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V En compañía de sus padrinos y otros amigos jugó bridge hasta las doce de la noche, ganando con imperturbable maestría. Le pareció, al verse en la calle, que su impaciencia de hombre feliz lo había hecho precipitarse y empleó todavía media hora en pasear por la población solitaria. Era ya cerca de la una cuando llegó a la puerta de la sala de recibo de Gladys. En vez de golpear ensayó de torcer el picaporte. La puerta cedió como si la abriesen de adentro. Gladys estaba allí, esperándolo. Para dar entrada al joven al través de la puerta entreabierta había reculado dos o tres pasos. Florencio avanzó hacia ella risueño y elegante, sin ninguna manifestación que hiciera sentir a la turbada joven que ella misma se había puesto en su poder. Gladys, demudado el semblante por la emoción, le tendió las dos manos, como lo haría con un amigo predilecto. No hubo en su ademán nada de equívoco, nada que hubiese autorizado a Florencio a responder con alguna demostración de amante seguro de su triunfo. Dominándose para no dejar reflejarse en sus facciones la contrariedad que le causaba ese recibimiento enigmático, sostuvo imperturbable la profunda mirada de la joven. — Y bien ¿es así como usted me recibe? Gladys no varió de actitud y siguió todavía fijando ansiosamente su vista en los ojos del mozo, cual si tratase de leer en el fondo de su alma. — Prométame usted que va a decirme la verdad pronunció con acento de ansiosa interrogación. — En cuanto de mí dependa, sí, se lo prometo. — ¿Es verdad que usted ha provocado al coronel Redline y que van ustedes a batirse mañana? Florencio asumió un tono desprendido para responder con expresión de natural extrañeza. — ¡Ay, Dios mío! ¿Quién ha podido contar a usted tan dramática historia? —Sobre su honor ¿es o no verdad lo que pregunto? El tono de esas pocas palabras resonó con acento indescriptible de imperiosa súplica. — Si usted me permite, voy a explicarle la situación, dijo Florencio, llevándola suavemente hasta sentarla en el sofá. Gladys no hizo resistencia alguna a ese movimiento, y aun procuró sonreír, como pidiendo al joven que la tranquilizase. En vez de sentarse al lado de ella él se acercó a la puerta de entrada. — ¿Me permite usted ponerle el pestillo? No olvidemos que alguien podría empujar la puerta. — ¡Oh! ¿Quién se atrevería a abrirla? Almafuente corrió el cerrojo. — ¿Quién? mi mujer por ejemplo. — No piense usted que eso me espantaría, exclamó ella; sé que estoy jugando mi honor con la terrible imprudencia que cometo. Habíase puesto de pie, desafiando el peligro. Subyugado por esas palabras y por la resuelta energía con que fueron pronunciadas, Florencio estrechó a la hermosa americana entre sus brazos. — Es usted mil veces adorable, le dijo, besándola con pasión. Ella, suavemente, lo apartó de sí. Quería con ese ademán, poner entre ellos un obstáculo que el joven debía respetar. — Usted no me ha contestado todavía, dijo con insistencia. Sentémonos y hablemos como dos buenos amigos, ya que tengo bastante confianza en usted al exponerme, recibiéndolo como lo hago. Sentóse Almafuente y ella a su lado, sin que se borrase en su semblante la expresión de inquietud con que había recibido al joven al entrar. — Hay un fondo de verdad, pero no una verdad absoluta, en lo que han contado a usted, dijo Florencio, descontento con aquel preámbulo de su cita de amor. Distaba mucho, al llegar a esa cita, de figurarse que en vez de una mujer apasionada, encontraría la acogida, visiblemente cautelosa, con que Gladys intentaba quitar toda apariencia de amor a la entrevista. En ese momento solamente su bien adquirida experiencia de galanteador afortunado, le señalaba detalles significativos que no había podido notar al principio. Mrs. Fairfield lo recibía con un traje sastre, que hacía valer sin duda su elegante esbeltez, pero que distaba mucho de parecer el vestido intencionalmente provocador de un secreto propósito. Era como una advertencia significativa de que, al abrirle su puerta a deshoras, no se figurase que ella contaba con su emprendedora osadía. Para las esperanzas de aquel héroe de alcoba, mimado por el ascendiente de su rara hermosura, faltaba algo como la bata maestramente ajustada al cuerpo, en cuyos pliegues artísticos va a enredarse