Ir al inicio de BibliotecasVirtuales.com

Libro III

LIBRO TERCERO

CANTO PRIMERO

I

Genios de las riberas,

Invisibles espíritus del bosque,

Que convertís en moscas o en reptiles

A los indios que vagan por la noche;

Seres que, en las tinieblas,

Gastáis el tiempo el, ajustar los broches

De la dormida flor, mientras su ovario

Abre su amor al encendido polen;

Que elaboráis en ella

El dulce néctar que la abeja sorbe

Y los frescos aromas, que sedientos,

Los labios de los céfiros recogen;

O en la mortal cicuta

Vivís acurrucados, de los hombres

Acechando el secreto de la vida

Y destiláis la hiel de los dolores.

Y agriáis la crespa hierba

Que ni el carpincho ni la nutria comen,

Y envenenáis al avestruz dormido

Los huevos bajo el ala sin que os note.

II

Vírgenes transparentes

Que os colgáis en las ramas de los molles,

Y os columpiáis, con vuestros pies trazando

Rayas de luz sobre la linfa inmóvil ,

Y en esas lacias hebras

Con que acaricia el sauce al camalote

Subís y descendéis llevando al río

Rayos de luna en haces brilladores;

O hundidas en un lecho de espadañas

Os reclináis en los desiertos bordes,

A escuchar el secreto de las olas

Que transformáis en trémulas canciones;

Pobladores del aire

Leves y multiformes,

Hijos de los crepúsculos azules

Que con las alas embozáis los montes;

Que taladráis el diente

De la víbora en donde

Derramáis los licores ponzoñosos

-Que al infiltrarse, el corazón corroen;

Que en los ojos del tigre

Encendéis vuestra antorcha y las visiones

Preparáis a su luz disparatadas

Y las vaciáis en sus extraños moldes;

Que en la blanca osamenta,

Hacéis brotar los fuegos fatuos dobles,

Esos que, sobre el haz de los pantanos,

Ebrios, inquietos e impalpables corren.

Suben, bajan, se arrastran, se persiguen,

Se agitan y se rompen,

Y se apagan los unos a los otros

Sin que el aire los mueva ni los sople;

Almas de los murmullos,

Espíritus errantes de las flores

Que, al murmurar, hacéis más perceptible

El solemne silencio de los orbes;

Invisibles remeros

Que empujáis blandamente al camalote

En que navega incorporado el tigre

Que dormido en la orilla descuidóse;

Engendros de los ríos

Que recortáis la escama y los arpones

Del dorado debajo de las islas

Que en vuestros hombros sostenéis a flote,

Meciéndolas en ellos

Sin que el río en que nadan se desborde,

Ni el movimiento imperceptible y blando

Las húmedas barrancas desmorone;

Seres que, como llamas apagadas,

Sois de un pasado informe

La vida actual y eterna, cuyo velo

La fuerza del espíritu descorre;

Testigos que no mueren.

Que acompañasteis a las tribus nómades,

Las visteis desprenderse de su tronco

Y viajar, sumergiéndose en la noche:

Brotad de entre los tiempos y escuchadme.

Yo os nombraré por vuestros propios nombres;

En la forma, en la voz y el movimiento

Mi espíritu sutil os reconoce.

Cabalgando en las horas que pasaron,

Que el tiempo enfrena y en su noche esconde

Desatad vuestras alas puntiagudas

En legiones aéreas y deformes.

¡Horadadme esa tierra!

¡Sacudidme ese monte!

Como caen los cabellos de un anciano

Como el cardo desgrana sus plumones,

De la muerta cabeza

En que pensó una raza, acaso logre

Ver desprenderse el pensamiento oculto

Sobre mi frente cuando yo os invoque.

Dad un vuelco a ese río!

Salid, desde su légamo a sus bordes,

Con secretos del agua y de la arena,

De los huesos de piedra que se esconden

En el profundo limo

En que tienen las algas sus amores,

Se arrastra el yacaré, duerme la raya,

Y la tortuga sus nidadas pone.

Infundid en ese indio

Que ahora penetra en el callado bosque

Los latidos postreros de una raza

Que a vuestro acento viven y responden;

Latidos de esperanzas imposibles,

Rudo y último acorde

De las arpas malditas que sonaron

-Pulsadas por la muerte y los dolores.

... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ...

III

Es Tabaré. Penetra nuevamente

A su nativo bosque,

Cuyos añosos árboles lo miran

Y a su paso sus troncos interponen.

Y le tienden los brazos descarnados

Con raras contorsiones,

Como fantasmas que en inmóvil danza

Cruzan y se retuercen por el monte.

Y en torno de él se agrupan a mirarlo,

Y así que lo conocen,

Después de herirlo con los brazos negros,

Se dispersan en todas direcciones.

Y los duros lagartos al sentirlo

Hacia sus cuevas corren,

Y asoman las cabezas puntiagudas,

Y el largo cuerpo sin calor encogen.

Y las ranas se callan un instante

Mientras pasa, y sus voces,

Como largos quejidos, a su espalda,

Cuando ha pasado, nuevamente se oyen.

Y los nocturnos pájaros lo siguen

En negras procesiones:

El chajá dando saltos por el suelo,

Chirriando esos murciélagos enormes.

Que, como manchas de la misma sombra,

La obscuridad recorren,

Persiguiendo los átomos, o huyendo

Atolondrados de invisible azote.

Detrás de cada tronco, acurrucada,

Parece que se esconde

Alguna cosa que, al pasar el indio,

Sigue tras él con movimiento torpe.

El siente a sus espaldas ese mundo

Que su alma sobrecoge;

Mas no se vuelve, y apresura el paso

Y sigue, y sigue sin saber adónde.

¿Cuánto anduvo? El indio no lo sabe.

Era la media noche

Quizá, cuando, rendido por la fiebre,

Detúvose entre rudas convulsiones,

Pues la luna, en lo alto de los ciclos,

Los transparentes bordes

De las nubes plomizas encendía

Franjeándolas de tenues resplandores.

De las que ante su disco se atraviesan,

Parecen los Jirones

Las siluetas de negros cocodrilos

Que la infinita soledad recorren;

Palidecen lejanas las estrellas

Que, desde lo alto, vuelan hacia el Norte,

La cruz del Sur se inclina esplendorosa

Con los brazos tocando el horizonte.

Tabaré escucha: En el profundo hueco

De sus ojos inmóviles

Introduce sus dedos el delirio

Que atruena su cabeza con sus voces;

Y otra fugaces, ora persistentes,

Comenzaron entonces

A hablar y cobrar vida los espacios,

La tierra, el aire, el corazón del bosque.

IV

Y a los pies del charrúa

La tierra daba gritos.

Retorcían los árboles sus troncos

Como animados de un airado espíritu:

-¡El genio de la tierra

Ha de morder tus pies, con los colmillos

De sus víboras negras, que se arrastran

Silbando como el viento! ¡No eres indio!

-¡Pasa! ¿Por qué me huellas?

La sangre brota de tus pies heridos.

¿Por queme manchas? De tu sangre nacen

Malas serpientes, negros cocodrilos.

-¡No te detengas; huye!

Aquí en mi ceno no hallarás abrigo;

Ya para ti la patria es un recuerdo,

¿No te sientes llamar? Es el abismo.

Tabaré oyó la voz, cual si brotara

De las grietas del suelo removido:

Lejanas muchedumbres

A sus pies agitaban el vacío;

Crujían las raíces de los árboles,

Cual si un extraño fluido

Las retorciera al circular en ellas,

Dándoles movimientos convulsivos.

Y del añoso ceibo

Cayó, volteando en animados giros,

Una hoja seca que miró al charrúa

Que a su vez la miraba, y ella dijo:

Yo rodaré a tus pies ensangrentados,

Realidad de mi símbolo;

El viento me ha arrancado de mi rama,

A ti te empuja el viento del destino.

Yo vivo con la vida de tu estirpe

Con tu fiebre palpito;

Y mi polvo y el polvo de tus huesos

Van a formar el légamo del río.

Vamos, charrúa; sígueme, salvaje:

Nos llama el torbellino.

Tus lunas han pasado; el sueño negro

Anda en tus venas derramando frío.

Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente;

Vente, sigue conmigo;

¿No sientes el aliento de otra raza

Que te sopla del suelo en que has nacido?

Es la raza de vírgenes tan pálidas

Como la flor del lirio,

Hermosas cual la luna, cuando se hunde

Entre las aguas trémulas del río;

Y tienen luz de aurora en la mirada,

Y sus ojos tranquilos

Miran con odio al indio de los bosques,

Y le llaman maldito.

