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V

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      El mismo lugar que Rosa indicó a Mariluán para una entrevista era un obstáculo para él, porque no tenía relación de amistad con la señora cuya casa se le designaba.

      Era tarde ya par buscar un amigo común que le presentase, y le parecía impropio, sobre todo, solicitar este favor para una noche de fiesta.

      Quedaba sólo un arbitrio; pero arbitrio muy usado hasta ahora en algunas provincias, y que era por entonces casi una consecuencia inevitable en una fiesta de santa: consistía en dar a la dueña de casa lo que todos los chilenos conocen con el nombre de esquinazo.

      Mariluán contaba con algunos recursos muy importantes para llevar a cabo esta idea que podría abrirle las puertas de la casa en que debía encontrar a su querida: gozaba, por su carácter jovial, de gran popularidad entre las más encopetadas familias de Los Ángeles, tocaba con destreza la guitarra y poseía una voz agradable.

      Estas dos últimas cualidades le evitaban la molestia de buscar alguna persona que ejecutase la parte vocal e instrumental, que forma el requisito más importante de un esquinazo.

      Sin embargo esta clase de actos lo forma la reunión de varias personas que van a cantar a las puertas de aquella a quien se quiere felicitar, lo que obligó a Mariluán a invitar a varios amigos y algunas amigas para organizar su esquinazo. Varios pretextos frívolos le sirvieron para recomendar el secreto a fin de que sus proyectos no llegasen a oídos de Mariano, que se negaría, en caso de saberlos, a llevar a su madre y a su hermana, frustrando de este modo sus esperanzas y la de Rosa.

      Hechos estos preparativos, volvió Mariluán a su casa, fingiéndose de antemano, cual todo amante lo haría en su lugar, la conversación de la entrevista, las miradas que más prometen que los labios, las tiernas palabras a las que la emoción presta su mayor encanto, y las dulces reticencias, en las que los enamorados encierran un mundo de ideales felicidades.

      En esta disposición de ánimo juzgó oportuno emplear sus dotes poéticas para solemnizar el esquinazo con algunos versos de su musa, que llevasen a su querida la expresión de sus enamoradas esperanzas. Al efecto, cogió amiga de las almas en que impera todo sentimiento grande, y después de emplear una hora en esta ocupación, cogió la guitarra, colgada al lado de sus armas, y entonó los versos que acababa de componer, con la música de una canción de su abundante repertorio.

      Para engañar su impaciencia, después de esto, fuése al cuartel del regimiento, pasó revista a las caballerizas, inspeccionó la sala de armas, e hizo ejercicio de sable en el cuarto de bandera, con una maestría que arrancó vivos aplausos de algunos oficiales que le miraban.

      —Te empeñas en adiestrarte como si estuvieses en vísperas de algún combate —le dijo uno de sus camaradas.

      —Aquí —contestó Mariluán—, siempre estamos en esta situación; pero ahora no se trata de esto caballeros —añadió—: se trata de un asalto para el que vengo a convidarles.

      —¡Asalto! ¿Adónde? —dijeron a un tiempo varias voces.

      —A casa de doña Marcelina Llanos.

      —Es cierto que hoy es su día.

      —Mis armas son la guitarra y la voz —dijo Mariluán.

      —¿Vas a darle un esquinazo?

      —Y cuento con que usted me acompañen.

      —¡Como no! —contestaron todos—, con mucho gusto.

      —Yo llevaré los voladores —dijo un alférez.

      —Y yo los cohetes —agregó un teniente.

      —Entonces caballeros —exclamó Mariluán—, les espero en mi casa a las nueve en punto.

      —Oye Mariluán —le dijo un oficial—; si tomamos la plaza, ¿haremos prisioneras?

      —Las que ustedes puedan, menos una.

      —¿Cuál?

      —La que yo me reservo para mí.

      —¿La Ro...? —preguntó con malicia un oficial, sin decir la otra sílaba del nombre.

      —...sita Tudela —agregó Mariluán, concluyendo el nombre en diminutivo.

