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VII Al entrar, de vuelta, vio a Rafaela sentada al escritorio. Desde las primeras palabras, Katy creyó advertir en ella un aire de decisión intencional, algo de perentorio que no admite discusión. — Apenas me encontré sola, dijo con la enérgica tranquilidad de una decisión irrevocable, no tardé en ver claro lo que debo hacer. He pensado que sería una insensatez y una vergüenza dejar sin castigo a la yankee. Tanto peor para su cómplice si él tendrá que sufrir de ese castigo. Lo que he resuelto es muy sencillo. Este documento, dijo con aire victorioso, mostrando la carta de Gladys a Florencio, irá a parar mañana a manos del bonachón del marido, que cree que su mujer es una santa. — ¡Oh, Rafaela, por Dios! exclamó Katy horrorizada, piensa en el escándalo, piensa en ti y en tus hijos ¿sabes que el Mayor sería capaz de matar a Florencio? Rafaela tuvo una amarga sonrisa. — A esos Lovelaces nadie los mata, hijita, no tengas cuidado. — Pero el Mayor empezará por matar a su mujer no te figuras lo violento que es ese hombre cuando se enfada. — Si la mata hará muy bien, exclamó, el acento exasperado, de Rafaela; no hará sino tratarla como merece! — ¡Qué horror! ¡Por Dios, piensa en lo que hablas, Rafaela! yo siempre te he conocido de buen corazón y generosos sentimientos. — Ya se ha colmado la medida, se acabó toda indulgencia; ¡el que la hace que la pague! — Piénsalo hasta mañana, no te pongas enfrente de lo irreparable ¡Oh, Rafaela, no hagas esa mala acción! —Lo he pensado bastante y por nada cambiaré de resolución; tú vas a ver... Volvió casi de un salto, como para evitar que su prima la detuviese, a la pequeña mesa de escritorio y encendiendo un fósforo, alumbró una vela rosada puesta allí como un adorno de la mesa. — Mira, dijo tomando un cierro de carta en el que introdujo la de Gladys ¿no ves? para que el Mayor no dude y conozca que es realidad lo que estará viendo, el papelito de su mujer irá acompañado con esta tarjeta: “RAFAELA DE ALMAFUENTE” Delante de Katy atónita, selló el pliego con lacre y apoyó un sello con su cifra. En seguida escribió como si aquello fuera una escena de teatro, pronunciando en alta voz lo que escribía: AL MAYOR FAIRFIELD Hotel Beau Rivage, Ginebra. — Ahora, antes de entrar al restaurant pondré yo misma en tu presencia esta carta en el buzón y mañana a su llegada al hotel de Ginebra el Mayor sabrá a que atenerse sobre la virtud de la hermosa Gladys. Katy estaba anonadada. Con suplicante voz trató de hacer despertar a Rafaela de la aberración que la poseía. Ni reflexiones ni ruegos fueron bastantes a debilitar su vengativo propósito. Con fría calma oía sin responder las suplicas de su prima. — Vamos, ya es hora, dijo de repente por toda contestación, y bajaron silenciosas por el ascensor. Katy hizo amago de dirigirse a la pieza en que debía tener lugar la comida de adiós. — No, no, díjole Rafaela, vamos primero a poner la carta. En el corto espacio que tuvieron que andar para encontrarse al lado de la caja destinada a recibir la correspondencia, Katy, con voz ahogada, procuró todavía tocar el corazón de su prima. — Rafaela, hijita, ¡hazlo por mí! ¡hazlo por tus hijos! ¡no te condenes a un eterno arrepentimiento! — Todo es peor que la tortura atroz por que he pasado. Si me arrepiento después, eso querrá decir que he perdonado, y cómo sé que a la yankee hipócrita no la perdonaré nunca, sé que no habré de arrepentirme. Y lentamente, con atento cuidado, dejó caer la denunciadora misiva en el buzón, preguntando al portero del hotel que allí se encontraba — ¿A qué hora es la última recogida? — A las diez y media, Señora; es una concesión que el Director de la posta ha hecho al hotel. — Pero ¿las cartas que salen a esa hora llegan temprano a Ginebra? — Llegan para la primera distribución. Casi risueña, pasando un brazo a la cintura de Katy: — Ahora vamos a comer y