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Libro III

LIBRO TERCERO

CANTO PRIMERO

I

Genios de las riberas,

Invisibles espíritus del bosque,

Que convertís en moscas o en reptiles

A los indios que vagan por la noche;

Seres que, en las tinieblas,

Gastáis el tiempo el, ajustar los broches

De la dormida flor, mientras su ovario

Abre su amor al encendido polen;

Que elaboráis en ella

El dulce néctar que la abeja sorbe

Y los frescos aromas, que sedientos,

Los labios de los céfiros recogen;

O en la mortal cicuta

Vivís acurrucados, de los hombres

Acechando el secreto de la vida

Y destiláis la hiel de los dolores.

Y agriáis la crespa hierba

Que ni el carpincho ni la nutria comen,

Y envenenáis al avestruz dormido

Los huevos bajo el ala sin que os note.

II

Vírgenes transparentes

Que os colgáis en las ramas de los molles,

Y os columpiáis, con vuestros pies trazando

Rayas de luz sobre la linfa inmóvil ,

Y en esas lacias hebras

Con que acaricia el sauce al camalote

Subís y descendéis llevando al río

Rayos de luna en haces brilladores;

O hundidas en un lecho de espadañas

Os reclináis en los desiertos bordes,

A escuchar el secreto de las olas

Que transformáis en trémulas canciones;

Pobladores del aire

Leves y multiformes,

Hijos de los crepúsculos azules

Que con las alas embozáis los montes;

Que taladráis el diente

De la víbora en donde

Derramáis los licores ponzoñosos

-Que al infiltrarse, el corazón corroen;

Que en los ojos del tigre

Encendéis vuestra antorcha y las visiones

Preparáis a su luz disparatadas

Y las vaciáis en sus extraños moldes;

Que en la blanca osamenta,

Hacéis brotar los fuegos fatuos dobles,

Esos que, sobre el haz de los pantanos,

Ebrios, inquietos e impalpables corren.

Suben, bajan, se arrastran, se persiguen,

Se agitan y se rompen,

Y se apagan los unos a los otros

Sin que el aire los mueva ni los sople;

Almas de los murmullos,

Espíritus errantes de las flores

Que, al murmurar, hacéis más perceptible

El solemne silencio de los orbes;

Invisibles remeros

Que empujáis blandamente al camalote

En que navega incorporado el tigre

Que dormido en la orilla descuidóse;

Engendros de los ríos

Que recortáis la escama y los arpones

Del dorado debajo de las islas

Que en vuestros hombros sostenéis a flote,

Meciéndolas en ellos

Sin que el río en que nadan se desborde,

Ni el movimiento imperceptible y blando

Las húmedas barrancas desmorone;

Seres que, como llamas apagadas,

Sois de un pasado informe

La vida actual y eterna, cuyo velo

La fuerza del espíritu descorre;

Testigos que no mueren.

Que acompañasteis a las tribus nómades,

Las visteis desprenderse de su tronco

Y viajar, sumergiéndose en la noche:

Brotad de entre los tiempos y escuchadme.

Yo os nombraré por vuestros propios nombres;

En la forma, en la voz y el movimiento

Mi espíritu sutil os reconoce.

Cabalgando en las horas que pasaron,

Que el tiempo enfrena y en su noche esconde

Desatad vuestras alas puntiagudas

En legiones aéreas y deformes.

¡Horadadme esa tierra!

¡Sacudidme ese monte!

Como caen los cabellos de un anciano

Como el cardo desgrana sus plumones,

De la muerta cabeza

En que pensó una raza, acaso logre

Ver desprenderse el pensamiento oculto

Sobre mi frente cuando yo os invoque.

Dad un vuelco a ese río!

Salid, desde su légamo a sus bordes,

Con secretos del agua y de la arena,

De los huesos de piedra que se esconden

En el profundo limo

En que tienen las algas sus amores,

Se arrastra el yacaré, duerme la raya,

Y la tortuga sus nidadas pone.

Infundid en ese indio

Que ahora penetra en el callado bosque

Los latidos postreros de una raza

Que a vuestro acento viven y responden;

Latidos de esperanzas imposibles,

Rudo y último acorde

De las arpas malditas que sonaron

-Pulsadas por la muerte y los dolores.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

III

Es Tabaré. Penetra nuevamente

A su nativo bosque,

Cuyos añosos árboles lo miran

Y a su paso sus troncos interponen.

Y le tienden los brazos descarnados

Con raras contorsiones,

Como fantasmas que en inmóvil danza

Cruzan y se retuercen por el monte.

Y en torno de él se agrupan a mirarlo,

Y así que lo conocen,

Después de herirlo con los brazos negros,

Se dispersan en todas direcciones.

Y los duros lagartos al sentirlo

Hacia sus cuevas corren,

Y asoman las cabezas puntiagudas,

Y el largo cuerpo sin calor encogen.

Y las ranas se callan un instante

Mientras pasa, y sus voces,

Como largos quejidos, a su espalda,

Cuando ha pasado, nuevamente se oyen.

Y los nocturnos pájaros lo siguen

En negras procesiones:

El chajá dando saltos por el suelo,

Chirriando esos murciélagos enormes.

Que, como manchas de la misma sombra,

La obscuridad recorren,

Persiguiendo los átomos, o huyendo

Atolondrados de invisible azote.

Detrás de cada tronco, acurrucada,

Parece que se esconde

Alguna cosa que, al pasar el indio,

Sigue tras él con movimiento torpe.

El siente a sus espaldas ese mundo

Que su alma sobrecoge;

Mas no se vuelve, y apresura el paso

Y sigue, y sigue sin saber adónde.

¿Cuánto anduvo? El indio no lo sabe.

Era la media noche

Quizá, cuando, rendido por la fiebre,

Detúvose entre rudas convulsiones,

Pues la luna, en lo alto de los ciclos,

Los transparentes bordes

De las nubes plomizas encendía

Franjeándolas de tenues resplandores.

De las que ante su disco se atraviesan,

Parecen los Jirones

Las siluetas de negros cocodrilos

Que la infinita soledad recorren;

Palidecen lejanas las estrellas

Que, desde lo alto, vuelan hacia el Norte,

La cruz del Sur se inclina esplendorosa

Con los brazos tocando el horizonte.

Tabaré escucha: En el profundo hueco

De sus ojos inmóviles

Introduce sus dedos el delirio

Que atruena su cabeza con sus voces;

Y otra fugaces, ora persistentes,

Comenzaron entonces

A hablar y cobrar vida los espacios,

La tierra, el aire, el corazón del bosque.

IV

Y a los pies del charrúa

La tierra daba gritos.

Retorcían los árboles sus troncos

Como animados de un airado espíritu:

-¡El genio de la tierra

Ha de morder tus pies, con los colmillos

De sus víboras negras, que se arrastran

Silbando como el viento! ¡No eres indio!

-¡Pasa! ¿Por qué me huellas?

La sangre brota de tus pies heridos.

¿Por queme manchas? De tu sangre nacen

Malas serpientes, negros cocodrilos.

-¡No te detengas; huye!

Aquí en mi ceno no hallarás abrigo;

Ya para ti la patria es un recuerdo,

¿No te sientes llamar? Es el abismo.

Tabaré oyó la voz, cual si brotara

De las grietas del suelo removido:

Lejanas muchedumbres

A sus pies agitaban el vacío;

Crujían las raíces de los árboles,

Cual si un extraño fluido

Las retorciera al circular en ellas,

Dándoles movimientos convulsivos.

Y del añoso ceibo

Cayó, volteando en animados giros,

Una hoja seca que miró al charrúa

Que a su vez la miraba, y ella dijo:

Yo rodaré a tus pies ensangrentados,

Realidad de mi símbolo;

El viento me ha arrancado de mi rama,

A ti te empuja el viento del destino.

Yo vivo con la vida de tu estirpe

Con tu fiebre palpito;

Y mi polvo y el polvo de tus huesos

Van a formar el légamo del río.

Vamos, charrúa; sígueme, salvaje:

Nos llama el torbellino.

Tus lunas han pasado; el sueño negro

Anda en tus venas derramando frío.

Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente;

Vente, sigue conmigo;

¿No sientes el aliento de otra raza

Que te sopla del suelo en que has nacido?

Es la raza de vírgenes tan pálidas

Como la flor del lirio,

Hermosas cual la luna, cuando se hunde

Entre las aguas trémulas del río;

Y tienen luz de aurora en la mirada,

Y sus ojos tranquilos

Miran con odio al indio de los bosques,

Y le llaman maldito.

Vamos, charrúa; sígueme, salvaje:

Mira aquel remolino.

Vientos de tempestad vienen de lejos

Aullando como perros fugitivos.

Las sombras que recorren la maleza

Lanzan agudos gritos

Esas llamas sin luz marcan la ruta

Por donde corren los que fueron vivos.

Los impasibles ojos del charrúa

Siguen los vanos giros

De la hoja en cuyas venas circulaba

La vida de un espíritu cautivo.

Que en pie la sostenía,

la empujaba contra el viento mismo,

la llevó saltando y retorciéndose,

Siempre mirando y señalando al indio.

V

Oye entonces el aire de la noche

Que a su lado respira

Jadeante y con penosa intermitencia

Como el hálito de alguien que agoniza:

Te ahogas?, le gritaba. Es que en tu bosque

La muerte sólo habita

Está poblado el aire por las sombras.

Por las sombras charrúas que te miran.

Vengo empapado en llanto de las tribus

Que mueren fugitivas

Vengo cargado de vapor de sangre

Que forma sobre el campo una neblina.

¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre

Tras de las madres indias.

Que huyen sin hijos. Ellos no se mueven:

Tendidos allá están en las colinas.

Son tus hermanos, muertos en su tierra

Por la raza maldita.

Ves esa virgen que en sus sueños anda?

Está empapada de tu sangre. ¡Mírala!

VI

El Indio está de pie. Todos sus miembros

Ateridos tiritan

Le falta el suelo, y vuelve a recobrarlo

En actitud violenta y convulsiva.

La fiebre en su cabeza espeluznada

Hunde la mano rígida,

Y en sus ojos atónitos llamean

Con fosfórica lumbre las pupilas.

Todo es extraño para él: el viento,

Los árboles que imitan

Seres desnudos, negros, que en su torno,

Se han detenido, y cuyos ojos brillan

Entre cabellos que hasta el suelo bajan,

Y lentamente oscilan;

Brillan marcando el sitio en que se encuentran

Cabezas que, sin verse, se adivinan.

Los rumores que pasan, van dejando,

Por la extensión vacía,

Como esos remolinos que las barcas

Hacen surgir del fondo de las linfas,

Resonancias que brotan de la sombra,

Tumultos que se agitan,

Silencios prolongados que de nuevo

Estallan en confusas vocerías,

O dando paso a una voz triste y aislada,

Voz que parece amiga,

Y dice algo al oído de una lengua

Inteligible, pero nunca oída.

VII

Por fin. cual si las vagas sensaciones

Que el indio aun percibía

Sufrieran en la nada tenebrosa

Una inmersión violenta y repentina,

Tabaré se desploma. Un ruido extraño

Produce su caída.

