![]() |
![]() |
|
|
|
|
|
|
|
|
|
III La familiaridad entre los nuevos amigos vino pronto. El natural afable y exento de ceremoniosa pretensión de Katy Vickery sirvió de eficaz agente para establecer entre ellos desde el principio un tono de fino compañerismo que todos supieron usar con perfecta naturalidad, como gentes de refinada educación. Fue común dictamen que era menester emplear el tiempo lo más alegremente posible. Sobre esa base, un proyecto de excursiones a los más pintorescos lugares circunvecinos fue discutido y por aclamación puesto en práctica, sin pérdida de tiempo. Todos deberían contribuir al buen éxito de la empresa con un amplio contingente de buen humor. Inútil pareció estipular que dondequiera que fuesen, los hoteles más caros serían elegidos y los restaurantes más de moda puestos a contribución. Cuatro automóviles, de los que dos pertenecían a los Almafuente y otros tantos a los Fairfield, formarían el elemento rodante de las proyectadas correrías. La distribución de los sitios en esos carruajes sería variable según el agrado de cada cual. No se fijaba tiempo a la duración de ese convenio, ella dependería de las circunstancias y de la libre voluntad de los interesados. Y así empezó para estos sectarios del modernismo elegante, esa existencia de agitadas emociones que con la invención y el uso de los automóviles ha transformado las condiciones de vida de la sociedad moderna. De esa improvisada asociación Katy Vickery era el alma. Acostumbrada, durante tres años, a recorrer los Estados de la Unión de un confín a otro acompañando a su marido en sus viajes profesionales, habíase formado una constitución inaccesible a la fatiga y un espíritu alerta para sacar partido de las circunstancias. Gracias a su genial dirección, que el voto unánime de los demás le había confiado, no pasó un día sin alguna excursión a los más interesantes sitios cercanos y aún a parajes distantes, donde los viajeros se veían obligados, a veces, a pasar la noche en alguno de esos lujosos hoteles que han hecho de la Suiza una hospedería universal. Almafuente y Gladys aprovecharon por tácito convenio, con el ingenioso ahínco de dos corazones que se buscan, la facilidad de comunicarse, que su buena suerte les ofrecía. Desde el primer momento propicio, sus labios se dijeron lo que la elocuencia de sus miradas se estaban revelando a cada instante. En pocas palabras sellaron ese pacto de pasión, espontánea y turbulenta de parte de ella, calculadora y precavida de parte del joven. Entre la frondosa enramada de la selva, corona de las alturas a cuyas plantas se alzan tortuosas las calles de la antigua Lausanne, ellos, por aguda simultaneidad de intuición, supieron encontrar un recodo de camino en el que un día les fue posible separarse de los demás sin ser notados. Llegaron allí como se acude a una cita de amor, convenida de antemano, ardientemente ansiada durante largas horas de azaroso esperar. Con turbada precipitación el joven se apoderó de una mano de Gladys, sobre la que apoyó sus labios con ardor, y al alzar la vista vio el bello rostro de la joven, entre risueño y ruboroso, esquivarse a su mirada. -¡Qué imprudencia! murmuró su voz ahogada, temblando de emoción. -Mi excusa, dijo el mozo, respondiendo a la sonrisa, es el violento amor que usted me ha inspirado y la imposibilidad en que siempre me encuentro de hablarle sin testigos. Este momento es para mí precioso. Una declaración banal y que no exprimiría la intensidad de lo que siento, me parecería indigna de usted. En la extraña fascinación que sus ojos ejercieron sobre mí desde el primer momento, hay como una promesa de inmensa felicidad inesperada, que sería locura dejar desvanecerse. Por eso, en la primera ocasión que se me presenta y a riesgo de pasar por impertinente y fatuo a los ojos de usted, no pude resistir al violento impulso de mi corazón, mostrándole así con un acto apasionado toda la ambición de mis deseos. Sin esperar respuesta de la joven y embriagado por la deliciosa turbación de su mirada, Florencio confirmó con un nuevo beso sobre la mano temblorosa la atrevida expresión de su osadía. Ella, muda por un instante, contempló al joven con pasión. Al oír su franca y armoniosa voz le pareció que él realizaba, más allá de su fantasía, el irresistible poder de seducción con que se había apoderado de su voluntad. Y un cúmulo de ideas sin coherencia las unas con las otras, pasó en viva irradiación por su cerebro, con la fulgurante rapidez de chispas eléctricas arrancadas de una pila de Volta. Florencio le había hablado en un inglés tan correcto como el de ella, en el que un ligerísimo acento extranjero suavizaba la aspereza de la pronunciación américosajona. Gladys encontró que ese acento pasaba sobre ella como una caricia. — ¡Oh! hábleme así otra vez, murmuró con voz de apasionada súplica. Y mientras el joven, arrebatado de entusiasmo, le modulaba con persuasiva voz juramentos de adoración, que sólo a la juventud son permitidos, ella se extasiaba ante la hermosura del hombre que tenía delante de sí, cual si fuese la condensación de los caprichosos ensueños de un alma de muchacha, en lucha inconsciente por romper las férreas prisiones que la encadenan a las inexorables leyes sociales. Era aquel un sentimiento nuevo para ella en ese instante. Con raudo vuelo recorrió su imaginación la transparente historia de su alma. Desde los misteriosos umbrales de la pubertad, el hombre le había parecido un ser grosero y petulante, algo como si en su pretencioso rudeza quitara lo aterciopelado a las frágiles alas de la ilusión; como si entrase en la vida guiado por ímpetus violentos de sport, de batalla y de insaciable ambición pecuniaria. Desde entonces ningún hombre había hecho latir su corazón. El que le hablaba en ese momento era un revelador. Gladys, admirándolo, sentía subyugada su voluntad, un impulso súbito de obedecerle, de entregarle su existencia sin vanas restricciones. Un torbellino de fuego la envolvía, como si fuese a arrebatarla en brazos él, de la vida real, para lanzarla en de un mundo desconocido de borrascoso aturdimiento. Ante la mirada casi extática de la joven cambió Almafuente el acento apasionado, bajó sin rodeos de las regiones etéreas del sentimentalismo a la realidad del mundo. Su voz se hizo insinuante y cariñosa, sus bellas facciones se animaron con los tintes festivos de la alegría, y la sonrisa de sus labios rosados, tras de los que brillaba el esmalte de una dentadura admirable, se armonizó con la sonrisa de sus ojos cual si extendiese sobre Gladys un velo diáfano de imperiosa atracción. Hija del mundo contemporáneo, familiarizada con tanta portentosa invención, pasmo de este siglo, aquella transformación instantánea hizo recordar confusamente a Mrs. Fairfield el vuelo atrevido de los aviadores, que remontan en majestuosos círculos hasta las nubes y bajan de repente, en precipitado empuje, a la tierra. — Usted es adorable, continuó el joven, ¿pero cómo vernos? ¿cómo poder hablar? De usted depende que burlemos la observación de nuestros amigos, permitiéndome aprovechar todos los momentos que se presenten de poder acercarnos. — Cuente usted conmigo, dijo Gladys, inquieta ya y temerosa de haber olvidado el tiempo; pero es preciso que nos separemos. — Al contrario, replicó con voz alegre el mozo, salgamos de aquí tranquilamente; yo conozco el camino que debemos tomar. Sígame usted y verá que pronto apareceremos ante los otros sin que hayan notado nuestra ausencia. Hablando así conducía a la joven hacia un sendero estrecho, separado del camino principal, perdido entre los árboles del bosque, que hacía una curva para reunirse a él otra vez. Pero les era preciso andar de prisa. La realidad del peligro y la precipitación de la marcha, hacían latir con tumultuoso fuerza el corazón de Gladys. Tal era su inquietud que Florencio la dejó pasar delante de él. Sólo pensaba ya en ganar con la velocidad de la marcha el tiempo que acababan de emplear en la conversación. Llegaban a un punto en que el espeso follaje los envolvía con el turbador misterio de la sombra. Almafuente, fascinado por la gracia elegante de Mrs. Fairfield, tuvo furiosas tentaciones de detenerla, y sellar con un beso sobre sus labios uno de esos pactos mudos de arrebato apasionado, que aherrojan a veces dos corazones como con un lazo de fuego. La tentación pareció por un momento dominar a ese triunfador de recatos femeniles. En balde su experimentada razón le decía que hay en las lides de amor ataques imprudentes que suelen comprometer la victoria asegurada. Un repentino movimiento de Gladys, que se volvió hacia él, deteniéndose, le hizo reprimirse, en el acto de adelantar sus manos hacia ella para rodearle con sus brazos la cintura. — ¡He encontrado! exclamó con alborozada voz la