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IV

IV

      Damián Ramillo llegó a las ocho de la mañana del día siguiente a casa de Mariano Tudela.

      Este oyó la relación que le hizo su tío de los proyectos de Mariluán.

      —Lo que debemos evitar a todo trance es que Canchaleu hable con Mariluán —dijo el hermano de Rosa—; porque ese indio se valdrá de él para entablar el reclamo en contra de nosotros.

      —¿Y no será mejor hacerlos prender a todos la noche en que deben reunirse? —preguntó Damián.

      —Entonces reclamarán los herederos o él mismo Canchaleu desde su prisión —respondió Mariano—, y lo que nosotros debemos evitar es que este negocio salga a luz.

      —Mucho insistí —dijo Ramillo— para que Mariluán hiciese tomar parte en la conspiración a la tropa de su regimiento. De este modo, con una simple denuncia de algún soldado a quien era fácil corromper, Mariluán sería tomado preso y juzgado: de aquí hubiéramos sacado gran ventaja nosotros comprometiendo a Canchaleu; pero Mariluán se ha opuesto formalmente a ello.

      —Y entonces ¿qué hacemos? —preguntó Mariano.

      —Esperar el día de la reunión de los caciques. Tendremos prevenido al comandante de armas, y con un piquete de tropa se les sorprende a todos a un tiempo. Si se defienden, tanto peor para ellos: de todos modos, o Canchaleu cae prisionero, o tiene que morir en el combate.

      —Por mi parte —dijo Mariano Tudela—, yo deseo ante todo que Mariluán se retire de mi casa: creo por lo poco que hablé anoche con Rosa, que ella le ama, y entre tanto yo tengo casi ajustado su casamiento con don Claudio Retamo, como tú sabes. Si las visitas de Mariluán llegan a oídos de don Claudio, el hombre puede desanimarse, aunque me habló de Rosa con mucho interés. De todos modos, yo quiero que ese casamiento se haga, porque don Claudio está cada día más rico y su apoyo puede servirme mucho para nuestros negocios en Talcahuano.

      —No hay más entonces que cerrar la casa a Mariluán —contestó Damián Ramillo.

      —Tú tienes amistad con él y podrías servirme en esta ocasión —le dijo su sobrino.

      —¡Imposible! —exclamó Ramillo—. ¿No ves que yo debo seguir en buenas relaciones con él hasta el día de su cita con los indios? De otro modo, Mariluán entra en sospechas y da contraorden, con lo cual ni evitamos que venga Canchaleu ni nos aseguramos de su persona.

      —Antes de salir de Talcahuano —dijo Mariano—, don Claudio me prometió que vendría a verme muy luego: si al llegar a casa encuentra a Mariluán, el matrimonio no se efectúa, porque él es bastante malicioso para conocer la inclinación de Rosa. ¿Qué haremos para que este indio se retire? Mi madre tiene la culpa de haberlo recibido aquí —añadió con disgusto.

      —Lo único que yo puedo hacer —dijo Ramillo— es asegurarle lo que anoche le conté vagamente: es decir, que tú piensas casar a Rosa con don Claudio.

      —¿Irás a verle ahora?

      —Hoy mismo.

      —Bien; yo acá procuraré arreglar las cosas para que él se retire de la casa.

      Damián Ramillo se despidió de su sobrino, que de allí se dirigió al comedor en que su madre y Rosa le esperaban.

      El almuerzo fue delicioso. Mariano esperó haber concluido y que la criada que servía se hubiese retirado para hablar del asunto que le preocupaba.

      —Madre —dijo a doña Andrea—, ¿para qué fue a recibir aquí ese oficial Mariluán, que me dicen viene todas las noches?

      Rosa bajó la vista y se puso muy pálida. Su primer deseo fue el de levantarse y salir de la pieza; pero se armó de resolución y esperó la contestación de su madre.

      —Le trajeron aquí —respondió doña Andrea—, y como no había motivo para no recibirle, le ofrecí la casa.

      —¿Usted no sabe que es indio, entonces? —preguntó Mariano.

      Rosa levantó los ojos y miró resueltamente a su hermano. Un vivo encarnado había hecho desaparecer la palidez de sus mejillas.

