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I Después de dos años de luna de miel no interrumpida, el Mayor Fairfield se decidió a cumplir la promesa hecha a su novia, al sellar el compromiso matrimonial, de hacer con ella un viaje al viejo mundo. La luna de miel, es verdad, habría podido llamarse unilateral. Mientras el corazón del Mayor permaneció invariable, desde el día de las bendiciones, en el embelesamiento amoroso del cuarto creciente, el de Gladys Venturbridge, su mujer, no tardó en deslizarse de la curiosa novedad del cambio de estado, a la tibia indiferencia del cuarto menguante en que flota el alma de las muchachas que se casan simplemente por no quedarse solteras. El matrimonio había tenido lugar pocos años después de terminada la guerra en que los Estados Unidos arrancaron a España las más preciadas joyas de su vetusta corona. Néstor Fairfield, alistado voluntario en el ejército del norte, después de pasar, uno a uno, por los grados subalternos de la jerarquía, obtuvo los despachos de Mayor al día siguiente del ataque de Santiago de Cuba, en el que su impetuoso ardor de asaltante había electrizado a la tropa de su mando. El nuevo Mayor tenía a la sazón veinticinco años apenas. Y como al lanzarse a la guerra había buscado en ella solamente un sport, sin propósito de consagrarse a la carrera de las armas, el joven Fairfield se apresuró a hacer dimisión de su empleo, apenas hubieron terminado los peligros de la lucha, contentándose con guardar el título honorífico de su grado, para no ser un simple millonario, como lo había sido hasta entonces. De regreso a su hogar, donde por muchos años había vivido la fácil existencia de rico propietario, el Mayor aceptó como muy sabia la indicación de su padre, quien al día siguiente de su llegada, golpeándole el hombro con cariño, formuló este consejo: — Ahora, mi viejo muchacho, creo que deberías pensar en casarte. — Así me parece también, había asentido el mozo; pero tomó tiempo para decidirse. Miss Gladys Venturbride, sin ofuscarse por el brillo de los laureles con que todas las chicas elegantes de Albany veían ceñida la frente del joven Mayor, sintióse vivamente lisonjeada al convencerse de la decidida preferencia que él le acordaba sobre sus amigas. Dos meses después, sin amor, pero contenta, confiaba su pequeñita mano a las del héroe, vigorosas y francas, como la espada que acababa de colgar entre los trofeos de sus marciales proezas. Al cabo de dos años, la situación respectiva de los esposos era, en apariencia, la misma que el día en que habían confiado su destino al proceloso mar de la existencia matrimonial. Pero era sólo en apariencia. Al elegir a Gladys, el joven amaba por primera vez. La voluptuosa complacencia de la dicha presente no lo dejaba preocuparse del problema del porvenir en que flotan constantemente los espíritus inquietos. El Mayor era el tipo acabado del que «en un cuerpo sano abriga una mente sana». Su código moral constaba de poquísimos preceptos : fidelidad absoluta a la fe jurada; lealtad escrupulosa en el trato con sus semejantes. Los demás artículos de ese código podían considerarse como inevitables corolarios de esas dos bases angulares de su conducta pública y privada. Toda su persona, por otra parte, parecía haberse desarrollado en sentido armónico con la inflexibilidad de esos principios. De alta estatura y de vigorosa constitución, el Mayor tenía en su semblante el aspecto de benévola indulgencia de los que están seguros de sus fuerzas. Era raro que hubiese algún incidente de su vida que llegase a sacarlo de esa genial placidez. En esos momentos, la serena frente parecía nublarse; los ojos despedían el brillo acerado de una violenta irritación y la boca, contraída, perdía por un momento la expresión de serena bondad que daba a su fisonomía algo de infantil, con la fácil sonrisa de sus labios finamente dibujados. Jamás ningún acto de su mujer había dado lugar, ni siquiera pretexto, a que se produjese en el Mayor esa insólita metamorfosis. Sin haberse hecho de su impecable conducta una regla escrupulosa, la joven parecía obedecer espontáneamente al delicado propósito de sembrar de flores la senda conyugal, apartando de ella los abrojos que con frecuencia la obstruyen. A ese propósito ella sacrificaba diariamente sus fantasías de mujer hermosa, sus caprichos de hija mimada desde la infancia, y, lo que es más aún, reprimía en su alma esas confusas aspiraciones de