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Durante la cena tomó su chocolate como todas las
noches. Se sentía tranquilo:
-Oye, Anita. ¿Sabes a quién enterraron hoy?
-No, tío.
-¿Te acuerdas de Miguel Páramo?
-Sí, tío.
-Pues a él.
Ana agachó la cabeza
-Estás segura de que él fue, ¿verdad?
-Segura no, tío. No le vi la cara. Me agarró de
noche y en lo oscuro.
-¿Entonces cómo supiste que era Miguel Páramo?
-Porque él me lo dijo: "Soy Miguel Páramo, Ana.
No te asustes." Eso me dijo.
-Pero sabías que era el autor de la muerte de tu
padre, ¿no?
-Sí, tío.
-¿Entonces qué hiciste para alejarlo?
-No hice nada.
Los dos guardaron silencio por un rato. Se oía el
aire tibio entre las hojas del arrayán.
-Me dijo que precisamente a eso venía: a pedirme
disculpas y a que yo lo perdonara. Sin moverme de la
cama le avisé: "La ventana está abierta." Y
él entró. Llegó abrazándome, como si ésa fuera la
forma de disculparse por lo que había hecho. Y yo le
sonreí. Pensé en lo que usted me había enseñado: que
nunca hay que odiar a nadie. Le sonreí para decírselo;
pero después pensé que él no pudo ver mi sonrisa,
porque yo no lo veía a él, por lo negra que estaba la
noche. Solamente lo sentí encima de mí y que comenzaba
a hacer cosas malas conmigo.
"Creí que me iba a matar. Eso fue lo que creí,
tío. Y hasta dejé de pensar para morirme antes de que
él me matara. Pero seguramente no se atrevió a
hacerlo.
"Lo supe cuando abrí los ojos y vi la luz de la
mañana que entraba por la ventana abierta. Antes de esa
hora, sentí que había dejado de existir."
-Pero debes tener alguna seguridad. La voz. ¿No lo
conociste por su voz?
-No lo conocía por nada. Sólo sabía que había
matado a mi padre. Nunca lo había visto y después no
lo llegué a ver. No hubiera podido, tío.
-Pero sabías quién era.
-Sí. Y qué cosa era. Sé que ahora debe estar en lo
mero hondo del infierno; porque así se lo he pedido a
todos los santos con todo mi fervor.
-No estés tan convencida de eso, hija. ¡Quién sabe
cuántos están rezando ahora por él! Tú estás sola.
Un ruego contra miles de ruegos. Y entre ellos, algunos
mucho más hondos que el tuyo, como es el de su padre.
Iba a decirle: "Además, yo le he dado el perdón."
Pero sólo lo pensó. No quiso maltratar el alma medio
quebrada de aquella muchacha. Antes, por el contrario,
la tomó del brazo y le dijo:
-Démosle gracias a Dios Nuestro Señor porque se lo
ha llevado de esta tierra donde causó tanto mal, no
importa que ahora lo tenga en su cielo.
Un caballo pasó al galope donde se cruza la calle
real con el camino de Contla. Nadie lo vio. Sin embargo,
una mujer que esperaba en las afueras del pueblo contó
que había visto el caballo corriendo con las piernas
dobladas como si se fuera a ir de bruces. Reconoció el
alazán de Miguel Páramo. Y hasta pensó: "Ese
animal se va a romper la cabeza.". Luego vio cuando
enderezaba el cuerpo y, sin aflojar la carrera, caminaba
con el pescuezo echado hacia atrás como si viniera
asustado por algo que había dejado allá atrás.
Esos chismes llegaron a la Media Luna la noche del
entierro, mientras los hombres descansaban de la larga
caminata que habían hecho hasta el panteón.
Platicaban, como se platica en todas partes, antes de ir
a dormir.
-A mí me dolió mucho ese muerto -dijo Terencio
Lubianes-. Todavía traigo adoloridos los hombros.
-Ya mí -dijo su hermano Ubillado-. Hasta se me
agrandaron los juanetes. Con eso de que el patrón quiso
que todos fuéramos de zapatos. Ni que hubiera sido día
de fiesta, ¿verdad, Toribio?
-Yo qué quieren que les diga. Pienso que se murió
muy a tiempo.
