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VIII

VIII

Confidencias de amor, alegres canciones que Mariluán cantó a instancias de sus amigos, disertaciones animadas sobre el juego del sable, he aquí las ocupaciones en que los tres jóvenes pasaron alegremente en vela las horas de la noche.

El alférez Juan Valero sostenía de cuando en cuando su proposición de reducir el duelo a una propuesta. Iluminando por la rojiza llama del ponche, declaraba, además, que lo único que podía hacer enternecerse su corazón, eran los ojos de una mujer joven y bonita, declaración que el otro oficial aplaudía y que Mariluán celebraba con el cariño que parecía profesar al alférez.

—¡Hola!, se nos viene el día —exclamó éste, viendo la luz de la mañana.

—En marcha —dijo Mariluán, ciñéndose el sable.

—No olvides, Mariluán, mi consejo —le dijo Valero—, no descubras la cabeza.

—antes de salir quiero hacerles una declaración —dijo Mariluán, poniéndose entre la puerta y sus dos amigos.

—Dila y la discutiremos —contestó el alférez, encendiendo un cigarro en la vela que apagó después.

—Es la siguiente —repuso Mariluán—: llevo el firme propósito de mantenerme en la defensiva.

—Repruebo el propósito con toda la energía que poseo —exclamó Juan Valero.

—Y yo también —dijo el otro padrino.

—¿No advierten ustedes —replicó Mariluán— que mi adversario es el hermano de Rosita?

—Si él te mata —dijo el alférez—, no por ser Rosita quien es ha de poder resucitarte.

—Y sería una vergüenza para el regimiento que un paisano venciese a uno de sus oficiales —añadió el compañero de Juan.

—A menos —agregó sonriéndose éste—, que me nombres heredero universal de tus bienes, incluso el corazón de Rosita, porque entonces yo sigo el duelo por ti.

—Alférez Valero —le dijo Mariluán con afectada serenidad—, te prevengo que ha pasado la hora de la risa.

—Bebamos el último vaso a nuestra seriedad —dijo el alférez, llenando los tres vasos con los restos del ponche, cuya llama se había apagado ya.

Los tres jóvenes chocaron sus vasos y los apuraron a grandes tragos.

—Vamos —dijo Mariluán.

—Voy a estar más serio que el cura cuando dice dominus vobiscum —exclamó Juan Valero, ciñiéndose el sable.

Salieron de la pieza y encontraron en el patio tres caballos ensillados, que Caleu tenía de las bridas. Montaron en ellos y se dirigieron a la calle, que estaba completamente desierta. Mariluán hizo tomar el galope a su cabalgadura y los otros oficiales le imitaron. Al terminar la primera cuadra, salió de la vuelta de una esquina otro oficial del cuerpo de Mariluán.

—¡Hola, capitán! —le dijo el alférez Valero—, que madrugador se ha puesto usted!

—Así es, ¿y ustedes adónde van?

—A cazar tórtolas —respondió Juan.

—¿Con sables? —preguntó el recién llegado.

—Es un nuevo método que ha inventado Mariluán.

El capitán sacó una carta que presentó a Mariluán.

—Lea —le dijo.

Mariluán leyó y dijo con admiración:

—¿Por qué me arrestan?

—No se contestó el portador de la orden.

—Vea, capitán —le dijo Mariluán—, no me niegue este servicio: deme una hora y le empeño mi palabra de honor que iré a presentarme al cuartel.

—Imposible —contestó el capitán—: ya lo ve usted, la orden del comandante no admite réplica.

Inútiles fueron los ruegos y las promesas. El oficial recién venido declaró que por nada dejaría de cumplir con aquella orden de su jefe.

—Obedece —le dijo al oído el alférez—, yo iré en tu lugar.

—Hay otra orden para usted —dijo el capitán a los padrinos.

—¡Adiós, diablo! —exclamó el alférez, dando un rabioso golpe en la cabeza de su silla.

—Nos iremos, pues, al cuartel —dijo el oficial poniéndose en marcha.

—¡Caramba! —dijo el alférez—, para esto no necesitábamos haber pasado la noche en vela y haber montado a caballo.