joven, he encontrado cómo podremos hablar casi con entera libertad. En la sala de fiestas se baila esta noche; usted me invitará. — ¡Admirable! bailaremos juntos, lo que parecerá lo más natural del mundo. Ya Gladys había reasumido la precipitada marcha mientras el mozo le contestaba: — Vamos ligero, decía, apartando las ramas que amenazaban azotarle el rostro. — No tenga usted cuidado, llegamos ya al camino; yo alcanzo a oír poco más allá las voces de nuestros amigos. Un instante después aparecían, sin que nadie pareciese haber notado su ausencia. Los demás de la comitiva, separándose por parejas, se entregaban, con la alegría de los colegiales en recreo, al placer de admirar las bellezas del paisaje. Llegó la noche con tardío paso para los dos enamorados. En el comedor, con furtivas miradas, se recordaban el instante que debía venir, el momento lleno de promesas, en el que les parecía haberse acumulado toda la importancia de los destinos humanos. La espaciosa sala de fiestas del Montreux Palace Hotel llamaba ya con los cadenciosos acordes del boston a los danzantes. La gente fue llegando poco a poco. Gladys y Florencio, impacientes con la timidez de las parejas que no se atrevían a lanzarse en el vasto espacio vacío, cambiaban miradas de desolación. Parecíales que los demás de su grupo habían hallado, simplemente por contrariarles, la manera de hacer que sus tazas de café no se acabasen nunca. Al fin, valiéndose de Mrs. Vickery, consiguieron llevarlos a la sala de baile. Por un ardid que Gladys comprendió perfectamente, el joven, en vez de dirigirse a ella, al empezar la música, se acercó a Katy, invitándola a dar una vuelta con él. Gladys admiró el gracioso abandono con que su amiga se apoyaba casi hasta tocar el hombro de su compañero, dejando vagar sobre su rostro su alegría de mujer feliz con que oía las palabras, muy galantes sin duda, que Almafuente debía murmurarle al oído. Pero sus reflexiones duraron poco. Un compatriota, el coronel Redline, compañero de armas de su marido, la hizo levantarse de su asiento, más con la acción que con la palabra, y se lanzó con ella en los giros del boston, esa danza introducida por los norteamericanos en toda Europa. Al terminar el baile, Almafuente condujo a su compañera al lado de Gladys y pidió a ésta con un respetuoso saludo, que le concediese el vals subsiguiente. — Como marido modelo, dijo de broma, siempre bailo el segundo con mi mujer. — Usted puede suprimir, observó Katy Vickery con maligna sonrisa, ese calificativo de marido modelo ¿no le parece? Gladys se sonrojó visiblemente. — ¿Cómo diría usted entonces? preguntó Almafuente riéndose. — Pues... yo no sé; acaso marido correcto, contestó Katy, como consultando a Gladys con maliciosa mirada. — Acepto el calificativo, repuso Florencio; jamás contradigo a una mujer bonita. Y con saludo cortesano, que hizo valer la graciosa armonía de su elevada estatura, fue a sentarse junto a su mujer. — ¿Bailamos este boston? — Si tú quieres, contestó Rafaela con visible emoción. La música no se hizo esperar. Alentados por el aumento de la concurrencia, muchos otros danzantes invadieron esta vez la sala. Katy Vickery se deleitaba con los esfuerzos y contorsiones con que algunas parejas se empezaban en convertir en paso de boston los movimientos de la vieja polka o del vals de dos tiempos, enteramente abandonados. Mientras tanto, apenas empezaba la música, dos compatriotas de Gladys se presentaban a solicitar a las dos jóvenes. Katy tomó el brazo de uno de ellos; pero Mrs. Fairfield prefirió que el que la invitaba a ella se sentase a su lado a conversar. Una extraña desazón en el alma la había sobrecogido al ver a la pareja Almafuente girar, graciosa y acompasada, en todas direcciones, por entre las parejas en movimiento. Aquella mujer que Florencio tenía entre los brazos llegaba a parecerle hermosa. «Acaso él la amaba y Gladys era apenas un pasatiempo, una de las muchas que le han formado esa reputación de irresistible, que las mujeres, en la intimidad, le reconocían.» El abrasado aliento de los celos encendió su imaginación. En ese instante los esposos Almafuente pasaban frente a ella. Rafaela se apoyaba radiante en el brazo de su marido. «Esa mujer era su rival, o más bien, pensó Gladys, yo soy la rival de ella, puesto que estoy disputándole el corazón de su marido. Ella tiene un cuerpo de preciosas proporciones, lo que basta muy a menudo, según dicen, para enamorar a los hombres.» a vuelta de estas meditaciones Mrs. Fairfield sintió un estremecimiento de despecho, como si su dignidad le mostrase lo bajo de la acción a que un violento extravío de su conciencia la iba arrastrando. Pero esta última reflexión se disipó de su mente poco después, cuando llegó su turno de bailar, por la suave y al mismo tiempo vigorosa presión con que Florencio la estrechaba contra su pecho y al sentirse acariciado el rostro por el fugaz perfume del sedoso bigote de su compañero. Como en un murmullo de misteriosas revelaciones le hablaba del paraíso encantado en que se convertiría el mundo para ellos si pudiesen vencer los obstáculos que se oponían a su eterna unión. Aquellos escrúpulos, aquella protesta de su conciencia que había levantado su voz acusadora, al figurarse que Almafuente pudiese estar enamorado de su mujer, fueron los pardos celajes que no tardan en cubrir el horizonte del primer amor, como si anunciaran las borrascas que han de turbar más tarde la ficción engañosa de las dichas humanas. Como prosiguiendo la corta entrevista del bosque de Lausanne, Florencio, por una transición que la joven encontró muy natural, habló pronto de la necesidad de concertarse para aprovechar todas las ocasiones de verse con alguna libertad. En su mutuo deseo de llegar a un resultado práctico en ese propósito, apenas acertaban a fijar algunos puntos del difícil problema. Y mientras ambos sugerían, con voz entrecortada por la danza, algún arbitrio favorable, olvidados de los demás y urgidos por el temor de que cesase la música, no se habían dado cuenta de que las otras parejas, suspendiendo una por una sus vueltas, los dejaban continuar bailando solos en la espaciosa sala. Era que poco a poco, notando los demás la gracia excepcional de la pareja bostoneadora, habían preferido convertirse en espectadores y admirar con los que no bailaban, los giros imprevistos, las maestras ondulaciones de aquellos dos seres, que parecían perderse en algún fantástico poema de juventud y de entusiasmo. De repente cesó la música. Algunas de las parejas volvieron a su sitio y otras salieron a la galería. El calor en ese momento era sofocante. Así parecía muy natural ir a buscar en el gran hall un poco de aire más puro y refrigerante. Siguiendo a los que salían, Almafuente y Gladys pudieron continuar su precipitada conversación, sustrayéndose a las miradas y a la observación de sus amigos. — Yo creo que su mujer nos observa con desconfianza, dijo Gladys, apoyándose en el brazo del joven. Almafuente trató de disuadirla; es verdad, lo observaba siempre; pero él sabía tranquilizarla. Y añadió entre serio y de chanza: — Porque nunca la he dado motivos fundados de queja. —Entonces, yo soy la primera que le hace faltar a sus deberes; eso es terrible para mi conciencia! A pesar del tono risueño con que Mrs. Fairfield había proferido esa exclamación, sus últimas palabras acusaban una alarma dolorosa. — Ante el verdadero amor, el imperio de la conciencia en punto a fidelidad, desaparece, dijo el joven con tranquilo desenfado. — En tal caso ¿usted me absuelve? preguntó ella contenta. — Y le aconsejo persistir, respondió él con ardor, estrechándole el brazo. Se rieron entonces como dos niños que hacen una escapada, burlando la vigilancia de sus guardianes. Y tornaron en seguida a la manera de poder multiplicar sus entrevistas, dejando al acaso ese tesoro de esperanzas y a su empeñoso anhelo, el cuidado de aprovechar todas las ocasiones propicias. Al volver a la sala de baile ambos sintieron como si una onda de frialdad reinase en tomo del sitio que ocupaban sus amigos. El cambio fue particularmente perceptible en la fisonomía de Rafaela. Su esfuerzo para ocultar la irritación que le martirizaba el espíritu podía engañar a los demás, pero los dos enamorados no se equivocaron al hablarle: les pareció que veían materialmente la contorsión de esa alma mordida por las sospechas. No había sido tan solo el arrebatado ardor con que ellos se entregaron a la embriaguez de la danza, ni su salida del hall tan pronto como hubo cesado la música, lo que producía en Rafaela ese primer torcedor de los celos nacientes. Eran los mil incidentes del continuo trato que a su espíritu revelador de esposa enamorada, le señalaban el incesante propósito de acercarse, de cambiar furtivas miradas, de murmurar