Se queja el suelo? ¿Quién impone al bosque

Esa actitud de asombro o de atonía?

Las notas que pasaban,

Los rumores que huían,

Las ramas que, inclinadas por el viento,

A levantarse nuevamente iban,

Suspensos han quedado. Es que el charrúa

Está en la selva antigua

Del indio Caracé; es que ha caído

Sobre el sepulcro de su madre extinta,

La cruz abre los brazos a su lado,

La cruz de la cautiva!

Parece que, inclinando la cabeza,

La cruz al indio en su regazo abriga.

Qué habló con el salvaje, aquella noche,

El alma errante que en la cruz palpita,

Es el secreto de la sombra eterna...

Empieza a amanecer, casi es de día.

CANTO SEGUNDO

I

¿Quién grita por allá, que tiembla el bosque,

Y hasta los aires tiemblan?

Un vago resplandor, allá a lo lejos,

Sobre el obscuro cielo se proyecta.

Destaca el bosquecillo, cuyas formas

Vacilantes revela,

Y alumbra aquel ombú, que solo y negro

Está de pie durmiendo allá en la cuesta.

Parece que se mueven un instante

Las lomas soñolientas,

Que en la turbada obscuridad estaban,

Y que asoman por entre las tinieblas

De nuevo el alarido temeroso

En los aires revienta.

El hambre acaso tiene congregadas

En esos matorrales a las fieras?

No; las fieras miradlas: en rebaños,

Tendidas las orejas,

Saltan de acá y de allá; sobre las lomas

Se detienen volviendo las cabezas;

Emprenden nuevamente amedrentadas

Su rápida carrera;

Y alargando los cuerpos se deslizan

Con sigiloso paso entre las breñas.

Enarcando los lomos amarillos

Acurrucadas quedan,

Y en la profunda obscuridad del soto

Sus dos ojos de fuego centellean.

El avestruz corriendo en la llanura

Ya con las alas sueltas;

Se siente el aletea de los pájaros

Que abandonan sus nidos y se alejan;

Y se oyen las carreras del venado

Que salta en la maleza,

Y el rumor de manadas de carpinchos

Que corren a buscar sus madrigueras.

II

¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo

Van entre las tinieblas

E indican, con los brazos extendidos,

El resplandor de la lejana hoguera?

Son los indios charrúas. Han brillado

Los fuegos de la guerra

En las lomas del Hum; fuegos de muerte

Luces del Uruguay en las riberas.

Y el indio que al venado perseguía

En las pampas desiertas;

Y el que encendía el tronco de algarrobo

En el hogar del valle, y a las flechas

Ataba con los nervios del carpincho

El colmillo de piedra,

O la cuerda del arco retorcía

Formada de flexible enredadera;

Y el que miraba más allá, tendido

Con su eterna indolencia,

A sus mujeres fermentar la chicha

Y levantar las pieles de la tienda,

Todos vieron los fuegos de las lomas

Y alzaron las cabezas,

Y señalando el resplandor gritaron

¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Fuegos de guerra!

Todos caminan; han tomados todos

Sus lanzas y sus flechas;

Se han pintado los rostros y los cuerpos

Con rayas muy azules y muy negras,

Inyectando en su piel los jugos agrios

De las silvestres hierbas

Que el venado no come ni la nutria,

Y que crecen de noche entre las piedras,

Bajo las cuales, en las altas horas,

Ladra el zorro en su cueva

Y se esconde la iguana perseguida

Y anidan la lechuza y la culebra.

Todos caminan; llevan en los cuerpos

Arreos de pelea:

Las plumas de ñandú sobre la frente

En las lanzas humanas cabelleras.

¿Adónde van? Donde los llama el fuego,

El fuego de la guerra;

El que anuncia la muerte del cacique

Allá en el bosquecillo, de las ceibas.

Ahú!, ahú, ahú! Corren los indios

Gritando en las tinieblas,

Y el turbado silencio de la noche

Huye a esconderse en la inmediata selva,

III

Las nubes de humo denso iluminado

Que en el aire se elevan

Sobre la masa negra de los árboles,

Marcan el sitio en que las tribus velan;

Desde lejos se ven de los charrúas

Las obscuras siluetas

Que, cruzando y saltando entre los troncos,

Sobre el rojizo fondo se proyectan.

IV

¡Extraño funeral! Los indios ebrios

Avivan diez hogueras

Encendidas en torno de un cadáver

Tendido sobre un lecho de maleza.

Es un viejo cacique. El sueño frío

Se ha entrado por sus venas;

Nadie Pudo arrancarlo con la boca

De la piel del anciano; quedó en ella,

Dejándole el color amarillento

Que entristece a las ceibas

Cuando el viento se enfría, y de las ramas

Las hojas bajan a morir en tierra,

Los médicos el vientre del cacique

Han chupado con fuerza

Por arrancarle el dardo y el gusano

Que le causaban mal. Inútil brega.

Vedlo tendido, inmóvil, taciturno,

Tan largo como era;

Los indios gritan, en su torno corren,

Y las abiertas bocas se golpean.

El arco de urunday tiene el cadáver

Entre las manos yertas;

Han colocado en orden a su lado

Su lanza y sus macanas y sus flechas,

Y pieles de venado y las vasijas

En que el zumo fermenta

De guaviyús silvestres y algarrobas,

Y de la miel que forman las abejas.

V

Las tribus cuidan de que tenga el muerto

Las pupilas abiertas;

Bien atadas han puesto en su cintura

Las silbadoras bolas de pelea;

Y, porque espante entre los negros toldos,

A Añang y a Macachera

Con jugos de urucú pintan su cuerpo

Y le embijan el rostro que amedrenta.

Tiene azules los pómulos salientes;

Amarillas y negras

Son las rayas que cruzan sus mejillas,

Y su pecho y sus brazos y sus piernas.

El deformado rostro del cadáver

Forma una horrible mueca

Que infundirá terror, cuando al cacique

De los genios del aire se defienda

VI

Ahú! Ahú! Ahú! Por todos lados

Los indios atraviesan;

Aúllan, corren, saltan jadeantes,

Dando al aire las rígidas melenas.

Hacen silbar las bolas, agitadas

En torno a sus cabezas,

Chocan las lanzas, los cerrados puños

Con feroz ademán al aire elevan,

Y forman un acorde indescriptible

Que en los aires revienta:

Ebullición de gritos y clamores,

Golpes, imprecaciones y carreras.

Ya hiriéndolos de lleno, ya a los lejos

Bañándolos a medias,

Según que a las hogueras se aproximan,

O de ellas con el vértigo se alejan,

La lumbre hace brotar, corno arrancados

Del medio en que voltean,

Cuerpos desnudos, rostros que aparecen

Y se hunden nuevamente en las tinieblas.

VII

¿No son mujeres esas, las que ahora

Alumbran las hogueras,

Esas que danzan en redor del muerto

Y sus pequeños en los brazos llevan?

Sí; son madres de indios. Sus cabellos,

En obscuras guedejas,

Flotan sobre las mórbidas espaldas

Ceñidos en la frente; mas no velan

Los cuerpos palpitantes y desnudos

En que los fuegos tiemblan

Dando relieve a ¡os redondos senos

Que sudorosos de cansancio ondean.

Tienen sus movimientos convulsivos

Cierta ruda cadencia

Y sus formas desnudas, a las formas

De la hembra del venado se asemejan.

Sus ojos negros brillan empapados

En la luz y chispean

Se cimbran sus elásticas cinturas

En plumas grises de avestruz envueltas.

Los collares de piedras de colores

En sus gargantas suenan,

Y los cintillos de brillantes plumas

Adornan sus tobillos y muñecas.

El que ajustado en la frente,

Al erguirse sobre ésta,

Da a la figura la esbeltez del pájaro

Que su penacho en el sauzal ostenta.

Las indias van cantando; sus cantares

Son una extraña mezcla

De alaridos y gritos quejumbrosos

Que en un ritmo monótono se estrechan.

Las ruidosas bandadas de gaviotas

Que sobre el agua vuelan

Gritan como esas indias, y en el aire

Como ellas se revuelven y atropellan.

La turba de los indios las empuja,

Y las mujeres ruedan

Heridas, dando gritos que al vagido

Se unen de sus hijos. No. se arredran:

De nuevo se levantan, y prosiguen

En su danza frenética,

Y en los cantares bárbaros que entonan

En torno del cadáver dando vueltas.

VIII

En redor de aquel fuego y en cuclillas

Ved a esas indias viejas;

Casi con las rodillas sobre el pecho

Revuelven sus vasijas y bostezan.

Sobre sus rostros penden los cabellos,

Que el tiempo no blanquea,

Como retoños lacios y marchitos

Que aun de sus troncos vacilantes cuelgan.

No se adornan los cuerpos angulosos;

Sus mandíbulas secas

Mastican algo que al brebaje arrojan

Que en las silvestres cáscaras fermenta;

Gritan de vez en cuando, y se levantan,

Y de nuevo se sientan.

Hay en sus voces algo de chirrido

Que acaso al grito del chajá se acerca.

IX

¿Y esos indios de bruces en la sombra?

¿Por qué dan esas quejas?

No es sangre lo que brota de sus manos

Que destrozadas muestran?

Se han cortado los dedos. Son parientes

Del cacique que velan:

Se han cortado los dedos con el filo

De sus hachas de piedra.

Así de que lloraron al anciano

Dan elocuente prueba.

¿Quién pondrá en duda su dolor que a voces

n coro manifiestan?

X

Nadie que a medianoche aquellos gritos

Y clamores oyera,

Evitaría que el terror helase

Con un frío de muerte hasta sus venas.

Los llantos de los niños y mujeres

En el aire se mezclan

Con los gritos, palabras y alaridos

De los indios que airados vociferan,

Y con el choque de armas, y el silbido

De las bolas de piedra,

Y los golpes de cuerpos desplomados

Que heridos en el suelo se revuelcan.

XI

¿Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren?

¿Qué ven en las tinieblas?

¿A quiénes amenazan en el aire

Y dirigen sus bárbaras arengas?

¡Quién no lo sabe! Espantan a las sombras

Que, en bandadas, se acercan

Al indio muerto, por cerrar sus ojos

Y apagarle los fuegos. Ved: son ésas,

Esas que, con sus alas de carancho,

Entre las ramas vuelan;

Curupirá las sopla y las revuelve,

El negro Añanguazú viene con ellas.

Son los hijos del aire y da la noche

Que andan en las tormentas

Encendiendo sus fuegos en las nubes,

Los grandes ruidos derramando en éstas;

Son los perros que roen a las lunas

Y apagan las estrellas.

Y lanzan los ladridos prolongados

Que suelen escucharse en las cavernas;

Los que afílan los dientes de las víboras

Dormidas en sus cuevas,

Y en la hierba que pisan los charrúas

Las arañitas de la muerte siembran.

Son las sombras malditas que al cadáver

Del cacique se acercan,

Para cerrar sus párpados, quedando

Bajo de ellas ocultas; allí esperan

Que se apague del indio la mirada

Y hacia adentro se vuelva.