Vamos, charrúa; sígueme, salvaje:

Mira aquel remolino.

Vientos de tempestad vienen de lejos

Aullando como perros fugitivos.

Las sombras que recorren la maleza

Lanzan agudos gritos

Esas llamas sin luz marcan la ruta

Por donde corren los que fueron vivos.

Los impasibles ojos del charrúa

Siguen los vanos giros

De la hoja en cuyas venas circulaba

La vida de un espíritu cautivo.

Que en pie la sostenía,

la empujaba contra el viento mismo,

la llevó saltando y retorciéndose,

Siempre mirando y señalando al indio.

V

Oye entonces el aire de la noche

Que a su lado respira

Jadeante y con penosa intermitencia

Como el hálito de alguien que agoniza:

Te ahogas?, le gritaba. Es que en tu bosque

La muerte sólo habita

Está poblado el aire por las sombras.

Por las sombras charrúas que te miran.

Vengo empapado en llanto de las tribus

Que mueren fugitivas

Vengo cargado de vapor de sangre

Que forma sobre el campo una neblina.

¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre

Tras de las madres indias.

Que huyen sin hijos. Ellos no se mueven:

Tendidos allá están en las colinas.

Son tus hermanos, muertos en su tierra

Por la raza maldita.

Ves esa virgen que en sus sueños anda?

Está empapada de tu sangre. ¡Mírala!

VI

El Indio está de pie. Todos sus miembros

Ateridos tiritan

Le falta el suelo, y vuelve a recobrarlo

En actitud violenta y convulsiva.

La fiebre en su cabeza espeluznada

Hunde la mano rígida,

Y en sus ojos atónitos llamean

Con fosfórica lumbre las pupilas.

Todo es extraño para él: el viento,

Los árboles que imitan

Seres desnudos, negros, que en su torno,

Se han detenido, y cuyos ojos brillan

Entre cabellos que hasta el suelo bajan,

Y lentamente oscilan;

Brillan marcando el sitio en que se encuentran

Cabezas que, sin verse, se adivinan.

Los rumores que pasan, van dejando,

Por la extensión vacía,

Como esos remolinos que las barcas

Hacen surgir del fondo de las linfas,

Resonancias que brotan de la sombra,

Tumultos que se agitan,

Silencios prolongados que de nuevo

Estallan en confusas vocerías,

O dando paso a una voz triste y aislada,

Voz que parece amiga,

Y dice algo al oído de una lengua

Inteligible, pero nunca oída.

VII

Por fin. cual si las vagas sensaciones

Que el indio aun percibía

Sufrieran en la nada tenebrosa

Una inmersión violenta y repentina,

Tabaré se desploma. Un ruido extraño

Produce su caída.

Se queja el suelo? ¿Quién impone al bosque

Esa actitud de asombro o de atonía?

Las notas que pasaban,

Los rumores que huían,

Las ramas que, inclinadas por el viento,

A levantarse nuevamente iban,

Suspensos han quedado. Es que el charrúa

Está en la selva antigua

Del indio Caracé; es que ha caído

Sobre el sepulcro de su madre extinta,

La cruz abre los brazos a su lado,

La cruz de la cautiva!

Parece que, inclinando la cabeza,

La cruz al indio en su regazo abriga.

Qué habló con el salvaje, aquella noche,

El alma errante que en la cruz palpita,

Es el secreto de la sombra eterna...

Empieza a amanecer, casi es de día.

CANTO SEGUNDO

I

¿Quién grita por allá, que tiembla el bosque,

Y hasta los aires tiemblan?

Un vago resplandor, allá a lo lejos,

Sobre el obscuro cielo se proyecta.

Destaca el bosquecillo, cuyas formas

Vacilantes revela,

Y alumbra aquel ombú, que solo y negro

Está de pie durmiendo allá en la cuesta.

Parece que se mueven un instante

Las lomas soñolientas,

Que en la turbada obscuridad estaban,

Y que asoman por entre las tinieblas

De nuevo el alarido temeroso

En los aires revienta.

El hambre acaso tiene congregadas

En esos matorrales a las fieras?