      Mariano aparentó no ver esa mirada y prosiguió:

      —Una niña como Rosa pierde con estas visitas, porque la gente decente se retira de las casas donde reciben hombres como ése.

      —Pero éste es un joven bien criado —contestó la madre—, y en todas partes le reciben aquí.

      —No importa —replicó el hijo con voz áspera—; nosotros no debemos recibirle más. Cuando don Claudio estuvo aquí el mes pasado, quedó muy contentó de la casa y ahora, en Talcahuano, me habló de Rosa con mucho interés. Don Claudio es un partido envidiable para cualquier niña: ahora, figúrese que sin tener aquí ningún negocio de importancia, me ha ofrecido una visita. Claro está que viene por Rosa, y así me lo dejó entender. ¿Qué diría si al llegar se encontrase con la casa visitada por oficialillos que no tienen más que su sueldo, y que uno de ellos se acerca a su hija de usted?

      —¿Y quién es ese? —preguntó doña Andrea, mientras que Rosa había vuelto a bajar la cabeza, como para ocultar el encendido color de sus mejillas.

      —¿Quién? El indio —contestó Mariano—: anoche me lo dijeron varias personas con quienes hablé.

      —En fin, hijo —repuso la señora, convencida por los argumentos de Mariano y halagada con la perspectiva que éste le presentaba de tener un yerno rico—, tú eres el dueño de casa y puedes hacer lo que te parezca mejor.

      —Como yo no conozco a ese mozo —dijo Mariano—, no puedo ir a verle para decirle que no vuelva más aquí; pero usted y Rosa deben darle a entender que es preciso que se retire.

      —¡Yo no lo haré nunca! —exclamó Rosa, levantándose de su asiento, como para infundirse valor con ese movimiento.

      —¡Ah! ¿Y por qué? —preguntó Mariano con imperativa voz.

      —Porque no hay motivo para ofender así a un joven que nada malo nos ha hecho —contestó ella, con voz temblorosa, pero al parecer resuelta.

      —Cuando yo digo que esas vistas no me gustan, es preciso que salga de la casa —exclamó Mariano irritado.

      —Puedes decírselo tú —replicó Rosa.

      —Le defiendes como si le amases —observó el joven en tono burlón.

      —¿Y eso qué tendría de extraño? —contestó con energía la niña.

      —Bueno, yo lo arreglaré todo y haré que en esta casa se haga mi voluntad —dijo Mariano, saliendo de la pieza, cuya puerta se cerró con despecho.

      Rosa se arrojó llorando en brazos de su madre.

      Mariano llegó al cuarto de la casa que le servía de habitación. En medio de aquel cuarto había una mesa de madera pintada de colorado, cubierta con una de esas grandes mantas que usan en el sur y que llaman chaños ordinariamente. Sobre esa mesa se veía un tintero con algunas viejas plumas de ganso   y algunas hojas de papel de carta.

      Mariano se dirigió a la mesa apenas entró en el cuarto, se sentó, tomó una pluma y se puso a escribir. En la línea superior, puso con bastante buena letra lo siguiente:

                  "Señor don Fermín Mariluán:

y a continuación escribió las líneas que siguen, después de meditar un rato y de enmendar algunas palabras que reemplazaba por otras:

      "Muy señor mío:

      "Como no tengo el gusto de conocer a usted personalmente, he creído que sería más acertado dirigirle la presente, porque así es más fácil decir lo que se desea. A mi llegada a este pueblo, he sabido que mi madre ha recibido varias veces visitas durante mi ausencia, pues ella no estaba al cabo de los compromisos que yo he contraído acerca de mi hermana Rosa. A usted no se le ocultará que cuando una señorita está visitada por jóvenes, esto la compromete a los ojos de los demás, y si alguno se interesa por ella con el agrado de su familia, esto puede darle ocasión de pensar que no se cumplen con él los compromisos que se han formado. En este caso me hallo desde mi llegada, y por tal razón me veo en la dura necesidad de hacerlo presente a los que visitan a mi casa, para cumplir así mi palabra con la persona que debe ser mi hermano político, a quien naturalmente no deben agradarle las visitas de otros jóvenes que pueden interesarse por la que va a ser su esposa.