Entonces lo persiguen y lo acosan

En la noche sin lunas que comienza.

Y allí, escondidos en sus toldos negros,

Le disparan sus flechas,

Fingen rostros horribles en lo oscuro

Y soplan como el viento en sus orejas.

XII

El viento se ha calmado; algunas voces,

En medio de la incoherencia

De la grita salvaje, con esfuerzo

Acaso se comprendan.

Oíd a esos que cruzan: sus palabras

Claras allí resuenan;

También a aquellos que, con duros gestos

Amenazando el aire vociferan:

-¡Ahú! ¡Dejad al muerto¡

¡Dejad al tubichá!

¿Por qué sopláis la lumbre de sus fuegos?

¡Dejad al muerto, Añang!

-¡No le cerréis los ojos!

-¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú!

-¿Sentís ladrar las sombras? Han salido

Del tronco del ombú.

-¡Corred, seguid aquella Que se revuelve allá!

Sacude la maleza con las alas, Y agita el ñapintá.

¿A quién lleva el fantasma

De rápido correr?

Ya fugitivo, en sus hombros lleva

Al cacique que fue.

-¡Cómo gritan los árboles¡

-Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú!

-El aire zumba; son los moscardones

Que corre, Añanguazú.

-¡Persiguiendo la luna

Los perros negros van!

-Los perros negros que a beber comienzan

Su tibia claridad!

¡Cómo mira esa sombra Con sus ojos de luz!

-¡Y cómo se retuercen y se alargan

Sus alas de ñandú!

-¡El viento! ¡El viento negro!

¡Allá va¡ ¡Allá val

¿Quién zumba en él? ¡Las moscas que conduce

Gruñendo el mamangá!

XIII

Las sombras de la noche

Vienen volando en caravana aérea,

Y luchan con las llamas, las sacuden,

Y en torno del hogar revolotean.

Las llamas las rechazan,

Y las detienen en aureola negra,

En cuyo seno los añosos árboles

Cobran formas variables y quiméricas.

Los ojos del cadáver

Horriblemente abiertos, parpadean,

Parece que sus miembros se estremecen

Al avivarse el fuego que lo cerca,

O que el rígido cuerpo

Nada en el aire, flota en las tinieblas,

Y se hunde, y reaparece, y se transforma

Cuando la inquieta llamarada amengua,

Formando un fondo negro

Lleno de líneas vagas y revueltas;

Un medio en que se esfuman y se mueven

Formas abigarradas e incompletas.

XIV

El viento se ha callado entre los aires;

Los salvajes jadean;

Se apoyan en sus lanzas o en los troncos,

O se dejan caer sobré la hierba.

La grita se enrarece: por el aire

Las Voces se dispersan.

Suenan acá los llantos de mujeres;

Allá los magullados aun es quejan.

Los fuegos no avivados languidecen;

Sus oscilantes lenguas

Se mueven como el indio que borracho

Lleva de un hombro al otro la cabeza.

Corre entre aquellas voces un silencio

Semejante al que reina

Sobre la onda del río cuando acaba

De pasar por el aire la tormenta.

XV

Lo rompe un joven indio que saltando

Desaforado llega;

Da un grito clamoroso, y con su lanza

Pasa de un viejo tronco la corteza.

Habla a voces, furioso, sacudiendo

Su cabellera negra;

Sus palabras parecen alaridos

De una ruda y fantástica elocuencia;

Y salta como el tigre, y con la maza

El cuerpo se ensangrienta,

Y sobre el negro matorral de plumas

La bola agita atada a su muñeca.

Son de hierro sus miembros; nadie excede

Su talla gigantesca;

Ramas de sauce negro, sus cabellos

Sobre el rostro y los hombros, se despeñan,

Y en sus ojos pequeños y escondidos

Las miradas chispean

Como las aguas negras y profundas,

Tocadas por el rayo de una estrella.

XVI

Es el cacique Yamandú. Los indios

Se alzan y lo rodean.

¿Qué quiere Yamandú? Reclama el mando

Mostrando sus heridas y su fuerza.

Nadie como él se descompone el rostro

Con espantosa mueca,

Ni lanza el alarido que, en la lucha,

Brota del hueco de su boca abierta;

Nadie como él en el hinchado labio

La señal atraviesa

Que distingue a los indios de las tribus,

Que más espanto infunden en la guerra.

¿Quién sino él, entonces a la gente

Llevará a la pelea?

¿Quién sino él, que de enemigos muertos

Cien cabelleras en su toldo ostenta,

Y adorna su garganta con collares

De los dientes y muelas

De arachanes vencidos, cuyas pieles

Forman de su arco la flexible cuerda?

Jamás el gamo huyendo en la llanura,

Pudo esquivar su flecha,

Ni el avestruz el golpe de su bola

Que silba como víbora sedienta.

Ahú! clama con grito prolongado,

Aquí en el urunday

El indio Yamandú clavó su lanza...

¡Nadie la arrancará!

Yo he peleado con ella entre las tribus

Que ven salir el sol;

Ni la he roto Jamas en la rodilla,

Ni en mi brazo tembló.

La he clavado en el bosque donde encienden,

Los caciques chanás,

Y los manuanos, tapes y bohanes Los fuegos de su hogar.

Yo arranqué la sangrienta cabellera

Del fiero Tubichá,

Cuya piragua atravesó las ondas

Del río como mar.

¡Ved mi pellejo! ¡Tiene más heridas

Que plumas el ñandú.,

Y que lunas han visto los ancianos

Salir del guaycurú.

Yo derramo la sangre de mi cuerpo

De la que, en el chircal,

Brotan los yacarés que entre los juncos

Duermen del Uruguay.

Los rayos de los blancos no penetran

En mi curtida piel

Más dura que la piel de la tortuga

Y del Jaguareté.

Mirad mis ojos: brillan en la sombra;

Son los ñacurutú...

¿Cuál de los indios tiene la mirada

De mis ojos de luz?

XVII

Un murmullo de asombro se difunde

Entre la turba aquella;

La tribu, fascinada y aturdida,

Nuevo cacique en el salvaje encuentra

Ya en algunas gargantas comprimido

Está el grito de guerra;

La aclamación al indio cuyos ojos

Al moverse en la sombra centellean.

Entreabiertos e inmóviles los labios

Los otros lo contemplan;

Sobre aquel grupo de desnudos cuerpos

Las rojas llamaradas se reflejan.

Ellas solas se mueven y el cacique

Cuya ruda elocuencia

Es algo como un vértigo que estalla;

Una danza fantástica y siniestra.

Sólo él se agita, salta, se retuerce

Con espantosa fuerza.

Inmóvil lo demás; todas las almas

En los ojos absortos se condensan.

¡Nadie, prosigue el indio, estremeciendo

la turba con su voz,

Nadie la lanza que clavó mi brazo

De su tronco arrancó!

Llega a mi toldo, sin morder mis piernas,

El malo añanguazú;

Yo penetro de noche al más obscuro

Bosquecillo del Hum;

Las sombras de los viejos de mi tribu,

Y que viven en Tupá,

Ven en sus nubes a enseriarme el grito

Que lanzan los chajás;

Los perros que devoran a las lunas

No ladran como yo;

El viento negro de la noche calla

Cuando escucha mi voz.

¿Quién arranca mi lanza? ¿Quién su fuerza

Mide con Yamandú,

El indio de los brazos como el tronco

Del viejo guabiyú?

¿No oís el río? Suena en sus barrancas.

¡Oíd al Uruguay!

Es río de los indios. i Y los blancos

En su ribera están!

Los blancos que vinieron de allá lejos,

De donde sale el sol;

Los que matan los indios con los rayos

Que el astro les prestó,

Y les cortan las negras cabelleras,

Y les quitan la piel;

Y les roban la tierra en que nacieron

Y en que posan los pies.

Dando un quejido morirá el charrúa

Que nunca se quejó,

Y sus mujeres correrán lanzando

Sus gritos de dolor.

¿Queréis matar al extranjero? Entonces

Seguid al Yamandú.

Yo sé matarlo como al gato bravo

De los bosques del Hum.

Los cráneos de los pálidos guerreros

Al indio servirán

Para beber la chicha de algarrobas

Y el jugo del palmar.

Sus rayos no me ofenden; en su sangre

Se hundirán nuestros pies;

Sus cabelleras en las lanzas nuestras

El viento ha de mover;

Vírgenes blancas, que en los ojos tienen

Hermosa claridad;

Encenderán en nuestros libres valles

Nuestro salvaje hogar.

En esos días de las horas largas

En que canta el sabía,

y al pie de la barranca está el bañado

Dormido en el juncal;

En esas noches en que a ratos se oye

El canto del urú,

los vírgenes esclavas del charrúa

Brillarán con su luz.

Sus cuerpos son más blandos que el venado

Que acaba de nacer,

Y tiemblan como tiembla entre la hierba

La verde caicobé.

Sus cabellos parecen los renuevos

Más tiernos del sauzal;

Sus bocas se abren como el, dulce fruto

Que da el mburucuyá . . .

¡Vamos! ¡Seguidme! ¡El extranjero duerme,

Duerme en el Uruguay!

¡El sueño que en sus ojos se ha sentado,

No se levantará!

¿Veis? La luna de fuego de las lomas

No se distingue aún;

Aun se siente a lo lejos en las ramas

El canto del urú!

Sólo esclavos del blanco allá en su toldo

El indio engendrará,

Y en sus bosques el fuego de la guerra

No encenderá jamás;

XVIII

Un alarido inmenso, pavoroso

En los aires revienta;

Nadie a fauces humanas esos gritos,

A escucharlos de noche, atribuyera.

Un águila tranquila, que pasaba

Sobre la selva aquella

El vuelo aceleró, cambié de rurribo,

Y se perdió en la soledad inmensa;

Y el tigre, bajo el párpado apagando

De su enorme pupila la lumbrera,

Y barriendo la tierra con la cola

Y tendiendo hacia atrás la aguda oreja,

A largo paso y con temor cambiando

De sitio en la maleza,

Se revolvió tres veces para hundirse

Y quedar más oculto entre las breñas.

XIX

¡Yamandú tubichá! ¡Yamandú enciende

Los fuegos de la guerra!

Al río! ¡Al río! ¡El extranjero blanco

Tendido duerme en su cerrada tienda!

¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! ¡Vamos, cacique,

Lanza al aire tu flecha,

Para que el astro de los indios llegue,

Y con presagios de victoria vuelva!

Y la flecha del indio por el aire

Tiende las alas muertas...

¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! Volvió del astro,

Volvió del astro y se clavó en la tierra.

¡Recta como las Palmas de las islas!

¡El astro habló con ella!

Al río Al río! Al Uruguay! Al río!

¡Cacique Yamandú! ¡Fuegos de guerra!

XX

En pos de Yamandú corre la tribu.

Su negra silueta

Se ve a lo lejos tramontar las lomas

Como obscuro rebaño de culebras.

Sus gritos y los choques de sus armas

Se perciben apenas;

Las mujeres, los niños, los heridos

En todas direcciones se dispersan.