Al rato llegaron más chismes de Contla. Los trajo la
última carreta.
-Dicen que por allá anda el ánima. Lo han visto
tocando la ventana de fulanita. Igualito a él. De
chaparreras y todo.
-¿ Y usted cree que don Pedro con el genio que se
carga, iba a permitir que su hijo siga traficando
viejas? Ya me lo imagino si lo supiera: "Bueno -le
diría-. Tú ya estás muerto. Estáte quieto en tu
sepultura. Déjanos el negocio a nosotros." Y de
verlo por ahí, casi me las apuesto que lo mandaría de
nuevo al camposanto.
-Tienes razón, Isaías. Ese viejo no se anda con
cosas.
El carretero siguió su camino: "Como la supe, se
las endoso."
Había estrellas fugaces. Caían como si el cielo
estuviera lloviznando lumbre.
-Miren nomás -dijo Terencio- el borlote que se traen
allá arriba.
-Es que le están celebrando su función al Miguelito
-terció Jesús.
-¿ No será mala señal?
-¿Para quién?
-Quizá tu hermana está nostálgica por su regreso.
-¿A quién le hablas?
-A ti.
-Mejor vámonos, muchachos. Hemos trafagueado mucho y
mañana hay que madrugar.
Y se disolvieron como sombras.
Había estrellas fugaces. Las luces en Comala se
apagaron.
Entonces el cielo se adueño de la noche.
El padre Rentería se revolcaba en su cama sin poder
dormir:
"Todo esto que sucede es por mi culpa -se dijo-.
El temor de ofender a quienes me sostienen. Porque ésta
es la verdad; ellos me dan mi mantenimiento. De los
pobres no consigo nada; las oraciones no llenan el estómago.
Así ha sido hasta ahora. Y éstas son las
consecuencias. Mi culpa. He traicionado a aquellos que
me quieren y que me han dado su fe y me buscan para que
yo interceda por ellos para con Dios. ¿Pero qué han
logrado con su fe? ¿La ganancia del cielo? ¿O la
purificación de sus almas? Y para qué purifican su
alma, si en el último momento . . . Todavía tengo
frente a mis ojos la mirada de María Dyada, que vino a
pedirme salvara a su hermana Eduviges:
"-Ella sirvió siempre a sus semejantes. Les dio
todo lo que tuvo. Hasta les dio un hijo, a todos. Y se
los puso enfrente para que alguien lo reconociera como
suyo; pero nadie lo quiso hacer. Entonces les dijo: En
ese caso yo soy también su padre, aunque por casualidad
haya sido su madre. Abusaron de su hospitalidad por esa
bondad suya de no querer ofenderlos ni de malquistarse
con ninguno.
"-Pero ella se suicidó. Obró contra la mano de
Dios.
"-No le quedaba otro camino. Se resolvió a eso
también por bondad.
"-Falló a última hora -eso es lo que le dije-.
En el último momento. ¡Tantos bienes acumulados para
su salvación, y perderlos así de pronto!
"-Pero si no los perdió. Murió con muchos
dolores. Y el dolor . . . Usted nos ha dicho algo acerca
del dolor que ya no recuerdo. Ella se fue por ese dolor.
Murió retorcida por la sangre que la ahogaba. Todavía
veo sus muecas, y sus muecas eran los más tristes
gestos que ha hecho un ser humano.
"-Tal vez rezando mucho.
"-Vamos rezando mucho, padre.
"-Digo tal vez, si acaso, con las misas
gregorianas, pero para eso necesitamos pedir ayuda,
mandar traer sacerdotes. Y eso cuesta dinero.
"Allí estaba frente a mis ojos la mirada de María
Dyada, una pobre mujer llena de hijos.
"-No tengo dinero. Eso usted lo sabe, padre.
"-Dejemos las cosas como están. Esperemos en
Dios.
"-Sí, padre."
¿Por qué aquella mirada se volvía valiente ante la
resignación? Qué le costaba a él perdonar, cuando era
tan fácil decir una palabra o dos, o cien palabras si
éstas fueran necesarias para salvar el alma. ¿Qué sabía
él del cielo y del infierno? Y sin embargo, él,
perdido en un pueblo sin nombre, sabía los que habían
merecido el cielo. Había un catálogo. Comenzó a
recorrer los santos del panteón católico comenzando
por los del día: "Santa Nunilona, virgen y mártir;
Anercio, obispo; Santas Salomé, viuda, Alodia o Elodia
y Nulina, vírgenes; Córdula y Donato." Y siguió.