muchacha, que quisiera sentir realizadas en hechos tangibles las promesas de que es pródiga la vida, para las que no ven sus realidades sino doradas por la seguridad de la riqueza. Esa abnegación sin aparato, ese desprendimiento de sí misma, hacía de la exquisita Mrs. Fairfield una persona singular en la alta sociedad en la que brillaba por su hermosura y su elegancia: Ninguna de las exageradas pretensiones del feminismo había extraviado su sano criterio. Estimaba que la naturaleza ha fijado con sabia discreción los derechos y los deberes de cada sexo y sostenía que la mujer desprecia el arma poderosa de sus naturales atractivos, al ir a buscar en la esfera de acción de los hombres los medios de sobreponerse a su dominio. Alta y airosa en sus movimientos Mrs. Fairfield personificaba, con la inconsciente arrogancia de su porte y de sus maneras, el tipo prestigioso de la mujer norteamericana, al que las distintas razas que lo forman parecen haber contribuido cada una con sus más aventajadas cualidades. Belleza de conjunto, que se escapa a la prolijidad de un análisis de detalle; esbeltez, soltura y gracia, combinadas en seductoras proporciones; pequeño rostro, coronada la frente de abundante cabellera; fino cutis de diáfana pureza; franco mirar de serena confianza en las dichas de la vida; altiva frente, cuello erguido, boca dócil al reír, sin las nerviosas contracciones de la coquetería: mujer enérgica en el sentimiento y en la acción. Al llegar a Europa, la feliz pareja empezó por pagar amplio tributo a los encantos de París. Llamados por su condición social y sus grandes bienes de fortuna a figurar en puesto prominente entre aquellos de sus compatriotas relacionados ya con algunas familias poco exclusivas del gran mundo parisiense, los esposos recorrieron con igual ardor los teatros y los salones reputados de alto tono; las exposiciones y las carreras, los afamados santuarios de la moda, los museos y las joyerías, hasta encontrarse hartos de esa existencia ardorosa de la hechicera capital y ansiosos de reasumir cada uno su personalidad, que los compromisos sociales les habían arrebatado desde su llegada. En ese estado de espíritu emprendieron en automóvil una excursión de fantasía por las principales ciudades del continente. Un vivo deseo de arte inflamaba la imaginación de Gladys en esa caprichosa peregrinación. Su marido la seguía sin entusiasmo por museos y galerías. La joven le explicaba la belleza de los cuadros consagrados por la fama universal, de las estatuas en que la poesía de las formas llega como a cubrir de un velo púdico la plástica representación de las mitológicas divinidades, incendiarias de cerebros humanos. El Mayor, después de oír, en muda contemplación, las convencidas explicaciones de la joven, acababa por exclamar sin gran convicción, en voz baja: — Sí, sí, ya veo, ya veo...... Lo que era para él una concesión galante a su seductora guía, mientras pensaba para sus adentros con asombro que hubiese tanta admiración, por obras que, a su juicio, no eran sino simples muestras de la destreza manual de sus autores. — Sí, sí, ya veo, volvía a repetir, cuando Gladys hacía surgir con apasionado acento, el alma de la obra y ponía su ser vibrante en comunicación con esas creaciones de cerebros de artistas. Para repasarse al fin de tan variadas correrías, los esposos eligieron las poéticas orillas del lago Leman. Instalados en el Palace Hotel de Montreux vivieron la existencia sedativa de esa atmósfera de paz, en la armonía del mágico paisaje, admirando los elevados picos de la Dent du Midi, el reflejo de la luz en las lejanas nieves del Mont Blanc, el vuelo caprichoso de las gaviotas, el apresurado curso de los vaporcitos excursionistas y el tardo deslizarse sobre las aguas de los pequeños botes, semejantes, bajo sus velas latinas, a fantásticos cisnes que van a emprender el vuelo. En la florida terraza, meciéndose con el acompasado movimiento de los sillones de balanza, ambos seguían su quimera o sus recuerdos durante largos intervalos de silencio, como siguen los ojos el vuelo, a veces lento, a veces apresurado, de las aves de pasaje. En esa siesta, despiertos, el Mayor pensaba en sus grandes casas de campo, en sus agitadas cacerías, en la activa campaña que dio la libertad a Cuba. La joven mientras tanto, sentíase por primera vez como separada de la realidad. Una sensación de penetrar en regiones desconocidas de velados misterios, le aceleraba el