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VII

VII

      Casi parece inútil advertir que la persona que había golpeado a la puerta de casa de doña Andrea Ramillo, era su hermano Damián.

      El criado de éste había seguido a Mariluán hasta verle entrar en esa casa y corrido después a dar aviso a su amo de lo que sucedía. Mas a pesar de su marcha diligencia, el tiempo empleado para llegar a la habitación de Damián, el que éste puso en despertar, vestirse y correr hasta la puerta a que golpeó con tanto empeño, dio lugar suficiente a Rosa y a Mariluán para tener la conversación por esos golpes interrumpida.

      Damián Ramillo había preparado una disculpa en el camino para el caso en que Mariluán le viese llegar a casa de su sobrino a una hora avanzada; mas, como hemos visto, la salida de Mariluán por el huerto de la casa evitó a Ramillo la ocasión de hacer uso de su disculpa.

      Recibióle Mariano Tudela con la explicación de lo que acababa de acontecer.

      —Lo peor es —dijo Damián—, que ese indio maldito es un espadachín.

      Mariano, que no carecía de algún valor, sintió sin embargo, palpitar con violencia su corazón al oír esto.

—Entonces —dijo— nos batiremos a pistola.

      —Peor —contestó Ramillo—; yo he visto a Mariluán tirar a treinta pasos a una peseta y convertirla en dedal.

      —Entonces elijo el sable —replicó el joven Tudela—: yo no dejo de saber algo.

      —Mira —le dijo su tío—, ¿no es una gran tontería que además de que él te haya ofendido, vayas tú a exponer tu vida?

      —Sí, pero esto no puede quedar así.

      —Ya lo sé; mas lo que a ti te conviene es deshacerte de este enemigo, porque no sólo no debes exponer tu vida contra la suya, sino que te importa mucho que no te vuelva a incomodar por algún tiempo, a lo menos hasta que llegue a tu amigo de Talcahuano y se decida el casamiento de Rosa.

      —Ya lo veo; veo sería muy bueno; pero yo no puedo dejar de desafiar a Mariluán, porque con la seguridad de que le tengo miedo, se pondrá más insolente y no nos dejará vivir en paz. Fuera de esto, como te he dicho otras veces, está comprometiendo mucho a Rosa y pueda hacer que perdamos el magnífico partido que se presenta.

      —Yo lo arreglaré todo.

      —¿Cómo?

      —Después lo sabrás.

      —Yo estoy en el caso de admitir satisfacciones, pero no de darla  s.

      —Se entiende: prométeme no más no mezclarte en nada.

      —Si tú me aseguras que no harás nada que pueda deshonrarme, te lo prometo.

      —Pierde cuidado.

      Damián Ramillo tenía ya formado su plan al dar a su sobrino esas seguridades. Las causas de su interés estaban, antes que en los lazos del estrecho parentesco que le unían con Mariano, en el estado de los negocios de la compañía en que ambos giraban. Varios documentos que existían en poder de Ramillo podrían anularse si, por una desgracia, su sobrino perdía la vida en aquel duelo. Esta consideración del plan que se preparaba a poner en planta.

      —Nombra dos padrinos para que vayan a ajustar con Mariluán las condiciones del desafío —dijo a Mariano.

      —Tú serás uno de ellos —respondió éste.

      —No debo ser yo, porque entonces Mariluán desconfiaría de mí y daría contraorden a los caciques que deben venir a la entrevista: tú sabes que no debemos perder esta oportunidad de apoderarnos de Canchaleu.

      Entonces indicó a dos de sus amigos, oficiales de caballería cívica como ellos.

      —Yo mismo iré a hablar con los dos —añadió Ramillo.

      Al día siguiente se dirigió a casa de los que él había señalado para padrinos y les fijó la hora en que encontrarían a Mariluán, diciéndole que la causa del duelo era la disputa promovida por éste a su sobrino por haber sacado a su hermana de la tertulia, en circunstancias que conversaba con aquel oficial. Enseguida se fue a casa de Mariluán. Le encontró cuando acababa de llegar del ejercicio diario del cuartel.

      —Vengo —le dijo— a excusarme ante usted de una alta involuntaria con que, sin saberlo, le he perjudicado.

      —Una falta —dijo Mariluán—, la ignoro completamente.