apresuradas palabras con que su marido y Gladys se acusaban sin figurárselo. Katy Vickery se dio perfectamente cuenta de que la situación respectiva, entre la banda de amigos, entraba desde ese momento en una nueva faz, peligrosa para las cordiales relaciones de camaradería, principal encanto de la temporada veraniega que los reunía. Resuelta en sus propósitos, aquel síntoma de latente amenaza, lejos de desalentarla, estimuló su ingenio y la ductilidad de su carácter. Ante todo era menester impedir que los celos de su prima llegaran a desterrar el buen humor durante los variados pasatiempos en que se deslizaban los días para aquella reunión de gente joven y rica, encantada de encontrar pretextos para emplear en continuos pasatiempos sus ocios elegantes. El acuerdo amistoso de los primeros días siguió, por tanto, reinando entre todos, gracias a la intervención de Katy. Pero la sorda inquietud estaba allí, haciendo su labor intermitente por demás fútil motivo, dando calor a sus fantásticas sospechas. Eran en el ánimo de Rafaela las disparatadas cabriolas de una fantasía calenturienta. Las más temerarias suposiciones atormentaban ahora el espíritu de la joven. Gozábase en mofarse en su interior, con sarcástico desprecio, de la hipocresía de la yankee, de sus manejos para adormecer la suspicacia de los que la rodeaban. «Pero ella no se descuidaría». Como primera o indispensable medida, ordenó al portero del hotel encargado de recibir las cartas de los pasajeros y a los que debían llevarlas a su destino, que entregasen únicamente a su camarera, una muchacha criada en su familia, toda la correspondencia, los diarios y cuanto llegase dirigido a ella o al Señor, al Señor sobre todo. La camarera recibió severas órdenes de velar a las horas de la llegada del cartero, para que nadie viese esa correspondencia, ni aun sus muchachos mismos «que eran muy capaces de apoderarse de ella por simple travesura». «Aunque se ven a todas horas, se decía, ella es muy capaz de escribir a Florencio, cegada por ese furor de comunicarse por carta, que se apodera de las mujeres en sus amores ilícitos, como para que no haya un momento de interrupción de su presencia absorbente en el corazón del hombre amado.» Con esta precaución, de importancia capital para ella, Rafaela se sintió menos inquieta. La tortura atroz del alma destrozada por los celos, que busca con encarnizado ahínco la manera como descubrir la oprobiosa verdad, dejó de pesar sobre ella con la esperanza de alguna sangrienta venganza, si llegaba a descubrir pruebas irrefragables de la traición de que por momentos creía seguramente ser víctima. Desde entonces tuvo amables sonrisas para Gladys, palabras amistosas para su marido, todas las apariencias de un humor festivo en el trato con los demás. Los días se sucedieron sin que nada turbase la amenidad de las relaciones establecidas. Más de un mes transcurrió de este modo. Ya se empezaba a hablar de un gran cotillón con que los directores acostumbraban a festejar a sus huéspedes. Aunque algunos síntomas, poco definibles aún, mostraban de un modo vago que el Mayor Fairfield y el marido de Katy secundaban en cuanto podían la mal oculta impaciencia de Rafaela por que llegase una oportunidad de dar la estación por terminada y regresar a París, nadie hablaba abiertamente todavía de fijar una fecha para la separación. La menor palabra alusiva a esa eventualidad repercutía en el corazón de Gladys como una cruel amenaza. En pleno poema de amor no quería oír la voz inexorable del destino. Poco a poco primeramente y con caluroso empeño después, ella buscaba un aliado en Katy Vickery para organizar la resistencia. Katy por su parte, le contaba alarmada que Mr. Vickery daba señales evidentes de cansancio y hablaba de las ocupaciones profesionales que lo llamaban a los Estados Unidos. Ambas se alentaban sin embargo a obtener que se prolongase todavía por mucho tiempo su permanencia en Montreux. Katy encontraba un dulce encanto en el trato del hombre que había amado con toda la ternura de su alma, al que había perdonado su traición y al que en el fondo de su pecho conservaba todavía un culto ideal y desinteresado, un culto como guarda el alma a las primeras creencias religiosas, después que el áspero contacto del escepticismo ha sembrado en la inteligencia sus semillas de destrucción. Poco le importaba ver ahora a Florencio empeñado en una nueva intriga de amor. El joven era para ella un ser privilegiado, al que debían perdonarse las debilidades de que, más que su corazón, era su excepcional hermosura, según ella, responsable. — Katy, mi querida, ¡qué singular mujer es usted! le decía a veces su amiga, en los momentos de expansión; usted no es celosa. — Lo fui al principio, pero aprendí a resignarme. Hoy, el interés que me inspira Florencio es un interés superior al amor; por él no faltaría un instante a mis deberes; pero haría por él cualquier sacrificio si le viese amenazado en su felicidad. Me complazco en figurarme que soy su hermana y que le debo protección para salvarlo de sus locuras. Gladys suspiraba, envidiando, en el fondo de su alma, la enérgica filosofía de su amiga. Los ingeniosos esfuerzos de ambas para hacer prolongarse la permanencia de la banda hasta una fecha muy distante, no bastaron, sin embargo, a vencer la porfiada resistencia de Rafaela y el cansancio que se había adueñado del Mayor Fairfield y de Mr. Vickery en la no interrumpida sucesión de amenos pasatiempos de que el programa de Katy parecía inagotable. El día en que apareció el cartel del gran cotillón, Rafaela atacó de frente, después del almuerzo, la cuestión de la partida definitiva. El Mayor y el ingeniero la apoyaron. Gladys no se atrevió a expresar la opinión de la resistencia y Katy vio rebatidas una a una por los adversarios, las numerosas razones que siempre tenía preparadas contra la separación cercana. El debate amistoso y festivo tenía lugar en el pintoresco terrado del hotel, después del almuerzo. Vanamente se esforzó Katy en querer despertar el sentimentalismo de sus oyentes, señalándoles la portentosa grandeza del paisaje, en el que van sucediéndose hasta la nevada cúspide del Mont—Blanc los grandiosos aspectos, admiración de innumerables generaciones, poetizados por viajeros de universal nombradía. Los nombres de Byron, de Chateaubriand, de tantos otros que habían dejado prendida y palpitante la poesía de su admiración en aquellos risueños parajes, encontraron sordos a los partidarios de la partida. Rafaela y sus aliados se mostraron intransigentes. Al fin hubo que llegar a una transacción. La despedida tendría lugar dos días después de la fecha designada para el cotillón. El Mayor y Gladys debían ir a reunirse con amigos que los esperaban en Ginebra; los Vickery acompañarían hasta París a sus parientes Almafuente y de allí debían tomar en Cherburgo el vapor de la línea Lloyd que los llevaría a Nueva York. La conversación sobre estos proyectos de viaje fue para los amantes como el tañido de una campana fúnebre en medio de la alegría de una fiesta. Una larga mirada de angustia los unió en su impotente protesta contra esa resolución que no se habían atrevido a combatir. Desde esa memorable mañana, que grababa una fecha fatídica en la memoria de los dos enamorados, los paseos fueron menos frecuentes, las ocasiones de poder hablar a solas más raras. A veces Gladys y Florencio se separaban de los demás ostentosamente, esperando de este modo, a fuerza de osadía, disipar las sospechas que los perseguían. Pero su conversación era entonces de pocos instantes. Apenas el tiempo suficiente para darse cita, para comunicarse su angustia, para concertarse sobre la manera de preparar encuentros en apariencia fortuitos. La exasperación del constante disimulo iba levantándose en el alma de uno y otro como un fermento turbador del cerebro, capaz de arrastrarlos a resoluciones desesperadas. En ese estado de amarga desesperanza llegaron al día del cotillón. La certidumbre de tener que separarse en tres días más, acibarándoles todos los instantes del plazo tan cercano a su fin, los hizo reunirse en la danza como si una larga separación los hubiera mantenido alejados por largo tiempo. Los indirectos consejos de Katy, exhortándoles discretamente a la prudencia, les hicieron, sin embargo, refrenar el ardor con que empezaban a engolfarse en un coloquio apasionado. Confiaban en que el tumulto del baile y el interés general por seguir el movimiento de las figuras y de la distribución de accesorios, los hiciese pasar inadvertidas en el apartado rincón donde habían logrado sustraerse a la vista de los otros. Pero Katy les obligaba a separarse, usando con malicia del derecho que dan los usos del cotillón, de invitar cada cual a quien le place, por medio de algún accesorio. De ese