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XIII Las órdenes de Mariluán habían sido estrictamente cumplidas por Caleu. Este hizo ver a Mariano Tudela que la resistencia sería inútil, cuando no temeraria, puesto que tendría que sucumbir al mayor número y perder la vida que podría conservar entregándose a discreción. Mariano se dejó convencer por la evidencia y tuvo que consentir en que le amarrasen al pie del catre, quedando además con la ventana y la puerta del cuarto cerradas. Los indios pasaron de ahí al cuarto en que se ocultan doña Andrea y la criada que, cediendo a las amenazas del incendio que empleó Caleu, abrieron la puerta y dejaron cerrada otra que comunicaba la pieza en que se habían refugiado con el resto del edificio. En vano doña Andrea empleó las súplicas más fervientes para enternecer a los emisarios de Mariluán: esas súplicas no podían tener ningún valor ante Caleu, que respetaba como sagrados los mandatos de su jefe. De manera que, sin hacerles agravio alguno, dejó a la señora y a la criada encerradas como había dejado a mariano y puso llave también a las puertas que daban al primer patio, a fin de ganar el tiempo necesario para una retirada segura, al que efectuó con los suyos por el mismo camino que había seguido Mariluán para salir con Rosa. Mientras Caleu tomaba estas precauciones para evitarla persecución, Peuquilén volvía en sí del golpe que había recibido y emprendía la fuga. Mas en vez de dirigirse por el camino seguido por Mariluán, él se internó en el pueblo y pasó el resto de la noche oculto entre unas arboledas del camino que sale de Los Ángeles a los pueblos del norte. Poco rato después de la salida de los indios Mariano Tudela empezó a dar voces para llamar al criado que había puesto a custodiar la puerta de la calle, antes de retirarse a la pieza en que le sorprendió Mariluán. Más de una hora transcurrió sin que nadie acudiese a estas voces y sin que lograse Mariano, en sus continuos esfuerzos, desatar las ligaduras que le impedían todo movimiento. Por fin, sus gritos llegaron confusamente a los oídos del criado, que había dormido las primeras horas de la noche con profundo sueño de la gente de nuestro pueblo. En darse cuenta de estas voces y en llegar hasta la ventana del cuarto de Mariano, el criado empleó más de media hora. Cerciorado de que le llamaban del interior de la casa, trató entonces de entrar en ella y encontró cerradas todas las puertas, las que abandonó después de convencerse de que era imposible abrirlas a menos de romperlas. En esta ocupación llegaron los primeros albores del día. El criado salió a la calle, informó a algunos vecinos de lo que acontecía y decidió con ellos dar la vuelta para entrar en la casa por el huerto. El terror se apoderó del criado y de los que le acompañaban al ver, no lejos de la puerta de comunicación del huerto con el patio segundo, el cadáver del infeliz que Peuquilén había asesinado para entrar en la casa. Como por este lado las puertas habían quedado abiertas, entraron hasta los cuartos en que mariano, doña Andrea y la criada estaban prisioneros. Habiéndose llevado Caleu las llaves de esas puertas, fue menester romperlas, lo que se ejecutó con algunas dificultades. Las casa de doña Andrea se llenaba entretanto de gente, que acudía a la noticia, pronto divulgada, del ataque de aquella noche. El cadáver de la víctima de Peuquilén produjo en el pueblo un terror difícil de pintarse y el nombre de Mariluán, unido al relato de la temeraria empresa, al rapto de Rosa y al horrible tratamiento de que supusieron víctimas a las personas de su familia, fue objeto de generales imprecaciones y amenazas de venganza. Mariano y Damián juraron también vengarse de aquel ultraje, y las autoridades civiles y militares, instigados por ellos, ordenaron para el mismo día la salida de la expedición contra los indios, al propio tiempo que se ponía a precio la cabeza de Mariluán y de sus cómplices, autores del asesinato perpetrado en aquella noche funesta y del rapto de una hija de las principales familias de la población. A pesar de la actitud de los jefes, la fuerza expedicionaria pudo sólo ponerse en marcha a las dos de la tarde, a fin de acampar en la noche a las márgenes del Bío-Bío. Mariano Tudela se había unido a la expedición con su tío Damián Ramillo y una parte de la caballería cívica de que eran oficiales. La tropa expedicionaria salió de Los Ángeles al son de la música y recibiendo los vivas de la población, que saludaba a cada uno de los soldados como sus defensores y pronosticaba, como siempre se acostumbra, un triunfo espléndido y completo. Entrada ya la noche, esta fuerza acampó a orillas del Bío-Bío como se había resuelto. En el campamento se presentó Peuquilén a Mariano Tudela: había seguido de lejos al ejercito y sabía que a cabeza de Mariluán estaba puesta a precio. A fin de alejar sospechas inventó una historia de ciertos ultrajes hechos a su familia por la de Mariluán, ultrajes que él había jurado vengar en éste. La