijo Doña Luz-, esos salvajes

Hombres no son; la redención cristiana

No alcanza a redimirlos,

Pues para ellos no fue: no tienen alma;

No son hijos de Adán no son, Gonzalo;

Esa estirpe feroz no es raza humana.

XI

Duermen los indios prisioneros, duermen

Tendidos en el suelo, como masa

De bronce que se mueve y que palpita

Con aliento vital en las entrañas.

Sobre aquellas cabezas que, en los brazos

Y, entre cabellos rígidos descansan,

No se siente pasar un solo ensueño;

Nada invisible por los aires anda.

Pero entre el grupo de dormidos cuerpos,

Despierta una figura se destaca;

Inmóvil, con los ojos encendidos,

Clavada en el vacío la mirada.

Las horas, una a una, la encontraron,

Como una sombra vana;

La vio la noche, la abrazó el Insomnio,

Y así la halló la claridad del alba.

CANTO TERCERO

I

Ahí va... callado, cual lo miran siempre

Discurrir por el pueblo:

Extraño, taciturno. El indio loco

Los soldados le llaman; pero, al verlo

Pasar entre ellos pálido, absorbido,

Lo miran en silencio,

Lo siguen con los ojos y, mostrándose

Al salvaje entre sí, dicen: ¿Qué es esto?

-¿Qué dices tú?

-Que es loco rematado

A estar a lo que veo.

-Rematado, bien dicho; ved sus ojos;

Ese indio tiene barajado el seso.

-Moscardón que no gruñe se me antoja

En sus mudos paseos.

-¡Y Parece que sufre!

-¡Ca! Esa gente

No es capaz de dolor... ¡Muere en silencio¡

Ved qué pálido está, que desmayado.

Sus pasos son inciertos:

Parece que su cuello no pudiera

De la cabeza soportar el peso.

-Es que algo habrá perdido, y anda siempre

Buscándolo en el suelo.

-¡Y también en el aire!

-¡Cierto! El loco

Suele buscar en él pájaros negros.

-¿Y si os dijera que ese insano duerme

Con los ojos abiertos?

-Oiga!

-Como os lo digo. Lo he observado

Más de una noche, Y me asustó su aspecto.

Si parece un cadáver que nos mira!

-¿,Tendrá el diablo en el cuerpo?

-Todo es posible. Si en las altas horas

Vais a observar los indios allá dentro,

Entre el grupo cobrizo allí entregado

A su profundo sueño.

Siempre tropezará vuestra mirada

Con los ojos diabólicos despiertos.

Son los de ese indio: no se cierran nunca;

Sentado. inmóvil, yerto.

Lo veréis siempre, hasta en la medianoche,

Tal cual lo estamos ahora mismo viendo.

-Loco, no hay más

O poseído acaso.

-Qué dices? ¿Le hablaremos?

-Háblale tú Que entiendes de latines

A ver si te contesta.

-No lo creo.

Un mes hace que vive entre nosotros

Ni su voz conocemos. -¿No será mudo?

-No; con el anciano

Ha hablado alguna vez, según entiendo.

-Vedlo, allá va; cuando en aquella loma

Aparezca el lucero,

Frente a nosotros pasará de vuelta;

Puedes salirle entonces al encuentro.

-Pero háblale con tino, con mesura:

Cuida de no ofenderlo;

Sabes que el capitán tiene ordenado

Que al Señor Don Charrúa no irritemos.

-¿No es aquélla la hermosa Doña Blanca?

-La misma. El prisionero

Va a pasar a su lado.

-¡Ved qué hermosa,

Qué hermosa está con esos ojos negros!

II

Tabaré sigue; se detiene a veces

Cuál si escuchara atento

Y se hunde su mirada en los espacios,

O vaga en torno suyo con recelo.

Inclina nuevamente la cabeza,

Y sigue a paso incierto,

Como el que va temiendo a cada instante

Ser sorprendido por oculto riesgo.

Blanca lo observa; sigue de¡ charrúa

Los tristes movimientos;

Espera la ocasión de ver sus ojos,

Pues sabe que algo ha de encontrar en ellos.

Pero es en vano; el prisionero pasa

Sin mirarla jamás, nublando el ceño,

Y, al cruzar frente a ella, se apresura

Y se aleja temblando, casi huyendo.

Es que cierra los ojos, y no obstante,

Ve la imagen de Blanca entre los velos

De una aurora confusa, imperceptible,

Que ilumina el nacer de sus recuerdos.

¿Es ella la que flota en su pasado?

¿Es la blanca visión de sus ensueños?

A una mujer tan blanca corro aquélla

Oyó cantar los cánticos maternos.

El indio siente, confusión ignota;

Vacila, tiene miedo,

Busca a la niña, y huye al encontrarla

Huye de la ilusión y del misterio.

III

Así pasaba Tabaré aquel día

Frente a la virgen que, con dulce acento,

¡Vaya el indio con Dios! ¿Por qué así corre?

Dijo por fin, ¿le infundo algún recelo?

El se detuvo sin alzar la frente,

Cual llamado a lo lejos;

Cual si la voz tardara largo espacio

En ir desde el oído al pensamiento.

Y allí fijo quedé, como tocado

Por un conjuro; trémulo

Como el corcel que en su carrera escucha

El bramido del tigre, en el desierto.