      Envió un saludo y una sonrisa a sus compañeros de armas, y salió entonando los versos que había compuesto en la mañana para la fiesta que se acercaba.

      Puntuales fueron a la cita los oficiales que Mariluán había convidado al esquinazo. A las nueve de la noche salían de su casa en compañía de éste, haciendo sonar los grandes sables en el empedrado del patio.

      —Esto lleva todas las circunstancias de un malón —dijo uno de los oficiales, aludiendo a los frecuentes ataques de los indios contra las poblaciones fronterizas.

      —No habrá más víctimas —contestó Mariluán— que las que ustedes, con los ojos, hieran en el corazón.

      —Tú nos llevas la ventaja de tener ya herida la tuya —le replicó una voz.

      —No estaría de más ir prendiendo algunos voladores —dijo el alférez que se había encargado de llevarlos.

      —Todavía no; es preciso economizar las municiones para la hora del ataque —dijo una voz.

      —¿Y adónde vamos por aquí? —preguntó uno de los de la comitiva, viendo que no caminaba en dirección de la casa de la fiesta.

      —Vamos a buscar a las señoras que nos hacen el honor de acompañarnos —replicó Mariluán.

      —Ah, ah, tenemos bellas en la columna  de ataque —dijo, atusándose los bigotes—. Estas no son armas para presentarse de conquistador —añadió, haciendo sonar los proyectiles que llevaba bajo el brazo y llamó para entregárselos al asistente de Mariluán, que caminaba tras ellos con la guitarra de éste.

      La familia comprometida para llevar con los oficiales el esquinazo, les recibió con cariñosa acogida, y después de ordenar el orden de la marcha, Mariluán se puso al frente de la comitiva con Juan Valero, que se quejaba de no haber sido designado para dar el brazo a algunas de las jóvenes que con ellos iban a la fiesta.

      —Señoritas —decía el alférez volviendo hacia atrás la cabeza—, ustedes son testigos de que yo protesto contra la violencia de mi jefe.

      —Alférez Valero —le dijo en tono magistral un capitán que caminaba cerca de él, dando el brazo a una de las niñas—, usted olvida, como si fuese paisano, las prescripciones de la ordenanza, que dicen en resumen que ningún oficial puede quejarse del puesto que sus jefes le asignan y en caso de...

      —Etc., etc. —replicó el alférez interrumpiendo—; ya lo sé, capitán; pero usted no tendrá tan buena memoria si no fuese tan bien acomodado.

      —Consuélate, Juan amigo —le dijo Mariluán—, ya vamos a llegar y después caerte alguna buena presa de guerra.

      —Siendo niña, la declaro buena presa —contestó el alférez alegremente.

      En esos momentos llegaron a las puertas de la casa a que se dirigían.

      —Señoritas y caballeros, en el orden de batalla —dijo Juan Valero, tomando un volador y blandiéndolo a guisa de espada.

      Las señoras y los oficiales entraron en el patio de la casa, haciendo el menor ruido posible.

      A través de las vidrieras de una ventana se divisaba la concurrencia, en la que aun no parecía reinar mucha animación.

      Los que acababan de entrar se agruparon junto a esa ventana que daba a la pieza en que se hallaban los convidados, dejando un lugar para Mariluán, armado ya de su guitarra.

      —Alférez Valero, rompa el fuego —dijo éste en voz baja.

      —Desde aquí —dijo el alférez mirando a través de la vidriera —diviso unos ojitos que me están dando mucho valor para el ataque.

      Y acercando un mechero encendido, que le pasó Caleu, al volador que le acababa de servir de espada, lo lanzó inflamado al espacio, en donde estallaron sus cohetes con ruidosa detonación.

      —¡Viva doña Marcelina! —gritó el alférez al mismo tiempo.

      Las personas del salón se agolparon a la ventana y a las puertas, mientras que las cuerdas de la guitarra principiaron a vibrar melodiosamente bajo los dedos de Mariluán, que cantó:

 

Ecos del alma mía

Son mis suspiros;

y para unirse a tu alma

Buscan caminos.