No; las fieras miradlas: en rebaños,

Tendidas las orejas,

Saltan de acá y de allá; sobre las lomas

Se detienen volviendo las cabezas;

Emprenden nuevamente amedrentadas

Su rápida carrera;

Y alargando los cuerpos se deslizan

Con sigiloso paso entre las breñas.

Enarcando los lomos amarillos

Acurrucadas quedan,

Y en la profunda obscuridad del soto

Sus dos ojos de fuego centellean.

El avestruz corriendo en la llanura

Ya con las alas sueltas;

Se siente el aletea de los pájaros

Que abandonan sus nidos y se alejan;

Y se oyen las carreras del venado

Que salta en la maleza,

Y el rumor de manadas de carpinchos

Que corren a buscar sus madrigueras.

II

¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo

Van entre las tinieblas

E indican, con los brazos extendidos,

El resplandor de la lejana hoguera?

Son los indios charrúas. Han brillado

Los fuegos de la guerra

En las lomas del Hum; fuegos de muerte

Luces del Uruguay en las riberas.

Y el indio que al venado perseguía

En las pampas desiertas;

Y el que encendía el tronco de algarrobo

En el hogar del valle, y a las flechas

Ataba con los nervios del carpincho

El colmillo de piedra,

O la cuerda del arco retorcía

Formada de flexible enredadera;

Y el que miraba más allá, tendido

Con su eterna indolencia,

A sus mujeres fermentar la chicha

Y levantar las pieles de la tienda,

Todos vieron los fuegos de las lomas

Y alzaron las cabezas,

Y señalando el resplandor gritaron

¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Fuegos de guerra!

Todos caminan; han tomados todos

Sus lanzas y sus flechas;

Se han pintado los rostros y los cuerpos

Con rayas muy azules y muy negras,

Inyectando en su piel los jugos agrios

De las silvestres hierbas

Que el venado no come ni la nutria,

Y que crecen de noche entre las piedras,

Bajo las cuales, en las altas horas,

Ladra el zorro en su cueva

Y se esconde la iguana perseguida

Y anidan la lechuza y la culebra.

Todos caminan; llevan en los cuerpos

Arreos de pelea:

Las plumas de ñandú sobre la frente

En las lanzas humanas cabelleras.

¿Adónde van? Donde los llama el fuego,

El fuego de la guerra;

El que anuncia la muerte del cacique

Allá en el bosquecillo, de las ceibas.

Ahú!, ahú, ahú! Corren los indios

Gritando en las tinieblas,

Y el turbado silencio de la noche

Huye a esconderse en la inmediata selva,

III

Las nubes de humo denso iluminado

Que en el aire se elevan

Sobre la masa negra de los árboles,

Marcan el sitio en que las tribus velan;

Desde lejos se ven de los charrúas

Las obscuras siluetas

Que, cruzando y saltando entre los troncos,

Sobre el rojizo fondo se proyectan.

IV

¡Extraño funeral! Los indios ebrios

Avivan diez hogueras

Encendidas en torno de un cadáver

Tendido sobre un lecho de maleza.

Es un viejo cacique. El sueño frío

Se ha entrado por sus venas;

Nadie Pudo arrancarlo con la boca

De la piel del anciano; quedó en ella,

Dejándole el color amarillento

Que entristece a las ceibas

Cuando el viento se enfría, y de las ramas

Las hojas bajan a morir en tierra,

Los médicos el vientre del cacique

Han chupado con fuerza

Por arrancarle el dardo y el gusano

Que le causaban mal. Inútil brega.

Vedlo tendido, inmóvil, taciturno,

Tan largo como era;

Los indios gritan, en su torno corren,

Y las abiertas bocas se golpean.

El arco de urunday tiene el cadáver

Entre las manos yertas;

Han colocado en orden a su lado

Su lanza y sus macanas y sus flechas,

Y pieles de venado y las vasijas

En que el zumo fermenta

De guaviyús silvestres y algarrobas,

Y de la miel que forman las abejas.

V

Las tribus cuidan de que tenga el muerto

Las pupilas abiertas;

Bien atadas han puesto en su cintura

Las silbadoras bolas de pelea;

Y, porque espante entre los negros toldos,

A Añang y a Macachera

Con jugos de urucú pintan su cuerpo

Y le embijan el rostro que amedrenta.