Se escuchan sus quejidos algún tiempo,

Que en el bosque se internan;

El silencio que huyó, de nuevo vuelve

A echarse fatigado entre la hierba.

XXI

Todo está en calma; el viento está callado,

Han vuelto las estrellas

A brillar al través de sus vapores,

Y siguen en silencio su carrera.

El cadáver del indio, abandonado

Flota entre las tinieblas

Las hogueras a punto de extinguirse,

Lo alumbran con Penosa intermitencia,

Bañándolo en las tenues llamaradas

Que oscilantes Y trémulas,

Sacan de entre las cálidas cenizas

Las Puntiagudas Y azuladas lenguas.

Las sombras que aletean, poco a poco

Han bajado a la tierra,

Y en torno de los fuegos espirantes,

Se arrastran, agarrándose a las breñas.

CANTO TERCERO

I

Duerme San Salvador entre rumores.

Corre a sus pies el río

Remedando el arrullo de una tórtola

Con su blando y monótono ruido,

El centinela en el bastión se duerme

Y, al verlo allí tranquilo,

Juegan con su arcabuz y con su adarga

Los invisibles genios de los indios.

Con, sus ojos pequeños, y sus cuerpos

Desnudos y cobrizos,

Con sus pechos y pómulos salientes,

Sus labios gruesos y cabellos rígidos:

Engendros microscópicos que miran

Al soldado dormido.

Trepan por él, lo palpan, cuchichean,

Y en grupos los recorren con sigilo,

Y danzan en su torno de las manos,

Golpeando el suelo con alegre ritmo,

O, al compás de los ruedos de la noche,

Se mecen, en los aires suspendidos,

Lanzando esas fugaces carcajadas

Y esos pequeños gritos

Que se oyen en las noches silenciosas

Sin verse quien respira en el vacío

¿Cómo puede dormir, soñar acaso

Ese hombre? ¿No habrá visto

Esas manchas de sangre que aparecen

Del astro solitario sobre el disco?

Las horas impregnadas de indolencia,

Al soldado han vencido;

Juegan con su arcabuz y con su yelmo

Los invisibles genios de los indios.

II

¿Sentís moverse ese cardal cercano,

Y ese roce de cuerpos escondidos

Que se arrastran, cual suele entre los juncos

Arrastrarse callado el cocodrilo?

¿No veis entre las ramas asomarse

Las temerosas caras de los indios

Embijadas de rojo, y dibujadas

Con trazos verdes, negros y amarillos?

Las plumas de sus frentes se confunden

Con las hojas del cardo; el remolino

Del viento suave, al girar las ramas,

Descubre acá y allá rostros cobrizos,

Brazos que se abren paso cautelosos;

Entre el tupido bosque de espinillos,

Cuerpos a medio incorporarse. VedIos.

Salen al llano en dirección al río

Aquél es Ibiqué. ¿Quién no conoce

Al tubicha, tan fiero como listo,

Que al avestruz alcanza y al venado,

Y apresa entre las aguas al carpincho?

Cayú es aquel que corre entre las chircas.

Se le conoce en el profundo signo

Que le grabó con su hacha en la cabeza

Hace algún tiempo el arachán Siripo.

¿También tú, Guaycurú? De los cristianos

Tú te dijiste servidor sumiso,

Y ese casco que llevas y esa daga

De Garay los ganaste en el servicio.

Tú fuiste el mensajero de tu tribu;

Rompiste en la rodilla tu macizo

Arco de ñandubay y, en tu piragua,

O a nado, en son de paz, cruzaste el río,

¿No es ésa una mujer? Es Tabolía.

Sabe arrancar la piel al enemigo

Y ya más de una de ellas ha colgado

En el movible toldo de sus hijos.

Ella no exprime el fruto del quebracho,

Ni recoge en la selva para su indio

La miel de guabiyú, ni lleva el toldo,

Ni entona el yaraví de triste ritmo.

Tiene en su labio el signo del guerrero;

Suena en la lucha su salvaje grito,

Y en el desnudo seno apoya el arco

En que viene la muerte a hacer su nido.

Yamandú va adelante. El negro brazo

Hacia atrás extendido,

Silencio impone a la jadeante turba

Con ademán nervioso y expresivo,

Mientras él se incorpora; la cabeza

Saca de entre las matas y, al tranquilo

Resplandor de la luna, ya cercano

Observa el silencioso caserío.

III

Blanca duerme. La lámpara en la alcoba

De la inocente niña

Su dormida cabeza en la almohada

Con trémulas aureolas ilumina.

Entreabiertos sus párpados,

Dejan adivinar en sus pupilas,

Como en el lago el brillo de una estrella

La lumbre palpitante de la vida.

Los invisibles labios de un ensueño

Parecen apoyarse en su mejilla,

Y comprimir su boca

Con los pliegues del llanto o la sonrisa.

Una oración acaso,

A medio terminar, interrumpida

Por el sueño ha quedado abandonada

Entre los labios de la hermosa niña.

Que unos ratos parece recogerla,

Moverla entre ellos pura e instintiva,

Y ofrecerla a los ángeles que nadan

En el callado ambiente que respira.

¿Duerme? ¿O en el vahído indescriptible

Intermedio entre el sueño y la vigilia

La realidad y la ilusión se estrechan

Y en su espíritu flotan confundidas?

¿Conserva esa conciencia vacilante,

Esa confusa actividad que infiltra

La voluntad del hombre en los ensueños

Que en lo obscuro procuran sumergirla?

IV

Acaso no dormía. Se incorpora;

En el espacio la mirada fija;

Separa los cabellos de su frente,

Y escucha inmóvil, temblorosa, lívida.

Vedla en el borde del revuelto lecho,

¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira?

¿Quién derrama en el alma de la virgen

Ese terror que asoma a sus pupilas?

¡Ah! Blanca no ha soñado.

La ronca gritería

Que llegó hasta su oído se repite,

Crece, arrecia, se acerca no es mentira.

El malón salvaje

Derramado en la villa;

El bramido terrible de la fiera

Que ataca y se revuelve en su agonía.

¡Indios! ¡Los indios vienen!

En medio de la grita

Se oye el clamar: ¡Los indios! ¡El charrúa!

¡Abál ¡Ahú! ¡Ahú! ... Suena la esquila,

Sobre el pajizo techo

De la humilde capilla,

Con ayes repetidos de rebato;

Estalla un arcabuz, el plomo silba.

¡Ah del valiente hidalgo!

¡Los indios en la villa!

¿Do está la espada, brazo de la muerte,

Que en las batallas Don Gonzalo vibra?

El salvaje alarido

Con que las tribus su valor excitan,

Suena, cual sí los átomos del aire

Para aullar y gemir cobraran vida.

Y vuelan las saetas

Que sus colmillos en el aire afilan

Y en ellas, discurriendo por la sombra,

Silba la muerte como errante víbora.

Como el penacho ardiente

Del yelmo de un demonio, va encendida

Su roja cabellera desgarrando

En los aires la bola arrojadiza;

Y se quiebran las ramas,

Los árboles oscilan,

Despierta el arcabuz, pero sin rumbo

El plomo vuela, el fogonazo brilla.

Y el salvaje alarido

Levanta a los jaguares que dormían

Y se alejan corriendo, y a los pájaros

Que huyen despavoridos a las islas.

Y el malón se dilata

Como reptil inmenso, que se agita

En mortal convulsión, y envuelve al pueblo,

Y lo estruja y lo ahoga en sus anillas,

¡Ay del pueblo dormido!

¡Ay de la hermosa niña!

¿Quién duerme dulce sueño, quién descansa

Al lado de la fiera que agoniza?

V

Mal ajustado el yelmo,

La cota mal ceñida,

Con la espada desnuda, Don Gonzalo,

Ha estrechado a su esposa; a sus rodillas.

Se ha abrazado gimiendo

Su hermana Blanca. El capitán vacila.

Ruge el malón afuera... Cierra España!

Se oye clamar en medio de la grita.

¡Gonzalo, no nos dejes!

¡Gonzalo, si te vas, ¿quién nos auxilia?

¡Santiago! ¡Cierra España!. . Ruge el indio:

¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla!

De los queridos brazos

Se arranca el capitán, corre a la lidia;

Ha huido. Doña Luz, y junto al lecho,

Blanca ha caído como flor marchita.

VI

Las macanas que agitan los charrúas

Ya están en sangre tintas,

Y los desnudos cuerpos brotan sangre

Y fuego las pupilas.

Rueda el incendio en los pajizos techos,

Como de aladas víboras

Una bandada extensa que, entre el humo

Y el rojizo fulgor, se arremolina.

Con retumbante son, en las rodelas

Chocan las mazas indias.

Mudo está el arcabuz, porque el charrúa

El cuerpo ciñe a la armadura misma.

Del español, y clava

En él sus dientes que la rabia irrita;

Y ruedan ambos en estrecho nudo

Estremeciendo el suelo en su caída.

Crecen los alaridos;

La brega recrudece, y la rojiza

Claridad del incendio, los pintados

Rostros de los salvajes ilumina;

Se refleja en las aguas

En fantástica danza, y en la villa

Las desnudas siluetas de los indios

Por todas partes cruzan fugitivas.

Como sombras extrañas e impalpables

Que los aires vomitan,

Y, a la voz de un conjuro,

Cuajan en las tinieblas sacudidas.

¡Ay de la dulce hermana

De la estrella que alumbra las colinas

Cuando la tarde entona sus rumores

Al quedarse dormida entre las islas!

VII

¿No es Yamandú el cacique

El que huye allá en la sombra?

Corre volviendo el rostro abigarrado,

Huye trepando las cercanas lomas.

Es él; bien se distinguen

Sus gigantescas formas;

Bien se conoce el matorral de plumas

Que su cabeza en el combate adorna.

Es él. ¿Por qué va huyendo?

¿Por qué a sus compañeros abandona?

¿Teme la muerte el guaraní cobarde

Después que él mismo concitó las hordas?

No: el indio ha conquistado

Lo que su ardor provoca

El fue una vez a la española villa,

Y vio una virgen. Lo siguió su sombra

Al bosque de los talas,

A su movible choza;

Hirvió su sangre; la pasión salvaje

Brutal y ciega devoró sus horas.

Miradlo: entre sus brazos

Conduce a la española:

¡Es Blanca! ¡Blanca, la inocente hermana

De la tranquila estrella de las lomas!

Blanca, cuyos lamentos

En el aire sofoca

El último clamor de la batalla

Que desgarrando los espacios

Blanca que se retuerce,

Y forceja y se ahoga

En ese nudo de viviente hierro

Que hace crujir sus delicadas formas.

Lleva tan sólo de su lecho aun tibio

Las desceñidas ropas;

Entre los brazos del charrúa

Se ven alas de un nido de palomas;

Y entre el pecho nervudo

Y la mano callosa,

La cabeza de Blanca va oprimida

Inmóvil y encajada entre dos rocas.

VIII

Allá en el horizonte

Una raya de luz traza la aurora;

Luz vaga y cenicienta que franjea

Los ropajes talares de las sombras.