curso de la sangre, como en la expectativa de algún extraño acontecimiento, que había de cambiar el curso de su existencia. Gladys pensaba inquieta con la tentación de una enervante curiosidad, que ninguna de las emociones que hubiera sentido hasta entonces, se parecía a esa emoción. Y del fondo de su alma, en la que jamás se anidó un pensamiento que no pudiera formular en alta voz con la más completa tranquilidad de conciencia, levantábase ahora ante su severo criterio de esposa irreprochable, la confesión acusadora de encontrarse, por extraños subterfugios de su corazón, en el dintel de un mundo vedado. Para explicarse esa transformación repentina de su espíritu, la joven no tenía necesidad de buscar recónditas razones de complicada psicología. La presencia de un pasajero llegado con su familia pocos días antes al hotel, era la clave del vulgar enigma. Una noche que el Mayor y Gladys tomaban posesión de su mesa en el comedor, vieron entrar y sentarse en la vecindad, a dos personas, un hombre y una mujer, jóvenes ambos, y que sobre ellos todos los que ya ocupaban las mesas cercanas, fijaron esa atención curiosa con que mutuamente se examinan los pasajeros en las salas de los hoteles elegantes. La mujer, alta y delgada, rescataba apenas con su esbeltez la desfavorable impresión que producía una sombra de penoso descontento, dominante en la expresión de su rostro. En el hombre veíase ante todo el aire satisfecho del que tiene la seguridad de ser notablemente hermoso. De estatura fina y elevada, de modales dotados de una seducción particular, su presencia parecía imponerse a la admiración de las mujeres y a la observación de los hombres con fuerza irresistible. La pareja se sentó a la mesa, sintiéndose el blanco de observación de todos los que ocupaban las mesas vecinas. Esa sensación se dibujó de muy distinta manera en cada uno de los dos. La expresión de vago descontento, rasgo característico de la fisonomía de la mujer, se acentuó de una manera visible sobre sus facciones. El hombre, por el contrario, arrostró con perfecta naturalidad las miradas que lo analizaban, sin parecer cuidarse de ellas. Con rápida ojeada recorrió al sentarse los grupos circunvecinos y al desplegar la servilleta habló sonriéndose a su compañera, en español, mostrando así su completa prescindencia de los que aún fijaban en ellos su atención indiscreta. — Yo creo que ya nos han mirado bastante. La señora no contestó. Dibujóse apenas en sus labios una vaga contracción, que pudo tomarse por un gesto de desprecio, y pareció absorberse en la contemplación de las flores que adornaban la mesa. En aquella corta escena habíase producido, no obstante su rapidez, un incidente fugaz, que bien podía explicar la sombra de indescriptible descontento que se extendió sobre el rostro de la que acababa de sentarse. Su compañero, al ofrecerle una de las dos sillas puestas al lado de la mesa, había tenido la maestría de reservarse la que lo dejaba frente a frente de Gladys Fairfield. — ¿No te incomoda la luz en los ojos? ¿quieres cambiar de sitio?; preguntó la recién llegada al separar su vista de las flores. — ¡Oh, no! estoy muy bien, contestó él, apresurándose a partir el pan y haciendo de este modo acto de posesión del lugar que tan distraídamente se había reservado. Fue en la rápida ojeada que al llegar cerca de la mesa paseó en torno suyo, que el mozo había encontrado los ojos de la joven norteamericana fijos en él. Los dos rayos visuales emanados de distintos focos, se habían cruzado, con súbita irradiación, como dos meteoros luminosos que se encontrasen en el espacio. Tornó la vista Gladys de otro lado con la triunfante calma de mujer que sabe por instinto usar de su voluntad, para vencer la emoción que traidoramente la sobrecoge. Un segundo después, temiendo que no se hubiese escapado al Mayor el cambio de aquellas miradas, Gladys se inclinó ligeramente hacia él, y como si quisiera explicarle la curiosidad de que había dado pruebas: — El vestido de la señora es el último modelo de Callot; mil quinientos francos; a mí me pareció muy caro para un traje sastre. — ¡Ah! ¿cierto? ¡qué idea! ¡nada hay demasiado caro para usted, darling! El Mayor formuló así su contentamiento, como haciendo penitencia por haberse equivocado al interpretar la mirada de su mujer sobre los de la mesa vecina. — ¡Ah! ¡pícaro, cuidado! Cuando volvamos a París tendré muy presente esa frase de luna de miel. — Y hará usted muy