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VI

VI

      —Señores, en dispersión —dijo Juan Valero, dirigiéndose a una de las jóvenes que había llamado su atención a través de la vidriera de la ventana.

      Las señoras y los oficiales que acompañaban a Mariluán aumentaron considerablemente la animación de la fiesta, cuya languidez había observado desde el patio. En ese instante se operó un movimiento muy natural en las reuniones de los pueblos pequeños: la mayor parte de los jóvenes angelinos, que pocos momentos antes reinaban en el salón por la gracia de la mayoría que representaban, se retiró a una puerta, cediendo el campo a los oficiales que atraían la mirada de las mujeres con su buen porte y galoneados uniformes. Además de estas prendas, recomendables a los ojos del bello sexo, los compañeros de armas de Mariluán gozaban del valioso prestigio de la novedad, a cuyo imperio tributan homenaje tanto las grandes cuanto las sociedades reducidas. De manera que a poco rato, los oficiales se habían apoderado de la fiesta, a la que dieron un carácter propio de alegría que acompaña a los hijos de Marte en el solaz de las guarniciones. Pronto resonaron el arpa y la guitarra al compás de la popular zamacueca, y las parejas agitaron al aire sus pañuelos en los graciosos gritos de la danza, en la que cada oficial ostentaba a los admirados ojos de los concurrentes nuevas primorosas posturas, pasos aventurados, genuflexiones atrevidas y movimientos de cintura característicos del caso.

      Los demás hacían coro al  canto, o marcaban con las manos el compás, o reunidos en grupos, lanzaban todos los dichos tradicionales con que los espectadores animaban la zamacueca. El alférez Valero, arrastrado por el mágico poder de la música, se había arrodillado al pie del arpa y tamboreaba con maestría inimitable, haciendo redobles, dando golpes diversos, ora con el dedo pulgar de la derecha. Ora con las articulaciones de los otros dedos de la misma mano y empleando a veces hasta los codos para marcar algún compás final. A esta algazara se unía la voz de las observaciones particulares, las risas de los niños de la familia que pululaban entre las sillas y el ruido de los cohetes que en el patio encendía Caleu a cada pie, de orden del alférez encargado del ramo pirotécnico de la función. Y en medio de los grupos circulaban, con seguridad constante, bandejas con vasos de ponche y de mistela, en los que cada cual, sin distinción se sexos ni de edades, apagaba la sed producida por el calor y el movimiento.

      En medio de la general alegría, los personajes importantes de esta historia se hallaban dominados de sus ideas particulares, sin cuidarse de la diversión que absorbía el espíritu de los demás.

      Mariano Tudela había hecho sentarse a Rosa al lado de su madre y desde un rincón distante la observaba.

      Rosa, dominada por la presencia de su amante, parecía despreciar la autoridad de su hermano y repetía con sus bellos ojos a Mariluán los juramentos de su amor, aumentado por los obstáculos que últimamente le oponía su familia.

      Mariluán esperaba que el movimiento y animación se hiciera general, para acercarse a Rosa a pesar de la hostil mirada de su hermano, quien, para darse una actitud natural, conversaba son su tío Damián Ramillo, mientras que con la vista quería con fundir a Rosa por su desobediencia.

      Esta escena muda y elocuente a un tiempo tenía lugar pocos momentos después de la entrada de los oficiales al salón, y cuando el alférez Juan Valero comunicaba a los demás su alegría simpática, con la ocupación que le hemos visto tomar al pie del arpa.

      —No me parece natural que te retires con tu familia —decía Ramillo, contestando a Mariano, que creía evitar de este modo que Rosa y Mariluán pudiesen hablar—: ¿no ves —añadía— que todos se fijarán en esto y les darás que hablar?

      Entretanto, viendo Mariluán que la atención de los concurrentes estaba fija en los que bailaban, atravesó la pieza sin hacer caso de la actitud de Mariano Tudela y fue a sentarse al lado de Rosa, que le saludó temblando y sin atreverse a levantar la vista hacía su hermano.

      —Rosa —dijo Mariluán—, sólo vengo a hablarla porque deseo decirle que a pesar de mi amor a usted y tal vez a causa de este mismo amor, que es verdadero y profundo, dejo a usted enteramente libre de elegir su suerte.

      —¿Por qué me dice usted eso? —le preguntó la joven, alzando la vista con resolución.

      —Porque sentiría en el alma cualquier pesar que por mí le sobreviniese.

      —¿No sufriría usted por mí?