Así como una piedra

Al fondo del abismo descendiendo

Despierta temerosas resonancias,

Voces lejanas, quejas y lamentos,

La voz de la española

Descendió al alma del salvaje enfermo,

Y en ese abismo despertó la vicia,

La queja, el grito del dolor y el tiempo.

El indio alzó la frente: miró a Blanca

De un modo fijo, iluminado, intenso.

Había en su actitud indescifrable

Terror, adoración, reproche, ruego.

IV

“-Tú hablas al indio! ¡Tú, que de las lunas

Tienes la claridad!

Por que lo hieres con tu voz tranquila,

Tranquila como el canto del sabía?

Si tienes en los ojos, de las lunas

La transparente luz

¿Por qué tu alma para el indio es negra,

Negra como las plumas del urú?

¿Por qué lo hieres en el alma obscura?

¡Deja al indio morir!

¡Tú tienes odio negro para el indio,

Para el triste cacique guaraní".

Blanca sintió una lágrima en los ojos

Y una amargura insólita en el pecho:

-Yo no tengo odio para ti, charrúa;

Dijo el cacique con acento ingenuo.

Las pupilas azules del salvaje

Brillaban asombradas; en sus nervios

Vibraba el alma. Tabaré sentía

El abismo sonar en su cerebro.

Habla por vez primera a la española:

Sus palabras, sin orden ni concierto,

Brotan de entre sus labios como informe

Tropel de sombras, luces y reflejos.

“-¡Oh, sí! Yo sé que acechas

Mis horas de dolor:

Sé que, remedas alas de jilgueros

Donde yo estoy.

Yo sé que tú el secreto

Conoces de mi ser,

Y sé que tú te escondes en las nieblas...

Todo lo sé!

Que gimes en el viento,

Que nadas en la luz,

Que ríes en la risa de las aguas

Del Iguazú;

Que miras en las altas

Hogueras del Tupá.

Y en lunas del fuego fugitivas

Que brillan al pasar.

Tú como el algarrobo,

Sueño das a beber;

Y das la sombra hermosa que envenena

Como él ahué.

Yo, temiendo tu sombra,

Tiemblo y huyo de ti,

Y tú en el despertar de mis memorias,

Vas tras de mí.

Mis nervios que eran fuertes,

Fuertes cual ñandubay,

Blandos como el retoño más temprano

Del ombú están...

No ha pasado una luna

Después que yo te vi;

Mira cómo está enfermo el indio bravo

Sólo por ti!”

La súplica, el reproche,

La imprecación, el ruego,

Se sucedían en la voz del indio

Y en su ademán nervioso y altanero;

El, que se había alejado

Con la frente inclinada sobre el pecho,

Como impulsado por interna fuerza,

Hacia la niña se volvió de nuevo;

La miró un breve espacio

Y señaló su rostro con el dedo,

Cual sí del fondo obscuro de su alma

Envuelto en luz brotara un pensamiento.

“-Era así como tú... blanca y hermosa;

Era así.. . corno tú.

Miraba con tus ojos, y en tu vida

Puso su luz;

Yo la vi sobre el cerro de las sombras

Pálida y sin color;

El indio niño no besó a su madre...

¡No la lloró!

Les avisnas de fuego de las nubes,

Ellas brillaron más;

Pero el hogar del indio se apagaba,

Su dulce hogar.

Han pasado mas fríos que dos vmw

Mis manos y mis pies...

Solo en las horas lentas yo la veo

Como cuerpo que fue.

Hoy vive en tu mirada transparente

Y en el espacio azul. ..

Era así como tú la madre mía,

Blanca y hermosa... ¡Pero no eres tú!

Por ocultar el llanto

Que, sin mojar sus párpados, acerbo

Como lluvia de hiel, se derramaba,

Y empapaba del indio los recuerdos,

El infeliz charrúa,

En convulso y mortal desasosiego,

Se alejaba sombrío, y se volvía

A la española en ademán violento:

-Así como tu mano,

Blanca como la flor del guayacán

Es la que he visto en la batalla siempre

Mi sudorosa frente refrescar.

La misma mano blanca

De mí desnudo pecho separó

El rayo que arrojaban tus hermanos,

Más rápido que el vuelo del halcón;

La he visto entre sus dedos

Romper la flecha que a esconder llegó

En mis venas el sueño de las sombras,

Ese pálido sueño del dolor...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Pero... ¡no era la tuya!

Era otra aquella mano, ¿no es verdad?

¡Dile al charrúa que esos ojos tuyos

No son los que en sus sueños ve flotar!

Dile que no es tu raza

La que vierte esa tenue claridad

Que en el alma del indio reproduce

Aquella luz de su extinguido hogar;

Aquella luz que el astro de los muertos

Nunca sabrá copiar,

Más pura que el reír de las mañanas,

Y el llorar de las tardes, ¡mucho más!

Oh! no: tú eres la sombra,

Tú no vives la vida como yo;

¿Por qué has de arrebatarme mis recuerdos

Y vestirte ante mí de su dolor?

¡Déjame! ¡'No me sigas!

¿No sientes? ¿No lo ves?

¡El corazón del indio está muy negro!

¡Triste como la sombra del ahué!

V

Con movimiento brusco

Se ha separado de la niña el indio,

Volviendo la cabeza, cual si huyera

Temiendo la agresión de un enemigo.

Un eco amargo y triste

Quedó de Blanca en el absorto oído.

Tabaré atravesó entre los soldados

Ninguno lo detuvo en su camino.

Blanca siguió con pena

Con los ojos al indio fugitivo.