subyugada, la vigilante sensualidad de los hombres. — Veamos, cuénteme usted lo que le han dicho, murmuró sin entusiasmo. Gladys le refirió todo fielmente, sin agregar ni disminuir ningún detalle. — Ahora le toca a usted decirme lo demás ¿qué han decidido los padrinos? Florencio habló con el acento de un hombre que no toma las cosas a lo serio. — No sé lo que han decidido; yo creo que el asunto se terminará por un arreglo. — Pero usted, según dicen, no quiere oír hablar de excusas de parte del Coronel. — Es cierto ¡me sentía tan irritado! — Redline no es hombre capaz de darlas, se apresuró a decir, con amarga convicción, la joven. Florencio se apoderó de una de sus manos. — Entonces, mi linda amiga ¿qué quiere usted que yo haga ? Yo no tengo la culpa de lo ocurrido. — ¡Un combate entonces! exclamó ella con demudado rostro. Hubo en su voz un eco de sarcástico despecho. — No pensemos en eso; hablemos de nuestro amor y no seamos injustos con nuestra buena suerte, puesto que sin la imprudencia de su amigo Redline, no se habría operado este milagro inaudito de encontramos solos. Ahora puedo decir a usted sin temor de ser oído ni espiado, el imperio absoluto que tiene usted en mi corazón. — Mal lo prueba usted con lo que ha hecho, interrumpió Gladys. Si me amase realmente, si me amase sobre todo, como yo deseo ser amada, habría dejado pasar las ridículas palabras de un hombre despachado por los celos, que no eran dichas delante de usted, y me habría dado la prueba de su amor, haciéndome ver que sabe dominar su orgullo de hombre por la mujer que compromete por usted la felicidad de toda su vida. — Usted misma, exclamó él con viveza, me habría despreciado. Se habría dicho que el hombre celoso tenía razón, puesto que yo no me atrevía a pedirle cuenta de su insolencia. — Me habría reído de él y convencídome que el amor de usted es capaz de sacrificarlo todo por mí. — Al contrario, my darling, murmuró con tierno acento Almafuente, con la sonrisa en sus labios rosados, acercándose a ella y tomándole ambas manos, mi conducta ha sido una verdadera prueba de amor, puesto que prefiero correr un peligro antes que exponerme a que usted se reprochara con desprecio haber amado a un hombre sin dignidad. — Usted dirá todo lo que quiera, replicó Gladys, pero la idea de ese desafío, del que soy en parte la culpa, me parece horrible. Faltóle la energía del acento con que acababa de reprochar al joven su altivez. Juntamente con el quebranto de su voz, las lágrimas que asomaban a sus ojos los nublaron. Una sombra de esperanza desvanecida empañó el lustre de su vista. Con la violencia de un desconsuelo invencible, como quien se convence de lo inútil de sus esfuerzos, retiró precipitadamente las manos de las del joven y se cubrió el rostro con ellas. Florencio, con una suave caricia, como quien consuela a un niño afligido, la hizo descubrirse los ojos suavemente. — ¡Ah! my darling, usted se está creando fantasmas, no pensemos más en eso. — No haga usted caso de mi desesperación, dijo ella secándose los ojos, de no poder impedir que usted se exponga por mi culpa. Yo cometí una falta dejando ver a Redline mi preferencia por usted. Y añadió tendiendo entonces las manos a Florencio con naturalidad: — Tiene usted razón, pensemos solamente en nosotros. Fue entonces tras de esas palabras, un arrebato de contenida exaltación, en el que Gladys buscó el olvido de sus temores y de sus tenaces escrúpulos. No duró sin embargo en ella más que un corto instante ese completo eclipse de su razón. Antes que transcurriesen unos pocos segundos, desprendióse precipitadamente del abrazo con que Almafuente la rodeaba y una contracción de espanto dilató su vista. Mostraba al joven el picaporte de la puerta de entrada, que giraba lentamente como si del lado de afuera lo torciesen con precaución. — ¡Hay alguien que quiere abrir! murmuró al oído de Florencio, aterrorizada. — No hagamos ruido y no nos movamos; no hay cuidado, la puerta está bien cerrada, le contestó él con voz perfectamente segura, tratando de hacer sentarse a Gladys a su lado. Pero ella, lívida de miedo, aplicaba el oído a la puerta y hacía señas al joven de no hablar. No fue ilusión de espíritus amedrentados por el peligro lo que había producido la repentina alarma. Alguien había tratado de abrir la puerta desde afuera y ese