mostrémonos alegres. Los demás, menos Florencio, esperaban ya en la sala preparada para la comida. Las flores dispuestas con arte, los transparentes cristales, las luces en profusión, marcaban ahí su nota de fiesta y de refinamiento. Mientras los convidados elogiaban los lujosos preparativos, Florencio entró aplaudiendo el cuadro que se ofrecía a su vista. — Están ustedes hermosísimas, dijo a las señoras, se han engalanado como para hacernos sentir todo lo que vamos a perder con esta despedida. Inclinándose como lo habría hecho en una corte besó la mano a Gladys, a Katy y a Rafaela. Gladys, extremadamente pálida, se esforzaba por sonreír; Katy, todavía bajo el imperio de la emoción por que acababa de pasar, tuvo, una forzada sonrisa; pero Rafaela, al recibir en su mano el beso de su marido, exclamó con voz que remedaba perfectamente la alegría. — Ya ven ustedes un marido modelo, que es galante hasta con su mujer. —Debías decir, mi querida: siempre con su mujer. —Es verdad, jamás ha dejado de serlo, dijo Rafaela. Y aunque la modulación de la voz pareció festiva, los demás, menos el Mayor Fairfield, alcanzaron muy bien a percibir el eco de amarga ironía envuelto en la aparente chanza de aquella declaración. Así, aunque la mayoría de los que se sentaron alrededor de la mesa sentía el sordo malestar de la dramática situación en que se encontraban reunidos, era visible que todos se esforzaron desde el principio por dar a la conversación un tono de alegría y de afectuosa amistad. El Mayor y el ingeniero habrían querido hablar del encuentro en que, horas antes, Florencio había dado tan elocuente prueba de su sereno valor; pero era imposible hacerlo delante de Rafaela, a la que habían ocultado el incidente de la villa Lemán. Katy, recobrada ya de sus recientes impresiones, había conseguido sobreponerse al terror con que la agobiaba la idea de la carta arrojada a la caja de la correspondencia. Todo su empeño se concentraba en sacar a Gladys de su comprometiente silencio. Veíala cambiar de cuando en cuando con Florencio miradas de terror. La palidez no quitaba a su rostro el encanto de su belleza; pero la inquietud de su espíritu desde que sabía que su carta no había llegado a manos de Almafuente, le quitaba la lucidez del pensamiento con su amenaza de alguna tremenda revelación. En medio de esa atmósfera de ficticia alegría, la voz de Rafaela dominaba. Nunca, durante aquella estación de más de dos meses, pasados en un trato diario de creciente intimidad, los que asistían a aquella comida recordaban haberla visto como en ese momento. El lánguido sentimentalismo de un estado moral de continua desconfianza, no era ya el rasgo dominante de esa mujer, a la que la riqueza y las satisfacciones vanidosas del lujo no bastaban para hacerla olvidar las exigencias del corazón no satisfechas. Consciente al fin de su poder, recordaba que la naturaleza la había dotado de atractivos que sabrían hacerse apreciar y de una voluntad porfiada para sobreponer su personalidad a la ajena en todos los actos de su vida. La convicción de que la suerte de su última rival estaba entre sus manos, de que desde esa noche iba a cesar el suplicio de una intimidad humillante, a la que el temor de una ruptura con Florencio la había hecho someterse, le avivaban la inteligencia embotada y le permitían conservar la energía, que empezaba a faltarle, después de la forzada viveza de los primeros momentos. Una noticia de la crónica parisiense, publicada en los diarios llegados por la mañana vino a ofrecer a Rafaela el tema que buscaba para hacer sentir a Gladys y a Florencio el peso de su traición. — ¿Han leído ustedes en el Fígaro de ayer el último escándalo del mundo elegante de París? Las conversaciones cesaron y todos se volvieron hacia ella. — Mr. Gastonnière, el clubman bien conocido- refirió Rafaela, el que ganó el año pasado el gran premio de Auteuil, al volver en auto-place a