Los últimos charrúas

El incendiado pueblo ya abandonan,

Y en grupos se dirigen a la selva

Dando alaridos que el espacio asordan.

Y, sobre el nimbo tenue

Que circunda la frente de las lomas,

A ratos se proyecta, siempre. huyendo,

La silueta del indio y la española.

IX

Cuando se lo dijeron,

La planta vaciló de Don Gonzalo;

Perdió el mundo las formas a sus ojos

Y, para no caer, se asió de un árbol.

Zumbaron sus oídos

Con gritos y lamentos prolongados,

Y ese llanto sin lágrimas, que riega

La raíz del dolor, secó sus párpados,

El nombre de su hermana,

Como un ruego, brotó de entre sus labios;

Sintió la sombra de su madre extinta

Alzarse suplicante allí a su lado.

Y tal cual aparecen

Las nubes sobre el fondo de un relámpago,

De Tabaré el recuerdo presentóse

En el fondo del alma de Gonzalo.

Tabaré a quien el jefe

Buscó siempre en la lucha sin hallarlo;

¿Quién sino él, pensaba, de los indios

La turba vil como caudillo trajo?

¿Qué otra cosa en su mente

Acariciaba aquel salvaje huraño,

Cuando en las altas horas por el pueblo

Solía discurrir con sobresalto?

X

Duró sólo un instante

Del abatido joven el letargo;

Un instante mortal en que perdiera

La conciencia del tiempo y del espacio.

Cuando alzó la mirada,

Vió que sus hombres de armas, a su lado,

Por su intenso dolor sobrecogidos

En silencio lo estaban contemplando.

Los vio como quien vuelve

De larga ausencia, y los hallaba extraños;

Meditó, recordó... y un grito sordo

Lanzó al hallar de su dolor el rastro.

¡Ah, ya os entiendo amigos!

El bosque entero arrancaréis de cuajo.

Lo arrancaréis, ¿verdad? i Oh, en vuestras venas

Sangre española no discurre en vano

Mis valientes, mis fieles!

¿La oís? Os llama sollozando... i Vamos!

¿Cuándo una dama ha recurrido en balde

Al hidalgo valor de un castellano?

¡Es mi Blanca! ¡Mi hermana!

La recordáis? ¿Lo veis? No está a mi lado

Y no está muerta... ¡Ni siquiera muerta!

¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos?

Yo a mi maldita suerte

Su inocencia y su vida he vinculado;

Yo la arrojé a las fauces de las fieras

Del salvaje desierto americano.

¡Y era el último ruego

De mi madre espirante su cuidado!

Para ella fue, para mi tierna hermana

La última gota del sagrado llanto.

Yo juro al que la salve

Ceder mi vida, mi blasón hidalgo.

¡Damián! ¡Ramiro! ¡Vamos, Padre Esteban!

Es tiempo aún, y nos está esperando.

Corramos a salvarla...

¿Españoles no sois? ¿No sois soldados?

¡Yo juro a Dios que vadearé el infierno,

Si el infierno se pone ante mi paso!

CANTO CUARTO

I

Saltando breñas y horadando muros

De impenetrables ramas,

De enredaderas que de tronco a tronco,

Corren y se retuercen y entrelazan;

Mburucuyás que, entre follaje ajeno,

Abren sus pasionarias,

Y columpian sus frutos numerosos

De piel dorada y corazón de grana;

Rompiendo del cipó las duras hebras

Y esquivando las blancas

Ramas el ñapindá que con sus dientes

Muerde los troncos y los pies desgarra;

Cruzando entre laureles y quebrachos,

Nangapirés y talas

Cuyo follaje espeso y verdinegro

Con el del sauce pálido contrasta;

Sumergido entre chircas y juncales,

Matorrales y zarzas,

Se pierde a veces, y se ve de nuevo

Reaparecer, huyendo a la distancia,

Al indio Yamandú. Lleva en los hombros

A la exánime Blanca,

Cuyos brazos y negra cabellera

Cuelgan lacios del indio por la espalda.

Ya rompiendo los muros de verdura

El salvaje se agacha,

Ya se abre senda con el duro brazo,

O entre los troncos derribados salta.

Tal el tigre que va a su madriguera,

En la maleza arrastra,

Llevada entre sus fauces sanguinosas

La res herida que cayó en sus garras.

II

Silencioso está el bosque, el bosque obscuro

De ceibos y de talas,

El bosque de las sombras, en que anidan

Las noches más obscuras y -más largas,

Que convierten en moscas o en reptiles

A los indios que pasan,

Y las alas de piel de los murciélagos

Empapan en la sangre de la iguana.

Es el bosque de Añag; las tribus huyen

De sus siniestras ramas:

Tan sólo los payés en él aprenden

De Añán-guazú los cantos y palabras.

Nacen en el los seres invisibles

Que a los indios disparan

Las flechitas de piedra que penetran

Y enfrían para siempre las entrañas;

Los indios que en la tierra no se mueven

Entre las sombras andan

Dando alaridos y encendiendo fuegos,

Y golpeando los troncos con sus hachas;

Y se les ve subirse a las tormentas

Que Por el aire arrastran,

Y, entre una y otra ráfaga de viento,

Se oyen sus voces tristes y apagadas.

Por eso nunca se llegó la tribu

Al bosque de los talas;

Sobre él no tiene luz el astro grande,

Las lunas, al tocarlo, se desmayan.

Es un bosque sin cantos y sin nidos;

Sus ceibos y sus talas

Ostentan la vejez, que es en el árbol

La plena juventud, la más lozana.

En torno de los troncos, la maleza

Crece tupida y alta,

Y enredaderas duras y sin nombre

En todas direcciones se enmarañan,

Y cuelgan de la bóveda hasta el suelo,

Y entre el musgo se arrastran

Y envuelven en sus hojas verdinegras

Los troncos secos que en el suelo abrazan;

Los troncos derrumbados por el rayo

Que no mató las plantas

Que al árbol vivo estaban adheridas

Y su negro cadáver acompañan.

III

Caídos los cabellos

Como el ala del ave fatigada;

Insensible, sin fuerzas ni conciencia,

Sin miradas los ojos y sin lágrimas;

Mal cubiertas las formas,

Formas de líneas tímidas y vagas,

Pues los años, artistas de la vida,

Su obra tienen apenas modelada,

Hundida entre la yerba,

Como una garza herida, yace Blanca.

Su cabeza se mueve sobre el pecho

Cual colgada del cuello; frías, lacias,

Sus manos han caído

Sobre el blanco regazo en que desmayan.

Casi ríe su labio; es esa tregua

Que el colmo del dolor presta a las almas.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

Los ceibos se han echado

Sobre la espalda el manto de escarlata;

En idioma extranjero están las hojas

Conversando entre sí y en voz muy baja.

IV

Un hondo grito de terror y angustia

Blanca por fin exhala,

Un grito que la selva ha estremecido

Y penetró temblando en sus entrañas.

Al tornar a la vida recobrando

Una conciencia vaga;

Al volver a sentir que en sus pupilas

Las confusas miradas despertaban,

Las derramó en su torno; vió a su lado,

Entre la luz escasa,

Los viejos troncos, la maleza, el bosque,

Y por fin, en la sombra, a sus espaldas,

Con las negras pupilas luminosas

En lascivia empapadas,

Vió el rostro abigarrado del salvaje

Que de su presa el despertar aguarda.

Una estúpida risa lo contrae

Con una mueca bárbara;

La cabellera rígida y obscura

Sobre el pintado rostro se derrama;

El cuerpo tiembla, y el jadeante aliento,

Al rozar la garganta,

Forma un sonido intermitente y áspero

Que se acelera y al rugido alcanza.

El salvaje se ríe; de aquel bosque

Sólo él sabe la entrada;

Él es pay; de Añan-guazú no teme

Los fuegos ni los pálidos fantasmas.

V

El grito de la virgen se ha extinguido,

Su cabeza, ocultada

En los brazos que oprimen las rodillas,

Todas las líneas de su cuerpo, pálidas,

Forman un nudo estrecho y tembloroso

Que se ve entre la grama

Al través del cabello que lo envuelve

Como el ramaje al ave amedrentada;

Nudo ajustado apenas, que la mano

De un niño desatara;

Que defender no puede en aquel bosque

El tesoro que guarda.

Siente la virgen tras de sí el romperse

De sacudidas ramas,

Y oprime más sus trémulas rodillas,

Y así un gemido imperceptible lanza.

¿Qué pasa allí? La niña sólo siente

Dos rugidos que estallan,

Dos cuerpos que a su lado se desploman,

Y un grito sofocado a sus espaldas.

Después por un instante, sólo escucha

Las hojas que se hablan en voz baja...

Alguien también respira justo a ella.

¿Quién es? Nadie la ofende, todo calla.

No se atreve a mirar eso ignorado

Que siente allí, muy cerca, como zarpa

Ya dispuesta a caer, sus pensamientos

Comienzan a voltear en ronda vaga;

Sin rumbo se atropellan sus ideas,

En silencio la atruena; en su mirada

Las sombras se condensan; los rumores

Se alejan en tropel, y, a la distancia.

Parecen remedar voces confusas,

Indefinibles gritos o palabras

Le falta tierra, y aire, y se desploma,

Y el nudo de sus brazos se desata.

Ha creído escuchar al desplomarse,

Algo como un lamento a sus espaldas,

Y haber visto tina sombra conocida

Llegarse hasta su lado sin tocarla.

VI

El indio Yamandú yace en el suelo.

En los ojos y el alma

Tiene la noche; su salvaje risa

Está en sus labios para siempre helada.

¿Quién es ese indio pálido y convulso

Que entre la yerba se alza

Después que entre sus dedos ha estrujado

De Yamandú el cacique la garganta?

¿Quién escuchó en el fondo de la selva

Temida de los talas

El grito de la virgen española

Indefensa y esclava?

¿Quién sino él? De pie junto a la niña.

Que inmóvil a sus plantas,

Como si el soplo de un ensueño frío

Por sus hinchadas venas circulara,

El indio Tabaré mira el cadáver

De Yamandú, y a Blanca

Que, cual visión dormida en la maleza,

Se presenta a sus ojos yerta y pálida.

Es él, es Tabaré, que hasta aquel bosque

llevado fue por una fuerza extraña,

Y al despertar de su sopor, en brazos

De la cruz de la selva solitaria,

Sintió muy cerca entre el rumor confuso

De ramas agitadas,

El grito que la virgen española

Al distinguir a Yamandú lanzaba.

Saltó como mordido por el aire;

Saltó, y en la garganta

Del indio Yamandú clavó sus manos

Que sacudió con fuerza extraordinaria,

Hasta sentir la muerte entre sus dedos

Crispados por la rabia.

Dejó el cuerpo del indio estrangulado,

Se alzó y miró... la virgen allí estaba.

VII

E inmóvil, tembloroso.