alguien era Rafaela Almafuente. Quien la hubiese visto, como perdido el pensamiento en alguna visión de horror, inmóvil, erguida la cabeza, dominando con su elevada estatura la silenciosa quietud del pasadizo profusamente iluminado, hubiera creído tener delante de sí alguna pobre loca escapada de un manicomio. Había salido de su aposento después de un atroz combate entre su voluntad y las punzantes creaciones de sus celos incurables. Aunque informada desde la mañana del repentino viaje del Mayor Fairfield a Ginebra, Rafaela no dio durante el día a ese incidente la importancia de un hecho que pudiese tener alguna relación con su existencia. La desconfianza enfermiza, adormecida después con la escena de los juegos entre Florencio y los niños, la mantuvo en el estado de ánimo de un convaleciente que, desechando todo pensamiento, sólo quiere darse cuenta del inefable bienestar de la mejoría. Mas al entrar a su cámara, y como si al mismo tiempo se iluminasen la pieza y su cerebro con la luz repentina de la electricidad, al torcer el resorte, acudió con ofuscada luz, el recuerdo de la conversación entre Gladys y Florencio, alejados de ella, en la gran sala del café. La idea olvidada del viaje del Mayor que no debería volver hasta el día siguiente, le acudió entonces como el ruido de un golpe distante que tarda en llegar al que ha visto desde lejos la causa que lo produjo. La resonancia de ese hecho en su memoria, no vino a repercutir en su alma sino a esas horas de la noche, en alas de sus celosas preocupaciones. Había ya empezado a desnudarse cuando la asaltó como un golpe repentino en el cerebro la ardiente tentación de ir a ver si Florencio había vuelto. Con vívida claridad fueron apareciendo en torno de ese pensamiento, las que le parecían razones irresistibles de que no debía dejar de asegurarse si su marido estaba en su dormitorio. El cuarto comunicaba con la sala de recibo por un lado, como el dormitorio de ella confinaba por el otro con la misma sala. Ya había hecho esa inspección muchas veces, tarde, en la noche, forjándose los mil fantasmas de accidentes fortuitos que caben en el abismo de toda separación de los que se aman. La soledad del cuarto del joven no le inspiró, sin embargo, en esta ocasión, ningún temor de alguna desgracia. «Estaba segura que ese hombre, nacido para su tormento, no podía correr ningún peligro.» Por rechazar en aquel instante la roedora ponzoña de la certidumbre de sus sospechas llegaba a invocar la intervención del destino, para que el infiel hubiera sido atacado en la calle por algún malhechor, si era cierto, de lo que ella ahora dudaba irónicamente, que hubiese ido, como lo había dicho, a jugar bridge con algunos amigos. No tardó su sospecha, mediante ese estado de desorden cerebral, en tornarse en convicción absoluta. Todo su ser le gritaba la seguridad de que no podía equivocarse. «Indudablemente, en esa conversación en la gran sala se habían dado cita para la noche. No era posible que desperdicias en aquella ocasión única que les presentaba la increíble ceguera del Mayor ». Los apresurados compases de los valses tziganos, resonaban entonces con sarcásticas repercusiones, para denunciarle la perfidia de su marido y de Gladys, concertados en su intento traidor. Encendida de ira, su imaginación buscaba con furia el arbitrio que pudiera llevarla a la indiscutible certidumbre. Sin atreverse a tomar una resolución, se había dejado caer sobre una vasta poltrona en que mil veces había visto a su marido leyendo algún diario de París. De repente, como una oleada de desesperación, la imperiosa necesidad de acallar sus dudas, de ver por sus propios ojos su ignominia, la sacó de su desfallecimiento. Pudo entonces salir al pasadizo con el andar incierto de una persona que cede a un empuje de fuerza extraña, superior a la de su voluntad. En el tempestuoso rugir de la sangre agolpada a los oídos, percibía muy bien las protestas de su espíritu, que se empeñaba en detenerla. «No le importaba un escándalo, no le importaban sus hijos ni el oprobio que su loca imprudencia haría caer sobre ellos.» Queriendo retroceder no le era ya posible hacerlo. Avanzó lentamente la mano sobre el picaporte, con la paralización completa del pensamiento que debe preceder al pistoletazo con que el suicida apoya el dedo sobre el