Ya iba siendo dominado por el sueño cuando se sentó en
la cama: "Estoy repasando una hilera de santos como
si estuviera viendo saltar cabras."
Salió fuera y miró el cielo. Llovía estrellas.
Lamentó aquello porque hubiera querido ver un cielo
quieto. Oyó el canto de los gallos. Sintió la
envoltura de la noche cubriendo la tierra. La tierra,
"este valle de lágrimas".
-Más te vale, hijo. Más te vale -me dijo Eduviges
Dyada.
Ya estaba alta la noche. La lámpara que ardía en un
rincón comenzó a languidecer; luego parpadeó y terminó
apagándose.
Sentí que la mujer se levantaba y pensé que iría
por una nueva luz. Oí sus pasos cada vez más lejos. Me
quedé esperando.
Pasado un rato y al ver que no volvía, me levanté yo
también. Fui caminando a pasos cortos, tentaleando en
la oscuridad, hasta que llegué a mi cuarto. Allí me
senté en el suelo a esperar el sueño.
Dormí a pausas.
En una de esas pausas fue cuando oí el grito. Era un
grito arrastrado, como el alarido de algún borracho:
"¡Ay vida, no me mereces!"
Me enderecé de prisa porque casi lo oí junto a mis
orejas; pudo haber sido en la calle; pero yo lo oí aquí
untado a las paredes de mi cuarto. Al despertar, todo
estaba en silencio; sólo el caer de la polilla y el
rumor del silencio.
No, no era posible calcular la hondura del silencio
que produjo aquel grito. Como si la tierra se hubiera
vaciado de su aire. Ningún sonido; ni el del resuello,
ni el del latir del corazón; como si se detuviera el
mismo ruido de la conciencia. Y cuando terminó la pausa
y volví a tranquilizarme, retornó el grito y se siguió
oyendo por un largo rato: "¡Déjenme aunque sea el
derecho de pataleo que tienen los ahorcados !"
Entonces abrieron de par en par la puerta.
-¿Es usted, doña Eduviges? -pregunté-. ¿Qué es lo
que está sucediendo? ¿Tuvo usted miedo?
-No me llamo Eduviges. Soy Damiana. Supe que estabas
aquí y vine a verte. Quiero invitarte a dormir a mi
casa. Allí tendrás donde descansar.
-¿Damiana Cisneros? ¿No es usted de las que vivieron
en la Media Luna?
-Allá vivo. Por eso he tardado en venir.
-Mi madre me habló de una tal Damiana que me había
cuidado cuando nací. ¿De modo que usted . . .?
-Si yo soy. Te conozco desde que abriste los ojos.
-Iré con usted. Aquí no me han dejado en paz los
gritos. ¿No oyó lo que estaba pasando? Como que
estaban asesinando a alguien. ¿No acaba usted de oír?
-Tal vez sea algún eco que está aquí encerrado. En
este cuarto ahorcaron a Toribio Aldrete hace mucho
tiempo. Luego condenaron la puerta, hasta que él se
secara; para que su cuerpo no encontrara reposo. No sé
cómo has podido entrar, cuando no existe llave para
abrir esta puerta.
-Fue doña Eduviges quien abrió. Me dijo que era el
único cuarto que tenía disponible.
-¿Eduviges Dyada?
-Ella.
-Pobre Eduviges. Debe de andar penando todavía.
"Fulgor Sedano, hombre de 54 años, soltero, de
oficio administrador, apto para entablar y seguir
pleitos, por poder y por mi propio derecho, reclamo y
alego lo siguiente . . ."
Eso había dicho cuando levantó el acta contra actos
de Toribio Aldrete. Y terminó: "Que conste mi
acusación por usufruto."
-A usted ni quien le quite lo hombre, don Fulgor. Sé
que usted las puede. Y no por el poder que tiene atrás,
sino por usted mismo.