Aquel extraño ser en sí tenía

La atracción de lo obscuro del abismo.

VI

En ese estado en que, movida el alma

Por fuerza superior, en lo infinito

Medita, sin consciencia de sus actos,

Como otro yo, de nuestro ser distinto;

Y conoce los seres del ambiente

En que vaga desnuda dé sentidos,

Sin traernos, de vuelta de su viaje,

Nada que de otros mundos nos da indicios;

Y al despertar la sensación de nuevo,

Rompe de un sueño el transparente hilo;

Quedó la niña, hasta que oyó a su espalda

Que alguien decía: -¿Qué te hablaba el indio?

-¿El indio? ... Nada. ¿En qué estaba pensando?

¡Ah! Luz, no te había visto

¿Qué me dijiste? ... Ahora lo recuerdo:

Nada, nada me dijo.

Y agregó Doña Luz: -¡Pero aquí, hablando

Lo hemos visto contigo!

Y Blanca: -¿Sabes, Luz, que ese salvaje

Amó a su madre? El mismo me lo ha dicho.

-¿Y no le temes, Blanca?

-¡Temerlo! Puede ser. Lo que al oírlo

Mi espíritu sintió, fue un algo raro,

Muy semejante al miedo de los niños

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Con terror, la mirada

Clavó en su hermana Doña Luz.

-¿Qué ha visto

O creído advertir en sus pupilas?...

Le aconsejó que huyese de aquel indio.

CANTO CUARTO

1

En la limpia armadura

De un grupo de guerreros

Dejaba el sol, al trasponer las lomas,

Su resplandor postrero.

Las flotantes cimeras

De los ferrados yelmos

Al viento de la tarde se agitaban

Con blando movimiento.

Como españoles bravos;

Como soldados, crédulos;

Siempre el brazo a la lucha apercibido

Y el alma a las consejas y a los cuentos,

Los del corro escuchaban

A un camarada viejo,

En su adarga los unos apoyados

Y sentados los otros en el suelo.

II

-¿Dicen que es un fantasma

Eso que ancla de noche por el pueblo?

-No es otra cosa, a mi sentir: la sombra

De algún cacique muerto.

-Que es un indio no hay duda;

Lleva en la frente plumas, y su cuerpo...

-Su cuerpo! ¿Acaso piensas

Que esa sombra impalpable ha de tenerlo?

-¡Será posible!

-¡Y tanto!

No es el primer espectro

Que, haciendo yo la guardia en los bastiones

Se ha llegado hasta mí. Bien lo recuerdo.

La noche en que Garay venció a los indios

En aquel llano que se ve a lo lejos,

Vi muchas de esas sombras

Que cruzaban gimiendo entre los muertos.

La flor y nata de indios y caciques

Cayó en el lance aquel. Si los espectros

No se hubieran entonces presentado.

No sé cuándo lo hicieran, voto al cielo!

No es de extrañar, por ende.

Que ese fantasma que de noche vemos,

Viniera a presagiar ruinas o males

Y es fuerza le arranquemos su secreto.

III

Más que con los oídos,

Con los ojos oyeron,

Los soldados absortos, las consejas

Del camarada viejo;

No quisieron los unos

Habérselas con muertos;

Pero los más serenos y esforzados

No sin algún recelo,

En velar esa noche

Se pusieron de acuerdo,

Para tender una emboscada heroica

Al vagabundo espectro.

IV

El último soldado

De los que por las calles discurrieron,

Se perdió en la penumbra de las chozas

Del villorrio desierto.

Cayó la noche, y embozado en ella

Quedó San Salvador. El viejo Tiempo

Sobre las altas horas se adelanta

Con paso soñoliento. .

Todos duermen! las aves en el nido,

Los niños en el cielo,

En las cunas los ángeles

Y en las ramas inmóviles el viento.

Sólo vela el soldado

Que está de guardia en el bastión del pueblo,

Y algún perro que ladra, se levanta,

Y sobre el musgo tiéndese gruñendo.

Tranquila está la noche; las estrellas

Se ven brillar muy lejos;

Como una sombra que entre ruinas anda

La luna entre las nubes va en silencio.

V

Alguien también en vela está sin duda

Allá en un aposento

De la casa del jefe, en cuyos vidrios

Se proyecta una sombra por intervalos;

Es la del Padre Esteban,

Encarnación de aquellos misioneros

Que del reguero de su sangre hacían

La primer senda en medio del desierto,

Y marcaban el sitio

Hasta el cual penetraba el Evangelio,

Con el cadáver solo y mutilado

De algún mártir sin nombre y sin recuerdo.

La lumbre, en las paredes

Del aposento estrecho,

Dibujaba con mano temblorosa

Las formas sin color de los objetos;

Y la negra silueta

Del pensativo monje, sobre el suelo,

Obediente a la luz se estremecía

Con un imperceptible movimiento.

Meditaba el anciano

Los destinos secretos

De aquella pobre raza moribunda

Que el abismo atraía hacia su seno.

Miraba el Crucifijo,

Símbolo dulce del amor eterno,

Interrogaba a sus cerrados ojos,

y a su labio espirante y entreabierto,

Y entonces recordaba

Al indio de ojos de color de cielo;

Miraba en él su estirpe redimida

Y el clarear de un horizonte nuevo.

Quizá advirtió en la frente del salvaje

El imborrable sello

Del bautismo del bosque y en su alma

Vio brillar algo vacilante y trémulo.

