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LIBRO TERCERO CANTO PRIMERO I Genios de las riberas, Invisibles espíritus del bosque, Que convertís en moscas o en reptiles A los indios que vagan por la noche; Seres que, en las tinieblas, Gastáis el tiempo el, ajustar los broches De la dormida flor, mientras su ovario Abre su amor al encendido polen; Que elaboráis en ella El dulce néctar que la abeja sorbe Y los frescos aromas, que sedientos, Los labios de los céfiros recogen; O en la mortal cicuta Vivís acurrucados, de los hombres Acechando el secreto de la vida Y destiláis la hiel de los dolores. Y agriáis la crespa hierba Que ni el carpincho ni la nutria comen, Y envenenáis al avestruz dormido Los huevos bajo el ala sin que os note. II Vírgenes transparentes Que os colgáis en las ramas de los molles, Y os columpiáis, con vuestros pies trazando Rayas de luz sobre la linfa inmóvil , Y en esas lacias hebras Con que acaricia el sauce al camalote Subís y descendéis llevando al río Rayos de luna en haces brilladores; O hundidas en un lecho de espadañas Os reclináis en los desiertos bordes, A escuchar el secreto de las olas Que transformáis en trémulas canciones; Pobladores del aire Leves y multiformes, Hijos de los crepúsculos azules Que con las alas embozáis los montes; Que taladráis el diente De la víbora en donde Derramáis los licores ponzoñosos -Que al infiltrarse, el corazón corroen; Que en los ojos del tigre Encendéis vuestra antorcha y las visiones Preparáis a su luz disparatadas Y las vaciáis en sus extraños moldes; Que en la blanca osamenta, Hacéis brotar los fuegos fatuos dobles, Esos que, sobre el haz de los pantanos, Ebrios, inquietos e impalpables corren. Suben, bajan, se arrastran, se persiguen, Se agitan y se rompen, Y se apagan los unos a los otros Sin que el aire los mueva ni los sople; Almas de los murmullos, Espíritus errantes de las flores Que, al murmurar, hacéis más perceptible El solemne silencio de los orbes; Invisibles remeros Que empujáis blandamente al camalote En que navega incorporado el tigre Que dormido en la orilla descuidóse; Engendros de los ríos Que recortáis la escama y los arpones Del dorado debajo de las islas Que en vuestros hombros sostenéis a flote, Meciéndolas en ellos Sin que el río en que nadan se desborde, Ni el movimiento imperceptible y blando Las húmedas barrancas desmorone; Seres que, como llamas apagadas, Sois de un pasado informe La vida actual y eterna, cuyo velo La fuerza del espíritu descorre; Testigos que no mueren. Que acompañasteis a las tribus nómades, Las visteis desprenderse de su tronco Y viajar, sumergiéndose en la noche: Brotad de entre los tiempos y escuchadme. Yo os nombraré por vuestros propios nombres; En la forma, en la voz y el movimiento Mi espíritu sutil os reconoce. Cabalgando en las horas que pasaron, Que el tiempo enfrena y en su noche esconde Desatad vuestras alas puntiagudas En legiones aéreas y deformes. ¡Horadadme esa tierra! ¡Sacudidme ese monte! Como caen los cabellos de un anciano Como el cardo desgrana sus plumones, De la muerta cabeza En que pensó una raza, acaso logre Ver desprenderse el pensamiento oculto Sobre mi frente cuando yo os invoque. Dad un vuelco a ese río! Salid, desde su légamo a sus bordes, Con secretos del agua y de la arena, De los huesos de piedra que se esconden En el profundo limo En que tienen las algas sus amores, Se arrastra el yacaré, duerme la raya, Y la tortuga sus nidadas pone. Infundid en ese indio Que ahora penetra en el callado bosque Los latidos postreros de una raza Que a vuestro acento viven y responden; Latidos de esperanzas imposibles, Rudo y último acorde De las arpas malditas que sonaron -Pulsadas por la muerte y los dolores. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... III Es Tabaré. Penetra nuevamente A su nativo bosque, Cuyos añosos árboles lo miran Y a su paso sus troncos interponen. Y le tienden los brazos descarnados Con raras contorsiones, Como fantasmas que en inmóvil danza Cruzan y se retuercen por el monte. Y en torno de él se agrupan a mirarlo, Y así que lo conocen, Después de herirlo con los brazos negros, Se dispersan en todas direcciones. Y los duros lagartos al sentirlo Hacia sus cuevas corren, Y asoman las cabezas puntiagudas, Y el largo cuerpo sin calor encogen. Y las ranas se callan un instante Mientras pasa, y sus voces, Como largos quejidos, a su espalda, Cuando ha pasado, nuevamente se oyen. Y los nocturnos pájaros lo siguen En negras procesiones: El chajá dando saltos por el suelo, Chirriando esos murciélagos enormes. Que, como manchas de la misma sombra, La obscuridad recorren, Persiguiendo los átomos, o huyendo Atolondrados de invisible azote. Detrás de cada tronco, acurrucada, Parece que se esconde Alguna cosa que, al pasar el indio, Sigue tras él con movimiento torpe. El siente a sus espaldas ese mundo Que su alma sobrecoge; Mas no se vuelve, y apresura el paso Y sigue, y sigue sin saber adónde. ¿Cuánto anduvo? El indio no lo sabe. Era la media noche Quizá, cuando, rendido por la fiebre, Detúvose entre rudas convulsiones, Pues la luna, en lo alto de los ciclos, Los transparentes bordes De las nubes plomizas encendía Franjeándolas de tenues resplandores. De las que ante su disco se atraviesan, Parecen los Jirones Las siluetas de negros cocodrilos Que la infinita soledad recorren; Palidecen lejanas las estrellas Que, desde lo alto, vuelan hacia el Norte, La cruz del Sur se inclina esplendorosa Con los brazos tocando el horizonte. Tabaré escucha: En el profundo hueco De sus ojos inmóviles Introduce sus dedos el delirio Que atruena su cabeza con sus voces; Y otra fugaces, ora persistentes, Comenzaron entonces A hablar y cobrar vida los espacios, La tierra, el aire, el corazón del bosque. IV Y a los pies del charrúa La tierra daba gritos. Retorcían los árboles sus troncos Como animados de un airado espíritu: -¡El genio de la tierra Ha de morder tus pies, con los colmillos De sus víboras negras, que se arrastran Silbando como el viento! ¡No eres indio! -¡Pasa! ¿Por qué me huellas? La sangre brota de tus pies heridos. ¿Por queme manchas? De tu sangre nacen Malas serpientes, negros cocodrilos. -¡No te detengas; huye! Aquí en mi ceno no hallarás abrigo; Ya para ti la patria es un recuerdo, ¿No te sientes llamar? Es el abismo. Tabaré oyó la voz, cual si brotara De las grietas del suelo removido: Lejanas muchedumbres A sus pies agitaban el vacío; Crujían las raíces de los árboles, Cual si un extraño fluido Las retorciera al circular en ellas, Dándoles movimientos convulsivos. Y del añoso ceibo Cayó, volteando en animados giros, Una hoja seca que miró al charrúa Que a su vez la miraba, y ella dijo: Yo rodaré a tus pies ensangrentados, Realidad de mi símbolo; El viento me ha arrancado de mi rama, A ti te empuja el viento del destino. Yo vivo con la vida de tu estirpe Con tu fiebre palpito; Y mi polvo y el polvo de tus huesos Van a formar el légamo del río. Vamos, charrúa; sígueme, salvaje: Nos llama el torbellino. Tus lunas han pasado; el sueño negro Anda en tus venas derramando frío. Te vuelca el suelo. ¿No lo sientes? Vente; Vente, sigue conmigo; ¿No sientes el aliento de otra raza Que te sopla del suelo en que has nacido? Es la raza de vírgenes tan pálidas Como la flor del lirio, Hermosas cual la luna, cuando se hunde Entre las aguas trémulas del río; Y tienen luz de aurora en la mirada, Y sus ojos tranquilos Miran con odio al indio de los bosques, Y le llaman maldito. Vamos, charrúa; sígueme, salvaje: Mira aquel remolino. Vientos de tempestad vienen de lejos Aullando como perros fugitivos. Las sombras que recorren la maleza Lanzan agudos gritos Esas llamas sin luz marcan la ruta Por donde corren los que fueron vivos. Los impasibles ojos del charrúa Siguen los vanos giros De la hoja en cuyas venas circulaba La vida de un espíritu cautivo. Que en pie la sostenía, la empujaba contra el viento mismo, la llevó saltando y retorciéndose, Siempre mirando y señalando al indio. V Oye entonces el aire de la noche Que a su lado respira Jadeante y con penosa intermitencia Como el hálito de alguien que agoniza: Te ahogas?, le gritaba. Es que en tu bosque La muerte sólo habita Está poblado el aire por las sombras. Por las sombras charrúas que te miran. Vengo empapado en llanto de las tribus Que mueren fugitivas Vengo cargado de vapor de sangre Que forma sobre el campo una neblina. ¿Sientes los ayes? Es la muerte; corre Tras de las madres indias. Que huyen sin hijos. Ellos no se mueven: Tendidos allá están en las colinas. Son tus hermanos, muertos en su tierra Por la raza maldita. Ves esa virgen que en sus sueños anda? Está empapada de tu sangre. ¡Mírala! VI El Indio está de pie. Todos sus miembros Ateridos tiritan Le falta el suelo, y vuelve a recobrarlo En actitud violenta y convulsiva. La fiebre en su cabeza espeluznada Hunde la mano rígida, Y en sus ojos atónitos llamean Con fosfórica lumbre las pupilas. Todo es extraño para él: el viento, Los árboles que imitan Seres desnudos, negros, que en su torno, Se han detenido, y cuyos ojos brillan Entre cabellos que hasta el suelo bajan, Y lentamente oscilan; Brillan marcando el sitio en que se encuentran Cabezas que, sin verse, se adivinan. Los rumores que pasan, van dejando, Por la extensión vacía, Como esos remolinos que las barcas Hacen surgir del fondo de las linfas, Resonancias que brotan de la sombra, Tumultos que se agitan, Silencios prolongados que de nuevo Estallan en confusas