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IX

IX

La presencia de la tropa que así llegaba a sorprender a los indios se explica con los que ya hemos dicho sobre los intereses de Damián Ramillo, quien, hallándose al cabo de los designios de Mariluán y habiéndole facilitado los medios de fugarse, dio avisos necesarios para hacerle prender con los caciques. En el carácter de Ramillo se comprende sin dificultad que, al transmitir esos avisos, hubiese tomado ciertas precauciones para añejar las sospechas que sobre él pudieran recaer de tal denuncia. El tiempo empleado en preparar a la tropa en llegar al punto de la reunión había dado lugar para que en la entrevista tuviese cabida las explicaciones que a la ligera dejamos referidas.

Mariluán conoció con una mirada rápida y certera que creyéndolos tal vez en menor numero, el que mandaba la fuerza del Gobierno los había hecho rodear, debilitando así el poder de la resistencia. En el centro, sin embargo, había alguna tropa de infantería cívica reunida muy ligera. De este centro partían dos alas compuestas de caballería. Estas observaciones decidieron a Mariluán por el ataque, decisión que comunicó a su hermano Cayo y a los demás caciques en pocas palabras.

—Lo que nos importa —dijo— es franquearnos el paso; mas para hacerlo debemos desorganizarlos con un ataque vigoroso. No debemos huir cuando hayamos roto su línea, sino empeñar con ellos un ligero combate, a fin de impedirle que nos molesten en la retirada. El punto de reunión será la casa de Cayo: allí nos reuniremos para la guerra.

Dicho esto organizó su gente en dos columnas que, llegadas al centro de los enemigos, debían dividirse para destruir las dos alas y ponerse en retirada al toque de una corneta que había llevado Caleu. Después de estas medidas que Mariluán explicó a los caciques, dio con voz entera y enérgica la orden de cargar.

Las dos columnas de indios se lanzaron en veloz carrera, con Mariluán y Cayo a la cabeza, cayendo sobre el centro de la tropa que la rodeaba. Esta, que contaba con menor número de enemigos y estaba muy lejos de esperar un ataque de los que se preparaba a tomar prisioneros sin que pusieran resistencia, recibió a los indios con una descarga cerrada. Las balas fueron a tronchar las copas de los árboles, sin herir a uno sólo de los agresores. Hecha esta descarga, los cívicos rompieron filas, antes que los indios hubiesen llegado hasta ellos, con lo cual, éstos, no encontrando obstáculo en el centro, ejecutaron la evolución ordenada por Mariluán sobre los flancos.

No se hallaban tampoco los flancos preparados para resistir en la disposición que describimos. Replegándose los unos sobre los otros al rudo ataque de los araucanos, pronto la confusión y el desorden se introdujeron en ambas alas, lo que daba mayor empuje a los indios y desmoralizaba por instantes a la tropa del Gobierno. Sin embargo, llegó un momento, casi a un mismo tiempo en las dos alas, en que agrupados a los extremos los soldados que retrocedían, formaron pelotones compactos en los que la resistencia se hizo enérgica y eran desesperados los golpes de los agredidos. Muchas lanzas de araucanos caían tronchadas al golpe de los hachazos con que los soldados desviaban de su pecho las puntas que, blandiéndose, les amenazaban. Aquella resistencia y la proximidad en que los combatientes se encontraban, empezaron a embarazar los movimientos de los araucanos, que daban vueltas a sus caballos para tomar distancia conveniente y arremetían con furor a estrellarse contra los sables de los soldados.

Al ruido de las armas se unía el chivateo general de los indios, el movimiento de los caballos y las voces de los jefes, aumentándose la confusión con el empeño de los oficiales en organizar los pelotones para atacar a su vez. Mariluán conoció entonces que prolongándose la resistencia y estableciéndose el orden entre los contrarios, prendía, en caso de ser derrotado, la oportunidad de retirarse, y dio la voz a Caleu, que tocó la señal convenida.

El sonido de la corneta hizo ponerse en marcha a los indios acostumbrados a esta clase de escaramuzas, y los del gobierno, juzgando que ese sonido ordenaba alguna nueva maniobra y separados los unos de los otros por la destrucción del centro en que se apoyaban, sólo pensaron en perseguir a los que se retiraban cuando los indios habían emprendido la carrera y se hallaban ya a una distancia considerable.

A ese paso corrieron cerca de media legua, y a la voz de Mariluán hicieron alto. A lo lejos se oía el ruido de los soldados que les perseguían, después de haber perdido algunos minutos en reponerse de la confusión en que habían quedado. Después de algunos instantes de reposo, dio Mariluán de nuevo la orden de la marcha. En una segunda parada no se oía ya el ruido de los perseguidores, que habiendo corrido poco más de media legua, renunciaron a seguir adelante. La fuerza de Mariluán tomó entonces un paso más regular, dirigiéndose al Bío-Bío, que pasó dos horas después de haber emprendido la retirada, y continuo su marcha con entera seguridad.

