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VI

VI

A las diez de la siguiente mañana Katy Vickery subía con su marido a una automóvil en la puerta del Montreux Palace Hotel. El ingeniero había dado la dirección al mecánico: Villa Lemán. El estrambótico carruaje, conquistador del mundo moderno, sin respeto por la estética elegancia de los coches tirados por fogosos caballos, empezó a rodar con su ruido de monstruo amenazador, al que todo lo que existe en los caminos debe ceder humildemente el paso.  

— Llegaremos un poco temprano; pero no importa, dijo Mr. Vickery. El jardinero me ha prometido, mediante una moneda de diez francos, que nos colocaría en un punto desde el cual podremos ver perfectamente cuanto pase.  

Katy suspiró:

— ¡Ay Dios mío! Los hombres son feroces para jugar con la vida, como si fuese un don humano y no divino.  

Estaba pálida y turbada; sus facciones revelaban, descoloridas, la enervante acción del insomnio.  

— ¡Eh! tal es la vida ¿qué quiere usted? respondió el ingeniero, con la conformidad filosófica del que acepta los hechos sin pretender modificarlos.  

El escondite que les había preparado el jardinero tenía en efecto todas las condiciones prometidas. Sin ser vistos, Mr. Vickery y su mujer serían los únicos testigos extraños al drama que se acercaba. Un gran espacio de pradera rodeado de árboles extendía delante de ellos su verdura. Silenciosos, resignados a tener paciencia, esperaron, comunicándose sus temores de una posible catástrofe.  

— En un combate a pistola todo puede temerse, decía el ingeniero.

Katy sentía crecer su angustia. Los minutos se deslizaban con la rapidez con que caen los granos de arena en la antigua ampolleta.  

— Usted no debía haber venido, díjole Mr. Vickery al sentir el temblor creciente del brazo de Katy junto al suyo. Realmente, mi querida, estos no son espectáculos para mujeres. 

— No importa; yo estaré aquí para cuidarlo si algo le pasa.

A pesar del miedo que la dominaba, sentíase en su voz la sublime energía femenil cuando se trata de un ser querido.  

La escena cambió entonces de aspecto. Casi al mismo tiempo aparecieron los dos adversarios y sus padrinos. Katy los devoraba con la vista. Su sistema nervioso, rígido como las cuerdas de un violín, vibraba de irritado coraje, al ver a esos hombres vestidos con estudiada elegancia saludarse ceremoniosos, como si se hallasen en una reunión mundana. Figurábase que todos ellos venían ahí confabulados en un traidor intento para sacrificar a Florencio, el único que no parecía dar importancia alguna a los preparativos del combate.  

Estos fueron cortos. Medida la distancia, quince pasos, los adversarios, colocados frente a frente, esperaron inmóviles y erguidos la voz de mando. En ese instante solemne Katy, por involuntario movimiento cerró los ojos y se tapó los oídos con las manos. El director del combate contó sin precipitarse: uno, dos, tres, fuego. Las dos pistolas, bajándose rápidamente, dispararon. Florencio permaneció inmóvil en su puesto, mientras que los padrinos del coronel se precipitaban sobre él al ver que su pistola caía al suelo y que su brazo derecho había quedado inmóvil. La bala de Almafuente, hiriéndole en la mano que apuntaba, le había hecho soltar la pistola, desviándole su dirección, que habría podido ser mortal.  

— El coronel está herido, dijo Mr. Vickery en voz baja a su mujer.

Katy descubrió su rostro de cadavérica palidez. Sus ojos brillaron luminosos con un rayo de súbita alegría.  

Todos habían rodeado al herido, mientras el cirujano le prodigaba sus cuidados profesionales. 

Casi risueño, venciendo al dolor, el coronel se dirigió a Florencio.

— Creo que ahora podemos ser amigos, dijo tendiéndole la mano izquierda; usted es un hombre y me ha dado una buena lección. 

Florencio correspondió cortésmente a ese movimiento de reconciliación y se retiró con sus padrinos. 

Cuando todos se hubieron alejado, Katy y su marido salieron de su escondite y subieron a su automóvil. Pocos momentos después entraba Katy corriendo, al tocador de Gladys, que concluía de vestirse. Echóle al cuello los brazos alborozada, exclamando:  

— Todo está terminado.

—Florencio se ha conducido como un héroe. El Coronel quedó herido en una mano. Habían desaparecido del rostro de Katy las desfiguradoras sombras del insomnio y de las tremendas emociones por que acababa de pasar. Su alegría era una salida de sol al romper los opacos celajes que encapotara el horizonte.  