      —Con mucho gusto, hasta la misma muerte sufriría.

      —Entonces, ¿por qué no me cree capaz de hacer lo mismo por usted?

      En ese instante Mariano, a quien Ramillo había estado conteniendo con sus consejos, abandonó el puesto que ocupaba y se acercó a su madre.

      Al ver este movimiento, Mariluán dijo a Rosa:

      —Si me ama usted de ese modo, es preciso que hablemos, y para esto es menester que me señale el punto en que podamos vernos.

      —Mi hermano es tan violento: ¡le tengo miedo! —contestó Rosa.

      —Sin embargo, es indispensable que usted me conceda una cita: tengo mil cosas que decirle.

      Mariano dijo al mismo tiempo a su madre:

      —Es preciso que nos vayamos.

      La señora, acostumbrada a la autoridad de su hijo, sólo aventuró algunas ligeras observaciones, y viendo lo irrevocable de la resolución de éste, se puso de pie.

      Rosa, impaciente de ver engañadas sus esperanzas de hablar con Mariluán, le dijo con resuelta voz:

      —Mañana en la noche, entre las once y las doce, la criada le abrirá la puerta de calle: yo le esperaré.

      Consolado de estas palabras, Mariluán abandonó la idea que tenía de buscar pretexto para provocar a Mariano, y dejó su asiento cuando éste, dando el brazo a su madre, se detenía junto a Rosa, que tuvo que aceptar el brazo que le ofrecía Damián Ramillo.

      Mariano con su madre y Damián con Rosa hicieron silenciosos el camino hasta la casa de doña Andrea.

      Esta y su hija se retiraron a sus aposentos, quedando solos Damián y Mariano.

      —No tengas cuidados —dijo Ramillo, despidiéndose de su sobrino para volver a la fiesta—; yo tengo un huaso más pillo que todos los soldados y oficiales juntos, y éste observará los movimientos de Mariluán.

      —Y yo también tomaré mis medidas aquí —dijo Mariano dándole las buenas noches.

      En la casa de la tertulia, Mariluán tomaba poca parte en la diversión.

      —Vamos, hijo —díjole, golpeando el hombre, el alférez Valero—, no te creía tan tierno en esto de amores: te llevan una chica y te quedan aquí muchas otras; ¿por qué te entristeces?

      —¡Yo entristecerme! —exclamó Mariluán—: ¡Vas a ver si estoy triste!

      Y dirigiéndose a una de las más hermosas niñas de la concurrencia, la invitó a bailar, continuando la danza y la alegría de todos hasta que la claridad de la mañana les obligó a buscar el reposo que bien necesitaban.

      Al día siguiente, Mariano hizo a la criada de la casa las recomendaciones necesarias para estar al cabo de los pasos de su hermana; y Damián Ramillo, por su parte, encargó al hombre de quien había hablado a su sobrino el seguir a Mariluán cada vez que saliese de su casa y el entablar relaciones con Caleu a fin de sorprender los secretos de su amo.

      Mariluán había vuelto, como vimos, de la casa de doña Marcelina Llanos al amanecer. Durmió sólo dos horas, al cabo de las cuales le despertó Caleu.

      Después de desempeñar sus obligaciones militares, regresó a su casa absorto en reflexiones muy cercanas a la tristeza. Sus dos amores: el de Rosa, que despertaba los sentimientos tiernos de su corazón, y el de la independencia y civilización de su raza, que hacía resonar los nobles instintos y las esforzadas dotes de su alma, se combatían en su pecho al cercarse el momento de la cita. Sentía una súbita tristeza al reflexionar que comprometía el destino de una criatura amante y débil en los peligrosos azares de la vida que él, por solemnes juramentos hechos a sí mismo, había consagrado ya a la causa de sus mayores. Las dichas del amor correspondido, por la que todos los jóvenes suspiran, le parecían entonces una desgracia: amaba a Rosa hasta el punto de preferir la tranquilidad de ésta a la pasajera ventura adquirida a costa del sacrificio inevitable del reposo de su existencia. Las reflexiones a que este género de preocupación daba lugar en su espíritu, le hicieron ver acercarse la noche, sintiendo crecer su desconsuelo a medida que la hora de la cita se aproximaba.