su casa, divisó a la bella Adelaida su mujer, discretamente oculta en un fiacre cerrado, entre los brazos del millonario americano Mr. Robsay. — ¡Cabeza de Mr. Gastonnière!, exclamó Florencio con perfecta desenvoltura, al usar esa familiar expresión. — Sí, dijo el Mayor Fairfield con voz cortante; pero Mr. Gastonnière no se turbó con ese encuentro. Siguió al fiacre en su auto, y cuando los enamorados imprudentes bajaron corriendo delante de una puerta y quisieron entrar a una pieza del piso bajo, él disparó su revólver a quemar ropas sobre el galán compatriota, que cayó muerto a los pies de la bella. — Eso pasa con tanta frecuencia, con más o menos variante, que los periodistas tienen que inventarlo cuando no sucede, observó Florencio. — Pero eso no quita que el balazo fuese bien dado y soberanamente merecido. El acento del Mayor no dejaba duda sobre lo que sería su conducta si se hallara en la situación del marido. Resueltamente lo secundó Rafaela — Lo justo es que los hubiese muerto a los dos. Seguidas de un silencio que todos encontraron embarazoso, esas palabras tuvieron una resonancia destemplada de cruel satisfacción. — ¡Qué terrible hecatombe! mi querida, exclamó Florencio para quitar su aspereza a la exclamación de su mujer. — Todo hombre debe defender su honor, dijo con aire sentencioso el Mayor Fairfield. —Florencio replicó con el tono de una paradoja humorística: — El honor es un falso dios al que no debe tributarse un ciego culto. En ciertas tribus de África cuentan los viajeros, que un marido se creería insultado si el forastero desdeñase a su mujer al recibir la hospitalidad. Y añadió con aire de seria convicción: — La ciencia moderna de la criminalidad admite las circunstancias agravantes y las atenuantes. Esas distinciones deben aplicarse al adulterio más que a cualquier otro delito. Entonces se oyó la voz de Gladys resonar clara y persuasiva, cual si anunciase algo de evidente. — Y ahí está el divorcio para resolver toda dificultad entre esposos que han dejado de quererse o de entenderse. La frase sonó como una amenaza en los oídos de Rafaela. — Para nosotros los católicos no hay divorcio como ustedes lo entienden, dijo la joven con aire de triunfo... Vickery se interpuso antes que Rafaela continuase. — La conversación ha bifurcado hacia el divorcio; yo prefiero ese tema al del castigo que debe darse a los adúlteros. — Cierto, mucho mejor, exclamó Katy, aplaudiendo la intervención de su marido. El giro que iba tomando la conversación le parecía peligroso. — Y como ninguno de nosotros está amenazado de divorcio, bebamos una última copa a nuestra buena amistad y por que podamos renovar el año entrante a orillas de este lago encantador, los días que acabamos de pasar. Todos aplaudieron, con ánimo sincero o irónico, según el estado de alma de cada uno. El café y los cigarros hicieron levantarse de la mesa a los convidados y distribuirse en grupos familiares. Así pareció calmarse la atmósfera ardiente que había nacido de la discusión tendenciosa promovida por Rafaela. Florencio y Gladys se apartaron a un sofá lejano en compañía de Katy. Esta, como absorta en algún pensamiento fijo que le embargaba toda su atención, no pareció preocuparse de lo que los dos enamorados se decían casi entre dientes, afectando hablar de cosas insignificantes. — ¿A qué carta se refería usted hoy al hablarme? preguntó Almafuente. — A una carta que escribí a usted cuando nos separamos anoche y que yo misma puse en el buzón. — ¡Ah! ¡mi linda amiga! ¡qué imprudencia! escribirme por esa vía! Mi mujer recibe y abre todas mis cartas. — No podía conformarme con la manera como nos separamos anoche, dijo la joven, devorando al hermoso galán con la mirada. — Y yo mucho menos, mi cruel darling, dijo él, aludiendo a la fuga de la despedida. Y agregó, correspondiendo a la ardiente mirada que lo abrasaba: — Y si estuviésemos solos, lindísima señora, la ahogaría