Gladys la miró con la expresión de una persona que oye algo que ha olvidado.

— Florencio me dijo cuando salimos del comedor que los padrinos suyos y los del Coronel se pondrían de acuerdo para evitar un encuentro.  

— ¡Oh! le dijo a usted eso por modestia y para tranquilizarla.  

Un pequeñito reloj de viaje colocado sobre la mesa del tocador, dio las doce con su discreta campanilla.  

— ¡Las doce! exclamó Katy, corro a vestirme para el almuerzo. ¡Ah! olvidaba decir a usted que Rafaela no sabe nada del desafío. Después le contaré a usted todo.  

Gladys, pensativa, se entregó a los íntimos complementos de su tocado. Su pensamiento no se detuvo a reflexionar en lo que su amiga acababa de decirle. El peligro había pasado como el estampido de un cañonazo que se repercute a la distancia. Las dramáticas emociones de la noche habían conmovido todo su ser.

Recordaba que cuando se hubo cerciorado de que Florencio no estaba ya en la sala de recibo, atravesó la pieza y se puso a observar cautelosamente el pasadizo. Convencida de que todo estaba en silencio había cerrado con llave la puerta y arrojádose sobre el sofá con la cabeza apoyada al brazo del mueble. Largo rato había pasado así anonadada. El convencimiento de que ya no podría volver a hablar a solas con el joven, de que pronto tendrían que separarse, la enloquecía. Su vida indiferente y descuidada no le había enseñado a sufrir. El orden de las cosas naturales no la había preparado para los violentos trastornos de amor que cambian de repente en tragedia los más naturales acontecimientos. Separarse, y tal vez para siempre, era una amenaza de tremendos pesares ignorados hasta entonces. Un círculo de crueles realidades juntaba sus extremos ante su terror desencadenado y la oprimía con sus rígidas certidumbres, con sus anillos de serpiente ponzoñosa. El orgullo de haberse conservado pura le parecía ahora un sarcasmo, semejante a la desolación del que a la proximidad de la muerte siente desvanecerse, cual si despertase de un sueño, sus creencias religiosas. «Había sacrificado su amor a una quimera». Pero sentía al mismo tiempo que la quimera tendría en todo caso más imperio sobre ella que cualquier arrebato de pasión. «Florencio mismo la habría despreciado si no hubiese sabido resistir». Con la fiebre en el cerebro quiso decir todo eso al joven en una carta de despedida. Ya de viva voz le había explicado su resistencia. Pero el sonido de sus palabras le impedía entonces dejarse guiar por su corazón, en vez de engolfarse en fríos argumentos, que pasaban sin duda como un soplo de hielo sobre el alma de Florencio.  

«Usted me perdona ¿no es verdad, mi muy querido? Es preciso que me lo diga usted antes de separamos. Su perdón me servirá de apoyo en el porvenir y siempre estaré dispuesta a cumplir a usted mi promesa de recobrar mi libertad legal para pertenecerle con honor.»  

Así terminaba la larga carta de protestas de amor con que Gladys buscó un calmante al tempestuoso desorden de su alma, en el silencio lúgubre de la noche. «Florencio no dejaría de contestarle. Su carta sería un talismán de consuelo en la atroz aridez de su futura existencia. Lejos de ella, él no tardaría en hacerle justicia, en reconocer que la pureza de su amor les permitiría conservar sin sonrojo el recuerdo de aquellos días tan pronto desvanecidos.»  

Sin temor de ser vista, la joven salió de su aposento. Quería poner ella misma la carta en el buzón del hotel. Ese procedimiento le parecía más seguro que el haberla enviado directamente a su destino, exponiéndose a que cayese en otras manos.

Las cuidadosas medidas que había tomado Rafaela de Almafuente para espiar la conducta de Florencio habían hecho que fueran inútiles todas las precauciones que hubiera podido Gladys inventar a fin de que su carta llegase con seguridad a su destino. La primera repartición del correo a la mañana siguiente llevó, en efecto, por medio de su criada, la carta reveladora a manos de Rafaela. Por uno de esos fenómenos psicológicos de los que los corazones enamorados tienen el secreto, la primera lectura de la inflamada confesión de Gladys hizo estremecerse a la lectora con feroz alegría.

«¡Al fin se despejaba ante sus ojos ese roedor enigma de la duda» que destroza el alma atormentada por los celos! Esa exclamación desesperada de todos sus sentidos no fue de odio al infiel, sino de sarcástica indignación contra la autora de la carta. «¡Es ella que lo ha perseguido, le gritaba su encono de mujer burlada, ella la hipócrita y traidora!»  