Se acordaba. Fue lo primero que le dijo el Aldrete,
después que se habían estado emborrachando juntos,
dizque para celebrar el acta:
-Con ese papel nos vamos a limpiar usted y yo, don
Fulgor, porque no va a servir para otra cosa. Y eso
usted lo sabe. En fin, por lo que a usted respecta, ya
cumplió con lo que le mandaron, y a mí me quitó de
apuraciones; porque me tenía usted preocupado, lo que
sea de cada quien. Ahora ya sé de qué se trata y me da
risa. Dizque "usufruto". Vergüenza debía
darle a su patrón ser tan ignorante.
Se acordaba. Estaban en la fonda de Eduviges. Y hasta
él le había preguntado:
-Oye, Viges, ¿me puedes prestar el cuarto del rincón?
-Los que usted quiera, don Fulgor ; si quiere, ocúpelos
todos. ¿Se van a quedar a dormir aquí sus hombres?
-No, nada más uno. Despreocúpate de nosotros y vete
a dormir. Nomás déjanos la llave.
-Pues ya le digo, don Fulgor -le dijo Toribio
Aldrete-. A usted ni quien le menoscabe lo hombre que
es; pero me lleva la rejodida con ese hijo de la
rechintola de su patrón.
Se acordaba. Fue lo último que le oyó decir en sus
cinco sentidos. Después se había comportado como un
collón, dando de gritos. "Dizque la fuerza que yo
tenía atrás. ¡Vaya!"
Tocó con el mango del chicote la puerta de la casa de
Pedro Páramo. Pensó en la primera vez que lo había
hecho, dos semanas atrás. Esperó un buen rato del
mismo modo que tuvo que esperar aquella vez. Miró también,
como lo hizo la otra vez, el moño negro que colgaba del
dintel de la puerta. Pero no comentó consigo mismo:
"¡Vaya! Los han encimado. El primero está ya
descolorido, el último relumbra como si fuera de seda;
aunque no es más que un trapo teñido".
La primera vez se estuvo esperando hasta llenarse con
la idea de que quizá la casa estuviera deshabitada. Y
ya se iba cuando apareció la figura de Pedro Páramo.
-Pasa, Fulgor.
Era la segunda ocasión que se veían. La primera,
nada más él lo vio; porque el Pedrito estaba recién
nacido. Y ésta. Casi se podía decir que era la primera
vez. Y le resultó que le hablaba como a un igual. ¡Vaya!
Lo siguió a grandes trancos, chicoteándose las
piernas: "Sabrá pronto que yo soy el que sabe. Lo
sabrá. Y a lo que vengo."
-Siéntate, Fulgor. Aquí hablaremos con más calma.
Estaban en el corral. Pedro Páramo se arrellanó en
un pesebre y esperó:
-¿Por qué no te sientas?
-Prefiero estar de pie, Pedro.
-Como tú quieras. Pero no se te olvide el
"don."
¿Quién era aquel muchacho para hablarle así? Ni su
padre, don Lucas Páramo, se había atrevido a hacerlo.
Y de pronto éste, que jamás se había parado en la
Media Luna, ni conocía de oídas el trabajo, le hablaba
como a un gañán. ¡Vaya, pues!
-¿Cómo anda aquello?
Sintió que llegaba su oportunidad. "Ahora me
toca a mí", pensó.
-Mal. No queda nada. Hemos vendido el último ganado.
Comenzó a sacar los papeles para informarle a cuánto
ascendía todavía el adeudo. Y ya iba a decir:
"Debemos tanto", cuando oyó:
-¿A quién le debemos? No me importa cuánto, sino a
quién.
Le repasó una lista de nombres. Y terminó:
-No hay de dónde sacar para pagar. Ése es el asunto.
-¿Y por qué?
-Porque la familia de usted lo absorbió todo. Pedían
y pedían, sin devolver nada. Eso se paga caro. Ya lo
decía yo: "A la larga acabarán con todo".
Bueno, pues acabaron. Aunque hay por allí quien se
interese en comprar los terrenos. Y pagan bien. Se podrían
cubrir las libranzas pendientes y todavía quedaría
algo; aunque, eso sí, algo mermado.
-¿No serás tú?
-¡Cómo se pone a creer que yo!