vocerías, O dando paso a una voz triste y aislada, Voz que parece amiga, Y dice algo al oído de una lengua Inteligible, pero nunca oída. VII Por fin. cual si las vagas sensaciones Que el indio aun percibía Sufrieran en la nada tenebrosa Una inmersión violenta y repentina, Tabaré se desploma. Un ruido extraño Produce su caída. Se queja el suelo? ¿Quién impone al bosque Esa actitud de asombro o de atonía? Las notas que pasaban, Los rumores que huían, Las ramas que, inclinadas por el viento, A levantarse nuevamente iban, Suspensos han quedado. Es que el charrúa Está en la selva antigua Del indio Caracé; es que ha caído Sobre el sepulcro de su madre extinta, La cruz abre los brazos a su lado, La cruz de la cautiva! Parece que, inclinando la cabeza, La cruz al indio en su regazo abriga. Qué habló con el salvaje, aquella noche, El alma errante que en la cruz palpita, Es el secreto de la sombra eterna... Empieza a amanecer, casi es de día. CANTO SEGUNDO I ¿Quién grita por allá, que tiembla el bosque, Y hasta los aires tiemblan? Un vago resplandor, allá a lo lejos, Sobre el obscuro cielo se proyecta. Destaca el bosquecillo, cuyas formas Vacilantes revela, Y alumbra aquel ombú, que solo y negro Está de pie durmiendo allá en la cuesta. Parece que se mueven un instante Las lomas soñolientas, Que en la turbada obscuridad estaban, Y que asoman por entre las tinieblas De nuevo el alarido temeroso En los aires revienta. El hambre acaso tiene congregadas En esos matorrales a las fieras? No; las fieras miradlas: en rebaños, Tendidas las orejas, Saltan de acá y de allá; sobre las lomas Se detienen volviendo las cabezas; Emprenden nuevamente amedrentadas Su rápida carrera; Y alargando los cuerpos se deslizan Con sigiloso paso entre las breñas. Enarcando los lomos amarillos Acurrucadas quedan, Y en la profunda obscuridad del soto Sus dos ojos de fuego centellean. El avestruz corriendo en la llanura Ya con las alas sueltas; Se siente el aletea de los pájaros Que abandonan sus nidos y se alejan; Y se oyen las carreras del venado Que salta en la maleza, Y el rumor de manadas de carpinchos Que corren a buscar sus madrigueras. II ¿Quién va? ¿Qué sombras son las que corriendo Van entre las tinieblas E indican, con los brazos extendidos, El resplandor de la lejana hoguera? Son los indios charrúas. Han brillado Los fuegos de la guerra En las lomas del Hum; fuegos de muerte Luces del Uruguay en las riberas. Y el indio que al venado perseguía En las pampas desiertas; Y el que encendía el tronco de algarrobo En el hogar del valle, y a las flechas Ataba con los nervios del carpincho El colmillo de piedra, O la cuerda del arco retorcía Formada de flexible enredadera; Y el que miraba más allá, tendido Con su eterna indolencia, A sus mujeres fermentar la chicha Y levantar las pieles de la tienda, Todos vieron los fuegos de las lomas Y alzaron las cabezas, Y señalando el resplandor gritaron ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Fuegos de guerra! Todos caminan; han tomados todos Sus lanzas y sus flechas; Se han pintado los rostros y los cuerpos Con rayas muy azules y muy negras, Inyectando en su piel los jugos agrios De las silvestres hierbas Que el venado no come ni la nutria, Y que crecen de noche entre las piedras, Bajo las cuales, en las altas horas, Ladra el zorro en su cueva Y se esconde la iguana perseguida Y anidan la lechuza y la culebra. Todos caminan; llevan en los cuerpos Arreos de pelea: Las plumas de ñandú sobre la frente En las lanzas humanas cabelleras. ¿Adónde van? Donde los llama el fuego, El fuego de la guerra; El que anuncia la muerte del cacique Allá en el bosquecillo, de las ceibas. Ahú!, ahú, ahú! Corren los indios Gritando en las tinieblas, Y el turbado silencio de la noche Huye a esconderse en la inmediata selva, III Las nubes de humo denso iluminado Que en el aire se elevan Sobre la masa negra de los árboles, Marcan el sitio en que las tribus velan; Desde lejos se ven de los charrúas Las obscuras siluetas Que, cruzando y saltando entre los troncos, Sobre el rojizo fondo se proyectan. IV ¡Extraño funeral! Los indios ebrios Avivan diez hogueras Encendidas en torno de un cadáver Tendido sobre un lecho de maleza. Es un viejo cacique. El sueño frío Se ha entrado por sus venas; Nadie Pudo arrancarlo con la boca De la piel del anciano; quedó en ella, Dejándole el color amarillento Que entristece a las ceibas Cuando el viento se enfría, y de las ramas Las hojas bajan a morir en tierra, Los médicos el vientre del cacique Han chupado con fuerza Por arrancarle el dardo y el gusano Que le causaban mal. Inútil brega. Vedlo tendido, inmóvil, taciturno, Tan largo como era; Los indios gritan, en su torno corren, Y las abiertas bocas se golpean. El arco de urunday tiene el cadáver Entre las manos yertas; Han colocado en orden a su lado Su lanza y sus macanas y sus flechas, Y pieles de venado y las vasijas En que el zumo fermenta De guaviyús silvestres y algarrobas, Y de la miel que forman las abejas. V Las tribus cuidan de que tenga el muerto Las pupilas abiertas; Bien atadas han puesto en su cintura Las silbadoras bolas de pelea; Y, porque espante entre los negros toldos, A Añang y a Macachera Con jugos de urucú pintan su cuerpo Y le embijan el rostro que amedrenta. Tiene azules los pómulos salientes; Amarillas y negras Son las rayas que cruzan sus mejillas, Y su pecho y sus brazos y sus piernas. El deformado rostro del cadáver Forma una horrible mueca Que infundirá terror, cuando al cacique De los genios del aire se defienda VI Ahú! Ahú! Ahú! Por todos lados Los indios atraviesan; Aúllan, corren, saltan jadeantes, Dando al aire las rígidas melenas. Hacen silbar las bolas, agitadas En torno a sus cabezas, Chocan las lanzas, los cerrados puños Con feroz ademán al aire elevan, Y forman un acorde indescriptible Que en los aires revienta: Ebullición de gritos y clamores, Golpes, imprecaciones y carreras. Ya hiriéndolos de lleno, ya a los lejos Bañándolos a medias, Según que a las hogueras se aproximan, O de ellas con el vértigo se alejan, La lumbre hace brotar, corno arrancados Del medio en que voltean, Cuerpos desnudos, rostros que aparecen Y se hunden nuevamente en las tinieblas. VII ¿No son mujeres esas, las que ahora Alumbran las hogueras, Esas que danzan en redor del muerto Y sus pequeños en los brazos llevan? Sí; son madres de indios. Sus cabellos, En obscuras guedejas, Flotan sobre las mórbidas espaldas Ceñidos en la frente; mas no velan Los cuerpos palpitantes y desnudos En que los fuegos tiemblan Dando relieve a ¡os redondos senos Que sudorosos de cansancio ondean. Tienen sus movimientos convulsivos Cierta ruda cadencia Y sus formas desnudas, a las formas De la hembra del venado se asemejan. Sus ojos negros brillan empapados En la luz y chispean Se cimbran sus elásticas cinturas En plumas grises de avestruz envueltas. Los collares de piedras de colores En sus gargantas suenan, Y los cintillos de brillantes plumas Adornan sus tobillos y muñecas. El que ajustado en la frente, Al erguirse sobre ésta, Da a la figura la esbeltez del pájaro Que su penacho en el sauzal ostenta. Las indias van cantando; sus cantares Son una extraña mezcla De alaridos y gritos quejumbrosos Que en un ritmo monótono se estrechan. Las ruidosas bandadas de gaviotas Que sobre el agua vuelan Gritan como esas indias, y en el aire Como ellas se revuelven y atropellan. La turba de los indios las empuja, Y las mujeres ruedan Heridas, dando gritos que al vagido Se unen de sus hijos. No. se arredran: De nuevo se levantan, y prosiguen En su danza frenética, Y en los cantares bárbaros que entonan En torno del cadáver dando vueltas. VIII En redor de aquel fuego y en cuclillas Ved a esas indias viejas; Casi con las rodillas sobre el pecho Revuelven sus vasijas y bostezan. Sobre sus rostros penden los cabellos, Que el tiempo no blanquea, Como retoños lacios y marchitos Que aun de sus troncos vacilantes cuelgan. No se adornan los cuerpos angulosos; Sus mandíbulas secas Mastican algo que al brebaje arrojan Que en las silvestres cáscaras fermenta; Gritan de vez en cuando, y se levantan, Y de nuevo se sientan. Hay en sus voces algo de chirrido Que acaso al grito del chajá se acerca. IX ¿Y esos indios de bruces en la sombra? ¿Por qué dan esas quejas? No es sangre lo que brota de sus manos Que destrozadas muestran? Se han cortado los dedos. Son parientes Del cacique que velan: Se han cortado los dedos con el filo De sus hachas de piedra. Así de que lloraron al anciano Dan elocuente prueba. ¿Quién pondrá en duda su dolor que a voces n coro manifiestan? X Nadie que a medianoche aquellos gritos Y clamores oyera, Evitaría que el terror helase Con un frío de muerte hasta sus venas. Los llantos de los niños y mujeres En el aire se mezclan Con los gritos, palabras y alaridos De los indios que airados vociferan, Y con el choque de armas, y el silbido De las bolas de piedra, Y los golpes de cuerpos desplomados Que heridos en el suelo se revuelcan. XI ¿Qué quieren esas gentes? ¿Por qué corren? ¿Qué ven en las tinieblas? ¿A quiénes amenazan en el aire Y dirigen sus bárbaras arengas? ¡Quién no lo sabe! Espantan a las sombras Que, en bandadas, se acercan Al indio muerto, por cerrar sus ojos Y apagarle los fuegos. Ved: son ésas, Esas que, con sus alas de carancho, Entre las ramas vuelan; Curupirá las sopla y las revuelve, El negro Añanguazú viene con ellas. Son los hijos del aire y da la noche Que andan en las tormentas Encendiendo sus