      "Espero, señor, me disculpará usted esta franqueza, pues la empleo por los motivos arriba indicados, y le ruego que, aun retirándose de mi casa, se sirva contar con el aprecio de su obsecuente servidor que S. M. B.

                                                                           "Mariano Tudela".

      Esta carta llegó a manos de Mariluán pocos momentos después que Ramillo había salido de su casa.

      Lejos de prevenir el ánimo de Mariluán, como acababa de ofrecerlo a su sobrino, Ramillo se había limitado a repetirle lo que acerca de los compromisos de Mariano había dicho el día precedente. Su empeño de desterrar las sospechas de Mariluán sobre su verdadera conducta y el interés que tenía de continuar disponiendo de su entera confianza, le indujeron a renovar la conversación acerca de los planes de guerra, para reiterar sus protestas de adhesión a ellos y hacer alarde de un entusiasmo ilimitado. Así fue que la carta de Mariano vino a sorprender a Mariluán en medio de la completa tranquilidad que le inspiraba la idea de conquistarse el aprecio del hermano de Rosa, como se había conquistado el de su madre.

      Sin embargo el turbulento carácter de Mariluán, su buen sentido le hizo formular esta reflexión después de la lectura de esta carta.

      Por su parte él tiene razón.

      Más no por esto creyó hallarse obligado a renunciar a los derechos que le daba el amor de Rosa. Su espíritu, que enardecían los obstáculos, le aconsejó aceptar la guerra con la misma franqueza que empleaba el hermano de su querida para declarársela. Demasiado altanero para traspasar la puerta de una casa que tan formalmente se le despedía, Mariluán escribió la siguiente contestación:

                  "Señor don Mariano Tudela.

                  "Muy señor mío:

      "Reconozco a usted la libertad completa con que ha contraído compromiso sobre la suerte de su hermana; pero a nombre de ella y a mi nombre, repruebo formalmente esos compromisos: como consecuencia de esta decisión no puedo respetarlos. Mi fuerza proviene de los derechos que Dios ha otorgado a los corazones de buscarse por el amor y unirse por el juramento. Rosa y yo nos amamos y nos hemos jurado constancia. Miro como sagrado este compromiso y lo cumpliré mientras ella no lo olvide. Por consiguiente, el deseo que usted me manifiesta de no verme en su casa se cumplirá; el deseo que usted tiene de dar a otro la mano de su hermana, no.

      "Alega usted los derechos de tutoría que la ley de los hombres le concede; yo, los de amante correspondido, que amparan las leyes de la naturaleza y de su Hacedor. ¿Quién vencerá? El tiempo va a decidirlo: yo desde hoy me apercibo para la lucha.

      "Espero que reconocerá usted que he contestado a la franqueza de su carta con igual franqueza y que acepte la consideración de S. S. que B. S. M.

      "Fermín Mariluán.

      Después de cerrar esta carta, escribió la siguiente a Rosa Tudela:

      "Señorita:

      "Una indicación muy cortés de su hermano me cierra las puertas de su casa. ¿Debo esperar también que su autoridad me cierra el corazón de usted? En su nombre y en el mío, he contestado que seguiremos amándonos; más, para persistir en el intento, necesito de nueva autorización de usted: la espero más enamorado que nunca".

      Firmó esta carta y las envió ambas con Caleu, después de suministrar los medios de hacer llegar la última a manos de Rosa, valiéndose de la criada.

      Mariano arrojó con despecho la carta que le iba dirigida. La resolución que respiraba sus palabras le hizo exclamar:

      —¿Quiere guerra? ¡Pues bien, la tendrá y sin cuartel!

      Rosa leyó, casi al mismo tiempo, su carta y renovó sus juramentos de amorosa constancia en lo interior del pecho, con el fervor que emplea la mujer en la observancia de todo culto que le cautiva el corazón. Mientras hacía estos juramentos mudos, buscó con diligencia un lápiz y escribió a Mariluán la siguiente contestación.

      "Yo le amaré siempre y nunca perteneceré a otro. Tengo miedo que mi hermano me sorprenda escribiéndole, por eso no le diré nada más; pero si usted halla modo de ir mañana en la noche a casa de doña Marcelina Llanos, que celebra su día, podremos hablar mejor que por cartas".

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