      —Yo fui quien llegué anoche a golpear a la puerta de casa de mi hermana.

      —¡Ah! No lo sabía.

      —Mariano me ha referido lo que sucedió: los golpes que yo di a la puerta le despertaron sobresaltado, se armó de una pistola y salió medio vestir. En el patio se encontró con usted y Rosa.

      —Así fue y Rosa me salvó la vida, porque, al parecer, su sobrino de usted es hombre de pocas palabras.

      —Lo que yo quiero —dijo Ramillo—, es justificarme ante usted de esta acción involuntaria que después he sentido con toda mi alma: figúrese que anoche recibí un propio enviado por el mayordomo de mi hacienda, con una carta en la que me dice que los indios iban a darle un malón y que si no le prestaba auxilio nos robarían todos los animales. Usted sabe que Mariano y yo tenemos muchos negocios en compañía, entre ellos el de esta hacienda, por eso fue que me vine corriendo a su casa, y encontrando la puerta cerrada, me puse a golpear porque no había tiempo que perder. Mariano me dio algunas armas y municiones, y esta mañana salieron temprano para la hacienda uno a diez hombres armados; pero de lo que yo no puedo consolarme es del mal que le hice a usted tan involuntariamente.

      —Cierto que mejor habría hecho usted en no llegar —contestó sonriéndose   Mariluán—; pero tampoco, ¿cómo podría saber usted que yo estaba allí?

      —Hay más todavía —repuso Damián—: Mariano, a pesar de mis consejos, no ha querido desistir de la idea de desafiar a usted.

      —Tiene razón y ha hecho muy bien en no desistir —exclamó con calor Mariluán—. Nos hemos declarado la guerra —añadió, volviendo a su jovial sonrisa—; de modo que si él no me ataca, debe estar persuadido de que por mi arte yo no he de abandonar el campo. Rosa será mi mujer: así lo he jurado y pienso que no será don Mariano quien me lo impida mientras yo tenga vida. El único medio de vencerme y quedar tranquilo será el de matarme.

      —Sin embargo —replicó Damián—, en interés de Rosa, debía usted prestarse a algún arreglo que evitase este duelo, que puede perjudicar a la reputación de mi sobrina.

      —¡Ah! Hay un medio muy sencillo de acallarlo todo: que e de la mano de Rosa y seré el mejor amigo de la familia.

      —Para eso tendrían que faltar a su palabra empeñada ya con otro.

      —Es lástima, porque me habría gustado no tener que apelar a medios violentos para cumplir mis promesas de amor —dijo Mariluán con cierta tristeza.

      —Hay, sin embargo —replicó Ramillo—, una razón más poderosa que todas las otras para evitar este desafío.

      —¿Cuál?

      —Usted ha consagrado su vida a la causa de los araucanos que yo también defenderé y no me parece prudente jugarla en un desafío que, por muy diestro que usted sea en el manejo de las armas, puede serle adverso.

      —Vea usted —dijo Mariluán—, yo tengo por sistema hacer hoy todo lo que creo de mi deber, sin preocuparme de las dificultades que el cumplimiento de ese deber me acarreará para el porvenir. Si muero en ese desafío, es claro que no me queda tiempo para combatir después por mi raza, y sino muero, combatiré con la conciencia de no haber faltado antes al honor. Además —añadió, dominado por la idea del fatalismo, propia de las razas primitivas—, ¿cree usted que tengo yo la pretensión de arreglar el destino a mi sabor? Si muero, tanto peor para los míos.

      —Es decir que usted está decidido aceptar el desafío.

      —Enteramente y con las condiciones que él imponga. No le pido a usted que sea mi padrino, porque es tan inmediato pariente de mi adversario.

      —Sin eso, ya me había ofrecido —contestó Damián—; pero como soy su amigo de usted, no quise tampoco servir a mi sobrino que me lo pidió.

      —Entonces —dijo Mariluán—, voy a escribir a dos amigos del regimiento.

      Damián se despidió de él y poco después salió Caleu llevando una carta al alférez Juan Valero y a otro oficial amigo de Mariluán.

      Ambos llegaron pocos momentos después a casa de éste.

      —¡Cómo! —exclamó el alférez—, ¡tenemos desafío y con el hermanito de la prenda!: parece que no te ruegan para que te cases con Rosita; los declaro de muy mal gusto. ¡Huasos al cabo!