Tiene azules los pómulos salientes;

Amarillas y negras

Son las rayas que cruzan sus mejillas,

Y su pecho y sus brazos y sus piernas.

El deformado rostro del cadáver

Forma una horrible mueca

Que infundirá terror, cuando al cacique

De los genios del aire se defienda

VI

Ahú! Ahú! Ahú! Por todos lados

Los indios atraviesan;

Aúllan, corren, saltan jadeantes,

Dando al aire las rígidas melenas.

Hacen silbar las bolas, agitadas

En torno a sus cabezas,

Chocan las lanzas, los cerrados puños

Con feroz ademán al aire elevan,

Y forman un acorde indescriptible

Que en los aires revienta:

Ebullición de gritos y clamores,

Golpes, imprecaciones y carreras.

Ya hiriéndolos de lleno, ya a los lejos

Bañándolos a medias,

Según que a las hogueras se aproximan,

O de ellas con el vértigo se alejan,

La lumbre hace brotar, corno arrancados

Del medio en que voltean,

Cuerpos desnudos, rostros que aparecen

Y se hunden nuevamente en las tinieblas.

VII

¿No son mujeres esas, las que ahora

Alumbran las hogueras,

Esas que danzan en redor del muerto

Y sus pequeños en los brazos llevan?

Sí; son madres de indios. Sus cabellos,

En obscuras guedejas,

Flotan sobre las mórbidas espaldas

Ceñidos en la frente; mas no velan

Los cuerpos palpitantes y desnudos

En que los fuegos tiemblan

Dando relieve a ¡os redondos senos

Que sudorosos de cansancio ondean.

Tienen sus movimientos convulsivos

Cierta ruda cadencia

Y sus formas desnudas, a las formas

De la hembra del venado se asemejan.

Sus ojos negros brillan empapados

En la luz y chispean

Se cimbran sus elásticas cinturas

En plumas grises de avestruz envueltas.

Los collares de piedras de colores

En sus gargantas suenan,

Y los cintillos de brillantes plumas

Adornan sus tobillos y muñecas.

El que ajustado en la frente,

Al erguirse sobre ésta,

Da a la figura la esbeltez del pájaro

Que su penacho en el sauzal ostenta.

Las indias van cantando; sus cantares

Son una extraña mezcla

De alaridos y gritos quejumbrosos

Que en un ritmo monótono se estrechan.

Las ruidosas bandadas de gaviotas

Que sobre el agua vuelan

Gritan como esas indias, y en el aire

Como ellas se revuelven y atropellan.

La turba de los indios las empuja,

Y las mujeres ruedan

Heridas, dando gritos que al vagido

Se unen de sus hijos. No. se arredran:

De nuevo se levantan, y prosiguen

En su danza frenética,

Y en los cantares bárbaros que entonan

En torno del cadáver dando vueltas.

VIII

En redor de aquel fuego y en cuclillas

Ved a esas indias viejas;

Casi con las rodillas sobre el pecho

Revuelven sus vasijas y bostezan.

Sobre sus rostros penden los cabellos,

Que el tiempo no blanquea,

Como retoños lacios y marchitos

Que aun de sus troncos vacilantes cuelgan.

No se adornan los cuerpos angulosos;

Sus mandíbulas secas

Mastican algo que al brebaje arrojan

Que en las silvestres cáscaras fermenta;

Gritan de vez en cuando, y se levantan,

Y de nuevo se sientan.

Hay en sus voces algo de chirrido

Que acaso al grito del chajá se acerca.

IX

¿Y esos indios de bruces en la sombra?

¿Por qué dan esas quejas?

No es sangre lo que brota de sus manos

Que destrozadas muestran?

Se han cortado los dedos. Son parientes

Del cacique que velan:

Se han cortado los dedos con el filo

De sus hachas de piedra.

Así de que lloraron al anciano

Dan elocuente prueba.

¿Quién pondrá en duda su dolor que a voces

n coro manifiestan?

X

Nadie que a medianoche aquellos gritos

Y clamores oyera,

Evitaría que el terror helase

Con un frío de muerte hasta sus venas.

Los llantos de los niños y mujeres

En el aire se mezclan

Con los gritos, palabras y alaridos

De los indios que airados vociferan,

Y con el choque de armas, y el silbido

De las bolas de piedra,

Y los golpes de cuerpos desplomados

Que heridos en el suelo se revuelcan.

