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X Los indios pasaron la noche cerca de Los Ángeles y entraron al pueblo a las nueve del siguiente día. Caleu observaba a su paso cuanto veía y se detuvo en varias casas a vender plantas medicinales que decía llevar de la costa. Al mismo tiempo se manifestaba muy sorprendido de la relación del combate mandado por Mariluán, del cual aseguraba no se tenía la menor noticia en la baja frontera. De este modo, había ya entrado en tres casas antes de presentarse en la de doña Andrea Ramillo. Al atravesar el patio de esta casa, vio Caleu a Mariano Tudela que salía de un cuarto a mirarles. Él y su compañero se dirigieron hacia el joven, ofreciéndole en venta algunas yerbas, que presentaban como verdaderas panaceas contra todas las dolencias imaginables. Desde una ventana les había visto Rosa, mientras hablaban con su hermano. Un vago presentimiento, que no es en realidad más que el recuerdo velador que ocupa la imaginación de los que aman, hizo pensar a Rosa, o más bien desear, que aquellos indios le trajesen alguna noticia de Mariluán. Mariano les decía es ese instante que en la casa nadie necesitaba medicinas. Caleu sin darse por despedido, se acerco a la ventana e hizo a Rosa la misma oferta que acababa de hacerle a su hermano. Rosa abrió la ventana y se puso junto a la reja a escuchar la descripción que Caleu hacía de sus plantas. Este, que vio a Mariano dejar la puerta en que había permanecido de pie y dirigirse a la que comunicaba con la pieza en que Rosa se encontraba, dijo a la niña en voz más baja: —Soy Caleu señorita. La joven cambió de color al oír el nombre del asistente de Mariluán, a quien no había reconocido. En ese instante entró Mariano en la pieza. Rosa llamó a la criada que acudió en el momento. —Aquí venden remedios para las muelas —le dijo. Los indios, sin esperar a que se les llamase, habían entrado en la pieza en que se hallaba Rosa y Mariano. Caleu, para ganar tiempo, empezó a enumerar las virtudes de cada una de las plantas que llevaba, y como los criados en general gustan de los remedios maravillosos como los que Caleu presentaba, las preguntas y las respuestas se sucedieron un largo rato entre el indio y la criada, la cual resultó padecer de cada una de las dolencias que enumeraba Caleu. Mariano, preocupado de otras ideas, se había puesto a pasear a lo largo del cuarto, mientras que Rosa y la criada hablaban con los indios. Caleu esperó que Mariano le volviese la espalda en uno de sus paseos y deslizó la carta de Mariluán entre unas yerbas que pasó a Rosa. Esta tomó el papel y fingió seguir examinando las yerbas. Entretanto Peuquilén, que representaba un papel mudo en aquella escena, fijaba en Rosa una ardiente mirada. Hubiérase dicho que la belleza de la joven, hirieron con súbita luz el alma de aquel indio, se reflejaba en sus ojos, iluminaba sus facciones que indicaban una admiración visible y hacía contraer sus labios delgados con una expresión de energía sobrenatural. Al cabo de algunos instantes de silenciosa contemplación, bajáronse los párpados de Peuquilén y su pecho exhaló un ahogado suspiro. Después fijó la vista en Mariano, con el aire de desprecio de que se revisten los indios en presencia de la gente civilizada. Y enseguida miró de nuevo a Rosa, paseando su mirada por el delicado contorno de su cara y deteniéndola en los grandes pendientes de oro que adornaban la rosada oreja de la joven. Cuando Caleu pasó a ésta la carta de Mariluán, los ojos de Peuquilén despidieron rayos sombríos, que un buen fisonomista habría atribuido al despecho celoso que envía a las pupilas la repentina llamarada que abrasa con tal sentimiento al corazón. Entregada la carta, empezó a disminuir la locuacidad con que Caleu había querido prolongar aquella situación hasta poder cumplir con el encargo que llevaba. Rosa compró algunas yerbas para justificar a los ojos de su hermano el interés con que había permanecido junto a los indios, y la criada empleó una parte d sus ahorros en yerbas para curar sus propias dolencias y las de sus vecinos. Caleu y Peuquilén arreglaron enseguida su mercadería, pusiéronse al hombro los sacos y salieron de la pieza. Cuando todavía iban en la mitad del patio, Rosa divisó en el lugar que había ocupado Caleu una de esas bolsas de género, ribeteadas con cintas, que usan las gentes del pueblo para guardar tabaco, hojas y plantas. Una idea luminosa surgió a la vista de ese objeto en la imaginación de la joven, que desde que había recibido la