a usted a fuerza de besos, para castigarla por su manera de cerrarme la puerta. — ¡Oh, Florencio!, exclamó la joven ¡será posible que vayamos a separarnos para siempre! Dígame una palabra y mañana mismo confieso a mi marido mi amor a usted y exijo el divorcio para ser su mujer. — ¡Por Dios, no cometa usted esa imprudencia! exclamó Almafuente alarmado por el rayo de resolución que fulguró en los ojos de Gladys. Esta última frase fue dicha por él con precipitación. Katy se separaba de ellos en ese instante. — Dispénsenme ustedes que los deje; ahora solamente me acuerdo que olvidé cerrar mi armario donde tengo mis alhajas y mi dinero. Al verla salir, Gladys y Florencio se apresuraron a juntarse con los demás. Ambos, sin atreverse a mirar a Rafaela, oían su voz nerviosa en el ruido de la conversación y se figuraban sentir sobre ellos su inquisidora mirada. Mientras tanto, Katy bajaba corriendo la gran escalera del hotel, sin tener paciencia para esperar el ascensor. Aquel acto de abandonar a sus amigos era el resultado de la desesperante conmoción de su espíritu, desde que había visto a Rafaela poner la carta de Gladys en el buzón. ¿Cómo impedir que esa carta fuese a ser entregada en manos del Mayor Fairfield al llegar a Ginebra? Katy temblaba al pensar en las trágicas consecuencias que infaliblemente habrían de producirse si ella no acertase a resolver ese problema amenazador. Y la solución tenía el carácter apremiante del tiempo limitadísimo en que debía llegarse a ella. Durante la comida su cerebro encendido por la fiebre de la emoción no le permitió concentrar sus ideas ante esta realidad espantable. Con amarga previsión veía el gesto de horror o de sarcasmo en que se trocaría al día siguiente la festiva expresión de los convidados, si ella, la única poseedora del terrible secreto, no consiguiera detener el rayo de que estaban todos ellos amenazados. A fuerza de recapacitar, su porfiada voluntad triunfó al fin del pánico que le impedía toda reflexión. Su buen sentido le dijo, cuando se levantaba de la mesa, que no había sino un solo arbitrio de salvación y era menester tentarlo al instante. El conserje del hotel había dicho a Rafaela que no quedaba sino la última recogida de cartas, a las diez y media de la noche. En un reloj sobre la chimenea del comedor vio, que iban a ser las diez. Fue entonces cuando Gladys y Florencio la vieron separarse de ellos precipitadamente. Su determinación estaba tomada. La prisa con que había bajado la escalera le cortaba la respiración. Jadeante y tratando de ocultarse, salió por la puerta de servicio del hotel y se ocultó en un bosquecillo de plantas y flores, dispuesto de manera a dar una risueña perspectiva a esa salida. Ahí le quedaban todavía como veinte minutos para reflexionar. Los disparatados proyectos para apoderarse de la carta se agolpaban en su imaginación como diablillos fantásticos en alguna danza infernal. Todos terminaban por clamores burlescos, despedazando las angustiadas esperanzas de la joven. No le quedaba más recurso que el único racional de afrontar con ánimo resuelto la terrible dificultad: conquistar al cartero cuando saliese del hotel con su morral de cartas. Afianzada su resolución esperó más tranquila. No pudo evitar, sin embargo, que temblase su cuerpo con un súbito escalofrío, al ver al cartero pasar junto a ella y dirigirse a la caja de la correspondencia. A la fulgurante luz de los faroles vio que era un hombre joven todavía. Las fatigas de la profesión y sin duda los cuidados de los escasos medios de subsistencia, marcaban sobre su rostro el tinte casi enfermizo de una salud precaria. Ese era el adversario, pensó Katy con esperanza desfalleciente, ese era el hombre que iba a tener en sus manos el botón eléctrico que hace estallar la mina. Con él tendría que trabar en un momento más la problemática lucha. El cartero había abierto, mientras tanto, la caja del buzón y