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II Gladys Fairfield aprovechó el primer momento que la ocasión le presentaba para satisfacer su ardiente curiosidad de conocer la vida de sus nuevos amigos hispanoamericanos. So pretexto de mostrar a Mrs. Vickery los trajes que había traído de los mejores costureros de París, instalóse con ella en su sala de recibo, donde hizo que su camarera dispusiese sobre sofás y poltronas varias muestras de las más lujosas y elegantes creaciones de los árbitros más afamados de la moda en el mundo entero. Mrs. Vickery quedó en extática contemplación delante de esos primores, la suprema preocupación del espíritu femenil en París. Gladys dejó algunos instantes a la admiración de su amiga. Discutió las observaciones de ésta con respecto a los colores, a los adornos, a la amplitud de las faldas, que empezaban ya a estrecharse, presagiando la que hoy embaraza con triunfante tiranía el gracioso andar de nuestras contemporáneas. Y luego, poco a poco, Gladys apartó la atención de su amiga del asunto de trapos para iniciar la conversación a que quería traerla. — Venga usted a sentarse aquí, mi querida, le dijo, pasándole un brazo alrededor de la cintura y llevándola suavemente a un estrecho sofá. Ahora basta de vestidos y conversemos. — Sí, conversemos, repitió risueña la hispanoamericana. — Usted no me había hablado nunca de estos parientes. Al hacer esta observación Mrs. Fairfield arreglaba con aparente empeño un encaje de la blusa de su amiga. — ¿Ah? no sé, no me acuerdo, contestó Mrs. Vickery, buscando en su memoria si era exacta o no la aseveración que oía. — No, no, estoy segura, afirmó Gladys. Y luego, insistiendo : —¿Cuál de los dos es pariente de usted, él o ella? —Ella; es mi prima hermana. Mrs. Fairfield se quedó un momento en silencio. En su mente se debatía la cuestión de saber si era prudente o no dejar ver el súbito interés que le había inspirado Almafuente. Impetuosa y franca, la joven norteamericana atropelló resueltamente todo escrúpulo. — Él es admirablemente hermoso, dijo mirando a su amiga con resolución. Y le pareció que el rostro de Katy se cubría de un tinte encamado apenas perceptible. — ¿Usted encuentra, Gladys, realmente? Gladys creyó notar una ligera turbación en la voz de su amiga. — ¡Como! mi querida, exclamó, ¿usted no lo encuentra muy hermoso? — ¡Oh, sí! por supuesto, muy hermoso. — Los chicos se parecen más a la madre que a él, observó Gladys. — Puede ser; en todo caso ella y él los miman exageradamente. — Fue lo que pensé, al oír el ruido y las risas que les permitían hacer en el comedor. Katy parecía empeñada en no dejar que durase la conservación sobre Florencio Almafuente, porque se puso a hablar sobre los dos chicos. — Es el resultado, dijo, de la mala educación que damos los niños en nuestros países. A la rígida severidad de la antigua educación española hemos substituido el sentimentalismo de las ideas modernas. En nuestros países sudamericanos el amor exagerado a los hijos, o más bien dicho, la debilidad de carácter para con los hijos, es un mal muy común, especialmente en las clases más elevadas de la sociedad. Los padres ricos crían las más veces hijos mimados. En ellos todo desmán es una gracia, toda intemperancia de lenguaje una prueba de admirable precocidad intelectual. Los chicos de mi prima Rafaela presentan un ejemplo acabado de esos niños prodigios, insoportables para los extraños. En los hoteles son el terror de los sirvientes y la perpetua inquietud de los empleados superiores; pero como mis primos ocupan un gran número de piezas y pagan generosamente, los chicos están seguros de la impunidad en sus pesadas travesuras. — Y ¿qué hacen esos niños después, cuando son hombres grandes? — Pasean mucho, gastan sin contar, viajan dispendiosamente y se arruinan temprano la salud con la buena mesa, el champaña más caro y el coñac a cien francos la botella. — ¿Y no trabajan? ¿Y los padres les permiten esa existencia de seres inútiles? — Al contrario, la fomentan; les parece que esa es la gran elegancia. — Espero que sus primos de usted no dejarán así malgastar su vida a esos dos hermosos muchachos. — Mi primo ha perdido el pleito, como decimos familiarmente en nuestra