derecho usaba también el coronel Redline, convidando a Gladys con más frecuencia que lo que hubiera podido pasar a los ojos de Florencio Almafuente como una manifestación de amistosa cortesía. — Ese señor, dijo Florencio a la joven, cuando Mr. Redline acababa de conducirla a su sitio, muestra por usted una predilección muy sospechosa. Había un ligero tono de celoso orgullo en la observación hecha sin embargo como una chanza. — ¿Quién? ¿El coronel Redline? exclamó Gladys risueña, bien puede ser, fue uno de mis flirts cuando yo era soltera. ¿Está usted celoso? ¡Ah! ¡cómo me gustaría! ¡eso es prueba de amor! Exclamó así apretando a hurtadillas la mano del joven. — Entonces usted no bailará más con él, dijo Florencio, respondiendo a esa presión. — ¿Para bailar con usted? — Únicamente conmigo, o con algunos de mis compatriotas que le he presentado. La concurrencia, a la sazón, había ido acumulándose en proporciones alarmantes para la extensión y la temperatura de la sala. El espacio dejado libre para el baile, invadido poco a poco por numerosos espectadores, había quedado estrecho para el desarrollo de las complicadas figuras con que el director del cotillón y su compañera, querían lucir su destreza y su ingenio. Poco a poco, por falta de espacio, habíanse convertido en simples vueltas de boston las evoluciones ejecutadas al principio a las voces de mando del director. Gladys y Florencio adoptaron entonces un arbitrio que les permitió bailar juntos muy a menudo, evitando las invitaciones de que ambos, a cada instante, eran objeto. La joven aceptaba de vez en cuando el convite de alguno de los compatriotas o de amigos de Almafuente, mientras que éste daba una vuelta, ora con su mujer, ora con Katy y a veces con alguna otra de las muchas que lo solicitaban con sus miradas, al verlo pasar cerca de ellas. Y pronto fue sucediendo que la pareja de los dos enamorados llegó a concentrar la atención de danzantes y espectadores, al grado que cuando ellos entraban en el torbellino del general movimiento, todos los demás se detenían, dejándoles libre el campo. Pero juntamente con las observaciones encomiásticas que la mayoría de los espectadores prodigaba a la triunfante pareja, no faltaban malignas observaciones ni envidiosas críticas de los que veían concentrada en los danzantes la atención de toda la sala. En un grupo de norteamericanos el coronel Redline hacía observaciones sobre el feliz compañero de Gladys. Un sordo rencor contra el preferido de su bella compatriota, hacía olvidar al coronel que hablaba en voz alta, rodeado de personas que podrían oír sus críticas sobre el apuesto bailarín. — Es un guapo mozo, no hay duda, y baila como si la danza fuese su profesión, dijo con aire imperioso, cual si quisiera imponer su opinión en derredor suyo; pero ustedes confesarán que ese Adonis tiene un aire visible de hombre afeminado y presuntuoso, afeminado sobre todo, repitió con énfasis. Una voz salió del grupo inmediato en que conversaban alegremente algunos jóvenes hispanoamericanos. — Falta saber si usted se atrevería a repetir esa opinión al mismo Almafuente. — Por supuesto que se la diría si fuera necesario, respondió Redline con altanería; no entiendo haber hablado en secreto y cualquiera puede ir a contárselo. El coronel lanzó ese reto como si desafiara con su elevada estatura y sus fornidos miembros a quien se atreviese a contradecirlo. Los dos grupos en que tenía lugar este corto diálogo estaban casi confundidos en uno solo. Las palabras del coronel y las que habían contestado a ellas fueron únicamente oídas por los que se encontraban muy cerca. La música las apagó con su ruido. Siguió un silencio de embarazoso malestar, como el que produce entre gente acostumbrada a la fina discreción de la buena crianza, cualquier incidente que choque con el refinamiento de sus leyes. El cotillón continuaba su agitado curso. La alegría y la confianza fueron aumentando, hasta que, agotados los accesorios, el director puso término a la fiesta con algunas nuevas figuras de su invención, que le valieron el entusiasta aplauso de toda la sala. En ese momento el comedor, al abrir sus puertas, fue invadido con estrépito por los que habían reservado de antemano sus mesas y por los que sin tenerlas, buscaban donde acogerse para poder cenar. La banda de amigos no siguió ese ejemplo. Rafaela y Katy se declararon rendidas de cansancio. Gladys tuvo, bien a su pesar, que imitarlas y seguir con ellas en busca del ascensor. Poco después se le reunía el Mayor, harto a esa hora, de cocktails y de bridge. Únicamente al verse sola con su marido sintió la joven descargarse sobre ella el peso abrumador de sus remordimientos. Fingiéndose rendida de sueño apresuróse a despedirse. El casto beso, que al retirarse en la noche, tenía costumbre de darle su marido, le pareció una vergonzosa profanación. La voz del Mayor al decirle «espero que usted dormirá muy bien» y la leal sonrisa con que le estrechó una mano, le causaron un estremecimiento de horror de sí misma. Como una luz que vacila en lejanas tinieblas, pasó entonces por su imaginación la necesidad del sacrificio, la imperiosa necesidad de dominar su funesta pasión y de recobrar su propio aprecio. Y en ese instante de súbita lucidez le pareció verse, cual un despojo lamentable, flotar, arrastrado por las olas, en la tormenta de rubor que azotaba con furia su corazón avasallado. Mientras tanto, en el extenso comedor del hotel las bulliciosas conversaciones de los hambrientos cotillonadores formaban un ruido de mar lejano. Apenas los que ocupaban las mesas podían oír a los que tenían a su lado. Los sirvientes, llamados de todas partes, respondían con ademanes de desaliento, agitando los brazos, para demostrar la imposibilidad de atender a todo el mundo al mismo tiempo. El coronel Redline, con la autoridad de su aventajada estatura, se había hecho dar una mesa que ocupó con Vickery y otro compatriota, después de deslizar una pieza de cinco francos en la mano del criado. Así fueron servidos sin demora. No bien empezaban a beber una copa de champaña helado para estimular el, apetito, vieron acercarse a ellos, con aire de risueña cortesía, a Florencio Almafuente en compañía del joven sudamericano que había contestado con acento de ofendida dignidad, a las palabras del coronel. — Señores, dijo Florencio en voz baja, después de estrechar la mano del marido de Katy, ustedes, me permitirán que mi amigo, el Sr. Don Pablo Peñaltar, que tengo el honor de presentar a ustedes, y yo, nos sentemos un momento a esta mesa, para no llamar la atención y que no se oiga lo que hablemos. Mr. Vickery, ignorante de lo que había pasado, hizo acercar dos sillas y retiró un poco la suya para dar lugar a los recién venidos. La frente del coronel, mientras hablaba Florencio, habíase cubierto de un vivo encamado y todo su rostro, por una instantánea contracción del entrecejo, tomó una expresión de orgulloso desdén. — ¿De qué se trata? preguntó, mirando fijamente a Florencio. — Va usted a oírlo, contestó el joven sin demudarse. Un fugaz instante de silencio dio cierta solemnidad al eco de esas dos frases, que resonaron con acento provocador. — Mi amigo, que me hace el honor de acompañarme, repuso Almafuente, me asegura que usted, Señor coronel, viéndome bailar hace un momento en el cotillón, dijo con voz clara y muy acentuada pronunciación, que yo debo ser un afeminado. —Exactamente, murmuró Redline, sin que cambiara la altanera expresión de su semblante. — Y que usted, añadió Florencio, autorizó a mi amigo o a cualquiera de los que habían oído sus palabras, para decírmelas. — Exactamente, repitió el militar, acentuando la aspereza de la respuesta. Florencio tuvo una sonrisa inexplicable, sonrisa de aristocrática altanería. Sobre la delicada transparencia de su cutis, un ligero tinte encarnado iluminó sus facciones. — Estos señores, dijo mirando alternativamente a Mr. Vickery y al otro amigo del Coronel, son testigos por consiguiente, de que el Señor Redline, a quien he sido presentado por personas honorables, y a quien he tratado con irreprochable cortesía, ha proferido contra mí un insulto denigrante y gratuito, del cual tengo derecho de pedirle cuenta como se hace entre hombres de honor. Los que oían y aun el mismo coronel, bajaron la vista. El militar norteamericano reconocía en su interior que había sido ligero y temerario en sus observaciones sobre el que hablaba; mas ya no era posible enmendar su imprudencia. — Exactamente, pronunció Redline, más, suavizando esta vez su voz, como por vía de benévola condescendencia. — Muy bien, era todo lo que deseaba saber, dijo Florencio con la risueña calma de su mirada, fija siempre sobre el Coronel. Y añadió en seguida, puesto ya de pie. —Dos de mis amigos irán mañana a las doce a la