Durante la última parte del cambio, los caciques se habían reunido y conversaban acerca del ligero combate que acababa de tener. No habían perdido ningún jinete y los heridos no eran muchos, no de gravedad, mientras que habían visto rodar por tierra a varios soldados del Gobierno. Aquel éxito completo, obtenido con tan pequeño número de guerreros, les hizo elevar un coro de alabanzas a Mariluán, que caminaba delante de ellos hablando con su hermano Cayo. Maravillábanse sobre todo de la ligereza con que el nuevo jefe había adoptado el plan de ataque, de la exactitud de sus previsiones y del sereno valor con que había hecho ejecutar sus acertadas órdenes. Los resultados de aquella escaramuza colocaron a Mariluán a grandes alturas en la consideración de los indios, que desde ese momento le otorgaron la más ilimitada confianza.

Entre tanto, Mariluán caminaba ala lado de Cayo engolfado en sus recuerdos de infancia, que los lugares que recorría y las personas de que iba rodeado evocaban en su memoria. A vueltas de un matorral, cuya espesura hacía más misteriosa la luz plateada de la luna, próxima a ocultarse en el horizonte; sobre las ondas del arroyo que enturbiaban, al pasar, los cascos de las cabalgaduras; en los recodos de los senderos bordados de verde hierba, se levantaban, cual fantasmas que se despiertan, sus ideas de la niñez; tomaban formas las reminiscencias extraviadas en la memoria y alzaban su alegre voz las ideales felicidades de los años perdidos. Uníase entonces el presente al pasado en el espíritu de Mariluán, que saludaba con alma reverente a las divinidades de los primeros años, juraba con orgullo la emancipación, por medio de la libertad y del trabajo civilizador, de la raza cuya sangre circulaba por sus venas, y en el fondo del corazón, dorada por los reflejos del amor, brillaba la imagen de Rosa como luz reservada para iluminar la siempre fantástica dicha del porvenir. En el suelo que le había visto nacer, con las palpitaciones del corazón producidas por el reciente combate, con la guerra en perspectiva y el amor venturoso en esperanza, Mariluán se sentía poderoso y feliz en aquel momento.

La comitiva llegó al rayar el alba al Butalmapu o distrito gobernado por Cayo, bajo la dirección del prudente Leviluán. Una turba de mujeres y niños recibió a los guerreros al lado de grandes hogueras, junto a las que, al parecer, habían velado esperándoles. Los caciques expresaron, por boca de Leviluán la admiración que les había inspirado la conducta de su nuevo caudillo y despacharon aviso a las demás reducciones para anunciarles lo acontecido, encomiando el valor y pericia militar de Mariluán y pidiéndoles su cooperación en la guerra que iban a emprender.

En Los Ángeles reinaba al mismo tiempo la alarma producida por el combate, cuyos pormenores se comentaban con el miedo que infunden los indios a las poblaciones de la frontera, dándoles los sombríos colores del pavor y señalándoles como precursores de una serie de ataques, que en pos de sí arrastrarían las calamidades infinitas que siempre los han señalado.

Todos los corrillos daban una versión distinta a la fuga de Mariluán, suponiendo algunos que había sostenido un combate contra la guardia del cuartel para salir de él, y haciéndole otros vagar por los tejados como un fantasma. Las mujeres se representaban la figura del joven oficial como el tipo del amante que los sueños prometen a cada corazón joven, y las que habían pasado el período alegre y ardiente de las ilusiones, en hombros de los años, trataban de pintarles con los negros colores que debe suponerse en un caudillo de hordas devastadoras y salvajes.

Así, el nombre de Fermín Mariluán resonaba en toda la frontera, como el del genio de la guerra entre los suyos, como el del amor entre las mujeres y como el azote de la humanidad entre sus enemigos y la gente asustadiza.

Un corazón celebraba en silencio las proezas que de Mariluán llegaron contando al pueblo los que le habían visto en el combate de la noche: ese corazón era el de Rosa, que sufría en silencio los cargos reiterados que contra su amante formulaba su hermano y las inculpaciones que cada cual se creía con derecho de hacerle por haber huido con el fin de encender la guerra, añadiéndose las calumnias que sobre este tema forjaban los más empeñados en concitar el odio público a los indios que en mejor ocasión habían expoliado a su antojo. En el corazón de aquella joven había bastante amor para ver crecer a su amante en proporción del empeño que tomaban sus enemigos para desconceptuarle a sus ojos.

A fin de calmar la creciente alarma de la población y con la mira de llevar la guerra al territorio araucano, las autoridades militares y civiles de Los Angeles expedían órdenes para llamar tropa de las otras plazas de la frontera; tomaban las necesarias providencias para equipar y poner a los cívicos en estado de unirse a la fuerza veterana y anunciaban la próxima salida de una expedición formidable, que no sólo pondría a raya los desmanes de los salvajes, sino que, llevando con sus pendones la victoria, los escarmentaría (es el término oficialmente consagrado) por mucho tiempo.