-Yo creo hasta el bendito. Mañana comenzaremos a
arreglar nuestros asuntos. Empezaremos por las
Preciados. ¿Dices que a ellas les debemos más?
-Sí. Y a las que les hemos pagado menos. El padre de
usted siempre las pospuso para lo último. Tengo
entendido que una de ellas, Matilde, se fue a vivir a la
ciudad. No sé si a Guadalajara o a Colima. y Lola,
quiero decir, doña Dolores, ha quedado como dueña de
todo. Usted sabe: el rancho de Enmedio. Y es a ella a la
que le tenemos que pagar.
-Mañana vas a pedir la mano de Lola.
-Pero cómo quiere usted que me quiera, si ya estoy
viejo
-La pedirás para mí. Después de todo tiene alguna
gracia. Le dirás que estoy muy enamorado de ella. Y que
si lo tiene a bien. De pasada, dile al padre Rentería
que nos arregle el trato. ¿Con cuánto dinero cuentas?
-Con ninguno, don Pedro
-Pues prométeselo. Dile que en teniendo se le pagará.
Casi estoy seguro de que no pondrá dificultades. Haz
eso mañana mismo.
-¿Y lo del Aldrete?
-¿Qué se trae el Aldrete? Tú me mencionaste a las
Preciados y a los Fregosos y a los Guzmanes. ¿Con qué
sale ahora el Aldrete?
-Cuestión de límites. Él ya mandó cercar y ahora
pide que echemos el lienzo que falta para hacer la
división.
-Eso déjalo para después. No te preocupen los
lienzos. No habrá lienzos. La tierra no tiene
divisiones. Piénsalo, Fulgor, aunque no se lo des a
entender. Arregla por de pronto lo de la Lola. ¿No
quieres sentarte?
-Me sentaré, don Pedro. Palabra que me está gustando
tratar con usted.
Le dirás a la Lola esto y lo otro y que la quiero.
Eso es importante. De cierto, Sedano, la quiero. Por sus
ojos ¿sabes? Eso harás mañana tempranito. Te reduzco
tu tarea de administrador. Olvídate de la Media Luna.
"¿De dónde diablos habrá sacado esas mañas el
muchacho? -pensó Fulgor Sedano mientras regresaba a la
Media Luna-. Yo no esperaba de él nada. 'Es un inútil',
decía de él mi difunto patrón don Lucas. Un flojo de
marca. Yo le daba la razón. 'Cuando me muera váyase
buscando otro trabajo, Fulgor'. 'Sí, don Lucas'. 'Con
decirle, Fulgor, que he intentado mandarlo al seminario
para ver si al menos eso le da para comer y mantener a
su madre cuando yo les falte; pero ni a eso se decide'.
'Usted no se merece eso, don Lucas.' 'No se cuenta con
él para nada, ni para que me sirva de bordón servirá
cuando yo esté viejo. Se me malogró, qué quiere
usted, Fulgor'. 'Es una verdadera lástima, don
Lucas.'"
Y ahora esto. De no haber sido porque estaba tan
encariñado con la Media Luna, ni lo hubiera venido a
ver. Se habría largado sin avisarle. Pero le tenía
aprecio a aquella tierra; a esas lomas pelonas tan
trabajadas y que todavía seguían aguantando el surco,
dando cada vez más de sí . . . La querida Media Luna .
. . Y sus agregados:"Vente para acá tierrita en En
medio." La veía venir. Como que aquí estaba ya.
Lo que significa una mujer después de todo. "¡Vaya
que sí!" dijo. Y chicoteó sus piernas al
trasponer la puerta grande de la hacienda.
Fue muy fácil encampanarse a la Dolores. Si hasta le
relumbraron los ojos y se le descompuso la cara.
-Perdóneme que me ponga colorada, don Fulgor. No creí
que don Pedro se fijara en mí.
-No duerme, pensando en usted.
-Pero si él tiene de dónde escoger. Abundan tantas
muchachas bonitas en Comala. ¿Qué dirán ellas cuando
lo sepan?
-Él sólo piensa en usted, Dolores. De ahí en más,
en nadie.
-Me hace usted que me den escalofríos, don Fulgor. Ni
siquiera me lo imaginaba.