fuegos en las nubes, Los grandes ruidos derramando en éstas; Son los perros que roen a las lunas Y apagan las estrellas. Y lanzan los ladridos prolongados Que suelen escucharse en las cavernas; Los que afílan los dientes de las víboras Dormidas en sus cuevas, Y en la hierba que pisan los charrúas Las arañitas de la muerte siembran. Son las sombras malditas que al cadáver Del cacique se acercan, Para cerrar sus párpados, quedando Bajo de ellas ocultas; allí esperan Que se apague del indio la mirada Y hacia adentro se vuelva. Entonces lo persiguen y lo acosan En la noche sin lunas que comienza. Y allí, escondidos en sus toldos negros, Le disparan sus flechas, Fingen rostros horribles en lo oscuro Y soplan como el viento en sus orejas. XII El viento se ha calmado; algunas voces, En medio de la incoherencia De la grita salvaje, con esfuerzo Acaso se comprendan. Oíd a esos que cruzan: sus palabras Claras allí resuenan; También a aquellos que, con duros gestos Amenazando el aire vociferan: -¡Ahú! ¡Dejad al muerto¡ ¡Dejad al tubichá! ¿Por qué sopláis la lumbre de sus fuegos? ¡Dejad al muerto, Añang! -¡No le cerréis los ojos! -¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! -¿Sentís ladrar las sombras? Han salido Del tronco del ombú. -¡Corred, seguid aquella Que se revuelve allá! Sacude la maleza con las alas, Y agita el ñapintá. ¿A quién lleva el fantasma De rápido correr? Ya fugitivo, en sus hombros lleva Al cacique que fue. -¡Cómo gritan los árboles¡ -Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! -El aire zumba; son los moscardones Que corre, Añanguazú. -¡Persiguiendo la luna Los perros negros van! -Los perros negros que a beber comienzan Su tibia claridad! ¡Cómo mira esa sombra Con sus ojos de luz! -¡Y cómo se retuercen y se alargan Sus alas de ñandú! -¡El viento! ¡El viento negro! ¡Allá va¡ ¡Allá val ¿Quién zumba en él? ¡Las moscas que conduce Gruñendo el mamangá! XIII Las sombras de la noche Vienen volando en caravana aérea, Y luchan con las llamas, las sacuden, Y en torno del hogar revolotean. Las llamas las rechazan, Y las detienen en aureola negra, En cuyo seno los añosos árboles Cobran formas variables y quiméricas. Los ojos del cadáver Horriblemente abiertos, parpadean, Parece que sus miembros se estremecen Al avivarse el fuego que lo cerca, O que el rígido cuerpo Nada en el aire, flota en las tinieblas, Y se hunde, y reaparece, y se transforma Cuando la inquieta llamarada amengua, Formando un fondo negro Lleno de líneas vagas y revueltas; Un medio en que se esfuman y se mueven Formas abigarradas e incompletas. XIV El viento se ha callado entre los aires; Los salvajes jadean; Se apoyan en sus lanzas o en los troncos, O se dejan caer sobré la hierba. La grita se enrarece: por el aire Las Voces se dispersan. Suenan acá los llantos de mujeres; Allá los magullados aun es quejan. Los fuegos no avivados languidecen; Sus oscilantes lenguas Se mueven como el indio que borracho Lleva de un hombro al otro la cabeza. Corre entre aquellas voces un silencio Semejante al que reina Sobre la onda del río cuando acaba De pasar por el aire la tormenta. XV Lo rompe un joven indio que saltando Desaforado llega; Da un grito clamoroso, y con su lanza Pasa de un viejo tronco la corteza. Habla a voces, furioso, sacudiendo Su cabellera negra; Sus palabras parecen alaridos De una ruda y fantástica elocuencia; Y salta como el tigre, y con la maza El cuerpo se ensangrienta, Y sobre el negro matorral de plumas La bola agita atada a su muñeca. Son de hierro sus miembros; nadie excede Su talla gigantesca; Ramas de sauce negro, sus cabellos Sobre el rostro y los hombros, se despeñan, Y en sus ojos pequeños y escondidos Las miradas chispean Como las aguas negras y profundas, Tocadas por el rayo de una estrella. XVI Es el cacique Yamandú. Los indios Se alzan y lo rodean. ¿Qué quiere Yamandú? Reclama el mando Mostrando sus heridas y su fuerza. Nadie como él se descompone el rostro Con espantosa mueca, Ni lanza el alarido que, en la lucha, Brota del hueco de su boca abierta; Nadie como él en el hinchado labio La señal atraviesa Que distingue a los indios de las tribus, Que más espanto infunden en la guerra. ¿Quién sino él, entonces a la gente Llevará a la pelea? ¿Quién sino él, que de enemigos muertos Cien cabelleras en su toldo ostenta, Y adorna su garganta con collares De los dientes y muelas De arachanes vencidos, cuyas pieles Forman de su arco la flexible cuerda? Jamás el gamo huyendo en la llanura, Pudo esquivar su flecha, Ni el avestruz el golpe de su bola Que silba como víbora sedienta. Ahú! clama con grito prolongado, Aquí en el urunday El indio Yamandú clavó su lanza... ¡Nadie la arrancará! Yo he peleado con ella entre las tribus Que ven salir el sol; Ni la he roto Jamas en la rodilla, Ni en mi brazo tembló. La he clavado en el bosque donde encienden, Los caciques chanás, Y los manuanos, tapes y bohanes Los fuegos de su hogar. Yo arranqué la sangrienta cabellera Del fiero Tubichá, Cuya piragua atravesó las ondas Del río como mar. ¡Ved mi pellejo! ¡Tiene más heridas Que plumas el ñandú., Y que lunas han visto los ancianos Salir del guaycurú. Yo derramo la sangre de mi cuerpo De la que, en el chircal, Brotan los yacarés que entre los juncos Duermen del Uruguay. Los rayos de los blancos no penetran En mi curtida piel Más dura que la piel de la tortuga Y del Jaguareté. Mirad mis ojos: brillan en la sombra; Son los ñacurutú... ¿Cuál de los indios tiene la mirada De mis ojos de luz? XVII Un murmullo de asombro se difunde Entre la turba aquella; La tribu, fascinada y aturdida, Nuevo cacique en el salvaje encuentra Ya en algunas gargantas comprimido Está el grito de guerra; La aclamación al indio cuyos ojos Al moverse en la sombra centellean. Entreabiertos e inmóviles los labios Los otros lo contemplan; Sobre aquel grupo de desnudos cuerpos Las rojas llamaradas se reflejan. Ellas solas se mueven y el cacique Cuya ruda elocuencia Es algo como un vértigo que estalla; Una danza fantástica y siniestra. Sólo él se agita, salta, se retuerce Con espantosa fuerza. Inmóvil lo demás; todas las almas En los ojos absortos se condensan. ¡Nadie, prosigue el indio, estremeciendo la turba con su voz, Nadie la lanza que clavó mi brazo De su tronco arrancó! Llega a mi toldo, sin morder mis piernas, El malo añanguazú; Yo penetro de noche al más obscuro Bosquecillo del Hum; Las sombras de los viejos de mi tribu, Y que viven en Tupá, Ven en sus nubes a enseriarme el grito Que lanzan los chajás; Los perros que devoran a las lunas No ladran como yo; El viento negro de la noche calla Cuando escucha mi voz. ¿Quién arranca mi lanza? ¿Quién su fuerza Mide con Yamandú, El indio de los brazos como el tronco Del viejo guabiyú? ¿No oís el río? Suena en sus barrancas. ¡Oíd al Uruguay! Es río de los indios. i Y los blancos En su ribera están! Los blancos que vinieron de allá lejos, De donde sale el sol; Los que matan los indios con los rayos Que el astro les prestó, Y les cortan las negras cabelleras, Y les quitan la piel; Y les roban la tierra en que nacieron Y en que posan los pies. Dando un quejido morirá el charrúa Que nunca se quejó, Y sus mujeres correrán lanzando Sus gritos de dolor. ¿Queréis matar al extranjero? Entonces Seguid al Yamandú. Yo sé matarlo como al gato bravo De los bosques del Hum. Los cráneos de los pálidos guerreros Al indio servirán Para beber la chicha de algarrobas Y el jugo del palmar. Sus rayos no me ofenden; en su sangre Se hundirán nuestros pies; Sus cabelleras en las lanzas nuestras El viento ha de mover; Vírgenes blancas, que en los ojos tienen Hermosa claridad; Encenderán en nuestros libres valles Nuestro salvaje hogar. En esos días de las horas largas En que canta el sabía, y al pie de la barranca está el bañado Dormido en el juncal; En esas noches en que a ratos se oye El canto del urú, los vírgenes esclavas del charrúa Brillarán con su luz. Sus cuerpos son más blandos que el venado Que acaba de nacer, Y tiemblan como tiembla entre la hierba La verde caicobé. Sus cabellos parecen los renuevos Más tiernos del sauzal; Sus bocas se abren como el, dulce fruto Que da el mburucuyá . . . ¡Vamos! ¡Seguidme! ¡El extranjero duerme, Duerme en el Uruguay! ¡El sueño que en sus ojos se ha sentado, No se levantará! ¿Veis? La luna de fuego de las lomas No se distingue aún; Aun se siente a lo lejos en las ramas El canto del urú! Sólo esclavos del blanco allá en su toldo El indio engendrará, Y en sus bosques el fuego de la guerra No encenderá jamás; XVIII Un alarido inmenso, pavoroso En los aires revienta; Nadie a fauces humanas esos gritos, A escucharlos de noche, atribuyera. Un águila tranquila, que pasaba Sobre la selva aquella El vuelo aceleró, cambié de rurribo, Y se perdió en la soledad inmensa; Y el tigre, bajo el párpado apagando De su enorme pupila la lumbrera, Y barriendo la tierra con la cola Y tendiendo hacia atrás la aguda oreja, A largo paso y con temor cambiando De sitio en la maleza, Se revolvió tres veces para hundirse Y quedar más oculto entre las breñas. XIX ¡Yamandú tubichá! ¡Yamandú enciende Los fuegos de la guerra! Al río! ¡Al río! ¡El extranjero blanco Tendido duerme en su cerrada tienda! ¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! ¡Vamos, cacique, Lanza al aire tu flecha, Para que el astro de los indios llegue, Y con presagios de victoria vuelva! Y la flecha del indio por el aire Tiende las alas muertas... ¡Ahú! ¡ahú! ¡ahú! Volvió del astro, Volvió del astro y se