lengua; la autoridad de su mujer ha triunfado. — ¿Ah, y porqué? ¿no es hombre de carácter? —¡Oh! sí, tiene carácter y mucho, pero... —¿Pero qué? ¿ Está dominado por su mujer? Muy contenta de haber hecho llegar la conversación al punto del que Katy la había hecho desviarse, Gladys multiplicaba sus preguntas sobre el Grande de España. Katy tuvo una expresiva sonrisa de negación. — ¡Dominado! ¡oh no! creo difícil que alguien pudiese dominarlo. Es uno de los más enérgicos caracteres que yo haya conocido. — Entonces, no comprendo por qué no hace valer su autoridad de marido. — Por una razón muy común entre nosotros, mi querida; Rafaela es inmensamente rica y él se casó sin tener nada. — ¡Oh! Katy eso es ridículo, exclamó Mrs. Fairfield. El bello Almafuente caía ante sus ojos del pedestal en que su imaginación lo había colocado. — Sería ridículo si Florencio no conservase su entera independencia cerca de su mujer, replicó Katy. — Explíqueme eso, mi querida, no comprendo. Mrs. Vickery consideró, sin duda, que se había dejado arrastrar más allá de lo que quería en la conversación sobre Almafuente, para retroceder después de esa observación de Gladys. — Con mucho gusto. Pero calló un instante, como si buscase de como principiar su explicación. Cuando habló de nuevo, parecía avanzar con cautela, cual si temiese emitir juicios que pudieran considerarse desfavorables al marido de su prima. Con una sonrisa maliciosa, principió por confesar que el joven no podía ser tomado como un modelo de rígida moralidad. A juicio de ella, el mozo había sido víctima de su excepcional hermosura. Sin más debilidades que la generalidad de los hombres, en vez de entrar con valor en la vía del trabajo, había preferido la senda sembrada de flores que se abría delante de él. Algunas intrigas de amor bastante ruidosas para consagrarlo hombre irresistible, fueron el punto de partida de sus numerosas conquistas. De gran familia, su posición social lo salvó del ostracismo con que suele castigar la sociedad a los que pisotean sus leyes con demasiada osadía. Lejos de mostrarle un ceño severo, habíalo acogido corno a un hijo predilecto, al que todo puede perdonarse. En esa ventajosa situación de joven a la moda lo conoció una noche en un baile Rafaela Canos, que es hoy su mujer. La crónica mundana había ya hecho llegar a sus oídos las aventuras amorosas de Almafuente. «Ninguna aureola de gloria, observó Katy, brilla con prestigio más fascinador a los ojos de las mujeres que la de los hombres afortunados en ese juego peligroso. Y esta ley, afirmó al ver sonreírse con aire de incredulidad a su amiga, es decir, la ley de imitación que nos gobierna, haciéndonos imitar cuanto vemos en las otras mujeres, no perdió su imperio tratándose de Rafaela, bien que ella a su vez gozaba de la reputación de muchacha altiva y poco accesible a la galantería. Era precisamente lo contrario del joven. Rafaela cifraba su orgullo en arrebatar los novios a sus amigas, y al verlos rendidos a sus pies los despreciaba. Los desdeñados, ocultaban su despecho, asegurando que Rafaela debía sus atrevidos triunfos a su gran fortuna y no a su muy discutible belleza. Los preliminares del galanteo que condujo a estas dos notabilidades sociales al matrimonio, fueron observados y comentados con vivo interés en las esferas de la capital en que vivían. Nadie ignoraba que por un capricho singular del que no se acertaba a explicar la razón, Florencio Almafuente hacía una corte asidua a una parienta de Rafaela cuando el mozo fue presentado a ésta y que, fascinada por la distinción de que era objeto, esa parienta, de la que Catalina Vickery se abstuvo de mencionar el nombre, estaba ya profundamente enamorada del bello galán, cuando Rafaela Canos decidió ensayar sobre él su vanidosa pretensión de rival feliz de todas sus amigas. — El manejo de Rafaela en este caso fue tanto más atrevido cuanto que todos creían que por primera vez Almafuente correspondía con sinceridad al amor que había inspirado a la muchacha parienta de Rafaela. No se sabe si por consejo de alguno de los muchos que se enorgullecían de ser los íntimos del joven a la moda, o bien por que Almafuente se dejase arrastrar, de propia inspiración, por el brillo ofuscador