Excusándose de bajar al almuerzo Rafaela encontró pretextos plausibles para no salir de su aposento. Tenía necesidad de muchas horas antes de restablecerse de la miseria en que se revolcaba su orgullo. Reconcentrada en su dolor, refugióse en la más absoluta reclusión: quería meditar en la venganza. El día pasó así. Florencio había vuelto al hotel después del combate, como si llegara de un simple paseo matinal. En compañía de sus hijos hizo un paseo en bote por el lago y llegó después al almuerzo fresco y elegante, esperando encontrar a Gladys. La joven estaba allí, en efecto, pero acompañada del Mayor, llegado por el primer tren de Ginebra. La risueña expresión de natural alegría que leyó Gladys sobre las facciones de Almafuente pareció disipar la penosa zozobra que velaba la fisonomía de la americana. «Sin duda Florencio había recibido la carta y le perdonaba la escena de la noche. Su resentimiento de hombre acostumbrado a triunfar había cedido, pensaba ella, a la voz de intensa pasión que dominaba en la carta.» Esa suposición hizo disiparse de su espíritu la punzante desesperación en que había pasado la noche y le permitió aprovechar un momento, al salir del comedor, para acercarse al joven.  

— ¿Recibió usted mi carta? le preguntó llena de emoción.

A la respuesta negativa de Almafuente, Gladys no tuvo tiempo de explicarle el significado de su pregunta. Katy se había juntado a ellos.  

— Y pensar que vamos a separarnos, dijo ésta con un suspiro, pasando al mismo tiempo uno de sus brazos en torno a la cintura de Gladys.

—Debíamos, dijo el ingeniero, conseguir una prórroga del Mayor para quedarnos aquí algunos días más.  

Mr. Fairfield, al oír estas palabras sacó de su cartera un papel azul de telegrama y lo mostró a Vickery y a su mujer.  

— Lean ustedes lo que he encontrado aquí al llegar esta mañana.

El despacho telegráfico advertía al Mayor con algunos detalles, que su presencia era indispensable en Boston para una reunión extraordinaria de la Junta Directiva de un ferrocarril en el que tenía cuantiosos intereses.  

— Ya ven ustedes, no tengo tiempo que perder.

Nadie pudo insistir. Gladys y Katy se separaron prometiéndose verse pronto. Todos se dijeron, por vía de consuelo, que, como estaba convenido, aquella tarde comerían juntos. 

— Habrá un champaña extra seco capaz de convertir en alegría toda la amargura de la despedida, anunció Mr. Vickery. Él había sido durante todo el tiempo el director de la parte culinaria de la asociación.  

Dos horas antes de la designada para la comida la camarera de Rafaela llegó a llamar a Katy de parte de su señora.  

Rafaela, vestida ya de gala, resplandeciente de valiosas joyas, se adelantó a recibir a su prima con visible agitación. Tenía entre sus manos, desplegada, la carta de Gladys a Florencio.  

— Lee esa carta, le dijo con voz casi imperiosa, pasándole el papel.

Y agregó con acento de encono y de triunfo al mismo tiempo, mientras su prima empezaba la lectura.  

— Tú que siempre lo defiendes, lee y verás si lo disculpas.  

La persona del ausente iba subentendida en ese pronombre; la voz de Rafaela recalcó sobre él con sarcástica pronunciación.  

Katy se había sentado en el sofá y procuraba ganar tiempo en su lectura, con el propósito de preparar su respuesta. El tono casi agresivo de Rafaela le había hecho pensar que era preciso responderle con algo de calmante, a fin de evitar el estallido de la tempestad, de la que aquel «tú que siempre lo defiendes» era el trueno precursor. Al fin levantó la vista y miró a su prima cual si no hubiera leído nada de muy extraordinario.  

— Gladys es una tonta de confesar así su pasión, dijo, buscando una sonrisa para huir del tono dramático.  

— Sí, pero más perversa que tonta, exclamó indignada Rafaela, y merece que yo la castigue por su impudencia.  

— Vamos, querida, no demos proporciones exageradas a un asunto que por su misma gravedad debes acallar como si no existiera. Nadie sino tú conoce esa carta; mañana vamos a separarnos y el asunto quedará entre tú y yo. Nada mejor que la ausencia para calmar esas pasiones.  