      A las once y media se puso Mariluán en marcha hacia la casa de doña Andrea Ramillo. Las calles, como las todos pueblo reducido, estaban desiertas. La luna se había ocultado poco tiempo después de aparecer. El aire, que vino a refrescar las sienes de Mariluán, calmó la tristeza de sus pensamientos, volviéndole la alegría habitual de su organización privilegiada. Absorto en su preocupación, no vió a un hombre que le seguía desde alguna distancia, y llegó a casa de Rosa pensando en las diversas formas de la misma idea, que su imaginación había recorrido en la expectativa de aquel momento.

      Rosa lo esperaba ya tras la puerta que acababa de abrir con gran preocupación; la pobre joven temblaba como las avecillas que los niños arrebatan de los nidos: toda su energía se había reconcentrado en su amor, que daba fuerzas al corazón cuando los nervios, dominados del miedo, hacían estremecerse su cuerpo. Para llegar hasta la puerta de calle en que se encontraba, había empleado media hora: parte de ésta en vestirse con el oído puesta a la respiración de su madre, que dormía en una pieza contigua a la suya; parte en asegurarse de la profundidad del sueño de la criada, y finalmente, lo restante, en observar a la puerta de su hermano, en cuya estancia no percibió ningún movimiento. Al abrir la puerta, oyó al mismo tiempo los pasos de Mariluán que se acercaba, los violentos latidos de su corazón, donde el amor la exhortaba a la entereza, y aquella que puede llamarse vibración del silencio, que produce en los oídos un rumor misterioso cuando el pavor tiene el ánimo dominado.

      —Rosa —le dijo Mariluán, tomando una de las manos de la joven, que sintió helada y trémula entra las suyas—, perdóneme los sinsabores que a mi pesar le causo, ¿cómo podré jamás pagar este sacrificio que usted hace por mí?

      —Amándome como yo le amo, Mariluán —contestó ella.

      —Vengo a darle una prueba de ese amor, presentando a sus ojos la verdadera situación en que me encuentro.

      —¿Qué situación es ésa? —preguntó Rosa, alarmada.

      Mariluán le reveló entonces sus proyectos de guerra con el colorido elocuente de aquel que ha consagrado su existencia al triunfo de una causa que cree santa. Las violencias cometidas contra los araucanos por los habitantes de la frontera; su raza calumniada por viles intereses; el porvenir que para ella ambicionaba y lo sagrado de los compromisos contraídos ante su conciencia fueron puntos que Mariluán tocó con igual vigor y entusiasmo.

      —Ahora —dijo al terminar—, ¿comprende usted el sentimiento con que veo la suerte de usted encadenada a mi suerte, tal vez su vida dependiente de la mía, que van a cercar los peligros?

      Rosa retiró sus manos de las de su amante y prorrumpió en ese grito del corazón femenil, que no admite que haya consideración que puede anteponerse al amor.

      —¡Ah! ¡Usted no me ama! —dijo, ocultando sus ojos, de los que brotaron amargas y abundantes lágrimas.

      —Si no la amase, Rosa —contestó Mariluán—, habría empleado la mala fe de los que quieren engañar: la amo mas que a mi vida, pero ésta la debo a una causa a cuyo culto me he consagrado desde niño. Si el amor me hiciese olvidar mis antiguos juramentos, me despreciaría yo mismo y me creería indigno del amor con que usted me llena de orgullo.

      Rosa continuaba llorando sin descubrirse el rostro.

      —Mi suerte —prosiguió el joven—, es irrevocable, y por eso, después de largas y bien penosas reflexiones, me he resuelto a descubrirle mis designios antes que usted haya comprendido su porvenir con el mío.

      —¿acaso he dicho yo que me arrepiento de amarle? —exclamó Rosa, descubriéndose el rostro, en el que, a pesar de la oscuridad, vió Mariluán brillar las lágrimas que lo bañaban.

      —Y esa constancia empeña más mi amor y mi fe, a los que no faltaría jamás —dijo el joven—; usted tiene a su deposición un porvenir de tranquilidad y de riqueza que su hermano le ofrece; con mi amor, tal vez, sólo le aguarden lágrimas y sacrificios crueles: yo le devuelvo, Rosa, sus juramentos; pero agregaré a los míos, que siempre conservaré su imagen como la única digna de mi amor, como un talismán contra los peligros, como una divinidad a quien dar gracias por la buena suerte que me acuda en la empresa que voy a acometer.

      —Y yo no acepto esa devolución —dijo con amoroso entusiasmo, la joven—, porque sé, Mariluán, que le amaré toda mi vida.

      —Entonces —exclamó el oficial, dejándose arrastrar del mismo entusiasmo—, si usted acepta los sacrificios que le impondrá mi suerte, sígame, Rosa, huya conmigo porque su hermano ha jurado separarnos y yo sólo le respetaré cuando él la respete a usted.