-Es que es un hombre tan reservado. Don Lucas Páramo,
que en paz descanse, le llegó a decir que usted no era
digna de él. Y se calló la boca por pura obediencia.
Ahora que él ya no existe, no hay ningún impedimento.
Fue su primera decisión, aunque yo había tardado en
cumplirla por mis muchos quehaceres. Pongamos por fecha
de la boda pasado mañana. ¿Qué opina usted?
-¿No es muy pronto? No tengo nada preparado. Necesito
encargar los ajuares. Le escribiré a mi hermana. O no,
mejor le voy a mandar un propio pero de cualquier manera
no estaré lista antes del ocho de abril. Hoy estamos a
uno. Si, apenas para el ocho. Dígale que espere unos
diyitas.
-Él quisiera que fuera ahora mismo. Si es por los
ajuares, nosotros se los proporcionamos. La difunta
madre de don Pedro espera que usted vista sus ropas. En
la familia existe esa costumbre.
-Pero además hay algo para estos días. Cosas de
mujeres, sabe usted. ¡Oh!, cuánta vergüenza me da
decirle esto, don Fulgor. Me hace usted que se me vayan
los colores. Me toca la luna ¡oh!, qué vergüenza.
-¿Y qué?; El matrimonio no es asunto de si haya o no
luna. Es cosa de quererse. Y, en habiendo esto, todo lo
demás sale sobrando.
-Pero es que usted no me entiende, don Fulgor.
-Entiendo. La boda será pasado mañana.
Y la dejó con los brazos extendidos pidiendo ocho días,
nada más ocho días.
"Que no se me olvide decirle a Don Pedro -¡vaya
muchacho listo ese Pedro!- decirle que no se le olvide
decirle al juez que los bienes son mancomunados.
'Acuerdate, Fulgor, de decírselo mañana mismo'".
La Dolores, en cambio, corrió a la cocina con un
aguamanil para poner agua caliente: "Voy a hacer
que esto baje más pronto. Que baje esta misma noche.
Pero de todas maneras me durará mis tres días. No
tendrá remedio. ¡Qué felicidad! ¡Oh, qué felicidad!
Gracias, Dios mío por darme a don Pedro." Y añadió:
"Aunque después me aborrezca."
-Ya está pedida y muy de acuerdo. El padre cura
quiere sesenta pesos por pasar por alto lo de las
amonestaciones. Le dije que se le darían a su debido
tiempo. Él dice que le hace falta componer el altar y
que la mesa de su comedor está toda desconchinflada. Le
prometí que le mandaríamos una mesa nueva . Dice que
usted nunca va a misa. Le prometí que iría. Y que
desde que murió su abuela ya no le han dado los
diezmos. Le dije que no se preocupara. Está conforme.
-¿No le pediste algo adelantado a Dolores?
-No, patrón. No me atreví. Ésa es la verdad. Estaba
tan contenta que no quise estropearle su entusiasmo.
-Eres un niño.
"¡Vaya! Yo un niño. Con 55 años encima. Él
apenas comenzando a vivir y yo a pocos pasos de la
muerte"
-No quise quebrarle su contento.
-A pesar de todo, eres un niño.
-Está bien patrón.
-La semana que entra irás con el Aldrete. Y le dices
que recorra el lienzo. Ha invadido tierras de la Media
Luna.
-Él hizo bien sus mediciones. A mí me consta.
-Pues dile que se equivocó. Que estuvo mal calculado.
Derrumba los lienzos si es preciso.
-¿Y las leyes?
-¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante
la vamos a hacer nosotros. ¿Tienes trabajando en la
Media Luna a algún atravesado?
-Sí, hay uno que otro.
-Pues mándalos con el primer Aldrete. Le levantas un
acta acusándolo de "usufructo" o de lo que a
ti se te ocurra. Y recuérdale que Lucas Páramo ya murió.
Que conmigo hay que hacer nuevos tratos.
El cielo era todavía azul. Había pocas nubes. El
aire soplaba allá arriba, aunque aquí abajo se convertía
en calor.
Tocó nuevamente con el mango del chicote, nada más
por insistir, ya que sabía que no abrirían hasta que
le se antojara a Pedro Páramo. Dijo mirando hacia el
dintel de la puerta: "Se ven bonitos esos moños
negros, lo que sea de cada quien".