El indio miró a Blanca,

Cual si la muerte, asida a sus cabellos,

Su oído con sus gritos desgarrara;

Y sigue el ruido sordo de las hojas

Que en voz baja se hablan

En ese idioma dulce y extranjero

En que hablan los crepúsculos al alma;

Y sobre el lecho de hojas y de espinas,

La niña desmayada se destaca,

Iluminada por el rayo triste

De la primera luz de la mañana.

VIII

Tabaré cargó en hombros el cadáver,

Miró de nuevo a Blanca,

Y alejóse en silencio

Cual si temiera acaso despertarla.

Y seguía, seguía presuroso,

Con el muerto a la espalda,

Volviendo la cabeza

Entre mortales pavorosas ansias.

Se detiene por fin; tira el cadáver,

Lo esconde entre las zarzas.

Y sigue huyendo, huyendo

Del sitio en que la niña se encontraba.

IX

Como lebrel tras el perdido rastro

Ciego y sin rumbo vaga,

Y de pronto lo encuentra por el aire,

Y vuelve atrás jadeando entre las matas.

El indio Tabaré cambia de rumbo;

Su camino desanda,

Y corre, corre ansioso y convulsivo

Entre las breñas que sus pies desgarran.

Tal cruza el matorral la hembra del tigre,

Y entre las ramas salta

Dando cortos bramidos, cuando escucha

A su cachorro herido a la distancia.

X

Sólo el indio lo hubiera percibido.

Ha sonado a su espalda

Un vagido a lo lejos, a lo lejos,

En el bosque de ceibos y de talas.

Se parece al quejido del venado

Cuando a su madre llama

Escondido en los verdes matorrales

Al percibir el vuelo de las águilas.

Es el débil gemido que la niña

Al verse sola lanza.

Tabaré llega, y jadeante y mudo

Se detiene a su lado sin mirarla.

Un pánico de muerte, se apodera

De su ser; sienta a Blanca

Moverse entre las breñas, como el cisne

Que, se revuelve herido en la hojarasca,

Y alguien diría que algo pavoroso

Al salvaje anonada.

Un soplo helado por sus venas corre

Y en sus pupilas la visión apaga.

Parece que la mano de la muerte

A su rostro se agarra,

Y la ardorosa piel de su cabeza

Con lento esfuerzo de su cráneo arranca.

Tabaré tiembla: siente que a su lado

La española se arrastra;

Percibe en las rodillas el contacto

De sus manos heladas,

El roce de su aliento,

La humedad de sus lágrimas,

Y oye, por fin, su voz, su voz no hay duda.

Que allí como un ensueño se levanta.

Parece que al acento de la niña,

Todo ruido se apaga,

En el alma del indio; el mundo todo

Sólo una voz para el salvaje exhala.

Jamás la fiera dominó a su presa,

Como la virgen pálida

Al hijo del desierto que, temblando,

Sobrecogido escucha sus palabras.

XI

¡Eres tú, Tabaré! ¿Por qué me hieres?

¿Por qué así me maltratas?

Yo nunca te hice mal; yo no quería

Que tú de nuestro hogar te separaras.

¿Qué me quieres, charrúa? ¿En mí vengarte

Querrás de las ofensas de mi raza?

No me hagas mal perdóname;

Yo no te odié jamás... ¿Por qué me odiabas?

Perdóname, por Dios; por la memoria

De aquella madre blanca

Que está en el cielo, y desde allí te mira,

Y en el mundo tus pasos acompaña.

Si no han muerto, me lloran mis hermanos;

¡Oh! Llévame a su lado, que me llaman.

Enséñame el camino:

Yo sola iré; las fuerzas no me faltan.

Aunque ves que desnudas y con sangre

Se resisten mis plantas

A sostener mi cuerpo, no lo creas,

Aun puedo caminar una jornada.

Dime sólo, por Dios, cuál es la senda

Que conduce a la playa...

¿No me contestas? Tabaré, ¿qué tienes?

¿Qué haces ahí? ¿No me oyes? ¿Me amenazas?

¡Ah! Me infundes terror. ¿Por qué así tiemblas?

¿Te ofenden mis palabras?

Yo me iré sola sí piadoso y bueno

La senda de mi hogar tú me señalas.

¿O han muerto todos? Dímelo, ¿qué hiciste?

Mataste a mi Gonzalo en la batalla?

Sola, sola en el mundo

Yo tengo que morir abandonada!

Déjame entonces, Tabaré, que rece

La oración de IL noche, pronto acaba;

Y moriré en silencio,

Si tengo que morir, si no te apiadas.

XII

El indio que, abrazado a un viejo tronco,

A la niña escuchaba,

Lanza un gemido prolongado, amargo

Como un llanto sin lágrimas.

Todas a una al reventar, sollozan

Las fibras de su alma;

Blanca atribuye a rabia aquel sollozo

Y un nuevo grito de terror exhala.

Al cielo la oración de la inocencia

Temblorosa levanta

Con las manos unidas, y los ojos

Llenos de luz, de sombras y de lágrimas,

Cual si quisiera aprovechar los breves

Instantes que le faltan,

Ahoga los sollozos, y de entre ellos

Brota en tropel la fórmula sagrada;

Las fórmulas que el indio en los albores

Escuchó en su infancia

De una mujer tan blanca como aquélla,

Que sus primeros sueños arrullaba.

¡Morir tú! grita el indio... Por el bosque

El sueño negro pasa,

Ha brotado en la sombra, y va cruzando,

Y el ñapindá sacude con las alas.

Ha golpeado la frente del charrúa

Con sus manos heladas...

¿,Dónde está? ¿Quién en medio de la selva,

Con esa voz de mis ensueños ancla?

¡Morir! ¡La virgen del ensueño dulce!

¿Quién llegará a tocarla?

El indio entre sus brazos ahogaría,

Al negro yacaré de las barrancas;

Arrancará a los fuegos de las nubes

Sus encendidas alas

Y mojará con sangre de su cuerpo

El astro de las lomas solitarias.

¡Tú morir! Cuando el indio con sus manos

Vuelque todas las aguas

Del Hum y el Uruguay, y allí derrame

Toda la sangre de su oscura raza;

Cuando en sus dientes Tabaré el charrúa

Destroce las escamas

Del yacaré, y al tigre con los dedos

Arranque palpitante las entrañas,

Aun entonces la virgen de los sueños

Se moverá gallarda;

Todas las flores se abrirán para ella,

Y cantarán por ella las calandrias.

¿Quién con la voz del sueño de mis noches,

Entre las breñas anda?

¡Quién vierte en las arterias del charrúa

El fuego que calienta las venganzas?

XIII

Blanca mira al salvaje que persigue

Invisibles fantasmas,

Mucho más de una vida se refleja

En su pupila azul iluminada. .

La extrema palidez que por sus miembros

Convulsos se derrama,

Hace de él una sombra transparente,

Forma sin cuerpo, evocación fantástica.

XIV

En la mente del indio se disipan

Las visiones, y clava

Con dulce intensidad en la española

Sus pupilas ardientes y cansadas.

Sus ojos en los ojos de la niña

Largo rato descansan;

Una gota de llanto brota en ellos

Y brilla tristemente en sus pestañas,

Y su voz se transforma, y suena dulce

Como suenan las auras

En los bosques del Hum, cuando las sombras

Que durmieron en él se desparraman.

¿Por qué la virgen hiere con los labios

Al indio Tabaré,

Que ha contado las horas de sus noches

Todas negras correr?

¡No eres el sueño! ¿Sientes en las venas

La vida corno yo?

¡Ah! ¿No eres sombra de la noche oscura

Que vive en mi dolor?

Ven, el charrúa posará sus labios

Donde poses el pie;

Vamos con tus hermanos. A las sombras,

Yo volveré después.

No se abrirá dos veces con la aurora.

La flor del guabiyú;

No mojarán dos lunas en el río

Su temblorosa luz.

Y ya el charrúa el sueño que no acaba

Comenzará a dormir.

Pues siente ya en sus huesos mucho frío

El frío de morir!

¿Oyes el canto? Ya anda entre las ramas

Con su canto el urú:

El pájaro que anuncia las auroras

Y llora por la luz.

¿No lo sientes? Es triste corno el indio,

Dulce como el sabía. . .

No Meras, virgen, al salvaje enfermo

Que la noche sin lunas va a cruzar.

La noche sin auroras y sin cantos,

Donde corren sin fin

Las almas perseguidas, que aspiraron

La flor del curupí.

Sólo una vida tiene una tan solo

El indio para ti;

Tú no dirás su nombre dulcemente.

Él volverá a morir,

Allá en el bosque donde el astro hermoso

Nunca se ve asomar,

Donde vuelan los pájaros obscuros

Que no duermen jamás;

Donde duerme la madre del charrúa

Tan blanca como tú;

Donde los fuegos de su hogar primero

Brillaron con su luz.

Nadie dirá con llanto de ternura:

¡Ah muerto Tabaré!

Nadie verá los huesos con tristeza,

De mi cuerpo que fue;

Mas la ligera madre del venado

Herido en el chircal,

Sobre los huesos del cacique muerto

Por el venado herido balará.

Vamos con tus hermanos. A su selva

El indio volverá.

Su raza ha muerto; se apagaron todos

Los fuegos de su hogar.

Ya siento el sueño negro que no acaba

En mis huesos correr;

Vamos hasta el hogar de tus hermanos;

Allí te dejaré.

Tú quedarás corno té vió en los sueños

El indio "Tabaré".

Que va a cruzar entre los negros toldos

Para nunca volver:

Pura como, las aguas transparentes

Que duermen en el Hum

Cuando en los aires enmudece el viento

Del Paraná-guazú.

Vamos con tus hermanos no me hieras,

El indio no te odió;

Tú lo has seguido siempre, derramando

En sus venas dolor;

Tú te has llevado el sueño de sus noches

Y el fuego de su hogar,

Las alas de sus flechas y la fuerza

De su arco de Urunday.

Vamos con tus hermanos. A su bosque

El indio volverá

A morir con su raza y con los fuegos

De su salvaje hogar.

La voz del indio suena dulcemente,

Como suenan las auras

En los bosques del Hum, cuando las sombras

Que durmieron en él se desparraman.

Blanca lo escucha corno se oye el ego

De canción olvidada,

Que en ráfagas acude a la memoria

Sin que la voz consiga formularla.

Pende en los labios de la absorta niña

La tímida palabra

De la truncada oración, y mira y sigue

Al indio con atónita mirada.

En sus ojos azules ha creído

Ver algo que esperaba,

Algo corno las estrellas de las tardes

Que en las riberas alumbró sus lágrimas;

Punto de luz en que miraba acaso

Aquella madre blanca

Que se acostó a morir bajo los ceibos

Y en el dolor de su hijo despertaba.

La niña vió la luz en el abismo;

Y alguien que habló en su alma:

“Esa es, le dijo, tu soñada lumbre,

Pero ese abismo sólo Dios lo salva".

Todo lo comprendió, y amó al salvaje

Como las tumbas aman;

Como se aman dos fuegos de un sepulcro

Al confundirse en una sola llama;

Como de dos deseos imposibles

Se aman las esperanzas,

Cual se ama, desde el borde del abismo,

Al vértigo que vive en sus entrañas.