Tú eres la aurora

Y yo el valle que alumbra

Tu luz hermosa.

      Un aplauso unánime y estrepitoso estalló al apagarse las últimas vibraciones de la dulce voz con que Mariluán había entonado aquella estrofa.

      Rosa, que había visto desconsolada transcurrir las primeras horas de la noche sin ver entrar a su amante, corrió a la ventana y desde allí, mientras él cantaba, le envió una de esas miradas de amor con que las mujeres hacen conocer al hombre que las ama el irresistible poder de la debilidad con que le avasallan.

      —Siga la música —exclamó el alférez Juan Valero, enviando al aire un volador tras otro con admirable ligereza, mientras que los de adentro y los de afuera aplaudían su sin igual pericia.

      —Mejor estabas, Juan, para artillero —le decía una voz.

      —Para el sable no tengo muerta la mano —contestaba el oficial, echando a rodar por el suelo un paquete encendido de cohetes, cuyas repetidas y estrepitosas detonaciones saludaba la concurrencia gritando:

      —¡Que viva doña Marcelina!

      —¡Que viva la dueña del santo!

      —¡Atención a la música! —gritó el alférez Valero, oyendo resonar la guitarra.

      Apagáronse las voces y Mariluán, recogiendo con pasión las miradas de Rosa, cantó:

Ignoran los que oprimen
nuestras dos almas
que el amor verdadero
nadie lo manda.
Almas amantes
burlando esos rigores
sabrán hallarse.

      Los oyentes de dentro y fuera, que conservaba la entonación de la primera estrofa, repitieron entonces, uniéndose las delicadas voces femeniles y las desafinadas de los varones, el último verso:

      Sabrán hallarse.

      A lo que el alférez Juan Valero contestó con una granizada de voladores y cohetes, ayudado de Caleu, que atronaron el patio y arrancaron estrepitosos aplausos y prolongados vivas a Mariluán, al alférez y a toda la comitiva del esquinazo.

      La dueña de casa apareció, seguida de una criada con una bandeja cubierta de vasos de místela, que fue ofreciendo a cada uno de los recién llegados e invitándoles a entrar al mismo tiempo.

      —Señorita —dijo al alférez—, aceptaremos tan amable oferta cuando hayamos concluido.

      Y encendiendo nuevos cohetes y voladores, dijo con voz de mando:

      —Adelante, Mariluán, que suene la guitarra: con el gloriado debes tener la voz muy clara.

      Al dirigir Mariluán una mirada a Rosa, mientras preludiaba los primeros acordes de introducción, halló fijos en él los ojos de un joven que le era desconocido y que sólo llamó su atención por hallarse detrás de Rosa y al lado de Damían Ramillo. Esto le llevó a suponer la verdad, al pensar que el que así le miraba debía ser Mariano Tudela, suposición que le hizo entonar con más intención la estrofa última, clavando en Rosa la mirada ardiente y altanera.

A la flor que cultivo
llaman constancia,
y esa flor en la ausencia
crece y se arraiga.
Los que aman saben
cuanto más separados
son más amantes.

      Rosa unió sus aplausos a los de la entusiasmada concurrencia, arrastrada por su parte en alas de su amor hasta el completo olvido de su hermano. Sus animados ojos, el rosado y puro tinte que cubrió sus mejillas, la arrogante actitud de Mariluán y hasta la viva aprobación con que los demás recibieron el canto del oficial, hicieron morderse con despecho el labio inferior a Mariano y dar maquinalmente una patada en tierra.

      —¡La despedida! ¡La despedida! —gritó el alférez Valero, encendiendo sus últimos cohetes y arrastrando su entusiasmo al resto de al concurrencia, que repitió sus voces.

      Mariluán entonó una estrofa alusiva a la dueña del santo, que fue recibida con la misma algazara que las anteriores. Con esto, los del esquinazo, precedidos del ama de casa, entraron en el salón a recibir las felicitaciones generales.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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