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XI

XI

El nuevo caudillo de los araucanos había recibido las noticias  que Caleu le transmitió por medio de Peuquilén, poco más o menos al tiempo en que Caleu hacía su segunda entrada en casa de Rosa. De modo que Caleu, en vez de hallar a Mariluán en su campamento, le encontró en marcha hacia el Bío-Bío, punto en el cual había determinado pernoctar a fin de encontrarse en actitud de adoptar con prontitud el temperamento que más cuadrase con sus intereses, en virtud de las noticias que le diese su asistente.

Este le entregó la carta de Rosa, refiriéndole los ardides de que se había valido para burlar la vigilancia de que estaba rodeada aquella joven.

Una parte de ña carta, en que Rosa describía a su amante la situación en que se encontraba, era el reflejo del estado en que se hallaba su espíritu y explica la determinación que veremos tomar a Mariluán.

"Necesito de todo este amor —decía después de colocar su corazón en manos de su amante— para llevar con resignación las penas que me causa mi hermano desde la noche en que le encontró a usted aquí. Con frecuencia me obliga a no salir de mi cuarto, lo que no sería un castigo, porque estando sola vivo con usted; pero con más frecuencia me amenaza con encerarme en un convento si no le prometo casarme con un amigo suyo de Talcahuano.

"Figúrese, Mariluán, después de estas amenazas, con cuanta desesperación no veré acercarse el día fijado para trasladarnos a Concepción. Desde ahora diviso mi vida en ese pueblo, separada de usted a quien amo más que nunca, y obligada tal vez por mi hermano a casarme con otro. ¡No creo que pueda resistir a tan grandes sufrimientos, y si atendiese sólo a mi deseo, preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted!".

Mariluán leyó esta carta a la luz del fuego del campamento, en medio de un espeso bosque, oyendo a pocos pasos el ruido de las aguas del Bío-Bío. Parece que en presencia de la naturaleza dormida, al alma rompiese las ligaduras que la sujetan a los objetos que la rodean y adquiriese la propiedad de transportarse con mas facilidad al lugar de su anhelo. Así el alma de Mariluán voló al lado de la afligida amante, enjugó sus lágrimas con tiernos cariños y juró a sus plantas sustraerla a la opresión tiránica, bajo cuyo peso gemía la infeliz. Al releer los renglones que hemos transcrito, parecíale irresistible aquel dolor, expresado con la ingenuidad del corazón sincero, y las últimas palabras "preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted" resonaban en sus oídos como el llamado lastimero de la desesperación, que invocaba su amparo en nombre del juramento que les unía.

Estas impresiones le hicieron cambiar de determinación. Al avanzar sobre Los Angeles, sentía Mariluán que, por impedir la partida de Rosa, iba a comprometer su causa, atacando a un pueblo sin los elementos necesarios para una victoria decisiva. La carta de Rosa le aisló, por decirlo así, de la gente que capitaneaba, haciéndole concebir el proyecto de un rapto, en el que debía exponerse solo a los peligros, sin arriesgar la suerte de su empresa guerrera. Así se conciliaba el deber del corazón y el deber del pueblo que desempeñaba.

No podía disimular Mariluán que la empresa era arriesgada. Penetrar en medio de una población hostil y arrancar del seno de su familia a una joven guardada por el interés celoso de un hermano, eran actos para cuya ejecución debía unirse al valor una excesiva prudencia. Él sentía el valor en el pecho, esperaba la prudencia de los consejos el amor y fiaba además, en la casualidad, diosa que recibe siempre el incienso de los jóvenes y más de los jóvenes enamorados, es decir, de los seres que tienen mayor confianza en el porvenir.

Animado de este propósito, impuso a Caleu de sus designios a la mañana siguiente, encargándole elegir cinco hombres más, de conocida audacia, para secundarle en su atrevida excursión, que fijó para la noche.

En ese mismo día, la noticia de lo acaecido en casa de Tudela había aumentado la alarma de la población. Mariano y su tío la esparcieron, refiriendo la visita de los tres soldados, que fácilmente se averiguó no haber sido mandados por ninguna autoridad. Con estos datos por base, los alarmistas, que en toda sociedad existen, ponderaron la inminencia del peligro y aseguraron que Mariluán era uno de los tres soldados que figuraban en la relación de Mariano. La gente del pueblo y aún la más ilustrada prestaba mediante estos relatos, fantásticas proporciones al jefe araucano, y las autoridades tomaban las medidas oportunas para evitar una sorpresa del temerario cuanto temible caudillo. Con este fin se decidió hacer dormir aquella noche sobre las armas a la tropa y establecer puestos de vigilancia a las entradas del pueblo. En estos preparativos y en estos temores transcurrió el día. A las oraciones la tropa estaba acuartelada, los piquetes encargados de custodiar el pueblo sobre las armas y cada familia recogida en su casa y haciendo deprisa los preparativos para alejarse cuanto antes de aquel centro de incesantes zozobras y peligros.