clavó en la tierra. ¡Recta como las Palmas de las islas! ¡El astro habló con ella! Al río Al río! Al Uruguay! Al río! ¡Cacique Yamandú! ¡Fuegos de guerra! XX En pos de Yamandú corre la tribu. Su negra silueta Se ve a lo lejos tramontar las lomas Como obscuro rebaño de culebras. Sus gritos y los choques de sus armas Se perciben apenas; Las mujeres, los niños, los heridos En todas direcciones se dispersan. Se escuchan sus quejidos algún tiempo, Que en el bosque se internan; El silencio que huyó, de nuevo vuelve A echarse fatigado entre la hierba. XXI Todo está en calma; el viento está callado, Han vuelto las estrellas A brillar al través de sus vapores, Y siguen en silencio su carrera. El cadáver del indio, abandonado Flota entre las tinieblas Las hogueras a punto de extinguirse, Lo alumbran con Penosa intermitencia, Bañándolo en las tenues llamaradas Que oscilantes Y trémulas, Sacan de entre las cálidas cenizas Las Puntiagudas Y azuladas lenguas. Las sombras que aletean, poco a poco Han bajado a la tierra, Y en torno de los fuegos espirantes, Se arrastran, agarrándose a las breñas. CANTO TERCERO I Duerme San Salvador entre rumores. Corre a sus pies el río Remedando el arrullo de una tórtola Con su blando y monótono ruido, El centinela en el bastión se duerme Y, al verlo allí tranquilo, Juegan con su arcabuz y con su adarga Los invisibles genios de los indios. Con, sus ojos pequeños, y sus cuerpos Desnudos y cobrizos, Con sus pechos y pómulos salientes, Sus labios gruesos y cabellos rígidos: Engendros microscópicos que miran Al soldado dormido. Trepan por él, lo palpan, cuchichean, Y en grupos los recorren con sigilo, Y danzan en su torno de las manos, Golpeando el suelo con alegre ritmo, O, al compás de los ruedos de la noche, Se mecen, en los aires suspendidos, Lanzando esas fugaces carcajadas Y esos pequeños gritos Que se oyen en las noches silenciosas Sin verse quien respira en el vacío ¿Cómo puede dormir, soñar acaso Ese hombre? ¿No habrá visto Esas manchas de sangre que aparecen Del astro solitario sobre el disco? Las horas impregnadas de indolencia, Al soldado han vencido; Juegan con su arcabuz y con su yelmo Los invisibles genios de los indios. II ¿Sentís moverse ese cardal cercano, Y ese roce de cuerpos escondidos Que se arrastran, cual suele entre los juncos Arrastrarse callado el cocodrilo? ¿No veis entre las ramas asomarse Las temerosas caras de los indios Embijadas de rojo, y dibujadas Con trazos verdes, negros y amarillos? Las plumas de sus frentes se confunden Con las hojas del cardo; el remolino Del viento suave, al girar las ramas, Descubre acá y allá rostros cobrizos, Brazos que se abren paso cautelosos; Entre el tupido bosque de espinillos, Cuerpos a medio incorporarse. VedIos. Salen al llano en dirección al río Aquél es Ibiqué. ¿Quién no conoce Al tubicha, tan fiero como listo, Que al avestruz alcanza y al venado, Y apresa entre las aguas al carpincho? Cayú es aquel que corre entre las chircas. Se le conoce en el profundo signo Que le grabó con su hacha en la cabeza Hace algún tiempo el arachán Siripo. ¿También tú, Guaycurú? De los cristianos Tú te dijiste servidor sumiso, Y ese casco que llevas y esa daga De Garay los ganaste en el servicio. Tú fuiste el mensajero de tu tribu; Rompiste en la rodilla tu macizo Arco de ñandubay y, en tu piragua, O a nado, en son de paz, cruzaste el río, ¿No es ésa una mujer? Es Tabolía. Sabe arrancar la piel al enemigo Y ya más de una de ellas ha colgado En el movible toldo de sus hijos. Ella no exprime el fruto del quebracho, Ni recoge en la selva para su indio La miel de guabiyú, ni lleva el toldo, Ni entona el yaraví de triste ritmo. Tiene en su labio el signo del guerrero; Suena en la lucha su salvaje grito, Y en el desnudo seno apoya el arco En que viene la muerte a hacer su nido. Yamandú va adelante. El negro brazo Hacia atrás extendido, Silencio impone a la jadeante turba Con ademán nervioso y expresivo, Mientras él se incorpora; la cabeza Saca de entre las matas y, al tranquilo Resplandor de la luna, ya cercano Observa el silencioso caserío. III Blanca duerme. La lámpara en la alcoba De la inocente niña Su dormida cabeza en la almohada Con trémulas aureolas ilumina. Entreabiertos sus párpados, Dejan adivinar en sus pupilas, Como en el lago el brillo de una estrella La lumbre palpitante de la vida. Los invisibles labios de un ensueño Parecen apoyarse en su mejilla, Y comprimir su boca Con los pliegues del llanto o la sonrisa. Una oración acaso, A medio terminar, interrumpida Por el sueño ha quedado abandonada Entre los labios de la hermosa niña. Que unos ratos parece recogerla, Moverla entre ellos pura e instintiva, Y ofrecerla a los ángeles que nadan En el callado ambiente que respira. ¿Duerme? ¿O en el vahído indescriptible Intermedio entre el sueño y la vigilia La realidad y la ilusión se estrechan Y en su espíritu flotan confundidas? ¿Conserva esa conciencia vacilante, Esa confusa actividad que infiltra La voluntad del hombre en los ensueños Que en lo obscuro procuran sumergirla? IV Acaso no dormía. Se incorpora; En el espacio la mirada fija; Separa los cabellos de su frente, Y escucha inmóvil, temblorosa, lívida. Vedla en el borde del revuelto lecho, ¿Qué ve? ¿Sueña? ¿Delira? ¿Quién derrama en el alma de la virgen Ese terror que asoma a sus pupilas? ¡Ah! Blanca no ha soñado. La ronca gritería Que llegó hasta su oído se repite, Crece, arrecia, se acerca no es mentira. El malón salvaje Derramado en la villa; El bramido terrible de la fiera Que ataca y se revuelve en su agonía. ¡Indios! ¡Los indios vienen! En medio de la grita Se oye el clamar: ¡Los indios! ¡El charrúa! ¡Abál ¡Ahú! ¡Ahú! ... Suena la esquila, Sobre el pajizo techo De la humilde capilla, Con ayes repetidos de rebato; Estalla un arcabuz, el plomo silba. ¡Ah del valiente hidalgo! ¡Los indios en la villa! ¿Do está la espada, brazo de la muerte, Que en las batallas Don Gonzalo vibra? El salvaje alarido Con que las tribus su valor excitan, Suena, cual sí los átomos del aire Para aullar y gemir cobraran vida. Y vuelan las saetas Que sus colmillos en el aire afilan Y en ellas, discurriendo por la sombra, Silba la muerte como errante víbora. Como el penacho ardiente Del yelmo de un demonio, va encendida Su roja cabellera desgarrando En los aires la bola arrojadiza; Y se quiebran las ramas, Los árboles oscilan, Despierta el arcabuz, pero sin rumbo El plomo vuela, el fogonazo brilla. Y el salvaje alarido Levanta a los jaguares que dormían Y se alejan corriendo, y a los pájaros Que huyen despavoridos a las islas. Y el malón se dilata Como reptil inmenso, que se agita En mortal convulsión, y envuelve al pueblo, Y lo estruja y lo ahoga en sus anillas, ¡Ay del pueblo dormido! ¡Ay de la hermosa niña! ¿Quién duerme dulce sueño, quién descansa Al lado de la fiera que agoniza? V Mal ajustado el yelmo, La cota mal ceñida, Con la espada desnuda, Don Gonzalo, Ha estrechado a su esposa; a sus rodillas. Se ha abrazado gimiendo Su hermana Blanca. El capitán vacila. Ruge el malón afuera... Cierra España! Se oye clamar en medio de la grita. ¡Gonzalo, no nos dejes! ¡Gonzalo, si te vas, ¿quién nos auxilia? ¡Santiago! ¡Cierra España!. . Ruge el indio: ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ahú! ¡Ah, por Castilla! De los queridos brazos Se arranca el capitán, corre a la lidia; Ha huido. Doña Luz, y junto al lecho, Blanca ha caído como flor marchita. VI Las macanas que agitan los charrúas Ya están en sangre tintas, Y los desnudos cuerpos brotan sangre Y fuego las pupilas. Rueda el incendio en los pajizos techos, Como de aladas víboras Una bandada extensa que, entre el humo Y el rojizo fulgor, se arremolina. Con retumbante son, en las rodelas Chocan las mazas indias. Mudo está el arcabuz, porque el charrúa El cuerpo ciñe a la armadura misma. Del español, y clava En él sus dientes que la rabia irrita; Y ruedan ambos en estrecho nudo Estremeciendo el suelo en su caída. Crecen los alaridos; La brega recrudece, y la rojiza Claridad del incendio, los pintados Rostros de los salvajes ilumina; Se refleja en las aguas En fantástica danza, y en la villa Las desnudas siluetas de los indios Por todas partes cruzan fugitivas. Como sombras extrañas e impalpables Que los aires vomitan, Y, a la voz de un conjuro, Cuajan en las tinieblas sacudidas. ¡Ay de la dulce hermana De la estrella que alumbra las colinas Cuando la tarde entona sus rumores Al quedarse dormida entre las islas! VII ¿No es Yamandú el cacique El que huye allá en la sombra? Corre volviendo el rostro abigarrado, Huye trepando las cercanas lomas. Es él; bien se distinguen Sus gigantescas formas; Bien se conoce el matorral de plumas Que su cabeza en el combate adorna. Es él. ¿Por qué va huyendo? ¿Por qué a sus compañeros abandona? ¿Teme la muerte el guaraní cobarde Después que él mismo concitó las hordas? No: el indio ha conquistado Lo que su ardor provoca El fue una vez a la española villa, Y vio una virgen. Lo siguió su sombra Al bosque de los talas, A su movible choza; Hirvió su sangre; la pasión salvaje Brutal y ciega devoró sus horas. Miradlo: entre sus brazos Conduce a la española: ¡Es Blanca! ¡Blanca, la inocente hermana De la tranquila estrella de las lomas! Blanca, cuyos lamentos En el aire sofoca El último clamor de la batalla Que desgarrando los espacios Blanca que se retuerce, Y forceja y se ahoga En ese nudo de viviente hierro Que hace crujir sus delicadas formas. Lleva tan sólo de su lecho aun