¡Cuántas veces, sentado

Junto al indio infeliz, de sus recuerdos

El enjambre dormido despertaba

Con sólo una palabra o un consejo!

¡Cuántas veces el indio

Sus pupilas clavó en el misionero,

Pugnando por secar entre sus ojos

Gotas de llanto con esfuerzo Interno,

Y bebió sus palabras

Inmóvil y suspenso

Cuando su oído absorto recogía

El tierno son de los cristianos rezos!

Cuando el indio escuchaba

El nombre de la Madre del Eterno,

Madre también del hijo de los bosques,

Virgen que vive en el azul inmenso,

Entonces se agitaba,

Se incorporaba y del anciano al cielo,

Y de éste nuevamente hasta el anciano

Pasaban sus miradas. En el viejo

Por fin clavaba los azules ojos

Con triste desaliento,

Y escondiendo la frente entre los brazos,

Se tendía clamando: ¡No la encuentro¡

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

El fraile meditaba, meditaba

Con desolado empeño.

Cuando creía su Ilusión cumplida,

Tocaba lo imposible y el misterio.

VI

De pronto, penetró por la ventana

Algo como un lamento

Que el monje ya otras noches había oído,

A ilusión atribuyéndolo;

Pero en aquella noche, claramente

Al oírlo de nuevo

Se llegó a la ventana presuroso

Y la abrió con estrépito.

Una sombra medrosa entre los árboles

Se levantó del suelo,

Y, esquivando la luz, huyó hacia el río

Como empujada por extraño vértigo.

Las plumas que en su frente

Hacía mover el viento,

Denunciaron la forma de un charrúa,

Que conoció al instante el misionero.

Miró a la alcoba en que dormía Blanca,

Miró en seguida al cielo,

Y una oración cruzó, sin hacer sombra,

La inmensa soledad del firmamento.

¿Quién es ese charrúa? Es la fantasma

Que han visto los guerreros,

Y que acertaron al mirar en ella

Una sombra, un espectro:

Es Tabaré que cuando todo duerme,

Huye de sus sueños;

Vaga en lo oscuro, huyendo de sí mismo.

Y llevando la fiebre en el cerebro,

Hasta caer, guiado noche a noche

Por un instinto ciego,

Allí, frente a la casa de Gonzalo,

Donde hasta el alba permanece yerto.

De la casa del jefe

Tendido junto al cerco,

¡Cuántas noches lloraron su rocío

De aquel charrúa sobre el cuerpo enfermo!

Allí el fiacurutú lo contemplaba

Con sus ojos de fuego,

Y, sin temor, las alas agitando,

Muy cerca de él pasaba el teru-tero.

Allí estaba la noche

En que oyó el Padre Esteban su lamento,

Y al verse sorprendido huyó sin rumbo

Sobrecogido de un pavor intenso.

De su amor imposible,

De su desconocido sentimiento

Volaba ante la sombra, que sentía

Correr tras él, asida a sus cabellos;

Las carnes erizadas,

Temblorosos y rígidos los miembros,

Dilatadas y ardientes las pupilas,

Corría tropezando y sin aliento.

Las sombras de los árboles

Que la luna trazaba sobre el suelo;

Las zarzas que sus pies ensangrentados

Mordían, al romperse con estrépito;

Los ladridos agudos

De los perros despiertos;

Las aves que, a su paso, levantaban

De aquí y de allá su sonoroso vuelo;

Todo atronaba el exaltado oído,

Todo enconaba el vértigo

De Tabaré el charrúa que seguía

Su carrera sin rumbo y sin objeto.

VII

Los soldados que el golpe concertaron,

A su paso febril se interpusieron,

Asestando sus picas y arcabuces

A su desnudo pecho.

Los dilatados ojos

Clavó el salvaje en ellos,

Escondido en la sombra proyectada

Por un grupo de ceibos.

La fiebre comprimía su cabeza

Con sus dedos de acero,

Y un temblor convulsivo sacudía

Sus ateridos miembros.

-¡Dinos quién eres!

- Háblanos!

-Si eres fantasma bueno,

Habla, en nombre de Dios!

-¡Si no respondes,

Espíritu infernal, te juzgaremos!

¡Dale tu con la lanza

Veremos si habla; hiérelo

Y Por Si fuere espíritu maligno,

El signo de la cruz haz en el hierro.

Cuida que no te esquivo

Porque mucho me temo

Que nos haga cegar. Este fantasma

Al irse o estallar puede ofendernos.

-¡Ca No tiene bastante

Potestad para eso.

¿No ves que está temblando? ¿No lo sientes?

¡Herir con brío! ¡No tenerle miedo!

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Cual tigre acorralado,

Volvía el indio su mirar de fuego,

Todo el furor salvaje

Sintiendo en su alma y en sus duros nervios;

Y el asta de la lanza

Dirigida a su pecho,

Como por un zarpazo arrebatada

Crujió y saltó en astillas de sus dedos.

Aunque el asombro embarga a los soldados,

No vacilan por ello,

Y con creciente ardor, sus alabardas

Buscan herir al infernal engendro.

El indio, sacudido por la fiebre,

Siente que ya su cuerpo

Va a desplomarse, pues sus piernas trémulas

Se doblan a su peso,

Cuando a espaldas del grupo,

Clamó una voz cansada: ¡Deteneos!

Y con la frente cana descubierta

Se vio llegar jadeante al misionero.