disparador de su arma. Como la puerta no cediera a su empuje, un vuelco del corazón sacó a Rafaela de su desvarío. «Indudablemente, pensó, un favor de la Virgen la salvaba del horror de un espantoso escándalo. Ella era una señora y su dignidad ante todo.» La vieja levadura del orgullo español levantó su corazón desfallecido. «Era mejor así. ¿Quién hubiera podido asegurarle que Florencio estaba ahí, tras de esa puerta? Nada tenía de extraño que estuviese cerrada, como ella misma cerraba todas las de su aposento antes de acostarse. Gladys debía haberse recogido ya. Si alguien pasase en ese momento por el silencioso corredor ¿cómo explicar su presencia allí tan a deshoras? » Con ligero andar, como si se deslizase sobre la alfombra para evitar hasta el ruido que pudiera hacer la falda de su traje, Rafaela llegó a su cuarto. Su alma se había levantado a la altura del desprecio. Mofándose de sí misma, tratábase de visionaria, pero siempre resuelta a continuar su tenaz vigilancia por cuanto medio le fuera posible. «Ella sabría vengarse a su tiempo» pensó mucho después, al caer en la fiebre de sus sueños. Gladys y Florencio, mientras tanto, habían permanecido inmóviles durante un rato. En voz muy baja el mozo rompió el silencio. — Ya sé lo que es, dijo para calmar el terror de Mrs. Fairfield; debe ser el guardián de noche. Muchas veces al recogerme, los he encontrado en los corredores, revisando las puertas que los pasajeros olvidan de cerrar por dentro. — ¿Usted cree? preguntó ella, palpitante de emoción todavía. — Estoy seguro de ello, nada tenemos que temer. — ¿Y si ha sido Rafaela? En esta pregunta no se notaba ya la expresión del miedo que hacía temblar a Gladys un momento antes. La explicación que daba Florencio le parecía verosímil. Al pánico de ser descubierta con el joven a esas horas, sucedió la tumultuosa alarma de su pudor, al encontrar que todo subterfugio para no reanudar la peligrosa conversación de amor, sería vano. — No, Rafaela no se humillaría hasta espiarme de ese modo. Almafuente, perspicaz por instinto, había notado el cambio que se operaba en la joven. No era el acento suave, amorosamente sumiso, con que siempre le hablaba en sus furtivas conversaciones. Le parecía que Gladys, envuelta en un velo de reserva, se separaba de él, arrepentida de haberle dado aquella cita. La reflexión pasó por su mente como un reto a su poder de hombre osado. — Pero dejémonos de pensar en ella ni en nadie más que en nosotros, dijo con acento apasionado acercándose a Mrs. Fairfield. Ella, inmóvil y como incrustada en el ángulo del sofá opuesto al que ocupaba Florencio, hizo eco a esas palabras sin parecer que comprendía su insidioso alcance. Florencio repitió sus protestas de amor; pero se le figuraba que Gladys no le escuchaba y que sus palabras resonaban sin eco en el silencioso vacío de la sala. Por más que confiase en su ciencia del alma femenina, era imposible que hubiera podido seguir con la imaginación las fases, ora imprevistas y bien definidas, ora confusas y fantásticas, por las que había pasado la hermosa americana. Nada puede pintar con más hiperbólico fuerza que la expresión francesa de «el golpe de rayo», la violenta conmoción que incendió el espíritu de la joven en aquella luminosa mañana del restaurant, al ver pasar delante de ella con arrogancia de semidiós mitológico, aquel hombre tan superior en gracia varonil y en hermosura a todos los que en derredor suyo divisaba. Figuróse que en torno de esa existencia, la poesía de la vida debía agitar sus alas tornasoladas, como un tributo de amor sumiso al poder de fascinación con que la naturaleza había querido dotarlo. Ofuscada por la irradiación de esa idea, todos sus esfuerzos fueron vanos para encerrar su espíritu en la atmósfera de inalterable quietud en que se habían formado y fortalecido los virtuosos instintos de sus bien equilibradas facultades. Algo como el ardor porfiado del minero que persigue su tesoro en las ocultas profundidades de la tierra, animó desde entonces a Gladys en la persecución de ese misterio que debía revelarle las riquezas inexploradas de su alma. La dicha de sentir la vida, de sentir el hervor de las grandes sensaciones de que oía hablar a sus amigas en el abandono de las confidencias, no podía ser únicamente ese curso regular de días sin incidentes de