sacado a manojos el contenido. Lo vio en seguida mirar cuidadosamente por el suelo, al tiempo de echar llave a la caja, para cerciorarse de que ninguna carta había caído. Después de esto, el hombre emprendió la marcha con el paso cadencioso y maquinal de la inveterada costumbre. Katy salió tras él y apresuró el paso al verlo llegar a un punto completamente solitario, al que alcanzaba con dificultad el alumbrado de la calle. — Señor cartero, señor cartero, oyó el andante la desfallecida voz que lo llama. Viendo que era una mujer se detuvo. — ¿Qué hay para su servicio? mi pequeña dama. El traje elegante de Mrs. Vickery le valía la voz de complaciente entonación que resonó en esa pregunta. La joven no tuvo necesidad de fingirse turbada para contestar: — ¡Ah! señor cartero, soy una pobre mujer muy desgraciada y usted puede salvarme del peligro que amenaza mi vida. «Esta es alguna loca que se ha escapado del manicomio», pensó el hombre para sus adentros, «lo mejor será tratarla con dulzura.» — ¿Yo? mi pequeña dama ¿cómo puedo salvarla? yo soy también un pobre hombre, pero si en algo puedo servirla, aquí me tiene. Con expresión de sincera verdad, alentada por tan buen principio, Katy pareció hacer un esfuerzo para revelar un secreto. — Soy tan desgraciada y usted parece tan bueno, que le voy a hablar como si fuese un gran amigo. Tengo que confesar a usted la falta que me ha puesto en tan terrible situación. Usted es la única persona que puede salvarme. Cubriéndose a medias el rostro con las manos, murmuró como entre sollozos la relación que había improvisado. «Su coquetería y su ligereza le habían hecho olvidar sus deberes hasta tener un amante. Desde hace poco tiempo y sin que ella lo sospechase, su marido se había puesto a vigilarla de tal modo que ella había tenido que usar de mil ardides para corresponder con su cómplice, escribiéndose. Su costurera, en la que tenía absoluta confianza, era la que servía a esa correspondencia. Por una disputa insignificante y tal vez cohechada por el marido, la costurera se convirtió en enemiga suya y pudo fácilmente traicionarla. Aquella misma noche puso en el buzón del hotel una carta rotulada para el marido, juntamente con la que ella le había entregado para el amante. Ella acababa de saber esto por su criada, a la que la costurera había revelado su venganza. Si la carta llegaba a manos de su marido, seguramente la mataría, porque era un hombre de violencia extrema é incapaz de perdonar». Era, en suma, la misma situación que la que la obligaba a dar el peligroso paso en que se hallaba comprometida. Mientras hablaba, el cartero tuvo tiempo de reflexionar. En su ruda sindéresis de hombre del pueblo, divisó confusamente que si bien el caso le ofrecía la posibilidad de encontrar un beneficio pecuniario, el riesgo de perder su empleo le imponía la necesidad de llevar hasta un grado extremo su exigencia. — Y entonces ¿qué puedo hacer yo?, dijo con aire brusco, ¿qué tengo que hacer con toda esta historia? — ¡Ah! señor, exclamó Katy temblando amedrentada, ¿qué le costaría a usted darme la carta? Nadie podría saberlo y con esa obra de caridad salvaría usted a una infeliz mujer, que sabría agradecérselo y recompensar su buena acción. — ¡Darle a usted la carta! prorrumpió el hombre con indignada extrañeza, ¡darle a usted la carta! ¡pero mi pequeña dama, no ve usted que me pide que falte a mi deber y que si llegasen a saberlo en la Administración me arrojarían a la calle! La miseria ¡qué! la miseria para mí, para mi mujer y mis hijos! Vaya con la idea ¡que le entregue la carta! ¡Usted no piensa en lo que ha dicho! Todas las modulaciones posibles de la sorpresa resonaron gradual y alternativamente en aquellas exclamaciones. El hombre se alentaba con el sonido de su voz, apoyaba con ademanes enérgicos sus frases atropelladas, hacía ademán de marcharse, erguido, con el intransigente mandato de su deber. Katy, bañado