Se abrió paso hasta el indio

Tendiéndole los brazos: éste al verlo

Se aferró a su sayal, dobló la frente

Y en tierra dió con su extenuado cuerpo.

VIII

Del seno de una nube,

Sus desflecadas orlas encendiendo,

Salió la luna que alumbró piadosa

La yerta faz del infeliz enfermo.

-Tabaré -prorrumpieron los soldados.

-¡El indio de los ceibos!

-¡El Indio loco!

-¡El de los ojos verdes!

-¡El fantasma del cuento

El fraile la cabeza

De Tabaré apoyó sobre su pecho.

Los soldados entonces se engañaban

Al creer que el Indio aquel no era un espectro!

CANTO QUINTO

I

Desleída en las tintas de la aurora,

La luz se disolvió de las estrellas;

La risa de los cielos

Ha despertado el himno de la tierra.

El ombú solitario de las lomas,

La copa verde apenas balancea;

El sauce besa al río,

Y el talle esbelto cimbran las palmeras.

Su carnoso ropaje verdinegro

Sacude el canelón de las riberas;

La flor del camalote,

Morada y blanca, en la corriente juega

Como gotas de sangre que sonríen,

Las margaritas rojas se despiertan;

Despiertan las azules

Y esas hijas sin nombre de la yerba,

De un amarillo y blanco deslumbrantes,

Que en el campo se cuentan

Como las claras noches de Diciembre

Se cuentan en el cielo las estrellas.

Todas las hojas brillan; una savia

Joven y turbulenta

Circula por las cañas y los juncos,

Da ternura a los brazos de la yedra,

Desabrocha las flores de los talas,

Del guaviyú y la ceiba,

Y alegra el corazón de los palmares,

Y los estambres húmedos revienta.

Los cardos, agrupados o dispersos,

Levantan las cabezas

Con sus coronas frescas y azuladas

Sobre el tallo espinoso descubiertas;

Y cual ropas tendidas por la noche

A secar en la arena,

Desparramados vense entre espadañas

Flamencos y gaviotas y cigüeñas:

De dos en dos dispersos y pesados,

O en obscuras hileras,

Se posan en la` orilla los chajaes

Lanzando a ratos su estridente queja;

Pasea cadenciosa entre los juncos,

Con su rítmico andar, la garza esbelta,

O asoma entre ellos el nevado cuello

Mientras abre el biguá sus alas negras;

Y corren por la arena de la playa

Esas aves pequeñas

De largas patas y afilados picos

Que en su base sutil se balancean,

Cual si intentaran emprender el vuelo

Y de ello desistieran,

Para correr de nuevo por la orilla

Allí dejando sus ligeras huellas.

Como vapor un tanto sonoroso

Que en el espacio ondea,

Los pájaros, como arpas que la aurora

De las ramas descuelga,

Dan el cantar del día

Que en temblorosa ebullición se eleva:

Nadan en luz las notas

Y el alma de la luz palpita en ellas.

El día las recoge

Y las ajusta al ritmo de una idea,

Y así elabora el salmo indescriptible

Que eleva a Dios, al despertar, la tierra.

Las islas van brotando lentamente

Del seno de las nieblas

Disueltas en la luz; los horizontes

A través de los árboles se alejan.

La claridad naciente va ganando

Colinas y laderas;

Tras ella el sol dispara victorioso,

A través de los aires, sus saetas.

II

¿Quién no siente en el alma

La fresca sensación de la belleza,

El dulce descansar de los sentidos

El instintivo amor a la existencia?

¿Quién no siente en los labios

Las sonrisas serenas

En que la luz y la quietud del alma

Y el escondido amor se transparentan,

Y esas lágrimas puras

De luz y encantos llenas,

Que humedecen los ojos sin dejarles

De llanto ni dolor la amarga huella?

III

El: Tabaré el cacique

A quien las sombras cercan,

Y a sus pies se retuercen en abismos

Y en tempestades a su frente ruedan.

Vedlo. Es el indio puro;

Es el charrúa de la frente estrecha;

Su sangre afluye al pómulo saliente,

Su labio tiembla, su pupila humea.

La lucha sostenida

En la noche anterior ruda y suprema;

Las armas asestadas a su pecho,

Que aun cree astilla entre sus manos yertas.

Todo lo encona el alma,

Todo en ella despierta

El instinto dormido, el ansia viva

De libertad, de destrucción y guerra.

Como del fondo obscuro del abismo

Vuelan las aves negras

Del fondo de su alma se levantan

Las fierezas ingénitas,

Que cruzan por sus ojos

En el suelo clavados, y reflejan

En ellos repentinas llamaradas

Que en sus pupilas encendidas tiemblan.

En vano de sus labios

Solícito pretende el Padre Esteban

Oír una palabra que revele

Un eco al menos de su lucha interna;

En vano a las memorias

Que otras veces al indio conmovieran

Ha llamado en su ayuda

Para tocarle el corazón con ellas:

La mano del recuerdo

Esa arruga del ceño no despliega,

Ni separa esos dedos que serpientes

Enroscadas semejan.

Oye gritos de muerte y de victoria,

Silbidos de saetas,

Aullidos de una guerra inextinguible

Que su enconado pensamiento atruenan,

Ya la sangre charrúa

Sólo siente en sus venas,

Pero asoma a sus ojos azulados

El alma de la dulce Magdalena.