carta de Mariluán, buscaba los medios de transmitirle la contestación. Apoderóse de la bolsa y corrió a entregarla llamando a Caleu. —Vuelva esta noche de todos modos —le dijo con precipitación, agregando—: pasado mañana nos vamos de aquí para Concepción. —¡Ah, la bolsita! —exclamó Caleu, que intencionalmente la había dejado al retirarse—; iba a volver a buscarla —añadió en voz baja. Esto había pasado en muy cortos momentos. Cuando Rosa volvía y Caleu continuaba su marcha, Mariano interrumpía su paseo para observar lo que ya no era tiempo de ver. Antes que los indios hubiesen salido del patio, Damián Ramillo apareció en la puerta de calle. Caleu le ofreció su mercancía, disfrazando la voz cuanto le fue posible, pues temía que Ramillo, acostumbrado a verle en casa de Mariluán, le reconociese. Damián se detuvo y dirigió a Caleu una profunda mirada, que éste sin pestañear. Al mismo tiempo se decía el tío de Mariano que aquella voz no le era desconocida. Para evocar sus recuerdos, hizo a Caleu algunas preguntas en español que el indio contestó en lengua araucana. Damián siguió su camino hacia el interior de la casa, engañado por la propiedad de las respuestas de Caleu, que refería sus contestaciones a nombres y lugares de la baja frontera. Los indios, por su parte, salieron de la casa sin mirar a Ramillo. Si al espíritu suspicaz que éste poseía, se agregan los temores que su traición a Mariluán le inspiraba y el estado de alarma en que vivía la población, se comprenderá muy bien cómo Damián entró en la pieza en que se paseaba su sobrino, preocupado en extremo del encuentro con los indios y de las confusas sospechas que la voz de Caleu le había hecho concebir. Doña Andrea, que acababa de entrar, y Rosa que seguía examinando las yerbas para ocultar su turbación, se sentaron cerca de la ventana. Después de saludar, Damián se sentó pensativo. —Dime ¿, Mariano —exclamó de repente—, ¿nada te ha dado que pensar la aparición de estos indios? —Son de los indios mansos, que estamos viendo todos los días —contestó Mariano. —¿No podrían ser espías de Mariluán? —volvió a decir Ramillo. Los ojos de éste y los de su sobrino se dirigieron hacia Rosa, como si hubiesen estado convencidos de antemano en descubrir la verdad en su semblante. Rosa cambió al momento de color y viéndose tan directamente observada, no pudo disimular su turbación. Este indicio pareció iluminar la confusa sospecha de Damián y despertar la misma idea en el espíritu de Mariano. Ramillo hizo una señal a su sobrino y los salieron de la pieza, dejando a Rosa entregada a una zozobra terrible, que tenía que ocultar en presencia de su madre. —Yo he creído —dijo Damián a Mariano cuando estuvieron solos— reconocer la voz del asistente de Mariluán; será bueno que los sigamos. Púsose Mariano el sombrero y salió con Ramillo de la casa. Cuando estuvieron en la calle no divisaron a los indios ni cerca ni a los lejos. Caleu y Peuquilén habían apretado el paso y tenido tiempo de torcer una esquina antes de que saliesen sus perseguidores. En pueblos como lo era entonces el de Los Angeles, los sitios sin edificio a la calle son muy comunes. En uno de esta clase, cerrado por tapias en gran parte destruidas por las lluvias, entró Caleu con su compañero. —Te vas a juntar con mi teniente —le dijo— y le darás esta noticia: se van con la señorita pasado mañana para concepción. Yo me quedo para llevarle carta de ella y noticias que voy a tomar al cuartel: si mañana en la noche no estoy allá es señal que habrán tomado preso. Salió de ahí encargando a Peuquilén que siguiese otro camino y volase en vez de andar; después de lo cual tomó una dirección que le llevó fuera del pueblo, a unos ranchos situados a su inmediación. Caleu entró en uno de ellos, en cuyo interior había dos soldados y algunas mujeres que preparaban la comida. Los dos soldados jugaban al monte con un naipe cuyos colores era difícil distinguir: una manta les servía de carpeta. —¿Cómo va, José guerra? ¿Cómo va Pedro Milla? —dijo Caleu acercándose a los dos jugadores que no le habían visto entrar. Estos le miraron sin conocerle, a pesar de que parecían familiarizados con la voz de Caleu. —¿Ya no conocen al amigo Caleu? —le preguntó riéndose. —¡Quién te ha de conocer con esa de pintamonos! —exclamó uno de los soldados con admiradora actitud. —¡Vaya con Caleu! —dijo el otro—, más parece brujo que gente!. Caleu les dijo al oído algunas palabras y los dos soldados salieron con él fuera del rancho. —¿Cuál es que han desertado? —les preguntó. —Ayer