corazón que componían su monótona felicidad. Las ocasiones creadas por el avisado ingenio de Florencio no tardaron en despertarla a la nueva vida. Pero al traspasar el dintel de ese mundo tempestuoso, no lo hizo sin exasperadas protestas de su nativa elevación de alma. Durante un espacio de tiempo casi imperceptible, los dos enamorados se miraron con la intensidad de dos adversarios que tratan de medir sus fuerzas antes de emprender el ataque. La impenetrable actitud de la joven hirió el orgullo de Almafuente. Decidido a disipar toda duda en aquella emergencia a la que no podía esperarse, acercóse a Gladys sin hacer ademán siquiera de tomarle una mano. —¿Qué tiene usted? En verdad no comprendo lo que pasa. Si realmente corresponde usted a mi amor ¿no le parece que nuestros corazones deben vivir en la más completa franqueza y en la más ilimitada confianza? La sombra de cautelosa reserva que obscurecía el rostro de la joven se disipó instantáneamente. Almafuente no podía haber tomado camino más seguro para tocar su corazón. Risueña y con acento de perfecta tranquilidad, tomó, al hablar, una mano al joven, haciéndolo sentarse a su lado. — ¿Me pregunta usted qué es lo que tengo y me dice que no comprende lo que pasa? Me mortificaba lo equívoco de nuestra situación y no encontraba la manera de desvanecer ese equívoco sin que usted dejase de tener confianza en mí. Pero usted me abre el camino que yo no me atrevía a seguir, y voy a usar de la franqueza que usted invoca. Le estrechaba las manos al hablar. Almafuente sentía el temblorcillo de la suave presión, el tibio calor del cutis, al que su sangre de hombre sensual respondía inflamada. La hermosa joven se había acercado a él para persuadirle de la confianza absoluta que en él ponía. — ¡Ah! Florencio, exclamó, cual si un impulso de franqueza irresistible la arrebatara, el amor que usted me ha inspirado es el sentimiento que domina mi existencia. ¿Por qué misterio mi corazón, indiferente antes a todo, sin ambición de otra felicidad que la calma en que se deslizaba mi vida, se ha convertido de repente en el esclavo de una preocupación única, que apenas me deja sentir si mi razón y mi sentimiento del deber existen todavía? Yo no lo sé, pero el caso es ese. Ya ve usted que le hablo con terrible franqueza, a riesgo de que usted se ponga orgulloso y se forme un triste concepto de mí. Almafuente la interrumpió con acento de apasionada protesta: — ¡Oh, mi querida! ¿qué puedo pensar sino que usted es digna de todo mi respeto y de mi profunda adoración? Sí, me pone orgulloso su encantadora franqueza; pero orgulloso esclavizado a la voluntad de usted. — ¡Oh! yo estaba segura de que hablándole como lo hago, usted me comprendería. Y voy a ser más franca aún, repuso alborozada sin advertir que los ojos de Florencio expresaban la vacilación de su espíritu. Aquella situación enigmática parecía presagiarle el absoluto descalabro de sus presuntuosas esperanzas. Pero Gladys no pareció darse cuenta del frío cálculo que en realidad revelaba esa mirada. Su voz siguió hablando con segura entonación. La índole positiva de su raza convirtió en ordenado raciocinio su discurso. Las frases de tierno sentimentalismo con que pintan los amantes la pasión que los anima o la que intentan inspirar, cedían el paso, entre sus frescos labios, a un razonamiento casi metódico y de inflexible decisión. Al hablar sin reticencias de su amor, de ese golpe de rayo, que con irresistible imperio había hecho resonar hasta el fondo de su pecho el fragor de sus llamas invasoras, era como si desnudase su alma de mujer, pura hasta entonces, y quisiese persuadir al joven que no se hallaba en presencia de alguna intriguilla pasajera, de esas que anuda el capricho y desata el primer obstáculo. «Ella no podría tergiversar con su propia conciencia. No quería que su infidelidad a los juramentos que la unían a su marido fuese una vergonzosa traición, sino la confesión valiente y noble, aunque dolorosa, del amor al que quería consagrar su existencia. Largas horas de mortal inquietud había meditado ante el dilema que debía decidir de su suerte. Pero en ningún momento de la cruel disyuntiva había cruzado por su imaginación la vergonzosa idea de que pudiese engañar a su marido y continuar viviendo cerca de él con hipócrita bajeza, ocultándole el