habitación de usted Mr. Redline, y cuento con que se encontrarán allí con las dos personas a las que usted confíe su presentación. Mis amigos tendrán amplios poderes para arreglar con los de usted todas las condiciones de la satisfacción que yo exijo. —All right, Sir, contestó Redline con altivo ademán de aquiescencia orgullosa. —Ustedes me dispensarán, dijo Almafuente con caballeresca cortesía y estrechando la mano a Mr. Vickery, que les recomiende sobre este asunto el más profundo secreto. Él y su compañero hicieron entonces un saludo casi imperceptible y se retiraron, dándose fraternalmente el abrazo. El Coronel y sus acompañantes se quedaron en silencio. Ninguno de estos últimos, leyendo las señales de visible disgusto que acusaban las facciones de Redline, se atrevía a hablar. Entonces le vieron apurar una copa de espumante champaña y le oyeron exclamar, al poner la copa sobre la mesa : —Sobre mi palabra, ahí tienen ustedes un estúpido negocio. Oyendo hablar a este mozo, se me ha figurado que mis indiscretas observaciones al verle bailar, fueron un acto de injusticia. Y como sus amigos asintieron con su silencio, agregó, atacando con vigor los fiambres que tenía delante de sí : — No importa, el mal está hecho, adelante. — Yo ignoraba lo que había pasado, observó Mr. Vickery, para que no decayese la conversación. — Todo fue como él dijo, repuso el coronel, no ha cambiado ni una jota. Con acento de contrariedad, murmuró después, casi entre dientes : — Y yo que pensaba dormir mañana hasta muy tarde, voy a tener que buscar mis padrinos ¡Ah, bah! ustedes no me negarán sus servicios ya que están aquí. — Mi mujer es prima de Almafuente, objetó Vickery. — Y yo no entiendo una palabra de estas cosas, dijo el otro. — En todo caso, replicó Redline, tengo un testigo seguro: mi compañero Fairfield. Hemos oído juntos silbar las balas en Cuba. A más de él, otro no me faltará. Poco después Mr. Vickery subía al primer piso y golpeaba discretamente a la puerta del apartamiento ocupado por los esposos Fairfield. El Mayor interrumpió la lectura en que se había engolfado y entreabrió la puerta de la sala. — Alló, dijo en voz baja, al ver al ingeniero. Este entró con precaución de no hacer ruido. — Tengo algo urgente que decir a usted, murmuró en voz muy apagada. — Siéntese usted ¿tomaremos un poco de brandy y soda? Vickery aceptó con una ligera inclinación de cabeza, diciendo, siempre en voz de confidencia. — ¿No vendrá Mrs. Fairfield? — Oh, está durmiendo hace rato. Y sin manifestar la menor extrañeza por las precauciones de que parecía querer rodearse su amigo, puso una bandeja pequeña sobre la mesa, destapó sin hacer ruido una botella de soda y después de llenar las copas en que había puesto un dedo de coñac : — Ahora, mi querido muchacho ¿qué es lo que hay? Mr. Vickery refirió la escena de que acababa de ser testigo en el comedor. — ¡Qué lástima! exclamó el Mayor. ¡Qué estúpida querella! — Hay que confesar que nuestro compatriota se ha colocado en una situación que no le favorece, observó el ingeniero. — Justo, ha sido muy poco prudente. No sé si usted lo conoce, es el muchacho de más buen corazón del mundo; pero poco discreto. Estoy seguro de que ya estará arrepentido de su indiscreción. ¿No habría modo de arreglar el asunto? ¿qué piensa usted? — Imposible. Almafuente parece resuelto a probar al coronel que se ha equivocado en su juicio. Fairfield se quedó un instante reflexionando. — Entonces usted cree que se batirán. — ¡Oh! lo creo seguramente. Hace tiempo, mi mujer, haciendo recuerdos de su país, me contó una escena de revolución, en la que este mozo, por acompañar a su padre, el almirante, que era jefe político de la provincia, mostró un valor temerario, atacando con algunos hombres mal armados a los revolucionarios. Parece que fue herido entonces de gravedad. — Nada que esperar entonces por lo que hace a un arreglo, concluyó el Mayor, pensativo. Mr. Vickery había callado hasta entonces el verdadero motivo de su visita a tan altas horas de la noche. — All right, entonces que se batan, repuso el Mayor. No se explicaba porqué, si no era posible una intervención amistosa en el asunto, venía el ingeniero, casi ya al amanecer, a contarle el enojoso incidente. Mr. Vickery sospechó lo que pasaba en la mente de su amigo y vio llegada la necesidad de explicarse. Almafuente, dijo, apurando el líquido que quedaba en su vaso, nos pidió que guardáramos absoluta reserva sobre el hecho; pero yo me he creído autorizado a venir a contárselo a usted, por que el coronel nos dijo, al reflexionar sobre quiénes podrían servirle de padrinos, que de todos modos contaba con que usted, su compañero de armas, sería uno de ellos. El Mayor hizo un gesto como si le hubiesen pisado en lo más sensible de un pie. — ¡Ay! pero eso no es posible. Las cordiales relaciones que tenemos con los esposos Almafuente, me impiden tomar parte en esta estúpida reyerta y mucho menos ser padrino del adversario, que por su mujer es primo de Mrs. Vickery y de usted. — ¿Y qué hacer entonces? preguntó el ingeniero: usted ve que he tenido razón en venir a contarle lo que pasa. — Y doy a usted por este oportuno rasgo de amistad mis calurosas gracias, dijo el Mayor, tendiéndole la mano. Su rostro, cubierto de una expresión de viva contrariedad, hizo ver a Vickery que una lucha de encontrados sentimientos agitaba con violencia su ánimo. Y añadió, reflexionando en alta voz: — Yo me negaré, eso es seguro; cualquier caballero haría lo mismo en mi lugar; pero voy a perder un amigo por el que tengo el más sincero afecto y al que debo mil servicios de abnegación y de cariño durante la guerra con España. — Él comprenderá la situación dijo el ingeniero, para calmar a Fairfield, profundamente agitado al hablar. — Usted no lo conoce; estallará como una bomba y me volverá para siempre la espalda. No bien pronunció esa desconsolada certidumbre, la calma habitual volvió a sus facciones y con una mirada de quien encuentra el modo de salir de una dificultad: — No hay sino una sola manera, dijo, de evitar el compromiso: marcharme en el primer tren para Ginebra y no volver de allí hasta que me avisen por telégrafo el resultado del negocio. — Cierto, es una buena idea, exclamó Vickery. Por la gran ventana de la elegante sala en que tenía lugar esta conversación, algunas líneas pálidas de luz exterior empezaban a marcarse. — ¿A qué hora es el primer tren? El ingeniero se puso a hojear un horario que había sobre la mesa. — El expreso sale de aquí a las siete. — Pues me marcho por él, dijo el Mayor con aire de quien está de prisa. Son cerca de las seis, repuso mirando su reloj. Voy a preparar mi saco de viaje. — ¿Y Mrs. Fairfield? preguntó el ingeniero. Después de un instante de reflexión el Mayor contestó: — Me parece que lo mejor es dejarla dormir. Voy a anunciarle simplemente mi viaje en pocas palabras. Y se sentó a escribir: «Mi muy querida: nuestro amigo Vickery ha venido trayéndome un telegrama, que encontró al entrar al hotel. Le avisan que nuestros amigos Rowland han sufrido un grave accidente de automóvil. Jorge, bastante mal herido, desea verme inmediatamente. Me marcho por el expreso de las siete y haré todo empeño por volver mañana. Vickery queda encargado de contar a usted los detalles de lo que ha ocurrido.» Pasó el papel al ingeniero añadiéndole: vaya usted a verla apenas sepa que se haya levantado y refiérale, bajo reserva por supuesto, toda la historia entre Redline y Almafuente. Ella que conoce mi cariño por el Coronel, comprenderá que no tengo otro remedio de salvarme del compromiso. Vickery reiteró al despedirse del Mayor la promesa de hacer llegar su esquela a Gladys apenas llamase a su camarera y de encontrarse en el hotel para acudir a su llamado. Gladys durmió hasta tarde. Las emociones de la noche, convertidas al fin, por sus amargos escrúpulos, en tardío arrepentimiento, había dado a su sueño el pesado sopor de una embriaguez calenturienta. Al despertarse, su espíritu continuó todavía por algún tiempo en ese vacío soñoliento de la inconsciencia en que se mezclan, sin poder clasificarse, las ideas. — ¿Se ha levantado ya el Mayor? preguntó a la camarera que abría las cortinas de la ventana, después de dejar la bandeja del te sobre el velador. — El caballero salió temprano con Mr. Vickery, que vino a buscarlo anoche, y dejó esta carta para usted. — ¿Ah? está bien, dijo Gladys despidiendo a la sirvienta. «¿Porqué una opresión de inquietud la había sobrecogido al ver la esquela y no se atrevía a abrirla? Si se trata de algo que no fuese grave, seguramente que el Mayor habría esperado a que ella despertase para decírselo.» El miedo de lo desconocido se deslizaba en su ánimo mientras rompía el sello. Pero al recorrer con turbados ojos y corazón alarmado la pocas líneas, que