no más salimos del calabozo —dijo José Guerra. —¿Entonces nos vamos juntos? —¿Ahora? —¿Esta noche? —Mandaremos a las mujeres adelante —dijo Pedro Milla. —No, mejor que nos sigan de atrás —observó el otro. Poco rato después entraron en el rancho, donde esperaron la noche jugando al naipe. A la oración, Caleu sacó del fondo de su saco de yerbas su uniforme de soldado, se limpió la cara, y quitándose los atavíos con que se hallaba disfrazado, se vistió de militar. A las ocho oyeron la retreta que se tocaba a la puerta del cuartel. Cuando terminó ésta, los tres salieron del rancho después de haber fijado con las mujeres un punto de reunión a orillas del Bío-Bío. Las mujeres de soldados, como se sabe, son seres en los que ordinariamente el cariño toma las proporciones de la obediencia pasiva e inalterable que distingue a los perros. Las que vimos preparando la comida no hicieron objeción al plan de fuga que les comunicaron José Guerra y Pedro Milla mientras comían. Cuando éstos salieron con Caleu, arreglaron ellas en atados su modestísimo equipaje y, llevándolo a cuestas, emprendieron la marcha hacia el punto que les habían designado. Por su parte, Damián Ramillo y su sobrino habían recorrido infructuosamente las calles en busca de los indios. No pudiendo encontrarles, sintieron debilitarse sus sospechas a medida que transcurrían las horas. Así fue que al anochecer, cuando Ramillo se despidió de su sobrino para retirarse a su casa, Mariano estaba persuadido de que el exceso de la suspicacia les había engañado. Después de la retreta, las calles de Los Angeles quedaron en silencio profundo. Desde el combate que había tenido lugar en noches pasadas a sus inmediaciones, ningún habitante del pueblo se atrevía a salir de la casa. Gracias a esta circunstancia, Caleu y sus compañeros atravesaron las calles en completa seguridad. Durante su marcha, Caleu explicó a los soldados el plan que había ideado para recibir la contestación de Rosa, que debía llevar a su jefe, plan que le vamos a ver ejecutar en casa de doña Andrea a cuya puerta llegó antes de las ocho y cuarto. Caleu entró en el patio precediendo a sus compañeros; llevaba una vara de cabo de escuadra y habíase puesto en el brazo la jineta, distintivo de su clase. A los golpes que dio Caleu en la puerta de las habitaciones que deslindaban con el patio, acudió Mariano preguntando el objeto que le llevaba. Se recordará que Mariano, habiendo llegado a Los Angeles poco antes de la fuga de Mariluán, no conocía al asistente de éste. —Vengo mandado por mi mayor —dijo Caleu—, a buscar a los indios que andaban esta mañana vendiendo yerbas. —¿Y por qué vienen a buscarlos aquí? —preguntó el joven. —Dicen que los han visto esta tarde entrar en el huerto de esta casa por las paredes —contestó el asistente de Mariluán—: deme permiso para entrar a buscarlos. —¿Y quiénes son esos indios? —Se sabe que son de Mariluán. Rosa y su madre oían esta conversación desde el punto en que se hallaban cosiendo cerca de una mesa. Doña Andrea dejó su asiento alarmada y Rosa se acercó a la puerta, sacando del bolsillo una carta que ocultó en la mano derecha. —Bueno, pues, entren a buscarlos —dijo Mariano a Caleu. Este entró seguido de sus compañeros. Rosa no se atrevió a acercárseles por temor de despertar las sospechas de su hermano, quien condujo a los soldados hasta la huerta, de la que volvieron al cabo de diez minutos, que emplearon en fingidas pesquisas. Cuando atravesaban el patio segundo de la casa, Caleu sintió un ligero ruido en una ventana y acercándose a ella con precipitación recibió la carta que Rosa le pasó a través de la reja. Este movimiento fue tan rápido que, cuando Mariano miró a ese lado, ya Caleu había recibido la carta. Sin embargo, alcanzó a ver a Rosa que se ocultaba. —¿Qué tiene usted qué hacer ahí? —preguntó con voz áspera a Caleu. —Me pareció ver una persona que se escondía —contestó el indio—, y era una señorita. La oscuridad de la noche había favorecido aquel movimiento, que durante el día habría sido imposible ejecutar. Además, como la supuesta misión de aquellos soldados confirmaba en partes las sospechas de Damián, Mariano halló muy naturales las pesquisas de Caleu y estuvo muy distante de figurarse la verdad de lo que estaba presenciando. Caleu se despidió de Mariano diciendo que tenía orden de buscar a los indios toda la noche, y saliendo de la casa emprendió la marcha con sus dos compañeros hacia el campamento de Mariluán.
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