tibio Las desceñidas ropas; Entre los brazos del charrúa Se ven alas de un nido de palomas; Y entre el pecho nervudo Y la mano callosa, La cabeza de Blanca va oprimida Inmóvil y encajada entre dos rocas. VIII Allá en el horizonte Una raya de luz traza la aurora; Luz vaga y cenicienta que franjea Los ropajes talares de las sombras. Los últimos charrúas El incendiado pueblo ya abandonan, Y en grupos se dirigen a la selva Dando alaridos que el espacio asordan. Y, sobre el nimbo tenue Que circunda la frente de las lomas, A ratos se proyecta, siempre. huyendo, La silueta del indio y la española. IX Cuando se lo dijeron, La planta vaciló de Don Gonzalo; Perdió el mundo las formas a sus ojos Y, para no caer, se asió de un árbol. Zumbaron sus oídos Con gritos y lamentos prolongados, Y ese llanto sin lágrimas, que riega La raíz del dolor, secó sus párpados, El nombre de su hermana, Como un ruego, brotó de entre sus labios; Sintió la sombra de su madre extinta Alzarse suplicante allí a su lado. Y tal cual aparecen Las nubes sobre el fondo de un relámpago, De Tabaré el recuerdo presentóse En el fondo del alma de Gonzalo. Tabaré a quien el jefe Buscó siempre en la lucha sin hallarlo; ¿Quién sino él, pensaba, de los indios La turba vil como caudillo trajo? ¿Qué otra cosa en su mente Acariciaba aquel salvaje huraño, Cuando en las altas horas por el pueblo Solía discurrir con sobresalto? X Duró sólo un instante Del abatido joven el letargo; Un instante mortal en que perdiera La conciencia del tiempo y del espacio. Cuando alzó la mirada, Vió que sus hombres de armas, a su lado, Por su intenso dolor sobrecogidos En silencio lo estaban contemplando. Los vio como quien vuelve De larga ausencia, y los hallaba extraños; Meditó, recordó... y un grito sordo Lanzó al hallar de su dolor el rastro. ¡Ah, ya os entiendo amigos! El bosque entero arrancaréis de cuajo. Lo arrancaréis, ¿verdad? i Oh, en vuestras venas Sangre española no discurre en vano Mis valientes, mis fieles! ¿La oís? Os llama sollozando... i Vamos! ¿Cuándo una dama ha recurrido en balde Al hidalgo valor de un castellano? ¡Es mi Blanca! ¡Mi hermana! La recordáis? ¿Lo veis? No está a mi lado Y no está muerta... ¡Ni siquiera muerta! ¿Sentís su voz? ¿No la sentís, mis bravos? Yo a mi maldita suerte Su inocencia y su vida he vinculado; Yo la arrojé a las fauces de las fieras Del salvaje desierto americano. ¡Y era el último ruego De mi madre espirante su cuidado! Para ella fue, para mi tierna hermana La última gota del sagrado llanto. Yo juro al que la salve Ceder mi vida, mi blasón hidalgo. ¡Damián! ¡Ramiro! ¡Vamos, Padre Esteban! Es tiempo aún, y nos está esperando. Corramos a salvarla... ¿Españoles no sois? ¿No sois soldados? ¡Yo juro a Dios que vadearé el infierno, Si el infierno se pone ante mi paso! CANTO CUARTO I Saltando breñas y horadando muros De impenetrables ramas, De enredaderas que de tronco a tronco, Corren y se retuercen y entrelazan; Mburucuyás que, entre follaje ajeno, Abren sus pasionarias, Y columpian sus frutos numerosos De piel dorada y corazón de grana; Rompiendo del cipó las duras hebras Y esquivando las blancas Ramas el ñapindá que con sus dientes Muerde los troncos y los pies desgarra; Cruzando entre laureles y quebrachos, Nangapirés y talas Cuyo follaje espeso y verdinegro Con el del sauce pálido contrasta; Sumergido entre chircas y juncales, Matorrales y zarzas, Se pierde a veces, y se ve de nuevo Reaparecer, huyendo a la distancia, Al indio Yamandú. Lleva en los hombros A la exánime Blanca, Cuyos brazos y negra cabellera Cuelgan lacios del indio por la espalda. Ya rompiendo los muros de verdura El salvaje se agacha, Ya se abre senda con el duro brazo, O entre los troncos derribados salta. Tal el tigre que va a su madriguera, En la maleza arrastra, Llevada entre sus fauces sanguinosas La res herida que cayó en sus garras. II Silencioso está el bosque, el bosque obscuro De ceibos y de talas, El bosque de las sombras, en que anidan Las noches más obscuras y -más largas, Que convierten en moscas o en reptiles A los indios que pasan, Y las alas de piel de los murciélagos Empapan en la sangre de la iguana. Es el bosque de Añag; las tribus huyen De sus siniestras ramas: Tan sólo los payés en él aprenden De Añán-guazú los cantos y palabras. Nacen en el los seres invisibles Que a los indios disparan Las flechitas de piedra que penetran Y enfrían para siempre las entrañas; Los indios que en la tierra no se mueven Entre las sombras andan Dando alaridos y encendiendo fuegos, Y golpeando los troncos con sus hachas; Y se les ve subirse a las tormentas Que Por el aire arrastran, Y, entre una y otra ráfaga de viento, Se oyen sus voces tristes y apagadas. Por eso nunca se llegó la tribu Al bosque de los talas; Sobre él no tiene luz el astro grande, Las lunas, al tocarlo, se desmayan. Es un bosque sin cantos y sin nidos; Sus ceibos y sus talas Ostentan la vejez, que es en el árbol La plena juventud, la más lozana. En torno de los troncos, la maleza Crece tupida y alta, Y enredaderas duras y sin nombre En todas direcciones se enmarañan, Y cuelgan de la bóveda hasta el suelo, Y entre el musgo se arrastran Y envuelven en sus hojas verdinegras Los troncos secos que en el suelo abrazan; Los troncos derrumbados por el rayo Que no mató las plantas Que al árbol vivo estaban adheridas Y su negro cadáver acompañan. III Caídos los cabellos Como el ala del ave fatigada; Insensible, sin fuerzas ni conciencia, Sin miradas los ojos y sin lágrimas; Mal cubiertas las formas, Formas de líneas tímidas y vagas, Pues los años, artistas de la vida, Su obra tienen apenas modelada, Hundida entre la yerba, Como una garza herida, yace Blanca. Su cabeza se mueve sobre el pecho Cual colgada del cuello; frías, lacias, Sus manos han caído Sobre el blanco regazo en que desmayan. Casi ríe su labio; es esa tregua Que el colmo del dolor presta a las almas. ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... Los ceibos se han echado Sobre la espalda el manto de escarlata; En idioma extranjero están las hojas Conversando entre sí y en voz muy baja. IV Un hondo grito de terror y angustia Blanca por fin exhala, Un grito que la selva ha estremecido Y penetró temblando en sus entrañas. Al tornar a la vida recobrando Una conciencia vaga; Al volver a sentir que en sus pupilas Las confusas miradas despertaban, Las derramó en su torno; vió a su lado, Entre la luz escasa, Los viejos troncos, la maleza, el bosque, Y por fin, en la sombra, a sus espaldas, Con las negras pupilas luminosas En lascivia empapadas, Vió el rostro abigarrado del salvaje Que de su presa el despertar aguarda. Una estúpida risa lo contrae Con una mueca bárbara; La cabellera rígida y obscura Sobre el pintado rostro se derrama; El cuerpo tiembla, y el jadeante aliento, Al rozar la garganta, Forma un sonido intermitente y áspero Que se acelera y al rugido alcanza. El salvaje se ríe; de aquel bosque Sólo él sabe la entrada; Él es pay; de Añan-guazú no teme Los fuegos ni los pálidos fantasmas. V El grito de la virgen se ha extinguido, Su cabeza, ocultada En los brazos que oprimen las rodillas, Todas las líneas de su cuerpo, pálidas, Forman un nudo estrecho y tembloroso Que se ve entre la grama Al través del cabello que lo envuelve Como el ramaje al ave amedrentada; Nudo ajustado apenas, que la mano De un niño desatara; Que defender no puede en aquel bosque El tesoro que guarda. Siente la virgen tras de sí el romperse De sacudidas ramas, Y oprime más sus trémulas rodillas, Y así un gemido imperceptible lanza. ¿Qué pasa allí? La niña sólo siente Dos rugidos que estallan, Dos cuerpos que a su lado se desploman, Y un grito sofocado a sus espaldas. Después por un instante, sólo escucha Las hojas que se hablan en voz baja... Alguien también respira justo a ella. ¿Quién es? Nadie la ofende, todo calla. No se atreve a mirar eso ignorado Que siente allí, muy cerca, como zarpa Ya dispuesta a caer, sus pensamientos Comienzan a voltear en ronda vaga; Sin rumbo se atropellan sus ideas, En silencio la atruena; en su mirada Las sombras se condensan; los rumores Se alejan en tropel, y, a la distancia. Parecen remedar voces confusas, Indefinibles gritos o palabras Le falta tierra, y aire, y se desploma, Y el nudo de sus brazos se desata. Ha creído escuchar al desplomarse, Algo como un lamento a sus espaldas, Y haber visto tina sombra conocida Llegarse hasta su lado sin tocarla. VI El indio Yamandú yace en el suelo. En los ojos y el alma Tiene la noche; su salvaje risa Está en sus labios para siempre helada. ¿Quién es ese indio pálido y convulso Que entre la yerba se alza Después que entre sus dedos ha estrujado De Yamandú el cacique la garganta? ¿Quién escuchó en el fondo de la selva Temida de los talas El grito de la virgen española Indefensa y esclava? ¿Quién sino él? De pie junto a la niña. Que inmóvil a sus plantas, Como si el soplo de un ensueño frío Por sus hinchadas venas circulara, El indio Tabaré mira el cadáver De Yamandú, y a Blanca Que, cual visión dormida en la maleza, Se presenta a sus ojos yerta y pálida. Es él, es Tabaré, que hasta aquel bosque llevado fue por una fuerza extraña, Y al despertar de su sopor, en brazos De la cruz de la selva solitaria, Sintió muy cerca entre el rumor confuso De ramas agitadas, El grito que la virgen española Al distinguir a Yamandú lanzaba. Saltó como mordido por el aire; Saltó, y en la garganta Del indio Yamandú clavó sus manos Que sacudió con fuerza extraordinaria, Hasta