la grande escritura del Mayor hacía muy fáciles de comprender, la joven tuvo casi una exclamación de alegría. «¡Ah, los pobres Rowland!» Casi les envió con el pensamiento un voto de gratitud por su accidente. El feroz egoísmo humano había saltado sobre su imaginación, como el sabueso que se abalanza sobre su presa. Confusamente rodaba, allá a lo lejos, el automóvil, dejando a los infelices Rowland por el suelo, envueltos en la nube de polvo, levantada por el vuelco del pesado carruaje. En el alma generosa de la joven, en su corazón profundamente compasivo ante todos los dolores ajenos, la noticia de la desgracia de sus amigos tuvo apenas un eco de pasajera simpatía. La idea de la ausencia del Mayor dominó, con imperiosa instantaneidad, todas las demás impresiones. ¡Un día de libertad inesperada le abría sus horizontes infinitos! Levantóse entonces apresurándose y sintiendo ya haberse despertado tan tarde, haber perdido por su pereza las mejores horas de la mañana en que solía encontrarse con Florencio, so pretexto de admirar el portentoso paisaje desde el terrado del hotel. «La camarera estaba sin duda más torpe que nunca para vestirla», pensaba Gladys con impaciencia, al ver la luz del sol convidando a salir a buscar la casualidad propicia, que hace señas a los amantes perseguidos con sus promesas de fortuitos encuentros. De su amargo arrepentimiento de la noche, ni el más leve rastro empacaba la alegría del lago, del que por la ventana veía espejear las ondas plateadas. La naturaleza entera le sonreía con dulce complicidad. Ligeros golpecitos a la puerta de la cámara la sacaron de esa fiesta imaginaria, en que sus esperanzas la mecían, como niños que se columpian entre las caricias del aire. —Vaya usted a ver quien golpea. La camarera, con la puerta entreabierta, cambió algunas palabras con la persona que había golpeado. —Señora, Mr. Vickery pregunta si usted está visible y manda decir que se pone a sus órdenes. Fue un despertar de sobresalto. Gladys había olvidado completamente la mención del nombre de Mr. Vickery, hecha por el Mayor en su esquela. Para saludar al marido de Katy trató de hacerlo con aire de inquietud por el accidente de los Rowland. — ¡Qué horrible! he quedado trastornada con esta noticia ¿hay algunos detalles? Mr. Vickery la miró con semblante risueño. —Nuestros amigos Rowland están, me parece, tan bien de salud como usted y yo. Y al notar la extrañeza que se pintaba, como una interrogación, en las facciones de la joven : —Esa historia del accidente fue una invención de Fairfield para no alarmar a usted cuando le dijeran, al despertarse, que se había marchado a Ginebra. —Pero ¿es efectivo que se ha marchado? Vickery inclinó, en señal de asentimiento, la cabeza. —Todo lo que hay de más efectivo, es que me dejó el encargo de explicar a usted la verdadera razón de su viaje. La palabra verdadera pronunciada por el ingeniero con el énfasis que en el idioma inglés marca ciertas afirmaciones, dio un súbito calofrío al sistema nervioso de Gladys. —¿Qué quiere usted decir con eso de la «verdadera razón»? preguntó con un temblorcillo bien perceptible en la voz. —Que mi amigo Fairfield tuvo una razón que juzgó muy poderosa para ausentarse hoy precisamente, y eso es lo que estoy encargado, de revelar a usted como un secreto. Ante tantos circunloquios sintió Gladys que el repentino calofrío se cambiaba en una corriente de angustioso calor. — ¡Por Dios, mi querido amigo, hable usted de una vez! exclamó medrosa. — Se trata de un asunto muy serio, dijo con aire grave el ingeniero. Y refirió entonces con todos sus detalles, lo que un cronista de periódico llamaría el «negocio Redline-Almafuente». — Como ve usted dijo a manera de resumen, el Mayor se vio colocado en una penosa dificultad: ofender a Redline, negándole un servicio que entre amigos no se niega sino por motivos poderosísimos, o presentarse casi como un adversario de Almafuente, sirviendo al Coronel de padrino. En esa situación sin salida, él prefirió evitar la dificultad ausentándose. Vickery atribuyó a la natural sensibilidad femenina las muestras de viva inquietud que había visto pintarse en el bello rostro de la joven. Sin preocuparse de ocultar su turbación, Gladys escuchaba con mirada de angustia, los detalles prolijos del incidente, que el narrador se esforzaba en referir con escrupulosa imparcialidad. — ¡Qué estúpida imprudencia de Redline! exclamó ella con indignación; el mejor modo de hacerse perdonar su incalificable conducta habría sido confesar caballerosamente su falta. Su reputación de valiente, tan bien probada en la última guerra, hubiera ganado, lejos de perder, con una declaración de esa clase. Fue el primer movimiento de su corazón. Sentíase orgullosa al oír lo que Vickery había dicho sobre la entereza y la risueña calma de Florencio. —Mi marido ha hecho muy bien en ausentarse. Servir de testigo a un hombre que insulta sin motivo y sin la presencia del insultado, habría sido un acto de aprobación de algo que no puede aprobarse. —¡Oh! usted tiene razón. Redline lo reconoce también, pero ya es tarde. —Jamás es tarde para confesar noblemente una falta. ¡Ah, los hombres son así, entienden el honor de una manera tan extraña! La vehemencia del acento, la fulguración de los ojos con que Gladys se expresaba, fueron una revelación para el ingeniero, descubriéndole el estado de alma de la joven. —¿Deberé decir a Katy que estoy al cabo de todo lo que ha pasado? preguntó ella. El ingeniero contestó con una sonrisa de malicia — Haga usted como quiera. Usted ¿sabe? es un secreto lo que le he confiado. — Por supuesto. Ambos se rieron con aire de inteligencia. Mr. Vickery al regresar, impresionado, a su aposento se acercó a su mujer y hablándole en tono confidencial: —¡Por Jove! ¡creo que está enamorada de Florencio! —¿Ahora no más lo descubre? Enamorada loca. Gladys, mientras tanto, al encontrarse sola se dejó arrastrar por su imaginación. «Si él es temerario, como dice Katy, se hará matar». «Florencio caía ensangrentado, mientras que Redline, con una expresión de crueldad que antes no le conocía, dejaba que testigos y cirujanos corriesen a levantar al herido.» Un verdadero cuadro instantáneo de cinematógrafo, en el que los personajes se movían con ademanes precipitados y automáticos de alguna siniestra pesadilla. La joven no podía quedarse quieta. La violencia de su agitación la obligaba a pasearse, nerviosa, por la pieza. En el tropel confuso de sus pensamientos, la tendencia humana de buscar responsabilidades en los que han contribuido a los hechos que afectan el ánimo del que reflexiona, llegó a sugerirle un cargo mental a su marido por su precipitado viaje. «Si él se hubiese quedado aquí, pensó involuntariamente, podría haberlo arreglado todo, usando de su ascendiente sobre el Coronel.» Luego después, replegando sobre sí misma el pensamiento y como si fuera una revelación de algún espíritu fatídico, de esos que se mueven con ademanes misteriosos en el cerebro de los infelices atacados de neurastenia, midió con espanto la profundidad de su amor. «¿Qué fuerza era esa, se preguntaba, que con callada marcha, sin dejarle sentir la infiltración de su despótico maleficio, había podido adueñarse de su voluntad independiente, al grado de hacerle anteponer a cualquier otra consideración la suerte de un hombre extraño para ella poco antes? » Al ponerse el sombrero, especie de parasol coronado de innumerables palmas blancas, una sardónica sonrisa contrajo sus labios delicados. Pensó en las amigas lejanas, las compañeras de su plácida felicidad de soltera, algunas de las cuales, al oírla reírse del amor, «una ficción de almas románticas», le decían en tono de amargura : «no te mofes, Gladys, ahí verás, es una fiebre del espíritu que tiene sus microbios invisibles; el día menos pensado, algún naturalista alemán saldrá proclamando que ha podido aislar el gusanillo, después de pacientes estudios, analizando la sangre de alguna muchacha consumida de amor». En el espacioso terrado del hotel, donde se figuraba que encontraría a Florencio, la gloria de la luz sobre las aguas del lago, la caricia sedativa de la verdura palpitante bajo el beso del sol, la altitud atrevida de las empinadas cumbres, lejos de ensancharle el corazón exasperaron su congoja. Era que llegaba ella, alma profana, ante la majestad de la naturaleza, encadenada a las miserables preocupaciones de la vida, que todo lo someten a su mezquino egoísmo. La magia de lo inconmensurable desaparecía delante del imperio de la pasión. Así pensó la joven al ver que él no estaba allí. Precipitadamente quiso volver sobre sus pasos, para no acercarse a un grupo de muchachas hispanoamericanas que en alegre charla, con dos o tres mozuelos imberbes, hacían repercutir en el aire la carcajada sonora