bien, exclamó él, risueño, apurando de un trago el medio vaso de whisky y soda que tenía delante de sí. La conversación entre ellos siguió en ese tono. La joven había recobrado su amable jovialidad; pero sentía sobre ella la mirada del de la pareja que hablaba en español. Ni una sola vez se dejó llevar del impulso que la estimulaba a dirigir la vista a la mesa de donde partía esa mirada. Mas no por eso el deseo de hacerlo era menos vivo. Una curiosidad mezclada de íntima emoción la agitaba y le era menester acudir a un enérgico esfuerzo para seguir, sin manifestarse distraída, la conversación con su marido. Dos niños llegaron casi corriendo a la mesa de los que así despertaban la curiosidad de la joven norteamericana. Eran dos hermosos muchachos al parecer de diez y once años. Risueños y bulliciosos, aproximaron sillas a la mesa y entablaron conversación como si nadie más que ellos se encontrase en la sala. — Mamá, ¿sabes que nos divertimos mucho esta mañana?, dijo el que parecía mayor. — No grites así, Pedro, habla más despacio, le amonestó la señora. — ¿Y en qué se divirtieron tanto? preguntó risueño el caballero. — Que les cuente Pepe, dijo Pedro desternillándose de risa. — No, Perucho, cuenta tú, replicó Pepe, agitándose sobre su silla. — Alguna fechoría, murmuró el padre. — Si no se están quietos y no hablan despacio, hago llamar a Monsieur l’Abbé para que se los lleve. La Señora notaba con rubor que de muchas personas de las otras mesas, las miradas se dirigían con aire sardónico hacia ellos. — Pepe fue el que principió, dijo Perucho, bajando un poco la voz. — Tú también principiaste, exclamó Pepe. — Pero vamos a ver ¿qué es lo que han hecho? preguntó el padre. — Nos levantamos temprano y cambiamos todos los zapatos que estaban delante de los cuartos de los pasajeros, prorrumpió Pepe entre risas. — Y poquito después se oían los gritos y los reniegos, empezó a decir su hermano. Mas Perucho le arrebató la palabra. — Garçon ¿quién me ha cambiado los botines? gritaba uno. — Estos no son mis zapatos, decía una vieja de cofia y en enaguas. La banda de tziganes, apostada en la galería del gran salón había empezado ya su ruidosa música de valses precipitados. Esto puso fin a la charla de los muchachos que se fueron corriendo. El Mayor y Gladys salieron del comedor, de los primeros. Al pasar delante de la mesa de la otra pareja, la marcha de la joven norteamericana acusaba, con intencional rigidez, su preocupación de mantener la vista sin desviarse a ningún lado. El que era objeto de esa preocupación, familiar sin duda con las aventuras de hotel, pareció no haber visto que la joven pasaba cerca de él, porque en ese momento mismo habló a su compañera, con aire distraído, sobre la música que empezaba a oírse. En un ángulo de la gran sala Gladys y su marido tomaban el café, cuando apareció la pareja de los recién llegados. Hubo entre el joven y Gladys un cambio rápido de miradas lejanas. Pero los que hablaban español siguieron su marcha por el ancho pasadizo que conduce a la escalera principal. Pasaron ocho días de lo que podrían llamarse escaramuzas preparatorias del ataque decisivo. Escenas análogas a la primera se repitieron mañana y tarde a la hora del almuerzo y la de la comida. Desde la noche misma del primer encuentro, Gladys con ávida curiosidad, había recorrido la lista de pasajeros. «Señor de Almafuente, Señora y familia, de Sud América decía la lista.» — Ellos son sin duda, se dijo, contenta de su perspicacia. A su vez, el joven no tardó en averiguar que la hermosa americana y su marido eran: el Mayor Fairfield y Mrs. Fairfield, del Estado de Nueva York. Así cesaba el anónimo de una y otra parte. El conocimiento del nombre hace de un desconocido una personalidad determinada. Al repetir el del joven, Gladys le encontraba un sabor de grandeza de España. Se le figuraba el apuesto mozo un descendiente de los altivos hidalgos que Velázquez ha transmitido a la posteridad erguidos sobre sus golas de canutillo. La singular distinción del joven, su airoso garbo, la natural finura de sus maneras, justificaban ampliamente esa fantasía femenil. El mozo encontraba por su parte en ese nombre de Fairfield una música particular, una especie de presagio de amor. Y esa impresión propia de un hombre al que las intrigas amorosas habían mimado por su variedad y su gran frecuencia, tuvo desde el segundo día un sólido apoyo de verosimilitud. Impaciente por ver si la llegada