sentir la muerte entre sus dedos Crispados por la rabia. Dejó el cuerpo del indio estrangulado, Se alzó y miró... la virgen allí estaba. VII E inmóvil, tembloroso. El indio miró a Blanca, Cual si la muerte, asida a sus cabellos, Su oído con sus gritos desgarrara; Y sigue el ruido sordo de las hojas Que en voz baja se hablan En ese idioma dulce y extranjero En que hablan los crepúsculos al alma; Y sobre el lecho de hojas y de espinas, La niña desmayada se destaca, Iluminada por el rayo triste De la primera luz de la mañana. VIII Tabaré cargó en hombros el cadáver, Miró de nuevo a Blanca, Y alejóse en silencio Cual si temiera acaso despertarla. Y seguía, seguía presuroso, Con el muerto a la espalda, Volviendo la cabeza Entre mortales pavorosas ansias. Se detiene por fin; tira el cadáver, Lo esconde entre las zarzas. Y sigue huyendo, huyendo Del sitio en que la niña se encontraba. IX Como lebrel tras el perdido rastro Ciego y sin rumbo vaga, Y de pronto lo encuentra por el aire, Y vuelve atrás jadeando entre las matas. El indio Tabaré cambia de rumbo; Su camino desanda, Y corre, corre ansioso y convulsivo Entre las breñas que sus pies desgarran. Tal cruza el matorral la hembra del tigre, Y entre las ramas salta Dando cortos bramidos, cuando escucha A su cachorro herido a la distancia. X Sólo el indio lo hubiera percibido. Ha sonado a su espalda Un vagido a lo lejos, a lo lejos, En el bosque de ceibos y de talas. Se parece al quejido del venado Cuando a su madre llama Escondido en los verdes matorrales Al percibir el vuelo de las águilas. Es el débil gemido que la niña Al verse sola lanza. Tabaré llega, y jadeante y mudo Se detiene a su lado sin mirarla. Un pánico de muerte, se apodera De su ser; sienta a Blanca Moverse entre las breñas, como el cisne Que, se revuelve herido en la hojarasca, Y alguien diría que algo pavoroso Al salvaje anonada. Un soplo helado por sus venas corre Y en sus pupilas la visión apaga. Parece que la mano de la muerte A su rostro se agarra, Y la ardorosa piel de su cabeza Con lento esfuerzo de su cráneo arranca. Tabaré tiembla: siente que a su lado La española se arrastra; Percibe en las rodillas el contacto De sus manos heladas, El roce de su aliento, La humedad de sus lágrimas, Y oye, por fin, su voz, su voz no hay duda. Que allí como un ensueño se levanta. Parece que al acento de la niña, Todo ruido se apaga, En el alma del indio; el mundo todo Sólo una voz para el salvaje exhala. Jamás la fiera dominó a su presa, Como la virgen pálida Al hijo del desierto que, temblando, Sobrecogido escucha sus palabras. XI ¡Eres tú, Tabaré! ¿Por qué me hieres? ¿Por qué así me maltratas? Yo nunca te hice mal; yo no quería Que tú de nuestro hogar te separaras. ¿Qué me quieres, charrúa? ¿En mí vengarte Querrás de las ofensas de mi raza? No me hagas mal perdóname; Yo no te odié jamás... ¿Por qué me odiabas? Perdóname, por Dios; por la memoria De aquella madre blanca Que está en el cielo, y desde allí te mira, Y en el mundo tus pasos acompaña. Si no han muerto, me lloran mis hermanos; ¡Oh! Llévame a su lado, que me llaman. Enséñame el camino: Yo sola iré; las fuerzas no me faltan. Aunque ves que desnudas y con sangre Se resisten mis plantas A sostener mi cuerpo, no lo creas, Aun puedo caminar una jornada. Dime sólo, por Dios, cuál es la senda Que conduce a la playa... ¿No me contestas? Tabaré, ¿qué tienes? ¿Qué haces ahí? ¿No me oyes? ¿Me amenazas? ¡Ah! Me infundes terror. ¿Por qué así tiemblas? ¿Te ofenden mis palabras? Yo me iré sola sí piadoso y bueno La senda de mi hogar tú me señalas. ¿O han muerto todos? Dímelo, ¿qué hiciste? Mataste a mi Gonzalo en la batalla? Sola, sola en el mundo Yo tengo que morir abandonada! Déjame entonces, Tabaré, que rece La oración de IL noche, pronto acaba; Y moriré en silencio, Si tengo que morir, si no te apiadas. XII El indio que, abrazado a un viejo tronco, A la niña escuchaba, Lanza un gemido prolongado, amargo Como un llanto sin lágrimas. Todas a una al reventar, sollozan Las fibras de su alma; Blanca atribuye a rabia aquel sollozo Y un nuevo grito de terror exhala. Al cielo la oración de la inocencia Temblorosa levanta Con las manos unidas, y los ojos Llenos de luz, de sombras y de lágrimas, Cual si quisiera aprovechar los breves Instantes que le faltan, Ahoga los sollozos, y de entre ellos Brota en tropel la fórmula sagrada; Las fórmulas que el indio en los albores Escuchó en su infancia De una mujer tan blanca como aquélla, Que sus primeros sueños arrullaba. ¡Morir tú! grita el indio... Por el bosque El sueño negro pasa, Ha brotado en la sombra, y va cruzando, Y el ñapindá sacude con las alas. Ha golpeado la frente del charrúa Con sus manos heladas... ¿,Dónde está? ¿Quién en medio de la selva, Con esa voz de mis ensueños ancla? ¡Morir! ¡La virgen del ensueño dulce! ¿Quién llegará a tocarla? El indio entre sus brazos ahogaría, Al negro yacaré de las barrancas; Arrancará a los fuegos de las nubes Sus encendidas alas Y mojará con sangre de su cuerpo El astro de las lomas solitarias. ¡Tú morir! Cuando el indio con sus manos Vuelque todas las aguas Del Hum y el Uruguay, y allí derrame Toda la sangre de su oscura raza; Cuando en sus dientes Tabaré el charrúa Destroce las escamas Del yacaré, y al tigre con los dedos Arranque palpitante las entrañas, Aun entonces la virgen de los sueños Se moverá gallarda; Todas las flores se abrirán para ella, Y cantarán por ella las calandrias. ¿Quién con la voz del sueño de mis noches, Entre las breñas anda? ¡Quién vierte en las arterias del charrúa El fuego que calienta las venganzas? XIII Blanca mira al salvaje que persigue Invisibles fantasmas, Mucho más de una vida se refleja En su pupila azul iluminada. . La extrema palidez que por sus miembros Convulsos se derrama, Hace de él una sombra transparente, Forma sin cuerpo, evocación fantástica. XIV En la mente del indio se disipan Las visiones, y clava Con dulce intensidad en la española Sus pupilas ardientes y cansadas. Sus ojos en los ojos de la niña Largo rato descansan; Una gota de llanto brota en ellos Y brilla tristemente en sus pestañas, Y su voz se transforma, y suena dulce Como suenan las auras En los bosques del Hum, cuando las sombras Que durmieron en él se desparraman. ¿Por qué la virgen hiere con los labios Al indio Tabaré, Que ha contado las horas de sus noches Todas negras correr? ¡No eres el sueño! ¿Sientes en las venas La vida corno yo? ¡Ah! ¿No eres sombra de la noche oscura Que vive en mi dolor? Ven, el charrúa posará sus labios Donde poses el pie; Vamos con tus hermanos. A las sombras, Yo volveré después. No se abrirá dos veces con la aurora. La flor del guabiyú; No mojarán dos lunas en el río Su temblorosa luz. Y ya el charrúa el sueño que no acaba Comenzará a dormir. Pues siente ya en sus huesos mucho frío El frío de morir! ¿Oyes el canto? Ya anda entre las ramas Con su canto el urú: El pájaro que anuncia las auroras Y llora por la luz. ¿No lo sientes? Es triste corno el indio, Dulce como el sabía. . . No Meras, virgen, al salvaje enfermo Que la noche sin lunas va a cruzar. La noche sin auroras y sin cantos, Donde corren sin fin Las almas perseguidas, que aspiraron La flor del curupí. Sólo una vida tiene una tan solo El indio para ti; Tú no dirás su nombre dulcemente. Él volverá a morir, Allá en el bosque donde el astro hermoso Nunca se ve asomar, Donde vuelan los pájaros obscuros Que no duermen jamás; Donde duerme la madre del charrúa Tan blanca como tú; Donde los fuegos de su hogar primero Brillaron con su luz. Nadie dirá con llanto de ternura: ¡Ah muerto Tabaré! Nadie verá los huesos con tristeza, De mi cuerpo que fue; Mas la ligera madre del venado Herido en el chircal, Sobre los huesos del cacique muerto Por el venado herido balará. Vamos con tus hermanos. A su selva El indio volverá. Su raza ha muerto; se apagaron todos Los fuegos de su hogar. Ya siento el sueño negro que no acaba En mis huesos correr; Vamos hasta el hogar de tus hermanos; Allí te dejaré. Tú quedarás corno té vió en los sueños El indio "Tabaré". Que va a cruzar entre los negros toldos Para nunca volver: Pura como, las aguas transparentes Que duermen en el Hum Cuando en los aires enmudece el viento Del Paraná-guazú. Vamos con tus hermanos no me hieras, El indio no te odió; Tú lo has seguido siempre, derramando En sus venas dolor; Tú te has llevado el sueño de sus noches Y el fuego de su hogar, Las alas de sus flechas y la fuerza De su arco de Urunday. Vamos con tus hermanos. A su bosque El indio volverá A morir con su raza y con los fuegos De su salvaje hogar. La voz del indio suena dulcemente, Como suenan las auras En los bosques del Hum, cuando las sombras Que durmieron en él se desparraman. Blanca lo escucha corno se oye el ego De canción olvidada, Que en ráfagas acude a la memoria Sin que la voz consiga formularla. Pende en los labios de la absorta niña La tímida palabra De la truncada oración, y mira y sigue Al indio con atónita mirada. En sus ojos azules ha creído Ver algo que esperaba, Algo corno las estrellas de las tardes Que en las riberas alumbró sus lágrimas; Punto de luz en que miraba acaso Aquella madre blanca Que se acostó a morir bajo los ceibos Y en el dolor de su hijo despertaba. La niña vió la luz en el abismo; Y alguien que habló en su alma: “Esa es, le dijo, tu soñada lumbre, Pero ese abismo sólo Dios lo salva". Todo lo comprendió, y amó al salvaje Como las tumbas aman; Como se aman dos fuegos de un sepulcro Al confundirse