de su risa cristalina. Pero le fue imposible ocultarse; las chicas la habían divisado y cuchicheaban: —Ahí viene la americana bonita. —Seguro que andará en busca del bello Florencio. Gladys se adelantó, tratando de mostrarse risueña. Al mismo tiempo, tres de las chicas, desprendidas de aquel bullicioso concierto de frescas hermosuras, corrieron hacia ella. Poco a poco fueron llegando las otras. Todas, mientras conversaban, sometían la toilette de Mrs. Fairfield al más minucioso análisis. Al verla retirarse, después de una breve conversación, los comentarios la siguieron, como el aire que va en pos de una persona que anda. —El sombrero es de Rebout, dijo una, solo las plumas cuestan 500 francos. —Yo la vi ensayarse un vestido donde Callot. Un traje de mañana muy sencillo, como el que viste ahora. ¿Saben ustedes cuánto lo pagó? Mil francos. Son estas yankees millonarias las que han venido a echar a perder a París; nada basta ahora para vestirse. —Pero todas ustedes están muy elegantes, intervino uno de los muchachos. ¡Pobres maridos los que se casen con ustedes! —Para eso están los hombres, para pagar, exclamaron varias de las chicas. Y el concierto de risas continuó resonando en las transparencias del paisaje. Entonces pensó Gladys que debía ir a buscar a Katy. Vagar sola por la larga calle de Montreux devorando su inquietud le parecía un suplicio superior a sus fuerzas. «Si encontraba a Katy instruida del incidente, buscaría con ella algún arbitrio para impedir ese combate brutal. Si no, ella se callaría, esperando que algo, durante el curso del día, se presentara; alguna de esas casualidades propicias que, a fuerza de evocarlas, se figura posible hacerlas surgir, el que las implora del destino.» —La Señora no se ha despertado todavía, contestóle la sirvienta del hotel encargada del servicio de las piezas de aquel punto. El caballero salió temprano y no ha vuelto. Desconcertada, Gladys volvió la espalda y echó a andar sin saber a donde iría. La tentación de pasar por delante los aposentos de los Almafuente se apoderó de ella con violencia. «¿Qué iría a hacer allí? ¿con qué contestación podría explicar su presencia, si alguien la veía?» Esas objeciones le parecieron sin valor ante su criterio perturbado. «No importa, diría cualquier cosa, preguntaría por Rafaela. Mientras tanto, ¿porqué no había de poder encontrarse con Florencio, o saber al menos si había salido? Todo era mejor que andar vagando, perseguida por sus atroces presentimientos.» En el pasadizo, no lejos de los cuartos de Rafaela, los chicos Almafuente aparecieron, corriendo de puntillas con risas sofocadas. Al ver a la joven se detuvieron. En ese instante, una voz de hombre exasperado profería palabras que llegaban incoherentes a los oídos de Gladys. —No diga nada, Señora, es el viejo rabioso que ha encontrado agua en sus botines. El otro chico se tapaba la boca con las manos para no estallar de contento. —¡Qué mal hecho! pobre caballero, dijo Gladys en tono de suave reproche, sin dar ninguna importancia a lo que decían los chicos. —Bien hecho ¿para qué nos acusó a mamá que nos había visto fumando? dijeron ellos con aire sentencioso. —Mamá que aborrece el olor a tabaco. Sin calificar la razón justificativa de la pesada travesura, Gladys aprovechó la mención que hacían de Rafaela. —¿Y mamá se ha levantado ya? —¿Oh! hace rato, exclamó el mayor de los niños. —Y papá, contestó el otro, se ha ido con algunos amigos a almorzar a los Avants; dijo que no le esperasen. «¡Todo se conjuraba contra ella!» Mordiendo impaciente su pañuelo de narices, Gladys, los ojos humedecidos de lágrimas de despecho, volvió a su aposento, pensando que debía tratar de serenarse para poder bajar con fisonomía de calma a la hora del almuerzo. Era verdad, como dijeron los muchachos, que su padre había salido ya. Temeroso de mostrarse atrasado para enviar sus padrinos al coronel, Florencio durmió mal y levantóse temprano, a fin de reunir a los dos compatriotas a los que iba a confiar su representación. Para explicar su madrugada, muy rara con sus hábitos de perezosas costumbres, inventó lo del paseo a los Avants. De este modo podría ocuparse sin estorbos imprevistos de los preliminares del lance de honor en que se encontraba comprometido. Uno de los padrinos era el joven Peñaltar, que había oído las críticas del Coronel sobre Almafuente y acompañándolo a la escena del comedor, después del cotillón. Asiduo practicante de esgrima en las más reputadas salas de armas de París, Peñaltar estaba perfectamente al cabo de las prácticas que sirven de severa regla en los desafíos. El otro padrino era igualmente un compatriota. Florencio fue conciso y terminante en sus instrucciones. Quería un duelo serio. «Es preciso que el yankee, sepa si ha tenido o no razón en calificarme de afeminado.» Como suponía que Mr. Redline no fuese diestro a la espada, Florencio renunciaba a su derecho de insultado y aceptaba la pistola, sin limitar el número de tiros, pero sí la distancia en que debían colocarse los combatientes. La tarea del Coronel para encontrar padrinos no fue tan sencilla como la de su adversario. Muy contrariado al saber que su íntimo amigo y compañero de armas el Mayor Fairfield, a quien pensaba dar amplios poderes para el caso, se había ido a Ginebra, fuéle menester acudir a diligencias apresuradas para hallar dos amigos capaces de representarlo. Los dos compatriotas que encontró dispuestos a asumir el compromiso, ignorantes de los usos en lances como el de que se trataba, suplieron esta deficiencia, acudiendo, después de agitadas indagaciones, a un profesor de esgrima retirado, para que los asesorase con su ciencia. De uno y otro lado convínose en que bastaría un cirujano, vista la premura del caso. Reunidos los cuatro testigos pronto llegaron a un acuerdo. El encuentro tendría lugar al día siguiente, a las once de la mañana, en el parque de una Villa poco distante de Montreux, designada por el maestro de esgrima. El arma elegida por los padrinos del Coronel fue la pistola. La distancia quince pasos. Si no hubiese resultado con el primer tiro, los padrinos podrían, por mayoría de votos, autorizar un segundo. El secreto absoluto sobre ese acuerdo sería de rigor. Gladys, mientras tanto, llegó tarde al almuerzo, queriendo dar tiempo a que Rafaela y los esposos Vickery se encontrasen ya en el comedor. En pocas palabras, contestando a las preguntas de sus amigos, explicó la ausencia del Mayor. Abandonando el supuesto accidente de los Rawland como un pretexto del que sería muy fácil averiguar la falsedad, habló de un llamado urgente de un amigo por asunto de negocios. La risueña acogida que le hicieron Rafaela y Katy la indujo a pensar que ninguna de las dos se hallaba instruida de lo que pasaba. Rafaela habló con perfecta naturalidad del paseo de su marido a los Avants. Los Vickery la interrogaron sobre la vuelta del Mayor. Las tres amigas hicieron sabias observaciones sobre los sombreros de algunas elegantes que almorzaban, y Gladys, casi tranquilizada, se sentó sola a su mesa. Después del almuerzo Katy hizo vanos esfuerzos para que Gladys no pudiese encontrarla. Deseaba evitar explicaciones sobre el asunto del desafío. Pero la intimidad en que vivía con Gladys hizo inútil su empeño. Ante la insistencia de su amiga le fue imposible excusarse de recibirla. Al abrazar a Mrs. Vickery, Gladys no hizo ningún esfuerzo por ocultar la excitación que la dominaba. —Querida ¿Usted no sabe lo que pasa? le dijo fijando en ella una intensa mirada de interrogación. Katy no pudo transigir con su lealtad natural. Una negativa absoluta le pareció vergonzosa como una mentira. —¿Usted se refiere a lo que pasó anoche después del cotillón? Mi marido me habló del incidente, pero parecía no darle grande importancia. Gladys le contó la visita del ingeniero y la relación que le había hecho de toda la ocurrencia. —Como usted ve, se trata de un desafío, exclamó Gladys con voz alarmada. —Oh, Mr. Vickery, cree que todo podrá arreglarse, replicó Katy, afectando perfecta tranquilidad. —¿Pero, y cómo? Usted misma me ha dicho que Florencio no es hombre de recular ante un peligro. —Sus amigos lo harán tal vez desistir de esa resolución si alguien va de parte del coronel a presentarle excusas. La calma con que su amiga consideraba la situación no era bastante para disipar la inquietud de Gladys. —El Coronel, exclamó con sardónico acento, no es hombre de ofrecer excusas; ha cometido una torpeza y más bien se empeñará en agravarla, para hacerse la ilusión de que no tiene nada que reprocharse. —Esté usted segura, mi querida, que no encontrará amigos que le sigan en esa vía. —Admiro la tranquilidad con que usted considera un asunto tan serio, dijo Gladys sin poder disimular su impaciencia. —Pero ¿qué quiere usted que haga? preguntó