de la considerable fortuna de Rafaela, lo cierto fue que antes de mes la pobre prima tuvo que resignarse a la convicción de que el joven sólo buscaba un pretexto para abandonarla. Sus visitas a Casa de Rafaela se hicieron de una frecuencia muy significativa, al mismo tiempo que en los bailes, en los paseos, en el teatro, era Florencio ostensiblemente el preferido entre los cortejantes de la rica heredera. La voz de Katy, durante las últimas frases, resonó con ciertas inflexiones de emoción, que no escaparon a Gladys. Parecíale muy singular, que su amiga callase el nombre de la joven sacrificada por Rafaela. — ¿Y quién era esa infeliz? Katy, querida mía, interrogó con ademán de examinar el encaje de la blusa de su amiga. La interpelada se sonrojó visiblemente. — Una prima y muy amiga de Rafaela. ¿No se lo había ya dicho a usted? Su nombre no importa y prefiero callarlo, puesto que la pobre sufrió esa cruel humillación. — Dispénseme usted, mi querida, tiene usted razón, dijo Gladys con voz de arrepentimiento. Al excusarse por su pregunta, la joven norteamericana guardó sin embargo para sí la convicción de que la humillada había sido la misma persona con que hablaba. — ¿Y qué hizo ella al verse despreciada? preguntó. En los labios de Katy se dibujó vagamente una triste sonrisa. — ¿Qué podía hacer? dijo, encogiéndose de hombros, casi disgustada por la pregunta. — Afear a la prima su impudente conducta, por lo menos, puesto que eran tan amigas. — Tenía demasiada dignidad para quejarse, replicó Katy con un gesto de desdén. Y enseguida, con aire de satisfacción — Además, los hechos se encargaron pronto de vengarla. — Me alegro, exclamó Gladys ¡lo merecía! ¿qué pasó? — Lo que nadie esperaba. En vez de despedir al infiel, como acostumbraba hacerlo, Rafaela se enamoró de él perdidamente. — No me extraña : el mozo era demasiado interesante para tratarlo como un galán cualquiera. Katy Vickery exclamó con acento de amistosa broma al oír esa frase : — ¡Cuidado, querida, con ese entusiasmo! Florencio es un hombre peligroso. Gladys no pudo evitar el encarnado que le subió al rostro. — ¡Oh! no hay cuidado; más bien debe cuidarse usted, querida mía, que parece hablar por experiencia. La joven Vickery apoyó amistosamente sus manos sobre los hombros de su amiga. — Cállese, no sea mala, no haga usted suposiciones. — Por broma, usted sabe lo que la quiero, murmuró Gladys, dando a Katy un ruidoso beso sobre las mejillas. Y repuso con voz alegre — Y a todo esto, usted no me cuenta cómo fue vengada la pobre víctima. — Con la peor de las torturas. Desde los primeros días, la luna de miel fue un continuo suplicio para Rafaela. Cada palabra, cualquier mirada de su marido a alguna mujer, eran motivos de celoso sobresalto. Le parecía imposible que siendo su marido en todas partes el más hermoso y el más seductor, no fuera objeto de codicia para sus amigas y aún para las que lo veían sin hablarle. —¿Entonces es muy celosa? —¡Oh, terriblemente ! —¿Aún después de doce años de vida matrimonial? — Así es, nada ha podido curarla. — ¿Y él...... preguntó Gladys con marcada curiosidad, le ha dado muchos motivos para tantos celos?
Katy miró a su amiga sonriendo. — Así dicen,... yo no sé positivamente. En todo caso es de suponer que si Florencio no ha observado, como dicen, una intachable fidelidad, ha sido bastante astuto para que su mujer no pueda acusarle con pruebas. — ¿Cómo puede usted saberlo, querida mía? — Ella me lo había dicho ya; tiene absoluta confianza conmigo. No pareció Gladys encontrar convincente esta explicación. — Se ve que ella es una mujer reservada, bajo las apariencias de una afabilidad muy comunicativa; usted puede engañarse, querida. — Puede ser, pero tengo otra razón para pensar que mi prima no duda por ahora de la fidelidad de su marido, y es que los encuentro a él y a ella en la más cordial armonía, y que Florencio, aunque vigilado, conserva su absoluta independencia. Satisfecha, al parecer, de su interrogatorio, Gladys exclamó con sorpresa mirando el reloj de la chimenea : — ¡Las dos, mi querida! ¡apenas tenemos tiempo para prepararnos! Debemos estar prontas abajo, en el Hall, a las dos y media.
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