Y la mortal congoja

Del indio se apodera,

y la lucha de un átomo con otro

Se renueva potente en sus arterias,

Y silba en sus oídos,

Y estruja su cabeza,

Y afluye al corazón, y en él estalla,

Y se difunde por su ser violenta.

IV

Doña Luz suplicaba

Al noble capitán que, ensimismado,

Escuchaba a su esposa, con los ojos

Clavados, sin mirar, en el espacio.

Sólo he visto en ese hombre

Un misterio infeliz, un ser extraño;

No hallo peligro en él; mas... tú lo quieres.

Tabaré partirá, dijo Gonzalo.

-¡Partirá! -dijo Blanca;

¿Y a dónde ha de ir el indio desgraciado?

¿Qué será de él en el desierto bosque,

Enfermo y solo? ¡No hagas tal, hermano!

¿Y qué mal nos ha hecho?

¿Por qué así abandonarlo?

El pobre Tabaré no nos ofende...

¿Qué vais a hacer? ¿Es una fiera, acaso?

-Blanca; tu siempre niña;

Le dijo Doña Luz. ¡Qué! ¿Están pensando

Que son capaces de pasiones buenas

Esos seres, nacidos para esclavos?

¿Piensas, Blanca, que anoche

No meditaba un crimen ese bárbaro,

Cuando en las altas horas felizmente

En vela le encontraron los soldados?

-Un crimen! No, por cierto.

¡Un crimen, Tabaré! ¿Qué estás hablando?

Tú no has oído como yo, al charrúa;

Si lo oyes, Luz, ya no podrás odiarlo.

Oh! No arrojéis al indio.

Lanzarlo para siempre!... Es inhumano!

Llamad al Padre Esteban; que él os diga

Si Tabaré el charrúa es un malvado.

-¡Oh! ¡El Padre, el Padre Esteban!

De masa de indios quiere hacer cristianos!

Inocente ilusión! El no imagina...

No puede ser! Arrójalo, Gonzalo.

Si aun crees que no es culpable

Después que anoche se le halló velando,

No le hagas mal; pero, por Dios, arrójalo,

Dale la libertad; no lo veamos.

Mientras él está aquí, tú bien lo sabes,

En mi lecho sentado

Siempre el insomnio, con la faz de ese indio,

Introduce sus dedos en mis párpados...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

V

Tabaré entró sombrío...

Don Gonzalo, que solo lo esperaba,

Busca al mirarlo entrar, mas busca en vano

Del indio la mirada,

Que chispea en el fondo

De la órbita ceñuda, como llama

Que con espesa obscuridad en lucha,

Se extingue, reaparece y se dilata.

¿Por qué el indio charrúa

Fue sorprendido anoche por la guardia?

¿Qué buscaba a esas horas?

¿Qué intento lo llevaba?

El indio queda Inmóvil en su sitio

Con la cabeza baja.

Repite su pregunta Don Gonzalo,

E igual respuesta: el prisionero cana.

El jefe continuó: -Cuando el cacique

Rompió ante mí su lanza

En señal de amistad, le di la mía;

¿No he sido fiel a la amistad jurada?

Diga el indio charrúa si el cristiano

A sus promesas falta.. .

¡Conteste Tabaré! ¿Qué es lo que intenta?

Todo es en vano: el prisionero calla.

-En cambio, el indio amigo

En la alta noche por el pueblo vaga;

Y en la sombra revela de su frente

Que en su espíritu hay sombras, sombras malas.

¿Qué plan revuelve en ellas?

¿Nada en su abono que decirnos halla?

¡Raza maldita! ¿No es capaz entonces

De amor y gratitud? ¿Todo es venganza?

Una terrible lucha

De Tabaré en el alma se desata,

Y como el eco de la lucha interna

Suena un ronco gemido en su garganta;

Pero calla. Temblor imperceptible

Discurre por su carne. Onda del alma

Llega a su cuerpo enfermo, como mueren

Las olas en la playa.

Compasivo, sin odio,

El capitán al indio contemplaba;

Mas recordando el ruego de su esposa,

-Pues bien, -gritó, con expresión airada,

Ya que el indio charrúa

Nuestra amistad rechaza,

Vuelva a sus bosques a enconar sus flechas,

Vuelva a buscar las fieras sus hermanas.

El español no quiere

Violar un punto la amistad jurada;

Pero verá en el indio a su enemigo,

Al eterno enemigo de su raza.

Vaya libre a su selva,

Pues no hay amor ni gratitud en su alma;

Pero jamás donde el cristiano aliente

Torne a posar la sigilosa planta.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Don Gonzalo partió. Quiso en el labio

De Tabaré asomar una palabra;

Alzó la frente... ¡y la inclinó de nuevo!

Mudo y sombrío abandonó la estancia.

CANTO SEXTO

I

Tras los bosques de acacias de las Islas

Se esconde el sol; en las más altas ramas

Deja un toque de luz anaranjado,

Y polvo de oro en las dormidas aguas.

Tiemblan en los vapores al perderse

De los cuerpos las líneas esfumadas;

Cruzan hacia las islas las bandurrias,

Los cisnes, y los patos, y las garzas.

Que ya, a lo largo del bruñido río,

Casi rozando el agua se adelantan,

O forman, en la altura que atraviesan,

Simétricas y largas caravanas.

El Uruguay se envuelve en su neblina;

Llega al nido en silencio la calandria;

Buscando su nocturno alojamiento,

Aletea la tórtola en las ramas.