conferencia entre Mariano y Peuquilén fue corta, pero decisiva: ambos habían jurado un odio eterno al jefe de los araucanos; mas, el hijo de doña Andrea ignoraba que Rosa era el origen del odio de Peuquilén como lo era el suyo. Sin embargo, de no ofrecerle aquel indio ninguna garantía, Mariano le dio algún dinero, ofreciéndole completar la suma de quinientos pesos cuando le presentase la cabeza de Mariluán y le entregase libre a Rosa. Peuquilén puso algunas dificultades en esta última condición, pues quería reservarse el derecho de ganar dinero, de vengarse de Mariluán y de huir después con Rosa a los montes, donde estaba seguro de encontrar puntos inaccesibles a toda pesquisa. El deseo de vengarse obligó a Mariano a pasar por estas restricciones, porque Peuquilén se comprometía sólo a traer a Rosa si le fuera posible, no siendo bastante la falta de esta condición para privarle de los quinientos pesos que debían entregarle por la cabeza de Mariluán. Iguales aprestos bélicos habían tenido lugar durante ese día en el campamento de los indios. Mariluán entretanto había caminado con Rosa toda la noche y llegando a mediodía a las obsesiones de Cayo. Una habitación de éste, arreglada por mano de Mariluán, fue destinada a Rosa. En el camino y en presencia de su amante, la joven había tenido que disimilar la profunda tristeza que la invadía a medida que se alejaba de su madre y que se internaba en aquel territorio inculto, habitado por gente cuyo aspecto le infundía un invencible espanto, a pesar de las señales de obediencia que prodigaban a Mariluán. Cuando el joven instaló a Rosa como dijimos, le dio por custodia una gruesa partida de gente comandada por su propio hermano, que respondió de la seguridad de la niña. Hecho esto, reunió Mariluán su gente en número de dos mil hombres y dio orden de avanzar hacia el Bío-Bío. Sus espías llegaban anunciándole que la tropa del Gobierno se ponía también en marcha hacia las márgenes del mismo río. Después de ver desfilar su gente, Mariluán entró a despedirse de Rosa. No se ocultaron a su vista penetrante las trazas que el llanto había dejado en las mejillas de su querida, la que, sin embargo, trató de recibirle con una sonrisa. Mariluán se acercó a ella, aparentando una alegría que estaba muy lejos de sentir a la vista del justo pesar que leía en los ojos de Rosa. —Mañana —le dijo con tono de confianza—, habré derrotado la fuerza del gobierno y tal vez seamos libres, Rosa: usted de volver al seno de su familia y yo de probarla, una vez más, que en el amor que siento hay un profundo aprecio y un completo desinterés, puesto que obedeceré a un deseo d su corazón. Entretanto, usted está más en seguridad aquí que al lado de los suyos. Cayo con su vida me ha respondido de usted. Rosa dio las gracias a su amante con una profunda mirada de reconocimiento, diciéndole: —Siempre le he creído noble, Mariluán, y por esto le amo; pero ya que usted me ama como dice y ya que yo le he hecho el sacrificio de abandonar por usted a mi familia, ¿no tengo derecho a exigir también algún sacrificio de su parte? —Mi vida es de usted —contestó el joven con pasión. —Pues bien, alejémonos entonces de aquí —repuso ella con animación febril—; huyamos a Valdivia, donde usted quiera; pero salgamos de aquí: todo esto me espanta, ¡quién me asegura que usted no puede morir en un combate de los que se preparan! —Pero estos combates son ahora indispensables, Rosa —exclamó Mariluán. —¿Por qué indispensables cuando podíamos huir? —Porque debo combatir para defenderla a usted: ¡la huida es imposible! Mariluán apeló en esta conversación a toda su elocuencia para calmar los temores de la joven: pinto con abultados colores el poder de los suyos y las probabilidades que casi le aseguraban la victoria; juró a Rosa que ganaba ésta, que era por otra parte el modo de abrirse un camino para salir de Arauco sin ser aprehendidos, le consagraría su vida y su ambición, dejando la empresa a cargo de su hermano que era querido y respetado entre los indios. Después de esto, se despidió besando la mano de su amante, con el respeto que los antiguos paladines consagran al culto de la dama de su corazón. Rosa se arrojó sobre un tosco banco, prorrumpiendo en lastimeros gemidos, y Mariluán, montando a caballo, emprendió el galope hasta ponerse a la cabeza de sus guerreros. Llevando a la grupa cincuenta hombres de infantería que había podido reunir Mariluán de los desertores de Los Ángeles, la marcha se hizo con rapidez. Al anochecer se estableció el acampo en un bosque, con todas las precauciones necesarias para evitar direcciones, lo que llegaron después trayendo la noticia de que el ejercito del Gobierno se había detenido en la orilla Norte de la línea fronteriza. La posición respectiva en que quedaban al anochecer los dos ejércitos hacía pues presagiar una batalla inevitable para el día siguiente, atendiendo también al espíritu de que los jefes de ambas fuerzas estaban animados.
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