Estas noticias llegaban a oídos de Mariluán por diversos conductos, que él había tenido el cuidado de preparar de antemano. Ninguna de ellas, sin embargo, le intimidaba: firme en su propósito, aceleraba la reunión de sus guerreros, acogía a sus particulares en la disciplina militar, formando así alguna infantería, y desplegaba en fin una actividad incansable, dando al mismo tiempo el ejemplo de la sobriedad a los suyos para ir gradualmente morigerando sus costumbres.

Quería al mismo tiempo Mariluán introducir en medio de su campamento las comodidades de la vida civilizada, en cuanto las circunstancias de aquel lugar y el estado de la guerra lo permitiesen. Sabría por experiencia personal que el ejemplo destruye los hábitos más arraigados, y esperaba que modificando los hábitos domésticos de los indígenas, les prepararía poco a poco a entrar en vía de regeneración que ambicionaba abrirle. Animado de tales deseos y esperanzas, había sacado partido de las aptitudes de varios artesanos que llegaban al campamento buscando fortuna entre los indios, o perseguidos por las autoridades chilenas, y emprendido desde los primeros días con su auxilio la construcción de una casita, al pie de una colina, en al que esperaba residir durante los intervalos de la guerra.

Todos estos trabajos, en los que Mariluán desplegaba una constancia y actividad infatigables, no le impedían, sin embargo, consagrar a Rosa su tiernos e incesantes recuerdos. El vigor de la juventud encuentra fuerzas, como en este caso, para llevar de frente los más arduos propósitos; siempre que el corazón esté templado en  las máximas salvadoras de la hidalguía y del amor a sus semejantes.

Al cuarto día de su llegada a la reducción de sus mayores, Mariluán decidió enviar un emisario a Los Angeles para informarse del verdadero estado de la plaza y traerle noticias de Rosa. Con este fin llamó a Caleu, que desde su llegada le secundaba en todos sus trabajos.

—Necesito —le dijo— que vayas a Los Angeles y entregues una carta a la persona que te indicaré.

—Estoy pronto —contestó Caleu.

—Pero es preciso que busques los medios de presentarte en casa de esa persona y en el cuartel, sin que te conozcan ni sospechen el objeto de tu misión.

Caleu reflexionó algunos momentos y dijo:

—Iré con Peuquilén y ejecutaré las órdenes de mi teniente.

Mariluán ordenó a Caleu prepararse para salir al día siguiente y escribió con un lápiz esta carta a Rosa:

"Los acontecimientos me han lanzado en la ejecución de mi empresa antes que hubiese tomado las medidas necesarias para llevarla a un remate feliz, con menos dificultades que las que ahora se me presentan. No desmayo por esto y confío en mi estrella y en la causa a que me hallo consagrado. Esta causa ha sido mi única aspiración por mucho tiempo y dejó de ser la sola querida de mi alma el día en que el amor me abrió las puertas del mundo encantado en que usted me ha hecho penetrar: vivo pues para usted y para combatir por la regeneración de mi raza que perdone la guerra es de usted, pero en medio de los peligros, será su imagen la que evoque, ella la que me infundirá valor y su nombre el talismán que sostendrá mi esperanza. A pesar de esto, usted es libre, como lo era antes de conocerme y nunca admitiré mi felicidad completa, si para hallarme a su lado haya de imponerle un sacrificio o de hacerla verter una lágrima. En todo lo que toca a nuestro amor, recibiré las órdenes de usted y tendré constancia para cumplirlas. En mi actual situación, no pido masa que una palabra de amor, algo que me traiga una parte de su corazón, a cuyas palpitaciones responderán siempre las del mío".

En la noche entregó esta carta Mariluán a Caleu, dándole además instrucciones sobre el género de noticias que debía recoger en el pueblo, referente al estado militar de la plaza y a la organización de la fuerza que allí se preparaba para atacarle.

Al rayar el alba del siguiente día, presentóse Caleu a Mariluán. Venía acompañado del indio que había nombrado el día anterior. Peuquilén era un mocetón de veintiocho a treinta años, bajo y corpulento, en cuyos ojos brillaba un fuego sombrío. Entre aquellos valientes, Peuquilén se había hecho notar por su temeraria osadía: los rasgos de crueldad que le hacían notable en la guerra, lejos de desacreditarle a los ojos de los indios, le revestían de cierto prestigio, que aumenta entre los salvajes el valimiento en razón de los abusos que de la fuerza bruta es capaz de cometer un hombre. Peuquilén formaba parte de todas las avanzadas y preparaba las sorpresas, que constituyen el fondo de la táctica araucana, con una pericia y sagacidad indisputables.

Estas cualidades le habían hecho elegir por Caleu para compañero de su peligrosa expedición.

Peuquilén y Caleu se habían desfigurado de tal modo, por medio de rayas hábilmente combinadas para turbar la proporción natural de las facciones, que Mariluán no pudo reconocerles hasta que Caleu le dirigió la palabra en español. Ambos llevaban al hombro grandes sacos llenos de yerbas medicinales, que forman un activo ramo de comercio entre los indios y las poblaciones de la frontera.

Cuando vió Caleu satisfecho a Mariluán de su disfraz, se despidió, prometiéndole traer todas las noticias que le pedía y se puso en marcha conversando alegremente con su compañero.

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