      —Yo también soy de tu opinión —dijo Mariluán, golpeando cariñosamente al alférez en el hombro—: tienen muy mal gusto.

      —Quiere decir que nos batiremos —dijo el otro oficial.

      —¿Y cuáles son las armas? —preguntó el alférez.

      —Ellos tienen el derecho de elegirlas —contestó Mariluán.

      —No será mucho que estos huasos quieran batirse a echona —exclamó Juan Valero, riéndose—; es el arma de la agricultura.

      —Ustedes aceptarán las armas que ellos quieran —dijo Mariluán.

      —yo soy de opinión —repuso el alférez—, que vaya la mano de Rosita en la parada, puesto que ella es el origen del combate.

      —Pero si sólo me hieren —replicó Mariluán—, yo no renuncio a ella: me parece mal tu opinión, Valero.

      —Yo la sostengo —dijo el alférez—: reduzcamos el duelo a una apuesta y entremos todos en él. Si ellos nos vencen, perderemos; si lo contrario, ganamos. Yo apuesto con usted a que salimos vencedores.

      Golpearon a la sazón a la puerta y Mariluán, que fue a abrirla, introdujo en la pieza a los padrinos de Tudela.

      —Señores —les dijo Mariluán—quedan ustedes en su casa, y sólo por lo excepcional del caso me resigno a privarme del gusto de hacerles personalmente los honores de ella.

      Salió, y los cuatro padrinos quedaron en privada conferencia.

      Los padrinos de Tudela refirieron después el resultado de la entrevista a Damián Ramillo, que les esperaba en casa de uno de ellos.

      —el duelo tendrá lugar en mi chacra —dijo éste—, mañana a las seis de la madrugada, y será a sable, hasta que haya una herida.

—el alférez —dijo al otro—, proponía que nos batiésemos todos, para calentarnos el cuerpo, según decía.

—¿Y ustedes aceptaron?

—No, por supuesto, sobre todo cuando el motivo de este desafío es una mera disputa, promovida por la susceptibilidad de Mariluán.

Damián Ramillo se despidió de ellos y se fue en derechura a casa de su hermana, a quien llamó para hablar a solas.

Rosa había pasado el día retirada en su cuarto y entregada a una inquietud mortal.

Damián refirió las ocurrencias del día a doña Andrea, que le miró con el rostro cubierto de una gran palidez, exclamando:

—¡Y, van a batirse!

—Así parece, si nosotros no nos ponemos de por medio.

—¿qué podemos hacer? —preguntó la señora con voz temblorosa de espanto.

—Nos importa más impedir el desafío —dijo Damián—, sin responder a esta pregunta, cuanto que Mariluán es hombre capaz de matar a tu hijo de una sola estocada.

—¡Dios mío! —exclamó doña Andrea con desesperado acento—. Mita —añadió, dirigiendo a su hermano una mirada de angustia—, yo haré todo lo que sea necesario para impedir el duelo, ¡pero no se me ocurre nada, nada!

—Óyeme —contestó Damián, satisfecho del grado de alarma en que había puesto a su hermana—, es preciso que sepas que Mariluán ha jurado que Rosa será su mujer, de manera que si el desafío no tiene lugar mañana por cualquier motivo y Mariluán queda libre, estarás sujeta a estos temores todos los días.

—Así es —dijo doña Andrea, con los ojos llenos de lágrimas.

—Por consiguiente —prosiguió su hermano—, lo que conviene es que tomen preso a Mariluán por algunos días, sin comprometer a tu hijo.

—¡Ah, ojalá pudiese! —exclamó doña Andrea.

—Nada más fácil, hija.

—¿Cómo?

—Te vas esta tarde a casa del comandante de Mariluán, le explicas el asunto, y le pides que le imponga un arresto de diez o quince días. Arrestado Mariluán por quince días, yo te prometo, bajo mi palabra, que el desafío no tendrá nunca lugar.

Doña Andrea dio las más expresivas gracias a su hermano, y sin decir nada a Rosa ni a su hijo, esperó las oraciones para dirigirse a casa del comandante del cuerpo en que servía Mariluán.

Este y sus dos padrinos habían resuelto pasar la noche al lado de una sopera de ponche para no correr el riesgo de quedarse dormidos, y ser puntuales a la cita del día siguiente.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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