En ese momento abrieron y él entró.
-Pasa, Fulgor. ¿Está arreglado el asunto de Toribio
Aldrete?
-Está liquidado, patrón.
Nos queda la cuestión de los Fregosos. Deja eso
pendiente. Ahorita estoy muy ocupado con mi "luna
de miel".
-Este pueblo está lleno de ecos. Tal parece que
estuvieran encerrados en el hueco de las paredes o
debajo de las piedras. Cuando caminas, sientes que te
van pisando los pasos. Oyes crujidos. Risas. Unas risas
ya muy viejas, como cansadas de reír. Y voces ya
desgastadas por el uso. Todo eso oyes. Pienso que llegará
el día en que estos sonidos se apaguen.
Eso me venía diciendo Damiana Cisneros mientras cruzábamos
el pueblo.
-Hubo un tiempo en el que estuve oyendo durante muchas
noches el rumor de una fiesta. Me llegaban los ruidos
hasta la Media Luna. Me acerqué para ver el mitote
aquel y vi esto: lo que estamos viendo ahora. Nada.
Nadie. Las calles tan solas como ahora.
¨Luego dejé de oírla. Y es que la alegría cansa.
Por eso no me extrañó que aquello terminara.
¨Sí -volvió a decir Damiana Cisneros-. Este puelo
está lleno de ecos. Yo ya no me espanto. Oigo el
aullido de los perros y dejo que aúllen. Y en días de
aire se ve al viento arrastrando hojas de árboles,
cuando aquí, como tú ves no hay árboles. Los hubo en
algún tiempo, porque si no ¿De dónde saldrían esas
hojas?"
"Y lo peor de todo es cuando oyes platicar a la
gente, como si las voces salieran de alguna hendidura y,
sin embargo, tan claras que las reconoces. Ni más ni
menos, ahora que venía, encontré un velorio. Me detuve
a rezar un Padrenuestro. En esto estaba, cuando una
mujer se apartó de las demás y vino a decirme:
"-¡Damiana! ¡Ruega a Dios por mí, ¡Damiana!
"Soltó el rebozo y reconocí la cara de mi
hermana Sixtina.
"¿Qué andas haciendo aquí? - le pregunté.
"Entonces ella corrió a esconderse entre las demás
mujeres.
"Mi hermana Sixtina, por si no lo sabes, murió
cuando yo tení doce años. Era la mayor.Y en mi casa
fuimos dieciséis de familia, así que hazte el cálculo
del tiempo que lleva muerta. Y mírala ahora, todavía
vagando por este mundo. Así, que no te asustes si oyes
ecos más recientes Juan Preciado".
-¿También usted le aviso a mi padre que yo vendría?
-le pregunté.
-No. Y a propósito, ¿qué es de tu madre?
-Murió-dije.
-¿Ya murió? ¿Y de qué?
-No supe de qué. Tal Vez de tristeza. Suspiraba
mucho.
-Eso es lo malo. Cada suspiro es como un sorbo de vida
del que uno se deshace. ¿De modo que murió?
-Sí. Quizá usted debió saberlo.
-¿ Y por qué iba a saberlo? Hace muchos años que no
sé nada.
-Entonces ¿cómo es que dio usted conmigo?
-. . .
¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!
Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías.
Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando
asomar las varas correosas de la yerba. Bardas
descarapeladas que mostraban sus adobes revenidos.
-¡Damiana! -grité-. ¡Damiana Cisneros!
Me contestó el eco:"¡. . .ana. . . neros. . .!
¡. . .ana. . . neros!"
Oí que ladraban los perros, como si yo los hubiera
despertado.
Vi un hombre cruzar la calle:
-¡Ey, tú! -llamé.
-¡Ey, tú! -me respondió mi propia voz.
Y como si estuvieran a la vuelta de la esquina, alcancé
a oír a unas mujeres que platicaban.
-Mira quién viene por allí. ¿No es Filoteo Aréchiga?
-Es él. Pon cara de disimulo.
-Mejor vámonos. Si se va detrás de nosotras es que
de verdad quiere a una de las dos: ¿A quién crees tú
que sigue?