      —¡Y mi madre! —replicó la joven—. ¿Puedo abandonarla cuando ha sido siempre tierna e indulgente conmigo?

      —Entretanto, ¿cómo podremos vernos?, ¿cómo hacer frente a la guerra que su hermano nos declara con armas tan superiores a las nuestras?

      —Tengamos valor para sufrir, que le cielo no nos abandonará —exclamó Rosa, con la fe de las mujeres que cuentan siempre con un Dios protector de los amores puros.

      Las palabras con que Mariluán contestaba a esta exclamación se perdieron en el ruido de fuertes golpes dados a la puerta de calle, junto a la cual se encontraban los amantes.

      Por un movimiento involuntario, Rosa puso la tranca de la puerta que al llegar había retirado para abrirla.

      Los golpes continuaron con mayor fuerza.

      —Yo abriré —dijo Mariluán, haciendo ademán de quitar la tranca de la puerta.

      —¡No por Dios! —exclamó Rosa en voz baja—; venga por aquí conmigo le dijo, tomándole de una mano.

      Mariluán siguió a la joven hacia el interior de la casa.

      —Yo puedo abrirle una puerta y usted saldrá por las tapias del huerto —le dijo al atravesar el patio.

      Mas, al llegar a un pasadizo que comunicaba al patio que había atravesado con el segundo, se presentó Mariano envuelto en una manta, armado de una pistola y con una vela encendida en la mano izquierda.

      Al recocer a Mariluán, que se puso delante de Rosa, Mariano dejó caer la vela y amartillo la pistola, dirigiéndola contra el oficial. En el mismo instante, Rosa se arrojó sobre él, y sin quererlo tal vez, dio un fuerte golpe en la mano derecha de su hermano haciéndole soltar la pistola. Esta era de chispa y al caer se abrió la cazoleta, dejando salir la pólvora.

      Mariano, sin notar esta circunstancia, se arrojó sobre su arma y dirigiéndola de nuevo al pecho de Mariluán, hizo fuego. Sólo se oyó el golpe de la piedra en el rastrillo, y en la oscuridad brillaron las chispas que ese golpe produjo.

      Mientras tanto, Mariluán, sereno, casi risueño, había juntado los brazos sobre el pecho y parecía desafiar la ira de su adversario.

      Mariano arrojó con desprecio su arma contra el suelo.

      —Mala pólvora, caballero —le dijo Mariluán.

      Su enemigo, sin contestarle, se volvió hacia Rosa.

      —Retírate a tu cuarto —le dijo con voz imperiosa y llena de rabia.

      Los golpes, que de afuera daban a la puerta de calle, continuaban, aumentando la intensidad del sonido.

      Mariano esperó que Rosa se hubiese retirado para dirigirse a Mariluán.

      —Usted, caballero —le dijo—, me dará una satisfacción.

      —A pesar de las consideraciones que como hermano de Rosa me merece usted —contestó Mariluán—, veo que tiene justicia en pedirme satisfacción, sobre todo después de errar el tiro: estoy pues dispuesto a darla cuando usted guste.

      —Ahora sería imposible —dijo Mariano—: yo debo ante todo acallar lo que sucede por el honor de mi casa.

      —Siempre me hallará usted a sus órdenes —repuso Mariluán con dignidad.

      —Ya que usted es valiente —replicó Mariano—, espero que no se niegue a hacerme un servicio.

      —El que usted guste, no siendo el de renunciar a Rosa: usted sabe que ésta es la causa de la guerra en que nos hallamos.

      —El servicio que voy a pedirle será también a favor de Rosa, porque salvará su honor: sírvase acompañarme.

      —Si usted gusta pasaré delante de usted —dijo el oficial, para ofrecer mayor seguridad a su enemigo.

      Mariano le condujo al segundo patio que atravesó con rapidez, y allí a un huerto con árboles.

      —¿Podrá usted saltar la tapia? —preguntó a Mariluán.

      —Con mucha facilidad —contestó éste, apoyándose en el tronco de un árbol hasta subir a la pared.

      Desde allí, dijo saludando a Mariano:

      —Le repetiré, caballero, que estoy y estaré a sus órdenes.

      —Así lo espero —contestó el hermano de Rosa.

      Mariluán saltó al otro lado y Mariano se dirigió con ligereza a abrir la puerta de calle, en la que los golpes no habían cesado todavía.

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