— ¿Y tú te figuras que yo podré ver a Florencio sin afearle su perfidia? Tú crees que yo pueda tolerar que él y su querida se queden riendo de mí. ¡Ah, eso no! ¡Yo tengo que vengarme y me vengaré!  

Ni su pronunciación ni sus ademanes eran de una mujer de la refinada educación que ha hecho tan marcados progresos en las clases elevadas de la sociedad hispanoamericana. Rafaela hablaba con la descuidada dicción de las conversaciones familiares en aquellos países; su voz resonaba destemplada y vulgar. El paso precipitado con que se había puesto a andar mientras que Katy avanzaba lentamente en su lectura, daba a su cuerpo esbelto movimientos destituidos de la ondulante gracia que formaba el atractivo principal de su persona.  

— ¡Hijita, por Dios, no hables así! exclamó Katy llena de alarma ante ese rugido de insano furor.  

— ¡Me vengaré, me vengaré! repitió Rafaela. Su exasperada resolución atropellaba los obstáculos, rompía todas las vallas convencionales con que la sociedad somete a sus hijos a la ley de la compostura y del respeto público.  

Katy trató de desviar su frenesí discutiendo.

— Tu indignación, que es muy justa, no te ha permitido reflexionar sobre tantas frases de la carta que atenúan considerablemente la falta, en realidad. En primer lugar, por lo que hace a Florencio...  

— ¡Eso es, ahora lo vas a defender! interrumpió Rafaela con destemplada voz ¡era lo que faltaba! ¡Florencio es un infame! como lo ha sido siempre. Jamás me ha amado.

Se casó conmigo por mi plata y con mi plata se ha divertido a costa mía con todas sus queridas. No me hables de él. Mira, soy capaz de gritarle su infamia delante de todo el mundo.  

— Bien pensado, no es su culpa si las mujeres lo persiguen, replicó Katy con enfado; pero a ti siempre te ha tratado con cariño.  

— ¡Ah! no es cariño lo que yo le pido, sino el respeto a su mujer y a sus hijos. Un ocioso que no sabe sino componerse y galantear a cuanta mujer se le acerca ¡Qué bonito! ¡podía tener vergüenza! 

— Tú lo conocías antes de casarte.

No bien habían salido estas palabras de su boca Katy se arrepintió de haberlas dicho.

Sus deseos de conciliación, el leal propósito de evitar a su prima un escándalo irreparable, habían cedido al viejo encono de la rivalidad adormecida, que en su natural benévolo y amante ella tenía sepultado entre las ruinas de su desgraciado amor a Florencio. Pero esas palabras, con su eco indefinible de resucitado resentimiento, hirieron el espíritu de Rafaela como una provocación.  

— Tú también lo conocías y querías casarte con él, replicó con aire de triunfo, deteniéndose en su paseo delante de su prima.  

Y luego como respondiendo a una ofensa

— No vayas a hacerte ahora la inocente. ¿Quieres que te diga más, hijita?: tú te quedaste enamorada de él, a pesar de la traición que te jugó y hasta después de casarte con tu yankee era él a quien querías.  

Agria la voz, hizo silbar entre sus labios esas palabras como un chasquido de látigo. En vez de replicar en el mismo tono, Katy echó los brazos al cuello de su prima y con voz suplicante: 

— No seas así, Rafaela, no seas mala conmigo. Te aseguro que todo lo que te he dicho es por tu bien, para evitarte que te dejes arrastrar por tu despecho y cometas alguna acción de la que te arrepentirías toda la vida.

— Tengo bastante edad, hijita, para saber lo que hago, replicó la voz irritada, desprendiéndose Rafaela al mismo tiempo de los brazos que la rodeaban cariñosamente.

Sin desalentarse, Katy recorrió a un arbitrio muy propio de su carácter ajeno a todo rencor. Con perfecta calma abrió el gran piano de Stainway, que ocupaba un ángulo de la sala de recibo y con ágiles manos hizo resonar el preludio de la célebre canción de Martini, Plaisir d’Amour que solían cantar cuando muchachas. Con intenso sentimiento, como una evocación de pasadas memorias, las notas empezaron a modular su lenta melancolía:  

                Plaisir d’amour ne dure qu’ un moment Chagrin d’amour dure toute la vie.

La voz, bien templada, fue pasando del tono grave, melodioso en su sencillez, a la desgarradora queja de esas «penas de amor que duran toda la vida». En el eco del silencio en que el desconsolado lamento parecía quedar flotante, el cortejo de pesares, aferrados al alma como una maldición de la raza humana, desfilaba afligido en la prolongación que la voz de Katy daba a las entonaciones de las últimas sílabas.  