de los esposos Fairfield al almuerzo confirmaba o no su presunción, Almafuente consiguió, con un pretexto cualquiera, que su mujer llegase con él al comedor antes que el Mayor y Gladys. Estos tenían que pasar por delante de él al dirigirse a su mesa. Si la joven, que precedía a su marido desde la puerta de la sala, tomaba, otro rumbo, evitando el camino directo, la evolución habría sido considerada por Almafuente como un indicio desengañador para sus pretensiones. Pero Gladys no se desvió del camino más corto. Anduvo serena hacia su mesa y al encontrarse cerca de Almafuente le dirigió una mirada expresiva, sin que nadie hubiese podido notario. Y así, mañana y tarde, repitiéronse las miradas de inteligencia diariamente. Gladys, además, como vencida por una subyugación más poderosa que su voluntad, aprovechaba todos los momentos que su conversación con el Mayor le permitía, para entregarse a un apasionado análisis del que ella llamaba mentalmente el Grande de España. Comparado con los otros hombres que ocupaban las mesas vecinas, Almafuente se le figuraba un ser de raza superior, ante cuya aristocrática distinción todos deberían inclinarse. Ninguno se acercaba a la delicada armonía de sus facciones. Su cutis, de blancura singular, tenía la transparencia de la tez femenina. Sus ojos pardos, velados por largas pestañas, irradiaban una luz de intensa expresión. Gladys pensaba que hasta entonces ella no había encontrado esa expresión en la vista de ningún hombre. Hacía poco a poco, con vivo interés, el análisis del rostro del joven, notando sus perfecciones. Hallaba una gracia byroniana a la frente, en parte, cubierta al lado derecho por el cabello castaño claro, peinado hacia atrás sobre las sienes. Con instinto artístico admiraba el fino bigote, ligeramente crespo en las extremidades, como para dejar ver en su sonrisa los dientes de un blanco azulejo, dispuestos con perfecta regularidad. Todos esos detalles, que en el curso de los ocho días, la joven había fijado en su memoria, eran el objeto de su largo devaneo al mecerse sobre la terraza del jardín en la silla de balanza. Ni por un instante el remordimiento de ese extravío culpable turbó el espíritu de la joven. Despertada de repente de la tranquila paz de alma en que había vivido, por vertiginoso torbellino de sensaciones desconocidas, veíase tan irresponsable de las impresiones que la dominaban como lo era de la luz con que un rayo de sol ofuscaba sus ojos en aquellas luminosas mañanas del Lago Lemán. Era demasiado inexperta en los caprichos del alma para darse cuenta de ese impalpable fenómeno moral que concentra en un solo pensamiento toda la fuerza vital del ser humano. «Es el amor, no hay duda» se decía con la genial franqueza de su carácter, mientras que su imaginación evocaba la arrogante figura del Grande de España, en el momento en que cambiaba con ella la furtiva mirada del comedor, más expresiva y ardiente cada día. En esa evocación, sin embargo, su amor naciente no se exaltaba hasta el grado de admitir que el joven pudiese acercarse a ella por ardid o por sorpresa, en alguna de las frecuentes ocasiones que presenta la vida de hotel para hallar un pretexto de insinuarse cerca de una persona a quien se desea conocer. Lejos de acusarlo de timidez por su reserva, veía en su respetuosa actitud un rasgo de buena crianza, que estimaba como un nuevo argumento en favor del creciente interés que el mozo le inspiraba. Un avance indiscreto de parte de éste habría despertado el alma de Gladys del extraño encanto de la misteriosa aventura. Ese estado de platónica inacción fue interrumpido por la llegada al hotel de una nueva pareja de viajeros, que se hizo inscribir en el registro de la oficina con el nombre de Míster y Missis Vickery, de Filadelfia. Los recién venidos aparecieron en el restaurant a la hora del almuerzo en compañía de los esposos Almafuente. De fino tipo meridional, Mrs. Vickery, graciosa morena de treinta años, hablaba el español con el mismo acento hispanoamericano que sus amigos. Hija, como estos, de una de las repúblicas más adelantadas de la América del Sur, y unida por lazos de estrecho parentesco con la Señora de Almafuente, pues eran primas hermanas, habíase casado hacía tres años con un joven ingeniero norteamericano, enviado al país de la joven por una compañía de Nueva York, como director científico de una gran línea de ferrocarril. Terminada la obra en poco más de un año, los Vickery