CANTO QUINTO

I

¿Quién es ese indio pálido que cruza

Las lomas solitarias,

Y atraviesa el chircal y los, bañados,

Y una virgen conduce a sus espaldas?

Camina vacilante como un ebrio;

En convulsiones rápidas

Se sacuden sus miembros, y en sus brazos

Oscila a veces la preciosa carga.

Es el indio impasible, el extranjero,

El salvaje con lágrimas,

La última gota de una sangre f ría

Que aun no ha bebido la sedienta pampa.

II

El sol ha recorrido

La mitad de su marcha,

Y los viajeros sin cesar caminan

Al través de las lomas solitarias.

Oyen por todas partes

La metálica voz de la chicharra,

y al mangangá que zumba dando vueltas

Y al camoatí que hierve entre las ramas.

El trémulo volido

De la perdiz lejana,

Y, en el quebracho, el golpe vigoroso

Del carpintero, leñador con alas.

El aire está poblado

De susurros que pasan;

Como en un velo de cristal envuelto

El campo brilla entre aureolas diáfanas.

Con intervalos breves,

Del arbusto en las ramas,

Su cantarcillo igual lanza el chingolo,

Prolongando la nota con que acaba.

Y se oye repetida

A diversas distancias,

La misma melodía quejumbrosa

Que va, viene, contesta, ruego o llama.

El zorro entre las chircas

Su larga cola arrastra,

Huyendo a saltos y volviendo a veces

El puntiagudo hocico entre las zarzas;

La pesada cabeza

Inclina el cardo seco; de su blanda

Plumazón se desprenden las semillas

Como enjambre de estrellas apagadas,

Que vuelan en flotantes remolinos

O en el suelo se arrastran;

Se detienen, y emprenden nuevamente

Su camino sin rumbo, atolondradas.

Y, con Blanca en los brazos,

El indio no descansa,

Camina lento, sin cesar camina

Dejando atrás las lomas solitarias.

III

Cruzan los bañados

Cubiertos de espadañas

Sobre las cuales desarrolla al aire

Su penacho gentil la paja brava;

Allí los mirasoles

Abren sus verdes alas,

Y lanzan estridentes alaridos

Los pesados chajás en las barrancas.

Tiemblan los amarillos pajonales,

Y brillan las tacuaras,

Y, entre los cardos secos y caídos,

Cruzan la lagartija y las iguanas.

Quejidos de palomas invisibles,

Y voces de calandrias.,

Y notas como golpes sonorosos

De los dormidos sauces se desgranan,

Y pueblan el silencio de los aires

Mezclados con las ráfagas

De aromas puros, hálito del campo,

Y de perdidas flores ignoradas.

A grave paso y lento, la cigüeña

Recorre las cañadas,

O rozando los juncos alzarse

Los abanica con sus alas blancas,

Y, volando a compás firme y solemne,

Tranquila se adelanta,

Y se aleja y sé -aleja hasta perderse

Diluida en el aire y la distancia.

En las aguas inmóviles

Se reflejan las garzas,

Que dormitan o cruzan cadenciosas,

Como formas de espuma, entre las cañas;

Los insectos se cuelgan

En sus hilos de plata,

O trepan por sus redes que parecen

Hebras de sol o cristalinas arpas;

Y con Blanca en los brazos

Sigue el indio su marcha

Despertando a su paso en la maleza

Los venados, que huyendo se levantan,

Y en la lejana cumbre de la loma

A mirarlo se paran,

Proyectando en el cielo la silueta

Del cuerpo esbelto y enramadas astas.

IV

Y los viajeros siguen.

Y sobre ellos las águilas

En inmensos balances se remontan

Del trasparente espacio soberanas.

Gritan los teru-teros,

Cuyas alas armadas

Zumban en vuelo sesgo y atrevido

Que el aire en todas direcciones rasga.

O corren por el suelo

Y huyendo se agazapan,

Abandonando el nido silenciosos

Para gritar después a la distancia.

Brillan entre las flores

La pequeña coraza

Y la armadura azul y el yelmo de oro

Del picaflor, armado por las auras,

Para librar temblando

Sus rápidas batallas

Contra los genios que invisibles flotan,

Y los ovarios de las flores guardan.

Y todo para el indio

Luce, resuena y pasa,

Como adioses confusos y postreros

Que se van para siempre y que se abrazan.

Él sigue, sigue siempre

Con Blanca en las espaldas;

Nada escucha; su cuerpo ya no tiembla

Ya las heridas de sus pies no sangran.

No ha salido del labio del charrúa

Ni una sola palabra;

El movimiento de su paso es dulce

Como el balance de una cuna, Blanca

Sobre el brazo, en el hombro del salvaje,

La cabeza descansa;

Las horas cierran sus hinchados párpados;

La virgen duerme... Por sus labios pasa

El aliento a compás, y en ellos deja

Una sonrisa amarga,

Lejana transparencia de un ensueño

Que se mueve en el fondo de su alma.

V

Se ha detenido Tabaré de un sauce.

Bajo las ramas trémulas;

Está inmóvil, absorto; para el indio

La dulce niña aniquiló la tierra.

Sólo siente en su oído acompasada

La tibia intermitencia

Del aliento de Blanca que, dormida,

Sobre un hombro descanse la cabeza.

Percibe sus latidos melodiosos

Que el pecho le golpean,

Como el ritmo de un canto sin sonidos

Que sin tocar su cuerpo a su alma llega.

El indio no se mueve; como en éxtasis

En sus brazos conserva

A la virgen que duerme, como el ave

Duerme en el nido que en la rama cuelga.

VI

Se acerca el sol a la última colina

Y Blanca no despierta;

Duerme tranquila. Su jornada el indio

De nuevo emprende cuidadosa y lenta.

Su pie desnudo, por guardar silencio,

Esquiva la hoja seca;

Su mano, sin esfuerzo, suavemente

Separa la silvestre enredadera;

Del lugar en que anida el teru-tero

Con cuidado se aleja,

Por evitar sus gritos que de Blanca

El dulce sueño interrumpir pudieran.

Y sigue, y sigue, y cruza, una tras otras

Las colinas desiertas;

Se pierde en el cardal de las cañadas,

Y aparece de nuevo allá en la cuesta.

VII

¿Lo veis allá en la loma? El viento fresco

De la tarde que llega

Despierta a la española que, en su torno,

Derrama la mirada con sorpresa.

¿Cómo pudo dormir? Un raro ensueño,

Que casi no recuerda,

Acaba de volar dejando en su alma,

Como el calor del pájaro que vuela.

Queda en el nido, un rastro de algo triste

Que a precisar no acierta;

Algo como un acorde, cuyas notas

Siguen vibrando aún, pero dispersas.

Blanca mira al charrúa. Con el dedo

Este a la virgen muestra

Una columna de humo que a lo lejos,

Sobre la masa de árboles se eleva.

¡El Uruguay!

¡San Salvador!

La niña

Una mirada intensa La niña

Ha clavado en los ojos del charrúa

Azules y tristísimos. La estrella

Brillaba en ellos, pálida, lejana,

Agonizante y trémula,

La estrella solitaria de las tardes

Que las colinas últimas pasea.

El indio miró a Blanca, y sobre el pecho

Inclinó la cabeza;

Su mirada era fría y extenuada

Cual la última que envía entre las breñas.

El inerte venado que allí muere

Sin lanzar una queja,

Lamiéndose la herida dolorosa

Y ya sin sangre en su costado abierta.

La niña, sobre el hombro del charrúa,

Y entre las manos yertas,

Ocultó el rostro, cual si hubiera oído

Una angustiosa inesperada nueva;

Algo como el anuncio de la muerte

Que ya tarde nos llega

De alguien que al expirar nos ha llamado

Y que oímos tal vez sin darnos cuenta.

¿Qué ha visto Blanca al despertar, y hallarse

Con la mirada aquella?

¿Por qué rompió de pronto en un sollozo

Y en un llanto de lágrimas acerbas?

Lloraba a gritos con el rostro hundido

Entre las manos gélidas,

Y al través de sus lágrimas miraba,

Levantando un momento la cabeza,

Al indio en cuyos brazos se veía,

A la corriente inmensa

Del Uruguay, y a la columna de humo

Que se elevaba transparente y lenta.

VIII

Tabaré oyó de Blanca los sollozos

Con muda indiferencia:

Impasible, perdida, sin posarse

Entre los aires su mirada muerta.

Estaba en pie, pero insensible, frío,

Frío como la tierra;

Parecía extenuado; más de pronto,

Como empujado por ajena fuerza,

Su cuerpo helado descendió la loma

Con la española a cuestas,

Cuyos largos sollozos resonaban

En la salvaje soledad desierta.

Y el grupo aquel, atravesando el llano

En siniestra carrera,

Corro la sombra que en el suelo cruza

De oscura nube que los vientos llevan,

Se hundió en la sombra del cercano bosque,

Cuyos talas y ceibas

Parecieron cerrarse tras el paso

Del indio y la española. Tal se cierran

Las aguas o el sepulcro. en cuyo seno

Se hunden o se despeñan

La flor que se desprende de su rama,

Y el hombre que resbala de la tierra.

CANTO SEXTO

I

El sol va descendiendo lentamente,

Y sus rayos oblicuos,

Como ligeros seres embozados

En diáfanos cendales amarillos.

Van y vienen, flotando entre los árboles,

Se bañan en el río,

Se arrastran por el campo o, escondiendo

El rastro de su vuelo fugitivo,

Van a posarse en el ombú lejano,

A cuyo lado mismo

El Urunday, envuelto en los vapores

Duerme a la sombra el sueño vespertino.

En la nube de bordes inflamados,

De su agrandado disco

El sol oculta una mitad la otra

Alumbra el campo con su triste brillo.

Al desprenderse entero de las nubes,

Desciende como el ígneo

Escudo de batalla de un arcángel

Que cruza lentamente lo infinito,

Dejando tras de sí, Por los espacios,

Sobre un campo rojizo,

Trozos inmensos de armaduras de oro

Y jirones de púrpura encendidos.

Los rumores del valle se evaporan;

Los vientos han huido

A echarse fatigados en las islas

Donde, a Poco volar, duermen tranquilos.

II

Solo sobre una loma, separado

Del bosque de espinillos,

Está un ombú de los que allí parecen

Para medir la soledad nacidos.

En el tronco del árbol apoyado,

De pie, mudo y sombrío,

Los brazos sobre el pomo del montante,

Y con los ojos en el suelo fijos,

Don Gonzalo de Orgaz, que todo el bosque

En vano ha recorrido,

Y ha transpuesto las lomas y barrancas

Sin hallar de su hermana ni un vestigio;

Que recién apagadas las hogueras

Del bosque vió, junto al cadáver frío

Del indio viejo, cual si viera el lecho

Que el tigre acaba de dejar, aun tibio;

Con la noche en el alma y en la frente,

Comprime de su espíritu

La tempestad siniestra, que se arrastra

De su ira y su dolor en el abismo.