en una sola llama; Como de dos deseos imposibles Se aman las esperanzas, Cual se ama, desde el borde del abismo, Al vértigo que vive en sus entrañas. CANTO QUINTO I ¿Quién es ese indio pálido que cruza Las lomas solitarias, Y atraviesa el chircal y los, bañados, Y una virgen conduce a sus espaldas? Camina vacilante como un ebrio; En convulsiones rápidas Se sacuden sus miembros, y en sus brazos Oscila a veces la preciosa carga. Es el indio impasible, el extranjero, El salvaje con lágrimas, La última gota de una sangre f ría Que aun no ha bebido la sedienta pampa. II El sol ha recorrido La mitad de su marcha, Y los viajeros sin cesar caminan Al través de las lomas solitarias. Oyen por todas partes La metálica voz de la chicharra, y al mangangá que zumba dando vueltas Y al camoatí que hierve entre las ramas. El trémulo volido De la perdiz lejana, Y, en el quebracho, el golpe vigoroso Del carpintero, leñador con alas. El aire está poblado De susurros que pasan; Como en un velo de cristal envuelto El campo brilla entre aureolas diáfanas. Con intervalos breves, Del arbusto en las ramas, Su cantarcillo igual lanza el chingolo, Prolongando la nota con que acaba. Y se oye repetida A diversas distancias, La misma melodía quejumbrosa Que va, viene, contesta, ruego o llama. El zorro entre las chircas Su larga cola arrastra, Huyendo a saltos y volviendo a veces El puntiagudo hocico entre las zarzas; La pesada cabeza Inclina el cardo seco; de su blanda Plumazón se desprenden las semillas Como enjambre de estrellas apagadas, Que vuelan en flotantes remolinos O en el suelo se arrastran; Se detienen, y emprenden nuevamente Su camino sin rumbo, atolondradas. Y, con Blanca en los brazos, El indio no descansa, Camina lento, sin cesar camina Dejando atrás las lomas solitarias. III Cruzan los bañados Cubiertos de espadañas Sobre las cuales desarrolla al aire Su penacho gentil la paja brava; Allí los mirasoles Abren sus verdes alas, Y lanzan estridentes alaridos Los pesados chajás en las barrancas. Tiemblan los amarillos pajonales, Y brillan las tacuaras, Y, entre los cardos secos y caídos, Cruzan la lagartija y las iguanas. Quejidos de palomas invisibles, Y voces de calandrias., Y notas como golpes sonorosos De los dormidos sauces se desgranan, Y pueblan el silencio de los aires Mezclados con las ráfagas De aromas puros, hálito del campo, Y de perdidas flores ignoradas. A grave paso y lento, la cigüeña Recorre las cañadas, O rozando los juncos alzarse Los abanica con sus alas blancas, Y, volando a compás firme y solemne, Tranquila se adelanta, Y se aleja y sé -aleja hasta perderse Diluida en el aire y la distancia. En las aguas inmóviles Se reflejan las garzas, Que dormitan o cruzan cadenciosas, Como formas de espuma, entre las cañas; Los insectos se cuelgan En sus hilos de plata, O trepan por sus redes que parecen Hebras de sol o cristalinas arpas; Y con Blanca en los brazos Sigue el indio su marcha Despertando a su paso en la maleza Los venados, que huyendo se levantan, Y en la lejana cumbre de la loma A mirarlo se paran, Proyectando en el cielo la silueta Del cuerpo esbelto y enramadas astas. IV Y los viajeros siguen. Y sobre ellos las águilas En inmensos balances se remontan Del trasparente espacio soberanas. Gritan los teru-teros, Cuyas alas armadas Zumban en vuelo sesgo y atrevido Que el aire en todas direcciones rasga. O corren por el suelo Y huyendo se agazapan, Abandonando el nido silenciosos Para gritar después a la distancia. Brillan entre las flores La pequeña coraza Y la armadura azul y el yelmo de oro Del picaflor, armado por las auras, Para librar temblando Sus rápidas batallas Contra los genios que invisibles flotan, Y los ovarios de las flores guardan. Y todo para el indio Luce, resuena y pasa, Como adioses confusos y postreros Que se van para siempre y que se abrazan. Él sigue, sigue siempre Con Blanca en las espaldas; Nada escucha; su cuerpo ya no tiembla Ya las heridas de sus pies no sangran. No ha salido del labio del charrúa Ni una sola palabra; El movimiento de su paso es dulce Como el balance de una cuna, Blanca Sobre el brazo, en el hombro del salvaje, La cabeza descansa; Las horas cierran sus hinchados párpados; La virgen duerme... Por sus labios pasa El aliento a compás, y en ellos deja Una sonrisa amarga, Lejana transparencia de un ensueño Que se mueve en el fondo de su alma. V Se ha detenido Tabaré de un sauce. Bajo las ramas trémulas; Está inmóvil, absorto; para el indio La dulce niña aniquiló la tierra. Sólo siente en su oído acompasada La tibia intermitencia Del aliento de Blanca que, dormida, Sobre un hombro descanse la cabeza. Percibe sus latidos melodiosos Que el pecho le golpean, Como el ritmo de un canto sin sonidos Que sin tocar su cuerpo a su alma llega. El indio no se mueve; como en éxtasis En sus brazos conserva A la virgen que duerme, como el ave Duerme en el nido que en la rama cuelga. VI Se acerca el sol a la última colina Y Blanca no despierta; Duerme tranquila. Su jornada el indio De nuevo emprende cuidadosa y lenta. Su pie desnudo, por guardar silencio, Esquiva la hoja seca; Su mano, sin esfuerzo, suavemente Separa la silvestre enredadera; Del lugar en que anida el teru-tero Con cuidado se aleja, Por evitar sus gritos que de Blanca El dulce sueño interrumpir pudieran. Y sigue, y sigue, y cruza, una tras otras Las colinas desiertas; Se pierde en el cardal de las cañadas, Y aparece de nuevo allá en la cuesta. VII ¿Lo veis allá en la loma? El viento fresco De la tarde que llega Despierta a la española que, en su torno, Derrama la mirada con sorpresa. ¿Cómo pudo dormir? Un raro ensueño, Que casi no recuerda, Acaba de volar dejando en su alma, Como el calor del pájaro que vuela. Queda en el nido, un rastro de algo triste Que a precisar no acierta; Algo como un acorde, cuyas notas Siguen vibrando aún, pero dispersas. Blanca mira al charrúa. Con el dedo Este a la virgen muestra Una columna de humo que a lo lejos, Sobre la masa de árboles se eleva. ¡El Uruguay! ¡San Salvador! La niña Una mirada intensa La niña Ha clavado en los ojos del charrúa Azules y tristísimos. La estrella Brillaba en ellos, pálida, lejana, Agonizante y trémula, La estrella solitaria de las tardes Que las colinas últimas pasea. El indio miró a Blanca, y sobre el pecho Inclinó la cabeza; Su mirada era fría y extenuada Cual la última que envía entre las breñas. El inerte venado que allí muere Sin lanzar una queja, Lamiéndose la herida dolorosa Y ya sin sangre en su costado abierta. La niña, sobre el hombro del charrúa, Y entre las manos yertas, Ocultó el rostro, cual si hubiera oído Una angustiosa inesperada nueva; Algo como el anuncio de la muerte Que ya tarde nos llega De alguien que al expirar nos ha llamado Y que oímos tal vez sin darnos cuenta. ¿Qué ha visto Blanca al despertar, y hallarse Con la mirada aquella? ¿Por qué rompió de pronto en un sollozo Y en un llanto de lágrimas acerbas? Lloraba a gritos con el rostro hundido Entre las manos gélidas, Y al través de sus lágrimas miraba, Levantando un momento la cabeza, Al indio en cuyos brazos se veía, A la corriente inmensa Del Uruguay, y a la columna de humo Que se elevaba transparente y lenta. VIII Tabaré oyó de Blanca los sollozos Con muda indiferencia: Impasible, perdida, sin posarse Entre los aires su mirada muerta. Estaba en pie, pero insensible, frío, Frío como la tierra; Parecía extenuado; más de pronto, Como empujado por ajena fuerza, Su cuerpo helado descendió la loma Con la española a cuestas, Cuyos largos sollozos resonaban En la salvaje soledad desierta. Y el grupo aquel, atravesando el llano En siniestra carrera, Corro la sombra que en el suelo cruza De oscura nube que los vientos llevan, Se hundió en la sombra del cercano bosque, Cuyos talas y ceibas Parecieron cerrarse tras el paso Del indio y la española. Tal se cierran Las aguas o el sepulcro. en cuyo seno Se hunden o se despeñan La flor que se desprende de su rama, Y el hombre que resbala de la tierra. CANTO SEXTO I El sol va descendiendo lentamente, Y sus rayos oblicuos, Como ligeros seres embozados En diáfanos cendales amarillos. Van y vienen, flotando entre los árboles, Se bañan en el río, Se arrastran por el campo o, escondiendo El rastro de su vuelo fugitivo, Van a posarse en el ombú lejano, A cuyo lado mismo El Urunday, envuelto en los vapores Duerme a la sombra el sueño vespertino. En la nube de bordes inflamados, De su agrandado disco El sol oculta una mitad la otra Alumbra el campo con su triste brillo. Al desprenderse entero de las nubes, Desciende como el ígneo Escudo de batalla de un arcángel Que cruza lentamente lo infinito, Dejando tras de sí, Por los espacios, Sobre un campo rojizo, Trozos inmensos de armaduras de oro Y jirones de púrpura encendidos. Los rumores del valle se evaporan; Los vientos han huido A echarse fatigados en las islas Donde, a Poco volar, duermen tranquilos. II Solo sobre una loma, separado Del bosque de espinillos, Está un ombú de los que allí parecen Para medir la soledad nacidos. En el tronco del árbol apoyado, De pie, mudo y sombrío, Los brazos sobre el pomo del montante, Y con los ojos en el suelo fijos, Don Gonzalo de Orgaz, que todo el bosque En vano ha recorrido, Y ha transpuesto las lomas y barrancas Sin hallar de su hermana ni un vestigio; Que recién apagadas las hogueras Del bosque vió, junto al cadáver frío Del indio viejo, cual si viera el lecho Que el tigre acaba de dejar, aun tibio; Con la noche en el