Rendida de profunda emoción, Rafaela se había dejado caer sobre el sofá desde el segundo verso. Su existencia pasaba también con la dolorida procesión de las «penas de amor que duran toda la vida», dejando atrás las «dichas de amor que duran solo un instante». Mirándola al soslayo, Katy la vio inclinarse, ahogando con movimientos espasmódicos sus sollozos. Era la crisis de enternecimiento que la joven Vickery había querido producir en su prima. La voz entonó entonces la segunda estrofa:  

                J’ai tout quitté pour l’ingrate Silvie,  Elle me quitte et prend un autre amant,  Plaisir d’amour ne dure qu’un moment,  Chagrin d’amour dure toute la vie. 

Pero la frente de Rafaela se había alzado antes de la última estofa. El enternecimiento había pasado como un chubasco de verano. Su mirada, perdida en el vacío, perseguía al fantasma de la venganza, al que no conseguía dar una forma definida entre los mil proyectos de odio hirviente que se multiplicaban en el desorden de sus ideas. Poco a poco, sin embargo, Rafaela se sintió subyugada por el poder evocador de la música.

Esas notas de la sentida canción la envolvían en las emociones de tiempos desvanecidos, en que sin haber amado no podía penetrarse de su amarga verdad. «Ella tenía la culpa de su desgracia, como acababa de decírselo su prima; pero ella ignoraba entonces que a los pasajeros momentos de felicidad que el amor concede, avaro, a sus esclavos, debían fatalmente seguir esas «penas de amor que duran toda la vida,» y en esa remembranza del pasado que las almas heridas buscan como un refugio de olvido, pensaba que su prima había sido leal con ella, después de perdonarla. Ahora mismo sus consejos nacían de una intención fraternal. ¿Para qué reñir? Su corazón, en su angustiado aislamiento, necesitaba apoyarse en algún afecto sincero. ¿Dónde podría encontrarlo sino en la que en ese instante, con la amarga queja de incurable dolor, quería enseñarle la resignación?

Lentamente levantóse Rafaela del sofá y se acercó al piano. La voz de Katy, deteniéndose en las notas finales de la última estrofa, parecía el eco lejano de todos esos pesares de indefinida duración, en que se agitan despedazados, como en algún círculo del infierno del Dante, los corazones esclavos de la maldición universal de amor.

                Tant que cette eau coulera doucement Vers ce ruisseau qui borde la prairie,   Je t’aimerai, me répétait Silvie.     L’eau coule encore elle a changé pourtant. Plaisir d’amour ne dure qu’un instant,    Chagrin d’amour dure toute la víe.

—¡Ah, Katy! ¡Katy! Cállate por Dios, gritó Rafaela, ahogando con un beso sobre las mejillas de su prima ese lamento desgarrador. Perdóname mi violencia, arguyó; tú comprendes mi situación. Si yo pudiese aborrecerlo le perdonaría lo que me hace sufrir. Pero tú sabes que no lo puedo ¡no lo puedo! repitió con lamentable desolación, arrojándose nuevamente sobre el sofá.  

Katy corrió hacia ella y buscó afectuosas palabras para consolarla. Prefería esa explosión de llanto a la nerviosa resignación que Rafaela había tratado de mostrar.  

— Olvida esas cosas, o por lo menos perdónalas, insistió, creyendo que las lágrimas habrían aliviado el peso de la rabia que al principio dominaba a Rafaela. Te aseguro que así quedarás contenta de ti misma; acuérdate de tus niños: con una venganza que humillase a Florencio, destruirías para siempre la felicidad de tu vida. 

— Puede ser, pero no es fácil perdonar, dijo Rafaela sombría. Tras de estas palabras, en las que había vuelto a prevalecer el escozor del desengaño, agregó cambiando enteramente de tono:  

— Se nos ha hecho tarde y tú no estás vestida para bajar al comedor. Corre a vestirte y vuelve a buscarme para que entremos juntas al restaurant. No quiero encontrarme sola frente a esa mujer. Florencio estará atrasado como siempre, no lo esperaremos.  

Al designar a Gladys con desdeñosa voz, el tono destemplado tomó a dominar en sus palabras.

Katy salió apresurada. El acento y la actitud de Rafaela la dieron la desazón de ánimo que presiente un peligro. Con esa impresión se vistió en pocos momentos. Le parecía muy importante no dejar sola a su prima en esa hora de crisis en que podía tomar alguna resolución funesta, entregada sola a su despecho.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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