Mariluán caminó sombrío y silencioso. El alférez Valero entonó, para distraerse, alguna de las canciones de la noche. Así llegaron al cuartel, en donde recibieron Mariluán y sus padrinos la orden de quedar arrestados en el cuartel de bandera.

Una hora después, se presentó el comandante.

—Caballeros —les dijo—: no desconozco las leyes del honor; pero como ustedes saben, la Ordenanza es severa y debo hacerla cumplir a mis subalternos. He querido, pues, evitar a ustedes un juicio por desafío, y como sé que ustedes son oficiales de honor y que anoche habrían tomado alguna medida para llevar a cabo su intento, he preferido arrestarles a última hora. Tendrán pues el cuartel por cárcel hasta nueva orden.

Salió después de decir esto.

Mariluán escribió a su adversario una carta en la que le explicaba lo sucedido, confesando que no podía imaginarse el modo cómo el comandante había tenido noticia del desafío.

A mediodía se presentó Damián Ramillo a ver a Mariluán.

—Mi hermana —le dijo—, advertida tal vez por Rosa, ha sospechado lo que iba a suceder y habrá puesto su sospecha en conocimiento del comandante, que es u amigo.

—Usted dirá a su sobrino —contestó Mariluán— que apenas me pongan en libertad me tendrá a sus órdenes.

Ninguno de los tres oficiales suponía que el arresto pudiera prolongarse por mucho tiempo. Transcurrieron, sin embargo, seis días sin que el comandante diese orden de suspender el castigo. Esta tardanza principió a inquietar a Mariluán, que veía con impaciencia aproximarse el día fijado para la conferencia con los caciques de la alta frontera.

A esta natural inquietud se unía el pesar que le causaba la absoluta incomunicación en que, desde el día de su arresto, se hallaba con respecto a Rosa. Vigilada ésta por su hermano, no había podido hacer llegar a manos de su amante las ardientes cartas que se entretenían en escribirle, para calmar la tristeza del aislamiento en que las órdenes de Mariano la habían puesto. Al irritante influjo de su continuo dolor, las ideas de Rosa habían sufrido el trastorno que en las organizaciones más débiles opera la contrariedad sistemada. Cuando Mariluán rugía de despecho como un león aprisionado, ella, pasando de las lágrimas a la impaciencia, se arrepentía sinceramente de no haber huido con su amante cuando éste se lo propuso. En esos momentos, una invitación semejante de parte de Mariluán la habría hecho arrojarse sin vacilar en esa senda, que la ofuscadora luz de la desesperación iluminaba confusamente.

Mariluán, al séptimo día, hizo conocer a Ramillo los temores que le asaltaban.

—Estoy resuelto —le dijo—, a escalar las murallas del cuartel si para la noche de la entrevista no me hallo libre.

Damián aprobó con calor esta idea. Su interés estaba en que la entrevista tuviese lugar para apoderarse de Canchaleu, y ni éste ni los otros caciques acudirían al lugar designado si Mariluán no se presentaba personalmente.

—Yo puedo tener prontos los caballos —dijo después que hubo exhortado a Mariluán a poner en planta su proyecto de fuga.

Los días que mediaron entre esta conversación y el designado para la entrevista, los empleó Mariluán en tomar todas las medidas y precauciones necesarias para el éxito de su tentativa.

Caleu había sido comisionado por Mariluán para referir a los indios convocados a la reunión la causa por que su jefe no asistiría hasta después de la hora convenida, pues debía esperar que la tropa estuviese recogida en sus cuadras, para efectuar su fuga. Era tal prevención indispensable, porque los indios, cediendo a la superstición propia de su carácter, y a la desconfianza que ordinariamente les asiste, se habrían retirado del lugar de la cita.