Katy, leyendo la ansiedad en el rostro de Mrs. Fairfield. — Florencio es nuestro amigo y debemos hacer cuanto sea posible para evitar que tenga lugar el combate, contestó Gladys con vehemencia. — ¿Pero qué? Sugiérame usted algo. — Prevenir a su mujer, por ejemplo, que no lo deje batirse. — Eso sería ir a llenar de angustia el corazón de la pobre Rafaela, sin que ella pudiera conseguir nada de su marido. Lo único que podemos hacer es esperar, querida mía. Gladys, exasperada con las respuestas de su amiga, no abandonaba sin embargo toda esperanza. — Si fuese usted a ver al coronel y lo persuadiese para que sea leal y reconozca su falta, sugirió con animación. — ¿Y en nombre de qué iría yo a pedir al coronel ese sacrificio? — En nombre del estrecho parentesco que tiene usted con Rafaela ¿no cree usted que es un motivo suficiente? Katy procuró suavizar con una sonrisa la dureza de la respuesta que le vino a los labios: — ¿Sabe usted lo que conseguiría con eso? nada menos que hacer pensar al Coronel Redline que estoy enamorada de Florencio. La palidez que cubría el rostro de Gladys se tornó en un vivo encarnado. Para hacerle creer a Katy que no tomaba sus palabras como una dura lección, se mordió los labios. El llanto contenido se agolpaba ardiente a sus grandes ojos, formados por la naturaleza para reflejar, en vez de la equívoca vaguedad del disimulo, únicamente pensamientos francos y elevados. Con heroico esfuerzo reprimió la aflicción que la oprimía, al reconocer que era imposible conjurar el peligro. Hubiera querido arrojarse en brazos de Katy y ocultar sobre su seno la desolación en que naufragaba toda su energía. Pero su orgullo de mujer, ante otra que le daba con su actitud una lección de dignidad, reaccionó sobre sus nervios. — Tal vez tiene usted razón, dijo con acento resignado. — Esperemos my darling, dijo Katy apoderándose con cariñoso ademán de las manos de la afligida joven; yo la tendré a usted informada de todo lo que ocurra. Estoy segura de que por mi marido sabré hoy el giro que toma este asunto. Y para cambiar de conversación y hacer olvidar la severidad de sus contestaciones, le contó los últimos incidentes que formaban la crónica del Hotel; nombró los que se habían marchado, los que anunciaban su llegada y las continuas travesuras con que los chicos Almafuente turbaban la tranquilidad de los pasajeros, corriendo y vociferando por todos los corredores. — Y cuando van a quejarse al director, éste se encoge de hombros con aire de indulgencia, respondiendo que nada puede hacer con huéspedes que le pagan más de quinientos francos por día. Contaba estas fruslerías sin hacerse ilusión sobre la importancia que Gladys pudiera atribuirles. Era preciso hablar para no caer en un silencio que trajera de nuevo la conversación sobre el penoso asunto. Leía muy bien en la mirada de su amiga que su imaginación, envuelta en la vorágine de sus penosas inquietudes, vagaba, como un ave perdida en busca de un refugio, antes que las sombras de la noche cubran el espacio con el terror de la obscuridad. Pero Katy pensaba que era mejor hablar que callarse, mejor acudir al ruido con que las nodrizas dominan el llanto del niño y acaban por calmarlo. Las anécdotas sobre los chicos de Rafaela le permitían perseguir su propósito, sin parecer que se empeñase en desviar el pensamiento de su interlocutora con una conversación ociosa. «Su permanencia de tres años en los Estados Unidos, siguió diciendo, le había hecho conocer los graves defectos de la educación moderna de la familia hispanoamericana. El sentimentalismo latino había sustituido la antigua severidad de la educación española por un régimen de exagerada tolerancia, en el que los muchachos llegan a dominar con sus caprichos la autoridad de los padres. Entre las familias ricas, aseguraba riéndose, todo desmán de los hijos es una prueba de inteligente precocidad. La orgullosa persuasión de que los hijos serán ricos dispensa a los padres de asumir con energía el deber de darles una educación útil, de formarlos para las asperezas inevitables en la vida. Apenas si ahora, la introducción de los juegos popularizados por los de raza sajona irá modificando, entre los muchachos latinos que vienen a Europa, el culto exagerado de las modas y la disipación del galanteo venal, en favor de los varoniles y saludables pasatiempos del foot-ball, del golf y los demás ejercicios del Sport.» Sacudiendo la obsesión de sus ideas, Gladys al fin había logrado aparentar interés en las disertaciones sociales de su amiga. Mas no era que acabara Katy por sacarla de su pesadilla. Una especie de admiración doliente se apoderaba ahora de Mrs. Fairfield, le infundía un suave alivio moral, análogo al efecto de un narcótico que adormece el espasmo. Oyendo hablar de asuntos tan extraños a la preocupación que ciertamente las dominaba a las dos en grado casi igual, Gladys se sintió penetrada de admiración ante la grandeza de alma de aquella mujer, que ocultaba su propia angustia con tan risueña energía, por distraerla a ella de su exaltado extravío. Con un enternecimiento de repentina gratitud, comparaba la obra caritativa de Katy a los solícitos cuidados, que había visto prodigar en algunos hospitales a las monjas de caridad, para distraer de sus males a los enfermos impacientes. «Y esa mujer era, en cierto modo, su enemiga, se repetía la joven. En su corazón, vigorizado por heroica virtud contra toda indigna flaqueza, el fuego de la pasión idealizada mantenía inextinguible el culto de su amor, purificado de toda esperanza mundana.» — Tiene usted razón Katy, le dijo en tono afectuoso, tratando de mostrar a Mrs. Vickery que la había escuchado con atención; nosotros en nuestra América, dejamos que el hombre se abra su camino a fuerza de energía y de trabajo; ustedes en la suya prefieren ocultarle la realidad, sembrarle de flores el camino de la vida. Yo estoy por nuestro sistema. Dijo esto levantándose de su asiento. — ¡Ay, querida mía! exclamó, aquí estamos charlando sin acordarnos de que es preciso vestirnos para la comida. Ni una alusión siquiera al gran asunto, que en la mente de una y otra, rechazado por la voluntad a algún rincón del pensamiento, estaba allí como un perro impaciente, dispuesto, al menor descuido del amo, a saltar sobre su presa. En la sala del restaurant los Almafuente y los Vickery ocuparon, como de costumbre, la mesa común, mientras que Gladys se sentaba sola a la suya. La serena amabilidad del saludo de Florencio le dio la ilusión de que el fantasma del desafío se había desvanecido por obra de algún arreglo. «Realmente, pensaba al ver el rostro risueño con que el joven hablaba a sus compañeros de mesa, sería ridículo que dos hombres jugasen su vida por motivo tan fútil.» Después en el gran hall, donde los valses de los ziganes hacían resonar sus acordes precipitados, Gladys y Florencio maniobraron diestramente para separarse de los demás un momento. — Tengo mil cosas que decirle, murmuró la joven con voz nerviosa ¡ah! ¿qué se ha hecho usted todo el día? — Un convite de amigos a los Avants. ¿Cómo podía figurarme que estuviese usted sola? Al saberlo a mi llegada, he tenido una verdadera desesperación. — Pero es preciso que hablemos esta noche, replicó Gladys con decidido acento, fijando en Florencio una mirada de súplica. — Yo no pido otra cosa; pero ¿cómo? Gladys acercó su rostro encendido por la emoción al oído de Almafuente. — Espéreme usted esta noche en su sala de recibo; iré después de las doce, para aguardar a que todos estén acostados. Florencio sintió el aliento perfumado y tibio de esa voz de mujer, deliciosamente atrevida y medrosa al mismo tiempo; pero sin dejarse dominar por la turbadora tentación, divisó el peligro que Gladys parecía decidida a desafiar. — En nuestra sala sería pura temeridad, objetó precipitadamente; el dormitorio de mi mujer abre sobre esa sala; vería la luz aun con la puerta cerrada y podría sorprendernos. — Entonces, replicó ella con cierta expresión imperiosa de la voz y de la mirada, yo esperaré a usted en mi sala, no importa a qué hora de la noche; no sea usted tan tímido. Y sin darle tiempo de contestar repuso: — Ahora separémonos; seguramente nos están observando.
|
|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
|
|
|
| Los textos acá colocados son en su gran mayoría de dominio público y/o sus autores han autorizado su colocación. Algunos fragmentos de obras comerciales pueden estar presentes con fines educativos. El respeto al derecho de autor es una parte central de la actividad literaria. Si alguien considera que se vulneran sus derechos o que se hace uso inadecuado de algún contenido o material, favor contáctarnos para retirarlo de inmediato. | ||
| Ciudades Virtuales Latinas - CIVILA.com y Educar.org (c) 1996 - 2006 | ||