Algunos hombres de armas lo rodean

Mudos y pensativos

También el Padre Esteban: en sus labios

Asoma y se detiene en su camino

Una frase de amor no articulada,

Que al fin se desvanece en un suspiro;

Todos callan; debajo de la cota

Del capitán se escuchan los latidos.

III

Los soldados comprenden

La pasión de Gonzalo en su silencio.

El que reina en el mar cuando las nubes

Anuncian tempestad, no es más siniestro.

Hay chispas comprimidas del hidalgo

En los ojos inmóviles y negros:

Tiene su pecho el palpitar de la onda

Próxima a reventar; hay en sus nervios

Una tensión violenta,

Que sacude su cuerpo por intervalos

Con un espasmo rápido que cruza

Por sus rígidos miembros.

IV

¿Quién osará romper con su palabra

Aquel mutismo terco

Del hermano de Blanca, sin que estalle

La tempestad latente de su pecho?

Miran todos al monje sólo él sabe

Del alma los secretos;

El vio nacer al capitán; él solo

Supo calmar sus ímpetus violentos.

-Gonzalo, amigo, escúchame,

Dijo por fin el vicio misionero;

¿Por qué entregarte a ese dolor sombrío?

Aun no es de noche... al bosque volveremos.

Volveremos, y acaso...

¿Por qué desesperar? Acaso el cielo,

Mi buen Gonzalo a tu dolor reserva

Y a tu congoja, lo que humano intento

No alcanza a vislumbrar, próvido amparo

Y benigno amparo

Al dolor sobrevive y a la muerte

La esperanza que a Dios pide su aliento.

Pon la tuya en tu Dios. amigo mío,

Sólo él es grande y bueno.

Oye, Gonzalo... vuelve en ti... confía,

No encones tu dolor, yo te lo ruego...

La ira de Gonzalo,

Cual si saliera de un sopor interno,

Estalló, como el rayo cuando siente,

Desde su nube la atracción del suelo.

Sus atónitos ojos

Por el campo vagaron un momento

Hasta que al fin una mirada ardiente

Subió ¿el alma hasta apoyarse en ellos,

Y saltar sobre el monje

Y en él clavarse con el fuego intenso

Que templaba los nervios del hidalgo

Para que en ellos estallase el vértigo.

-¡Vos! gritó amenazante,

Al monje devorando con el gesto,

¡Vos me venís a hablar de una esperanza

Que sólo vos matasteis en mi pecho!

Vos que, con arte indigna,

Me indujisteis al mal con vuestros ruegos,

Me mostrasteis hermanos en los indios,

E hijos de Dios en ese infame pueblo.

¡Y que aun en Dios confíe!

¡Y a mí me lo decís, ira del cielo!

¡A mí, que lloro al ángel de mi vida

Perdido por seguir vuestros consejos!

¡Qué! ¿Creéis que mi hermana,

De mi padre el legado postrimero

Pasto de la pasión de vuestros indios

Ha de quedar en extranjero suelo?

¡Oh! Yo os juro que antes

Que tal suceda, escucharé en silencio

Que llamen a mi madre prostituta,

Bastardo a mí, y a mi blasón plebeyo.

¿No sabéis que mi Blanca

Lleva en las venas ésta que yo llevo,

Sangre de Orgaz, que agravio no tolera

Ni sobrevive al deshonor? SabedIo,

Y, volvedme mi hermana!

Oh, me la volveréis, ¡voto al infierno!

¿No decís que aun es tiempo de ir al bosque?

¿Pues cómo aquí os halláis? ¿Cómo aquí os veo?

¿Qué hacéis? Id a la selva

A buscar vuestros indios, sólo enfermos,

Vuestros hijos de Dios desheredados...

Buscadme aquel salvaje prisionero,

A quien por vos tan sólo

Por vuestros ruegos abrigué en mi seno

Id al bosque, ¿qué hacéis? Oh!, por la sombra

Sagrada de, mi madre, yo os prometo

Que ese sayal que os cubre

No embotará la punta de mi acero.

¡Hablad! ¡Dadme mi hermana, Padre Esteban!

Dádmela! ¿Dónde está? ¿Qué la habéis hecho?

V

El anciano callaba;

Miraba a Don Gonzalo por momentos,

Y tornaba a doblar mudo la frente,

En serena actitud permaneciendo.

Callaban los soldados,

Mientras Gonzalo, tembloroso y ciego,

Buscaba en vano en el humilde fraile

Provocación o enojo cuando menos.

¡Damián! ¡Garcés! ¡Ramiro!

Gritó por fin, pues lo que yo le ordeno

No obedece de grado, por la fuerza

Llevadlo al bosque retornad... ¿Qué es esto?

¡Qué! ¿No me obedecéis? ¿También vosotros

Contra mi os conjuráis? Damián, ¿tú entre ellos?

¡Bajáis las frentes! ¿Cómplices acaso,

Traidores todos sois? ¿También sois reos?

VI

Los soldados vacilan

En dar a aquella orden cumplimiento;

Se miran entre sí y esquivan todos

Ser designados por el mandato expreso.

El furor del hidalgo

Toma creces al verlos,

Las metálicas piezas de sus armas

Crujen con sus nerviosos movimientos;

Sobre el callado anciano

Va a lanzarse frenético,

Pero los hombres de armas se interponen

Todos a una, en ademán resuelto.

VII

¡Capitán! gritó uno,

¡Cuidad de no tocarle, por el Cielo!

¡No le toquéis! clamaron los soldados,

Por vuestra vida, capitán, teneos!

¡Ah, turba miserable!

El hidalgo gritó retrocediendo;

¿Me amenazáis, ralea de villanos,

Gente soez de corazón de cieno?

¡Me amenazáis, cobardes!

Yo os mostraré cómo se aplasta el cuello

A la víbora inmunda que se arrastra

Para morder la planta a un caballero.

VIII

Los soldados esperan

Con la espada desnuda, y con resuelto

Y ya duro ademán, el de Gonzalo

Temido ataque, que el hidalgo es fiero.

En su mano la espada

Se veía temblar, cual sí en el hierro

Continuase la vida y lo animara

Del corazón y el brazo del guerrero.

El primer rudo golpe

Ha sonado de hierro contra el hierro;

Gonzalo apoya la nervuda espalda

En el tronco del árbol, y de nuevo

Alza el amado brazo;

Se adelanta el anciano a detenerlo,

Cuando clama una voz:

-¡Un indio!

-Por entre el bosque

-¡El indio!

-¡Por el bosque, Vedlo!

¡Dónde! grita Gonzalo,

Los encendidos ojos revolviendo,

-¡Atraviesa aquel llano!

-¡Llega al soto!

¿Lo veis? ¡Es él!...

-¡Es Blanca, vive el Cielo!

IX

Por allá entre los árboles

Apareció un momento

Tabaré conduciendo a la española,

Y en la espesura se internó de nuevo.

De Blanca se escuchaban

Los débiles lamentos;

Aun vierte sobre el hombro del charrúa

El llanto aquel que reventó en su pecho.

El indio va callado,

Sigue, sigue corriendo,

Siempre empujando por la fuerza aquella

Que sacudió sus ateridos miembros.

Va insensible, agobiado,

Y en dirección al pueblo,

Siempre dejando de su sangre fría

Las gotas que aun lo quedan, en el suelo,

Grito de rabia y júbilo

Lanzó Gonzalo al verlo.

Y, como empuja el arco a la saeta,

De su ciega pasión lo empujó el vértigo.

Los ruidos de su arnés y de sus armas

Al chocar con los árboles se oyeron

Internarse saltando entre las breñas,

Y despertando los dormidos ecos.

Han seguido al hidalgo

El monje y los soldados. Allá adentro

Se va apagando el ruido de sus pasos;

El aire está y los árboles suspensos...

Un grito sofocado

Resuena a poco tiempo;

Tras él, clamores de dolor y angustia

Turban del bosque el funeral silencio...

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

X

Cayó la flor al río!

Los temblorosos círculos concéntricos

Balancearon los verdes camalotes

Y entre los brazos del juncal murieron.

Las grietas del sepulcro

Engendraron un lirio amarillento.

Tuvo el perfume de la flor caída,

Su misma extrema palidez... ¡Han muerto!

Así el himno cantaban

Los desmayados ecos;

Así lloraba el urutí en las ceibas,

Y se quejaba en el sauzal el viento.

XI

Cuando al fondo del soto

El anciano llegó con los guerreros,

Tabaré, con el pecho atravesado,

Yacía inmóvil en su sangre envuelto.

La espada del hidalgo

Goteaba sangre que regaba el suelo;

Blanca lanzaba clamorosos gritos...

Tabaré no se oía... del aliento

De su vida quedaba

Un estertor apenas, que sus miembros

Extendidos en tierra recogía

Y que en breve cesó... Pálido, trémulo,

Inmóvil don Gonzalo,

Que aun oprimía el sanguinoso acero,

Miraba a Blanca que, poblando el aire

De gritos de dolor, contra su seno.

Estrechaba al charrúa

Que dulce la miró, pero de nuevo

Tristemente cerró, para no abrirlos,

Los apagados ojos en silencio.

El indio oyó su nombre,

Al derrumbarse en el instante eterno

Blanca desde la tierra lo llamaba,

Lo llamaba por fin, pero de lejos.

Ya Tabaré a los hombres

Ese postrer ensueño

No contará jamás... Está callado,

Callado para siempre, como el tiempo.

Como su raza,

Como el desierto,

Como la tumba que el muerto ha abandonado.

¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo!

XII

Ahogada por las sombras,

La tarde va a morir. Vagos lamentos

Vienen de los lejanos horizontes

A estrecharse en el aire entre los ceibos.

Espíritus errantes e invisibles,

Desde los cuatro vientos,

Desde el mar y las sierras han venido

Con la suprema queja del desierto:

Con la voz de los llanos y corrientes,

De los bosques inmensos.

De las dulces colinas uruguayas

En que una raza dispersó sus huesos;

Voz de un mundo vacío que resuena;

Raro acorde, compuesto

De lejanos cantares o tumultos,

De alaridos y lágrimas y ruegos.

El sol entre los árboles

Ha dejado su adiós más lastimero,

Triste como la última mirada

De una virgen que muere sonriendo.

Cuelgan entre los árboles del bosque

Largos crespones negros;

Cuelgan entre los árboles las sombras

Que como aves informes van cayendo.

Cuelgan entre los árboles del bosque

Tules amarillentos;

Cuelgan entre los árboles los últimos

Lampos de luz como sudarios trémulos.

La luz y las tinieblas en los aires

Batallan un momento;

Extraña y negra forma cobra el bosque...

La noche sin aurora está en su seno,

Y cual se oyen gotear tras de la lluvia,

Después que cesa el viento,

Las empapadas ramas de los árboles,

O los mojados techos,

Brotan del bosque en que el callado grupo

Está en la densa oscuridad envuelto,

Ya un metálico golpe en la armadura

Del capitán o de un arcabucero;

Ya un sollozo de Blanca, aun abrazada

De Tabaré con el inmóvil cuerpo,

O una palabra trémula y solemne

De la oración del monje por los muertos.

FIN

 

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Tabaré


 


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