el rostro de verdaderas lágrimas, se apoderó de una de las manos del cartero. — ¡Ah! por piedad, no hable usted así; nadie llegaría a saber que usted me ha entregado la carta y yo sabré recompensarlo, se lo juro. Imploró con vehemencia el nombre de Dios; invocó la imagen de la mujer y de los hijos que el cartero acababa de mencionar; hizo suplicante su voz y sin esfuerzo alguno le dio el eco desgarrador de su desesperación y al pensar que no conseguiría vencer la inflexibilidad de aquel hombre, llegó al punto de querer detenerlo cuando hacía ademán de marcharse. Ninguna de sus humildes súplicas, ninguna de sus invocaciones al padre de familia, penetraban, sin embargo, como agentes persuasivos de la implorante joven en la imaginación del hombre. Pero en medio de esos ruegos encarecidos, unas pocas de sus palabras, sin embargo, habían hecho brillar en el cerebro de su interlocutor la corruptora tentación del interés pecuniario. — Todo esto está muy bien, mi pequeña dama; pero yo no me puedo exponer a quedarme en la calle y que mi mujer y mis hijos se mueran de hambre ¿comprende usted? Así abría la puerta a las transacciones. La posibilidad de aprovechar esa ocasión inesperada y única, arrollaba su inflexibilidad, como arrastra una débil valla el torrente desencadenado. Al empuje del sueño de ambición latente, que germina en los poderosos y los humildes como oculta simiente de fantásticos antojos, el hombre se dejó dominar por las promesas de recompensa que prodigaba Katy en su desesperada desolación. — Usted habla de recompensa, exclamó el hombre con acento áspero, deseoso de disculpar su flaqueza después de su primera intransigencia; ¡recompensa! ¡recompensa! Sepa usted que si tengo la debilidad de oírla, es por pura compasión, por pura lástima que me da! Katy se lanzó con ardor en esa vía. Después de algunas palabras destinadas a bendecir el buen corazón de su interlocutor, acometió resueltamente la cuestión pecuniaria. Parecióle que deslumbraría al funcionario postal con una oferta de cien francos. Al oír mencionar la suma, el cartero, con un movimiento brusco, levantando los hombros con despreciativo ademán: — ¡Vamos! refunfuñó, es inútil seguir hablando, buenas noches mi pequeña dama. Mas en su movimiento no ofreció verdadera resistencia al ademán de la joven, que le tomó una mano, persuadida ya de que el hombre había usado ese simulacro de despedida como simple medio de intimidación. La ambiciosa perspectiva de agrandar el pobre cortijo, herencia de su mujer con el terreno siempre ambicionado del vecino, de comprar dos vacas lecheras, que llegarían a producir un buen incremento de los pocos francos de su sueldo de retiro, había encendido ya sus luces de Bengala en su rústica mente. Ya no podría resolverse a quedar a obscuras después de esa aureola de luces en el horizonte de su humilde existencia. Katy continuó poco a poco sus ofertas. Al fin, llegada la discusión a la suma de cuatrocientos francos, el hombre aceptó sin más resistir y abrió el abultado morral, exclamando, mientras Katy buscaba entre las cartas: — ¡Ah! si es un pliego recomendado no cuente usted con él, mi pequeña dama. — No, no, esté usted seguro que no, va usted a ver, yo conozco la letra. Sus manos ágiles no tardaron en hallar la carta rotulada por Rafaela. — ¡Esta, es esta! para que usted vea de que la conozco voy a decirle cómo está rotulada sin leer el sobre : AL MAYOR FAIRFIELD Hotel Beau Rivage Ginebra. Sacó cuatrocientos francos en billetes de banco, de su cartera, púsolos en manos del hombre y corrió apresurada al hotel, pareciéndole que para alumbrarse el camino el número de las luces había redoblado, como si hubiera una fiesta de gala extraordinaria. — ¡Victoria! ¡Victoria! exclamó alborozada al entrar a su aposento, dejándose caer al lado de su marido que leía, cabeceando, el « New-York Herald.»
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