atroz secreto. No solamente un deber de lealtad hacia el hombre que le había consagrado su vida, con amable cariño, le imponía la obligación de hablar, sino el sentimiento, soberano en ella, de su propia dignidad, de su estimación propia de mujer honrada, sin la cual no podría vivir. El problema no tenía otra solución para ella que la de obedecer ciegamente al impulso de su lealtad y de su propia estimación.» Se había exaltado hablando a pesar de sus esfuerzos para mantener su explicación en el terreno positivo de un deber intransigente. Al último, su voz, quebrada por la violenta emoción, perdió su seguridad razonadora; pero la mirada intensiva que reflejaba el ardiente combate entre su pasión y sus deberes de esposa, brillaba resuelta, fija sobre Almafuente con el acerado resplandor de una decisión inquebrantable. Esa confesión psicológica de un alma en lucha heroica con el nuevo ser en que la joven se sentía transformada por la pasión, lejos de conmover a Florencio, lo hizo replegarse tras de su egoísmo de hombre afortunado, como el que busca en un combate el matorral más cercano donde refugiarse contra el peligro que lo detiene en su marcha. «Era nada menos que el completo trastorno de su regalada existencia lo que le exigía la aventura, pensó el joven. Lo que él llamó la «puritana rigidez» de la bella afligida, amenazaba convertir la expectativa de una deliciosa pasioncilla en un drama ruidoso y compromitente.» Demasiado enérgico para dejarse arredrar por el primer obstáculo, trató no obstante, con amable desenvoltura, de hacer bajar a Gladys de la escarpada cumbre en que se mostraba resuelta a defender su virtud. — Déjeme usted creer, mi linda amiga, le dijo acariciándole las manos, que son sus nervios y no su cabeza los que han hablado. ¡Qué locura! Usted iría por un escrúpulo pueril a sorprender a su marido con una revelación que no podría conducir sino a un divorcio. — Justamente, exclamó ella ¡un divorcio! pero es que yo no haría esa revelación sino cuando estuviese segura de usted. — ¡Cómo segura de mí! ¿Duda usted de mi amor? — No de su amor, pero sí de su voluntad de sacrificarse a ese amor como yo. Almafuente hizo un ademán de protesta. Gladys no le permitió hablar. — Digo sacrificarse, porque ambos nos encontramos en la misma situación y tendríamos que romper lazos queridos para poder unirnos como yo lo entiendo, con la frente alta, y orgullosos de darnos una prueba de amor que no nos excluiría del trato de la gente honrada. Él se sentía como amenazado de despertarse en un abismo. Su sorpresa de oír razonar a Gladys con la convicción de un profesor que demuestra una verdad matemática, llegaba a hacerle pensar que era el juguete de algún sueño fantástico adueñado de su razón con disparatada incoherencia. Vuelto empero de esa idea, el lado cómico de su situación le presentó entonces la realidad. Sintió como la picadura de las espinas al que tiende la mano para coger la rosa provocadora. Esta última impresión le hizo decir con acento de frívola indulgencia, para sacar la conversación del tono casi solemne en que había caído. — Usted habla de unión y olvida, mi seductora amiga, que soy casado y católicamente casado. Nuestra religión no admite el divorcio. — Mi religión lo admite, replicó Gladys resueltamente, y mi conciencia no me permitiría abandonar a mi marido para ser la querida de usted por más que le ame. Florencio hizo un esfuerzo para sonreírse y no abandonar el tono de condescendiente calma con que procuraba disimular su punzante disgusto. Arguyó con sincera convicción que el amor, pasión extraña a toda lógica y que nace con frecuencia a despecho del que lo siente, no puede sujetarse a las reglas convencionales de conducta establecidas por el tiempo y las costumbres, para refrenar los malos instintos de la generalidad de las gentes. «Hablar del imperio de la conciencia en materia de amor observó, es como querer que las plantas, los árboles, las flores, todos los encantos de la vida exterior, no se dobleguen al soplo devastador del huracán que pasa. Convenía en que la voz de la conciencia y la fuerza del sacrificio no deben combatirse al principio, antes que toda la potencia del alma haya desaparecido, arrollada por la dominadora embriaguez de la pasión. Pero, una vez establecida esa comunidad de sentimientos de