Durante el mismo tiempo, Mariluán había avanzado con una escolta de seis hombres, entre los cuales se encontraba Peuquilén. Estos atrevidos guerreros calcularon su marcha para llegar de noche a inmediaciones de Los Angeles. A la oración fue destacado Caleu a reconocer el campo, comisión que desempeño con su habitual sagacidad, transmitiendo a Mariluán noticia de los puestos de guardia que resguardaban las entradas principales del pueblo.

Siendo la fuerza de los indios la caballería, se habían descuidado algunas entradas por las que sólo podía penetrar la infantería, escalando las tapias de algunos huertos y sitios deshabitados. Naturalmente Mariluán, como práctico de aquellas localidades, dirigió sus pasos a uno de esos puntos, después de esperar que una hora o dos de vigilancia hubiese calmado el ardor con que toda fuerza armada desempeña las primeras horas de su facción. Cuando Mariluán y su gente, atravesando sitios, saltando tapias, deteniéndose para ver si eran descubiertos y huyendo a veces de los perros, únicos enemigos que salían a disputarles el paso, llegando a las inmediaciones de la casa de doña Andrea Ramillo, daban las diez de la noche.

Al exterior del primer huerto en que habían entrado, Mariluán dejó a uno de los individuos que le acompañaban para custodiar dos caballos ensillados que había llevado, para Rosa el uno y el otro para él.

Apenas estuvieron al pie de las tapias que cerraban el huerto de doña Andrea, escaláronlas con facilidad y se pusieron en observación en distintos puntos. El huerto estaba silencioso como todo el pueblo. Bajó Mariluán al interior, siguiéndole Caleu y los otros, que caminaron tras él con cautela para no hacer ningún ruido que pudiese alarmar a los de la casa. Así avanzaron en medio de la oscuridad hasta la puerta del huerto, al pie de la cual vieron dibujarse en bulto y oyeron, aproximándose a él, la tranquila respiración de un hombre profundamente dormido.

Este hombre era uno de los centinelas colocados por Mariano para dar la voz de alarma, precaución tomada en casi todas las casas desde que se temía un ataque de los indios.

Dos de los que acompañaban a Mariluán se apoderaron del que dormía, que despertó sobresaltado.

—Si das un solo grito, mueres al instante —le dijo Mariluán, haciendo brillar a sus ojos la hoja reluciente de un gran puñal.

El hombre no opuso resistencia y se dejó amarar al tronco de un árbol. Interrogado por Mariluán sobre la familia de Rosa, contestó que debía salir de Los Angeles al despuntar el día. Por indicación de Caleu, el prisionero quedó encomendado a la custodia de Peuquilén, con orden de matarle en caso que intentase huir o diese alguna voz. Hecho esto, entró Mariluán en el patio segundo, seguido de Caleu y de los otros indios.

Necesario es advertir que los habitantes de la casa se hallaban cada cual en sus piezas, haciendo los últimos preparativos para el viaje del siguiente día. Doña Andrea se había retirado a su dormitorio, dejando a Rosa y a la criada al cuidado de terminar esos preparativos, mientras que Mariano se hallaba a la sazón en la pieza que le servía de escritorio, dejando algunas instrucciones por escrito a una persona que le servía de mayordomo en sus diversos negocios.

Mariluán y su comitiva llegaron a un corredor sobre el cual se abrían las puertas de la casa que daban al segundo patio. Por las hendiduras de una de esas puertas se divisaba luz. Era la pieza que ocupaban en ese momento Rosa y la criada.

Mariluán aplicó la vista a la mayor hendidura y divisó a Rosa sentada al lado de una mesa. La expresión del rostro y la actitud en que la joven se encontraba, con la frente apoyada en una mano y la vista fija en la mesa, acusaba una tremenda tristeza. El rosado color de sus mejillas parecía borrado por el llanto que había dejado en los ojos, antes alegres y melancólicos entonces, la traza de su ardiente pasaje. Bien cuadrada el abatimiento de la frente, la palidez de las mejillas, el desconsuelo amargo de la mirada inmóvil, con aquella frase de ingenuo dolor que Mariluán conservaba como una prenda de amor en el corazón: "Si atendiese sólo a mi deseo, preferiría morir antes que tener que renunciar al amor de usted"

El primer ímpetu del joven fue el de abrir con violencia la puerta, arrojándose a los pies de su amante, jurarle de rodillas un amor sin límites y volver con tiernos y rendidos halagos la alegría a su rostro mustio y los fuertes latidos de la pasión al corazón embotado en tan amargo sentimiento. Pero al mismo tiempo vio Mariluán que era  preciso refrenar su ardor y su impetuosa voluntad: la puerta estaba con llave y era menester emplear la prudencia para no hacer abortar una empresa llevada con tanta felicidad hasta entonces. Con este fin, tomó consejo de Caleu, de cuya sagacidad le habían dado alta idea los últimos sucesos.