regresaron a los Estados Unidos. Desde allí la joven había mantenido una correspondencia epistolar no interrumpida con su prima y concertádose con ella para encontrarse en Europa, donde con puntual regularidad, los Almafuente pasaban todos los años largas temporadas, con el plausible propósito de que sus niños aprendiesen idiomas extranjeros. En su nueva patria, gracias a su viveza y despejo naturales, Mrs. Vickery no tardó en connaturalizarse con las costumbres del país. Dotada de la facilidad genial con que las mujeres se adaptan al mundo exterior que las rodea, habría podido pasar por norteamericana en poco tiempo si su ligero acento español no hubiese revelado su origen, a pesar de la pureza con que hablaba el inglés desde el colegio. En realidad, sin embargo, la joven conservaba física y moralmente los rasgos característicos de su raza. El tinte suavemente moreno de su cutis; los grandes ojos de expresivo mirar, rodeados de una sombra natural que los velaba de misterio; el profuso cabello castaño claro; el andar cadencioso de inconsciente voluptuosidad; las manos pequeñas y el breve pie, eran dotes bien definidas de su origen ibérico. Un fondo de alegría y de lo que los positivistas llamarían nativo altruismo, formaba su personalidad moral. Enérgico el ánimo por la primera de estas cualidades, para hacer frente a los inevitables contrastes de la vida, recibía de la segunda, por su desprendimiento de todo egoísmo, la facultad siempre envidiable de inspirar viva simpatía donde quiera que se hallase. Tal era la joven hispanoamericana, que por su casamiento con un ingeniero civil de Norteamérica, había visto convertido su nombre de Catalina Canos en el de Katy Vickery. El encuentro entre los Almafuente y los Vickery al abrirse esta historia, no había sido casual. Una afectuosa correspondencia los había mantenido en comunicación frecuente. El deseo mutuo de reunirse les había hecho concertar el viaje a orillas del Lemán, para excursionar estando allí por esa región privilegiada de lagos pintorescos y de boscosas montañas. Sentadas las dos parejas a la mesa, la conversación tomó luego el tono animado y alegre de los que después de una larga separación tienen mucho que decirse. Almafuente había dispuesto los sitios de manera que Mrs. Vickery pudiese abrazar con la vista una gran parte de la sala y divisar la entrada de los que llegasen. Hablaba la joven con entusiasmo de sus viajes por los Estados de la Unión Americana, interrumpiéndose a veces para pedir noticias de parientes y amigos de la patria común. En medio de una frase detúvose de repente. Los que estaban con ella vieron iluminarse su rostro con expresión de alegre sorpresa, al tiempo que exclamaba, dirigiéndose a su marido : — ¿Quién te parece que entra en este momento? El Mayor y Gladys. — Ahí se sientan a una mesa y no nos han visto. Sin esperar más, dando excusas a sus primos, Katy se levantó de su silla y seguida de Mr. Vickery se apresuró a llegar donde los esposos Fairfield acababan de sentarse. Una exclamación admirativa fue la ruidosa señal de su reconocimiento. Las dos jóvenes se estrecharon las manos con calurosa efusión. ¡Oh! ¡querida! qué feliz sorpresa, dijo alborozada Mrs. Fairfield, contemplando con cariño a la joven Mrs. Vickery. No menos expresiva fue al mismo tiempo la exclamación de ésta. — ¡Gladys, mi querida! qué feliz me siento con este encuentro. El Mayor había murmurado una frase de congratulación, perdida entre las voces con que las dos amigas se repetían su felicidad de verse. La escena había sido instantánea. Katy, en su contento, exigió que los Fairfield la acompañasen a la mesa de sus primos para presentarlos. Rafaela y Florencio, al ver ese movimiento, se pusieron de pie y se adelantaron hacia los que llegaban. — Mis primos el Señor y la Señora Almafuente; mis queridos amigos el Mayor y Mrs. Fairfield. El saludo fue ceremonioso de parte de la Señora hispanoamericana, respetuoso y correcto la de su marido. Gladys había contestado a uno y otro con natural cortesía, mientras que los hombres se estrechaban la mano con las frases consagradas: — Muy feliz de conocer a usted. — Muy contento de conocer a usted. Almafuente y Gladys, con una mirada que nadie pudo ver, parecieron dar fervientes gracias a la providencia por aquella inesperada felicidad. Después de cortas frases de mutua congratulación cada cual volvió a su mesa.
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