alma y en la frente, Comprime de su espíritu La tempestad siniestra, que se arrastra De su ira y su dolor en el abismo. Algunos hombres de armas lo rodean Mudos y pensativos También el Padre Esteban: en sus labios Asoma y se detiene en su camino Una frase de amor no articulada, Que al fin se desvanece en un suspiro; Todos callan; debajo de la cota Del capitán se escuchan los latidos. III Los soldados comprenden La pasión de Gonzalo en su silencio. El que reina en el mar cuando las nubes Anuncian tempestad, no es más siniestro. Hay chispas comprimidas del hidalgo En los ojos inmóviles y negros: Tiene su pecho el palpitar de la onda Próxima a reventar; hay en sus nervios Una tensión violenta, Que sacude su cuerpo por intervalos Con un espasmo rápido que cruza Por sus rígidos miembros. IV ¿Quién osará romper con su palabra Aquel mutismo terco Del hermano de Blanca, sin que estalle La tempestad latente de su pecho? Miran todos al monje sólo él sabe Del alma los secretos; El vio nacer al capitán; él solo Supo calmar sus ímpetus violentos. -Gonzalo, amigo, escúchame, Dijo por fin el vicio misionero; ¿Por qué entregarte a ese dolor sombrío? Aun no es de noche... al bosque volveremos. Volveremos, y acaso... ¿Por qué desesperar? Acaso el cielo, Mi buen Gonzalo a tu dolor reserva Y a tu congoja, lo que humano intento No alcanza a vislumbrar, próvido amparo Y benigno amparo Al dolor sobrevive y a la muerte La esperanza que a Dios pide su aliento. Pon la tuya en tu Dios. amigo mío, Sólo él es grande y bueno. Oye, Gonzalo... vuelve en ti... confía, No encones tu dolor, yo te lo ruego... La ira de Gonzalo, Cual si saliera de un sopor interno, Estalló, como el rayo cuando siente, Desde su nube la atracción del suelo. Sus atónitos ojos Por el campo vagaron un momento Hasta que al fin una mirada ardiente Subió ¿el alma hasta apoyarse en ellos, Y saltar sobre el monje Y en él clavarse con el fuego intenso Que templaba los nervios del hidalgo Para que en ellos estallase el vértigo. -¡Vos! gritó amenazante, Al monje devorando con el gesto, ¡Vos me venís a hablar de una esperanza Que sólo vos matasteis en mi pecho! Vos que, con arte indigna, Me indujisteis al mal con vuestros ruegos, Me mostrasteis hermanos en los indios, E hijos de Dios en ese infame pueblo. ¡Y que aun en Dios confíe! ¡Y a mí me lo decís, ira del cielo! ¡A mí, que lloro al ángel de mi vida Perdido por seguir vuestros consejos! ¡Qué! ¿Creéis que mi hermana, De mi padre el legado postrimero Pasto de la pasión de vuestros indios Ha de quedar en extranjero suelo? ¡Oh! Yo os juro que antes Que tal suceda, escucharé en silencio Que llamen a mi madre prostituta, Bastardo a mí, y a mi blasón plebeyo. ¿No sabéis que mi Blanca Lleva en las venas ésta que yo llevo, Sangre de Orgaz, que agravio no tolera Ni sobrevive al deshonor? SabedIo, Y, volvedme mi hermana! Oh, me la volveréis, ¡voto al infierno! ¿No decís que aun es tiempo de ir al bosque? ¿Pues cómo aquí os halláis? ¿Cómo aquí os veo? ¿Qué hacéis? Id a la selva A buscar vuestros indios, sólo enfermos, Vuestros hijos de Dios desheredados... Buscadme aquel salvaje prisionero, A quien por vos tan sólo Por vuestros ruegos abrigué en mi seno Id al bosque, ¿qué hacéis? Oh!, por la sombra Sagrada de, mi madre, yo os prometo Que ese sayal que os cubre No embotará la punta de mi acero. ¡Hablad! ¡Dadme mi hermana, Padre Esteban! Dádmela! ¿Dónde está? ¿Qué la habéis hecho? V El anciano callaba; Miraba a Don Gonzalo por momentos, Y tornaba a doblar mudo la frente, En serena actitud permaneciendo. Callaban los soldados, Mientras Gonzalo, tembloroso y ciego, Buscaba en vano en el humilde fraile Provocación o enojo cuando menos. ¡Damián! ¡Garcés! ¡Ramiro! Gritó por fin, pues lo que yo le ordeno No obedece de grado, por la fuerza Llevadlo al bosque retornad... ¿Qué es esto? ¡Qué! ¿No me obedecéis? ¿También vosotros Contra mi os conjuráis? Damián, ¿tú entre ellos? ¡Bajáis las frentes! ¿Cómplices acaso, Traidores todos sois? ¿También sois reos? VI Los soldados vacilan En dar a aquella orden cumplimiento; Se miran entre sí y esquivan todos Ser designados por el mandato expreso. El furor del hidalgo Toma creces al verlos, Las metálicas piezas de sus armas Crujen con sus nerviosos movimientos; Sobre el callado anciano Va a lanzarse frenético, Pero los hombres de armas se interponen Todos a una, en ademán resuelto. VII ¡Capitán! gritó uno, ¡Cuidad de no tocarle, por el Cielo! ¡No le toquéis! clamaron los soldados, Por vuestra vida, capitán, teneos! ¡Ah, turba miserable! El hidalgo gritó retrocediendo; ¿Me amenazáis, ralea de villanos, Gente soez de corazón de cieno? ¡Me amenazáis, cobardes! Yo os mostraré cómo se aplasta el cuello A la víbora inmunda que se arrastra Para morder la planta a un caballero. VIII Los soldados esperan Con la espada desnuda, y con resuelto Y ya duro ademán, el de Gonzalo Temido ataque, que el hidalgo es fiero. En su mano la espada Se veía temblar, cual sí en el hierro Continuase la vida y lo animara Del corazón y el brazo del guerrero. El primer rudo golpe Ha sonado de hierro contra el hierro; Gonzalo apoya la nervuda espalda En el tronco del árbol, y de nuevo Alza el amado brazo; Se adelanta el anciano a detenerlo, Cuando clama una voz: -¡Un indio! -Por entre el bosque -¡El indio! -¡Por el bosque, Vedlo! ¡Dónde! grita Gonzalo, Los encendidos ojos revolviendo, -¡Atraviesa aquel llano! -¡Llega al soto! ¿Lo veis? ¡Es él!... -¡Es Blanca, vive el Cielo! IX Por allá entre los árboles Apareció un momento Tabaré conduciendo a la española, Y en la espesura se internó de nuevo. De Blanca se escuchaban Los débiles lamentos; Aun vierte sobre el hombro del charrúa El llanto aquel que reventó en su pecho. El indio va callado, Sigue, sigue corriendo, Siempre empujando por la fuerza aquella Que sacudió sus ateridos miembros. Va insensible, agobiado, Y en dirección al pueblo, Siempre dejando de su sangre fría Las gotas que aun lo quedan, en el suelo, Grito de rabia y júbilo Lanzó Gonzalo al verlo. Y, como empuja el arco a la saeta, De su ciega pasión lo empujó el vértigo. Los ruidos de su arnés y de sus armas Al chocar con los árboles se oyeron Internarse saltando entre las breñas, Y despertando los dormidos ecos. Han seguido al hidalgo El monje y los soldados. Allá adentro Se va apagando el ruido de sus pasos; El aire está y los árboles suspensos... Un grito sofocado Resuena a poco tiempo; Tras él, clamores de dolor y angustia Turban del bosque el funeral silencio... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... ... X Cayó la flor al río! Los temblorosos círculos concéntricos Balancearon los verdes camalotes Y entre los brazos del juncal murieron. Las grietas del sepulcro Engendraron un lirio amarillento. Tuvo el perfume de la flor caída, Su misma extrema palidez... ¡Han muerto! Así el himno cantaban Los desmayados ecos; Así lloraba el urutí en las ceibas, Y se quejaba en el sauzal el viento. XI Cuando al fondo del soto El anciano llegó con los guerreros, Tabaré, con el pecho atravesado, Yacía inmóvil en su sangre envuelto. La espada del hidalgo Goteaba sangre que regaba el suelo; Blanca lanzaba clamorosos gritos... Tabaré no se oía... del aliento De su vida quedaba Un estertor apenas, que sus miembros Extendidos en tierra recogía Y que en breve cesó... Pálido, trémulo, Inmóvil don Gonzalo, Que aun oprimía el sanguinoso acero, Miraba a Blanca que, poblando el aire De gritos de dolor, contra su seno. Estrechaba al charrúa Que dulce la miró, pero de nuevo Tristemente cerró, para no abrirlos, Los apagados ojos en silencio. El indio oyó su nombre, Al derrumbarse en el instante eterno Blanca desde la tierra lo llamaba, Lo llamaba por fin, pero de lejos. Ya Tabaré a los hombres Ese postrer ensueño No contará jamás... Está callado, Callado para siempre, como el tiempo. Como su raza, Como el desierto, Como la tumba que el muerto ha abandonado. ¡Boca sin lengua, eternidad sin cielo! XII Ahogada por las sombras, La tarde va a morir. Vagos lamentos Vienen de los lejanos horizontes A estrecharse en el aire entre los ceibos. Espíritus errantes e invisibles, Desde los cuatro vientos, Desde el mar y las sierras han venido Con la suprema queja del desierto: Con la voz de los llanos y corrientes, De los bosques inmensos. De las dulces colinas uruguayas En que una raza dispersó sus huesos; Voz de un mundo vacío que resuena; Raro acorde, compuesto De lejanos cantares o tumultos, De alaridos y lágrimas y ruegos. El sol entre los árboles Ha dejado su adiós más lastimero, Triste como la última mirada De una virgen que muere sonriendo. Cuelgan entre los árboles del bosque Largos crespones negros; Cuelgan entre los árboles las sombras Que como aves informes van cayendo. Cuelgan entre los árboles del bosque Tules amarillentos; Cuelgan entre los árboles los últimos Lampos de luz como sudarios trémulos. La luz y las tinieblas en los aires Batallan un momento; Extraña y negra forma cobra el bosque... La noche sin aurora está en su seno, Y cual se oyen gotear tras de la lluvia, Después que cesa el viento, Las empapadas ramas de los árboles, O los mojados techos, Brotan del bosque en que el callado grupo Está en la densa oscuridad envuelto, Ya un metálico golpe en la armadura Del capitán o de un arcabucero; Ya un sollozo de Blanca, aun abrazada De Tabaré con el inmóvil cuerpo, O una palabra trémula y solemne De la oración del monje por los muertos. FIN
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