Los flexibles y esbeltos sarandíes,

En su alfombra de juncos y espadañas,

Abrigan al dormido camalote,

Cuyas hojas se extienden sobre el agua.

Los zorzales se esconden; a lo lejos

Gritando el teru-tero se agazapa

Sale a pacer la nutria, y el carpincho

Deja su cueva al pie de la barranca.

Cual sobre dos abismos reflejados,

En la orilla los sauces y los talas

Sobre un cielo proyectan sus cabezas,

Y en otro cielo sus raíces bañan.

II

Entretanto, la frente sobre el pecho,

Y el caos en el alma

Tabaré cruza el pueblo lentamente;

Vuelve a su selva, a su salvaje patria.

Ya sombrío y huraño y silencioso.

El monje lo acompaña.

¿Por qué esa sombra, cuando va a ser libre,

Libre como el venado de la pampa?

¿No es Tabaré charrúa?

¿No son la libertad, el cielo, el aura

y la selva nativa y los combates

La pasión del charrúa y la esperanza?

Ay del indio imposible!

Ya una mujer de la enemiga raza

Es libertad para él, y cielo y nubes,

Y hogar nativo, y selvas y batallas!

III

Cruza entre los corrillos de soldados

Que hablan tendidos en la yerba, o cantan

Al ritmo de los golpes que aderezan

Sus coseletes y maltrechas armas.

Al ver pasar al indio con el monje,

Suspenden la labor y se levantan:

El indio loco! dicen por lo bajo:

Ya lo hallaremos! ¡Ese no me engaña!

-¿Qué pensará, decid, de esa traílla

Nuestro buen capitán? ¿Acaso aguarda

A que nos mate aquí como conejos

En la noche mejor esa canalla?

Darles la libertad! Valiente idea!

Cual si nada costara darles caza!

Hierro y fuego les diera, hierro y fuego!

-Hierro, bien dicho, exterminar la plaga!

-¿Pues no ha dado en creer el buen hidalgo,

Que el indio de estos bosques tiene un alma

Como la nuestra, y es vasallo y súbdito

Del Rey Nuestro Señor?

-¡Oiga!

-¡No es nada!

-Como lo oís. El padre franciscano,

El claro!, lo aconseja, lo acompaña,

Y aquí estamos, ¡pardiez!, mirando siempre

Al señor indio como a mente honrada.

-¡Los vasallos del rey!

-¿No es una ofensa

Que se infiere, decir, al gran monarca?

¿Qué dices tú, Rodrigo? Tú eres viejo;

-A ver qué dices tú; deja esa adarga.

-Pues yo... ¿qué he de decir? Veinte años hace

Que ando en estas diabólicas andanzas

Por cierto que era yo de la partida

Cuando encalló la nave capitana.

Fue allí, sobre esa arena, ¡triste noche¡

Veis esa loma? ¿Distinguís la playa

Que se ve más allá? Tras de aquel árbol,

Lo veis bien? Tras de aquél, va la barranca.

Pues bien: allí. Cayeron los charrúas

Sobre nosotros, como avispas bravas;

Incendiaron las tiendas, y diezmaron

Nuestra gente más firme y más bizarra.

¡Buena la hubimos, por San Jorge, buena!

Por poco allí los indios nos acaban!

Estábamos sitiados en las naves,

Oyendo sus aullidos y amenazas:

Mirándolos llegar hasta la orilla

Con gritos e insolentes musarañas,

Y citar al más bravo de nosotros

Para retarlo a singular batalla.

Las pieles o cabellos de los nuestros

Que en el campo quedaron, enastaban

En sus picas, aullando los malditos,

Y dando saltos en siniestra danza.

Así pasamos las eternas horas

Aguardando la muerte, como ratas,

Hambrientos y desnudos, dando al río

Tributo de cadáveres; sin armas.

Pues ni un grano de pólvora teníamos

Que dar al arcabuz; sin esperanza.

Pues una tempestad hacía imposible

De recursos humanos la llegada.

Ah, Don Juan de Garay! Sin él, os juro

Que no llevamos este cuento a España;

En los barcos hallamos nuestra tumba

Sin su arribo con tropas bien armadas

Y no era la primera, ¡voto a Sanes!

Ni la última será... ¡Maldita raza!

Luchan como demonios, no como hombres.

Digo bien?

-¡Bien, muy bien!

-Entonces, ¡nada?

¡Bien los conoces! Mientras quede uno

Capaz de alzar la endemoniada lanza,

No hay que andar con escrúpulos; al indio

Lanzazo firme; nada de palabras.

-Lo propio digo yo.

-Pues yo otro tanto,

¿Qué hacemos, ¡vive Dios!, en esta plaza?

Sin un caballo, expuestos noche y día...

-Noche y día, bien dicho, desde el alba.

Y el capitán. en tanto, se entretiene

En dar la libertad a esa canalla.

Buena les diera yo!

-Mirad al indio:

Allá va con el Padre; a ése mañana

Acaudillar acaso lo veremos

Alguna turba de esos perros.

-¡Cáspita!

Que vengan, voto al diablo!

-¡Que me place!

Tiempo hace ya que no tenemos danza l

-Yo os juro que, en las noches, a mi lado,

Bosteza mi arcabuz de holganza tanta.

-Bien dicho, el arcabuz!

-¡Oiga! Qué esperan

El indio y el anciano? ¿Qué les pasa?