XI

¿Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren?

¿Qué ven en las tinieblas?

¿A quiénes amenazan en el aire

Y dirigen sus bárbaras arengas?

¡Quién no lo sabe! Espantan a las sombras

Que, en bandadas, se acercan

Al indio muerto, por cerrar sus ojos

Y apagarle los fuegos. Ved: son ésas,

Esas que, con sus alas de carancho,

Entre las ramas vuelan;

Curupirá las sopla y las revuelve,

El negro Añanguazú viene con ellas.

Son los hijos del aire y da la noche

Que andan en las tormentas

Encendiendo sus fuegos en las nubes,

Los grandes ruidos derramando en éstas;

Son los perros que roen a las lunas

Y apagan las estrellas.

Y lanzan los ladridos prolongados

Que suelen escucharse en las cavernas;

Los que afílan los dientes de las víboras

Dormidas en sus cuevas,

Y en la hierba que pisan los charrúas

Las arañitas de la muerte siembran.

Son las sombras malditas que al cadáver

Del cacique se acercan,

Para cerrar sus párpados, quedando

Bajo de ellas ocultas; allí esperan

Que se apague del indio la mirada

Y hacia adentro se vuelva.

Entonces lo persiguen y lo acosan

En la noche sin lunas que comienza.

Y allí, escondidos en sus toldos negros,

Le disparan sus flechas,

Fingen rostros horribles en lo oscuro

Y soplan como el viento en sus orejas.

XII

El viento se ha calmado; algunas voces,

En medio de la incoherencia

De la grita salvaje, con esfuerzo

Acaso se comprendan.

Oíd a esos que cruzan: sus palabras

Claras allí resuenan;

También a aquellos que, con duros gestos

Amenazando el aire vociferan:

-¡Ahú! ¡Dejad al muerto¡

¡Dejad al tubichá!

¿Por qué sopláis la lumbre de sus fuegos?

¡Dejad al muerto, Añang!

-¡No le cerréis los ojos!

-¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú!

-¿Sentís ladrar las sombras? Han salido

Del tronco del ombú.

-¡Corred, seguid aquella Que se revuelve allá!

Sacude la maleza con las alas, Y agita el ñapintá.

¿A quién lleva el fantasma

De rápido correr?

Ya fugitivo, en sus hombros lleva

Al cacique que fue.

-¡Cómo gritan los árboles¡

-Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú!

-El aire zumba; son los moscardones

Que corre, Añanguazú.

-¡Persiguiendo la luna

Los perros negros van!

-Los perros negros que a beber comienzan

Su tibia claridad!

¡Cómo mira esa sombra Con sus ojos de luz!

-¡Y cómo se retuercen y se alargan

Sus alas de ñandú!

-¡El viento! ¡El viento negro!

¡Allá va¡ ¡Allá val

¿Quién zumba en él? ¡Las moscas que conduce

Gruñendo el mamangá!

XIII

Las sombras de la noche

Vienen volando en caravana aérea,

Y luchan con las llamas, las sacuden,

Y en torno del hogar revolotean.

Las llamas las rechazan,

Y las detienen en aureola negra,

En cuyo seno los añosos árboles

Cobran formas variables y quiméricas.

Los ojos del cadáver

Horriblemente abiertos, parpadean,

Parece que sus miembros se estremecen

Al avivarse el fuego que lo cerca,

O que el rígido cuerpo

Nada en el aire, flota en las tinieblas,

Y se hunde, y reaparece, y se transforma

Cuando la inquieta llamarada amengua,

Formando un fondo negro

Lleno de líneas vagas y revueltas;

Un medio en que se esfuman y se mueven

Formas abigarradas e incompletas.

XIV

El viento se ha callado entre los aires;

Los salvajes jadean;

Se apoyan en sus lanzas o en los troncos,

O se dejan caer sobré la hierba.

La grita se enrarece: por el aire

Las Voces se dispersan.

Suenan acá los llantos de mujeres;

Allá los magullados aun es quejan.

Los fuegos no avivados languidecen;

Sus oscilantes lenguas

Se mueven como el indio que borracho

Lleva de un hombro al otro la cabeza.

Corre entre aquellas voces un silencio

Semejante al que reina

Sobre la onda del río cuando acaba

De pasar por el aire la tormenta.

<