A las nueve de la noche salió Mariluán de la pieza que le servía de habitación, desde su arresto en el cuartel. Los centinelas del interior le dejaron pasar sin dificultad hasta el último patio cuya llave había guardado de antemano. De ahí pudo sin obstáculo subir a la pared y saltar a ala calle, en donde un hombre le esperaba con un caballo. Mariluán montó en éste y emprendió el galope hasta casa de doña Andrea Ramillo, donde se detuvo un momento: la puerta estaba cerrada, como lo están desde temprano en los pueblos pequeños. El sentimiento de los deberes que se había impuesto, le hizo desistir del vehemente deseo que tuvo de penetrar por el huerto en aquella casa y llegar hasta la habitación de su querida. A fin de no dejarse vencer por este deseo, volvió a emprender el galope e dirección al punto de la cita, a cuyas inmediaciones había quedado de esperarle Damián.

Ese punto se hallaba situado fuera del pueblo como a media legua de distancia, y era un campo abierto terminado al sur por un bosque, en el que el hacha de los leñadores había dejado ya muchos claros.

Mariluán buscó a Ramillo al llegar a ese campo; pero no hallándole, siguió corriendo hasta el punto cercano al bosque en que le esperaban los caciques acompañados de sus mocetones. Estos y aquellos formaban el número de cincuenta guerreros, armados de lanza y formados en semicírculo. Al centro esperaban los caciques, montados en hermosos caballos. Los resplandores de la luna iluminaban con tintes misteriosos aquellos rostros pálidos, a los que las negras cabelleras flotantes hasta los hombros y sujetados en la frente por cintillos rojos, en algunos, y en otros por cintillos de metal dorado, daban un aspecto imponente y fantástico.

Mariluán abrazó con cariño a Cayó su hermano y colocándose en el pequeño círculo que formaban los caciques, oyó la arenga que Leviluán, el mentor nombrado a Cayo por su padre, le dirigió con el acento cadencioso y severo de su idioma natal. En ese discurso, Leviluán le ofrecía a nombre de los caciques presentes, y de varios otros que habían enviado sus representantes, y de varios otros que habían enviado sus representantes al parlamento, el suministrarle un número de guerreros suficiente para hacer la guerra contra los españoles, hasta recobrar las propiedades que éstos ocupaban en la ribera Norte del Bío-Bío.

Mariluán contestó en el mismo idioma, pero dando a sus frases la forma de su cultura, explicándoles su plan y sus deseos, sin ocultarles los sacrificios que la guerra les impondría durante algún tiempo. Las palabras que resumen ese plan y con las que terminó su arenga fueron las siguientes:

—"Tenemos derecho de conservar nuestro territorio y el sagrado deber de combatir por la defensa de nuestras familias. Os ofrezco mi vida para esto y pido sólo el mando general durante la guerra. Quiero que la obediencia sea sin réplica, sin reflexión al arrojo, sin flaqueza la constancia. Si muero, mi hermano Cayo podrá continuar mi obra. El fin a que aspiro llegar es el siguiente: que el Gobierno de Chile reglamente la internación de sus súbditos en el territorio de nuestros padres; que las autoridades nos presten su amparo, comprometiéndonos nosotros a respetarlas; que nuestros hermanos sean devueltos a sus hogares, y que se nombren tribunales que oigan los reclamos que tenéis que hacer contra los que os han despojado de vuestras tierras".

Los caciques aprobaron con visibles muestras de satisfacción estas palabras y entraron a pedir explicaciones acerca de ciertos puntos, como el de la internación de los chilenos, por ejemplo, antiguo y perpetuo origen de esta lucha eterna con los araucanos.

El sonido de una corneta que resonó en ese momento, repitiéndose en los ecos de los valles cercanos, puso en alarma a los indios que, creyéndose traicionados por Mariluán, se apoderaron de él.

—Me han traicionado —exclamó éste, desenvainado su sable—; pero no lo siento, porque así podré manifestaros que soy capaz del mando que acabo de pedir.

Cayo intervino a favor de su hermano y los caciques le soltaron, para prepararse a la lucha.

A la luz de la luna, se divisaba casi todo el campo rodeado por fuerza de caballería, cuyos sables reflejaban los rayos del astro que iba a presenciar aquel combate nocturno.

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Un Día de Campo | Gladys Fairfield | Martín Rivas | Mariluán | El Loco Estero


 


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