IV

Tabaré ya se aleja;

Ya lo despide el monje con palabras

De consuelo y de amor; indiferente

Lo escucha el indio que a su lado marcha,

Terrible, duro, con el ceño torvo,

Fiera cual nunca la actitud y huraña;

Lleva la noche, la infinita noche,

Sin un rayo de luz en las entrañas.

De pronto se detiene

En un punto clavada la mirada.

Qué lo agita? ¿Qué ve? Temblor de muerte

Por sus rígidos miembros se derrama.

¿La víbora silbando

Casi invisible en el chircal se arrastra?

O es el jaguar despierto en la maleza,

Que hacia el charrúa silencioso avanza?

No: Tabaré no teme.

A la amarilla fiera que a sus plantas

Ya muchas veces vio, cuando su flecha

Hasta a morderle el corazón llegaba;

No es fiera lo que ha visto;

Una mujer lo mira entre las ramas;

Mirándolo, se acerca al Padre Esteban,

Y esa mujer que se le acerca es Blanca.

Ya no puede dudarlo:

No, no es ilusión, no es un fantasma:

Han crujido a sus pies las hojas secas,

Ha hecho mover las ramas al tocarlas.

El viento de la tarde

Viene a agitar con sus movibles alas

Su cabello en desorden, y en su rostro

A orear la huella de recientes lágrimas.

Es ella: trae un ramo

De margaritas en la falda blanca;

Ella, con sus estrellas en los ojos,

Sus alas invisibles en la espalda.

Viene la dulce niña

Como un rayo del alba

Que en la profunda obscuridad penetra

Y en el seno negro de la noche aclara.

La trae el mismo impulso

Que conduce los besos, de las palmas,

Que despierta sonrisas en los labios

Y de los ojos lágrimas arranca,

Cuando el alma sonríe

Y el espíritu llora sin más causa

Que esas ansias de llanto o de ternura

Que en ciertas horas nuestro ser asaltan.

Besó la mano al Padre,

Que con muda sorpresa la observaba;

Alzó tímidamente la cabeza

Y bañó a Tabaré con la mirada.

Al verlo, sacudido

Por la lucha que su alma despedaza,

El ceño torvo, ardiente la pupila,

Convulso y presa de mortales ansias,

En terror y amargura

El corazón sintió se le inundaba.

Como si al borde de ignorado abismo

Después de un corto sueño despertara.

Dió un grito: las azules margaritas

Rodaron hasta el suelo Por Su falda;

Se acogió horrorizada al Padre Esteban,

Y escondió en el sayal la frente helada.

¿Entonces es verdad ¡verdad, Dios santo l

Que el indio nos odiaba?

Es verdad que en su pecho no hay latidos

Y que jamás su corazón se ablanda?

Oh, Padre! ... ¿Por qué entonces de esos seres

El amor me enseñabais?

Padre, no me dejéis, volvamos pronto...

Mirad: la noche baja.

Huye del indio esclavo, me decían,

Sólo hay odio en su alma;

No tuvo hogar, ni madre; de ternura

Su raza es incapaz, todo lo ultraja.

Yo nunca lo creí; yo vi en sus ojos

Dolor... ¡y tuve lástima!

Venía a consolar su desventura,

Y no más... Hice mal? No lo pensaba.

No quise nada más, nada, os lo juro;

Vine por consolarla.

Lo sabe Dios muy bien ... Pero ¡qué tarde!

Qué tarde es ya! Cómo la niebla se alza!

Y el indio, Padre Esteban, me da miedo.

¿Qué tiene? ¿Qué le pasa?

Vedlo... Volvamos, por piedad, volvamos.

Por qué vine hasta aquí? ¡Quién lo pensara¡

Indio... Adiós. Tabaré. Terror y pena

Me inspira tu desgracia.

Qué tarde es ya! ... ¡La Virgen te proteja!

Anda con Dios a tu salvaje patria!

V

Ya huyendo temblorosa hacia la villa

Blanca exhaló sus últimas palabras.

La tarde la arropaba en sus vapores,

Y ella en su seno al parecer flotaba.

El charrúa la vio tenue, impalpable;

La siguió con estúpida mirada;

La vio volver de nuevo la cabeza,

Y ocultarse, por fin, entre los talas.

Cuando la vio perderse para siempre,

Sintió la soledad. Toda su raza

En él moría, muda, sin quejarse.

Sola en la densa noche de su alma.

En brazos del anciano misionero

Se arroja el indio, cuya tez abraza.

Solloza... Sus sollozos, cual rugidos

De fieras moribundas se dilatan.

Al sentir en sus párpados el llanto,

Exhala un grito de dolor o rabia,

Un grito que a lo lejos, al perderse,

Se transforma en lamento o en plegaria:

De pronto, con un brusco movimiento,

Se desprende del monje; la mirada

Clava en el punto en que a la vez postrera

Sobre el fondo del cielo miró a Blanca.

Y huye como la fiera perseguida

Y se interna en la selva solitaria...

Largo tiempo se oyeron sus quejidos

Como si un tigre herido se alejara.

VI

Sobre el sayal del monje

Del charrúa quedó la primer lágrima;

El supremo dolor entre sus dedos

Una raza exprimió para arrancarla.

Las horas de la noche

Ya vestidas de luto se adelantan;

Y entran al bosque y sus cendales negros

Van colgando en silencio de las ramas.

Sobre el sayal del monje

Del charrúa quedó la primer lágrima.

Para llorar la moribunda estirpe

Una pupila azul necesitaba!

 

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Tabaré


 


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