que nace el amor, su irreflexión y su dominio absoluto, es empeño vano el querer oponerle la valla de escrúpulos de conciencia como en los casos ordinarios de la vida». Gladys le replicó, suavizando su voz hasta el punto de hacerla resonar como una caricia: — Esos son argumentos de hombre, mi querido, de hombre para el que el idealismo pasa al segundo plano ante la materialidad de la pasión. — ¡Ah, cierto! replicó con viveza el joven, tenemos el defecto de creer que el amor si no llega al dominio íntegro de todos sus derechos, derechos no inventados por nosotros, sino impuestos por la naturaleza, como una marca de servidumbre, ese amor platónico según lo llaman, es como una criatura defectuosa. No puede vivir sino por medio del artificio. En su caso es por el artificio de la ilusión. ¿Qué quiere usted? está admitido que el hombre es un monstruo; pero un monstruo muy domesticable, según la experiencia de todos los días. Y, sonriendo, se levantó del lado de la joven, inclinándose ante ella con caballeresca elegancia. — Mi linda amiga, dijo tendiéndole una mano como de despedida, usted se ha equivocado; ha creído amar y no ama. El reconocimiento de esta verdad no es por supuesto, muy lisonjero para mi amor propio; pero el hecho en sí no es discutible tampoco. Yo no puedo llevar más allá la discusión como si estuviéramos alegando ante un juez, derechos que son imaginarios y que no pertenecen al dominio de la razón ni de la lógica. Usted estima que todo debe obedecer a la conciencia; yo soy de parecer que la mujer que ama no debe razonar sobre los obstáculos que le impiden caer en los brazos del hombre amado. Pálida y temblorosa, Gladys se había puesto también de pie, respondiendo al ademán de despedida. El joven sintió helada en la suya la mano pequeñita de la americana. — Perdóneme usted, le dijo como si estuviese de visita en alguna recepción del gran mundo, perdóneme de haberla hecho velar hasta tan tarde. Desgraciadamente las más deliciosas horas de la vida deben tener un término. Yo no quiero dejar a usted la impresión de un visitante majadero que se olvida del tiempo y del cansancio de la dueña de casa. Volvió a inclinarse con graciosa desenvoltura en ademán de despedida, perfectamente dueño de sí mismo, con velado tono sarcástico en la sonrisa, orgulloso de la mortal palidez que cubría las delicadas facciones de la joven. Con esa salida brusca, pero amable y casi afectuosa, Almafuente llevaba la convicción de hacer una de esas retiradas que valen más que una victoria. Gladys lo había escuchado como si pronunciase la sentencia de muerte de todas sus esperanzas. Pero a medida que el joven hablaba, su espíritu le sugería mil argumentos capaces de rebatirlo. Su corazón confiaba en el poder insinuante de su sexo para salvar de una desastrada ruina su ambiciosa aspiración de crearse una nueva existencia al lado de aquel hombre, sin el que la vida se le presentaba como una dolorosa y monótona peregrinación. La inesperada actitud que asumía Florencio fue sobre su ilusión como el soplo repentino que apaga una luz. Todo en el porvenir le pareció obscuridad y desamparo. No podía detener al joven sin embargo; no podía humillarse hasta pedirle que reflexionara y le diese, como prueba de amor, la seguridad de que aceptaría su exigencia conciliadora del casamiento. El ligero sarcasmo de aquella voz que conmovía todas las fibras de su alma, habíale destrozado el pecho. Sentía la daga aguda penetrarla con su acerada punta. La idea de una separación en esas condiciones, fingiendo un desprendimiento de ofendida dignidad ante el ceremonioso saludo que se le hacía, trastornó violentamente su entereza y le hizo exclamar: — ¡Cómo! ¡así se despide usted! Sin un solo beso en señal de reconciliación. Sin contestar de viva voz, Florencio la rodeó amorosamente con sus brazos y apoyó sus labios sobre los de la joven, en un arrebato de nervioso atrevimiento. Gladys desfalleciente trató de apartarlo. — Váyase, váyase, exclamó temblando, al separar sus labios de la presión de fuego a la que no había podido sustraerse. Corrió al decir esto hacia la puerta de su cámara y enviando al joven un apresurado beso: — Váyase, repitió con pálida sonrisa, le amo a usted demasiado; no es generoso hacérmelo sentir así.
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