—Yo, en lugar de mi teniente —dijo Caleu que conservaba la costumbre de dar a Mariluán su tratamiento militar—, golpeaba a la puerta haciendo el hombre del huerto.

—Y ese hombre, ¿cómo se llama? —preguntó Mariluán.

—Dijo que se llamaba Pedro.

—Golpea tú y responde a lo que pregunten —díjole Mariluán.

Caleu cumplió esta orden, llamando al mismo tiempo a la criada, cuyo nombre conocía. Inmediatamente respondió ésta y Mariluán vio al través de la puerta a Rosa que dejaba su asiento.

—Ábrame la puerta —dijo Caleu a la criada.

Esta torció la llave, creyendo sin duda que el que hablaba era el hombre apostado en el huerto.

Inmediatamente penetró Mariluán a la cabeza de los suyos, y antes que la criada hubiese tenido tiempo de dar un grito ni hacer un movimiento, Caleu puso un puñal al pecho, diciéndole:

—¡No hay que chistar!

La criada cayó de rodillas, juntando las manos en señal de súplica.

—Rosa —dijo Mariluán, acercándose a la joven —vengo a salvarla.

Rosa, embargada la voz por el espanto y la sorpresa, no acertaba a contestar.

—No puedo vivir lejos de usted —le dijo con apasionado acento Mariluán—: la amo más que a todo el mundo, déjeme salvarla de los que la oprimen.

La joven miró con espanto hacia el cuarto de su hermano, cuya puerta estaba entreabierta.

—¡Huya —le dijo—, mi hermano esta ahí!

Mariluán se dirigió entonces con velocidad a la pieza que Rosa designaba con vista. Caleu y los indios le siguieron. Rosa se dejó caer sobre una silla casi sin sentido, y la criada, siempre de rodillas, empezó a implorar en vos alta la protección de todos los santos de cielo.

Mariano se abalanzó sobre un sable al ver entrara a Mariluán con sus indios.

—La defensa es inútil, caballero —le dijo Mariluán con tono de cortesía.

—¿Se trata de asesinarme? —preguntó el joven, con voz que la conciencia del peligro había puesto temblorosa.

—Nada de eso, serénese usted —replico Mariluán con desdeñosa voz.

—Entonces, ¿qué quiere usted?

—¿No nos hemos declarado la guerra? —dijo el oficial desertor—; pues bien, vengo a salvar a Rosa, cuyo corazón me pertenece.

—¡Oh, usted abusa de la fuerza! Yo le creía más valiente —exclamó Mariano.

Los ojos de Mariluán chispearon de coraje, alzó la orgullosa frente echando hacia atrás su abundante cabellera, que había descubierto quitándose la gorra al hablar con Rosa, desenvainó con garbo la espada y se adelantó algunos pasos.

—Si usted gusta —dijo a Mariano— aquí podemos arreglar nuestra primera cuenta pendiente.

—Usted no advierte que yo estoy solo y usted acompañado.

—Juro por mi honor que estos hombres le respetaran a usted.

—Y que ganaría yo con batirme, siempre quedaría en poder de usted, o de los suyos —replicó Mariano, esperando ganar tiempo con la vaga esperanza de que llegase algún inesperado socorro.

Mariluán se volvió hacia Caleu sin responder a Mariano.

—Si este caballero me mata combatiendo conmigo —le dijo—, usted se volverán al campamento sin tocar un pelo de la ropa ni a él ni a nadie de esta casa.

Luego dirigiéndose a Mariano:

—El tiempo se nos va —añadió—; si usted quiere vamos a al calle.

—No, en guardia —exclamó Mariluán, levantando su sable.

En ese momento se oyó un grito ahogado que salía de la pieza en que había quedado Rosa. Era una voz lastimera que decía:

—¡Socorro, socorro!

La tercera repetición de esta palabra se oyó más apagada y al parecer más distante que la primera.

Mariluán reconoció en esa voz la de su amante y dio un salto hacia la puerta del cuarto.

La pieza, en que momentos antes estaba Rosa y la criada, se encontraba desierta. Mariluán oyó en el patio, que comunicaba con el huerto, repetirse la voz que acababa de pedir socorro; pero esta vez, articulando sonidos confusos, como los de una persona a quien han tapado la boca para impedirle el gritar.

—Caleu —dijo Mariluán a su asistente—, amarren ustedes a este caballero sin hacerle mal ninguno y síganme después.

Y salió con precipitación, corriendo hacia el segundo patio. La voz apagada continuaba alejándose con dirección al huerto.

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