-Seguramente a ti.
-A mi se me figura que a ti.
-Deja ya de correr. Se ha quedado parado en aquella
esquina.
-Entonces a una de las dos, ¿ya ves?
-Pero qué tal si hubiera resultado que a ti o a mí.
¿Qué tal?
-No te hagas ilusiones.
-Después de todo estuvo hasta mejor. Dicen por ahí
los díceres que es él que se encarga de conchavarle
muchachas a don Pedro. De la que nos escapamos.
-¿Ah sí? Con ese viejo no quiero tener nada que ver.
-Mejor vámonos.
-Dices bien. Vámonos de aquí.
La noche. Mucho más allá de la medianoche. Y las
voces:
-. . . Te digo que si el maíz de este año se da
bien, tendré con qué pagarte. Ahora que si me echa a
perder, pues te aguantas.
-No te exijo. Ya sabes que he sido consecuente
contigo. Pero la tierra no es tuya. Te has puesto a
trabajar en terreno ajeno. ¿ De dónde vas a conseguir
para pagarme?
-¿Y quién dice que la tierra no es mía?
-Se afirma que se les ha vendido a Pedro Páramo.
-Yo ni me le he acercado a ese señor. La tierra sigue
siendo mía.
-Eso dices tú. Pero por ahí dicen que todo es de él.
-Que no me lo vengan a decir a mí.
-Mira, Galileo, yo a ti, aquí en confianza, te
aprecio. Por algo eres el marido de mi hermana. Y de que
la tratas bien, ni quien lo dude. Pero a mí no me vas a
negar que vendiste las tierras.
-Te digo que a nadie se las he vendido.
-Pues son de Pedro Páramo. Seguramente él así lo ha
dispuesto. ¿ No te ha venido a ver don Fulgor?
-No
-Seguramente mañana lo verás venir. Y si no mañana,
cualquier otro día.
-Pues me mata o se muere; pero no se saldrá con la
suya.
-Requiescat in paz, amén, cuñado. Por si las dudas.
-Me volverás a ver, ya lo verás. Por mí no tengas
cuidado. Por algo mi madre me curtió bien el pellejo
para que se me pusiera correoso.
-Entonces hasta mañana. Dile a Felícitas que esta
noche no voy a cenar. No me gustaría contar después:
"Yo estuve con él la víspera."
-Te guardaremos algo por si te animas a última hora.
Se oyó el trastazo de los pasos que se iban entre un
ruido de espuelas.
- . . . Mañana, en amaneciendo, te irás conmigo,
Chona. Ya tengo aparejadas las bestias.
-¿ Y si mi padre se muere de rabia? Con lo viejo que
está . . . Nunca me perdonaría que por mi causa le
pasara algo. Soy la única gente que tiene para hacerle
hacer sus necesidades. Y no hay nadie más. ¿Qué prisa
corres para robarme? Aguántate un poquito. Él no
tardará en morirse.
-Lo mismo me dijiste hace un año. Y hasta me echaste
en cara mi falta de arriesgue, ya que tú estabas, según
eso, harta de todo. He aprontado las mulas y están
listas. ¿ Te vas conmigo?
-Déjamelo pensar
-¡ Chona! No sabes cuánto me gustas. Yo no puedo
aguantar las ganas, Chona. Así que te vas conmigo o te
vas conmigo.
-Déjamelo pensar. Entiende. Tenemos que esperar a que
él muera. Le falta poquito. Entonces me iré contigo y
no necesitarás robarme.
-Eso me dijiste también hace un año.
-¿ Y qué?
-Pues que he tenido que alquilar las mulas. Ya las
tengo. Nomás te están esperando. ¡Deja que él se las
avenga solo! Tú estás bonita. Eres joven. No faltará
cualquier vieja que venga a cuidarlo. Aquí sobran almas
caritativas.
-No puedo
-Que sí puedes
-No puedo. Me da pena, ¿ sabes? Por algo es mi padre.
-Entonces ni hablar. Iré a ver a la Juliana, que se
desvive por mí.
-Está bien. Yo no te digo nada.
-¿ No me quieres ver mañana?
-No. No quiero verte más.
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El Llano en llamas | Nos han dado la tierra | Pedro Páramo

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